37996(14-03-12)

2012

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     nº  37996   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrada Ponente:  

MARIA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  MUÑOZ   

Aprobado Acta No. 093.  

         

Bogotá  D.C.,  marzo catorce (14) de dos mil  doce (2012).   

VISTOS  

Decide  la Sala sobre la admisibilidad de la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor del procesado GUILLERMO  GARCÉS  TORO  con  el  fin de  sustentar  el  recurso  de  casación interpuesto contra la sentencia de segunda  instancia  proferida  por  el  Tribunal  Superior  de Ibagué el 18 de agosto de  2011,  mediante la cual confirmó, con modificaciones, la dictada por el Juzgado  Cuarto  Penal  del  Circuito  de  la  misma  ciudad  el  21 de julio de 2010 que  condenó  al  mencionado,  junto  a Diego Julián Toro  Prada,            por  el  delito  de falsedad ideológica en documento público; el  primero como determinador y el segundo como autor material.   

   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

El supuesto fáctico que activó la presente  actuación  fue  declarado  por  el  juzgador  de segundo grado, de la siguiente  forma:   

“El primero de agosto de 2006, la doctora  Nancy   Olinda   Gastelbondo   de   la  Vega,  Jefe  del  Grupo  de  la  Oficina  Judicial1,  recibió  una llamada anónima de una persona de sexo masculino,  quien  le  advirtió  que  las  demandas  presentadas por los doctores GUILLERMO  GARCÉS,  Fáber Hernán Ramírez y Fernando Medina, siempre eran asignadas para  su   conocimiento   al   Juzgado   Quinto   Laboral   del   Circuito   de   esta  ciudad.   

Hacia  las  11:00 a.m., del 3 de agosto del  2006,  la  doctora  Gastelbondo  de la Vega recibe otra llamada, en la que se le  anuncia  que en horas de la tarde, el doctor GARCÉS presentaría demanda contra  el  Instituto  de  Seguros  Sociales  y  se  le alerta sugiriéndosele que está  pendiente la situación.   

Por lo anterior la doctora Gastelbondo de la  Vega  solicitó  al  ingeniero  Saúl  Osbaldo  Aponte López, Coordinador de la  Unidad  de  Informática de la Dirección Ejecutiva de Administración Judicial,  que  hiciera  el respectivo seguimiento al reparto. En oficio del 4 de agosto el  ingeniero  informa,  que  al  revisar el reparto de los juzgados de circuito del  día   3   de   agosto,   encontró   que,   desde   la   terminal  ‘reparto       civil’,  utilizada  por Diego Julián Toro,  fueron  asignados  de  manera directa 3 procesos, uno al Juzgado Segundo Laboral  del  Circuito  y  los  dos  restantes  al  Juzgado  Quinto Laboral del Circuito.  Agregó  que  procedió  a revisar el reparto efectuado por esa terminal durante  el  año  2006  a  los  juzgados  laborales  y  encontró  que se encontraban en  igualdad de condiciones…”.   

Con fundamento en la denuncia, se dispuso la  apertura  formal  de  investigación  a  la  cual  fueron  vinculados,  mediante  diligencia  de  indagatoria,  GUILLERMO  GARCÉS TORO  y   Diego   Julián  Toro  Prada, respecto de quienes la Fiscalía, con el objeto  de   definir  su  situación  jurídica,  se  abstuvo  de  dictarles  medida  de  aseguramiento.   

         

Cerrada  la  instrucción,  el  sumario  se  calificó  el  20 de diciembre siguiente con resolución de acusación en contra  de  los  procesados por el delito de falsedad ideológica en documento público;  al  primero, en calidad de determinador y, al segundo, como autor, decisión que  fue  confirmada  por  la  Fiscalía  de  Segunda  Instancia  el 26 de febrero de  2008.   

La   subsiguiente   fase   del  juicio  le  correspondió  adelantarla  al  Juzgado Cuarto Penal del Circuito de Ibagué, el  cual,  tras surtir las audiencias preparatoria y de juzgamiento, profirió fallo  el  21  de  julio  de  2010, por cuyo medio condenó a los acusados GUILLERMO     GARCÉS     TORO,    como  determinador, y Diego  Julián Toro Prada, como autor, del  delito  de  falsedad  ideológica  en documento público, a la pena principal de  ochenta  (80)  meses  de  prisión  y  a  la  accesoria de inhabilitación en el  ejercicio  de derechos y funciones públicas por el lapso de cinco (5) años, al  paso  que  les  negó el subrogado de la condena de ejecución condicional y les  otorgó el sustitutivo de la prisión domiciliaria.   

La  decisión anterior fue impugnada por los  defensores  de  los  dos  sentenciados,  motivo  por  el  cual  se pronunció el  Tribunal   Superior   de  Ibagué  el  18  de  agosto  de  2011,  impartiéndole  confirmación,  con  la modificación consistente en fijar la pena para cada uno  de  ellos  en  sesenta (60) meses de prisión, como consecuencia de suprimir del  fallo  de  primer  grado  la  figura  del  delito  continuado, contemplada en el  parágrafo  del  artículo  31  del  C.P.  En  lo  demás,  dejó  incólume  la  decisión.    

Contra  el  fallo  adverso  de segundo grado  interpusieron   recurso  extraordinario  de  casación  los  defensores  de  los  procesados.   El   defensor   de   GUILLERMO  GARCÉS  TORO,  presentó oportunamente demanda, por lo cual la  Corte,  mediante este proveído, se ocupará de definir su admisibilidad. Por su  parte,  el  defensor  de  Diego  Julián  Toro  Prada  allegó  escrito de forma extemporánea, por lo que el  Tribunal,   con  auto  del  28  de  noviembre  ulterior,  declaró  desierta  la  impugnación.   

LA DEMANDA  

          Contiene   la  siguiente  estructura  básica:  i)  Preámbulo;  ii)  Justificación  de  la  casación  discrecional  y,  iii) Cargos contra el fallo  impugnado.  En este último acápite postula cuatro censuras:  dos de ellas  con  fundamento  en  la  causal tercera del artículo 207 de la Ley 600 de 2000,  por   nulidad;   una   por   el   motivo   segundo,  por  incongruencia  y,  una  última      al   amparo   del  motivo  primero,  por  violación  indirecta de la ley sustancial.   

     

i. Preámbulo:     

En  este  capítulo  el  censor comienza por  señalar  que  al  tomar  las sentencias de primera y segunda instancia de forma  integral,  surgen problemas para determinar si se debe acudir a la casación por  la vía ordinaria o a la discrecional.   

Ello,  advierte,  porque  el fallo de primer  grado,  al  incluir  la  circunstancia del delito continuado, incrementa la pena  del  delito  de  falsedad  ideológica en documento público por encima de los 8  años  de  prisión  que  el  tipo  básico  contempla  como  sanción  máxima,  “y  por  lo tanto, sería un delito de aquellos que  deben ser objeto de casación directa”.   

Empero,  si  se  suprime  esa circunstancia,  añade,  como  lo  hizo  el  Tribunal,  la  pena  queda  en  dicho  quantum   y  habría  que  acudir  a  la  casación  discrecional,  situación  que  perjudica  a la defensa, en tanto esa  vía es más exigente.   

Sobre  esa situación, destaca, además, que  si  bien  el  Tribunal  en la pena final no tuvo en cuenta el aumento del delito  continuado  “sí  se hacen afirmaciones respecto de  una  pluralidad  de  conductas  por  parte  de  la  segunda instancia que sí se  tuvieron  en  cuenta  al  momento  de graduar la pena, pero sin ningún respaldo  jurídico,  pues  se descartó el delito continuado y no se habló del concurso.  Esto  con  el  debido  respeto  honorables magistrados, incide en las garantías  fundamentales  del  señor  GARCÉS TORO, pues no es lo mismo hablar de que tres  comportamientos   o   conductas  constituyen  un  delito  continuado  a  que  se  determinen  posteriormente  que  hay  hechos sin juzgar y se reabran o reinicien  investigaciones  en  contra  de  mi  poderdante,  todo  porque  la sentencia del  Tribunal   no   abordó   este   punto   de  la  manera  adecuada”.          

El anterior aspecto, además, también tiene  repercusiones  frente  a  la  congruencia,  pues  no es lo mismo que el acusador  hable  de  un  hecho, el juez de primer grado de una conducta continuada y el de  segunda  no  precise  el  asunto.  Igualmente  frente  al principio non  bis  in  ídem,  en  tanto  estaría  prohibida una nueva investigación por los mismos sucesos.   

     

i. Justificación de la casación discrecional:     

El  censor  encuentra  que se configuran dos  tópicos  que  permiten  el  acceso  al  recurso  extraordinario  por esta vía,  “ya   que   pensamos  que  es  necesario  para  el  desarrollo  de  la  jurisprudencia,  pero  además,  observamos  que se vulneran  garantías   de   derechos   fundamentales   en   contra   del   señor  GARCÉS  TORO”.   

En cuanto a lo primero advierte que la Corte  debe  determinar “cuál debe ser el medio probatorio  idóneo  para  demostrar  una  falsedad  en documento. Pero además, cuál es la  carga  probatoria  exigida para determinar una falsedad ideológica en documento  público.  Si  bien  es  cierto  la Corte Suprema ha proferido un sin número de  sentencias  sobre la falsedad ideológica en documento público, no ha precisado  la  importancia probatoria del mismo documento.  Me refiero, a que no se ha  detenido  la  Corte a profundizar si una falsedad ideológica se puede acreditar  probatoriamente     sin    el    documento”.    

Adicionalmente,  se  pronuncie  “sobre  un  fenómeno que aconteció dentro de este proceso, como  lo  fue  lo  abordado por la sentencia de primera instancia, que fue simplemente  desconocido  por la segunda instancia invocando un principio de inexistencia del  fenómeno”.  Se refiere, en concreto, a “la  concurrencia  de  varios  hechos  o la existencia de un solo  hecho”.   

Al  quedar  sin solución ese punto, añade,  “posteriormente  pueden  revivir  temas concursales  que  pueden perjudicar punitivamente a las personas que han sido sometidas a una  investigación   en   la  que  se  observaron  y  se  tuvieron  en  cuenta  esos  comportamientos”,   amén   de  considerar  que  el  Tribunal  al  imponer  60  meses de prisión continúa manteniendo el incremento  por  razón  del  delito continuado, no obstante haber dejado expresa constancia  de   retirarlo   por  resultar  incongruente  con  la  acusación,  “pues  no  existía  argumento  diverso que lo obligara a aplicar  más   del   mínimo  del  primer  cuarto,  es  decir,  48  meses”.   

En relación con lo segundo porque, asegura,  “se ha quebrado la estructura básica del proceso a  través  de  la  violación  de un derecho fundamental, como lo es la violación  del  debido proceso establecido en el artículo 29 de la Constitución Nacional,  235,  numeral  4  y 251 de la Carta Política que predican la correlación entre  la    conducta    que   se   acusa   y   la   que   se   sentencia   de   manera  definitiva”.   

Entonces,  “al  omitir  el  punto  de  si era delito continuado o concurso, dejó en el limbo un  extremo  fundamental  de  la  resolución  de  acusación y de la sentencia, que  permite  aseverar  que  se  desconoce  el  derecho  del  señor GARCÉS a no ser  investigado  por los mismos hechos. Y además, que en el momento en que modifica  el   fallo   disminuye   el   quantum  punitivo  para  acceder  directamente  en  casación”.   

Ello, porque en la resolución de acusación  siempre  se  habló  de  un  solo  acto  a pesar de tratarse de tres números de  asignación,  por  lo  cual  era imperativo revisar si se había acusado por los  tres  o  por uno, o por un delito continuado, para determinar la congruencia con  el fallo.   

Así mismo, al encontrar que se incurrió en  transmutación  típica en el caso estudiado “ya que  es  claro  que  el delito de falsedad ideológica en documento público no es ni  era      atribuible      a      estos     supuestos     fácticos”.   

     

i. Cargos contra el fallo:     

    

1. Primer  cargo.  Causal  tercera  -nulidad-.  “Transmutación  típica”  o  “desacierto  interpretativo  de la  norma sustancial”.            

Se presentó la irregularidad, sostiene, dado  que  “de  un  delito  contra  la Administración de  Justicia  (Título  IV),  como  debe ser, se saltó a otro contra la Fe Pública  (Título  VI),  sin  duda  ello  se  traduciría  en  un  error  relevante en la  denominación  jurídica  de  la  infracción,  constitutivo  de  una violación  flagrante  del  debido  proceso  (C.P.P., art. 304-2), dado que la calificación  pertinente  se exige desde el momento mismo de la resolución acusatoria, con el  fin   de  guardar  la  armonía  imperiosa  de  la  sentencia  con  dicha  pieza  procesal”.   

Esa   errónea   forma   de  calificar  el  comportamiento  condujo a que en el juicio se ejerciera contradicción y defensa  respecto  de  “una hipótesis delictiva notoriamente  improcedente”.   

Ciertamente,  señala el actor, “si  se afirma que se recibió un dinero por realizar esta labor,  o  si se afirma que no se aplicó el procedimiento debido como lo fue el reparto  aleatorio,  constituyen sin duda alguna comportamientos muy diferentes al objeto  de acusación y de sentencia”.   

Lo   primero,  acota,  podría  configurar  “un  eventual  comportamiento  de  cohecho  propio,  impropio  así  como  otra cosa puede ser un prevaricato por omisión, y una muy  diferente   hablar   de   un   delito   de  falsedad  ideológica  de  documento  público”,  fundamentación  y  argumentación ésta  que,   sostiene,   “resulta  anfibológica,  porque  precisamente   una cosa es la infracción al deber de actuar de determinada  manera  y  otra la de consignar una falsedad, o de crear un documento mendaz con  apariencia de verosimilitud”.   

Tan  cierto  es lo anterior, dice, que si se  consulta  la  base  de  datos  se encuentra que el proceso fue asignado, lo cual  descarta   la   falsedad,  “pues  no  aparece  nada  contrario  a lo que sucedió”, como así lo ratificó  el   ingeniero   Saúl  Osbaldo  Aponte  en  su declaración a fol. 66.     

De  otro  lado,  señala  que  las funciones  exigidas  en el tipo “no se suponen ni se demuestran  con  declaraciones,  deben  estar  expresamente  consagradas  en  el  manual  de  funciones,  el cargo debe tener asignadas esas funciones y haber sido atribuidas  reglamentariamente    y    fácticamente    deben    estar    cumplidos    estos  presupuestos”.   

Como    el    coprocesado   Diego  Julián Toro Rada no tiene función  certificadora,  afirma, “no existe adecuación entre  el     comportamiento     endilgado     y     los    supuestos    fácticos    y  probatorios”, a lo cual añade que en la indagatoria  se  atribuyó  el  delito  de  falsedad  material  en documento público y en la  calificación  se varió por falsedad ideológica y que durante la intervención  de  la  Fiscalía  en  la  audiencia  pública  solicitó  condena por el primer  delito,   de   manera  que  “la  transmutación  es  evidente,  pues  la  fiscalía ni siquiera tenía claro qué fue lo que sucedió  para poder atribuir el tipo penal”.   

Se vulneraron así, concluye, los principios  de  adecuación,  subsunción,  debido proceso y legalidad, por lo cual solicita  casar  el  fallo  impugnado  “y  se declare en qué  estado  queda  el  proceso  y  se disponga de conformidad con lo resuelto por la  Corporación”.   

    

1. Segundo  cargo.  Causal  tercera  -nulidad-.  “Ausencia de motivación”.     

Empieza  por  señalar  que  el  reparo  se  configura  por  cuanto  “los  fallos  de  primera y  segunda    instancia    adolecen    de   compromiso   con   el   contenido   del  proceso”.  Ello,  anota, sobre dos nortes: en primer  lugar,  “dado  que,  nada  dice  la sentencia sobre  cuáles  son los elementos de prueba que sirvieron para arribar a la conclusión  y  demostración  material  del  delito  de  falsedad ideológica”,    pues   acuden   a   “afirmaciones  subjetivas  o  a  declaraciones  de los propios acriminados y no se desciende al  elemento    que    debe,    por    antonomasia    probar    la    falsedad    en  documento”.   

Y,  segundo  orden,  en consideración a que  “no   existe  motivación  en  la  atribución  de  responsabilidad,  pues  nada  se  argumenta  en  la determinación como forma de  participación del señor GARCÉS TORO”.   

En  la  parte  final del reproche añade que  tampoco  hubo  motivación  en  la  determinación  de la pena, pues el Tribunal  “como  se  explicaba en el preámbulo, le basta con  modificar  el delito continuado, pero gradúa de idéntica manera que el juez de  primera  instancia y no soporta la forma como ha llegado a la conclusión de que  debe  ser  tomado  el  máximo  del  primer cuarto, y es claro que, no puede ser  conforme  lo  hace  el  juez  a  quo  dado  que su fundamento depende del delito  continuado”.   

Por  lo  anterior,  depreca  se  decrete  la  nulidad  de  las sentencias “para que de conformidad  con  el  artículo 217 numeral 1 se declare en qué estado queda el proceso y se  disponga  de  conformidad  con  lo  resuelto  por la Corporación, reponiendo la  actuación     y     subsanando     el     defecto     sustancial”.          

    

1. Tercer  cargo.  Causal  segunda  -incongruencia-.  “Violación al debido proceso, al  derecho de defensa”.     

Luego  de  destacar que la congruencia es un  principio  estructurante  del proceso, aduce que se violó en tanto “no  puede  admitirse  que  la acusación supuso un concurso o un  delito  continuado  o  un  solo comportamiento, pues la imputación no puede ser  implícita  sino  que necesita ser expresa y se hace exigible entonces que en la  acusación  aparezca  precisado  y la sentencia lo traslade de igual manera para  que se cumpla con la identidad plena”.   

De  manera que, prosigue, cuando el Tribunal  omite  aclarar  si  la  conducta  encasillaba  en  delito  continuado o concurso  “dejó  en  el  limbo  un extremo fundamental de la  acusación  que  debía reflejarse en la sentencia…que permite aseverar que se  desconoce  el  derecho  del  señor  GARCÉS a no ser investigado por los mismos  hechos”.   

Corolario  de  lo dicho, solicita de la Sala  “se sirva corregir el yerro, casando la sentencia y  decretando  se realice la adecuación correspondiente por parte del fallador, lo  que  impone  regresar  el  proceso a esta instancia”.   

    

1. Cuarto  cargo.  Causal  primera,  violación indirecta de la ley sustancial por error de hecho.     

Para sustentar el reparo, el demandante parte  de  señalar que el juzgador “supone o cree el hecho  de:   

     

a. Que  la función del señor Diego  Julián  Toro  Rada  era  certificar  o dar fe del reparto. (cuando la prueba no  existe en el proceso).     

b. Que fue adulterada un acta que se anexó  a  los  procesos  asignados  (la  cual  no aparece en el proceso)”.   

Acto  seguido, indica que el juez incurre en  un  falso  juicio  de identidad, “pues tergiversa el  informe  que  precisamente  da  el  ingeniero  respecto  de  que  en  el soporte  informático  aparece  la  escogencia  de la opción asignación”.   

Errores  que, agrega enseguida, “son  evidentes,  pues  precisamente  al  no existir el manual de  funciones  del señor Diego Julián Toro, no podía demostrar las funciones, que  requiere     el    tipo    penal    de    falsedad    ideológica”.   Además,  acota, que si dentro del proceso no se cuenta con  los  documentos  que  se  reputan  falsos mal puede atribuirse alteración de la  verdad.   

Acota  que  si  el juez no hubiera supuesto  estos  medios de prueba “debería haber llegado a la  conclusión  de  que  no  estaban  demostrados  los  elementos básicos del tipo  penal,  y debería haber llevado desde el principio a descartar cualquier juicio  respecto     de     esta     norma”;     además,  construye   “una   inferencia   entre  una  prueba  inexistente  y  una  función que es requisito esencial en el delito previsto en  el  artículo  286  del C.P., y por lo tanto, le permite afirmar equivocadamente  que  lo  hizo en desarrollo de sus funciones”, cuando  ha  debido colegir que la función del mencionado era simplemente la de ingresar  al sistema las demandas, como él mismo lo indicó.   

De  igual  forma,  advierte  cómo  el juez  también   se  equivocó  al  valorar  el  informe  del  ingeniero  Osbaldo  Aponte,  pues  de  su  texto  se  extrae    que    nunca    hubo    alteración   de   la   verdad,   “pues  el  soporte documental (respaldo del sistema) consagró la  modalidad  de  asignación  en  el caso de esos procesos, y nunca se faltó a la  verdad o se calló sobre ella”.   

Con fundamento en lo expuesto, colige que se  hace  necesario  casar  el  fallo  “y  disponer  la  inexistencia  de  prueba  que  permita  concluir  la  adecuación típica de los  comportamientos  desplegados  por el señor Diego Julián Rada Toro (sic)  y  por  ende  del señor GUILLERMO  GARCÉS      TORO”.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

i) Acerca de las temáticas planteadas en el  preámbulo del libelo sobre la procedencia del recurso:   

En  este  acápite, como quedó sintetizado  con  antelación,  el  censor  explaya  sobre  tres  aspectos,  a  saber:  a) la  procedencia  del  recurso,  esto  es,  si  la  vía  a  acudir es la normal o la  excepcional;  b)  violación  de  garantías  fundamentales a consecuencia de la  decisión  del  Tribunal  de  descartar  el  delito  continuado  y no hablar del  concurso  y;  c) repercusiones de la misma determinación frente al principio de  congruencia   

La   Corte  abordará  en  este  apartado  únicamente  el  primer  aspecto  como  quiera que los dos restantes también se  incluyen  en la exposición de motivos para acudir a la casación discrecional y  se  postulan  como  cargos,  de  modo  que  cuando  se  ocupe  de esos puntos se  expondrá lo pertinente.   

Pues  bien, el demandante aborda el tema de  la  procedibilidad del recurso tras encontrar que si se parte de la integración  de  los fallos de instancia no es claro cuál es la vía expedita para acudir en  casación.   Ello,  expone,  porque  si  se  toma  para  estos  efectos  la  sentencia  de  primera  instancia  que condenó a los procesados por la conducta  imputada  en  la modalidad continuada con el incremento punitivito previsto para  esta  figura  en el parágrafo del artículo 31 del C.P., se superan los 8 años  de  pena  máxima consagrados en el tipo penal, lo que no ocurre con el fallo de  segunda        instancia       al       optar       por       suprimir       esa  figura.         

Con ese planteamiento, el actor evidencia su  desconocimiento  acerca de que la sentencia objeto del recurso extraordinario de  casación  es  la  de  segunda  instancia, como de forma meridiana lo expresa el  artículo   205   de   la   Ley  600  de  2000,  al  señalar  que  “la   casación   procede  contra  las  sentencias        proferidas        en       segunda       instancia”2          (subraya  fuera  de  texto), al tiempo que desvirtúa la esencia del  denominado  principio  de  la  unidad  inescindible  de los fallos de instancia,  regente en casación.   

De  acuerdo con dicho postulado casacional,  como  de  forma  reiterada  lo  ha  precisado  esta  Colegiatura,  los fallos de  instancia  conforman una unidad jurídica inescindible, de manera que con el fin  de  derrocar  alguna declaración de justicia de la sentencia atacada es preciso  derribar   los   fundamentos   que   sobre  el  mismo  tema  contiene  el  fallo  de      primera instancia y que resulten complementarios, so  pena de que la censura se torne intrascendente.   

Resulta   obvio,   por   tanto,   que  la  integración  de  los  fallos,  como  la  llama  el  censor, no opera cuando sus  fundamentos  sobre un tópico en particular son opuestos, como aquí ocurrió en  la  medida  en  que  el  sentenciador  de  segunda instancia al encontrar que la  imputación  del a quo por el  delito  continuado  era  incongruente  frente  a los términos de la acusación,  optó    por   suprimirla   y   proceder   a   la   respectiva   redosificación  punitiva.   

Es  decir  que,  a  efecto de determinar la  procedencia  del  recurso  en  este  asunto  en  particular,  no resulta atinado  considerar  el  incremento  punitivo derivado del delito continuado, por cuanto,  se  insiste,  el  Tribunal  revocó  ese aspecto del fallo, sin interesar que la  modalidad   de   casación  discrecional  resulta  desfavorable  en  tanto  más  compleja.   

Por   manera   que   para  establecer  la  procedencia  del  medio extraordinario de impugnación en cuanto al requisito de  la  punibilidad,  se  ha  de  tomar,  para  este  evento concreto, como la misma  preceptiva  lo indica, el máximo de la pena privativa de la libertad del delito  imputado,  esto  es,  conforme  al  artículo  286  del  C.P., ocho (8) años de  prisión,  monto  que, a tenor del inciso primero del artículo 205 del estatuto  procesal  penal,  no  colma  lo  exigido  legalmente  para  acceder  al  recurso  extraordinario  por  la  senda  normal  o  tradicional,  sino  por la vía de la  casación  excepcional o discrecional contenida en el inciso tercero de la misma  preceptiva.   

De  lo anteriormente dicho se desprende que  el  libelista  se  equivoca  en los presupuestos del debate que promueve en este  acápite  y  que,  por  ende,  la  demanda presentada se someterá, a efectos de  determinar  su admisibilidad, a las exigencias del recurso extraordinario por la  vía excepcional o discrecional.   

Ahora,  en  punto  de  esta  modalidad  de  casación,  de  manera  enfática  se  ha  precisado  por la Sala que compete al  demandante   expresar  con  claridad  y  precisión  los  motivos  por  los  cuales debe intervenir la Corte  contemplados  en  el  inciso  3°  ibídem,  en  virtud de la naturaleza eminentemente rogada de este medio de  impugnación.   

             Así, al casacionista le asiste el  deber  de  persuadir a la Sala sobre la necesidad de pronunciamiento de fondo en  beneficio  de  la  jurisprudencia  de  la  Sala  o  para salvaguardar garantías  fundamentales  de  las  partes  o intervinientes procesales y, sólo después de  corroborar  cualquiera  de  esos  puntos,  se  ocupará del aspecto formal de la  demanda,  es  decir, de que cumpla con los presupuestos de presentación lógica  y  debida  argumentación acorde con lo estipulado en el artículo 212 de la Ley  600 de 2000.    

         De  ahí  que  si  lo pretendido por el actor es el desarrollo de la  jurisprudencia  de  la  Corte  ha  de  demostrar  con  claridad  y precisión la  necesidad  de  proveer  un pronunciamiento con criterio de autoridad respecto de  un   tema  jurídico  especial,  ya  sea  para  unificar  posturas  conceptuales  encontradas  o  con  el  fin de actualizar la doctrina o para abordar un tópico  aún  no  desarrollado,  con  el  deber  de  indicar de qué manera la decisión  solicitada  tiene la utilidad de brindar solución al asunto y, a la par, servir  de guía a la actividad judicial.   

Empero,  si el objetivo trazado es asegurar  la  garantía  de  derechos  fundamentales,  con  la misma claridad y precisión  tiene   la   obligación  de  demostrar  la  violación  e  indicar  las  normas  constitucionales  que protegen el derecho invocado, así como su desconocimiento  en  el  fallo  recurrido,  circunstancias  que, como ya lo ha reiterado la Sala,  deben   evidenciarse   con   la   sola   referencia   descriptiva  hecha  en  la  sustentación.   

A su constatación, por tanto, se aprestará  la  Sala  de  acuerdo  con  los  motivos  indicados en el siguiente apartado del  libelo.   

ii) Sobre las razones expuestas para acudir  a la casación discrecional:     

Según quedó reseñado, son dos motivos los  que,  para  el demandante, permiten acudir, de forma excepcional o discrecional,  al  recurso  extraordinario  de  casación,  “ya que  pensamos  que  es  necesario  para  el  desarrollo  de  la  jurisprudencia, pero  además,  observamos  que  se  vulneran  garantías de derechos fundamentales en  contra  del señor GARCÉS TORO”. A cada uno de ellos  se referirá la Corte, en los términos expuestos por el libelista.   

En relación con el primero resalta el actor  la  importancia  de  que  la  Corte determine cuál debe ser el medio probatorio  idóneo  para  demostrar  una  falsedad  en documento, cuál la carga probatoria  exigida  para  determinar  una  falsedad ideológica en documento público, pues  nunca  “se ha detenido la Corte a profundizar si una  falsedad    ideológica    se    puede    acreditar   probatoriamente   sin   el  documento”.    

Las  afirmaciones  anteriores  del  actor,  expuestas  con  el  fin  de  justificar  el  acceso al recurso extraordinario de  casación  por  la  senda  discrecional, no se ciñen a la realidad, en tanto ha  sido  criterio  uniforme  y  reiterativo  de la Corte el de que en materia penal  rige   el  denominado  principio  de  libertad  probatoria,  contemplado  en  el  artículo   237   de   la   Ley   600  de  2000,  según  el  cual  “los   elementos   constitutivos  de  la  conducta  punible,  las  causales   de   agravación   y   atenuación  punitiva,  las  que  excluyen  la  responsabilidad,  la  naturaleza  y  cuantía  de  los  perjuicios, podrán  demostrarse  con  cualquier  medio  probatorio,  a menos que la ley exija prueba especial, respetando siempre los  derechos    fundamentales”    (subraya   fuera   de  texto)3.   

Así mismo:  

“…el  actor  desconoce  que dentro del  proceso  penal  rige  el  principio  de  libertad probatoria, postulado que hace  referencia  a  dos  aspectos,  a saber: la libertad de los medios de prueba y de  objeto.  En  el primero, la ley y el funcionario judicial no deben imponer a los  sujetos  procesales  la demostración de un hecho con un determinado elemento de  juicio  y,  el  segundo,  que con cualquier medio de convicción se puede probar  una  afirmación  o  una  negación  que  influya en la decisión”4.   

Es  más,  sobre la supuesta inoperancia de  dicho  principio  en relación con el delito de falsedad, también planteada por  el  defensor de GARCÉS TORO,  se    dijo   puntualmente:            

“El  artículo 237 de la Ley 600 de 2000  incorpora  dentro  de  los  principios  generales  de  la  prueba el de libertad  probatoria,   que   permite   acreditar   con   cualquier  medio  los  elementos  constitutivos  de  la  conducta  punible,  la responsabilidad del procesado, las  causales   de   agravación   y   atenuación  punitiva,  las  que  excluyen  la  responsabilidad,  y  la  naturaleza y la cuantía de los perjuicios, a menos que  la  ley  exija  prueba  especial,  es  decir,  que  establezca  expresamente una  limitante,  situación  que  la  normatividad  procesal  no  contempla  para los  delitos  de  falsedad y que tampoco cabe deducir del contenido del artículo que  define   la   procedencia   de   la   prueba   pericial,   como  lo  plantea  el  casacionista.   

La  Corte  no  desconoce  que  este  medio  probatorio  puede  resultar en algunos casos trascendente, e inclusive necesario  para  definir  o  dilucidar  controversias  de carácter técnico o científico,  pero  no  por  eso,  ni por el hecho de tratarse de situaciones de esta índole,  puede  admitirse  la  introducción de aranceles probatorios que la normatividad  no   prevé,  como  el  que  pretende  incorporar  el  casacionista  al  sostener  que  el  principio  de  libertad probatoria no opera  respecto  del  delito  de  falsedad,  en su afán por  nutrir   de   razones  las  alegaciones  orientadas  a  probar  que  la  pericia  grafológica  era  obligatoria  para  la  acreditación  del  hecho punible y la  responsabilidad del procesado.   

         Ante la ausencia, entonces, de una norma  expresa  que exija para la acreditación del delito de falsedad en documentos la  práctica  de  una  pericia  grafológica, o que le niegue eficacia probatoria a  los  otros medios de prueba para la acreditación de este hecho, nada se opone a  que  la  materialidad  del   ilícito  o  la  responsabilidad del procesado  puedan  demostrarse  con  cualquier  medio  de  prueba (confesión, testimonios,  prueba  pericial,  prueba  documental,  prueba circunstancial). Lo importante es  que  los que sean invocados para declarar estos aspectos no dejen duda acerca de  la  existencia  del  delito,  ni  de la intervención en ellos de la persona que  está  siendo  juzgada”5          (subrayas fuera de texto).   

Siendo ello así, no asiste ninguna duda en  cuanto  a  que  el  tema  planteado  por  el  libelista ha sido objeto de amplio  estudio  por  la  jurisprudencia  de  la  Sala,  sin  que  tampoco se observe la  existencia  de  posturas  contradictorias   que  ameriten  conciliación  o  aclaración.   En  consecuencia,  este  motivo esgrimido para justificar el  acceso  a  la  casación  discrecional  no  resulta  atendible  y, como el mismo  encuentra   desarrollo  en  el  último  cargo  planteado  en  la  demanda,  por  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  cuyo  sustento radica en que se  incurrió  en  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  identidad al suponer la  relación  funcional  del  autor  material  de  la  conducta  sin  contar con el  respectivo  manual de funciones y se predicó la tipicidad del delito sin contar  con el documento, emerge evidente su inadmisión.   

De   otro   lado,  en  cuanto  a  que  la  interposición  del recurso tiene por objeto restaurar las garantías procesales  de  su  defendido  a  raíz  del  problema de transmutación típica que aflora,  desarrollado  en el primer cargo, la incongruencia entre el fallo del Tribunal y  la  acusación,  postulado  en  el  tercero,  y  por la ausencia de motivación,  formulada   en   el   segundo,  habrá  de  verse  si  tales  pretensiones,  que  eventualmente  dan  lugar  a  la  casación por la vía excepcional, cumplen los  presupuestos  de  lógica y argumentación exigidos para su admisión, a lo cual  se procederá en el siguiente acápite.   

     

i. Cumplimiento de presupuestos de admisión.     

    

1. Cargo     Primero    (“transmutación  típica”):     

          

Para  la  Sala  este reparo no satisface los  presupuestos de admisión, por las siguientes razones:   

En  primer  lugar,  porque  en  su  interior  involucra   aspectos   conceptualmente   diversos,  cuyo  tratamiento  coetáneo  introduce  confusión  a  la  propuesta.  Ciertamente,  la censura gira en torno  principalmente  de  que se incurrió en error de adecuación al tipo penal desde  la  misma  calificación  del  mérito sumarial, pero a la vez se indica que los  fundamentos  del  fallo son contradictorios y ambiguos, planteamientos que, para  precaver   la   anunciada   confusión,   han   debido   postularse   en  cargos  independientes;  por  ejemplo,  el  segundo  punto  en  el  siguiente  cargo que  precisamente  refiere  a  los  supuestos  yerros  en  la  motivación  del fallo  atacado.   

Tal forma de concebir el ataque dificulta en  grado  sumo  la  comprensión  del  escrito,  en  tanto  configura  quebranto de  principios  basilares  de  la  actividad  casacional  en  procura  de  conseguir  demandas  que  satisfagan  las  exigencias  argumentativas propias de este medio  extraordinario   de  impugnación  de  naturaleza  rogada,  tales  como  los  de  sustentación  suficiente,  limitación,  crítica vinculante, autonomía de las  causales, coherencia, no exclusión y no contradicción.   

          Los    dos   primeros   principios   (sustentación   suficiente   y  limitación),  consecuentes  con  el carácter dispositivo del recurso, implican  que  la  demanda  debe  bastarse a sí misma para propiciar la invalidación del  fallo,  al paso que la Corte no puede entrar a suplir sus vacíos, ni a corregir  sus deficiencias.   

          El  de  crítica  vinculante,  por  su  parte,  exige  de la censura  fundarse  en  las  causales  previstas  taxativamente y someterse a determinados  requisitos  de  forma y contenido dependiendo del motivo invocado. Y, conforme a  los  de  autonomía,  coherencia,  no  exclusión y no contradicción, sobre los  cuales  mucho  ha  insistido  la  Sala,  se  proyectan  en  el sentido de que el  discurso  debe  mantener  identidad  temática  y ajustarse a los requerimientos  básicos de la lógica.   

Tanto  más  cuando  se advierte que dichas  pretensiones  resultan  antagónicas  en  cuanto  a  sus efectos toda vez que el  error  en  la calificación jurídica conllevaría al decreto de invalidez de la  actuación  procesal desde la calificación del mérito sumarial, al cabo que el  yerro  de motivación contrae sus efectos al fallo impugnado, de ahí se explica  la  dificultad  del  censor  para determinar su petición diseñando la fórmula  genérica    de    que  “se  declare  en  qué estado queda el proceso y se  disponga  de  conformidad  con  lo  resuelto  por la Corporación”,  la  cual, a no dudarlo, tampoco satisface los presupuestos de una  cabal  propuesta de nulidad en sede de casación que exige concretar los efectos  invalidantes,  precisando,  incluso,  la  autoridad a la cual se debe remitir la  actuación para que proceda a su restauración.      

En segundo lugar, porque el planteamiento es  insuficiente.  En  efecto,  si  el  censor  aduce que la conducta por la cual se  debió  juzgar  a  su  defendido  no era la de falsedad ideológica en documento  público  sino  una distinta, ha debido necesariamente concretar cuál. A cambio  de  ello,  apela  a  una  proposición  genérica,  contradictoria  y carente de  demostración,  como  que  encasilla en “un eventual  comportamiento  de  cohecho  propio,  impropio  así como otra cosa puede ser un  prevaricato  por  omisión,  y una muy diferente hablar de un delito de falsedad  ideológica de documento público”.   

Además, una tal propuesta podría conducir a  problemas  en torno al interés que le asiste para recurrir, pues la conducta de  cohecho  propio  es  de mayor gravedad a la de falsedad por la que se condenó a  su  defendido,  por  contemplar  una  pena  mínima  privativa  de  la  libertad  superior,  como,  en  general,  también  ocurre  con  las demás señaladas por  consagrar  una  pena  principal  de  multa  que no prevé el delito contra la Fe  Pública.   

En tercer lugar, dado que la formulación del  cargo  no  se  corresponde con la realidad del fallo al aseverar que se admitió  la  existencia de una contraprestación dineraria por la conducta desplegada por  el  autor  material a cargo del determinador, lo cual, a su juicio, descartaría  la  conducta  falsaria,  afirmación que se cuidó de realizar el Tribunal, bajo  la  consideración de que carecía de sustento probatorio, como lo plasmó en el  siguiente pasaje de la sentencia:   

“Tal  actuar solo puede obedecer a lo que  echa  de  menos la defensa: ese subrepticio pacto que de manera innegable debió  existir  entre  los  sentenciados,  sin que pueda exigirse prueba contundente de  ello,  o  de  la contraprestación que pudo mediar, porque esas mismas reglas de  la  experiencia  enseñan que quienes así actúan buscan la clandestinidad para  sellar el convenio o entregar la dádiva.   

Lo  anterior  se  acota, pese a que como es  sabido,  la  demostración  de una específica finalidad o móvil, si bien puede  resultar  relevante  para  la  determinación  de  la culpabilidad, su    falta   de   acreditación   no   conduce   a   declarar   la  irresponsabilidad    del    procesado   (se   está   refiriendo   a    Toro  Rada,  se  aclara),  porque  ello  no  implica  que  el  conocimiento  y  la  voluntad  de transgredir la ley  desaparezcan”6 (subraya fuera de texto).   

Y, en cuarto lugar, porque las críticas que  efectúa  a  la apreciación probatoria, que también aborda en el último cargo  de  la  demanda  para  fundamentar  la  causal de violación indirecta de la ley  sustancial,   reflejan   o  bien  su  intención  de  forzar  una  tarifa  legal  incompatible  con  el  sistema  de  libertad  probatoria,  a  lo al cual se hizo  alusión  en  el  capítulo  precedente,  o el propósito de imponer su criterio  personal valorativo sobre el del juzgador.   

Las  reseñadas  falencias  lógicas  y  de  argumentación, determinan la inadmisión de la censura.   

    

1. Cargo     segundo    (“Ausencia    de  Motivación”):     

          

Descansa  la propuesta del demandante sobre  tres  aspectos:  i)  “nada  dice la sentencia sobre  cuáles  son los elementos de prueba que sirvieron para arribar a la conclusión  y  demostración  material  del  delito  de  falsedad ideológica”,       pues       simplemente       acuden      a      “afirmaciones   subjetivas  o  a  declaraciones  de  los  propios  acriminados  y  no  se  desciende al elemento que debe por antonomasia probar la  falsedad    en    documento”;   ii)   “no  existe  motivación  en  la  atribución de responsabilidad,  pues  nada  se  argumenta  en la determinación como forma de participación del  señor   GARCÉS   TORO”   y  iii)  inexistencia  de  motivación  en  la  determinación  de  la  pena, pues al Tribunal “le  basta  con  modificar  el delito continuado, pero gradúa de  idéntica  manera que el juez de primera instancia y no soporta la forma como ha  llegado  a la conclusión de que debe ser tomado el máximo del primer cuarto, y  es  claro  que,  no  puede  ser  conforme  lo  hace  lo  juez  a quo dado que su  fundamento        depende       del       delito       continuado”.   

En punto de los defectos de motivación que  puedan  evidenciar  las  decisiones judiciales ha sido profusa la jurisprudencia  de la Corte al identificar los siguientes yerros:   

         

          (i)  Ausencia absoluta de motivación, (ii) motivación incompleta o  deficiente,  (iii)  motivación  ambivalente  o  dilógica  y  (iv)  motivación  falsa.   También  ha  dicho,  de  manera  reiterada, que las tres primeras  constituyen        errores    in  procedendo    y    la   última   uno   in iudicando.   

          En  la primera modalidad, el fallador no expone las razones de orden  probatorio  ni  los  fundamentos jurídicos en los cuales sustenta su decisión;  en  la  segunda,  omite analizar alguno de los aspectos señalados o los motivos  aducidos  son  precarios;  en  la  tercera,  las contradicciones que contiene la  motivación  impiden  desentrañar  su verdadero sentido o las razones expuestas  en  ella  son contrarias a la determinación adoptada en la resolutiva; y, en la  cuarta,  la motivación del fallo se aparta abiertamente de la verdad demostrada  en el proceso.   

El actor aduce que el fallo impugnado está  incurso  en  la  primera  de  las  modalidades  vistas,  pero  al  confrontar su  argumentación  con el contenido material de la decisión se observa cómo no se  atiene   a  lo  allí  consignado,  situación  que  resulta  desconocedora  del  principio  de corrección material, según el cual los fundamentos de la censura  deben  ajustarse a la realidad procesal.  Sobre cada uno de los aspectos en  los que se apoya la tacha, se expresará lo pertinente.   

En relación con que la sentencia nada dice  acerca  de  cuáles  son los elementos de prueba que sirvieron para arribar a la  conclusión  y  demostración  material  del  delito de falsedad ideológica, es  necesario   destacar,   en   primer   lugar,   que  su  propuesta  contiene  una  contradicción,  pues  acto seguido apunta que tal situación se verifica porque  simplemente  se acude a “afirmaciones subjetivas o a  declaraciones  de los propios acriminados y no se desciende al elemento que debe  por    antonomasia    probar    la    falsedad    en    documento”.     

Es  decir  que realmente, desde su punto de  vista,  no  es  que  el fallo carezca de motivación en relación con el tópico  señalado  sino  que  ella  no  se  ajusta  a su criterio personal en torno a la  apreciación  de  las  probanzas, postulación que no resulta consecuente con el  vicio de motivación atribuido.   

Además, y en segundo lugar, porque, como ya  se  indicó,  constituye  un  despropósito  desconocer  la  realidad  del fallo  impugnado  cuando  quiera  que  es amplio, principalmente el de primer grado, en  aspecto   que  sí  configura  unidad  inescindible  con  el  del  Tribunal,  en  individualizar   y   valorar  las  pruebas  que  sirvieron  para  arribar  a  la  conclusión    y    demostración    material    del    delito    de    falsedad  ideológica7.   Ese planteamiento del censor, por tanto, no pasa de ser una  afirmación inconsulta y generalizada.   

De  otro  lado,  acerca  de  que  no existe  motivación  en  la  atribución de responsabilidad en cuanto nada se argumentó  sobre   la   determinación   como   forma  de  participación  de  GARCÉS  TORO,  es  necesario puntualizar  que  se trata de una proposición que tampoco se aviene con la realidad procesal  y  con  la de las sentencias en particular, siendo aspecto diverso, según ya se  dijo,  que  no  se  compartan.  Además,  de  ese  punto  se ocupó in  extenso el a  quo  a  partir  de  la  página  16  del  fallo,  y el  Tribunal,  como  quiera  que fue uno de los tópicos de inconformidad ventilados  en  el  recurso  de  apelación  interpuesto  por  la  defensa  de  GUILLERMO  GARCÉS TORO contra el fallo de  primer         grado,         a        partir        de        la        página  14.           

Y, en cuanto a la inexistente motivación en  la  determinación  de  la  pena  pues,  según dice, al Tribunal simplemente le  bastó  con  modificar el delito continuado, pero la gradúa de idéntica manera  a  como  lo hizo el juez de primera instancia y no soporta la forma como llega a  la  conclusión  de  que  se debe tomar el máximo del primer cuarto, es preciso  acotar  que,  de una parte, una vez el sentenciador de segunda instancia suprime  de  la  imputación  lo  concerniente  al delito continuado procede, como le era  imperativo,  a  redosificar la pena ciñéndose a los criterios expuestos por el  juzgador, en virtud de su competencia funcional.   

Y,  de  otra  parte,  no  es  verdad que la  determinación  del  máximo  de la pena establecida dentro del primer cuarto de  dosificación   punitiva   se   haya  derivado  de  la  imputación  del  delito  continuado,  como  de forma errada lo sostiene el casacionista, cuando fue claro  el   juzgador   a  quo,  en  criterio  respetado  por  el Tribunal, que ello tuvo origen en la gravedad de la  conducta,  en tanto “se presentan en el ejercicio de  las  funciones  administrativas  al interior del órgano judicial”8.       

Como ninguno, entonces, de los presupuestos  sobre  los cuales se sustenta el reparo se sujeta a la realidad, se procederá a  decretar su inadmisión.   

    

1. Cargo                      tercero                     (“Incongruencia”):     

          

Para  el  actor con el fallo se vulneró el  principio  de  congruencia por cuanto resulta inconcebible que con la inclusión  por  parte  del  a quo de la  figura  del delito continuado y su supresión posterior por el Tribunal, sin que  éste  se  hubiera  ocupado  de  determinar  si  se  verificaba un concurso o el  instituto  mencionado,  supuso  la existencia de varios hechos o conductas en la  acusación  que  pueden  ser objeto de investigación posterior en detrimento de  su prohijado.   

Al respecto impera recordar que la Corte ha  señalado,  de  manera  reiterada,  que  constituye presupuesto del derecho a la  impugnación  el  interés jurídico del sujeto procesal que pretende, a través  del  ejercicio  de  los  recursos, la reparación de un desmedro causado con una  decisión  judicial,  cuando  lo que se persigue es remover, mejorar o atemperar  una  situación  que  resulta gravosa. Es decir que la actuación del recurrente  debe  estar  siempre  encaminada a obtener un beneficio frente a lo declarado en  la  decisión  contra la cual se interpone el mecanismo impugnaticio, careciendo  de  interés  legítimo, por tanto, cuando la pretensión reporta un perjuicio o  desmejora                                  a                                 esa  situación.              

Así las cosas, para que el impugnante tenga  interés  en recurrir es necesario que la providencia objeto de su inconformidad  le  produzca  un  daño  concreto,  sin que tenga cabida alegar un daño futuro,  incierto  o  meramente  hipotético.  Así  lo  precisó la Sala en la siguiente  decisión,    sustancialmente    similar    a    la   que   concita   ahora   la  atención:   

“Para  impugnar  en  casación (también  respecto  de  las  vías  ordinarias),  no  basta tener la condición de parte o  interviniente  debidamente  reconocida dentro de la actuación, aspecto que dice  relación con la legitimación para el proceso.   

Es  necesario,  a  su vez, como condición  necesaria,  que  la parte inconforme tenga legitimación en la causa, o interés  jurídico  para  recurrir  propiamente  dicho, entendido éste como que en forma  real  y  material  la  providencia  cuestionada,  o la parte pertinente de ella,  haya  ocasionado  un  perjuicio, un daño, un agravio  efectivo”9          (subraya fuera de texto).   

Es  lo que ocurre en el evento sub   exámine  toda  vez  que  el  actor  explica  el daño por razón de que el Tribunal no se ocupó a fondo de analizar  las  figuras  del  concurso de conductas punibles y el delito continuado, lo que  desde  su  punto  de vista estructura un vicio de congruencia entre acusación y  sentencia,  ante  la  posibilidad  de  que  con  posterioridad,  violándose  el  principio    de   non   bis   in   ídem,   se  pueda  adelantar   investigación   en   contra   de   su   prohijado  por  los  mismos  hechos.   

Es  decir  que el daño o perjuicio lo hace  consistir  en  un  suceso  incierto  e hipotético que no tuvo concreción en el  fallo  impugnado,  en  donde  ni  siquiera  se  ordenó  expedir  copias para la  investigación  de  otros  hechos  eventualmente  concursales.  El  Tribunal  se  limitó,    tras    comprobar    que   el   delito   continuado   incluido   por  el    a  quo  no  fue  imputado  en  la  acusación,  a  retirar  esa  imputación,  procediendo  a  la  redosificación punitiva correspondiente.   

En tal labor el ad  quem  no  modificó los términos de la acusación, ni  en  lo fáctico ni en lo jurídico. Por el contrario, restableció correctamente  la  garantía  de  congruencia ante el desatino del juez de primera instancia de  incluir   la   imputación  por  el  delito  continuado  a  pesar  de  no  obrar  expresamente en la acusación.     

Como  es  claro que el demandante carece de  interés  para  promover  el  cargo  en  los  términos propuestos, el reparo se  inadmitirá.   

    

1. Cargo      cuarto      (“violación  indirecta”):     

Como se señaló en el acápite en donde la  Corte  se ocupó a espacio de “las razones expuestas  para  acudir  a  la  casación  discrecional”,  este  reparo  no  tiene  por fin promover una discusión sobre un tema inexplorado por  la  jurisprudencia  ni  sobre el cual existan posiciones contrarias que ameriten  unificación,  sino  simplemente  imponer una especie de tarifa legal probatoria  en  la ponderación de los medios de prueba para acreditar el tipo objetivo y la  responsabilidad  en  los  delitos de falsedad, en contravía con el principio de  libertad probatoria imperante.   

Amén  de  ese  aspecto, suficiente por sí  solo  para  provocar  la  inadmisión de la censura, también se advierte que el  reparo  no  exhibe  la  claridad  indispensable  en  punto  de  los  errores  de  apreciación  probatoria por el llamado falso juicio de identidad, al involucrar  aspectos  que no son de su esencia, como la suposición probatoria, consecuente,  como  enunciado,  con  el falso juicio de existencia y porque, en definitiva, su  objetivo  va dirigido a que se otorgue a algunos medios de prueba su valoración  subjetiva   o   que   se  imponga,  según  ya  se  dijo,  una  tarifa  especial  probatoria.   

Por  lo  expuesto,  este reproche, como los  precedentes, también se inadmitirá.   

         Lo  señalado  en  precedencia  constituye  razón  suficiente  para  inadmitir  la  demanda  de  casación presentada por el defensor de GUILLERMO  GARCÉS  TORO  y  devolver  el  expediente  al despacho de origen, como lo indica el artículo 213 de la Ley 600  de      2000.   Adicionalmente,  porque  no  se  advierte que se haya incurrido en violación de  garantías   fundamentales   que   reclame   la  intervención  oficiosa  de  la  Sala.   

En mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE  

          INADMITIR   la   demanda   de   casación  presentada  por  el  defensor  del procesado GUILLERMO  GARCÉS  TORO,  por  las  razones  consignadas  en  la  anterior motivación.   

Contra  esta providencia no procede recurso  alguno.           

Notifíquese   y   cúmplase,   

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ   

JOSÉ  LUIS  BARCELÓ  CAMACHO               FERNANDO  ALBERTO     CASTRO     CABALLERO           

SIGIFREDO                 ESPINOSA  PÉREZ             MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ  MUÑOZ                 

AUGUSTO  J.  IBÁÑEZ  GUZMÁN            LUIS  GUILLERMO SALAZAR  OTERO              

JULIO        E.        SOCHA  SALAMANCA              JAVIER  ZAPATA  ORTÍZ   

NUBIA  YOLANDA  NOVA  GARCÍA   

Secretaria  

    

1 De la  ciudad en cita, se aclara.     

2  La  misma formula se incluye en el artículo 181 de la Ley 906 de  2004  y en los estatutos anteriores a la Ley 600, como en el artículo 1° de la  Ley  553 de 2000, 218 del Decreto 2700 de 1991 e igual artículo del Decreto 050  de 1987.          

3  Auto  del  21  de  abril  de  2010, rad. 32618.  En el mismo  sentido,  entre muchos,  decisiones del 4 de mayo de 2010, rad. 34003; 5 de  agosto  del  mismo  año,  rad.  33048  y  de  10  de  noviembre  de  2005, rad.  20174.    

4  Sentencia   de   4   de   febrero   de   2009,  rad.  26682   

5 Auto  del 5 de agosto de 2010, rad. 33048.    

6 Pág.  16 del fallo de segunda instancia.   

7  A  partir de la pág. 10 del fallo de primera instancia.   

8 Cfr.  Pág. 22 del fallo de primera instancia.    

9 Auto  de fecha 28 de noviembre de 2007, rad. 28749.     

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