22047(29-10-08)

2008

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 22047  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

         

Magistrado Ponente  

                            JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

                            Aprobado Acta No. 312   

Bogotá, D. C., veintinueve (29) de octubre de  dos mil ocho (2008).   

VISTOS  

Decide  la Corte los recursos extraordinarios  de   casación  interpuestos  por  los  defensores  de  MARTÍN  ANTONIO  FLÓREZ OSPINO y CRUZ ÁNGEL HEREDIA  ORTIZ  en  contra  del  fallo  de  segunda  instancia  proferido por el Tribunal  Superior  del  Distrito  Judicial  de San Andrés, Providencia y Santa Catalina,  que  confirmó  la  pena  de treinta y tres años y cuatro meses de prisión que  por   la   conducta  punible  de  homicidio  agravado  le  impuso  a  dichas  personas  el Juzgado Penal del  Circuito de San Andrés.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

1. En la noche del  25  de enero de 2001, en la isla de San Andrés, MARTÍN ANTONIO FLÓREZ OSPINO,  CRUZ  ÁNGEL  HEREDIA  ORTIZ  y  José Ricardo Ospino  Segovia,  quienes  se  movilizaban  en  un taxi marca  Chevrolet   Caprice   de   propiedad   del   primero,  recogieron  en el hotel Sol  Caribe    Centro    a    Álvaro   Mario   Mosquera  García.   

Luego de que José  Ricardo  Ospino  Segovia se apeara del vehículo taxi  que   habitualmente   manejaba,   MARTÍN  ANTONIO  FLÓREZ  OSPINO  asumió  la  conducción  del  mismo  y, mientras transitaban por la carretera circunvalar de  la  isla,  CRUZ  ÁNGEL  HEREDIA  ORTIZ  disparó  en dos ocasiones un revólver  calibre  .38 en contra de la humanidad de Álvaro Mario Mosquera García, con lo  que le produjo la muerte.   

Posteriormente,  MARTÍN  ANTONIO  FLÓREZ  OSPINO   y   CRUZ   ÁN-GEL   HEREDIA  ORTIZ  abandonaron  el  cadáver  en  las  inmediaciones  del  sitio conocido como la Curva de la  Virgen, en donde fue encontrado al día siguiente por  las autoridades.   

MARTÍN ANTONIO FLÓREZ OSPINO le debía una  alta  suma de dinero a Álvaro Mario Mosquera García, quien por su parte hacía  vida  marital en Miami (Florida, EE. UU.) con Luz Dary Heredia Ortiz, esposa del  primero y hermana de CRUZ ÁNGEL HEREDIA ORTIZ.   

2.  Debido  a  lo  anterior,  la  Fiscalía  General de la Nación ordenó la apertura del proceso,  practicó  varias  pruebas  y  vinculó  a  la  actuación  tanto a José  Ricardo  Ospino  Segovia  como  a  MARTÍN  ANTONIO  FLÓREZ  OSPINO  y  CRUZ ÁNGEL HEREDIA ORTIZ, quienes habían  solicitado a las autoridades ser escuchados en indagatoria.   

3. Como quiera que  CRUZ  ÁNGEL  HEREDIA  ORTIZ  no sólo admitió la realización del injusto sino  que  además  había  solicitado  en  diligencia  de  ampliación de indagatoria  acogerse  al  trámite de la audiencia especial de que trataba el artículo 37-A  del    decreto    2700   de   1991   –ordenamiento   procesal   en   aquel  entonces  vigente–,  la Fiscalía negó la práctica de  tal  diligencia  tras  considerar  que  no  había  duda probatoria acerca de la  conducta  punible,  pero  a  instancias  de  su defensor le formuló cargos para  sentencia  anticipada  por  el  delito  de  homicidio  agravado,  según lo previsto en los artículos 323 y  324  numerales  3,  4 y 7 del decreto ley 100 de 1980, anterior Código Penal, a  los cuales manifestó acogerse el directo interesado.   

4. El Juzgado Penal  del  Circuito  de  San Andrés, sin embargo, no admitió dicho acuerdo, decretó  la  nulidad  y  ordenó  la  devolución del expediente al organismo instructor,  después  de  aducir  que  en el mismo no obraba una solicitud expresa por parte  del  procesado  para  acogerse  a sentencia anticipada, requisito que consideró  absoluta-mente indispensable para dar trámite a dicha figura.   

5.  Decretado  el  cierre  de  la  investigación,  la  Fiscalía,  en resolución que calificó el  mérito  del  sumario,  profirió  cargos  en  contra de MARTÍN ANTONIO FLÓREZ  OSPINO  y  CRUZ  ÁNGEL  HEREDIA ORTIZ como coautores responsables del delito de  homicidio   agravado,  de  conformidad  con  lo establecido en los artículos 103 y 104 numerales 1, 3, 4 y  7    de    la   ley   599   de   2000,   actual   Código   Penal   –en  aplicación  del  principio de la  ley     penal     más     favorable–,  mientras  que  a  José Ricardo Ospino  Segovia   lo   acusó  de  la  conducta  punible  de  favorecimiento  prevista en  el artículo 176 del decreto ley 100 de 1980.   

6.  Ejecutoriada  dicha  decisión  el  8 de octubre de 2002, el Juzgado Penal del Circuito de San  Andrés  adelantó  la  etapa correspondiente y, mediante sentencia, absolvió a  José     Ricardo    Ospino    Segovia   de   los  hechos  y  cargos  atribuidos  en  la  resolución  de  acusación,  a  la  vez  que  condenó a MARTÍN ANTONIO FLÓREZ OSPINO y a CRUZ  ÁNGEL  HEREDIA ORTIZ a la pena principal de treinta y tres años y cuatro meses  de     prisión,     así     como    a    la    accesoria    de    inhabilitación   para   el   ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  un  término  de  veinte  años, como  coautores      del     delito     de     homicidio  agravado,   pero   únicamente  de  acuerdo  con  lo  estipulado  en  los  numerales  4  (motivo  abyecto)  y 7 (aprovechándose de la  situación  de indefensión o inferioridad de la víctima) del artículo 104 del  Código Penal.   

Así  mismo,  les  negó cualquier mecanismo  sustitutivo  de la ejecución de la pena privativa de la libertad y, finalmente,  ordenó  remitir  copias  de  la actuación para que la Fiscalía investigase la  realización  del  delito  de fabricación, tráfico y  porte  de  armas  de  fuego  o municiones por parte de  CRUZ ÁNGEL HEREDIA ORTIZ.   

En la dosificación de la sanción principal,  el  a  quo  tomó  como ámbito de movilidad el tercer  cuarto de los extremos punitivos, tras considerar que  en  el presente asunto concurría la causal genérica de agravación relativa al  obrar en coparticipación criminal.   

7.  Apelada dicha  providencia  por la defensa de los procesados y por el  representante    del    Ministerio    Público,   el   Tribunal   Superior   del  Distrito Judicial de San Andrés, Providencia y Santa  Catalina  la confirmó en lo que fue objeto de debate, con la adición de que la  orden  de  remisión de copias también debía abarcar a MARTÍN ANTONIO FLÓREZ  OSPINO.   

8. Contra el fallo  de  segundo  grado,  los  apoderados de MARTÍN ANTONIO FLÓREZ OSPINO y de CRUZ  ÁNGEL  HEREDIA ORTIZ interpusieron sendos recursos extraordinarios de casación  y,  como  quiera  que  sus  respectivas  demandas  fueron  declaradas conforme a  derecho,   la   Procuraduría   General   de  la  Nación  emitió  el  concepto  correspondiente.   

LAS DEMANDAS  

1.  En  nombre  de  MARTÍN  ANTONIO FLÓREZ  OSPINO   

1.1. Primer cargo  

Adujo  el  demandante  con  fundamento en la  causal  tercera  de  casación  que  el  Tribunal  dictó la sentencia objeto de  impugnación  en  un  juicio viciado de nulidad, por cuanto el Juzgado Penal del  Circuito  de  San  Andrés  rechazó  la  formulación  de cargos para sentencia  anticipada   suscrita   entre   CRUZ   ÁNGEL   HEREDIA  ORTIZ  y  el  organismo  instructor.   

Sostuvo que con ello la primera instancia no  sólo  impidió  la  ruptura  de  la unidad procesal, sino que también obró en  detrimento  de  los  intereses  de  su  protegido,  toda  vez  que, al quedar la  actuación  sólo  con  el  acervo  probatorio  concerniente  a  MARTÍN ANTONIO  FLÓREZ    OSPINO   y   a   José   Ricardo   Ospino  Segovia,  (i)  se  abría  paso  a  la inexistencia de un acuerdo de voluntades  entre   CRUZ   ÁNGEL  HEREDIA  ORTIZ  y  los  demás  vinculados,  (ii)  los  defensores  hubieran podido  valerse  de  aspectos  de  compromiso  en  contra  de quien aceptó los cargos y  (iii)   las  instancias  habrían    analizado    con    más   facilidad   los   argumentos   defensivos  empleados.   

En  consecuencia,  solicitó  a  la  Corte  declarar  la  nulidad  de  lo  actuado a partir de la resolución que dispuso el  cierre  de la investigación para que se ordene la ruptura de la unidad procesal  y  el Juzgado Penal del Circuito de San Andrés profiera el fallo que en derecho  corresponda  en  lo  que  respecta  a CRUZ ÁNGEL HEREDIA ORTIZ, mientras que la  Fiscalía  sigue  con  el  trámite  ordinario  en  lo  atinente a los otros dos  procesados.   

1.2. Segundo cargo  

De   manera  subsidiaria,  el  demandante  planteó  al amparo de la causal primera de casación la violación indirecta de  la  ley  sustancial, debido a que el Tribunal incurrió en un error de hecho por  falso  raciocinio  en la apreciación de la prueba, al transgredir en el proceso  de inferencia lógica los principios de la sana crítica.   

Precisó  acerca  del  particular que el ad  quem  fundó la responsabilidad de MARTÍN ANTONIO FLÓREZ OSPINO en el hecho de  que  éste  tenía una deuda superior a los veintitrés mil dólares con Álvaro  Mario  Mosquera  García,  circunstancia  que  a pesar de estar demostrada en el  expediente  no  permite  colegir fatalmente que ése fue el móvil para quitarle  la  vida  a  Álvaro Mario Mosquera García, pues la víctima jamás expresó el  temor  de  que  no  le pagaran ni se refirió a una actitud amenazante por parte  del  deudor,  lo  cual  conduce  a  pensar  que  la  conducta no obedeció a una  maquinación tendiente a eliminarlo selectiva y perversamente.   

Agregó que por ello el Tribunal se apartó  tanto  de  la  lógica  como  de  la  experiencia, máxime cuando los procesados  recogieron  a  Álvaro  Mario  Mosquera  García  en  el  hotel  sin  ocultar su  identidad  ni  el medio de locomoción, así como se presentaron voluntariamente  ante   la   justicia   y  brindaron  explicaciones  verosímiles  acerca  de  lo  sucedido.   

En consecuencia, solicitó a la Corte casar  la  sentencia impugnada y dictar un fallo absolutorio  de  reemplazo  a  favor  de  MARTÍN  ANTONIO FLÓREZ  OSPINO.   

2.  En  nombre  de  CRUZ  ÁNGEL  HEREDIA  ORTIZ   

Con  fundamento  en  la  causal  tercera de  casación,  la demandante planteó un único cargo, consistente en la violación  del  debido  proceso,  ya  que  el  Juzgado Penal del Circuito de San Andrés no  admitió  la  diligencia  de  formulación  de  los  cargos  que  para sentencia  anticipada había aceptado su protegido.   

Adujo acerca del particular que la solicitud  de  acogerse  a  fallo  anticipado  fue  hecha  por el entonces defensor de CRUZ  ÁNGEL  HEREDIA ORTIZ en representación de este último, por lo que actuó como  mensajero  de  su expresa voluntad, e incluso en la diligencia siguiente, cuando  el  procesado  fue enterado de manera suficiente de la naturaleza y contenido de  los  cargos  formulados,  aceptó  sin  reparo  los  mismos, lo cual implica una  convalidación   de   lo   inicialmente   manifestado   por   intermedio  de  su  apoderado.   

Precisó  que,  con  tal  actuación,  el  funcionario  no  sólo  sacrificó  el derecho sustancial por la forma, sino que  además  afectó  la  estructura  del  debido  proceso,  pues  a partir de aquel  instante  debía  terminar  la  etapa  de  instrucción para CRUZ ÁNGEL HEREDIA  ORTIZ  y,  en  su  lugar,  tener  acceso a los beneficios que le representaba la  figura de la sentencia anticipada.   

En  consecuencia,  solicitó  a  la  Corte  declarar  la  nulidad  de  lo actuado a partir, inclusive, de la resolución que  dispuso  el  cierre de la investigación, para que el Juzgado Penal del Circuito  de  San Andrés profiera el fallo que en derecho corresponda, teniendo en cuenta  la aceptación de cargos por parte del procesado.   

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

1.    El  representante  de la Procuraduría General de la Nación adujo acerca del primer  cargo  formulado  por  el  apoderado  de  MARTÍN  ANTONIO FLÓREZ OSPINO que la  nulidad  que  propuso  no  está  circunscrita  a  un agravio real y concreto en  contra  de  los  derechos  o  intereses  de  su  protegido,  como  quiera que la  declaratoria  de  responsabilidad que se derivó en este asunto no depende de la  aceptación  de  cargos  por  parte  de  otro  procesado,  sino de la prueba que  militaba  en  contra  de los mismos, la cual no tenía por qué desaparecer ante  la  ruptura  de  la  unidad  procesal  que hubiera operado como consecuencia del  trámite para la sentencia anticipada.   

Por  lo  tanto,  concluyó  que el reproche  traído   a   colación   por  el  demandante  no  tiene  vocación  de  éxito,  independientemente  de  que  sí prospere para quien tenga el interés jurídico  de proponerlo.   

2.  En lo que al  segundo  cargo  respecta,  manifestó  que la postura probatoria del profesional  del  derecho  de  ninguna  manera logra desvirtuar en sede de casación la doble  presunción  de acierto y legalidad del fallo de segunda instancia, en la medida  en  que  no  refiere cuál habría sido el postulado de la lógica o la regla de  la  experiencia  que  en  concreto  habría vulnerado el Tribunal, ni tampoco la  incidencia  que  tendría  el  aludido error de inferencia frente a la decisión  contenida en la parte resolutiva del fallo.   

Agregó que las instancias, al contrario de  lo  dicho  por  el demandante, no sólo tuvieron en cuenta el llamado indicio de  móvil  para  delinquir  para  predicar  la  responsabilidad  de MARTÍN ANTONIO  FLÓREZ  OSPINO,  sino también otros elementos de convicción, como por ejemplo  las  huellas  materiales  del  delito, el hecho de que el procesado abandonó la  isla  de  San  Andrés  al  día  siguiente  de  haber  ocurrido  los hechos, la  mala  justificación aducida por éste para explicar  tal  circunstancia  y  la forma como se ubicaron los  implicados  dentro  del  vehículo  en  el que fue muerto Álvaro Mario Mosquera  García.   

En  consecuencia,  solicitó  a  la  Corte  desestimar  los  cargos  planteados  por el apoderado de MARTÍN ANTONIO FLÓREZ  OSPINO.   

3. Respecto de la  demanda  interpuesta  en  nombre de CRUZ ÁNGEL HEREDIA ORTIZ, consideró que el  único  reproche  que  formuló está llamado a prosperar, por cuanto el acta de  formulación  de  cargos para sentencia anticipada recoge la aceptación libre y  voluntaria  por  parte del procesado de acogerse a dicha figura y, por lo tanto,  el  juez  a  quo no podía decretar la nulidad so pretexto de que no había sido  solicitada  expresamente  por  éste, privilegiando de esta manera un formalismo  por  encima  de  la  rebaja  punitiva  a  que  tenía derecho y desconociendo la  filosofía del mecanismo de terminación abreviada del proceso.   

Precisó,  sin  embargo,  que en virtud del  principio  de  solución  menos  traumática  la  consecuencia jurídica de este  yerro  debe  consistir  en la modificación de la pena impuesta, reconociendo la  rebaja  de la tercera parte que implica la figura de la sentencia anticipada, en  lugar de decretar la nulidad impetrada por la demandante.   

En consecuencia, solicitó a la Corte casar  parcialmente  la  sentencia  impugnada,  en  el  sentido  de reconocer la rebaja  punitiva  a  que  tenga derecho CRUZ ÁNGEL HEREDIA ORTIZ por haberse acogido al  mecanismo de la sentencia anticipada.   

4.  Por último,  solicitó  que  se casara oficiosamente el fallo objeto de recurso con el fin de  modificar  la  pena accesoria de inhabilitación para  el  ejercicio  de derechos y funciones públicas, que  fue  fijada  por  la  primera  instancia  en  veinte  años,  como quiera que la  conducta  se  cometió en vigencia de los artículos 44 y 52 del decreto ley 100  de  1980,  anterior  Código  Penal,  que contemplaba en ese sentido un término  máximo de diez años.   

CONSIDERACIONES  

1.  De  la  demanda  en  nombre  de MARTÍN  ANTONIO FLÓREZ OSPINO   

1.1. Primer cargo  

La  Sala ha sido enfática y reiterativa al  señalar  que  cuando al amparo de la causal tercera de casación se pretende la  nulidad  por  afectación de las formas propias del juicio o por vulneración de  las  garantías  judiciales,  el demandante tiene la carga procesal de demostrar  que  la  irregularidad  invocada  le  representó  un  daño real y concreto que  devino   en   detrimento   de   sus   intereses  dentro  del  desarrollo  de  la  actuación.   

En  el presente asunto, le asiste la razón  al  representante  del  Ministerio  Público  cuando adujo en su concepto que la  irregularidad  traída  a  colación  por el defensor de MARTÍN ANTONIO FLÓREZ  OSPINO,  consistente  en  la anulación que el Juzgado Penal del Circuito de San  Andrés  profirió  respecto de la formulación y aceptación de cargos que para  el  trámite  de  sentencia  anticipada  la  Fiscalía adelantó con CRUZ ÁNGEL  HEREDIA  ORTIZ,  no  ocasionó  agravio  alguno  para efectos del respeto de los  derechos fundamentales de su protegido.   

Según  el demandante, la actuación con el  otro  procesado sí repercutió en perjuicio de los intereses de MARTÍN ANTONIO  FLÓREZ  OSPINO,  en  la  medida  en  que  estimaba  que, de haber prosperado la  ruptura  de  la  unidad  procesal  que  implicaba  el acogerse a la terminación  abreviada  del procesado, hubiera tenido más posibilidades de que prosperara la  estrategia  defensiva empleada en su momento por la defensa material y técnica,  que  se  circunscribía  al hecho de alegar que el único autor y responsable de  la conducta punible había sido CRUZ ÁNGEL HEREDIA ORTIZ.   

Tal  postura  de  ninguna  manera puede ser  compartida  por  la  Sala,  pues,  como  bien lo sostuvo el Procurador Delegado,  parte  del  supuesto  erróneo  de que con el fallo anticipado desaparecería la  prueba   que  incriminaba  a  su  defendido,  o  únicamente  sería  viable  la  hipótesis  de que la muerte de Álvaro Mario Mosquera García no obedeció a un  plan  criminal urdido entre el esposo y el hermano de la mujer que sostenía una  relación  sentimental  con  la víctima, sino tan solo a la acción impetuosa e  imprevista  de  quien  a la postre confesó efectuar los disparos con el arma de  fuego y aceptó los cargos que en ese sentido le imputaron.   

Lo  anterior carece de cualquier fundamento  jurídico,  como  quiera  que el hecho de que una persona admita haber realizado  materialmente  la  acción  que  produjo  el resultado típico de ninguna manera  excluye  la  posibilidad  de  que  otros  individuos hayan contribuido de manera  esencial  para  la  obtención  del  mismo, como ocurre en este caso con MARTÍN  ANTONIO  FLÓREZ  OSPINO, quien acordó recoger a la víctima en el vehículo de  su  propiedad, lo condujo mientras la víctima era agredida por su compañero y,  finalmente, lo ayudó a deshacerse del cadáver.   

Es más, incluso en el acta de formulación  de   cargos  correspondiente,  el  representante  del  organismo  acusador  hizo  alusión,  dentro  de  la imputación realizada en contra de CRUZ ÁNGEL HEREDIA  ORTIZ,  a  la  participación y móvil que MARTÍN ANTONIO FLÓREZ OSPINO tenía  para la realización del injusto:   

“También hay evidencia de que los hechos  se  produjeron por un motivo abyecto o fútil, si se tiene en cuenta la presunta  discusión  existente entre el hoy occiso y el sindicado aquí presente, además  de  que  existe  evidencia  de  que, al parecer, los hechos se originaron por la  deuda   existente   entre   el  señor  FLÓREZ  OSPINO  y  el  señor  Mosquera  García”1.   

Con   lo  anterior,  la  Fiscalía  quiso  enfatizar  que,  a  pesar de que CRUZ ÁNGEL HEREDIA ORTIZ admitió haber jalado  del   gatillo,  no  descartaba  la  intervención  de  otros  partícipes,  pues  consideró  que  la  muerte  de  Álvaro  Mario Mosquera García obedeció a los  intereses  económicos  de  MARTÍN  ANTONIO  FLÓREZ  OSPINO,  quien justamente  participó  desde  un  punto de vista objetivo en el desarrollo de los hechos de  la  forma  como lo señalaron los procesados en sus respectivas versiones y, por  lo  tanto,  su  acción  fue  determinante  para  la  obtención  del  resultado  contemplado en la norma.   

En  este  orden de ideas, es incuestionable  que,  sin  perjuicio  de  que  CRUZ  ÁNGEL HEREDIA ORTIZ hubiese sido condenado  anticipada-mente  o  no,  la situación probatoria y procesal de MARTÍN ANTONIO  FLÓREZ  OSPINO  no  habría  variado en lo absoluto, de suerte que en cualquier  caso  las  instancias  habrían  valorado  de  idéntica manera los elementos de  convicción que pesaban en contra de este último.   

El  reproche,  por  lo tanto, no representa  agravio alguno para el poderdante.   

1.2. Segundo cargo (subsidiario)  

Cuando  en  sede de casación se plantea un  error  de  hecho por falso raciocinio, la Sala ha dicho que para que prospere la  censura  es menester verificar que el Tribunal, al valorar el mérito persuasivo  de  los  medios  de  prueba,  desconoció  postulados de la sana crítica que lo  llevaron  a  adoptar  una  decisión  diferente  a la que revelaba el proceso y,  debido  a ello, el demandante tiene la carga procesal de señalar cuáles fueron  las  leyes  científicas  o  los  principios  lógicos  o  las  máximas  de  la  experiencia  que  se vulneraron, de qué manera se presentó dicha afectación y  cuál fue su trascendencia frente al fallo adoptado.   

En  el  asunto materia de interés, resulta  acertado  el  criterio  del  Procurador  cuando  sostuvo  en  su concepto que el  defensor  de  MARTÍN  ANTONIO  FLÓREZ  OSPINO de ninguna manera estableció la  concurrencia  de un falso raciocinio en la apreciación probatoria del Tribunal,  sino  tan  solo se limitó a discrepar con su particular criterio la conclusión  a  la  que  llegaron  las  instancias  acerca  del  móvil  para  actuar de este  procesado.   

En  efecto,  a  pesar  de que el demandante  sostuvo  que  el  Tribunal  desconoció tanto la lógica como la experiencia, en  realidad   jamás   precisó  qué  principio  lógico  (de  no  contradicción,  identidad,  tercero  excluido,  etc.)  o qué pauta empírica con pretensión de  universalidad  quebrantó  en  la  valoración  del  hecho, no discutido por los  sujetos  procesales,  de  que Álvaro Mario Mosquera García no sólo era amante  de  Luz  Dary  Heredia  Ortiz,  esposa  de  MARTÍN ANTONIO FLÓREZ OSPINO, sino  además  acreedor  de  este  último  en una suma superior a los veintitrés mil  dólares.   

El defensor, simplemente, cuestionó como si  se  tratase  de  un  alegato  de  instancia  la  inferencia  realizada  por  los  juzgadores,  anteponiendo al hecho indicador circunstancias que destacó a favor  de  su  protegido,  como que la víctima jamás manifestó el temor de que no le  cancelaran  ni nunca recibió amenazas de su deudor, o que el procesado admitió  haber  recogido  a  Álvaro Mario Mosquera García en el hotel, e incluso que se  presentó   voluntariamente   ante  las  autoridades  para  rendir  indagatoria,  brindando una explicación plausible acerca de lo ocurrido.   

Como si lo anterior fuese poco, también le  asiste  la  razón  al  Ministerio  Público  cuando  señaló que el denominado  ‘indicio de móvil para  delinquir’  no  fue el  único  que tuvieron en cuenta las instancias para derivar responsabilidad penal  en contra de MARTÍN ANTONIO FLÓREZ OSPINO.   

Por ejemplo, la juez a quo (cuya decisión,  al  haber  sido confirmada por el Tribunal, ha quedado integrada para efectos de  este  recurso  con la del ad quem en una unidad jurídica imposible de escindir)  no  sólo  valoró  la relación comercial entre los sujetos activos y el sujeto  pasivo  de  la  conducta,  al  igual  que  los  vínculos de éstos con Luz Dary  Heredia  Ortiz2,  sino  que  además  trajo  a  colación,  entre otros aspectos,  (i)  la salida de MARTÍN  ANTONIO  FLÓREZ  OSPINO  del  archipiélago  de  San Andrés, horas después de  haber        ocurrido        los       hechos3;         (ii)   el   que   fuera   el  taxista  José    Ricardo    Ospino    Segovia,  y no cualquiera de los otros dos ocupantes del vehículo, quien  buscara   a   Álvaro   Mario  Mosquera  García  en  la  recepción  del  hotel  Sol   Caribe   Centro4;         (iii)  las  huellas  de  sangre que se  encontraron  en  el  interior  del  vehículo, que de manera infructuosa habían  intentado    borrarse   en   la   madrugada   siguiente   al   hecho5;  (iv)  el  sitio en donde  fue        hallado        el        cadáver6;         (v)  la  confidencia que Álvaro Mario  Mosquera   García   compartió   con   un   amigo   por  sentir  que  mantenía  económicamente  tanto  al  hermano  de Luz Dary Heredia Ortiz como a su antiguo  esposo7;  (vi)  la  experiencia  de  CRUZ  ÁNGEL  HEREDIA ORTIZ en el manejo de armas de fuego y la  mala   explicación   que   dio   acerca   de   su   viaje  y  presencia  en  el  archipiélago8;  (vii) la  presentación  voluntaria  de  los  procesados  ante las autoridades, que se dio  cuando  ya  estaba  reunida  la  mayor  parte  de  los  elementos de juicio para  vincularlos9;     y     (viii)     la  ubicación  de  la  víctima  y  de quien disparó en la parte  trasera  del  vehículo, cuando lo lógico era que alguien se hubiera sentado al  lado            del            conductor10.   

Con  los  anteriores  elementos  de juicio,  valorados  en  conjunto,  el  a  quo llegó a la conclusión de que la muerte de  Álvaro  Mario  Mosquera García no fue el producto de una impetuosa acción por  parte  de  CRUZ  ÁNGEL  HEREDIA  ORTIZ cuando estaban discutiendo acerca de las  calidades  morales de su hermana Luz Dary Heredia Ortiz, tal como lo adujo en su  momento           este           procesado11,   sino   a   la   labor  deliberada  y  mancomunada  que  urdió  con MARTÍN ANTONIO FLÓREZ OSPINO para  librarse  de  la  persona  a  la  que este último le debía una elevada suma de  dinero.   

En   estas   condiciones,   el   reproche  subsidiario planteado por el demandante está destinado al fracaso.   

2.  De  la demanda en nombre de CRUZ ÁNGEL  HEREDIA ORTIZ   

2.1. El principio  de  prevalencia  del  derecho  sustancial  consagrado  en el artículo 228 de la  Constitución  Política  es una manifestación directa de los fines y cometidos  del  Estado Social de Derecho, según el cual el papel que cumple el juez dentro  de  la  interpretación  de  la  ley  no  puede  estar  supeditado a la estricta  observancia  de  los  requisitos  y exigencias literales contenidas en la norma,  sino  a  la  materialización del valor de justicia emanada de ella, aspecto que  implica  alcanzar  una  efectiva  comunicación  entre  el derecho y la realidad  social,   de   conformidad   con   las   circunstancias   particulares  de  cada  asunto.   

De  ahí  que  la  labor  del  funcionario  judicial  para  aplicar  la ley no obedece a una actividad mecánica y desligada  de  su  entorno,  sino  que,  por el contrario, implica la necesidad de adaptar,  restringir,  hacer  extensivos  los  efectos o incluso acondicionar, mediante su  intervención  interpretativa,  el  contenido  material de los preceptos legales  llamados   a   regular  el  caso,  para  de  esta  manera  llegar  a  soluciones  ‘justas’,  es  decir, a posturas que estén  en  armonía  con  los fines del Estado Social de Derecho, así como el conjunto  de principios y valores que integran el ordenamiento jurídico.   

En palabras de la Corte Constitucional, esta  forma    de    interpretar    el    derecho   obedece   a   la   “pérdida  de la importancia sacramental del texto legal, entendido  como       emanación       de       la       voluntad       popular”12 a favor de una  “mayor  preocupación  por  la  justicia  material  y  por  el  logro  de soluciones que  consulten       la       especificidad       de      los      hechos”13.   

2.2. En el asunto  que  concita  la atención de la Sala, la defensora de CRUZ ÁNGEL HEREDIA ORTIZ  sostuvo  que  el  Juzgado  Penal  del  Circuito  de  San  Andrés  le negó a su  protegido  el  derecho  que  tenía  de  acceder  a  la  rebaja  punitiva que le  significaba  haber aceptado los cargos, al priorizar un formalismo por encima de  lo  sustancial  en  la  interpretación  de  la norma que regula la figura de la  sentencia anticipada.   

La Sala encuentra que le asiste la razón a  la   demandante,   por   las  razones  de  hecho  y  de  derecho  que  expone  a  continuación:   

2.2.1.  En  la  diligencia  de  ampliación  de  indagatoria  de  fecha 16 de mayo de 2001, CRUZ  ÁNGEL  HEREDIA  ORTIZ  solicitó “el arreglo de la  audiencia  especial,  artículo  37-A”14   del  decreto  2700 de 1991, Código de Procedimiento Penal en aquel entonces vigente,  a  lo  cual la Fiscalía le respondió, mediante resolución de fecha 25 de mayo  de  2001,  que  no  consideraba  procedente  la celebración de dicha diligencia  “por cuanto no existe duda probatoria alguna en la  encuadernación”15.   

Así  mismo, el organismo instructor, en el  proveído  en  comento,  le informó al procesado que le quedaba “la  opción  de  acogerse  a  la  sentencia anticipada”16.   

A raíz de lo anterior, el entonces defensor  del  interesado  allegó el 31 de mayo siguiente un escrito en el que solicitaba  la  práctica de formulación de cargos para sentencia anticipada, aduciendo que  tal  era  la  voluntad  de  su  protegido (“así mi  defendido  HEREDIA  ORTIZ  lo  quiere”17).   

En  la  diligencia  correspondiente, que se  adelantó  el  4  de junio de 2001, CRUZ ÁNGEL HEREDIA ORTIZ aceptó los cargos  que  por  el delito de homicidio agravado le imputó la Fiscalía de la siguiente manera:   

“Preguntado:  ¿Acepta usted los cargos  formulados          y          su          responsabilidad?         Contestó:  Yo  sí  admito los cargos  que  me  formulan  y  acepto  mi  responsabilidad en los hechos, y espero que me  tengan   en   cuenta   los  atenuantes  y  las  rebajas  de  pena  a  que  tengo  derecho”18.   

Ordenada la ruptura de la unidad procesal y  remitidas  las  diligencias  para  su  conocimiento  en  la  etapa siguiente, el  Juzgado  Penal  del  Circuito  de  San  Andrés, en auto de fecha 13 de junio de  2001,  rechazó  el  allanamiento  a  los  cargos,  con  el  argumento de que el  procesado  no  había  sido  quien  de  manera  expresa solicitara acogerse a la  figura de la sentencia anticipada:   

“La  actuación  así  descrita  deviene  contraria   al   debido   proceso  y  a  las  garantías  fundamentales  que  el  ordenamiento  procesal  penal consagra a favor del procesado, razón por la cual  deberá  ser improbada o rechazada la formulación de cargos aludida. En efecto,  en  los  términos  en  que  está  concebido  el  artículo  37  del Código de  Procedimiento  Penal  y  conforme a su teleología, la única persona habilitada  para  solicitar  que  se  le  formulen  cargos  para  sentencia anticipada es el  procesado.  Ni  el defensor, ni el Ministerio Público, ni la parte civil están  facultados  para  ello,  ni el fiscal puede desconocer este imperativo legal. La  solicitud  expresa  del  incriminado  es requisito de procedibilidad. No obrando  entonces  la  manifestación  o solicitud expresa del sindicado de acogerse a la  institución  de la sentencia anticipada se improbará la formulación de cargos  aludida,   como   en   principio   se  expresó”19.   

2.2.2.  Tanto el  inciso  1º  del  artículo  40  de  la  ley  600  de  2000,  actual  Código de  Procedimiento  Penal,  como  el  inciso 1º del artículo 37 del decreto 2700 de  19991,   anterior   ordenamiento   adjetivo,   establecen   que  “el   procesado   podrá   solicitar   que   se   dicte   sentencia  anticipada”.   

Como  quiera  que  esta  figura  implica la  renuncia  al  derecho  de  que  se  agote  de  manera  ordinaria el trámite del  proceso,  la  razón  de  ser  de esta disposición, en el sentido de que sea el  mismo  procesado  y no cualquier otro sujeto procesal quien solicite acogerse al  mecanismo,  responde a la necesidad de garantizar que en todos y cada uno de los  casos  esa  renuncia sea, sin lugar a equívocos, producto de una voluntad libre  de  todo  tipo de apremios, presiones o engaños. Así lo ha entendido de tiempo  atrás la jurisprudencia de la Sala:   

“La  terminación  anticipada  del  proceso,  en su especie genérica recogida por el  artículo  37 del Decreto 2700 de 1991, y la sentencia anticipada y la audiencia  especial  de  que  tratan los artículos 3º y 4º de la ley 81 de 1993,  y  11  de  la  ley  365  de 1997, (artículo 40 de la ley 600 de 2000), constituyen  actos  de disposición del desarrollo de la acción penal, en cuanto permiten al  sindicado  renunciar  a parte del juicio de responsabilidad penal, obteniendo, a  cambio,  una  sustancial  rebaja  de  pena  que  no  lograría por los trámites  ordinarios  del proceso, pues se trata de instituciones jurídicas que se fundan  en  la  conveniencia  que el procesado pueda tomar parte en la definición de su  responsabilidad,  asintiendo  la  acusación  o  conviniendo los términos de la  condena,  según el caso, y renunciando a la actuación procesal subsiguiente al  acto  de  aceptación  con  el  fin  de  que el juez proceda a dictar sentencia.   

”Siendo entonces, por ministerio del rito  que  estos  instrumentos  le permiten al procesado participar activamente en las  decisiones  que  lo afectan, es a este sujeto procesal a quien corresponde hacer  explícita  de  manera  inequívoca,  diáfana y voluntaria la manifestación de  querer  renunciar a la controversia fáctica y jurídica por los hechos punibles  que  le  han sido imputados en la providencia por la cual se le impuso medida de  aseguramiento,  o  se  le  convocó a responder en juicio, según la etapa en la  que  el  proceso  se  encuentre  al  momento  de  la  solicitud,  para  expresar  allanamiento  libre  y  voluntario a los cargos que se le formulen, y aceptar de  esta   manera  su  responsabilidad  penal  por  el  hecho  atribuido”20.   

Lo anterior, sin embargo, no implica que la  manifestación  o  solicitud  por  parte  del  procesado de acogerse a sentencia  anticipada  constituya  un requisito imprescindible o absolutamente necesario en  aquellos  casos  en  los  que  se  verifique  la  observancia al fin último que  persigue  el  legislador,  consistente  en  que  la  renuncia  del directa-mente  interesado  al  derecho  de continuar con el trámite ordinario de la actuación  haya sido real, libre y voluntaria.   

De  ahí  que  la  Sala  haya  estimado  en  pretérita  oportunidad  que la intención del procesado de acogerse a sentencia  anticipada  puede ser ratificada de distintas maneras, incluso con la actuación  posterior   a   la   solicitud   correspondiente   tanto   de  él  como  de  su  defensor:   

“Además  de  que  la  intención del procesado de acogerse a sentencia anticipada surge clara  de  la  manifestación  que hizo  en la indagatoria, su voluntad de hacerlo  aparece  después  ratificada  por  la  actitud de conformidad y acatamiento que  asumió  frente a la decisión de la Fiscal de fijar el 13 de marzo de 1998 para  la  realización de la diligencia de formulación anticipada de cargos, y por la  actitud  asumida  por su defensor antes y después de ella, pues fijada la fecha  para  llevarla  a  cabo  no  se opuso a su celebración, y después presentó un  memorial  dirigido  al  Juez  competente,  donde  solicitaba el otorgamiento del  subrogado     penal     de     la     “libertad     condicional””21.   

En  consecuencia, el trámite para llevar a  cabo  la  sentencia anticipada como mecanismo efectivo de terminación abreviada  del  proceso depende de que en cada situación en particular se demuestre que la  intención  del  procesado  era  la  de  acogerse libre y voluntariamente a esta  figura,  sin  perjuicio de que haya sido expresamente solicitada por él mismo o  tan solo por su defensor.   

2.2.3.  En este  orden  de ideas, cuando el Juzgado Penal del Circuito de San Andrés interpretó  el  alcance del artículo 27 del decreto 2700 entonces vigente (actual artículo  40  de la ley 600 de 2000), ignoró el principio de prevalencia de lo sustancial  sobre  las  formas  previsto  en  el artículo 228 de la Carta Política, ya que  invalidó  la  diligencia de formulación y aceptación de cargos para sentencia  anticipada  con el argumento de que la solicitud expresa por parte del procesado  era  un  requisito  indispensable,  sin  tener en cuenta que la misma actuación  evidenciaba  de  manera  inequívoca que su voluntad siempre fue la de que se lo  condenara anticipadamente.   

En   efecto,   tal  como  se  observa  en  precedencia    (supra  2.2.1),  CRUZ  ÁNGEL HEREDIA ORTIZ no sólo había manifestado su intención de  acogerse  a  la  diligencia  de audiencia especial prevista en el artículo 37-A  del  anterior Código de Procedimiento Penal y, ante la negativa del funcionario  instructor,  su  defensor  señaló  que la voluntad de su protegido consistía,  entonces, en acogerse a la figura de la sentencia anticipada.   

En  otras  palabras, aunque en este caso la  solicitud  para  acogerse  a  sentencia anticipada provino del defensor y no del  procesado,   aquél   dejó   en   claro   que   contaba   con  la  anuencia  de  éste.   

Adicionalmente, les asiste la razón tanto a  la  demandante  como  al  representante  del Ministerio Público cuando adujeron  que,  de  cualquier forma, la diligencia de formulación y aceptación de cargos  no  sólo  ratifica la voluntad de CRUZ ÁNGEL HEREDIA ORTIZ de someterse a este  mecanismo  de terminación abreviada del proceso, sino que además demuestra que  la  misma  fue libre, consciente, asesorada, debidamente informada y sin ningún  tipo de coacciones, presiones o engaños.   

Por   lo   tanto,   no   había   motivo  jurídicamente  atendible  que  impidiera  el  normal  devenir  del  trámite de  sentencia  anticipada  para  este  asunto,  por  lo que el a quo, a pesar de que  manifestó  obrar  en defensa del debido proceso y demás garantías judiciales,  lo  único  que  hizo  con  su  decisión  fue afectar de manera trascendente el  derecho  que  el  procesado  había  adquirido  en forma legítima de obtener la  rebaja  punitiva  prevista para estos efectos y, de paso, menoscabar el interés  de  la  administración  de  justicia  en  ahorrar  recursos y esfuerzos para la  solución eficaz de los conflictos.   

2.3.    La  corrección  de semejante error de actividad, sin embargo, no radica en declarar  la  invalidez de lo actuado, como lo pretende la demandante, en la medida en que  uno  de  los  principios  que  rigen  a  la  declaratoria de nulidad es el de la  naturaleza  residual  de la misma, según la cual se trata de una medida extrema  que  únicamente  puede decretarse cuando no existe otro mecanismo procesal para  subsanar la irregularidad.   

Y,  en el presente asunto, la Sala comparte  el  criterio  del  Procurador  Delegado, en el sentido de que la solución menos  traumática  será  la de casar parcialmente la sentencia objeto de impugnación  y  modificar la pena impuesta en contra de CRUZ ÁNGEL HEREDIA ORTIZ, con el fin  de  reconocerle  la  rebaja  punitiva  a  que  tenga  derecho  en  razón  de la  aceptación    de    los    cargos   que   por   el   delito   de   homicidio   agravado   hizo   en   la  diligencia  de  formulación  y aceptación de cargos que eventualmente rechazó  el a quo.   

Lo  anterior,  sin  embargo,  se efectuará  dentro  del  marco  general  de  la redosificación de la pena que en virtud del  ejercicio  de  la facultad oficiosa que le asiste a la Corte encuentra necesario  realizar  a  continuación  en  este  asunto,  en atención de los principios de  legalidad de la pena y de congruencia entre acusación y sentencia.   

3.  Casación  oficiosa  y  redosificación  punitiva   

3.1.  En aras de  salvaguardar  el  principio  de  congruencia dentro del proceso de dosificación  punitiva,  la  Sala  ha  establecido  una  línea jurisprudencial a partir de la  sentencia  de  23 de septiembre de 2003, según la cual el funcionario no podrá  reconocer  circunstancia  genérica de agravación alguna si no ha sido imputada  clara  e inequívocamente desde un punto de vista jurídico en la resolución de  acusación  o  su  equivalente  (acta  de formulación de cargos o diligencia de  variación  de la calificación jurídica de la conducta), como quiera que tales  agravantes  inciden  de  manera  directa  en  la  determinación  del ámbito de  movilidad  en el que se individualiza la sanción, según el sistema previsto en  la ley 599 de 2000:   

“[…]   el   solo   enunciado  en  la  resolución  de  acusación  del  supuesto  fáctico  que  la  configura  no  es  suficiente  para  que  pueda  ser  deducida  en la sentencia, ya que, como se ha  dicho,  se requiere inequívoca imputación jurídica, sin que ello implique que  figure  en la parte resolutiva de la acusación, ni que se le identifique por su  denominación  jurídica o por la norma que la consagre. Implica, pues, valorada  atribución,  de  tal  suerte  consignada  en  cualquiera  de  las  fases  de la  acusación  que  no  se  abrigue  duda  acerca  de su imputación”22.   

Así  mismo,  la  Corte ha precisado que el  señalamiento  en la acusación de determinada forma  de   participación  plural  de  personas  para  la  realización  de  la  conducta punible (coautoría, complicidad, determinación,  etc.)  no  constituye  por sí mismo una inequívoca imputación jurídica de la  circunstancia   genérica  de  agravación  consagrada  en  el  numeral  10  del  artículo  58  de  la  ley  599  de  2000,  que  se  refiere  al “[o]brar       en       coparticipación       criminal”:   

“[…] en la resolución de acusación o  su  equivalente,  una clara atribución fáctica de la circunstancia relativa al  obrar  en  coparticipación  criminal,  en  cualquiera de sus modalidades, sólo  implica  una  inequívoca  imputación  jurídica  si el organismo instructor la  trató  expresamente  como  una  causal  de  agravación  punitiva  y no de otra  manera,  o  bien  sustentó  de  cualquier otra forma a lo largo de la decisión  que,   debido  a  la  pluralidad  de  autores  o  partícipes,  hubo  una  mayor  afectación  al  bien jurídico, y por lo tanto un mayor grado de reproche desde  el  punto  de  vista  de  la punición, de acuerdo con los concretos aspectos de  cada situación en particular.   

”[…]  En  efecto,  con  acusar  a  una  persona  de  haber  realizado  la  conducta  punible  a título de, por ejemplo,  coautor,  cómplice, autor mediato o determinador, no es posible asegurar que se  está  atribuyendo  para  efectos de la punibilidad circunstancia de agravación  alguna,  ni  mucho menos que se está salvaguardando  el     principio    de    congruencia  en  el evento de que una causal en tal sentido sea reconocida en  el  fallo,  sino  tan  solo  se  está  sustentando  jurídicamente una forma de  participación  que  sirve  como base para argüir que, en atención del respeto  al  derecho penal de acto  o  principio del hecho, el  implicado  debe  responder  por el injusto, a pesar de que sólo lo perpetró de  manera  parcial, o determinó a otro a hacerlo, o no fue su ejecutor material, o  se  valió  de  otro  individuo  como instrumento (o como parte de una cadena de  mando),   o  su  aporte  no  fue  esencial  para  la  consumación  del  delito, o no reunía las calidades  especiales requeridas para el sujeto activo, etcétera.   

”En otras palabras, dado que equívoco  significa  “[q]ue  puede  entenderse o interpretarse en varios sentidos, o dar  ocasión    a    juicios    diversos”23,  cualquier  valoración de unos hechos en la providencia acusatoria, de la que se  desprenda  que  en  la  realización  del  injusto  participaron  varios sujetos  activos,  de  ninguna  manera  constituye  desde el punto de vista jurídico una  imputación  atinente a la circunstancia prevista en el numeral 10 del artículo  58  de  la  ley  599,  anterior  numeral 7 del artículo 66 del anterior Código  Penal,  pues  ésta  bien  puede  ser  vista  como un señalamiento a título de  coautor,  autor  mediato,  cómplice o determinador, según sea el caso, sin que  necesariamente  implique  la  atribución  de una circunstancia merecedora de un  mayor reproche punitivo.   

”Situación distinta ocurre cuando en la  resolución  de  acusación  o  su  equivalente  la  Fiscalía  imputa de manera  expresa   la   causal   de   mayor   punibilidad   concerniente   al   obrar  en  coparticipación  criminal,  ya  sea  mediante  su  denominación jurídica o la  indicación  de  la norma que la consagra, o bien cuando de cualquier otra forma  distinta  a las anteriores la motiva de manera valorada en cualquier parte de la  decisión,  de  tal  suerte  que  se  entienda inequívocamente que lo que está  atribuyendo  con  tal  circunstancia es una mayor gravedad del injusto en razón  del    grado    de    afectación    al   bien   jurídico   que   se   pretende  proteger”24.   

En  el asunto que centra la atención de la  Sala,  la funcionaria de primera instancia, mediante fallo que fue confirmado en  su  integridad  por  el Tribunal, aplicó el sistema de cuartos de la ley 599 de  2000  y  le  impuso  tanto  a  MARTÍN ANTONIO FLÓREZ OSPINO como a CRUZ ÁNGEL  HEREDIA  ORTIZ  la  pena  principal  de  treinta  y tres años y cuatro meses de  prisión   por  la  conducta  punible  de  homicidio  agravado,   después   de   concluir  que  la  sola  atribución   como   partícipes  a  título  de  coautores  la  facultaba  para  individualizar  la  sanción  dentro de un ámbito de movilidad que ubicó en el  tercer  cuarto  de  los  extremos punitivos.   

Como  de  conformidad  con  lo señalado en  precedencia  lo  anterior  de ninguna manera podría entenderse como una clara e  inequívoca  imputación  de  la  circunstancia  prevista  en  el numeral 10 del  artículo  58  del Código Penal (ni tampoco de la señalada en el numeral 7 del  artículo  66  del decreto ley 100 de 1980), y como además en la resolución de  acusación  no  se  advierte  imputación  jurídica alguna de una circunstancia  genérica  de  menor  punibilidad en concreto, la Sala, en aras de garantizar la  eficacia  de los principios de legalidad de la pena y de congruencia, procederá  a hacer la redosificación que en derecho corresponda.   

Por lo tanto, el ámbito de movilidad en el  que  habrá de fijarse la sanción equivale al denominado cuarto mínimo para el  delito     de    homicidio    agravado  previsto  en  el  artículo 104 del Código Penal, que establece  unos  límites  punitivos que oscilan entre los veinticinco y los cuarenta años  de  prisión  o,  lo  que es lo mismo, entre los trescientos y los cuatrocientos  ochenta meses.   

Dicho  cuarto  mínimo,  por  consiguiente,  se  mueve  entre  los  trescientos  y  los  trescientos  cuarenta  y  cinco  meses.  Y  como  quiera  que  el  a  quo,  dentro de un ámbito de movilidad que  oscilaba  de  trescientos  noventa  a  cuatrocientos  treinta  y  cinco meses de  prisión,  impuso una sanción equivalente a cuatrocientos meses (o sea, treinta  y   tres   años  y  cuatro  meses),  la  Sala,  respetando  dicha  proporción,  individualizará  la  pena  en  trescientos diez meses, es decir, en una pena de  veinticinco   (25)  años  y  diez  (10)  meses  de  prisión en contra de MARTÍN ANTONIO FLÓREZ OSPINO  y CRUZ ÁNGEL HEREDIA ORTIZ.   

3.2. Respecto de  dicho  monto, la Sala reconocerá a favor de CRUZ ÁNGEL HEREDIA ORTIZ la rebaja  de  una  sexta  parte  contemplada tanto en el artículo 299 del decreto 2700 de  1991 como en el artículo 283 de la ley 600 de 2000, que dice:   

“Artículo    283-.    Reducción  de  la pena. A quien, fuera  de  los  casos  de  flagrancia,  durante su primera versión ante el funcionario  judicial   que  conoce  de  la  actuación  procesal  confesare  su  autoría  o  participación  en  la conducta punible que se investiga, en caso de condena, se  le  reducirá  la  pena  en  una sexta (1/6) parte, si dicha confesión fuere el  fundamento de la sentencia”.   

Acerca de esta reducción punitiva, la Sala  ha  señalado  que  de  la expresión “confesare su  autoría  o  participación” se deriva que para su  procedencia es posible que la admisión sea cualificada:   

“Confesar  la autoría o la participación en la  conducta  punible,  entonces,  no  es  equivalente a confesar la responsabilidad  penal,  de  lo  cual  no  deja  ninguna  duda  el  contenido  del inciso 2º del  artículo  324  del  Código  de  Procedimiento  Penal.  Y si se tiene en cuenta  –como    se   extrae   de   los   antecedentes  jurisprudenciales        transcritos—  que  lo  que  tradicionalmente se ha discutido es si la rebaja punitiva procede solamente  cuando  se  admite  la  comisión  de  una  conducta  típica,  antijurídica  y  culpable,  o  si  es  posible  hacerlo  también cuando únicamente se acepta la  realización  de  la conducta típica, que es como usualmente se ha entendido la  autoría,  se  deduce que el legislador adoptó la opción de permitir la rebaja  de  pena  frente a los dos tipos de confesión, aunque condicionándola al hecho  de    que    se    constituya    en    el    fundamento    de    la    sentencia  condenatoria”25.   

Así  mismo,  la  Corte ha precisado que la  confesión,  si  bien  tiene que ser fundamento de la sentencia, no requiere que  sea su suporte probatorio determinante:   

“Que  la confesión sea el fundamento de  la  sentencia  no significa, como a veces se entiende, que constituya su soporte  probatorio  determinante.  Si  así  fuese,  la  norma de la reducción punitiva  sería  virtualmente  inaplicable,  pues si la ley impone verificar el contenido  de  la  confesión  (art.  281  cpp),  es  normal que al hacerlo se logren otros  medios  de  prueba  con  la  aptitud  suficiente  para  fundamentar el fallo. El  significado  de  la  exigencia legal está vinculado es, como lo ha señalado la  Corte,  a la utilidad de la confesión. Y si se considera que su efecto reductor  de  la  pena  se  condiciona  a que tenga ocurrencia en la primera versión y en  casos  de  no  flagrancia,  la  lógica  indica  que  fundamenta la sentencia si  facilita  la  investigación  y  es  la  causa inmediata o mediata de las demás  evidencias   sobre   las   cuales   finalmente   se   construye   la   sentencia  condenatoria”26.   

En  el presente asunto, CRUZ ÁNGEL HEREDIA  ORTIZ  no  sólo se presentó voluntariamente ante las autoridades con el fin de  confesar  su participación en la muerte de Álvaro Mario Mosquera García, sino  que  además  tal admisión, aunque no constituyó el único sustento probatorio  de  las providencias, le resultó útil a la administración de justicia en aras  de  establecer  la  acción  concreta  realizada por cada uno de los procesados,  así  como para corroborar las circunstancias concretas que rodearon a la muerte  de la víctima. En palabras del a quo:   

“Entonces  [CRUZ  ÁNGEL  HEREDIA ORTIZ]  dice  la  verdad a medias, pero de su dicho, valorado como indicio, en el cotejo  con  las  abundantes  pruebas,  puede  inferirse que fue visto ocupando la parte  trasera  del  taxi,  junto  a  quien se sentó el infortunado turista, y a quien  atacó  con  un  revólver calibre .38 en dos oportunidades y de manera certera,  como   se   espera   de   alguien  que  ha  trabajado  con  armas”27.   

Por  lo  tanto, la pena de trescientos diez  meses  de  prisión  impuesta  en  contra de esta persona se le reducirá en una  sexta  parte (esto es, en cincuenta y un meses y veinte días), para un total de  doscientos cincuenta y ocho meses y diez días de prisión.   

3.3. Igualmente,  se  le  reconocerá  a  CRUZ  ÁNGEL  HEREDIA ORTIZ la rebaja por haber aceptado  cargos   para   sentencia   anticipada,  de  conformidad  con  lo  anunciado  en  precedencia         (supra        2.3).   

En este sentido, es menester recordar que la  mayoría   de   la  Sala,  en  reciente  decisión28,  ha  reconocido  para los  asuntos  sometidos bajo la ley 600 de 2000 la aplicación retroactiva del inciso  1º  del  artículo  351  de  la ley 906 de 2004, Código de Procedimiento Penal  para el sistema acusatorio, que establece lo siguiente:   

“Artículo    351-.    Modalidades.  La  aceptación  de  los  cargos  determinados  en la audiencia de formulación de la imputación comporta  una  rebaja  hasta  de la mitad de la pena imponible, acuerdo que se consignará  en el escrito de acusación”.   

Así  mismo,  la Sala ha precisado que para  efectos  de  la  dosificación  punitiva  la  determinación  de  la  rebaja que  comporta   el   “hasta   la   mitad  de  la  pena  imponible”  depende  del mayor o menor desgaste en  recursos  humanos  y  técnicos  que  le  haya  ahorrado a la administración de  justicia en el caso concreto:   

“Si  bien el  citado  artículo  351  no  consagra directriz que sirva de guía para encontrar  cuál  es  la  proporción  de reducción sobre la pena finalmente impuesta a la  conducta  punible  realizada  por  el imputado, sí está implícita en la misma  naturaleza  del  instituto,  que  busca  reconocerle  el mérito por su conducta  procesal,  es  decir,  un  premio por optar un camino que significa materializar  los  principios  de  celeridad,  eficacia  y eficiencia insertos en el de lograr  pronta  y  cumplida justicia que orienta la función pública de administración  de justicia.   

”De  esa  forma,  el  fiscal,  si decide  llegar  a  un acuerdo con el imputado a raíz de la aceptación de los cargos en  la  audiencia  preliminar,  o el juez al dictar sentencia si no se celebra pacto  al  respecto,  deberán  sopesar el significado del allanamiento en términos de  la  oportunidad  y rapidez con qué se hizo, la magnitud del ahorro de esfuerzos  y  recursos  investigativos  que  esa conducta post delictual significó, con el  fin  de establecer el porcentaje de disminución de la pena que se fijó para la  conducta    punible    realizada,    que    por    tal    razón    merezca   el  procesado”29.   

En este asunto, como la Sala advierte que la  aceptación  de  cargos para sentencia anticipada se produjo cuando el organismo  instructor  ya  había reunido la mayoría de los elementos de juicio, distintos  a  la confesión calificada de CRUZ ÁNGEL HEREDIA ORTIZ, que utilizó en contra  de  éste  y  del  otro  procesado,  sólo le reconocerá al monto de doscientos  cincuenta  y  ocho  meses y diez días de prisión la rebaja de la tercera parte  de  que  trata  el  artículo  40 de la ley 600 de 2000 (equivalente a ochenta y  seis  meses  y  tres días), aumentada en dos meses y siete días, para una pena  final  que  equivale  a  ciento setenta meses de prisión o, lo que es lo mismo,  catorce   (14)   años   y   dos   (2)   meses   de  prisión.   

En  consecuencia,  la  pena  de prisión en  contra  de  MARTÍN  ANTONIO  FLÓREZ  OSPINO  quedará  reducida a veinticinco  (25)  años y diez (10) meses de prisión,  mientras que la de CRUZ ÁNGEL HEREDIA ORTIZ quedará fijada en  catorce   (14)   años   y   dos   (2)   meses   de  prisión.   

3.4.   En  lo  relacionado  con la pena accesoria de inhabilitación  para  el ejercicio de derechos y funciones públicas,  le  asiste  la  razón al Ministerio Público cuando señaló que los artículos  44  y 52 del anterior Código Penal tan solo contemplaban un término máximo de  diez  años  y,  por  lo  tanto,  es  violatorio  del  principio de legalidad la  sanción  que  le  impuso  el  a  quo de veinte años, que fue ratificada por la  segunda instancia.   

Por  lo  tanto,  la  casación  oficiosa  y  parcial  de  la  sentencia  proferida  por  el Tribunal también comprenderá la  modificación  de  la  pena  accesoria  en  comento,  con el fin de ajustarla al  término  máximo  de  diez  años prevista en la norma aplicable en el presente  asunto.   

4. Cuestión final  

Sería  del  caso pronunciarse acerca de la  configuración  del  fenómeno  de  la prescripción en relación con la acción  penal      que      por      la     conducta     punible     de     favorecimiento  se adelantó en contra  del     procesado     José     Ricardo    Ospino  Segovia,  quien  fuera  absuelto por las instancias,  debido  a  que  el término de cinco años contados a partir de la ejecutoria de  la  resolución de acusación expiró mientras el expediente permaneció más de  cuatro   años   en  la  Procuraduría  General  de  la  Nación,  pendiente  de  concepto.   

Lo   anterior,   sin  embargo,  no  será  necesario,  por  cuanto  la  Sala  ha  dicho  al  respecto  que  “ante  el  doble camino de absolver o decretar la prescripción, el  juez  debe  optar  por  la  solución  que  de manera más acabada restituya los  derechos  conculcados, o cuando menos limitados o puestos en tela de juicio, del  acusado,   y  ella,  no  cabe  duda,  es  el  mecanismo  absolutorio”30.   

Por  lo  tanto,  en  este  caso  es  más  beneficioso  para  los  intereses  de  José Ricardo  Ospino  Segovia  mantener  el fallo absolutorio a su  favor  en  lugar  de  proferir  una  cesación  parcial  del  procedimiento  por  prescripción.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE     SUPREMA    DE    JUSTICIA,  SALA  DE CASACIÓN PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE  

1.   CASAR  parcialmente  el  fallo  proferido  por  el Tribunal  Superior  del Distrito Judicial de San Andrés, Santa Catalina y Providencia, en  el  sentido  de reconocerle a CRUZ ÁNGEL HEREDIA ORTIZ la rebaja punitiva a que  tiene  derecho  por  haber  aceptado  cargos  dentro del trámite para sentencia  anticipada.   

2.       CASAR       oficiosamente   la   sentencia   impugnada,   en   el  sentido  de  modificarles  tanto  a MARTÍN ANTONIO FLÓREZ OSPINO como a CRUZ ÁNGEL HEREDIA  ORTIZ  las  penas principal y accesoria impuestas en atención de los principios  de  legalidad de la pena y de congruencia entre acusación y sentencia, al igual  que  reconocerle  a  este  último  la  rebaja  por confesión de que tratan los  artículos   299   del   decreto   2700   de  1991  y  283  de  la  ley  600  de  2000.   

3.    Como  consecuencia  de  las  anteriores  decisiones,  FIJAR  la  pena  principal  en  contra  de  MARTÍN ANTONIO  FLÓREZ  OSPINO en veinticinco (25) años y diez (10) meses de prisión, y la de  CRUZ   ÁNGEL   HEREDIA  ORTIZ  en  catorce  (14)  años  y  dos  (2)  meses  de  prisión.   

4.  Igualmente,  SEÑALAR  que  la  pena  accesoria  de  inhabilitación  para el ejercicio de  derechos  y funciones públicas será por el término  máximo de diez (10) años previsto en el decreto ley 100 de 1980.   

5.  PRECISAR que  el  fallo objeto de impugnación permanecerá incólume en todo lo demás que no  fue objeto de modificación.   

Contra  esta  providencia, no procede recurso  alguno.   

Cópiese,   notifíquese,   cúmplase   y  devuélvase al Tribunal de origen.   

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ   

Salvamento parcial de voto  

JOSÉ LEONIDAS BUSTOS MARTÍNEZ                                               ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

         

MARÍA   DEL   ROSARIO   GONZÁLEZ   DE  L.             AUGUSTO J. IBÁÑEZ GUZMÁN   

Salvamento  parcial  de  voto                                                                

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS                         YESID RAMÍREZ BASTIDAS   

Salvamento  parcial  de  voto                                                                               Salvamento    parcial   de  voto   

JULIO  ENRIQUE  SOCHA  SALAMANCA                          JAVIER      ZAPATA  ORTIZ   

           

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

SALVAMENTO    PARCIAL    DE   VOTO   

Con  el respeto que siempre he profesado por  las  decisiones  de  la  Sala,  estimo  necesario  salvar  parcialmente  mi voto  respecto  de  lo decidido en el presente asunto, comoquiera que sigo convencido,  como  se analizó en muchas decisiones anteriores en las cuales la tesis primó,  que  no  es  posible  aplicar  por  favorabilidad el porcentaje de atemperación  punitiva  que  para el allanamiento a cargos consagra el artículo 351 de la Ley  906  de  2004,  a  hechos tramitados dentro de los presupuestos procesales de la  Ley 600 de 2000.   

Para  mejor  comprensión de las razones que  facultan  persistir en los motivos que de antaño justificaron decidir de manera  contraria  a como se hace hoy, estimo necesario abordar en esta aclaración tres  puntos concretos:   

    

1. Naturaleza   y   efectos   de  los  principios  de  favorabilidad  e  igualdad.   

2. Disimilitud   entre   los  institutos  de  la  sentencia  anticipada  (artículo  40 de la Ley 600 de 2000) y los acuerdos y preacuerdos que contempla  el Capítulo único del Título ll de la Ley 906 de 2004.   

3. Vulneración  del principio de igualdad a través de la aplicación,  por favorabilidad del artículo 351 de la Ley 906 de 2004.     

1.  En  aclaración de voto anterior, cuando  apenas  se  comenzaba  a discernir sobre la aplicación de la nueva sistemática  acusatoria,  estimé  pertinente  glosar  la  afirmación de la Sala mayoritaria  referida  a  la  posibilidad  de  aplicar algunas normas de la Ley 906 de 2004 a  asuntos  tramitados  en  seguimiento  de lo dispuesto por la Ley 600 de 2000, en  aplicación  del  principio de favorabilidad, de la siguiente manera31:   

“1.2. El principio de favorabilidad y sus  alcances constitucionales.   

La favorabilidad es un principio rector del  derecho  punitivo que aparece consagrado en  el  artículo  29  de  la  Constitución  Nacional  como parte  esencial del debido proceso, en los siguientes términos:   

‘Nadie podrá  ser  juzgado  sino conforme a leyes preexistentes al acto que se le imputa, ante  juez  o  tribunal  competente  y  con  observancia  de la plenitud de las formas  propias de cada juicio.   

En  materia  penal,  la  ley  permisiva  o  favorable,  aún  cuando  sea  posterior,  se  aplicará  de  preferencia  a  la  restrictiva     o     desfavorable’.   

Corresponde por tanto, por su pertinencia,  establecer   cuáles  son  los  alcances  que  la  Constitución  le  asigna  al  mismo.   

Pero antes, es necesario aclarar que aunque  el  concepto  ‘derecho  penal’,  en  sentido  amplio,  es  comprensivo del sistema penal y, por tanto, abarca al derecho penal  sustantivo  o  material,  al  derecho  penal  procesal  y  al  derecho  penal de  ejecución,   sin   embargo,  de  ello  no  puede  seguirse  que  el  legislador  constituyente   hubiera  querido  cobijar  bajo  el  alcance  del  principio  de  favorabilidad  a  todas  las  normas  del sistema penal; empero, tampoco de ello  puede  concluirse  en  el  sentido  de  que el principio sólo alcanzaría a los  preceptos  contenidos  en  el  derecho  penal  material  (Código  Penal y leyes  penales especiales), por lo que conviene precisar lo siguiente:     

* El principio nace  de  la  idea  de que ley penal expresa la política de defensa social que adopta  el  Estado  en  un  determinado  momento  histórico,  en  su  lucha  contra  la  delincuencia.   

* Que   toda  modificación  de  las  normas  penales  expresa  un  cambio  en  la valoración  ético-social  de  la conducta delictiva, en el cómo y en la forma en que ha de  ejecutarse  la  acción  represora del Estado frente a la realización del hecho  delictivo  y  en  las  reglas  de  ejecución  de  la consecuencia jurídica del  delito, esto es, la sanción penal.   

* Consiguientemente,  como  lo  ha  admitido  pacíficamente  doctrina  y  jurisprudencia nacional, la  aplicación  del  principio  de  favorabilidad  no  puede estar limitado sólo a  supuestos  en  los que la nueva norma penal descriminaliza la conducta típica o  disminuye  el  quantum de su pena, sino también, cuando la nueva ley (ley penal  material,  procesal o de ejecución) beneficie al procesado, en el ámbito de su  esfera  de libertad; siendo comprensiva de tal ámbito, entre otras, las medidas  cautelares   personales  y  los  parámetros  de  prescripción  de  la  acción  penal.     

        Por   lo  tanto,  el  baremo  o  medida  de  valoración  para  la  determinación  de la aplicación retroactiva de la ley penal favorable no está  en  que el precepto invocado forme parte del derecho penal material, sino en que  el  mismo  afecte  esferas  de  libertad  del individuo, por lo que es frecuente  encontrar  en  los  códigos  de  procedimiento  penal  normas  de  indiscutible  naturaleza sustantiva.   

Del  análisis  que precede se extraen las  siguientes conclusiones:     

* La prohibición de  aplicación  retroactiva  de  la ley penal se extiende a las normas de contenido  sustantivo  que  se  encuentren  en  leyes tanto materiales como procesales y de  ejecución.   

* Una norma tendrá  carácter  sustantivo,  cuando  afecte  las  esferas  de libertad del imputado o  condenado,  entendiéndose  a  la  libertad  aquí  aludida, como la facultad de  autodeterminarse  que tienen los hombres, sin sujeción a una fuerza o coacción  proveniente  del  exterior,  en  este  caso, del sistema penal. Conforme a ello,  aquellas  normas  contenidas  en leyes penales que afecten, restrinjan o limiten  los    derechos    fundamentales    de    las   personas,   tendrán   carácter  sustantivo.     

Ahora bien, los principios de favorabilidad  y  retroactividad  benigna  de  las normas penales y en particular de las penas,  han  sido  positivizados como expresión de la tutela de los derechos básicos y  fundamentales  de  las  personas en los Estados que se reclaman democráticos de  derecho,   por   lo  que  además   hallan  sustento  en  algunos  tratados  internacionales de protección a los derechos humanos, así:   

     

A. El Pacto  Internacional  de Derechos Civiles y Políticos, cuyo artículo 15.1 en su parte  final  indica que si la ley posterior dispone una pena mas leve, el penado será  beneficiado con los alcances de  dicha norma.   

B. El Pacto de  San  José  de  Costa  Rica, cuyo artículo 9º en su última parte expresamente  declara  que  debe  aplicarse la pena más leve si la nueva ley así lo dispone.     

Y siendo que de acuerdo con el artículo 93  de  la  Carta Política, los tratados y convenios internacionales sobre derechos  humanos,   prevalecen   en  el  orden  interno,  es  decir,  que  se  encuentran  incorporados  a  nuestra  legislación  a  través  de  la  teoría francesa del  “bloque  de constitucionalidad”, es claro que tanto la Convención Americana  sobre  Derechos  Humanos  o  Pacto  de  San  José  de  Costa Rica como el Pacto  Internacional  de  Derechos  Civiles  y  Políticos32,  imponen como obligación  el  respeto  del  principio  de favorabilidad en la aplicación de la ley penal.   

(….)  

1.3.  Materialización  del  principio  de  igualdad en la aplicación de la ley penal favorable.   

La  igualdad  se  halla  instalada  en  el  ordenamiento  jurídico  supremo  como  principio  y  regla  y  a  partir de tal  recepción configura un derecho y una garantía.   

En  su  condición de principio irradia al  resto  del  ordenamiento,  constituye  una  guía  de  apreciación  y, al mismo  tiempo,  se  define  como  un  mandato  de  optimización.  Mandato  que  no  es  disponible  para  los  poderes  constituidos,  y  que  por  tanto  conforma  una  directriz fuerte en la aplicación de la Ley a un caso concreto.   

El principio de igualdad constitucional se  integra  con el concepto de ser mirado como igual y con el de igual tratamiento.  En  su  condición  de  derecho  habilita a los individuos dentro del sistema la  facultad  de  formular  oposición  frente a normas o actos violatorios de aquel  principio  en  términos  generales  o  francamente  discriminatorios  desde  lo  específico,  estatus negativo, o de exigir algún comportamiento determinado de  los poderes públicos, estatus positivo.   

Y,   finalmente,  en  su  condición  de  garantía,  aunque  sustantiva  y  no meramente procesal, en tanto constituye un  presupuesto   para  la  efectividad  de  las  diversas  libertades  o  derechos.   

Por lo tanto, la igualdad como principio y  garantía  tiende a condicionar a los poderes públicos en cuanto al grado de su  consideración  a  la  hora de reglar, omitir o actuar. La igualdad como derecho  interrelaciona  con el resto de los derechos fundamentales, es presupuesto de su  ejercicio  y  está  alcanzado por el principio constitucional que establece que  no hay derechos en su ejercicio absoluto.   

En  el  campo  específico  del  derecho  procesal,  la  jurisprudencia  constitucional tiene establecido que ‘El  someter  las  controversias  a  procedimientos  preestablecidos  e  iguales  no  sólo  garantiza  el derecho de  defensa:  realiza,  en  primer  lugar y principalmente, el principio de igualdad  ante  la  ley,  en  el  campo  de  la  administración  de  justicia.  Y asegura  eficazmente   la  imparcialidad  de  los  encargados  de  administrar  justicia,  mediante        la        neutralidad        del       procedimiento’.33   

Pero  el  texto  de  la ley no es, por sí  mismo,  susceptible  de  aplicarse  mecánicamente  a  todos  los  casos, y ello  justifica  la  necesidad de que el juez lo interprete y aplique, integrándolo y  dándole  coherencia,  de  tal  forma  que  se  pueda realizar la igualdad en su  sentido constitucional más completo.   

A este respecto, la Corte Constitucional ha  resaltado  que  el  contenido  del  derecho  de  acceso  a la administración de  justicia    implica    también    el   derecho   a   recibir   un   tratamiento  igualitario.   

Dijo:  

‘El artículo  229  de  la  Carta  debe ser concordado con el artículo 13 ídem, de tal manera  que      el     derecho     a     ‘acceder’  igualitariamente  ante  los  jueces implica no sólo la idéntica oportunidad de  ingresar  a  los  estrados judiciales sino también el idéntico tratamiento que  tiene  derecho  a  recibirse  por  parte de jueces y tribunales ante situaciones  similares.  Ya no basta que las personas gocen de iguales derechos en las normas  positivas  ni  que sean juzgadas por los mismos órganos. Ahora se exige además  que   en   la  aplicación  de  la  ley  las  personas  reciban  un  tratamiento  igualitario.  La  igualdad  en la aplicación de la ley impone pues que un mismo  órgano  no  pueda  modificar  arbitrariamente  el  sentido de sus decisiones en  casos        sustancialmente       iguales”34.   

        Finalmente,  no  puede  desconocerse  que la aplicación de la ley  penal  favorable  materializa  el  principio de igualdad en la aplicación de la  ley,  en  la  medida  en que es posible que a situaciones fácticas similares se  les  de  tratamientos  normativos  diferentes  en  el  transcurso del tiempo por  fuerza  de  la  cambiante  política  criminal  del  Estado,  los  cuales pueden  resultar  más  o  menos  gravosos  para sus destinatarios, quienes estarían en  ciernes  de  invocar  a  su  favor aquellos preceptos creados en otros contextos  para   regular  de  manera  benévola  situaciones  semejantes,  a  fin  de  ser  receptores  de  igual  merced.  Véase cómo en tales eventos el trato favorable  realiza     el     concepto    de    igualdad    en    los    términos    aquí  analizados.”   

    

1. No se discute ya que, precisamente  en   seguimiento   de  las  pautas  atrás  trazadas,  es  posible  aplicar  por  favorabilidad  algunas  normas  de  la Ley 906 de 2004 a procesos adelantados en  seguimiento de lo dispuesto por la Ley 600 de 2000.     

No  es ello algo que hoy pueda ser objeto de  discusión.    Sin   embargo,   en   tratándose   de   dos   sistemáticas  completamente  diferentes,  comoquiera  que la Ley 906 de 2004 busca implementar  en  el  país  el  modelo  acusatorio,  en  contraposición  a  los dispositivos  anteriores,  de corte inquisitivo o mixto, esa aplicación favorable sólo opera  respecto  de  institutos  similares,  de manera que aquellos propios del tipo de  procedimiento  novedoso,  resultan  de  imposible  entronización en el régimen  anterior.   

Y  ello  es  lo  que sucede con esa forma de  terminación  anticipada  que  con el rótulo de allanamiento a cargos regula la  Ley  906  de  2004,  pues,  como se había sostenido invariablemente por la Sala  mayoritaria  hasta  ahora,  sin  que  existan  nuevos desarrollos legislativos o  argumentos  distintos  a  los  que  para  esa  época  soportaban  la  posición  disidente,  que  obliguen  cambiar  lo  dicho,  no  se  trata  de  un  mecanismo  independiente  que  por  sí  mismo se entienda compartir las aristas básicas o  presupuestos  fundamentales de la sentencia anticipada regulada en la Ley 600 de  2000,  a  la  manera  de  entender  ambas  figuras hermanadas en su naturaleza y  efectos.   

Se  dijo antes, y ahora debo reiterarlo, que  el  allanamiento  a cargos no opera en calidad de figura aislada o refractaria a  las  características  específicas  del sistema acusatorio, sino como instituto  connatural  al  mismo  y,  en  especial,  a  esa forma de justicia consensuada o  premial  que se busca hacer valer, en el entendido, desde luego eficientista, de  que  por  su  naturaleza  resulta imposible tabular a través del juicio oral un  porcentaje muy alto de procesos.   

Por  ello  precisamente  la  Ley 906 de 2004  consagra  institutos claramente dirigidos a buscar esa terminación anticipada o  extraordinaria  de las investigaciones penales, dentro de los cuales destacan el  principio  de oportunidad y lo que en el Título ll se reseña bajo el epígrafe  de  “PREACUERDOS Y NEGOCIACIONES ENTRE LA FISCALÍA  Y EL IMPUTADO O ACUSADO”.   

Bajo  ese  rótulo  genérico  del  Título  segundo  en  cita, cabe relevar, se insertan tanto las negociaciones propiamente  dichas,  como  el  allanamiento  a  cargos,  no sólo porque la simple revisión  exegética  de  la  normatividad  así lo informa, sino en atención a que no se  entienden  ambas  como  figuras disonantes o siquiera alternativas, sino propias  de esa teleología premial arriba destacada.   

No  en  vano el inciso primero del artículo  351  de  la  Ley  906  de  2004 expresamente se refiere al allanamiento a cargos  operado  en  la audiencia de formulación de imputación, para significar que en  ese  momento  procesal  puede  aspirar  la  persona a una rebaja de “hasta    la   mitad   de   la   pena   imponible”,  para,  a renglón seguido, determinar como el consecuente escrito  de  acusación  que por congruencia servirá de base a la necesaria sentencia de  condena,  ha de consignar el acuerdo, no otro distinto, debe señalarse, a aquel  en     el     cual     se     definió    entre    las    partes    –fiscalía  y  defensa-, cuál, dentro  del  ámbito  de  atemperación  regulado  por  la  norma,  será  el porcentaje  concreto a aplicar a favor del procesado.   

Ahora  bien,  en  la  decisión  de  la cual  discrepo  se  pretende controvertir el argumento exegético, significándose que  el  allanamiento  a cargos se encuentra regulado dentro de la Ley 906 de 2004 en  capítulo  distinto  o  independiente  al  único  del  Titulo ll, en el cual se  detalla  lo  concerniente  al campo de preacuerdos y negociaciones, agregándose  que  lo  contemplado  en el inciso primero del artículo 351 se establece apenas  para   “trazar”  los  efectos de ese allanamiento.   

No  parece  que  sea  así,  pues, en primer  lugar,  si  el  tema apenas remitiese a un aspecto instrumental, nada obsta para  que  allí mismo, cuando se regula la audiencia de formulación de imputación y  su  trámite,  se  dejara  sentado  ese  porcentaje  de  reducción, en lugar de  deferirlo  a  un  Título  y  Capítulo  que  contempla un aspecto eminentemente  sustancial,  propio,  como se viene anotando, de la teleología consignada en la  Ley 906 de 2004.   

La evaluación, entonces, es la contraria, si  se  trata  de  respetar  los  valores  y  diferencias  entre  lo sustancial y lo  simplemente procedimental consagrado por la nueva normatividad.   

Vale  decir,  si el allanamiento a cargos se  relacionó  expresamente  en el Título referido al instituto de los preacuerdos  y         negociaciones,        no        apenas        para        “trazar” el porcentaje de reducción  de  pena,  sino  entendiéndolo  mecanismo  propio  de  la  justicia  premial  y  consensuada  desarrollada  en  su único capítulo, lo lógico es comprender que  la   reiteración   accesoria  instituida  en  otros  capítulos,  busca  apenas  establecer  procedimentalmente la forma (momento y modalidad) como ese mecanismo  se  hace  efectivo en el estado procesal en el cual se hace la manifestación de  voluntad del procesado.   

Es  que  ese  allanamiento a cargos no tiene  apenas   un   momento   procesal  de  materialización:   la  audiencia  de  formulación  de imputación -quizás porque se tuvo en mente la aplicación por  favorabilidad  del  máximo  del 50% permitido para esta forma extraordinaria de  terminación  del  proceso-,  obrando  también  posible  que  ello suceda en la  audiencia  preparatoria  (artículo 356, numeral 5°), permitiendo la reducción  de    pena    de    “hasta    en    la   tercera  parte”, y al comienzo de la audiencia de juicio oral  (artículo  367),  aquí  con  una sola opción de atemperación punitiva de una  sexta parte.   

Esa auscultación normativa permite apreciar  que  no se trata de que el legislador buscase ubicar el allanamiento a cargos en  un  apartado  diferente del Título destinado a los preacuerdos y negociaciones,  sino  apenas  de  establecer  cómo  opera procesalmente la figura dentro de los  tres estadios o momentos que la permiten.   

No  es  posible, tampoco, examinar aislada y  descontextualizadamente  el  allanamiento a cargos, como si se tratase apenas de  una  reiteración  de  lo  que  bajo  la  denominación  de sentencia anticipada  consagraba  el  artículo  40  de  la Ley 600 de 2000, dado que además de hacer  parte  de  esa  teleología propia del sistema acusatorio, encaminada a facultar  soluciones  anticipadas  del  conflicto,  irradia  los motivos que impelieron la  expedición  de  la  Ley  890 de 2004, en el entendido que las generosas rebajas  establecidas  en  la  novísima  sistemática,  obligaban,  para hacer valer los  principios  de  legalidad  de  la pena y retribución justa inserta en la misma,  incrementar  los  montos  sancionatorios  definidos  para  la generalidad de los  delitos en el Código Penal vigente (Ley 599 de 2000).   

Entonces,  para  equilibrar los conceptos en  pugna,  como  fiel  de la balanza, a la par con el alto porcentaje de reducción  producto  de  los  acuerdos,  sea  por  la  vía  de  la  negociación  o  de la  aceptación  de  cargos,  se estableció el incremento generalizado de penas, en  una  proporción  de  la  tercera  parte  para su mínimo y la mitad del máximo  (artículo 14 Ley 890 de 2004).   

Por manera que, inescindiblemente, cuando se  trata  de  aplicar  la  atemperación  punitiva  posibilitada  de  entregar  por  ocasión  del  allanamiento a cargos ocurrido en la audiencia de formulación de  imputación,  para  hacerlo  valer  en  la  tramitación  seguida  dentro de los  derroteros  de  la  Ley  600  de  2000,  ello se encuentra atado a la pena legal  establecida  respecto del delito, que no es otra diferente a la consignada en el  Código  Penal,  incluido  el  incremento ordenado por el artículo 14 de la ley  890  de 2004, pues, sólo así se respeta la filosofía del mecanismo, junto con  los  principios  de  legalidad de la pena, retribución justa e igualdad, aunque  este  último  aspecto  lo  abordaré  en  líneas  posteriores,  de manera más  detenida.   

Desde  otra  perspectiva  argumental, aunque  parezca  simplemente  instrumental,  no  puede  soslayarse cómo respecto de las  figuras  en  contrastación  (sentencia  anticipada  y  allanamiento  a cargos),  existe  una  postulación  diferente  en  la  forma  de  aplicar  la  reducción  punitiva,  pues, mientras en el primer caso esa atemperación opera automática,  con   un  porcentaje  fijo  de  la  tercera  parte,  el  segundo  establece  una  progresión  (que  ya  la  Corte  significó  comienza en una tercera parte y un  día, y culmina en el cincuenta por ciento).   

De  ello  se  sigue que no necesariamente la  proporción  a  reducir  es la máxima establecida en el artículo 351 de la Ley  906   de   2004,  corriendo  de  cargo  del  funcionario  judicial  –o de las partes a través del acuerdo  que  regula  el  artículo  en  cita-  señalar  cuál  en  concreto  será  esa  atemperación.   

Ello  no  ocurre con la sentencia anticipada  que  estatuye el artículo 40 de la Ley 600 de 2000, en la cual ningún arbitrio  del   funcionario  judicial  o  negociación  entre  las  partes  faculta  hacer  reducción diferente a la única que permite la ley.   

De allí que ninguna similitud consustancial  pueda   pregonarse   de   institutos   disímiles   en  su  naturaleza,  objeto,  consecuencias y forma de aplicarlas.   

Porque,  si  se trata de que, en seguimiento  del  principio  de   favorabilidad,  se aplique a casos rituados por la Ley  600  de  2000,  la forma de atenuación punitiva establecida en el artículo 351  de  la  Ley  906  de  2004,  ya  de  entrada  se está exigiendo del funcionario  judicial  un  arbitrio  o injerencia que de ninguna manera permite la primera de  las  normatividades  citadas  y  que,  además, implica hacer apreciaciones, ora  objetivas,  ya  subjetivas,  que  por  ninguna  parte  consagra esa tramitación  penal.   

Y,  basta  apreciar la forma en que la Corte  Constitucional   trata   de  solucionar  el  problema,  ofreciendo  al  Juez  de  Ejecución  de  Penas  y  Medidas  de  Seguridad  alternativas  que  le permitan  determinar  el  porcentaje a reducir en el caso concreto, para advertir cómo el  asunto     comporta    bastantes    dificultades35,    que    radican,   debe  repetirse,  en  la  diversa  naturaleza  y  efectos de las figuras que pretenden  homogeneizarse.   

Ahora, han tratado la que hasta hace poco era  posición  minoritaria  de  la  Sala  de  significar  similar  la  figura  de la  sentencia  anticipada, con el mecanismo de allanamiento a cargos, a partir de la  elaboración  más  o  menos detallada de un listado de factores comunes a ambos  institutos.   

Empero,  pienso  que  no es esa una adecuada  forma  de  abordar  el  punto, simplemente porque siempre habrá posibilidad, no  importa  cuán  disímiles  sean las figuras en confrontación, de hallar muchos  factores   comunes,   sin  que  ello,  desde  luego,  signifique  igualación  o  similitud.   

Lo  importante  no es, al respecto, cuántas  circunstancias  afines  se  hallen,  sino  definir  en concreto una naturaleza y  efectos    que    por    su    trascendencia    delimiten    equiparables    los  institutos.   

Asunto que, estimo, dista mucho de ocurrir en  lo  que  respecta  al parangón intentado realizar entre la figura consagrada en  el  artículo  40  de  la  Ley  600  de  2000  y  el mecanismo establecido en el  artículo  351  de la Ley 906 de 2004, dado que si bien comportan muchas o pocas  características  comunes,  es  lo  cierto  que  ellas  son  insuficientes  para  desvirtuar  un  hecho cierto, referido a que se insertan dentro de sistemáticas  diferentes,  verifican  una  teleología  también  distinta  y producen efectos  prácticos incompatibles.   

Al  efecto, apenas para referir a título de  ejemplo  cómo  asoman  deleznables  algunos  de los factores comunes destacados  para  concluir  en  la  simbiosis  supuestamente  existente  entre  la sentencia  anticipada  y  el  allanamiento  a  cargos,  resulta  cuando menos controversial  sostener  que  ambos  institutos  se  hermanan porque en la sentencia anticipada  antes  de  aceptarse  esa  postulación  del  procesado,  éste  ya ha tenido la  oportunidad   de   haber  sido  oído  dentro  del  proceso,  en  diligencia  de  indagatoria,  y de ejercer los derechos de defensa y de contradicción, algo que  supuestamente  también  ocurre con el allanamiento a cargos, dado que ya existe  formulación de imputación.   

Una  tal  afirmación  olvida  que  en  su  naturaleza  ese  acto  de  formulación  de  imputación es de comunicación por  parte  de  la  fiscalía,  pero, en estricto sentido, no implica que el imputado  haya  sido  oído  (por la razón obvia de que no existe indagatoria), ni que se  ejerza  amplia y materialmente el derecho de contradicción, porque allí, entre  otras  cosas,  como  lo  han sostenido de consuno la Corte Constitucional y esta  Corporación,  no  existe  obligación para la fiscalía de que haga algún tipo  de descubrimiento probatorio.   

Así, no puede ser lo mismo, por mucho que se  pretenda  ejercitar  la  dialéctica, que el procesado, en la sistemática de la  ley  600  de  2000,  pueda  conocer  todas  las  pruebas  (plenamente vigente el  principio  de permanencia de las mismas) y además exponga su particular visión  de  lo  ocurrido,  remitida a contradecir esas pruebas, a que, cual ocurre en la  sistemática  de  la  Ley  906 de 2004, se le cite a una audiencia en la que, en  términos  estrictos,  el  fiscal simplemente le comunica cuáles son los hechos  por  los  que  se le investiga y su significación jurídica, sin posibilidad de  pronunciarse  respecto  de  ellos  en  aras  de pregonar inocencia o ausencia de  participación  (para ejercer la inexistente defensa que pregona la sentencia de  tutela),  ni  mucho  menos ejercer el derecho de contradicción respecto de unos  elementos  materiales  probatorios, evidencia física o informes que no conoce o  puede exigir conocer.   

Algo  similar  ocurre  con la manifestación  efectuada  en  la  sentencia de revisión de tutela, atinente a que la sentencia  anticipada  comporta  la  confesión  simple  del  procesado,  y otro tanto debe  entenderse ocurre con el allanamiento a cargos.   

Para  quienes  conocen  la  naturaleza  del  sistema  acusatorio  consagrado  en la Ley 906 de 2004, no puede significar más  que  un  despropósito la afirmación de que el allanamiento a cargos traduce la  confesión  simple  del procesado, por la potísima razón que esta normatividad  no  consagra como prueba, o siquiera evidencia, esa manifestación unilateral de  responsabilidad penal.   

Se   busca,   sí,  superar  esa  evidente  dificultad,  señalándose  que  “se  trata de una  idea de confesión en sentido natural”.   

¿Qué  es  una  confesión, si nos hallamos  dentro  de  un  procedimiento  penal,  en  “sentido  natural”?, vaya uno a saber, pero asoma claro que si  esa  confesión  no  tiene efectos jurídicos o procesales, pues, sencillamente,  de  nada  sirve  para fundamentar la posición encaminada a definir equiparables  los  institutos  de  la  sentencia  anticipada  y allanamiento a cargos, bajo el  argumento   de  que  ambos  comportan  una  confesión  que,  finalmente,  asoma  completamente disímil en su naturaleza y efectos.   

Por  último,  en  lo  que a la crítica del  método   de   equiparación  compete,  no  puede  ser  argumento  válido  para  parangonar  como  similares  ambos  institutos  de  terminación  anticipada del  proceso,  acudir  a  los  principios  que  informan  el proceso penal en general  (lealtad,  publicidad,  eficiencia,  presunción  de  inocencia), comoquiera que  ellos,  por su naturaleza general, permean todas cuantas instituciones consagran  ambos  sistemas  (dado que son soporte  de los dos) y, en consecuencia, una  inferencia  lógica  obtenible  a  partir  de  allí  perfectamente  llevaría a  conclusiones  tales  como  que  el  principio  de  oportunidad  es  similar a la  sentencia anticipada, y todas las demás que quieran hacerse.   

En  suma,  no  se  ha  ofrecido un argumento  contundente  que signifique efectivamente similares o asimilables los institutos  de  la  sentencia  anticipada,  disciplinado en el artículo 40 de la Ley 600 de  2000,  y  el  allanamiento  a  cargos  que  consagra  la  Ley 906 de 2004. Y, en  contrario,  sigue siendo válido sostener que el segundo de los mecanismos opera  consustancial  a  la teleología propia de la sistemática acusatoria pretendida  implementar  en el país, con una naturaleza, efectos y aplicación material que  en mucho se apartan de la sentencia anticipada.   

3.   Se  anotó  en  el  primero de los  puntos  tratados  que  el  principio  de  favorabilidad constituye desarrollo, o  mejor,  efectivización  del principio de igualdad, dado que, finalmente, lo que  se  busca  con  la  aplicación  ultractiva o retroactiva de la norma no vigente  para  el momento de los hechos, es equiparar la condición del procesado a la de  aquellos otros a quienes se aplica esta en toda su extensión.   

          En  este sentido se sostiene que la decisión de aplicar a favor del  procesado,  para  el  caso  concreto,  el  porcentaje  de atemperación punitiva  dispuesto  en  el  artículo  351 de la Ley 906 de 2004, no obstante ocurrir los  hechos  y verificarse su tramitación en vigencia de la Ley 600 de 2000, obedece  a la necesidad de dar aplicación a ese principio de igualdad.   

          Supone  el  argumento,  para  trasladarlo al campo práctico, que se  advierte  en  las  personas sometidas al procedimiento establecido en la Ley 600  de  2000,  quienes, acogiéndose al instituto de la sentencia anticipada durante  el  período  de  la  instrucción, sólo recibieron un descuento punitivo de la  tercera  parte,  una  especie  de  trato desfavorable o desigual frente a lo que  sucede  con  aquellos  que  al  día  de  hoy  se allanan a cargos en sede de lo  dispuesto  por  el  artículo  351  de la Ley 906 de 2004, razón que amerita la  intervención  de  la judicatura, en seguimiento del principio de favorabilidad,  para    otorgarles    un    trato    que    equipare    esas   dos   condiciones  disímiles.   

          Sucede,  sin embargo, como paradoja fundamental, que la decisión de  aplicar  el  principio  de  favorabilidad  lejos de respetar o hacer material el  principio de igualdad, instituye una desigualdad odiosa.   

          Es   que,  cuando  menos  contradictorio,  debe  asumirse  que  para  favorecer  a  la  persona juzgada bajo los parámetros de la Ley 600 de 2000, se  termine  inclinando  tanto  el  fiel  de  la balanza, que en lugar de igualar su  condición  a  la de los imputados sometidos al imperio de la nueva sistemática  acusatoria,  termina  ella  obteniendo beneficios mayores a los que se otorgan a  quienes  se  allanan  a  cargos  en  curso  de  la  audiencia de formulación de  imputación regulada por la Ley 906 de 2004.   

          En  efecto,  para  objetivarlo  con un ejemplo elemental, si para el  delito  por  el cual se juzga a la persona, se establece en el Código Penal una  pena  mínima  de  2  años, y esa persona se acoge al mecanismo de la sentencia  anticipada  establecido  en  el  artículo  40 de la Ley 600 de 2000, durante la  fase  de  investigación,  el  porcentaje  de  rebaja de pena (suponiendo que se  parta  del  mínimo  de  la  sanción)  de  la  tercera parte, implicará que la  sanción derive en 16 meses de prisión.   

          Pero,  si  se  le  aplica  por  favorabilidad  lo  dispuesto  por el  artículo  351  de  la  Ley 906 de 2004, en su mayor cantidad de reducción, esa  pena se ve disminuida a 12 meses de prisión.   

          Cosa  distinta  ocurre  con la persona juzgada bajo la férula de la  Ley  906 de 2004, pues, en el mismo ejemplo, el delito debe incrementarse en una  tercera  parte  por ocasión de lo dispuesto en el artículo 14 de la Ley 890 de  2004,  hasta  delimitar  su  mínimo  en 32 meses, los cuales, disminuidos en el  mayor   porcentaje  de  rebaja  por  allanamiento  a  cargos,  descienden  a  16  meses.   

          Evidente   surge,  entonces,  que  la  aplicación  retroactiva  del  principio  de  favorabilidad  no  iguala  a  las personas sino que establece una  ventaja  caprichosa  e  incluso  ilegal  (en  términos de la pena y su función  retributiva).   

          Nótese  que,  en  el ejemplo propuesto, la pena a la cual accede el  procesado  que  se  acoge a sentencia anticipada en la sistemática derogada (16  meses),  resulta  igual a los 16 meses que debe purgar el imputado que recibe el  máximo  beneficio  por  allanarse  a  cargos,  por manera que, huelga anotarlo,  ningún  provecho,  en  términos  reales, puede aspirar a recibir el primero de  los  mencionados,  simplemente  porque, examinada en todo su contexto la figura,  no  resulta  más  conveniente para él acceder a lo establecido en la novísima  normatividad.   

          Es  que,  precisamente,  la  imposibilidad ostensible de igualar las  condiciones  de  los  procesados  en ambos sistemas obedece a que necesariamente  debe   examinarse   el   tópico   de   la   favorabilidad   desde  una  óptica  contextualizada   que  tome  en  consideración  no  sólo  la  teleología  del  instituto  de  allanamiento  a cargos establecido en la Ley 906 de 2004, sino su  inescapable vinculación con lo dispuesto por la Ley 890 de 2004.   

          En  estas  condiciones,  si  de  verdad se tratase de hacer valer el  principio  de  favorabilidad  desde  una  postura  que en lugar de sacrificar el  principio  de igualdad que es su norte y finalidad, lo haga válido y operativo,  indispensablemente  habría  que incrementar la pena de la forma prevista por el  artículo  14  de  la  Ley 890 de 2004, para luego hacer la reducción permitida  por  el  artículo  351  de  la  Ley  906 de 2004, en los casos en los cuales la  persona  cuyo proceso se tramitó por lo dispuesto en la Ley 600 de 2000, aspire  a que se aplique en su beneficio el principio en cuestión.   

          Pero  ello,  como se habrá advertido, no representa en la práctica  ninguna  diferencia (en ambos casos, dentro del ejemplo ideal propuesto, la pena  será  de 16 meses), sencillamente porque no es necesario igualar, a través del  fenómeno  de la favorabilidad, lo que el legislador ya ha igualado.  Mucho  menos  si  bajo  ese prurito se termina discriminando de manera odiosa a quienes  vienen siendo juzgados dentro de la órbita del sistema acusatorio.   

          De los señores Magistrados,   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Magistrado  

Fecha    ut  supra.   

SALVAMENTO PARCIAL DE  VOTO  

Con  el  debido  respecto por la decisión  mayoritaria,  consigno  a  continuación  los  motivos  que me llevaron a salvar  parcialmente el voto, así:   

Considero que resultaba improcedente haber  aplicado  en este asunto la figura consagrada en el inciso primero del artículo  351  de la Ley 906 de 2004, es decir, que se hubiese concedido la rebaja de pena  allí   contemplada,   cuando  es  evidente  que  dicha  normatividad  resultaba  inaplicable  en  la medida en que la antigua sentencia anticipada contemplada en  la  Ley  600 de 2000 no encuentra igualdad en el nuevo juicio oral que, sin duda  alguna, varió radicalmente el sistema procesal penal colombiano.   

Surge   evidente   que  la  comparación  institucional  de las dos figuras, es decir, la sentencia anticipada del sistema  procesal  anterior  y  la aceptación de cargos actualmente reglada en la citada  Ley  906  de  2004 no son iguales, toda vez que pertenecen a sistemas procesales  de   enjuiciamiento   contrapuestos,   conclusión   lógica   y  jurídica  que  necesariamente   conlleva   a   excluir   la   aplicación   del   principio  de  favorabilidad,  pues si bien es cierto que la jurisprudencia de Sala ha admitido  la   operancia   de   la   favorabilidad   frente  a  la  “coexistencia”  de  legislaciones,  también  lo  es  que  ella  se  verifica  siempre  y cuando los  institutos  partan  de  los  mismos supuestos jurídicos de hecho, evento que en  este caso no ocurre.    

Es  verdad  que en la legislación anterior  (Ley  600  de  2000)  y  en  la  actual  (Ley  906  de  2004)  se  contempló la  terminación  anticipada del proceso. No obstante, estos institutos no coinciden  en  sus  estructuras,  pues  si  bien  ambos  finalizan  la actuación de manera  “anormal”        o        “abreviada”,  también  hay reconocer  que  tal  como  fueron  concebidos  obedecen a una mecánica jurídica distinta,  pues  contemplan  desarrollos  y  alternativas procesales disímiles. Y si   bien     es     cierto     que    la    sentencia   anticipada   y  la aceptación de cargos tienen génesis en el derecho  penal  premial,  también lo es que cada una guarda características propias que  adheridas a un sistema determinado las hacen diferentes.   

Recuérdese que en el Decreto 2700 de 1991,  modificado  por la Ley 81 de 1993, y de acuerdo con el sistema mixto que operaba  para  ese  entonces, se incorporaron los institutos de sentencia anticipada y de  audiencia   especial,   según   los   artículos  37  y  37A,  respectivamente.   

En   el   primero,  el  procesado  podía  manifestar  la  aceptación  de cargos tanto en la etapa de instrucción como en  la  del  juicio,  posición  que  le hacía acreedor a una determinada rebaja de  pena;  mientras  que  en  el segundo, el fiscal y el sindicado, luego de haberse  resuelto  la  situación jurídica de éste y antes del cierre de la etapa de la  instrucción,  llegaban a un acuerdo en torno a “la  adecuación  típica,  el  grado de participación, la forma de culpabilidad, la  circunstancias  del  delito,  la pena y la condena de ejecución condicional, la  preclusión  por  otros  comportamientos  sancionados  con pena menor, siempre y  cuando     exista    duda    probatoria    sobre    su    existencia”,  acuerdo de voluntades que debía ser aprobado por el juez de  conocimiento,  llegando  incluso  su competencia a formular observaciones acerca  de  la  legalidad del mismo o dictar el correspondiente fallo de mérito, dentro  del cual determinaba el quantum punitivo.   

Luego, con la entrada en vigencia de la Ley  600  de  2000,  en  su  artículo  40  se  consagró  la  sentencia  anticipada,  excluyéndose  la  llamada  audiencia  especial, instituto aquél que mantuvo la  estructura  inicialmente  prevista por el legislador, toda vez que la iniciativa  siguió  siendo  un acto unilateral y voluntario del procesado y la consecuencia  penológica   debidamente  delimitada,  según  la  etapa  procesal  en  que  se  presentara  la solicitud, es decir, una tercera parte en la investigación y una  octava en la causa.   

Posteriormente, expedida la Ley 906 de 2004,  normatividad  que no sólo comportó la simple promulgación de un nuevo Código  de  Procedimiento  Penal, sino un cambio estructural del modelo de procesamiento  en  materia  penal, según la reforma constitucional que al respecto se llevó a  cabo  a  través  del  Acto Legislativo 03 de 2002, conllevando la inclusión de  trascendentales  principios  e  institutos para su cabal funcionamiento que, sin  duda,  difieren  notoriamente  del anterior sistema, contempló las modalidades   de  la  aceptación  de  cargos  y  los preacuerdos entre la fiscalía y el imputado o acusado, según el  Título II, capítulo Único, artículos 348 a 354).   

De igual modo, consecuente con la filosofía  de  la  nueva  legislación  penal,  debe  precisarse  que  el actual sistema se  encuentra  edificado sobre varios principios fundamentales, dentro de los cuales  se  halla  el  de  celeridad  y  eficacia  de  la  administración  de justicia,  postulados  que  necesariamente  llevan  a  la  búsqueda  de una actuación que  implique  el  menor desgaste de la justicia sin desconocer lo valores superiores  de  justicia, equidad y efectividad del derecho material y que, al mismo tiempo,  se  constituya  en  un  instrumento  que  prevenga y combata de manera eficaz la  criminalidad en todos sus órdenes.   

Siendo ello así, el sistema está diseñado  para  que  el derecho penal premial sea, en gran medida, parte estructural de la  solución  de  los  conflictos  que  conoce el derecho penal. Por ello es que el  legislador  previó  en  este  nuevo  modelo  de  proceso  penal  el  Título de  “PREACUERDOS  Y NEGOCIACIONES ENTRE LA FISCALÍA Y  EL  IMPUTADO  O  ACUSADO”, institutos jurídicos de  los  cuales  tanto la fiscalía y el imputado o acusado, según el caso, podrán  utilizar    como    una   manera   de   terminar   de   manera   “abreviada” el proceso.   

En  otros  términos,  el  novedoso sistema  está  diseñado  para  que  a  través  de  las  modalidades del allanamiento o  aceptación  de cargos y las negociaciones y acuerdos se finiquiten los procesos  penales,  previendo  que  estas  alternativas  sean  las que en mayor porcentaje  resuelvan  los  conflictos,  obviamente  sin  desconocer  los  derechos  de  las  víctimas  y  de los terceros afectados con la comisión de la conducta punible,  partes  que  en  este esquema recobran un mayor protagonismo dentro del marco de  justicia restaurativa.   

Teniendo en cuenta la estructura del proceso  penal,  la  idea  es  que  el  mismo  se  finiquite  de  manera  “anormal”,  es decir, a través de la  “terminación         abreviada”,  procurándose que ésta sea la vía que normalmente de fin a  la  actuación  con  sentencia  condenatoria,  ya  que,  insisto, la concepción  filosófica  que  constitucional y legalmente sustentan el sistema conduce a que  así se culminen la mayoría de las actuaciones.   

Y  no  hay  duda  que  el  allanamiento  o  aceptación  de  cargos  se  puede  presentar  en  varias  ocasiones procesales,  identificables  y precisas en su invocación, dentro de las cuales el legislador  de  manera  expresa  regula  la intervención tanto del fiscal como del juez, al  punto  que,  según  su  regulación en cada momento procesal, necesariamente se  impone  entender que las consecuencias jurídicas de éste difieren notoriamente  de  la  sentencia  anticipada  contemplada en la Ley 600 de 2000, premisa que me  permite   concluir   que   la   Sala   no  debió  dar   aplicación   en   este  caso  del   mencionado  artículo   351   de  la  Ley  906  de  2004.   

En los anteriores términos dejo plasmados  los   argumentos   que   me   llevaron   a   disentir   de  la  mayoría  de  la  Sala.   

Cordialmente,   

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Magistrado  

Fecha, ut supra.  

SALVAMENTO PARCIAL DE VOTO  

Respetuosamente  manifiesto mi discrepancia  frontal  con  la  decisión  que por mínima mayoría se ha impuesto ahora en la  Sala,  al  entender  que  no  es  posible  aplicar  a hechos que se rigen por el  artículo  40  de  la  Ley 600 de 2000 el inciso 1° del artículo 351 de la Ley  906  de  2004,  de  donde  resulta  imperativo  para  los  servidores judiciales  incluido  el juez de casación, corregir los   -en mi sentir- desvíos  que  en  tal sentido se lleguen a producir sin que con ello se vulnere principio  constitucional  alguno  pues  semejantes  decisiones  no  pueden  ser  fuente de  derechos,   y   la   providencia   que  en  instancias  los  avale  no  se  puede  tolerar y, menos, dejar que  produzca efecto alguno.   

El     principio     nullum  crimen,  nulla  poena sine lege  representa  no  solo  un  límite  formal  al  poder  punitivo  del Estado, sino  también  uno  material que… se ciñe a castigar las perturbaciones más   graves   de  la  vida  en  sociedad…  el  de  legalidad  es  un  principio  de  racionalización  del  castigo  que…  al  orden de las infracciones, según la  seriedad  del mal que  causan, ha de comprender el de las sanciones, según  su  gravedad36.   

Las razones que me acolitan se expondrán de  acuerdo con la secuencia que sigue:   

     

I. Legitimación de las providencias judiciales.   

II. Interpretación en Derecho Penal.   

III. La pena, sus fines y la culpabilidad.   

IV. Sistema acusatorio: axiología y literalidad.   

V. Conclusiones. Y,   

VI. Refrendación de un criterio.     

                    

El principio de  legalidad  de  la  pena  es  una  garantía  para el  procesado  y  también  para  la   sociedad, en el sentido de que el Estado  impondrá  las  que  hayan  sido  estatuidas previamente a la realización de la  conducta   punible,   dentro   de  los  límites  cuantitativos  y  cualitativos  consagrados  en  el  ordenamiento jurídico, sin que se puedan imponer penas por  arbitrio  o  imaginación   del  juez,  que  no  respeten  los  parámetros  legales,  con  quebranto  de  la  igualdad y de la seguridad jurídica”. Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Penal, casación de 7 de marzo de 2007,  radicación  25.385,  M.  P.,  Dr.  Álvaro O. Pérez Pinzón. Agréguese que el  olvido,  el error o el delito judicial no pueden crear derechos, como tampoco la  negligencia de  la Fiscalía o de la Procuraduría para recurrir, que a menudo  se  trae  como pretexto de convalidación de esos fraudes a la Constitución y a  la              Ley             válida37.   

I  

Legitimación   de   las   providencias  judiciales   

1.  La  mejor manera de legitimar un criterio jurídico es a través del  soporte  argumental  que  lo  acompañe.  Así  lo  reclama  además  el derecho  fundamental  de partes e intervinientes procesales a la  motivación de las  providencias,  el  garantismo  penal  dispuesto hoy no aberrantemente a favor de  una  sola  de  las  partes  sino  de  todas38   y  una  judicatura democrática, igualitaria e imparcial.   

Y  significa  la  fuente  de  seriedad  y  fortaleza  de  los planteamientos afincados en la axiología de la racionalidad,  de  la razonabilidad, de la proporcionalidad y de la ponderación, principios de  la  más  alta alcurnia  en cualquier variable del Estado de Derecho,   que   tiene   como   sus   valores   más  caros  la  dignidad  de  todos  los  seres  humanos  (para  el caso  involucrados  en  el proceso penal), la justicia, el orden justo, y, si se trata  del  Estado  Social  de  Derecho  (artículo  1 Const. Pol.), la igualdad, y que  tiene  entre  sus  fines,  el  de  facilitar  la  participación de todos   en   las   decisiones   que   los  afectan   (artículo  2  Const.  Pol.)  y,  si  es Estado Constitucional de  Derecho,  con  un  Poder  Judicial  rectorizado  por  una  “jurisprudencia  de  principios”  que  ha   llevado  en  Colombia  a que sus más altos jueces  penales    por    unanimidad    ponderen  (artículo 27 cpp-04):   

Hay  que  resaltar la necesidad de que la  judicatura  comprenda  el  papel  que  juegan  sus decisiones en el contexto del  sistema  penal  y  del  modelo  estatal  del  que  hace  parte  por  cuanto  las  democracias  constitucionales  son  fundamentalmente  Estados  de  Justicia;  es  decir,  Estados que en el contexto de una democracia participativa y pluralista,  llevan  a  una  nueva dimensión los contenidos de libertad política del Estado  Liberal  y  de  igualdad  del  Estado Social. Por ello, cada acto de los poderes  constituidos,   incluido   el   Poder   Judicial,  se  halla  vinculado  por  la  Justicia   como  valor  superior   del  ordenamiento  jurídico,  como  principio  constitucional,  como  derecho  y  aún  como deber estatal, de donde resulta imperioso que los jueces,  al  emitir  sus  pronunciamientos,  no  se  preocupen  solo  por  la corrección  jurídica  de  sus  decisiones sino también por la  necesidad de armonizar  esa  corrección  con  contenidos  materiales  de  Justicia  porque  de lo   contrario,  la  judicatura  colombiana  no  habría  dado un solo paso desde las  épocas     del      más    rígido    formalismo    jurídico39.   

2.  La  práctica  del  Derecho consiste en  argumentar  porque,  como  dice Atienza, esta cualidad es la que mejor define lo  que  se entiende por buen jurista: capacidad para idear y manejar argumentos con  habilidad40.   

En  procesos  judiciales  en  los  que  se  resuelven  problemas  jurídicos simples  o  rutinarios  es  común  que  el  esfuerzo  argumentativo  del  juez  se  reduzca a hacer una  inferencia  entre  el  supuesto  fáctico  y  la  norma; pero en los denominados  casos  difíciles,  en los  que  la  relación entre la premisa fáctica y la premisa normativa exige nuevas  argumentaciones  que  pueden o no ser deductivas, la validación de la decisión  requiere   además   de   una   justificación  interna  (corrección  desde  la  perspectiva  lógica-deductiva),  de  una  justificación  externa que impone ir  más  allá  de  la  lógica  en  sentido  estricto41.   

3.  A  partir  de  los  desarrollos  teóricos de mitad del siglo pasado  (Viehweg,  Perelman  y  Toulmin)  y de las propuestas de autores contemporáneos  (MacCormick  y  Alexy),  se  ha  consolidado  lo  que  se  denomina teorías  de la argumentación jurídica,  las que sirven, entre otras cosas, para señalar que   

Una  decisión  judicial  se  considera  justificada  cuando  el argumento cuya conclusión expresa el contenido de dicha  decisión  es  un  buen argumento o un argumento sólido. El argumento contenido  en  una sentencia judicial es sólido cuando el conjunto de sus premisas (normas  jurídicas   más   enunciados  fácticos)  es  aceptable  y  su  estructura  es  lógicamente                correcta42.   

4.  Modernamente  las  decisiones  judiciales  se  profieren teniendo en  cuenta  criterios  de  razonabilidad y proporcionalidad que se edifican a partir  de  un  «test»,  entendido  como  una guía metodológica que se desarrolla en  tres   etapas  que  intentan  determinar:  (i)  La  existencia  de  un  objetivo  perseguido  a  través  de la norma. (ii) La validez de ese objetivo a la luz de  la  Constitución. Y, (iii) La razonabilidad de la relación de proporcionalidad  entre ese trato y el fin perseguido.   

5.  El  concepto  de razonabilidad puede ser aplicado satisfactoriamente  sólo  si  se concreta en otro más específico, el de «proporcionalidad», que  se     integra     con    tres    subcategorías43:  (i)  La adecuación de los  medios  escogidos  para la consecución del fin perseguido. (ii) La necesidad de  la  utilización  de  esos  medios para el logro del fin (esto es, que no exista  otro  medio  que  pueda  conducir  al  fin  y que sacrifique en menor medida los  principios  constitucionales  afectados  por el uso de esos medios). Y, (iii) La  proporcionalidad  en  sentido  estricto  entre  medios  y  fin, es decir, que el  principio  satisfecho  por  el  logro  de  este  fin  no  sacrifique  principios  constitucionalmente más importantes.   

La  proporcionalidad  sirve  como  punto de  apoyo   de   la   ponderación   (artículo   27   cpp-2004)   entre  principios  constitucionales:   cuando   dos  principios  entran  en  colisión,  porque  la  aplicación  de  uno  implica  la  reducción  del campo de aplicación de otro,  corresponde  al  juez determinar si esa reducción es proporcionada, a la luz de  la  importancia del principio afectado, y entonces se sopesan (ponderan) los dos  principios  que entran en colisión en el caso concreto para determinar cuál de  ellos  tiene  un  peso  mayor  en las circunstancias específicas, y, por tanto,  cuál de ellos prima la solución del caso.   

En  esta  variante  (de  prohibición  de  protección  deficiente),  el  principio  de  proporcionalidad  supone  también  interpretar  los derechos fundamentales de protección como principios y aceptar  que   de   ellos  se  deriva  la  pretensión  prima  facie de que el legislador los garantice en la mayor  medida    posible,   habida   cuenta   de   las   posibilidades   jurídicas   y  fácticas44.   

Estas  premisas teóricas de argumentación  han  permitido  monolíticamente  a  la  Sala  de  Casación  Penal,  al  buscar  proporcionalidad  entre  los derechos de los victimarios, afincados regularmente  en   el   carácter   absoluto  de  los  derechos  de  primera  generación  del  decimonónico  Estado  Liberal  de  Derecho,  y  los  derechos  de las víctimas  (Estado  Social  y  Democrático  de  Derecho,  y  del  Estado Constitucional de  Derecho  –garantismo  de  los derechos de todos-), a ponderar que los últimos priman:   

No  se debe desconocer que en situaciones  de  sucesión o coexistencia de leyes ha de ser tenido en cuenta el principio de  favorabilidad,  sin  olvidar  que  en supuestos límite dicho postulado debe ser  ponderado  frente  a otros fines, valores y derechos fundamentales que lo pueden  hacer   ceder   y   producir   su   inaplicación45.    

II  

Interpretación en Derecho Penal  

Garantismo   designa   una   filosofía  política  que impone al Derecho y al Estado  la carga de la justificación  externa  conforme  a  los  bienes  y  a  los  intereses  cuya tutela y garantía  constituye  precisamente la  finalidad de ambos. En este último sentido el  garantismo  presupone  la  doctrina  laica de superación entre Derecho y Moral,  entre  validez y justicia,  entre   punto   de   vista   interno   (jurídico)  y  punto  de  vista  externo  (ético-político)  en  la valoración del ordenamiento,  es  decir,  entre  “ser”  y “deber ser” del  derecho46.   

1.  Es  la  operación  mediante la cual se  trata  de  asignar  sentido a los enunciados jurídicos, determinar su contenido  de  significado  y,  con  ello, su alcance normativo, proceso interpretativo que  parte  del  tenor  literal de los enunciados jurídicos que constituyen su   objeto,  criterio  gramatical-normativo  básico  en  derecho  penal  asociado a  consideraciones de seguridad jurídica y legitimidad democrática.   

La intención del legislador se consigna en  consideraciones  gramaticales  que  cuentan  mucho en la adscripción de sentido  del   enunciado  jurídico  porque  la  interpretación  es  principalmente  esa  asignación  en  el  marco  del  campo de sentido literal posible del mismo, que  además  tiene  que  ver  con  la integración del enunciado legal en un esquema  racional ordenado a la realización de una idea de Derecho.   

2.   La   doctrina  y  la  jurisprudencia  dominantes  señalan  que una interpretación constitucionalmente legítima debe  ser   respetuosa  del  tenor  literal  del  enunciado  y  mostrar  razonabilidad  axiológica;  adecuarse  a  la   orientación  material  de  la norma y ser  coherente  con  el  acervo  axial (plano político-jurídico), aspecto éste que  prima   en  aquellos  casos  de  fricción  con  la  literalidad  del  enunciado  jurídico-penal.  Vale  decir: no puede existir en la hermenéutica una absoluta  disolución  de  la  legalidad  positiva  pero  se  debe  buscar la racionalidad  teleológica,  cuál  es  el fin de la norma tanto como método para interpretar  su enunciado como resultado de la interpretación.   

3.  La  interpretación teleológica de los  enunciados   jurídico-penales   señala   que   ellos  tienen  un  telos,  que  se  puede  llamar “fin de  regulación”,  “idea  fundamental”,  “razón  justificante”,  y que no  siempre  aparece  expreso  en el enunciado jurídico pero puede ser descubierto,  logrado lo cual,   

cabe reconstruir el sentido del enunciado  jurídico   en    términos   de   racionalidad   teleológica,  es  decir,  configurarlo   como   medio   para  el  cumplimiento  de  dicho  fin47.   

4.       Ese       telos puede referirse a los fines que el  legislador  histórico  pretendía obtener con la promulgación del enunciado en  cuestión,  como también a fines independientes de esas pretensiones que pueden  aparecer  por  falta  de  coherencia  entre  el  dispositivo legal y los valores  superiores,   y   por   la   evolución   social.   Los  primeros  se  descubren  empíricamente   a  través  de  materiales  legislativos  y  del  contexto  histórico  en el que se promulgó el enunciado,  mientras que los segundos  (salidos   de   una   interpretación   teleológico-objetiva)  resultan  de  la  interacción   del   legislador,    que  inserta  el  texto  del  enunciado  jurídico-penal  en  un  contexto  comunicativo,  y  el  intérprete,  quien  se  aproxima  al  referido  enunciado  desde un punto de vista externo a éste (pero  “interno” al Derecho).   

Los          telos      de     los     enunciados  jurídico-penales  son consideraciones acerca de las consecuencias fácticas que  debe  obtener  el Derecho Penal, así como a los principios axiológicos por los  que  éste  debe  regirse.  Vendrían  dados  por  la  específica  racionalidad  teleológico-valorativa  del  Derecho  Penal.  Y los elementos configuradores de  una  determinada  racionalidad  jurídica  se  manifiestan  en  la teoría de la  política  criminal  y, más en concreto, en la dogmática de la parte general y  de  la parte especial, como segmentos de la política criminal racionalizados de  modo          singularmente         intenso48.   

5. Así, pues, en la interpretación hay un  camino  progresivo  que  avanza  de la descripción legal al criterio valorativo  rector,  coincidiendo  la  mayoría  de  veces  la  interpretación  del sentido  literal  con  la  interpretación de sentido total, como adelante lo demostraré  en  el  asunto  de  la especie, aunque invirtiendo el orden de los factores para  una  mejor  pedagogía  de  la tesis que con fundamento toral en el Estado  de  Justicia, proclamo y defiendo:   

Evidenciaré  enseguida el estelar papel en  las  civilizaciones  de  hoy  del  Derecho Penal y uno de sus productos, la pena  legal  y  justa (iii), qué quiso el Constituyente (Acto Legislativo 03 de 2002)  y   el   Legislador  (Leyes  906  y  890  de  2004)  al  obedecer  el  estándar  internacional  (Reglas  de  Palma  y  Estatuto  de  Roma) de implantar una   sistemática  acusatoria  y cuál  fue la política criminal que se adoptó  (artículo  251-4 Const. Pol.) reflejada en las partes dogmática o procesalista  y procedimentalista del nuevo código (iv).      

III  

La    pena,    sus    fines    y    la  culpabilidad   

La pena y sus fines:  

1.   El  periplo  humano  dice  que  una  de  sus  mayores  preocupaciones  tiene  que  ver  con  la  determinación de los fines de la pena  porque  las  diferentes  posturas han debido enfrentar dos paradigmas: (i) el de  sancionar  porque  se  cometió un delito frente al de (ii) penar para que no se  cometa un nuevo delito.   

2.  La  teoría  ha  permitido  delimitar la existencia de unas teorías  absolutas  de la pena que corren en paralelo a las teorías relativas. Entre las  primeras  se  destaca  la  llamada teoría de la retribución, también conocida  como  teoría  de  la  justicia,  perspectiva  desde  la cual se entiende que el  delito  personifica  la  ejecución  de  un  mal  que debe ser compensado con la  realización  de  la justicia que se produce con la imposición de una pena. Dos  grandes  filósofos  desarrollaron  lo  que  se  ha  dado en llamar retribucionismo  ético (Kant: la pena es  un  imperativo  para la realización de la justicia49)    y    el   retribucionismo  dialéctico  (Hegel: la  pena   constituye   la   negación   del   delito:   se   trata   de  injusto  y  justicia).   

Las  teorías  relativas  se  desarrollan  teniendo  en  cuenta el fin preventivo de la pena. La prevención especial, cuyo  centro  de  atención  es el delincuente, a través de la pena busca mejorarlo o  resocializarlo  -también  se  ha  dicho  disuadirlo o inoculizarlo- para que no  cometa delitos en el futuro.   

La  prevención  general,  que concentra su  mensaje  en  el  conglomerado  social,  busca  que la imposición de una pena se  convierta  en  medio  de comunicación o advertencia para que los miembros de la  sociedad  eviten  la comisión de delitos. La tendencia preventiva negativa hace  de  la  pena  un  mecanismo  de  coacción  psicológica  o  intimidatorio. Y la  prevención  positiva,  o  integradora,  se  construye a partir de relaciones de  confianza  y  fidelidad  al  derecho  que  conducen  a  la  aceptación  de  las  consecuencias cuando se comete un delito.   

3.  Sin  embargo,  y  dado  el  cúmulo  de críticas que no superan las  mencionadas    teorías,    muchos   autores   han   desarrollado   teorías   de  la  unión,  mixtas,           unificadoras,   en  la  pretensión  de  fundamentar  sólidamente  una  teoría  de  los fines de la pena a partir de un  sincretismo epistemológico.   

4.  Adoptando  un criterio moderno y acorde con lo desarrollos teóricos  contemporáneos,  el  legislador colombiano de 2000 determinó que la pena tiene  fines   

de  prevención  general,  retribución    justa,   prevención  especial,   reinserción   social   y   protección   al   condenado50,   

pero aclaró que  

La prevención especial y la reinserción  social   operan   en   el   momento   de   la   ejecución   de   la   pena   de  prisión.   

Esta  fórmula  legal  introduce  entre los  fines  de  la  pena  todos  los criterios que han sido desarrollados, procurando  responder  la  pregunta  de  si  se  pena  porque se delinquió o para que no se  delinca.   

La Constitución Política…establece una  verdadera  política  y  filosofía  del  derecho  penal  y  de  las  penas  que  condiciona  los  fines,  objetivos y clases de penas que pueden imponerse por el  legislador  penal:  las  penas  deben  ser  humanas,  dignificantes,  limitadas,  posibles          de          cumplir,         edificantes,         determinadas   y   conocidas,   deben  rehabilitar    y    socializar    al    condenado51.   

5.  Hoy  en  día  no es posible administrar con criterios absolutos los  fines  de  la  pena  porque  a  la  luz  de  los principios signados en la Carta  Política    y    los    tratados   internacionales   sería   inconstitucional,  pues   

la  pena  es  una  forma de intervención  estatal  radical  y  como  tal  necesita  un fundamento legitimador que no puede  consistir  en ideas metafísicas, sino sólo en la necesidad y conveniencia para  la  realización  de  tareas  estatales  (en  el caso concreto: el control de la  criminalidad)52.   

Si bien modernamente se ha pretendido por un  sector  mayoritario  de  la  doctrina dar respuesta a los fines de la pena desde  una  perspectiva  preventivo  general,  no se puede perder de vista que la pena,  por contener un reproche personal al autor del delito,   

No puede justificarse frente a éste sólo  con  su  necesidad  preventiva,  sino que también tiene que poder ser entendida  por    él    como   merecida   (lo   que)   sucede   cuando   es   justa, esto es, cuando se vincula a la  culpabilidad  del  autor  y se limita por el grado de la misma… Dicho en forma  simple:  la  pena  debe  permanecer  bajo  la  medida de la culpabilidad incluso  aunque   tenga   sentido   desde   un   punto  de  vista  preventivo53.   

Culpabilidad y pena:  

1.  En  la  medida  en  que  se  ha  propugnado por un derecho penal que  permita  hacer  responsable  a aquellos individuos por lo que han hecho y no por  lo  que  son,  porque  la  culpabilidad  dejó  de  ser un rasgo intrínseco del  sujeto,  se  ha  permitido entender la culpabilidad como cualidad que se predica  jurídicamente   de   una   persona   en  relación  con  la  conducta  ilícita  ejecutada.   

2.   El   «grado»   o  «cantidad»  de  culpabilidad  es  la  medida  de  la pena en tanto aquella determina el monto de  esta.  Al  quedar fijada la culpabilidad del autor se está predicando del mismo  su     responsabilidad,     de    donde    se    desprende    el    quantum  de  pena  a  imponer  al sujeto  particular   y   concreto   por  su  calidad  de  responsable  de  una  conducta  delictiva.   

3.  Si     la     culpabilidad    se    entiende    como    capacidad    normal   y   suficiente   de   motivación   por   la  norma no hay lugar a discutir que, en la medida en que  el  llamado  de la norma es  recibido  por  el sujeto, dicho mensaje lo motivará a proceder en los términos  dispuestos por el ordenamiento jurídico.   

4.  De  lo  expuesto  se  sigue  que  solamente  podrá  ser tenida como  pena   justa  aquella  que  ponderada  a  partir  de  la  gravedad  del  hecho  frente a la culpabilidad del  responsable  de  la  acción,  está  en  capacidad  de  vigorizar  la confianza  colectiva  en  sus  instituciones  y la conciencia jurídica de la comunidad. La  pena  justa  no  puede pasar por alto que al Estado54,   

además de garantizarles la protección de  los  derechos  humanos  mediante  el ejercicio de un recurso en los términos de  los  artículos  8  y  25  de  la  Convención  Americana  de  Derechos  Humanos  (le)   

[4.5.3.]  …  corresponde el correlativo  deber    de    juzgar    y    sancionar  las  violaciones de tales derechos. Este deber puede ser llamado  obligación    de    procesamiento    y    sanción  judicial  de los responsables de atentados en contra  de los derechos humanos internacionalmente protegidos.   

(…)  

4.5.5.  El  deber  estatal de investigar,  procesar   y   sancionar  judicialmente   a   los   autores   de   graves  atropellos  contra  el  Derecho  Internacional  de  los  Derechos Humanos no queda cumplido por el sólo hecho de  adelantar  el  proceso  respectivo,  sino  que  exige  que  este  se surta en un  “plazo  razonable”. De otra manera no se satisface el derecho de la víctima  o  sus  familiares  a  saber  la  verdad  de lo sucedido y a que se sancione     a    los    eventuales  responsables.   

(…)  

4.5.10. El derecho a la verdad implica que  en  cabeza  de  las  víctimas  existe un derecho a conocer lo sucedido, a saber  quiénes  fueron  los  agentes  del  daño,  a  que  los  hechos  se investiguen  seriamente  y  se  sancionen  por el Estado, y a que se prevenga la impunidad.   

(…) la Corte aprecia que, dentro de las  principales  conclusiones  que  se extraen del “Conjunto de Principios para la  protección  y la promoción de los derechos humanos mediante la lucha contra la  impunidad”   en   su  última  actualización,  cabe  mencionar las siguientes, de especial relevancia  para  el estudio de constitucionalidad que adelanta: (i) durante los procesos de  transición  hacia  la  paz,  como el que adelanta Colombia, a las víctimas les  asisten  tres categorías de derechos: a) el derecho a saber, b) el derecho a la  justicia  y  c)  el  derecho  a  la reparación… (iv) el derecho a la justicia  implica  que  toda  víctima  tenga  la  posibilidad de hacer valer sus derechos  beneficiándose  de un recurso justo y eficaz, principalmente para conseguir que  su  agresor sea juzgado, obteniendo su reparación; (v) al derecho a la justicia  corresponde  el  deber  estatal  de  investigar las violaciones, perseguir a sus  autores    y,    si   su   culpabilidad     es     establecida,     de     asegurar    su    sanción.   

5.  Pero  la  pena  no  solamente  tiene que ser justa sino que debe ser  respetuosa  de  la  legalidad  existente;  se  debe  soportar  en los axiomas de  efectividad55  («facticidad»)  y  normatividad  («validez»)  del  derecho, de  donde  su  legitimidad  dependerá  del  respeto  a los límites que disponga el  orden   jurídico   en  tanto  expresión  de  una  razonable  determinación  y  concreción   de   los   derechos   fundamentales56,  que en el proceso penal se  predican       con       igual       énfasis57  tanto a favor del procesado  como         de         las        víctimas58 y la sociedad.   

6.  Las  penas  establecidas  en  la legislación penal han superado los  exámenes        de        constitucionalidad59  y  por  lo  tanto  resultan  ajustadas  al principio de proporcionalidad  para sancionar al amparo de sus extremos punitivos los ataques que  puedan  recibir  los  bienes  jurídicos  protegidos,  de  donde se tiene que la  imposición  de  una  sanción  que desborde el tope máximo, se tace por debajo  del  límite  mínimo  o  por  vía  de  alguna de las instituciones del derecho  premial  conlleve  una  rebaja  de  pena más allá de la autorizada legalmente,  debe  ser  corregida,  pues  desde  la  Constitución se reclama imperativamente que los poderes públicos en  general,  y  la  rama judicial en particular, desplieguen su actividad de manera  encaminada  a  conseguir  “la  efectividad  de  los  valores  superiores de la  justicia  material  y  de la seguridad jurídica”60:   

En  la  vida  en comunidad y de cara a la  organización  estatal,  a  la  par  de  los derechos esenciales de vida-libertad-igualdad, cobra especial  relieve  para  hacer  real  y  efectivo  el  valor  de dignidad, el derecho   a  la  seguridad,  y dentro de este el de seguridad  jurídica… Así es como el  derecho  a  la  seguridad  viene  a cobrar especial relevancia en el orden a la protección de la dignidad,  la  vida,  la  libertad  y la igualdad. Sin seguridad  material  y  jurídica de nada sirve la formulación  abstracta  de  derechos, el establecimiento de un Estado de Derecho se tornaría  inane  e  insignificante, pues la incertidumbre, la inseguridad, la variabilidad  de  las  situaciones  y por tanto la injusticia, cundirían, anegándose la vida  social   y  la  justicia  en  un  subjetivismo  peligroso  que  propiciaría  la  inconformidad, la violencia y la guerra civil.   

7.  La   pena  que  legalmente  se  consagra  como  consecuencia  de  un  comportamiento  punible  está  ajustada dentro de unos límites que le permiten  caracterizarla  como necesaria, proporcional y razonable (artículo 3° cp) y en  tal  medida  con  ella  se  busca  obtener  como  fines  la prevención general,  retribución  justa,  prevención especial, reinserción social y protección al  condenado (artículo 4° cp).   

La clásica pauta “a cada uno lo que le  corresponde”  se  interpreta  comúnmente  como  una  apelación  al mérito o  demérito   personal.  Quien  la hace, la paga. A cada uno lo que ha ganado  limpiamente.  La   justicia  reparte  premios  y  castigos  atendiendo a la  relación  entre  la  causa  y su agente. El individuo se responsabiliza de  sí  mismo ante sí mismo y, sobre todo, ante los demás. El sistema judicial se  basa,      desde     siempre,     en     dicha     concepción     de    la  responsabilidad.61   

8.  La  pena  es  un  mal  necesario  que,  parodiando  a  Radbruch,  se  debe utilizar racionalmente hasta que la humanidad  encuentre  algo  mejor  para afrontar las conductas desviadas. La reparación no  tiene  el  poder  de  extinguirla  sino  en  contados  casos.  Pervive   la  retribución  justa  (artículo  4  cpp).  Y  el  monto  de  la  pena  debe  ser  proporcional   a   la   culpabilidad   del  autor,  cómplice  o  interviniente,  constituyéndose  en  referente  indiscutible  para la reparación de perjuicios  así  sea  en  sede  de  preacuerdos y negociaciones (artículos 34862,  34963     y     351     inc.     último64  cpp),  a  considerar  en el  “arbitrio    ponderado”    que    otorga    el   normativo   “hasta”  (artículos  288.3  y 351 inc. 1  cpp),   “acuerdo  que  se  consignará   en  el  escrito  de acusación”, conforme a texto literal y  axiológicamente  limpio  ubicado  en  el  extremo  posterior  del  juicio  de  identidad que se realiza entre  la  antigua  sentencia  anticipada y la primera “modalidad” de preacuerdos y  negociaciones  que  tifipica   el  artículo  351  con  el   nombre de  “aceptación de los cargos”.   

Después  de  que las extensiones legales  del   principio   de  oportunidad  y  las  distintas  medidas  aceleratorias  no  resultaran   suficientes,  la  práctica judicial alemana ha encontrado una  solución  radical  propia,  que se  mantuvo durante muchos años encerrada  en  torres de silencio y que recientemente en los últimos años ha surgido a la  luz  de  la  opinión  pública.  Justo  aquí  es donde entran a jugar un papel  decisivo  los acuerdos informales en el proceso penal, que van a reducir el alto  número  de  causas,  los problemas de la práctica de la prueba en los procesos  muy  voluminosos  y  el  cuello  de  botella  de  la  acumulación  de  la vista  pública65.   

Y  no  creo que imponiendo penas no legales  ni   justas  (artículos 3 y 4 cp) se construya tejido social, antes por el  contrario,     la     impunidad    –así   sea  parcial-  es  de  los  principales  combustibles  de  la  criminalidad,  además  que  está fuera de lugar el argumento económico de los  costos  carcelarios por manutención de presos como pretexto serio para prohijar  exenciones,  aunque  sean  fragmentarias, de pena concediendo rebajas que no van  para  generar  verdaderos  jubileos criminales en un país acosado por felonías  de toda laya.   

   

La  condena  condicional degeneró en una  especie  de  ius  primae  crimine  o derecho a delinquir por primera vez, con lo  cual  se  incrementó  la  criminalidad  y  se  llegó  a  un  verdadero jubileo  criminal,  a  modo  de  indulto  o de perdón predeterminado, siendo una latente  invitación     legal    a    la    delincuencia66.   

IV  

Sistema    acusatorio:   axiología   y  literalidad   

1.  El  marco  constitucional  –Acto  Legislativo  03  de 2002- y sus  desarrollos  legislativos  -especialmente las leyes 906 y 890 de 2004- dicen que  con   la   colosal   empresa  de  la  implantación  del  “sistema  acusatorio  colombiano”,  se  buscó modernizar la vida jurídica del país, luchar contra  la  criminalidad  y  beneficiar  a  la  sociedad con justicia pronta y cumplida;  ejercer   la  justicia  penal  con  el  convergente  respeto  por  los  derechos  fundamentales  de  imputados,  comunidad y víctima; activar una sistemática de  partes  en  juicio  oral  y  público, que propicia control social, de cara a un  juez  independiente, autónomo e imparcial; y, en fin, trazar las líneas de una  política  criminal, que se adoptó como política de Estado, de lucha contra la  impunidad con fortalecimiento  del  marco  de  derechos  y  garantías  de  procesados  y víctimas, y justicia  restaurativa67.   

          Bien  se  ha  dicho  que  esta reforma tan solo incidió en la parte  orgánica  de  la  Carta toda vez que su parte dogmática permaneció inalterada  (preámbulo  y  artículos  1,  2,  6,  15, 28, 29, 30, 31 y 32) aunque, para la  temática  que nos ocupa, se ha de resaltar que el derecho fundamental al debido  proceso  público  (artículo  29  Const.  Pol.) está atravesado  más que  nunca  por  el  tipo de Estado  que profesa Colombia (Social y Democrático  de  Derecho,  artículo  1  Const.  Pol.) y sus fines (artículo 2 Const. Pol.),  cuyo  principal  valor  es el de la igualdad (artículo 13 Const. Pol.), además  que  los  derechos  de  las  víctimas,  protegidos  de antaño por el bloque de  constitucionalidad  (artículos  93  y  94  Const. Pol.), ganaron un refuerzo de  protección  por  la  múltiple  referencia  que  de ellos se hace en los nuevos  artículos  250  y  251  de  la  Carta,  y en las 89 citas que de ellas ocupa el  cpp-04.       

            2.    La   Corte  Constitucional  al  hacer una especie de balance de las “modificaciones” que  introdujo  el  Acto  Legislativo  03  de  2002  en  el  sistema  procesal penal,  encontró  : (i) la aplicación del principio “nemo iudex sine actore”; (ii)  se  mantuvo  el  carácter  judicial del órgano de investigación y acusación;  (iii)  se  creó  la figura del juez de control de garantías; (iv) se consagró  el  principio  de  oportunidad;  (v)  se dispuso el carácter excepcional de las  capturas  realizadas por la Fiscalía General de la Nación, autoridad que, a su  vez,  preservó  la  competencia para imponer medidas restrictivas del derecho a  la  intimidad, pero bajo control judicial posterior68;  y, (vi) se acogieron en el  sistema   acusatorio   colombiano   fórmulas   mixtas  que  combinan  elementos  estructurales    de    las   subespecies   anglonorteamericano   y   continental  europeo69,  alentadas  por  igual por la política criminal del acuerdo o del  consenso, o justicia consensuada.    

El  procedimiento  de  la plea bargaining  constituye,   utilizando   palabras   de   Amodio,  “una  verdadera  y  propia  exaltación  de  la  autonomía  de  las  partes”.  La  negociación  entre el  prosecutor   y  el imputado se ha convertido, estadísticamente, en el modo  más  habitual  de  definir los procesos penales como alternativa al sofisticado  mecanismo    impuesto    por    el   jury   trial70.   

3. La Corte Suprema de Justicia pioneramente  sentenció que:   

las normas que  se    dictaron    para   la   dinámica  del sistema acusatorio colombiano, son susceptibles de aplicarse  por  favorabilidad a casos  que  se  encuentren  gobernados  por  el Código de Procedimiento Penal de 2000,  a   condición  de  que  no   se   refieran   a  instituciones propias del  nuevo  modelo  procesal  y  de  que los referentes de  hecho  en  los  dos procedimientos sean idénticos.   

No  se  puede  eludir  la  aplicación  del principio, por ejemplo, a situaciones en las cuales  la  ley  906  de  2004  no  contempla  privación  de la libertad en cierto caso  mientras  que la ley 600 sí, o en eventualidades en las que la primera consagra  bajo  determinadas  condiciones  la  libertad  provisional y en presencia de las  mismas la segunda la niega.   

En  el  caso  que  resuelve  la Corte, al  establecerse  que  la conducta punible de prevaricato por acción imputada tiene  prevista  pena  de  prisión  de  3  a  8  años y que el artículo 313-2   de   la   ley   906  de  2004  fijó como requisito de  procedencia  de  la detención preventiva en los delitos investigables de oficio  que  el  mínimo  de la pena prevista en la respectiva disposición sea o exceda  de  4  años,  es  claro  que ésta norma resulta aplicable al caso examinado en  virtud  del  principio  de  favorabilidad  penal  y  que,  por  lo  tanto,  debe  accederse  a  la petición inicial de la defensa”71.   

4.   El  Tribunal  Constitucional  en  la  sentencia  C-592/05,  luego  de  hacer varios reenvíos y acoger el contenido de  algunas  providencias de la Sala de Casación Penal72,    señaló    que    la  favorabilidad  era  aplicable a supuestos de hecho de  esa estirpe   

en  uno -el de la Ley 600 de 2000- y otro  -el  sistema  de la Ley 906 de 2004- pero que reciben  en  cada  uno  soluciones  de derecho diferentes. Mal  podría  en efecto pretenderse por ejemplo que se dé aplicación, en virtud del  principio  de  favorabilidad, a las normas que sobre principio de oportunidad se  establecen  en  la  Ley  906  de  2004  a hechos acaecidos con anterioridad a la  entrada  en  vigencia  de  dicha ley, pues ese es un elemento esencial del nuevo  sistema  que  no encuentra su equivalente en el sistema anterior regulado por la  Ley  600  de  2000  y  por  tanto  no  se  dan en relación con este último los  presupuestos  lógicos  para  la  aplicación  del  principio  de  favorabilidad  (Negrillas agregadas).   

Agregó que  

la  interpretación  que se hace por esas  instituciones  (la  Fiscalía  General de la Nación y Ministerio del Interior y  de  Justicia)  tanto  del artículo 5° del Acto Legislativo 03 de 2002 como del  artículo  6°  de  la  Ley  906  de  2004 excluye en cualquier circunstancia la  aplicación  de  las  normas  de  la  Ley  906  de 2004 a hechos anteriores a su  entrada  en  vigencia  de  acuerdo  con  la  gradualidad   que  en ellas se  establece.   Aún si como lo hace el Vicefiscal General de la Nación no se  descarte   que  el  principio  de  favorabilidad  como  principio  rector  pueda  aplicarse  en  casos  concretos  que  puedan  llegar  a  presentarse  durante la  vigencia de la Ley 906 de 2004.   

Y concluyó:  

Así  las  cosas, dado que no queda   duda  sobre  la aplicabilidad del principio de favorabilidad penal, la  Corte -además de acoger, por ser claramente respetuosa de las  garantías  constitucionales,  la  interpretación adoptada por la Sala Penal de  la  Corte  Suprema  de Justicia como máximo tribunal  de  la  Jurisdicción  ordinaria  en este tema-, declarará la exequibilidad del  tercer  inciso  del  artículo 6° de la Ley 906 de 2004 por el cargo formulado,  pues  se  reitera  la única interpretación posible del mismo en el marco de la  Constitución  es  la  que   se  desprende   de la conjugación de los  principios  de legalidad, irretroactividad de la ley y favorabilidad penal a que  se  ha  hecho  extensa  referencia, lo que pone presente que en manera alguna se  pueda    desconocer   la   aplicación   del  principio  de  favorabilidad,  contrariamente a lo que afirma el actor.   

Es  la  llamada  “teoría  del  derecho  viviente”,  que  la Corte Constitucional aplica apenas esporádicamente.   Pero  ese Alto Tribunal, no obstante el artículo 243 Const. Pol., referido a la  “cosa  juzgada  constitucional”,  varió a través de numerosas providencias  dictadas  en sede de revisión de tutelas,  como sonora pero acríticamente  se  relaciona  en  la  providencia  triunfante, ese inicial criterio al reclamar  para  la  procedencia  de la favorabilidad  en esa sucesión y coexistencia  de  procedimientos  y  de  leyes,  no  ya que las figuras fueran idénticas sino  similares,   cambiando   las   reglas   del  juego73.   

Rónald Dworkin analiza cómo a través de  frases  y  giros  de  lenguaje  se  fuerza  la  interpretación  jurídica hasta  límites  insospechados;  y  Beccaría escribió que “la arbitrariedad se  instala  cuando  el castigo no depende de la voz constante y fija de la ley sino  de  la errabunda inestabilidad de las interpretaciones”, que Ferrajoli señala  como  característica de los modelos autoritarios y de derecho penal máximo que  pretenden liberar al juez del principio de estricta legalidad.   

5. El artículo 4° del Acto Legislativo 03  de  2002  ordenó  crear una Comisión para que “presente a consideración del  Congreso  de  la  República… los proyectos de la ley pertinentes para adoptar  el  nuevo  sistema…”,  entre  los  cuales se incluyó una reforma al Código  Penal para aumento de penas con esta motivación:   

“Atendiendo   los   fundamentos   del  sistema  acusatorio, que  prevé  los  mecanismos  de  negociación      y     preacuerdos,  en  claro  beneficio  para la administración de justicia y los  acusados,  se  modificaron  las penas…”.   

En  la  Ponencia para primer debate se dijo  que   

“La   razón   que   sustenta   tales  incrementos    está    ligada    con    la   adopción   de   un   sistema  de  rebaja  de  penas (materia  regulada  en  el  Código de Procedimiento Penal) que surge como resultado de la  implementación  de  mecanismos  de  ‘colaboración’  con  la  justicia  que  permitan  el  desarrollo  eficaz  de las  investigaciones  en  contra  de  grupos  de  delincuencia organizada y, al mismo  tiempo,   aseguren   la   imposición  de  sanciones  proporcionales  a la naturaleza de los delitos que se  castigan”.   

El Senador Rojas dijo:  

Yo  tenía  la  misma  preocupación  del  Senador  Martínez  en  relación con las penas… pero aquí lo que habría que  decir  es  que  en el Código de Procedimiento Penal seguramente tiene que ir un  sistema  de  graduación  de  las  penas  por  lo que sustancialmente cambió la  función  de  la  Fiscalía  que  ahora no practica pruebas, que ahora no cumple  funciones  judiciales  y  que  en  consecuencia  va a significar que haya muchas  posibilidades     de     negociación,      de      acuerdos  entre  los  sujetos  procesales con miras a obtener un resultado  aceptable.   

El     Senador     Rivera     Salazar  expresó:   

El  sistema  acusatorio  es  un  sistema  básicamente   de  rebaja  de  penas  y  de  otorgamiento  de  beneficios  y  de  negociación   y   de  acuerdos   entre   la  Fiscalía  y  la  defensa…  el  sistema  está  concebido de esa manera, es un  sistema     de     rebaja    de    penas,    un    sistema    de    preacuerdos,     de    negociación   entre   Fiscalía   y  defensa.   

6.  Aciertan  en  sus  apreciaciones  los  Legisladores  porque  la  Comisión Constitucional Redactora había acogido como  criterio  rector  básico  de  la  nueva sistemática, la política criminal del  consenso    o    justicia    consensuada  que  superaba  con   creces  la  filosofía  del sometimiento  recogida  en el artículo 40  Ley  600  de  2000  con  descuento fijo, y que encuentra respaldo en los valores  justicia  y  orden  justo,  en  los   principios  de  la  dignidad humana y  democracia  participativa y pluralista, y en el fin del Estado Social de Derecho  de  facilitar  la  participación  de  todos  en las decisiones que los afectan,  consultando       la       doctrina       globalizada      del      pattegiamiento italiano, el asprach   alemán,   el   plea   bargaining   anglosajón   y  la  conformidad  española74.   Y   se   estableció  un  descuento  a  ponderar  (“hasta”),  con   

Una relación  de política criminal  global  (sistémica) entre el descuento punitivo y el incremento generalizado de  penas  (leyes  906 y 890/04): “Un ordenamiento jurídico es un sistema en cuyo  seno  las  normas carecen de existencia singular pues sólo adquieren sentido en  función            del           todo”75.   

7.    La    Corte   Suprema76  insistió  en  el  criterio  que  el  allanamiento o aceptación de cargos no es igual a la  sentencia   anticipada,   pues  en  aquél  instituto  se  presenta  una  activa  participación   del  fiscal  y  del  imputado  que  incluye  las  consecuencias  punitivas  derivadas  de  lo  aceptado,  al  punto  que  la ley obliga al juez a  respetar  los  acuerdos,  aspectos  que  no eran contemplados en la legislación  anterior   toda   vez   que   en   ella   no   se   previó   ningún   tipo  de  negociación77. Se agregó que   

la  comparación institucional de las dos  figuras  en  estudio,  es  decir,  la  sentencia anticipada del sistema procesal  anterior  y  la aceptación de cargos o de imputación actualmente reglada en la  Ley  906  de  2004 no son iguales, toda vez que pertenecen a sistemas procesales  de   enjuiciamiento   contrapuestos,   conclusión   lógica   y  jurídica  que  necesariamente  conlleva  a  excluir  la pretendida aplicación del principio de  favorabilidad  que reclama la Procuraduría Delegada, pues si bien es cierto que  la   Sala   ha   admitido   la   operancia  de  la  favorabilidad  frente  a  la  “coexistencia”  de legislaciones, también  lo  es  que   ella   se  verifica  siempre  y  cuando  los   institutos  partan  de los mismos supuestos de hecho, evento que en este caso no  ocurre.   

Y se puntualizó que  

aducir que los dos institutos son iguales  por  cuanto  inciden en el campo de la punibilidad, es una afirmación sesgada y  genérica  que  no consulta tanto la estructura de cada sistema como los motivos  por  los cuales fueron incorporados a cada legislación, resaltándose que en la  Ley  906  de  2004  impera  como  principio la justicia consensual propia de los  sistemas de corte acusatorio.   

En   otra   providencia   se   recalcó  que   

la   aplicación  de  la  favorabilidad  respecto  de  determinadas normas contenidas en la Ley 906 a casos regulados por  la  Ley  600, depende de la equivalencia de los respectivos institutos, la cual,  desde  ya  se  advierte,  no  se  consolida en los casos de la aceptación de la  imputación  en la audiencia de su formulación prevista en los artículos 293 y  351  de  la  primera  normatividad,  y  la  sentencia  anticipada regulada en el  artículo  40  de la segunda, pues además de que fueron moldeados con arreglo a  esquemas   constitucionales   diferentes,   configuran   institutos   procesales  sostenidos   en  bases  filosóficas  distintas:  aquél  en  el  paradigma  del  consenso,    ésta   en   el   del   sometimiento78.   

V  

Conclusiones  

          1.  Las dos Cortes  nacionales  en  ejercicio  puro de sus funciones constitucionales de unificar la  jurisprudencia  nacional  al  hilo  de  los mandatos superiores y de definir los  alcances  de  los  derechos  fundamentales  en sentencias de constitucionalidad,  dijeron  que  en  el  tránsito  y coexistencia de los códigos de procedimiento  penal    de    2000    y    2004    era   viable   el   principio   –derecho de favorabilidad a condición  de:  (i)  no ser la figura correspondiente estructural de la nueva sistemática,  vr.  gr.,  el  principio de oportunidad, no obstante los vestigios que existían  en  la  antigua  codificación;  y  (ii)  ser  idénticas  las  dos figuras, por  ejemplo:   la   definición   de  situación  jurídica.  De  suerte  que:    

         

2.  La  doctrina  comparada,  de  donde  el  legislador   nacional  tomó  la figura, puntualiza: (i) El instituto de la  conformidad  o de los acuerdos, es claro exponente del principio de oportunidad;  y    (ii)    la    conformidad    es    un   instituto   típico   del   sistema  acusatorio79.   

         3.  La política criminal del consenso que alentó al Constituyente y Legislador  históricos  de  2002  y  2004,  es distinta a la del sometimiento que rigió la  sentencia      anticipada      antigua      (2000),     aquella     –la del  acuerdo- recogida en los  artículos  8-d  y 10- de Principios y Garantías- y 354 -reglas comunes-, entre  otros.   

4.  Este  acervo  axial  y  de  política  criminal  distinto,  llevaron  a  que  el  texto  de  las normas positivas fuera  claramente diferente (artículo 27 ccc):   

i) “Sentencia  Anticipada. A partir de la diligencia de indagatoria  y  hasta  antes  de  que  quede  ejecutoriada  la  resolución  de  cierre de la  investigación,  el  procesado  podrá solicitar, por una sola vez, que se dicte  sentencia  anticipada…  El juez dosificará la pena que corresponda y sobre el  monto  que  determine  hará una disminución de una tercera (1/3) parte de ella  por  razón  de  haber  aceptado  el procesado su responsabilidad…80.   

ii)  La  aceptación   de los cargos  determinados  en  la  audiencia  de formulación de la imputación, comporta una  rebaja  hasta de la mitad de la pena imponible, acuerdo que se consignará en el  escrito           de           acusación81.   

5.  Por  esas  razones,  la  aparente mayor  rebaja  que  contempla  la  última  preceptiva  no  se  puede aplicar por   favorabilidad  porque  es  “ilegal” de acuerdo con la propia interpretación  de  la  Corte  Constitucional en decisión  que hizo tránsito a  cosa  juzgada  (sentencia C-592/05), toda vez que la especie justicia consensuada y el  género  principio  de  oportunidad, son características del sistema acusatorio  global   y  colombiano  que   histórica  y   axiológicamente  marcan  diferencias     radicales     con     el    Ancien  Regimen  del  procesalismo  penal  nacional.  Y no son  instituciones  idénticas,  talvez  lejanamente parecidas como dos primas de una  misma familia.   

Y  si se hace un acertado uso del factor de  ponderación  “hasta” y no se aplica automática e irracionalmente el 50% de  rebaja,  no  siempre  la  rebaja  fija  de  la  tercera  parte  consagrada en el  artículo  40 Ley 600/00 sería inferior a aquella, además qué tal si se acoge  el  criterio  “garantista” según el cual la Ley 890/04, que en su artículo  14  sólo aumenta penas, rige desde siempre y en todo el país, que –concedo-  tiene  su  lógica desde el  seno  de la legislación que fijó posibilidades (“hasta”) de topes altos de  descuentos  para alentar al procesado a  buscar acuerdos que agilizaran los  procedimientos,  pero  con el simultáneo incremento punitivo de todos los tipos  penales  para que no hubiera impunidad, criterio rector de la política criminal  adoptada  para  la creación de la nueva sistemática procesal penal,  como  se resaltó atrás por repetida vez.   

VI  

Refrendación de un criterio  

1.      Mirando      procedimentalmente    la   figura   se  encuentra  fácilmente  que  al  detallarse  el  trámite  de la audiencia de la  formulación  de la imputación, se le señala al fiscal entre sus deberes el de  expresar   oralmente   (art.   288.3)   la  “posibilidad  del  investigado  de  allanarse    a   la  imputación  y  a  obtener  rebaja  de  pena   de  conformidad  con  el  artículo  351”,  que puede suceder por iniciativa   propia  o por acuerdo con la fiscalía (art. 293) pero que siempre requerirá de  acuerdo   respecto   del  “hasta”  de  la  aminoración de pena pues no siempre será el 50%, como sin  fundamentación  se  viene aplicando en algunas instancias tal vez para aligerar  presupuestos  carcelarios y  de congestión judicial. Es que la aceptación  de   la  imputación   a  que  se  refieren  los  artículos  288.3  y  293  –se     reitera-,   

comporta   una   rebaja   hasta   de   la   mitad  de  la  pena  imposible,  acuerdo que se  consignará en el escrito de acusación.   

   

    

2.  Desde          el          ámbito          del         procesalismo,    se    pregunta:   (i)  ¿Será   que  cuando  el  imputado  acepta  los  cargos   pero no por  acuerdo    sino   por   allanamiento,   sí   puede  retractarse –art.  293  inc. 2 cpp-?. (ii) ¿Será que si  la aceptación de  cargos    sucede    por    allanamiento   y   no   por   acuerdo,   serán   existentes   las   realizadas   sin   la  existencia  del  defensor  -art. 354 cpp-?. (iii)) ¿Será que sí  es   posible   utilizar   en   contra   del    imputado   las  conversaciones  tendientes  a  lograr un  allanamiento  como  no  es posible hacerlo con los que buscan “un acuerdo para  la  declaración  de  responsabilidad  en  cualquiera de sus formas”, art. 8-d  cpp?.  Y,  (iv)  d)  ¿Será que puede el juez autorizar los acuerdos  pero  no   los   allanamientos  –arts.  10  inc. 4 y 293  inc. 2 cpp?.   

Las    respuestas    dicen    que    la  “aceptación   de la imputación”,  bien por iniciativa propia del  imputado  o  por  acuerdo  con  la  fiscalía,  es  figura  global  –política    criminal-    de    la  justicia  consensuada  que,  como   primera  modalidad,  registra   el  art.  351  inciso  inicial  en  texto  claro   que   reclama  “acuerdo”  para  fijar  el  “hasta” de la disminución punitiva.   

3.  Así, siguiendo las pautas del Tribunal  Constitucional:  (i)  el  nuevo  código  de  procedimiento  penal  adoptó como  vertebral    de    su    sistemática,    la    filosofía    del   acuerdo      y      la     negociación  consagrando       en      el      art.      351     sus     “modalidades”,  en  cambio  de  la  del  sometimiento del anterior con  su  figura  estelar de la  sentencia anticipada (art. 40 ley 600/00).   Y,  (ii)  si  bien  es  cierto que la primera “modalidad”, en comienzo tiene  perfiles  parecidos  a  ésta  -sometimiento o aceptación unilateral de la  imputación-,   al requerirse de acuerdo o negociación para  fijar el  “hasta”  de  la  pena  imponible, presenta una mixtura de las antiguas   sentencia  anticipada  y  audiencia  especial, que hace exótico el predicado de  identidad entre esas figuras.   

4.  Recuérdese  que  el cpp-91 acuñó por  primera  vez  en  Colombia la terminación anticipada  del  proceso  creando  las  figuras  de  la  sentencia  anticipada  (art.  37) y la audiencia especial (art. 37B), la  primera   de   las   cuales   implicaba  sometimiento  con  descuento  fijo    y   la   segunda  negociación,   que   por  supuesto   las   hacía   bien   diferentes.   El  Código   de  2000  (Ley  600/00)   sólo  consagró la primera especie y no la segunda, mientras que  el  estatuto  de 2004 estableció todas las modalidades bajo el rubro general de  “Preacuerdos   y   Negociaciones”   en   el   título   II  del  Libro  III,  “justicia negociada”, que  refleja,  además,  la   influencia  de figuras globalizadas, universales y  trasnacionales   como   la   conformidad               española,               el              pattegiamiento italiano, el asprach   alemán   y  el  plea    bargaining    anglosajón.  Y,   

5. En fin: al respetar lo que originalmente  dijeron  las  Cortes colombianas sobre la viabilidad del principio-derecho de la  favorabilidad  en  el tránsito y/o coexistencia de estatutos procesales penales  (Leyes  600-2000  y  906-2004),  la  figura  del acuerdo y de la negociación es  propia,  característica,  típica  y  medular  del  sistema acusatorio, y no es  idéntica  a  la  sentencia  anticipada  del viejo código porque tanto la   axiología  contenida  en  la  política  criminal  respectiva  como  los textos  positivos  que  elaboraron  los  legisladores  históricos correspondientes, los  hacen  diferentes.  Por eso estimo que la interpretación en contrario es ilegal  y   sobre   un   tal  predicado  no  se  pueden   edificar  derechos.    

Cordialmente,  

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

Magistrado  

Fecha   ut  supra.   

    

1   Folio   143   del   cuaderno   original  II  de  la  actuación  principal.   

2    Folios    95-96    del   cuaderno   III   de   la   actuación  principal.   

3 Folio 96 ibídem.   

4  Ibídem.   

5  Folio 97 ibídem.   

6  Ibídem.   

7  Folios 98-99 ibídem.   

8  Folio 100 ibídem.   

9  Ibídem.   

10  Folio 102 ibídem.   

11    Folios    258-262    del   cuaderno   I   de   la   actuación  principal.   

12 Corte Constitucional, sentencia T-406 de 1992.   

13  Ibídem.   

14  Folio 179 del cuaderno II de la actuación principal   

15 Folio 180 ibídem.   

16  Ibídem.   

17  Folio 182 ibídem.   

18  Folio 193 ibídem.   

19 Folio 203 ibídem.   

20    Sentencia   de   3   de   diciembre   de   2001,   radicación  10631.   

21 Auto de 10 de julio de 2003, radicación 15405.   

22   Sentencia   de   23   de   septiembre   de   2003,  radicación  16320   

23  Real  Academia Española, Diccionario  de  la  lengua  española, Espasa, Madrid, 2001, tomo  a/g, p. 945   

24  Sentencia de 20 de febrero de 2008, radicación 21731.   

25 Sentencia de 10 de abril de 2003, radicación 11960.   

26  Ibídem.   

27    Folio    104    del    cuaderno    III    de   la   actuación  principal.   

28  Sentencia de 8 de abril de 2008, radicación 25306.   

29 Sentencia de 4 de mayo de 2006, radicación 24531.   

30 Sentencia de 16 de mayo de 2007, radicación 24374.   

31  Sentencia de segunda instancia, radicado 23.567   

32  Incorporados  a  nuestra legislación interna, por virtud de la Ley 16 de 1972 y  de la Ley 74 de 1968, respectivamente,   

33  Sentencias   de   la   Corte   Constitucional   C-409   de   1999   y  C-040  de  2002.   

34  Sentencia C-104/93, M.P. Alejandro Martínez Caballero   

35  Sentencia T-098 de 1996, páginas 27 y 28.   

36  “Y,  así,  debiendo  la  ley,  en virtud de tales exigencias concebir la pena  como  un  mal  necesario  y proporcionado  a  la   gravedad  del  delito,  en  el  corazón  mismo del  principio  de  legalidad   se  halló  inscrito,  naturalmente, otro, el de  intervención  mínima o proporcionalidad   en   sentido   amplio”.  Tomás  Vives  Antón,  Principio  de  legalidad,  interpretación  de  la ley   y   dogmática  penal,  en Estudios de filosofía del derecho  penal, Bogotá, Uni-Ext., 2006, p. 298. El principio  de  legalidad  aparece,  además  de  antitético  del  principio de oportunidad  (artículos  250  Const. Pol. y 321-330 cpp-2004), en el estatuto procesal penal  último  como  principio  rector  y  garantía  procesal  (artículo  6), y como  criterio  modulador  de la  actividad procesal (artículo 27). Para mí una  pena  es legal cuando se tasa dentro de los parámetros que establece la ley. El  valor  justicia  implica  que  no  haya impunidad. Y no hay pena justa cuando se  reconocen   atenuantes  ilegales,  es  decir,  que no contempla la ley  como    “fin   de   regulación”,   “idea   fundamental”   o   “razón  justificante”,  o  porque  no  haya  razonabilidad  axiológica  que  entre en  fricción   con   el   tenor   literal   del   enunciado,   como   adelante   lo  demuestro.   

37  Yesid    Ramírez    Bastidas,    Aclaración   de  voto,  Corte  Suprema de Justicia, Sala de Casación  Penal,  sentencia  de  casación  de 16 de mayo de 2007, radicación 23934, M.P.  Álvaro  Orlando Pérez Pinzón. El principio de legalidad se traduce en materia  penal  en  la  necesidad  imperiosa  e  insoslayable de que el legislador defina  previamente  el delito y la pena, el juez competente, las formas propias de cada  juicio  y  las  condiciones de ejecución de la sanción, con lo que se delimita  el    ejercicio    del   ius   puniendi  y  se  ata  al  parlamento a los contenidos supremos, pues éste  debe  responder  “a  la  realización  de los fines sociales del Estado, entre  ellos,  los  de  garantizar la efectividad de los principios, derechos y deberes  consagrados  en la Constitución y de asegurar la vigencia de un orden justo”.  Corte Constitucional, Sentencias SU-1722/00 y C-070/96.   

38  “La     garantía     de     la    defensa    corresponde    a    todas  las  partes…  De  hecho,  en  muchos  casos  es  una   afirmación  casi  automática,  aquella de que la  defensa   corresponde   a   la  parte  pasiva  del  juicio…  Sin  embargo,  no  consideramos  acertada esta reducción subjetiva de la garantía de la defensa a  una  sola parte, sino que, por el contrario, entendemos que se dirige y ampara a  todas   las   partes  del  proceso,  en  lo  que  constituye,  por  cierto,  una  característica  esencial  a  tener  en  cuenta  para  la elaboración  del  concepto  de esta garantía constitucional”. Alex Carroca Pérez, Garantía   constitucional   de  la  defensa  procesal,  Barcelona,  Bosch,  1998, p. 86-87. Y además resulta elemental  que  la parte sea parcial por y para sus intereses; que el litigante también lo  sea  según  los  intereses  de  la   parte  que  asiste,  sea  victimario,  víctima,    tercero    civilmente   responsable   o   asegurador   –sistema  de  partes-;  pero el juez  tiene  que  ser imparcial,  independiente  y  autónomo,  el fiel de la balanza a través de la ponderación  de  derechos.  María  Inmaculada  Ramos  Tapia,  Los  deberes   de  imparcialidad  y  vinculación  exclusiva  al  Derecho,      en      El     delito     de  prevaricación,   Valencia,   Editorial  Tirant  lo  blanch, 2000, p. 146.   

39  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala de Casación Penal, providencias 11 julio de  2007 y 10 abril 2008.   

40  Manuel  Atienza,  Las razones del derecho, México, UNAM, 2003, p. 1.   

41  Manuel   Atienza,   Las   razones…,  ob. cit., p. 25-26.   

42  Pablo    Raúl    Bonorino    y    Jairo   Iván   Peña   Ayazo,   Argumentación   judicial,   Bogotá,  Consejo Superior de la Judicatura, 2003, p. 23.   

43  Robert    Alexis,    Teoría   de   los   derechos  fundamentales,    Madrid,   Centro   de   Estudios  Constitucionales, 1993.   

44  “En  razón  de esta función, la ponderación se ha convertido en un criterio  metodológico  indispensable  para el ejercicio de la función jurisdiccional…  que   se   encarga   de   la  aplicación  de  normas  que,  como  los  derechos  fundamentales,  tienen  la   estructura  de  principios”.  Carlos  Bernal  Pulido,  El  derecho  de  los  derechos, Bogotá, Uni-Ext., 2005, p. 139 y 97.   

45  Corte  Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal, providencias de julio 11 de  2007  y  abril  10 de 2006. Corte Constitucional, Sentencias C-580/02, C-004/03,  C-979/05,  C-1154/05,  C-370/06,  C-454/06  y  C-209/07.  Por  supuesto  que las  víctimas  son  titulares  de  un  amplio  elenco  de derechos fundamentales que  ganaron  espacio en la conciencia de los Pueblos, en su  axiología y en la  normatividad   positiva,  especialmente  después   de  la  Segunda  Guerra  Mundial  (1945),  cuando el Estado Social y Democrático surge para proteger los  derechos  de  tercera  generación,  en  particular  la Paz (artículo 22 Const.  Pol.).  La  Carta  Política les hace un amplio registro en los artículos 1, 2,  15,  21, 29, 229, 250 y 251, además del bloque de Constitucionalidad (artículo  93  Const.  Pol.),  que  se  han  materializado en derechos a la verdad sobre lo  ocurrido   (para  la  memoria  individual  y  colectiva,  y  para  que  no  haya  repetición),  para  que haya justicia (se evite la impunidad, así sea parcial)  y   efectiva   reparación   (que  en  sus  distintas  vertientes,  requiere  de  verdad  completa y   penas   “legales”  y  “justas”).   

46  Luigi   Ferrajoli, Derecho y Razón. Teoría del  garantismo  penal, Madrid, Editorial Trotta, 1995, p.  853.        “Son         ‘derechos  fundamentales’    todos    aquellos   derechos   subjetivos   que   corresponden  universalmente  a  todos  los  seres humanos en cuanto dotados del status  de personas, de ciudadanos  o  personas  con  capacidad  de  obrar;  entendiendo  por derecho subjetivo  cualquier  expectativa  positiva  (de  prestaciones)  o  negativas (de no sufrir  lesiones)  adscritas  a  un  sujeto  por  una  norma  jurídica; y por status la  condición  de  un  sujeto,  prevista asimismo por una norma jurídica positiva,  como  presupuesto de su idoneidad para ser titular de situaciones jurídicas y/o  autor  de  los  actos  que  son  ejercicio  de éstas”. Luigi  Ferrajoli,  Los      fundamentos     de     los     derechos  fundamentales,  Madrid,  Editorial  Trotta, 2001, p.  19.   

47  Jesús-María    Silva    Sánchez,    Sobre    la  “interpretación”  teleológica en Derecho Penal,  en  Estudios de filosofía  del   Derecho   Penal,  Bogotá, Uni-Ext., 2006, p. 373.   

48  Jesús-María   Silva   Sánchez,  Sobre…, ob. cit., p. 376.   

49  Kant  señala  que  “cuando se infringe la justicia no tiene ningún valor que  los hombres vivan sobre la tierra”.   

50  Código Penal de 2000, artículo 4°.   

51  Jesús  Orlando  Gómez López, La teoría del delito  desde  la perspectiva de la Constitución venezolana,  Barquisimeto, Judec, 2008, p. 38.   

52  Claus   Roxin,   Conclusiones   finales  en  Crítica  y  justificación  del  derecho  en  el  cambio de siglo, Cuenca, Universidad  Castilla-La  Mancha,  2003, p. 319. “Un adecuado sistema de política criminal  debe  orientar  la  función  preventiva  de  la  pena  con  arreglo a los   principios  de  protección  de  bienes  jurídicos,  de  proporcionalidad  y de  culpabilidad,  Síguese de ello, que la Constitución conduce a un derecho penal  llamado  a desempeñar, dados unos presupuestos de garantía de los derechos del  procesado  y  del  sindicado, una función de prevención general, sin perjuicio  de  la  función  de  prevención especial”. Corte Constitucional, Sentencia 7  dic. 1993.   

53  Claus       Roxin,      Conclusiones… ob. cit., p. 319.   

54  Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Penal, auto de segunda instancia  de 11 de julio de 2007, radicación 26945.   

55  Mientras  que  para  Kelsen la efectividad aparece vinculada a la existencia del  Estado  y  a  la  capacidad  de imposición política, para Hart el principio de  efectividad se plasma en términos de regla o práctica social.   

56  Joseph  Aguiló  Regla,  Sobre  la Constitución del  Estado  Constitucional, Doxa, 24, Alicante, 2001, p.  455.   

57  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, autos de segunda instancia  de  11  de  julio  de  2007,  radicación  26945,  y  de  10  de  abril de 2008,  radicación 29472.   

58  Véanse:   Gerardo   Landrove   Díaz,   La  moderna  victimología, Valencia, Editorial Tirant lo Blanch,  1998;  M. Carmen Alastuey Dobón, La reparación a la  víctima  en  el  marco  de  las  sanciones  penales,  Valencia,  Editorial  Tirant  lo Blanch, 2000; Alberto Alonso Rimo, Víctima  y  sistema  penal:  las  infracciones no perseguibles de  oficio   y   el   perdón  del  ofendido,  Valencia,  Editorial   Tirant   lo   Blanch,   2002;   Julio   Jorge  Urbina,  Protección  de  las  víctimas  de  conflictos  armados, Naciones  Unidas   y   Derecho   Internacional   Humanitario,  Valencia,  Editorial Tirant lo Blanch, 2000; y, Comisión Colombiana de Juristas  (ed.),  Principios internacionales sobre impunidad y  reparaciones,  Bogotá,  Opciones Gráficas Editores  Ltda., 2007.   

59  La  fijación  de los límites mínimo y máximo de la escala de penas se conoce  en   la   doctrina  como  proporcionalidad  cardinal  o  absoluta.   Adrew   von   Hirsch,  Censurar  y  castigar,  Madrid, Editorial Trotta, 1998, p.45 s.s.  “Estatuir   que  nadie  puede  ser  juzgado  sino  conforme  a  las leyes  preexistentes  al  acto  que se le imputa, implica que  para condenar a una  persona  se  requiere que su conducta esté previamente definida como delito; de  la     misma    manera    que    sólo    puede  imponérsele  la  pena  previamente  establecida  en  la  ley.  Se trata del  apotegma  universalmente  conocido  como  “nullum  crimen,  nulla  poena  sine  lege”.  El  principio de legalidad opera en un doble sentido, (i) como límite  al  ejercicio  del  poder  punitivo  del  Estado,  en la medida en que le impone  definir  previamente  qué  acciones  son  constitutivas  de  delitos y cuál la  sanción  a  aplicar  por  su   realización; y (ii) como garantía para el  procesado  y  la  comunidad, atendida la certidumbre que genera el saber de  antemano  que sólo será objeto de sanción penal la conducta erigida en delito  por   la   ley   y   que   únicamente   se   impondrá   la  pena  dentro de los límites cuantitativos y  cualitativos  establecidos  por  la misma”. Corte Suprema de Justicia, Sala de  Casación      Penal,      Casación,  radicación  28059, M. P., Dra. María del Rosario González de  Lemos.    “En    efecto,     los    ciudadanos    deben    conocer    los  comportamientos   prohibidos y por lo mismo elevados por el legislador a la  categoría   de  delitos  así como la correspondiente sanción previamente  establecida  a  fin  de  contar  con  la  certeza de que sólo podrán ser   sancionados  en  razón  de  la  comisión  de una conducta punible dentro de los límites cuantitativos y  cualitativos  consagrados  con  antelación en la ley, sin que tales marcos  puedan  desbordarse  a discreción o capricho de los funcionarios judiciales”.  Corte   Suprema   de   Justicia,   Sala   de   Casación   Penal,   Casación,  radicación 24.030, M. P.,  Dr. Julio Enrique Socha Salamanca..   

60  Corte    Constitucional,    sentencias    C-004/03    y    C-871/03,   refiriéndose   al   non  bis  in ídem y declarando que tal  principio  no  es  absoluto.  “En  el ámbito internacional se ha llegado a un  consenso  general  en la necesidad de considerar a las víctimas del delito como  parte   principal,    junto   al   victimario    y   en   igualdad   de   condiciones,   de  la  política   criminal  de  los  Estados.  Se trata de una exigencia social y  humana:  hoy,  el  llegar a ser víctima no se considera un incidente individual  sino  un problema de política social, un problema de derechos fundamentales”.  Alfonso  Daza  González,  Víctimas  en  el Sistema  Procesal   Penal  Acusatorio,  Bogotá,  Universidad  Libre, 2006, p. 56.   

61  Ángel  Puyol, El discurso de la igualdad, Barcelona, Editorial Crítica, 2001, p. 203.   

62  “Con  el  fin  de humanizar la actuación procesal y la pena; obtener pronta y  cumplida  justicia;  activar  la solución de los conflictos sociales que genera  el   delito;   propiciar   la   reparación  integral  de  los   perjuicios  ocasionados  con  el injusto y lograr la participación del imputado en la   definición  de  su  caso, la Fiscalía y el imputado o acusado podrán llegar a  preacuerdos que impliquen la terminación del proceso”.   

63  “En   los  delitos  en los cuales el sujeto activo de la conducta punible  hubiese  obtenido  incremento patrimonial fruto del mismo, no se podrá celebrar  el  acuerdo  con  la  Fiscalía  hasta  tanto  se  reintegre,  por  lo menos, el  cincuenta  por   ciento del valor  equivalente al incremento percibido  y se asegure el recaudo del remanente”.   

64  “Las  reparaciones  efectivas  a  la  víctima  que  puedan  resultar  de  los  preacuerdos   entre fiscal e imputado o acusado,  pueden aceptarse por  la  víctima.   En  caso  de  rehusarlos,  ésta  podrá acudir a las vías  judiciales  pertinentes”.   

65  Silvia  Barona  Vilar,  La conformidad en el proceso  penal,  Valencia,  Editorial Tirant lo blanch, 1994,  p. 31.   

66  Luis     Enrique    Romero    Soto,    Derecho  Penal, Parte General, Editorial Temis, 1969, p. 553.  “…a  la  cabeza  de sus grandes problemas y mayores desgracias, la impunidad  en  Colombia,  junto  con la violencia, la  corrupción y el narcotráfico,  se  erigen  como  una  de  las peores culturas de lastre que tanto contribuyen a  mantenerla   sumida   en   su   profunda   crisis”.  Germán  Puyana  García,  ¿Cómo    somos    los   colombianos?,  Bogotá, Editorial Panamericana, 2005, p. 275. El examen diario  de  expedientes  ha  señalado la práctica judicial discutible de reconocer sin  más,  a un allanado el máximo del descuento, que no puede suceder, vr. gr., en  casos  de  flagrancia  o  de  prueba  de cargo contundentes. Y si  ese  descuento  es  razonado,  más  el incremento  generalizado de penas por el  que  aboga  el  Magistrado  Gómez  Quintero, del artículo 14 de la Ley 890/04,  vigente   –según  él  desde  los  albores  del  sistema  acusatorio  colombiano-,  por supuesto que la  rebaja  fija de 1/3 de pena consagrada en el mentado artículo 40, será siempre  mayor.    

67  Luis  Camilo  Osorio  y  otros,  Prólogo,       Presentación  y SPA: una política criminal para la  lucha  contra  la  impunidad en un marco reforzado de derechos, en Nuevo código  de  procedimiento  penal,  Bogotá,  CEJ,  2004,  p.  21-40.   

68  “En  Colombia,  la  adopción  mediante  reforma constitucional, de este nuevo  sistema   procesal   penal,  perseguía  en  líneas  generales  las  siguientes  finalidades:   (i)  fortalecer  la  función  investigativa de la Fiscalía  General  de la  Nación, en el sentido de concentrar los esfuerzos de ésta  en  el  recaudo  de la prueba; (ii) establecimiento de un juicio público, oral,  contradictorio  y  concentrado; (iii) instituir una clara distinción entre  los  funcionarios  encargados  de investigar, acusar y juzgar, con el propósito  de  que  el sistema procesal penal se ajustase a los estándares internacionales  en  materia  de  imparcialidad  de los jueces, en especial, el artículo  8  del  Pacto  de  San  José  de  Costa  Rica;  (iv) descongestionar los despachos  judiciales  mediante la supresión de un sistema procesal basado en la escritura  para  pasar  a la oralidad, y de esta forma, garantizar el derecho a ser juzgado  sin  dilaciones  injustificadas; (v) modificar el principio de permanencia de la  prueba  por  aquel  de  la  producción de la misma durante el juicio oral; (vi)  introducir  el  principio de oportunidad; (vii) crear la figura del juez de  control  de  garantías;  e  (viii)  implementar  gradualmente  el nuevo sistema  acusatorio”.  Corte Constitucional, Sentencia C-591/05.   

69  Corte  Constitucional,  Sentencia  C-591/05.  Además,  repárese Exposición de  Motivos  del  Proyecto  de Acto Legislativo No. 237 de 2002 Cámara, por el cual  se  modifican los  artículos 234, 235, 250 y 251 de la Constitución   Política,  y  Juan-Luis  Gómez Colomer, El Tribunal  Penal  Internacional:  investigación  y  acusación,  Valencia, Editorial Tirant lo blanch, 2003, p. 55.   

70  Luis  Alfredo  de  Diego  Díez,  Justicia  criminal  consensuada,  Valencia,  Editorial  Tirant  lo   blanch,  1999,  p.  75.  “Estos acuerdos informales (en Alemania) funcionan de  forma   similar   al   plea  bargaining   de  los  EU  (y)  lo  que  en Alemania fue producto de una  práctica  judicial  ha  sido introducida en España y en Italia por los propios  legisladores”.    Silvia    Barona    Vilar,   La  conformidad…, ob. cit., p. 32.   

71  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación Penal, Sentencia Única Inst.  agosto   3   de   2005,   radicación   19094,   M.   P.,   Dr.  Yesid  Ramírez  Bastidas.   

72  La  Corte  Constitucional  hizo  expresa referencia a los autos del 4 de mayo de  2005,  radicaciones  19094  (reiterado  en  el  auto  de  7  de  abril  de 2005,  radicación 23312) y 23567.   

73  “La  definición, como la  palabra lo sugiere, es primariamente una   cuestión   de  trazar límites o discriminar entre un tipo de cosa y otro,  que  el  lenguaje  distingue mediante una palabra  separada”. H.L.A.  Hart,    El    concepto   de   Derecho,   Buenos   Aires,   Editorial   Abeledo-Perrot,   1977,  p.  13.  «Parecido»  significa  tener determinada apariencia o aspecto que le asemeja  a            algo;           «similar»  es  lo  que  tiene semejanza o analogía con algo. Son expresiones sinónimas de  «semejante»   que  significa  que  las  partes  guardan  todas  respectivamente  la  misma proporción en relación con otra. Es  parecido   a   lo   que   ocurre  con  los  vocablos   “equiparable”  y  “analogía”.     «Idéntico»     significa  lo  mismo  que  otra  cosa (institución) con que se  compara. Véase Diccionario de la Lengua Española, 22 edición.   

74  El  Comisionado  encargado del tema, escribió: “No debe perderse de vista que  los    preacuerdos   y  negociaciones,   bien  entendidos  y  acertadamente ejecutados, procuran imprimirle rapidez al trámite  de   juzgamiento,  sobre  la  base  de  un  consenso  justo, pudiéndose decir que si bien el procesado es  el  creador  del  conflicto  también  debe  intervenir  como  parte decisiva”  Gustavo  Gómez  Velásquez, Aproximación al tema de  los       preacuerdos       y      negociaciones  en  el  cpp –arts.   348   a    354-,   en  Sistema penal acusatorio,  Bogotá, Fiscalía General de la Nación, 2005, p. 69 ss.   

75  Camino  Vidal Fueyo, El principio de proporcionalidad  como   parámetro,   en  Anuario  de  derecho  constitucional latinoamericano,  11°  año,  T.II.,  Montevideo,  Fundación  Honrad  Adenauer  Stiftung,  2005,  p.430.   

76  Que  acaba  de  decir:  “En  realidad,  no  parece razonable que en el sistema  procesal   anterior   la  víctima  pudiera  disponer  de  su   pretensión  indemnizatoria,   pero   en   el   nuevo,   cruzado   transversalmente   por  el  instituto    de   las  negociaciones,   preacuerdos  y  acuerdos,  esa  capacidad  dispositiva  quede  limitada”.  Corte  Suprema de Justicia, Sala de  Casación Penal, Sentencia abril 9 de 2008, radicación 28161.   

77  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, sentencia de casación, 23  de agosto de 2005.   

78  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, sentencia de casación, 23  de  mayo  de  2006,  radicación  25300,  con  reiteración  en  la sentencia de  casación de 3 de mayo de 2007, radicación 23486.   

79Silvia     Barona     Vilar,     La  conformidad…, ob. cit., p. 31 y 33.   

80  Artículo 40 Ley 600 de 2000.   

81  Artículo 351 inc. 1° Ley 906 de 2004.     

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