AP2752-2015(44030)

2015

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

Magistrada ponente  

AP  – 2752 – 2015   

Radicación 44030  

(Aprobado  Acta No.  184)   

Bogotá D.C., mayo veinticinco (25) de dos mil  quince (2015).   

VISTOS:  

Resuelve la Sala si admite o no la demanda de  casación  presentada  por  el  defensor  de  la  procesada  ROSA  ELENA VANEGAS  POVEDA.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL:  

1. En tractomulas,  en  su  mayoría  pertenecientes  a  la  empresa  Comercializadora e Inversiones  Bustos  Ariza  y  Compañía  S.  en  C.  de propiedad de Danilo Bustos Suárez,  aproximadamente  desde  el  año 2000, se transportaban productos químicos para  procesar   cocaína   en   laboratorios   del   narcotraficante  Daniel  Barrera  Barrera    (alias   “loco  Barrera”),  ubicados  en  el  departamento del Meta. Luego, en los mismos  automotores,  se  movilizaban  grandes cantidades del estupefaciente a la ciudad  de  Bogotá,  desde  donde  se  continuaba  con  el objetivo de la organización  criminal,  que  era  llevar  la  droga al exterior del país. ROSA ELENA VANEGAS  POVEDA,  a  sabiendas  de su origen, se benefició de dinero proveniente de esas  actividades ilícitas.   

         2.   Al  proceso,  iniciado  el  16  de  septiembre  de 2009, fue vinculada mediante indagatoria, entre otros, ROSA ELENA  VANEGAS  POVEDA.  Luego  se  le  resolvió  la  situación  jurídica y el 10 de  septiembre  de  2010  la  Fiscalía  la  acusó  por  las  conductas punibles de  testaferrato  y  enriquecimiento  ilícito  de  particulares.  El  28 de octubre  siguiente  se le aceptó a la defensa el desistimiento del recurso de apelación  que había interpuesto contra esa determinación.   

         3.  Tramitado  el juicio, el Juzgado 8º  Penal  del  Circuito  Especializado  de  Bogotá, mediante providencia del 16 de  abril  de  2013, la absolvió por el delito de testaferrato y la condenó por el  de  enriquecimiento  ilícito  de  particulares a 72 meses de prisión, multa de  $469.656.000.oo  e  inhabilitación  para  el  ejercicio de derechos y funciones  públicas  por  el  mismo  término  de  la  pena  principal. Se le concedió la  libertad  provisional  por cumplirse los requisitos establecidos en el artículo  64 del Código Penal para gozar de libertad condicional.   

         4.   El   defensor   apeló   ese  pronunciamiento  y  el  Tribunal  Superior  de Bogotá, a través del fallo recurrido en casación, expedido el 14  de febrero de 2014, lo confirmó en su integridad.   

LA DEMANDA:  

Primer cargo. Violación indirecta de la ley  sustancial  originada  en  error  de  hecho  por  falso  raciocinio.           

Señaló el casacionista, tras sintetizar los  argumentos  probatorios  de  las  sentencias  de  instancia, que “la  conclusión de responsabilidad por el delito de enriquecimiento  ilícito    de    particulares,    presuponiendo    la   pertenencia”   de  la  acusada  “en  actividades  relacionadas  con  el  narcotráfico,  sin una motivación de razonamiento sobre  valoración  de  la prueba, constituye un evidente error de juzgamiento de falso  raciocinio,  el  cual,  además de ser evidente, vino a incidir claramente en el  fallo  condenatorio,  pues  se constituyó en el único soporte motivacional del  mismo”.     

Los  juzgadores se dedicaron “única     y     exclusivamente”    a  “ahondar”   en   el  testimonio  de  Jorge  Alberto  Aponte  y en los informes de Policía Judicial y  contable.  Se  cercenaron,  sin  embargo,  “apartes  importantes     de    los    contenidos    en    dichas    probanzas”.   

El Tribunal le otorgó credibilidad a Aponte  y  dedujo  de  sus  declaraciones  que  las  actividades de la procesada tenían  “estrecha    relación   con   el   tráfico   de  estupefacientes      e      insumos     para     su     fabricación”.   Ese  testigo  –expresó    el    censor—  aparece relacionado “en varios apartes  del  expediente”  con  los automotores en los que se  descubrieron   “alcaloides  o  insumos”.  Y “resulta especialmente llamativo  que  en  cuanto al episodio de la incautación de una tonelada de cocaína en el  municipio  de  Maicao  (Guajira)” fuera el conductor  del  vehículo  UQO  845,  “que no es ni ha sido de  propiedad  de  la  señora Rosa Vanegas, ni de Danilo Bustos Suárez”.        “Llamativo”        porque        no        se       le       “judicializó”  por ese hecho, más aún  cuando  luego  reclamó en un trámite incidental la devolución del camión. Lo  que  concluyó la segunda instancia es que “conocía  el  modus  operandi  de la organización”, pero no se  preguntó  “por  qué una persona que es hallada en  flagrancia  transportando  alcaloide”  no  aparecía  procesada.   

De   todas   formas,  en  ninguna  de  sus  intervenciones  Aponte  mencionó que Rosa Elena Vanegas se dedicara al tráfico  de estupefacientes o de insumos.   

Para el juzgador, de otra parte, las labores  de  verificación  llevadas  a cabo por la Policía Judicial y consignadas en el  informe  del  15  de septiembre de 2009, permitieron establecer que la implicada  “era  la  persona encargada del diligenciamiento de  licencias,  permisos y toda clase de documentos relacionados con las autoridades  de  transporte  para  que  los  vehículos  de Bustos Suárez pudieran transitar  libremente  con  sus cargamentos”. Para el recurrente  “ello  corresponde  a una interpretación sesgada y  conclusiva  eminentemente  subjetiva  del  fallador”,  dado que nada así dice el informe.   

Los  eventos de incautación de insumos para  el  procesamiento  de  alcaloides  en  los  tractocamiones  UFP  617  y  VAG 090  –referidos   por  Jorge  Alberto  Aponte—,  no  se  constataron.   Ya   porque   no  se  denunciaron,  porque  de  acuerdo  con  los  investigadores  no existían los expedientes o por falta de certeza en relación  con  la  fecha  de  su ocurrencia. Se recalca, con independencia de lo anterior,  que  en  ninguna  parte  de  los  informes  se  dice  que  dichos  vehículos le  pertenecieran  a  ROSA ELENA VANEGAS POVEDA o que ésta, respecto de los mismos,  “haya efectuado algún tipo de trámite”.   

Las  autoridades  de  policía,  en cuanto a  actividades  asociadas  al  tráfico  de  drogas  e  insumos,  sólo verificaron  “meridianamente”   la  información   que   suministró   Jorge  Alberto  Aponte,  relacionada  con  la  incautación  el  6  de marzo de 2006, en Maicao, de una tonelada de cocaína en  el camión conducido por el mismo.   

Lamentó   el   defensor   “que  los  investigadores no hayan hecho bien su tarea e investigado  bien  los  hechos”.  Habrían  descubierto, de haber  procedido    debidamente,    “que    el   testigo  clave” en el presente proceso era el conductor de la  tractomula  y  quien  solicitó  su  devolución en calidad de propietario de la  misma.  Este último aspecto “puede ser verificado a  folios  259  a  268  del  cuaderno  de  copias No. 6, si el señor JORGE ALBERTO  APONTE  faltó  a  la verdad, la ocultó o en otras palabras mintió y ese es el  testigo  digno  de plena credibilidad por parte de los investigadores, por parte  de  la  Fiscalía  y  por parte de la judicatura”, en  contra de la acusada.   

Agregó   el   defensor  que  el  juzgador  desconoció      “la      integralidad      del  informe”   contentivo   de   las   interceptaciones  telefónicas   realizadas   a   varios   abonados  telefónicos  “pertenecientes  a  presuntos miembros de la organización de Danilo  Bustos  Suárez”.  Esto sucedió porque las personas  que  dialogan  no  fueron  identificadas y en ningún momento se refirieron a la  procesada   “como   responsable   de  la  conducta  atribuida,  o  como  miembro  de  organización delincuencial alguna”.   

También    resulta    “llamativo”    para    el   demandante  “la   interpretación”  hecha  en  la  sentencia  de  la  relación contractual entre ROSA ELENA VANEGAS  POVEDA  y  la  empresa  TRANSCIBA  de  Danilo  Bustos  Suárez.  Para  cuando su  representada  tenía afiliados sus vehículos a esa sociedad el antes mencionado  “no   tenía   ningún   tipo  de  cuestionamiento  legal”.   No  resulta  acertado,  en  consecuencia,  cuestionar  a la procesada por haber mantenido ese vínculo. Hacerlo traduciría  reprocharles a todos los clientes de la citada firma.   

La  comunicación  de  CEMEX, atinente a que  Danilo  Bustos  Suárez –en  julio  de  2006— ingresó a  la  operación  de la compañía, en alquiler, 20 vehículos, y después afilió  otros  de  Óscar  Danilo  Bustos Ariza (su hijo) y de ROSA ELENA VANEGAS POVEDA  –estos  los  retiraron en  abril   de   2007—,  fue  desatendida  por  los  falladores.  Se  trata de un documento importante para el  censor,  a  través  del  cual una empresa no vinculada penalmente certifica que  contrató  con  Bustos Suárez, sin antecedentes judiciales según verificó. No  se  entiende,  entonces,  que  el  juicio en relación con CEMEX no aplique a la  acusada,   quien   hizo  negocios  con  Bustos  Suárez  cuando  “no   contaba   con   ningún   tipo   de  reparo  legal”.   

La procesada admitió que entre el cargamento  transportado  en  uno  de sus automotores con destino a los Llanos Orientales se  descubrió  cocaína  camuflada.  No  podía  responsabilizársele por eso. Ella  alquilaba      “los     servicios     de     los  cabezotes” de los camiones, a los cuales enganchaban  los   “tanques”   las  personas  que  la  contrataban.  Esto  lo  desconoció  el  juzgador. El testigo  Timoleón  Suescún  Meneses  declaró  que  ni  él ni la mujer “tenían   el  más  mínimo  conocimiento  en  cuanto  a  la  carga  transportada”.  Se tiene, además, que la Fiscalía,  previas   las   comprobaciones  pertinentes,  le  devolvió  el  “cabezote”   a  su  propietaria  en  el  proceso con radicación 70996.   

De   dedujo,   finalmente,   del   estudio  patrimonial   respectivo   que   ROSA   ELENA   VANEGAS  POVEDA  “obtuvo  provecho  económico  de  las  actividades  delictivas  que  realizaba    Bustos    Suárez,   produciéndose   un   incremento   patrimonial  injustificado  y  derivado  de  estas  actividades”.   

A  juicio  del casacionista quedó claro con  ese   examen   que   el   contador   se   circunscribió  sólo  “a   efectuar  un  estudio  comparativo  del  patrimonio”  entre  los distintos años fiscales, sin determinar las razones  de   los   incrementos,   en  relación  con  los  cuales  no  se  pidieron  las  explicaciones  del  caso  a  la  enjuiciada. En la fase probatoria del juicio la  defensa las suministró con los debidos soportes.   

Los estudios fueron elaborados por la DIJIN.  Y  no  configuran  para  el  actor  prueba pericial sino simples “informes    policiales”.    Esto   en  consideración  a que no se obtuvieron “ni elementos  materiales  probatorios  ni  evidencias  físicas  suficientes y las actividades  investigativas  desplegadas  son  absolutamente  insuficientes y manifiestamente  dirigidas  para  perjudicar  a  una  persona  inocente, sin que el Juzgado tenga  potestad  legal  de  otorgarles  el  valor de dictamen pericial y mucho menos de  prueba”.   

A pesar de la certificación expedida por el  Jefe   de   Policía  Judicial  de  la  DIJIN,  adicionalmente,  “no  se  ve  acreditado  probatoriamente”  que   los   investigadores   “sean   profesionales  universitarios   formados  en  contaduría  pública,  con  especialización  en  impuestos”.   Tampoco   su  experiencia.  Nunca  se  indicó,    además,    la   metodología   que   se   empleó   “al  examinar  los elementos de juicio materia de prueba”.   

El testimonio de Jorge Alberto Aponte Novoa,  insistió  el  defensor, no se sometió “al tamiz de  la  verificación”. Era único y en esa medida debía  ser    objeto    de    “especial    atención   y  ponderación”.  De  haber  procedido  de esa manera,  considerando  que  “es  muy difícil que el testigo  único  nos  produzca la certeza sobre lo que narra”,  el  Tribunal  le  habría restado mérito al declarante, el cual “siempre  fue ocultado para que no fuera contrainterrogado, y que el  juzgado  ejerciera  la  inmediación de esta prueba”.   

Creerle   al   testigo   mencionado   y  a  “los     informes”  referidos,   no   obstante   “todos  los  defectos  anotados”,  constituyó  en  conclusión “un evidente y grave error de falso  juicio  con  el  que se violan los postulados de la experiencia, la lógica y la  ciencia  de la psicología. Sin su concurrencia, la Sala no habría podido darle  credibilidad  a  los  mismos  y  cimentar  sobre  ellos la condena impuesta a mi  defendida”, concluyó el demandante.   

Obran   a   favor  de  la  sindicada  como  “contraindicios   o   indicios   de   inocencia”  los  siguientes:  a)  no  se probó que participara de  cualquier  forma  en  el  tráfico  de  estupefacientes  o  de  insumos  para su  fabricación;  b)  la  declaración  que  sustenta la condena no acredita que se  haya  beneficiado  de  actividades  ilícitas  realizadas  por  terceros;  c) el  “estudio  patrimonial”  alude   a   su   dedicación   a   una   actividad  económica  lícita;  d)  la  “razón  de  ser” de las  personas  en  una  sociedad  capitalista  es  acrecentar  su patrimonio; e) como  “tramitadora”  prestó  sus  servicios  a  Danilo  Bustos Suárez y a un sinnúmero de personas. Y no es  dable   “presuponer  que  cuando  se  presta  este  servicio  se  tiene  que  sospechar  que  a  quien  se  le  presta  se  dedica a  actividades  ilícitas,  ya  que  ella  conoció  al señor Bustos Suárez en un  ambiente  de  plena legalidad”; y f) en desarrollo de  su  actividad  de  transportadora  de  carga  mantuvo  relación  con la empresa  TRANSCIBA  de  propiedad  de Danilo Bustos Suárez. A través de esta compañía  trabajó  para CEMEX DE COLOMBIA S.A., la cual constató que el antes mencionado  no contaba con antecedentes judiciales.   

Es  criterio  del recurrente, en fin, que la  Corte  debe  casar  la  sentencia  debido  a  los  manifiestos  errores de hecho  denunciados,     “constitutivos     de     falso  raciocinio”.   

Segundo  cargo.  Violación indirecta de la  ley  sustancial  originada  en error de hecho por falso juicio de existencia por  suposición.           

El juzgador dio por probado, sin estarlo, que  en  el  patrimonio  de  la  procesada  se produjo un incremento, que el mismo se  originó  en  actividades  ilícitas,  que  ella perteneció a una organización  dedicada  al  tráfico  de  drogas  e  insumos  para  su  fabricación,  que los  trámites  de  tránsito  que  le realizaba a Danilo Bustos Suárez tenían como  propósito  que  los  tractocamiones  de  éste  pudieran desplazarse libremente  “con  sus  cargamentos”,  que   los  vehículos  de  la  mujer  –por   tenerlos   afiliados   a   la   empresa  TRANSCIBA—   se  destinaban  al  transporte  de  sustancias  ilícitas,  que  existía  vinculación  entre la implicada y Daniel  Barrera  Barrera,  que  era  propietaria  de tractocamiones y no de cabezotes de  tractocamión,  que  siempre  estaba  al  tanto  del  contenido  de  los tanques  enganchados  a  sus  cabezotes  y que “las supuestas  incautaciones”  de droga a que aludió José Alberto  Aponte tenían relación con sus negocios.   

Recordó  el  censor,  acto  seguido,  los  elementos  necesarios  para  que  se  configure  el  delito  de  enriquecimiento  ilícito   de   particulares,  destacando  el  deber  del  Estado  de  demostrar  “a  través de informe técnico idóneo”  el  incremento  patrimonial  no  justificado  y  la obligación  adicional  de  correr traslado del peritaje a las partes para su contradicción.  No  se  puede  afirmar,  a  juicio  del  abogado,  la  existencia  de un aumento  injustificado  del  patrimonio  de su defendida “sin  estar  plenamente  soportado  en una experticia técnica de contabilidad forense  debidamente   decretada,   practicada   e   incorporada  al  proceso  y  además  debidamente   trasladada”  a  la  acusada  y  a  su  defensor.   Así  no  sucedió  en  el  presente caso, en el cual el perito  contador  no  tuvo  en  cuenta  que  en  una  economía capitalista las personas  amplían  su  patrimonio, no necesariamente en función de recursos provenientes  de  actividades ilícitas. Aquí se pregonó que hubo incremento patrimonial sin  pruebas     que    así    lo    señalen.    La    Fiscalía    “mostró”  en  el  plano  investigativo  “una   profunda   inactividad  en  cuanto  a  este  tema”.  Se  equivocó la segunda instancia, además,  al  asociar ese incremento a actividades ilícitas, sin medios probatorios en la  actuación  que  responsabilicen  a  la acusada “con  estas presuntas actividades ilícitas”.   

En  la  sentencia  impugnada,  agregó  el  demandante,  se  asoció  el enriquecimiento de su representada a actividades de  tráfico   de   estupefacientes  e  insumos  para  fabricarlos,  “cuando    lo    cierto   es   que   no   existe   hecho   indicador  alguno”  que  permita relacionar las incautaciones a  que  se  aludió en el fallo con la procesada o sus tractocamiones. Se carece en  el  plenario,  en fin, de pruebas directas demostrativas de la existencia de los  delitos  de  narcotráfico subyacentes al enriquecimiento ilícito. No se cuenta  con  sentencia  condenatoria  previa  o  concomitante  por tráfico de drogas en  contra  de  la  sindicada,  “ni testimonios válidos  que  acusen  a  ésta  de  la  comisión  del  delito  de  narcotráfico,  ni la  incautación  de  drogas  o  sustancias  precursoras  que  permitan demostrar la  materialidad    del   delito   de   narcotráfico”.   

Así  las  cosas, se debe casar la sentencia  impugnada  “por  manifiestos  errores  de  hecho al  reconocer  como  probados hechos sin que exista prueba de los mismos”.   

Tercer cargo. Violación indirecta de la ley  sustancial  originada  en  error  de  hecho  por  falso juicio de existencia por  omisión.   

Desconoció  el  Tribunal  las  pruebas  que  demostraban  “la  adquisición  legal  y  en debida  forma  de  los  cabezotes  de los tractocamiones” por  parte  de  ROSA ELENA VANEGAS POVEDA. Es decir, los documentos obrantes a folios  27,  210,  211  al  215 y 218 del cuaderno 7, 101, 106 y 109 del cuaderno 14, la  declaración  de  Héctor  Rincón  Cotrino  (fol.  296/7) y los recibos de pago  visibles  del  folio  39  al  101 del cuaderno anexo 1. Asimismo “lo  declarado” por la acusada, relativo  a  que  declinó  la  compra  del  tractocamión  Kenworth  de  placas  UFP 446,  erróneamente  considerado por la segunda instancia como de propiedad de VANEGAS  POVEDA.   

Esos    medios    de   convicción   que  “aportan  claridad respecto de las negociaciones de  los   rodantes”   no   los   tomó   en  cuenta  el  fallador.   

Insistió  el censor, a renglón seguido, en  relación  con  el hallazgo de cocaína en uno de los vehículos de su asistida,  en  que  se  desconoció  en  la  sentencia  que  ella era sólo propietaria del  “cabezote”  y  no  del  tanque  enganchado  por  el tercero que contrató el servicio, que en esa medida  no  tenía  conocimiento  de la carga transportada y que la propia Fiscalía, en  el expediente 70996, le regresó el automotor.   

En  el término de traslado para solicitar y  presentar  pruebas  en  el  juicio,  la procesada justificó documentalmente las  diferencias  en  su  capital  y  las  instancias omitieron tales evidencias, las  cuales   contenían  “la  información  financiera,  patrimonial   y   los   hechos  económicos  sustentatorios  de  la  procedencia  legal”  de  sus  bienes,  que  son  “el  reflejo  de  una  persona  que  se  ha  dedicado a su ejercicio  comercial   desde   hace  más  de  20  años”.  Con  fundamento  en los documentos pertinentes, reunidos en el anexo 1, relacionó el  casacionista  los distintos vehículos adquiridos por su defendida desde inicios  de  los  años 90 y un apartamento en Bogotá, así como el precio de los mismos  y  la  forma  como  los  pagó,  con  recursos  generados  por los automotores y  provenientes  de  la  prestación  de  servicios  de  trámites  de  tránsito y  transportes.   

Los  extractos bancarios de 2004 y comienzos  de  2005  correspondientes  a  la  cuenta de ahorros de la procesada en el Banco  Davivienda,  obrantes entre el folio 81 y el 86 del cuaderno anexo 1, evidencian  que  contaba  con  “liquidez  inmediata”.  En  otras  palabras,  tenía  para ese momento “vitalidad  financiera,  que  prueba que sus actividades económicas  le  han  permitido  producir  recursos  monetarios suficientes, para alcanzar el  nivel de ahorros reflejados por dicho banco”.   

Al  finalizar  2003, sintetizó el actor, el  patrimonio  de  ROSA ELENA VANEGAS POVEDA estaba conformado por 3 tractocamiones  que  valían  160  millones de pesos, un taxi valorado en $4.179.000.oo, otro en  $29.500.000.oo   y   un   apartamento   de  $44.820.000.oo,  para  un  total  de  $238.499.000.oo.   

En       2004      “declaró”  lo  recibido por concepto de  servicios  de  transporte  de  carga  de  Transportes Elman Ltda y Logística de  Transporte  S.A.  y  omitió hacerlo en relación con $18.000.000.oo de ingresos  que  le  pagó Timoleón Suescún Meneses por el arrendamiento del tractocamión  CQN  838.  Para  el  mismo  año  “contaba  con  un  patrimonio  adquirido  en  períodos  anteriores” de  $179.988.562.oo  ($970.000.oo en caja, $11.468.562 en Bancos, $37.550.000.oo del  inmueble  citado  y $130.000.000.oo correspondientes a las tractomulas TNB 628 y  CQN  838).  No  declaró en ese período fiscal los automotores Mack y Kenworth,  identificados   con   placas   SNG  343  y  UFP  446,  ni  el  carro  Mazda  AUA  878.   

El vehículo de placas UFP 446 lo compró la  acusada  el  9  de noviembre de 2004, en $120.000.000.oo, a Carlos Arturo Aponte  Novoa.  Pero  el  bien resultó mal importado, según lo expresó la mujer en su  indagatoria.  De  otra parte, vendió el cupo de los taxis SGH 157 y SFP 932, en  junio   y   en   diciembre   de   2004,  por  $27.000.000.oo  y  $23.000.000.oo,  respectivamente.   

Para  el censor, en conclusión, los dineros  que    originaron    el    patrimonio    de    su    procurada   “corresponden   no   sólo   a   actividades   lícitas   plenamente  comprobables,  sino que también es el fruto de varios años de trabajo denodado  y  honrado.  Pensar, suponer, presumir lo contrario basado en meras suposiciones  o  elucubraciones,  no  es  otra  cosa  que  salirnos  de  la esfera del derecho  penal”.   

Desconocieron  las  instancias,  además, la  comunicación  en la que ROSA ELENA VANEGAS POVEDA le manifestó a Danilo Bustos  Suárez  que  retiraba  de  la  empresa de éste los vehículos de su propiedad.  Acreditaba  el documento la existencia entre ellos de una relación de negocios,  naturalmente   lícita.   Bustos   Suárez,   de   hecho,   carecía  de  algún  cuestionamiento  legal,  al punto que CEMEX S.A. lo contrató tras verificar que  no  obraban  en  su  contra  antecedentes  judiciales.  Esto  se comprobó en la  actuación  con  la  carta  de dicha compañía, visible a folio 50 del cuaderno  14. También tal documento se dejó de lado en la sentencia.   

Los  medios  de  convicción  relacionados,  “totalmente         desatendidos”   por   el   Tribunal   según  el  recurrente,  “tenían  la  entidad  de  desvirtuar  los dichos de los testigos de  cargo”  contra  la acusada y de probar su inocencia.  Le    solicitó    a    la   Sala,   en   consecuencia,   casar   la   sentencia  impugnada.   

Cuarto cargo. Violación indirecta de la ley  sustancial    originada    en    error    de   hecho   por   falso   juicio   de  identidad.   

El     Tribunal     “recortó   de   las   declaraciones  apartes  trascendentes  de  su  literalidad”.  Se expresó en la sentencia impugnada  que  uno  de  los  automotores  de la procesada “fue  inmovilizado  por llevar cocaína camuflada entre el cargamento que transportaba  hacia  los  llanos  orientales”  y que ese hecho fue  admitido   por   ella   y   lo  corroboró  el  declarante  Timoleón  Suescún.   

Desconoció  el  juzgador  “la  integralidad  de  lo  contenido  en esta redacción”  porque  pasó  por  alto  que  ROSA  ELENA  VANEGAS  POVEDA, en  concordancia  con  el  testigo  antes  citado,  era  propietaria “de  los  cabezotes  de los tractocamiones y en manera alguna de los  tanques,  los cuales son enganchados por parte de las personas que contratan los  servicios  de  los  cabezotes,  de  donde  no  puede responsabilizarse en manera  alguna  al  dueño  del  cabezote  de  la  mercancía  que  se transporta en los  tanques”.   

Para la segunda instancia, de otra parte, el  estudio   de   las   interceptaciones   telefónicas   a   varios   abonados  de  “presuntos  miembros  de la organización de Danilo  Bustos  Suárez”  a  que aludió el informe del 8 de  febrero  de  2010,  llevó a los investigadores a concluir que el mencionado era  parte  de  una  red  criminal  dedicada  al  tráfico  de  cocaína y de insumos  químicos  para  procesarla.  En  este  punto, agregó el censor, el fallador no  tuvo  en  cuenta  “la integralidad del informe, toda  vez  que  las  personas  que  intervienen  en  dicho  diálogo  no se encuentran  identificadas” y en ningún momento se refieren a la  acusada   “como   responsable   de   la   conducta  atribuida”  o como integrante de una “organización       delincuencial”.   

De  no  haber  incurrido  el Tribunal en el  falso  juicio  de  identidad  denunciado,  la  sentencia  habría  tenido  otras  “características”,  finalizó el demandante.   

Quinto cargo. Violación indirecta de la ley  sustancial  “por  desconocimiento  del in dubio pro  reo”.   

Para  el  defensor  había  muchas  dudas  “por   doquier  en  la  investigación”   y  “en  la  decisión” impugnada, no resueltas a favor de su representado.   

A su juicio “no  es  comprensible  aceptar  la  razón” por la cual se  otorgó  credibilidad  al  denunciante José Alberto Aponte Novoa. La defensa no  contó  con  la  oportunidad  de  interrogarlo. Se ordenó su declaración en la  audiencia  preparatoria  y  pese  a  tratarse  de  un  testigo  protegido por la  Fiscalía  no  atendió ninguna de las citaciones que se le hicieron. Se trataba  de   una   persona   involucrada  en  el  tráfico  de  drogas,  “con   clara   proclividad  al  delito”,  convertida  “en  el  testigo  de la Fiscalía y del  fallador”.  No  se le vinculó al presente proceso a  pesar   de   su   relación   “con   hallazgos  de  alcaloides”.     Seguramente     “le  fue  ofrecido  algún tipo de beneficio (porque se desconoce) y  aun  así  bajo todos estos mantos de sospecha no comparece a juicio, para poder  ser    interrogado    por    la    defensa    y   por   el   Juzgado”.   

Aponte Novoa, adicionalmente, no relacionó  a  ROSA  ELENA  VANEGAS  POVEDA  con  los  cargamentos  de  cocaína  a que hizo  referencia  y  los investigadores de la Dijin que suscribieron el informe del 15  de  septiembre  de  2009  no  constataron  que  la  mujer  realizara actividades  ilícitas.   

Se refirió el casacionista al contenido del  informe   y  lamentó  que  los  miembros  de  la  policía  judicial  no  hayan  “investigado    bien    los    hechos”.   De   hacerlo,   habrían   encontrado   que   “el  testigo  clave  de  la  Fiscalía”,  merecedor  de  credibilidad, no era sólo el conductor de la tractomula donde se  encontró   la   cocaína   sino  su  propietario.  Mintió  el  declarante,  en  consecuencia,  y  en  esas  circunstancias le creyeron, tanto los investigadores  como   el   Tribunal.   El   informe,   en  fin,  compuesto  de  “sospechas”     y     “apreciaciones     subjetivas”    sin  fundamento  probatorio,  no  aportó  nada  a  la  investigación.  Se  basó en  “los   chismes   suministrados   por   el  testigo  (Jorge  Alberto  Aponte) que  lo  único que buscaba era evadir la acción de la justicia buscando beneficios,  ya  que  la  información  por  éste  suministrada  en cuanto a la comisión de  delitos no pudo ser verificada”.   

Insistió  el  impugnante  en  negarle  la  condición        de        prueba       técnica       al       “informe” contable de los miembros de la  Policía  Judicial.  En  su  criterio sólo servía de criterio orientador de la  instrucción.  Los investigadores de la Dijin, agregó el abogado, no obtuvieron  en  desarrollo  de  su  labor  “material  fílmico,  fotográfico,   de   audio,   llamadas,  etc.”,  que  impliquen a la acusada en el tráfico de estupefacientes.   

Los informes de Policía Judicial, además,  no   constituyen  medio  de  prueba  de  acuerdo  con  la  ley,  “y  ante  la  no  comparecencia  del  testigo  denunciante, para que  determine    las   razones,   pruebas,   fuentes   de   sus   dichos”,   estos   se   convierten  “en  un  rumor”.   

Lo  cierto  para  el casacionista es que su  representada  “es  propietaria de los bienes que el  testigo  (Aponte) declaró no  eran   suyos”.   Y   que   con  el  “rumor”   introducido  por  el  último  “se  inició  una  investigación,  en la que no se  ahondó  para  su  impulso”.  Los  investigadores ni  siquiera      “tuvieron     contacto”     con     el    denunciante,    quien    le    “mintió a la justicia”.   

En las circunstancias vistas las instancias  condenaron  a  la  procesada, pese a existir dentro del plenario “un      gran      cúmulo     de     pruebas     documentales     y  testimoniales”  demostrativas  de su “total  ajenidad” en los hechos que se le  imputaron.   

Señaló  el casacionista, por último, que  resultó  quebrantado  el  principio  de  in dubio pro  reo  al dictar sentencia condenatoria, “no   obstante   existir   evidentes   contradicciones   entre   las  declaraciones  rendidas  y  recepcionadas en distintos momentos procesales, así  como  también  varias  probanzas  que  hicieron  que  al  interior  del proceso  nacieran  dudas insoslayables que no permiten ni siquiera con meridiana claridad  colocar  a  mi  defendida  como  partícipe  o  miembro  de una empresa criminal  dedicada  a  actividades  de  narcotráfico,  requisito  sine qua non para poder  pregonar   la   autoría   en   el   delito   de   enriquecimiento  ilícito  de  particulares”.   

Así  las  cosas,  le corresponde a la Sala  casar   la   sentencia   impugnada  y  proferir,  en  su  lugar,  el  fallo  que  corresponda.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE:  

Es  notorio  que la demanda no satisface el  requisito  legal  de  claridad  y precisión en la formulación de las censuras,  contemplado  en  el  artículo  212-3  de  la  Ley  600  de  2000. Enseguida los  argumentos.   

Primer cargo. Violación indirecta de la ley  sustancial originada en error de hecho por falso raciocinio.    

        En  los sistemas de procedimiento penal vigentes (Ley 600 de 2000 y  Ley  906  de  2004), como lo ha señalado la Sala (CSJ  AP,  21  Ene  2015,  Rad.  079-20125), las instancias  cuentan  con  soberanía en el examen de las pruebas, sólo limitada por la sana  crítica.  Eso  significa  que  en  casación,  que  no es tercera instancia del  proceso  sino  un escenario dispuesto para debatir la legalidad de la sentencia,  las  deducciones  probatorias  del juzgador sólo son susceptibles de discusión  ante   la   Corte   —en  desarrollo  del  recurso extraordinario—  si  el demandante acredita que desconocen las leyes científicas,  los principios de la lógica o las reglas de la experiencia.   

        Es  carga  del  sujeto procesal proponente de un error de hecho por  falso  raciocinio,  entonces,  precisarle  al Tribunal de Casación cuál fue el  juicio  incorrecto  del  fallador, por qué vulnera la sana crítica y acreditar  que  sin la equivocación denunciada otro habría sido el pronunciamiento de las  instancias.   

          En  el  presente  caso  el  defensor  no consiguió demostrar que  algún  razonamiento del juzgador sea contrario a una regla de experiencia, a un  principio de lógica o a una ley de la ciencia.   

        No   configura  ese  tipo  de  error,  en  primer  lugar,  que  los  juzgadores  hayan  solamente  considerado  algunos medios de prueba. Tampoco que  hubieran   omitido   parte   de   su   contenido.  Está  fuera  de  lugar  como  justificación  de  la equivocación denunciada, en consecuencia, la afirmación  del   censor   relativa   a  que  los  funcionarios  judiciales  “ahondaron”       “única   y   exclusivamente”   en  el  testimonio   de  José  Alberto  Aponte  (Jorge  Alberto  Aponte  lo  llamó  el  recurrente)   y   en   los   “informes”  de  Policía  Judicial y contable. Y que lo hicieron, además,  de    manera    parcial,    cercenando    “apartes  importantes”     de     dichos     medios     de  convicción.   

        Tales  enunciados  corresponden,  en  su  orden, a errores de hecho  derivados  de  falso  juicio  de  existencia  por  omisión  y  falso  juicio de  identidad,  los  cuales tampoco acreditó el abogado defensor, quien en realidad  se  limitó  en  el  cargo  a  presentar  su lectura de los medios de prueba y a  oponerla a la de los falladores.   

        Criticó  a  la  segunda  instancia,  en  efecto,  por señalar que  Aponte      era     conocedor     del     “modus  operandi” de la organización criminal en relación  con  la cual la acusada incrementó ilícitamente su patrimonio, sin preguntarse  por  qué  no  aparecía  procesado  si  era  el  conductor del camión donde la  policía  incautó  una  tonelada  de  cocaína  en Maicao (La Guajira) y el que  reclamó  después  ante  la Fiscalía –en    otra    actuación— en el marco de un trámite incidental.   

        Aunque   no   dijo   abiertamente   el   profesional  que  bajo  la  circunstancia  destacada  el testigo no era digno de credibilidad, es eso lo que  sugiere  su argumento. Con ello, sin embargo, no se acredita el error planteado,  ni ninguno otro.   

        De  otra  parte,  que  el  declarante  no afirmara que la procesada  estuviera  dedicada al tráfico de estupefacientes e insumos para la producción  de  cocaína,  en  manera  alguna  hace decaer la imputación de enriquecimiento  ilícito  de  particulares. Se constituye sí esa circunstancia, desde luego, en  explicación  del  por  qué no se le atribuyó a la acusada la conducta punible  de  tráfico  de drogas y de precursores. Con seguridad, de haberla vinculado el  testigo  con  esas  actividades,  habría  tenido que responder de los atentados  contra la salud pública.   

        Ahora  bien,  más  allá  de  que  no  es  cierto que la sentencia  impugnada  esté  construida  sólo  con  fundamento  en el testimonio de Aponte  Novoa,  como  lo  da a entender el censor, de haber sucedido así no se estaría  ante una equivocación probatoria o jurídica del juzgador.   

        Adicionalmente,  aunque  no  entiende  la Sala la importancia de la  supuesta  equivocación  del  Tribunal  consistente  en  deducir  del informe de  Policía  Judicial del 15 de septiembre de 2009 que ROSA ELENA VANEGAS POVEDA se  encargaba  de  tramitar  para  Danilo  Bustos  Suárez,  ante las autoridades de  tránsito,  los  permisos  respectivos  para que sus camiones pudieran transitar  libremente  por el país con sus cargamentos, la verdad es que esa inferencia no  tuvo lugar.   

        La  segunda  instancia,  eso es claro, estableció el nexo entre el  incremento  patrimonial  de  la sindicada ocurrido entre los años 2000 y 2005 y  el  tráfico  de estupefacientes de la organización liderada por Daniel Barrera  Barrera   –a  la  cual  pertenecía   Danilo   Bustos  Suárez—,  entre  otros  medios  de convicción, con el testimonio de José  Alberto  Aponte  Novoa,  a  quien  le  otorgó  plena  credibilidad  porque  sus  afirmaciones  se  constataron en buena parte por el investigador de la DIJIN que  rindió  el informe mencionado en el párrafo anterior. Entre las verificaciones  realizadas  por  el  policía  judicial  se  incluyeron las relacionadas con las  personas  citadas  por el declarante como “empleados  y  colaboradores”  de Bustos Suárez. Y como una de  ellas  fue  ROSA  ELENA  VANEGAS  POVEDA,  advirtió  la  Corporación  judicial  –tras  referirla—  que  era  la  “encargada   del  diligenciamiento  de  licencias,  permisos  y  toda  clase  de  documentos  relacionados  con  las  autoridades de  tránsito”.  Y  es  seguro,  como  pocas  páginas  después  lo revela la propia sentencia recurrida, que tal información se trajo  de  la  indagatoria  que  rindió  Danilo  Bustos  Suárez, quien reconoció que  VANEGAS  POVEDA  le  hacía  “los  trámites de los  carros”.   

        Los  demás  argumentos  del  cargo  no  acreditan ningún error de  juicio  del  juzgador. Si no se constataron las incautaciones de insumos para el  procesamiento  de  cocaína  mencionadas  por  el testigo Aponte Novoa, o si los  vehículos  donde  los hallazgos habrían tenido ocurrencia no le pertenecían a  la  sindicada,  o  si  ni  siquiera  ella figura en un trámite asociado a tales  tractocamiones,  o  si las autoridades de policía judicial sólo constataron un  decomiso  de cocaína de los citados por el declarante, eso para nada traduce la  estructuración  de  algún  yerro  probatorio del Tribunal. Son reflexiones del  censor  con  las cuales persigue que la Corte le atribuya ciertos alcances a los  medios  de  prueba,  como  si  la  casación fuese tercera instancia del proceso  penal.    

        El   Tribunal,   al  referirse  al  informe  de  Policía  Judicial  relacionado  con  las  interceptaciones  de  comunicaciones  realizadas  en otro  proceso     a     ciertos     abonados     telefónicos    de    “presuntos   miembros   de   la   organización   de  Danilo  Bustos  Suárez”,  recordó que los investigadores, tras el  análisis  de  los  diálogos,  concluyeron que el antes mencionado era parte de  “una  red  criminal  dedicada  a  la  adquisición,  transporte,  comercialización  y  distribución  de  insumos  químicos para el  procesamiento  de  cocaína, los cuales son llevados a la zona de injerencia y a  su  regreso  traen  consigo  cocaína  oculta,  que  es llevada a los centros de  acopio,  para  posteriormente  ser  enviados  al  exterior  por  vía  aérea  y  marítima”.   

        Así  las  cosas, si en ningún momento se dijo en la sentencia que  los   interlocutores  de  esas  conversaciones  telefónicas  grabadas  hicieron  referencia  a  la acusada, no se entiende la crítica del censor a dicho informe  de  la  Policía  Judicial,  relativa  a  que  se desconoció su “integralidad”  porque  nunca  en  esas  charlas   mencionaron   a   su  representada  “como  responsable   de   la  conducta  atribuida,  o  como  miembro  de  organización  delincuencial alguna”.   

        La  inferencia que a juicio del casacionista surgía a partir de la  certificación  de  la  empresa  CEMEX –a  la  cual  Danilo  Bustos  Suárez le arrendó en 2006 más de 20  tractomulas—, es una más  de  las  conclusiones   probatorias  que  en  su  criterio  debió hacer el  juzgador.  Y  evidentemente no describe una equivocación probatoria o jurídica  en  la  que  se  haya  incurrido  en  la  sentencia,  como  igual  sucede con su  afirmación   consistente  en  que  la  acusada  desconocía  que  en  la  carga  transportada  en  uno  de  sus  camiones con destino a los Llanos Orientales fue  ocultada  cocaína  (se  le habría procesado por tráfico de estupefacientes de  haberse  establecido  su  compromiso) y con sus reparos a los estudios contables  con  fundamento  en  los  cuales  se  concluyó  que  ROSA  ELENA VANEGAS POVEDA  incrementó injustificadamente su patrimonio.   

        No  está  de  más advertir que la primera instancia se refirió a  cada  uno  de  los  bienes  que  ingresaron  al patrimonio de ROSA ELENA VANEGAS  POVEDA  a  partir  del  año  2000. Vale decir, 5 tractomulas, un apartamento en  Bogotá  y  una  casa-finca  en Melgar. En ese ejercicio analizó en detalle las  explicaciones  que  ella  dio  en  su  indagatoria  acerca  de la forma como los  adquirió,  los  testimonios  de  algunos  de  los vendedores, los documentos de  soporte  de  las  negociaciones  que  presentó  la  defensa y los gastos en que  debió  incurrir para el arreglo y adecuación de los vehículos de carga. Luego  de   ello,  el  despacho  judicial  concluyó  que  el  aumento  “abrupto”  del  capital  de  la  mujer  –en   menos   de   5  años—,      era  injustificado.  Es  manifiesto,  por  tanto,  que  los  estudios contables (cuya  legalidad  cuestiona  sin  desarrollo el censor) no fueron los únicos medios de  convicción que apoyaron esa deducción.   

        La  censura,  en fin, no pasa de una descalificación del análisis  probatorio  del  juzgador,  el  cual  le  parece  al  defensor,  en cuanto no es  coincidente  con  el suyo, contrario a los postulados de la sana crítica. Desde  luego,  conforme  a  lo  ya  dicho,  formuló tal aseveración sin precisar qué  regla  de  la  experiencia  en  concreto,  o  cuál  principio  de lógica o ley  científica,  vulneraron  las  instancias en la fundamentación probatoria de la  sentencia,  determinando  al  hacerlo  una  orientación equivocada de la misma.   

        En  razón  del  presente reproche, en consecuencia, no hay lugar a  la admisión de la demanda.   

Segundo  cargo. Violación indirecta de la  ley  sustancial  originada  en error de hecho por falso juicio de existencia por  suposición.            

        Ese  yerro  se  produce  cuando  el  juzgador  funda los hechos que  declara  probados  en  medios  de  prueba que no se encuentran en la actuación.  Lógicamente,  por  tanto, cuando se afirma su ocurrencia en casación, es deber  del  demandante  especificar las pruebas inventadas por el funcionario judicial,  qué  exactamente  derivó  de  ellas  y acreditar que sin la irregularidad otra  sería la orientación de la sentencia.   

        Claramente  el  abogado defensor incumplió dichas exigencias en el  presente  caso. En ningún momento especificó la prueba o pruebas supuestas por  las  instancias. Limitó sus reclamos, como en la censura anterior, a desaprobar  la  apreciación  probatoria  plasmada  en  la sentencia impugnada porque, en su  visión, la correcta era la suya.   

        Así  las  cosas,  criticó  inicialmente  que se concluyera que su  representada  incrementó  injustificadamente  su patrimonio sin “una   experticia   técnica  de  contabilidad  forense  debidamente  decretada,    practicada    e    incorporada    al    proceso    y   debidamente  trasladada”. Había señalado antes en el reproche,  que  dicho  elemento  del  delito  de  enriquecimiento  ilícito de particulares  debía  demostrarlo  el Estado “a través de informe  técnico idóneo”.   

        Se  puede  pensar,  con  lo  anterior,  que el profesional incluyó  nuevos  errores  en  la  censura.  En  concreto,  de derecho por falso juicio de  legalidad  y  por  falso  juicio  de  convicción. Desde luego, a primera vista,  improcedentes.  En el segundo evento, debido a que no existe una norma de tarifa  legal  conforme  a  la  cual  el incremento patrimonial injustificado sólo vale  probarlo  con  dictamen de experto. Y en el primero, porque en lugar de precisar  en  qué consistieron las faltas al debido proceso probatorio que conducirían a  estimar  inválido  el  peritaje  contable,  el  casacionista  se  dedicó fue a  criticar  al contador por no tener en cuenta que en una sociedad capitalista las  personas  no  se  enriquecen  sólo  con  recursos  provenientes  de actividades  ilícitas  y  por concluir, “sin pruebas”,  como  igual  lo  hizo el Tribunal, que la acusada incrementó  injustificadamente su patrimonio.   

        Las  instancias,  no  hay duda, fueron prolijas en la sustentación  probatoria  que  condujo  a  dar  por  demostrados  los elementos típicos de la  conducta   imputada.   Y  para  el  censor,  quien  dejó  al  margen  toda  esa  argumentación,  el  juzgador  se equivocó porque nada probaba en la actuación  que  el  aumento del capital de la sindicada derivaba de actividades de tráfico  de  estupefacientes  e  insumos  para  su  producción.  Le  asiste la razón al  letrado    –no    se  niega—  en  asegurar que  contra  su  asistida  no  existía  sentencia  condenatoria  en otro proceso por  ninguna  de  esas conductas y también en señalar que no obraban en el presente  asunto  pruebas  de que las cometió.  Por supuesto que así es y eso no lo  desconocieron  las  instancias.  De  lo  contrario,  ROSA  ELENA  VANEGAS POVEDA  habría tenido que responder por narcotráfico.   

        La  censura, en síntesis, no comprobó ningún error de juicio del  Tribunal  y  en razón de la misma, en consecuencia, no hay lugar a la admisión  de la demanda.   

Tercer cargo. Violación indirecta de la ley  sustancial  originada  en  error  de  hecho  por  falso juicio de existencia por  omisión.   

        Aparte  de  que  no es cierto que se hayan dejado de considerar las  pruebas  relacionadas  con  la adquisición de los vehículos de carga por parte  de  la  procesada,  según lo planteó el demandante en la censura, ésta quedó  apenas   en   el   señalamiento   de  la  omisión,  sin  acreditación  de  su  trascendencia.   

        La  primera  instancia,  como ya se dijo, examinó en detalle cómo  ROSA  ELENA  VANEGAS POVEDA construyó su patrimonio desde el 8 de mayo de 2000,  cuando  adquirió  su  primera  tractomula.  En la tarea examinó los documentos  asociados  a  la  compra de los bienes –en      especial     los     que     ella     presentó—, los testimonios de Héctor Quintín  Rincón  Cotrino,  Benjamín Oliveros Suárez, Timoleón Suescún Meneses y Juan  Manuel  Oliveros Rosas, la certificación expedida por CEMEX DE COLOMBIA S.A. el  29  de junio de 2010 y las intervenciones de la inculpada en la actuación, así  como  una declaración suya rendida ante la Fiscalía en un trámite orientado a  conseguir  la devolución de la tractomula CQN 838, incautada con cocaína en un  operativo de la Policía.   

        El  juez  del conocimiento, a la vez, examinó la afirmación de la  acusada  relativa  a que el contrato de compraventa del tractocamión UFP 446 se  deshizo  debido  a que el bien había sido mal importado y que, en consecuencia,  el  mismo  no  era  de su propiedad. Y concluyó tras el análisis probatorio de  rigor  que  la  procesada  mintió  sobre  ese  particular  para “verse  al  margen de dicho automotor” e  igual de Carlos Arturo Aponte Novoa, quien se lo vendió.   

        Para  la  Corte,  pues,  resulta  manifiesto  de conformidad con lo  precedente  que la omisión probatoria denunciada no tuvo ocurrencia. Los medios  de  prueba en los que se hizo recaer el error, en otras palabras, los contempló  el  juzgador  y  el  descontento  del demandante es en realidad con los alcances  dados  a  los  mismos  en  el  fallo, a los cuales claramente opuso aquellos que  desde  su  punto  de  vista han debido merecer, sin pasar en la propuesta por la  demostración  de alguna equivocación trascendente determinante del sentido del  pronunciamiento materia del recurso extraordinario de casación.   

        En  virtud  de  este  reproche,  entonces,  tampoco  hay lugar a la  admisión de la demanda.   

Cuarto cargo. Violación indirecta de la ley  sustancial    originada    en    error    de   hecho   por   falso   juicio   de  identidad.   

        En   este  reproche  la  defensa  no  hizo  más  que  insistir  en  argumentos  que  había  expresado  en  las  censuras anteriores. Y no cabe nada  distinto,  frente  a  ellos,  que  reiterar  afirmaciones  ya  realizadas en las  consideraciones de esta providencia.   

        No  discute  el  censor  que  uno  de los vehículos de carga de la  procesada  fue  inmovilizado por transportar un cargamento de cocaína hacia los  Llanos  Orientales.  Eso  significa que si así leyó el juzgador los relatos de  ella  y  del  testigo  Timoleón Suescún, según lo admite el recurrente, está  fuera  de  lugar  su  planteamiento  de  tergiversación probatoria, en realidad  limitado  a criticar a las instancias por pasar por alto que su representada era  solamente  la  propietaria del “cabezote”  de  la tractomula incautada y no de la carga enganchada a él,  respecto de la cual no le cabía ninguna responsabilidad.   

        Si  nunca  en  la  sentencia  se  dedujo  su compromiso penal en el  tráfico  de  la  cocaína,  claramente  se trata de un reparo incomprensible en  razón del cual no hay lugar a admitir la demanda.   

        Y  no cambia la conclusión anterior el segundo punto del cargo, en  el  cual  afirmó  el  recurrente  que  se  cercenó el contenido del informe de  Policía  Judicial  del  20  de  febrero  de  2010,  en  el cual se presentó el  análisis  del  resultado de las interceptaciones hechas a abonados telefónicos  de  “presuntos  miembros  de  la  organización  de  Danilo  Bustos  Suárez”. El abogado hizo consistir  la  equivocación  en  no tener en cuenta que en las conversaciones grabadas los  interlocutores    –sin  identificar— no hicieron  referencia  a  la  acusada. Los juzgadores nunca afirmaron lo contrario y en esa  medida  lejos se encuentra la crítica de acreditar el error de juicio enunciado  –o     cualquier  otro—  y  mucho menos su  trascendencia.   

Quinto cargo. Violación indirecta de la ley  sustancial  “por  desconocimiento  del in dubio pro  reo”.   

        Claramente,   en   esta  censura  final,  tampoco  el  casacionista  comprobó  alguna  irregularidad  de  la  sentencia  susceptible  de  examen  en  casación.   

        Si  su  idea es que las instancias declararon la existencia de duda  probatoria  para  condenar y aun así lo hicieron, contrariando la norma que les  imponía  resolver  la  incertidumbre a favor del acusado (violación directa de  la  ley  sustancial),  debía señalar los apartes pertinentes de fallo en donde  se  concluyó  de  esa  manera.  Lejos  estuvo,  sin  embargo,  de  cumplir  esa  obligación.  Se limitó el abogado simplemente a afirmar la presencia de dudas,  “en  la investigación”  y  “en  la  decisión”,  apoyando  la  conclusión  en  que  no  se dio a las pruebas el alcance que a su  juicio era el correcto.   

        Señaló,  por  ejemplo,  como ya lo había hecho al comienzo de la  demanda,      que      José      Alberto      Aponte     Novoa     –a   quien   la  defensa  nunca  pudo  interrogar—  no  debía  otorgársele   credibilidad,  que  los  miembros  de  la  Policía  Judicial  no  investigaron  bien  los  hechos  y  su  informe  (compuesto  de  “sospechas”,       “apreciaciones  subjetivas” y basado en  “chismes”  del testigo  Aponte  Novoa)  no  aportó nada a la investigación, que el informe contable no  podía    considerarse    prueba   técnica,   que   existían   “evidentes  contradicciones”  entre las  declaraciones  obrantes en el proceso y que en esas circunstancias se condenó a  su   asistida,  pese  a  contarse  dentro  del  expediente  con  “un      gran      cúmulo     de     pruebas     documentales     y  testimoniales”  que  acreditaban su “total  ajenidad” respecto de los hechos  que se le imputaron.   

        Claramente,  como  se  puede ver, es un discurso del defensor en el  que   deja  de  lado  mencionar,  enfrentar  y  controvertir  a  través  de  la  demostración  de  errores  de  juicio  en  su  construcción,  la  apreciación  probatoria de las instancias.   

Es  notable,  en  suma,  que  no procede la  admisión  de  la  demanda. Tampoco hay lugar a casar de oficio la sentencia, en  consideración   a   que   una  vez  revisada  la  actuación  no  se  evidencia  quebrantamiento   alguno   de   los   derechos   fundamentales  de  los  sujetos  procesales.   

En  virtud  de  lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia,   

RESUELVE:  

        INADMITIR   la   demanda  de  casación  presentada   por   el   defensor   de   la   procesada   ROSA   ELENA   VANEGAS  POVEDA.   

        Contra   esta   decisión  no  proceden  recursos.   

NOTIFÍQUESE Y CÚMPLASE.  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

FERNANDO      ALBERTO      CASTRO  CABALLERO   

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA    DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ  MUÑOZ   

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

NUBIA YOLANDA NOVA GARCÍA  

Secretaria     

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