28732(23-09-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 28732  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente  

JAVIER ZAPATA ORTIZ  

Aprobado Acta: 272  

Bogotá, D.C., veintitrés (23) de septiembre  de dos mil ocho (2008).   

D   E   C   I   S   I  Ó  N   

Con  el  fin  de  verificar  si  reúne  los  presupuestos  formales  que condicionan su admisión, examina la Sala la demanda  de  casación presentada por  el    defensor    de    CRISTIAN   JAVIER   JIMÉNEZ  VALENCIA,  contra  el  fallo del 23 de julio de 2007,  mediante  el  cual  el  Tribunal Superior del Distrito  Judicial    de    Cali,    confirmó    la       sentencia      adoptada  por  el Juzgado Sexto Penal del  Circuito  de  Cali, el 11 de diciembre de 2006, que lo  condenó  por el punible de  tráfico de estupefacientes,  a   la   pena  de  48  meses  de  prisión,  multa  de $ 716.000.oo pesos y a la accesoria de inhabilitación  para  el  ejercicio  de derechos y funciones públicas, por un tiempo igual a la  pena principal.    

H    E    C    H   O   S   

El  15  de marzo de 2004, en la calle 19 con  carrera   11B   de   Cali,  CRISTIAN  JAVIER  JIMÉNEZ  VALENCIA,  fue  requerido  por agentes del orden para  una  requisa.  Los uniformados EDISON TAMAYO y CRISPINIANO PALACIOS, adscritos a  la  Policía  Metropolitana de la misma ciudad, hallaron en la parte genital del  aprehendido, ocho papeletas de bazuco.       

A C T U A C I Ó N    P R O C E  S A L   

1. El 19 de julio de  2004,  la  Fiscalía  3  Delegada  ante  los Juzgados  Penales  del  Circuito  de Cali, dictó resolución de  acusación   contra  JIMÉNEZ  VALENCIA,  por  el delito de tráfico, fabricación o  porte  de  estupefacientes (artículo 376, inciso 2 de  la Ley 599 de 2000).   

2.   El  11  de  diciembre   de  2006,  el  Juzgado  Sexto  Penal  del  Circuito  de Cali, condenó a  CRISTIAN    JAVIER   JIMÉNEZ   VALENCIA,  por  el delito imputado a la pena de 48  meses  de prisión, multa de $ 716.000.oo pesos y a la  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas, por un tiempo igual a la pena principal.    

3. El 23 de julio de  2007,  el  Tribunal  Superior de Distrito Judicial de  Cali,  confirmó  la  sentencia  recurrida  por  la defensa técnica. Inconforme el  mismo  sujeto  procesal  con  el  fallo  condenatorio,  lo  impugnó y sustentó  mediante  la  presentación  del  respectivo  libelo,  que hoy califica la Sala.   

R   E   S   U  M  E  N     D  E    L A   D E M A N D A   

Bajo  el  amparo  de  la  Ley  600  de 2000,  artículo  207, el actor presentó tres cargos contra el fallo de segundo nivel,  en  el  siguiente  orden: (a)  cuerpo    segundo,    (b)  violación  directa  y  (c)  vulneración al debido proceso.   

1. Violación indirecta:  

Sustentó el cargo indicando que se incurrió  en  “un error de hecho, producido como consecuencia  una    interpretación    errónea    de   la   Ley  sustancial.  La protuberante, manifiesta y ostensible  violación  indirecta de la  ley  sustancial  se  evidencia,  en  el  caso  que  nos  ocupa  en  la  falta de  comprobación  o  prueba de la cantidad de droga que se dice se le incautó a mi  defendido”. (Subrayado fuera de texto).   

Así mismo, en el informe policial se plasmó  que  eran  ocho (8) papeletas de cocaína, “mientras  que  el  encartado  siempre  afirmó  el  portar solamente seis (6) papeletas de  dicha   sustancia   y  no  como  mal  se  afirma  en  la  sentencia  de  segunda  instancia”.   

En  el  informe  científico  –agregó  el  actor- se determinó que  era  cocaína  base  con  un  peso  neto  de  1,6  gramos y, en la diligencia de  injurada,  el  Despacho  le  puso  de  presente  ocho  (8)  papeletas;  sobre el  particular  el  procesado contestó: “yo llevaba esa  sustancia  pero  me  parece  que no era toda esa cantidad, yo la compré para mi  consumo  personal”;  tal respuesta la corroboró con  las  transcripciones  de  algunas  consideraciones realizadas por el Tribunal al  valorar  la  prueba, para demostrar que él portaba no ocho, sino seis papeletas  de  cocaína,  motivo  por  el  cual  concluye:  “el  fallador  durante el proceso, no llegó a la certeza de que el encartado portaba  la cantidad de droga que reza en el informe policía”.   

Prosiguió,  aduciendo que las instancias no  hicieron  nada  para  cotejar  las  versiones  de  los uniformados con las de su  prohijado,  para  “verificar  si  al  procesado  le  asistía   la  razón  cuando  argumentó…  que  él  solamente  portaba  seis  papeletas  del  alcaloide y no ocho como argumentan los policiales, por tanto ni  el  A quo, ni el Ad quem, debieron otorgar valor probatorio al informe policial,  ya  que  parte de una premisa falsa, porque contiene una suplantación personal,  un  informe  amañado  y  muy  seguramente apartado de la realidad de los hechos  ocurridos”.   

Si  no  se  tiene  certeza  de cuál persona  elaboró  el  informe  y  lo  suscribió,  la  Fiscalía  de  haber  sabido eso,  “no  habría  tenido  base  para la ilación de los  indicios  con  grado  de  probabilidad,  debiendo  aplicar  en  consecuencia, el  principio  de  indubio  pro  reo,  dándole credibilidad a lo manifestado por el  procesado   de   que  él  portaba  únicamente  6  papeletas  para  su  consumo  personal”.   

El  agente  de  policía  PALACIOS,  con tal  proceder,   llevó   “al  error  de  juicio  a  los  juzgadores    desde    el    preciso   instante   que   aportaron   la   noticia  criminal”,  siendo  fundamental  en  este  tipo  de  actuaciones  la  prueba  de  la  cantidad  de  sustancia  que llevaba consigo el  inculpado,  en  especial,  para  determinar  la punibilidad en lo atinente a una  dosis personal.   

Para  el  libelista  no  existe “congruencia”  entre  la cantidad de  estupefaciente  que  se  le imputó a su mandante, en cantidad de 1,6 gramos con  lo  aseverado  por  el Tribunal, “cuando enuncia que  superó  la  dosis  personal  en  (6)  seis gramos”.   

Por tanto, solicitó casar el fallo recurrido  y en su reemplazo dictar uno absolutorio.   

2.  Violación directa:  

Motivada por desconocer el Juez colegiado los  artículos  9  y  11  del  Código  Penal,  “al  no  considerar  que  el  porte de estupefacientes en cantidades mínimas es inocuo y  por  tanto  carece de lesividad”, porque la conducta  imputada,  en  criterio del libelista, no es típica, antijurídica ni culpable.   

En  un  acápite  denominado  por  el  actor  “argumentación       jurídica”,  transcribió  las  normas  atrás  aludidas  e  indicó  que los  falladores  no  le  brindaron  ninguna garantía a su prohijado, en especial con  “la   noción   de  antijuridicidad”,   desde   sus   dos   connotaciones:   formal  y  material.    

Si  el  Tribunal,  dijo  que  “no  obstante  el  implicado  haber  reconocido ser consumidor de  bazuco,  en  manera  alguna  la  decomisada,  lo  exonera de la trasgresión del  ordenamiento  legal,  y  por  ende  su  lesividad”,  apoyando  su  decisión  con  algunas  citas  jurisprudenciales;  el  demandante  refutó  tal  aseveración  informando:  “con  todo  respeto  no las comparto porque lejos están de ser aplicadas al caso de marras,  ya  que  existe prueba contundente que nos lleva a la certeza que mi patrocinado  si  es  consumidor  habitual  de  sustancias  psicosomáticas como es la base de  cocaína (bazuco)”.   

Comunicó,  en  igual  forma, con base en el  dictamen  de Medicina Legal, que el penado no sufrió algún deterioro físico o  psíquico  “por  lo  que  se  puede  colegir que el  consumo  de  sustancias…  no  altera  su  capacidad  cognitiva  como volitiva,  teniendo  por  tanto  capacidad  de  comprender y de determinarse en su proceder  rutinario”.   

Por    tanto,    sostuvo:   “bueno  es  pregonar  que  si el condenado, es un consumidor y la  droga  que  portaba  era  para  su  consuma  personal es inane en el campo de la  antijuridicidad  material,  es  intrascendente…”,  luego  ese  peligro,  no  puede ser imaginado, sino efectivo, motivo por el cual  reflexionó  sobre  la  lesión al bien jurídico tutelado por el legislador, en  extensos  párrafos, a fin de constatar que ninguna autoridad judicial se ciñó  al  criterio  de  antijuridicidad  material,  como  cuando  adujo:  “dicha   conducta   debió  ser  valorada  objetivamente  por  el  juzgador  como  un  portador  de la sustancia psicotrópica para poder saciar su  adicción,  siendo  lógico  entender  que  no  podían ser formulados cargos en  atención  a  tales  parámetros,  por  cuanto  a la legua refulge como cierto e  indiscutible  que  el  comportamiento del procesado no causó daño cierto ni su  actuar  tenía  potencialidad  de  dañar  los  intereses  sociales  percibibles  (sic)”.   

Solicitó,  con  base en lo atrás expuesto,  casar el fallo recurrido y en su reemplazo dictar uno absolutorio.   

3.      Violación    al    debido  proceso:   

Después de realizar un recuento probatorio,  en  especial  sobre  la  cantidad  de  estupefaciente decomisado, se refirió al  artículo  29  constitucional  y  al  306  de  la Ley 600 de 2000, para concluir  “que  la  irregularidad  sustancial  que  afecta el  debido  proceso  en  esta  causa, consiste en el hecho de ponerle de presente al  encartado   al   momento   de   su  indagatoria,  unas  muestras  de  sustancias  alucinógenas  que  no  se  sabe  si  en  verdad  corresponde  o  eran  las  que  supuestamente  le  incautaron  a  éste  al momento de su captura”,  porque la prueba de campo “destruyó  la  única  muestra  de  la  droga  por  el método de dilución”;  y,  apoyándose  en  algunos  tratadistas, reveló que se le debe  aplicar la duda a su prohijado.   

Solicitó,   en   consecuencia,  casar  la  sentencia,  “y en su lugar emitir la de reemplazo de  carácter absolutorio a favor de mi representado”.   

CONSIDERACIONES   DE  LA  SALA   

1.  La  censura  presentada  a  favor  de    CRISTIAN  JAVIER  JIMÉNEZ   VALENCIA,   no  reúne  los  presupuestos  mínimos   de   coherencia   y   lógica-argumentativa   puntualizados   por  la  jurisprudencia      para      admitir     la     demanda     de     casación,  pues  si  bien,  propone como  punto  de  partida  para lograr la infirmación del fallo de segundo nivel, tres  cargos,  dos  por  la  causal primera (vías directa e indirecta) y, el último,  por  nulidad;  en  su  desarrollo y demostración incurrió en graves fallas que  atentan   contra   la   filosofía   que   inspira  el  recurso  extraordinario.   

No es un escrito de libre confección con el  que  se pretenda derrumbar la doble presunción de acierto y legalidad que viene  atada  a  los  fallos,  tampoco  es una adición de ideas en búsqueda de un fin  jurídico  subjetivo  o  hipotético  para  asegurar la demostración del ataque  propuesto.   

Como  metodología,  la  Sala  abordará  la  calificación   de   las  tres  censuras,  estableciendo  aquellos  puntos  más  preponderantes,  en  cada  una,  a  fin  de  determinar  de  manera precisa, las  falencias  de  mayor impacto, con el objeto de brindarle al libelista suficiente  claridad en torno a los desatinos que presenta su escrito-demanda.   

Son  múltiples  y  persistentes  los  yerros  exhibidos en los tres ataques.   

I. Al debido proceso:  

(1) Se presentó al  proponer  las  nulidades  al  final de su ataque, demostrando con tal actuar, el  desconocimiento  que  tiene  respecto  a la proyección y cobertura de la causal  tercera.   

(2)  Sustentó  el  cargo,   además,   atacando   los  diversos  medios  probatorios,  lo  cual  es  insostenible,   habida   consideración   que  para  ese  embate  el  legislador  estableció  la  vía  indirecta,  por  tanto, mezcló la argumentación de unos  cargos  con  otros,  con ello, violentó los principios de autonomía y claridad  que  rigen  el  recurso  extraordinario.  La  casación,  entonces,  no se puede  entender  como  un  manojo  de  ideas diseminadas al capricho del libelista, sin  ninguna  coherencia  en  su  presentación,  ni  ilación en la sustentación y,  menos  aún,  fuera  de  la  concreción  temática  que  viene desarrollando la  Sala.    

(3) Así mismo, no  es  cualquier  discurso  con  el que se pretenda la declaratoria de una nulidad,  ella  en sí, encierra, unos presupuestos mínimos de argumentación, precisión  y  trascendencia,  sin  los cuales la arremetida contra la legalidad del proceso  queda  huérfana.  Es  preciso  indicar,  además,  que  cada  nulidad  tiene un  tratamiento   independiente,   debiéndose  identificar  la  clase  de  falencia  (estructura  o garantía), denunciando el sentido en forma autónoma sin mezclar  violaciones  al  debido  proceso  entre  si, o al derecho de defensa (técnico y  material).   

Por  consiguiente,  si  se  quiere  proponer  alguna  nulidad,  como  la  demandada  al  debido  proceso,  incumbe señalarse:  ¿cómo  se  fracturaron las bases legales del mismo ya sea en su aspecto formal  o  conceptual?,  ¿por  qué  habría  que retrotraer lo actuado en instancias?,  ¿de  qué forma se vulneraron las garantías demandadas? y ¿cuáles fueron las  repercusiones  y el daño causado con tales vulneraciones? en desmedro de la ley  y  de  los  sujetos  procesales;  entre  otros  aspectos,  puntualizados  por la  jurisprudencia.   

No pudiendo olvidar el censor los principios  que  rigen  las  nulidades  como  el  de convalidación, finalidad de los actos,  entre  otros, a fin de fortalecer la infirmación del fallo último, tópico que  solo  enunció.  Ellas,  además se orientan por el postulado de taxatividad, de  él dependen y se enmarcan para generar su pertinencia.   

(4)   Cualquier  ocurrencia  en  el  devenir  procesal,  como  la  expuesta  en  la  demanda,  es  insustancial,   toda   vez   que,   si  la  queja  del  actor  residía  en  una  contradicción  para  determinar  por  qué  en  la  indagatoria  le pusieron de  presente  unas  muestras de la sustancia prohibida a fin de que las reconociera,  cuando     parte     de     ella    –según  el  actor- se destruyó con la prueba de campo; el reproche  tendría  que  haber  sido  propuesto  y  motivado  por  vía  indirecta  de  la  violación   de  la  ley  sustancial,  error  de  hecho,  en  sentido  de  falso  raciocinio,  al  atentarse  contra  las  leyes  de  la lógica, las reglas de la  experiencia  o  los  postulados de la ciencia; cuestión que omitió, en todo su  contexto, trabajar el memorialista.     

En  este  orden de ideas y sin ser entendida  como  una respuesta de fondo, sino en virtud del ejercicio pedagógico que viene  desarrollando  la Sala como una más de sus funciones, es oportuno señalar que,  una  vez  capturado en flagrancia al imputado e incautada la sustancia prohibida  el  15 de marzo de 2004, al día siguiente ante un Delegado de la Procuraduría,  con  la  asistencia  de  la  defensora  pública,  el  Fiscal  puso “de  presente a Jiménez Valencia, la sustancia incautada, ya que  existen  dudas  sobre  su  peso  y  para posteriormente proceder a su análisis,  pesaje  y  destrucción.  Acto  seguido se le ponen de presente al retenido, las  ocho   papeletas   conteniendo   al  parecer  sustancia  en  polvo  –base  de  cocaína- y envueltas en un  papel  azul  pálido.  Expresa  que  a  él  tan  solo  se  le  encontraron seis  papeletas…   el  despacho  deja  constancia  de  que  las  ocho  papeletas  se  encuentran  con la misma envoltura, manifiesta Jiménez Valencia que no está en  capacidad   de  distinguir  las  que  él  tenía”.   

Ese  mismo  día, se le recibió injurada al  procesado  y  se realizó el pesaje, identificación, toma de muestras, embalaje  y  destrucción de sustancias incautadas, con un peso bruto de 5,0 y 1,6 gramos.  En  la indagatoria, “el Despacho le pone de presente  al  indagado  ocho  (8)  papeletas  de  sustancia al parecer cocaína… Sí esa  cantidad  que el Fiscal me mostró no parece toda esa cantidad…”;  lo  cual  no  indica  contradicción  alguna  como lo informa el  actor,  amén  que  la  defensora  de instancia, en la misma diligencia, hubiera  dejado constancia sobre el particular.   

En  éstas condiciones, la censura no podía  ser  atacada  por  violación  al debido proceso, toda vez que se refería a los  medios  probatorios,  en  donde  se oponen las versiones del indagado con las de  los  policiales  que  lo  capturaron dándole prevalencia los funcionarios a las  declaraciones  de  los uniformados, tal y como lo destacó el Juez: “es  que para esta instancia el reporte incriminatorio es claro y  también  limpio,  es  decir en el mismo no se avisoran (sic) rasgos ilegales en  el  sentido de que los aprehensores hayan comparecido a la judicatura a inventar  situaciones  que  no  se  dieron  en  la realidad o a imputarle gratuitamente al  encartado  hechos  no  perpetrados  por  él  o  circunstancias que desborden su  preciso  compromiso,  ello si se tiene en cuenta que nada absoluto distanciaba a  éste  con  las  personas  a  cuyo  cargo  estuvo  el procedimiento, como que ni  siquiera se conocían unos y otros”.   

Y  lo  confirmó  el  Tribunal: “en  efecto,  ninguna  razón  existe,  para  reconocerse que los  gendarmes  inventaron  la  medida  de la droga o cargaron, más de la incautada,  pues  ningún interés distinto al de informar el episodio conforme sucedió les  asistía;  adversamente  a  lo  cuestionado, la comunicación y proceder oficial  encuentran  armonía  con  el  resultado obtenido, esto es, que efectivamente el  encartado   llevaba  droga  que  superaba  la  dosis  personal…”   

II.  Violación de la ley sustancial por vía  directa: antijuridicidad material.   

El error se identifica con el querer imprimir  el  libelista,  contra  todo  criterio, su exclusiva y excluyente percepción de  los  hechos  y  las  pruebas,  hasta  el punto de desconocer lo valorado por las  instancias,  como  cuando  afirmó  que  su  prohijado  “es  un  consumidor  y  la  droga  que portaba era para su consuma personal es  inane  en  el  campo  de  la  antijuridicidad  material, es intrascendente, para  exponer  a  peligro  el  bien  jurídico  tutelado”;  situación  en  donde  se muestra la confrontación de criterios, más nunca una  debida  argumentación  con  el  objeto  de  verificar  las  falencias atacadas.   

Si  una persona porta cantidades mínimas de  estupefacientes,   su   actuar   carece  de  lesividad,  no  existe,  por  ende,  antijuridicidad      material      –aseguró  el  actor-  y,  si además, en el proceso se demostró el  perfil  de  consumidor  habitual de bazuco, amén que su adicción, según dijo,  no  le  afecta  en  nada  su salud; expuestas éstas ideas sin ninguna temática  jurisprudencial,   se  atenta  contra  la  filosofía  que  ilumina  el  recurso  extraordinario:   (i)  al  presentar  el  ataque  por  vía  directa  y  desarrollarlo  por  la  indirecta,  (ii)  al desconocer el tipo  penal  que sanciona un comportamiento ilícito como el que consumó su mandante,  (iii)  al  imprimirle  una  subjetiva  visión  y  poca  importancia  al consumo de psicotrópicos, hasta el  punto  –con el objeto de  que  prospere  su censura- aceptar que la adicción del hoy condenado no le hace  daño, lo cual es absurdo.   

Cuando se selecciona el cuerpo segundo de la  causal  primera, es obligación del demandante elegir si es por error de hecho o  de  derecho:  el primero, se acomoda a varias alternativas de trabajo, como son,  falso  juicio  de  existencia,  falso juicio de identidad o falso raciocinio; el  segundo,  se genera por falso juicio de legalidad o falso juicio de convicción.  Todos  deben  ser  modulados en apartados independientes, sin mezclarse unos con  otros,  guardando  la  línea  jurisprudencial  para  su  desarrollo y de manera  especial,  cada  embestida, tendrá que concitar su trascendencia: lo precedente  fue desconocido por el memorialista.   

III. Violación de la ley sustancial por vía  indirecta.   

El  ataque se resume de la siguiente manera:  (1) se presentó un error de  hecho  producto  de  una interpretación errónea, por falta de comprobación de  la  sustancia  incautada, (2)  las  instancias  lo  condenaron  por ocho papeletas, cuando su prohijado siempre  adujo  que  eran seis, (3) el  bazuco   lo   adquirió   exclusivamente  para  su  uso  personal,  (4)  los funcionarios no confrontaron las  declaraciones  de los uniformados con la versión de su poderdante, (5)  se  le  otorgó  valor probatorio al  informe  policial,  siendo  amañado,  (6)  era  necesario  haber establecido la cantidad de droga ilícita y  (7)  existió incongruencia  entre  lo  manifestado  por  su  pupilo  con  lo argumentado por el Tribunal, al  afirmar, que se superó la dosis personal.    

Los   desatinos  son  plurales:    (i)   la  embestida  por interpretación errónea, invariablemente, debe ser propuesta por  vía  directa como vicio in iudicando; (ii)  exhibe  una  visión  genérica,  subjetiva  e hipotética de las  pruebas  y  su  consecuente valoración, contra lo sostenido por las instancias;  (iii)   pretende  que  su  criterio    impere    por   encima   del   de   los   falladores;   (iv)    mezcló   los   postulados   de  investigación  integral  con  violación al derecho de defensa y, como si fuera  poco,   (vi)  motivó  una  inconsonancia  -acreditada  por  la  ley entre la resolución de acusación y el  último   fallo-    por   afirmaciones   encontradas   entre   testigos   e  imputado.     

Su  discurso más recurrente se concretó en  el  hecho  de que las instancias no determinaron la cantidad de droga incautada,  lo  cual no se compadece con la realidad, al remitirse a la actuación y al leer  atentamente  los  fallos  cuando  se  sostuvo:  “en  diligencia  de  pesaje,  identificación  preliminar,  toma  de  muestras  a las  sustancias  incautadas,  la  perita MARÍA INÉS MURIEL PUERTO quien dirigió la  misma  concluye  que se trata de sustancia sólida en polvo de color habano, con  resultado  POSITIVO  para  Cocaína  Base,  con  un  peso neto de 1.6 gramos. Se  preparó  muestras  para posterior peritación en el laboratorio de la LABICI de  esta    ciudad,    destruyéndose   el   restante”   

Por  último,  uno  de  los  postulados  que  inspiran   el   recurso   extraordinario   de   casación   es  el  dispositivo,  con  el cual, lo pretendido  en  el  libelo  convoca  inexorablemente  a su delimitación, fijándose con tal  principio  la  competencia  de  la  Corte.  Sin  que  pueda ni deba hacerse, una  readecuación  de  los cargos y sus fundamentos trascendentes, para así cumplir  con  la  forma  y,  luego  de  fondo, fallar en consecuencia. Esto concitaría a  actuar  en  dos  extremos  excluyentes  y  exclusivos, se unificarían tanto las  pretensiones  contenidas  en  el escrito con el criterio jurídico de la Sala al  enmendar  el  libelo,  y  lo  más  censurable  de  todo  sería,  que  la misma  Corporación  que  convalidó  la  demanda,  falle  en  consecuencia.  Por ende,  admitirla   sin   que  cumpla  elementales  presupuestos  de  lógica  y  debida  argumentación,  es  como  ponerla  a  combatir  la  ilegalidad  en  un  proceso  usurpando  facultades  inherentes  a los intervinientes, partes o sujetos en una  actuación penal, lo cual es inadmisible.    

Es  por esta potísima razón que se insiste  en  la  consagración  de algunos formalismos sin los cuales el recurso se torna  inane  y  queda convertido en un simple alegato de instancia, donde sólo impera  la  voluntad  del  censor,  más  no  se demuestra la afrenta a la Ley, la   Constitución  o al Bloque de Constitucionalidad que es la causa final en la que  se inspira el instituto.   

No    es    que    la    “técnica”  por  si misma tenga como  fin  enervar  los  derechos  adquiridos  a  los  sujetos  procesales,  ni  pueda  reflexionarse  siquiera  que  aquellos  yerros  conducen a la Corte a desconocer  situaciones  fáctico-jurídicas de mayor relevancia. Lo que ocurre es que si la  Sala   entra   a   solucionar  todos  los  defectos  contenidos  en  la  demanda  –admitiéndola-  se  le  irrogaría  a  la  Judicatura  un  poder  absoluto de reconfeccionar la demanda,  adecuarla  a  posturas  argumentativas  decantadas  por los intervinientes en el  proceso,  para luego entrar a decidir el problema de fondo: lo cual es absurdo e  inconveniente.   

Se  verifica,  entonces,  que  el demandante  presenta  una   alegación  producto  de su propia percepción del derecho,  los  hechos  y  las  pruebas contra lo afirmado por los Jueces de instancia, sin  ninguna   prevalencia  en  la  lógica-jurídica  requerida  para  sustentar  la  demanda,  con lo cual sus pretensiones se alejan de la filosofía que irradia el  instituto casacional.   

En  consecuencia, los defectos sustanciales  enunciados   atrás  no  le  dejan  otro  camino  a  la  Sala  que  inadmitir   la   demanda  de  casación,  presentada   a   favor  de  CRISTIAN  JAVIER  JIMÉNEZ  VALENCIA,  de  conformidad  con  lo  consagrado en el  artículo  213  de la Ley 600 de 2000; sin olvidar que, estudiado el proceso, no  se   percibe  en  su  contexto,  que  se  hubiese  violentado  alguna  garantía  fundamental  que  amerite  el facultativo ejercicio de la oficiosidad, en virtud  de   lo   dispuesto   en   el  artículo  216  de  la  misma  obra  instrumental  citada.   

Con   fundamento   en   lo   expuesto,  la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema de  Justicia,   

R   E   S   U  E  L  V E   

Primero:  Inadmitir  la  demanda  de  casación  presentada  a  nombre  de  CRISTIAN  JAVIER  JIMÉNEZ  VALENCIA,  en  virtud  de lo argumentado en  párrafos precedentes.   

Segundo  Contra  la  presente  decisión  no  procede  recurso  alguno.   

Tercero:  Cópiese,  notifíquese,  cúmplase  y devuélvase al  Tribunal de origen.   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                ALFREDO      GÓMEZ  QUINTERO   

MARÍA  DEL  ROSARIO  GONZÁLEZ  DE  LEMOS                      AUGUSTO J. IBAÑEZ GUZMÁN   

                    

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                          YESID    RAMÍREZ    BASTIDAS               

JULIO  ENRIQUE  SOCHA SALAMANCA                                          JAVIER ZAPATA  ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

                   Secretaria   

    

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