28300(24-10-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 28300  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Aprobado Acta No. 205  

Bogotá, D.C., veinticuatro de octubre de dos  mil siete.   

V    I   S   T   O  S   

Con  el  fin  de  establecer  si reúnen las  exigencias  formales  previstas  en  el  artículo  212  de  la Ley 600 de 2000,  examina  la  Corte  las  demandas de casación presentadas por los defensores de  JOSÉ  IVÁN  MATALLANA  ESLAVA y CLAUDIA ASTRID HURTADO VARGAS, contra el fallo  de  segunda  instancia  proferido  por  el Tribunal Superior de Bogotá el 31 de  agosto  de  2006, mediante el cual confirmó la sentencia emitida por el Juzgado  Cuarto  Penal  del  Circuito  Especializado de la misma ciudad el 18 de enero de  2006,  condenando  a  los  mencionados procesados, en calidad de coautores de la  conducta  punible  de  lavado de activos, a las penas principales de 90 meses de  prisión  y  5000  salarios mínimos legales mensuales vigentes de multa, y a la  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas por el mismo el término de la sanción corporal.   

HECHOS  

En  anterior  oportunidad procesal, quedaron  consignados de la siguiente manera:   

“Se tiene conocimiento que en el año 1999,  los  señores  FRANCISCO  JOSÉ  VERGARA CARULLA y MANUEL GUSTAVO MORENO TORRES,  dos  prestantes  empresarios  de  la  ciudad  de  Bogotá,  tras atesorar en sus  patrimonios  importantes  capitales  producto  de sus negocios, cada cual por su  lado,  entraron  en  contacto  con  gerentes  del banco de Bogotá, el primero a  través  de  la  sucursal  Los Héroes y el segundo del Siete de Agosto, quienes  les  ofrecieron  intermediación  de  la  entidad  bajo  su representación para  invertir  el dinero en dólares del mercado no regulado, a través de cuentas en  el  exterior;  aceptadas  las  propuestas,  de  las transacciones se apersonaron  ejecutivos  de  nivel superior en el banco, entre ellos el doctor DELIO TRUJILLO  TRUJILLO,  quien  para entonces fungía como asesor comercial de la división de  comercio Internacional.   

En  ejercicio  de  adquirir  las divisas del  mercado  libre, obedeciendo instrucciones de ejecutivos del banco de Bogotá, el  señor  FRANCISCO JOSÉ VERGARA CARULLA hizo que sociedades deudoras suyas, para  pagarle  millonaria obligación, abriera (sic) cuenta en la sucursal Los Héroes  del  banco  de  Bogotá,  donde  efectuó  depósitos  que  a  la  postre fueron  retirados  a través de cheques de gerencia, librados también bajo directiva de  altos  ejecutivos  del  mismo  banco,  del  doctor  JOSÉ IVÁN MATALLANA ESLAVA  específicamente,  a ordenes (sic) de personas naturales y jurídicas señaladas  por  él  mismo, y por la señora CLAUDIA ASTRID HURTADO VARGAS, como SAAVEDRA Y  CORTÉS  CIA  LTDA,  ROBERTO  MÉNDEZ  e INVERSIONES RODRÍGUEZ MATALLANA Y CIA.  Luego,  desde  diferentes  bancos  en  los  Estados  Unidos, fueron transferidos  valores  equivalentes  al  banco  Republic International Bank of New Cork (sic),  cuenta  señalada  por  FRANCISCO JOSÉ VERGARA CARULLA, hasta completar 485.907  dólares,  de los cuales, el 22 de diciembre de 1999, la Corte del Distrito Este  de Nueva York congeló un saldo que ascendió a 185.907.   

Entre  tanto el señor MANUEL GUSTAVO MORENO  TORRES,  para la adquisición de las divisas con el precio favorable del mercado  libre,  asesorado  por  ejecutivos  del Banco de Bogotá, abrió una cuenta UNIR  (FIDEICOMISO  DE  INVERSIÓN  RENTABLE) en la sucursal Siete de Agosto y otra en  el  Banco  de  Bogotá Internacional Corporación Miami; en la primera, en pesos  colombianos,  periódicamente  consignó excedentes de capital, que luego con su  aval,  agentes  bancarios, entre ellos JOSÉ IVÁN MATALLANA ESLAVA, retiraron y  tras  difusas  transacciones,  en  las  que  participó  CLAUDIA  ASTRID HURTADO  VARGAS,  valores  equivalente  en  dólares fueron depositados en ésta última,  hasta  completar  492.992.73  dólares, de los cuales, en el mes de diciembre de  1999, la Corte Este del Estado de Nueva York congeló 312.676.17.   

Se   sabe   que   los  valores  referidos,  depositados  en  cuentas  bancarias  en  el  exterior,  manejadas  a  nombre  de  FRANCISCO  JOSÉ  VERGARA CARULLA y MANUEL GUSTAVO MORENO TORRES, los mismos que  fueron  congelados  por  orden  de  autoridades  norteamericanas, que la señora  CLAUDIA  ASTRID  HURTADO  VARGAS  suministró  a  JOSÉ  IVÁN MATALLANA ESLAVA,  tuvieron  origen  en  actividades  de  tráfico  de  estupefacientes, en las que  estuvieron    comprometidos    ciudadanos    colombianos   como   JOSÉ   ÁVILA  VEGA”.   

ACTUACIÓN PROCESAL RELEVANTE  

          Por  los  hechos  narrados anteriormente, la Fiscalía Especializada  delegada  ante  el  Cuerpo Técnico de Investigación de Bogotá, el 19 de abril  de  1999  dispuso  la  práctica  de indagación preliminar, en desarrollo de la  cual  escuchó  en versión libre a JOSÉ IVÁN MATALLANA ESLAVA, CLAUDIA ASTRID  HURTADO VARGAS, Delio Trujillo Trujillo y Nelly Pineda Borda.   

Con  resolución del 16 de enero de 2001, el  ente  instructor  se  abstuvo  de  abrir  investigación  penal en contra de los  mencionados,   disponiendo,   por   tanto,   el   archivo   provisional   de  la  actuación.   

El  29  de  agosto  siguiente, la oficina de  instrucción   determinó   reactivar   la  indagación  previa,  decretando  la  práctica de varias diligencias.   

Posteriormente,  el 12 de noviembre de 2002,  abrió  investigación  en  contra  de  JOSÉ  IVÁN  MATALLANA  ESLAVA  y Diego  Trujillo   Trujillo,  cuya  captura  ordenó  para  efectos  de  escucharlos  en  indagatoria.   

El  14  de  noviembre  del  mismo  año  fue  capturado  Trujillo  Trujillo,  quien  al día siguiente se le vinculó mediante  indagatoria  y  el  20  de  noviembre  posterior  se  le  definió su situación  jurídica,   con  la  aplicación  de  medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva, sin beneficio de excarcelación.   

El imputado JOSÉ IVÁN MATALLANA ESLAVA fue  declarado   persona   ausente,   mediante  resolución  del  24  de  febrero  de  2003.   

El  6  de mayo del mismo año, atendiendo lo  dispuesto  por  el superior funcional, la Fiscalía instructora ordenó vincular  a   la   investigación   a   CLAUDIA  ASTRID  HURTADO  VARGAS  y  Nelly  Pineda  Borda.   

La sindicada Pineda Borda rindió indagatoria  el  13  de mayo de 2003 y su situación jurídica, al igual que la del vinculado  MATALLANA  ESLAVA,  fue  resuelta mediante resolución del 19 de mayo siguiente,  en  la  que  se  les  aplicó  medida aseguratoria de detención preventiva, sin  derecho   a   libertad   provisional,  por  el  delito  de  lavado  de  activos;  adicionalmente,  a  Pineda  Borda  se  le  imputó  el  de  falsedad material de  particular en documento público.   

El  17  de  mayo de 2003, el ente instructor  declaró  el  cierre  parcial  de la instrucción, respecto del procesado Delito  Trujillo Trujillo.   

Capturada CLAUDIA ASTRID HURTADO VARGAS el 31  de  julio  de  2003, el mismo día fue escuchada en indagatoria; posteriormente,  el  4  de  agosto  de  esa  anualidad, el ente instructor definió su situación  jurídica,  imponiéndole  medida de aseguramiento de detención preventiva, sin  beneficio   de   excarcelación,   por   la   conducta   punible  de  lavado  de  activos.   

Clausurada   la   fase  investigativa,  la  Fiscalía  12  de la Unidad Nacional para la extinción del derecho de dominio y  contra  el  lavado de activos de Bogotá, calificó el mérito del sumario el 30  de  diciembre  de 2003, profiriendo resolución de acusación contra JOSÉ IVÁN  MATALLANA  ESLAVA,  CLAUDIA  ASTRID  HURTADO  VARGAS  y Nelly Pineda Borda, como  coautores  del  delito  de  lavado  de  activos;  igualmente,  a Pineda Borda le  imputó la conducta punible de falsedad en documento privado.   

La  providencia calificatoria fue confirmada  íntegramente  por  la  Fiscalía  Décima delegada ante el Tribunal Superior de  Bogotá, mediante resolución del 9 de marzo de 2004.   

La  etapa  de  la  causa  fue asumida por el  Juzgado  Cuarto  Penal  del Circuito Especializado de Bogotá, despacho que tras  evacuar  la  audiencias  públicas  de  preparación  y juzgamiento –en  la  que  dispuso  la  ruptura de la  unidad  procesal con respecto a la acusada Nelly Pineda Borda-, dictó sentencia  el  18  de  enero  de  2006, condenando a JOSÉ IVÁN MATALLANA ESLAVA y CLAUDIA  ASTRID  HURTADO  VARGAS  como  coautores  de  la  conducta  punible de lavado de  activos, tipificada en el artículo 247A del Código Penal de 1980.   

          Consecuente   con   la  decisión,  el  A  quo  les  impuso  las  penas  principales  y accesoria  referidas  en la parte inicial de este proveído. Del mismo modo, los condenó a  pagar  solidariamente  la  suma  de 46.901.43 dólares a favor de Manuel Gustavo  Moreno  Torres,  por concepto de perjuicios; se abstuvo de sentenciarlos al pago  de  perjuicios  a  favor  de  Francisco  José  Vergara Carulla; y les negó los  beneficios  de la suspensión condicional de la ejecución de la pena y prisión  domiciliaria.  Dispuso,  por  consiguiente,  se  insistiera  en  la  captura  de  MATALLANA ESLAVA.   

          El  fallo  condenatorio, que fue apelado por los defensores de ambos  procesados,  lo  confirmó  íntegramente la Sala Penal del Tribunal Superior de  Bogotá    –Sala    de  Descongestión-  el  31  de agosto de ese año, mediante la sentencia que hoy es  objeto del extraordinario recurso.   

          Previamente,  el  11  de agosto de 2006, el Tribunal había ordenado  la    libertad    provisional   de   la   sindicada   CLAUDIA   ASTRID   HURTADO  VARGAS.   

SÍNTESIS DE LAS DEMANDAS  

1.  Demanda  del  defensor  de  JOSÉ  IVÁN  MATALLANA ESLAVA.   

1.1. Cargo primero: nulidad.  

Con fundamento en el numeral 3 del artículo  207  del  Código  de  Procedimiento  Penal  de 2000, el casacionista acusa a la  sentencia     de    incurrir    en    errores    in  procedendo  que lesionan los derechos fundamentales al  debido  proceso  y  de  defensa  de  su  prohijado,  los  cuales  hacen  nula la  actuación,  con  base en los ordinales 2° y 3° del artículo 306 de la citada  codificación.   

En  orden  a fundamentar su censura, señala  que    al    proceso    fueron   aportados   algunos   documentos   “en  inglés y en simples fotocopias”,  por  parte  de  los  ofendidos  Francisco José Vergara Carulla y Manuel Gustavo  Moreno   Torres,  los  cuales  fueron  traducidos  por  la  oficina  de  Asuntos  Internacionales  de  la  Fiscalía. Los mismos, agrega, fueron tenidos en cuenta  por  el  ente instructor en la resolución de acusación y los juzgadores en los  fallos  de  primera  y segunda instancias, para determinar el origen ilícito de  los  dólares  incautados  a  aquéllos  por  las  autoridades  norteamericanas,  tipificando de esta forma el delito de lavado de activos.   

Los  documentos  en  mención,  aclara  el  demandante,  refieren  al  trámite  cursado en el Tribunal del Distrito Este de  Nueva  York,  en los Estados Unidos, a propósito de los decomisos referidos por  los  testigos  Vergara  Carulla y Moreno Torres, donde aparece que ello ocurrió  “porque  los  valores  tratados  se  originaron  en  actividades   de  narcotráfico”.  De  igual  forma,  aluden  a  la  causa  criminal  adelantada  por  ese gobierno en contra de José  Ávila  Vega, quien luego de su captura aceptó que el mencionado capital tenía  su   génesis   en   el   tráfico  de  drogas,  y  a  la  demanda  in  rem presentada por la fiscal americana  Loretta E. Lynch, contra varias cuentas bancarias.   

A    juicio   de   memorialista,   dicha  documentación  es nula de pleno derecho, pues, en violación al debido proceso,  no  se  ajusta  su  aporte  y  aducción  a  las  formalidades  de orden legal y  constitucional que se debieron cumplir para ello.   

Dicha documentación, señala el recurrente,  no  fue  allegada  al  proceso  por  una  autoridad  responsable de la misma. No  bastaba,  entonces,  con  que  uno  de  los  afectados  la presentara y luego la  Fiscalía  dispusiera  su  traducción. De ahí que la Fiscalía se equivocó al  darle  valor  probatorio,  dado  que  en  su  incorporación  se  trasgredió lo  previsto  en  los  artículos  504  (contenido  de las solicitudes de asistencia  judicial),  239  (prueba  trasladada) y 259 (aporte de documentos) de la Ley 600  de  2000;  así  mismo,  los  artículos  185  (prueba  trasladada),  254 (valor  probatorio  de  las  copias)  y  115-7  (copias  de  actuaciones judiciales) del  Código de Procedimiento Civil.   

En apoyo de sus asertos, el impugnante trae a  colación  citas  jurisprudenciales  de  la  Salas de Casación Civil y Penal de  esta  Corporación,  alusivas  al  valor  probatorio  de  las  copias  y  a  las  consecuencias   que  acarrea  la  prueba  irregularmente  allegada  al  proceso,  respectivamente.  Con  igual  fin,  refiere,  en  lo pertinente, la normatividad  contenida  en  la  “Convención sobre la abolición  del     requisito     de     legalización     para     documentos     públicos  extranjeros”.   

Destaca,  a  continuación, que precisamente  con  el fin de acatar las disposiciones legales, la Fiscalía instructora libró  varias  cartas rogatorias ante las autoridades competentes de los Estados Unidos  de  América,  en  las que solicitaba que se practicaran inspecciones judiciales  en  los  trámites  allí  adelantados  y  remitieran  copias auténticas de los  mismos,  “para demostrar que los fondos en depósito  demandados    son    derivados    de   la   venta   de   cocaína”.   

Dice  que  a pesar de que se insistió en la  respuesta,   resaltando   la  “importancia  de  las  pruebas  solicitadas”,  hasta  el  momento  no se ha  obtenido  contestación  alguna  por  parte  de  las autoridades americanas. Sin  embargo,  con  las  fotocopias  a que hizo mención se acusó a su defendido, es  decir,  con  fundamento  en  una  prueba  completamente  ilegal  y nula de pleno  derecho  que, de acuerdo a lo sostenido por la Corte Constitucional en la SU-159  de 2002 de la que cita apartes, debe excluirse.   

Acto  seguido,  el  actor  señala que en el  mismo  error  incurrieron  los  juzgadores  de  primer  y segundo grados, ya que  dieron  por  probado,  con  base  en  la  cuestionada  documentación,  que  los  capitales  entregados  por los señores Francisco José Vergara Carulla y Manuel  Gustavo   Moreno   Torres,  fueron  cambiados  a  dólares  que  provenían  del  narcotráfico,  al  tiempo  que  reconocieron  que  habría  sido  mejor  si  la  Fiscalía  hubiese  logrado adjuntar las copias con las formalidades legales, lo  que no se obtuvo por la falta de apoyo del estado norteamericano.   

También  hace saber el censor, que tanto el  juzgado  de  conocimiento  como  el Tribunal, negaron su solicitud de nulidad de  pleno  derecho  de  dichos documentos, pues, consideró el último, “lo   realmente  importante  es  advertir  la  forma  en  que  se  allegaron  tales  documentos  al  plenario,  para concluir que los mismos lo que  hacen  es  corroborar  plenamente  los dichos del señor Francisco José Vergara  Carulla”.  Lamenta,  igualmente,  que  a  pesar  de  haberle  otorgado  valor  como  prueba  a  la  documentación,  el  Ad  quem  se  contradice  mas adelante al  manifestar   que   las   fotocopias  que  la  conforman,  no  tienen  autonomía  probatoria.   

Seguidamente  el libelista alude al concepto  de   “prueba  trasladada”,  para  insistir  en  que  no  se  cumplieron  las  formalidades  legales  y  que por ello no debía determinarse la responsabilidad  penal  de  su  prohijado,  pues,  el  artículo 232 del Código de Procedimiento  Penal  de  2000  señala  que  toda  providencia debe fundarse en pruebas legal,  regular y oportunamente allegadas a la actuación.   

Para el defensor, los falladores pasaron por  alto  principios  rectores  contenidos  en  la norma adjetiva penal, como los de  integración,      legalidad,      actuación      procesal,     remisión     y  prevalencia.   

Añade  que su crítica se identifica con lo  sostenido  por  la  doctrina  y  la  jurisprudencia,  respecto  a  la ritualidad  procesal  en  materia  probatoria.  De ahí entonces que al haberse aportado una  prueba  con  total  desconocimiento  de  la  garantía constitucional del debido  proceso,  no  se  demostró  en  la  actuación  que los dólares adquiridos por  Vergara   Carulla   y   Moreno  Torres,  tengan  su  origen  en  actividades  de  narcotráfico.  Por  lo  tanto,  mal podía haberse acusado y condenado por unos  hechos que carecen de fundamento probatorio legal.   

Dice el casacionista que de no haber mediado  este  error, la decisión final habría sido otra, puesto que si no se demuestra  el  cuerpo  del  delito de lavado de activos, no puede deducirse responsabilidad  penal en el mismo.   

Por  último,  el demandante advierte que la  nulidad  procede  igualmente  por  violación  del  derecho  de  defensa  de  su  representado,   ya   que   se   le  conculcó  el  derecho  a  controvertir  las  pruebas.   

En   particular,   apoyado   en   normas  internacionales,  resalta  que  es  derecho  de  la  defensa  el  de  obtener la  comparecencia  de testigos o peritos que puedan arrojar luz sobre los hechos, lo  cual  no  sucedió  en  este  evento,  ya  que  a  pesar de haberse solicitado y  decretado  las  declaraciones  de  José Ávila Vega, Radhames Gómez Sánchez y  Luis  Rodríguez,  citados  en  la  documentación extranjera, finalmente no fue  posible  escucharlos por la falta de colaboración de las autoridades judiciales  americanas.   

Agrega  el  memorialista  que  “el     interrogatorio     de     estos     personajes    y    su  identidad”  era  fundamental  para  demostrar  en el  juicio  que  ellos no tuvieron ningún vínculo con JOSÉ IVÁN MATALLANA ESLAVA  y  que  éste no tuvo ninguna intervención en las actividades ilícitas por las  cuales fueron condenados aquéllos en los Estados Unidos.   

Esta   circunstancia,   sumada  al  valor  probatorio  dado  a  las  fotocopias aportadas por uno de los ofendidos, implica  violación  del  derecho de defensa, que necesariamente debió tenerse en cuenta  en el fallo, absolviéndose a los implicados.   

Para  terminar,  el  recurrente solicita la  nulidad  de  pleno  derecho  de  toda  la  prueba  documental  aportada  por los  ofendidos  y  “en  su  lugar  la Corte profiera una  sentencia    absolutoria”    a    favor    de   su  defendido.   

Igual petición nulificante realiza, con la  consecuente  absolución,  de  aceptar  la Sala “las  irregularidades   que   afectan   una  sana  crítica  probatoria”,   por   la   imposibilidad  de  haberse  ejercido  el  derecho  de  contradicción.   

En  su  defecto,  depreca que se decrete la  nulidad  de  lo  actuado  a  partir de la resolución de acusación, por haberse  apoyado en prueba ilegal e irregularmente allegada al proceso.   

1.2.  Cargo  segundo  (subsidiario):  falso  juicio de legalidad.   

Al  amparo del numeral 1°, cuerpo segundo,  del  artículo  207  de la Ley 600 de 2000, el impugnante aduce que la sentencia  del  Tribunal incurrió en un error de derecho por falso juicio de legalidad, al  “haberse   cometido   una   trastocación   de  la  prueba”,  mediante  un  yerro  de  tipo in iudicando.   

Ello,  argumenta,  porque  se  evidencia el  desconocimiento  de las normas sobre producción probatoria, derivado de haberse  considerado  en  el  fallo  medios de convicción aducidos con violación de las  formalidades   legales,  concretamente,  por  haber  aceptado  como  prueba  los  documentos  que  en  fotocopia  simple aportaron los declarantes Francisco José  Vergara  Carulla  y Manuel Gustavo Moreno Torres, para demostrar que los dineros  confiscados  por  las  autoridades  norteamericanas  provenían  de  actividades  ilícitas  relacionadas  con  el  tráfico  de  narcóticos.  A  partir de ello,  lamenta,  se determinó la responsabilidad de su defendido JOSÉ IVÁN MATALLANA  ESLAVA en el delito de lavado de activos.   

Luego   de   transcribir   los  apartados  pertinentes  de  la  providencia  censurada, en lo que concierne al contenido de  los  documentos  que  cuestiona  y la conclusión probatoria a la que arribó el  Ad  quem,  el actor asevera  que  dicha  documentación  fue  obtenida  ilegalmente, es inexistente y nula de  pleno de derecho.   

Y,  como  lo hiciera en la postulación del  cargo  anterior,  una vez más refiere ampliamente cómo fueron incorporadas las  fotocopias  al proceso, cuya traducción llevó a cabo la propia Fiscalía, para  destacar  que  no  emanan  de  la  autoridad responsable de las mismas. Insiste,  entonces,  en que el Tribunal se equivocó al brindarles valor probatorio, pues,  si  bien  en  nuestro sistema rige el principio de la libertad probatoria, éste  tiene  sus  límites  legales,  que  para  el caso concreto se prevén en los ya  citados artículos 239 y 259 del Código de Procedimiento Penal.   

Acto   seguido,  el  censor  reitera  sus  disquisiciones  acerca de la prueba trasladada, resaltando que la documentación  aportada  por  los  ofendidos  no tiene tal carácter y que por ello fue que, de  manera  atinada,  la  Fiscalía libró varias cartas rogatorias -8 en total- con  destino  a las autoridades judiciales de los Estados Unidos, a las que se pidió  insistentemente,  como  evidencias  complementarias,  inspecciones  judiciales y  copias  auténticas  de  los  trámites  allí impulsados, dada su importancia y  trascendencia  probatoria,  pues,  a  partir de dichas piezas se acreditaría el  origen ilícito de los dineros incautados.   

Como nunca se obtuvo respuesta, añade, los  juzgadores  de  instancia no podían darle validez ni existencia jurídica a una  prueba  que es nula de pleno derecho y que contraviene, además del artículo 29  de  la Constitución Política, los preceptos del Código de Procedimiento Civil  citados   con   antelación.   Para   reforzar   este  planteamiento,  vuelve  a  transcribir,  en lo pertinente, las providencias de las Salas de Casación Penal  y  Civil  de  la  Corte  Suprema  de  Justicia,  y  de  la Corte Constitucional,  referidas  en  el  primer  cargo. Igualmente, algunos preceptos contenidos en la  “Convención  sobre  la abolición del requisito de  legalización     para     documentos    públicos    extranjeros”.   

El  libelista,  a continuación, retoma los  asertos  de  los  falladores, para decir que se contradijeron. En efecto, anota,  el  Juzgado  Especializado, luego de determinar que las fotocopias aportadas por  el  ofendido  no constituían prueba trasladada, terminó otorgando credibilidad  a  las  declaraciones de Francisco José Vergara Carulla y Manuel Gustavo Moreno  Torres,  por cuanto lo que habían relatado, “lo documentaron”. En tanto que  el  Tribunal,  tras  ratificar  que  la  documentación  corrobora  lo dicho por  aquéllos  declarantes, brindándole, por tanto, categoría de prueba, aduce que  la misma carece de autonomía probatoria.   

Además,   la   prueba  documental  nula,  manifiesta  el  defensor,  tampoco  corrobora  lo denunciado por Francisco José  Vergara  Carulla. Para demostrar este aserto, alude a las seis declaraciones que  rindió  el  citado  testigo  a  lo  largo  de  la investigación, de las cuales  transcribe  algunos  apartados,  para  concluir,  luego  de su análisis, que en  ningún  momento  manifestó  que  el dinero depositado en las cuentas bancarias  americanas  provenía  de  actividades del narcotráfico, pues, solamente sabía  que  la  incautación  se  hizo  “por presunción de  lavado de activos”.   

Por esta razón, insiste en que en el fallo  se  consignó  una  conclusión  errada  y por ello la testificación de Vergara  Carulla  no  es  idónea, como prueba, para comprobar la ilicitud de los dineros  decomisados en el exterior.   

Seguidamente,   con   el   propósito  de  “desarticular los demás soportes probatorios de la  sentencia”, el casacionista aborda los informes y la  declaración  del  investigador judicial Fredy Rubio Zafra, y los testimonios de  Manuel Gustavo Moreno Torres y Eugenio Jaimes Escobar.   

Del primero, resume sus asertos y plasma su  punto  de  vista,  determinando  que  no  es  prueba idónea, ya que se limita a  repetir lo que le transmitió Francisco José Vergara Carulla.   

De  la  testificación  de  Moreno  Torres,  referida  escuetamente  por  el  Tribunal,  asevera  que  no sustituye la prueba  documental,  como  tampoco  acredita  el  origen  del  dinero decomisado por las  autoridades extranjeras.   

Y,  de  la  exposición  de Jaimes Escobar,  destaca  que  tampoco  sustituye  la  prueba documental acerca del origen de los  capitales  confiscados,  aunque,  admite  el demandante, reconoció como suya la  declaración  que  vertió  ante  un funcionario judicial en los Estados Unidos.  Aclara  sí,  que  su  declaración  no  va  más  allá de relatar cómo fueron  adquiridos  los  dólares,  sin  que  asome  en  lo  más  mínimo  prueba de su  procedencia ilícita.   

Con  base  en  lo anterior, el memorialista  itera  que  ante  la aducción ilegal de la prueba documental, la que tilda como  “piezas       de       puro       contrabando  jurídico”,  no  está  demostrado en el proceso que  los  dólares  adquiridos  por  Francisco José Vergara Carulla y Manuel Gustavo  Moreno  Torres,  tengan su origen en actividades relacionadas con el tráfico de  narcóticos,  y,  por  esta razón, no podía condenarse a JOSÉ IVÁN MATALLANA  ESLAVA  por la conducta punible de lavado de activos, tal como se tipifica en el  artículo  9°  de  la  Ley  365  de  1995,  que modificó el artículo 247A del  Código Penal de 1980.   

Solicita,  para finalizar, se case el fallo  impugnando  y,  en  cambio,  se  profiera  sentencia  absolutoria  a favor de su  representado.   

2. Demanda de la defensora de CLAUDIA ASTRID  HURTADO VARGAS.   

Al  amparo  de  la  causal  descrita  en el  numeral  1°,  cuerpo  segundo,  del  artículo 207 del Código de Procedimiento  Penal,  la  recurrente  postula  dos  cargos,  que  desarrolla  de  la siguiente  manera:   

2.1.   Cargo  primero:  falso  juicio  de  existencia.   

Dice  la  impugnante,  que  la sentencia de  segundo  grado incurrió en un error de hecho por falso juicio de existencia por  omisión,  ya  que  no tuvo en cuenta la carta suscrita por la señora Carmen D.  Colón,  agregada  judicial  de la Embajada de los Estados Unidos, fechada el 25  de  noviembre  de  2003  y  dirigida al Fiscal General de la Nación, en la cual  informa  que  CLAUDIA ASTRID HURTADO VARGAS, “estaba  activa  como informante del Servicio de Aduanas para la fecha y en relación con  los  hechos  que se imputan”, en el proceso ventilado  en su contra por el ilícito de lavado de activos.   

Agrega  que  en  sus  consideraciones,  el  Tribunal  descartó  que  estuviese  probada aquella calidad, manifestada por su  defendida  en  la  audiencia pública, la cual la hace ajena a cualquier condena  penal por estos sucesos.   

Además,  “si  existe   un   convenio   aplicable,   es   con  los  Estados  Unidos”,  objeto  de  regulación  en los artículos 499 y 500 de la Ley  600 de 200.   

Termina  diciendo  la censora, que de haber  valorado  el  Ad  quem dicha  prueba,  en  su  sentido natural y obvio, no habría aplicado de manera indebida  el  artículo  232  de  la  citada  codificación,  ni  dejado  de  aplicar  los  artículos  7°  Ibídem  y  29  de  la  Constitución  Política, puesto que la  decisión  habría  sido  absolutoria.  Por  lo anterior, concluye, “prospera el cargo”.   

2.2.   Cargo  segundo:  falso  juicio  de  existencia.   

Señala la libelista que el Tribunal dejó  de  tener  en cuenta la carta rogatoria JE-1243 diligenciada por el Departamento  de  Justicia  de  los  Estados  Unidos –la  cual  transcribe  en lo pertinente-, en la que se certifica que  su  prohijada  es  informante confidencial del Servicio de Aduanas de ese país,  para  el  que  trabajaba  como corredora financiera, correspondiéndole adquirir  dinero  proveniente  del  tráfico  de estupefacientes. Se añade que el acuerdo  con   “Vargas”  como  informante   confidencial,   requería   que   ella  mantuviese  en  secreto  su  cooperación, lo cual cumplió.   

Claro  está, reconoce la casacionista, el  juzgador  de  segunda instancia no pudo analizar dicho elemento probatorio, toda  vez  que  fue  arrimado  con  posterioridad  a la emisión del fallo, si bien se  decretó y practicó oportunamente.   

De  haber sido tenida en cuenta la prueba,  CLAUDIA  ASTRID  HURTADO  VARGAS  habría  sido absuelta, pues, la certeza a que  alude  el  artículo  232  de la Ley 600 de 2000, habría cedido ante una de las  causales del artículo 32 del Código Penal de 2000.   

A continuación, la demandante explica las  razones  que  conllevaron  a  su  prohijada  a  guardar silencio en sus primeras  intervenciones,  cita  doctrina  sobre  la  certeza  y el principio In  Dubio  Pro  Reo y enuncia como normas  violadas  los  artículos 13, 28, 29 y 93 de la Constitución Política; 7, 32 y  323  de  la  Ley 599 de 2000; y 233, 234, 237 y 262 del Código de Procedimiento  Penal de 2000.   

Peticiona  la  recurrente, para finalizar,  que   la  Corte  case  la  sentencia  impugnada  “y  convirtiéndose  en  sede  de instancia”, absuelva a  CLAUDIA      ASTRID      HURTADO      VARGAS,     decretando     su     libertad  incondicional.   

Pero, adiciona, si se considera que lo que  existe  es  una nulidad, por cuanto los juzgadores no tuvieron la oportunidad de  valorar  las  pruebas  allegadas  tardíamente,  solicita  se  de aplicación al  artículo 216 de la Ley 600 de 2000.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.  Demanda  del  defensor  de  JOSÉ IVÁN  MATALLANA ESLAVA.   

1.1. Cargo primero: nulidad.  

        El  demandante,  ubicado  en  la causal tercera, acusa a    la   sentencia   de   incurrir      en      errores      in  procedendo que lesionan los derechos fundamentales al  debido     proceso    y    de    defensa    de    su    representado.   

        Sin  embargo, basta apreciar la forma como el recurrente desarrolla  la  argumentación,  para  advertir  clara su pretensión de valerse del mecanismo nulificante,   de   un   lado,  para  anteponer  su  particular  interpretación de los hechos y los elementos probatorios recabados,  a  la  que  sirviera  de soporte al fallo condenatorio  –incluso a la consignada  en   la   resolución   de   acusación-,  eludiendo significar, no ya dentro del  error        in  procedendo  postulado,  sino  del  propio de hecho al  cual  finalmente  enfila  su  discurso,  cuál  fue  en  particular el yerro del  Tribunal  –falso juicio de  existencia,  falso  juicio  de  identidad  o falso raciocinio-, que condujo a la  decisión   contraria   a   los   intereses   de  su  prohijado;  y  del otro, la que en esencia constituye  crítica  referida  a  la  legalidad  de  los  elementos  suasorios,  pasible de  presentar     por     la     vía     del     error    de    derecho.   

        En  efecto,  cuestiona  a  lo largo de su disertación, que el ente  instructor  y los juzgadores de instancia, hayan brindado valor probatorio a las  fotocopias  informales  que  presentaron  los ofendidos, a partir de las cuales,  dice,  se  estructuró  la responsabilidad penal de JOSÉ IVÁN MATALLANA ESLAVA  en el delito de lavado de activos.   

        Sobre  este  particular,  ya  la  Corte  ha  significado  de manera  reiterada  y  pacífica  cómo, si lo atacado es el elemento probatorio, sea por  la  interpretación  que  se hace de uno o varios de los medios que sirvieron de  soporte  al fallo, o en razón a que se controvierta la legalidad de los mismos,  el  cargo  ha  de  enfilarse por la vía del error de hecho o de derecho, dentro  del  cuerpo segundo de la causal primera, y no, como equivocadamente lo pretende  aquí  el casacionista, a la  luz   de   los  parámetros de la causal tercera por  supuestos    errores    in   procedendo,   entre   otras   razones,  porque  la  aducción  o  análisis  probatorios,  no  constituyen en sí mismos, dentro del  presupuesto  antecedente  consecuente  o preclusivo que gobierna la tramitación  penal,   una   actuación  trascendente  que  faculte  retrotraer  el  asunto  a  determinado estado procesal.   

        Y  si,  como  de  soslayo  postuló  el recurrente, aunque después  desvía  su  cometido  al  asunto  meramente  interpretativo de lo que la prueba  demuestra,   se   advierte   algún  tipo  de  ilicitud  del  elemento  suasorio  –dado   que  los  documentos  en cuestión no aparecen autenticados por las  autoridades   responsables   de  hacerlo-,   ello   facultaría,   como   también   tiene  establecido  la  Sala,  que  se  dejara  de  considerar  la  documentación  referida  para verificar si con los demás se sostiene o no la sentencia de  condena,  postulación,  reiteramos,  que ha de enfilarse por la senda del error  de  derecho  y  obliga  del  recurrente analizar la totalidad de la prueba y los  fundamentos  concretos  del fallos para sustentar si este puede o no mantener el  soporte condenatorio.   

        Esto   ha   dicho   la   Corte   sobre   lo   discutido1:   

“…Como  lo  ha  precisado  la Corte en  variada  jurisprudencia, los vicios predicables de la aducción probatoria   no  implican,  de  suyo,  la  invalidación de todo lo actuado en un determinado  proceso,  por  más  que  se invoque como infringido el artículo 29 de la Carta  Política,  pues  cuando  en esta disposición superior se prescribe que es nula  de  pleno  derecho  la  prueba  practicada  con violación al debido proceso, es  claro  que  se  está  refiriendo  al  fenómeno de la inexistencia de los actos  procesales,  cuyos  efectos invalidantes se surten sobre la prueba en sí misma,  sin  que  fatalmente  deban  trascender  al  resto  de  la  actuación,  pues la  solución   político-jurídica   a  este  tipo  de  irregularidades  es  su  no  apreciación  como  medio  de  convicción,  es  decir,  que sin que se requiera  pronunciamiento  judicial  no puede producir efecto jurídico alguno, careciendo  de  poder  vinculante  en la actuación, siendo, por tanto, la causal primera la  correcta  para  sustentar esta clase de ataques, debiéndose demostrar que en la  producción  de  la  prueba  se  desconocieron  los  requisitos  legales para su  validez  y  además,  que  de  descartarse  para  su valoración el fallo sería  distinto”.   

        Para  significar la posibilidad de que el acopio de prueba ilícita  genere   la  nulidad  del  trámite  procesal,  estableció  la  Corte  límites  puntuales,       del       siguiente      tenor2:   

“Pero además,  como  lo  sostiene la Corte Constitucional en la Sentencia C-591 de 2005, pueden  existir  ciertas pruebas ilícitas que generan como consecuencia la declaratoria  de  nulidad  de  la  actuación procesal y el desplazamiento de los funcionarios  judiciales  que  hubieren  conocido tales pruebas. A este género pertenecen las  obtenidas    mediante    tortura,    desaparición    forzada    o    ejecución  extrajudicial:   

“La  Corte considera, que cuando el juez  de  conocimiento  se  encuentra  en  el  juicio con una prueba ilícita, debe en  consecuencia  proceder  a  su  exclusión.  Pero,  deberá  siempre  declarar la  nulidad  del proceso y excluir la prueba ilícita y sus derivadas, cuando quiera  que  dicha  prueba  ha  sido  obtenida mediante tortura, desaparición forzada o  ejecución  extrajudicial.  En  efecto,  en  estos  casos,  por  tratarse  de la  obtención   de  una  prueba  con  violación  de  los  derechos  humanos,  esta  circunstancia  por  si  sola hace que se rompa cualquier vinculo con el proceso.  En  otras  palabras,  independientemente  de  si  la  prueba  es trascendental o  necesaria,  el  solo  hecho  de  que  fue practicada bajo tortura, desaparición  forzada  o  ejecución  extrajudicial, es decir, mediante la perpetración de un  crimen  de lesa humanidad imputable a agentes del Estado, se transmite a todo el  proceso  un  vicio insubsanable que genera la nulidad del proceso, por cuanto se  han  desconocido  los  fines del Estado en el curso de un proceso penal, cual es  la  realización de los derechos y garantías del individuo. Además, como queda  ya  comprometida  la  imparcialidad  del  juez que ha conocido del proceso, debe  proceder además a remitirlo a un juez distinto.”   

“5.2 La prueba ilegal se genera cuando en  su  producción,  práctica  o  aducción  se  incumplen  los requisitos legales  esenciales,  caso  en  el cual debe ser excluida, como lo indica el artículo 29  Superior.   

“En  esta  eventualidad,  corresponde al  juez  determinar  si  el requisito legal pretermitido es esencial y discernir su  proyección  y  trascendencia  sobre el debido proceso, toda vez que la omisión  de  alguna  formalidad  insustancial,  por  sí  sola  no autoriza la      exclusión      del      medio     de     prueba”.   

        Evidente  que  el  caso  examinado no se  trata  de  uno  de  los  factores  que  habilitan la  declaratoria  de  nulidad,  el cargo propuesto por el  defensor   debe  entenderse  mal  formulado,  pues,  además,  la  impropiedad  del mismo refulge patente cuando en el acápite de lo  solicitado  a  la  Sala,  advierte  que la nulidad debe ser declarada, pero a la  vez,  se  hace  menester  emitir  en  esta  sede  fallo  absolutorio.   

       Y  no  es posible siquiera adecuar la demanda para que se entienda  cubierta  la  controversia  dentro  del  espectro adecuado de la causal primera,  cuerpo  segundo,  pues,  el contenido mismo del cargo torna imprecisas e incluso  contradictorias  las  argumentaciones  que  lo  soportan,  emergiendo  imposible  verificar  en  qué  específico  aspecto  centra  el  impugnante  el  yerro del  Tribunal.   

       Al   efecto,   pareciera   que   se   atacase   la  decisión  por  fundamentarse  exclusivamente ella en unos documentos  en  inglés aportados por  uno  de  los  ofendidos,  traducidos posteriormente por la Fiscalía,  en  los  que   se   señala   el  origen  ilícito  de  los  dineros  decomisados por las autoridades judiciales de  los Estados Unidos.   

       Sin  embargo,  durante  el  desarrollo del punto, el censor dedica  sus   esfuerzos   a  debatir  la  naturaleza  y  sustento  de  los  citados    documentos,    dejando    entrever   que   en  últimas,  el  fundamento de la sentencia condenatoria recayó  en  la  testificación  de los señores Francisco José Vergara Carulla y Manuel  Gustavo  Moreno  Torres, aportantes de los documentos  en  cita,  a  quienes  los falladores brindaron total  credibilidad.   

       Mal   puede,  por  ello,  soportar  el  censor  la  controversia  que  remite  a la supuesta  prueba       ilícita       y,       particularmente,       la      incorporación  de  la  documentación,  si  de  entrada  se significa que fue descartada como  prueba  trasladada  por  los  juzgadores   y   además   se   reconoció   que   carecía   de  autonomía  probatoria.   

       Consciente  de la dificultad lógica que su argumento encierra, el  casacionista, a pesar de  prohijar  la  tesis  de  una  supuesta  prueba ilícita que se tomó  en  consideración,  mejor dirige la  discusión  hacia  su  concreta  interpretación  de  los  hechos y de lo que se  arrimó  al  proceso,  significando  que la única manera de demostrar el origen  ilícito  de  los  dineros  incautados,  lo  era  a  través de las copias  auténticas emanadas de las autoridades responsables de su  emisión, en cuyo caso, dado que se omitió ello, es  menester  entender  que  no  se  demostró el aspecto  objetivo      del      delito      de      lavado     de     activos.   

       Así  planteada  la  sustentación,  es  claro  que  finalmente lo  pretendido  es  advertir  un  error  de  hecho  por  falso  juicio de existencia  –se    tomó    en  consideración  una  prueba  inexistente-,  o  por  falso  juicio  de  identidad  –se otorgó a la prueba  testimonial  un  alcance  que no tiene-, jamás desarrollado en su naturaleza y alcances.   

       Incluso,  para  determinar  aún más equívoca la argumentación,  en  lo  que  toca  con  la trascendencia   del  ataque,  el  actor  manifiesta  que   ello   incidió   directamente  en  el  fallo,  pero,  admitiendo  que  la  decisión     del     Tribunal     tuvo     otro  sustento  probatorio,  razona  de  manera particular  acerca  de  esos  medios, para concluir de su propio magín, que ellos no pueden  conducir  a determinar probado el tópico, con lo cual, la crítica que  inicialmente  planteó por la vía  de   la   nulidad,   la   desvía  hacia  el  campo  de    la apreciación probatoria.   

       Apenas  para ilustrar este punto, basta  observar  como  en  la  parte final de su libelo, en  lo   que  concierne  al  desarrollo       de      este      primer    cargo,    el   recurrente   solicita  que  se  decrete  la  nulidad  “dadas     las     irregularidades     referidas    que    afectan    una    sana    crítica   probatoria”   (fs.   65,   resaltado   de  la  Sala).   

       No  es,  conforme  a  lo  visto, que el Tribunal hubiese tomado en  cuenta  una  supuesta prueba ilícita o ilegal, sino, que el impugnante, a pesar  de  hallarnos  regidos  por  un sistema de libertada probatoria, anteponiendo su  particular   criterio  al  del  Ad  quem,  en  un  típico  alegato  de  instancia,  estima que uno de los  hechos  trascendentes  del proceso únicamente puede ser probado con el elemento  documental  echado  de  menos  y  no  con  aquellos  que  presuntamente  sirvieron  de  soporte al fallo  cuestionado.   

       Lo  anotado  en  precedencia  permite  asumir  que los errores in  procedendo destacados por  el  impugnante,  no  tuvieron  lugar, ni mucho menos se violaron los derechos de  defensa  y  al  debido  proceso,  no sólo porque el tópico probatorio debe ser  atacado  a  través de la causal primera, cuerpo segundo, sino, con mayor efecto  sobre  la  pretensión  del  censor,  porque  este  nunca  estructuró de manera  lógica  una  posible incursión en el terreno de la prueba ilícita, deviniendo  su  argumentación,  como  ya  se  dijo,  en  un simple alegato de instancia que  pretendió  evadir  la  carga  de  sustentación lógico jurídica propia de los  errores de hecho o de derecho.   

       Y,  a  dicha  profusión  argumental,  debe sumarse otra petición  formulada  por  el  actor,  tendiente a que la nulidad se sustente en violación  del  derecho  a la defensa, ya que se le conculcó el derecho a controvertir las  pruebas,  lo  cual  concretó  en  tres  declaraciones que fueron decretadas, pero no se allegaron por la  falta      de      colaboración      de      las     autoridades     judiciales  norteamericanas.   

En  la  postulación  de  esta  censura, el  censor  omite  indicar cuál es la trascendencia del supuesto error que plantea,  puesto   que   era  su  obligación  aducir  cómo  lo  manifestado  por  dichos  declarantes  habría  incidido  en  el  grueso  de  la  prueba  y  conduciría a  desvirtuar  los  efectos de la sentencia condenatoria o, por lo menos, a cambiar  la decisión emitida en contra de su defendido.   

Como  no  bastaba  con  decir  que aquellos  testigos  eran fundamentales para demostrar que su defendido no tenía vínculos  con  ellos  ni participó en actividades ilícitas en el exterior, el cargo así  planteado se quedó en el mero enunciado.   

       Como      consecuencia     de     lo     anterior,    debe  desecharse  el cargo que  como  principal  informa  la  demanda  de  casación.   

       1.2.    Cargo    segundo    (subsidiario):    falso    juicio   de  legalidad.   

       Como  quiera  que se entiende adecuadamente postulado y fundamentado  el  cargo  que  remite  a  un  supuesto  error  de  derecho  por falso juicio de  legalidad,  la  Sala  admitirá la demanda en lo que a este específico apartado  corresponde.   

Consecuente con lo anterior, se surtirá el  traslado  de  que  trata  el  artículo  213  de  la  Ley  600  de  2000,  a  la  Procuraduría delegada en lo penal.   

2.  Demanda  presentada por la defensora de  CLAUDIA ASTRID HURTADO VARGAS.   

2.1.   Cargo  primero:  falso  juicio  de  existencia.   

Manifiesta la impugnante que el Tribunal no  tuvo  en cuenta la carta suscrita por la agregada judicial de la Embajada de los  Estados  Unidos,  con lo cual incurrió en un error de hecho por falso juicio de  existencia.   Agrega   que   el  Ad  quem,  en la valoración probatoria, determinó que no estaba acreditada  la  calidad  de  informante  confidencial de la sindicada CLAUDIA ASTRID HURTADO  VARGAS.   

Considera,  sin otros argumentos, que si se  hubiese  apreciado  dicha  misiva en su sentido natural y obvio, su representada  habría sido absuelta.   

Respecto  de este tipo de ataque casacional  por  omisión en la valoración de la prueba, ha señalado la Corte que es deber  del  demandante  concretar  en  qué  parte  del expediente se ubica ésta, qué  objetivamente  se  establece  en  ella,  cuál  es el mérito que le corresponde  siguiendo  los postulados de la sana crítica y cómo su estimación conjunta en  el  arsenal  probatorio  que  integra  la  actuación,  da  lugar  a  variar las  conclusiones  del  fallo  y,  por  tanto,  modificar  la  parte resolutiva de la  sentencia  objeto  de  impugnación  extraordinaria3.   

Poco  de  ello  hizo  la recurrente, habida  cuenta  de  que,  referente  al  contenido  de  la carta que dice obviada por el  juzgador  de  segunda  instancia,  omite  señalar  el  apartado  completo de la  sentencia  en  el  que  se  determina  cuál  fue,  entonces,  el sustento de la  condena,  es  decir,  cómo  fue apreciado el aporte probatorio, para determinar  los  fundamentos  de  la  decisión  y  si  se tuvo en cuenta o no la mencionada  misiva,  elemento  necesario  en  aras de verificar efectivamente si se trata de  una  omisión  o  de una valoración errada, en cuyo evento estaríamos frente a  un error de hecho por falso raciocinio.   

Vale iterar, en ningún momento se reprodujo  el  texto  de  la  sentencia en el cual se dedujo la responsabilidad penal de la  procesada,  dejando  huérfana  de  definición  de  trascendencia,  la crítica  planteada.   

En  efecto, cuando la casacionista trata de  señalar  lo  trascendente  de  la omisión, solo advierte genéricamente que de  haberse  tenido  en  cuenta  la  misiva, su defendida habría sido absuelta, con  preeminencia  sobre  lo  arrojado  por los demás elementos probatorios, pero no  explica  el  por qué, cual era su deber, puesto que la  pretensión  de  remover  la  presunción de acierto y  legalidad  que  reviste  el  fallo  impugnado  en  virtud  del  yerro señalado,  conlleva  a  la  confrontación  de la información excluida con la suministrada  por  los  elementos  probatorios  que  sí  fueron  valorados y con los hechos y  premisas  que  se fijaron a partir de los mismos, con el objeto de demostrar que  se  declaró  probado  un  acontecimiento  que  no  corresponde  a  la  realidad  consignada        en        el        proceso4.   

Al   respecto,  la  casacionista  guardó  silencio,  por  manera  que  los  evidentes  desaciertos  en  la  argumentación  conllevan, indefectiblemente, a la inadmisión del cargo.   

2.2.   Cargo  segundo:  falso  juicio  de  existencia.   

Solicita  la demandante apreciar, en sede  de  casación,  la  carta  rogatoria  allega  con posterioridad a la emisión de  segunda instancia.   

Y  si  bien  invoca un error de hecho por  falso  juicio  de  existencia,  en  la  medida en que dicha carta rogatoria, que  favorece  los  intereses  de  su  prohijada,  no  fue  tenida  en cuenta por los  juzgadores  de  instancia,  clarifica  que  ello  obedeció,  precisamente, a su  arribo tardío al expediente.   

Ninguna posibilidad existe que la Sala de  Casación     Penal     acoja    el    planteamiento    de    la    defensora,    por   los   siguientes  motivos,       expuestos       en      anterior  oportunidad5:   

El  inciso  2°  del  artículo  29 de la  Constitución  Política  estipula  que nadie podrá ser juzgado sino conforme a  la  leyes  preexistentes  al  acto  que  se  le  imputa,  ante  juez  o tribunal  competente  y  con  observancia  de  la  plenitud  de las formas propias de cada  juicio.   

Esa  garantía  fundamental  impide a los  funcionarios  judiciales apreciar un medio de convicción que no haya sido legal  y   oportunamente  allegado  al  proceso,  o  cuando  se  hubiese  obtenido  con  violación de los derechos fundamentales.   

De ahí que para los jueces de esta causa,  incluida  la Sala de Casación Penal, el contenido de  la   carta   rogatoria   JE-1243  expedida  por  el  Departamento  de  Justicia  de  los  Estados  Unidos  sencillamente  no  existe  en  términos  jurídicos, y por lo mismo no se puede  derivar   de   esa   información   ningún   efecto  sobre  el  juzgamiento  de  CLAUDIA    ASTRID    HURTADO    VARGAS.   

No  es  pensable  admitir  en  calidad de  prueba  algo  que  no lo es en términos procesales.  Tampoco,  que  se  presente  una  tensión  entre el  principio  de limitación del recurso extraordinario y los fines de la casación  (efectividad  del  derecho  material  y de las garantías debidas a las personas  que intervienen en la actuación penal).   

Ningún  problema suscita el principio de  limitación  que  gobierna el recurso extraordinario,  según  el  cual,  en  principio, la Corte no podrá  tener  en cuenta causales de casación distintas a las que han sido expresamente  alegadas  por  el  demandante, frente a la imposibilidad de admitir una       prueba      incorporada tardíamente.   

Nada  tiene  que  ver  el  principio  de  limitación   con   la   no   admisibilidad  de  una  información  en  tales  términos.  El principio de  limitación  excluye  causales  de  casación  diversas  a  las  alegadas por el  demandante;  en  cambio,  el rechazo de esa información se vincula al principio  de legalidad de las pruebas.   

El  principio  de  legalidad  en  materia  probatoria  comporta  la oportunidad para aducir los medios de convicción; y si  el  Ad-quem en el recurso  de  apelación  únicamente puede analizar la decisión de primer grado con base  en  las pruebas incorporadas con antelación por el A  quo,   con   mayor  razón,  en  sede  del  recurso  extraordinario,  la  Sala  de  Casación  Penal  debe  sujetarse  a  examinar lo  debatido en las instancias.   

No  puede  olvidarse  que la casación no  consiste  en  realizar  un  nuevo  juicio  en  contra  del procesado, sino que a  través  de  este  medio  extraordinario  se  somete  el  fallo  a  un examen de  constitucionalidad y de legalidad.   

En    estos   eventos,   es  la propia normatividad la que prevé la solución –por  dentro  del sistema jurídico-  para   un   caso  como  el  presente:  la  acción  de  revisión es el medio idóneo y eficaz para quien  acredite  interés  jurídico  pueda debatir los tópicos inherentes al eventual  carácter  de  prueba que pudiera tener la carta rogatoria JE-1243 emanada del  Departamento     de     Justicia     de     los    Estados    Unidos.   

Es  claro,  entonces,  que  el  cargo  así  propuesto  no  puede admitirse, lo cual acarrea, por consiguiente, el rechazo de  la demanda.   

Por último, ha de manifestarse que revisada  la  actuación  en  lo pertinente, no se observó la presencia de ninguna de las  hipótesis  que  permitirían  a  la Corte obrar de oficio de conformidad con el  artículo 216 del Código de Procedimiento Penal de 2000.   

       En  mérito  de  lo  expuesto, LA CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA DE CASACIÓN PENAL,   

       R E S U E L V E:   

       1.         INADMITIR  el  cargo primero de la demanda   de   casación  presentada     por     el      defensor     del   procesado  JOSÉ  IVÁN  MATALLANA  ESLAVA.   

2.  INADMITIR,  en  su  totalidad,  la  demanda  de  casación  promovida por la defensora de la  sindicada  CLAUDIA ASTRID HURTADO VARGAS.   

2.  ADMITIR el  segundo  cargo  contenido  en la demanda de casación que presentara el defensor  del    acusado    MATALLANA    ESLAVA   y,   por   consiguiente,   surtir  el  traslado  de  que  trata  el  artículo  213  de  la  Ley  600  de  2000,  a  la  Procuraduría delegada en lo  penal.   

Contra  esta decisión no procede recurso  alguno.   

         Cópiese, notifíquese y cúmplase.   

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ                       MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE  LEMOS   

AUGUSTO  J.  IBAÑEZ  GUZMÁN                           JORGE   LUÍS   QUINTERO  MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                           JULIO    ENRIQUE   SOCHA  SALAMANCA   

JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1  Sentencia del 20 de abril de 1999, Rad. 14.143   

2   Sentencia del 7 de julio de 2006, Rad. 21.529   

3  Sentencia del 26 de junio de 2002, Rad. 11.451.   

4  Sentencia de 13 de septiembre de 2006, Rad. 22.581.   

5  Sentencia del 10 de noviembre de 2003, Rad. 18.428.     

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