28018(19-09-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  28018   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Aprobado Acta No. 175  

Bogotá,  D.C.,  diecinueve de septiembre de  dos mil siete.   

V    I   S   T   O  S   

Se  pronuncia la Sala sobre la admisibilidad  de  la  demanda  de  casación  presentada por el defensor del procesado GUSTAVO  ALFONSO  RODRÍGUEZ  ADAMES,   contra  el  fallo  de  segunda instancia que  profiriera  el  Juzgado  Penal del Circuito de Zipaquirá, Cundinamarca, fechado  el  6  de  octubre  de 2006,  mediante el cual revocó la sentencia emitida  por  el  Juzgado  Promiscuo  Municipal  de  Sopó,  y  en su lugar condenó a su  representado  legal,  a  la pena de cuarenta (40) meses de prisión y multa  en  cuantía  de  doscientos cincuenta mil pesos, en calidad de autor del delito  de  estafa.  Además, se impuso la pena accesoria de interdicción de derechos y  funciones  públicas,  por  lapso  igual  a  la   sanción  privativa de la  libertad,  se  ordenó  el pago de perjuicios civiles en el equivalente a veinte  salarios  mínimos  legales  mensuales,  se  negó al acusado el subrogado de la  suspensión  condicional de la ejecución de la pena y en su lugar se le otorgó  el beneficio de prisión domiciliaria.   

En  el  mismo fallo se confirmó lo decidido  por  la  primera  instancia  respecto  a la absolución operada a favor de   Blanca Nancy Barragán.   

LOS HECHOS  

Fueron  narrados  en la sentencia impugnada,  del siguiente tenor:   

“Señala en su denuncia la señora LILIANA  YICELL  ORTIZ  ARISTIZABAL  que  en noviembre de 2001 inició conversaciones con  GUSTAVO     RODRÍGUEZ     ADAMES,    quien  le  ofreció  en venta la casa Número 101 de la calle 3B sur  N°  3B  –  04  de Sopó,  acordando  los  términos  de la venta con la esposa del mencionado señora  BLANCA   NANCY  BARRAGÁN,  firmándose  la promesa de compraventa el 30 de noviembre del mismo año, por un  precio  de  ciento  veinticinco millones de pesos ($125.000.000.oo) acordándose  la  forma  de  pago, cumpliendo la compradora ORTIZ ARISTIZABAL, con cada uno de  los  pagos  en  las  fechas  fijadas; dentro de dicho documento se plasmó en la  CLAÚSULA  SÉPTIMA,  que  la  vendedora  entregaría  el  bien  libre  de   gravámenes  y  limitaciones  de  dominio,  señalándose  en el PARÁGRAFO, que  sobre  el  bien  recaía  hipoteca  con  el  Banco Agrario de Sopó (obligación  9971),  por  préstamo se sesenta millones otorgado en el año 1997, quedando un  saldo  de  trece  millones cien mil pesos ($ 13.100.000.oo), el que la vendedora  cancelaría  el  1°  de  marzo  de  2002.   Sin  embargo,  al otorgarse la  respectiva  escritura  pública,  en  la  CLAÚSULA QUINTA, se estipuló que las  compradoras   LILIANA  ORTIZ  y  CECILIA  ARISTIZABAL,  conocían,  aceptaban  y  asumían  el  pago  de  la  deuda  existente  con el Banco Agrario, quien tenía  hipoteca sobre el bien.   

“Indica  la  quejosa,  que al acercarse al  Banco  Agrario  de  Sopó  a  indagar  y solicitar un crédito para solicitar la  subrogación  de  la  deuda  para concretar la cancelación de la hipoteca se le  informó  que  debía allegar paz y salvo de la Caja Agraria, por lo que acudió  a  la  oficina de Zipaquirá (Cund.), donde tuvo conocimiento que al tratarse de  una  hipoteca  abierta,  el  bien  estaba garantizando no solo la deuda por ella  asumida,  sino  otras  dos  originadas  en el incumplimiento del señor FERNANDO  MAHECHA,  de quien GUSTAVO RODRÍGUEZ era codeudor (Obligaciones 9796 y 9976), y  por  lo  tanto,  aunque  ella  procediera a cancelar los TRECE MILLONES CIEN MIL  PESOS  M.L.,   los que se había comprometido, el bien quedaría igualmente  hipotecado  y  bajo  la expectativa de poder ser embargado por el incumplimiento  de  las otras obligaciones. La denunciante es enfática al señalar que nunca le  fue  informado   que  el  bien  servía  de  garantía de otras deudas y al  acudir  al  Banco  Agrario, antes de firmar la escritura, tan solo le informaron  la  existencia  de  la deuda que finalmente ella asumió, omitiendo señalar las  dos     restantes,     situación    que    lógicamente    le    ha    generado  perjuicios”.   

DECURSO PROCESAL  

La afectada presentó denuncia escrita, el 10  de  mayo  de  2002,  a la cual acompañó algunos anexos probatorios. Acorde con  ello,  el  12  de junio de 2002, la Fiscalía Segunda Delegada ante los Juzgados  Promiscuos     Municipales     de    Sopó,    Cundinamarca,    abrió    formal  investigación.   

Fallido  el  intento conciliatorio propuesto  por  la  Fiscalía,  el  día  8 de agosto de 2002, se recabó la indagatoria de  GUSTAVO  ALFONSO  RODRÍGUEZ  ADAMES.  En  la  misma  fecha se practicó similar  diligencia    con    Blanca    Nancy    Barragán    Lancheros,    esposa    del  anterior.   

El  18  de  octubre de 2002, se resolvió la  situación  jurídica  de  los  esposos,  absteniéndose  el  ente instructor de  imponer en su contra medida de aseguramiento.   

Interpuesto  recurso  de  apelación  por la  representación  de la parte civil, a través de interlocutorio emitido el 24 de  enero  de 2003, la Fiscalía Delegada ante el Tribunal Superior de Cundinamarca,  confirmó en su integridad la providencia apelada.   

El  9  de  octubre  de  2003, se decretó el  cierre  de  la  investigación.  Consecuencialmente, el 2 de febrero de 2004, la  Fiscalía  Local  calificó el mérito de la instrucción, formulando acusación  en  contra  de  GUSTAVO ALFONSO RODRÍGUEZ ADAMES y Blanca Nancy Barragán,  a  título  de coautores del delito de estafa contemplado en el artículo 246 de  la Ley 599 de 2000.   

En  contra  de  lo  decidido  interpuso  la  defensora  de los procesados, recurso de apelación, el cual fue resuelto por la  Fiscalía  Delegada  ante  el  Tribunal  Superior  de Cundinamarca, a través de  proveído  emitido  el  24  de  noviembre  de  2004, en el cual se confirmó sin  modificaciones el auto de primera instancia.   

Ejecutoriada la resolución de acusación, el  proceso  le  fue  repartido,  para  el  adelantamiento  del  juicio,  al Juzgado  Promiscuo  Municipal  de  Sopó,  oficina  judicial  que el 29 de marzo de 2005,  celebró la audiencia preparatoria.   

El  19  de  abril  de  2005,  tuvo  lugar la  audiencia   pública  de  juzgamiento,  la  cual   fue  suspendida  y  tuvo  continuación los días 1 de junio y 2 de agosto de 2005.   

El  20  de  octubre  de  2005,  el  Juzgado  Promiscuo  Municipal  de  Sopó,  profirió  sentencia en la que absolvió a los  procesados del delito de estafa por el cual se les acusó.   

Finalmente,  apelada  la  sentencia  por  la  representación  de  la  parte  civil,  el 6 de octubre de 2006, se emitió, por  parte  del  Juzgado  Penal del Circuito de Zipaquirá, Cundinamarca,    la sentencia de segundo grado objeto del extraordinario recurso.   

LA DEMANDA  

         Sin  que discrimine en concreto cuáles son los cargos  planteados  en  contra  de  la  sentencia  impugnada,  el  recurrente  parte por  significar  que  la  controversia  se ubica dentro de lo estipulado en la causal  primera  dispuesta  por  el  artículo 207 de la Ley 600 de 2000, por violación  del   artículo   29  de  la  Constitución  Política  Colombiana  “en  la medida que la prueba de cargo es incongruente con el tipo  penal imputado, y con las pruebas aportadas al proceso”.   

       A  renglón  seguido,  buscando  desarrollar  el tópico, indistintamente trae a colación el  impugnante,  normas  sustantivas  y  procesales  que  referencian  aspectos  tales  como  la  tipicidad (art. 10 del C.P.), los fundamentos probatorios de la  sentencia  condenatoria  (art. 232 C.P.P.), y el delito de estafa por el cual se  condenó  al acusado (art. 246 del C.P.), para significar, de conformidad con su  particular  análisis  de  lo  que  las  pruebas  arrojan  y de la intervención  procesal  adelantada  por  la  representación  de  la  parte civil, que ningún  delito   se   ejecutó   y   actuó   de  manera  transparente  su  representado  legal.   

       Al  efecto,  observa  el  casacionista  “…la  actuación   tendenciosa  y  prepotente de la parte civil está fundada en hechos que acrecen  (sic)  de  respaldo  probatorio,  y  de  elementos  fácticos, conllevo (sic) al  convencimiento  del   a-  quen  (sic)  a  una  falsa  apreciación  de  los  elementos  de  juicio  y consecuencialmente a emitir una providencia contraria a  la  ley  pues como y se ha dicho no aplico (sic) la sana crítica y la unidad de  la  prueba  e  incurrió en le (sic) error de emitir u (sic) concepto violatorio  de la norma sustantiva, adjetiva y constitucional”.   

      En  el  acápite  que  denomina  “FUNDAMENTOS  DE  DERECHO”,  el  demandante  cita los artículos 2  (fines  del  estado)  y  228  (la  administración  de  justicia  como  función  pública), de la Carta Política.   

      Ya después rotula  existente   la  transgresión  al  “DERECHO  FUNDAMENTAL  DE  LA  IGUALDAD”,  sustentado  en  el  artículo  13  de  la Constitución Política, al “DERECHO  FUNDAMENTAL  DEL  DEBIDO  PROCESO”,  conforme  lo dispuesto en el artículo 29  ibídem,  así  como  a  lo  establecido  por  los  artículos 6° (principio de  legalidad),  7°  (principio de igualdad judicial), 9° (definición de conducta  punible),  11  (elemento  de antijuridicidad), 12 (elemento de culpabilidad), 22  (definición  de  dolo),  del  C.P.;   los  artículos  1°  ( principio de  dignidad  humana),  7° (presunción de inocencia), 9°(actuación procesal), 13  (principio  de  contradicción), 26 (titularidad de  la acción penal), 145  (deberes  de los sujetos procesales), 146 (temeridad o mala fe) y 232 (necesidad  de  la  prueba),  del  C.P.P.;  el  artículo 905 del Código de Comercio; y los  artículos  205  (procedencia de la casación) y 207 (causales de casación), de  la Ley 600 de 2000.   

     Por  último, señala el  impugnante  que  el  Ad  quem “incurrió en error de  hecho  al  omitir en la sentencia el análisis del material probatorio, que a la  postre  excluía a mi cliente  de toda responsabilidad penal e incurrió en  error  de  derecho  por  ser  incongruente la sentencia de segunda instancia con  respecto  a  los  hechos  probados  en el devenir procesal ya que no se concreto  (sic)  las  características  propias del tipo penal de la estafa, que bajo todo  análisis  demuestra  que  la  conducta desplegada por mi poderdante es atípica  puesto que no trasgredió la ley sustantiva penal”   

     De  conformidad  con  lo  anotado  en  precedencia,  solicita  el recurrente casar la sentencia de segundo  grado  y  en  consecuencia,  absolver  al  procesado  GUSTAVO ALFONSO RODRÍGUEZ  ADAMES, de los cargos por los cuales se le acusó.   

       Anexó  a la  demanda,  el  impugnante,  certificaciones  y documentos a través de las cuales  algunas  autoridades  y  personas  de  Sopó,  Cundinamarca,  dan  cuenta de las  calidades personales del procesado.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

        De entrada, la Corte manifiesta que se inadmitirá la  demanda,  en  tanto,  no cumple esta con las mínimas exigencias que en punto de  la  pena  impuesta  y el tipo de dependencia judicial  que  emitió  la sentencia atacada, facultan acudir al  extraordinario  recurso,  dentro  de  los estrictos límites que consagra la ley  para el efecto.   

          En    este  sentido,  el  artículo  205  de  la Ley 600 de 2000,  normatividad     que     reguló    el    trámite  procesal,  señala  que el  recurso  extraordinario  procede  “…contra  las  sentencias  proferidas  en  segunda  instancia por los  tribunales  superiores  de distrito judicial y el Tribunal Penal Militar, en los  procesos  que  se  hubieren adelantado por los delitos  que    tengan   señalada   pena   privativa   de   la   libertad   cuyo      máximo      exceda     de     ocho     años”.   

         Basta  observar  lo  consignado  en  la  demanda  y lo que sobre el tópico ratifica el  expediente,  para observar objetivo e incontrastable que la sentencia de segunda  instancia,  objeto  de  impugnación  a  través  del  recurso extraordinaria de  Casación,  no  fue  proferida por un tribunal superior de distrito judicial, ni  mucho  menos, por el Tribunal Militar, únicos eventos  en   los   cuales   se   faculta   acudir   a  éste  mecanismo  excepcional  de  controversia.   

      Claramente se  aprecia,  en  contrario,  que  el  fallo  de  segunda  instancia  objeto  de  cuestionamiento, se emitió el  6  de  octubre  de  2006,  por  el  Juzgado Penal del  Circuito  de Zipaquirá, Cundinamarca, resolviendo así el recurso de apelación  que  interpuso  la  parte civil en contra de la sentencia absolutoria emitida en  primera instancia por el Juzgado Promiscuo Municipal de Sopó.   

        Pero,  además,  mirada la conducta por la cual se emitió la  sentencia  objeto  de  impugnación,  se ha de partir por significar que ella se  inscribe, conforme la fecha  de    ocurrencia    de    los    hechos,   noviembre   de   2001,   dentro   de   lo   establecido   en   el   artículo   246      de      la      Ley      599      de      2000,   y  no  concurren,   por   razones   obvias,   los  incrementos  punitivos  de  la  Ley  890 de 2004.   

       Significa   lo  anotado,       que  tampoco  la  conducta  objeto de condena cubre  la  exigencia  punitiva  mínima  establecida    para   acceder   al  mecanismo  excepcional invocado por el  demandante.   

        El  procesado  recibió  sentencia  de  condena,  se  recuerda,  por el delito de  estafa,     previsto  en   la  normatividad  arriba  citada,  de la siguiente manera:   

“ARTICULO  246.  El  que obtenga provecho  ilícito  para  sí  o  para  un  tercero,  con  perjuicio  ajeno,  induciendo o  manteniendo  a  otro  en error por medio de artificios o engaños, incurrirá en  prisión  de  dos  (2)  a ocho (8) años y multa de cincuenta (50) a mil (1.000)  salarios mínimos legales mensuales vigentes.   

“En  la  misma  pena incurrirá el que en  lotería,  rifa  o juego, obtenga provecho para sí o para otros, valiéndose de  cualquier medio fraudulento para asegurar un determinado resultado.   

“La  pena  será de prisión de uno (1) a  dos  (2)  años  y  multa hasta de diez (10) salarios mínimos legales mensuales  vigentes,  cuando  la  cuantía no exceda de diez (10) salarios mínimos legales  mensuales vigentes.”   

               A  la  luz  de  la  Ley  600  de  2000  que rige esta  actuación,  es  claro  que  la  casación esta prevista para “…delitos   que  tengan  señalada  pena  privativa  de  la  libertad  cuyo  máximo  exceda  de  ocho años, aún cuando la  sanción    impuesta    haya    sido   una   medida   de   seguridad”.   

              Acorde  con lo reseñado en precedencia, evidente surge, por una doble vía, que  el   fallo   objeto   de   demanda   no   accede  al  extraordinario  recurso, en tanto, de un lado, no fue  proferido  por  un tribunal superior de distrito judicial o el Tribunal Militar,  y  del otro, la pena máxima dispuesta por el legislador para la conducta por la  cual   se   emitió  la  condena,  no  es  superior  a  ocho  años.   

         Debe advertirse, eso  sí,  que  tampoco,  a  efectos  de  viabilizar  la  intervención  de la Corte,  puede  argumentarse  haber  acudido  el  impugnante  al  instituto de    la    casación    excepcional   o  discrecional,      simplemente,   porque  el  demandante  no  postuló  el  recurso de esta manera,  siendo    carga    del   libelista   –a  la  luz  del artículo 205 inciso tercero de la Ley 600 de 2000-  acreditar  la  necesidad  de  la  intervención  de  la  Corte  en  favor  de la  protección   de   las   garantías  fundamentales  y/o  del  desarrollo  de  la  jurisprudencia.   

           Ahora  bien,  incluso si se hubiese allanado el camino  para  la  casación  discrecional,  la  evidente  carencia  de  rigor  lógico y  fundamentación   adecuada,   llevaría   también   a   la  inadmisión  de  la  demanda.   

              Sobre     este  particular,  para  remitir  a  lo  consignado  en  el  escrito presentado por el  defensor  del  procesado,  debe  hacerse  hincapié en cómo la Corte, de manera  pacífica  y  reiterada ha advertido la necesidad de que la demanda de casación  comporte  un  mínimo rigor lógico jurídico y argumental, pues, no se trata de  hacer  valer  una especie de tercera instancia que sirva de escenario adecuado a  la  controversia  ya superada por los falladores de primero y segundo grados, en  la  cual  se pretende anteponer el particular criterio o valoración probatoria,  a  aquel  que  sirvió  de soporte a la decisión de los jueces A quo y ad quem,  entre  otras  razones,  porque  a esta sede arriba la decisión judicial con una  doble connotación de acierto y legalidad.   

                 Se  faculta,  por  ello, que la dicha presunción sea  quebrada  a  través  de  criterios  claros,  lógicos,  coherentes y fundados,  derivados  del   compromiso   de   demostrar  la  violación  en  la  cual  incurrió  el  fallador,  suficiente  para echar abajo  el    contenido   de  verdad  de  la sentencia,  en  el entendido de que, de no haberse materializado el yerro, otra hubiese sido  la    decisión    y  precisamente    así  se  ofrece  trascendente  recurrir al mecanismo extraordinario de impugnación.   

           Pero, se agrega, si  el   recurrente  dedica  sus  esfuerzos  a  plantear  lucubraciones  del  más  variado  tenor,  sin  establecer  un  orden  lógico o  criterio  selectivo  adecuado, resulta imposible conocer cuál es esa violación  o   violaciones  trascendentes  que  facultan  derrumbar  el  fallo  de  segunda  instancia,  cómo  opero  ello  dentro  del texto de la sentencia y, finalmente,  de  qué  manera influye el yerro sobre lo decidido,  al   punto   de   obligar   tomar   decisión   diferente   que   favorezca   al  procesado.   

               Lejos   de  ello,  pasando  por alto elementales principios lógicos y de argumentación, el  recurrente  advierte  recurrir a la primera causal de  casación,  por  estimar que se incurrió en errores de hecho y de derecho en el  fallo,  pero  nada  hace  para  discriminar  estos  errores, limitándose, en un  primer  momento  discursivo,  a significar lo que para él debe entenderse de lo  probado   –aunque  no  relaciona en concreto las  pruebas,  qué  establecen  ellas  o  cómo  las  valoró  el Juzgado de segundo  grado-,   dedicando   luego  su  esfuerzo  a  citar  profusamente  variadas  normas  de  la  Constitución  Política Colombiana, los  códigos  penal  y de procedimiento penal, e incluso el código de comercio, sin  establecer  el  nexo  preciso  que  ata  ese  articulado  al  objeto concreto de  discusión  e  incluso  referenciando  normas  completamente ajenas a ello; para  rematar   manifestando   que   el  Ad  quem  incurrió  en  un  error  de  hecho  supuestamente  porque  no  analizó  “el  material  probatorio”,   en  afirmación  que,  de  haberla  desarrollado,  cuando menos transcribiendo el texto de la sentencia, para que la  Corte  pudiera  conocer  la  trascendencia  de  la  falta de fundamentación, no  representa  el  error  de  hecho  propuesto,  sino  la  existencia  de la causal  consignada  en  el numeral tercero del artículo 207 del C. de P.P., por la vía  de        la  nulidad.   

Está  claro entonces, de un lado, que no se  cumplen  los  presupuestos legales que facultan acudir al excepcional mecanismo,  en  tratándose  de  la condena por el delito de estafa que en segunda instancia  profirió  un  juzgado  penal  del  circuito,  y  del  otro,  que  tampoco se ha  postulado  la  vía  discrecional para el efecto y del escrito presentado por el  recurrente   ninguna   violación   de  garantías  fundamentales  se  extracta,  conclusión  a  la  que  también  se  llega  una vez verificado el trámite del  asunto.   

No   es,  pues,  necesario  que  la  Corte  intervenga  oficiosamente, razón suficiente, junto con los impedimentos legales  y  argumentales  antes  referenciados,  para  que  se  inadmita  la  demanda  de  casación.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, Sala de  Casación Penal,   

RESUELVE  

          INADMITIR         la    demanda    de    casación   presentada   por   el  defensor  del procesado    GUSTAVO    ALFONSO   RODRÍGUEZ  ADAMES.   

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

SIGIFREDO         ESPINOSA  PÉREZ        MARÍA DEL ROSARIO GONZÁLEZ DE LEMOS   

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS                                        YESID RAMÍREZ BASTIDAS   

JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                                        MAURO SOLARTE PORTILLA   

JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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