31563(24-03-10)

2010

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso n.° 31563  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrados Ponentes:  

MARÍA    DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

AUGUSTO J. IBÁÑEZ GUZMÁN  

Aprobado Acta No. 089.  

Bogotá, D.C., marzo veinticuatro (24) de dos  mil diez (2010).   

VISTOS  

Resuelve la Sala el recurso extraordinario de  casación  interpuesto  por  la  Representante del Ministerio Público contra la  sentencia  dictada  el  10  de  julio  de 2008 por el Tribunal Superior de Cali,  confirmatoria,  en  parte,  de  la  proferida  el 7 de septiembre de 2007 por el  Juzgado  Séptimo  Penal  del  Circuito  de Conocimiento de la misma ciudad, por  cuyo    medio    condenó    a    JAVIER   RODRÍGUEZ  ABONÍA  como  autor  del  delito  de  homicidio en la  persona     de     Ramón     Antonio    Castañeda  Fernández.   

HECHOS  

Hacia  las tres de la mañana del día 12 de  junio  de  2005, en inmediaciones de la calle 26 J con calle 108 de la ciudad de  Cali,    Ramón    Antonio   Castañeda   Fernández  fue  atacado  con  objeto  contundente por  JAVIER RODRÍGUEZ ABONÍA. A consecuencia  de  la  agresión,  Castañeda  Fernández  fue  remitido  a un centro asistencial de la capital vallecaucana,  en  donde  permaneció  hasta  el  29  de  junio  siguiente.  El 6 de julio  ulterior,    cuando   se   encontraba   en   su   domicilio,   se   produjo   su  deceso.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

Con  ocasión  de los hechos precedentes, la  Fiscalía  41  Seccional de Cali dispuso la apertura de la instrucción, en cuyo  marco  vinculó,  mediante  declaratoria  de  persona  ausente,  a  JAVIER   RODRÍGUEZ   ABONÍA,   a  quien  resolvió  situación  jurídica  con  medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva,  sin  beneficio  de  excarcelación,  por  el  punible  de homicidio  agravado.   

Evacuadas  algunas pruebas, el ente acusador  decretó  el cierre de la investigación y, el 14 de junio de 2007, calificó el  sumario  con  resolución  de acusación en contra del procesado por su presunta  responsabilidad    en    el    delito   de   homicidio   agravado   “conducta  contenida  en  el libro 2°,  título  1°,  capítulo  segundo,  artículo  103  y  104  inc.  7° de nuestro  estatuto            punitivo”.   

Ejecutoriado  el  calificatorio,  la  etapa  de  la causa se asignó al Juzgado Séptimo Penal del  Circuito  de  Cali.   Cuando dicho despacho surtía el traslado previsto en  el  artículo  400  de  la Ley 600 de 2000, se logró la captura de JAVIER  RODRÍGUEZ  ABONÍA quien, antes de  que   se   señalara   fecha  y  hora  para  la  realización  de  la  audiencia  preparatoria,  manifestó  su  voluntad de acogerse al instituto de la sentencia  anticipada.   

En  virtud  de  lo  exteriorizado  por  el  enjuiciado,  el  7  de  agosto  de  2007 se celebró la respectiva diligencia de  formulación  de  cargos,  durante  la  cual  aceptó  el  delito deducido en la  convocatoria a juicio.   

En consecuencia, el  7  de  septiembre  siguiente el mismo despacho judicial de conocimiento condenó  anticipadamente      a      JAVIER      RODRÍGUEZ  ABONÍA  a la pena principal  de  doscientos  (200) meses de prisión (aplicando por  favorabilidad  el descuento punitivo previsto en el inciso segundo del artículo  352     de     la     Ley     906     de     20041)   y   a   la  accesoria  de  inhabilitación   para   el   ejercicio   de   derechos  y  funciones  públicas  “por  un  lapso  de diez  (10)    años”,   al  encontrarlo  autor penalmente responsable del delito de  homicidio  agravado  en  la  persona  de Ramón Antonio  Castañeda Fernández.   

Así mismo, se abstuvo de condenarlo al pago  de  perjuicios materiales mientras que lo condenó al pago de perjuicios morales  en  suma  equivalente a cien (100) salarios mínimos legales mensuales vigentes,  discriminados     en  dos  partes iguales a favor de Carmen    Castañeda    y   Wilmer   Zuleta   Castañeda,   hermana  y  sobrino   del   occiso   Ramón   Antonio  Castañeda  Fernández,  respectivamente, al tiempo que le negó la  suspensión   condicional   de   la   ejecución   de  la  pena  y  la  prisión  domiciliaria.   

Impugnado   el  fallo  por  el  Ministerio  Público,  el  Tribunal Superior de Cali, con decisión del 10 de julio de 2008,  confirmó  parcialmente  la  sentencia  pero eliminó la única circunstancia de  agravación  del delito de homicidio imputada, motivo por el cual redosificó la  pena  principal  en  “siete  años   nueve,   meses   de   prisión”  y  la  accesoria  de  la inhabilitación  para  el ejercicio de derechos y funciones públicas en  “el       mismo  término”.   

Contra   la  anterior  determinación,  se  interpuso  recurso extraordinario de casación por la Procuradora Judicial 64 de  la  misma  sede y por el procesado. La primera presentó en tiempo el respectivo  libelo,  mientras  la  defensora  nombrada  por  el  inculpado  desistió  de la  impugnación extraordinaria.   

La demanda presentada en tiempo fue admitida  mediante  auto  del  6  de  agosto de 2009, motivo por el cual se dispuso correr  traslado  al  Ministerio  Público  para que rindiera el concepto previsto en el  artículo  213  de  la  Ley  600  de  2000.  Obtenida la opinión del Ministerio  Público, se procede a decidir de fondo.   

EL LIBELO    

         

La  representante  del  Ministerio  Público  formula  un  único  cargo  al  amparo de la causal primera, cuerpo segundo, del  artículo  207  de  la Ley 600 de 2000, por  violación indirecta de la ley  sustancial,  porque  a  su juicio se incurrió en error de hecho en la modalidad  de falso juicio de identidad al apreciar la prueba.   

En sustento del reproche, la libelista estima  que  el  Tribunal  tergiversó  el  contenido  de  la  necropsia practicada a la  víctima,  por cuanto si en tal elemento de convicción se expresa que el occiso  presentó   “hemorragia  masiva      secundaria      a     úlcera     duodenal     perforada”  y  que  la  causa  de  la muerte fue  “hipovolemia”,  las  lesiones  craneanas y faciales  inferidas por el procesado no fueron la causa del deceso.   

Expresa,  sobre  el particular, que en dicha  pericia    forense,   dentro   del   “diagnóstico”,  se          menciona:          “hemoperitoneo,   úlcera   duodenal  de  estrés  perforada,  trauma  craneoencefálico        severo        y        trauma       contuso”.   

Así mismo, señala que en el examen interno  de   la   pericia   “se  encuentran  lesiones  en  cráneo  (fractura frontal derecha, edema cerebral con  hematoma  epidural liminar), en cavidad abdominal (hemoperitoneo de 1500 cc. con  restos  de  fibrina)  y  en  el  aparato  digestivo  (perforación  de 2×2 en el  duodeno)”,  lo  cual  le  permite  concluir  que  las  lesiones  craneanas  y  faciales  no  son  la causa  “de la pérdida masiva de  sangre  acumulada  en  el  peritoneo  sino  que  se  debe  a  la  ruptura en una  dimensión      de      2×2      de      la     úlcera     duodenal”.   

En  el  dictamen  médico  legal,  sostiene,  igualmente    se    consigna   que   “la  úlcera  duodenal  es  de  estrés,  pero  nada  define sobre el  proceso   agudo   o  en  relación  causal  directa  con  el  trauma”,  pues,  incluso, a la víctima se le  había  dado  de  alta  por la lesión craneana, es decir que, por esta causa se  había superado el peligro de muerte.   

          Finalmente,  expresa  que  como  el  procesado  causó  lesiones  en  cráneo  y  cara  a la víctima con la intención de causarle la muerte, pero el  deceso  “sobreviene por un  proceso  patológico que se define como evolución natural y pudo presentarse de  manera  concomitante  o  independiente”,  solicita casar parcialmente la sentencia para condenar al acusado  por el delito de homicidio simple tentado y no consumado.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

A  juicio de la Procuradora Tercera Delegada  para  la Casación Penal la única censura contenida en la demanda está llamada  a prosperar.   

En tal sentido, comienza por advertir que del  examen  de  medicina  legal,  sobre  cuya  apreciación  se dirige el ataque, se  infieren dos conclusiones, a saber:   

“1.  Que  el  fallecido,  al  momento  de  efectuar  la  necropsia presenta trauma contundente  severo  con fractura tipo leffort y estallido ocular derecho en hechos ocurridos  el  12  de  junio  de  2005,  permaneciendo  hospitalizado  hasta el 29 de junio  siguiente.   

2.  Que  falleció el 6 de julio de 2005 por  hemorragia   masiva   secundaria   a  úlcera  duodenal.  Causa  de  la  muerte:  hipovolemia”.   

Empero, añade, el dictamen no indica que lo  señalado  en  el  punto  1  ocasionó  lo concluido en el punto 2, pues ninguna  certeza  científica  existe  en el sentido de que los golpes en la cabeza hayan  desencadenado   la   ruptura   de  la  úlcera  duodenal  en  el  peritoneo  del  estómago.   

El error judicial consistente en estimar que  las  lesiones  infligidas  por  el  procesado  originaron  el  fallecimiento del  occiso,  prosigue,  se  verificó desde los albores del proceso, pues si bien se  desprende  que  tuvo  la  intención  de  matar,  creó un riesgo jurídicamente  desaprobado  independiente  del  resultado  pretendido,  por cuanto “como  se  recordará,  la víctima fue  atendida  en  un  centro  hospitalario  del  cual  fue dada de alta varios días  después  luego  (sic) de las  atenciones       médicas       que      el      caso      ameritaba”.       

Era  lógico,  entonces,  desde  su punto de  vista,  que  en  la  necropsia  se  observarán  las heridas graves sufridas dos  semanas  antes, las cuales no podían ser la causa de muerte o siquiera asociada  a  ella, pues se trató de dos hechos aislados, pero susceptibles de mención en  el dictamen.   

Acto seguido, precisa que aun cuando en el  caso   objeto  de  examen  existe  certeza  de  que  el  procesado  “generó  el  riesgo  de  muerte con la  golpiza  mediante  varilla  que le propinó al señor Castañeda, comportamiento  por  demás  idóneo  para  penetrar  a  las  descripciones típicas de lesiones  personales  u homicidio;  sin embargo, ese actuar no determinó la causa de  muerte  (hipovolemia),  por  el  contrario  esta  (sic)  se  produjo porque se le reventó una úlcera duodenal  en   el   peritoneo   del   estómago”.   

Es  posible, puntualiza, que el error de los  funcionarios  judiciales se haya suscitado ante lo consignado en el diagnóstico  de  la  necropsia,  al  incluir  allí  el  trauma  cráneo encefálico severo y  politraumatismo  contuso,  pero  la  literatura  médica  en  relación  con ese  concepto  enseña  que  en  dicho  apartado  no se establece la causa de muerte,  “porque precisamente para  ello    hay    un    título    así    nombrado.     Causa    de   muerte:  hipovolemia”.   

En  ese  orden  de  cosas, advierte que como  está  demostrado  que  el  procesado tuvo la intención de matar a Castañeda  Fernández,  en  virtud  de la  contundencia  de  los  golpes  infligidos,  el  objeto  con el cual ocasionó la  agresión  y  por  el  hecho de haber intentado averiguar por su estado de salud  para  luego  ir  a  rematarlo al hospital, debe responder en grado de tentativa,  pues  gracias  a la oportuna intervención de los galenos se impidió su muerte,  constituyéndose  ésta  en la circunstancia ajena a la voluntad del agresor que  evitó la muerte de su víctima.   

De  condenar  al  procesado por el delito de  homicidio  en  su  modalidad  consumada,  expresa,  se  daría  aplicación a la  responsabilidad objetiva proscrita en la legislación nacional.   

Por  lo  expuesto,  solicita  casar el fallo  impugnado  con  el  objeto  se  dicte  uno  de reemplazo en el sentido de que se  condene al procesado por el delito de tentativa de homicidio.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

En  la  demanda presentada por la agente del  Ministerio  Público  se  plantea una única censura por violación indirecta de  la  ley  sustancial  derivada de un error de hecho por falso juicio de identidad  que  recae  en la apreciación del protocolo de necropsia No. 20005P-06040501615  del     occiso     Ramón     Antonio    Castañeda  Fernández,  de  fecha  6 de julio de 20052, cuyos efectos probatorios se tornan trascendentes.   

Esto   último  porque,  a  juicio  de  la  libelista,  a partir de ese medio de prueba se dedujo que la causa de muerte del  examinado  fueron  las  lesiones  recibidas  el  12 de junio anterior cuando fue  agredido  por  el  procesado  JAVIER RODRÍGUEZ ABONÍA  con  un objeto contundente (varilla) recibiendo en esa  ocasión  un  trauma  a  nivel  cráneo  facial  severo,  pero  que habría sido  tergiversado  en cuanto lo que se extrae de su contenido es que el fallecimiento  se  produjo  a  consecuencia  de  una úlcera duodenal perforada, con lo cual se  habría  violado,  por  falta  de aplicación, el artículo 27 del Código Penal  referente  a  la  modalidad de tentativa por la que ha debido condenárselo y no  considerando la conducta como consumada.   

          Acerca  de  la  naturaleza  del  error  de  apreciación  probatoria  invocado  por la casacionista ha sido abundante y reiterada la jurisprudencia de  la  Sala en señalar que se presenta cuando el juzgador tergiversa o distorsiona  el  contenido  objetivo de la prueba, hasta el punto de ponerla a decir algo que  ella no expresa materialmente.   

También  es  típico  de  esta modalidad de  desacierto  en  la apreciación de las pruebas tomar una parte de la prueba como  si  fuera  el  todo,  constituyendo  ello  una  forma de distorsión pues, en el  proceso  de  valoración,  a  la  prueba  se  le suprimen apartes trascendentes,  omitiendo de esa manera su apreciación integral.    

Por  eso  mismo,  como  también mucho lo ha  enfatizado  la  Sala,  este  es un yerro de contemplación objetiva de la prueba  surgido  luego  de  confrontar  su  expresión material con lo consignado por el  sentenciador  sobre  ella,  el  cual,  además, para que tenga concreción, debe  recaer  sobre  un elemento o elemento de juicio incidente, esto es, que tenga la  entidad  de  variar la decisión de manera favorable para quien lo propone y con  repercusiones  frente a la ley sustancial, ya sea por falta de aplicación o por  aplicación indebida   

El tipo de error atribuido al fallo conduce,  como   primera   medida,   siguiendo   su  esencia  y  forma  adecuada  de   demostración,  a  verificar  si  el medio de prueba fue realmente justipreciado  por  los  sentenciadores  de  instancia  y  si  se  le  asignó la trascendencia  indicada por la casacionista.    

Pues  bien,  en  este caso, dado que las dos  sentencias  convienen  en  la  decisión  de  condena es claro que conforman una  unidad  jurídica indisoluble, toda vez que el de segunda instancia se limitó a  modificarlo  en  el  sentido  de eliminar la única circunstancia de agravación  del  delito  de homicidio deducida por el inferior, pero manteniendo el reproche  de  responsabilidad  en  contra  de  JAVIER RODRÍGUEZ  ABONÍA.      

En  la  sentencia  de  primera instancia, al  referir a la materialidad del delito, se consignó:   

“…en   el  presente  asunto,  no  existe  mayor  dificultad,  para encontrar que la acción  descrita  de  manera  abstracta  por  el  legislador  en  el dispositivo 103 del  Código    de    Penas,   se   desarrolló   en   su  integridad,  y  como  prueba  de  ello contamos con la  copia  del  formato  de  inspección  técnica  a  cadáver  de  Ramón  Antonio  Castañeda,  donde  consta  su  deceso  el  6  de  julio  de  2005, lo  anterior,  aunado a la necropsia médico legal, obrante a folio  18  del  cuaderno original, en donde un perito forense,  adscrito  al  Instituto  de  Medicina  Legal  y Ciencias Forenses consignó como  causa   de   muerte   hipovolemia,  y  como  diagnóstico,  1.  hipovolemia.  2.  hemoperitoneo.   3.   ulcera   duodenal   de   stress   perforada.   4.   trauma  craneoencefálico       severo,      5.      politrauma      contuso”3          (subrayas fuera de texto).   

El  Tribunal, por su parte, no se ocupó del  tema  en  cuestión,  con lo cual implícitamente aceptó el juicio de valor del  sentenciador   de   primera   instancia,   en   tanto  no  se  contrapone  a  la  determinación adoptada.   

Así  las cosas, refulge diáfano que, como  lo  indica la casacionista, el medio de prueba sobre el cual recae el ataque fue  valorado  efectivamente  en  el  fallo  impugnado  asumiéndose  que la causa de  muerte   del   señor   Ramón   Antonio   Castañeda  Fernández  fueron las lesiones que le propinara días  antes  el  procesado  con  un  objeto contundente y que le ocasionaron un trauma  craneoencefálico  severo,  ante  lo  cual se lo responsabilizó por la conducta  criminal reseñada en su modalidad consumada.   

Procede  entonces  determinar  si  en  esa  apreciación  conclusiva  se  incurrió en un falso juicio de identidad, lo cual  impone  revisar  el  contenido  objetivo  del referido informe pericial a fin de  constatar  si  en  verdad  fue  tergiversado  por  el  sentenciador.   

El   protocolo  de  necropsia4   

practicado  al  cadáver  de Ramón  Antonio Castañeda Fernández, como  es  característico en este tipo de pericias, se subdivide en varios capítulos.  En  el  primero  de  ellos, se consigna una información general, como el nombre  que  tenía  la  persona en vida, su edad al momento del deceso, sexo, fechas de  ingreso,  de muerte y de la realización de la diligencia, así como los nombres  del   profesional  que  la  lleva  a  cabo  y  de  quienes  lo  auxilian  en  el  procedimiento.   

En  el  segundo,  se  expone  en  términos  científicos  la  opinión del profesional;  en el tercero, se establece la  causa  de  muerte;   en  el  cuarto  el diagnóstico; en el quinto, se deja  constancia  del  examen externo del cadáver, el cual comprende una descripción  general  del  cuerpo, fenómenos cadavéricos y datos antropométricos;  en  el  sexto,  se detalla el procedimiento realizado y, finalmente, en el séptimo,  se           alude           al           examen           interno           del  cuerpo.                              

Para  los  fines  que  interesan  a  esta  decisión,  es  decir,  a efecto de determinar si en punto de la causa de muerte  se  distorsionó  materialmente  el  dictamen,  es  preciso detenerse en tres de  estos  ítems.  En primer  lugar,  en  el  de la opinión expuesta por el profesional;  en segundo, en  el  denominado  como  causa  de  muerte  y,  por último, en el del “diagnóstico”.   

Pues  bien, cuando el profesional expuso su  “opinión”     adujo     textualmente     lo  siguiente:   

“Este hombre de  raza  mestiza,  con  una  edad de 53 años, de nombre Ramón Antonio Castañeda,  que  viene  con orden para ser reclamado por sus familiares, el caso trata de un  hombre  adulto  que  recibe  trauma contundente craneofacial severo con fractura  tipo  Leffort y estallido ocular derecho en hechos ocurridos el 12 de junio /05,  permaneciendo    hospitalizado   hasta   el   29   de   junio/05.   Fallece  el 6 de julio en el barrio Manuela Beltrán por hemorragia  masiva      secundaria      a     úlcera     duodenal     perforada”   (subraya  fuera de texto).   

Como se puede apreciar en este acápite, en  donde   el   profesional   señala   su  opinión,  claramente  señala  que  el  fallecimiento  de Ramón Antonio Castañeda  fue  producto  de  una  hemorragia  masiva  secundaria  a  úlcera  duodenal  perforada,  sin  que  vincule  el  hecho a las lesiones anteriores que  presenta  el  cuerpo  consistentes en trauma contundente craneofacial severo con  fractura  tipo  Leffort  y estallido ocular derecho en hechos ocurridos el 12 de  junio anterior a la fecha del examen.   

Esa  opinión  sobre  el  motivo del deceso  consignada  por el perito, además, es consecuente con la causa de muerte que en  el  siguiente  capítulo  del  informe  técnico  de  necropsia se identifica de  manera      escueta      como:     “hipovolemia”,  fenómeno   entendido,  de  acuerdo  con  la  literatura  especializada,  de  la  siguiente forma:   

“Hipovolemia  significa    disminución    del   volumen   sanguíneo;    la   hemorragia  probablemente sea la causa más frecuente de choque hipovolémico.   

La hemorragia disminuye la presión general  media  de  llenado, y en consecuencia se reduce el retorno venoso. Por tanto, el  gasto  cardiaco  cae  por debajo de lo normal y se produce choque. Evidentemente  la  hemorragia puede producir todos los grados del choque, desde la disminución  mínima   del   gasto   cardiaco   hasta   la   supresión   casi  completa  del  mismo”5.   

    

En  el  siguiente  aparte  del  protocolo,  titulado          como         “diagnóstico”,  a su vez, el forense presentó el siguiente listado:   

“-  Hipovolemia.   

-Hemoperitoneo  

-Úlcera     duodenal    de    stress  perforada   

-Trauma craneoencefálico severo  

-Politrauma     contuso”.   

La  relación  del trauma craneoencefálico  severo    en    este    acápite,    como    con    acierto    lo   subraya   la  Procuradora      Delegada, al igual que su mención en el de  la  “opinión” expresada por el facultativo forense,  muy  seguramente  desencadenó  la  confusión  de los juzgadores al apreciar el  contenido  objetivo de esta prueba arribando equivocadamente a la consideración  de  que  constituyó  la  causa  de  muerte  de  Ramón  Antonio Castañeda.   

Empero,  su  inclusión allí, así como la  del  politrauma  contuso, al tiempo con los signos de hemoperitoneo y la úlcera  duodenal   de  stress  perforada,  no  entraña  contradicción  alguna,  porque  precisamente      en      el      “diagnóstico”  clínico,  incluyendo  desde  luego  el  forense,  se  relacionan  los  signos  y  síntomas que el profesional observa para evaluar la  enfermedad o, en el caso de las necropsias, la causa de muerte.   

En      efecto:      “El  diagnóstico  médico  establece a  partir  de  síntomas,  signos y los hallazgos de exploraciones complementarias,  qué  enfermedad  padece  una  persona.  Generalmente  una  enfermedad  no está  relacionada  de  una  forma biunívoca con un síntoma, es decir, un síntoma no  es  exclusivo  de  una  enfermedad. Cada síntoma o hallazgo en una exploración  presenta   una   probabilidad   de  aparición  en  cada  enfermedad”6.   

Por  ello, el procedimiento para establecer  un  diagnóstico,  según  la  Asociación  Colombiana de Facultades de Medicina  (ASCOFAME),    implica,    en    forma    general,    agotar    las   siguientes  verificaciones:   

          “El  diagnóstico  se  entiende como la  competencia  que  ejercita  el  médico  para  precisar la situación de salud o  enfermedad  del  paciente. Esta competencia se ejerce con base en la aplicación  del  método clínico, donde el papel de la anamnesis y el examen físico tienen  una  gran  importancia,  junto  con la selección apropiada e interpretación de  las   ayudas   diagnósticas.  Los  diagnósticos  en  medicina  avanzan  de  la  generalidad  hacia  la particularidad, en ese sentido metodológicamente se hace  primero  un diagnóstico sindromático y posteriormente se avanza hacia enfoques  más  reducidos  como localización anatómica de la enfermedad o determinar las  alteraciones bioquímicas o histológicas.   

          El  diagnóstico clínico requiere tener en cuenta el análisis y la  síntesis,  utilizando  diversas  herramientas  como  la  anamnesis, la historia  clínica,  exploración  física  y  exploraciones complementarias. Establece  a  partir  de  síntomas,  signos  y  los  hallazgos  de  exploraciones  complementarias, qué enfermedad padece una persona o un grupo de  personas,  con  base  en  la  mejor  evidencia  posible y disponible.  Cada  síntoma  o  hallazgo  en  una  exploración  presenta  una  probabilidad  de  aparición  en  cada  enfermedad y a partir de los síntomas y  otros  hallazgos  que  presenta  el paciente se plantean diversas posibilidades;  según  la  prevalencia de cada enfermedad en cada población, un mismo conjunto  de  síntomas  o  síndrome  puede  producir  un  diagnóstico diferente en cada  población,  es  decir,  cada síndrome puede estar producido por una enfermedad  diferente   en  cada  población,  como  diagnósticos  diferenciales.  Se  hace  énfasis  en  las  especialidades  básicas  como  Medicina Interna, Pediatría,  Cirugía y Gineco-Obstetricia y Salud mental.   

         

El  médico  debe  tener  la  capacidad  de  observación  y  análisis de la presentación clínica de un paciente, con base  en  la  realización  de  una  historia  clínica adecuada y un examen físico y  mental  completo, teniendo en cuenta factores asociados culturales, religiosos o  económicos,  entre  otros. El resultado es una impresión diagnóstica con base  en   la   cual  hace  un  plan  de  comprobación  de  la  misma  con  exámenes  complementarios   si   es   necesario.”7(subraya fuera  de texto).   

Significa lo anterior, entonces, que cuando  se        elabora       un       “diagnóstico”  se  deja  constancia  de  los  signos, síntomas y hallazgos evidenciados por el  profesional  para  determinar  una enfermedad o, para el caso de las necropsias,  la  causa  de  muerte.  Cuando  el  médico forense en este caso aludió a tales  fenómenos  lo  hizo  porque  se  trataba  de hallazgos clínicos evidenciables,  probablemente  desencadenantes del deceso, cuya causa específica individualizó  en el capítulo respectivo y en el de su opinión.   

Así las cosas, surge nítido que la prueba  fue  tergiversada  en su contenido material por el sentenciador, pues era claro,  se  insiste, que allí aparecía una causa de muerte y simplemente se consideró  otra  al  margen de lo que el documento expresa fielmente.  Por ello, puede  asentir  la  Sala,  se  incurrió  en  el  error  de  hecho  por falso juicio de  identidad propuesto por la casacionista.   

Además,  porque  aceptar  que  la causa de  muerte   de   Ramón  Antonio  Castañeda  se  originó en la hemorragia masiva secundaria a úlcera duodenal  perforada  y  no  al  trauma  craneoencefálico  severo  que  le  ocasionara  el  procesado     RODRÍGUEZ    ABONÍA    pocos  días  antes, no sólo compagina plenamente con lo demostrado  en  el  proceso  sino  que  responde,  como se verá, a los criterios de la sana  crítica,       específicamente       a       los       de      la      ciencia  médica.              

En cuanto a lo primero, por estar acreditado  probatoriamente  que  tras  recibir la agresión Ramón  Antonio  fue  internado  en  un centro asistencial, en  donde  permaneció  por espacio de 17 días, luego de lo cual se le dio de alta,  falleciendo  el  6  de julio siguiente. Comprueba ello, en principio, que no hay  nexo  directo  entre  el deceso y dicha agresión, no sólo porque trascurrieron  varios  días  entre uno y otro suceso sino, fundamentalmente, porque al cabo de  su hospitalización fue dado de alta falleciendo 8 días después.   

Y  respecto  de  lo  segundo,  dado  que de  conformidad    con    la   lex   artis   o   del  arte  médico  es  poco  probable  que  el  occiso  hubiera  desarrollado  una  úlcera  duodenal  perforada  -patología  que  a  la  postre  desencadenó   la  muerte  por  hipovolemia,  acorde,  como  quedó  plasmó  en  precedencia,  con  una lectura adecuada del protocolo de necropsia- en el escaso  interregno   de  24  días  comprendido  entre  el  12  de junio de 2005, día de la agresión por parte del  procesado,  y  el  6  de julio subsiguiente, día del deceso, por tratarse de un  fenómeno       de      carácter      crónico8.   

Ciertamente,  según la literatura médica,  “la   úlcera  péptica  es  una  afección  crónica  caracterizada  por  úlceras gastroduodenales recurrentes que afectan a más del  10   %   de   la   población  en  cualquier  momento.   Los  dos  factores  independientes    de    riesgo   de   úlcera   péptica   son   los   fármacos  antiinflamatorios  no  esteroideos  y  la infección por el Helicobacter pylori.  Los  transtornos relacionados son gastritis (es decir, inflamación de la mucosa  gástrica)   y   dispepsia  (o  sea,  malestar  abdominal  superior)”9(subraya   fuera   de  texto).   

Refuerza lo anterior, por consiguiente, que  el  fallador  incurrió en el yerro de apreciación probatoria denunciado por la  casacionista,  cuya  trascendencia,  en  el  ámbito  de  la  ley sustancial, se  proyecta  por  razón  de  que,  como  lo  precisa  la casacionista, se dejó de  aplicar  el  artículo 27 del Código de las Penas que refiere a la figura de la  tentativa,    pues   si   bien   RODRÍGUEZ   ABONÍA  con  su  comportamiento  tuvo  la  firme intención de  segar  la  vida  de  Castañeda Fernández,  el  resultado  producido  no  le  es  imputable ni ontológica ni  jurídicamente.   

          La  tentativa  como  dispositivo  amplificador del tipo se encuentra  regulada  en  el  artículo  27  de  la  Ley  599  de  2000  en  los  siguientes  términos:   

“El  que  iniciare  la  ejecución  de  una conducta punible mediante  actos  idóneos  e  inequívocamente  dirigidos  a su consumación, y esta no se  produjere     por    circunstancias    ajenas    a    su    voluntad…”.   

Pues bien, para la Sala es claro que el acto  desplegado  por el procesado de golpear a la víctima en la zona craneana con un  elemento   contundente   configura   un   evidente   acto   ejecutivo   dirigido  inequívocamente a la consumación del delito de homicidio.   

Ello está demostrado en virtud del elemento  letal  utilizado  para  el  ataque  (varilla),  la  zona del cuerpo impactada y,  además,  como acertadamente lo reseña la Procuradora Delegada, basándose para  tal  efecto  en  la  declaración  de  Consuelo Murillo  Oyola,  en  el  comportamiento  posterior  asumido por  RODRÍGUEZ  ABONÍA,  quien  según  la testigo se habría trasladado  hasta el centro asistencial donde  se  recuperaba  el  agredido  con  el fin de culminar su propósito.   

De suerte que si la conducta homicida no se  consumó  en  aquella  ocasión  fue por circunstancias ajenas a la voluntad del  procesado,  como pudo ser la oportuna asistencia médica brindada.  En todo  caso,  el  resultado no es dable imputárselo ni desde una perspectiva meramente  causal,  ni  mucho  menos  desde  una óptica basada en criterios de imputación  objetiva   fundamento   de   la  llamada  dogmática  funcionalista.     

En   el   primer  caso  porque  entre  el  traumatismo  craneoencefálico ocasionado con la agresión y el resultado muerte  de  la  víctima,  aún  a partir de la explicación que ofrece la teoría de la  equivalencia    de    condiciones,    no    existe    nexo   causal   demostrado  empíricamente10.   

Tanto menos frente al segundo, acorde con el  artículo    9°    del    Código    Penal,   según   el   cual   “la  causalidad  por  sí sola no basta  para      la      imputación      jurídica      del      resultado”,  por  no  estar  demostrado  que  la  creación  del  riesgo  jurídicamente  desaprobado  se  haya  concretado  en la  producción          del          resultado11,   pues,   como  ya  lo  ha  señalado  la  Sala  en  la  decisión  que  oportunamente  trae  a colación la  representante del Ministerio Público:   

“1.  Como  es  evidente,  la simple relación de causalidad material  no   es   suficiente   para   concluir   en   la  responsabilidad  penal  de  un  procesado.  A  ello es menester agregar otras razones,  entre  ellas,  las  que  demuestran que la consecuencia lesiva es “obra suya”, o  sea,  que  depende  de  su comportamiento como ser humano. O, como se dice en el  nuevo  Código  Penal,  que  plasma  expresamente aquello que desde mucho tiempo  atrás  se  viene  exigiendo,  “La  causalidad  por  sí  sola  no basta para la  imputación jurídica del resultado” (artículo 9o.).   

          2.   En  casos  como  el  analizado,  la  imputación  jurídica  -u  objetiva-  existe  si  con  su  comportamiento  el autor despliega una actividad  riesgosa;  va  más allá del riesgo jurídicamente permitido o aprobado, con lo  cual  entra  al terreno de lo jurídicamente desaprobado; y produce un resultado  lesivo,  siempre que exista vínculo causal entre los  tres  factores.  Dicho  de  otra forma, a la asunción de la actividad peligrosa  debe  seguir  la  superación  del  riesgo  legalmente  admitido  y  a éste, en  perfecta ilación, el suceso fatal.   

          Dentro  del  mismo  marco,  la  imputación  jurídica  no existe, o  desaparece,  si  aún  en  desarrollo  de  una  labor  peligrosa,  el  autor  no  trasciende  el  riesgo  jurídicamente  admitido,  o  no  produce  el  resultado  ofensivo,  por  ejemplo  porque  el  evento  es  imputable  exclusivamente  a la  conducta     de    la    víctima…”  (subrayas  fuera  de  texto)12.   

Estando  demostrado,  por tanto, (i) que el  contenido  objetivo del protocolo de necropsia fue tergiversado por el fallador;  (ii)  que una valoración acorde con las reglas de la sana crítica refuerza esa  conclusión  y  (iii)  que el error fue trascendente por cuanto al atribuir como  causa  de  la  muerte  de  Ramón  Antonio  Castañeda  Fernández  la  acción  desplegada  por  el procesado  cuando  el  resultado derivó de circunstancia ajena a su voluntad dejándose de  aplicar  el  precepto  27  del  C.P.,  referido a la tentativa, surge imperativo  casar  el  fallo  en los términos propuestos por la casacionista y avalados por  la   Procuradora   Tercera   Delegada   para   la   Casación  Penal  ante  esta  Corporación.    

Previo   a   acometer   la   labor   de  redosificación  punitiva  consecuente  con  la anunciada decisión, ha menester  precisar  que  el  reconocimiento del dispositivo amplificador del tipo no riñe  con  la aceptación por parte del procesado, a través de la figura de sentencia  anticipada,  del  delito  de homicidio en su forma consumada, toda vez que, como  lo ha enfatizado la Sala frente a situaciones similares:   

“…cuando  se  trate   de   la   protección   de  garantías  fundamentales  de  repercusiones  sustanciales  que  se  hubieran materializado como errores in iudicando, la Sala  Penal  de la Corte, cuando se trate de sentencias anticipadas que se impugnen en  vía  extraordinaria,  deberá  casar  la  sentencia  ya  sea de manera rogada u  oficiosa   al  encontrar  que  la  violación  se  ha  materializado  de  manera  evidente.   

Pueden  darse los casos, por ejemplo, entre  otros:  que  la  sentencia  anticipada  se  hubiera  proferido con violación al  principio  de  derecho  penal de acto, al principio de legalidad del delito o de  la  pena (necesaria, proporcional y razonable), o del principio de favorabilidad  sustancial,  por  violación del principio de prohibición de analogía in malam  partem,  por  desconocimiento  del  principio  de  cosa juzgada y del non bis in  ídem,  o  en  la  que  se  hubiera  consolidado  una  violación manifiesta por  indebida  aplicación  sustancial referida a la adecuación del injusto típico,  formas  de participación o de las expresiones de culpabilidad atribuidas, o por  menoscabo  del  principio  de  antijuridicidad  material,  o  del  principio  de  culpabilidad  subjetiva  en  la que se evidencie una ausencia de responsabilidad  penal  dada  la presencia de alguna de las causales que la excluyen y se hubiese  condenado  con  criterios de responsabilidad objetiva, o por desconocimiento del  principio   de   in   dubio   pro  reo”13.   

De  lo  expuesto  se  concluye que el cargo  prospera.   

Dosificación    punitiva    y   demás  consecuencias:   

Corolario de la determinación adoptada, se  torna   imperativo   casar   parcialmente   el  fallo  impugnado,  en  tanto  el  reconocimiento   de   la   figura  de  la  tentativa  a  favor  de  RODRÍGUEZ   ABONÍA  comporta  reducción  punitiva,   a  voces  del  artículo  27  del  C.P.,  consistente  en  una  pena  “no menor de la mitad del  mínimo  ni  mayor  de las tres cuartas partes  del máximo de la señalada  para  la  conducta  punible  consumada”.   

En  este  procedimiento,  como  lo  tiene  decantado  la  Sala, se respetarán los parámetros que en tal sentido aplicaron  los   falladores.   Al  respecto,  recuérdese  que  el  Tribunal  modificó  la  punibilidad  tras  encontrar  que el homicidio no era agravado sino simple, para  lo  cual, también respetando las pautas de dosificación del inferior, elaboró  el siguiente análisis:   

“La conducta se  adecua   en   el   artículo   103   ‘homicidio’,  que  señala una pena de 13 a 25 años de prisión. Como quiera que los hechos a  que  se  contrae  este expediente ocurrieron antes de entrar en vigencia en este  distrito  judicial  la  ley  906  de  2004,  es  decir,  en  el  año  2005, los  parámetros  a  seguir  para la tasación punitiva serán los reglados en la ley  600  de  2000,  sin  que  lo  anterior  impida  dar  aplicación al principio de  favorabilidad  para  efectos  de la disminución punitiva por haberse acogido el  procesado a sentencia anticipada.   

Cuarto  mínimo:  13 a 16 años de prisión   

Cuarto   medio:   16   a   22   años  de  prisión   

Cuarto   máximo:   22   a  25  años  de  prisión   

El  juez  a  quo,  en  razón  a  que en la  resolución  de  acusación  no  se dedujeron circunstancias genéricas de mayor  punibilidad  se  ubicó en el cuarto mínimo, es decir, para el homicidio simple  estaría entre 13 a 16 años de prisión.   

Ahora bien siguiendo los mismos parámetros  esgrimidos  por  el  funcionario de primera instancia para valorar la ubicación  en  el cuarto mínimo, la pena a imponer será de trece años de prisión.   De  otro  lado, como el enjuiciado se acogió a sentencia anticipada en la etapa  del  juicio,  se  hace  acreedor  a un rebaja de la tercera parte, quedando como  pena definitiva siete años nueve meses de prisión.   

Como  consecuencia de la nueva tasación de  pena,  se  fijará  la  accesoria  de  inhabilitación  de  derechos y funciones  públicas   por   el   mismo   término   de   la   pena   principal”.   

Pues   bien,  al  aplicar  el  margen  de  reducción  establecido en el artículo 27 del C.P., resulta obvio que se afecta  el  ámbito  de  movilidad  de  la  pena  establecida,  por  tratarse, según lo  prescribe   el   artículo   60   ibídem,    de   una  circunstancia  modificadora  de  la  punibilidad,  con  incidencia directa en la  configuración de los cuartos respectivos.   

En tal dirección, como la disminución por  la  realización  de  la  conducta en su modalidad tentada comporta, se reitera,  una  pena  “no menor de la  mitad  del  mínimo  ni mayor de las tres cuartas partes  del máximo de la  señalada      para      la      conducta      punible     consumada”,   los   cuartos   de  dosificación  punitiva  para  el  delito  de  homicidio,  sobre un margen punitivo comprendido  ahora  entre  seis  años y medio (78 meses) a dieciocho años, nueve meses (225  meses) de prisión, quedan de la siguiente forma:   

Primer  cuarto: setenta y ocho (78) meses a  ciento catorce (114) meses y veintidós (22) días de prisión   

Cuartos medios: ciento catorce (114) meses y  veintitrés  (23) días a ciento ochenta y ocho (188) meses y diez (10) días de  prisión.   

Cuarto máximo:  ciento ochenta y ocho  (188)  meses y once (11) días a doscientos veinticinco (225) meses de prisión.   

Ahora  bien,  como de acuerdo a lo valorado  por  el  a quo y retomado por  el  Tribunal  la  pena  que  corresponde  es  la  mínima del primer cuarto, tal  equivale  dentro  de  este  nuevo  ámbito  a setenta y ocho meses (seis años y  medio)  de  prisión,  sobre  la  cual debe reducirse una tercera parte más (26  meses)  por  haberse  acogido  el  procesado RODRÍGUEZ  ABONÍA a la figura de sentencia anticipada en la fase  del  juicio  en aplicación favorable del mejor descuento punitivo consagrado en  el  artículo 352 de la Ley 906 de 2004, también reconocido por los juzgadores,  coincidiendo  tal  proceder  con  el  criterio mayoritario fijado por la Sala en  esta  materia14.   

Ello  arroja  como  pena  definitiva  para  JAVIER  RODRÍGUEZ ABONÍA la  de  cincuenta y dos meses o, lo que es lo mismo, cuatro  años   y   cuatro   meses   de  prisión.   En  igual  monto  se  fija la pena  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas.   

Por  razón  de  lo aquí decidido también  sufre  modificación el monto de los perjuicios, específicamente de los morales  a     los     cuales     circunscribió     la     condena    el    a-quo  luego  de  no encontrar demostrados  los materiales, sin que el Tribunal abordara esa temática.   

          En  efecto,  de antaño la jurisprudencia de las Salas Penal y Civil  de   esta   Colegiatura,   ha   coincidido   en   que   el   daño  “para  que  sea  indemnizable, debe ser  cierto,  directo  y  actual y no basta que se le proyecte o alegue como eventual  ni      mediato”15.   

          Es    decir    que,    como    lo    concluyó    esta   Sala   más  recientemente:   

          “Para poder atribuir una consecuencia a  un  determinado sujeto se requiere la existencia de un  vínculo   directo   de   causa   a  efecto  entre  el  daño  ocasionado  y  el  comportamiento  del  agente.  El  derecho no impone al  responsable  del  comportamiento  la  obligación  de  responder  por  todos los  desarrollos  ulteriores al acto que se le imputa, sino  de   aquellas   consecuencias   que   derivan   directa   e  inmediatamente  del  mismo, como ha sido dicho por la jurisprudencia en los  términos citados.   

          En   esta  materia,  conviene  precisarlo,  el  mismo  principio  de  causalidad  que regula la responsabilidad penal rige también la responsabilidad  civil,  por  lo que resulta impensable que el autor de  un  hecho  delictuoso  que  crea  un  determinado  riesgo  deba responder por el  resultado   que   se   produce   a   raíz   del   surgimiento  de  otra  cadena  causal”16         (subrayas fuera de texto).   

          Entonces,  si  de  acuerdo  con lo consignado en esta providencia el  resultado    consistente    en   el   deceso   de   la   víctima   Ramón  Antonio Castañeda Fernández no se  derivó  causal  ni  jurídicamente  de  la conducta desplegada por JAVIER  RODRÍGUEZ  ABONÍA, irrumpe claro  que  el  monto  de  los  perjuicios morales por el cual fue condenado en primera  instancia   al  encontrarlo  responsable  del  delito  de  homicidio  agravado  en  su  modalidad  consumada,  necesariamente,  como  ocurrió con la pena, sufre afectación, debiéndose, por  tanto,  imponer  de  forma  correlativa  a la conducta ahora atribuida, esto es,  tentativa de homicidio simple.   

          Con  base  en  criterios  de  proporcionalidad  sustentados  en  los  descuentos  punitivos  aplicados  a favor de RODRÍGUEZ  ABONÍA,  consecuentes con la decisión del Tribunal de  suprimir  la  única  circunstancia  de  agravación  específica imputada en su  contra  para  dejarlo como homicidio simple y con la decisión aquí adoptada de  establecer  su  responsabilidad  en la modalidad de tentativa, se infiere que en  materia  punitiva  se  hizo  merecedor  a  un  descuento  del  74  % -porcentaje  extraído  de  confrontar los doscientos meses de prisión impuestos en el fallo  de  primer  grado  frente  a los cincuenta y dos determinados en esta decisión-  que igual debe aplicarse a la condena en perjuicios.   

         

          Sobre  el monto impuesto por tal concepto en la decisión de primera  instancia,  tal  reducción  arroja  una  cantidad  de veintiséis (26) salarios  mínimos  legales  mensuales,  discriminados,  conforme  se precisó en la misma  determinación,  en  dos  partes  iguales  de  trece  (13)  salarios  a favor de  Carmen   Castañeda   y  de  Wilmer     Zuleta     Castañeda,     hermana   y   sobrino  del  occiso  Ramón  Antonio   Castañeda   Fernández,   respectivamente.   

Finalmente,   resta   señalar   que   la  determinación  aquí adoptada no altera lo resuelto por las instancias en torno  a  lo  decidido  respecto  del  subrogado  penal  de  la  condena  de ejecución  condicional  y  el sustitutivo de la prisión domiciliaria, pues no se satisface  el  factor objetivo contemplado en el numeral 1° del artículos 63 y el numeral  ídem del 38 de la Ley 599 de  2000,  para  su  concesión.   Los demás pronunciamientos allí plasmados,  igualmente, se mantendrán incólumes.   

En mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL, administrando justicia en nombre de la  República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

1.                  CASAR         parcialmente  el  fallo  de  segundo  grado,  por  razón del único  formulado   en  la  demanda  presentada  por  la  Representante  del  Ministerio  Público,  en  el  sentido  de variar la pena principal a imponer a JAVIER  RODRÍGUEZ ABONÍA a cuatro años y  cuatro  meses  de prisión, dejando en claro que por el mismo término señalado  se  lo  condena  a  la  pena  principal  de inhabilitación para el ejercicio de  derechos  y  funciones  públicas;  así mismo, variar el monto de la condena en  perjuicios  en  contra  del  mencionado  a  una  suma  equivalente  a trece (13)  salarios  mínimos  legales  mensuales  a  favor, para cada uno, de Carmen    Castañeda    y   Wilmer  Zuleta  Castañeda, por las razones  expuestas en la parte motiva de esta decisión.   

2.  PRECISAR  que  esta  determinación  no  afecta lo resuelto por las instancias en relación con  el  subrogado  penal  de  la  condena de ejecución condicional ni en torno a la  prisión domiciliaria.          

         3.        En lo demás, el fallo impugnado se mantiene incólume.   

Contra  esta  decisión  no procede recurso  alguno.   

Cópiese,   notifíquese   y   cúmplase.   

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

Salvo parcialmente el voto  

         JOSÉ                               LEONIDAS                              BUSTOS  MARTÍNEZ                     SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

        Aclaración  de voto                                                         Salvo  parcialmente el voto   

ALFREDO           GÓMEZ  QUINTERO                         AUGUSTO                                J.                               IBÁÑEZ  GUZMÁN                                   

JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS                          YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                

     Salvo parcialmente  el  voto                                       Salvo parcialmente el voto   

JULIO        E.        SOCHA  SALAMANCA                   JAVIER ZAPATA ORTÍZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1 Pág.  15 del fallo de primer grado.   

2 Fols.  18 y 19 del cuaderno original.    

3 Pág.  7 del fallo de primer grado.    

4  Conforme  al  artículo  1°  del Decreto 786 de 1990, por el cual se reglamenta  parcialmente  el  titulo  ix  de  la  Ley 09 de 1979 referente a la práctica de  autopsias  clínicas  y  medicolegales y viscerotomías, la autopsia o necropsia  es  un procedimiento mediante el cual a través de observación, intervención y  análisis  de  un  cadáver,  en  forma tanto externa como interna y teniendo en  cuenta,  cuando  sea  del  caso,  el examen de las evidencias o pruebas físicas  relacionadas   con  el  mismo,  así  como  las  circunstancias  conocidas  como  anteriores  o  posteriores  a  la  muerte,  se  obtiene  información para fines  científicos o jurídicos.   

5  GUYTON   ARTHUR   C.,   Tratado   De  Fisiología  Médica.  Séptima  Edición.  Interamericana  McGraw  Hill.  Traducción  de  Santiago Sapiña Renard. México  D.F., 1989.    

6  Enciclopedia Wikipedia.   

7  www.ascofame.org.co/archivospdf/Diagnosticoafirmaciones.pdf   

8  En  medicina,  se llama enfermedad crónica a aquella patología de larga duración,  cuyo  fin  o curación no puede preverse claramente o no ocurrirá nunca. No hay  un  consenso  acerca  del  plazo  a  partir  del  cual  una  enfermedad  pasa  a  considerarse  crónica;  pero  por término medio, toda enfermedad que tenga una  duración  mayor  a  tres  meses  puede considerarse como crónica (Enciclopedia  Wikipedia).   

9  Manual  de  Medicina  de  Urgencias.  American  College of Emergency Physicians.  McGraw  Hill.  Traducción  de  José  Luis  González Hernández. México D.F.,  2005.     

10  BELING,  Ernst  Von.   Esquema de Derecho Penal, Buenos Aires, Editorial De  Palma, 1944.       

11 En  ese  sentido  puede  verse,  RUEDA  MARTÍN,  MARÍA  ÁNGELES, La Teoría de la  Imputación  Objetiva  del  Resultado en el Delito Doloso de Acción. J.M. BOSCH  Editor, Barcelona, 2001.      

12  Sentencia de mayo 20 de 2003, rad. 10636.   

13  Auto  del  22  de  mayo  de  2008, rad. 29.476;  en el mismo sentido, entre  otros,    auto    del    17de    junio    de   2009,   rad.   31675.       

14  Cfr. Sentencia del 8 de abril de 2008, Radicado No. 25306.   

15  Sentencia  de 10 de febrero de 1998. Rad. 12286 y de la Sala de Casación Civil,  sentencia  131  de  29  de  marzo  de  1990  y  de  5  de  octubre de 1999, Rad.  5299.   

16  Sentencia de agosto 11 de 2004, rad. 20139.     

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