AP3455-2014(43303)

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Magistrado  Ponente   

AP3455-2014  

Radicación     n°     43303   

(Aprobado Acta No.  195)   

         Bogotá, D.C.,  veinticinco   (25)  de  junio  de  dos  mil  catorce  (2014).   

V   I   S   T   O  S   

Decide la Sala sobre la admisibilidad de las  demandas  de  casación presentadas por el representante del Ministerio Público  y  los  defensores  del  teniente  Diego  Aldair Vargas Cortés, del cabo Carlos  Manuel  González  Alfonso  y  de  los  soldados  profesionales  Richard  Ramiro  Contreras  Aguilar,  Ricardo  García  Corzo  y  Carlos  Antonio Zapata Roldán,  miembros  del  Ejército Nacional, contra la sentencia dictada por la Sala Penal  del  Tribunal Superior de Cundinamarca, por cuyo medio se confirmó parcialmente  la  proferida  por  el  Juzgado  Segundo  Penal  del  Circuito  Especializado de  Cundinamarca,  que  los  condenó,  junto  al  mayor ® de la misma fuerza Marco  Wilson  Quijano  Mariño,  como  coautores  del  delito  de  homicidio agravado,  además  emitió  condena  contra  los  mencionados  oficiales  por  la conducta  punible  de  desaparición  forzada  agravada,  y  al  teniente  Vargas  Cortés  también  lo  declaró  penalmente  responsable  por  el  ilícito  de  falsedad  ideológica  en  documento público; en tanto que revocó la absolución que por  el  delito  de  concierto para delinquir agravado cobijó a todos los procesados  en  mención,  y aquella que por el delito de desaparición forzada se profirió  a     favor     del    suboficial    y    de    los    soldados    profesionales  citados.               

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

                                      

         1.  Los primeros fueron sintetizados por  la a quo de la siguiente manera:   

El 9 de enero de 2008, aproximadamente a las  10  y  15  de  la  noche,  por encargo de Ender Obeso, Alexander Carretero Díaz  trasladó  a  Fair Leonardo Porras Bernal,  quien  padecía  retardo  mental  moderado,  desde Bogotá hasta  Ocaña,  Sitio “Aguas Claras” donde fue recibido al día siguiente por Dairo  José  Palomino.  Desde  ese  momento  se  le  sustrajo  de su esfera espacial y  familiar,  ubicada en Soacha, alejado de su entorno y despojado de su celular no  volvió   a   tener   comunicación   con   su  familia.       

El 11 de enero de 2008, entre 6:30 y 7:00 de  la  noche,  en  un  retén  dispuesto  por miembros del batallón de Infantería  número  15 “General Francisco de Paula Santander” (en adelante el batallón  o  batallón  “Santander”),  a miembros del primer pelotón de la compañía  Búfalo  del  plan  vial  meteoro,  les  fue  entregado  el  señor Porras Bernal.   

El  12  de  enero de 2008, se reportó como  muerta  en  combate  una  persona  sin identificar, por el teniente Diego Aldair  Vargas  Cortés,  oficial bajo cuyo mando se encontraba el primer pelotón de la  compañía  Búfalo,  del  plan  vial  meteoro, mediante informes presentados al  comandante  del  batallón  de  Infantería  número  15 “General Francisco de  Paula  Santander”  así  como  al C.T.I., y en el acta de actuación de primer  respondiente,  víctima  que fue sepultada en esa condición, hasta cuando en el  mes  de  septiembre  de  2008  se  conoció  su  identidad, se trataba del joven  Fair     Leonardo     Porras    Bernal.      

Fair  Leonardo  Porras  Bernal  fue  uno  de los jóvenes captados en el municipio de Soacha, por  miembros  de  una organización dedicada a su consecución, con el propósito de  entregarlos   a  miembros  del  Ejército  Nacional,  dentro  de  una  práctica  secuencial  y sistemática para desaparecerlos, y ultimarlos con la finalidad de  ser  reportados  como  dados  de  baja  en  combate, por tropas pertenecientes o  agregadas  al  batallón “Santander”, y de la brigada móvil 15 dentro de la  relación  de hechos que entre diciembre de 2007 y agosto de 2008 en Ocaña y su  provincia,     se    presentaron.      

2.   Por  los  anteriores  hechos,  el  14  de  mayo  de  2009,  ante  el Juzgado Segundo Penal  Municipal  con  Funciones  de Control de Garantías de Soacha (Cundinamarca), la  Fiscalía  formuló  imputación  a  varios  miembros  del  Ejército  Nacional,  integrantes  de  la  Compañía  Plan  Vial  Meteoro  No.  3,  así:     

2.1  Al mayor ®  Marco  Wilson  Quijano  Mariño  y al teniente Diego Aldair Vargas Cortés, como  coautores  de los delitos de desaparición forzada agravada, homicidio agravado,  concierto   para   delinquir   agravado  y  falsedad  ideológica  en  documento  público.   

2.2  Al  cabo  segundo  Carlos  Manuel González Alfonso y a los soldados profesionales Richard  Ramiro  Contreras  Aguilar,  Ricardo  García  Corzo  y  Carlos  Antonio  Zapata  Roldán,  como  coautores  de  los  delitos  de  desaparición forzada agravada,  homicidio agravado y concierto para delinquir agravado.   

Todos rechazaron los cargos.  

Seguidamente, a petición del representante  del  ente  acusador,  se  les  impuso  medida  de  aseguramiento privativa de la  libertad  en  centro  de  reclusión  militar.  Apelada  esa  decisión  por los  defensores  de  los  imputados,  en  proveído  adiado  24  de junio de 2009 fue  confirmada   por   el   Juzgado   Segundo   Penal   del   Circuito   de   Soacha  (Cundinamarca).         

3. El 12 de junio  de  la  misma  anualidad la Fiscalía radicó escrito de acusación, el cual fue  aclarado  y  adicionado el 15 de marzo de 2010, donde se precisó la imputación  jurídica en contra de los incriminados, de la siguiente manera:   

3.1  Al mayor ®  Marco  Wilson  Quijano  Mariño  y al teniente Diego Aldair Vargas Cortés, como  coautores  de  los  delitos  de  desaparición forzada agravada (arts. 165 y 166  num.  1º del C.P.), homicidio agravado (arts. 103 y 104 num. 4º y 7º ídem) y  concierto  para  delinquir  agravado  (arts.  340  inc. 2º y 342 ejusdem); y en  relación  con  el  último  en  mención,  además  por  la conducta punible de  falsedad ideológica en documento público (art. 286 ibídem).   

3.2  Al  cabo  segundo  Carlos  Manuel González Alfonso y a los soldados profesionales Richard  Ramiro  Contreras  Aguilar,  Ricardo  García  Corzo  y  Carlos  Antonio  Zapata  Roldán,  como coautores de los delitos de desaparición forzada agravada (arts.  165  y  166  num.  1º del C.P.), homicidio agravado (arts. 103 y 104 num. 4º y  7º  ibídem)  y  concierto  para  delinquir  agravado (arts. 340 inc. 2º y 342  ejusdem).   

         4.  El  28  de  julio  de  2009  ante el  Juzgado  Segundo Penal del Circuito Especializado de Cundinamarca, se dio inicio  a  la  audiencia de formulación de acusación, en cuyo desarrollo fue impugnada  la   competencia  de  la  jurisdicción  ordinaria  para  conocer  del  proceso,  disponiéndose  la  remisión  de  la  actuación  al  Consejo  Superior  de  la  Judicatura.     

         En  dicha oportunidad intervino la apoderada judicial de la señora  Luz  Marina  Bernal  Parra,  madre  del  occiso  Fair  Leonardo  Porras  Bernal,  reconocida   como   víctima   dentro   de   la   actuación  penal.     

         5.  Mediante  proveído  calendado 14 de  septiembre   de  2009,  el  Consejo  Superior  de  la  Judicatura,  en  su  Sala  Jurisdiccional   Disciplinaria,   se   abstuvo   de  dirimir  el  «aparente»  conflicto de jurisdicciones,  y      dispuso      devolver      las      diligencias     al     Juzgado     de  Conocimiento.      

         6.  Impugnada la competencia del Juzgado  Segundo  Penal  del  Circuito  Especializado  de Cundinamarca por algunos de los  defensores  de  los  acusados,  por cuanto estimaron que aquella radicaba en los  jueces  homólogos de la ciudad de Cúcuta (N. de S.), se remitió la actuación  a  la  Corte,  y  mediante  decisión fechada 18 de noviembre de 2009 asignó el  conocimiento  del  asunto  al  primero de los despachos en mención.     

         7.  Propuesto  por  el  Juzgado 13 Penal  Militar  de  Brigada  de  Cúcuta,  conflicto positivo de competencia al Juzgado  Segundo  Penal del Circuito Especializado de Cundinamarca, por considerar que la  actuación  debía  ser  de conocimiento de la Justicia Penal Militar, y trabado  por  el  último  despacho  en  cita,  la  Sala Jurisdiccional Disciplinaria del  Consejo  Superior  de  la  Judicatura,  en  proveído adiado 3 de marzo de 2010,  asignó          la          competencia          a          la         justicia  ordinaria.           

8. El 25 de marzo  de  2010  se  continuó  con la audiencia de formulación de acusación donde se  concretaron  los  cargos en los mismos términos de su versión escrita, y entre  el  18  de  agosto  de dicho año y el 12 de septiembre de 2011, se adelantó la  audiencia preparatoria.   

         9. Agotado el juicio oral entre el 15 de  noviembre  de  2011 y el 30 de marzo de 2012, se dictó sentencia, el 25 de mayo  de  esta  última  anualidad,  condenando  a  los  acusados de la siguiente  manera:   

         9.1  Al  mayor  ®  Marco Wilson Quijano  Mariño  a las penas principales de 51 años de prisión, multa de 3.500 SMLMV e  interdicción  de derechos y funciones públicas por un lapso de 300 meses, como  coautor  de  los delitos de desaparición forzada agravada y homicidio agravado.   

         9.2  Al  teniente  Diego  Aldair  Vargas  Cortés  a las penas principales de 52 años de prisión, multa de 3.500 SMLMV e  interdicción  de derechos y funciones públicas por un lapso de 300 meses, como  coautor  de  los delitos de desaparición forzada agravada y homicidio agravado,  y   autor   de   la  conducta  punible  de  falsedad  ideológica  en  documento  público.      

         9.3   Al  cabo  segundo  Carlos  Manuel  González  Alfonso  y  a  los  soldados  profesionales  Richard Ramiro Contreras  Aguilar,  Ricardo  García  Corzo  y  Carlos  Antonio  Zapata  Roldán a la pena  principal  de  35  años  de  prisión  como  coautores  del delito de homicidio  agravado  y  a  la  accesoria de interdicción de derechos y funciones públicas  por 20 años.   

Así  mismo,  absolvió  al  mayor ® Marco  Wilson  Quijano  Mariño y al teniente Diego Aldair Vargas Cortés del cargo por  la  conducta  punible  de  concierto para delinquir agravado, y en igual sentido  decidió  respecto  de  la  responsabilidad penal del cabo segundo Carlos Manuel  González  Alfonso  y  de  los  soldados  profesionales Richard Ramiro Contreras  Aguilar,  Ricardo García Corzo y Carlos Antonio Zapata Roldán en relación con  los  ilícitos  de  concierto  para  delinquir  agravado y desaparición forzada  agravada.     

         De  igual forma, a todos los procesados se les negó la suspensión  condicional  de  la  ejecución  de  la  pena  y  la  sustitutiva de la prisión  domiciliaria,  disponiéndose  librar  orden  de  captura en contra del mayor ®  Marco  Wilson  Quijano  Mariño,  quien  se halla prófugo de la justicia.    

         10.  Apelado  el fallo por la Fiscalía,  la  apoderada  de  la  víctima  y  los defensores de los acusados, en sentencia  adiada  30  de  julio de 2013, el Tribunal Superior de Cundinamarca la confirmó  parcialmente por cuanto:    

         10.1  Al  mayor  ® Marco Wilson Quijano  Mariño  y  al  teniente  Diego Aldair Vargas Cortés les revocó la absolución  proferida  por  la  a  quo  respecto  de  la  conducta punible de concierto para  delinquir  agravado  y, en su lugar, los declaró penalmente responsables de esa  infracción,  imponiéndole  al  primero  una  pena de prisión de 53 años y al  segundo  una  sanción  de  54 años de privación de la libertad, y mantuvo las  penas  de  multa  e  inhabilitación  para  el ejercicio de derechos y funciones  públicas fijadas por la juez de primera instancia.   

         10.2  Al  cabo  segundo  Carlos  Manuel  González  Alfonso  y  a  los  soldados  profesionales  Richard Ramiro Contreras  Aguilar,  Ricardo  García  Corzo y Carlos Antonio Zapata Roldán les revocó la  absolución  emitida por la juzgadora de primer grado en cuanto a los delitos de  concierto  para  delinquir  agravado  y  desaparición forzada agravada y, en su  lugar,  los  condenó por esas infracciones, fijándoles una pena de prisión de  53  años,  multa de 3.500 SMLMV e inhabilitación para el ejercicio de derechos  y funciones públicas por un término de 300 meses.     

         De  igual  forma,  el  ad  quem declaró en la parte resolutiva del  fallo,  que  los  delitos  investigados,  en  el  caso  de la especie, tienen la  connotación de crímenes de lesa humanidad.   

         11.  Contra  la  decisión  de  segundo  grado,  el  representante del Ministerio Público y los abogados que representan  los  intereses  de  los procesados Carlos Manuel González Alfonso, Diego Aldair  Vargas  Cortés,  Richard  Ramiro  Contreras  Aguilar,  Ricardo  García Corzo y  Carlos   Antonio   Zapata   Roldán   interpusieron   oportunamente  recurso  de  casación.   

SÍNTESIS DE LAS DEMANDAS  

         1.   Demanda   formulada   por   el  representante  del  Ministerio  Público.   

         

         Con  fundamento  en  la causal tercera prevista en el artículo 181  de  la Ley 906 de 2004, el demandante propone dos glosas contra la sentencia del  Tribunal,  ambas por el sendero de la violación indirecta de la ley sustancial,  determinadas   por   error   de  hecho  por  falsos  juicios  de  identidad  por  tergiversación de la prueba.   

         Primer  cargo.  Denuncia que el fallador  de  segundo grado incurrió en violación indirecta de la ley por falsos juicios  de  identidad,  lo  que  condujo a la aplicación indebida de los artículos 340  del  Código  Penal,  que contempla el delito de concierto para delinquir, y 381  del  Estatuto Adjetivo, referido a los presupuestos probatorios para condenar, y  a  la  correlativa  falta de aplicación del artículo 7º ibídem, que consagra  los  principios de presunción de inocencia e in dubio  pro  reo, lo que a su vez determinó la condena por el  delito  contra  la seguridad pública que recayó en el suboficial Carlos Manuel  González   Alfonso  y  los  soldados  profesionales  Richard  Ramiro  Contreras  Aguilar,  Ricardo  García Corzo y Carlos Antonio Zapata Roldán, pertenecientes  al Ejército Nacional.       

         Agrega  el censor que ningún reparo tiene frente a la materialidad  de  la  conducta  punible  en  cuestión,  pero  en  cuanto a la responsabilidad  deducida  por  el  ad  quem  respecto  de  los  referidos militares a título de  coautoría    y    valiéndose   del   «dispositivo  amplificador  del  tipo  penal»  denominado  por  la  doctrina  como Estructuras Organizadas de Poder, encuentra que a esa conclusión  se   arribó  a  consecuencia  de  errores  de  contemplación  objetiva  de  la  prueba.        

         Señala  que un primer yerro recae sobre el testimonio de Alexander  Carretero  Díaz,  quien  según  lo reconoció en su testimonio, fue la persona  que     a     petición     de     Ender     Obeso,     alias     «Pique», la noche del 9 de enero de 2008  viajó  con  Fair Leonardo Porras Bernal de Soacha a Ocaña, con el fin de hacer  entrega  del  mencionado al soldado profesional Dairo José Palomino, adscrito a  la    sección   de   inteligencia   –S2–   del  Batallón  de  Infantería  No. 15 «General Francisco  de  Paula Santander», medio de convicción que llevó  al  juzgador  de  segundo grado a colegir la existencia de un convenio entre los  mencionados       y       Uriel      Ballesteros,      alias      «Pocho»,  y  el  sargento segundo Sandro  Mauricio  Pérez  Contreras,  orgánico  de  dicha unidad militar y jefe del S2,  para  la  consecución de jóvenes que una vez trasladados mediante engaño a la  localidad  de  Ocaña,  eran objeto de desaparición forzada y posterior muerte,  con       el       fin       de       ser       presentados      como      bajas  operativas.          

         Menciona  que  en la sentencia atacada, el ad quem señaló que con  fundamento  en  el  testimonio  de  Carretero Díaz se prueba la presencia de un  automotor  tipo  camión  NPR,  en  el  falso retén donde se hizo entrega de la  víctima  a  los  integrantes  del  pelotón «Búfalo  1»,  adscrito  a  la  Compañía Plan Vial Meteoro y  conformado  por los condenados, amén que también dice, demuestra que en dichas  actividades  delictivas  participaban  los soldados profesionales Medardo Ríos,  Medina  Joiro  y Jhon Jairo Muñoz, cuando en verdad lo que afirmó el deponente  es  que  el  soldado  profesional  Dairo  José  Palomino  y  el sargento Sandro  Mauricio   Pérez  Contreras,  «participaban  de  un  acuerdo  con  personas  de  Soacha  (Cund.),  para  llevar  a  Ocaña  (Norte de  Santander)  jóvenes  para desaparecerlos, matarlos y luego ser presentados como  positivos  de  operaciones  y  que  además,  en  el  mismo  batallón se había  conformado   una   banda  criminal  para  el  asalto  de  vehículos».              

         Refiere  que  el  Tribunal  tergiversó  el testimonio de Carretero  Díaz,  quien  no menciona por parte alguna a los soldados profesionales Medardo  Ríos,  Medina  Joiro  y Jhon Jairo Muñoz, ni mucho menos a los acusados Carlos  Manuel  González  Alfonso,  Richard  Ramiro  Contreras Aguilar, Ricardo García  Corzo  y Carlos Antonio Zapata Roldán como parte de la organización dedicada a  suministrar  jóvenes  a  militares  del  Batallón  Santander de Ocaña, con el  objeto  de  asesinarlos  y  presentarlos como NN dados de baja en combate.    

         En  igual  sentido  el  recurrente  expresa  que  el juez colegiado  tergiversó  el  testimonio  de Pedro Gámez Díaz, en el que también fundó la  responsabilidad  penal  de  los  supracitados  en  el delito contra la seguridad  pública,  puesto  que al igual que del anterior declarante, sostiene que Gámez  Díaz   afirmó   que   los   soldados  profesionales  Ríos,  Medina  y  Muñoz  participaban  en  la actividad criminal de desaparición forzada y homicidio, de  la  que  el  testigo  también  hacía  parte,  cuando en realidad lo que aquél  aseveró  es que mientras algunos miembros del S2 del Batallón Santander, tales  como  Dairo  José  Palomino  y  el  sargento  Sandro Mauricio Pérez Contreras,  efectivamente  intervenían en la referida empresa delictiva, otros miembros del  mismo  destacamento  militar se dedicaban a asaltar vehículos automotores en el  sector de Ocaña.           

         Resalta  que  Gámez  Díaz  en  ninguna  aparte  de su exposición  afirmó  que  los  procesados  Carlos  Manuel  González Alfonso, Richard Ramiro  Contreras  Aguilar,  Ricardo  García  Corzo  y  Carlos  Antonio  Zapata Roldán  participaran  en  las  actividades delictivas que detalladamente aquel describe,  ni  mucho  menos  que  al interior de la unidad militar mencionada existiera una  estructura   organizada   de  poder  dedicada   a  delinquir,  de  la  cual  «indiscriminadamente»  hicieran parte los citados.    

         Así  mismo,  aduce  el  libelista  que  el  Tribunal tergiversa el  testimonio  del  sargento  Jhon Jairo Muñoz, quien hizo parte de la sección de  inteligencia              –S2–   del  pluricitado  batallón,  quien  manifestó  haber  tenido conocimiento de manera  directa,  pero  también  de  oídas,  de que en esa unidad castrense se habían  conformado  dos  grupos  que se dedicaban a realizar actividades criminales, por  una  parte  el  sargento  Pérez  Contreras y el soldado profesional Dairo José  Palomino,  quienes  en  contubernio  con algunos civiles conseguían jóvenes en  Soacha,  que  traían  hasta Ocaña para darles muerte y presentarlos como bajas  operacionales  y,  de  otro  lado,  el  integrado  por  los alias «Alex»,          «Pocholo»,         «Palomino»,        «Zapata»,         «José»  y el soldado profesional Ríos,  quienes  se dedicaban al asalto a mano armada de vehículos de servicio público  en esa región.          

         Expresa  que el juzgador de segundo grado igualmente tuvo en cuenta  la  declaración  del  sargento Muñoz, para afirmar demostrada la existencia de  una      «organización     genérica»  compuesta  por  militares  y civiles, cuyo objetivo era cometer  delitos  de  desaparición forzada y homicidios de jóvenes inocentes, a la cual  sin  más,  vincula  al  suboficial  y  a los soldados profesionales condenados,  derivándoles   responsabilidad   penal   en   el   reato   de   concierto  para  delinquir.   

         Considera  el impugnante que si el Tribunal no hubiese incurrido en  los  señalados  yerros,  no  podría  haber  concluido la participación de los  incriminados  en  la  conducta  punible  contra  la  seguridad  pública  y, por  contera, se imponía su absolución respecto de ésta.   

         Segundo  Cargo. Acudiendo nuevamente a la  violación  indirecta  de  la  ley  por  error  de  hecho  por falsos juicios de  identidad,  que atribuye al ad quem, el casacionista señala que ello derivó en  la  indebida  aplicación  del  artículo  7º literales a) e i) del Estatuto de  Roma  y, consecuentemente, a la «falta de aplicación  exclusivamente»  de  los  artículos  165  y 166 del  Código  Penal  (desaparición forzada agravada), 103 y 104 (homicidio agravado)  y  340  inciso  2º  (concierto  para  delinquir), que conllevó a declarar como  crímenes de lesa humanidad los delitos materia del proceso.   

         Luego  de trascribir los argumentos que expuso el juez colegiado en  orden  a  calificar  las  conductas  juzgadas  como  delitos  de lesa humanidad,  particularmente  en  lo  que  tiene que ver con el análisis de los conceptos de  sistematicidad  y generalidad propios de tal categoría, el actor refiere que el  primero  de  dichos elementos lo encontró probado el Tribunal con fundamento en  las  declaraciones  de  Felisa  Carvajalino  Calle,  Héctor  Alfonso  González  Manzano  y Diana Ramírez Páez, en relación con las cuales afirma se presentó  el vicio alegado.       

         En  cuanto  al  testimonio  de  Felisa  Carvajalino  Calle, médica  forense  y  coordinadora  de  la  Unidad de Medicina Legal de Ocaña, refiere el  demandante  que  informó  sobre  la muerte de once jóvenes oriundos de Soacha,  reportados  como  NN, ocurrida en diversos combates con el Ejército Nacional en  épocas  cercanas  a la del fallecimiento de Fair Leonardo Porras Bernal, en los  municipios  de  San  Calixto,  Acarí  y  Ábrego,  durante  los  años  2007  y  2008.      

         Anota  que  del  dicho  de  la mencionada deponente, «no    podía    entenderse,    como    sí    lo    entendió    el  Tribunal»,  que se trataba de un ataque generalizado  contra  la  población  civil,  ya  que  la  única  víctima  atribuida  a  los  condenados  en la presente actuación, es el joven Porras Bernal, «jamás  los  once  muertos (11) que refiere el Tribunal»,  como  tampoco  los  demás  decesos mencionados por la médico  forense.      

         Respecto  de  la  exposición de Héctor Alfonso González Manzano,  funcionario  de  la  Secretaría  de  Gobierno  de  Ocaña, que según afirma el  censor  también fue tergiversada, sirvió al juzgador de segunda instancia para  encontrar  corroborado  el  dicho de la médica Carvajalino Calle, en el sentido  de  que  el  hallazgo de un número importante de cadáveres generó un problema  de  salud  pública  en  el  municipio  de Ocaña, y que las características de  dichos  cuerpos correspondían a hombres jóvenes con rasgos físicos propios de  personas  de  otras  regiones  del  país,  y  a  partir  de  allí  concluir la  generalidad  del  ataque  a  la  población civil.        

         Indica  que  el  desacierto del ad quem radica en que el declarante  en  cuestión  nada  de  lo  anterior  corrobora,  solo  hace  referencia  a las  dificultades  de  salud  pública que se presentaron en Ocaña debido a la falta  de  medios  adecuados para la preservación de cadáveres, motivo por el cual se  vieron  obligados a inhumarlos en fosas comunes, por tanto no podía derivar del  dicho  del  señor  González  Manzano  la  existencia de un ataque generalizado  contra  la  población  civil,  máxime  que  la única víctima atribuida en la  presente    actuación    a    los    procesados    es    el    señor    Porras  Bernal.      

         En  lo relativo al testimonio de Diana Ramírez Páez, coordinadora  del  grupo  de  desaparecidos  del  Instituto  de  Medicina Legal, manifiesta el  recurrente  que  de  igual  forma  fue tergiversado por el Tribunal para dar por  acreditado   el   elemento  «generalidad»  y  así  declarar  como crímenes de lesa humanidad los delitos  juzgados,  a  partir  de  la información suministrada por la citada en cuanto a  que  en  los  Departamentos  de Santander y Norte de Santander ocurrieron varias  muertes  en  combates  con  el  Ejército Nacional, de personas que habían sido  reportadas  como  desaparecidos en las localidades de Ciudad Bolívar en Bogotá  y Soacha (Cund.), para un total de once casos.      

         Agrega  que de tales afirmaciones el juez colegiado concluye que se  trató  de  un ataque contra la población civil «con  características  de generalizado», soslayando que en  el  asunto de la especie solo se imputó a los militares condenados la muerte de  Fair  Leonardo  Porras  Bernal,  más  no  los  once  decesos  que  menciona  la  testigo.      

         Destaca  que  la trascendencia del yerro estriba en que el elemento  «generalidad»,  característico  de  los  delitos  de  lesa  humanidad,  el ad quem lo encontró  demostrado  a  partir  de  la  pluralidad  de  víctimas traídas desde Soacha a  Ocaña,  con  la finalidad de darles muerte por miembros del Ejército Nacional,  para  luego reportarlos como bajas en combate con grupos al margen de la ley, lo  cual     soportó     en     los     testimonios     cuya     distorsión     se  denuncia.       

         Señala   que   si   se   hubieran  examinado  tales  declaraciones  «con   el   alcance   probatorio   que   realmente  tienen»,  y  pese  a  que  la información por ellos  aportada  ponía  de  presente  que  (i)  durante  ese  periodo  se elevaron los  índices  de personas NN muertas en combates con el Ejército Nacional; (ii) los  rasgos  físicos de los cadáveres no correspondían a personas de la región de  Ocaña;  y,  (iii)  en  la  época y lugar de los hechos juzgados hubo denuncias  contra  el  Ejército  Nacional por presuntas ejecuciones extrajudiciales; nunca  se  demostró  que  las  víctimas  de  tales enfrentamientos, referidas por los  declarantes  cuyos relatos fueron tergiversados, hubiesen perecido a manos o con  la  intervención  de  los  militares  procesados  en el caso concreto, luego el  homicidio    del    señor    Porras    Bernal    aparece    como    un    hecho  aislado.            

         Concluye  solicitando  a  la Corte que case la sentencia impugnada,  para  que  en  su  lugar  absuelva  al  suboficial  y los soldados Profesionales  procesados  del  ilícito de concierto para delinquir agravado, y se declare que  los  delitos  materia de juzgamiento en este proceso no constituyen crímenes de  lesa humanidad.    

         2.  Demanda  formulada  en  nombre  del  cabo segundo Carlos Manuel  González Alfonso.   

         Al  amparo de las causales segunda, tercera y primera, previstas en  el  artículo  181  de  la Ley 906 de 2004, el libelista formula cinco reproches  contra  la  sentencia  del  ad  quem, uno principal por nulidad, y los restantes  subsidiarios,  tres por violación indirecta y el último por violación directa  de la ley sustancial.   

         

         Primer  cargo  (principal). Manifiesta el  impugnante  que  la  sentencia  confutada  se  profirió en un juicio viciado de  nulidad,  por  cuanto  se desconoció el debido proceso al vulnerar la garantía  del     derecho     de     contradicción     y,     por    contera,    el    de  defensa.     

         Expresa  que los jueces de instancia negaron el decreto y práctica  de  una  prueba sobreviniente, necesaria para controvertir las de cargo aducidas  por  la  Fiscalía,  las  que  a  la  postre  fueron  el  fundamento para dictar  sentencia  de  carácter  condenatorio en contra de su representado y los demás  acusados.   

         Añade  que  en  el  juicio  oral, en la sesión del 30 de enero de  2012,  fue escuchado en declaración el investigador Juan Miguel Angarita, quien  expuso  que en el Juzgado Primero Penal Municipal de Soacha reposa un expediente  que  se  adelantó contra el occiso Fair Leonardo Porras Bernal por el delito de  hurto  calificado, motivo por el cual dio orden de trabajo al investigador de la  defensa  para  que  obtuviera  copia  de  la  mencionada actuación y así poder  establecer    los    pormenores   de   la   misma.        

         Obtenida   copia   del   diligenciamiento,  señala  que  encontró  necesario  solicitar  el  decreto  de  esa  prueba  documental, valga decir, del  expediente  con radicado 2008-0146, a fin de demostrar que: (i) el señor Porras  Bernal  estaba  en capacidad de realizar conductas al margen de la ley; (ii) era  una  persona  violenta,  pues  el  atentado  contra  el patrimonio económico lo  cometió   utilizando  arma  blanca;  (iii)  su  discapacidad  cognitiva  había  mejorado,     por     lo    que    no    era    una    persona    «boba»,  pues  estaba al tanto del valor  del  dinero,  sabía  leer  y escribir y conocía los datos de su residencia, al  punto  que  en  dicha  actuación penal aceptó cargos; y, (iv) su madre mintió  cuando  afirmó  que su hijo Fair Leonardo nunca se había ausentado de su casa,  ni había estado detenido.      

         Adicionalmente,  indica  que  dicha  prueba  habría permitido a la  defensa,  por  una  parte,  restar credibilidad a los testimonios que señalaban  que  el  señor  Porras  Bernal  fue trasladado bajo engaños a Ocaña y, por el  contrario,  demostraría que éste viajó de manera voluntaria con el propósito  de  delinquir; en tanto que, de otro lado, le imprimiría poder de convicción a  las  declaraciones de los miembros de la familia Mogollón, en el sentido de que  estaban  siendo  extorsionados  por  Fair Leonardo y sus compinches desde tiempo  atrás,  inclusive  el  día  anterior  a  la muerte de Fair; perdiendo entonces  sustento  las  afirmaciones de los testigos de cargo Alexander Carretero Díaz y  Pedro Antonio  Gámez.             

         El  casacionista  reconoce que si bien en la audiencia preparatoria  la  defensa  conocía la constancia entregada por la Fiscalía, acerca de que en  el  despacho  judicial mencionado existía un proceso penal adelantado contra el  señor  Porras  Bernal, el representante del ente acusador no hizo lo propio con  el  respectivo expediente, con lo cual omitió su deber de obrar con objetividad  y  trasparencia,  y  por  consiguiente la defensa desconocía el contenido de la  actuación,  razón  por  la  cual  «se convierte en  prueba  sobreviniente  una  vez  lo  conoce», además  necesaria  e  indispensable  para  desarrollar  el  derecho  de contradicción y  establecer  por  parte  del  juzgador la verdad y la justicia.      

         Aduce  que  en el presente caso, al negar la práctica de la prueba  sobreviniente,  los  falladores  de  instancia  le  dieron  preponderancia  a la  formalidad  procedimental  sobre  las garantías del derecho de contradicción y  defensa,  desconociendo  de  esa manera el apotegma consagrado en los artículos  228  Constitucional  y  10  del Código de Procedimiento Penal, conforme al cual  les  impone  que en las actuaciones procesales habrá de perseguirse la eficacia  del  ejercicio  de  la justicia y la prevalencia del derecho sustancial, el que,  en  el  asunto  particular,  está  determinado  por los derechos mencionados en  cuanto hace a la prueba.     

         Al  respecto señala que los juzgadores incurrieron en un exceso de  ritualidad,   al  renunciar  a  hacer  efectivo  el  derecho  sustancial  y  dar  preeminencia  al rito, de modo que de esa manera negaron el decreto de la prueba  sobreviniente  deprecada por la defensa. Seguidamente el actor cita con amplitud  jurisprudencia  de  la  Corte  Constitucional  relacionada  con  los derechos en  mención,   y   finaliza   aseverando   que   «queda  demostrado   que   efectivamente  existe  violación  de  [la]  garantía  [del]  “Principio  de  Contradicción”  y por consiguiente se vulnera el derecho de  defensa»,  razón por la cual solicita la nulidad de  la actuación.   

         En  punto de la trascendencia del vicio alegado, refiere nuevamente  los  aspectos  que el medio de convicción, echado de menos, de haberse ordenado  su  práctica,  habría controvertido y reafirmado, y agrega otros tales como su  importancia  a  fin  de  corroborar  las  atestaciones de José de Jesús Romero  Espinosa,  el  que  declaró  haber  conocido  a  Fair  Leonardo delinquiendo en  Soacha,   pero   a   quien   dice,   los   jueces  de  instancia  no  le  dieron  credibilidad.       

         Concluye  analizando  los  principios  que rigen la declaratoria de  las  nulidades  frente al caso concreto, y en cuanto a la necesidad del fallo de  casación,  afirma  que  además de pretenderse con el recurso extraordinario la  efectividad  del derecho material, el respeto de las garantías y la reparación  del  agravio  ocasionado  a  su  representado  con  la  decisión  confutada, se  requiere   que   por  vía  jurisprudencial  se  establezca  que  «un  mero  formalismo  en  la  solicitud  de  una  prueba,  no puede  transgredir    un    principio   rector  tan importante como es el de ESTABLECER  LA  VERDAD Y LA JUSTICIA…, ni violar garantías como  el    principio   de   contradicción».     

         Además,  agrega que resulta necesario que la Corte se pronuncie en  el  sentido  de  clarificar  que  no  obstante  lo  normado por el artículo 248  Superior,  la  aceptación  de  los cargos por parte de un procesado, rodeada de  todas  las  garantías, pueda ser tenida como «prueba  de  su  mala  conducta  anterior,  o  por  lo  menos  como INDICIO GRAVE DE MALA  CONDUCTA».   

         Igualmente,  para que jurisprudencialmente se imponga a la víctima  y  a  su  representante legal el deber de obrar con objetividad, pues en el caso  concreto  la  apoderada  de  aquella aportó el registro civil de defunción del  señor  Porras  Bernal al despacho judicial donde se adelantaba el proceso penal  en  su  contra,  con  el  «objeto  de  evitar que se  supiera    en    juicio    la   mala   conducta   del   hoy   occiso».      

         Finaliza   señalando   que  con  la  irregularidad  denunciada  se  vulneraron  los  artículos  29  y 228 Constitucional; y 5, 8 literales j) y k),  10,  15  y  26 de la Ley 906 de 2004, por lo cual depreca de la Corte se decrete  la   nulidad   parcial   de   la   actuación,   a   partir  del  «cierre    del    ciclo   probatorio   de   la   defensa»  en  el  juicio  oral,  y  se  ordene  la práctica de la prueba  sobreviniente tantas veces mencionada.     

         Segundo  cargo  (subsidiario).  Expone el  demandante  que  los falladores de instancia incurrieron en violación indirecta  de  la  ley  sustancial por error de derecho por falso juicio de legalidad, toda  vez  que  la  sentencia  condenatoria  «se dictó con  base  a (sic) los testimonios de Alexander Carretero Díaz, Pedro Antonio Gámez  y  Jhon  Jairo  Muñoz»,  quienes, de acuerdo con la  teoría   del   caso   de  la  Fiscalía,  fueron  las  personas  encargadas  de  «reclutar»   a   las  víctimas  en  el municipio de Soacha, trasladarlas hasta Ocaña y entregarlas a  los  militares  del  Batallón  Santander  de  esa  localidad, con el fin de ser  asesinadas      y      posteriormente     reportadas     como     «resultados operacionales».       

         Señala   que  habida  cuenta  que  los  supranombrados  no  fueron  imputados  por  los  hechos  y los delitos juzgados en la presente actuación, a  pesar   de   ser   partícipes   en   ellos,  entonces  tenían  la  calidad  de  «indiciados», por lo cual  en  caso  de  declarar  en juicio, gozaban del derecho constitucional y legal de  ser  asistidos  por  un  defensor, a fin de garantizarles el debido proceso y el  derecho  de  defensa,  según lo establecen los artículos 8º de la Convención  Interamericana  de  Derechos  Humanos, 29 de la Carta y 8 de la Ley 906 de 2004,  norma  esta última declarada constitucional bajo el entendido de que el derecho  de  defensa  no está restringido a la fase de la investigación, sino que puede  ejercerse  por  el implicado o indiciado en la fase de indagación anterior a la  formulación de la imputación.        

         Afirma  que  como  los  testimonios  de  Carretero  Díaz, Gámez y  Muñoz  no  fueron  vertidos  «dentro  de los cauces  legales»,  ya  que  no  estuvieron  asistidos por un  defensor,  se  tornan ilegales y, por tanto, debieron excluirse de la actuación  y  no  ser  valorados,  de  conformidad  con lo dispuesto en el artículo 23 del  Estatuto Adjetivo Penal.        

         Refiere  que  la  trascendencia del vicio alegado radica en que los  juzgadores  tuvieron  en  cuenta  los  testimonios  que  aquí  son  tachados de  ilegales  para  fundamentar el fallo condenatorio por el delito de desaparición  forzada,  dictado  en contra de su defendido y de los demás militares, conducta  punible      que      «tiene     relación     de  causalidad»   con   las  de  homicidio  agravado  y  concierto para delinquir agravado.    

         Finalmente,  aduce  que el fallo de casación es necesario, no solo  para  promover  los  fines señalados en el artículo 180 de la Ley 906 de 2004,  sino  para que la Corte aclare la diferencia entre coacusado y coindiciado, y se  determine  que  quien  tiene la calidad de indiciado, si desea rendir testimonio  en  juicio oral, «además de hacerle las advertencias  legales,       debe       estar      asistido      por      defensor».       

         Por   tanto,   solicita  a  la  Corporación  casar  «totalmente»  la  sentencia  recurrida,  para  absolver  al  incriminado  Carlos  Manuel  González Alfonso de los cargos  formulados  en  la acusación, o en su defecto «casar  parcialmente la sentencia».     

         Tercer  cargo (subsidiario). Acudiendo de  nuevo  a  la violación indirecta de la ley, pero esta vez originada en error de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad por adición, el censor le atribuye ese  vicio  al  Tribunal  al  apreciar el contenido material de la prueba documental,  concretamente  de  los  tiquetes  que  la  Fiscalía  adujo  al juicio oral para  demostrar  que  Alexander Carretero Díaz viajó con Fair Leonardo Porras Bernal  desde  Bogotá  hasta  Ocaña,  utilizando  como  medio de transporte la empresa  Brasilia.          

         Señala  que  Carretero  Díaz declaró haber comprado los pasajes,  afirmación  que la Fiscalía pretendió corroborar incorporando los respectivos  tiquetes  números  17823928  y 17823929 de fecha 9 de enero de 2008, que fueron  expedidos  a  nombre del prenombrado y de Rafael Porras.       

         Agrega   que  no  obstante  ninguno  de  los  tiquetes  mencionados  figuraba  a  nombre  de Fair Leonardo Porras Bernal, los falladores de instancia  afirmaron  que  el  contenido  de  los  pluricitados  documentos  confirmaba que  Carretero  Díaz había viajado con el hoy occiso, y no con otra persona, cuando  la  verdad  fue  que  lo  hizo  con  Rafael Porras, quedando así evidenciada la  tergiversación  del  tenor literal de la prueba en cuestión, pues se le dio un  contenido            diverso            al           que           objetivamente  expresa.         

         Respecto  de  la trascendencia del vicio alegado, expone que con el  testimonio  de  Alexander  Carretero Díaz se pretendió demostrar que éste fue  quien  viajó con la posterior víctima hasta Ocaña, luego si resulta que no se  transportó  con  ésta  el  9  de enero de 2008, sino con una persona de nombre  Rafael   Porras,  también  sería  falso  que  al  día  siguiente  el  soldado  profesional  Dairo  José  Palomino,  miembro  de  la  sección  de inteligencia  –S2–  del  Batallón Santander de Ocaña,  recogió  a Fair Leonardo en el sector conocido como la «Y», que el mencionado  estuvo  en  el  billar de propiedad del referido militar y que al día siguiente  fue  entregado  en un retén a miembros del Ejército Nacional, todo lo cual fue  tenido en cuenta para proferir el fallo condenatorio.     

         En  esa  medida, pide a la Corte casar la sentencia impugnada y, en  su  lugar,  absolver a su representado de los cargos formulados en su contra por  la Fiscalía.   

         Cuarto  cargo  (subsidiario).  Afirma el  recurrente  que  el  ad  quem  incurrió  en  violación  indirecta  de la norma  sustancial,  derivada  de error de derecho por falso juicio de legalidad, puesto  que  la  sentencia  condenatoria  se  fundamentó  en prueba ilegal, esto es, el  «testimonio de oídas» de  la investigadora Ariacna Lara Contreras.     

         Señala  que  la  mencionada  rindió testimonio en el juicio oral,  donde  informó  que  el  sargento  Sandro  Mauricio Pérez se había acogido al  programa  de  protección  de testigos de la Fiscalía, de quien dijo que en una  ocasión,  en  presencia de fiscales y su defensor, le narró la forma en que el  mayor  ®  Marco  Wilson  Quijano  Mariño  y  el  teniente  Diego Aldair Vargas  Cortés,  miembros  del  Ejército Nacional, adscritos a la Compañía Plan Vial  Meteoro  No.  3,  agregada operacionalmente al Batallón Santander de Ocaña, en  una  única  reunión  sostenida en el municipio de Ábrego a comienzos del año  2008,  le  solicitaron  conseguir una persona para hacerla aparecer como baja en  combate,  que  resultó  ser Fair Leonardo Porras Bernal, por lo cual le pagaron  un millón de pesos.        

         Agrega   que  la  investigadora  Lara  Contreras  presuntamente  se  entrevistó  con  el  sargento  Sandro  Mauricio  Pérez quien, según la citada  expuso  en  su  testimonio,  se  encontraba  en  el  programa  de protección de  testigos  e iba a suministrar información a la Fiscalía, oportunidad en la que  relató  la  participación  de los oficiales de la Compañía Plan Vial Meteoro  No.  3  en  la  desaparición  y  muerte  del  señor  Porras Bernal, además la  declarante  reconoció  que  esa entrevista no quedó registrada por escrito, ni  en  grabación  magnetofónica,  es decir, no se utilizaron medios idóneos para  documentarla   «como   lo   establecen  las  reglas  técnicas    de    la   criminalística»   y,   por  consiguiente,  asevera  el  libelista,  la prueba se torna ilegal y no puede ser  valorada,   «máxime  cuando  [el  sargento  Pérez  Contreras]  no  contó  con  la presencia de un defensor para poder garantizarle  sus                      derechos                      fundamentales».                

         Seguidamente,  el  impugnante  cita  el contenido de los artículos  205,  206  y  282  de la Ley 906 de 2004, para concluir que en relación con las  dos  primeras  normas  citadas,  la  investigadora Lara Contreras inobservó las  previsiones  allí  contenidas,  por  cuanto  no documentó a través de ningún  medio  la  supuesta entrevista sostenida con el sargento Sandro Mauricio Pérez;  y,  en  relación  con la última norma en cita, afirma que de ella se deriva la  obligación  de  que  si  el indiciado, calidad que considera ostentaba para ese  momento   el  mentado  militar,  «decide  romper  su  silencio  y  autoincriminarse», debe ser interrogado  en presencia de un abogado.       

         Concluye  que  por  las  razones  anotadas,  la  declaración de la  pluricitada  investigadora  de  la  Fiscalía  debió  declararse «nula  de  pleno derecho», en lo relativo  a  lo  que  afirmó  le dijo el sargento Pérez Contreras, de conformidad con el  artículo 29 de la Carta y 23 del Código de Procedimiento Penal.   

         Estima  que  el  error alegado es trascendente, en la medida en que  el  testimonio de Ariacna Lara Contreras fue tenido en cuenta por los juzgadores  de  instancia  para  edificar  el  fallo condenatorio en contra de los militares  procesados.     

         Por  último, expresa que el fallo casacional es necesario para que  la  Corte  fije  el  criterio  según  el  cual,  es  nulo  de  pleno derecho el  testimonio  del  investigador  rendido  en  juicio  oral,  cuando «declara  como testigo de referencia de lo dicho por una persona que  tiene  la  calidad  de  indiciado,  y  no presenta entrevista o declaración por  escrito   o   en   video   debidamente  asesorada  por  un  defensor»  e,  igualmente,  se  aclare que cuando la prueba es ilegal debe  declararse nula y excluirse de la actuación.     

         Así   las  cosas,  pide  a  la  Corporación  casar  la  sentencia  recurrida,  para absolver al cabo del Ejército Nacional Carlos Manuel González  Alfonso  de  los  cargos  formulados  en su contra por la Fiscalía.     

         Quinto  cargo (subsidiario). Por la senda  de  la  violación directa de la ley sustancial, el casacionista denuncia que el  Tribunal  interpretó  de  manera  errónea una norma llamada a regular el caso,  esto  es,  el  artículo 29 del Código Penal que consagra las diferentes formas  de autoría en el delito.   

         Luego  de  trascribir  apartes  de  la  sentencia de segundo grado,  donde  el  ad  quem compendia los argumentos de la apelación interpuesta por la  Fiscalía  y la apoderada de las víctimas contra el fallo de primera instancia,  concretamente  en  punto  de  la  forma  de intervención de los militares en el  concurso  de  delitos,  y  lo  que  al respecto resolvió el juez colegiado, que  encontró  demostrada  la  responsabilidad  de  los  procesados  en  calidad  de  «coautores  a  través  de  un aparato organizado de  poder»,  el censor señala que debió «diferenciarse  el  papel que cumple el autor mediato de la conducta  y  los  instrumentos  inmediatos  que  la  ejecutan,  y  que siendo instrumentos  inmediatos,  sean  utilizados  mediante  error,  engaño  o presión».   

         Refiere  que  el  juzgador  de segundo grado hizo un «fárrago» de la forma de participación  de  los  acusados,  determinándola  en forma general, y no individualmente como  corresponde,  pues  si  el  instrumento  inmediato  actúa sin error y con plena  capacidad  cognitiva y volitiva, como lo plantea el ad quem, el hombre de atrás  no será autor mediato.    

         En  ese  orden,  expresa que al aplicarse la teoría de la autoría  mediata  en  aparatos organizados de poder, los instrumentos inmediatos, en este  caso,    el    acusado   Carlos   Manuel   González   Alfonso,   «no   son   responsables   de   los   hechos   cometidos   por   sus  superiores».   

         A  lo  que añade, que «no existe prueba  alguna  en  el  expediente»  demostrativa de que los  militares   que  conformaban  el  pelotón  «Búfalo  1» tuvieran «conciencia y  participación» en los delitos por los cuales fueron  condenados,    contrario    a    lo    pregonado    por    los   juzgadores   de  instancia.     

         Anota  que la trascendencia del vicio planteado, consiste en que si  su  representado  fungió  en  la  comisión  de  los  hechos  como  instrumento  inmediato,  no  puede  ser  considerado  penalmente responsable de las conductas  punibles    imputadas,    salvo    que    se    demuestre   que   «actuó     con     culpabilidad     plena     y     con    autoría  calificada».     

         Luego  de  citar autorizada doctrina sobre el tema en cuestión, el  recurrente  afirma  que  existe  confusión  en  los  funcionarios judiciales al  imputar  esta  forma  de  autoría,  como,  según dice, se advierte en el fallo  confutado,  pues  el  juez  colegiado  distorsionó  la  realidad  y derivó una  responsabilidad   inexistente  para  los  instrumentos  inmediatos  del  aparato  organizado   de   poder,  entre  ellos  su  representado,  quien  «de  acuerdo  a  las probanzas no tuvo participación en los delitos  de  concierto para delinquir y desaparición forzada, pues se desplazó al lugar  de   los   hechos   a   través   de   una   orden   de  operaciones»,  a  la  cual  no  podía  sustraerse de acuerdo con la doctrina  militar;  en  otras  palabras, que cuando aconteció la muerte del señor Porras  Bernal,  el  incriminado González Alfonso cumplía los deberes constitucionales  y    legales    que    le    correspondían    como    miembro   del   Ejército  Nacional.         

         En  ese  orden,  depreca  de la Corte casar la sentencia de segundo  grado,  para  en  su lugar absolver a su defendido de los delitos por los cuales  se profirió condena en su contra.    

         3.  Demanda  formulada  en  nombre del teniente Diego Aldair Vargas  Cortés.   

         Al  amparo de las causales segunda, tercera y primera, previstas en  el  artículo  181  de  la  Ley 906 de 2004, el libelista formula siete censuras  contra  la  sentencia  del ad quem, dos principales por nulidad, y las restantes  subsidiarias,  tres  por  violación indirecta y las dos últimas por violación  directa de la ley sustancial.   

         

         Primer  cargo  (principal). La impugnante  acusa  el  fallo demandado de haberse proferido en un juicio viciado de nulidad,  debido  a  la  vulneración  del  derecho  de  defensa  por  desconocimiento del  principio de contradicción de la prueba.   

         En  idénticos  términos a los consignados en la demanda formulada  en  nombre  del acusado Carlos Manuel González Alfonso, señala que el vicio de  garantía  se  origina en la negativa de los juzgadores de instancia de decretar  la  prueba  documental  sobreviniente,  solicitada en desarrollo del juicio oral  por  la  defensa  del  procesado  en mención, y que consistía en incorporar el  expediente  que  se  tramitó en el Juzgado Primero Penal Municipal de Soacha en  contra    de    Fair    Leonardo    Porras    Bernal   por   el   delito   hurto  calificado.       

         Refiere   que   dicho  medio  de  convicción  era  necesario  para  demostrar  la inclinación de la víctima al delito, con lo cual cobraría valor  probatorio  el  dicho  del incriminado Marco Wilson Quijano Mariño, quien en su  condición  de  comandante  de  la  Compañía Plan Vial Meteoro No. 3, recibió  información  sobre la extorsión de que era víctima Felipe Mogollón por parte  del  señor  Porras  Bernal, así como la entrevista de este último, presentada  como  prueba de referencia en el juicio oral, y los testimonios de Evila Garcés  y  Regina  Mogollón,  en  su  orden esposa e hija del citado; e igualmente a la  declaración  de  José  de Jesús Romero Espinosa, quien señaló a la víctima  como  un  delincuente  del  municipio  de  Soacha  que  pertenecía  a  la banda  «Los              Pancoques».       

         Considera  que  si  el  señor Porras Bernal era proclive a cometer  conductas  delictivas  mediante  violencia  e  incluso  estuvo  en  capacidad de  aceptar  los  cargos  por ese hecho, es claro que podía auto determinarse, y si  como  consta  en el expediente que echa de menos, sabía leer y escribir, tenía  habilidad  para manejar armas blancas y consumía licor, con mayor razón podía  manejar un arma de fuego.     

         

         Fija  la trascendencia del yerro, en que ello impidió controvertir  pruebas  que  los  juzgadores  de  instancia  tuvieron  en cuenta para emitir la  condena  en  contra  de  su  representado y los demás militares acusados, tales  como  el  testimonio  de los investigadores Juan Miguel Angarita, quien declaró  sobre  la  buena conducta del obitado, y Ariacna Lara Contreras, que refirió lo  que  le  contó  el  sargento  Sandro  Pérez sobre la actividad criminal de los  oficiales  acusados,  con  lo  cual  asevera,  hubiera quedado sin fundamento el  delito  de  concierto  para  delinquir  y  el  hecho  de  que presuntamente Fair  Leonardo  fue  traído  de  Soacha  para  ser  asesinado  y  presentado  como un  resultado   operacional,  circunstancia  que  tiene  relación  directa  con  el  ilícito  de  desaparición  forzada,  de donde dice, se sigue que el mencionado  fue  dado de baja por el Ejército Nacional cuando se encontraba delinquiendo en  el sector de Ocaña.   

         Aduce  que  de  haberse decretado la pluricitada prueba documental,  la  sentencia  habría  sido  absolutoria,  y  que  se  requiere  del fallo para  determinar  que  tanto el juzgador, como la Fiscalía y los intervinientes en el  proceso      penal      «deben     actuar     con  objetividad».   

         Como   normas   violadas   indica   los   artículos   29   y   228  Constitucional;  y  5,  8  literales j) y k), 10, 15 y 26 de la Ley 906 de 2004,  por  lo cual depreca de la Corte se decrete la nulidad parcial de la actuación,  a  partir  del  «cierre  del  ciclo probatorio de la  defensa» en el juicio oral, y se ordene la práctica  de la prueba sobreviniente en mención.   

         Segundo  cargo  (subsidiario). Acudiendo  nuevamente  a la nulidad, la casacionista denuncia que la sentencia recurrida se  emitió  en un juicio viciado de nulidad por vulneración del derecho de defensa  a  consecuencia  de  la  inobservancia  del  principio  de  contradicción de la  prueba.   

         Arguye  que  en  el  juicio  oral  la  defensa  de  su representado  solicitó  se  decretara  el  testimonio  de  Adriano  Ortiz,  copropietario del  plantío  de tomate donde ocurrieron los hechos que terminaron con la muerte del  señor  Porras Bernal, como prueba sobreviniente de contra refutación, pues con  ella  se  pretendía  desvirtuar  la  exposición de Luis Alfonso Reyes Torrado,  propietario  del terreno y de parte del mentado cultivo, quien manifestó que en  éste  no  se presentaron daños luego de acaecido el fatal suceso, declaración  a  partir  de  la  cual  los  juzgadores  de  instancia dedujeron que el combate  alegado  por  los  militares  acusados  era inexistente, y en la que fundaron la  sentencia condenatoria por el delito de homicidio agravado.   

         Agrega  que  la  juez  de  primera  instancia  en  orden a negar el  decreto  de la prueba en cuestión, adujo que ésta no era significativa para el  juicio  y  en cambio resultaría dilatoria, decisión contra la que se interpuso  el recurso de reposición que fue decidido negativamente.   

         En  esa  medida,  asevera,  se  desconoció el debido proceso en su  expresión  del  derecho  de  defensa,  pues  de haberse decretado la prueba, se  habría  demostrado  que  sí se produjeron daños en el citado sembradío y que  ello   ocurrió  a  consecuencia  del  combate  que  sostuvieron  los  militares  implicados  con  un  grupo  de  delincuentes,  es decir, que aquellos obraron en  legítima  defensa  de  su vida, descartándose por contera la existencia de las  conductas    punibles    de    desaparición    forzada    y    concierto   para  delinquir.       

         Corolario  de  lo  anterior,  pide  a  la Corte decretar la nulidad  parcial  a  partir  del  cierre del ciclo probatorio a cargo de la defensa en el  juicio  oral,  a fin de ordenar la práctica de la referida prueba sobreviniente  de contra refutación.    

         Tercer    cargo    (subsidiario).   La  demandante  postula  la  violación  indirecta de una norma sustancial por parte  del  juez  colegiado,  a  consecuencia  de  error de derecho por falso juicio de  legalidad.   

         En  los  mismos  términos  y  con  idénticos  fundamentos  a  los  consignados  en  el  cargo  segundo  del  libelo presentado a nombre del acusado  Carlos  Manuel  González  Alfonso,  manifiesta  que  la  sentencia condenatoria  proferida  en contra de su representado se basó en los testimonios de Alexander  Carretero  Díaz,  Pedro  Antonio  Gámez y Jhon Jairo Muñoz, quienes según lo  expuesto  por  la  Fiscalía  en  su  teoría  del caso, fueron las personas que  reclutaron  a  los  jóvenes  de  Soacha  con la finalidad de trasladarlos hasta  Ocaña,  para  luego ser asesinados por miembros del Ejército Nacional, quienes  los                    reportaban                   como                   bajas  operacionales.          

         Estima  que  como  los mencionados tienen la calidad de indiciados,  al  momento  de  declarar  en  el  juicio  oral  han debido ser asistidos por un  defensor,  omisión  que  advera,  torna  ilegal dicha prueba con la consecuente  exclusión  de  la  actuación  y  la  imposibilidad  de  ser  valorada  por los  falladores de instancia.    

         Dice  que  como  dichos testigos, cuyas exposiciones se tuvieron en  cuenta  para dar por demostrado que existía un grupo de civiles y militares que  llevaban  mediante engaño jóvenes de otras partes del país hasta la localidad  de  Ocaña,  con la finalidad antes indicada, si bien no fueron imputados dentro  de  la  presente  actuación  y  no  tienen  la calidad de coacusados, sí la de  coindiciados,  por  tanto, debieron estar asistidos de defensor cuando rindieron  sus  declaraciones  en el juicio oral, pues, en su caso, no tiene aplicación el  artículo 394 de la Ley 906 de 2004.      

         Le    causa    «extrañeza»  a  la  censora  que  después  de cuatro años de ocurridos los  hechos  juzgados,  la Fiscalía no hubiera imputado a los supranombrados, cuando  está  claro  que  formaban parte del grupo delincuencial que reclutaba jóvenes  en el municipio de Soacha.   

         Considera  trascendente  el  vicio  denunciado en tanto con base en  los  testimonios  de  Carretero  Díaz,  Gámez y Muñoz, se dictó la sentencia  condenatoria  en contra de su defendido y de los demás procesados, y de haberse  excluido   por   ilegales,   no   habrían   sido   valorados,  conduciendo  esa  circunstancia a su absolución.   

         En  esa  medida solicita de la Corte casar el fallo confutado, para  absolver  al  incriminado  Diego  Aldair  Vargas  Cortés de los delitos por los  cuales fue acusado.     

         Cuarto    cargo    (subsidiario).   La  recurrente  denuncia que los juzgadores de primer y segundo grado incurrieron en  la  violación  indirecta  de la ley sustancial, originada en error de hecho por  falso juicio de identidad por adición.     

         Anota  que a fin de corroborar el testimonio de Alexander Carretero  Díaz,  quien en juicio declaró haber sido la persona que el 9 de enero de 2008  viajó  con  Fair  Leonardo Porras Bernal desde Bogotá hasta un sector conocido  como  la  «Y»,  en  la  vía  que  de  Aguachica  (Cesar) conduce a Ocaña, la  Fiscalía  incorporó  los  tiquetes número 17823928 y 17823929 expedidos en la  fecha  antes indicada por la empresa Brasilia S.A., a nombre del declarante y de  Rafael Porras.        

         Agrega  que no obstante lo anterior, el ad quem afirmó en el fallo  que  con  los  tiquetes  expedidos por la empresa de transporte se confirmaba lo  dicho  por  el  testigo,  en  el  sentido de que viajó con Fair Leonardo Porras  Bernal  en el trayecto y fecha indicados, cuando lo que dicha prueba dice es que  viajó  con  una  persona  de nombre Rafael Porras, quedando así evidenciada la  distorsión del medio de convicción.    

         Considera  trascendente  el  error alegado, por cuanto si Carretero  Díaz  no  viajó  con  Fair  Leonardo,  sino con un señor Rafael Porras, no es  cierto,  como  lo  afirma  aquel,  que  hubiera  entregado  al  primero  de  los  mencionados  a  Dairo  José  Palomino,  soldado  profesional  de la sección de  inteligencia              –S2–   del  Batallón  Santander de Ocaña, ni se trata de la misma persona que estuvo en el  billar   de  propiedad  del  precitado,  ni  tampoco  es aquella que según  Carretero  Díaz  fue  entregada  en  un  retén  militar, con lo cual queda sin  sustento el fallo de condena.        

         En   consecuencia,  pide  a  la  Corporación  casar  la  sentencia  impugnada,  para  absolver  a  su  defendido  de  los  cargos  formulados por la  Fiscalía.   

         Quinto  cargo  (subsidiario).  Expone la  libelista   que  los  falladores  de  instancia  incurrieron  en  la  violación  indirecta  de  la  ley sustancial, derivada de error de derecho por falso juicio  de  legalidad,  por  cuanto  la sentencia tuvo como fundamento el «testimonio    de    oídas»   de   la  investigadora  de  la  Fiscalía  Ariacna  Lara  Contreras, prueba a todas luces  ilegal.     

         Anota  que  el  ad  quem  tuvo  en  cuenta  como  fundamento  de la  sentencia  condenatoria  proferida  contra  los  incriminados  Quijano Mariño y  Vargas  Cortés  por  los  delitos  de  desaparición  forzada  y concierto para  delinquir,  el  testimonio  de  Lara  Contreras,  investigadora de la Fiscalía,  quien  indicó  que  el  sargento  Sandro  Mauricio  Pérez se había acogido al  programa  de  protección  a  testigos  de  dicha  entidad, y en una reunión le  narró  la  forma  en  que  a comienzos de 2008 los dos oficiales mencionados le  solicitaron  un  joven  con el fin de ejecutarlo y hacerlo aparecer como baja en  combate,       quien       resultó      ser      Fair      Leonardo      Porras  Bernal.         

         Luego  de  transcribir  la  valoración  que  de  dicho  testimonio  realizó  el  Tribunal,  la  impugnante señala que el sargento Pérez Contreras  aún  no  ha  sido  vinculado  al  presente proceso, amén que la «entrevista» que el citado supuestamente  rindió  a  la  investigadora  de  la  Fiscalía no quedó registrada en ningún  medio   escrito,   grabación   magnetofónica   o   video,  tal  «como     lo    establecen    las    reglas    técnicas    de    la  criminalística»  y  los  artículos  205  y 206 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  por  lo  que  «la  prueba  se torna ilegal y no puede ser valorada, máxime cuando [Sandro Mauricio  Pérez]  no  contó  con la presencia de un defensor para poder garantizarle sus  derechos  fundamentales», como lo prevé el artículo  282 ibídem.         

         En  esa  medida, estima que de conformidad con los artículos 29 de  la  Carta  y  23 de la Ley 906 de 2004, el referido medio de convicción es nulo  de  pleno  derecho,  debiéndose  excluir  parcialmente  en  lo  referente a las  manifestaciones  que  presuntamente  le  hizo  a  la  testigo el sargento Pérez  Contreras,  cuya  trascendencia  radica  en  que  tales  atestaciones  fueron el  sustento  de  la  condena  emitida  por  el  juez  colegiado contra los acusados  Quijano    Mariño   y   Vargas   Cortés,   además   de   que   «sirvió  como  base  para  estructurar  y  determinar  los aparatos  organizados                         de                         poder».         

         Finaliza  mencionando  que  el fallo de casación es necesario para  que  esta  Corporación  determine  que  es  nula  de pleno derecho la prueba de  referencia  testimonial,  cuando  la declaración anterior del testigo indiciado  que  no comparece a juicio, no consta en medio escrito o audiovisual y, además,  el  deponente no está acompañado de un defensor.        

         En  consecuencia,  solicita  casar  la  sentencia  impugnada,  para  absolver  al  teniente  el Ejército Nacional Diego Aldair Vargas Cortés de los  delitos por los cuales fue acusado.    

         Sexto  cargo  (subsidiario). Por la senda  de  la  violación directa de la ley sustancial, la casacionista denuncia que el  Tribunal  interpretó de manera errónea el artículo 340 de la Ley 599 de 2000,  que tipifica el delito de concierto para delinquir.     

         Luego  de  trascribir  apartes  de  la  sentencia de segundo grado,  donde  el  ad  quem compendia los argumentos de la apelación interpuesta por la  Fiscalía  y la apoderada de las víctimas contra el fallo de primera instancia,  concretamente  en  punto  de  la  forma  de intervención de los militares en el  concurso  de  delitos,  y  lo  que  al respecto resolvió el juez colegiado, que  encontró  demostrada  la  responsabilidad  de  los  procesados  en  calidad  de  «coautores  a  través  de  un aparato organizado de  poder»,  la  demandante  señala que en la sentencia  confutada  se  desconocieron los elementos estructurales del delito de concierto  para   delinquir   y,  además,  esta  conducta  «se  confunde   con   [una]   forma  de  participación  en  el  hecho,  cual  es  la  coautoría».     

         Seguidamente,   cita   el   artículo   29   del  Código  Penal  y  jurisprudencia   de   esta  Corporación  sobre  la  coautoría  como  forma  de  intervención  en  el  delito,  para afirmar que ésta implica la participación  plural  de  personas  que  mediando  un  acuerdo  previo  o  concomitante  y con  división  de  trabajo,  planifican  la  comisión  de  una  o  varias conductas  punibles  determinadas,  empresa  delictiva  que dada su complejidad, en ciertos  eventos  puede  prolongarse en el tiempo y tener cierto grado de organización e  incluso  de  jerarquización  de  sus  integrantes  para  el  desarrollo  de  la  actividad  criminal,  sin  que  ello  comporte  necesariamente la existencia del  ilícito     de    concierto    para    delinquir.        

         Añade  que  en  el caso concreto al acusado Vargas Cortés solo se  le  imputa  haber  participado en el homicidio de Fair Leonardo Porras Bernal, y  no  se  acreditó  que en su contra se sigan otras investigaciones por hechos de  la  misma naturaleza acaecidos durante su permanencia como agregado al Batallón  Santander  de Ocaña, luego no era procedente emitir condena en su contra por el  referido    delito   contra   la   seguridad   pública.       

         Indica  que  el  delito  en  cuestión exige para su configuración  cuando  menos  de  tres  elementos,  a  saber:  (i) que se concierten dos o más  personas,  (ii)  que sea con el fin de cometer pluralidad de delitos y (iii) que  el  concierto  tenga vocación de permanencia en el tiempo, los cuales afirma la  censora,  no  se presentan a cabalidad en el caso de la especie, pues si bien se  da  el  primero  de  ellos,  en relación con los restantes solo se acreditó la  comisión  de  un único delito, esto es, el homicidio del señor Porras Bernal,  que     aun     cuando     concursa     con     otro    ilícito    –desaparición   forzada–no  se  trata  de  que  el acuerdo se  estableciera  para  cometer  múltiples  reatos  indeterminados;  y  tampoco  se  demostró  la  permanencia  en  el tiempo de esa organización, que se conformó  para     ese    único    hecho.           

         Concluye  manifestando  que  con  la  manera  de  razonar  del juez  colegiado,  cada  vez  que  un  grupo  de personas se concierten para asesinar a  determinado   individuo,   además   de  responder  por  el  homicidio,  deberá  procesárseles  también  por  el  ilícito contra la seguridad pública, con lo  cual  se  está  soslayando la prohibición de non bis  in  ídem,  lo  que en el caso concreto se traduce en  que  «los  actos preparatorios del homicidio de Fair  Leonardo  Porras  están  siendo  tipificados  como  concierto  para  delinquir,  desconociendo    que   es   un   requisito   de   la   coautoría   el   acuerdo  previo».            

         Considera  trascedente  el  yerro, pues de mantenerse la condena en  contra  de  su  representado por el delito en comento, se le haría más gravosa  su situación en cuanto al monto de la sanción.    

         Por  tanto,  solicita  de  la Corte casar parcialmente la sentencia  impugnada,  para  absolver al incriminado Diego Aldair Vargas Cortés del delito  de  concierto  para  delinquir,  efectuando  la  correspondiente redosificación  punitiva.    

         Séptimo    cargo   (subsidiario).   La  recurrente  expone  que  el juzgador de segundo grado incurrió en la violación  directa  de  la  norma sustancial por interpretación errónea del artículo 165  del    Código    Penal,    que    consagra    el    delito   de   desaparición  forzada.       

         Luego  de trascribir apartes de la sentencia confutada referidos al  análisis  de  la  materialidad del delito en comento y de la responsabilidad de  los  acusados  en  el  mismo,  así  como  de citar el contenido de la norma que  estima   erróneamente  interpretada,  la  libelista  señala  que  uno  de  los  elementos  que  estructuran  dicha  conducta  punible  es  el  de «la  privación  de  la  libertad» de la  víctima,  el  cual  considera  no se demostró en el asunto de la especie, pues  afirma  que su representado no privó de la libertad al señor Porras Bernal, ya  que  fue  Ender  Obeso  quien  le propuso al mencionado viajar a Ocaña, y éste  aceptó  voluntariamente  hacerlo en compañía de Alexander Carretero Díaz, en  otras  palabras,  dice la impugnante, en momento alguno se privó de la libertad  a Fair Leonardo.        

         Agrega,  además,  que si la «intención  o  iter  criminis» de los militares era el de traer a  una  persona,  que  resultó ser el hoy obitado, para darle muerte y presentarla  como     baja    en    combate,    el    «elemento  volitivo»  solo correspondió a la acción de matar,  pero  no  se le sumó a dicha manifestación de voluntad privar de la libertad a  Fair  Leonardo  Porras  Bernal,  como  tampoco  la  de ocultarlo o negarse a dar  información  sobre  su  paradero, por cuanto después del enfrentamiento armado  donde  el  citado  perdió  la  vida,  el comandante del pelotón «Búfalo   1»  mediante  el  respectivo  informe  dejó  el  cadáver  a  disposición  del  CTI  de la Fiscalía para su  identificación,  y  en respaldo de su postura cita con amplitud el contenido de  instrumentos  internacionales que proscriben el delito de desaparición forzada,  lo  enlistan  como  crimen  de  lesa  humanidad y consagran los elementos que lo  configuran,  así  como  apartes  de  la  sentencia  C-317  de  2002 de la Corte  Constitucional  sobre  la  exequibilidad  condicionada  del  artículo  165  del  Código Penal.   

         Concluye  la  casacionista  señalando  que  si  la víctima viajó  voluntariamente      a      Ocaña     a     realizar     una     «vuelta»,  si  no se ocultó su cadáver  por  parte  de  los  militares  y, en cambio, estos presentaron un informe donde  brindan  información  acerca  de  las circunstancias que rodearon la muerte del  señor  Porras  Bernal,  y  lo  único  probado  es que éste fue «engañado   como   parte   de  los  actos  preparatorios  para  ser  asesinado»,   entonces  no  se  configura  el  tipo  objetivo del delito de desaparición forzada.    

         En  esa  medida,  fijando la trascendencia del error en el monto de  la  pena  impuesta  a su defendido al hallarlo penalmente responsable del delito  en  comento, pide a esta Corporación casar parcialmente la sentencia confutada,  para  absolver  al  procesado  Vargas  Cortés  del  delito  contra  la libertad  individual.     

         4.  Demanda  formulada  en  nombre  de  los  soldados profesionales  Richard  Ramiro Contreras Aguilar, Ricardo García Corzo y Carlos Antonio Zapata  Roldan.   

         Invocando   las   causales  segunda  y  tercera,  previstas  en  el  artículo  181 de la Ley 906 de 2004, la demandante formula tres censuras contra  la  sentencia  de segunda instancia, las dos primeras por nulidad, y una tercera  por violación indirecta de la ley sustancial.   

         

         Primer  cargo.  Manifiesta  que el fallo  impugnado  se  profirió  en  un  juicio  viciado  de  nulidad,  por  cuanto  se  desconoció  el  debido  proceso por vulneración de la garantía del derecho de  contradicción   y,  por  contera,  el  de  defensa,  con  trasgresión  de  los  artículos  29  y  228  de  la  Carta,  y  5,  8,  15,  y  26  de  la Ley 906 de  2004.     

         Sostiene  que  la  irregularidad  que  determina  la  nulidad surge  porque  los  jueces  de  instancia negaron el decreto de prueba sobreviniente de  naturaleza  documental,  consistente en incorporar al juicio oral copia íntegra  del  expediente  con  radicación 2008-00146 del Juzgado Primero Penal Municipal  de  Soacha,  contentivo  de la actuación seguida contra el señor Fair Leonardo  Porras  Bernal por el delito de hurto calificado, mediante la cual se pretendía  controvertir  las  pruebas  de  la Fiscalía acerca de la personalidad y sanidad  mental  del  citado,  tenidas  en  cuenta para proferir condena en contra de sus  representados.   

         Menciona  que  al  conocerse  el  contenido  de la actuación penal  adelantada  contra  el  hoy  obitado,  lo  que  aconteció  en el juicio oral al  momento  de  practicarse el testimonio del investigador Juan Manuel Angarita, la  defensa  solicitó  el  decreto  de  la  referida prueba documental, la cual fue  negada  por  la a quo porque no cumplía las exigencias formales, «omitiendo   como  consecuencia  de  su  determinación  hacer  [el]  análisis  sobre  el  perjuicio que podría producirse al derecho de defensa y a  la  integridad  el  juicio», decisión confirmada por  el ad  quem.                    

         Advierte  que  la prueba echada de menos habría permitido dotar de  credibilidad  los  testimonios  de  Evila Garcés, Regina Mogollón, Luis Felipe  Mogollón  y  José  de  Jesús  Romero  Espinoza,  quienes dieron cuenta de las  actividades  ilícitas  desarrolladas  por  el señor Porras Bernal, con lo cual  resultaba  más  probable  que  la  presencia  del mencionado en el municipio de  Ocaña  obedeciera  a  la  realización  de  actividades  al  margen  de la ley,  desvirtuando  en  ese  aspecto la teoría de la Fiscalía y dejando sin sustento  las  conclusiones de los juzgadores de instancia, en cuanto a las circunstancias  en   que  aquel  perdió  la  vida,  «toda  vez  que  analizadas  las  pruebas  en  conjunto,  incluido  el  expediente solicitado, no  podría  llegarse  a  la  conclusión por parte de los falladores que [la muerte  de]    Fair   Leonardo   Porras   Bernal   es   producto   de   una   ejecución  extrajudicial».      

         Añade  que uno de los fines del proceso penal es obtener la verdad  y  la  justicia, derecho que les asiste a las víctimas de la conducta punible y  a    la    «comunidad    en    general»,  luego  es  obligación  del juzgador establecer tales aspectos  con  objetividad,  en los términos del artículo 5 del Código de Procedimiento  Penal,   norma   que   estima   fue   desconocida  por  ambas  instancias.    

         Resalta  que  aun cuando se aceptara que hubo un yerro por parte de  la  defensa,  a  consecuencia de «no obtener en forma  oportuna»  el  aludido  expediente,  pese  a  que la  Fiscalía  solo  descubrió  una simple certificación sobre anotaciones penales  del  señor  Porras  Bernal,  de  todas  maneras los jueces de instancia podían  decretar  la  prueba  a fin de garantizar el derecho de defensa de los acusados,  haciendo  prevalecer  el  derecho sustancial sobre las formas, según lo prevén  los    artículos    228    de    la   Carta   y   10   de   la   Ley   906   de  2004.       

         Una  vez  cita  jurisprudencia  de la Corte Constitucional sobre la  prevalencia   del   derecho   sustancial   y   la   figura   del  «exceso    ritual    manifiesto»,   en  particular  como defecto procedimental que afecta las decisiones de los jueces y  conduce  a  una  vía  de  hecho  judicial, concluye que en el caso concreto, de  haber   primado   el   mencionado  derecho,  se  habría  admitido  como  prueba  sobreviniente  la  documental  tantas  veces  citada,  con  la  cual  se restaba  credibilidad   a  las  pruebas  que  sobre  el  estado  de  salud  mental  y  la  personalidad  del  Fair  Leonardo  presentó  en juicio oral la Fiscalía y, por  contera,  se  soportaban  las  de descargo de la defensa, cuyo resultado habría  sido  la  inversión  de  las  conclusiones a las que llegaron los falladores de  primer    y    segundo   grado   sobre   la   responsabilidad   penal   de   sus  defendidos.   

         En  consecuencia,  pide  a la Corte decretar la nulidad parcial del  proceso  a  partir  de la clausura del ciclo probatorio a cargo de la defensa en  el  juicio  oral,  y  que  se  ordene  la  práctica  de  la  pluricitada prueba  documental sobreviniente.   

         Segundo  cargo. Acudiendo nuevamente a la  nulidad,  la  censora  manifiesta  que  la  sentencia recurrida se emitió en un  juicio  viciado  de nulidad, originada en la vulneración del derecho de defensa  a  consecuencia  de  la  inobservancia  del  principio  de  contradicción de la  prueba,  con trasgresión de los artículos 29 de la Carta y 5, 8, 15 y 26 de la  Ley 906 de 2004.   

         Menciona  que  la  irregularidad  consistió  en  que  la  a quo no  decretó  la  prueba sobreviniente de contra refutación, esto es, el testimonio  de  Adriano  Ortiz, con la cual se pretendía desvirtuar la declaración de Luis  Alfonso  Reyes  Torrado,  testigo sobreviniente de refutación solicitado por la  Fiscalía,  en  punto  de  la  existencia  o  no de daños al cultivo de tomate,  ubicado  en  el  lugar  donde  ocurrieron  los  hechos en que resultó muerto el  señor Porras Bernal.       

         Expone  que  la  pretensión  de  la  defensa  era demostrar que el  testigo  de  la  Fiscalía había faltado a la verdad, puesto que Adriano Ortiz,  codueño  de  la  siembra  de  tomate,  en  entrevista realizada por la defensa,  informó  que  allí  sí  se  habían producido daños, no obstante, la juez de  primer  grado,  negó  su  práctica aduciendo que el estado de dicho cultivo no  era  un  tema significativo para el juicio y, en cambio, resultaba dilatorio del  mismo,  «induciendo en error a la defensa»,  que  ante los argumentos del juzgador se abstuvo de interponer  los  recursos  legales,  aun  cuando  el defensor de otro de los procesados, que  también  había solicitado su práctica, impugnó horizontalmente la decisión,  pero  esa  pretensión  le  fue  resuelta  negativamente  con  fundamento en las  razones expuestas.          

         Sin  embargo,  agrega, el estado del cultivo de tomate sí fue tema  crucial  en  las decisiones de primer y segundo grado, cuyos apartes pertinentes  trascribe,  pues en esa circunstancia se soportó la tesis sobre la inexistencia  del  «combate  donde fue dado de baja el señor Fair  Leonardo  Porras Bernal» y, por ende, la materialidad  del   delito   de  homicidio,  afectándose  por  esa  razón  el  principio  de  contradicción  y  el  derecho  de  defensa  de  su prohijado.      

         Estima  trascedente  la  irregularidad  alegada,  pues  de  haberse  decretado  la  prueba  sobreviniente  de  contra  refutación, los falladores de  instancia  habrían  advertido que sí hubo daños en el cultivo de tomate donde  se      presentó     el     «combate»,    aspecto    que   los   hubiera   persuadido   de   su   real  ocurrencia.   

         Así  las  cosas,  solicita a esta Corporación decretar la nulidad  parcial  del  proceso a partir «del día 6 de febrero  de  2012»,  y  se  ordene la práctica de la mentada  prueba de contra refutación.   

         Tercer  cargo. Denuncia la recurrente que  el  Tribunal  incurrió  en violación indirecta de la ley sustancial, por error  de  hecho derivado de falsos juicios «de existencia y  de  identidad»,  que  condujeron  a  la  aplicación  indebida  de los artículos 29, 165, 166, num. 1º, y 340 del Código Penal, y a  la  falta  de  aplicación del artículo 7º de la Ley 906 de 2004, que consagra  el    principio   in   dubio   pro   reo.   

         Señala  que al fijar la responsabilidad penal de sus representados  en  los  delitos de desaparición forzada y concierto para delinquir, el ad quem  tuvo  en  cuenta  los testimonios de Ariacna Lara Contreras, investigadora de la  Fiscalía,  quien  afirmó  que  los  acusados  Quijano Mariño y Vargas Cortés  ordenaron  al  sargento  del Ejército Nacional Sandro Mauricio Pérez Contreras  traer  a  un  joven  de  Soacha hasta Ocaña; y de Alexander Carretero Díaz, el  presunto    encargado    de    trasladarlo,    quien   aseguró   «la  presencia  del  suboficial  y los soldados en un retén militar  donde     fue     entregado     Fair    Leonardo    Porras    Bernal».    

         Expresa  que  el  falso  juicio de existencia por suposición recae  sobre  el  testimonio  de  la  investigadora  Lara Contreras, testigo de oídas,  quien  refirió  lo que le reveló en una entrevista el sargento Pérez sobre la  participación  de los oficiales incriminados, quienes le pidieron conseguir una  persona  para  asesinarla  y  hacerla aparecer como baja en combate, prueba cuyo  valor  demostrativo se condicionó a la valoración conjunta con otros medios de  convicción  que  la  corroborasen, a cuyo efecto el juez colegiado elaboró una  serie  de  indicios,  frente  a  los  cuales  la  casacionista  lanza  críticas  personales,  bien  porque  estima  que  en  la construcción de algunos de tales  silogismos  no  estaba acreditado el hecho indicador, ora porque el yerro estaba  en   la   inferencia   lógica   o   bien   por   ausencia   de   «nexo  causal» entre el hecho indicador y  el  indicado.               

         Concluye  que  la  prueba  indiciaria construida por el Tribunal no  permite   afirmar,   «más   allá   de  toda  duda  razonable»,  que  los  acusados  Quijano  Mariño  y  Vargas  Cortés  ordenaron  al sargento Pérez Contreras trasladar un joven para  darle  muerte  y  presentarlo como resultado operacional, tal como lo afirmó la  investigadora  Ariacna  Lara Contreras de acuerdo al relato que presuntamente el  mencionado  militar  le  hizo  en  una  reunión, del cual, resalta, no se dejó  registro alguno.          

         De  otro  lado,  añade,  que  en  desarrollo  de  las  labores  de  verificación  de  la información suministrada por el Sargento Pérez Contreras  a  la investigadora, solo parte de la misma se pudo constatar, pues en relación  con  otros  aspectos  no fue posible tal cometido como, afirma, lo reconoció la  declarante  Ariacna Lara Contreras, quien dijo haber tratado infructuosamente de  entrevistarse  con  el  mayor  Quijano  Mariño  y  el  teniente Vargas Cortés,  miembros del Ejército Nacional.       

         Manifiesta  que  en  razón  de  lo anterior, surge claro que en la  actuación   no   obra   prueba   demostrativa  de  la  supuesta  «solicitud  u  orden»  emitida  por  los  oficiales  en  mención, luego carecen de sustento las aseveraciones del ad quem  en  el sentido de que los militares citados conformaron un aparato organizado de  poder  y  que  de ellos provino la «orden»  de  conseguir  un  joven con la finalidad antes señalada, así  como   que   una   vez   obtenida   la   persona   en   cuestión   –Fair       Leonardo–,  fue  entregada  a la tropa bajo su  mando,    esto    es,    a   los   integrantes   del   Pelotón   «Búfalo  1»  de la Compañía Plan Vial  Meteoro  No.  3,  conformada,  entre  otros,  por sus representados, para que lo  ejecutaran,      haciéndolo      aparecer     después     como     baja     en  combate.       

         Anota  que  además  de  lo  anterior,  el juez colegiado incurrió  igualmente  en  un  falso  juicio  de identidad por adición en relación con el  testimonio  de  Alexander  Carretero  Díaz,  por  cuanto  a  partir de su dicho  afirmó  que  los acusados Contreras Aguilar, García Corzo y Zapata Roldán, se  encontraban  presentes  en  el  retén  militar  donde  el  11  de enero de 2008  supuestamente  fue  entregado el señor Porras Bernal, y con fundamento en ello,  expresa   la   libelista,   el   juzgador   de   segundo   grado  «infirió  el  grado  de  participación  directa  en  el  delito de  desaparición  forzada  de los soldados profesionales, con base en una secuencia  cronológica».       

         Dice  que  los  falladores de instancia agregaron a la declaración  de  Carretero  Díaz,  situaciones  que no corresponden a su contenido material,  relativas  a  las  circunstancias que rodearon los hechos ocurridos la noche del  11  de  enero  de 2008, fecha en que presuntamente Fair Leonardo fue entregado a  un  grupo  de  militares para ser ejecutado, tales como: (i) la existencia de un  retén  conformado  por  militares;  (ii) la presencia en ese retén de un mayor  del  Ejército Nacional de apellido Rodríguez; (iii) la ubicación en el retén  de  un  vehículo  automotor  tipo  camioneta  NPR;  (iv)  que Fair Leonardo fue  despojado  de  sus  documentos de identificación al momento de ser recibido por  los  militares  en el pluricitado retén; y, (v) que Carretero Díaz no alcanzó  a   percibir   de   manera   precisa   los   uniformados   que   integraban   el  mismo.       

         Estima   que   de  tales  adiciones  realizadas  al  testimonio  en  cuestión,  se  desprendió  la participación de sus defendidos en el delito de  desaparición  forzada,  puesto  que  se  les  ubicó  en un retén inexistente,  integrado  por  un  vehículo  tipo camioneta NPR y un grupo de militares que el  testigo  nunca  dijo  haber  visto  esa  noche, así como de la circunstancia de  conformar   el   Pelotón   «Búfalo  1»,  el  cual reportó la baja en combate del señor Porras Bernal,  de  lo  que  se  infirió  que  fueron  sus  miembros  a  quienes se entregó el  mencionado joven para ser ejecutado.     

         Tales  yerros,  agrega  la  impugnante,  comportaron la aplicación  indebida  del  artículo 29, inciso 2º, del Código Penal, pues con base en los  testimonios   sobre   los  cuales  recayeron  aquellos,  el  Tribunal  atribuyó  responsabilidad  a  sus  representados  como  coautores  bajo  la  modalidad  de  aparatos organizados de poder.     

         Sostiene  que  si  bien la legislación interna y la jurisprudencia  nacional  reconocen  la  viabilidad de aplicar la tesis de la autoría mediata a  través  de  aparatos organizados de poder, no basta para su estructuración con  la  sola  afirmación  sobre su existencia, sino que es indispensable que exista  una  «orden» emitida por  el  dirigente  de la organización, que en últimas cumple el ejecutor material,  aun       cuando       no      tenga      un      contacto      directo      con  aquel.        

         Afirma  que  la  orden  de  conseguir  a  un  joven para ejecutarlo  extrajudicialmente,  fue  la  base  sobre  la  cual el juzgador de segundo grado  determinó  la  existencia de un aparato organizado de poder y la pertenencia al  mismo  de  los  militares incriminados, orden que asevera, adolece de fundamento  probatorio,  impidiendo  por  tanto que se cumpla el recorrido descendente en la  cadena,  que  se predica de este tipo de participación.       

         En  igual  sentido,  señala,  que  a  consecuencia  de  los vicios  alegados,   el   juez  colegiado  aplicó  indebidamente  el  contenido  de  los  artículos   165   y   166  del  Código  Penal,  que  tipifican  el  delito  de  desaparición  forzada  agravada, y 340 inciso 2º ibídem, que prevé el delito  de  concierto para delinquir agravado, y dejó de aplicar el artículo 7º de la  Ley  906  de  2004, que consagra el principio in dubio  pro reo.    

         Errores  que  estima  trascedentes,  pues la condena que el ad quem  dictó  en  contra  de sus defendidos por los delitos antes referidos, revocando  la  absolución  proferida  por la a quo en relación con los mismos, se sostuvo  en  la  forma de participación de aparatos organizados de poder, tesis que a su  vez  construyó  producto de los falsos juicios de existencia e identidad en que  incurrió.    

         En  esa  medida,  solicita a la Corte casar la sentencia impugnada,  para  en  su  lugar  absolver  a  los acusados Richard Ramiro Contreras Aguilar,  Ricardo  García  Corzo  y  Carlos  Antonio  Zapata  Roldán,  de los delitos de  desaparición   forzada   agravada   y   concierto   para   delinquir  agravado.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1. Conforme a la  normativa  recogida  en  el Código de Procedimiento Penal de 2004, la casación  se  establece  con una doble connotación, tanto de control constitucional, como  legal  de  las  sentencias proferidas en segunda instancia en orden a consolidar  la  efectividad  del  derecho  material,  el  respeto  de  las garantías de los  intervinientes,  la  reparación  de  los  agravios  inferidos  a  éstos  y  la  unificación de la jurisprudencia.      

Ahora bien, sin perjuicio de la facultad que  la  ley otorgó a la Sala de Casación Penal de la Corte de superar los defectos  de  la  demanda para decidir de fondo en aquellos eventos en que los fines de la  casación,  su  fundamentación,  posición  del impugnante dentro del proceso e  índole   de   la   controversia   planteada,   así  lo  ameriten,  el  recurso  extraordinario  no  es  un  mecanismo  carente de rigor.       

En  efecto,  la  casación  penal  no puede  entenderse  como  una  instancia  adicional  para debatir aspectos que ya fueron  materia  de  controversia, o como facultad ilimitada para revisar el proceso; ni  la  demanda  puede  elaborarse utilizando un discurso de libre composición, por  el  contrario, dado el carácter extraordinario y rogado del recurso, en el cual  se  examina  la legalidad de la sentencia, está ligado a causales taxativas que  tienen  contenidos  propios,  referidas  a  vicios  sustanciales  o  procesales.  Además,  en  el  desarrollo  de  cada  uno  de los reparos formulados, se deben  cumplir  unos  requisitos  mínimos  de lógica y adecuada fundamentación, cuyo  desconocimiento  conlleva  a su inadmisión, como lo establece el inciso 2º del  artículo 184 del Código de Procedimiento Penal de 2004.   

Es  así  que  según  el  citado precepto,  mediante  decisión  motivada  la  Corte  está  facultada  para  no seleccionar  aquellas  demandas  que se encuentren en cualquiera de los siguientes supuestos:  “Si  el demandante carece de interés, prescinde de  señalar  la  causal,  no  desarrolla los cargos de sustentación o cuando de su  contexto  se  advierta  fundadamente  que  no  se precisa del fallo para cumplir  algunas       de       las       finalidades       del      recurso.”     

Significa   lo   anterior,  que  dada  la  preponderancia  de los fines del recurso extraordinario en la sistemática de la  Ley  906  de  2004,  aun cuando la demanda de casación no reúna las exigencias  formales  y sustanciales, la Corte puede superar sus defectos y decidir de fondo  el  asunto  si lo advierte necesario en orden a garantizarlos; y de igual forma,  no   obstante  cumplir  el  libelo  con  los  requisitos  de  lógica  y  debida  fundamentación,  procede  su  inadmisión  si  de  acuerdo a dichos fines no se  precisa de un fallo de mérito.    

2.  Previo  al  estudio  de admisibilidad de las demandas de casación presentadas, es necesario  precisar  que  de  acuerdo  con  el  principio de prioridad, la Sala asumirá en  primer  lugar  el  análisis  de  los  reproches  por  nulidad  propuestos  como  principales  por  los  defensores  de  todos los procesados que interpusieron el  recurso de casación.   

Así  mismo,  por  razones  metodológicas,  seguidamente   se  procederá  al  análisis  de  las  censuras  formuladas  por  violación  indirecta  de  la  norma,  el  cual,  en  algunos  eventos, se hará  conjunto  en  relación  con  aquellas  que tienen similar fundamento fáctico y  jurídico  y, finalmente, se estudiarán los cargos por violación directa de la  ley sustancial.    

3. De entrada la  Corte  advierte  que los libelos no reúnen los requisitos de lógica y adecuada  fundamentación  que  exige  el  recurso  extraordinario,  lo  que  conduce a su  inadmisión, como a continuación se explica.   

3.1 De la nulidad.  

Si  bien la Sala ha dicho que la nulidad es  menos  exigente  en  su  demostración  que  las otras causales de casación, lo  cierto  es que impone al censor proceder con precisión y claridad a identificar  la  clase  de  irregularidad sustancial que determina la invalidación; señalar  si  se  trata  de  un  vicio de estructura o garantía; plantear sus fundamentos  fácticos;  indicar  los preceptos que considera conculcados; expresar la razón  de  su quebranto; y, especificar el momento de la actuación a partir de la cual  se produjo el vicio.   

Asimismo,  compete al casacionista informar  la  cobertura  de  la  invalidez,  evidenciar que procesalmente no existe manera  diversa  de restablecer el derecho afectado y, lo más importante, comprobar que  la   anomalía   denunciada   tuvo  injerencia  perjudicial  y  decisiva  en  la  declaración   de   justicia   contenida  en  el  fallo  impugnado  –principio              de  trascendencia–, dado que  el  recurso  extraordinario  no  puede  fundarse  en especulaciones, conjeturas,  afirmaciones   carentes   de   demostración   o   en  situaciones  ausentes  de  quebranto.   

3.1.1  Primer  cargo  por  nulidad  de  las  demandas  formuladas  a  nombre  de  los procesados Diego Aldair Vargas Cortés,  Carlos  Manuel  González  Alfonso,  Richard  Ramiro  Contreras Aguilar, Ricardo  García Corzo y Carlos Antonio Zapata Roldán.   

Los  actores  coinciden  en señalar que el  vicio  de garantía que denuncian se origina en la negativa de los juzgadores de  instancia  de  decretar  como  prueba  documental  sobreviniente,  la  copia del  proceso  penal  con  radicado  2008-0146, adelantado en el Juzgado Primero Penal  Municipal  de  Soacha  contra Fair Leonardo Porras Bernal por el delito de hurto  calificado.   

En  términos  generales,  los  defensores  afirman  que  con  esa  prueba se pretendía demostrar la capacidad de delinquir  del   mencionado  y  la  mejoría  de  su  discapacidad  cognitiva  y  con  ello  controvertir  algunos  medios  de convicción presentados por la Fiscalía sobre  los  aspectos  antes  referidos,  así  como  apuntalar  los  de  descargo de la  defensa,  orientados  a demostrar que el hoy obitado se encontraba en la región  de    Ocaña    con    la    finalidad    de    cometer   delitos   –extorsiones–, y que en ejercicio de tal actividad  criminal  fue  dado  de  baja  en  combate  sostenido  con  los  militares aquí  procesados.               

En  desarrollo  del  cargo  de nulidad así  propuesto,  le  correspondía  a  los  demandantes  la  carga  de  acreditar los  siguientes  aspectos:  (i) la pertinencia, utilidad y admisibilidad del medio de  conocimiento  echado  de  menos, (ii) la posibilidad de su práctica tanto en el  momento  en  que fue negado, como en la actualidad; (iii) su capacidad suasoria;  (iv)  cómo  de  haberse decretado y admitido su valoración en conjunto con los  demás  elementos de persuasión, oportuna y legalmente practicados en el juicio  oral,  habría  trocado  la  declaración  de  justicia  contenida  en  el fallo  confutado                –trascendencia–;  y,  finalmente,  pero  no  menos  importante, (v) que en el caso  concreto  se  reúnen  las  exigencias legales contenidas en el inciso final del  artículo  344 de la Ley 906 de 2004, para decretar como prueba sobreviniente la  documental  referida  al proceso tramitado en el Juzgado Primero Penal Municipal  de Soacha.            

Sin  embargo, tal labor argumentativa no es  abordada  con  el  rigor lógico propio del recurso extraordinario, limitándose  el  discurso  de  los  censores  a  los  aspectos  relativos  a la pertinencia y  utilidad  de  la  prueba  echada  de menos, pero desde su particular óptica, es  decir,  lo  que  en  su personal criterio demuestra, principalmente que con ella  pretendían  establecer  que el retardo mental moderado que desde niño padecía  Fair  Leonardo, producto de una meningitis, había mejorado considerablemente, y  que  si  éste  estaba  en  capacidad  de cometer delitos valiéndose de un arma  blanca,   también   era  probable  que  hubiera  viajado  a  Ocaña  de  manera  voluntaria,  no  mediante  engaños,  con  el  objeto  de  realizar  actividades  criminales  como  la  extorsión,  según  los  atestiguaron  los miembros de la  familia  Mogollón,  quienes  aseguraron  haber  sido  víctimas  de su accionar  delincuencial,  y  de  esta  forma justificar su homicidio por parte de miembros  del Ejército Nacional.          

No obstante, los recurrentes evaden hacer un  análisis  crítico de la prueba documental en cuestión, valga decir, sopesarla  conforme  a los postulados de la sana crítica en orden a determinar cuál es su  valor  demostrativo,  como  también eluden de manera conveniente referirse a la  trascendencia  del  error  alegado,  esto es, evidenciar cómo la inclusión del  pluricitado  medio  de  convicción en el haz probatorio practicado en el juicio  oral  habría  determinado la absolución de los militares acusados, quedándose  los  reparos  en  meras afirmaciones carentes de sustento, con la pretensión de  entronizar  su  personal  valoración  probatoria  sobre  el  citado elemento de  persuasión.      

Más aún, en las glosas formuladas por los  censores  ni  siquiera  se  hizo  mención  a  los  argumentos  expuestos por el  Tribunal  al  resolver  el recurso de apelación interpuesto por el defensor del  procesado  González  Alfonso contra la sentencia de primera instancia, pues una  de  sus  peticiones  era  precisamente  la declaratoria de nulidad por el motivo  antes  expuesto,  frente  a  la  cual  consideró  el  ad quem que además de no  reunirse  los  requisitos  contemplados  en  el  artículo  344  del  Código de  Procedimiento  Penal para decretar la prueba sobreviniente, en el juicio oral se  había  acreditado  la existencia del proceso penal adelantado en contra de Fair  Leonardo  Porras  Bernal,  a  través  del  testimonio  de Juan Miguel Angarita,  investigador  de la defensa, quien declaró sobre las actividades delictivas que  supuestamente  desarrollaba  el interfecto en la localidad de Soacha, aspecto al  que  también  se  refirió ampliamente el testigo de la defensa José de Jesús  Romero  Espinosa,  quien  dijo  haberlo conocido como  miembro de una banda  delincuencial  denominada  «Los Pancoques».       

Por  tanto, a los libelistas correspondía,  cuando  menos,  indicar  cuál era la capacidad suasoria de la prueba documental  desechada  por  los  juzgadores  de instancia y su incidencia en la decisión de  condenar  a  sus representados por los delitos objeto de la acusación, amén de  demostrar  la  concurrencia  de  las  exigencias legales para decretar la prueba  sobreviniente.      

Sobre  este  último punto debe resaltarse,  tal  como  se  destacó en el fallo de segundo grado, que el representante de la  Fiscalía,  aún  antes  de  la oportunidad legal correspondiente, había dado a  conocer  a  la  defensa de los incriminados Quijano Mariño y Vargas Cortés, un  informe  sobre  anotaciones  y  antecedentes  penales del obitado Porras Bernal,  donde  consta  la  existencia de la investigación penal adelantada en contra de  éste,  documento  que  fue  descubierto en la audiencia preparatoria y respecto  del  cual  se hizo la correspondiente solicitud probatoria por el abogado de los  procesados  en  mención, la cual  fue decretada como prueba en la referida  oportunidad  para  ser  incorporada  a  través  del  investigador  Juan  Miguel  Angarita1,  pero  que  en  últimas no fue introducida al juicio oral por la  parte          que         la         pidió2.          

Y   aun  cuando  así  lo  reconocen  los  impugnantes,  consideran  que el ente acusador no cumplió con el deber de obrar  con    «objetividad   y   transparencia»  en  el  descubrimiento  probatorio  pues, dicen, no solo debió  entregar  la certificación de antecedentes y anotaciones de Fair Leonardo, sino  también copia del respectivo expediente.   

Tal  aserto resulta equivocado, pues si los  apoderados  de  los  incriminados  sabían de la existencia del mentado proceso,  porque  de  ello  se enteraron en la audiencia preparatoria, conforme lo dispone  el  canon  356  de  la  Ley  906  de 2004, la carga de enunciarla y solicitar su  decreto  en la referida oportunidad, para ser incorporada como prueba documental  en  el  juicio  oral,  era  exclusivamente  de  la  defensa,  en tanto resultaba  favorable  a  dicha  parte, que, además, valga resaltar, en la sistemática del  proceso  acusatorio,  cuenta  con  facultades investigativas para recolectar los  elementos  materiales  probatorios  y la evidencia física que estime necesarios  para    el    adecuado   ejercicio   del   derecho   de   defensa   –art.    125-9   ibídem–,  por  lo  cual  resulta  infundado  pretender  que  esa  tarea  la  realizara  la  Fiscalía, cuya obligación no es  precisamente  la  de  investigar  tanto  lo  desfavorable  como  lo favorable al  acusado,     principio    característico    de    procedimientos    de    corte  inquisitivo.     

      

Tampoco  es acertada la tesis sostenida por  los  casacionistas  relativa  a que los jueces de instancia, al negar el decreto  de  la  prueba documental tantas veces mencionada, le dieron preponderancia a la  mera  formalidad  sobre el derecho sustancial, en el caso concreto materializado  en  la  garantía del derecho de defensa de los procesados, desconociendo de esa  manera  lo  normado  en  los  artículo  228  de  la  Carta  y 10 del Código de  Procedimiento   Penal   e,   incurriendo  así,  en  lo  que  la  jurisprudencia  constitucional     denomina     «exceso    ritual  manifiesto»,  bajo  la  consideración  de  que  aun  cuando  la  defensa  hubiera  incurrido  en una omisión, el medio probatorio en  cuestión  resultaba  determinante  para  ejercer el derecho de contradicción y  cumplir  los  fines  del  proceso  penal  a la verdad y la justicia.     

En  efecto,  en  el  sistema  procesal  de  tendencia  acusatoria  consagrado  en  la  Ley  906  de  2004, dado su carácter  adversarial,  corresponde  a las partes adelantar la actividad investigativa que  estimen  conveniente  a  sus  particulares  intereses,  en  orden  a obtener los  elementos  de  convicción  respecto  de  los  cuales  en  la  oportunidad legal  correspondiente   harán   las  solicitudes  probatorias,  para  de  esa  manera  sustentar  en  juicio  oral  su  teoría del caso.        

No  obstante,  a  fin  de  evitar  que  se  sorprenda  a  la parte contraría y para garantizar, entre otros, los principios  de  igualdad,  contradicción y lealtad, las partes tienen el deber de descubrir  los   elementos   materiales   probatorios,  evidencia  física  e  información  legalmente  obtenida que hayan recaudado y que pretendan hacer valer como prueba  en  el  juicio,  obligación  que  en  el caso de la Fiscalía comprende incluso  «aquellos      elementos      favorables      al  acusado»  que  estén  en  su  poder,  tal  como  lo  estipula  el  literal  f)  del artículo 337 de la Ley 906 de 2004, todo lo cual  debe  ocurrir  en  las  precisas  oportunidades  que la normativa en mención lo  establece,   esto   es,  en  el  escrito  de  acusación,  en  la  audiencia  de  formulación  de  acusación  y  hasta la audiencia preparatoria, de conformidad  con      los     artículos     337,     344     y     356,     numeral     2º,  ibídem.        

Cabe resaltar que el incumplimiento al deber  de  descubrimiento  probatorio  comporta,  a  manera  de sanción, el rechazo de  aquellos  elementos  de  persuasión  que  debieron  ser  objeto de aquel, luego  «no  podrán  ser aducidos al proceso ni convertirse  en   prueba   del   mismo,   ni   practicarse   durante   el  juicio»,   según   lo   establece  el  artículo  346  del  Código  de  Procedimiento Penal.      

Surge patente, entonces, que el trámite de  descubrimiento  es  de  la esencia del sistema penal acusatorio y hace parte del  debido  proceso probatorio, así mismo tiene notable incidencia en el derecho de  defensa,  en la medida en que la admisibilidad de la prueba está condicionada a  su cabal cumplimiento.    

Ahora bien, como excepción a la regla sobre  descubrimiento  probatorio  está  la  prueba  sobreviniente,  toda  vez  que es  posible  que  por  fuera de las oportunidades antes señaladas el juez admita un  elemento   de  convicción,  siempre  que  se  cumplan  los  requisitos  que  se  desprenden  del  inciso  final del artículo 344 de la Ley 906 de 2004, esto es,  que:  (i)  surja  en  el  curso del juicio, bien porque se deriva de otra prueba  allí  practicada, ora porque en su desarrollo alguna de las partes encuentra un  elemento  de  convicción  hasta  ese  momento  desconocido; (ii) la omisión de  descubrimiento  no  sea  imputable  a la parte interesada en la prueba; (iii) el  elemento  material  probatorio  o  evidencia física, derivado o encontrado, sea  «muy  significativo»  o  importante  por su incidencia en el caso; y, (iv) su admisión no comporte serio  perjuicio    al    derecho    de    defensa    y    a    la    integridad    del  juicio.                 

         Sobre  las  exigencias  que se deben cumplir para admitir la prueba  sobreviniente, la Sala tiene dicho:   

Existe,  sin embargo, la posibilidad de que  ya  en  el juicio oral alguna de las partes intervinientes solicite la práctica  de  una  prueba,  la  cual  podrá  ser decretada por el Juez, si se reúnen las  condiciones  exigidas  en  el  inciso  final  del  artículo  344 del Código de  Procedimiento  Penal.  Es  decir,  que ese medio de prueba solicitado se hubiere  encontrado  durante  el  desarrollo del juicio, que sea muy significativo por su  incidencia en el juzgamiento y que, por ende, deba ser descubierto.   

En tal evento, dice la norma, “oídas las  partes  y considerando el perjuicio que podría producirse al derecho de defensa  y  la  integridad del juicio”, el Juez decidirá si excepcionalmente la prueba  encontrada y solicitada es admisible o si debe excluirse.   

Un   caso   de  esta  naturaleza  podría  presentarse  cuando  de una prueba practicada en el juicio surja la necesidad de  practicar  otra;  o  cuando  en  desarrollo del juzgamiento alguna de las partes  “encuentre”  o se entere sobre la existencia de un medio de conocimiento que  antes ignoraba, por alguna razón lógica y atendible.   

No  clasifican  dentro  de  este  rango  de  pruebas  excepcionales (encontradas o derivadas), aquellas que conociéndose con  antelación,   o  siendo  evidentes  y  obvias,  no  se  hubiesen  enunciado  ni  descubierto  en las oportunidades legales para ello, por causas atribuibles a la  parte  interesada  en  la  prueba;  entre  ellas,  incuria,  negligencia  o mala  fe.  (Subraya no original)  (CSJ SP, 30 Mar. 2006, Rad. 24468)   

         En  el asunto de la especie, quedó claro que los defensores de los  militares  acusados  conocían  de  la  existencia  de  la  investigación penal  adelantada  contra  el  interfecto  Porras  Bernal, pues así se los informó la  Fiscalía  y se descubrió en la audiencia preparatoria, al punto que esa prueba  fue  decretada  en dicha oportunidad por solicitud que hiciera el abogado de los  procesados  Quijano  Mariño  y  Vargas  Cortés, situación que los demandantes  aceptan sin ambages.    

En  ese  orden,  resulta inadmisible que en  sede  de  casación aquellos aleguen la violación del derecho de defensa de sus  prohijados   a   consecuencia   de   haberse   negado  el  decreto  como  prueba  sobreviniente  del  expediente  penal  seguido  contra  el obitado, cuando en la  audiencia  preparatoria  tuvieron  oportunidad  de  enunciarla  y  solicitar  su  práctica en juicio oral.   

Esa  es precisamente una de las situaciones  en  que se torna improcedente aplicar la admisibilidad excepcional de pruebas en  el  juicio  oral,  prevista  en  el  inciso  final  del canon 344 del Código de  Procedimiento  Penal,  pues  dicha  figura  no  está  consagrada para purgar la  «incuria,   negligencia   o   mala   fe»  de  la  parte interesada que debido a esos u otros motivos, sin  justificación   razonable,   no   la  enuncia  y  solicita  en  la  oportunidad  correspondiente.      

         Tampoco  puede  aceptarse  la  afirmación de que los juzgadores de  instancia  dieron  preponderancia  al  rito procesal y no al derecho sustancial,  pues  como  quedó  visto,  en  el  proceso  penal  de  tendencia  acusatoria el  descubrimiento  probatorio  dice  relación con principios rectores y garantías  procesales,  tales como la igualdad (art. 4º C.P.P.), lealtad (art. 12 ibídem)  y   contradicción  (art.  15  ejusdem),  y  su  desconocimiento  conduce  a  la  vulneración  del debido proceso y el derecho de defensa, de donde resulta obvio  concluir   que   dicho   procedimiento   no   es   una   mera  formalidad,  como  equivocadamente lo entienden los censores.       

Finalmente, cabe destacar que en la sesión  del  6  de  febrero  de  2012  del  juicio  oral,  la solicitud de decreto de la  pluricitada  prueba sobreviniente fue formulada únicamente por el apoderado del  acusado  González  Alfonso,  quien ante la negativa del a quo de acceder a ella  interpuso  el recurso de apelación que fue resuelto confirmando la decisión, y  fundado  en  dicha  circunstancia planteó en la impugnación de la sentencia de  primer  grado la violación del derecho de defensa de su representado, luego los  defensores  de  los  restantes procesados que no pidieron incorporar como prueba  sobreviniente  el  expediente  radicado  2008-0146,  seguramente  porque  no  lo  consideraron  de  utilidad  para  su  estrategia defensiva, adolecen de interés  para  proponer en sede extraordinaria el cargo de nulidad en los términos antes  reseñados.   

           

         Adicionalmente,  se  observa  que  los  censores  no  demuestran la  trascendencia   de   su  reparo  frente  al  restante  acervo  probatorio.    

         En  consecuencia,  se rechazarán los cargos propuestos por nulidad  en punto de la prueba sobreviniente.   

3.1.2  Segundo  cargo  por  nulidad  de las  demandas  formuladas  a  nombre  de los procesados Diego Aldair Vargas Cortés y  Richard  Ramiro Contreras Aguilar, Ricardo García Corzo y Carlos Antonio Zapata  Roldán.   

         En  sustento  de  esta glosa invalidatoria, los recurrentes exponen  que  se  afectó  el  derecho  de  defensa  de  los  procesados  a  raíz  de la  irregularidad  originada  en la negativa del a quo de decretar la «prueba     sobreviniente    de    contra    refutación»,  esto  es,  el  testimonio  de  Adriano  Ortiz,  con el cual la  defensa  pretendía  desvirtuar  la  declaración de Luis Alfonso Reyes Torrado,  testigo  de  refutación solicitado por la Fiscalía, quien refirió la ausencia  de  daños  en  el cultivo de tomate donde ocurrieron los hechos en que resultó  muerto  Fair  Leonardo  Porras  Bernal,  a  partir  del  cual  los falladores de  instancia  dedujeron que no había mediado un combate, sino que se trató de una  ejecución.   

Lo  primero que advierte la Sala es que no  obstante  ser  el  tema  central  de  los  referidos  cargos  el  relativo  a la  denominada  prueba  de  refutación,  nada  dicen  los  libelistas  acerca de su  entendimiento  y  alcance,  mucho  menos  de  qué  manera  se  articula  en  la  sistemática  de  tendencia  acusatoria  prevista en la Ley 906 de 2004, ni  cuáles   son   las  exigencias  que  debe  cumplir  para  su  admisibilidad  en  juicio.       

Conviene   resaltar  que  en  la  citada  normativa  la  única  alusión a la prueba de refutación está contenida en el  artículo 362, que reza:    

Decisión   sobre   el   orden   de   la  presentación  de  la prueba. El juez decidirá el orden en que debe presentarse  la  prueba.  En  todo caso, la prueba de la fiscalía tendrá lugar antes que la  de  la  defensa,  sin perjuicio de la presentación de  las  respectivas  pruebas  de  refutación  en  cuyo  caso  serán  primero  las  ofrecidas  por la defensa y luego las de la fiscalía.  (Subraya      fuera     de     texto)      

Sin  pretender  ahondar  en el tema, en un  primer  acercamiento  al  mentado  concepto,  queda  claro  que el legislador no  indicó  lo  que  debe  entenderse por prueba de refutación, tampoco dijo si se  trataba  de  una  figura  autónoma  o  cómo debe aplicarse, ni en qué eventos  resulta  admisible,  como  sí  lo hizo, por ejemplo, en relación con la prueba  sobreviniente   (art.   344   CPP)   y   la   prueba  de  referencia  (art.  437  ibídem).      

En  esa  medida,  si  refutar  significa  «Contradecir,  rebatir,  impugnar  con  argumentos o  razones    lo    que    otros    dicen»3,    bien  puede  afirmarse  que  en  sentido  lato la prueba de  refutación  es  aquella  que  se  ofrece  con  la  finalidad  de controvertir o  contraprobar   la   presentada   por   la   contraparte,  en  orden  a  restarle  credibilidad.    

Ahora   bien,   de  una  interpretación  sistemática   de   las   normas  que  regulan  el  régimen  probatorio  en  el  procedimiento  consagrado  en  la  Ley 906 de 2004, surge claro que la prueba de  refutación  no  puede  ser  ajena  a  las reglas que informan el debido proceso  probatorio,  esto  es, el descubrimiento de los elementos de convicción que las  partes  pretendan  hacer  valer  en  el  juicio,  que  va  desde  el  escrito de  acusación  y  la  respectiva  audiencia  de formulación de acusación, para el  caso  de la Fiscalía, y se extiende hasta la audiencia preparatoria, inclusive,  donde  la  carga corresponde a la defensa; su posterior enunciación y solicitud  probatoria  en  la  antedicha  oportunidad;  y,  por  último,  su  práctica  y  aducción en el juicio oral.   

En  tal  sentido,  es  deber de las partes  efectuar  el  descubrimiento  de los elementos de prueba, incluyendo aquellos de  refutación,  en  las  oportunidades  que  la  ley  señala, cuyo incumplimiento  genera   su   rechazo  en  los  términos  del  artículo  346  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  para posteriormente enunciar los que llevará al juicio y  hacer   las   respectivas   solicitudes   probatorias   con  indicación  de  su  pertinencia,  utilidad  y  admisibilidad,  a fin de que se decrete su práctica,  puesto  que  «toda  prueba  debe  ser  solicitada  o  presentada  en  la  audiencia preparatoria», conforme  lo dispone el artículo 374 ibídem.       

Ahora,  en  caso  de  que  la  prueba  de  refutación  surja  en  desarrollo  del  juicio  oral,  para  su admisión deben  concurrir  las  exigencias contenidas en el inciso final del artículo 344 de la  Ley  906 de 2004, valga decir, que la parte encuentre el elemento de convicción  durante  el  juicio  o  se derive de otra prueba allí practicada, que hasta ese  momento  no  conocía  o no le era previsible conocer, que sea muy significativo  para  el  caso  y  que  la  omisión  en  su descubrimiento no obedezca a causas  atribuibles  al  interesado,  amén  que  el  juez  deberá  evaluar  el impacto  negativo  que su aceptación acarree al derecho de defensa y a la integridad del  juicio.   

En  el  caso  concreto,  la juez de primer  grado  bajo  el  entendido  de  que  la  petición de la defensa de los acusados  Contreras  Aguilar,  García  Corzo y Zapata Roldán se contraía a la admisión  de  prueba  de  refutación  que  no  había  sido descubierta en la oportunidad  legal,  ni  solicitada  su  práctica  en  la  audiencia  preparatoria, sino que  surgió  en  el juicio, para decidir acudió a lo normado en el inciso final del  artículo 344 de la Ley 906 de 2004.   

Encontró  la a quo que no se reunían las  exigencias  del  citado  precepto,  por  cuanto el testigo Adriano Ortiz, que se  pretendía  traer para refutar la declaración de Luís José Torrado Reyes, iba  a  referirse  puntualmente  a  si  habían  ocurrido daños, no en la siembra de  tomate,  sino  en los hilos que sostenían las matas del citado fruto, cuando el  último  en mención había atestiguado sobre lo primero, y aclarado que Adriano  Ortiz  no  le  había  comentado nada respecto del deterioro en los hilos, entre  otras  razones,  porque  no  era  su  mediero  en  ese  cultivo,  sino  en otro,  concluyendo  la  juzgadora  que «en punto del daño a  los  hilos,  que  no  del  cultivo,  encuentra el despacho que no resulta uno de  estos   aspectos   relevantes  o  que  resulten  muy  significativos  para  este  juicio»4,  amén  de considerar que de  accederse  a  esa  solicitud  se  estaría  afectando  la integridad del juicio,  razones por las que negó su decreto.       

Tal  motivación se ofrece razonable, pues  uno  de  los  aspectos  a  tener  en  cuenta al decidir sobre la admisión de la  prueba  sobreviniente,  sea  o  no de refutación, es precisamente la relevancia  que  tiene  el  medio  de  convicción para el caso, que no halló demostrada la  juez  de  conocimiento,  y  en esa medida decidió negar su práctica, decisión  que,  valga resaltar, en ese puntual aspecto no fue impugnada por ninguno de los  defensores.   

Agréguese  que en el libelo presentado en  nombre  de  los  incriminados Contreras Aguilar, García Corzo y Zapata Roldán,  la  impugnante reconoce que contaba con una entrevista realizada a Adriano Ortiz  por  uno  de  sus  investigadores,  amén de que en la audiencia preparatoria se  hicieron  solicitudes  probatorias,  tanto por la Fiscalía como por la defensa,  tendientes  a  demostrar  circunstancias  relevantes  de  la  escena del crimen,  decretándose  la  práctica  de  los  testimonios  de  los investigadores de la  Fiscalía  Nancy  Santiago  Santiago  y  Miguel  Ángel Mejía Álvarez, quienes  realizaron  inspección al cadáver de Fair Leonardo Porras Bernal y al lugar de  los   hechos,   así   como   del   investigador   de  la  defensa  Juan  Miguel  Angarita.             

Entonces,  el  aspecto  atinente  a  si el  cultivo  de  tomate  contiguo  al  lugar  donde ocurrieron los hechos en que fue  muerto  el  señor  Porras  Bernal,  había resultado o no afectado, para de esa  manera   corroborar  o  infirmar  la  tesis  del  combate  entre  los  militares  procesados  y  el  acusado,  era un tema previsible para las partes, y por tanto  era  carga  de  la defensora de los soldados profesionales descubrir y solicitar  en  la respectiva audiencia, las pruebas que aparecían obvias para sustentar su  tesis,  entre  ellas,  el testimonio de Adriano Ortiz, máxime cuando la abogada  reconoce  que  contaba  con una entrevista que el citado había rendido a uno de  sus  investigadores,  pero  como no la descubrió, esa omisión, que sin duda le  es   atribuible,   impide   admitir   la   referida   declaración  como  prueba  sobreviniente en el juicio.       

Adicionalmente,   en   punto   de   la  trascendencia,  los  casacionistas se limitan a afirmar que de haberse decretado  la  pluricitada  prueba  sobreviniente  de  contra  refutación,  los falladores  habrían  concluido  que efectivamente se produjeron daños al cultivo de tomate  donde   ocurrieron  los  hechos  y,  por  contera,  que  realmente  existió  el  «combate»  reportado por  los  militares,  el  cual  determinó  la muerte de Porras Bernal, para de allí  inferir  la  ausencia  de  responsabilidad de aquellos en el delito de homicidio  agravado.   

Sin embargo, se quedan cortos, en la medida  en  que  renuncian  a indicar la capacidad demostrativa del medio probatorio que  echan  de  menos, y se abstienen de realizar la confrontación de dicho elemento  de  convicción  con  la  restante prueba legal y oportunamente practicada en el  juicio,  en  orden  a  evidenciar  cómo  de haberse recibido la declaración de  Adriano  Ortiz,  habrían  quedado  sin  piso  las razones que los falladores de  instancia  expusieron para concluir que la muerte de Fair Leonardo no ocurrió a  consecuencia  de  un  combate, sino que fue ejecutado por los procesados, lo que  conllevó  a  estimar  demostrada  su  responsabilidad  en  el  delito contra la  vida.    

Destaca  la  Sala  que  los  juzgadores de  primero  y  segundo  grado no soportaron la conclusión de la ausencia de daños  en  el  mencionado  cultivo  de  tomate  exclusivamente en la declaración de su  propietario  Luis  José  Torrado Reyes, sino que se basaron, principalmente, en  los  testimonios  de  los investigadores de la Fiscalía y en las evidencias que  éstos  incorporaron  como  pruebas  al  juicio  oral,  tales  como  el registro  fotográfico  del  lugar  de  los  hechos,  obtenido  al  momento de realizar la  inspección       al       cadáver       de      Fair      Leonardo      Porras  Bernal.         

Al  efecto,  resulta oportuno citar lo que  señaló  el a quo acerca de la ausencia de daños en el cultivo de tomate donde  supuestamente  se  verificó  el enfrentamiento armado en que resultó muerto el  supranombrado,  fallo  que  junto  al  de  segundo  grado  conforman en sede del  recurso  extraordinario  una  unidad  inescindible  cuando  apuntan en una misma  dirección:      

Para   el   Despacho   es  fidedigna  la  descripción  que  hacen  los  señores  Ángel  Mejía y Santiago Santiago, del  lugar  de los hechos. Esta primera inspección es la oportunidad más importante  para   la   observación,   reconocimiento  y  recuperación  de  los  elementos  materiales  de prueba y la evidencia física, constituyéndose, por tanto, en la  principal  fuente  de información que nos acerca a la realidad de lo acontecido  (…).    

No   solamente  porque  los  testimonios  analizados  conforme  a  las  reglas de la sana crítica se presentan creíbles,  por  la  forma  como  se  describió  el  lugar y las condiciones del mismo tras  ocurridos  los  sucesos,  sino  porque los mismos se hallan corroborados por las  imágenes  fotográficas  que  hacen parte del informe ejecutivo y el testimonio  del   propietario   del  inmueble  donde  tiene  ocurrencia  el  insuceso.    

Fluye  clara,  entonces,  la  coincidencia  entre  lo  narrado por los investigadores quienes de primera mano inspeccionaron  la   escena  de  los  funestos  acontecimientos,  esto  es,  los  investigadores  criminalísticos  del CTI de Ocaña, Norte de Santander, Nancy Santiago y Miguel  Ángel  Mejía,  acerca  de  su  percepción  directa  sobre  el inmueble, y sus  plantaciones,  concretamente  en aspectos tales como que el cultivo de tomate no  presentaba       alteraciones       ni      daños      (…).          

Y  sobre  el  mismo  tema,  dijo  el  ad  quem:   

De  igual forma se desvirtúa la tesis del  combate  legítimo con el análisis del terreno en que se produjeron los hechos.  Así,  conforme  la  fijación  fotográfica  (hecha  por  Miguel  Ángel Mejía  Álvarez–funcionario del  CTI),  la  muerte  de  Fair  Leonardo  se produjo en un sector rural junto a los  cultivos   de  tomate  y  maíz  ubicados  en  dicho  terreno.  Conforme  a  las  fotografías  allegadas,  se  observa que el cultivo de tomates no tenía altura  superior  aproximada  a los 50 centímetros, estando atados a través de hilos y  palos  de  aproximadamente  un  metro  de  alto,  que permiten el paso entre los  cultivos  por medio de zurcos (sic), pero no a través de las matas, para darles  sostenibilidad a las plantas.        

Pese  a  que  el  cuerpo se encontró a la  margen  izquierda  del cultivo de tomates, las plantaciones adyacentes no tienen  daños  que sugieran la presencia de aproximadamente 9 personas en un combate (5  militares  y  4  supuestos  delincuentes)  con  una  duración  aproximada de 10  minutos,  pues  de  ser así, las plantaciones tendrían, en modo alguno, rastro  del  paso  de uno de los intervinientes, y no se advierten daños en los hilos y  palos  (…). Es decir, no es la situación que se esperaría encontrar luego de  un combate a fuego abierto con un número plural de intervinientes.   

La anterior afirmación encuentra respaldo  también  en  lo  dicho  por  el  señor Luís José Torrado, propietario de los  mencionados  cultivos,  quien  en  trámite del juicio oral afirmó que estos no  sufrieron ningún tipo de daño luego de los hechos.   

(…)  

El  declarante  en  mención  es  testigo  directo  del estado de las matas, hecho que se acompasa de manera acorde con los  demás  elementos  probatorios, como la fijación fotográfica y el dicho de los  funcionarios  del  CTI  Nancy  Santiago y Miguel Ángel Mejía, quienes también  percibieron  de  manera  personal  la  escena  de  los  hechos, entre ellos, las  plantaciones de tomate.       

En cuanto a la inexistencia del combate, en  orden  a  demostrarla,  los  jueces  de  instancia no solo tuvieron en cuenta la  ausencia  de  daños  en el cultivo de tomate, como lo señalan los demandantes,  sino también, entre muchas otras circunstancias, las siguientes:   

(i)  En  la  inspección  al  lugar de los  hechos  no  se  registró  evidencia  –huellas    o    pisadas–  que  indicaran la presencia de los tres sujetos que presuntamente  acompañaban al hoy obitado.   

(ii)  Aun  cuando se afirma que los cuatro  individuos  que  atacaron  a  los  militares  portaban  armas  cortas, según el  informe  rendido  al  CTI por el teniente del Ejército Nacional Vargas Cortés,  en  el  sitio  fueron  halladas  9  vainillas calibre 9 mm, que según el perito  balístico  Joel Moya Denante fueron disparadas por una sola arma de fuego, esto  es,  por la pistola Smith & Wesson encontrada en el lugar al costado derecho  del cuerpo del interfecto;   

(iii)  Se  manipuló la escena del crimen,  por   cuanto:  (iii.i)  el  referido  artefacto  bélico  fue  hallado  por  los  investigadores  a  corta distancia y al lado derecho del cuerpo del occiso, pero  Fair  Leonardo era zurdo, según se probó en el juicio con las declaraciones de  su  progenitora  Luz  Marina  Bernal Parra y el análisis del investigador de la  Fiscalía  Jesús  Antonio  Ardila  León;  (iii.ii)  Alexander  Carretero Díaz  afirmó  que  cuando  el  supranombrado  fue  entregado  en el retén militar no  portaba  armas  de  fuego;  y, (iii.iii) en el informe de primer respondiente el  acusado  Vargas Cortés consignó que el arma en cuestión tenía un cartucho en  la  recámara  y  otro  en  el  proveedor, situación que no podía advertir sin  haberla  maniobrado,  según  lo  aseveró  el  técnico  de la Fiscalía Miguel  Ángel Mejía.   

(iv) La perito en balística Norma Cristina  López,  al  realizar  la reconstrucción de las trayectorias de los proyectiles  que  segaron la vida de Fair Leonardo Porras Bernal, estableció que las heridas  causadas   en   cabeza   y   tórax   –identificadas     como     número    1,    2    y    3–  las  recibió la víctima cuando se  encontraba  de  rodillas,  en  tanto  que  la  herida en el abdomen –rotulada  como  número 4–  fue  inferida  cuando  la  víctima  estaba  en  posición  de  cubito  dorsal, esto es, tendida boca arriba, con una  ligera  rotación  lateral;  y  en  todas  el  tirador  se  encontraba  de  pie,  conclusión  a la que arribó con base en la descripción que de las lesiones se  hizo  en  el  protocolo de necropsia, en el informe sobre reconstrucción de los  hechos   y   en   la   condición  plana  del  terreno  donde  se  encontró  el  cadáver.       

    

Surge patente, entonces, tanto la falta de  demostración  del  yerro  denunciado,  pero  además  su  intrascendencia en la  declaración de justicia contenida en el fallo confutado.   

En  esa medida, se inadmitirán los cargos  formulados  por  nulidad  en  relación  con  la  prueba sobreviniente de contra  refutación.   

3.2  De  la violación indirecta de la ley  sustancial por error de derecho por falso juicio de legalidad.   

Conviene recordar que por regla general, el  desconocimiento  de  las  normas que regulan el proceso de formación probatoria  debe  postularse  bajo  la égida de la causal tercera de casación por error de  derecho  por  falso  juicio  de  legalidad  en la apreciación de la prueba, por  tratarse   de   un   error  in  iudicando,  el  cual se verifica cuando el juzgador acepta y valora el medio  de  convicción,  no obstante haberse quebrantado las garantías fundamentales o  las  formalidades  legales  para  su  producción,  aducción  o práctica, o lo  rechaza   y  omite  su  apreciación  a  pesar  de  reunir  objetivamente  tales  requisitos, porque considera que no los cumple.   

        Excepcionalmente,  cuando se trata de una  prueba  ilícita  obtenida  mediante actos constitutivos de graves violaciones a  los  derechos  humanos,  verbi gratia, la tortura, la desaparición forzada o la  ejecución  extrajudicial,  se generará la nulidad de todo lo actuado, tal como  lo   ha   sostenido   la  jurisprudencia     de     la     Corte     Constitucional     (Sent.  C-591/05); en los demás eventos,  como   el   aquí   propuesto   por   los  actores, la  consecuencia  será la exclusión del medio probatorio  en el fallo.   

Sobre  el  yerro  por  falso  juicio  de  legalidad  y  la  carga  que  corresponde  al  censor  a  fin  de  demostrar  su  ocurrencia, la Corte tiene dicho:     

Frente  al  primero  de los reproches debe  recordarse  que el falso juicio de legalidad comporta una trasgresión indirecta  de  la  ley  sustancial  por  errores  de  derecho,  el cual se relaciona con el  proceso  de  formación  de  la  prueba,  con  las  normas que regulan la manera  legítima  de  producir  e incorporar el medio de convicción al proceso, con el  principio   de   legalidad  en  materia  probatoria  y  la  observancia  de  los  presupuestos y formalidades exigidas para cada medio.   

Entraña  la  apreciación  material de la  prueba  por  el  Juzgador,  quien  la  acepta no obstante haber sido aportada al  proceso  con  violación  de  las  formalidades  legales para su aducción, o la  rechaza  porque a pesar de estar reunidos los requisitos para su incorporación,  considera que no los cumple.   

En  tal  medida, es deber del casacionista  identificar  el  elemento  de  juicio  irregularmente  incorporado, señalar las  normas  procesales  que  reglan los medios de prueba sobre los cuales se predica  el  reparo, acreditar cómo se produjo su transgresión y enseñar su incidencia  en  el  sentido del fallo. (CSJ AP, 20 Mar. 2014, Rad.  42856)   

3.2.1 Segundo y tercer cargo (subsidiarios)  de  las  demandas formuladas en nombre de los procesados Carlos Manuel González  Alfonso y Diego Aldair Vargas Cortés.   

De  manera  coincidente  y  con idénticos  argumentos  fácticos  y  jurídicos,  los  recurrentes  soportan  la violación  indirecta  de la ley derivada de error de derecho por falso juicio de legalidad,  en  que la sentencia condenatoria «se dictó con base  en  los  testimonios  de  Alexander Carretero Díaz, Pedro Antonio Gámez y Jhon  Jairo  Muñoz», cuya irregular práctica en el juicio  oral  los  torna  ilegales  y,  por  tanto,  pasibles  de  ser  excluidos  de la  actuación,   habida   cuenta   de  que  dada  su  calidad  de  «coindiciados»,  al  momento  de  declarar  debieron  estar  asistidos de un defensor, según lo establece el artículo 8 de  la  Ley  906  de  2004  e instrumentos internacionales que se encargan de citar,  además  que  en  su  caso no tiene aplicación el artículo 394 de la normativa  citada.           

Si  bien los libelistas atinan al postular  el  cargo  por  error de derecho por falso juicio de legalidad, pues arguyen que  la  ilegalidad  del  referido  medio  de  convicción  surgió  al momento de su  práctica  en  el  juicio  oral, no ocurre igual al pretender acreditar cómo se  produjo  la trasgresión de las normas que regulan la prueba sobre la cual recae  el yerro que denuncian, esto es, sobre la testimonial.   

     

Un  primer  aspecto  a  destacar es que en  desarrollo  del juicio oral, tanto en la presentación de la teoría del caso de  la  Fiscalía  como  en  las  pruebas  aportadas y practicadas a instancia de su  delegado,  se  evidenció  que  Alexander Carretero Díaz y Pedro Antonio Gámez  eran  las  personas  particulares  encargadas, junto a Ender Obeso Ocampo, alias  «Pique»    y   Uriel  Ballesteros,       alias      «Pocho»,     de     «reclutar»  jóvenes  en  la localidad de Soacha, quienes mediante argucias  eran  trasladados  por  los  citados  hasta  el  municipio  de Ocaña, donde los  entregaban  a  militares  del  Batallón Santander de esta última vecindad, que  procedían  a  ejecutarlos  y  luego  los  hacían  aparecer  como  miembros  de  organizaciones  criminales  abatidos  en combate, por lo cual los supranombrados  recibían  una  retribución en dinero –un   millón   de   pesos–              y              los              gastos             de  transporte.              

Siendo ello así, las pruebas objetivamente  señalan  que  Carretero  Díaz  y  Gámez intervinieron en los hechos. Lo mismo  acontece  con el testigo Jhon Jairo Muñoz, sargento del Ejército Nacional, que  estuvo  vinculado  al  Batallón Santander de Ocaña y laboró en la sección de  inteligencia              –S2–,  quien  dio  cuenta  de  la  actividad  delincuencial  que desarrollaba su compañero de  armas  Sandro  Mauricio  Pérez  Contreras,  quien  a  su  vez  le  comentó los  pormenores  de  la  misma.  Es  más, Muñoz incluso aceptó que en una ocasión  sirvió  de  intermediario  entre su superior, el Coronel del Ejército Nacional  Gabriel  Rincón Amado, y Pérez Contreras para la consecución de dos jóvenes,  que   luego   fueron   «dados  de  baja»  por  la Brigada Móvil No. 15 el día 25 o 26 de enero de 2008,  por  lo  cual  entregó  a  este  último una suma de dinero que pagó el citado  oficial.           

Ahora  bien,  que  la Fiscalía en orden a  sustentar  su  teoría  del  caso presentara como testigos en juicio a los antes  mencionados,    quienes    tenían   conocimiento   directo   del   modus   operandi   de   la  asociación  criminal  que se había conformado al interior del Batallón Santander de Ocaña  y  de  la  Brigada  Móvil  No.  15,  precisamente porque eran parte de ella, no  constituye  ninguna  irregularidad,  como  tampoco lo es que el ente acusador se  abstuviera  de  formular  imputación  en  contra  de  Carretero Díaz, Gámez y  Muñoz       cuando       éstos       declararon       en       el       juicio  oral.        

Lo relevante en el asunto de la especie es  que  el  juzgador  de  primer  grado  hizo  a  los  testigos  en  cuestión, las  advertencias  legales  previstas  en  el artículo 385 de la Ley 906 de 2004, el  cual reza:    

Excepciones constitucionales. Nadie  podrá  ser obligado a declarar contra sí mismo  o  contra  su  cónyuge,  compañera  o  compañero  permanente o  parientes  dentro  del  cuarto  grado  de  consanguinidad  o civil, o segundo de  afinidad.   

El juez informará sobre estas excepciones  a    cualquier    persona   que   vaya   a   rendir   testimonio,   quien  podrá  renunciar  a  ese derecho.  (Subraya      fuera     de     texto)     

Revisados  los  audios correspondientes al  juicio   oral5  se  verificó, tal como lo aceptan los impugnantes, que al inicio  de  las  exposiciones  de  los  testigos  en  mención,  la  juez  les  hizo las  advertencias  de  rigor,  ilustrándolos sobre la obligación de decir la verdad  conforme  al  juramento  prestado y que no estaban obligados a autoincriminarse,  pese  a lo cual aquellos decidieron declarar, aun cuando debe reconocerse que la  funcionaria  incurrió  en una inexactitud, pero de todas formas intrascendente,  como  fue  la  de  imponerles  el  contenido  del  artículo  394 del Código de  Procedimiento  Penal,  que solo resulta aplicable cuando el acusado declara como  testigo    en    su    propio    juicio,  evento  en  el cual si bien se juramenta, la obligación legal y  moral  que  de  tal  solemnidad  surge,  solo  es  vinculante  en  cuanto  a las  imputaciones   incriminatorias   que   formule   a   terceros,   pero  no  tiene  «efectos   penales   adversos,   respecto   de   la  declaración  sobre  su  propia  conducta», según lo  determinó la Corte Constitucional en sentencia C-782 de 2005.   

En  conclusión,  sin importar el sustento  normativo   al  que  acudió  la  juez  de  conocimiento  a  fin  de  hacer  las  advertencias  legales a los testigos, a éstos, según se constata en los audios  del  juicio  oral,  les  quedó  absolutamente  claro que no estaban obligados a  autoincriminarse,   es   decir,   a  declarar  aspectos  que  comprometieran  su  responsabilidad  penal  en los hechos investigados, en lo cual fue insistente la  funcionaria    judicial,   no   obstante   lo   cual   decidieron   ofrecer   su  versión.      

Al  margen de lo anterior, no hay norma en  el  procedimiento  consagrado  en la Ley 906 de 2004 que prevea la exigencia que  señalan   los  casacionistas,  vale  decir,  que  quien  tenga  la  calidad  de  indiciado,  en  caso  de  rendir  testimonio  en  un juicio oral, «además  de  hacerle  las advertencias legales, debe estar asistido  por   defensor»,  luego  ninguna  irregularidad  se  advierte      en      la      práctica     de     la     pluricitada     prueba  testimonial.         

Por último, destáquese que los actores no  muestran     a     la     Corte     de    qué    manera    la    «ritualidad»  que  echan  de menos, cuyo  sustento  normativo  obviamente  no  refieren,  vulnera  las  garantías  de sus  defendidos,  resignando  abordar  cuál  es  la  trascendencia  de  la glosa que  formulan  contra  la  decisión  adoptada  por las instancias.      

Además,  lo  que  alegan  claramente  se  encamina  a arrogarse la defensa de los derechos de los testigos, sin incidencia  en  la  situación  de  sus procurados, pues aun cuando la ley procesal exigiera  que  el  testigo  que tiene la calidad de indiciado debiera contar con defensor,  de  omitirse  una  exigencia  en  tal  sentido lo que se vulneraría serían los  derechos   del   testigo,   más   no   los  del  tercero  en  contra  de  quien  declara.      

Así  las cosas, se rechazarán los cargos  propuestos  por  los  censores  en  relación  con  errores de derecho por falso  juicio  de  legalidad, al apreciar los testimonios de Alexander Carretero Díaz,  Pedro Antonio Gámez y Jhon Jairo Muñoz.   

3.2.2 Cuarto y quinto cargo (subsidiarios)  de  las  demandas formuladas en nombre de los procesados Carlos Manuel González  Alfonso y Diego Aldair Vargas Cortés.   

La  censura por error de derecho por falso  juicio  de  legalidad,  en  esta ocasión la soportan los demandantes en que los  juzgadores    de    instancia    tuvieron    en    cuenta    el   «testimonio    de    oídas»   de   la  investigadora  del  CTI  Ariacna  Lara  Contreras,  para  edificar la condena en  contra   de   los  militares  acusados,  no  obstante  ser  prueba  abiertamente  ilegal.   

Afirman  los recurrentes que la mencionada  funcionaria  declaró  en  juicio  que en una reunión sostenida con el sargento  del  Ejército  Nacional  Sandro  Mauricio  Pérez Contreras, en presencia de su  defensor  y  de  algunos  Fiscales,  el  citado  le  había  informado sobre las  circunstancias  que rodearon la muerte de Fair Leonardo Porras Bernal, así como  la  participación  que  en  ese hecho tuvieron los procesados Quijano Mariño y  Vargas  Cortés,  que  según el uniformado fueron quienes le pagaron un millón  de  pesos  para  que  consiguiera  un  joven  con el fin de ejecutarlo y hacerlo  aparecer    como    una   baja   en   combate,   que   resultó   ser   el   hoy  obitado.               

La irregularidad que denuncian se concreta  en  que  la  investigadora  Lara  Contreras no utilizó los medios idóneos para  documentar       la      «entrevista»,  vale  decir,  ella no quedó registrada en escrito, grabación  magnetofónica  o  video, según lo señalan los artículos 205, 206 y 282 de la  Ley  906 de 2004, de donde se sigue que sus manifestaciones en torno a lo que le  comentó  el  uniformado  Sandro  Mauricio  Pérez  deben  ser  excluidas  de la  actuación   por   ilegales   y,   por   ende,   no   pueden   ser   objeto   de  valoración.   

         De  entrada  es  necesario  señalar  que  de  conformidad  con  el  artículo  437  de  la Ley 906 de 2004, se considera como prueba de referencia a  toda  declaración realizada fuera del proceso, cuando no es posible practicarla  en  juicio  oral,  y  que  es  utilizada  para  probar  o  excluir alguno de los  elementos  estructurales  de  la conducta punible, el grado de participación en  la  misma y, en general, cualquier otro aspecto de relevancia que sea materia de  debate en la actuación.       

Conviene  recordar  lo  que  la  Sala  ha  precisado en torno de la noción de prueba de referencia, así:   

En términos menos abstrusos, puede decirse  que  prueba  de  referencia  es  la evidencia (medio probatorio) a través de la  cual  se  pretende  probar la verdad de una declaración realizada al margen del  proceso  por  una persona determinada, no disponible para declarar en el juicio,  que  revela  hechos de los cuales tuvo conocimiento personal, trascendentes para  afirmar  o  negar  la  tipicidad  de  la conducta, el grado de intervención del  sujeto  agente, las circunstancias de atenuación o agravación concurrentes, la  naturaleza   o  extensión  del  daño  ocasionado,  o  cualquier  otro  aspecto  sustancial     del     debate     (antijuridicidad     o    culpabilidad,    por  ejemplo).   

Para  que una prueba pueda ser considerada  de  referencia,  requiere,  por  tanto, la concurrencia de varios elementos: (i)  una  declaración  realizada  por  una  persona  fuera del juicio oral, (ii) que  verse  sobre aspectos que en forma directa o personal haya tenido la ocasión de  observar  o  percibir,  (iii) que exista un medio o modo de prueba que se ofrece  como  evidencia  para  probar  la  verdad  de  los  hechos  de  que  informa  la  declaración  (testigo  de  oídas,  por  ejemplo),  y (iv) que la verdad que se  pretende  probar  tenga  por  objeto  afirmar  o negar aspectos sustanciales del  debate  (tipicidad  de  la  conducta,  grado de intervención, circunstancias de  atenuación  o agravación punitivas, naturaleza o extensión del daño causado,  entre otros).   

La doctrina comparada coincide en señalar,  con  criterio  general,  que la declaración que se realiza por fuera del juicio  oral  puede  ser  verbal  o  escrita,  o  provenir  inclusive de otras formas de  comunicación  normalmente  aceptadas,  como ademanes o expresiones gesticulares  que  provoquen  en  quien las percibe la impresión de asentimiento, negación o  respuesta.   

(…)  

Una   de   las   particularidades   más  sobresalientes  de  la  prueba  de  referencia, y la que, a no dudarlo, marca la  diferencia  con  la  prueba directa, es que tenga por objeto probar la verdad de  una  declaración  rendida  por  fuera  del juicio oral por una persona que tuvo  conocimiento  personal  y directo de aspectos que interesan a la justicia, quien  no  concurre  al  proceso (…). (CSJ SP, 6 Mar. 2008,  Rad. 27477)   

La  jurisprudencia de la Corte también ha  establecido  otros  eventos en los que una declaración puede ser considera como  prueba  de referencia, diferentes a la hipótesis en la que aquella es realizada  por  fuera  del  juicio oral, como ocurre cuando no se garantiza el principio de  confrontación  –art. 16  de  la  Ley 906 de 2004– o  el  declarante que concurre al juicio oral expone aspectos que no ha percibido u  observado     en     forma     directa     y     personal      –art.    402    ibídem–,     caso    del    testigo    de  oídas.         

Así  en CSJ SP, 27 Feb. 2013, Rad. 38773,  al respecto señaló:   

De  acuerdo  con  los  preceptos  legales  citados  en  precedencia,  encuentra  la  Sala  que  una declaración tendrá la  condición  de  prueba  de  referencia  cuando concurre alguna de las siguientes  situaciones:   

(i)   Se  rinde  por  fuera  del  juicio  oral.   

(ii)  No se garantiza a la parte contra la  cual se aduce el derecho a contrainterrogar al testigo.   

(iii)  El declarante refiere hechos que no  apreció en forma personal y directa.   

Es  decir,  es  posible  que  la prueba se  recaude  en  el  juicio  oral,  pero en su desarrollo no se garantice a la parte  perjudicada  el contrainterrogatorio del testigo o éste declara aspectos que no  conoció  en  forma  personal y directa. En tales casos se tratará de prueba de  referencia.  Igual  situación  ocurrirá  si  en la práctica del testimonio se  posibilita  la  confrontación,  pero  su  recaudo  se hace por fuera del juicio  oral6  o el declarante ofrece un relato de oídas. Lo mismo sucederá si  la   declaración   se   practica   en   el   juicio  oral  y  se  garantiza  el  contrainterrogatorio,  pero  el  declarante  ofrece relatos que no le constan de  manera personal y directa.   

También tendrá el carácter de prueba de  referencia  si  el  declarante  narra  hechos  que  apreció en forma personal y  directa,  pero  se  trata  de  entrevista  o  exposición rendidas por fuera del  juicio   oral   y   sin   sujeción   al   contrainterrogatorio   de   la  parte  perjudicada.   

En  ese  sentido,  la  Sala juzga del caso  precisar  el  alcance  del  criterio  plasmado en la sentencia del 6 de marzo de  20087,  en  el  puntual aparte donde se señaló que para que una prueba  pueda  ser  considerada  de  referencia  se  requiere  la  concurrencia  de  los  siguientes  elementos:  “(i)  una declaración  realizada por una persona  fuera  del  juicio  oral,  (ii)  que verse sobre aspectos que en forma directa o  personal  haya  tenido  la  ocasión de observar o percibir, (iii) que exista un  medio  o  modo  de  prueba que se ofrece como evidencia para probar la verdad de  los  hechos  de  que informa la declaración (testigo de oídas, por ejemplo), y  (iv)  que  la  verdad  que  se  pretende probar tenga por objeto afirmar o negar  aspectos   sustanciales   del   debate  (tipicidad  de  la  conducta,  grado  de  intervención,   circunstancias   de   atenuación   o   agravación  punitivas,  naturaleza o extensión del daño causado, entre otros)”.   

Lo   anterior  porque  las  exposiciones  rendidas  por  fuera  del debate público y que versan sobre aspectos observados  de  manera  directa  y  personal,  no  son  los únicos eventos constitutivos de  prueba  de  referencia,  sino  también, como quedó visto, las declaraciones en  las  cuales  no se permite el contradictorio del adversario, así como cuando se  ofrecen relatos de oídas.   

Precisado   el  concepto  de  prueba  de  referencia  en  lo  que  importa  al  caso particular, surge patente que en este  asunto  el  testimonio  de la investigadora del CTI Ariacna Lara Contreras tiene  esa  connotación,  por cuanto refirió hechos que no apreció en forma personal  y  directa,  valga  decir,  aquellos  de  que  le  informó el uniformado Sandro  Mauricio  Pérez  Contreras,  en el sentido de que unos días antes de la muerte  de  Fair Leonardo Porras Bernal se había reunido en el municipio de Ábrego con  el  mayor  Quijano  Mariño y el teniente Vargas Cortés, miembros del Ejército  Nacional,  quienes  le  hicieron  saber  que  estaban  enterados de que él y el  soldado  profesional  Dairo  José  Palomino,  traían personas para reportarlas  como  bajas  en combate, y seguidamente le solicitaron que con esa finalidad les  consiguiera   una   persona,   por   lo   cual   le   pagaron   un   millón  de  pesos.         

Ahora  bien,  no  le  asiste  razón a los  libelistas  cuando  afirman  que  las  manifestaciones  que  le  hiciera  Sandro  Mauricio  Pérez  Contreras  a  la  mencionada  investigadora  del CTI, debieron  quedar  registradas  en  escrito, audio o video, pues la actividad de aquella no  se  concretaba  a  realizar entrevista o interrogatorio al militar en cuestión,  sino  que  la  información  le  fue  brindada  por  éste  en desarrollo de una  reunión  sostenida  con  su defensor y los Fiscales del caso, a fin de entregar  alguna  información  al  ente  acusador,  luego  en  este  evento  no  resultan  aplicables  las formalidades previstas en los artículo 205, 206 y 282 de la Ley  906  de 2004, reservadas para los citados actos de investigación que realiza la  Policía Judicial.     

En  relación con la prueba de referencia,  lo  relevante  es  que  exista  un  medio o modo de prueba que permita llevar al  juicio  oral  la declaración realizada por un tercero fuera del proceso, con la  cual  se  pretende  probar  la  verdad  de  los  hechos que informa, sin que sea  razonable  exigir  que  aquella  conste  en un específico medio, como de manera  infundada  lo  sostienen  los impugnantes, que bien puede ser, como se admite en  el  criterio  de  autoridad  citado  en  precedencia,  a  través del testigo de  oídas.    

En  esa  medida,  la  información  que el  testigo   directo  de  los  hechos  materia  de  juzgamiento  le  brindó  a  la  investigadora  Lara  Contreras,  fue  debidamente  incorporada  al juicio oral a  través  del  testimonio  de  esta última, luego la legalidad de dicho medio de  convicción  no  se  ve  afectada en manera alguna, aun cuando queda menguado su  poder  suasorio en la medida en que la declarante no tuvo conocimiento directo y  personal  de  que  los  oficiales  del  Ejército  Nacional acusados, hicieran a  Sandro  Mauricio  Pérez  Contreras  la  solicitud  que éste refiere, o que por  cumplir      con     ella     le     hubieran     pagado     una     suma     de  dinero.            

En  conclusión, practicada la prueba como  acontece  en  el  caso particular, no se está frente a un problema de legalidad  de  la  misma,  sino  ante  una  cuestión  atinente al poder suasorio del medio  probatorio,  y  la prueba de referencia será más o menos creíble en la medida  en  que obren en la actuación otros elementos de convicción que la corroboren,  amén  que  debe  observarse  la  limitación  que  impone  el artículo 383 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  en  cuanto  que la sentencia condenatoria no  puede  fundarse  exclusivamente  en pruebas de referencia (CSJ SP, 30 Mar. 2006,  Rad. 24468).   

Sobre dicho particular, en CSJ SP, 21 Feb.  2007,    Rad.   25920,   dijo   la   Corporación:        

Cuando  ya  se  ha  practicado la prueba y  ésta  se  cataloga de referencia o con contenidos de referencia, no por ello la  prueba  se  torna  ilegal  y  nunca  lo  ha  sido.  Por  lo tanto, no es atinado  solicitar  sea excluida del acervo probatorio, pues la regla de exclusión sólo  puede  recaer  sobre  pruebas  ilícitas o pruebas ilegales, como se explicó en  los capítulos anteriores.   

De  ahí  que,  en  el  marco  del recurso  extraordinario  de  casación,  cuando  se  atacan las pruebas de referencia, se  precisa  identificar  en  cada  una  los contenidos de referencia y demostrar en  cada  caso concreto que el Juez le asignó un mérito excesivo, contrario al que  la  ley admite, desconociendo la tarifa legal negativa, por sucumbir en el error  de derecho denominado falso juicio de convicción.   

         Al  margen de que los casacionistas no atinan en la postulación de  la  censura,  que  debió encausarse por la senda del error de derecho por falso  juicio  de  convicción, ni en la demostración del error que denuncian, tampoco  evidencian  su  trascendencia,  limitándose a aseverar que la condena proferida  en  contra  de  sus  representados  se  fundó  en el testimonio de oídas de la  investigadora  Lara  Contreras,  pero  nada  más dicen al respecto, incurriendo  así  en  el vicio lógico de petición de principio, por cuanto afirman pero no  asumen  la  labor  de  analizar  de  manera  conjunta el haz probatorio a fin de  mostrar    que   el   fallo   se   sustentó   exclusivamente   en   prueba   de  referencia.       

En  ese  orden, se inadmitirán los cargos  cuarto  y  quinto  de  las  demandas formuladas en nombre de los acusados Carlos  Manuel     González     Alfonso     y     Diego    Aldair    Vargas    Cortés,  respectivamente.   

3.3  De  la violación indirecta de la ley  sustancial por falso juicio de identidad.   

         Cuando   se  trata  de  denunciar  este  desatino  de  apreciación  probatoria  en  sede  de  casación,  compete  al  censor  señalar  el medio de  convicción  sobre  el  cual  recae,  indicar  qué  apartes de la prueba fueron  cercenados,  adicionados  o  distorsionados,  confrontándolos  con lo que en el  fallo  se consideró de ellos, a fin de evidenciar que el juzgador le hizo decir  algo que ella no expresa materialmente o menos de lo que encierra.   

         Así  mismo,  se  debe demostrar que el vicio resulta trascendente,  esto  es, que de no haberse incurrido en él la declaración de justicia habría  sido  sustancialmente  diversa, análisis que no puede efectuarse exclusivamente  en  relación  con  la  prueba  sobre  la  cual  recae  el  error, sino que debe  involucrar  la  confrontación con los demás medios probatorios que obran en el  proceso,  para  finalmente relacionar las normas sustanciales que a consecuencia  de  ello  resultaron  excluidas o indebidamente aplicadas (CSJ AP, 17 Oct. 2012,  Rad.    36187    y    CSJ    AP,    27    Feb.    2013,    Rad.   40469,   entre  otros).            

3.3.1 Tercer y cuarto cargo de los libelos  presentados  en nombre de los procesados Carlos Manuel González Alfonso y Diego  Aldair Vargas Cortés.   

         Partiendo  de  idénticos  argumentos  fácticos  y jurídicos, los  demandantes  sostienen que los falladores de primero y segundo grado incurrieron  en   un   vicio  de  contemplación  objetiva  de  la  prueba  documental,  pues  adicionaron  el  contenido material de los tiquetes números 17823928 y 17823929  de  la  empresa  Brasilia, expedidos el 9 de enero de 2008 a Alexander Carretero  Díaz  y  Rafael  Porras,  por  cuanto  no obstante que ninguno de tales recibos  figura  a  nombre  de  Fair  Leonardo  Porras  Bernal, concluyeron que ese medio  probatorio  confirmaba  el relato del primero en mención, en el sentido que ese  día  había  viajado  con el hoy obitado desde Bogotá hasta un sector conocido  como  la  «Y»,  en  la  vía  que de Aguachica (Cesar) conduce a Ocaña (N. de  S.).        

         Sin  embargo,  tal  aserto se queda en la mera enunciación, puesto  que  los censores no realizan el elemental ejercicio de confrontación que exige  la  demostración  del específico cargo, de acuerdo con las reglas de lógica y  adecuada  fundamentación  expuestas  en  precedencia,  limitándose  a citar de  manera  descontextualizada  apartes  de la sentencia de segunda instancia, donde  con  base  en  los  pluricitados  tiquetes  se  otorga credibilidad al relato de  Carretero  Díaz,  en  lo  relativo  a  que éste viajó con Fair Leonardo en la  fecha y trayectos indicados en dichos recibos.   

         

         Y  si  bien  el  Tribunal  nada  dijo sobre que uno de los mentados  tiquetes  figuraba a nombre de Rafael Porras, no obstante lo cual asumió que se  refería  a  Fair  Leonardo  Porras,  vale  la  pena  citar  el análisis que al  respecto  hizo la juez de primer grado, cuyo fallo junto al proferido en segunda  instancia  conforman  un  todo  indivisible  en  sede  extraordinaria,  el  cual  evidencia  que  no  se  adicionó, cercenó o tergiverso la prueba documental en  cuestión,  sino  que  advertida la inconsistencia en el nombre del pasajero, al  valorar  la prueba conforme a los postulados de la sana crítica, el juzgador de  primer  grado  encontró una explicación sobre el punto en cuestión y fijó su  capacidad demostrativa.   

         Dijo la a quo:   

La  atestación que se viene examinando no  se  presenta  aislada  dentro  del  proceso,  sino  que encuentra soporte en las  constataciones  que  presentó  la  Fiscalía:  de  un lado la certificación de  venta   de  tiquete  expedida  por  la  empresa  “Brasilia”,  adosada  a  la  actuación  por la investigadora Ariacna Lara, en donde plasma que corresponde a  la   ruta  Bogotá–Aguas  Claras,  de  fecha 9 de enero de 2008, a nombre de los pasajeros Rafael Porras y  Alexander  Carretero,  con  números de tiquetes 17823929 y 17823928, dan cuenta  de  que  efectivamente  viajaron en la fecha indicada el señor Carretero y Fair  Leonardo,  como  lo  manifiesta  el  primero. Igualmente con el otro anexo de la  prueba  86 se constata que de acuerdo con el sistema de consulta de ventas de la  empresa  aludida,  se  corrobora  como  la  hora  de  salida,  las 10 y 15 de la  noche.    

Si  bien  en  los  pasajes  se presenta un  error,  como lo hacen notar los defensores, esa equivocación encuentra al menos  dos  explicaciones: una, que se puede tratar de una falla de digitación, o dos,  seguramente  porque  el nombre Fair no es común y quien lo diligenció escuchó  mal,  [lo  cual]  pudo  ocasionar  la  confusión, lo que de todos modos resulta  irrelevante  si  se  tiene  en  cuenta  que según la respuesta suministrada por  Alexander   Carretero,   a  [la]  pregunta  de  la  defensora  de  los  soldados  profesionales,  cuando arribó el bus a «Aguas Claras», del mismo solamente se  apearon  él y el muchacho, lo cual despeja todas las dudas en relación con que  pudiera  referirse  a  otra  persona  y  soporta el hecho de que se trató de un  desacierto.       

En  ese orden, surge claro que el fallador  sí  valoró  en su integridad la prueba documental en cuestión, y no empece la  diferencia  en  el  nombre del pasajero que figuraba en el tiquete, infirió que  quien  realmente  viajó  fue  Fair  Leonardo,  aspecto que en esencia es el que  despierta  la  inconformidad  de los recurrentes, luego éstos debieron proponer  el  cargo  por  la  senda  del  error  de hecho por falso raciocinio, en orden a  evidenciar   que   en  la  estimación  del  mentado  medio  de  convicción  se  desconocieron  los postulados de la sana crítica, en particular las máximas de  la    experiencia,   carga   argumentativa   que   tampoco   asumen.     

Así las cosas, se inadmitirán los cargos  tercero  y  cuarto de los libelos presentados en nombre de los procesados Carlos  Manuel González Alfonso y Diego Aldair Vargas Cortés.   

         3.3.2  Tercer  cargo  de  la  demanda  formulada  en  nombre de los  incriminados  Richard  Ramiro  Contreras Aguilar, Ricardo García Corzo y Carlos  Antonio Zapata Roldán.   

Con absoluto desconocimiento del principio  de  autonomía  que  rige  la  casación,  según  el  cual cada cargo tiene sus  propios  requisitos  de  lógica  y  adecuada  fundamentación  en  orden  a  su  demostración,  por  lo cual deben proponerse y desarrollarse en forma separada,  la  libelista  postula  en  una  misma  glosa  la violación indirecta de la ley  sustancial  por  error  de  hecho  derivado  de  falsos  juicios  «de   existencia  y  de  identidad»,  el  primero  por  suposición,  que  dice recae en el testimonio de la investigadora  Ariacna  Lara  Contreras,  mientras  que  el  segundo  por  adición, lo fija en  relación      con      la      declaración      de     Alexander     Carretero  Díaz.          

3.3.2.1 Al margen  de  lo  anterior,  de  entrada  se  avizora otra equivocación en que incurre la  impugnante  al  pretender  sustentar la queja por falso juicio de existencia por  suposición,  puesto  que el medio probatorio sobre el cual manifiesta que recae  el  vicio,  esto  es,  el  testimonio  de  la investigadora del CTI Ariacna Lara  Contreras,  sí  hace parte de la actuación, como que se practicó en el juicio  oral8  y,  por  ende, fue valorado por los juzgadores de instancia, como  incluso  lo  reconoce  en  el  libelo la defensora de los soldados profesionales  acusados y se advierte en el fallo confutado.   

         Luego  la  postulación  del  cargo  es  equivocada, incurriendo la  demandante  en  el  vicio  que alega, es decir, falso juicio de existencia, pues  como  quedó  visto,  el  testimonio  de  la investigadora Lara Contreras existe  legalmente en el proceso.    

Pero  como  si  lo  dicho  fuera  poco, la  confusión   de  la  casacionista  se  torna  mayor  cuando  al  desarrollar  el  cargo    expone   que   al   sopesar  la  credibilidad  del  «testimonio  de  oídas» de la mencionada  investigadora,  el Tribunal reconoció que su poder suasorio estaba supeditado a  la  valoración  conjunta con otros medios de prueba, directos o indirectos, que  corroborasen  las  afirmaciones de la declarante en cuanto a la información que  le  suministró  el  Sargento  del  Ejército  Nacional  Sandro  Mauricio Pérez  Contreras,  y  que  el juez colegiado sustentó en indicios, frente a los cuales  lanza  críticas  personales,  bien  porque  considera  no  acreditado  el hecho  indicador,  porque  la  inferencia  lógica  es  equivocada  o  por  ausencia de  «nexo  causal»  entre el  hecho  indicador  y el indicado; forma de ataque que denota su disconformidad en  punto  de la capacidad demostrativa que le atribuyó el ad quem a la pluricitada  declaración.   

         Y  no obstante que la crítica se dirige contra el mentado medio de  prueba  testimonial,  la  demandante  concentra  sus  argumentos  en  la  prueba  indirecta,   construida   por  el  juez  colegiado  en  orden  a  apuntalar  las  manifestaciones  de  referencia  brindadas por la funcionaria del CTI, empero lo  hace sin el rigor lógico que un reproche de ese jaez impone.   

         Oportuno  es  recordar  la  decantada  jurisprudencia  de la Corte,  respecto  de  las  exigencias  de lógica y adecuada fundamentación que demanda  esta                             particular                             censura,  así:             

Ahora  bien,  cuando  de atacar en sede de  casación  la  prueba  indiciaria  se trata, es obvio que un ejercicio semejante  solo  puede acometerse por  los  cauces  de  la violación indirecta y en tal medida al actor le corresponde  precisar  cuál  de  las  partes  integrantes  del  indicio  es  el objeto de su  censura,  es decir, si el vicio se predica del hecho indicador, de la inferencia  lógica  o  de  la  manera como los indicios se articulan entre sí, atendida su  convergencia  y  concordancia,  o  de  la  fuerza de convicción que emana de su  análisis conjunto.   

Cuando   el  vicio  recae  en  el  hecho  indicador,  como  el  mismo  debe estar acreditado con otro medio de prueba, los  yerros    susceptibles   de   plantear   son   tanto   de   derecho,   como   de  hecho.   

De  derecho  porque el juzgador pudo haber  admitido  y  valorado como prueba fundante del hecho indicador alguna ilícita o  irregularmente  aportada  al  proceso  y  por lo tanto inválida; ahora, como en  ningún  caso  la  prueba  indiciaria  está dentro del proceso penal sometida a  tarifa  legal,  naturalmente  frente  a  ella  la  modalidad de error de derecho  conocida   como   falso   juicio   de  convicción  no  es  susceptible  de  ser  propuesta.   

También son admisibles como hipótesis de  ataque  del  citado  elemento del indicio las diferentes modalidades de error de  hecho,  dado  que  la prueba de la circunstancia conocida pudo suponerse; o bien  porque  dejó de valorarse otro medio demostrativo que la neutraliza o disuelve;  o  porque  se  tergiversó  su  contenido material haciéndole decir algo que no  expresa.   

Y  cuando  el  error  se  predica  de  la  inferencia  lógica,  o  del  análisis de la convergencia o concordancia de los  indicios,  o  del grado de convicción que arroja su apreciación conjunta, como  todo  ello  es el resultado de un proceso intelectual valorativo, la única vía  posible  de  cuestionamiento  es  bajo  la modalidad de error de hecho por falso  raciocinio,  es  decir,  por  la  ostensible  transgresión  de  alguno  de  los  postulados  que  informan  la  sana  crítica (reglas de la lógica, leyes de la  ciencia,  o  máximas  de  la  experiencia),  luego,  para  que  el  cargo quede  correctamente  formulado, es imprescindible concretar el error y demostrar cómo  ha  sido  transgredida  o  desconocida  una  ley científica, un principio de la  lógica  o  una  regla constante de la experiencia, debiendo entenderse por esta  última  una  práctica  aceptada  en  medios  especializados en una determinada  materia.   

Finalmente,  no  está demás precisar que  cuando  el  ataque  apunta  a  derruir  la  inferencia lógica o los sucedáneos  elementos  del  indicio,  ello supone como condición lógica del cargo, aceptar  la  validez  de  la  prueba  del  hecho  indicador, ya que si ésta es discutida  sería  un contrasentido plantear al tiempo algún defecto del juicio valorativo  en  el  marco  del  mismo  ataque, y sólo por excepción cabe la posibilidad de  refutar  el indicio tanto en la prueba del hecho indicador como en la inferencia  lógica,  a  condición  de  que  los  cuestionamientos  se  propongan en cargos  distintos  y  de  manera subsidiaria. (CSJ SP, 19 Mar.  2014, Rad. 38793)   

         En  el  asunto  de la especie, al criticar los indicios construidos  por  el  Tribunal, la censora no asumió la tarea de indicar si la glosa recaía  sobre  la  prueba del hecho indicador, la inferencia lógica o el poder suasorio  que  se  les  atribuyó  en razón de su valoración conjunta, luego su discurso  contiene  meras  apreciaciones  personales  inanes  a fin de derruir los juicios  lógicos     deductivos    e    inductivos    estructurados    en    el    fallo  confutado.        

         Muestra  de  ello  es la glosa que la recurrente formula al indicio  de  presencia  en  el lugar de los hechos, elaborado por el ad quem a partir del  informe   de   situación  de  tropa  –INSITOP–,  que   sitúa   al  pelotón  «Búfalo  1»,  al  mando  del teniente Vargas Cortés en la vereda La Soledad  del  municipio  de  Ábrego  por  orden  del  mayor  Quijano  Mariño,  de donde  concluyó  que  si  fue  dicha  unidad militar la que reportó la muerte de Fair  Leonardo  en un combate inexistente, era razonable concluir que el requerimiento  para  conseguir  a  un  joven  con la finalidad de ejecutarlo y presentarlo como  baja   operacional,  provenía  de  los  oficiales  del  Ejército  Nacional  en  mención,  según  lo declaró la investigadora Lara Contreras, por información  que  a  su vez le suministró el sargento Sandro Mauricio Pérez Conteras, quien  fue           el           encargado           de          conseguir          la  víctima.              

         La  queja  la concreta la libelista en que el juez de segundo grado  «no   desarrolló  ninguna  inferencia  lógica  al  respecto,  por  lo  tanto  no  analizó  el  nexo  de  causalidad entre el hecho  indicador  y lo que debía ser el hecho indicado», de  donde  concluye  que el indicio no está correctamente estructurado, pero olvida  señalar  las  razones  que  sustentan  tal afirmación, cuando le correspondía  evidenciar,   por  la  senda  del  falso  raciocinio,  la  trasgresión  de  los  postulados  de  la sana crítica, valga decir, qué máxima de la experiencia se  desconoció en la inferencia lógica del indicio.   

         Labor  que  no  es  asumida  en  el  libelo frente a ninguno de los  indicios  elaborados  por  el  fallador  de segundo grado, por lo cual la queja,  además   de   los   graves   errores   de   postulación,  lógica  y  adecuada  fundamentación, queda ausente de demostración.     

         3.3.2.2  Dentro  del  mismo  reproche la  impugnante  denuncia  que  los  juzgadores  de instancia incurrieron en error de  hecho  por falso juicio de identidad por adición en relación con el testimonio  de  Alexander  Carretero  Díaz,  uno de los encargados de conseguir jóvenes en  Soacha  y  trasladarlos hasta Ocaña, por solicitud del sargento Sandro Mauricio  Pérez  Contreras y del soldado profesional Dairo José Palomino, integrantes de  la    sección   de   inteligencia   –S2–   del  Batallón   Santander   de   la   última   localidad  citada.      

La  adición,  dice, se advierte en que el  Tribunal  afirma  que  a partir del relato del citado testigo se probó que: (i)  la  noche  de  los  hechos Fair Leonardo Porras Bernal fue entregado a un retén  militar;  (ii)  en  dicho  retén  había  varios  uniformados,  entre ellos, el  soldado  Ríos  y  el mayor Rodríguez; y, (iii) en el citado lugar advirtió la  presencia  de  un  vehículo  automotor  tipo camión NPR; cuando en realidad el  testigo nada dijo al respecto.   

Sin embargo, no se demuestra cabalmente el  vicio  alegado,  puesto  que al verificar el audio de la sesión del juicio oral  donde       declaró       Carretero      Díaz9,  éste  relata  que la noche  siguiente  a  su  arribo  a  la  localidad  de  Ocaña, del billar donde estaban  hospedados  salieron  en  dos  motocicletas,  una conducida por el soldado Dairo  Palomino    y    la   otra   por   Uriel   Ballesteros,   alias   «Pocho»,  en  las  que iban de pasajeros  Fair  Leonardo  y  él,  respectivamente,  tomaron  la vía que conduce hacia el  Batallón  Santander,  y  «bastante  hacia  allá el  muchacho  se  bajó, ahí estaba el ejército, y Dairo lo dejó allá y nosotros  nos      vinimos»10,   agrega  que  pese  a  la  oscuridad  «me pareció ver al soldado Ríos…, como  estaba  tan  oscuro  no  vi a nadie más»11, en cuanto  al  retén  precisa que «ese día no [lo vi], yo solo  vi  el  retén después, en febrero cuando lo vi con el señor Pedro [Gámez], y  ese  día que fui con el señor Dairo, vuelvo y le repito, vi un soldado pero no  alcancé    a    ver    el   retén   porque   estaba   muy   oscuro»12,  y sobre su conformación,  de  la que se enteró detalladamente cuando tiempo después fue con Pedro Gámez  a  entregar  a  otros  dos muchachos, señala que «el  retén  en  carretera  estaba,  y  uno llegaba ahí, cuando yo fui con el señor  Pedro,       cuando      conocimos      al      Sargento      Muñoz»13,  lugar  donde dice vio una  camioneta  tipo  «turbo» y  militares,  y asevera que ahí se dejaba a las personas.       

Surge patente, entonces, que aun cuando el  declarante   Carretero   Díaz   no   utiliza   la   expresión   «retén»  para  referir  que en el sitio  donde  Dairo  José  Palomino  dejó a Fair Leonardo había un puesto conformado  por  la tropa, sí afirma inequívocamente que allí vio a un soldado uniformado  de  apellido  Ríos,  lo  cual  le confirmó instantes después su acompañante,  quien  le comentó que había entregado el muchacho al ejército, situación que  el   testigo   en   mención   también   dice   haber   percibido   directa   y  personalmente14.         

         En  esa  medida,  no  se demuestra el falso juicio de identidad por  adición  alegado,  en  punto  de  la existencia de un puesto de control militar  donde  fue  dejado  el hoy obitado horas antes de su muerte. Y si bien le asiste  razón  a  la casacionista en cuanto a que los juzgadores de instancia ubican en  dicho  retén  a  un  mayor del Ejército Nacional de apellido Rodríguez y a un  vehículo  tipo  camioneta  NPR,  cuando es lo cierto, como quedó visto, que el  testigo  Carretero  Díaz  no  hace  esas afirmaciones, puesto que refiere tales  aspectos  pero  en  relación  con una posterior ocasión, ocurrida en el mes de  febrero  de  2008,  cuando  dice haber acompañado a Pedro Gámez a entregar dos  jóvenes  a  miembros  del Ejército Nacional, ni la demandante evidencia, ni la  Sala  vislumbra  cuál  es  la  trascendencia  del  vicio  en la declaración de  justicia  contenida  en  el fallo, valga decir, cómo de no haberse incurrido en  la  anotada equivocación, la sentencia habría sido absolutoria en favor de los  acusados Contreras Aguilar, García Corzo y Zapata Roldán.   

         Así  las  cosas,  se  inadmitirá  el  cargo tercero de la demanda  presentada  en  nombre  de  los  incriminados  Richard Ramiro Contreras Aguilar,  Ricardo García Corzo y Carlos Antonio Zapata Roldán.   

         3.3.3  Primer  cargo  de  la demanda formulada por el representante  del Ministerio Público.   

         

         El  representante  de la sociedad afirma que el fallador de segundo  grado  incurrió  en violación indirecta de la ley, originada en error de hecho  por  falso  juicio de identidad por tergiversación, respecto de los testimonios  de  Alexander  Carretero  Díaz,  Pedro  Gámez  y  del  Sargento  del Ejército  Nacional Jhon Jairo Muñoz.   

         Sustenta  la  glosa  en  que  ninguno  de los referidos declarantes  mencionó  que  los acusados González Alfonso, Contreras Aguilar, García Corzo  y  Zapata  Roldán  hicieran  parte  de  la organización dedicada a suministrar  jóvenes  a  militares  del  Batallón  Santander de Ocaña, con la finalidad de  ejecutarlos  y presentarlos como NN dados de baja en combate, ni mucho menos que  al  interior  de  la citada unidad castrense existiera una estructura organizada  de  poder  dedicada  a  esa  actividad  criminal  en  particular,  ni que a ella  pertenecieran  los  supranombrados,  por  tanto a partir de los medios de prueba  cuestionados   no  podía  el  Tribunal  sostener  que  estaba  comprometida  la  responsabilidad  penal  de  los  procesados  en  el  delito  de  concierto  para  delinquir.      

Lo  primero que advierte la Sala es que el  censor   no   cumple   con  la  elemental  labor  de  confrontar  lo  que  dicen  materialmente  los  testimonios en los apartes sobre los que presuntamente recae  el  vicio,  y  lo que de ellos consideró el ad quem, limitándose a transcribir  el  análisis que al respecto hizo el juez colegiado, para de allí concluir que  se  tergiversó  el  dicho  de  los  testigos  y  se  les  puso a decir algo que  realmente   no   expresaban,   con   lo   cual   queda  sin  sustento  la  glosa  formulada.        

         Al  margen de lo anterior, debe destacarse que en orden a acreditar  el  delito contra la seguridad pública, el juzgador de segundo grado en ningún  momento  afirmó que los declarantes Carretero Díaz, Gámez y Muñoz vincularan  de  manera  directa  a los acusados con la organización criminal conformada por  militares  del Batallón Santander de Ocaña y civiles, cuya finalidad era traer  jóvenes  de  Soacha,  darles muerte y presentarlos como bajas en combate, luego  en tal sentido no tergiversó sus dichos.      

El  recurrente  no  repara  al  momento de  realizar  su  crítica  en  el  hecho  de que para que el Tribunal concluyera la  existencia  de  un  aparato  organizado  de  poder  del  cual  hacían parte los  procesados,  acudió  a  la  prueba  indirecta  que el demandante no identifica,  tarea  que  la  Corte no debe emprender, porque de ser así estaría faltando al  principio de limitación que rige la casación.   

En  efecto,  basta observar que el juez de  segundo  grado  a  partir  de  (i) la condición de militares de los procesados;  (ii)  su  pertenencia  a  la  Compañía  Plan  Vial  Meteoro  No.  3,  agregada  operacionalmente  al  Batallón Santander de Ocaña; (iii) la participación del  pelotón  «Búfalo 1» bajo  el  mando del mayor Quijano Mariño y del teniente Vargas Cortés en el supuesto  enfrentamiento  con  una banda delincuencial en el que fue muerto Porras Bernal,  que  a  la  postre resultó ser un montaje; (iv) la relación de los mencionados  oficiales  con el sargento Sandro Mauricio Pérez Contreras, jefe de la sección  de         inteligencia         –S2–   del  Batallón   Santander;   y,   (v)   el  conocimiento  pleno  que  los  militares  incriminados  tenían  sobre  la  forma  de  operar  en los casos de ejecuciones  extrajudiciales  que,  valga destacar, se constituyeron durante los años 2007 y  2008   en  una  práctica  reiterada  en  esa  unidad  castrense;  concluyó  la  existencia  de un aparato organizado de poder y la pertenencia de los procesados  al   mismo,   en   cuyo   desarrollo   incurrieron  en  las  conductas  punibles  juzgadas.   

En  esa  medida,  la  labor del demandante  debió  cifrarse en establecer cómo no era posible para el ad quem arribar a la  anterior  conclusión  con  fundamento  en  la  prueba inferencial, ya porque no  estuviera  demostrado  el  hecho  indicador  base  de  la inferencia, ora porque  aquella  no  era  posible deducirla de tal hecho indicador, o porque se ofrecía  absurda al realizar su valoración conjunta.   

En  orden  a  confirmar  lo dicho, resulta  suficiente  traer  a  colación  el  siguiente pasaje de la sentencia de segundo  grado,   donde   se   establece   la   responsabilidad   de  los  acusados  como  «coautores  a  través  de  un aparato organizado de  poder»  en  los  delitos  de  desaparición forzada,  homicidio   y   concierto   para   delinquir,   agravados,   en  los  siguientes  términos:      

En ese orden de ideas, en el caso concreto  se  estructuró  un  aparato  organizado  de  poder  por  parte de los militares  acusados,  junto  con  otros miembros del Batallón Francisco de Paula Santander  de  Ocaña,  en  una  estructura  jerarquizada y con división de funciones para  realizar  una  serie  de  actos  criminales  que  llevaron a la comisión de los  delitos  de  desaparición  forzada  y  homicidio  de  jóvenes del municipio de  Soacha,  todo  ello a través de una cadena de órdenes impartidas por oficiales  y  cumplidas  por  suboficiales y soldados, siendo este un aparato organizado de  poder  de  carácter  estatal  y  con  la  colaboración  de civiles (Carretero,  Gámez,   Ender   Obeso   y   Uriel  ballesteros).        

(…)  

En  razón  de  lo  anterior,  frente a la  responsabilidad  que tienen los oficiales Marco Wilson Quijano Mariño (Mayor) y  Diego  Aldair  Vargas  Cortés  (Teniente),  aquellos actuaron bajo la figura de  autores  mediatos, ya que dispusieron de toda la organización dispuesta para la  búsqueda,  traslado  y  ejecución de un joven y ser presentado como “baja en  combate”  a  partir  de  la  orden  que de ello efectuaran al sargento segundo  Sandro   Mauricio  Pérez  Contreras  (suboficial  y  jefe  de  la  Sección  de  Inteligencia del Batallón Santander).      

(…)  

Así  las  cosas,  se  advierte  que  hizo  presencia  un  vehículo NPR en el retén militar montado para el 11 de enero de  2008,  integrado  por  militares  lo  que  se acredita con el dicho de Alexander  Carretero,  y  como  quiera  que  la  tropa Búfalo 1 de la Compañía Plan Vial  Meteoro  fue  la  unidad militar que reportó “la supuesta baja en combate”,  se  infiere  que  sus miembros fueron los militares a quienes se les entregó el  joven  para  ser  ultimado,  ejecutando  actos  para  su  recepción y posterior  traslado,  momento  en  el  cual  fue  despojado  de  sus  documentos,  para ser  presentado  posteriormente  como  un NN muerto en combate, a sabiendas de que el  joven  había  sido  llevado hasta tal sitio con el único fin de ser presentado  como  una  “baja”  y  un éxito operacional, máxime cuando se establece que  fueron  los  comandantes  de  tal  unidad  militar los encargados de requerir el  traslado   de   un  joven  al  sargento  segundo  Sandro  Mauricio  Pérez  para  presentarlo como un logro en combate.       

Es entonces en razón de ello, que no puede  predicarse  la  ajenidad  que  tengan  los  procesados  Carlos  Manuel González  Alfonso,  Carlos  Antonio  Zapata  Roldán,  Ricardo  García  Corzo  y  Richard  Contreras  Aguilar  en  el punible de desaparición forzada agravada, puesto que  con  su  actuar,  al  recibir a la víctima en el retén militar, trasladarlo al  sitio  de  su posterior muerte, despojarlo de sus documentos y no informar de su  paradero  luego  de  la  ejecución  extrajudicial,  genera  que  se cumplan los  presupuestos de tal delito.   

(…)  

Bajo  la misma postura de la existencia de  un  aparato  organizado  de  poder,  resulta  probada  la responsabilidad de los  enjuiciados  en  el delito de homicidio agravado, puesto que el pelotón Búfalo  1  estaba  integrado  por los militares mencionados líneas atrás, al mando del  teniente  Diego  Aldair  Vargas  Cortés  y siendo comandante del mismo el mayor  Marco  Wilson  Quijano  Mariño, cuyas coordenadas de ubicación para el día 12  de  enero  de  2008  era  el  municipio de Ábrego. De acuerdo al testimonio que  rindiera   en  juicio  el  mayor  Quijano  Mariño,  renunciando  a  su  derecho  constitucional  de  guardar  silencio,  aceptó la ocurrencia de los hechos pero  bajo  el  pretexto  de  la existencia del supuesto combate (el cual se probó no  existió),  que  todos  los  miembros  del  pelotón  estuvieron la noche de los  hechos y que dispararon.     

(…)  

Así  las  cosas,  se  advierte  que  la  participación   de   los   militares   implicados  en  el  asunto  en  mención  efectivamente  respondió  a  una  cadena  sistemática  y  secuencial  de actos  delictivos  encaminados  a  lograr la presentación de éxitos operacionales por  parte  de  las tropas integrantes del Batallón Francisco de Paula Santander del  municipio  de  Ocaña.  Ello,  por  cuanto  se estableció que la muerte de Fair  Leonardo  Porras  Bernal  respondió a un modus operandi imperante en tal unidad  militar  desde  el  año  2007  y del cual hacían parte miembros del S2 BISAN y  civiles  residentes del municipio de Soacha-Cundinamarca, encargados de reclutar  jóvenes  y  presentarlos  como muertos en combate en los alrededores de Ocaña,  situación  que  para los procesados de la referencia no resultaba desconocida y  que  inclusive  generó  que el Mayor Marco Wilson Quijano Mariño y el Teniente  Diego  Aldair  Vargas  Cortés ordenaran directamente el traslado de un joven al  sargento  segundo  Sandro  Mauricio Pérez Contreras para ser “dado de baja”  quien  resultó ser Fair Leonardo Porras Bernal, cuyo deceso se produjo el 12 de  enero  de  2008,  siendo  aquellos  los  militares de más alto rango implicados  dentro   del   presente  asunto.           

(…)  

En  razón de lo anterior, se advierte que  todas  las  actividades  que  desplegaron  los  ahora  procesados,  a efectos de  materializar   las  conductas  punibles  de  desaparición  forzada  agravada  y  homicidio  agravado,  fueron ejecutadas con pleno conocimiento y con dominio del  hecho  por  parte  de  los  implicados,  siendo  ello una cadena sistemática de  acciones  que  trajeron como resultado la muerte de Fair Leonardo Porras Bernal,  respondiendo  ello a lo que la doctrina y la jurisprudencia han establecido como  la  autoría  a  través  de  aparatos  organizados  de poder (…).    

         Señalado  lo anterior, cabe aclarar que si bien el juez colegiado,  al  referirse  al  delito de concierto para delinquir, hace afirmaciones propias  de  la  coautoría,  ello  obedece  a  que  estaba anticipando juicios sobre los  delitos  de  desaparición forzada y homicidio por los que terminaron condenados  los  acusados,  sin  puntualizarlo,  lo cual se observa cuando refiere que en el  aparato  organizado  de poder conformado por militares del Batallón Santander y  con  la  colaboración  de  civiles, de la cual aquellos hacían parte, existía  «división  de funciones»  para  ejecutar  las  acciones  delictivas;  así  como  que  el  acusado Quijano  Mariño,  aun cuando no estuvo presente en el retén dispuesto para recibir a la  víctima,  ni  intervino  en  su  traslado  hasta  el  sector de La Soledad y su  posterior  ejecución,  al  impartir  la orden al sargento Pérez Contreras para  conseguir    a    un    joven   con   la   anotada   finalidad,   «realizó  un  aporte significativo» a la  comisión   de   las   conductas   punibles.         

         Los  aspectos  referidos  por  el Tribunal en su argumentación son  elementos  esenciales  de  la coautoría impropia o dominio funcional del hecho,  como  forma de coparticipación criminal, figura que en el caso concreto permite  fundamentar  la participación de los militares incriminados en las conductas de  desaparición  forzada y homicidio por las cuales fueron acusados, sin necesidad  de  acudir  a  la  tesis  de  la  autoría  mediata  en  aparatos organizados de  poder.   

         En  efecto,  se demostró que cada uno de los incriminados realizó  un  aporte  significativo a su ejecución, con motivo de la división de roles y  producto  del  acuerdo  común, así: (i) el mayor Quijano Mariño y el teniente  Vargas  Cortés  solicitaron  al  sargento  Sandro  Mauricio Pérez Contreras la  consecución  de  un  joven para ejecutarlo y lograr un éxito operacional; (ii)  el    primero    dispuso    el    movimiento    del    Pelotón   «Búfalo  1»  de la Compañía Plan Vial  Meteoro  No.  3,  de  la  cual  era  su  comandante, al sector de La Soledad del  municipio  de  Ábrego;  (iii)  el  teniente  Vargas  Cortes,  el cabo González  Alfonso  y  los soldados profesionales Contreras Aguilar, García Corzo y Zapata  Roldán,    integrantes   del   pelotón   «Búfalo  1»,  recibieron  la  noche del 11 de enero de 2008 a  Fair   Leonardo  Porras  Bernal,  quien  había  sido  conducido  por  Alexander  Carretero  Díaz,  Uriel  Ballesteros  y  el  soldado  profesional  Dairo  José  Palomino  a  un  retén  militar  ubicado  por  la  vía  a Ábrego; y, (iv) los  miembros   del   pelotón   «Búfalo  1»  ejecutaron  a  Porras  Bernal y lo reportaron como NN muerto en  combate,   enfrentamiento   cuya  inexistencia  también  quedó  fijada  en  la  actuación.     

         Entonces,  las  imprecisiones en la exposición del fallo confutado  resultan  intrascendentes,  pues es claro que en él se acude al instituto de la  coautoría   impropia   o   dominio   funcional  del  hecho  para  demostrar  la  responsabilidad  de  los  acusados en los delitos que de desaparición forzada y  homicidio.      

         En  consecuencia,  se  rechazará  el  cargo  primero de la demanda  formulada por el representante del Ministerio Público.   

         3.3.4  Segundo  cargo  de la demanda formulada por el representante  del Ministerio Público.   

         Acudiendo   de   nuevo  a  la  violación  indirecta  de  la  norma  sustancial,  el censor acusa al juez colegiado de incurrir en error de hecho por  falso  juicio  de  identidad por tergiversación, el cual dice recayó sobre los  testimonios  de  Felisa  Carvajalino, médico legista; Héctor Alfonso González  Manzano,  funcionario  de  la Secretaria de Gobierno de Ocaña; y Diana Ramírez  Páez,  coordinadora  del grupo de desaparecidos de Medicina Legal, que llevó a  declarar   como   crímenes   de   lesa  humanidad  a  los  delitos  materia  de  juzgamiento.          

         Al  igual que en el anterior cargo, el recurrente resigna asumir la  tarea  de  indicar  los  apartes  de  los  citados testimonios que supuestamente  fueron  tergiversados,  y omite hacer la correspondiente confrontación entre lo  que  allí  se afirma y lo que de ellos valoró el Tribunal, a fin evidenciar el  vicio  denunciado,  lo  cual  obviamente  deja carente de demostración la glosa  formulada.      

         Lo  que advierte la Sala es que el libelista confunde la prueba con  lo  probado, por cuanto no obstante postular un falso juicio de identidad, en su  desarrollo  muestra inconformidad con las conclusiones que derivó el ad quem de  las  declaraciones  en  cuestión, señalando que de tales dichos «no    podía    entenderse,    como    sí    lo    entendió    el  Tribunal»  que  los delitos juzgados constituían un  ataque  generalizado  y  sistemático  contra la población civil, para de allí  concluir    que    tenían    la    connotación    de    crímenes    de   lesa  humanidad.     

         Por  lo  tanto,  si  la  pretensión  del impugnante era evidenciar  yerros  en  la  formación  de  los juicios lógicos inductivos, que llevaron al  juez  colegiado a encontrar demostrados en el asunto de la especie los elementos  característicos  de  tal  categoría delictiva, que no vicios de contemplación  objetiva  de  la  prueba  en la cual soportó sus conclusiones, le correspondía  postular  el  cargo  por  la  senda  del  error  de  hecho por falso raciocinio,  demostrando  cómo  en  esa  labor  el Tribunal trasgredió los postulados de la  sana  crítica, esto es, las reglas de la experiencia, las leyes de la ciencia o  los  principio  de  la  lógica,  y  cuál  fue su trascendencia en la decisión  contenida   en   el   fallo   confutado,   nada   de   lo   cual   asume  en  la  demanda.           

         Conviene  al  asunto  que  se resuelve, citar lo que tiene dicho la  Corte  en  punto  de  los  requisitos que debe cumplir una conducta punible para  considerarse delito de lesa humanidad, así:   

El  ataque  sistemático  o  generalizado  implica  una  repetición  de  actos  criminales  dentro de un periodo, sobre un  grupo  humano  determinado al cual se le quiere destruir o devastar (exterminar)  por  razones  políticas,  religiosas, raciales u otras. Se trata, por tanto, de  delitos  comunes  de  máxima  gravedad que se caracterizan por ser cometidos de  forma repetida y masiva, con uno de tales propósitos.   

En  ese  contexto,  el  crimen  de  lesa  humanidad se distingue de otros crímenes, porque:   

a)  no puede tratarse de un acto aislado o  esporádico  de  violencia, sino que debe hacer parte de un ataque generalizado,  lo  que  quiere  decir  que  está  dirigido  contra  una  multitud de personas;   

b)  es sistemático, porque se inscribe en  un  plan  criminal  cuidadosamente  orquestado,  que pone en marcha medios tanto  públicos  como  privados, sin que, necesariamente, se trate de la ejecución de  una política de Estado;   

c)   las  conductas  deben  implicar  la  comisión  de  actos  inhumanos,  de  acuerdo  con  la lista que provee el mismo  Estatuto;   

d)   el   ataque   debe   ser   dirigido  exclusivamente contra la población civil; y   

e)   el   acto   debe  tener  un  móvil  discriminatorio,   bien  que  se  trate  de  motivos  políticos,  ideológicos,  religiosos,  étnicos  o  nacionales.  CSJ SP, 3 Dic.  2009, Rad. 32672)   

         Atendidas    las    reglas   interpretativas   señaladas   en   la  jurisprudencia  mencionada,  surge  patente  que el representante de la sociedad  confunde  los  requisitos  de  sistematicidad  y  generalidad  del  ataque a una  población  civil,  propios de los crímenes de lesa humanidad, con la conexidad  procesal,  pues erradamente considera que como los demás casos de desaparecidos  de  Soacha  no  son objeto de investigación en la presente actuación, no puede  afirmarse  que  las  conductas  punibles  imputadas  a  los acusados constituyan  delitos que tengan dicha connotación.   

         Manera  de  razonar  que  soslaya  la  condición de civiles de las  víctimas,  el  número  plural  de  éstas,  el  plan  criminal  minuciosamente  organizado  para  darles  muerte,  la  forma  como fueron ejecutadas y su perfil  semejante,  esto  último  habida  cuenta  de  su condición de jóvenes de sexo  masculino,  de  escasos recursos, bajo estrato social, desempleados y en algunos  casos  con  antecedentes  o  anotaciones  penales,  amén  de  ser  oriundos del  municipio de Soacha.       

         Adicionalmente,  tampoco muestra por qué se precisa de que en sede  del  recurso  extraordinario  la  Corte  aborde el tema de los crímenes de lesa  humanidad  en  los casos de ejecuciones extrajudiciales, limitándose a señalar  que  se  requiere para «unificar posturas»   que   tampoco  identifica,  pues  en  su  particular  criterio  «actualmente se está reconociendo tal categoría, a  todos   los  delitos»,  por  razones  «coyunturales,  como  la  posibilidad de prescripción de la acción  penal,  que  no  es  el  caso de este proceso, o para dar connotación a un caso  aislado»;  argumentos  de  orden general y abstracto  que  no  evidencian  a la Sala la necesidad de pronunciarse en este asunto sobre  el     punto    en    cuestión.           

         Por  lo  tanto,  se  inadmitirá  el  cargo  segundo  de la demanda  formulada por el representante del Ministerio Público.   

3.4  De  la  violación  directa de la ley  sustancial por interpretación errónea.   

Conviene  recordar que reiteradamente esta  Corporación  ha  sostenido  que  cuando  se  acude  a la senda de la violación  directa   de  la  ley  sustancial,  el  casacionista  debe  aceptar  los  hechos  declarados  en  el  fallo  recurrido  y  abstenerse de cuestionar la valoración  probatoria  realizada por los sentenciadores de instancia, por lo cual el debate  se  circunscribe  a  la  aplicación del derecho, sin que tengan cabida aspectos  relacionados  con  la  credibilidad  de  los  elementos de juicio o el acontecer  fáctico  (CSJ AP, 9 May. 2012, Rad. 37987; CSJ AP, 10 Jul. 2013, Rad. 41411; y,  CSJ AP, 11 Dic. 2013, Rad 42737; entre otras).   

         

En  esa  medida, la labor de demostración  del  vicio  deberá  estar  sustentada en evidenciar que el juzgador seleccionó  una  norma  que  no  era la llamada a gobernar el asunto (aplicación indebida),  omitió  otra  que sí resolvía los extremos de la relación jurídico procesal  (falta   de   aplicación   o   exclusión  evidente)  o,  habiéndola  escogido  correctamente,  le  dio  un alcance interpretativo que no se deriva del texto de  la  ley,  es  decir, le atribuyó un sentido jurídico que no tiene o le asignó  efectos contrarios a su real contenido (interpretación errónea).   

         En  tratándose de este último sentido de violación, el ejercicio  argumentativo  del  demandante  debe  abordar cuando menos dos aspectos, uno que  ilustre  sobre cuál es el alcance y efectos fijados al precepto, acudiendo para  ello  a criterios de autoridad o doctrinales, más no a su personal comprensión  de  la  norma;  y otro, que evidencie cómo aquellos fueron desconocidos por los  falladores  de  instancia  en la sentencia impugnada (CSJ AP, 11 Dic. 2013, Rad.  37039).         

         Esta  clase  de  violación  la  proponen  los casacionistas, así:   

3.4.1    Quinto   cargo   de  la  demanda  formulada  a  nombre  del  procesado Carlos Manuel  González Alfonso.   

         La  queja  por  violación directa de la norma sustancial, la funda  el  censor  en que el ad quem interpretó de manera errónea el artículo 29 del  Código  Penal, pues si en la sentencia confutada se concluye que los procesados  realizaron   las  conductas  punibles  juzgadas  en  calidad  de  «coautores  a  través  de un aparto organizado de poder»,  y  se  reconoce que su representado actuó como «instrumento  inmediato», no era posible  deducirle  compromiso  penal  porque  quienes  obran  como  tales «no   son   responsables   de   los   hechos   cometidos   por   sus  superiores».     

         Lo  primero  que  debe  resaltar  la  Sala  es que el recurrente se  aparta  de  las  exigencias  de lógica y adecuada fundamentación que impone el  reproche  propuesto,  pues  critica  la  valoración  probatoria del juzgador de  segundo  grado para concluir, contrario a lo afirmado en el fallo impugnado, que  «no     existe     prueba     alguna     en    el  expediente»   indicativa   de  que  los  procesados  tuvieran  «conciencia  y  participación»  en las conductas punibles juzgadas, y que el día de los hechos  obedecían  «una  orden  de  operaciones»,  en  otras palabras, que obraron en cumplimiento de los deberes  constitucionales y legales inherentes a su condición de militares.   

Una  argumentación de ese jaez, propia de  un  alegato  de  instancia,  deja sin sustento la glosa formulada por violación  directa  de  la  ley  sustancial,  por  cuanto  ésta  exige a quien la propone,  aceptar  los  hechos  declarados  por  los  falladores  y  su estimación de las  pruebas,  y  partiendo  de  tales supuestos demostrar, cuando de interpretación  errónea  se  trata,  que  habiendo  acertado  en  la escogencia de la norma, el  intérprete  le atribuyó un sentido jurídico que no tiene o le asignó efectos  contrarios   a  su  real  contenido,  tarea  que  por  ninguna  parte  asume  el  libelista.   

         Haciendo  abstracción  de  tales  falencias,  se advierte un error  dogmático  en  el planteamiento del impugnante, pues afirma que si su defendido  fungió  como  autor inmediato de los delitos juzgados, no puede ser considerado  penalmente  responsable de los mismos, salvo que se demuestre que «actuó     con     culpabilidad     plena     y     con    autoría  calificada».   

         Frente  a  tal aserto, debe decirse que en la lógica del Tribunal,  que  encontró  demostrada la participación de los incriminados en el delito de  concierto  para  delinquir  a  través  de  la  figura de la autoría mediata en  aparatos  organizados de poder, la doctrina más autorizada enseña que en ellos  el  ejecutor material actúa con pleno conocimiento y voluntad, valga decir, con  dominio  del  hecho,  y  por  ello  no  puede quedar impune su conducta, como lo  pretende  el  actor,  a  diferencia  de las tradicionales hipótesis de autoría  mediata  donde  el «ejecutor instrumental» obra determinado por error o coacción.   

         Agréguese  que  los  dirigentes  de la organización que emiten la  orden  responden  a  título  de  autores  mediatos  y  los mandos medios que la  trasmiten  y coordinan su ejecución a título de coautores, pues toda la cadena  actúa con verdadero conocimiento y dominio del hecho.   

         En  ese  orden,  se  rechazará  el  cargo  quinto  de  la  demanda  formulada a nombre del procesado Carlos Manuel González Alfonso.   

3.4.2    Sexto    cargo   de  la demanda formulada a nombre del procesado Diego Aldair Vargas  Cortés.   

         

         Denuncia  la  casacionista  que  el ad quem incurrió en violación  directa  de  la ley sustancial por interpretación errónea del artículo 340 de  la  Ley  599  de  2000,  que tipifica el delito de concierto para delinquir, por  cuanto  confunde  la  referida  conducta punible con la coautoría impropia como  forma  de  participación,  a consecuencia de lo cual condenó a su representado  no   obstante  que  en  el  caso  de  la  especie  no  concurren  sus  elementos  estructurales.   

         De  entrada  la  Corte  advierte  la  equivocación del actor en la  postulación  del cargo, pues no obstante invocar la interpretación errónea de  la  supracitada  norma,  lo  que supone que dicha disposición fue correctamente  seleccionada,  pero  se  le  dio  un  alcance  jurídico  que no se deriva de su  contenido;  lo  que en últimas pretende es que a su representado se le absuelva  del  delito  de  concierto  para  delinquir,  confundiendo así el sentido de la  violación  alegada  con  los  eventos en que por un error en la interpretación  del  precepto,  se excluye su aplicación o se aplica indebidamente, siendo esto  último lo que se ajustaría a su reproche.   

         Sobre  el punto en cuestión, la Corte en decisión CSJ AP, 11 Dic.  2013, Rad. 39989, señaló:   

Adicionalmente,  es  preciso mencionar que  como  la  interpretación  errónea  parte  de  la  base  de que la disposición  vulnerada  fue  correctamente seleccionada, no debe confundirse con los casos en  donde  por  dársele un alcance equivocado, no es aplicada o se utiliza en forma  indebida.   

En  efecto,  es pertinente recordar que la  aplicación  indebida  o la exclusión de una norma se pueden dar a consecuencia  de su errónea interpretación.   

En estos eventos, el yerro de hermenéutica  conduce,  en  punto de la aplicación indebida, a desbordar el verdadero sentido  de  la  disposición  y,  por  ello,  se  la  pone  a  gobernar un asunto que no  contempla.  En  cuanto  hace  a  la exclusión de su aplicación, el error en la  exégesis  del  precepto  lleva a restringir sus efectos jurídicos y por eso no  se la utiliza.   

Ahora, cuando se alega que como fruto de la  interpretación  de  la norma se incurre en su aplicación indebida, corresponde  al  impugnante (i) precisar el aspecto de derecho objeto del ataque y establecer  la  naturaleza  del  instituto  jurídico  recogido  en  él,  puntualizando  su  ubicación  en el ordenamiento positivo, (ii) especificar cuál fue la exégesis  dada  en  la  sentencia  al  mismo,  (iii)  indicar las razones por las que ella  resulta  equivocada  y  (iv)  explicar  por qué la comprensión propuesta en la  demanda   es   la  correcta,  lo  que  impone  demostrar  la  coherencia  de  la  interpretación  formulada  por  el  actor  frente  a las categorías jurídicas  relacionadas  con  la temática y respecto del universo regulatorio inherente al  punto de derecho cuestionado.   

         La  carga argumentativa a que alude el criterio de autoridad citado  en  precedencia, no la cumple la demandante a fin de acreditar el yerro alegado,  por  cuanto se circunscribe a señalar que en el caso concreto no se tipifica el  delito  de  concierto  para delinquir porque al procesado Vargas Cortés solo se  le  imputa  en  la presente actuación haber participado en el homicidio de Fair  Leonardo,  y  no se probó que en su contra se adelantaran otras investigaciones  penales  por  hechos  de la misma naturaleza al aquí juzgado, de donde concluye  la  ausencia  de  los elementos del pluricitado delito, relativos a la vocación  de  permanencia  en  el  tiempo  del concierto y que éste se hubiera conformado  para cometer ilícitos indeterminados.   

         Dicha  forma de argumentar solo evidencia la pretensión del censor  de  entronizar su personal criterio sobre la tipicidad de la conducta punible en  mención,  pues  la  jurisprudencia  de esta Corporación tiene decantado que la  mera  asociación  de personas con disposición de durabilidad temporal y con la  finalidad  de  cometer  delitos  indeterminados pero determinables, satisface el  tipo  objetivo del concierto para delinquir, sin que para tal efecto se requiera  de  la  materialización  de  alguna  de las conductas punibles que motivaron su  conformación  o que importe el número de delitos o las investigaciones penales  que  en  razón  de  ellos  se adelanten en contra de los miembros de la empresa  criminal.   

         En  reciente  decisión,  al  realizar  el análisis dogmático del  delito  de concierto para delinquir, en lo que interesa al caso particular, dijo  la Corte:    

Se  consuma dicho delito con independencia  de  la  realización  efectiva  de  los  comportamientos  pactados,  de  ahí su  carácter  autónomo, de manera que si estos se cometen, concursan materialmente  con el concierto para delinquir.   

Es  un  delito  de  mera conducta, pues no  precisa  de  un resultado; se entiende que el peligro para la seguridad pública  tiene  lugar  desde  el mismo momento en que los asociados fraguan la lesión de  bienes                   jurídicos15.   

Impera  señalar  que  en el ámbito de la  categoría  dogmática  de  la  antijuridicidad,  según la cual, la conducta no  sólo  debe  contrariar  el  ordenamiento jurídico considerado en su integridad  (antijuridicidad  formal), sino que además, debe lesionar o poner efectivamente  en  peligro  el  bien jurídico protegido por la ley (antijuridicidad material),  el  concierto  para  delinquir no corresponde a una conducta de lesión, sino de  peligro,  en cuanto comporta la amenaza o puesta en riesgo del bien jurídico de  la  seguridad  pública.  (CSJ SP, 25 Sep. 2013, Rad.  40545)   

         Por  tanto,  resulta  irrelevante  que en contra del acusado Vargas  Cortés  y  de  los  demás  procesados  solo  se  siga  la  presente actuación  relacionada  con  ejecuciones extrajudiciales o que únicamente se les impute la  muerte  de  Fair  Leonardo  Porras  Bernal,  y  no de otros jóvenes oriundos de  Soacha  que  corrieron la misma suerte, según se documentó en el proceso, pues  lo  cierto  es  que  valorada la prueba el Tribunal encontró demostrado que los  militares  incriminados  hacían  parte,  junto  a  otros miembros del Batallón  Santander  de  Ocaña  que  integraban  la sección de inteligencia –S2–,   de   una   organización   cuyo  propósito  criminal  era  la  consecución  de  personas  de otras regiones del  país,  que  luego de ser trasladadas a Ocaña eran ejecutadas por los militares  en  supuestos  enfrentamientos  con  bandas  criminales y presentadas como bajas  operacionales,   práctica   sistemática  y  generalizada  de  la  que  incluso  participaban  uniformados  de  otras  unidades castrenses, como es el caso de la  Brigada  Móvil No. 15, que se extendió desde mediados de 2007 hasta finales de  2008,   y  cobró  pluralidad  de  víctimas,  entre  ellas  el  obitado  Porras  Bernal.        

         En  conclusión,  el reproche formulado, al margen de las falencias  de  lógica  y adecuada fundamentación, no logra evidenciar en el caso concreto  la   atipicidad  del  delito  de  concierto  para  delinquir,  ni  la  falta  de  responsabilidad   penal   de   los   acusados  en  su  realización.     

         Así  las  cosas,  se  inadmitirá  el  cargo  sexto  de la demanda  formulada a nombre del procesado Diego Aldair Vargas Cortés.   

         3.4.3   Séptimo  cargo  de  la  demanda  formulada a nombre del procesado Diego Aldair Vargas Cortés.   

         Acudiendo  de  nuevo  a  la  violación  directa  de  la  norma, la  recurrente  manifiesta  que  el juez colegiado interpretó de manera errónea el  artículo  165  del  Código  Penal,  puesto  que  no  concurren a cabalidad los  elementos  del  tipo objetivo de desaparición forzada, tales como la privación  de  la  libertad  de  la  víctima,  toda  vez  que  Fair Leonardo Porras no fue  obligado  a  viajar hasta Ocaña con Alexander Carretero Díaz, sino que lo hizo  en  forma  voluntaria,  aunque  determinado  por  el  engaño  de Ender Obeso; y  tampoco  se  da  el ocultamiento de la víctima o abstenerse de dar información  sobre  su  paradero,  ya  que  luego del combate en que Porras Bernal perdió la  vida,  mediante  el  correspondiente informe los militares dejaron su cadáver a  disposición       del      CTI      de      la      Fiscalía      para      su  identificación.          

         

         Cabe  anotar  que la libelista persiste en la equivocación lógica  reseñada  en  la glosa precedente, dado que si bien denuncia la interpretación  errónea  del  artículo  165  de la Ley 599 de 2000, lo cual supone que el juez  seleccionó   correctamente   dicha   norma   para   solucionar   el   caso,  la  argumentación  que  a continuación expone muestra que su pretensión es que se  excluya  su  aplicación,  ya  que  estima que la conducta de su representado no  encuadra  en  la descripción comportamental allí descrita, valga decir, que es  atípica  frente  al  delito  de desaparición forzada, lo que en últimas viene  siendo  una  aplicación  indebida  a consecuencia de un yerro de hermenéutica,  cuyas  exigencias  para su demostración, reseñadas en el anterior apartado, no  son asumidas en la demanda.    

         En  efecto,  la  impugnante no expone con el rigor jurídico que el  sentido  de la violación propuesta exige, el motivo por el cual la inteligencia  que  el  Tribunal dio a la norma cuestionada es equivoca o absurda, valga decir,  por  qué el elemento normativo del tipo relativo a la privación de la libertad  de  quien es sometido a desaparición forzada, no puede darse cuando la víctima  llega a esa situación producto de engaños.     

         Tampoco   indica   las  razones  por  las  que  resulta  equivocado  sostener,  como lo hicieron los falladores de instancia, que el hecho de que los  militares  acusados  pusieran  a  disposición  de  la  Fiscalía el cadáver de  Porras   Bernal,   que   valga   destacar   lo  fue  como  un  NN  (non  nominatus) dado de baja en combate,  comporta  su  ocultamiento  y  la negativa a dar información sobre su paradero,  con      lo      cual     la     sustentación     de     la     queja     queda  inconclusa.         

         Al  margen  de  lo  anterior,  la  jurisprudencia  de  la  Sala  ha  reconocido  que  en  los  casos  de ejecuciones extrajudiciales o «falsos  positivos»,  cuando la víctima  es  llevada  a  su  ejecución mediante argucias, despojada de sus documentos de  identidad  y  asesinada,  siendo  luego presentado su cadáver a las autoridades  como  NN  dado  de  baja  en  combate,  se cumplen todas las exigencias del tipo  objetivo de desaparición forzada.     

Al  respecto en CSJ SP, 19 Mar. 2014, Rad.  40733, dijo la Corte:   

En tal sentido la Corte Constitucional (CC  C-317/02)  ha  señalado  que  “la  desaparición forzada es un crimen de lesa  humanidad  pues  se trata de un atentado múltiple contra derechos fundamentales  del  ser  humano  en  cuanto supone la negación de un sinnúmero de actos de la  vida  jurídico-social  del  desaparecido,  desde los  más  simples  y  personales  hasta  el  de ser reconocida su muerte” (subrayas fuera de texto).   

Es  pertinente  señalar  que el delito en  comento   exige   que   inicialmente   la   persona  sea  privada  de  libertad,  “cualquiera  sea su forma”, “seguida de su ocultamiento y de la negativa a  reconocer   dicha   privación   o   de  dar  información  sobre  su  paradero,  sustrayéndola  del  amparo  de  la  ley”,  de  modo que no se requiere que el  individuo  siga  efectivamente  privado  de su libertad y ni siquiera es preciso  que  se encuentre con vida, pues se trata de la infracción del deber de brindar  información  sobre  su  aprehensión,  su  paradero  o  la  ubicación  de  sus  restos.   

Al disponerse que se requiere la privación  de  la  libertad “cualquiera que sea la forma”, es claro que la voluntad del  legislador  se  orientó  a establecer toda clase de procedimientos tendientes a  conseguir  tal  restricción,  sin  que  sea  necesario  un  acto de violencia o  arbitrariedad,  al  punto  que inicialmente puede ser legítima la privación de  libertad,  como cuando se captura a alguien en virtud de orden judicial expedida  conforme  a los cánones legales, pero luego se le desparece y no se da cuenta a  la familia y a la sociedad de su suerte.   

Puede  precisarse igualmente que dentro de  tales  procederes  restrictivos de la libertad también está el engaño o ardid  sobre  la  víctima,  pues  al ser inducida en error se coarta la posibilidad de  decidir   libremente   como   ser   dotado   de   razón  en  su  condición  de  persona, con mayor razón si el artificio las más de  las  veces la conducen a su ulterior desaparecimiento y muerte (Cfr. CSJ. AP. 11  sep. 2013. Rad. 39703).   

De acuerdo con lo anterior, si bien para la  consumación  del  delito  de desaparición forzada se requiere la privación de  libertad,  la  cual puede ser inicialmente legal y legítima (Cfr. CC C-317/02),  seguida  del ocultamiento del individuo, allí no se agota el comportamiento, en  cuanto  es  preciso  que no se dé información sobre el desaparecido, se niegue  su  aprehensión,  o  se  suministre  información equívoca, sustrayéndolo del  amparo legal.   

(…)  

Entonces,   conforme   a   la  normativa  internacional  citada,  de  la cual hace parte Colombia, puede concluirse que el  delito  de  desaparición forzada de personas es permanente, no porque se cometa  mientras  la  víctima  se  encuentre  privada de su libertad, sino porque sigue  consumándose  durante  todo  el  tiempo en el que sus captores no den razón de  ella  (su  paradero  con  vida  o  la  ubicación  de  su  cadáver), nieguen su  privación de libertad, o den información equívoca.   

Si por ejemplo la víctima aparece con vida  o  se  tiene  noticia de su cadáver, cesa la consumación permanente del delito  de  desaparición  forzada,  no porque haya culminado la situación privativa de  su   libertad,   sino   porque  cesa  el  deber  de  información.  Desde  luego,  para el efecto indicado no basta con que aparezca el  cuerpo  de  una  persona,  como ocurre con los NN, sino que se tenga certidumbre  acerca  de  que  el cadáver hallado corresponde al individuo desaparecido, pues  mientras  no  haya  una  identificación  adecuada  de los despojos mortales, la  incógnita  acerca  del  paradero  de  la víctima continúa y la infracción al  deber   de   información   por   parte   de   los   perpetradores  también  se  prolonga.   

La  Corte  Constitucional  en  sentencia  C-317/02,  declaró inexequible la expresión “perteneciendo a un grupo armado  al  margen  de la ley” que figuraba en el artículo 165 de la Ley 599 de 2000,  declarando  la  exequibilidad  de  la  parte  restante  del  inciso  “bajo  el  entendido  que  no  es  necesario el requerimiento para dar información o de la  negativa  a  reconocer  la  privación  de  la  libertad,  sino que basta  la  falta de información sobre el  paradero de la persona” (subrayas fuera de texto).   

Si la desaparición forzada de personas es  un  delito  de  ejecución  permanente  que  tiene  lugar  a partir de cuando se  incumple  el  deber de información sobre el destino de la persona privada de su  libertad,  hasta cuando sea satisfecha tal obligación, es acertado concluir que  aún  si  la  víctima  fallece,  el  delito sigue consumándose hasta cuando se  brinde  información sobre su privación de libertad, la suerte que corrió o la  ubicación  de  su cadáver identificado, pues sigue incumpliéndose el referido  deber. (Negrilla fuera de texto)   

         De  acuerdo  con  las  reglas  interpretativas  fijadas  en la cita  precedente,  encuentra  la  Corte que en el asunto de la especie se tipifica sin  ambages  el  delito  de  desaparición  forzada  agravada, pues en el proceso se  probó  que  Fair  Leonardo  Porras Bernal fue engañado por Ender Obeso, uno de  los  reclutadores  de jóvenes de Soacha, para que viajara desde dicha localidad  hasta    Ocaña    con    el    propósito    de    hacer   una   «vuelta»,  momento  desde  el  cual  se  entiende  fue privado de la libertad, lo que efectivamente ocurrió la noche del  9  de  enero  de 2008, cuando el primero se desplazó en compañía de Alexander  Carretero    Díaz    hasta    el    sitio   «Aguas  Claras», en la vía que de Aguachica (Cesar) conduce  a  Ocaña  (N. de S.), donde fue recibido por el soldado profesional Dairo José  Palomino,    adscrito    a    la    sección    de   inteligencia   –S2–    del    Batallón    Santander.   

         Una  vez en Ocaña, Porras Bernal permaneció cerca de dos días en  un  billar  de  propiedad del soldado Palomino, y la noche del 11 de enero de la  citada  anualidad  fue  entregado  en  un  retén  a  los  miembros del pelotón  «Búfalo 1» perteneciente  a  la  Compañía Plan Vial Meteoro No. 3, a su vez agregada operacionalmente al  Batallón  Santander,  quienes  en desarrollo de una supuesta operación militar  ordenada  por  el  mayor  Quijano  Mariño  para  neutralizar una banda criminal  dedicada  a  la  extorsión  en  la  vereda  La  Soledad del vecino municipio de  Ábrego,  lo  ejecutaron  y  lo  reportaron  como  NN  muerto en enfrentamiento,  condición  en  la  que  fue  inhumado,  hasta  cuando el 4 de agosto de 2008 se  conoció   su   identidad.            

         En  esa  medida,  se  rechazará  el  cargo  séptimo de la demanda  formulada a nombre del procesado Diego Aldair Vargas Cortés.   

         4.  En  conclusión,  las  protuberantes  falencias  de  lógica  y  adecuada  fundamentación  en la presentación de las  censuras,  ninguna  de  las  cuales  tiene  la  capacidad  de  derruir  la  dual  presunción  de  legalidad y acierto que cobija la sentencia confutada, conducen  a la inadmisión de las demandas de casación.   

         5.  No  obstante  lo  anterior, la Corte  observa  la eventual vulneración de garantías fundamentales de los procesados,  en  la  que  pudieron incurrir los falladores de instancia al determinar la pena  principal de inhabilitación de derechos y funciones públicas.   

Por  lo  tanto,  se  ordenará que una vez  cobre  ejecutoria  la  presente  determinación  y  se resuelva, en el evento de  intentarse,  el  mecanismo  de  insistencia,  vuelva  el proceso al Despacho del  Magistrado   Ponente   para   oficiosamente   proferir,   en   su   momento,  el  pronunciamiento de rigor por la Sala.   

Conforme  también  lo  tiene precisado la  Corte,  no  se  dispondrá  la  celebración  de  la  audiencia de sustentación  prevista  en  el  artículo 185 de la Ley 906 de 2004, puesto que su procedencia  está  circunscrita  a  los  casos de admisión del libelo (CSJ AP, 23 Ag. 2007,  Rad. 28059).   

Contra esta decisión procede el mecanismo  de  insistencia,  en  los  términos  establecidos  por la Sala (CSJ AP, 12 Dic.  2005, Rad. 24322).   

En mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE   

         1.       INADMITIR      las  demandas   de  casación  presentadas   por   el  representante  del  Ministerio Público y   los  defensores  del  teniente  Diego  Aldair  Vargas  Cortés,  del  cabo  Carlos  Manuel  González  Alfonso y de los  soldados  profesionales  Richard Ramiro Contreras Aguilar, Ricardo García Corzo  y Carlos Antonio Zapata Roldán, miembros del Ejército Nacional.   

De  conformidad  con lo dispuesto  en  el  artículo  184  de  la  Ley 906 de 2004, es viable la interposición del  mecanismo de insistencia en los términos precisados por la Sala.   

2.  Agotado  el  trámite  de  la  insistencia,  regrese  la  actuación al Despacho del Magistrado Ponente con el propósito  de  pronunciarse  oficiosamente  acerca de la posible vulneración de garantías  fundamentales,    conforme    quedó    expuesto    en    el    cuerpo   de   la  providencia.   

Cópiese,      notifíquese     y  cúmplase.   

FERNANDO      ALBERTO      CASTRO  CABALLERO   

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUELLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1  Apartado  9.1.1.3  del auto adiado 7 de marzo de 2011, por cuyo medio el Juzgado  Segundo   Penal   del  Circuito  Especializado  de  Cundinamarca  resolvió  las  solicitudes probatorias de las partes.   

2  Sesión del juicio oral de 30 de enero de 2012, corte 3.   

3  Diccionario  de  la  Lengua Española, Vigésima Segunda Edición, Real Academia  Española, 2001.     

4  Minuto  22:33  del  registro No. 110010101000_010_001, CD audiencia juicio oral,  sesión del 20 de marzo de 2012.   

5  Alexander  Carretero Díaz: sesiones del juicio oral de 5 de diciembre de 2011 y  2  de  febrero  de  2012.  Pedro  Gámez Díaz: sesión del juicio oral de 30 de  noviembre  de  2011,  corte  2. Jhon Jairo Muñoz Rodríguez: sesión del juicio  oral de 29 de noviembre de 2011, corte 5.     

6  En  este  evento  la prueba podrá adquirir el carácter de anticipada si se cumplen  la  totalidad  de  los requisitos previstos en el artículo 284 de la Ley 906 de  2004.   

7  Radicación 27477.   

8  Sesiones del juicio oral de 19, 20, 21 y 22 de diciembre de 2011.   

9  Juicio oral, sesión del 5 de diciembre de 2011.   

10  1h:05m:55s del registro ídem   

11  1h:08m:38s del registro ídem   

12  1h:59m:38s del registro ídem   

13  37m:55s del registro ídem   

14  1h:39m:33s del registro ídem   

15  Sentencia C-241 de 1997.     

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