29169(06-03-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 29169  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado  Ponente   

JORGE   LUIS  QUINTERO  MILANÉS   

Aprobado   acta   N°  052   

Bogotá   D.C.,  seis  (6)  de  marzo  de  dos  mil  ocho  (2008).   

V   I   S   T   O   S   

La Sala resuelve la admisibilidad del recurso  de  casación  interpuesto  por  el  defensor  de  ARIS  GUILLERMO   GÓMEZ  MÉNDEZ  contra  la  sentencia  de  segunda  instancia  proferida por el  Tribunal Superior de Bogotá, Sala de  Decisión  Penal,  del  12  de septiembre de 2007, mediante la cual confirmó la  dictada  por  el  Juzgado  39  Penal  del  Circuito de Bogotá, fechada el 29 de  agosto  de 2006, y lo condenó a las penas principales de 56 meses de prisión y  multa   de  $124.000,oo   y  a  la  accesoria  de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por el  mismo  lapso  de  la  pena  privativa  de  la  libertad.  También  lo  condenó  a  pagar  la  suma  de $91´201.001,oo por concepto de  daños  materiales,  como autor de la conducta punible de estafa agravada por la  cuantía.   

H E C H O S  

El   juzgador   de  segunda  instancia  los  sintetizó de la siguiente manera:   

“El  juzgado  condenó  al procesado porque  FIDUCOOP  había   celebrado  con  él  un contrato de fiducia mercantil de  garantía  y  administración  para  adquirir el inmueble ubicado en la calle 66  N°  27-30/26,  edificio  AUTOCENTRO de Bogotá, que se incorporó al patrimonio  autónomo    denominado   FIDUCOOP   –  LA  PAJARERA, que servía de garantía al pago de obligaciones que  tenía  FIDUCOOP  por  $718´693.001 frente a terceros, quedando el dominio y el  derecho  de  recibir el pago del precio de venta en la fiduciaria, y la tenencia  y  administración  en  el  procesado,  para  ofrecerlo  en  venta  como locales  comerciales.   Pero  excediendo  esa  facultad,  entre agosto de 1994 hasta  agosto  de  1997,  el  procesado  prometió  en venta varios locales comerciales  atribuyéndose   la   calidad  de  propietario  del  inmueble,  y  recibiendo  $  91´201.001  de 25 promitentes compradores, cuando la titularidad de ese derecho  lo tenía la fiduciaria”.   

A N T E C E D E N T E S  

1. Por los anteriores  hechos,  la  Fiscalía  104  de  la  Unidad  Segunda de Fe Pública y Patrimonio  Económico   de   Bogotá,   el  4  de  octubre  de  2001,  dictó  resolución  de  acusación  en contra de  Aris    Guillermo    Gómez    Méndez  por  el  delito de estafa, agravada por la cuantía, decisión que  fue    confirmada,    el  19  de marzo de 2002, por la  Fiscalía Delegada ante el Tribunal Superior de Bogotá.   

2.  El  Juzgado  39  Penal  del  Circuito  de  Bogotá,  el  29  de agosto de 2006, profirió sentencia de primera instancia en  la    que    condenó   a   Aris   Guillermo   Gómez  Méndez   a  las penas principales de 56 meses de  prisión  y  multa  de  $124.000,oo y a la accesoria de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por el  mismo  lapso de la pena privativa de la libertad,   a  pagar la suma de $91´201.001,oo por concepto de daños materiales y le negó  la  suspensión  condicional  de  la  ejecución  de  la  pena, como autor de la  conducta punible de estafa agravada por la cuantía.   

3.  Apelado  el  fallo  por  el  defensor  de  Gómez  Méndez, el Tribunal  Superior  de  Bogotá,  el  12  de  septiembre  de  2007,  lo  confirmó  en  su  integridad.   

Contra  esta decisión, el apoderado judicial  del procesado interpuso recurso de casación.   

L  A      D  E  M  A  N D  A   D E   C A S A C I Ó N   

El defensor del citado procesado, con base en  el  cuerpo primero de la causal primera de casación, acusa al Tribunal de haber  violado  los  artículos  232  y  238  de  la  Ley  600  de  2000 y el artículo  1226   y  siguientes  del  Código  de  Comercio,  por exclusión evidente.   

Dice  que en el presunto asunto se dejaron de  aplicar  los  artículos  232  y 238 del Código de Procedimiento Penal, pasando  por  alto  que  en  el  trámite hay pruebas, como la escritura pública número  5197  del  17  de  agosto  de  1994,  otorgada en la Notaría 37 del Círculo de  Bogotá,  hoja  27,  que  demostraban  que  al  acusado el bien le fue entregado  “en  forma  real  y material para su Administración  por  delegación  que  le  hizo  la  Fiduciaria  FIDUCOOP,  en  razón  de tales  funciones,  aunado  a  que  dentro  de  dicha  fiducia  era  el  FIDEICOMITENTE,  procedió  a  promocionar  la venta de los locales con las facultades enunciadas  en  precedencia  y  con los plazos de que dan cuenta las promesas de contrato de  compraventa   para   la   firma  de  las  correspondientes  escrituras,  previos  (sic)  la  cancelación  del  Patrimonio autónomo”.   

Por su parte, el artículo 1226 del Código de  Comercio,  que  define  el fideicomiso, establece que el fiduciario, se obliga a  administrar  el  bien o a enajenarlo, para cumplir una finalidad determinada por  quien la constituyó.   

En su criterio, lo anterior demuestra el   cargo  formulado  contra  la  sentencia  de  segunda  instancia,  además  de su  trascendencia,   como   que   “si  tal  falencia  no  se  hubiese  presentado,  el  sentido  del  fallo  hubiese  sido  distinto,  pues de su análisis, no permiten  (sic)    arribar   a   la  convicción    de    certeza    sobre    la    responsabilidad   penal   de   mi  patrocinado”.   

Asegura  que también se vulneraron: El Pacto  Interamericano  de  los  Derechos Civiles y Políticos, la Convención Americana  de  Derechos Humanos, el artículo 19 de la Constitución Política de Colombia,  los  artículos 1°, 5° y 6° del Código Penal y los artículos 207, 232 y 238  del  Código de Procedimiento Penal, que prevén que el derecho de defensa es un  derecho  fundamental que debe ser garantizado para que sea ejercido “de   manera   absoluta,   real,   continua   y   unitaria  en  el  proceso”.   

Cargo subsidiario  

Invoca  como  tal,  el contenido en la causal  primera,  violación  de  la  ley  por  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  existencia,  por omisión, “al no valorarse la prueba  existente”,  según  lo normado en el artículo 207,  numeral 1° del Código de Procedimiento Penal.   

El libelista formula reproche por la falta de  aplicación  de  los  artículos 232 y 238 de la Ley 600 de 2000, en cuanto que,  sostiene,   ello   condujo  a  la  imposición  de  la  sentencia  condenatoria,  “cuando  lo legal y justo era, haberse aquilatado en  legal  forma la totalidad del acervo probatorio arrimado a las investigativas”  acorde  con  lo estatuido en los artículos precitados  dejados    de    aplicar.     Sin   este   error,   asegura,   “el fallo hubiera sido diferente”.   

Asevera  que el contenido del artículo 1226  del   Código   de   Comercio,   que   define   el   fideicomiso,   “fue  ignorado  por  el  juzgador  de  Instancia”,  por  cuanto  que  en la escritura pública antes citada por medio de  la  cual  se  constituyó éste, a su defendido se le facultó para “4.       Realizar      actos    de     administración,  disposición  y  constitución  de gravámenes sobre  todo   o    parte   de  los  bienes  fideicomitidos  con  sujeción  a  las  instrucciones   del   fideicomitente   y   previa   consulta  a  los  acreedores  beneficiarios”,   y  también para “5.  Realizar actos de disposición, con el propósito de enajenar  los  inmuebles  de  acuerdo  con  el  programa  de ventas que determine el   fideicomitente  y  que  en  principio  se  inicia  con  la venta de 200 unidades  comerciales  al  fondo de ventas del Distrito Capital o del público en general.  No   obstante  para  lo  anterior  el  fiduciario  sólo  podrá  suscribir  las  escrituras  de  venta  una  vez  se  haya  liberado  completamente el patrimonio  autónomo”.   

Alega  que tampoco se valoraron las promesas  de  compraventa  allegadas al proceso, de las que del contexto de las cláusulas  se  extrae  que  la  enajenación de los locales se haría en  “módicas”  cuotas de $220.000,oo, con  un  plazo  que  oscilaba  entre  40  y  42  meses para la firma de la respectiva  escritura,  “una  vez  se  cancelara  el gravamen de  Fiducia     y     estuviera     liberado     completamente     el     patrimonio  autónomo”.   Dichas  promesas fueron suscritas  por  su  representado  y  los promitentes compradores, vendedores informales del  Barrio  Siete  de  Agosto,  a  quienes  les hizo entrega física de los espacios  prometidos   en  venta  “y  los  que  hacían  parte  integral del inmueble objeto de la Fiducia”.   

Dice que como los medios de convicción antes  señalados  “no  fueron objeto de examen y análisis  por   parte  del  juzgador”,  de  manera  inexorable  condujo a proferir el injusto fallo de condena.   

Sostiene  que  el dolo y el ardid, engaño o  artificio   y   los   demás  elementos  estructurantes  del  delito  endilgado,  necesariamente    debían    estar    demostrados,    pero    que   “en  el  sub  júdice  brillan  por  su  ausencia”, y  que,  por el contrario, lo que hizo su representado, fue realizar  su  labor como administrador y tenedor del inmueble y con los dineros recibidos,  canceló  los  gastos  que generaba “el mantenimiento  del   centro   comercial   que   operaba   en   el   edificio   objeto   de   la  Fiducia”.   

Realiza  un  análisis  de los elementos del  tipo  penal  por  el  que fue condenado Gómez Méndez,  para  concluir  que la conducta es atípica y que, por  otro  lado, quedó demostrada “la violación a la ley  por  error  de  hecho  dada  la  falta de apreciación de las pruebas existentes  dentro  del  expediente y en la Ley”,  por parte  del  juzgador  de  instancia,  motivo  por  el cual solicita a la Corte casar la  sentencia impugnada y, en su lugar absolver a su defendido.   

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

En  cuanto  hace  a  la demanda presentada a  nombre  de  Gómez  Méndez,  advierte  la Sala que la misma no reúne los requisitos de claridad y precisión  que    para    ser    admitida    establecen   las   normas   que   regulan   la  casación.   

Ante     todo     debe   reiterarse    que   la   demanda   de   casación   no    es    de    libre  formulación,   por   lo   que    no    es    procedente    toda   clase   de  cuestionamientos   a   una   sentencia   que  por   ser   la  culminación  de  un proceso está amparada por la  doble  presunción  de  acierto y legalidad, sino que debe ser un escrito claro,  lógico   y  sistemático  en  el  que,  al  tenor  de  los  motivos  expresa  y  taxativamente  señalados  en  la ley, se denuncian errores bien sea de juicio o  de  procedimiento  en  que  haya  podido incurrir el sentenciador, procediendo a  demostrarlos dialécticamente y evidenciando su trascendencia.   

1.  Con  relación  al  primer  cargo, tales  presupuestos  no los reúne el libelo que ocupa la atención de la Sala, pues si  bien  el  impugnante  anuncia que lo sustenta en la causal primera de casación,  de  todos  modos  en  su  desarrollo  no  lo  hace  y  tampoco  se  respetan los  parámetros   y  las  reglas  lógicas  que  la  ley  ha  establecido  para  tal  hipótesis.   

En  efecto, en cuanto a la violación directa  de  la  ley  sustancial,  olvidó el censor que la jurisprudencia de la Corte ha  señalado  insistentemente  que cuando se trata de esta hipótesis casacional el  libelista  no  puede  discutir  la  valoración  de  la  prueba realizada por el  sentenciador  ni  cuestionar  la  declaración  de  los  hechos consignada en el  fallo,  pues toda su actividad debe estar dirigida exclusivamente a demostrar la  equivocación  en  que  incurrió  el  Tribunal  al  aplicar  o  al inaplicar la  normatividad al caso concreto.   

Se   trata,   entonces,   de   un   estudio  estrictamente      jurídico,     toda     vez     que      “cualquiera  que sea la modalidad de violación directa de la ley, el  yerro  de  los  juzgadores  recae  indefectiblemente en forma inmediata sobre la  normatividad,  todo  lo  cual implica un cuestionamiento en un punto de derecho,  sea  porque  se  deja  de  lado  el precepto regulador de la situación concreta  demostrada,  porque  el hecho se adecua a un precepto estructurado con supuestos  distintos  a los establecidos, o porque se desborda la intelección propia de la  disposición  aplicable  al  caso concreto…”, pasos  que  el  libelista  no  cumplió y, menos, respetó.1   

Además,  no  explicó, en estricto análisis  jurídico,  por  qué  considera  un error del Tribunal la no aplicación de los  artículos  232  y 238 de la Ley 600 de 2000 y, especialmente, el artículo 1226  del  Código de Comercio y, omitiendo ese estudio en derecho, desvía la censura  hacia   los  senderos  propios  de  los  yerros  originados  en  la  valoración  probatoria.   

Por ello, entendido que la censura la postuló  bajo  los  lineamientos  de la violación indirecta de la ley sustancial, lo que  se  deduce  cuando  afirma  que por “virtud de que el  ilícito  de estafa agravada por la cuantía que se le endilgó en verdad acorde  con  la  realidad  procesal no ha existido”, de todos  modos  no  señaló  la clase de error, esto es, si de hecho o de derecho, ni el  falso  juicio  que  lo  determinó,  es  decir, de existencia, de identidad o de  raciocinio,  en  cuanto  al  primero,  o  de  legalidad  o de convicción, en lo  atinente  al segundo.   

Ahora  bien,  se  observa  que  el  Tribunal,  contrario  a  lo afirmado por el censor, sí analizó el contenido y alcance del  artículo   1226   del  Código  de  Comercio,  armonizado  con  las  cláusulas  específicas  contenidas  en la escritura pública número 5197 del 17 de agosto  de  1994,  por  medio  de  la cual se constituyó la fiducia entre FIDUCOOP y el  procesado.   Por manera que los alcances mismos de la figura acordada, esto  es,   la  calidad  de  administrador  del  bien  imposibilitaba  a  Aris  Guillermo  Gómez Méndez  para,  a  nombre  propio,  enajenar,  recibir  dineros  derivados  de  las  promesas de  compraventa  y  presentarse ante los posibles adquirentes como el propietario de  los   locales,   puesto  que  dicha  facultad  fue  expresamente  reservada  por  FIDUCOOP.   

Es decir, el a quem determinó en la sentencia  objeto  de  estudio, que el procesado no “procedió a  promocionar   la   venta  de  los  locales  con  las  facultades  enunciadas  en  precedencia  y  con  los  plazos  de  que dan cuenta las promesas de contrato de  compraventa”,  como  equivocadamente  lo  asegura el  defensor,  sino  que  el  procesado  “no avisó a la  fiduciaria  de  los  negocios  que  había  realizado,  ni  entregó los dineros  recibidos  con  cargo  a esos negocios, ni endosó los pagarés”, a  sabiendas “que el negocio prometido no  era factible”.   

Por    manera    que   el   cargo   será  inadmitido.   

2. Segundo Cargo (Subsidiario): De otra parte,  bajo  el  mismo  argumento  con  el que fundamentó el cargo anterior, el censor  presenta  otro  reproche, con base en la causal primera, violación indirecta de  la  ley  sustancial  por error de hecho por falso juicio de existencia, derivado  de la omisión valorativa de la prueba existente.   

Al  respecto,  además  de  las  precisiones  mencionadas  en  antecedencia,  dígase  que  de  acuerdo  con  el  principio de  limitación  que  rige  a  esta impugnación, a la Corte no le es dable entrar a  complementar  la  censura, desentrañar su sentido o corregir los defectos a fin  de  concluir que el libelo contiene todos los presupuestos formales que lleven a  colegir en el estudio de fondo del reproche.   

También   es  necesario  precisar  que  la  violación  indirecta  de la ley sustancial surge como consecuencia de la errada  apreciación  de  las  pruebas,  en  la  medida  en  que  el juzgador de segunda  instancia  comete  errores  de  hecho o de derecho, según el caso, yerro que lo  conduce  a  que  aplique una norma que no era la llamada a gobernar el asunto o,  que excluya la que sí debía resolver el conflicto.   

En tales condiciones, resulta diáfano repetir  que  los  errores  en  la  actividad  probatoria  pueden  provenir en el acto de  producción,  incorporación  y  valoración del elemento de juicio. De ahí que  resulte  una  carga  para el censor que indique la clase del error, es decir, si  de  hecho  o  de  derecho,  y  el  falso  juicio  que lo determinó, esto es, de  existencia, identidad, raciocinio, legalidad o convicción.   

De acuerdo con el proceso de demostración del  vicio,  también  constituye  una  carga  para el censor que señale sobre cuál  medio  de  prueba  se  cometió  el  error,  en qué consistió y cómo el mismo  incidió  en  la  parte  resolutiva  de la sentencia, al punto que de no haberse  incurrido  en  él  necesariamente el fallo habría sido absolutorio.   Aunado  a lo anterior, debe efectuar una correlación de los elementos de juicio  que  sí  tuvo  en cuenta el fallador con aquella que reclama el libelista, para  demostrar  que  en  verdad ésta tenía la contundencia necesaria para derrumbar  la   valoración   dada  por  el  Tribunal  en  la  sentencia  atacada  en  esta  sede.   

En el presente caso, se tiene que el reproche  también  se quedó en el enunciado, toda vez que no sólo no lo demostró, sino  que se quedó a mitad de camino en su sustentación.   

Argumenta  el  casacionista  que  el juzgador  ignoró  la  naturaleza  propia  del  contrato de fiducia, por cuanto que en los  numerales  4°  y  5°  de  la  escritura  pública  por  medio  de  la  cual se  constituyó  la  que  ocupa  la  atención  de  la  Corte,  se  facultaba  a  su  representado  para  realizar  sobre  los  locales  actos de disposición, con el  propósito de enajenarlos.    

Sin embargo, el memorialista olvidó mencionar  que  dichos  actos,  según  se  pactó  expresamente  en  el numeral 4° de las  facultades  contractuales atribuidas al hoy sentenciado, referidas a la gestión  de  administración, disposición y constitución de gravámenes estaban sujetos  a  “las  instrucciones  del  fideicomitente y previa  consulta  a  los  acreedores  beneficiarios”,  y fue,  precisamente   con   desconocimiento   de   éstas   que   actuó   Gómez   Méndez,   según  comprobó  el  Tribunal,  “pues las evidencias mostraron que él no  avisó  a  la  fiduciaria  de los negocios que había realizado, ni entregó los  dineros  recibidos  con  cargo a esos negocios ni endosó los pagarés”.    

Por  otra parte, con relación al numeral 5°  de  la  multicitada  escritura  pública 5197 del 17 de agosto de 1994, sobre la  facultad  otorgada  al  procesado  para  realizar  actos  de disposición con el  propósito  de  enajenar  los  inmuebles  de  acuerdo  con el programa de ventas  establecido,   como  ya  se  sabe,  con  el  lleno  de  los  requisitos  previos  establecidos  en  el  numeral  4°  que,  fueron  omitidos  deliberadamente  por  Gómez  Méndez,  el Tribunal  sí  valoró  las  promesas  de  compraventa  allegadas  al  proceso  y,  de  su  análisis,   concluyó   que   los  actos  desplegados  por  el  sentenciado  no  correspondieron  con el de venta de cosa ajena, “sino  que  el  negocio  prometido  no  era  factible, y él lo sabía”, porque  “aquí el procesado se presentó  como  propietario del inmueble, sabiendo que era otra persona (jurídica), tanto  que  trabajaba  para  ella”,  circunstancia que no le  hizo  saber  a  los  promitentes  compradores,  según  lo  demostró  la prueba  documental y testimonial allegada.   

Aunado   a  lo  anterior,  el  casacionista  presentó  un análisis parcial de las promesas de compraventa, como que olvidó  que  según  el  contrato  de  fiducia,  como  atinadamente lo dijo el Tribunal,  “el  procesado  sí  podía  ofrecer  en  venta  los  locales  del  edificio, pero el promitente vendedor debía ser FIDUCOOP, entidad  que  en  exclusiva  era  la  que podía recaudar los dineros que ingresaran como  parte  de  pago  del  precio,  para  destinarlos,  a su vez, al pago de la deuda  adquirida  con el vendedor original del edificio, ALVARO MÉNDEZ” y  que  “así  mismo, se entiende que la  firma  de  la  escritura  de  compraventa  se difirió, no para que el procesado  adquiriera  la  propiedad  del  inmueble,  sino para que el promitente comprador  terminara de pagar el precio”.   

Esto  significa que los reproches presentados  contra   la   sentencia  son  simples  opiniones  personales  del  casacionista,  fundamentados   además   en  un  análisis  fragmentado  de  los  elementos  de  convicción,  que  no demuestran los errores en la actividad probatoria ni en la  aplicación del derecho.   

Tampoco  el  libelista  entró a comprobar en  qué  medida  las  promesas de compraventa que echa de menos, supuestamente, del  análisis  del  Tribunal,  habrían tenido la entidad suficiente para cambiar la  decisión  de  segunda  instancia,  aunque,  como ya se vio, el Tribunal sí las  tuvo  en  cuenta  y  ellas,  precisamente,  demostraron  con certeza la ilícita  conducta  en  la  que  incurrió  Aris Guillermo Gómez  Méndez.   

En   consecuencia,   se   advierte  que  su  inconformidad  radica en el grado de estimación que los juzgadores le otorgaron  a  los  elementos  de  juicio y de los cuales dedujeron la responsabilidad penal  por  la  que  se  condenó a Gómez Méndez,  procurando  de  esa  manera imponer su personal criterio frente a  las  deducciones  del  juzgador  sin  acatamiento a los parámetros casacionales  dispuestos por la ley.   

En  esas  condiciones, desconoce el libelista  que  la  simple  discrepancia  de  criterios  no  constituye yerro demandable en  casación,  puesto  que teniendo en cuenta el sistema de apreciación probatoria  que  nos  rige,  el juzgador goza de libertad para justipreciar los elementos de  juicio,   sólo   limitado   por  los  postulados  de  la  sana  crítica,  cuya  transgresión  se  debe  postular  a  través  del  error  de  hecho  por  falso  raciocinio.   

A    más    de    lo   anterior,   olvidó   igualmente   que  el  fallo   llega    a   esta    sede    precedido    de   la   doble   presunción   de   acierto  y  legalidad,   es    decir,     que    los    hechos    y    las   pruebas    fueron   correctamente   apreciadas   y  el   derecho    acertadamente    aplicado,    motivo    por   el    cual    constituye   una  carga   para   el   demandante   entrar   a   evidenciar   el   error   in    iudicando   o   in   procedendo   invocado,   según     el     caso,     y     demostrar    su   trascendencia  frente  a  las  conclusiones  adoptadas   en  la  sentencia.   

Por consiguiente, al no reunir la demanda los  presupuestos de claridad y precisión, la Corte la inadmitirá.   

Por  último, se advierte que del estudio del  proceso  no  se  vislumbra violación de derechos fundamentales o garantías del  sujeto    procesal   que   recurre,   que  determine  el  ejercicio  de  la facultad oficiosa de índole  legal   que   al  respecto  le  asiste  a  la  Sala  en  punto  de  asegurar  su  salvaguarda.   

En  mérito  de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

         R E S U E L V E   

INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada  por  el     defensor    de    ARIS          GUILLERMO          GÓMEZ         MÉNDEZ,   por   lo   anotado   en   la   motivación  de  este  proveído.     En  consecuencia,     se  DECLARA   DESIERTO   el  recurso.     

Contra  esta  decisión  no  procede ningún  recurso.   

Comuníquese  y  cúmplase.   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

ALFREDO           GÓMEZ  QUINTERO                         MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE LEMOS   

AUGUSTO  J.  IBAÑEZ  GUZMÁN                                            JORGE   LUIS   QUINTERO   MILANÉS           

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                          JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

                                                                   JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria    

1 Rad.  14899,  sentencia  del  6  de  mayo  de 2003; Rad. 18580, auto del 12 de mayo de  2004; Rad. 21821, sentencia del 2 de marzo de 2005, entre otros.     

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