39023(16-10-13)

2013

Asistente Jurídico Inteligente

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    CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA  DE  CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente  

JOSÉ   LUIS  BARCELÓ CAMACHO   

Aprobado  acta N°  343   

Bogotá,  D.  C.,  dieciséis (16)  de  octubre  de dos mil doce (2013).   

V    I   S   T   O  S   

La  Corte resuelve  el  recurso  de  casación formulado por el  defensor  del procesado Geison Zabala  Ortiz  contra  el  fallo del 24 de noviembre de 2011,  por  medio  del cual el Juzgado 6º Penal del Circuito  de   Cali   revocó   la  absolución  impartida  en primera instancia y, en su  lugar,   condenó   al   mencionado  por  el  delito  de lesiones personales culposas.   

H E C H O S  

La  noche del 5 de diciembre de 2005, en el  cruce   de   Calle   25   con  carrera  122  de  Cali,  se  suscitó     una     colisión    entre    el  automóvil Mazda de placa JUH-636, conducido de sur a  norte,   en   dirección   de   Jamundí   a   Cali,  por  el  señor     Carlos    Eduardo    Velásquez  García  y la volqueta Chevrolet de placa VBI-955, al  mando    de    Geison    Zabala   Ortiz,        quien        transitaba  en sentido contrario y, al momento del choque, en medio  de  condiciones  climáticas y de luminosidad adversas  y  el  mal  funcionamiento  de  un  semáforo,  tomaba  el cruce hacia su izquierda en dirección     a    Puerto    Tejada,    resultando    con    lesiones    de  consideración      el     primero     de     los  nombrados.      

ANTECEDENTES  PROCESALES  

1.  La  remisión  del  informe policial de accidente de tránsito  con  destino  a  la  fiscalía por  parte      de      la      Secretaría de Tránsito  y  Transporte de Cali, así como las demás    pruebas    recaudadas    en    la    investigación   previa   y   la   instrucción,  le  permitieron  a  la Fiscalía  Local    32    de    la   mencionada   ciudad,   luego   de   escuchar  en  indagatoria  al  investigado  y  admitir  la  demanda  de  constitución de parte civil  mediante   resolución  del  3  de  abril  de  2006,  calificar    el    mérito    del    sumario    con  preclusión    a    favor   de    Geison    Zabala    Ortiz.         Apelada        dicha  determinación   por   el  apoderado  de  la  parte  civil,  fue revocada por la  Fiscalía 1ª    Delegada    ante    el   Tribunal   Superior   de   Cali,   en  decisión  de  segunda instancia del 10 de diciembre  de    20081,  mediante  la cual acusó    a   Zabala   Ortiz   como   autor   del   delito   de   lesiones  personales  culposas.   

La  causa  fue adelantada por el Juzgado 11  Penal  Municipal del Cali, despacho que corrió el traslado del artículo 400 de  la  Ley  600  de  2000  y celebró las audiencias preparatoria y de juzgamiento.  Cumplido   lo   anterior,  el  10  de  diciembre  de  2010  el  Juzgado  1º  de  descongestión   de   la   misma   denominación   y   territorio   absolvió      a      Geison  Zabala Ortiz por el     delito     del     que     fue  acusado.   

2.  Dicha  determinación, tras ser apelada  por  el  apoderado  de  la  parte civil, fue revocada  íntegramente   por   el   Juzgado  6º   Penal   del   Circuito   de   Cali,  el  cual  condenó      a      Zabala  Ortiz  a las penas principales  de  9  meses  de  prisión,  multa  de  $1.192.187,oo y privación del derecho a  conducir  vehículo  automotor  por  un  año,  así  como  a  la  accesoria  de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  término  semejante  al  de  la  pena  privativa  de la libertad, como autor del  delito  de  lesiones personales culposas (artículos 111, 114, inciso 2º, y 120  del  Código  Penal),  al tiempo que le concedió el subrogado de la suspensión  condicional de la ejecución de la pena.   

Respecto de la condena en perjuicios emitida  solidariamente  en contra del procesado y del tercero civilmente responsable, el  ad   quem  adoptó  las  siguientes  determinaciones:  i)  pagar  a la víctima Carlos Eduardo Velásquez  García  la  suma  de  $400.179.110,oo  por  concepto  de  lucro cesante; ii) el  equivalente  a  150  salarios mínimos legales mensuales vigentes por perjuicios  morales   y  la  misma  suma  por  razón  de  los  perjuicios  fisiológicos  o  correspondientes  a  la  vida de relación; ii) pagar, a favor del lesionado, la  suma  de  $2.146.000,oo,  equivalente  a  4  salarios mínimos legales mensuales  vigentes, por concepto de costas del proceso.   

En   contra   de   lo  decidido  por  el  ad  quem, el defensor del  procesado   interpuso   y   sustentó  oportunamente  el  recurso  extraordinario  de casación.    

L A   D E M A N D A  

Con   fundamento   en   la  casación   discrecional   y  con  la  pretensión  de  que se protejan las garantías fundamentales del procesado a la  legalidad,  responsabilidad  subjetiva  y  derecho  de  defensa,  el  impugnante  formula  un cargo de violación directa de la ley sustancial por interpretación  errónea  de los artículos 23 y 120 del Código Penal y uno más de nulidad, el  cual  funda  en la incongruencia entre lo reclamado en la demanda de parte civil  y la condena en perjuicios. Sus argumentos se sintetizan así:   

Cargo primero: violación directa de la ley  sustancial    

Al amparo de la causal de casación de que  trata  el artículo 207, numeral 3, de la Ley 600 de 2000, el libelista denuncia  que  la  sentencia  infringe lo dispuesto en los artículos 23 y 120 del Código  Penal,  el  primero de los cuales define el concepto de culpa o imprudencia y el  segundo tipifica el delito de homicidio imprudente.   

Señala que las mencionadas normas suponen  que  el  agente  se aparta de las pautas que habría observado el hombre medio y  que,  en  los  casos  en  que  existen  normas  reglamentarias  de  la actividad  peligrosa,  lo  dispuesto en aquellas debe tenerse como pauta de concreción del  modelo  de actuación. Así, las disposiciones referidas deben analizarse con el  artículo  66,  inciso 1º, del Código Nacional de Tránsito, según el cual el  conductor   que   transite   por   una   vía  sin  prelación  deberá  detener  completamente  su  vehículo  al llegar al cruce “y  donde  no  haya semáforo tomará las precauciones debidas e iniciará la marcha  cuando corresponda”.   

Aduce   que  las  normas  reseñadas  le  otorgaban    la    prelación    al   vehículo   conducido   por   Zabala   Ortiz,   toda   vez  que  el  sentenciador  admite  que  el semáforo estaba en verde para él; no obstante lo  anterior,  el  juzgador  introdujo  una  serie  de  consideraciones a las que no  había  lugar,  las cuales denotan un yerro de interpretación. Según el fallo,  el  procesado  debía  detenerse por razón de la concurrencia de unas variables  que  no  consagra  la  norma,  según  las cuales el conductor debía hacer caso  omiso  del  semáforo  y  detener su vehículo antes de emprender la maniobra de  cruce,  con  el  fin  de acomodar su comportamiento a un conjunto de situaciones  fácticas que así lo aconsejaban.   

Dice que el fallador desconoce que, según  las  normas  aludidas,  el  semáforo  en  verde  le  daba  la prelación al hoy  sentenciado;  y  agrega que “si se pretende matizar  el  alcance  del  deber  de  cuidado  en  función  de la constatación de otros  factores  de  riesgo atribuibles a terceros o al funcionamiento deficiente de la  señalización  vial, el supuesto normativo imponía una base fáctica distinta,  es  decir,  que  el  semáforo que daba vía al procesado no estuviera en verde,  que   no  se  dio  el  caso.”  Por  lo  tanto,  si  Zabala   Ortiz  actuó  conforme  a  la  norma,  no  se  le  pueden  imponer  exigencias  que aquella no  consagra,  ni  obligaciones  de  cuidado en función de deberes de constatación  que no le son exigibles.   

Fue  así como la indebida interpretación  de  la  norma  condujo  al  juzgador a deducir del procesado una responsabilidad  penal  que  no  le correspondía, toda vez que aquel no infringió ningún deber  de cuidado consagrado la ley.   

Segundo  cargo:  nulidad por incongruencia  entre la condena en perjuicios y lo reclamado en la demanda civil   

El  casacionista funda la nulidad sobre la  condena  a la indemnización de perjuicios por unos montos que exceden lo pedido  en  la  demanda de constitución de parte civil.  Lo anterior, dice, genera  una  situación  de  indefensión para el procesado, pues no pudo oponerse a los  valores  no  reclamados,  y  a  la  vez  configura  una  decisión  ‘ultra       petita’,  según lo establece el artículo  305  del  Código  de  Procedimiento Civil; tal situación está consagrada como  causal de casación en el artículo 368 del estatuto mencionado.   

Precisa, entonces, que mientras la demanda  de  constitución  de  parte civil reclamó a favor de Carlos Eduardo Velásquez  García  $25.000.000  por  perjuicios  materiales,  50 salarios mínimos legales  mensuales  vigentes  por  el perjuicio moral y 40 por el perjuicio fisiológico,  el  fallo  le  reconoció $400.179.110 por el primer concepto y 150 salarios por  cada  uno  de  los  dos  restantes,  “sin  que  ni  siquiera  se  pidiera, salvo para el lucro cesante, una condena por el monto que  se  llegara  a  probar”. Por lo tanto, asegura, se  configura  una  causal  de  nulidad  de  la sentencia, debido a la incongruencia  reseñada.   

Con   fundamento   en   las   anteriores  reflexiones,  el  demandante  le pide la Corte que case el fallo impugnado y, en  su   lugar,  absuelva  al  procesado  o,  de  manera  subsidiaria,  disponga  la  reducción de la condena al monto reclamado.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

1. La Procuradora Tercera Delegada para la  Casación    Penal   conceptúa   que   el   primer  cargo no tiene vocación de prosperar. Indica que el  casacionista  parte  de un supuesto de hecho equivocado, puesto que magnifica el  hecho  de  que  la volqueta tuviera a su favor el semáforo en verde, pero omite  que  en  sentido  sur  –  norte  el  semáforo  tenía  un funcionamiento intermitente, situación que les  exigía  a  los  conductores  actuar  con mayor prudencia y, al mismo tiempo, le  concedía  la  prelación  al vehículo que transitaba por la derecha, es decir,  al  conducido  por  el  ofendido, el cual, por otra parte, se desplazaba por una  vía principal y fue el que recibió el impacto.   

Así,    aún    cuando   Zabala  Ortiz  tuviera  la  permisión  reglamentaria  de  todos modos la circunstancia antes mencionada la desactivaba,  más  aún  si  se  tiene  en  cuenta  el  exceso  de velocidad del camión, las  condiciones  de  oscuridad  y  lluvia  y, además, que el vehículo Mazda había  atravesado  la  vía, razón por la cual la volqueta debía detenerse, como así  lo hizo el automóvil siniestrado.   

Sostiene  que el deber objetivo de cuidado  en  el  tráfico automotor exige que así el tercero viole las reglas que le son  propias,  el  agente  debe ajustar su conducta cuando se percate de ello, con el  fin de evitar el riesgo.   

Estima     que    el    segundo  cargo  debe  prosperar, en la  medida  en que la incongruencia aparece palmaria, pues en verdad el sentenciador  condenó  por  cuantías superiores a las pedidas en la demanda formulada por el  apoderado  de  la  parte civil, situación que amerita corrección en esta sede,  como así lo ha definido la jurisprudencia de la Sala.   

Precisa que el apoderado de la parte civil  ha  debido reformar la demanda para ajustar sus pretensiones a lo indicado en el  correspondiente   dictamen   pericial.   Por  no  hacerlo  así,  no  podía  el  sentenciador  sobrepasar  en  la  condena  lo  reclamado  en  el libelo, pues su  decisión     excedería     el    ‘thema     decidendum’    y   así   incurriría   en   un  fallo   ‘ultra       petita’.   Así, la Corte, como fallador de instancia, debe fijar el  monto  de  la  indemnización,  por  los  conceptos de lucro cesante, perjuicios  morales  y  fisiológicos  a  las  cuantías  de $300.000.000, 100 y 40 salarios  mínimos  legales mensuales vigentes, conforme las pretensiones contenidas en la  demanda civil y su reforma.   

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

La       Corporación  anticipa  su  decisión  de  desestimar  el  primer  cargo  y  casar     parcialmente     la    sentencia    por  razón           del           segundo.   Las   razones   son   las  siguientes:   

1. Primer cargo:  violación directa de la ley sustancial   

1.1.   El  argumento  del  censor  radica,  en síntesis, en que  como  la  sentencia  admitió  que  el  semáforo  estaba  en  verde  para  la  volqueta      conducida     por     Zabala    Ortiz,    entonces   aquel  tenía  prioridad  para  avanzar  en  el cruce y, al  mismo  tiempo,  operaba el principio de confianza, en  el   sentido   de   que  el  hoy  procesado,  conductor  del  camión,     podía    asumir    que    el  automóvil  Mazda  se  iba  a  abstener de seguir su  marcha,    puesto    que    su   semáforo   estaba  dañado. A lo anterior agrega que las circunstancias  que      menciona     el     sentenciador   para   tratar   de   sustentar  que  el  camión  no  tenía  la  prevalencia vial no  están  consagradas  en  la norma (artículo   111  del  Código  Nacional  de  Transporte),  de  suerte que no se le podía exigir a  Zabala   Ortiz  cumplir  deberes   de   cuidado   y   de   constatación  que  la  norma  no  prevé. Lo  anterior,  al  amparo  de la violación directa de la  ley     sustancial,     por     vía     de    la  interpretación  errónea  de   los   artículos  66,  inciso  1º,   y  111  del  Código  Nacional  de  Tránsito.   

1.2.   Respecto   de   la   causal   de  casación    seleccionada,    la    Sala         tiene         dicho2     que     cuando             se             denuncia            violación    directa   por     falta     de    aplicación,  aplicación  indebida  o  interpretación   errónea  de  normas  de  derecho  sustancial,  es  deber  del demandante aceptar los hechos y las pruebas de ellos  tal  como  fueron  declarados  unos y apreciadas las  otras  por  el  juzgador  de  segunda  instancia.  Debe,  entonces,  exponer  su  discrepancia   en   el   ámbito   del   raciocinio  estrictamente  jurídico,  es decir, sólo  con  las  consecuencias  jurídicas  atribuidas   a   los   hechos   declarados,   sin   que   resulte  viable  alegar  o  sugerir al tiempo la  presencia  de  errores  de  apreciación probatoria,  dado  que  para  ello  la  ley  ha  previsto  la vía  indirecta.   

A   este   respecto  resulta  pertinente  precisar,   además,  que  la  violación  directa  de  la  ley  sustancial,  puede llegar a presentarse  por:   i)  falta  de  aplicación, ii)       aplicación    indebida   o,   iii)   interpretación  errónea  de  un  determinado  precepto,  acogiendo  de  esta manera el  criterio  de clasificación trimembre de los sentidos  de    la    violación,    que    reconoce   total  autonomía         al         último de ellos.   

Dentro  de esta categorización,  se  tiene entendido que la falta de  aplicación de normas de  derecho  sustancial  se  presenta  cuando el juzgador deja de aplicar al caso la  disposición   que   lo   rige;   la   aplicación    indebida  tiene  lugar  cuando  aduce una norma  equivocada    y    la    interpretación  errónea  consiste   en  el  desacierto  en  que  incurre  el  fallador  cuando,  habiendo  seleccionado   adecuadamente   la  norma  que  regula  el  caso  sometido  a  su  consideración,   decide  aplicarla,  pero  con  un  entendimiento   equivocado,  que  rebasa,  mengua  o  desfigura  su  contenido  o  alcance.  De  esta  manera  resulta  claro  que  la  diferencia  de  las  dos primeras hipótesis de error  con  la  última, radica en que mientras en la falta  de    aplicación   y   la   aplicación  indebida  subyace  un  error  en  la  selección del precepto,  en   la  interpretación  errónea  el  yerro  es  sólo  de  hermenéutica,  pues   se  parte  del  supuesto  de  que  la  norma  aplicada  es  la  correcta,  sólo  que  con  un  entendimiento  que no es el que  jurídicamente  le  corresponde, llevando con ello a  hacerla  producir por exceso o defecto consecuencias  distintas.   

Para efectos de precisar el concepto de la  violación,     resulta     intrascendente     la  motivación  que pudo haber llevado al juzgador a la  transgresión    de   la   disposición  sustancial;  lo que realmente cuenta  es  la  decisión que adopte en relación  con  ella.  En  este  orden  de  ideas, si la norma es aplicada  debiendo    no   serlo   o   inaplicada   debiendo   serlo,   habrá  llanamente  aplicación  indebida  o  falta     de     aplicación,    según   cada  caso,  independientemente  de  que  al  error  se  haya llegado porque el juzgador  se equivoca sobre su existencia, validez, o alcance.    

En síntesis, si  una   determinada   norma   de   derecho   sustancial  ha  sido  incorrectamente  seleccionada,  y  este  error ha sido determinado por equivocaciones del Juez en  la  auscultación  de su  alcance,      habrá      aplicación  indebida  o  falta  de  aplicación,  pero    no    errónea   interpretación  del  precepto,  puesto  que  para la estructuración   de  este  último  sentido  de  la  violación se requiere que la norma haya sido y deba  ser  aplicada3.   

Pues  bien,  confrontados  los  lineamientos  precedentes  con los argumentos del censor y el  contenido  de  la  sentencia,  surge  nítido que el  yerro pregonado no se configura.   

1.3.   En  efecto:  es  verdad que la  sentencia   admitió   que   el   vehículo     conducido     por    Zabala  Ortiz  tenía    de    frente   la   luz   verde,   pero   también  lo  es que, al mismo tiempo, el juzgador determinó    que    se   presentaban   circunstancias   específicas   salidas   de   lo   usual,   raras   y  poco  comunes  (el  daño    de    uno    de   los   semáforos   del   cruce,   el  cual  era  evidente  para  cualquiera  que  se  acercara  al  mismo,  el  excesivo  flujo  de  vehículos    en    la    zona,    la   deficiente  iluminación  y  el mal clima) que hacían  que la luz verde no pudiera tenerse en este caso como signo de  prelación   vial,   esto  es  que  “todos   los   participantes  de  aquel  tráfico  vehicular,  vinieran de donde vinieran y/o  fueran  para  donde  fueran,  tuvieran sus semáforos  funcionando  o  no  extremaran  las  precauciones  y  las  medidas  de  cautela,  atención  prevención y  prudencia”.  Más    claro   aún:  “no      valía  prelación     vial     de     semáforo  alguno  en verde, pues la verdad  es   que   el   panorama   daba   a   entender   que   esos  específicos    aparatos    de   control   estaban   fallando”.   

En  apoyo  del  anterior  razonamiento, el  fallador   invocó   el   principio  de  confianza,  más   exactamente   las   circunstancias   que  lo  exceptúan.   En  este  sentido,     explicó     que     aún  cuando  pudiera  afirmarse  que  la  volqueta tenía  la  prelación  vial  por  tener el  semáforo   en   verde   lo   cierto  era  que  por  razón      de      las      específicas  circunstancias  que  reinaban  en  el  lugar  su  conductor  debía       detener      la      marcha    y    advertir    que    el  automóvil     Mazda     ya     había avanzado y permitirle continuar su trayecto.   

1.4. Sobre el principio de confianza, esta  Colegiatura   ha   precisado   que  tiene  su  origen  en  la  dinámica  y  complejidad  del  mundo moderno, en el que se presenta un  actuar  conjunto  que  involucra  diversos  aportes  especializados  (división de trabajo) dirigidos a la  consecución  de  un fin, sin que sea viable que una  sola  persona  controle todo el proceso ni exigible que cada individuo revise el  trabajo    ajeno.    Así,   es   claro  que  uno  de  los  soportes  de las  actividades  de equipo con especialización funcional  es  la  confianza  entre sus miembros, situación que  se  aplica  a  aquella  actividad  compleja  por  su especialización    funcional    que    conocemos    como   el   tráfico rodado.   

El principio de  confianza  guarda  estrecha relación con el concepto  de  riesgo  permitido.  Se  dice,  entonces,  que la simple relación  de  causalidad  material  no  es suficiente para concluir en la  responsabilidad    penal   del   procesado   (“la  causalidad  por  sí  sola  no basta para   la  imputación  jurídica   del   resultado”      artículo     9º  del  Código Penal) y, por tanto, es  preciso    acreditar    que    la    consecuencia    lesiva   es   “obra  suya”,  o sea, que depende de su  comportamiento  como  ser humano; en últimas, que le  es atribuible.   

Le    es    imputable    al   agente   un   determinado  resultado  (imputación  jurídica  u  objetiva)  si  con su  comportamiento  despliega  una  actividad riesgosa, es decir, va más  allá  del riesgo jurídicamente    permitido    o    aprobado.    Si    así   actúa,  entra  al  terreno  de  lo  jurídicamente          desaprobado   porque   crea   un   riesgo  no  permitido,    y    el    resultado    dañoso   le  será     atribuible    si,    además    del    ejercicio    de    la    actividad   riesgosa   y   la  superación  de  un  riesgo  permitido, el resultado  antijurídico       tiene       vínculo    con   dichos   antecedentes.  Dicho de otra forma, a la  asunción  de  la actividad peligrosa debe seguir la  superación  del  riesgo  legalmente  admitido  y  a  éste,     en     perfecta    ilación, el suceso fatal.   

En  contraste,  la  imputación   jurídica   no  se  configura,  o  desaparece,  si  aún  en  desarrollo  de  una labor  peligrosa,   el   autor  no  trasciende  el  riesgo  jurídicamente  admitido,  o no produce el resultado  ofensivo,  por  ejemplo  porque  el  evento  es  imputable  exclusivamente  a la  conducta de la víctima.   

Ahora bien, una circunstancia que exime de  la  imputación jurídica  u     objetiva     por     disolución   de  la  actividad  peligrosa  o  por  desaparición   de   la   superación  del  riesgo  permitido,  es  el  denominado  principio  de  confianza,  en virtud del cual el  hombre    normal    espera    que    los    demás  actúen  de  acuerdo con los mandatos legales que le  corresponde  observar.   

Así  lo  ha  precisado la jurisprudencia de la Sala:   

“Tal principio  de  confianza  opera  en  una comunidad determinada de interrelación,  cuando  quien realiza el riesgo tolerado conforme a las normas  que  disciplinan  la  actividad correspondiente puede  esperar  que  quienes  intervienen  en  el  tráfico  jurídico    también  observen  a su vez las reglas pertinentes, de modo que no se le puede imputar un  resultado   antijurídico   en   desarrollo  de  la  actividad   riesgosa   permitida   conforme  al  deber  de  atención,  si  en  ésta  interfiere un tercero que desatiende la norma  de  cuidado  que  le es exigible, o si a pesar de no atender la norma de cuidado  esta   desatención  no  fue  determinante  en  tal  producto,  sino  la  injerencia,  dolosa  o  culposa, de ese tercero”.4   

Por  otra  parte,  como no todo principio es absoluto, se tiene  que   el   de   confianza   se   exceptúa  por  el  también  conocido como principio de seguridad. Este  postulado   significa   que   el  hombre  medio  debe  prever  que  si  bien  su  comportamiento     puede,    en    general,    sujetarse    al    principio     de     confianza     y  así  tener  una  cierta  seguridad  en cuanto a que  aquel   con  quien  interactúa  también   cumplirá  su  función,  de  todos  modos  existen  circunstancias excepcionales en las  que,  con  el  fin  de  evitar  el  riesgo  y  el  consiguiente daño       antijurídico,  debe  actuar conforme el principio de defensa y así     adecuar     su     comportamiento     a    una    excepcional  situación  en la que no tiene vigencia el principio  de  confianza.  Si  así  no  lo  hiciere, el agente  creará    un    riesgo    no   permitido   y   le  será    imputable    el    resultado   dañoso  que  se  produzca  como  consecuencia  de  no  obrar  conforme  el  principio de  defensa.    

Sobre  las situaciones específicas  en  las  que  se  exceptúa  el  principio  de confianza, especialmente en el tráfico  vehicular,    se   ha  citado,  entre  otras,  el  comportamiento     de     individuos,     quienes     por    sus    especiales  características  o  por  la  alteración    de   sus   facultades   mentales   superiores   (v.  gr.  menores  de  edad,  ancianos,  personas  en  estado  de  embriaguez)  no  se espera de ellas razonablemente que  ajusten   su   actuar   como   lo  haría una persona en condiciones normales.   

Pero   más  allá   de   estas   particulares  situaciones,  la  jurisprudencia    de   la   Corporación       ha       señalado  que  la excepción del principio  de   confianza  está  guiada  por la  apreciación racional de las pautas  que   la  experiencia  brinda  o  de  las  concretas  condiciones  en  que  se  desenvuelve  una  actividad u organización  determinada,  porque  son elementos  que   posibilitan   señalar  si  una  persona,  al  satisfacer   las   reglas   de   comportamiento   que   de   ella   se  esperan,  está     habilitada     para     confiar  en  que  el  dolo  o  la  culpa  de  los  demás    que    interactúan    en    el  tráfico  jurídico no la  van a afectar.5   

1.5. De regreso al caso presente, se tiene  que   el   juzgador,   al  fijar  los  hechos  relevantes,  admitió    que   la   volqueta   tenía   el  semáforo    en    verde,    pero    que  la  situación  que reinaba en el  cruce  donde  ocurrió el choque revestía    tales    características    de  anormalidad   y   peligrosidad  que  el  conductor  de  dicho  vehículo,  en  aras  de  extremar  la  prudencia como le era exigible,  debía  hacer caso omiso de la luz del semáforo y,  por  tanto,  suspender la marcha, con el fin de vigilar y atender el paso de los  demás  vehículos  que  transitaban   por   la  vía  que  tenía   el   semáforo   dañado.  El  fallador apreció que, por no  hacerlo  así,  siéndole  exigible,  Zabala  Ortiz  desencadenó         el        siniestro,  al  tiempo  que el automóvil  Mazda    que    conducía    la    víctima,      como      así      lo  demostró    la    prueba,    observó  las  precauciones  que le imponía la  especial     situación     y,    aún  así, no  pudo  prever  que la volqueta no actuaría de igual manera.   

En   contraste,   el   censor   contrae   su   argumento   a  afirmar  que  como  el  juzgador  admitió que el semáforo  estaba  en  verde  para  la volqueta, entonces debía  también     apreciar    que    tenía  la  prelación,  y  que  no  era de  recibo  exigirle  al  agente  deberes  de  cuidado  y  de abstención     que    no    están  incluidos  en  las normas (artículo  111,   en   asocio   con  el  66,  inciso  1º,  del  Código     Nacional     de     Tránsito6).   

Pues  bien,  insiste  la  Sala  en  que  es  cierto  que  el  sentenciador, al fijar los hechos,  halló  que  el  camión  tenía  la  luz  verde,  pero  de  allí   no   dedujo   que   por  esa  sola  circunstancia  necesariamente  tuviera  la prelación  vial,  pues  se  presentaban  situaciones  anormales  que le imponían   detener   su   marcha.   Ante  tal  panorama  fáctico    es    evidente    que    en   esa   situación   no  operaba  el  principio  de  confianza  sino  el de defensa, lo que hacía  inaplicable  el citado artículo 66,  inciso  1º,  del Código  Nacional   de   Tránsito   y   el   conductor  del  automóvil  Mazda  actuó  acertadamente    al    proceder    como    si   no   hubiera   semáforo,  pues  el  estar  averiado  es  tanto  como si no existiera,  razón  por la cual Zabala Ortiz  ha  debido  atenerse a las reglas que operan para los cruces sin  semaforización,  esto  es,  permitiendo  el paso de  quien  se  encuentra  a  su  derecha,  en  este  caso,  el  carro  conducido por  Velásquez   García.   

Ahora,  el  hecho  de que la citada      norma,      o      bien      los     artículos    23  y  120  del  Código  Penal,  no establezcan de manera taxativa cuáles son  las    situaciones   anormales   y   excepcionales   que   desvirtúan  la  vigencia  del  principio  de confianza y, en consecuencia,  hacen   prevalecer   el   de  defensa,  no    configura    el    yerro    de    interpretación  normativa  que pregona el casacionista, pues, como ya se dijo y  se    subrayó,    la    determinación   de   la   efectividad   del   principio  de  confianza  en  un  ámbito de interrelación  está   guiada   por   la   apreciación   racional   de  las  pautas  que  la experiencia brinda o de las concretas condiciones en  que  se  desenvuelve  una  actividad  u organización  determinada7,  de  suerte  que  no  es procedente ni exigible fijar, de manera  taxativa    y    excluyente,    las    particulares    situaciones   que   hacen  prevalecer  el  principio  de  defensa  frente al de  confianza.   

Así las cosas,  admitir  la  tesis  del  censor  supondría reconocer  también  que  la experiencia en el tráfico  rodado  no  le  permite  prever  a  un conductor experimentado, prudente y razonable,  advertir  que  escasa seguridad para sí  y para los terceros ofrece la luz verde, cuando se tiene que los  semáforos     del     cruce    están  dañados, existe escasa luminosidad,  un  clima  lluvioso  y  una importante congestión de  vehículos,  de suerte que se le impone al agente el  deber  de advertir que la  señal  de  prelación en  realidad  pasa  a un segundo plano, frente a las más  elementales exigencias de prudencia.   

No   se   requiere,   pues,  una  norma  específica     que     le     enseñe  al  conductor  experimentado  que, como bien lo dijo el Juzgado  Penal      del      Circuito,     “los      más      mínimos  dictados  de  prudencia  aconsejaban a cualquier conductor,  con  absoluta  independencia  de su lugar de origen y de destino, a que en tales  condiciones,  por  lo  menos  redujera  al máximo su  velocidad,     esperara    con    calma    a    que    se    desembotellara  el  tráfico,  y una vez dado  ello   de   manera   lenta   y  cuidadosa  cruzara  la  intersección        y/o        continuara        su        camino”,  razonamiento  que  lo  condujo a  asegurar  que en este caso “con ocasión  de  esa  variación de las normales  circunstancias,  nadie  contaba  ahí  con  prelación  vial  alguna,  y todos  absolutamente  quienes  participaban  en ese tráfico  estaban  llamados  a  título de deber, a extremar o  maximizar  las  precauciones  y medidas de cautela, siendo la principal de estas  el   detener   o   parar  sus  vehículos,  mientras  realizaban la respectiva  maniobra”.          

En estas condiciones, la Sala  encuentra  que en verdad un correcto entendimiento de las normas  le   permitió   al  ad  quem reprocharle a Zabala  Ortiz    que    “lo  único  que  le interesó  fue  la luz verde de su semáforo, sin importarle   nada   más,  con  lo  cual  desbordó  los  límites  del  riesgo  permitido,  e  incursionó  en  uno  de  carácter  prohibido, en el cual se dio el resultado  lesiones   personales   del   automovilista   Carlos  Eduardo  Velásquez  García, quien según   la   prueba   antes  valorada,  al  advertir  que  el  semáforo  acusaba fallas hizo el  pertinente  pare, siguió la marcha despacio, sin que  le   pasara  por  la  mente  que  la  volqueta  que  tomaba  la  vía   a   Puerto   Tejada   se   le   fuera  a  venir  encima,  pues  estimó  que  dada  aquella  falla  semaforal  este  automotor  haría  lo  mismo que él  hizo…”   

Por  todo  lo  anterior,  no existe en la  sentencia  la  indebida interpretación normativa que  pregona el impugnante.   

En    consecuencia,    el cargo no prospera.   

2.  Segundo  cargo: nulidad   

Dice  el casacionista, en síntesis,    que    la   condena   por  razón  de  los  perjuicios derivados de la conducta  punible   se   excedió   con  relación  a  lo reclamado en la demanda presentada por el apoderado de la  parte  civil,  es  decir, en esta específica materia  fue  un  fallo  ‘ultra  petita’.   

2.1. Parcialmente  le  asiste  razón  al  casacionista  en  el  aserto  precedente.    

Ello  surge  palmario,  en la medida en que  mientras    la    parte    civil    formuló   como  pretensión  indemnizatoria,  a  través  del  escrito  de  reforma  de  la  correspondiente  demanda, el  equivalente  al valor de 100 salarios mínimos  legales  mensuales vigentes por perjuicios morales y 40 por  perjuicios   fisiológicos,  el  Juzgado  Penal  del  Circuito,  por  su  parte,  condenó, por cada uno de  dichos   conceptos,   al   pago   de   la   cuantía  correspondiente  a  150  salarios mínimos    legales   mensuales   vigentes.   

Cuando     se     configura     una  situación  como la descrita en precedencia, la Sala  tiene dicho lo siguiente:   

“Es  cierto  que    el   artículo   305   del   Código    de    Procedimiento   Civil,    modificado   por   el  artículo 1º del Decreto  2282    de    1989,    regula    el   principio  de  congruencia  en materia  civil,      al      señalar     que:   

“La   sentencia   deberá  estar  en consonancia con los hechos y las pretensiones aducidos  en  la demanda y en las demás oportunidades que este  Código   contempla,  y  con  las  excepciones  que  aparezcan  probadas  y  hubieren  sido  alegadas  si  así lo exige la ley.   

“No  podrá condenarse al demandado por cantidad superior  o  por  objeto distinto al pretendido en la demanda, ni por causa diferente a la  invocada en ésta.   

“Si lo pedido  por  el  demandante  excede  de  lo  probado,  se le  reconocerá     solamente    lo    último.   

“En   la  sentencia  se  tendrá  en  cuenta  cualquier  hecho  modificativo  o extintivo del derecho sustancial sobre el cual verse el litigio,  ocurrido  después  de haberse propuesto la demanda,  siempre  que aparezca probado y que haya sido alegado  por  la  parte interesada a más tardar en su alegato  de    conclusión,    y    cuando   éste  no proceda, antes de que entre el expediente al Despacho para  sentencia, o que la ley permita considerarlo de oficio”.   

“A  este  principio    procesal    se   refirió   la   Sala  de  Casación  Penal en el fallo del 13 de abril de 2011 (radicado No. 34145),  en  el  que  concluyó que en materia  civil, el  juez,  en  su  sentencia,  no  puede  reconocer  lo  que  no  se  le  ha  pedido  (extra   petita),   ni  más      de     lo     pedido     (ultra        petita),  ni  dejar de resolver lo que le fue solicitado (citra petita),  pues   en   cualquiera  de  tales  eventos  estaría  desbordando,  positiva  o negativamente, los límites  de  su  potestad,  como  ha  sido  decantado  pacifica  y  reiteradamente por la  jurisprudencia  civil, entre otras decisiones, en la  sentencia  del  22  de  febrero  de 2002 (Referencia:  Expediente   No.   6666),   en   la  cual  se  dijo  que:   

“En  virtud  del  principio de la congruencia, la sentencia debe estar en consonancia con los  hechos  y  las  pretensiones  aducidos en la demanda,  motivo   por  el  cual  no  le  permite  al  juzgador  desbordar  cualitativa  o  cuantitativamente  la  pretensión y sus fundamentos,  como  tampoco dejar de resolver sobre lo que fue solicitado o debió  ser  objeto  de pronunciamiento, de donde se colige que  habrá  incongruencia  si  el fallo resulta omiso o diminuto (citra petita), o cuando se  excede  sobre  el ‘thema  decidendum’,   cual  sucede  si  el  fallo se profiere sobre lo que jamás  se    reclamó   de   la   jurisdicción   (extra   petita),   o   cuando   se   concede  más      de      lo     pedido    (ultra    petita).”    

“Principio  que  por  supuesto  irradia  en toda su extensión la  acción  civil  cuando  se ejerce dentro del proceso  penal,  al  punto  que  si  la  sentencia  que  pone  fin al debate, recae sobre  materias    no    debatidas    en   el   curso   del   mismo,   ausentes  de la relación jurídico-procesal     trabada,    la    incongruencia    se    traduce  inexorablemente  en  una violación clara del derecho  de     defensa     de     la     parte     afectada     con     ella”.8   

Por  tanto, como bien lo señala  la  Procuradora  Delegada  para la  Casación      Penal,      el     Juzgado    ad   quem      no    podía    desbordar    la  pretensión  indemnizatoria  de la parte civil en lo  que  se  refiere  a  los  conceptos de perjuicios morales y fisiológicos.     Por     hacerlo     así  concedió       a       la      víctima    más   de   lo   pedido  (‘ultra  petita’),   lo   que  desborda  los límites que  le  asisten  al juez civil en esta materia, así como  al  penal  cuando la acción indemnizatoria se ejerce  dentro  de procesos de esta naturaleza, pues en ambos casos rige el principio de  congruencia  entre lo reclamado en la demanda civil y lo reconocido en  la  sentencia, ya sea esta civil o  penal.    

2.2.   El  casacionista  alega  que  la  incongruencia   se   configuró  también    en   lo   referente   al   perjuicio   por   daño  material,  en  la modalidad de lucro cesante. Dice que mientras  la   parte   civil   reclamó  por  dicho  concepto  la  suma  de $25.000.000, el sentenciador, acogiendo  el  peritaje,  condenó  al pago de $400.179.110,oo.   

Pues  bien, en este caso, al contrario de  lo  que  al  unísono  pregonan  el  impugnante y el  Ministerio      Público,     la     incongruencia  no  se  presenta,  pues  vista    la    reforma   de   la   demanda   civil,  allí  aparece explícito  que  lo  pedido  por  el  sujeto  procesal, en razón  lucro  cesante,  fue  la  cuantía  de  $300.000.000  “o  por  la  suma  que  resulta  demostrada  en el  proceso”,  expresión  esta  última  que,  como  lo  ha  fijado  la  jurisprudencia de la  Sala  de Casación Civil,  hace desaparecer la alegada incongruencia.   

Es cierto que en precedentes que datan del  año   1956  se  había  fijado  como  absoluto  el principio de congruencia  entre lo solicitado en  la  demanda  y  lo reconocido en el fallo. Se dijo en  aquellos  que  cuando lo solicitado viene acompañado  de  la  expresión “o lo  que   se   demuestre  en  el  proceso”,   u   otra   de   naturaleza   similar,  ello  debía   entenderse  como  cualquier  suma  inferior  a  lo  reclamado.   

Pero    en    los    últimos  tiempos la jurisprudencia de la  Sala  de  Casación Civil  ha  recogido  dicha  postura  y ha admitido que cuando la pretensión  del  demandante civil viene formulada de la manera ya descrita,  la  incongruencia  del  fallo  desaparece, si acaso el juzgador llega a condenar  por  valores  superiores a  los  fijados  en  el  libelo  indemnizatorio. Así lo  dijo  la Sala de Casación  Civil   (sentencia   de   casación  del   15   de   abril   de   2009,  ref:  08001-3103-005-1995-10351-01):   

“Establecido  lo    precedente,    corresponde    entonces   definir   lo   atinente   a   los  perjuicios    reclamados    por    la   demandante  […];    y    en    esta    dirección   es   menester  resaltar  que  como  la  pretensión  se  enderezó  a obtener el pago de  $60’000.000  “…o  lo  que resultara probado…”,   acontecería,   acorde   con   la  jurisprudencia    vigente    sobre    el   particular,   que   la   Corte,  posicionada  ahora  en  sede  de  instancia, al definir el monto de la condena a  imponer    se    encontrara    limitada    por   la   cuantificación    que   así   de   modo   expreso  aquélla  determinó”.   

“No   obstante,  analizado  hoy  el  fundamento    basilar    de    dicha    posición,  considera   la   Sala  indispensable  en  este momento su rectificación, de  tal  manera  que  se  pueda  admitir,  al contrario de lo que se desprende de la  tesis  actual,  que  la única limitación  que  tiene  el  juez  en  orden  a  establecer el quantum de la  condenación,       en       situaciones    como    la    acabada    de  particularizar,  está  constituida  sólo  por  el  monto  que  se  pruebe,  conforme  a los elementos de  persuasión  regular  y  oportunamente  allegados al  proceso”.   

En efecto,  con   arreglo   a   la   memorada   doctrina  de  la  Corporación,     que    se    remonta  a  la sentencia de 15 de octubre de 1956 de la Sala de Negocios  Generales,  el  juez  se  encontraba  imposibilitado  para conceder una cantidad  superior  a  la  invocada  en  el  acto introductorio en aquellos casos donde el  demandante    pidiera    condenar    al   demandado  a  pagar  la  suma  allí  concretada      “…o      la      que      se  pruebe…”, o “la que  resultare   probada…”,   o   “…la  que se probare en el proceso…”,  o  cualquiera  otra  de similar contenido, por razón  de  que  se  entendía que en tales eventualidades el  alcance    de   estas   últimas   expresiones  quedaba  subordinado, en todo  caso, al monto que de manera expresa fuera indicado.   

Es  así     como    en    el    mencionado    fallo,  después   de  anotar  que  la  cuantía  pretendida podía “…ser  variable  o invariable…” y que  esta  última tenía lugar  cuando        era        “…señalada  por  el  sujeto  activo  de  la  acción…”    en  “…una     cantidad     determinada,     cuya  cifra…”   representaba,   en   tal   supuesto,  “…el   máximo  de  interés  que…”  le  asistía   en   el  litigio,  la  Corte  señaló  que   en   aquellos   asuntos   en   que  el  actor  exprese  “…su     interés     máximo  en una  suma  determinada, no puede el juez, sin incurrir en una plus petita, condenar a  una  suma  de  dinero  superior  a la señalada en el  libelo,  por  más que…  haya  solicitado  alternativamente  con aquélla, que  se   condene   a   lo   que   aparezca   acreditado  en  el  juicio,      porque     esta     petición  está  subordinada  a aquella en que implora el pago  de  una  suma  invariable  y determinada que… es el  máximo  del interés que  anima  al  actor  en  la  controversia…”; fue de  esta  manera  como  estimó  que en vista de que la  invocación       de       locuciones    como    las    que   vienen  reseñadas   “…no  opera   ni  juega  papel  por  encima…”  de  la  cantidad  explicitada,  porque  en tal hipótesis el  interés    del   demandante   “…de  antemano  está señalado  y  concretado…”  en dicha  cuantía,   “…el  quantum   que   se   deduzca   de   las   probanzas  no  puede  exceder  de  la  suma…”   que   éste   “…ha  fijado  en el libelo como cifra determinada…”.   Este   criterio   lo   reiteró  la  Corporación, entre  otras  decisiones,  en  las  sentencias  190  de 29 de noviembre de 1993 (exp. #  3719)  y  077 de 29 de junio de 2007 (exp. # 01518),  al  señalar, en la primera de ellas, que cuando el  actor      haya      determinado      “…sus  aspiraciones…   de   un   modo   tal   que   su  presentación  asume  el  cariz  dominante  en  el  respectivo  sintagma,  esa  cuantía …   a  la  pretensión…  le  traza un límite…   que  al  fallador  no le es dable desconocer…”   

“Al  contrario  de  lo  que  en el  pasado     estimó,     la     Corte  considera  ahora  que  en  aquellos  asuntos  en  cuya demanda,  reforma    o    sustitución   de   ésta    la    parte    actora   pretenda   condenación   por   una  suma  explícitamente  determinada,      pero      acompañada  de expresiones como las particularizadas arriba, que son las  palabras  con  las  que de modo usual se formulan o plantean las súplicas  que  tengan  como  propósito  una  condena  pecuniaria,  ninguno  de  esos  agregados  se  puede concebir como  dependiente        o        subordinado  de  la  cifra  expresada  que  a  su alrededor se hubiere  manifestado;    todo    lo    contrario,   una   cabal   comprensión  del  tema permite admitir que dichos complementos la modifican  de     tal    manera    que    amplían  el  espectro  dentro del cual el  juzgador      válidamente      puede   o   debe   moverse,  hacia  arriba  o  hacia  abajo  de  esa  cuantificación,  sin  caer,  desde  luego, en una resolución infra petita  o    plus    petita,    pues   en   tal   supuesto  está     limitado,     eso     sí,  sólo  por  el  importe probado a  través    de    los    diversos   elementos   de  convicción  incorporados al plenario”.   

“Este  es, desde luego, el sentido  lógico  y coherente de las mencionadas locuciones,  en  tanto están llamadas a representar el verdadero  querer   del   promotor   de   la  causa  judicial  cuando  las  súplicas     fueren     formuladas     de    la    anotada  manera;  y es bajo el entendimiento que se viene sustentando  como   ellas   adquieren   su   verdadera   eficacia,   su  importancia  y  real  concreción,   pues,  con  arreglo  a  esta  nueva  posición,  si las mismas no aparecen en el escrito  contentivo   de   las  pretensiones  al  juez  le  estará vedado sobrepasar  el  monto  allí  indicado,  mas  si llegaren a ser  incluidas  éste  entonces  no  estará  supeditado  a  la  cuantía que le  haya   sido   expresamente   demandada,   puesto  que  con  el  presente  cambio  tendrá   la   posibilidad  de  otorgar  una  suma  superior,  en aquellos  casos  que  se  lo  permita  el  haz  probatorio;  expresado  de  otro modo, las  memoradas  frases  resultarán  provechosas bajo la  doctrina   que   ahora   se   prohíja,  porque  si  están    incluidas    en    la   súplica  respectiva  y  si el acopio probativo permite establecerlo,    harán  posible  imponer  una cifra mayor de la que en términos  numéricos  la  parte actora  haya solicitado”.   

“Al   abrirse   paso  este  nuevo  entendimiento,   se   le   quitan   al   juez   las   amarras   que  en  aquella  posición  lo  ataban,  en  la  que,  por lo mismo,  le  era  imposible  condenar por encima del importe  determinado,   ya   que  si  el  libelo  no  albergaba  alguna  de  las  citadas  expresiones,    bajo    esa    interpretación   a  él  no  le  era  dable  imponer suma superior a la  abiertamente  indicada  en  la  súplica respectiva,  mas  si  las ostentaba,  de  igual modo se encontraba sujeto al quantum demarcado; en ese orden de ideas,  resultaba  que  con  arreglo  a  tal  postura  daba  igual que esos agregados se  insertaran  u  omitieran,  por cuanto en nada afectaba lo uno o lo otro, de nada  servían tales   complementos   y,  por  tanto,  afloraban  inútiles”.   

“A  la  inversa  de  lo acabado de  señalar,    ha    de    verse    cómo  la  nueva  concepción  sobre la  materia  analizada  acompasa, por un lado, con el postulado de la congruencia de  las  sentencias, establecido en el artículo 305 del  Código  de  Procedimiento Civil, según  el  cual  el  juez  tiene definidos los lindes de su actividad  desde  la  demanda, al punto que le es prohibido condenar por causa diferente de  la  invocada, por objeto distinto del pretendido -extra petita-, en cuantía  superior  a la suplicada -plus petita-, o por cantidad menor de la que haya sido  solicitada   y   probada  en  el  proceso  -mínima  petita-;  y,  por  el otro, con el moderno principio  de  favor  victimae, conforme al cual las dudas que  puedan   surgir   a   la   hora  de  establecer  la  dimensión    de    la    reparación   han   de   resolverse  en  beneficio  de  quien  injustamente  sufrió  el  daño, por  cuanto  una  definición  contraria a la acabada de  señalar restringiría,  sin    motivo   racional   alguno   y   en   detrimento   de   aquél,  sus  posibilidades  indemnizatorias  -como  ocurriría de  aplicarse     la    postura    objeto    de    esta    rectificación-,   al   tiempo   que  supondría,  aún  contra  las  reglas  de  la  experiencia y en  contravía del postulado de la equidad pregonado en  la    ley    446    de   1998,   que   el   agraviado   no   quisiese  el  resarcimiento  íntegro,   sino  uno  parcial  o  fragmentario”.

“Además,  desde  el  punto  de vista  meramente  gramatical  existe otro argumento que obra a favor del nuevo alcance,  habida  cuenta que la disyuntiva “o”,  utilizada  en  casi  todos  los  asuntos  en los que   se  hace  uso  de  algunas  de  aquellas  expresiones,  implica  una alternativa con el firme propósito  de  que  el juez, a la hora que le corresponda, pueda optar  por  una  posibilidad  o por la otra, según como se  lo permita el caso específico”.   

“Por  tanto,  si  al decir  del  artículo 305 del Estatuto  Procesal      Civil,      “…la     sentencia  deberá   estar  en  consonancia…”,   en   particular,  con  “…las  pretensiones  aducidas en la demanda y en las demás  oportunidades…”   que   dicho  código “…contempla…”,  y  si  en  el acto  introductorio  la  parte  demandante  deprecó que se ordenara a la demandada  a  pagar,  por  concepto  de  la  indemnización de  perjuicios,  la  cantidad  de  dinero allí dicha en  una    cifra    concreta,   o   “…la         suma         que         se        probare…”,  con  arreglo  a la doctrina  que  ahora  se  rectifica  el  juzgador, de hallarse  demostrado  dentro del proceso por tal concepto una  cuantía  superior a la  que   de   aquel   modo   el   actor  hubiera  determinado,  tendrá    forzosamente    que    imponer    la   condena   por  la suma así probada y no por la  cifra    exacta    fijada,    porque,    ha    de  reiterarse,    al    haberse   invocado   en   la  pretensión      la     condenación  a  cargo  de  la  opositora  por la cantidad precisa aducida o  “…por   la  que  se  probare…”,    él   no   tendrá  ninguna  restricción  legal  para  disponerla  en  la  extensión real y efectivamente  demostrada,  pues  aún  de  este  modo  estará  pronunciándose    dentro    de    los   precisos  límites   trazados   por   el   mentado  precepto  normativo;  antes bien, si en tal supuesto, esto es, de encontrar evidenciado un  quantum  mayor  del  expresamente  pedido  en  el  libelo,  llegara a reducir la  condena  al  guarismo  explicitado  en  la  demanda, incurrirá en un fallo  incongruente,  por mínima petita, por cuanto en tal  hipótesis      la      definición    de   la   controversia   judicial   no   estará   en   consonancia   con  “…las  pretensiones  aducidas en la demanda y en las demás  oportunidades…”     legalmente  previstas.”   

“Con sustento, pues, en esta nueva  doctrina  puede  en  este  momento  la Sala, en sede de instancia, imponer a una  cantidad  superior  a  los  sesenta  millones  de  pesos deprecados por la parte  actora,  sin  que por ello violente el lindero de lo  pedido  o  incurra  en  plus  petita,  dado que, al haber sido redactado de esta  forma  el  petitum,  es palmario que ella no limitó  exclusivamente  las  súplicas a esa única  extensión,  por  supuesto que  así  dejó abierta la  posibilidad    de    ir    más    allá  de  tal        cantidad”.   

En    el    caso    que   ocupa   la  atención  de  la  Sala,  se tiene que no  existe la incongruencia pregonada  por    el    casacionista    respecto    de    la   condena   por   lucro  cesante, pues en el escrito de  reforma   de   la   demanda   de   parte  civil  consta  con  claridad  que  el  demandante  fijó dicho  concepto  en  la  suma  de $300.000.000, “o por la  suma      que      resulta      demostrada     en     el     proceso”,   lo   que   en   verdad   le  permitía  al  sentenciador  condenar  por un valor  superior  al  mencionado,  cual  fue  el  que  efectivamente  halló  demostrado  en  el proceso, con la  prueba  legal  y  válidamente aducida. No ocurre lo  mismo   respecto   de   los   conceptos   referentes   a  perjuicios  morales  y  fisiológicos,  pues en la modificación  de  la  demanda  civil  no  aparece  una expresión    similar    a    la    ya    citada,    la    cual    le   hubiera   permitido   al  sentenciador apartarse de lo expresamente solicitado.   

2.3.    Por    tanto,   la    Sala    accederá  parcialmente a lo solicitado por el  impugnante   en   el   segundo   cargo.   

Como     consecuencia     de    lo  anterior,                casará    en    parte       el       fallo       del       Juzgado       6º     Penal     del    Circuito,  únicamente  en  lo  referente  a  la  condena  en  perjuicios  por los conceptos de perjuicios morales  y  fisiológicos y, en  su  lugar, ajustará las sumas correspondientes a lo  pedido   en   la   demanda   civil,   esto   es,   a   las   cuantías    de    100   y   40   salarios  mínimos     legales     mensuales     vigentes,  respectivamente,  los  cuales  fueron  fijados  en  el  escrito  de reforma a la  demanda  civil9.   

2.4.      Por     último,  es  pertinente  aclarar  que  como  el tercero civilmente  responsable,   la   Sociedad  Calizas  y  Derivados  S.A.,  fue condenado de  manera      solidaria     junto     con  el  procesado  al  pago del valor de  los perjuicios y,  por    tanto,   fue   afectado   por   la   sentencia,   los   efectos   de   la  decisión    aquí  adoptada  se  extenderán  a dicho sujeto procesal.   

En lo demás,  el    fallo    recurrido    mantendrá su vigencia.     

En  mérito de  lo     expuesto,     la    CORTE    SUPREMA    DE  JUSTICIA,   SALA  DE  CASACIÓN    PENAL,  administrando    justicia    en   nombre   de   la  República y por autoridad de la ley   

R E S U E L V E  

PRIMERO:  NO  CASAR el fallo por  razón   del   primer  cargo  de la demanda de  casación.   

SEGUNDO:  CASAR  PARCIALMENTE la  sentencia  del 24 de noviembre de 2011, proferida por el Juzgado 6º   Penal   del   Circuito   de  Cali,  conforme  el  segundo   cargo   de   la   demanda  formulada por el defensor del procesado.   

SEGUNDO: Como  consecuencia   de   lo   anterior,   REVOCAR         PARCIALMENTE  el  numeral tercero de  la  decisión  recurrida.  Por  tanto, CONDENAR      a     Geison  Zabala  Ortiz  y  al tercero  civilmente   responsable,   Sociedad   Calizas   y  Derivados  S.A.,  al  pago  solidario,  a favor del  ofendido      Carlos      Eduardo     Velásquez  García,   del  valor  equivalente  a  cien  (100)  salarios  mínimos  legales mensuales vigentes para  el    año   2005   y   cuarenta   (40)   salarios  mínimos  legales  mensuales vigentes para la misma  época,  por  los conceptos de perjuicios morales y  fisiológicos,         respectivamente.   

SEGUNDO:  En  lo  demás,  el  fallo  de  primera  grado  se  mantiene incólume.       

Contra   esta   decisión      no     procede     ningún  recurso   

Cópiese,  notifíquese,           devuélvase     al     Juzgado     de    origen    y    cúmplase.   

JOSÉ  LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ   

JOSÉ  LUIS     BARCELÓ  CAMACHO                          FERNANDO ALBERTO CASTRO CABALLERO   

EUGENIO      FERNÁNDEZ  CARLIER                             MARÍA DEL  ROSARIO       GONZÁLEZ       MUÑOZ   

GUSTAVO  ENRIQUE MALO FERNÁNDEZ                                   LUIS GUILLERMO SALAZAR OTERO   

NUBIA   YOLANDA   NOVA   GARCÍA   

Secretaria  

    

1  Notificada personalmente y por estado del 26 de diciembre de 2008.   

2  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal,  sentencia  del  4  de septiembre de 2012, radicación  No. 38126.   

3  Cfr. cas de mayo 20 de 2003. Rad. 14699   

4  Ibid. Rad. 22941   

5  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Penal,  sentencia  de única  instancia del 17 de diciembre de 2003, radicación No. 17765.   

6  Artículo   66,   inciso   primero,   Ley   769  de  2002:  “Giros en cruce  de  intersección. El conductor que transite por una vía sin prelación deberá  detener  completamente  su  vehículo  al  llegar  a  un  cruce  y donde no haya  semáforo  tomará  las  precauciones  debidas  e  iniciará la marcha cuando le  corresponda”.   

Artículo  111:  “Prelación  de  las señales. La prelación entre  las  distintas  señales  de  tránsito  será la siguiente: Señales y órdenes  emitidas  por  los  agentes  de  tránsito;  Señales  transitorias; Semáforos;  Señales    verticales;    Señales   horizontales   o   demarcadas   sobre   la  vía”.   

7  Ibid. Rad 17765.   

8  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala de Casación Penal, auto sentencia del 13 de  marzo  de  2013,  radicación  No.  37285.  En igual sentido, sentencia del 7 de  marzo de 2012, rad. 34816.   

9 En  el  libelo  de casación, el recurrente señala que la demanda civil reclamó 50  salarios  mínimos  legales  mensuales vigentes por perjuicio moral. Lo anterior  desconoce   la realidad procesal, pues lo cierto es que en la reforma de la  demanda  la  cuantía dfel perjuicio por dicho concepto se fijó en 100 salarios  mínimos legales mensuales vigentes.     

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