AP3443-2014(43593)

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

Magistrado  Ponente   

AP3443-2014  

Radicación n° 43593  

(Aprobado Acta No. 195)  

Bogotá, D.C., veinticinco (25) de junio de  dos mil catorce (2014).   

V   I   S   T   O  S   

Decide la Sala sobre la admisibilidad de la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  de  Pedro  Pablo Trujillo  Ramírez  contra la sentencia dictada por la Sala Penal del Tribunal Superior de  Ibagué,  por  cuyo  medio  se  confirmó  la proferida por el Juzgado Penal del  Circuito  de Guamo (Tolima), que lo condenó como autor del delito de violación  del     régimen     legal     o     constitucional     de    inhabilidades    e  incompatibilidades.               

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

                                      

         1.  Los primeros fueron sintetizados por  el ad quem de la siguiente manera:   

Este  proceso  se  inició  con  base en la  denuncia  instaurada por el ciudadano Fernando Ortiz Guarnizo en contra de José  Vidal  Oyuela  Rodríguez  y  Pedro  Pablo  Trujillo Ramírez porque el primero,  actuando  como  Alcalde de Saldaña, Tolima, celebró con el último el contrato  de  prestación  de  servicios de asesoría jurídica No. 01 del 1º de abril de  2004,   por   el   término   de   9   meses  y  por  valor  de  $22’500.000,  a  pesar  de  estar incurso  dicho  contratista  en  la  causal  de inhabilidad para contratar con el Estado,  consagrada  en  el  artículo  8,  literal  c) de la Ley 80 de 1993, dado que el  gerente  del  Hospital  San  Vicente de Paúl de Prado, Tolima, E.S.E., mediante  resolución  No.  002 del 26 de noviembre de 2003, había declarado la caducidad  del  contrato  de  prestación  de  servicios  celebrado con el abogado Trujillo  Ramírez    el    15    de    octubre    de   2003,   por   incumplimiento   del  mismo.        

A  lo  anterior  debe  resaltarse  que  la  inhabilidad  de  Trujillo  Ramírez  para  contratar,  que  tuvo  origen  en  la  declaratoria  de  caducidad  del contrato antes referido, se extendía por cinco  años, contados a partir del 19 de enero de 2004.     

2. Vinculados a la  investigación  Pedro  Pablo  Trujillo  Ramírez y José Vidal Oyuela Rodríguez  mediante   sendas   indagatorias,  y  cerrada  la  instrucción,  a  través  de  resolución  adiada  15  de diciembre de 2006 la Fiscalía 46 Seccional de Guamo  calificó  el  mérito del sumario, profiriendo acusación en contra del primero  como   presunto   autor   del   delito   de  violación  del  régimen  legal  o  constitucional  de  inhabilidades e incompatibilidades (art. 408 C.P.), en tanto  que  respecto  del  segundo precluyó la investigación a su favor por la citada  conducta punible.   

         3.  Impugnada  la resolución acusatoria  por  el  defensor del sindicado Trujillo Ramírez, mediante resolución de 26 de  marzo  de  2007  que decidió el recurso horizontal, la citada fiscalía mantuvo  incólume  el  anterior pronunciamiento y concedió el de apelación interpuesto  como  subsidiario,  en  orden  a  que  fuera resuelto por la Unidad de Fiscalía  Delegada  ante el Tribunal de Ibagué, la que a su vez se abstuvo de desatarlo y  ordenó  remitir  la  actuación  a  esta  Corporación,  en  razón  del  fuero  constitucional  del acusado, quien el 1º de febrero de 2008 tomó posesión del  cargo  de  Representante  a  la  Cámara  por  la circunscripción electoral del  departamento      del     Tolima,     para     el     periodo     constitucional  2006-2010.          

         4.   Asumido   el  conocimiento  de  la  actuación  por  la  Sala  Penal  de  la  Corte,  mediante  proveído  calendado  27  de  octubre  de  2008  resolvió  el  recurso que estaba pendiente, confirmando la acusación, fecha en  que  cobró  ejecutoria. Posteriormente, celebró audiencia preparatoria y fijó  fecha      para      llevar      a     cabo     la     vista     pública     de  juzgamiento.          

         5.   Antes  de  realizarse  la  aludida  audiencia,  en  decisión  de  8  de junio de 2010 esta Corporación declaró la  pérdida  de  competencia para seguir conociendo del juicio adelantado contra el  procesado  Pedro  Pablo Trujillo Ramírez, en consideración a que de una parte,  el  13  de  mayo de dicha anualidad le fue aceptada la renuncia a su investidura  congresional  y,  de  otro lado, los hechos atribuidos al citado no tienen   relación   con   la   naturaleza  de  las  funciones  inherentes  al  cargo  de  Representante  a  la  Cámara,  disponiendo  remitir el proceso al Juzgado Penal  del         Circuito         de         Guamo  (Tolima).        

         6.   Recibido   el  expediente  por  el  despacho  en mención y realizada la audiencia pública de juzgamiento, el 14 de  mayo  de  2012 dictó sentencia en la cual condenó al acusado Trujillo Ramírez  a  las  penas principales de 24 meses de prisión, multa de 25 salarios mínimos  legales   mensuales   vigentes   e   inhabilitación   para   el   ejercicio  de  derechos   y  funciones  públicas  por el término de 30 meses, como autor  responsable  del  delito  de  violación  del régimen legal o constitucional de  inhabilidades  e incompatibilidades, reconociéndole un error de prohibición de  naturaleza vencible.   

         De  igual forma, se abstuvo de condenar en perjuicios al precitado,  a  quien le reconoció el mecanismo sustitutivo de la suspensión condicional de  la ejecución de la pena.   

         7. Apelado el fallo por el acusado Pedro  Pablo  Trujillo  Ramírez,  en  su  condición  de abogado en ejercicio, la Sala  Penal  del Tribunal Superior de Ibagué, mediante decisión adiada 18 de octubre  de 2013, lo confirmó integralmente.   

         8.  La  profesional que representaba los  intereses  del  implicado Trujillo Ramírez interpuso recurso de casación, y la  respectiva  demanda  fue  oportunamente presentada por su nuevo defensor. Por su  parte,  el  acusado  también  allegó  libelo  casacional  en  su condición de  abogado en ejercicio.   

SÍNTESIS DE LA DEMANDA  

         

         Con  fundamento  en  las  causales  tercera  y primera –cuerpos primero y segundo–, previstas en el artículo 207 de la  Ley  600  de  2000,  el demandante formula cuatro cargos contra la sentencia del  Tribunal,  los  dos  primeros como principales por nulidad, y los restantes como  subsidiarios  por  violación  directa –aplicación    indebida–      e      indirecta–error     de     hecho     por     falso     raciocinio–  de  la  ley  sustancial  que, en su  orden, se sintetizan de la siguiente manera:   

         Primer  cargo.  Manifiesta el censor que  la  sentencia confutada se profirió en un juicio viciado de nulidad, por cuanto  se  desconoció  la  garantía  del  derecho  de  defensa y, por ende, el debido  proceso.     

         Expresa  que el yerro se produjo porque el a quo omitió interrogar  al  procesado  en  la  audiencia  pública  de  juzgamiento, según lo prevé el  artículo  403  de la Ley 600 de 2000, a consecuencia de lo cual su representado  no  tuvo oportunidad de dar «noticia sobre los hechos  materia  de  juzgamiento,  ni  [acerca  de  aquello]  que  permitiera revelar su  personalidad»,  limitándose  así la posibilidad de  que  el juez conociera la versión del acusado sobre el desarrollo de los hechos  juzgados,  las  razones  que motivaron su conducta y los aspectos relativos a su  personalidad.     

         Considera  trascendente la referida irregularidad, puesto que dice,  producto  de  no  realizar  el  interrogatorio  al  acusado,  el  juez  no  tuvo  suficientes  elementos  de  juicio  para dictar el fallo, amén que se privó de  conocer  los  rasgos  de su individualidad, que lo llevó a hacer «en  la  providencia condenatoria una grave y ofensiva calificación  sobre  un  rasgo propio de la personalidad de un individuo, en este caso del Dr.  Pedro  Pablo  Trujillo Ramírez al considerarlo abogado arrogante…».       

         Añade  que  el  ad  quem,  no obstante reconocer la existencia del  vicio,  denegó la nulidad con el argumento de que su defendido y el abogado que  lo  representaba convalidaron tácitamente la referida omisión, trasladándoles  así  una  carga  procesal  que  solo  concernía  al  juez  como  director  del  proceso.      

         Anota  que  ni  la  defensa  ni  el procesado convalidaron  la  irregularidad  aludida,  «pues esperó [a] que se le  interrogara  hasta  el  último  momento,  en  el  cual  el  juez  clausuró  la  audiencia»   sin   que   se  hubiera  realizado  el  interrogatorio,  amén  que  pusieron de presente el yerro y su trascendencia al  sustentar   el   recurso   de   apelación   contra   la   sentencia  de  primer  grado       

         Expone  que  el  interrogatorio omitido tiene por fin garantizar el  derecho  de defensa material y el debido proceso probatorio, constituyéndose en  medio  fundamental  para  revelar la verdad objetiva de los hechos investigados,  luego,  asevera,  no es razonable el argumento del Tribunal en el sentido de que  a  través de otros medios de convicción el procesado podía demostrar su tesis  defensiva   relativa   a   que   «estaba  plenamente  convencido  [de] que cuando contrató nuevamente con el Estado, pese a que se le  había  declarado la caducidad de otro contrato, no estaba incurso en el tipo de  violación  al régimen e inhabilidades», además que  en  el  interrogatorio  echado  de  menos,  su  prohijado habría podido referir  aspectos  que  eventualmente  implicarían el decreto de pruebas sobrevinientes,  todo     lo     cual,     asevera,     incidió     en     la    decisión    de  condena.       

         En  ese  orden,  depreca  de  la  Corte se decrete la nulidad de la  actuación  a  partir del «momento de la instalación  de  la  audiencia  pública de juzgamiento», a fin de  que se lleve a cabo el interrogatorio al acusado.    

         Segundo  cargo. Acudiendo nuevamente a la  nulidad,  el  recurrente  denuncia que en el proceso se desconoció la garantía  del  derecho  de  defensa  de  su  representado,  puesto que éste no contó con  abogado    durante    «una   etapa   crucial   del  proceso»,   esto  es,  durante  el  transcurso  del  término  de  ejecutoria  de  la  sentencia  de  primer  grado  y del legal para  sustentar   el   recurso   de  apelación  interpuesto  contra  aquella  por  el  defensor.     

         Expone  que el abogado de confianza del incriminado falleció luego  de  impugnar el fallo condenatorio, situación de la que fue informado el a quo,  por  lo  que  suspendió los términos y le concedió a su prohijado un plazo de  cinco  días  para  nombrar  un  nuevo  defensor,  no  empece lo cual el juez le  designó  un  defensor  de  oficio que no se manifestó sobre la aceptación del  cargo, ni tomó posesión del mismo.      

         Manifiesta  que  vencido  el referido lapso, el acusado designó un  nuevo  apoderado  de  confianza, pero como el juez de primer grado no accedió a  extender  el  término  para  sustentar  el  recurso, a fin de que aquel pudiera  estudiar  el caso y elaborar el respectivo escrito, ello conllevó a su renuncia  al  encargo,  quedando  su  representado  sin defensor, bien de confianza ora de  oficio,  que sustentara el recurso de apelación interpuesto contra la sentencia  condenatoria                   proferida                  en                  su  contra.            

         Esa  situación,  aduce  el  libelista,  privó  a  su prohijado de  contar  con  un  defensor  letrado «que pudiese en el  ámbito   de  la  especialidad  del  derecho  penal»  derruir  los argumentos que sirvieron de sustento al fallo de condena y, agrega,  que  si  bien  el  procesado  Trujillo  Ramírez, en su condición de abogado en  ejercicio,  sustentó  el  recurso  de  apelación  que  a la par con su abogado  había  interpuesto  contra  la  sentencia  de  primer grado, no contaba con los  conocimientos  especializados  para  ejercer  cabalmente su defensa, dado que su  especialidad  es  el  derecho administrativo, además que la defensa material no  puede  sustituir  a  la defensa técnica, siendo una complementaria de la otra e  indispensables    para    garantizar    de    manera    adecuada    el   aludido  derecho.               

         Resalta  que  no  obstante  haber apelado la decisión de condena y  sustentado   oportunamente   el   recurso,  su  prohijado  nunca  «renunció  a  la  defensa  técnica,  ni  fungió  como  su  propio  defensor   técnico,   máxime  que  no  es  abogado  especializado  en  derecho  penal»,  luego  no se observó la garantía prevista  en el inciso 4º del artículo 29 Superior.      

         Fija  la trascendencia del vicio alegado en que al no contar con un  abogado  especialista  en  derecho  penal,  el  incriminado  no  pudo, dados sus  exiguos   conocimientos  en  la  referida  área  del  derecho,  argumentar  con  idoneidad  aspectos  tales  como:  (i) la indebida valoración probatoria que se  hizo  en la sentencia de primer grado, respecto de las pruebas de descargo; (ii)  la  confusión  del  a  quo  al  abordar  el  instituto de los errores de tipo y  prohibición;  y,  (iii)  la  existencia  de duda probatoria en relación con su  responsabilidad.           

         En  esa  medida,  pide  a  la  Corte  se  decrete  la nulidad de la  actuación  a partir del «momento en que el procesado  informó  [al  juez]  sobre  el  deceso  de su defensor de confianza»,  a  fin de permitirle que nombre uno o se le designe un abogado  de oficio.   

         Tercer  cargo  (subsidiario). Acudiendo a  la  senda de la violación directa de la ley sustancial, el impugnante alega que  los   falladores   de   instancia   incurrieron   en   la  aplicación  indebida  «de  los  conceptos  jurídicos  contenidos  en  los  numerales  10  y  11  del  artículo  32  de  la  Ley 599 de 2000, al aplicar el  instituto  del error de prohibición a un caso que claramente se adecua al error  de tipo».      

         Agrega  que  dicho  error  de  subsunción  se  presenta en el caso  concreto,      por      cuanto      la      norma      aplicada     –num.  11  del  art.  32  del  Código  Penal– para sustentar la  condena  con  pena  atenuada  por  haber reconocido el a quo la concurrencia del  error   de  prohibición  vencible  en  la  conducta  de  su  defendido,  no  se  corresponde  con  los  supuestos  fácticos demostrados en el proceso, sino a la  hipótesis      del      error      de      tipo     invencible     –num.     10     del     art.    32  ibídem–.           

         Señala   que   en   la   sentencia  de  primer  grado,  confirmada  integralmente  por el ad quem, aun cuando con la salvedad de que no se daban las  exigencias  para  predicar  el error de prohibición vencible reconocido a favor  del   acusado,   pero   que   en  razón  de  la  prohibición  de  reformatio  in  pejus no podía modificar  en  disfavor  de  este  último, se sustentó dicha tesis en la circunstancia de  que  en  el  acto  administrativo  que  declaró  la  caducidad  del contrato de  prestación  de  servicios,  celebrado el 15 de octubre de 2003 entre el Gerente  del  Hospital  San  Vicente  de  Paúl de Prado (Tolima) y el procesado Trujillo  Ramírez,  no  se señaló expresamente la inhabilidad en que quedaba incurso el  mencionado  para  contratar  con  el  Estado,  consagrada  en  el literal c) del  artículo 8º de la Ley 80 de 1993.      

         Estima  el  casacionista  que  bajo  tal  supuesto, el error en que  incurrió   su   representado  gravitó,  no  sobre  la  antijuridicidad  de  su  comportamiento,  sino  «en relación con si estaba o  no  inhabilitado  para  contratar  con  el  Estado  luego  de la declaratoria de  caducidad», aspecto que considera, está referido al  ingrediente  normativo  del  tipo  previsto  en  el  artículo  408 del Estatuto  Punitivo,  es  decir,  a  «si legalmente estaba o no  impedido        para        celebrar       dicha       contratación».     

         Luego  de  citar  doctrina y jurisprudencia acerca de los conceptos  de  error  de  tipo  y  de  prohibición, resalta que siendo el régimen legal y  constitucional  sobre  inhabilidades  e incompatibilidades un elemento normativo  del  punible  en  mención,  el error que reconoció el a quo en la conducta del  procesado,  debió  calificarse  como  uno  de  tipo  y  no  de prohibición, de  naturaleza invencible.   

         Refiere  que  su defendido no pudo superarlo por ningún medio a su  alcance,  y  para  cerciorarse  de  que  su  criterio de abogado especialista en  derecho  administrativo  no  era equivocado consultó doctrina, jurisprudencia e  incluso  expertos  en  la  materia,  obteniendo  como  respuesta  que  no estaba  inhabilitado  para  contratar  con  el Estado, porque el acto administrativo que  había  declarado  la caducidad no había hecho mención alguna a la inhabilidad  legal  derivada  de  ésta;  amén  que  en todo caso, de haber sido vencible el  error,  la  conducta  sería  atípica  por no existir remanente culposo para el  delito  por el cual fue acusado.           

         Lanza  críticas  personales  contra  la sentencia del ad quem, por  considerar  que  «coadyuva  el  yerro  de la primera  instancia»  y  confunde el error de prohibición con  «el    error    de    tipo   indirecto»  que  recae  sobre  los presupuestos objetivos de una causal que  excluye  la  responsabilidad,  a consecuencia de lo cual afirma, se quebrantaron  los  artículos  9,  22  y  32-10  del  Código  Penal,  y  se emitió sentencia  condenatoria   en   contra  del  procesado,  cuando  lo  que  correspondía  era  absolverlo por haber obrado con error de tipo invencible.   

         Concluye  solicitando  a  la Corte que case la sentencia impugnada,  para  absolver al acusado Trujillo Ramírez del delito  de   violación   del   régimen  legal  o  constitucional  de  inhabilidades  e  incompatibilidades.               

         Cuarto  cargo  (subsidiario). Manifiesta  el  actor  que  el  Tribunal  incurrió  en  la  violación  indirecta de la ley  sustancial  por  error  de  hecho por falso raciocinio en la apreciación de las  pruebas,  que  condujo  a  la aplicación indebida del artículo 408 del Código  Penal.   

         Luego  de  citar  criterio  de  autoridad  sobre  el  sentido de la  violación  alegada  y  la  técnica  que  debe  observarse  en sede del recurso  extraordinario  de  casación  en orden a  acreditarla, afirma que conforme  al  contenido  del  artículo  238  de  la  Ley  600  de 2000 la prueba debe ser  apreciada  en  conjunto, de acuerdo con las reglas de la sana crítica, precepto  que dice, fue desconocido en el fallo confutado.      

         Señala  que  el falso raciocinio se presenta en la apreciación de  los  testimonios  de  Wilson  Leal  Echeverry  y  Manuel  Germán  Moreno Reyes,  abogados  expertos en derecho administrativo, quienes declararon en la audiencia  pública  de  juzgamiento sobre el asesoramiento que le dieron al acusado, en el  sentido  de  que  «la  declaratoria de caducidad del  contrato  público  no  acarreaba automáticamente la inhabilidad para contratar  con el Estado».    

         Afirma  que  el  ad  quem  se equivocó en la valoración de dichas  pruebas,  por cuanto se limitó a referir que con ellas se pretendía entronizar  que  la tesis dominante acerca del efecto inhabilitante de la caducidad, era que  la  inhabilidad  debía  imponerse  en el acto administrativo que declaraba esta  última,  cuando  a  lo  que  en  verdad  apuntan  los aludidos testimonios es a  acreditar  que  el  implicado  Trujillo  Ramírez  consultó  a  dos expertos en  derecho  administrativo,  para  «dilucidar las dudas  que  le  aquejaban  sobre  la  inhabilidad  como  consecuencia automática de la  caducidad  decretada»,  con  lo cual se demuestra el  error  de  tipo invencible que cobijó la conducta del prenombrado, quien actuó  «convencido  que  no  concurría  en  su proceder el  elemento   normativo  del  tipo  contenido  en  el  artículo  408  del  Código  Penal».      

         Manifiesta   que  esa  estimación  de  los  referidos  testimonios  desconoce  los  postulados  de  la  sana  crítica,  por  cuanto  «desarticula  o  descompone  el  dicho  de  los  testigos,  dándole  relevancia  solo  a  [una]  parte  de  su  declaración  y  no al conjunto de la  misma»,  dado  que  únicamente  tuvo  en  cuenta el  apartado  donde  los declarantes se refieren a los efectos de la caducidad, para  descalificarlos,  pero  omite los apartes de sus dichos donde aquellos reconocen  que    el    procesado    los   consultó   porque   tenía   dudas   sobre   el  tema.      

         Agrega  que  los  errores  de  valoración  del  Tribunal  también  cobijaron  la indagatoria rendida por el incriminado Trujillo Ramírez, toda vez  que  el  juez colegiado consideró que sus exculpaciones pretendían hacer creer  a  la  justicia  que  esa  era  la  interpretación  imperante sobre los efectos  inhabilitantes  de la declaratoria de caducidad, desconociendo que el mencionado  además  de  consultar  jurisprudencia  y  asesorarse  de  expertos  en el tema,  también  se  valió  de  doctrina  sobre  el  particular, que asegura, le da la  razón,  e  incluso  consultó el SIRI –Sistema  de  Información  de  Registro  de  Sanciones  y Causas de  Inhabilidad    de   la   Procuraduría   General   de   la   Nación–,  cuyo  instructivo  dice, apunta en  esa misma dirección.     

         Considera  que  el  error denunciado fue determinante en la condena  de  su  representado,  pues  a partir de esa «falacia  argumentativa»   los   falladores   de   instancia  concluyeron   que   aquel   obró   con  conocimiento  y  voluntad  –dolo–  de realizar la descripción típica  contenida  en  el  artículo  408 del Código Penal, cuando los medios de prueba  indican  lo  contrario, esto es, que Trujillo Ramírez actuó determinado por un  error   de   tipo   invencible   y,   por  tanto,  forzoso  era  absolverlo  del  cargo.      

         Dentro  de  la misma censura, el demandante señala que el error de  hecho  por  falso raciocinio también recae sobre los indicios de «capacidad      y     oportunidad     para     delinquir»,  construidos  por  los  juzgadores de primero y segundo grado a  partir  del  hecho probado de que el acusado es abogado especializado en derecho  administrativo  y  con  una  importante  experiencia en dicha área, aspecto que  indica,  no  es  materia de discusión, como sí lo es la inferencia lógica que  llevó  a los falladores de instancia a concluir que esa condición le permitía  saber   «de  antemano  a  la  contratación  con  la  alcaldía  de Saldaña, que por habérsele decretado la caducidad de un contrato  con  el Hospital San Vicente de Paúl de Prado-Tolima E.S.E., no podía volver a  celebrar  dicha  clase de negocios jurídicos con el Estado por un término de 5  años».         

         Luego  de  referirse a la naturaleza de la prueba indiciaria y a su  construcción  lógica  bajo  la  forma de un silogismo de naturaleza deductiva,  expone  el censor que a partir de los razonamientos del Tribunal se llegaría al  exabrupto    de   considerar   que  «todos  los  abogados  especialistas  en  derecho administrativo son potenciales delincuentes  frente  a  los  delitos  que  protegen  el  bien jurídico de la administración  pública  y  (…)  que  a  través  del  indicio  referido,  (…),  se  quiere  individualizar   la   aptitud  que  alguna  persona  pueda  tener  para  cometer  determinado   delito».        

         Manifiesta  que  la  anterior  tesis llevaría a afirmar que cuando  los  jueces  se  equivocan  en  la  interpretación  de  la  ley,  podrían  ser  responsables  «objetiva y subjetivamente»  del  delito de prevaricato, pues su condición de especialistas  en  la  aplicación  de  la  misma, les impediría incurrir en cualquier tipo de  error,  lo  cual  no  se  acompasa  con  la  jurisprudencia de esta Sala, que ha  reconocido  esa posibilidad a los operadores judiciales.       

         Bajo  esa perspectiva, anota, los jueces de instancia aplicaron una  regla   de   la   experiencia  inexistente,  cual  es  que  todos  los  abogados  especialistas  en  derecho  administrativo  conocen  detalladamente  las  normas  propias  de  esa  rama  y  su  correcta  interpretación, sin que por esa razón  puedan  incurrir  en error con relevancia jurídico penal de ninguna naturaleza,  a  consecuencia de lo cual dejó de reconocer el error de tipo invencible en que  obró su defendido.      

         En  esa  medida, pide a la Corte casar la sentencia impugnada, para  absolver  al  procesado  Trujillo Ramírez del cargo formulado en la acusación.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.   Conviene  recordar  que  dado  el  carácter  extraordinario  del recurso de casación, al  libelista   compete   elaborar   la   demanda  bajo  los  estrictos  parámetros  contemplados  en  la  ley  y  decantados  por  la  jurisprudencia  de  la Corte.   

Por  tanto,  no  basta  con  afirmar que se  cometió    un    error   in   iudicando     o    in    procedendo,   ya   que   debe  demostrarse  la  existencia  del  vicio  y  su  trascendencia frente al contenido del fallo.   

De acuerdo con la jurisprudencia de la Sala,  es  bien  sabido  que el recurso de casación constituye el medio por el cual se  revisa  la  legalidad  de  la  sentencia. De ahí que el libelo deba cumplir las  formalidades   estatuidas   en   el  artículo  212  de  la  Ley  600  de  2000,  principalmente  enunciar  la  causal y formular el cargo con el cual se pretende  la  infirmación del fallo, señalando de manera clara y precisa sus fundamentos  y  las  normas infringidas, igualmente, evidenciando cómo el vicio in     iudicando    o    in  procedendo conduce a resquebrajar la  providencia.   

Ahora bien, sin desconocer la facultad legal  de  la  Corte  para  casar  la  sentencia  cuando  sea  ostensible  que la misma  transgrede  las  garantías  fundamentales  de  las  partes (art. 216 Ley 600 de  2000),   la   impugnación   extraordinaria   no  es  un  mecanismo  carente  de  rigor.       

Por  ende, el recurso de casación no puede  entenderse  como  una  instancia  adicional  para debatir aspectos que ya fueron  materia  de  controversia, o como facultad ilimitada para revisar el proceso, ni  la  demanda  puede  elaborarse utilizando un discurso de libre composición; por  el  contrario,  dado  el  carácter  extraordinario  y rogado del recurso, está  ligado  a  causales  taxativas que tienen contenidos propios, referidas a vicios  sustanciales o procesales.   

Además, en el desarrollo de cada uno de los  reparos  formulados  se  deben  cumplir  unos  requisitos  mínimos de lógica y  adecuada  fundamentación,  cuyo desconocimiento conlleva a la inadmisión de la  demanda,  como  lo establece el artículo 213 del Código de Procedimiento Penal  de 2000.   

Así,  no resulta atinado solo denunciar la  presencia  del  error que se invoca, sino que al impugnante incumbe demostrar su  existencia  y  cómo  el  mismo tiene la trascendencia suficiente para romper la  doble  presunción  que  cobija a la sentencia de segundo grado y, por lo mismo,  la  necesidad  de  que la Corte intervenga como Tribunal de Casación en procura  de  hacer  efectivo  el  derecho  material  y  las  garantías debidas a quienes  intervienen  en  la  actuación  penal,  reparar  los agravios ocasionados a las  partes con la decisión confutada o unificar la jurisprudencia.   

2.   Como  se  reseñó  en  los  antecedentes  procesales  del caso concreto, el acusado Pedro  Pablo  Trujillo  Ramírez,  quien es abogado titulado, al igual que su defensor,  presentó  libelo  casacional, que no fue objeto de resumen, ni será respondido  por  la  Sala,  puesto  que  en sede del recurso extraordinario la intervención  coetánea  del  procesado  y  su  defensor  deviene  improcedente  por  falta de  legitimación  del primero para actuar, tal como inveteradamente lo ha sostenido  esta  Corporación  (CSJ SP, 2 Ago. 2000, Rad. 15559; CSJ AP, 27 Oct. 2004, Rad.  22915;  CSJ  AP,  14 Mar. 2007, Rad. 26093; CSJ AP, 15 May. 2008, Rad. 29093; y,  CSJ AP, 9 Oct. 2013, Rad. 41326)   

         En  esa  medida,  el  análisis  de  los  requisitos  de  lógica y  adecuada  fundamentación  se  limitará  a la demanda formulada por el defensor  que lo representa y ejerce la defensa técnica.   

3.  Previo  al  estudio  de  admisibilidad  de  la  demanda de casación, debe precisarse que de  acuerdo  con  el  principio  de  prioridad,  la Sala asumirá en primer lugar el  análisis  de  los  reproches  de  nulidad  propuestos  como  principales por el  defensor  del  acusado  Trujillo  Ramírez, para luego abordar el estudio de los  cargos  por  violación  directa  e  indirecta  de  la  ley  sustancial,  en  su  orden.   

4.  La  Corte de  entrada  anuncia  que  la demanda se inadmitirá porque no reúne las exigencias  de   lógica  y  adecuada  fundamentación,  habida  consideración  de  que  el  casacionista  no  acierta  en  la  postulación,  ni  en la demostración de los  cargos   formulados  contra  la  sentencia  de  segundo  grado,  según  pasa  a  explicarse.   

4.1 De la nulidad  

Si  bien la Sala ha dicho que la nulidad es  menos  exigente  en  su  demostración  que  las otras causales de casación, lo  cierto  es que impone al censor proceder con precisión y claridad a identificar  la  clase  de  irregularidad sustancial que determina la invalidación; señalar  si  se  trata  de  un  vicio de estructura o garantía; plantear sus fundamentos  fácticos;  indicar  los preceptos que considera conculcados; expresar la razón  de  su quebranto; y, especificar el momento de la actuación a partir de la cual  se produjo el vicio.   

Asimismo,  compete al casacionista informar  la  cobertura  de  la  invalidez,  evidenciar que procesalmente no existe manera  diversa  de restablecer el derecho afectado y, lo más importante, comprobar que  la   anomalía   denunciada   tuvo  injerencia  perjudicial  y  decisiva  en  la  declaración   de   justicia   contenida  en  el  fallo  impugnado  –principio              de  trascendencia–, dado que  el  recurso  extraordinario  no  puede  fundarse  en especulaciones, conjeturas,  afirmaciones   carentes   de   demostración   o   en  situaciones  ausentes  de  quebranto.   

         Además,  exige  tener  en  cuenta  los  principios  que  rigen esa  materia,  por  lo  cual debe quedar claro que: i) se trata de uno de los motivos  expresamente  contemplados  en  la ley –taxatividad–;  ii)  afecta de manera real y cierta las garantías fundamentales  o    altera    las    bases    esenciales    de   la   actuación   –trascendencia–;  iii)  el acto tachado de irregular  ha  cumplido  su  propósito,  siempre  que  no  vulnere el derecho a la defensa  –instrumentalidad–;   vi)   quien   lo  solicita  no  ha  dado  lugar  al  motivo  de  invalidación              –protección–;   v)   la   irregularidad   no  ha  sido  convalidada  expresa  o  tácitamente   por  el  perjudicado,  siempre  que  no  vulnere  sus  garantías  fundamentales              –convalidación–  y,  vi)  no  hay  otra manera de enmendar el agravio –residualidad–.   

         4.1.1 Primer cargo por nulidad.   

         Señala  el  actor  que  el  vicio  de  garantía  que denuncia, se  origina  en  que el a quo omitió interrogar al acusado en la audiencia pública  de  juzgamiento,  según  lo establece el artículo 403 de la Ley 600 de 2000, a  consecuencia  de  lo  cual  su  defendido no tuvo oportunidad de referirse a los  hechos  juzgados,  ni a los aspectos que revelan su personalidad y, por ende, el  juez   tampoco   pudo  conocerlos,  quebrantando  así  el  derecho  de  defensa  consagrado en el artículo 29 de la Carta.   

         La  existencia  de la irregularidad en que se sustenta el reproche,  surge  patente al revisar las actas y el audio que contienen el desarrollo de la  audiencia  pública  de juzgamiento, donde se advierte que al inicio de la misma  el  juez  pasó  por alto formular al procesado el interrogatorio previsto en la  norma  adjetiva  invocada  por  el  demandante, y sin más dio inició a la fase  probatoria,  finalizada  la cual los sujetos procesales hicieron sus respectivas  intervenciones,    incluido    el    procesado,    procediendo    luego   a   su  clausura.           

         No   obstante,   como   reiteradamente   lo   ha   sostenido   esta  Corporación,  la  demostración  del  cargo  de  nulidad  no se cumple con solo  evidenciar  el yerro, sino que impone a quien lo alega mostrar su trascendencia,  valga  decir,  de qué manera se afectó la garantía que se afirma conculcada o  la  estructura del proceso, y cómo ello incidió en la declaración de justicia  contenida  en  la decisión impugnada, cuyo incumplimiento conduce a su rechazo.   

         En  el  asunto  de  la  especie,  el demandante no demuestra, ni la  Corte  avizora,  de  qué  manera  la  omisión  en que incurrió el juzgador de  primer  grado  afectó  el derecho de defensa del incriminado Trujillo Ramírez,  puesto  que si bien el interrogatorio previsto en el artículo 403 de la Ley 600  de  2000, es una oportunidad para que el acusado ejerza materialmente la aludida  garantía,  no  es menos cierto que no es la única, ni la más importante, pues  la  diligencia  de  indagatoria es el acto procesal por antonomasia para exponer  la  tesis  defensiva,  dado que es allí donde el funcionario judicial interroga  al  sindicado sobre los hechos investigados y le formula la imputación fáctica  y  jurídica  provisional,  quien  tiene, junto a su defensor, la posibilidad de  solicitar  la  práctica  de  pruebas  –art.  338  Ley 600 de 2000–.       

         Luego  si  en  el  caso  concreto  la  vinculación del incriminado  Trujillo  Ramírez  se  cumplió con la indagatoria, y en ella se aprecia que el  citado  argumentó en su favor que no incurrió en el delito imputado, porque no  estaba  inhabilitado  para  suscribir  con  el municipio de Saldaña (Tolima) el  contrato  de prestación de servicios No. 01 del 1º de abril de 2004, pese a la  previa  declaratoria de caducidad de otro acto jurídico de la misma naturaleza,  por  cuanto en su criterio la inhabilitación que se deriva de dicha sanción no  opera  «automáticamente»,  sino  que  debe señalarse expresamente en el respectivo acto administrativo, lo  cual  dice  no  ocurrió  en  este  caso;  es  claro  para la Sala que desde esa  primigenia  oportunidad  la  defensa  material  planteó los aspectos cardinales  sobre  los  cuales  ha  gravitado  el debate jurídico en el discurrir procesal,  incluso               en              sede              del              recurso  extraordinario.               

         En  esa  medida,  en  orden  a  evidenciar  la  trascendencia de la  irregularidad  denunciada,  le  correspondía  al censor indicar qué aspectos o  circunstancias  del  hecho  dejó  de  noticiar  el acusado en el interrogatorio  omitido,  que  tuvieran  la  potencialidad de trocar la declaración de justicia  contenida  en el fallo impugnado, o que mostraran necesario el decreto de prueba  sobreviniente,  cuál  la  capacidad  suasoria  de  ésta  y  cómo, valorada en  conjunto  con  el  haz  probatorio,  habría  dejado  sin  fundamento la condena  proferida  en  contra de Trujillo Ramírez; tarea que en manera alguna se cumple  en el libelo.        

         En  efecto,  el recurrente se queda corto en la demostración de la  glosa   intentada,   puesto   que   se  limita  a  hacer  afirmaciones  vagas  y  especulativas  sobre  los tópicos enunciados en precedencia, como cuando afirma  que  al no ser interrogado su defendido en la audiencia pública de juzgamiento,  no  tuvo oportunidad de dar «noticia sobre los hechos  materia  de  juzgamiento,  ni  [acerca  de  aquello]  que  permitiera revelar su  personalidad»,  pero  no  dice  cuáles;  o  cuando  asevera  que  su  prohijado  habría  podido  referir aspectos que eventualmente  implicarían  el  decreto de pruebas sobrevinientes, que ni siquiera identifica,  mucho  menos señala su pertinencia, eficacia demostrativa, ni cómo valorada en  conjunto  habría  cambiado  la decisión de condena, con lo cual el cargo queda  sin sustento.     

         Agréguese  que  la  irregularidad fue convalidada tácitamente por  la  defensa,  tal  como  acertadamente  lo  indicó  el  Tribunal, puesto que no  obstante  advertirla,  nada  dijo  al  respecto  en  la  audiencia  pública  de  juzgamiento,  sino  que  guardó  silencio  a  la  espera  de  que  al procesado  «se  le  interrogara hasta el último momento, en el  cual  el juez clausuró la audiencia», anomalía que,  se itera, no vulnera sus garantías fundamentales.   

         En consecuencia, se rechazará la queja.   

         4.1.2 Segundo cargo por nulidad.   

         Alegando  de nuevo la nulidad derivada de un vicio de garantía, el  libelista  la  soporta  en  que  su  representado  careció  de defensor durante  «una   etapa   crucial   del   proceso»,   a   consecuencia   de  lo  cual  se  afectó  su  derecho  de  defensa.   

         Cifra  la  irregularidad  en que durante el traslado del recurso de  apelación  interpuesto  contra  la  sentencia  de  primer grado, el abogado que  representaba  los  intereses  del  procesado  Trujillo Ramírez falleció, y aun  cuando  el a quo suspendió los términos y le concedió plazo para nombrar uno,  amén  que  entre  tanto  designó  uno  de  oficio,  en últimas quien terminó  sustentando  la impugnación fue su prohijado, quien es abogado titulado, debido  a  que  el  nuevo  defensor  renunció  ante  la  negativa  del  juez de primera  instancia  de  ampliar  el  término para sustentarla, mientras que el designado  oficiosamente  no  se  manifestó  sobre  la  aceptación  del  cargo,  ni tomó  posesión del mismo.   

         Al  igual que ocurrió con el reproche precedente, objetivamente se  advierte  la  existencia  de  la irregularidad denunciada, puesto que el acusado  careció  de defensor durante una fase del proceso, específicamente la referida  por  el  impugnante,  no  obstante  esa  circunstancia  no comporta per   se  la  declaratoria  de  nulidad  deprecada,  pues  habrá  de  verificarse  en  el caso concreto, qué incidencia  negativa  tuvo  en  el  derecho  de  defensa  la anotada carencia momentánea de  defensa  técnica,  valga decir, cuál es su trascendencia en la declaración de  justicia contenida en el fallo confutado.   

         Así  lo  ha  sostenido la jurisprudencia de la Corte, que sobre el  punto tiene dicho:   

La ausencia de defensa técnica durante una  porción  de  la instrucción o del juicio, como es sabido, no representa por si  misma  violación del debido proceso. Esto significa que en casación, cuando se  plantea  un  reproche  de  nulidad  apoyado en la falta temporal de defensor, es  carga  de  quien lo formula demostrar la trascendencia de la irregularidad, esto  es,  que  con  asistencia  letrada durante el respectivo intervalo, el resultado  del   proceso  habría  sido  distinto  y  favorable  al  acusado.  (CSJ AP, 26 Feb. 2014, Rad. 38654)   

         Examinado  el  expediente,  claramente  se observa que el procesado  contó  durante  casi  toda  la  actuación  con defensor técnico, desde que en  diligencia  de  indagatoria designó abogado de confianza y hasta días después  del   proferimiento   de   la   sentencia   de  primera  instancia  –26   de   mayo  de  2012–,  cuando falleció el letrado que lo  asistía,  quien  cabe  destacar,  alcanzó  a  impugnar simultáneamente con el  acusado, quien es profesional del derecho, el fallo de condena.   

         En  ese  interregno,  en el que el a quo suspendió los términos y  concedió  plazo  al  incriminado  Trujillo  Ramírez para que nombrara un nuevo  apoderado,  el  mencionado  designó  a un togado, quien poco después renunció  sin   haber   realizado   ninguna  actuación,  pero  paralelamente,  antes  del  vencimiento  del  traslado  para  sustentar  la  impugnación  de  la  sentencia  –13   de   junio   de  2012–,   el  procesado  presentó  escrito  sustentando el recurso por él interpuesto, donde manifestó  expresamente  que  actuaba  en  su «propio nombre por  ser  abogado  titulado»  y  resaltó que consideraba  quebrantado su derecho de defensa por no contar con abogado.   

         Surge  patente  entonces,  que  en  el  asunto  de  la  especie  el  casacionista  resigna mostrar la trascendencia de la irregularidad que denuncia,  pues  se limita a relacionar la fase procesal durante la cual su representado no  contó  con  asistencia  letrada,  y  si  bien  indica  lo  que  sucedió  en la  actuación  en ese lapso, esto es, el traslado para sustentar sendos recursos de  apelación  interpuestos por defensor y procesado, soslaya de manera conveniente  el  hecho  de que el implicado Trujillo Ramírez cumplió con esa carga procesal  dada  su  condición  de  abogado  en  ejercicio, asumiendo de manera expresa su  propia  defensa,  como lo autoriza el artículo 127 de la Ley 600 de 2000.    

         No  se  requiere,  según  se extrae de la norma en comento, que la  asistencia  técnica sea ejercida por un abogado especializado en derecho penal,  para  entender  cabalmente garantizado el derecho de defensa, como lo sugiere el  impugnante   al  demeritar  la  sustentación  del  recurso  presentada  por  su  prohijado,  habida  consideración  de  que  éste tiene estudios de posgrado en  derecho administrativo.   

         En   efecto,   basta   examinar  las  razones  de  disenso  que  el  incriminado  expuso  en  la sustentación de la apelación interpuesta contra la  sentencia  de primer grado, para advertir que aquél abordó con rigor jurídico  todos  y  cada  uno  de  los  aspectos  que  fueron  objeto de debate durante el  desarrollo  del  proceso, propuestos incluso en sede del recurso extraordinario,  tales como:   

     

i. la  vulneración del debido proceso en su expresión del derecho de  defensa  por omitir el interrogatorio previsto en el artículo 403 de la Ley 600  de 2000;     

     

i. la  falta  de  validez  probatoria  de  los documentos aportados al  proceso como prueba trasladada, por tratarse de copias simples;     

     

i. la   nulidad   del   fallo   de   primer  grado  por  contener  una  argumentación anfibológica;     

     

i. la  circunstancia  de  no  estar inhabilitado para contratar con el  Estado,  por  cuanto  la  inhabilidad  no  se  consignó expresamente en el acto  administrativo  que  declaró la caducidad del contrato suscrito con el Hospital  san  Vicente  de  Paúl  de  Prado  (Tolima),  según  se  lo confirmaron varios  juristas a los que consultó;     

     

i. la  falta  de  vigencia  del  acto  administrativo  que declaró al  caducidad  del citado contrato, por haber sido posteriormente revocado de manera  directa;     

     

i. la  atipicidad  de  la  conducta  que  se  le  endilga,  por ser un  contratista  que  no  reúne  la calidad de servidor público exigida en el tipo  penal;     

     

i. los  errores  en la valoración jurídica de la prueba de cargo, en  los que supuestamente incurrió el a quo; y,     

     

i. el  haber  obrado  motivado por un error de tipo invencible, puesto  que  tenía  la  convicción  de que al no haberse incluido la inhabilidad en el  acto  administrativo  que  declaró  la  caducidad,  no estaba inhabilitado para  contratar                                 con                                 el  Estado                          

Para cumplir con las exigencias de lógica y  debida  fundamentación  que el cargo postulado impone, el actor debió explicar  de  manera  precisa  qué  actividad defensiva cumplida por un defensor técnico  durante  el lapso en que el acusado Trujillo Ramírez no contó con uno, habría  modificado  favorablemente  la  declaración  de  justicia contenida en el fallo  impugnado,  labor  que  no  es  asumida  en  libelo  y  que,  por ende, deja sin  demostración  la  glosa  intentada, máxime la brevedad del intervalo en que el  supranombrado  no  tuvo  asistencia  letrada  y el hecho de que éste asumió su  propia  defensa  y  de manera adecuada sustentó la apelación, luego de lo cual  designó    defensora    de   confianza,   quien   interpuso   el   recurso   de  casación.   

         En  conclusión,  ni  el  demandante demuestra, ni la Sala avizora,  que  la  irregularidad  alegada  tuviera incidencia perjudicial en el derecho de  defensa del procesado.   

         Así las cosas, se inadmitirá el cargo.   

4.2  De  la  violación  directa  de la ley  sustancial por aplicación indebida.   

Conviene  recordar  que reiteradamente esta  Corporación  ha  sostenido  que  cuando  se  acude  a la senda de la violación  directa  de  la  ley sustancial, el censor debe aceptar los hechos declarados en  el  fallo  recurrido  y  abstenerse  de  cuestionar  la  valoración  probatoria  realizada  por  los  sentenciadores  de  instancia,  por  lo  cual  el debate se  circunscribe  a  la  aplicación  del  derecho,  sin  que tengan cabida aspectos  relacionados  con  la  valoración  de  los  elementos de juicio o del acontecer  fáctico  (CSJ AP, 9 May. 2012, Rad. 37987; CSJ AP, 10 Jul. 2013, Rad. 41411; y,  CSJ AP, 11 Dic. 2013, Rad 42737; entre otras).   

         

En esa medida, la labor de demostración del  vicio  deberá  estar  orientada  a  evidenciar  que el juzgador seleccionó una  norma  que  no  era  la  llamada  a  gobernar  el asunto (aplicación indebida),  omitió  otra  que sí resolvía los extremos de la relación jurídico procesal  (falta   de   aplicación   o   exclusión  evidente)  o,  habiéndola  escogido  correctamente,  le  dio  un alcance interpretativo que no se deriva del texto de  la  ley,  es  decir, le atribuyó un sentido jurídico que no tiene o le asignó  efectos contrarios a su real contenido (interpretación errónea).   

         En  tratándose de la aplicación indebida de un precepto, ésta se  origina  cuando  el  sentenciador  se  equivoca  al calificar jurídicamente los  hechos  o  habiendo  acertado  en  su  adecuación,  desatina al elegir la norma  correspondiente  a  la  calificación jurídica impartida, es, pues, un error de  selección (CSJ AP, 26 Feb. 2014, Rad. 42902).   

         Ahora,   a  fin  de  evidenciar  la  aplicación  indebida  de  una  determinada   disposición,   el  esfuerzo  ha  de  orientarse  a  constatar  la  defectuosa  adecuación del supuesto fáctico probado, respecto de la hipótesis  contemplada   en   el   respectivo   precepto   (CSJ  AP,  13  Nov.  2013,  Rad.  41683).   

         4.2.1     Tercer     cargo     (subsidiario)     por    aplicación  indebida.   

         La  queja  por  violación directa de la norma sustancial, la funda  el  recurrente  en  que  los  falladores  de  instancia  aplicaron indebidamente  «los   conceptos   jurídicos   contenidos  en  los  numerales  10  y  11  del  artículo  32  de  la  Ley 599 de 2000, al aplicar el  instituto  del error de prohibición a un caso que claramente se adecua al error  de  tipo»;  en  otras  palabras,  que  los supuestos  fácticos  probados  en  el  proceso  no se adecuan a la hipótesis del error de  prohibición  vencible,  reconocido  por  el  a quo, sino a la del error de tipo  invencible.      

         En  punto  del  error  como  causal  de ausencia de responsabilidad  penal,  sus  clases  y consecuencias jurídicas, la jurisprudencia de la Sala ha  expresado:   

Reiterando  lo  que  la  Sala1  ha  dicho  sobre  el  tema, cabe anotar que el inciso primero del numeral 10º del precepto  transcrito  [art.  32  de  la  Ley  599 de 2000] se refiere al error de tipo, es  decir,  aquel  que  recae  sobre  los  elementos  que  integran  el llamado tipo  objetivo,  que  tiene la virtualidad de excluir la tipicidad dolosa y culposa y,  por  contera,  la  responsabilidad penal cuando es invencible, vale decir, aquel  en  el  cual  se  incurre pese a haber aplicado la diligencia debida atendida la  situación  fáctica  concreta  y las condiciones personales del autor; en tanto  que  si  a  él  se  llega  por negligencia o falta de cuidado, sólo excluye la  tipicidad  dolosa  y  subsiste  la  culposa, luego el autor en estos casos será  responsable  a título de culpa si la conducta está prevista en la ley bajo esa  modalidad.   

En  el  mismo  inciso  del numeral 10º del  artículo  32  de  la  citada  codificación,  se  consagra  el  error sobre los  aspectos  objetivos  que  posibilitan la existencia de una causal de ausencia de  responsabilidad,  también  conocido  como  error  de  tipo  permisivo,  que  no  obstante  ser  una  modalidad  de  error de prohibición indirecto, para efectos  punitivos  se  le  asignan  las  consecuencias  del error de tipo, acorde con la  teoría limitada de la culpabilidad.      

El  inciso  primero  del  numeral  11º del  referido  precepto  hace  alusión al error de prohibición, es decir, aquel que  recae  sobre  la  licitud del comportamiento, comprende tanto el directo como el  indirecto,  y  sus  consecuencias  dependerán  de  la  modalidad  invencible  o  vencible  del  error,  pues  en  el  primer  evento  no  habrá  culpabilidad  y  consecuentemente  tampoco  responsabilidad  penal,  en  tanto  que en el segundo  subsiste  la  imputación  dolosa pero se sanciona con pena atenuada, lo cual se  explica,  entre  otras  razones, porque para esa fase de la conducta el autor ya  ha  realizado  el  injusto,  esto  es,  la  conducta  típica  y  antijurídica.  (CSJ  AP,  20  Nov.  2013,  Rad.  42537)         

         Agréguese  que  el  error  de  prohibición  se  presenta  en  dos  modalidades,  valga  decir,  el  indirecto,  que  puede  recaer  sobre:  (i)  la  existencia  jurídica de una causal de justificación, (ii) sus límites y (iii)  los   presupuestos   fácticos   que   posibilitan  su  existencia  –cabe  precisar  que  a  esta clase de  discordancia   el   legislador   patrio  le  da  el  tratamiento  del  error  de  tipo–; y el directo, que  se  presenta  cuando el sujeto: (i) no tiene conocimiento de la existencia de la  norma  que  consagra  la  prohibición  o el mandato, (ii) conoce la norma, pero  considera  que no está vigente o (iii) considera que no es aplicable al caso, a  consecuencia de su errónea interpretación.   

         Ahora  bien,  al  margen  de  la  discusión en torno a si el error  sobre  un  elemento  normativo  del  tipo,  valga  decir,  aquel  que,  en tanto  término legal, exige una valoración jurídica sobre  su  contenido,  es  de tipo o de prohibición, cuyo principio de solución está  dado  a  partir  del  advenimiento de la teoría de la  culpabilidad    -estricta   y   limitada-  que  propugna  porque el primero se resuelva en el ámbito de la  tipicidad  y  el  segundo  encuentre  solución  en el campo de la culpabilidad,  resulta   innegable  que  en  el  caso  concreto  la  expresión  «con  violación  al  régimen  legal  o  a  lo  dispuesto en normas  constitucionales,    sobre    inhabilidades   o   incompatibilidades»,  es  un  elemento  normativo  del  tipo  penal  previsto  en el  artículo  408 del estatuto Punitivo que tiene un claro sustrato fáctico, y que  en  la  esfera  cognitiva  del  dolo comporta para el autor conocer el hecho que  permite edificar la inhabilidad o la incompatibilidad.    

         En  otras  palabras  dicho,  si  bien  en  orden  a  determinar  la  circunstancia  que  genera  la  inhabilidad  o  la incompatibilidad –elemento     normativo–,  es  necesario  acudir a preceptiva  extrapenal  y  en  el  ámbito  de lo jurídico valorar su contenido, ello no es  óbice  para  que  el conocimiento que estructura el dolo se mantenga incólume,  cuando   el  autor  ha  «realizado  una  valoración  paralela   al   mismo,   incluso   desde  la  perspectiva  del  lego»2.   

         Esa  es  precisamente la situación que se verifica en este asunto,  pues  el  acusado Trujillo Ramírez conocía de la declaratoria de caducidad del  contrato  que  había  suscrito  con  el  Hospital San Vicente de Paúl de Prado  (Tolima),  adoptada  mediante  resolución  No.  002 de 26 de noviembre de 2003,  como  que en contra de dicho acto administrativo interpuso los recursos legales,  no  empece  lo  cual  cobró  firmeza  el  19 de enero de 2004, de cuyos efectos  inhabilitantes  sin lugar a dudas era sabedor, atendida su condición de abogado  especialista  en  derecho administrativo y con amplia experiencia en la materia,  luego   es   razonable  colegir  que  comprendía  el  sentido  de  la  referida  circunstancia  de  la  conducta  punible,  por  lo  que  no  puede  afirmarse la  presencia   de   un   error   en   su   conducta,   ya   sea   de   tipo   o  de  prohibición.                   

         Además,  el  aspecto  subjetivo del delito surge patente del hecho  de  que  el  procesado  realizó  consultas a otros abogados especialistas en la  citada  área  del  derecho,  lo  que evidencia que efectuó una valoración del  contenido  del  pluricitado  elemento normativo, en su caso desde la perspectiva  del  abogado con conocimientos especiales sobre derecho administrativo, de donde  se  tiene  que  la  finalidad  de  tales  asesorías  no era la de comprender su  alcance  jurídico que, se itera, ya conocía, sino la de llenarse de razones en  orden  a  contratar  nuevamente con el Estado, a pesar de que no era ajeno a que  la    referida   inhabilidad   opera   de   pleno   derecho   por   disposición  legal3 y, por tanto, le estaba vedado proceder como lo hizo.   

         En  esa medida, ningún error surgió en la psiquis del incriminado  Trujillo  Ramírez, como acertadamente lo concluyó el ad quem, llámese de tipo  o  de  prohibición,  y  aun cuando esta última circunstancia le fue reconocida  por  el  juzgador  de primer grado a pesar, se resalta, de no estar probados los  presupuestos  para  su aplicación, tal determinación no es posible modificarla  en  sede  del  recurso  extraordinario  so pena de quebrantar la prohibición de  reformatio in pejus, cuando  de apelante único se trata.      

         Por  tanto,  ante  la  falta  de  demostración  de  la  glosa  por  aplicación    indebida    de    la   norma   sustancial,   se   rechazará   el  cargo.   

4.3  De  la  violación indirecta de la ley  sustancial por error de hecho por falso raciocinio.   

La  Sala  reitera  que  por  esta  vía  se  quebranta  indirectamente  la  ley  sustancial,  cuando existiendo legalmente la  prueba  y  pese  a  ser  valorada  en  su  integridad,  se le asigna un poder de  convicción  que  desconoce  los postulados de la sana crítica, vale decir, las  reglas  de  la  lógica,  las  máximas  de  la  experiencia  o  las leyes de la  ciencia.     

         En  consonancia  con lo anterior, el libelista no puede quedarse en  meros  enunciados,  sino  que  a él corresponde la carga de indicar el medio de  conocimiento  sobre  el  cual  recae  el  yerro,  qué  dice objetivamente, qué  mérito  demostrativo  le  asignó  el  juzgador  en  el  fallo atacado, cuál o  cuáles  fueron  las  reglas de la lógica, las máximas de la experiencia o las  leyes  de  la ciencia desconocidas por el fallador en la apreciación probatoria  y  cómo  debieron ser correctamente aplicadas, así como su trascendencia en la  producción  de  una  decisión arbitraria, al extremo que de no haber incurrido  en  tal  error habría determinado un fallo sustancialmente opuesto al declarado  en  la  decisión  impugnada,  con indicación de la norma de derecho sustancial  que  consecuencia de ello resultó excluida o indebidamente aplicada (CSJ SP, 23  Nov.  2000,  Rad.  10479; CSJ AP, 18 Ago. 2010, Rad. 33919; CSJ AP, 6 Ago. 2013,  Rad. 41368; y, CSJ AP, 20 Nov. 2013, Rad. 42344; entre otros).   

Sobre  el  concepto  de  las máximas de la  experiencia,  punto  medular  que  se  discute  en  la glosa examinada, conviene  recordar que esta Corporación ha sostenido que:   

En su carácter de tesis hipotéticas por su  contenido,  de las cuales se esperan que produzcan consecuencias en presencia de  determinados  presupuestos,  se  construyen  sobre  hechos  y  no  sobre juicios  sensoriales,  cuya  cualidad  es  su  repetición frente a los mismos fenómenos  bajo  determinadas condiciones (CSJ, SP, 21 Jul. 2004,  Rad. 17712).   

         

         De  otro lado, en cuanto al contenido y alcance de las reglas de la  experiencia, la Sala ha señalado:   

Ahora  bien,  la  experiencia  es una forma  específica  de  conocimiento  que se origina por la recepción inmediata de una  impresión.  Es  experiencia  todo  lo  que  llega o se percibe a través de los  sentidos,  lo  cual supone que lo experimentado no sea un fenómeno transitorio,  sino   un   hecho   que   amplía   y   enriquece   el   pensamiento  de  manera  estable.   

Del   mismo   modo,  si  se  entiende  la  experiencia  como  el  conjunto  de  sensaciones  a las que se reducen todas las  ideas  o  pensamientos  de  la  mente,  o bien, en un segundo sentido, que versa  sobre  el  pasado,  el  conjunto  de  las  percepciones habituales que tienen su  origen  en la costumbre; la base de todo conocimiento corresponderá y habrá de  ser  vertido  en dos tipos de juicios, las cuestiones de hecho, que versan sobre  acontecimientos  existentes  y  que son conocidos a través de la experiencia, y  las  cuestiones de sentido, que son reflexiones y análisis sobre el significado  que se da a los hechos.   

Así,  las  proposiciones  analíticas  que  dejan  traslucir  el conocimiento se reducen siempre a una generalización sobre  lo  aportado  por  la  experiencia, entendida como el único criterio posible de  verificación  de  un  enunciado  o  de  un  conjunto  de enunciados, elaboradas  aquéllas  desde una perspectiva de racionalidad que las apoya y que llevan a la  fijación  de  unas  reglas  sobre  la  gnoseología,  en  cuanto el sujeto toma  conciencia  de  lo que aprehende, y de la ontología, porque lo pone en contacto  con el ser cuando exterioriza lo conocido.   

(…)  

Atrás  se  dijo  que  la experiencia forma  conocimiento  y  que los enunciados basados en ésta conllevan generalizaciones,  las  cuales  deben  ser  expresadas  en  términos racionales para fijar ciertas  reglas  con  pretensión  de  universalidad,  por  cuanto,  se agrega, comunican  determinado  grado  de  validez  y  facticidad,  en un contexto socio histórico  específico.   

En ese sentido, para que ofrezca fiabilidad  una  premisa  elaborada a partir de un dato o regla de la experiencia, ha de ser  expuesta,  a modo de operador lógico, así: siempre o casi siempre que se da A,  entonces  sucede  B.  (CSJ  SP,  21  Nov.  2002, Rad.  16472)   

4.3.1  Cuarto cargo (subsidiario) por falso  raciocinio.   

         Según  el  casacionista, el error de hecho denunciado se presenta,  de  una  parte, en la apreciación de los testimonios de Wilson Leal Echeverry y  Manuel  Germán  Moreno  Reyes,  y  de  la  indagatoria  rendida  por el acusado  Trujillo  Ramírez;  y,  de  otro  lado, en la construcción de los indicios que  denomina   de   «capacidad   y   oportunidad   para  delinquir»  que  fueron deducidos por los juzgadores  de instancia.   

         En  relación  con  el  primer aspecto, de entrada la Sala advierte  que  el  actor  se  equivoca  en  la postulación del reproche, pues no obstante  anunciar  que  los  sentenciadores incurrieron en falso raciocinio al determinar  la  fuerza  demostrativa  de  la  prueba de descargo antes mencionada, argumenta  como  si  se  tratara  de  un  error  de  contemplación  objetiva  del elemento  probatorio por falso juicio de identidad por cercenamiento.   

         En  efecto,  en  relación  con  las  declaraciones  de Wilson Leal  Echeverry   y   Manuel  Germán  Moreno  Reyes,  abogados  expertos  en  derecho  administrativo  que  declararon  haber  asesorado al procesado sobre los efectos  inhabilitantes  de  la  declaratoria de caducidad del contrato, el demandante se  duele  porque  supuestamente  los  falladores  de  primero  y segundo grado solo  tuvieron  en  cuenta  los  apartes  de  sus  testimonios donde se refieren a los  efectos  de  la caducidad, pero omitieron analizar las afirmaciones que hacen en  relación  con  la  consulta  que les hizo el acusado, porque éste tenía dudas  sobre ese particular aspecto.         

         Es  evidente  que  esa forma de argumentar desconoce los requisitos  de  lógica  y  adecuada  fundamentación  de  la glosa intentada, por cuanto el  demandante   resigna  indicar  cuál  fue  el  postulado  de  la  sana  crítica  desconocido   por  los  sentenciadores  en  la  apreciación  de  los  referidos  testimonios,   ni   cómo   debió   ser  correctamente  aplicado,  y  sobre  su  trascendencia    tan    solo    manifiesta    que    de    esa    «falacia    argumentativa»    aquellos  dedujeron  el  dolo,  limitándose  a  afirmar  que  el  error  de  apreciación  probatoria   surge  por  cuanto  se  «desarticula  o  descompone  el  dicho de los testigos, dándole relevancia solo a [una] parte de  su  declaración  y  no al conjunto de la misma», con  lo  cual evidencia que se está refiriendo a un error de contemplación objetiva  por  mutilación  de la prueba, propio del falso juicio de identidad, que no del  falso raciocinio.           

       En  igual  equivocación  incurre  cuando  se refiere al falso raciocinio en la valoración  de  la  indagatoria  del  incriminado  Trujillo Ramírez, frente a la cual lanza  críticas  personales,  pero  se queda corto en la medida que no indica por qué  razón  el  Tribunal debió otorgar credibilidad a su dicho en el sentido de que  el  hecho  de  haber consultado abogados que, como él, eran expertos en derecho  administrativo,  acerca  de  si  la  inhabilidad  para  contratar derivada de la  declaratoria   de   caducidad   opera   de   pleno   derecho   o  «automáticamente»,  soportaba  la tesis  defensiva  del  error  de  tipo invencible en que aquel afirmó haber incurrido,  con  lo  cual  deja  sin  demostración el cargo, pues ni siquiera identifica el  postulado  de  la  sana crítica que, según asevera, en esa labor quebrantó el  ad quem.      

         De  otra parte, en cuanto al falso raciocinio, que dice recae en la  prueba  indiciaria,  si  bien  indica  que el yerro se presenta en la inferencia  lógica     –premisa  mayor–  que llevó a los  falladores   de   instancia  a  concluir  que  dada  su  condición  de  abogado  especialista  en derecho administrativo, el acusado debía saber que por haberse  decretado  la  caducidad  del  contrato  suscrito con el Hospital San Vicente de  Paúl  de Prado (Tolima), había quedado inhabilitado para celebrar esa clase de  negocios  jurídicos  con  el  Estado por un término de cinco años, contados a  partir  de  la firmeza del respectivo acto administrativo, el censor parte de un  supuesto  falso,  cuál  es  que  el Tribunal acudió a la prueba indirecta para  llegar  a tal conclusión, cuando la verdad es que se valió de juicios lógicos  de  naturaleza  inductiva,  que  no deductiva como corresponde a la estructura a  manera de silogismo del indicio.      

         En  efecto,  para  evidenciar  la  situación anotada, vale la pena  citar lo que el ad quem expresó sobre el punto en cuestión:   

Como se puede observar, la jurisprudencia de  la  Corte es del criterio que el error de tipo puede ir referido a cualquiera de  los  elementos  del  tipo, incluidos los conceptos jurídicos contenidos en este  (sic),  que  comúnmente se denominan elementos especiales del tipo de carácter  normativo,  que  para  el delito imputado en el caso bajo estudio consiste en la  violación  “…al régimen legal o a lo dispuesto en normas constitucionales,  sobre  inhabilidades  o  incompatibilidades”  (art. 408 C.P.), por ser un tipo  penal  en  blanco,  caso en el cual, siguiéndose la teoría de Jescheck, habrá  exclusión  del  dolo  solo  si  el  autor  no  ha  comprendido correctamente el  significado  de  tales  elementos  en  el marco de la valoración paralela de la  esfera del profano o lego.   

Como  se  trata  de  un contenido jurídico  aquel  elemento del tipo al cual se hace alusión, referente a las inhabilidades  contempladas  en  la Ley 80 de 1993, debe examinarse de cara a las calidades del  sujeto  activo  del  comportamiento, esto es, el acusado, quien en diligencia de  indagatoria  refirió  ser  abogado  y haber sido gerente de “Empo Ibagué”,  Secretario  de  Tránsito  de  este mismo municipio, Director Regional del Sena,  asesor  jurídico en varios municipios, abogado litigante y, como lo señaló en  sus diferentes escritos, especialista en Derecho Administrativo.   

Bajo   tal   perspectiva,  es  claro,  de  conformidad   con   las  reglas  de  la  experiencia,  que  un  abogado  de  tal  trayectoria,  conocía  las  disposiciones  y las consecuencias jurídicas de la  declaratoria  de  la  caducidad  del  contrato, que como se expresaron (sic) son  claras  y  han tenido un pacífico desarrollo jurisprudencial desde antes de los  hechos.                 

         Es  claro,  entonces,  que  el  ad  quem no acudió al indicio para  concluir  demostrado  el  dolo  en  la  conducta  del  procesado, ni utilizó la  máxima  de  la experiencia que el recurrente construye para sustentar el cargo,  esto  es,  aquella según la cual «todos los abogados  especialistas  en  derecho  administrativo son potenciales delincuentes frente a  los   delitos   que   protegen   el   bien   jurídico   de  la  administración  pública»,  ni  realizó  juicio  lógico  deductivo  –que  va de lo general a  lo  particular– alguno a  partir de tal premisa.     

         Por  el contrario, el análisis lógico del Tribunal surge a partir  de  los  hechos  probados  en el caso particular, relativos a que el incriminado  Trujillo  Ramírez conocía el acto administrativo que declaró la caducidad del  contrato  que  el citado había suscrito con el Hospital San Vicente de Paúl de  Prado   (Tolima),   y  que  también  sabía,  dada  su  condición  de  abogado  especialista  en  derecho  administrativo  con  amplia  experiencia en el sector  público,  las  consecuencias  inhabilitantes  de la caducidad, que le impedían  volver  a  contratar con el Estado dentro de los cinco años siguientes, so pena  de  incurrir  en  infracción  a  la  ley  penal,  no  empece lo cual, de manera  voluntaria,  celebró  un acto jurídico de dicha naturaleza con el municipio de  Saldaña (Tolima).             

         Así  las  cosas,  en  orden  a  resquebrajar  tal  juicio  lógico  inductivo  –que va de lo  particular  a lo general–,  le  correspondía  al libelista, evidenciar que los hechos en los que se soporta  la  conclusión  a  la  que  arribó  el  juez  colegiado  carecían  de soporte  probatorio,  o que la inferencia era descabellada o irracional, labor de la cual  no  se ocupa, pues su esfuerzo argumentativo se concentra en acreditar que en el  fallo  confutado se dedujo el dolo a partir de una construcción indiciaria que,  como quedó visto, no se realizó.      

         En ese orden, se rechazará el reproche.   

         5.  En  conclusión,  las  protuberantes  falencias  de  lógica  y  adecuada  fundamentación  en la presentación de las  censuras,  ninguna  de  las  cuales  tiene  la  capacidad  de  derruir  la  dual  presunción  de  legalidad y acierto que cobija la sentencia confutada, conducen  a la inadmisión de la demanda de casación.   

         6.  Resta  señalar  que no se vislumbra  que  con  ocasión  del  fallo impugnado o dentro de la actuación se vulneraran  derechos  o  garantías  de  los  sujetos  procesales,  que  imponga superar los  defectos  de  la  demanda,  en orden a intervenir oficiosamente para asegurar su  protección,  conforme  lo  prevé el artículo 216 del Código de Procedimiento  Penal  de  2000. Igualmente, se advierte que no es procedente el agotamiento del  mecanismo  de  insistencia  previsto  en el artículo 184 de la Ley 906 de 2004,  por cuanto esta normativa no reguló el caso particular.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE   

         1.       INADMITIR   la demanda de  casación  presentada  por  el defensor de Pedro Pablo  Trujillo Ramírez.   

         2.  Contra  la  presente  decisión  no  procede  recurso alguno y por ser un asunto tramitado bajo los ritos de la   Ley   600   de   2000,  tampoco cabe la  interposición   

del   mecanismo  de  insistencia  en  los  términos precisados por la Sala.   

         Cópiese, notifíquese y cúmplase.   

FERNANDO      ALBERTO      CASTRO  CABALLERO   

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

IMPEDIDO  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUELLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria  

    

1 Auto  segunda  instancia  Rdo.  28984 del 19 de mayo de 2008. M.P. Julio Enrique Socha  Salamanca.   

2 CSJ  AP, 19 May. 2008, Rad. 28984.   

3  Artículo 8º, literal c), de la Ley 80 de 1993.     

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