29060(29-02-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  29060   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrada Ponente:  

MARÍA    DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  LEMOS   

Aprobado Acta No. 045.  

          Bogotá,   D.C.,   febrero   veintinueve   (29)   de  dos  mil  ocho  (2008).   

VISTOS  

Procede  la  Sala  a  verificar si el libelo  casacional  presentado  por  el defensor del procesado  JORGE  ENRIQUE  CASTEBLANCO FONSECA, contra el fallo de  segundo  grado proferido por el Tribunal Superior de Medellín el 8 de agosto de  2007,  a  través  del  cual  confirmó la sentencia dictada el 8 de marzo de la  misma  anualidad  por  el  Juzgado  Tercero  Penal del Circuito Especializado de  Medellín,  en  cuanto se refiere a condenarlo como autor penalmente responsable  del  concurso  de  delitos  de  secuestro  simple  agravado  en  razón de haber  sometido  a  los  plagiados a torturas y tráfico de estupefacientes agravado en  atención  a  la  cantidad  de  sustancia,  satisface  o  no  los requerimientos  lógicos   y   de  argumentación  pertinente  establecidas  para  conseguir  su  admisión.   

HECHOS  Y  ANTECEDENTES  RELEVANTES   

Al   rendir  indagatoria  dentro  de  otro  trámite,  José  Fernando  Posada Fierro  manifestó  a  la  Fiscalía  que  JORGE  ENRIQUE  CASTEBLANCO FONSECA en asocio con Pablo  Emilio Escobar Gaviria, enviaron en  el  primer  semestre  de 1992 dos cargamentos de 300 kilos de cocaína cada uno,  el  primero  con  destino  a  Surinam que no fue descubierto, y el segundo hacia  Puerto  Rico,  pero  por  la  acción  de  los  guardacostas  de  ese  país los  tripulantes  de la embarcación Magali II que prestaba el servicio de transporte  del   alcaloide,   se   vieron   obligados   a   arrojar   dicha   sustancia  al  mar.   

Dado  que  Pablo  Escobar  dudó  de  la ocurrencia del suceso relatado,  ordenó  a  CASTEBLANCO que  llevara  a  los  miembros de la tripulación a Medellín y, en efecto, el 1º de  julio  de  1992 éste recogió en el Aeropuerto Rionegro al Capitán  Evans  Taylor  Walton,  Luis  Francisco  Deluque  Lozano, Julián  Arenas   Iriarte,   Ángel   Enrique   Molina   Camargo   y  Alfredo   (a.   “boca   de   mula”),  los  hospedó  en  el  Hotel Ambassador de la citada ciudad y  luego  los  trasladó a un parqueadero donde los esperaban cerca de diez hombres  armados,  quienes  se  los  llevaron  y  los  tuvieron secuestrados durante diez  días,    torturándolos    y    sometiéndolos   a  interrogatorios     hasta     cuando     todo    se  aclaró.   

La  Fiscalía Regional de Medellín declaró  abierta   la  instrucción,  en  cuyo  marco  vinculó  mediante  indagatoria  a  JORGE   ENRIQUE   CASTEBLANCO   FONSECA,  definiéndole su situación jurídica con medida de aseguramiento  de  detención  preventiva  como  posible  autor  del  concurso  de  delitos  de  secuestro  simple  agravado  en  razón  de  haber  sometido  a  los plagiados a  torturas,  tráfico  de  estupefacientes  agravado en atención a la cantidad de  sustancia  y  falsa  denuncia  en  contra  de Fernando  Posada.   

Una  vez  cerrado el ciclo investigativo, el  sumario  fue  calificado el 28 de julio de 1998 con resolución de acusación en  contra  del  procesado  como  presunto  autor  de  las  conductas  punibles  que  sustentaron la imposición de la medida de aseguramiento.   

Como  la  defensa impugnó la acusación, la  Fiscalía  Delegada  ante  la  Sala  Especial  de  Descongestión  del  Tribunal  Superior de Bogotá la confirmó el 9 de julio de 1999.   

La fase del juicio correspondió adelantarla  al  Juzgado  Tercero Penal del Circuito Especializado de Medellín, despacho que  una  vez  surtido el rito dispuesto para esta etapa por el legislador, profirió  sentencia  el  8  de  marzo  de  2007,  por  cuyo  medio condenó a CASTEBLANCO  FONSECA  a la pena principal  de  noventa  y  ocho  (98)  meses  de prisión y multa por valor de ochenta (80)  salarios  mínimos  legales  mensuales  y  a  la  accesoria  de interdicción de  derechos  y  funciones  públicas por el mismo lapso de la sanción privativa de  la   libertad,  como  autor  del  concurso  de  delitos  objeto  de  acusación,  negándole   tanto  la  condena  de  ejecución  condicional  como  la  prisión  domiciliaria sustitutiva de la intramural.   

          Impugnada   la   sentencia   por   el   defensor   de   JORGE  ENRIQUE  CASTEBLANCO  FONSECA,  el  Tribunal  Superior  de Medellín la confirmó a través de fallo del 8 de agosto  de  2007,  pero declaró prescrita la acción penal derivada del delito de falsa  denuncia  y  efectuó  la correspondiente dosificación de la pena tasándola en  cincuenta  y  tres  (53)  meses  y  dieciocho  (18) días de prisión y multa de  cincuenta  (50) salarios mínimos legales mensuales vigentes, providencia contra  la  cual  el  defensor del mencionado ciudadano interpuso recurso extraordinario  de casación.   

EL LIBELO  

          Bajo  la  égida  de la causal primera de casación, cuerpo segundo,  el   recurrente  manifiesta  que  los  falladores  violaron  indirectamente  los  artículos  168  y  382 de la Ley 599 de 2000, toda vez que incurrieron en error  de  hecho  por  falso raciocinio en la apreciación de la prueba en general y en  lo  declarado por el denunciante José Fernando Posada  Fierro.   

          En  el desarrollo del reproche afirma que en este asunto se imponía  aplicar  el  principio  in  dubio pro reo   a  favor  de  su  representado,  pese  a  lo  cual  se  aplicaron  indebidamente las normas citadas en precedencia.   

          Añade    que    la    denuncia    presentada    por    JORGE   ENRIQUE  CASTEBLANCO  FONSECA  en  contra    de   José   Fernando   Posada,  en  la cual relataba que éste lo secuestró y le exigió la suma  de  $1.200.000.000.oo,  que  se hizo efectiva mediante la escritura de una finca  de   su   propiedad   a   nombre   de  Julián  David  Alvarez,  fue tan veraz, que en su momento fundamentó  la  medida  de  detención preventiva impuesta a José  Fernando   Posada   por   el   delito   de  secuestro  extorsivo.   

Agrega  que  sólo hasta cuando Posada   se   enteró  que  CASTEBLANCO lo había denunciado, fue que  procedió  a  señalarlo  como  la  persona  que  en  compañía de Pablo     Escobar    había    enviado  estupefacientes  al  exterior  y  que  como  uno de tales embarques tuvo que ser  destruido  para  eludir la presencia de las autoridades costeras de Puerto Rico,  recogió  a  los marineros en el aeropuerto de Medellín, para luego llevarlos a  un  sitio  donde  fueron  torturados  hasta  que  explicaran  la  verdad  de  lo  ocurrido.   

También   dice   que  en  la  resolución  confirmatoria  de  la  acusación  dictada  en  primer  grado  se indicó que el  testigo    Posada   era  sospechoso, en cuanto pudo haber actuado por venganza.   

          De  otra  parte,  alega el casacionista que se presentó un error de  hecho  por falso raciocinio, pues se violó el principio de identidad al otorgar  credibilidad   al   mencionado  testigo  quebrantando  las  reglas  de  la  sana  crítica.   

          Para   demostrar  el  anterior  aserto,  aduce  que  el  testigo  es  sospechoso  y  tenía  interés  en perjudicar a su asistido, dado que lo había  denunciado como autor del delito de secuestro extorsivo.   

Igualmente  resalta  que  no  es creíble lo  expuesto     por     Fernando    Posada,  en  la  medida  en  que  era  un miembro del denominado Cartel de  Medellín,  que  se  le  considera  la  organización más cruel y demencial del  mundo.   

Acto  seguido,  el  censor  afirma que en la  declaración  del  26 de agosto de 1994, Luis Fernando  Posada  dijo  que los dos embarques de estupefacientes  habían  caído,  pero  el 6 de diciembre del mismo año señaló que uno de los  envíos  había  llegado  a  su  destino  sin tropiezo alguno, circunstancia que  permite advertir que su dicho carece de singularidad.   

En  el  mismo  sentido  advera  que  el  ya  mencionado   declarante   afirmó   que  la  tripulación  fue  llevada  por  un  guardacosta  a  la  base de Guantánamo en Cuba, pero ulteriormente expresó que  los miembros de aquella fueron llevados a Puerto Rico.   

Indica  que  si  bien  Posada  dijo  que  la  retención  de los marinos en Medellín duro dos o tres días, éstos declararon  que  fueron  privados  de su libertad por diez o doce días, amén de que aquél  dice  que la tripulación estuvo en los dos viajes al exterior, mientras que los  marinos afirman que sólo estuvieron en el viaje que fracasó.   

Asevera   que   pese  a  que  Luis  Fernando  Posada declaró que quien  contrató   a   la  tripulación  para  los  embarques  de  estupefacientes  fue  CASTEBLANCO,   todos  los  marinos    señalan   al   Capitán   Evans   Taylor  Walton como la persona que los vinculó.   

          De  lo expuesto se pregunta si en verdad los viajes ocurrieron, o se  trata    de   un   complot   urdido   por   Fernando  Posada en contra de su patrocinado.   

          También   dice   que   Fernando  Posada  mintió  en  sus  intervenciones, pues declaró que la  embarcación  estuvo  retenida  el  12  de  junio de 1992, pero se probó con la  Capitanía  de Puerto que aquella zarpó de Barranquilla el 13 de junio de 1992,  regresando  el  30 del mismo mes, amén de que allí permanecieron sus ocupantes  al día siguiente, según fue certificado por la DIAN.   

Considera que la certificación aportada por  la   “defensora”   de  Fernando  Posada, en la cual  se  dice  que  el barco estuvo retenido en Puerto Rico el 12 de junio de 1992 es  igualmente    falsa,    pues    para    tal   fecha   no   había   zarpado   de  Barranquilla.   

En  cuanto  se  refiere  al  viaje  de  la  tripulación  a  Medellín, el recurrente dice que no ha sido posible constar la  veracidad  de  ello,  pues  en las inspecciones judiciales a las aerolíneas que  viajan  de  Barranquilla a Medellín, no aparecieron en la lista de viajeros los  miembros   de  la  tripulación  que,  se  dice,  luego  fueron  secuestrados  y  torturados.   

Sobre  la  misma  temática  aduce  que  el  Capitán  Evans Taylor Walton  aparece  hospedado  en  un  hotel  de  Medellín  el  1º  de  julio  de 1992 en  compañía  de  cuatro  personas  cuyos  nombre  no se especifican, omisión que  resulta  inverosímil,  toda  vez  que  los  hoteles  tienen  la  obligación de  registrar  a  todos  sus  huéspedes,  en  especial  para  la  época  en que se  encontraba en auge el Cartel de Medellín.   

En punto de la credibilidad del denunciante,  el  censor  manifiesta que la “defensora”  de  éste manipuló las declaraciones de los marineros, aptitud  que  resultó  normal,  dado  que  se  trataba  de una profesional que se había  desempeñado  como Fiscal y que desde tal cargo había demostrado que tenía una  gran amistad con los integrantes del Cartel de Medellín.   

Afirma que la referida abogada, en compañía  de   otra,   ambas  bajo  las  órdenes  de  Fernando  Posada,  se trasladaron a Barranquilla y contactaron a  los  marineros,  oportunidad  en  la  que  los aleccionaron sobre lo que debían  declarar.   

Pone de presente que uno de los declarantes,  Julián      Arenas,  posteriormente   formuló  denuncia  contra  Fernando  Posada  por haber sido presionado a declarar en contra  de  CASTEBLANCO, a la par que  Omar   Enrique   Santiago  denunció    por    la   misma   conducta   a   Luis  Barbosa.   

A  su turno, indica que por la época de los  hechos  fueron  despedidos  23 fiscales y la Directora Regional de Fiscalías de  Medellín,   en  cuanto  se  estableció  que  se  encontraban  al  servicio  de  Pablo Escobar.   

Con  relación a la prueba documental afirma  que  se  violaron  las  reglas  de  la sana crítica en su apreciación, pues se  acreditó  que  el  propietario  de  la  embarcación Magali II era Omar  Enrique  Santiago y no, JORGE  ENRIQUE  CASTEBLANCO FONSECA, hecho  importante   si   se  tiene  en  cuenta  que  aquél  declaró  que  conoció  a  CASTEBLANCO  a  mediados de  1992.   

          De   la  misma  forma  señala  que  al  analizar  en  conjunto  las  declaraciones   de  Posada,  Barbosa y los marineros, se  puede  establecer  que se encuentran severamente cuestionadas, por manera que no  se    obtiene    la   certeza   necesaria   para   fundamentar   un   fallo   de  condena.   

Finalmente  argumenta  que  si  fallar  es  conocer,  constituye  despotismo  judicial  no escuchar a las partes, además de  que  en  este asunto se evidencia que los falladores desconocieron las reglas de  la  sana  crítica  en  la  ponderación  de  las  pruebas, incorrección que se  tradujo  en un ostensible error de hecho por falso raciocinio a que sustentó el  fallo de condena objeto del recurso.   

A  partir de los planteamientos precedentes,  el  impugnante  solicita  a  la  sala  casar el fallo atacado, para en su lugar,  dictar  sentencia absolutoria a favor de JORGE ENRIQUE  CASTEBLANCO FONSECA.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

Como ya lo tiene suficientemente decantado la  Sala,  en  el examen sobre la admisibilidad de los libelos casacionales es de su  resorte  constatar  que  los  recurrentes  formulen  las  censuras  acatando las  exigencias  de lógica y pertinente argumentación definidas por el legislador y  desarrolladas  por  la  jurisprudencia, a fin de que este recurso extraordinario  no  se  convierta  en una instancia adicional a las ordinarias. Tales requisitos  se  orientan  a  conseguir que las demandas se enmarquen dentro de unos mínimos  lógicos  y  de  coherencia  en  la  postulación  y  desarrollo  de  los cargos  propuestos,  de  suerte  que  resulten inteligibles en cuanto precisos y claros,  dado  que no corresponde a la Sala en su función constitucional y legal develar  o   desentrañar   el   sentido  de  confusas,  ambivalentes  o  contradictorias  alegaciones  de los impugnantes en casación (Inciso 3º del artículo 212 de la  Ley 600 de 2000).   

          Además,   de   conformidad   con   el  artículo  213  ejusdem,  “si  el  demandante  carece  de  interés  o  la  demanda no reúne los requisitos se  inadmitirá”.   

Advertido  lo  anterior,  procede  la Sala a  realizar  el  anunciado  estudio  sobre  el  cargo  formulado por el defensor de  JORGE   ENRIQUE   CASTEBLANCO   FONSECA.   

Como   el   censor  finca  su  aspiración  casacional  en  la  denuncia  de  un  error  de  hecho  por falso raciocinio, es  pertinente  señalar que tal yerro se presenta cuando las pruebas son tenidas en  cuenta,  pero  en  su  valoración  los funcionarios quebrantan las reglas de la  sana  crítica, esto es, los principios de la lógica, las leyes de la ciencia o  las  máximas  de  la experiencia, caso en el cual es del resorte del recurrente  señalar  qué  informa  concretamente  el medio probatorio, qué se infirió de  él  en  la  sentencia  atacada,  cuál  fue  el  mérito  persuasivo  otorgado,  determinar  el postulado lógico, la ley científica o la máxima de experiencia  cuyo  contenido  fue  desconocido  en  el  fallo,  debiendo  a la par indicar su  consideración   correcta,  identificar  la  norma  de  derecho  sustancial  que  indirectamente   resultó   excluida  o  indebidamente  aplicada  y  finalmente,  demostrar  la  trascendencia del error expresando con claridad cuál debe ser la  adecuada  apreciación  de  aquella  prueba,  con la indeclinable obligación de  acreditar  que  la  enmienda  del  yerro  daría  lugar a un fallo esencialmente  diverso  y  favorable  a  los intereses de su representado, proceder que en este  asunto no emprendió el defensor.   

          En   efecto,   si  bien  el  casacionista  afirma  que  se  violaron  indirectamente  los  artículos  168 y 382 de la Ley 599 de 2000, sin dificultad  se  advierte  que  acto  seguido  orienta  su  esfuerzo  a  plantear su personal  percepción   global   del   recaudo   probatorio,   sustentada   en  conjeturas  indemostradas,   tales   como  que  se  trató  de  un  complot  orquestado  por  Fernando   Posada  y  los  marineros    en    contra    de    JORGE    ENRIQUE  CASTEBLANCO,  o  bien,  que unas abogadas fueron hasta  Barranquilla  a preparar los testimonios de la tripulación que, se dice, estaba  en  la  nave  donde  se trasportó el cargamento de estupefacientes hacia Puerto  Rico  y  que  debió arrojarlo al mar ante la presencia de guardacostas de dicho  país.   

          Ahora,  aunque  gran  parte  del  escrito  se dedica a cuestionar la  credibilidad  de  las  declaraciones de José Fernando  Posada,  lo  cierto  es  que  el  defensor  no atina a  señalar  cual  fue  la  máxima  de  la  experiencia, la ley de la ciencia o el  principio  lógico  que  fue  quebrantado  por  los sentenciadores, amén de que  tampoco  explica cómo se presentó el yerro, omisiones que le impiden acreditar  que  una  vez corregido el error denunciado, el sentido del fallo sería diverso  y en todo caso, beneficioso a los intereses de su representado.   

          A  su  vez,  el  censor  afirma  que  debió  aplicarse el principio  in dubio pro reo en favor de  JORGE  ENRIQUE  CASTEBLANCO,  pero  para  ello  únicamente  procede  a plasmar su criterio personal y llega a  afirmar  sin demostración alguna que existen dudas que imposibilitaban un fallo  de  condena  en  contra de su patrocinado, sin adentrarse a especificar, como es  su  obligación,  qué  aspectos no fueron debidamente dilucidados y probados en  la  actuación  y  dan  lugar a la conformación de dudas trascendentes sobre la  materialidad del ilícito o la responsabilidad del incriminado.   

Como  también  el  impugnante afirma que se  violaron  las  reglas  de  la  sana  crítica  en  la  apreciación de la prueba  documental,  una  vez  más  observa  la  Sala  que un tal aserto se queda en su  simple  enunciación y no encuentra desarrollo alguno en el libelo, como que, se  reitera,  no  precisa  la  regla de la sana crítica que fue violentada y, tanto  menos,   indica   su   corrección   y   trascendencia   en   el   sentido   del  fallo.   

          En  suma,  encuentra  la  Sala  que  el  recurrente  olvida que este  recurso   extraordinario  no  se  encuentra  instituido  para  que  los  sujetos  procesales  presenten  una  vez  más  sus  alegaciones  en torno a las diversas  temáticas  que  motivan  el  asunto,  pues  aquí quien demanda está llamado a  denunciar  errores  trascendentes de los funcionarios en punto de la aplicación  de  la  ley  sustancial,  la  apreciación  de  las  pruebas  o la legitimidad y  garantías  debidas  a  las  partes,  siempre  que  dichas  incorrecciones  sean  trascendentes  en  el  sentido  del  fallo  o  en  el  amparo  de  los  derechos  fundamentales de los intervinientes.   

Además,  si  el  libelo  de  casación  no  corresponde  a  un  alegato  de  libre confección, su presentación con base en  meras  apreciaciones  personales e indemostradas del impugnante y sin atenerse a  alguna  de  las  reglas  lógicas y argumentativas que lo gobiernan, comporta el  desconocimiento  de  la  dual  presunción  de  acierto  y  legalidad  del fallo  atacado,   circunstancia   que   determina   en   este  asunto  el  rechazo  del  cargo.   

Así las cosas, encuentra la Sala que si el  censor  no  ajusta  su  demanda  a  las  mencionadas  exigencias dispuestas para  postular  y  demostrar  el  reproche  que formula contra  el  fallo de segundo grado y, en virtud del principio de limitación que rige el  trámite  casacional  la  Corte  no  se  encuentra  facultada  para enmendar las  falencias  de aquella, de conformidad con lo dispuesto en el artículo 213 de la  Ley 600 de 2000 se impone de plano la inadmisión del libelo.   

          Para   concluir   es   necesario   señalar  que  no  se  observa  dentro  del  trámite  o en el fallo objeto del recurso,  violación   de   derechos  o  garantías  del  procesado,  como  para  que  tal  circunstancia  impusiera  el  ejercicio  de  la  facultad  oficiosa que sobre el  particular  le  confiere  el  legislador  en  punto de  asegurar su protección.   

          Cuestión final   

          Como   entre  la  fecha  en  que  se  confirmó  la  resolución  de  acusación  en  segunda  instancia  (9  de  julio  de 1999) y el día en que fue  adoptado  el  fallo  de primer grado (8 de marzo de 2007) transcurrieron más de  siete   (7)   años,   se   dispone   compulsar   copias  ante  las  autoridades  disciplinarias  correspondientes,  a  fin  de  que  se  investigue  la  eventual  dilación injustificada del trámite y sus posibles responsables.   

          Por  lo  expuesto, la SALA DE CASACIÓN PENAL DE LA CORTE SUPREMA DE  JUSTICIA,   

RESUELVE  

1.          INADMITIR  la  demanda  de  casación  interpuesta por el defensor de  JORGE   ENRIQUE   CASTEBLANCO   FONSECA,  por las razones expuestas en la parte  motiva de esta decisión.   

2.             COMPULSAR,  a  través  de  la  Secretaría de la Sala, las copias ordenadas en la parte motiva  de este proveído.   

De  conformidad  con  lo  dispuesto  en  el  artículo  187  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  contra  esta            providencia     no     procede    recurso  alguno.   

Notifíquese y cúmplase.  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                                          MARÍA     DEL    ROSARIO    GONZÁLEZ    DE  LEMOS   

AUGUSTO  J.  IBÁÑEZ  GUZMÁN                                          JORGE LUIS QUINTERO MILANES   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                            JULIO    ENRIQUE    SOCHA  SALAMANCA   

JAVIER ZAPATA ORTÍZ  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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