AP2159-2014(43428)

2014

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

Magistrado Ponente  

AP2159-2014  

Radicación N° 43428.  

Aprobado acta No. 119.  

Bogotá,  D.C.,  treinta (30) de abril de dos  mil catorce (2014).   

Se  pronuncia la Corte sobre la admisibilidad  de   la   demanda   de  casación  presentada  por  el  defensor  de               los          acusados    JOSÉ  ANTONIO    MARTÍNEZ    TRIANA    y   ANUNSACIÓN1  CACHAY  BARAJAS,  en  contra de la sentencia de segunda instancia proferida por la  Sala   Penal  del  Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de  Santa   Rosa  de  Viterbo  (Boyacá),  el  16         de        mayo     de  2012,     mediante     la     cual    revocó    el    fallo    absolutorio   emitido  por  el  Juzgado  Segundo Penal del     Circuito    de    Sogamoso          (Boyacá),  el  22   de   junio   de  2010,  para  en  su  lugar  condenar   a   los   mencionados   procesados,   como  responsables     de  la     conducta     punible    de   homicidio   simple,  a la pena principal de 215   meses  de  prisión  y  a la sanción  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas    por   igual  término.   

HECHOS  

En     el     fallo     impugnado,    se   describen   de   la  siguiente              manera:   

“El 16 de mayo de 2009, a eso de las 5 de  la  tarde,  cuando  el  señor JUAN BAUTISTA MALDONADO se desplazaba en una mula  hacia  su casa, por el camino real que de la vereda Guayabal conduce a la vereda  La  Unión,  ambas  del municipio de Paya-Boyacá, al cruzar frente a la casa de  los  esposos  JOSÉ  ANTONIO MARTÍNEZ TRIANA Y ANUNCIACIÓN CACHAY, es agredido  verbal  y físicamente por éstos, quienes lo siguen insultándolo y lanzándole  piedras  y  amenazándolo  con  un  machete  que  llevaba ANUNCIACIÓN CACHAY y,  momentos  después, a muy corta distancia, en el mismo camino, el primero de los  nombrados  es  encontrado  muerto  a  consecuencia de heridas causadas con armas  corto-punzante y corto-contundente”.   

ACTUACIÓN PROCESAL RELEVANTE  

En        audiencias  preliminares  llevadas  a  cabo el 4 de noviembre de  2009     ante     el     Juzgado     Primero          Penal   Municipal   con  función  de  control  de  garantías  de  Sogamoso  (Boyacá),    se  legalizó  la  captura  de  JOSÉ  ANTONIO MARTÍNEZ TRIANA y ANUNSACIÓN CACHAY  BARAJAS2,             se            les    formuló    imputación  por  el        delito        de        homicidio  agravado,   y  se  les  aplicó  medida  de  aseguramiento  de  detención preventiva en establecimiento  carcelario.   

Como          los  procesados  no  aceptaron  dicho    cargo,    la    Fiscalía   presentó   escrito   acusatorio     el     2    de    diciembre   siguiente,   ratificando  que  se  procedía por el  ilícito  de  homicidio  agravado,   tipificado  en   los   artículos   103  y  104-7  del    Código    Penal,    en   concordancia   con   el  artículo 14 de la Ley 890 de 2004.   

La          fase  del  juicio  fue  asumida  por  el  Juzgado  Segundo          Penal    del    Circuito    de   esa   población,  despacho  que  luego de realizar las  audiencias       de       formulación      de      acusación      –el 29 de  enero  de  2010-,   preparatoria   –el           17        de        febrero  del  mismo año- y juicio oral  –en   sesiones   del  26,   27   y   28   de   abril   y   11   de   mayo  ulteriores-,  dictó   sentencia   el   22   de   junio  de esa anualidad, absolviendo a los  enjuiciados   MARTÍNEZ   TRIANA   y  CACHAY             BARAJAS3         por   la  conducta    punible    contenida    en    el    pliego    acusatorio.   

Apelada  la  absolución  por  el  representante  de la Fiscalía, la Sala Penal del Tribunal  Superior  de Santa Rosa de Viterbo la revocó, en decisión de segunda instancia  del  16  de  mayo  de  2012,  en  la  cual  consideró  que  el delito atribuido  correspondía  al  de  homicidio  simple.   Consecuente  con  ello,  le  impuso  a  los  incriminados  las  sanciones  reseñadas  en  la  parte  inicial  de  este  proveído  y  les negó  los  beneficios  sustitutivos   de   la  suspensión  condicional  de  la  ejecución  de  la  pena  y  prisión  domiciliaria,  disponiendo,  por  tanto, su captura inmediata.   

Luego  de  un  dilatado  trámite  en  la notificación  del  fallo  del  Ad quem,    el    defensor    de   los   acusados   interpuso    en    su    contra   el   recurso  extraordinario de casación.   

Presentada  la  correspondiente  demanda,  el proceso fue recibido en esta Corporación el 17 de  marzo de 2014.   

RESUMEN DE LA IMPUGNACIÓN  

Tras aludir a las conclusiones probatorias de  la  sentencia del Tribunal y consignar las propias, el defensor de JOSÉ ANTONIO  MARTÍNEZ  TRIANA y ANUNSACIÓN CACHAY BARAJAS postula dos censuras en contra de  la misma, las cuales desarrolla de la siguiente manera:   

Cargo primero: nulidad.  

Con fundamento en los artículos 181-2 y 457  de  la  Ley  906  de  2004,  el casacionista aduce que el fallo del Ad   quem  se  profirió  en  un  juicio  viciado  de  nulidad, por violación del derecho fundamental de defensa, lo cual  condujo  a  la  indebida  aplicación  del  artículo 103 del Código Penal y la  inaplicación del artículo 7° de aquella normatividad.   

En orden a fundamentar el reparo, cita normas  constitucionales,  instrumentos internacionales y precedentes de la Corte acerca  de  dicha  prerrogativa,  haciendo  énfasis en el concepto de defensa técnica.  Ello  como  preámbulo  para  denunciar que en este caso la defensa ejercida fue  pobre  y  ajena  a  lo que la jurisprudencia ha decantado, razón por la cual se  enmarca  dentro  de  las  irregularidades  que  por  falta  de  defensa técnica  configuran la causal de nulidad.   

Para el demandante, su antecesor desconoció  las  características  propias  de  su  labor en el sistema penal acusatorio, en  cuanto  a  los momentos de enunciar, pedir e introducir las pruebas, y practicar  los    interrogatorios   y   contrainterrogatorios,   es   decir,   “hubo  una  carencia  total  de  los  conocimientos básicos del  derecho   penal,   igualmente   de   elementales   conocimientos   de   medicina  legal”.   

Al  efecto,  ilustra sobre la actuación del  defensor  en las audiencias preparatoria y del juicio oral, criticando que en la  primera  haya  sido  confuso al manifestar atenerse a las pruebas pedidas por la  Fiscalía,  y  que  en  la  segunda  no  haya formulado preguntas ni ejercido el  contradictorio,   contando   con  elementos  para  ello,  como  las  entrevistas  previamente  recepcionadas  a  los  deponentes, quienes fueron contradictorios e  ineficaces,  al punto tal que el fallador de primer grado descartó la presencia  de  la certeza más allá de toda duda razonable acerca de la responsabilidad de  sus prohijados.   

Como si fuera poco, para el memorialista esa  deficiencia  en  la  defensa técnica es más evidente en la sustentación de la  apelación  de  la  sentencia  de  primera  instancia,  en  la  que  se advierte  “la falta de debate, la falta de controversia, una  conducta  prácticamente  silente de la defensa que llevo (sic) a que la última  y  única  impresión  que  quedara  en  el  juzgador  fue  el  argumento  de la  fiscalía”.   

Para demostrar su aserto, realiza una amplia  transcripción  de  las intervenciones del fiscal apelante y del defensor de los  acusados,  cuyas  alegaciones sintetiza en siete y seis puntos, respectivamente,  estimando  que  los  del  no recurrente no son argumentos eficaces, ni tienen la  capacidad de desvirtuar los del representante del ente instructor.   

En  opinión  del impugnante, el profesional  que  le  precedió  debió  demostrar  que la Fiscalía estaba tergiversando las  pruebas  y  omitiendo  las  entrevistas  de  José  Andrés  Malpica y Guillermo  Garcés,  medios  idóneos  para  ejercer la controversia. Es así como trasunta  ambos  elementos materiales probatorios, para seguidamente valorarlos y aseverar  que eran suficientes para derribar lo argumentado por el fiscal.   

En el mismo orden de ideas, sostiene que las  conclusiones  del  funcionario  instructor  en  lo  concerniente al arma con que  fueron  causadas  las  heridas, rompen elementales principios de medicina legal,  los  cuales  explica  para  ilustrar  en  qué  forma debió contraargumentar el  defensor.   

Para   terminar,   el  censor  repasa  las  irregularidades  en  que,  a su juicio, recayó el anterior defensor, con el fin  de  reiterar  “que  no  tuvo  un manejo probatorio  acertado”,   ni   “la  destreza  para  ubicar  el aspecto en un argumento que llevara a generar, por lo  menos,  duda”;  pide,  por  tanto, que se declare la  nulidad  por  falta  de  defensa,  “a partir de la  actuación   posterior   a   la   sentencia   de  primera  instancia”.   

Cargo      segundo:      violación  indirecta.   

El libelista se apoya en la causal tercera de  casación  para  acusar la providencia demandada de violar indirectamente la ley  sustancial,  a  causa  de errores de hecho en la apreciación de las pruebas, lo  cual  condujo  a  aplicar  indebidamente  el  artículo  103 del Código Penal e  inaplicar el artículo 7° del Código Procesal Penal de 2004.   

Específicamente, dice que en el análisis de  los  testimonios  de  Andrés  Malpica  y  Guillermo  Garcés, que como testigos  presenciales  son  la  base  de la sentencia, se incurrió en error de hecho por  falso  juicio de identidad, en la modalidad de cercenamiento, al solo tenerse en  cuenta  lo  afirmado por estos en el juicio, dejando de lado lo aseverado en sus  entrevistas.   

Así,  luego de transcribir en lo pertinente  las  declaraciones previas y las rendidas en el juicio oral, el actor insiste en  que  se  cercenó la prueba por eliminación de las entrevistas, pues, contrario  a  lo  que se dice en éstas, se concluyó que dichos testificantes presenciaron  cuando  los  procesados  disgustaron,  agredieron  y  persiguieron al occiso. El  falso  juicio de identidad se presenta, por consiguiente, al valorar testimonios  manifiestamente      contradictorios,      incluso     excluyentes     en     su  contenido.   

De igual modo, acusa al fallador de incurrir  en  falso juicio de existencia, al no apreciar el testimonio de Andrés Malpica,  cuando  se  exculpa  diciendo  que  él  no  tenía  armas  ni portaba cuchillo,  aseveraciones    hechas    sin    que    le    fueran    pedidas    –explicación  no  pedida,  acusación  manifiesta,  afirma-,  y  por  omitir  los  aspectos de las declaraciones de los  enjuiciados,  quienes afirman que Malpica pudo ser el autor de la muerte, debido  a  que  el  occiso  sacó  de su casa a la madre de aquél, despojándola de sus  propiedades personales y amenazándola con quemar el rancho.   

Lo anterior, para la defensa, es trascedente  porque   indican   al  testigo  Andrés  Malpica  como  posible  sospechoso  del  homicidio,  y si a ello se suma que su declaración y la de Guillermo Garcés no  presentan  la verdad de los hechos, una acertada valoración probatoria apunta a  “que     esta    incriminación    carece    de  prueba”.   

En  el  mismo orden de ideas, asegura que el  falso  juicio  de  existencia  también se materializó al tenerse en cuenta las  declaraciones  de  María  Malpica  Mendivelso,  Rosario  Cachay y María Amelia  Corredor  para  probar la conducta de los incriminados, pese a que no declararon  en el juicio.   

Por último, el casacionista vuelve a esbozar  un  falso  juicio de identidad por distorsión del dictamen del médico legista,  ya  que  aunque  afirma  categóricamente que las heridas causantes de la muerte  fueron  producidas  con  arma  corto-punzante  que  interesaron  tejidos blando,  pleura  y  lesionaron  corazón,  el  Tribunal  concluyó  que  las  heridas que  provocaron   el   deceso   fueron   realizadas   con   armas   corto-punzante  y  corto-contundente,  lo  cual  es  trascendente, puesto que si se dice que fueron  dos  las  armas  empleadas  y no una -cuchillo- como aparece en la pericia, ello  excluye  aún  más  la  posibilidad  de  que ANUNSACIÓN CACHAY hubiese sido la  autora de la lesión mortal.   

Los  yerros  de  hecho  denunciados, añade,  determinan  que  había  duda  frente  a  los  autores  del  homicidio,  lo cual  implicaba  aplicar  el  artículo 7° de la Ley 906 de 2004, pues, las restantes  declaraciones    recepcionadas,    vertidas   por   Aníbal   Quiquibe,   María  Chiquinquirá  Malpica  Mendivelso,  Aquilino  Corredor  y José Miguel Garcés,  apenas  aluden a la enemistad de los procesados con su vecinos y el occiso, pero  no  a la responsabilidad de aquellos, y además se desvirtúan con sus versiones  y la de Jorge Grimaldos.   

En   tales   condiciones,   solicita   el  memorialista  que se revoque la sentencia impugnada, para en su lugar absolver a  los          acusados         –preponderantemente   por   encima   del  reproche  por  nulidad,  de  prosperar-,  debido  a  que  no  se  desvirtuó la presunción de inocencia y en  aplicación del principio de la duda.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1. Cuestión previa.  

Siendo   evidente  que  el  defensor      desconoce  los requisitos de fundamentación exigidos para la admisibilidad  de  la  demanda  de  casación,  desde  ya  anuncia  la  Sala que inadmitirá la  misma.   

Pero, previamente a examinar las          censuras   que  presenta  en  contra  de  la  sentencia   demandada,   debe   reiterar   la  Corte  cómo, con el advenimiento de la Ley 906 de 2004, se  ha  buscado  resaltar  la  naturaleza de la casación en cuanto medio de control  constitucional  y  legal  habilitado  ya  de  manera  general  contra  todas las  sentencias  de  segunda  instancia  proferidas por los Tribunales, cuando quiera  que   se  adviertan  violaciones  que  afectan  garantías  de  las  partes,  en  seguimiento  de  lo  consagrado por el artículo 180 de la Ley 906 de 2004, así  redactado:   

“Finalidad. El  recurso  pretende  la  efectividad  del  derecho  material,  el  respeto  de las  garantías  de  los  intervinientes,  la reparación de los agravios inferidos a  estos, y la unificación de la jurisprudencia”.   

Precisamente,  en  aras de materializar el  cumplimiento  de  tan específicos intereses, la Ley 906 de 2004 dotó a la Sala  de  Casación  Penal  de la Corte Suprema de Justicia de una serie de facultades  realmente  especiales,  como lo hizo con aquella consagrada en el artículo 184,  a  saber,  la  potestad de “superar los defectos de  la   demanda   para   decidir  de  fondo”  en  las  condiciones  indicadas  en él, esto es, atendiendo a los fines de la casación,  fundamentación     de     los     mismos,     posición    del    censor  dentro   del   proceso   e  índole  de  la  controversia  planteada;  y  la referida en el artículo 191,  para  emitir  un  “fallo anticipado” en      aquellos      eventos  en  que  la  Sala  mayoritaria  lo  estime  necesario por  razones  de  interés  general,  anticipando  los  turnos  para  convocar  a  la  audiencia de sustentación y decisión.   

Es  necesario,  sin  embargo, inadmitir la  demanda  si,  como  postula  el  inciso segundo de aquél precepto: “el  demandante  carece  de  interés,  prescinde de señalar la  causal,  no  desarrolla  los  cargos de sustentación o cuando de su contexto se  advierta  fundadamente  que  no  se precisa del fallo para cumplir alguna de las  finalidades     del     recurso”    (CSJ  AP,  13 de julio de 2007, Rad. 27.737, y CSJ AP, 23 de julio  de 2007, Rad. 27.810).   

Atendidos estos criterios, ha señalado la  Corte:   

“De  allí que bajo la óptica del nuevo  sistema  procesal  penal, el libelo impugnatorio tampoco puede ser un escrito de  libre  elaboración,  en cuanto mediante su postulación el recurrente concita a  la  Corte  a  la  revisión del fallo de segunda instancia para verificar si fue  proferido o no conforme a la constitución y a la ley.   

Por lo tanto, sin perjuicio de la facultad  oficiosa  de  la  Corte  para prescindir de los defectos formales de una demanda  cuando  advierta la posible violación de garantías de los sujetos procesales o  de  los  intervinientes, de manera general, frente a las condiciones mínimas de  admisibilidad, se pueden deducir las siguientes:   

1. Acreditación del agravio a los derechos  o garantías fundamentales producido con la sentencia demandada;   

2. Señalamiento de la causal de casación,  a  través  de  la  cual  se  deja evidente tal afectación, con la consiguiente  observancia  de los parámetros lógicos, argumentales y de postulación propios  del motivo casacional postulado;   

3.  Determinación  de la necesariedad del  fallo  de  casación  para alcanzar alguna de las finalidades señaladas para el  recurso en el ya citado artículo 180 de la Ley 906 de 2004.   

De  otro  lado,  con  referencia  a  las  taxativas  causales  de  casación  señaladas  en  el  artículo  181 del nuevo  Código, se tiene dicho que:   

a)  La  de  su  numeral  1º  –falta      de      aplicación,  interpretación  errónea,  o  aplicación  indebida  de una norma del bloque de  constitucionalidad,  constitucional  o legal, llamada a regular el caso-, recoge  los  supuestos  de  la  que  se  ha  llamado  a  lo largo de la doctrina de esta  Corporación como violación directa de la ley material.   

b)   La  del  numeral  2º  consagra  el  tradicional   motivo   de  nulidad  por  errores  in  iudicando,  por  cuanto  permite  el  ataque  si  se  desconoce  el  debido proceso por afectación sustancial de su estructura (yerro  de  estructura)  o  de  la garantía debida a cualquiera de las partes (yerro de  garantía).   

En tal caso, debe tenerse en cuenta que las  causales  de nulidad son taxativas y que la denuncia bien sea de la vulneración  del  debido  proceso  o  de  las  garantías,  exige  clara  y  precisas  pautas  demostrativas.   

Del  mismo  modo, bajo la orientación de  tal  causal  puede  postularse  el  desconocimiento del principio de congruencia  entre acusación y sentencia.   

c) Finalmente, la del numeral 3º se ocupa  de  la  denominada  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  –manifiesto  desconocimiento  de las  reglas  de  producción  y apreciación de la prueba sobre la cual se ha fundado  la  sentencia-;  desconocer  las  reglas  de  producción alude a los errores de  derecho  que  se  manifiestan  por  los falsos juicios de legalidad –práctica  o  incorporación de las  pruebas   sin  observancia  de  los  requisitos  contemplados  en  la  ley-,  o,  excepcionalmente   por   falso   juicio   de   convicción,   mientras   que  el  desconocimiento  de  las reglas de apreciación hace referencia a los errores de  hecho   que   surgen   a  través  del  falso  juicio  de  identidad          –distorsión  o  alteración  de  la  expresión  fáctica  del  elemento  probatorio-, del falso juicio de existencia  –declarar  un  hecho  probado  con  base  en  una  prueba  inexistente u omitir la apreciación de una  allegada  de  manera  válida  al  proceso-  y del falso raciocinio –fijación  de  premisas ilógicas o  irrazonables    por    desconocimiento    de    las    pautas    de    la   sana  crítica-.   

La  invocación  de  cualquiera  de estos  errores  exige  que  el  cargo  se  desarrolle conforme a las directrices que de  antaño  ha desarrollado la Sala, en especial, aquella que hace relación con la  trascendencia  del  error,  es  decir,  que  el mismo fue determinante del fallo  censurado”.   

Establecidas  las  premisas  básicas  de  evaluación,    abordará    la    Sala    el   estudio   de   la   demanda   de  casación.   

2. El caso concreto.  

De acuerdo con los referentes normativos y  jurisprudenciales  que  vienen  de reseñarse, advierte la Sala varias falencias  en  el  escrito objeto de  estudio,   las   cuales   dan  al  traste  con  la  pretensión  casacional  del  libelista.   

Para empezar, se abstiene de concretar  cuál  es  la finalidad del  recurso  en los términos del artículo 180 de la Ley 906 de 2004, circunstancia  que  por  sí  sola amerita el rechazo de la demanda, la cual carece de los más  elementales  rudimentos  de  fundamentación,  constituyendo  en la práctica un  simple  alegato  de  instancia,  completamente ajeno a la sede casacional, en el  cual  pretende  entronizar  su  particular visión, obviamente interesada, de lo  que  estima violatorio de garantías fundamentales o  ajeno  a  lo  que  la  norma  sustancial  consagra,  absteniéndose de desarrollar una verdadera crítica.   

Al efecto, era absolutamente necesario que  explicara,  en acápite separado, qué pretendía con el recurso extraordinario,  esto  es,  si  la efectividad del derecho material, el respeto de las garantías  de  los  intervinientes,  la reparación de los agravios inferidos a estos, o la  unificación de la jurisprudencia.   

Una declaración en tal sentido brilla por  su  ausencia,  pues,  era menester que explicara las  razones  que  determinan  la  necesariedad  del fallo de casación para alcanzar  alguna  de las finalidades señaladas para el recurso, de acuerdo con el aludido  precepto.   

Sin   duda   alguna,   el  actor  desconoce  que  a  esta  sede  llega  la  sentencia  prevalida   de   una   doble   condición  de  acierto  y  legalidad,  que  para  desarticularla,      tal      como      se     expresa     en     sus         reproches,  es  necesario  que  compruebe  la  existencia  de  un  yerro  sustancial con virtualidad de socavar la decisión ya  adoptada,  y  que  fundamente  el  cargo  de  manera  tal que a simple vista sea  perceptible  el motivo por el cual resulta inexorable la casación deprecada, lo  que     no     sucede    en    este    evento,    pues,    examinadas            las          censuras,          éstas    también    adolecen de crasos yerros en su postulación,  al  punto  de  impedir  conocer  de  la Corte cuál en concreto es la violación  trascendente  que  se reputa en las providencias de las instancias. En efecto,   

2.1.  Cargo       primero:       nulidad.   

El casacionista  alega  la nulidad por violación del derecho a la defensa técnica, cuestionando  severamente  el papel observado por su antecesor en las audiencias preparatoria,  juicio    oral    y   de   argumentación   ante   el   Tribunal,   determinando    que   desconoce   las  características      propias     del    ejercicio    defensivo  en  el  sistema  penal      acusatorio,     asi  como  conocimientos  básicos  del  derecho  penal y medicina  legal.   

En    tal    medida,    ilustra  sobre  la  forma cómo hubiera  desplegado ese derecho en  lo  que  concierne  a  la fundamentación      de      las     peticiones  probatorias  y la forma de realizar el contradictorio  en     el     juicio     oral,     asi     como     lo     que     habría  planteado para controvertir el  alegato  del  fiscal cuando sustentó la apelación  del      fallo  absolutorio.   

Incluso, presenta sus propias conclusiones  respecto  de  la  prueba testimonial y pericial que estima erradamente valorada,  con  el  fin  de  sostener  que  hubiese  podido  llevar  a cabo un manejo probatorio acertado y que contaba  con  la destreza suficiente como para generar la duda y lograr la convalidación  del proveído de primer grado.   

Claro está, a la hora de peticionar desde  que  momento  procede  la invalidación, incurre en un contrasentido, puesto que  sugiere   que   se   decrete  desde  “la   actuación   posterior   a  la  sentencia  de  primera      instancia”,  dejando  de  lado  que  varias  de  las  irregularidades      que      denuncia      se     suscitaron  en  las    audiencias  preparatoria   y   del   juicio   oral,   lo   cual  implicaría        necesariamente,  de  ser  ciertas,   que   deba  anularse  desde  ese estadio procesal, pues, hacerlo  desde   el   fallo   del  juzgado  de  conocimiento, como  lo      indica,     dejaría     incólumes         esos   yerros   anteriores  que        con        tanta        vehemencia        postula.   

Al  margen  de  ello,  ya  frente  a  la  crítica  que  hace,  basta  decir que no le asiste la  razón.   

En  efecto, es  claro   que   en   las   diferentes   denuncias   que   hace   el   demandante,   además  de  partir  de  apreciaciones  eminentemente  subjetivas,  dejó  huérfana  de trascendencia la  definición  de  los yerros, pues, este aspecto no se suple simplemente  afirmando  que  lo  actuado en las  instancias  tuvo  efectos negativos que se traducen en una decisión de condena,  sustentándolos  a partir de discursos genéricos sobre garantías fundamentales  y  descalificando  la  actuación  de sus        predecesores, creyendo erradamente que la única  estrategia    defensiva    que   debió   seguirse   es   la   que   actualmente  propone.   

Pues  bien, frente a lo denunciado por el  memorialista,    un  detallado  recorrido  por  los diferentes cuestionamientos, permite advertir que  si  bien  busca  acomodar  sus  críticas  a  los rigores argumentales y lógico  jurídicos  que  gobiernan  el  mecanismo  casacional,  finalmente ningún yerro  ostensible   en   el   fallo  propone,  limitándose  a  exponer  su  particular  interpretación  de  lo ocurrido en el trámite procesal, razón suficiente para  que su pretensión sea desechada.   

En  punto de nulidades ocasionadas por la  presunta  violación  al  derecho de defensa generada en la supuesta inactividad  del  sujeto procesal, ha sido bastante prolífica la producción jurisprudencial  de   la  Corte  en  un  tema  de  suyo  subjetivo  que  dice  relación  con  la  independencia  y  autonomía  propias  del  profesional  del  derecho  en la que  entiende  la  mejor  manera de afrontar la estrategia defensiva, cuando claro se  halla  que  en este tipo de tópicos no existen verdades reveladas ni mecanismos  únicos  y  es  precisamente la particularidad de cada caso el factor a examinar  para  definir  si  hubo  o  no comportamiento negligente u omisivo y, a renglón  seguido,  si esta falta de actividad tuvo efectos trascendentes que perjudicaron  la  condición  sub iudice  del vinculado penalmente.   

En efecto, sobre el particular   esto  ha  señalado  reiteradamente  la Corte:   

«Tantas como  abogados  hay, pueden ser las estrategias defensivas pasibles de hacer operar en  el  proceso  penal  y  ninguna  de ellas debe ser descalificada de antemano solo  porque  el  observador  externo tenga una diferente óptica acerca de cómo pudo  desarrollarse la labor en pro de la persona vinculada al proceso.   

Y,  claro,  ya  “ex  post”, cuando se  conoce  que  la  justicia ha fallado adversamente a los intereses del procesado,  emitiendo   sentencia   de  condena,  siempre  será  posible  aventurar  muchas  hipótesis  que  de  manera  más  o  menos  elaborada  indiquen  factible haber  cambiado el curso de los hechos a favor del condenado.   

Pero,  desde  luego,  no pueden ser estas  lucubraciones  el factor que soporte la existencia del vicio hecho radicar en la  ausencia  de  defensa  técnica,  cuando  claro  se tiene que la tarea defensiva  opera de medio y no de resultado.   

En  consideración a ello, del demandante  en  casación  se  reclama,  para  que su postulación por la vía de la nulidad  radicada  en  la  falta  de  defensa  técnica  tenga  buena  fortuna,  precisar  adecuadamente  los  hechos,  acorde con lo que el expediente informa, y a partir  de   allí   determinar  de  manera  objetiva  no  solo  el  comportamiento  del  profesional  del  derecho  que  se  estima lesivo a los intereses del procesado,  explicando  por  qué  dentro  del  contexto  concreto  de  lo  habilitado en el  expediente  era  otra la actividad que debía esperarse, sino los efectos que la  omisión  o  mala  praxis  tuvieron  respecto  de  la  condición particular del  procesado,  a la manera de entender que de haberse actuado como el recurrente lo  postula,  otra,  bastante más favorable, hubiese sido la suerte de su protegido  legal» (Entre otros, CSJ  AP,  20  feb.  2008, Rad. 29029; CJS AP, 9 jun. 2008, Rad. 29480; CSJ AP, 1 feb.  2012,  Rad.  38132;  CSJ AP, 31 oct. 2012, Rad. 39762; CSJ, 28 agosto 2013, Rad.  39591;     y     CSJ     AP,    9    oct.    2013,    Rad.    42247).   

Para  el caso concreto, la Sala halla que  el  impugnante  pasó por  alto  en  su  argumentación  tan elementales principios de fundamentación, sin  que  sean  de  recibo las explicaciones entregadas para obviar la sustentación,  basadas   genéricamente   en   el   desconocimiento  jurídico  y  la  inactividad  de  los  defensores a  partir  de lo que él hubiera hecho, por la potísima razón de que en el asunto  analizado  sí  se  ha  demostrado  que  hubo defensa  técnica         idónea         –en   su   mayoría   de  carácter  convencional,   designada   directamente  por  el  imputado-  que  siempre  estuvo  presente  en  el  trámite  y  desplegó una  intensa labor defensiva.   

Sumado    a    ello,    las            supuestas  irregularidades  que formula  el  recurrente  no  son  tales,   ni  tienen  la  virtualidad     de     socavar    la    estructura  procesal.   

Efectivamente,  basta     una     revisión    objetiva    a    la  actuación                –audios    y    actas-,    incluso  confirmando  dicha  información  con  lo consignado en la demanda de casación,  para   verificar   que  en  la  audiencia  preparatoria  ninguna  garantía  fue  desconocida.   

En    esa   ocasión,   quien  entonces fungía como defensor de  los  acusados  MARTÍNEZ  TRIANA y CACHAY  BARAJAS  desplegó  una intensa actividad probatoria  que  empezó  a  verse reflejada con los elementos  de  juicio  cuya  práctica  solicitó       a       la      jueza   de   conocimiento,   pues,    pidió    como   suyos   los  testimonios  de  la  Fiscalía,  lo  cual  es  ahora  objeto  de  reproche  por  parte  del  recurrente,  desconociendo  éste  que  acorde  con  lo  decantado  por  esta  Sala, ello es posible siempre y cuando se  señale  debidamente  el objeto de los mismos, de cara a la demostración de una  teoría del caso en particular.   

Adicionalmente,      el  encargado  de la defensa de los incriminados ofreció y pidió  las declaraciones de estos.   

Luego,  si  el  juzgado  de  conocimiento  aceptó  las  solicitudes  probatorias  del defensor, no ofrece mayor dificultad  colegir  que  fue  debido a que expuso acertadamente las razones de conducencia,  pertinencia  y  utilidad,  encaminadas  a  sustentar una determinada teoría del  caso.   De   ahí   que  aseverar, como lo hace el  censor,  que   su   antecesor  no  tenía  claros  los   motivos  por  los  cuales     deprecó     sus     propias  pruebas,  sería  desconocer  una  decisión  judicial  que las  avala,  en  la  medida en que se justificó de manera  clara y suficiente su procedencia.   

De  otro  lado,  tampoco  merece  ningún  reparo  la actuación del defensor en la audiencia del juicio oral, dado que, se  advierte  no  solo que presentó alegato de apertura en el que expuso su teoría  del  caso,  sino  también  que realizó una  intervención  activa  en la práctica probatoria, de la cual  no  puede  desdecirse por el hecho que quien ahora cumple con ese rol en sede de  casación,  indique  cómo  hubiera  dirigido  el contradictorio y encausado los  interrogatorios   y   contrainterrogatorios,   de   una   manera   completamente  diferente.   

Como  si  fuera poco, fiel reflejo de esa  activa  intervención de  la  defensa  en la audiencia del juicio oral también queda de manifiesto con su  petición,  al  finalizar la práctica de pruebas, de absolución perentoria, la  que  si  bien  fue  negada en el acto por la jueza de conocimiento, por lo menos  permite  reforzar  que  la  actuación  del  entonces  defensor  no  reviste  la  pasividad que ahora quiere hacerle ver su sucesor.   

Y si finalmente fue la teoría del caso de  la  defensa  la  que  salió avante en primera instancia, en la medida en que el  juzgado  penal  del  circuito  reconoció  la  duda probatoria y absolvió a los  acusados,  resulta un contrasentido que el casacionista alegue ahora la falta de  defensa  técnica  y  sugiera  cómo  la hubiese desplegado, cuando el resultado  esperado, por lo menos para ese momento, fue óptimo.   

Finalmente,  tampoco  encuentra  la Corte  deficiencias  en  la  intervención  de la  defensa,   como   no  recurrente,  en  la  audiencia  de argumentación oral cuando el fiscal del caso  apeló la decisión absolutoria.   

En  efecto,  si  bien es cierto que dicha  alegación  no se caracteriza propiamente porque se haya dedicado a controvertir  los  argumentos  probatorios del representante de la Fiscalía, por lo menos sí  constituye      una      defensa      vehemente     y     seria     de   las   conclusiones   probatorias  contenidas  en  el  fallo  atacado.  Se  trata  de  una  estrategia válida y no  descalificable,  en  la  que  se optó legítimamente  por  refrendar  la  duda  probatoria  declarada  en  primera  instancia, abogándose en todo momento por la aplicación del principio  del      in     dubio     pro     reo.   

En   suma,   como   las   denunciadas  irregularidades  en el ejercicio de la defensa técnica nunca se presentaron, la  censura será rechazada.   

2.2.    Cargo   segundo:   violación  indirecta.   

El  demandante  plantea varios errores de  hecho   en   el   examen   probatorio,   que   pueden   sintetizarse   de   esta  forma:   

Falsos          juicios   de   identidad  por  (i)  cercenamiento,  debido  a  que el  Tribunal  solo  tuvo  en  cuenta lo declarado en el juicio oral por los testigos  Andrés  Malpica  y  Guillermo Garcés, dejando de lado lo testificado por ellos  en  sus  entrevistas  en  sentido     contrario;    y    por    (ii)  distorsión,  ya  que si bien un  dictamen  médico  legal conceptúa que las heridas mortales fueron causadas con  arma     corto-punzante,     el     fallador     también     alude    a    arma  corto-contundente.   

Y,  falsos  juicios  de  existencia  por  omisión,     ya     que     no     se     tuvo     en    cuenta    (i)   lo   declarado  por  el  citado  Malpica,  en  los apartados en que sospechosamente se excusa del hecho indicando  que   no   portaba   armas,   ni   (ii)  lo  aseverado por los procesados, quienes afirmaron que él pudo  ser  el autor de la muerte, ya que previamente su familia tuvo conflictos con el  occiso.  También,  (iii)  porque  se  tuvieron  en  cuenta las declaraciones de María Malpica Mendivelso,  Rosario  Cachay  y  María  Amelia  Corredor  para  probar  la  conducta  de los  incriminados,  pese  a  que  no declararon en el juicio, agregando más adelante  que  se  allegaron  otras que apenas aluden a la enemistad de los procesados con  sus  vecinos  y  la  víctima, las cuales además de haber sido desvirtuadas por  ellos mismos y Jorge Grimaldos, no atañen a su responsabilidad.   

Ahora  bien,  con  relación a los falsos  juicios  de  identidad, basta decir que el cercenamiento y la distorsión que se  denuncian, nunca se presentaron.   

A   dichas  conclusiones      llegó     el     memorialista  luego  de  realizar su propio estudio  probatorio,  en  el  que  tuvo en cuenta  lo  declarado  por  los  testigos  Andrés  Malpica  y Guillermo  Garcés,  tanto  en  el juicio oral como en las entrevistas, y lo conceptuado en  un   dictamen   –que  nunca  identifica  debidamente-  en  el  que  se alude a una clase de arma, si bien el juzgador refiere dos tipos  diferentes.   

Pues bien, no se incurre en cercenamiento  por  el  simple  hecho  que  el  fallador, frente a dos elementos de convicción  contradictorios,  haya  optado por uno de ellos. Así  postulado   el  cargo,  está  claro  que  lo  pretendido  por  el  impugnante   es   abrir   un  espacio  procesal  semejante  al  de  las instancias para prolongar el debate respecto de  los  puntos  que  han  sido  materia  de  controversia. Su propuesta, totalmente  desprovista  de rigor, desconoce que debe sujetarse a las causales taxativamente  señaladas en el ordenamiento procesal y  con  observancia de los presupuestos de lógica y argumentación  inherentes a cada motivo de impugnación.   

En  este  orden de ideas, tiénese que el  recurrente aduce un falso  juicio  de  identidad  respecto  de  los         testimonios   de   Andrés  Malpica  y  Guillermo  Garcés,   a   efecto   de  cuya  acreditación  le  correspondía   referir   objetiva  y  fielmente  el  contenido      de      esos     medios     de    prueba    para    luego  confrontarlos  con  el  contendido  atribuido por el fallador en la providencia atacada, y de esa manera  evidenciar  que  en  tal labor contemplativa le recortaron apartes trascendentes  -falso  juicio  de  identidad  por  cercenamiento-,  o  le agregaron situaciones  fácticas  ajenas  a  su  texto  -falso  juicio  de  identidad  por adición-, o  tergiversaron   el  significado  de  su  expresión  literal  -falso  juicio  de  identidad  por  distorsión-,  luego  de  lo  cual  era  perentorio  intentar un  ejercicio  dialéctico  encaminado  a  mostrar la trascendencia del vicio, en la  medida  en  que  al  apreciar tal prueba depurada del yerro, en conjunto con los  demás  elementos  de  persuasión  y  con sujeción a los postulados de la sana  crítica,  la  conclusión  jurídica  que se imponía era diversa y favorable a  los  intereses  representados  por el defensor (entre  otros,  CSJ  AP,  15 agosto 2010, Rad. 24435; CSJ AP, 3 jul. 2013, Rad. 41437; y  CSJ AP, 28 agosto 2013, Rad. 41738).   

Una  disertación semejante a la esbozada  no  se  aprecia  en  parte  alguna  de  la  demanda,  limitándose  el  libelista a destacar los aspectos contradictorios que advierte  entre   lo   declarado   previamente   y  lo  testificado  en  el  juicio  oral,  desconociendo,  acorde  con las características básicas del sistema acusatorio  penal  que  con  tanto ahínco defendió en el primer reproche, que prueba es la  que  se  practica  e incorpora en el juicio oral, por manera que las entrevistas  anteriores   apenas  cumplen  la  finalidad  de  refrescar  memoria  o  impugnar  credibilidad.   

En esa medida, la actuación del juzgador  no  podía ser más válida y legítima, cuando en el examen probatorio y frente  a  dos  declaraciones  diferentes,  optó  por  las  vertidas en el juicio oral,  en  la  que  los  testimonios  se  allegaron  con la  observancia     de  todas           las          formalidades     legales.   De   ahí   que   ningún   reparo  encuentra  la  Sala  si  frente  a  dos relatos contradictorios, se acoge uno de ellos, sobre todo cuando  se consignan suficientes razones para justificar la decisión.   

Por lo demás, si en el acta de necropsia  conceptúa  el  médico forense que “se trata de un  hombre  adulto mayor de 48 años de edad, identificado, campesino, quien el día  16  de  mayo de 2009 a las 17:00 horas presenta heridas con arma cortopunzante y  cortante    o   cortocontundente”,   en   ninguna  distorsión  incurrió  el  Tribunal  cuando  alude  al  empleo  de dos armas de  naturaleza  diferente  en los hechos sangrientos, independientemente de que solo  con una de ellas se hayan causado las heridas mortales.   

De    otra    parte,    los   falsos   juicios  de  existencia  que   por   omisión   y   suposición  plantea  el  censor,  tampoco tienen  asidero.   

Recuérdese     que    incurre  en  falso  juicio  de  existencia  el  fallador que omite  apreciar  el  contenido  de  una  prueba  legalmente  aportada al proceso (falso  juicio   de   existencia  por  omisión),  o  cuando,  por  el  contrario,  hace  precisiones  fácticas  a  partir  de un medio de convicción que no forma parte  del  proceso,  o  que  no pertenecen a ninguno de los allegados (falso juicio de  existencia por suposición).   

En el falso juicio de existencia, el error  de  hecho, por ser protuberante, suele descubrirse con un examen sencillo de las  actuaciones,  o  con la confrontación directa y física del acopio probatorio y  las  motivaciones  del  fallo.  Lo esencial es que se verifique que el análisis  excluyó  el  elemento probatorio o el hecho que contiene. Es decir, el yerro no  se  concreta  si en la sentencia, pese a no mencionarse de modo expreso el medio  de  convicción, se aborda su contenido, se valora el hecho que revela y se fija  su  alcance suasorio (entre otros, CSJ AP, 27 de feb.  2013, Rad. 40585 y CSJ AP, 18 dic. 2013, Rad. 42855).   

Para  su fundamentación, ha señalado la  Corte   que  es  deber  del  libelista  concretar  en  qué  parte del expediente se ubica la prueba, qué  objetivamente  se  establece  en  ella,  cuál  es el mérito que le corresponde  siguiendo  los postulados de la sana crítica y cómo su estimación conjunta en  el  arsenal  probatorio  que  integra  la  actuación,  da  lugar  a  variar las  conclusiones  del  fallo  y,  por  tanto,  modificar  la  parte resolutiva de la  sentencia   objeto  de  impugnación  extraordinaria  (entre  otros,  CSJ AP, 26  de  jun.  2002,       Rad.       11451;  CSJ  AP,  22  jul. 2010,      Rad.      34367;       y       CSJ    AP,    28   de   agosto   2013,   Rad.   41759).   

Nada   de  ello  hizo  el  actor,  quien  simplemente  se  limita a mencionar los apartados que estima ignorados de  las  testificaciones   de   Andrés   Malpica   y  los  procesados,  pero  se  abstiene  de  mencionar  cuál  es el mérito que les  corresponde  siguiendo  los  postulados  de  la  sana  crítica, ya que aventura  conclusiones  sin  un análisis previo en el que sustente debidamente las reglas  de  la experiencia, los postulados de la lógica o las leyes científicas que se  desconocieron  en  este evento, para luego de ello enseñar cómo su estimación  conjunta  en  el arsenal probatorio que integra la actuación, da lugar a variar  las   conclusiones   del   fallo   y   mutarlo  favorable  a  los  intereses  de  sus  representados. Para ello,  debió  sopesar,  como  lo  hizo  el Tribunal, las pruebas que fueron tenidas en  cuenta   para   deducir   la   responsabilidad   de  los          acusados.   

De    todos    modos,    no  es  que  lo echado de menos por la defensa haya sido soslayado  por  el  Tribunal;  simplemente  se  trata  de  una  versión a la que no le dio  crédito,  puesto que del exhaustivo examen realizado, concluyó que los autores  del  homicidio  investigado  no  fueron  otros  que  los  hoy enjuiciados, cuyas  explicaciones  –véase  el fallo- tildó de mentirosas.   

Por          último,  como  las críticas que hace  frente  al  sustento  probatorio  de  la  conducta  de  los  procesados,  no las  desarrolla,  la  Corte,  por  sustracción de materia, no ahondará sobre ellas,  pues,   basta   revisar   el   libelo   para  determinar  que  se  trata  de  un  cuestionamiento  abstracto  a lo analizado y resuelto  por   el   fallador,   sin   transmitir  la  argumentación  contenida  en  su providencia, privando a la  Corte  de conocer los razonamientos completos en los cuales se hace el análisis  referente  a  esa  circunstancia  y su incidencia en  la   definición   de  la   existencia   de   la  conducta  punible  y  la  responsabilidad   de  los  incriminados,  lo  cual  era  imprescindible  para  determinar  la base de sus  conclusiones    y    verificar    efectivamente   si   hubo   una   suposición  o  si  se  trata  de  una  valoración  errada,  en  cuyo evento estaríamos frente a un error de hecho por  falso raciocinio.   

En síntesis, los evidentes desaciertos de  fundamentación  conducen,  indefectiblemente,  al  rechazo del cargo fundado en  supuestos errores en la apreciación probatoria.   

2.3.  Precisiones finales.   

Como consecuencia de lo antes expuesto, la  Corte  inadmitirá  la  demanda  de  casación  presentada por el defensor de  los  acusados  JOSÉ  ANTONIO  MARTÍNEZ  TRIANA  y  ANUNSACIÓN    CACHAY   BARAJAS,   no   sin   antes  advertir  que revisada la  actuación  en  lo  pertinente,  no  se  observó  la  presencia de alguna   de  las  hipótesis  que  le  permitirían  superar  sus defectos para decidir de fondo, de conformidad con el  artículo 184 de la Ley 906 de 2004.   

Resta  anotar,  que  en  contra  de  este  proveído  procede  el  mecanismo de insistencia, en  los   términos   ampliamente   decantados   por  la  jurisprudencia     de     la     Sala.   

DECISIÓN  

En  mérito de  lo  expuesto,  la  Corte  Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal,   

RESUELVE  

1.  INADMITIR  la  demanda  de casación presentada por el defensor de los procesados JOSÉ ANTONIO  MARTÍNEZ   TRIANA   y   ANUNSACIÓN  CACHAY  BARAJAS,  en  seguimiento  de  las  motivaciones plasmadas en el cuerpo de este proveído.   

2. De conformidad  con  lo  dispuesto  en  el  artículo 184 de la Ley 906 de 2004, es facultad del  actor elevar petición de insistencia.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO  

JOSÉ LUIS BARCELÓ CAMACHO  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ  

EUGENIO FERNÁNDEZ CARLIER  

MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ MUÑOZ  

GUSTAVO ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ  

EYDER PATIÑO CABRERA  

PATRICIA SALAZAR CUÉLLAR  

LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO  

Nubia Yolanda Nova García  

Secretaria    

1  No  ANUNCIACIÓN,    como  erradamente   se   le   refiere   en  múltiples  actuaciones  a  lo  largo  del  trámite.   

2  La  cual  había  sido  ordenada  por  el  mismo  despacho,  en diligencia reservada  celebrada el 23 de octubre anterior.   

3  Quienes en razón de ello recobraron su libertad.     

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