35037(16-03-11)

2011

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso n.º 35037  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

                            JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

                            Aprobado Acta No. 90   

Bogotá,  D.  C., dieciséis (16) de marzo de  dos mil once (2011).   

VISTOS  

Decide  la  Corte  el  recurso  de apelación  interpuesto  por  el  defensor  de MATILDE SANDRA GUZMÁN MORENO en contra de la  sentencia  proferida  por  la  Sala  Penal  del  Tribunal  Superior del Distrito  Judicial  de  Barranquilla,  mediante la cual condenó a dicha persona (que para  la  época  de  los hechos se desempeñaba como Juez Trece Civil del Circuito de  la  referida  ciudad)  a  la pena principal de treinta y seis meses de prisión,  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por el  mismo  término  y  cincuenta  salarios  mínimos  legales mensuales vigentes de  multa,  tras  ser  declarada  autora  responsable  de  la  conducta  punible  de  prevaricato por acción.   

SITUACIÓN FÁCTICA  

1. El 12 de diciembre  de  2003,  el  apoderado  de  las  empresas Transportes  Monterrey  Ltda., Transportes  Lolaya  Ltda.  y  Transportes  Trasalfa  S.  A.  presentó  demanda  de proceso civil  ejecutivo  de  mayor  cuantía  en  contra  de  Barranquilla, Distrito Especial,  Industrial  y  Portuario, con el propósito de reclamar para aquéllas las sumas  de     $626’698.799,  $1.994’821.451     y  $878’479.750,  respectivamente,      así      como      los     correspondientes     intereses  bancarios.   

En  apoyo de lo pretendido, sostuvo que entre  las  partes  demandante  y  demandada  fue firmado el 12 de diciembre de 2000 un  contrato  de  transacción,  en el cual la ciudad se comprometió a pagar dentro  de  los  diez  días  siguientes  los  aludidos montos. Así mismo, señaló que  tanto  las empresas como la entidad territorial acordaron desistir de la acción  de  reparación directa adelantada en el Tribunal Administrativo del Atlántico.   

Agregó que el desistimiento fue aprobado por  dicha  autoridad  en decisión impugnada por el Ministerio Público y confirmada  por  la Sección Tercera de la Sala de lo Contencioso Administrativo del Consejo  de  Estado  el  4  de  abril de 2002, fecha a partir de la cual nació a la vida  jurídica la obligación a la postre incumplida.   

Por  último, indicó que si bien el Distrito  de  Barranquilla  está  sometido  al  proceso  de  reestructuración de pasivos  previsto  en  la  Ley  550  de  1999,  también  es cierto que el recaudo de las  acreencias  en  comento  no estaba sujeto a prelación de créditos o a trámite  de  excepción  alguno,  según  se desprende de lo contemplado en el inciso 4º  del   artículo   19   y   el   numeral  9  del  artículo  34  de  la  referida  normatividad.   

2.  La demanda y sus  anexos  fueron  repartidos  al Juzgado Trece Civil del Circuito de Barranquilla,  despacho  que  el 30 de enero de 2004 libró el mandamiento de pago de que trata  el artículo 497 del Código de Procedimiento Civil.   

3.  Ejecutoriada esa  decisión  tras  estimarse  que  la  parte  demandada  se notificó por conducta  concluyente,  el  demandante radicó el 3 de agosto de 2004 un escrito en el que  solicitó  el embargo y secuestro de varias sumas de dinero depositadas a nombre  del Distrito Especial, Industrial y Portuario de Barranquilla.   

Al  día siguiente, el apoderado de la ciudad  pidió  tanto  la  terminación  del proceso ejecutivo en curso como el eventual  levantamiento  de  las  medidas  cautelares,  de  acuerdo con lo señalado en el  numeral  2  del  artículo  34  de  la  Ley  550  de  1999, esto es, debido a la  existencia  del  acuerdo  de  reestructuración  de  pasivos  suscrito  con  los  acreedores  el  27  de  diciembre de 2002, en el cual habían sido incluidas las  sumas  pretendidas  en  la  demanda.  En sustento de tal aseveración, anexó un  certificado  de la Secretaría de Hacienda del Distrito y los inventarios de las  acreencias correspondientes.   

4.  En auto de 2 de  noviembre  de  2004,  la  Juez  Trece Civil del Circuito, doctora MATILDE SANDRA  GUZMÁN  MORENO,  ordenó el embargo y secuestro de lo pedido, hasta por la suma  de  $5.425’000.000, después  de  considerar  que  los  créditos  se  causaron  cuando quedó ejecutoriada la  providencia  del  Consejo  de Estado el 4 de abril de 2002, es decir, durante la  época  comprendida  entre el 12 de febrero de 2001 y el 27 de diciembre de 2002  (o,  lo  que  es  lo  mismo, luego del inicio de las negociaciones y antes de la  celebración   del  acuerdo  de  reestructuración),  circunstancia  que  en  su  criterio  se  ajustaba  a  lo  estipulado  en  los artículos 19 inciso 4º y 34  numeral 9 de la Ley 550 de 1999.   

5.  Solicitada  la  suspensión  del  proceso mediante escrito allegado por la parte demandada el 14  de  diciembre  de 2004, la Juez, en auto de 19 de enero de 2005, la despachó de  manera  desfavorable,  para  lo cual adujo que tanto el mandamiento de pago como  el decreto de las medidas no fueron impugnadas y estaban en firme.   

6.  A  raíz  de lo  anterior,  el  apoderado  de  la entidad territorial presentó acción de tutela  ante  el  Tribunal Superior del Distrito Judicial de Barranquilla, Sala Unitaria  Civil  y  de Familia. En tal oportunidad, explicó que el Ministerio de Hacienda  y  Crédito  Público,  mediante  resolución  1222  de  12  de febrero de 2001,  aprobó  la  iniciación  de un acuerdo de reestructuración de pasivos suscrito  el  27  de  diciembre  de  2002,  y  como  en  el  mismo fueron incorporadas las  acreencias    reclamadas    en    el    proceso   ejecutivo   por   Transportes  Monterrey  Ltda., Transportes  Lolaya  Ltda.  y Transportes  Trasalfa  S. A., la Juez Trece  Civil  del  Circuito  debió  aplicar,  pero no lo hizo, la norma prevista en el  numeral  13  del  artículo  58  de  la  Ley  550  de  1999,  en armonía con lo  establecido en el artículo 34 ibídem.   

7.   El  Tribunal  Superior  de  Barranquilla, en fallo de 12 de abril de 2005, concedió el amparo  constitucional,  tutelando a favor del Distrito Especial, Industrial y Portuario  el  derecho  al debido proceso después de concluir que la funcionaria incurrió  en  una  vía  de  hecho  por  defecto  fáctico.  En consecuencia, ordenó a la  titular  del  despacho  dejar  sin  efecto  la  actuación surtida en el proceso  civil,    así    como    disponer    el    levantamiento    de    las   medidas  decretadas.   

Igualmente,  dispuso  remitir  copias  a  la  Fiscalía  General  de  la Nación y al Consejo Seccional de la Judicatura a fin  de   iniciar   en   contra   de   la  juez  investigaciones  de  orden  penal  y  disciplinario.   

Dicha  providencia  fue confirmada en segunda  instancia  por  la  Sala  Civil de la Corte Suprema de Justicia el 26 de mayo de  2005.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

1.  Debido  a  la  remisión  de  copias  ordenada  en  la acción de tutela, la Fiscalía Delegada  ante  el  Tribunal  Superior  de  Barranquilla  ordenó la apertura del proceso,  vinculó  mediante  indagatoria  a  MATILDE  SANDRA  GUZMÁN  MORENO  y, una vez  declarado  el  cierre de la instrucción, calificó el mérito del sumario en su  contra,   en   el   sentido   de   acusarla   por   el  delito  de  prevaricato  por  acción  (en lo que a los  autos  de  2  de  noviembre  de  2004 y 19 de enero de 2005 respecta), según lo  dispuesto   el   artículo   413   de   la  Ley  599  de  2000,  actual  Código  Penal.   

2.  Confirmada  la  resolución  acusatoria  por  la  Unidad  Delegada  ante  la  Corte  Suprema  de  Justicia,  la  etapa  siguiente  fue  conocida  por  la  Sala Penal del Tribunal  Superior   de   Barranquilla,  cuerpo  colegiado  que  luego  de  adelantar  las  audiencias  preparatoria  y  pública  condenó  a  la procesada por la conducta  punible  formulada  en  el  pliego de cargos a treinta y seis meses de prisión,  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por el  mismo  término  y  cincuenta  salarios  mínimos  legales mensuales vigentes de  multa.  Así  mismo, le concedió la suspensión condicional de la ejecución de  la   pena   privativa   de  la  libertad  por  un  periodo  de  prueba  de  tres  años.   

3.  En contra de  dicha  decisión,  el  apoderado  de  MATILDE  SANDRA GUZMÁN MORENO interpuso y  sustentó  de  manera  oportuna el recurso de apelación, motivo por el cual las  diligencias fueron remitidas a la Corte para lo pertinente.   

LA DECISIÓN IMPUGNADA  

Fueron  argumentos  del  a  quo  en  aras  de  considerar    demostrada    la   tipicidad   objetiva   de   la   conducta   los  siguientes:   

1.  En  el  auto  de  2  de  noviembre  de 2004, la Juez Trece Civil del  Circuito  de  Barranquilla  no  tuvo  en  cuenta  la solicitud del apoderado del  Distrito  Especial,  Industrial  y  Portuario (ni mucho menos los anexos por él  allegados  al  expediente) con el fin de examinar si debía dar por terminado el  proceso  ejecutivo  en  virtud  de  las  disposiciones  de  la  Ley 550 de 1999.  Simplemente,   se   pronunció   respecto  de  la  procedencia  de  las  medidas  cautelares,  situación  que  tal  como  fue  analizada  en los fallos de tutela  constituye  una  vía  de hecho por falta de motivación. Tampoco informó en el  cuerpo  del  proveído  que  contra  esa  decisión  procedían  los recursos de  ley.   

2. La interpretación  que  hizo  la  funcionaria riñe con el ordenamiento jurídico, pues el crédito  no  tuvo  origen  en lo resuelto por el Consejo de Estado el 4 de abril de 2002,  sino  tras  el  vencimiento  de  los diez días siguientes a la celebración del  contrato  de  transacción  firmado el 12 de diciembre de 2000. Ello, por cuanto  la  jurisdicción  de  lo contencioso administrativo no reconoció la existencia  de   obligación   alguna,  sino  aprobó  la  determinación  de  las  empresas  transportadoras  de  desistir  de  la  demanda de reparación directa presentada  ante el Tribunal Administrativo del Atlántico.   

3.  Por último, la  obligación  de  que  trata  el  artículo  19  de  la  Ley  550  de 2000 estaba  circunscrita  a  los  gastos  de administración y de ninguna manera al cobro de  los  perjuicios  perseguidos  por  las  empresas  transportadoras  en el proceso  contencioso.   

FUNDAMENTOS DE LA APELACIÓN  

Solicitó  el  recurrente revocar el fallo de  primera  instancia  y  absolver  a  MATILDE  SANDRA GUZMÁN MORENO del delito de  prevaricato  por  acción, en  apoyo de lo cual arguyó lo siguiente:   

1.  El auto de 2 de  noviembre  de  2004  fue  motivado  de  manera  jurídica  y  acertada.  Por  el  contrario,  el  amparo constitucional concedido (en el que se basó la sentencia  del  a  quo)  es  contrario  a  derecho,  pues  la  funcionaria  desestimó  las  solicitudes  del apoderado del Distrito con fundamento en la Ley 550 de 1999, de  suerte  que  no  incurrió  en vía de hecho alguna. Además, la parte demandada  contaba  con  medios  de defensa distintos a la acción de tutela, como impugnar  el    interlocutorio    mediante    la    interposición    de    los   recursos  ordinarios.   

2.   El  Tribunal  desconoció  la figura de la transacción al calificar como un simple aspecto de  índole  procesal  que  la  acción  de  reparación  ante  lo  contencioso haya  finalizado  entre  el inicio de la negociación y la suscripción del acuerdo de  reestructuración de pasivos.   

Conforme a la doctrina y la jurisprudencia, la  transacción  realizada  durante  un  proceso en curso no tiene la naturaleza de  contrato  (a  pesar de lo estipulado en el artículo 2469 del Código Civil), ni  de  por  sí  genera  obligaciones,  pues  para  ello es necesario una decisión  judicial  que  apruebe lo transado o le ponga fin a la actuación. Por lo tanto,  la  obligación  empezó  a  producir efectos jurídicos con la ejecutoria de la  providencia  que  aceptó  el desistimiento en la reparación directa, según se  desprende  de  lo  señalado  en  el inciso 3º del artículo 340 del Código de  Procedimiento Civil.   

En   otras   palabras,  lo  pactado  en  la  transacción  constituye un derecho incierto que se traduce en seguro gracias al  reconocimiento judicial.   

3. De no ser de esta  manera,  el  Distrito  Especial,  Industrial y Portuario de Barranquilla podría  tener  un  doble compromiso en el evento de que el Consejo de Estado revocase la  aprobación  del desistimiento, pues quedaría obligado con la transacción a la  vez  que  se  expondría  a  ser  hallado  responsable de reparar el daño en el  proceso  administrativo.  Es  más,  si  el  primer  negocio  jurídico  hubiese  ocurrido  después  de  ejecutoriado  el  fallo  de  reparación directa, aquél  carecería  de  efectos  jurídicos;  y  si  se  absolviese al Distrito, tampoco  habría causa alguna para cumplir con la obligación allí pactada.   

4. El error por parte  del  Tribunal  al  interpretar  el  inciso 4º del artículo 19 de la Ley 550 de  1999  es  evidente,  por  cuanto dicha norma se refiere a que la cancelación de  los  créditos  surgidos entre el comienzo de la negociaciones y la celebración  del  acuerdo  de  reestructuración  deberá  atenderse como si se tratase de un  gasto administrativo.   

5.  En suma, la Juez  Trece  Civil  del  Circuito  no contradijo lo expuesto en la norma, sino plasmó  una  interpretación  de  la Ley 550 de 1999 de manera distinta a la que obra en  los  fallos  de tutela. Por lo tanto, no es posible imponer a los jueces, por la  vía   de  la  acción  penal,  criterios  de  hermenéutica  diferentes  a  los  defendidos,  pues eso iría en contra de los principios de autonomía y libertad  judicial.   

CONSIDERACIONES  

1. Cuestiones previas  

1.1.   Según  lo  dispuesto  en  el  numeral  3 del artículo 75 de la Ley 600 de 2000 (Código de  Procedimiento  Penal  vigente  para este asunto), en armonía con lo previsto en  el  numeral  2  del  artículo 76 ibídem, la Sala es competente para conocer en  segunda  instancia  de la apelación del fallo condenatorio que por el delito de  prevaricato      por      acción     profirió   el   Tribunal   Superior   del   Distrito   Judicial  de  Barranquilla  en  contra  de  MATILDE SANDRA GUZMÁN MORENO, persona que para la  época  de  los  hechos imputados por el organismo acusador se desempeñaba como  Juez Trece Civil del Circuito de la aludida ciudad.   

Así mismo, de conformidad con el principio de  limitación  consagrado  en el artículo 204 del ordenamiento procesal penal, el  análisis  del  caso se extenderá a lo que fue objeto de impugnación por parte  del  recurrente,  así  como  a  los aspectos relacionados con el mismo que sean  imposibles de escindir.   

1.2.  En  aras  de  cumplir  con  lo  anterior,  es  de  precisar  que algunos de los planteamientos  obrantes  en  la  providencia  de primera instancia, y que fueron controvertidos  por  el  abogado en la sustentación, carecen de relevancia jurídico-penal para  los fines del proceso.   

En  efecto,  aunque en términos generales el  debate  gira  alrededor  de la configuración del tipo objetivo consagrado en el  artículo  413  del  Código  Penal,  ninguna  estimación  al  respecto podría  guardar  relación directa alguna con el problema de determinar, a partir de los  mismos  presupuestos  fácticos,  si hubo o no una vía de hecho por parte de la  juez  civil,  circunstancia  que  fue  traída  a  colación  por el Tribunal en  ciertos     apartes     de     la     providencia1  y  fue  motivo  para  que  el  apelante,     en    más    de    una    ocasión2,      cuestionara      la  constitucionalidad y el acierto de los fallos de tutela.   

La doctrina de la vía de hecho (hoy conocida  como    ‘causales   de  procedibilidad’)  ha  sido  desarrollada  por  la  jurisprudencia  de  la  Corte  Constitucional  en sede de  revisión  de  tutela  con  el propósito de establecer criterios, de naturaleza  restrictiva  y  excepcional,  para  la  prosperidad de la acción prevista en el  artículo  86  de  la Carta Política en contra de las providencias emitidas por  los funcionarios judiciales.   

El      tipo      de     prevaricato   por   acción,  en  cambio,  consagra  una conducta en la cual el sujeto activo calificado (que, dicho sea de  paso,  puede  ser  cualquier servidor público) profiere decisión, resolución,  dictamen      o      concepto      “manifiestamente       contrario       a      la      ley”,  elemento  normativo  esencial que no  siempre   ni  de  manera  necesaria  coincidirá  con  alguno  de  los  defectos  (sustantivo,  fáctico  o procesal) que en las actuaciones judiciales configuran  la  vía  de  hecho,  al menos en lo que a un modo conceptualmente vinculante se  refiere.   

Si  se  tratase  de  crear  alguna  suerte de  conexión   (o   de   relación   de   dependencia)  entre  esta  figura  de  la  jurisprudencia  constitucional  y  el  tipo  objetivo  del  delito  en  comento,  debería   decirse   que   (además   de  innecesaria  en  materia  penal)  toda  coincidencia  quedaría  sometida  al estudio de las circunstancias particulares  del  caso, pues más allá de la predicable entre los presupuestos del uno y las  características  del  otro, aún podrían presentarse situaciones en las que la  vía  de  hecho  no  se  adecuaría  a  lo estimado por el juzgador del servidor  público  como  manifiestamente  ilegal  (aunque podría darse lo contrario: que  toda  decisión  judicial  apartada  de  la  ley constituiría una vía de hecho  siempre que sea evidente la contrariedad).   

Es  cierto  que  la  Corte  Constitucional ha  señalado  que  la  procedencia  del  amparo  por  una  causal  de  esta índole  “clara y plenamente probada  […]  debe  dar lugar a que el juez de tutela  corra  traslado de las diligencias a la Fiscalía General de la Nación para que  se   inicie   el   correspondiente  proceso  penal  por  prevaricato”3.  Pero  esto  último  no significa que la acción penal desatada a  raíz  de  una  tal remisión deba estar ligada a las consideraciones que acerca  de  la  configuración  de  determinado  defecto  aparezcan en las sentencias de  tutela,  ni  tampoco  que  la argumentación en dichos fallos sea susceptible de  ser  debatida  ante  esta  jurisdicción  y especialidad. Tan sólo ostentarían  cierto  interés  como antecedente procesal, en cuanto motivaron el inicio de la  actuación.   

En  este  orden  de  ideas,  la  discusión  propuesta  en  la  sustentación  del  recurso  resulta desde ese punto de vista  inane.  El  problema  jurídico no radica en aclarar si se incurrió o no en una  vía  de  hecho  por falta de motivación dentro de la decisión adoptada por la  juez  (tal como lo sostuvo el Tribunal), ni mucho menos en estudiar el acierto o  el  error  de  las autoridades al amparar el debido proceso a favor del Distrito  Especial,  Industrial  y  Portuario de Barranquilla (por mucho que el a quo haya  empleado  tales  términos y consideraciones), pues resolver esas inquietudes no  solucionaría  el  asunto  que de verdad interesa: si la procesada realizó o no  el      delito      de      prevaricato.   

Esto  es  lo  que  la  Sala  abordará en los  párrafos siguientes.   

2. Del delito atribuido en el pliego de cargos   

2.1.    La  conducta     punible     de     prevaricato     por  acción,  consagrada en el artículo 413 de la Ley 599  de    2000,    señala    que    el   “servidor  público  que  profiera  resolución,  dictamen o concepto  manifiestamente   contrario  a  la  ley”  incurrirá  en  penas  de  prisión,  multa  e  inhabilitación de  derechos y funciones públicas.   

El  tipo objetivo, por consiguiente, contiene  un    sujeto   activo   calificado   (“servidor       público”),   un   verbo   rector  (“que  profiera”)  y      dos      clases      de     ingredientes     normativos:     “dictamen,       resolución      o  concepto”,  por un lado, y  “manifiestamente contrario  a   la   ley”,   por  el  otro.   

En  lo  que a este último aspecto atañe, la  Sala  ha  sido  enfática  y  reiterativa al considerar que su configuración no  sólo  contempla  la  valoración  de los fundamentos jurídicos que el servidor  público  expuso  en el acto judicial o administrativo (o la ausencia de ellos),  sino  también  el  análisis de las circunstancias concretas bajo las cuales lo  adoptó,  así  como  el  de  los  elementos de juicio que contaba al momento de  proferirlo:   

“[…] la ley, a  cuyo  imperio están sometidos los funcionarios judiciales en sus decisiones, no  surge  pertinente  al caso concreto de manera automática, sino como fruto de un  proceso  racional  que  le  permite  al  juez o al fiscal determinar la validez,  vigencia  y  pertinencia de la norma a la que se adecua el supuesto de hecho que  pretende resolver.   

”Pero  ésa que  es,  o intenta ser, la verdad jurídica es apenas una parte del contenido de una  providencia  judicial.  Ésta  se  halla  igualmente  conformada  por  la verdad  fáctica.  Tal  concepto  corresponde  a  la  reconstrucción  de  los hechos de  acuerdo  con  la  prueba  recaudada, siendo necesario que entre ésta y aquélla  exista  una  correspondencia  objetiva en cuanto las específicas circunstancias  de   tiempo,   modo   y  lugar  en  que  ocurrió  el  acontecimiento  fáctico,  [que    deben]   estar  demostradas   con   el  material  probatorio  recaudado  en  la  actuación.  El  prevaricato  puede  entonces  ocurrir en uno de los dos aspectos de la solución  del  problema  jurídico.  En  el  fáctico  o  en  el  jurídico.  O en los dos  simultáneamente,  pero,  en  todo  caso, el uno no puede desligarse del otro en  cuanto  la  función  judicial  consiste  precisamente en determinar cuál es el  derecho  que  corresponde  a los hechos”4.   

Por consiguiente, el carácter manifiestamente  ilegal  del  dictamen,  resolución  o  concepto puede comprender, además de un  problema  jurídico, uno fáctico, es decir, que no sólo concierne a groseras o  caprichosas  discordancias  con la ley, sino además a apreciaciones probatorias  sesgadas  u  opuestas  a  la realidad del proceso, que propenden por otorgar una  apariencia   de  adecuada  motivación  a  lo  que  en  últimas  constituye  un  pronunciamiento tan injusto como ostensible en dicho aspecto.   

2.2. En el asunto que  concita  el  interés de la Sala, la actuación que debe examinarse es la de una  juez  civil  del  circuito  dentro  de  un  proceso  ejecutivo de mayor cuantía  iniciado  por  unas empresas de transporte en contra de una entidad territorial,  después  que las partes suscribieran un acuerdo de reestructuración de pasivos  a la luz de los lineamientos de la Ley 550 de 1999.   

Según   el  cuerpo  colegiado  de  primera  instancia,  el  proceder  de la funcionaria fue manifiestamente ilegal, pues con  los  elementos  que  tenía a su disposición no había opción distinta a la de  terminar  o suspender el proceso y, por contera, ordenar el levantamiento de las  medidas cautelares conforme a los mandatos de tal normatividad.   

Para  el recurrente, sin embargo, lo que hubo  fue  tan  sólo  una  interpretación  de  la Ley 550 de 1999 o, mejor dicho, la  aplicación  de una excepción estipulada en la norma, según la cual es posible  exigir  judicialmente el pago de acreencias entre los partícipes del acuerdo de  reestructuración  de  pasivos,  siempre  que  fuesen  causados  entre  el 12 de  febrero  de  2001  y el 27 de diciembre de 2002 (o, lo que es lo mismo, entre el  comienzo de las negociaciones y la firma del arreglo).   

Dicha  situación, siguiendo con el defensor,  se  dio porque lo reclamado en el proceso civil obedeció a un título ejecutivo  de  carácter  complejo, constituido por lo pactado en una transacción (que, en  su  opinión, nunca constituye fuente independiente de obligaciones) y, además,  por  el  reconocimiento  judicial  que  de  ésta  hizo  la Sección Tercera del  Consejo de Estado en el auto de 4 de abril de 2002.   

En  aras de dirimir la anterior controversia,  la  Corte,  antes  de  analizar  la actuación de la juez MATILDE SANDRA GUZMÁN  MORENO  en  los  aspectos  fáctico  y  normativo  del  caso, se preocupará por  abordar  con  cierto  detalle,  dada  su  naturaleza extrapenal, las categorías  jurídico-civiles en juego.   

3.  De  los  acuerdos de reestructuración de  pasivos en la Ley 550 de 1999 y la transacción   

3.1.   Por  regla  general,  las  obligaciones contraídas entre las personas se extinguen mediante  el  pago  efectivo  de las mismas, de acuerdo con lo señalado en los artículos  1625   numeral   1   y   1626   del  Código  Civil5.   

Si por alguna razón el pago no se produce, el  perjudicado  puede acudir a las autoridades judiciales con el fin de requerir de  manera    coactiva   la   satisfacción   del   derecho   incumplido6.   

Cuando  es clara, exigible y consta de manera  expresa  en  decisión  o  documento  que  constituya  plena  prueba de ello, la  obligación  es  reclamable por la vía ejecutiva, esto es, mediante una acción  litigiosa  en  la  cual  la demanda conduce al funcionario a librar, sin mayores  formalismos,  un  mandamiento  de pago. Dicho trámite, consagrado en el Código  de  Procedimiento  Civil,  es  de  naturaleza  individual o singular7.   

En  cambio, cuando el cumplimiento forzado de  la   prestación  hace  parte  de  la  ejecución  relativa  a  un  concurso  de  obligaciones  a  nombre  de varios acreedores, ésta es de carácter universal o  colectiva,   aspecto   que  implica  una  regulación  especial,  así  como  la  persecución  de  fines  distintos  a  la  suma  de  los  particulares,  como la  recuperación  económica  del  deudor  o  la  prevalencia del interés general.   

Ejemplo  de lo anterior ha sido la Ley 550 de  1999,  o  de  intervención económica, “[p]or  la  cual  se establece un régimen que promueva y facilite la  reactivación  empresarial  y  la  reestructuración  de los entes territoriales  para  asegurar  la  función  social  de  las  empresas  y  lograr el desarrollo  armónico  de las regiones”,  que  fue  prorrogada  por  la  Ley  922  de 2004 y modificada por la Ley 1116 de  2006.   

Dicha  normatividad  contempla  un  esquema,  similar   al   concordato   (en   la   medida   en   que  alude  a  “una   solución   consensual  para  un  conflicto    obligacional,  actual  o  potencial,  de  naturaleza  reglada  y  dirigido y controlado por una  autoridad”8),  que  en  ella  se  denomina  acuerdo    de    reestructuración    de   pasivos9    y    busca   obtener   la  recuperación  de  los  negocios  de la empresa o, en especial, de las entidades  territoriales.   

La  promoción de estos acuerdos obedece a la  cesación  de  pagos  del  deudor, bien sea ante el incumplimiento de dos o más  obligaciones  por  más de noventa días, o debido a la existencia de dos o más  demandas  ejecutivas para el reclamo de las mismas, si en cualquier caso superan  el  5%  del  pasivo corriente de la empresa, según lo señala el inciso 2º del  artículo    6    de    la   Ley   550   de   199910.   

En  lo  que  a las entidades territoriales se  refiere,  una  vez  decidida  la promoción oficiosa o aceptada una solicitud de  acuerdo,   el   Ministerio   de   Hacienda   y   Crédito   Público11 designará a  un  funcionario  adscrito  a  ésta  para  que  actúe como promotor12, persona que  estará  a  cargo  del  trámite,  establecerá  derechos  de  voto,  propondrá  fórmulas  de  arreglo  y propiciará entre los interesados un consenso tanto de  las   acreencias  como  de  la  forma  de  pagarlas13.   

A partir de la fecha de fijación del escrito  que  informe  acerca  de  la  promoción del acuerdo14,  se  considera  iniciada la  negociación15,  circunstancia  que  implica  la prohibición de adelantar proceso  ejecutivo  alguno  en  contra del deudor, así como la suspensión de los que se  hallen              en             curso16.   

Este  principio  está  consagrado  para  las  entidades  territoriales de manera específica en el numeral 13 del artículo 58  de la Ley 550 de 1999, que establece:   

“Artículo 58-.  Acuerdos   de  reestructuración  aplicables  a  las  entidades   territoriales.  Las  disposiciones  sobre  acuerdos  de  reestructuración  e  instrumentos  de  intervención  a  que hace  referencia  esta ley serán igualmente aplicables a las entidades territoriales,  tanto  en  su  sector  central  como  descentralizado, con el fin de asegurar la  prestación  de  los  servicios  a  cargo  de  las mismas y el desarrollo de las  regiones,   teniendo  en  cuenta  la  naturaleza  y  características  de  tales  entidades, de conformidad con las siguientes reglas especiales:   

”[…]   13-.  Durante   la   negociación  y  ejecución  del  acuerdo  de  reestructuración,  […]  no  habrá  lugar a la iniciación de  procesos  de  ejecución  ni embargo de los activos y recursos de la entidad. De  hallarse   en  curso  tales  procesos  y  embargos,  se  suspenderán  de  pleno  derecho”.   

Dicha disposición fue declarada exequible por  la  Corte Constitucional mediante sentencia C-493 de 2002, en la cual sostuvo lo  siguiente:   

“[…]  la  no  iniciación  de  procesos de ejecución ni embargos de los activos y recursos de  la  entidad,  y la suspensión de tales procesos o embargos, lejos de configurar  la   vulneración   del   derecho  a  la  igualdad,  el  incumplimiento  de  las  obligaciones  del  Estado  y  el  desconocimiento  de derechos adquiridos de los  extrabajadores,  son  medidas  razonables  y  proporcionadas,  coherentes con la  finalidad  de  la  Ley  550 y con la necesidad de recuperación institucional de  las  entidades  territoriales,  encargadas  de  garantizar  la  atención de las  necesidades  básicas  de la población”17.   

Según  el  inciso 1º del artículo 34 de la  Ley   550  de  1999,  el  acuerdo  de  reestructuración  será  de  obligatorio  cumplimiento,  no  sólo para el deudor, sino para los acreedores tanto internos  como  externos, sin importar que estos últimos hayan mostrado aquiescencia o no  en  cuanto  a los términos de lo convenido, o que ni siquiera hayan hecho parte  de la negociación:   

“Artículo  34-.   Efectos  del  acuerdo  de  reestructuración.  Como  consecuencia  de  la  función  social  de  la  empresa,   los   acuerdos  de  reestructuración  celebrados  en  los  términos  previstos  en  la  presente  ley  serán  de  obligatorio  cumplimiento  para el  empresario  o  empresarios  respectivos  y  para todos los acreedores internos y  externos  de  la  empresa,  incluyendo  a  quienes  no  hayan  participado en la  negociación  del  acuerdo  o  que,  habiéndolo  hecho,  no hayan consentido en  él”.   

Ahora bien, de acuerdo con el artículo 17 de  la  Ley  550  de 1999, la actividad del empresario quedará reducida, durante la  negociación,  a  atender los gastos administrativos causados en ella, de suerte  que     no     podrá    realizar    “compensaciones,  pagos,  arreglos, conciliaciones o transacciones de  ninguna      clase      de      obligaciones      a     su     cargo”18, ni mucho menos “enajenaciones  de  bienes u operaciones  que  no  correspondan al giro ordinario de la empresa o que se lleven a cabo sin  sujeción     a    las    limitaciones    estatutarias    aplicables”19.   

La  Corte  Constitucional, en fallo C-1143 de  2001,   declaró   exequible   la   norma  mencionada,  habiendo  entendido  que  “la prelación de que gozan  los  gastos  administrativos  que  se causen durante la negociación del acuerdo  también  cobija  las obligaciones laborales causadas con anterioridad al inicio  de  la  investigación”20.   

En   otras   palabras,   por   “gastos  de  administración”  debe entenderse aquellos que no sólo  son  inherentes  al  trámite de la negociación, sino además al funcionamiento  de   la   entidad,  y  por  cuya  naturaleza  debe  asignárseles  un  carácter  preferente,    como    las    de    tipo   laboral21.   

Aunado  a lo anterior, es de destacar que las  normas  generales  relativas  a  los  acuerdos de reestructuración de pasivos e  instrumentos  de  intervención  sólo  son aplicables a los entes territoriales  “teniendo  en  cuenta  su  naturaleza     y     características”22.   

Es  en este contexto como deben interpretarse  las  normas  previstas  en  el  inciso  4º  del artículo 19 y el numeral 9 del  artículo 34 de la Ley 550 de 1999, que estipulan:   

“Artículo 19-.  Partes   en   los   acuerdos  de  reestructuración.  […]   /   Cualquier  crédito  que  se  origine en fecha posterior a la de la  iniciación  de la negociación y con anterioridad a la celebración del acuerdo  no  dará  derecho  a  voto;  pero  su pago se atenderá en forma preferente, de  conformidad  con el tratamiento propio de los gastos administrativos”.   

“Artículo 34-.  Efectos    del    acuerdo   de   reestructuración.  […]   /   9-.  Los  créditos  causados con posterioridad a la iniciación de  la  negociación,  al  igual  que  la  remuneración de los promotores y peritos  causada  durante la negociación, serán pagados de preferencia, en el orden que  corresponda  de  conformidad  con la prelación de créditos del Código Civil y  demás  normas  concordantes,  y  no  estarán  sujetos  al orden de pago que se  establezca  en  el  acuerdo.  El  incumplimiento  en el pago de tales acreencias  permitirá  a los acreedores respectivos exigir coactivamente su cobro, y podrá  dar  lugar a la terminación de la negociación del acuerdo o del acuerdo mismo,  a  menos  que  el  respectivo  acreedor  acepte  una  fórmula de pago según lo  dispuesto  en  el  numeral  5  del  artículo  35 de la presente ley”.   

Lo  anterior significa que el pago preferente  de  los  créditos  causados  con  posterioridad al inicio de la negociación, y  cuyo  incumplimiento  podría  estar  sujeto  a  cobro  coactivo,  atañe  a las  obligaciones  propias de los gastos de administración surgidos en el transcurso  de  aquélla, como los atinentes a las acreencias laborales, y de ninguna manera  a  otros  de distinta naturaleza, ni mucho menos a las deudas que son objeto del  consenso o arreglo entre los acreedores y la entidad territorial.   

3.2. Por otra parte,  la  figura  de  la transacción de que trata el artículo 2469 del Código Civil  puede  ser  vista  de  diversas  maneras: como contrato, como forma de extinguir  obligaciones,     y    como    mecanismo    alternativo    de    solución    de  conflictos.   

En lo que al primer aspecto atañe, si bien la  esencia  contractual  de la transacción ha sido cuestionada por un sector de la  doctrina,   también   es   cierto   que  tanto  el  Código  Civil  de  nuestro  país23   como   los  de  varios  ordenamientos  en  el  derecho  comparado  (artículos  2044  del  estatuto  francés, 1809 del español y 779 del alemán,  entre  otros24)  la  reconocen  como  un  acuerdo  de voluntades capaz de producir  efectos  jurídicos,  criterio  que  por  lo demás es sostenido por la opinión  dominante25.   

Quienes  niegan  que  la  transacción sea un  contrato  suelen  argüir que no se trata de un acto creador de obligaciones, ni  tampoco  un  título que preste mérito ejecutivo para acudir a la jurisdicción  con  el fin de exigir el cumplimiento de lo allí emanado. Pero en contra de esa  postura  se  ha sostenido, y con razón, que, al extinguir en acto o en potencia  un  litigio mediante concesiones recíprocas, la transacción elimina o modifica  relaciones  jurídicas  de  contenido  patrimonial,  y  de  la  misma  forma  es  susceptible de crearlas.   

En  cuanto  a  la naturaleza del contrato, la  jurisprudencia  de  la  Sala  Civil de la Corte Suprema de Justicia no ha tenido  una   posición  unánime  al  respecto,  circunstancia  que  parece  apoyar  la  posición  mayoritaria de la doctrina según la cual la naturaleza jurídica del  acuerdo  de  transacción  depende  de  las  concretas  circunstancias  de  cada  caso:   

“[…]    la  transacción   no   siempre  tiene  el  carácter  declarativo;  también  puede  comprender  actos  constitutivos  o  dispositivos  en  cuanto  sirve para crear,  modificar  o  extinguir  relaciones  propias  de los contratos y de los llamados  actos        constitutivos.        […]  [C]uando  el  sacrificio  o  la  concesión  produce  la  disposición  de  un derecho, la  transacción  no  sirve  de  simple  declaración de certeza de un derecho, sino  para         crearlo,        modificarlo        o        extinguirlo”26.   

“En   otros  términos:  no  resulta  jurídicamente  de  recibo afirmar, de la generalidad o  integridad  de  los  contratos  de  transacción, que siempre sean dispositivos,  traslativos,        declarativos        o       constitutivos       –aunque     de    ordinario    sean  declarativos–,  en  la  medida  en que habrá que estudiar cada caso en particular para determinar cuál  fue  la real intención de las partes y su verdadero comportamiento contractual,  con  el  propósito  de  dilucidar si, por ejemplo, lo que procuran es novar las  obligaciones  anteriores, dando surgimiento a una nueva obligación en virtud de  la  cual  se  abstienen de continuar o de iniciar determinado proceso judicial o  si,  en  forma  diversa, lo que formularon es una declaración disipadora de las  dudas  que  existían  en  torno  a  los derechos y las obligaciones a su cargo,  entre     otros    supuestos    más”27.   

Por     consiguiente,     “el efecto primordial de la transacción  dependerá,     en     esencia,     del     carácter     asignado    por    los  convencionistas”28,   sin   perjuicio  de  que  “las  partes pueden acudir  ante  la  jurisdicción  para  reclamar  aquello sobre lo cual se ha transigido,  bien  por  la  vía ordinaria, o bien por la ejecutiva, conforme al casus, que es el supuesto que sumariamente  se      examina”29.   

4. Del caso concreto  

4.1.  Los elementos  con  los  que  contaba  la  Juez  Trece  Civil del Circuito de Barranquilla para  proferir  los  autos  de  2 de noviembre de 2004 y 19 de enero de 2005 (mediante  los  cuales  negó  la  suspensión  del  proceso  ejecutivo  y decretó medidas  cautelares  que  afectaban  el  patrimonio  del  Distrito Especial, Industrial y  Portuario de Barranquilla) fueron los siguientes:   

(i)  La  demanda  presentada  por  el  abogado  de  Transportes Monterrey  Ltda.,  Transportes  Lolaya  Ltda.  y Transportes Trasalfa  S.  A.,  en  la  cual  expuso el criterio, a la postre  acogido  por  la  procesada,  de  que  los  dineros  exigidos  ($626’698.799,       $1.994’821.451      y     $878’479.750)  no estaban sujetos al acuerdo  de  reestructuración  de pasivos firmado el 27 de diciembre de 200230.   

(ii)    Copia  auténtica  del  contrato  suscrito  entre  las  partes  el  12  de diciembre de  200031,  en  el  que acordaron transar las pretensiones de los demandantes  dentro  del  proceso  de reparación directa adelantado ante la jurisdicción de  lo  contencioso  administrativo,  en  el  sentido de que el demandado reconocía  deberles   a   las   empresas  transportadoras  las  sumas  de  $626’698.799,       $1.994’821.451      y     $878’479.750.  Así  mismo,  en la cláusula  séptima,   añadieron   que  el  Distrito  se  obligaba  a  pagar  “[d]entro  de  los diez días calendario  comunes   siguientes   a   la   celebración  de  esta  transacción”32:   

“El  Distrito  Especial,  Industrial  y  Portuario  de Barranquilla manifiesta en este acto que  cuenta   […]  con  el  respectivo  rubro, reserva y  disponibilidad  presupuestal,  lo  cual fiscalmente viabiliza la efectividad del  pago  acordado,  en  los  términos y condiciones aquí pactados. El Distrito de  Barranquilla  se  compromete a que en el supuesto de no hacerse oportunamente el  pago  convenido  en  el  presente  acto asumirá, entonces, el pago de intereses  bancarios   certificados  por  la  Superintendencia  Bancaria  y/o  [sic]  entidades  de crédito durante el  término   transcurrido   hasta   que  se  efectúe  el  pago  a  favor  de  los  demandantes”33.   

Y,  en  la  cláusula  novena,  las  partes  especificaron  que  el acto donde se consignaba los términos de la transacción  prestaba mérito ejecutivo:   

“Este documento  constituye  título  ejecutivo,  pues  contiene una obligación clara, expresa y  exigible,  de  acuerdo  a  lo  consagrado  en  el  artículo  488 del Código de  Procedimiento  Civil  y  las  normas  pertinentes  del Código Civil”34.   

(iii)   Copia  auténtica  de  solicitud  de  desistimiento  presentado  por los apoderados del  Distrito  y  de  las empresas el 12 de diciembre de 2000, dentro del proceso por  reparación  directa  radicado  con  el número 10933, en virtud del contrato de  transacción     suscrito    ese    mismo    día35.   

(iv)    Copia  auténtica  del  auto  de  12  de  diciembre  de  2000,  en  el  que el Tribunal  Administrativo  del  Atlántico,  en  la  parte  resolutiva  del  mismo, aceptó  “el  desistimiento  de  la  demanda”36.   

(v) Copia auténtica  del  auto  de  4 de abril de 2002, proveniente de la Sección Tercera de la Sala  de  lo  Contencioso  Administrativo del Consejo de Estado, que confirmó el auto  proferido por el a quo de 12 de diciembre de 2000.   

En   palabras   del   Ministerio   Público  recurrente,  el  desistimiento  no  era  válido  porque  no  se  conocieron los  términos del acuerdo:   

“[…]   las  partes  suscribientes  [sic]  del  memorial, pese a que expresaron haber transigido la litis con el propósito  de  poner  fin  al  proceso,  no  precisaron  los  alcances  de  tal acuerdo, ni  acompañaron   el   documento   contentivo   de  la  transacción,  […]  omisión que el Tribunal debió haber advertido y que  debe   subsanarse   mediante   la  revocatoria  del  auto  impugnado”37.   

El  Consejo de Estado rechazó dicha postura,  aduciendo  que  la  figura del desistimiento no podía ser equiparada a la de la  transacción:   

“Resulta claro  que  una vez verificados en el caso sub iudice todos los requisitos para que sea  procedente  el  desistimiento,  no  le  es  dado  al  juzgador  controvertir los  argumentos  que  tiene  la  parte  demandante para renunciar a sus pretensiones,  habida  cuenta  de  que no existe norma alguna que siquiera exija la motivación  de  dicha renuncia. El hecho de que la misma haya sido coadyuvada por la entidad  demandada  no  implica  un  tratamiento  distinto  al que se da al desistimiento  unilateral,  excepto  en  lo  que  se refiere a la condena en costas (inciso 2º  art.  345 del C. P. C.). Por lo tanto, no son de recibo los argumentos invocados  por    el   Ministerio   Público   y   la   providencia   apelada   habrá   de  confirmarse”38.   

(vi) Certificado de  la  Secretaría  de  Hacienda  Pública  del Distrito de Barranquilla, según el  cual  el  proceso  de  reestructuración  comenzó el 12 de febrero de 2001 y se  suscribió    el   27   de   diciembre   de   200239.   

(vii)  Solicitud de  decreto  de  medidas  cautelares allegada el 4 de marzo de 2004 por el apoderado  de     Transportes    Monterrey    Ltda.,   Transportes  Lolaya  Ltda.  y  Transportes Trasalfa S. A40.   

(viii) Solicitud de  terminación  del  proceso  ejecutivo  y de levantamiento de medidas cautelares,  presentada  el  5 de agosto de 2004 por el abogado de la ciudad de Barranquilla,  en  razón  del  acuerdo de reestructuración de pasivos regulado por la Ley 550  de    199941.   

(ix)  Constancia  expedida  el  4  de  mayo de 2004 por la Secretaría de Hacienda del Distrito de  Barranquilla,  con el respectivo inventario de acreencias, en el cual se informa  que  las deudas a nombre de Transportes Monterrey Ltda.  por      la      suma      de     $626’698.799,          Transportes     Lolaya     Ltda.     por  $1.994’821.451     y  Transportes  Trasalfa  S.  A.  por   $878’479.750  están  incluidas  en  el  acuerdo  de  reestructuración  de pasivos celebrado el 27 de  diciembre             de             200242.   

4.2.  Con base en lo  anterior,  la  juez MATILDE SANDRA GUZMÁN MORENO profirió el 2 de noviembre de  2004  auto  en  el  que  decretó  el  embargo de cuentas bancarias a nombre del  Distrito,      hasta      por      la     cantidad     de     $5.425’000.00043,  y luego, el 19 de enero de  200544,   negó   una  solicitud  de  suspensión  del  proceso  ejecutivo  interpuesta   el   14   de   diciembre   anterior   por   el   apoderado  de  la  demandada45.   

La única oportunidad en la que la funcionaria  se  pronunció  acerca del problema jurídico planteado por las partes fue en la  primera  decisión  en  comento,  en  la  cual  acogió  por completo la postura  obrante   en   el  escrito  de  demanda,  en  el  sentido  de  que  “los  créditos  a favor de las empresas  demandantes  se  causaron  con  posterioridad  a  la  fecha de iniciación de la  negociación  de acuerdo de reestructuración de pasivos y con anterioridad a la  celebración  del  mismo”46,  según  lo  estipulado por  los  artículos  19  inciso  4º y 34 numeral 9 de la Ley 550 de 1999. A su vez,  desestimó  la  del  apoderado  del  Distrito  empleando tan sólo la expresión  “no  es de recibo por este  despacho   lo   solicitado   por  el  señor  abogado  del  Distrito”47.   

4.3.   La   Sala  encuentra  que las providencias dictadas por la procesada fueron manifiestamente  ilegales,  debido  a  ostensibles  contrariedades  con  la  ley  en  el  aspecto  jurídico, pero también (y en especial) en el fáctico.   

En efecto, suponer, como lo hizo la Juez Trece  Civil  del  Circuito  de Barranquilla, que la Ley 550 de 1999 facultaba el cobro  coactivo  de  los créditos comprendidos entre el inicio de la negociación y la  suscripción  del arreglo desconoce las características fundamentales, aludidas  en  precedencia  (supra 3.1),  del  acuerdo  de  reestructuración  de  pasivos regulado en dicha normatividad,  como  la  prohibición general de iniciar procesos ejecutivos distintos a los de  las  acreencias  laborales  o  gastos de administración (tal como lo estimó el  Tribunal  en  el  fallo de primera instancia), o la de realizar durante el plazo  en  mención  transacciones,  contratos, conciliaciones o cualquier otro tipo de  acto jurídico diferentes a los propios de la entidad territorial.   

Pero  aun  en  el  evento  de  admitir  como  interpretación  de  la  Ley  550  de  1999  que  terceros  pudieran acudir a la  jurisdicción  civil  para reclamar cualquier clase de crédito causado después  de  iniciada  la  negociación, lo indiscutiblemente absurdo en las providencias  de  la  procesada  fue  descartar,  obviar o minimizar la circunstancia fáctica  traída  a  colación  por el apoderado del Distrito de Barranquilla cuando el 4  de  agosto  de 2004 solicitó la terminación del proceso ejecutivo, consistente  en  que  las  sumas  reclamadas  por  las empresas transportadoras en el proceso  civil    ($626’698.799,  $1.994’821.451     y  $878’479.750)  eran  las  mismas  que  habían sido incluidas, y por tanto a la postre consensuadas, en el  acuerdo  de  reestructuración  de  pasivos  suscrito  el  27  de  diciembre  de  2002.   

Independientemente   de  cualquier  lectura  susceptible  de  brindársele  al contenido de los artículos 19 inciso 4º y 34  numeral  9  del estatuto de intervención económica, a la funcionaria no le era  posible   considerar   exceptuado  de  la  prohibición  de  adelantar  acciones  ejecutivas  al  reclamo  coactivo de aquello que en forma notoria y evidente era  objeto  del  acuerdo  de  transacción (o, mejor dicho, de una de las acreencias  por  las  cuales  fue  promovida  la  necesidad  de recuperar las finanzas de la  entidad  territorial).  Lo  anterior,  claro  está,  a  menos  que adoptase una  posición  por  completo  alejada  del  imperio  de  la  ley, así en apariencia  estuviese motivada conforme a derecho.   

Los elementos del tipo objetivo de la conducta  punible   de   prevaricato   por  acción, por lo tanto, concurren en el presente caso.   

4.4.  Los argumentos  esgrimidos  por  el defensor para sostener que lo decidido por la juez obedeció  a  una  posible  interpretación legal carecen de cualquier vocación de éxito.  Veamos.   

El criterio del recurrente (según el cual la  transacción  no  es  contrato,  ni  fuente  independiente  de  obligaciones, ni  título  ejecutivo,  de  suerte  que  sólo  cuando  obtiene  el  reconocimiento  judicial  se  traduce  el derecho incierto allí estipulado en seguro) riñe con  lo     analizado     al    respecto    por    la    Sala    (cf.    supra   3.2),   pues   esta  figura  (que  concierne  a un acuerdo de voluntades con el fin de terminar o precaver acciones  litigiosas  capaz  de extinguir prestaciones jurídicas) también puede crearlas  novarlas   o   crearlas,   así   como   presta  mérito  ejecutivo  cuando  las  estipulaciones o arreglos de las partes así lo determinan.   

Y, en este asunto, las partes convinieron, de  acuerdo  con  las  cláusulas  séptima  y  novena  de  la transacción de 12 de  diciembre  de  2000, que el compromiso en cabeza de la ciudad de Barranquilla de  pagar     las     sumas    de    $626’698.799,        $1.994’821.451      y      $878’479.750  debía  efectuarse dentro de los diez días siguientes a la  celebración  del  contrato,  además de que el respectivo documento constituía  una   obligación   clara,   expresa   y   exigible   (cf.   4.1,   ii).   

Esto    implicaba    que    Transportes  Monterrey  Ltda., Transportes  Lolaya  Ltda.  y Transportes   Trasalfa  S.  A.  estuvieron  facultados  para acudir a las autoridades civiles con el propósito de exigir el  pago  de los montos incumplidos hasta el 12 de febrero de 2001, fecha en la cual  fue  fijado  el  escrito que informaba acerca de la iniciación del trámite del  acuerdo   y   entraban   a   operar  las  normas  relativas  a  la  Ley  550  de  1999.   

En  otras palabras, las partes en el convenio  de  12  de diciembre de 2000 jamás pactaron que la obligación en él convenida  debía  quedar  condicionada  al  proceso  por reparación directa seguido en el  Tribunal  Administrativo  del  Atlántico.  El objeto de lo transado era dar por  terminada  la  referida  acción,  como  a  la  postre sucedió, pero de ninguna  manera   la   efectividad   del  contrato  dependía  de  la  actuación  de  la  jurisdicción de lo contencioso administrativo.   

Nótese  que tanto la primera como la segunda  instancia,  en  los  autos  de  12 de diciembre de 2000 y 4 de abril de 2002, lo  único  que  hicieron  fue aprobar un desistimiento y de manera alguna aceptaron  los  términos  de  una transacción. Es más, a la Sección Tercera del Consejo  de  Estado  le  parecieron  irrelevantes las razones por las cuales las empresas  transportadoras  renunciaron  a continuar con la acción o por qué tal acto fue  presentado con el aval de la entidad territorial demandada.   

Al  contrario de lo argüido por el apelante,  el  único  doble compromiso que observa la Sala en este caso es el que querían  hacer  valer  los  demandantes  dentro  el  proceso  ejecutivo de mayor cuantía  iniciado  ante el Juzgado Trece Civil del Circuito, pues las cantidades exigidas  fueron  objeto  del  acuerdo  de  reestructuración  de pasivos firmado el 27 de  diciembre  de  2002  y,  luego,  pretendieron ser cobradas coactivamente ante la  jurisdicción  civil  ordinaria,  situación irregular que halló respaldo en el  inusitado proceder de la funcionaria MATILDE SANDRA GUZMÁN MORENO.   

Por último, es de subrayar que ninguno de los  argumentos   del   abogado   tiene   la   capacidad   de  superar  la  principal  consideración  atinente a la ilegalidad manifiesta de las providencias emitidas  por  la  juez,  en  el  sentido  de que no puede ser interpretación de la norma  adelantar  un  proceso  ejecutivo para obtener el pago de dineros que justamente  están   amparados   por   las   disposiciones  especiales  de  la  Ley  550  de  1999.   

4.5.  Demostrada la  imputación   al  tipo  objetivo  de  prevaricato  por  acción,  se  deriva en este asunto con suma facilidad  la    prueba    del    elemento   subjetivo   del   dolo   en   cabeza   de   la  procesada.   

Como  lo  admitió  la  juez  MATILDE  SANDRA  GUZMÁN  MORENO  en  la  diligencia  de  indagatoria48,  se  trata  de  una persona  que,  en  lo  que  al  ámbito  de  su  competencia  laboral concierne, fue juez  “civil del circuito durante  aproximadamente      ocho      años”49 y ha tenido  experiencia  en  la  Rama Judicial, en los campos penal y civil, durante más de  veinticinco                   años50,  motivos  por los cuales es  contrario  a  la razón o al sentido común contemplar la posibilidad de que los  autos  de  4  de  noviembre  de  2004 y 19 de enero de 2005 hayan obedecido a la  inexperiencia o ineptitud de la funcionaria.   

Tampoco es viable suponer que las providencias  fueron  el  producto  de  una  acción  imprudente,  como la de no reparar en la  solicitud  y  los  anexos  allegados  por  el  apoderado  del  Distrito.  Por el  contrario,  de  la  simple  lectura  del proveído de 4 de noviembre de 2004, se  advierte  que  la información de la parte demandada fue conocida en su momento,  al   igual   que   la  pieza  procesal  pertinente,  esto  es,  la  “certificación   del   inventario   de  acreencias     de    reestructuración    de    pasivos    de    las    empresas  demandantes”51. Por lo tanto, la procesada,  al  suscribir  el referido auto (y posteriormente el de 19 de enero de 2005), no  sólo  sabía  que  adelantaba  un  proceso  ejecutivo  por las mismas sumas que  fueron  materia  del  acuerdo de reestructuración de pasivos, sino además tuvo  la intención de proferir una decisión manifiestamente ilegal.   

En  consecuencia,  como  la Sala no encuentra  motivo  alguno  para  variar  lo decidido, confirmará la sentencia condenatoria  dictada  por  el  Tribunal  Superior del Distrito Judicial de Barranquilla en lo  que  fue  objeto  de  debate,  por las razones contempladas en el cuerpo de esta  providencia.   

En  mérito  de  lo expuesto, la CORTE   SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN  PENAL, administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

CONFIRMAR  el fallo  proferido  por  la  Sala  Penal  del  Tribunal Superior del Distrito Judicial de  Barranquilla.   

Contra  esta  providencia, no procede recurso  alguno.   

Cópiese,   notifíquese,   cúmplase   y  devuélvase al Tribunal de origen.   

JAVIER ZAPATA ORTIZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                             FERNANDO     CASTRO    CABALLERO   

SIGIFREDO          ESPINOSA  PÉREZ                ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

                                                                                                         

                                                              

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   AUGUSTO J. IBÁÑEZ GUZMÁN   

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

          

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1    Por   ejemplo,   en   palabras   del   Tribunal,   “existe      una      ‘vía     de     hecho’  cuando la decisión del funcionario  es        absolutamente        caprichosa        y        arbitraria” (folio 157 del cuaderno del juicio);  “el   auto   de  2  de  noviembre       de       2004       […]             constituye  una  vía de hecho por falta de motivación”  (folio 159 ibídem); o “las  decisiones de tutela no adolecen  de     ‘vía    de  hecho’  como señaló el  defensor  en sus alegatos”  (folio 162 ibídem).   

2 Así  se  expresó  el recurrente, entre otras tantas afirmaciones de similar índole:  “con  el  respeto que la  decisión       de      tutela      […]  merece,  la     providencia     contiene     tres     defectos     esenciales”  (folios  191-192  del  cuaderno del  juicio);  “[a]dmitiendo la  argumentación    de   las   tutelas   […]”  (folio  200  ibídem); “[l]a  sentencia  de tutela de la Sala  Civil      de      la      Corte     […]             constituye  violación  por  vía  de  hecho  de la ley”  (folio  101  ibídem); “la     sentencia     […]  se   basa   en   las  valoraciones  incorrectas  que  efectuaron  las  decisiones  de  tutela”  (folio  206 ibídem); o “[l]a      tutela      en     segunda     instancia     […]  ha  de  comentarse cuidadosamente en vista de que fue  la    inspiración    de    la   sentencia   contra   mi   defendida” (folio 208 ibídem).   

3 Corte Constitucional, sentencia T-118 de 1995.   

4  Sentencia  de  8  de  noviembre de 2001, radicación 13956. En el  mismo  sentido,  sentencias  de  25 de abril de 2007, radicación 27062, y 22 de  abril de 2009, radicación 28745, entre otras.   

5     Artículo     1625    del    Código    Civil:    “Toda  obligación  puede  extinguirse  por  una  convención  en que las partes interesadas, siendo capaces de disponer  libremente   de   lo   suyo,   consientan   en   darla  por  nula.  /  Las obligaciones se extinguen además  en  todo  o  en parte: / 1-.  Por   la  solución  o  pago  efectivo  […]”.    Artículo    1626    ibídem:  “El  pago efectivo es la  prestación   de   lo   que   se  debe”.   

6  Artículo  2488-.  Toda  obligación  personal  da  al  acreedor  el  derecho de  perseguir  su  ejecución  sobre  todos los bienes raíces o muebles del deudor,  sean   presentes   o   futuros,  exceptuándose  solamente  los  no  embargables  designados en el artículo 1677.   

7 Cf.  artículos 488 y ss. del Código de Procedimiento Civil.   

8         Cuberos        Gómez,        Gustavo,        ‘Ejecución   colectiva   y  procesos  estatales’, en Castro de  Cifuentes,   Marcela   (coord.),   Derecho   de  las  obligaciones,  Tomo II, Volumen I, Universidad de los  Andes – Temis, Bogotá, 2010, p. 529.   

9  Artículo  5  de  la  Ley 550 de 1999: “Acuerdo  de reestructuración de pasivos.  Se  denomina  acuerdo  de reestructuración la convención que, en los términos  de  la  presente  ley, se celebre a favor de una o varias empresas con el objeto  de  corregir  deficiencias  que  presenten  en su capacidad de operación y para  atender   obligaciones   pecuniarias,   de  manera  que  tales  empresas  puedan  recuperarse  dentro  del  plazo y en las condiciones que se hayan previsto en el  mismo”.   

10  Artículo      6      ibídem:     “Promoción  de  los  acuerdos  de  reestructuración. […]  / En las  solicitudes  de promoción por parte del empresario o del acreedor o acreedores,  deberá  acreditarse el incumplimiento en el pago por más de noventa (90) días  de  dos  (2)  o  más  obligaciones  mercantiles contraídas en desarrollo de la  empresa,  o  la  existencia de por lo menos dos demandas ejecutivas para el pago  de  las  obligaciones  mercantiles.  En cualquier caso el valor acumulado de las  obligaciones  en  cuestión  deberá  representar  no menos del cinco por ciento  (5%)      del      pasivo      corriente      de      la     empresa”.   

11  Artículo 58 numeral 1 ibídem, modificado por el artículo 69 de  la  Ley  617 de 2000, en armonía con lo señalado en el numeral 2 del artículo  del Decreto 694 de 2000, reglamentario del primero.   

12  Artículo 7 ibídem.   

13  Artículo 8 ibídem.   

14  Artículo 11 ibídem.   

15  Artículo 13 ibídem.   

16  Artículo 14 ibídem.   

17  Corte  Constitucional,  sentencia  C-493  de  2002.  Así  mismo,  señaló  el máximo tribunal en materia de control constitucional: “[…]    el  numeral   13   [del   artículo   58]   adquiere  sentido  en  el entorno creado por la Ley 550 para asumir  la  recuperación  financiera  de  las  entidades territoriales, que les permita  atender  eficientemente  las funciones y servicios a su cargo, con el propósito  de  conseguir  el  mejoramiento  de  la  calidad  de vida de los habitantes y de  promover     el     desarrollo    armónico    de    las    regiones”.   

18 Artículo 17 inciso 1º de la Ley 550 de 1999.   

19  Ibídem.   

20  Corte Constitucional, sentencia C-1143 de 2001.   

21       Ibídem:      “El   pago  preferente  de  las  acreencias  laborales  como  gastos  administrativos  se  consagró expresamente en el artículo 121 de la Ley 222 de  1995,  para  los  efectos del régimen de los procesos concursales, e igualmente  está  previsto  en  el  artículo  2495  del Código Civil, subrogado en lo que  corresponde  por  las  Leyes  165  de  1991,  art.  1,  y  50  de 1994, art. 36,  preferencia   que   tiene   pleno   soporte   en  la  protección  de  carácter  constitucional  que  tienen  dichas acreencias al tenor de lo establecido en los  artículos     1,    25    y    53    de    la    Carta    Política”.   

22  Ibídem.   

23     Artículo     2469    del    Código    Civil:    “La transacción es un contrato en que  las  partes  terminan  extrajudicialmente  un  litigio  pendiente  o precaven un  litigio             eventual”.   

24 Cf.  Jaramillo   J.,   Carlos   Ignacio,   ‘La    transacción    en    el    derecho    colombiano’,  en  ,  en  Castro  de  Cifuentes,  Marcela      (coord.),      Derecho     de     las  obligaciones, Tomo II, Volumen II, Universidad de los  Andes – Temis, Bogotá, 2010, pp. 406-408.   

25  Cf.  Ibídem:  “esta posición en la que  se  le  asigna  al acuerdo transaccional naturaleza contractual es la que legal,  jurisprudencial   y   doctrinalmente   campea   en   el  ordenamiento  jurídico  patrio”      (p.  421).   

26  Bonivento    Fernández,    José   Alejandro,   Los  principales  contratos civiles y comerciales, Tomo II,  Bogotá, Librería del Profesional, 2002, p. 110.   

27   Jaramillo  J.,  Carlos  Ignacio,  Op.  cit., p. 432.   

28  Ibídem,      p.  456.   

29  Ibídem,      p.  434.   

30    Folios    1-6    del    cuaderno    de   anexos   del   proceso  ejecutivo.   

31  Folios 7-11 ibídem.   

32  Folio 10 ibídem.   

33  Ibídem.   

34 Folio 11 ibídem.   

35  Folios 43-44 ibídem.   

36  Folio 47 ibídem.   

37 Folio 54 ibídem.   

38  Folios 56-57 ibídem.   

39  Folio  60 ‘bis’ ibídem.   

40  Folios 1-3 del cuaderno anexo de medidas cautelares.   

41 Folio 4 ibídem.   

42  Folios 5-8 ibídem.   

43  Folios 10-15 ibídem.   

44  Folio 179 del cuaderno de anexos del proceso ejecutivo.   

45  Folio 177 ibídem.   

46    Folio    11   del   cuaderno   de   anexos   de   las   medidas  cautelares.   

47  Ibídem.   

48    Folios    42-48    del    cuaderno    I    de   la   actuación  principal.   

49  Folio 43 ibídem.   

50  Ibídem.   

51  Folio 10 del cuaderno de anexos de las medidas cautelares.     

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