27899(06-09-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  27899   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                               DR.    SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ   

                            Aprobado Acta Nº 162   

          Bogotá, D.C., seis de septiembre de dos mil siete.   

VISTOS  

Para  establecer  si reúne las exigencias y  condicionamientos  previstos  en los artículos 205 y 212 de la Ley 600 de 2000,  la  Corte  examina  la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor de  ALCIRA    DEL   CARMEN   TORRES   ÁVILA  contra  la  sentencia de segundo grado proferida el 30 de enero de  2007   por  el  Tribunal  Superior  de  Armenia,  Quindío,  en  Sala  Penal  de  Descongestión,  que confirmó la que dictó el Juzgado 47 Penal del Circuito de  Bogotá  el  7 de octubre de 2005, por cuyo medio condenó a la citada procesada  a  la pena principal de 20 meses de prisión y a la accesoria de inhabilitación  en  el ejercicio de derechos y funciones públicas por término similar al de la  restrictiva   de   la   libertad,   como   responsable   del  delito  de  estafa  agravada.   

HECHOS     Y    ACTUACIÓN    PROCESAL  RELEVANTE   

Los  acontecimientos a los que se contrae la  presente  actuación,  fueron  plasmados  en  la  sentencia  del  Tribunal de la  siguiente manera:   

“Con ocasión del  fallecimiento  del Subteniente ® PUBLIO ROBERTINO TORRES MEDINA, ocurrido el 31  de  marzo  de  1982, su hija célibe ALCIRA DEL CARMEN  TORRES  ÁVILA  solicitó  ante la Caja de Sueldos de  Retiro  de  la  Policía  Nacional  el  reconocimiento y pago de sustitución de  asignación   de   retiro,   acreditando   para   dicho  efecto,  a  través  de  declaraciones  extra-procesales,  que  dependía  económicamente  de aquél; no  obstante, se desempeñaba laboralmente desde el año 1969.   

“De esa manera,  la  Caja  de Sueldos de Retiro de la Policía Nacional, mediante Resolución N°  5349  del  13  de  septiembre  de  1982,  de  manera  retroactiva,  a partir del  fallecimiento  del  señor  Torres  Medina  -31  de marzo de 1982- reconoció la  prestación requerida por la peticionaria.   

“Posteriormente,  producto  del  trabajo  que  desempeñaba y de las cotizaciones que efectuaba al  Instituto  de  Seguros  Sociales  la  mencionada  TORRES  ÁVILA,  a  través de  Resolución  N°  6167 de 1999, obtuvo el reconocimiento de su pensión de vejez  de  forma  igualmente  retroactiva,  a  partir  del 1° de abril del mismo año,  entidad  que tomó como base para la liquidación un ingreso básico de $558.374  y 1.576 semanas cotizadas.   

“La Contraloría  General  de  la  República  al  advertir lo acabado de señalar, estimó que se  presentaba  una irregularidad en los pagos por razón de las aludidas pensiones,  que  además  estimó  debía  ser investigada penalmente, librando de esa forma  las   comunicaciones   pertinentes   el   12   de   marzo  de  2001.”   

Con  base  en  las copias compulsadas por la  Dirección  de Vigilancia Fiscal de de la Contraloría General de la República,  la  Fiscalía  Décima Delegada ante los Jueces Penales del Circuito de Bogotá,  adscrita  a  la  Unidad de Delitos contra el Orden Económico y Social, decretó  la  correspondiente  apertura  de  instrucción  y  citó  para indagatoria a la  implicada,  diligencia  cuya  culminación  tuvo  lugar  el  9 de abril de 2002.  Perfeccionada  en  lo posible el ciclo sumarial y declarado su fenecimiento, fue  la  Fiscalía  72 Seccional la que calificó su mérito mediante Resolución del  22   de   enero   de   2004,   por  medio  de  la  cual  acusó  a  ALCIRA   DEL  CARMEN  TORRES  ÁVILA  como  presunta  autora  de  la conducta punible de estafa agravada, determinación que  al  ser  apelada  fue  confirmada  por la Fiscalía 49 Delegada ante el Tribunal  Superior de Bogotá por la suya del 13 de agosto de 2004.   

El  Juzgado 47 Penal del Circuito de Bogotá  conoció  del  juicio,  despacho que una vez evacuó la vista pública profirió  el  fallo  al  que se hizo alusión en el introito de esta providencia, el mismo  que  refrendó  el  Tribunal  Superior  de  Armenia  en  los términos que allí  igualmente  se  dejaron  reseñados  y  que  hoy  es  objeto  del extraordinario  recurso.     

LA  DEMANDA   

         

Con  fundamento  en  las  causales tercera y  primera,  en  su  orden, tres cargos postula el censor contra el fallo impugnado  en  sede  del  extraordinario recurso, dos por nulidad y el restante por vía de  la violación indirecta.   

Primera       censura.   

Conforme con lo establecido en el Art. 306-2  del  C.  de  P.  Penal, el demandante propone como cargo principal la comprobada  existencia  de  una  irregularidad  sustancial  que afecta el debido proceso, en  consideración  a que, a su juicio, la Fiscalía General de la Nación profirió  resolución  de  acusación  en contra de su defendida, ignorando que la acción  penal  no  podía  proseguirse  en el presente asunto por hallarse prescrita, de  conformidad  con  lo dispuesto en los Arts. 39 del estatuto procesal penal, 83 y  246 del C. Penal.   

En  desarrollo  de  la  censura,  aduce  el  casacionista  que  a  su  asistida  ALCIRA  DEL CARMEN  TORRES  ÁVILA  se  le  acusó por el delito de estafa  agravada,  conducta determinada por el hecho de haber presentado ante la Caja de  Sueldos  de  Retiro  de la Policía Nacional los testimonios rendidos por Daniel  Roso  Ramos  y  Luis  Hernando Bonilla Cárdenas, quienes el 14 de junio de 1982  declararon  ante  el  Juez 45 Civil Municipal de Bogotá constarles que la aquí  procesada  es  hija  de  Publio Robertino Torres Medina, quien falleció en esta  ciudad   el   31   de   marzo  de  ese  mismo  año,  dama  que  “compartió  con  su  padre  el  mismo techo y hasta la hora en que a  éste  le ocurrió la muerte, ya que él le proporcionaba todo lo necesario para  su  subsistencia  en  razón  a  que  es  soltera,  lo  mismo que su hermana Ana  Adelina.”   

Tras  enseñar  que esa prueba era necesaria  para  obtener  el  reconocimiento  del  50%  de lo que como pensión recibía el  padre  fallecido  de  su  representada, pues de acuerdo con el Art. 137 del Dto.  0613  del  15 de marzo de 1997, reformado por el Art. 297 del Dto. 1212 del 8 de  junio  de  1990,  para acceder a un tal derecho era menester demostrar por parte  de  su  defendida  su condición de hija célibe y que dependía económicamente  de  su progenitor, el censor admite que la falsedad determinada por ALCIRA  DEL  CARMEN  está  dada  con  los  testimonios  por  cuyo medio demostró, contrariando la verdad real, que para su  congrua  subsistencia  necesitaba  de  la  asistencia  económica  de  su  padre  fallecido,  prueba  apta  para  inducir  en  error  al funcionario de la Caja de  Sueldos  de  Retiro  de la Policía Nacional que expidió el acto administrativo  mediante el cual se reconoció esa sustitución pensional.   

Empero,  mal puede sostenerse que la acusada  continuó   perpetrando  actos  de  la  misma  naturaleza  para  “mantener”  en  error  al  Pagador  de la  entidad  que  se  reputa  afectada,  cuando  por  nómina  dispuso a favor de la  implicada  “el pago de todas las mesadas a partir de  marzo  de  1982  y  hasta el mes de febrero de 2001”,  porque  si  bien  es  cierto  que  durante  dicho lapso la acusada persistió en  demostrar  mediante  prueba testimonial su condición de célibe, no lo es menos  que  esos  testigos  nada  dijeron  acerca de la dependencia económica a la que  hace  referencia  la  reseñada  normatividad, como así cabe constatar  en  las  atestaciones  que  rindieron  el 4 de septiembre de 1984 ante el Juzgado 30  Civil  Municipal,  Mercedes Serpa Camacho y Nelsy Del Carmen Velásquez Hidalgo;  el  28  de  mayo  de 1986 en el Juzgado 29 Civil Municipal de esta misma ciudad,  Luis  Hernando  Bonilla Cárdenas y Nelsy Del Carmen Velásquez Hidalgo; y estos  mismos  declarantes  cuando  acudieron  con el mismo propósito a la Notaría 23  del Círculo de Bogotá el 2 de marzo de 1993.   

Es decir -destaca el libelista-, desde el mes  de  septiembre  de  1984  “ALCIRA  DEL CARMEN TORRES  ÁVILA,  dejó  de  presentar  pruebas  con  las  cuales acreditar la mencionada  ‘dependencia  económica’”.  De  otro  modo  dicho, “se impone aceptar de manera inexorable,  que  los  actos  realizados  para  mantener  el  error  dejaron de existir, y no  existiendo  el  elemento basilar para la estructuración  del tipo penal de  la  estafa,  la  conducta  que  inicialmente fue punible, por obvias razones, se  torna  en  atípica,  atipicidad  que  deviene  acreditada  a  partir del mes de  septiembre  de 1984 -recaba el demandante- con  la presentación de los testimonios rendidos ante el Juzgado 30  Civil Municipal de Bogotá.”   

Así las cosas, cuando la Fiscal 72 Delegada  procedió  a  calificar  el  mérito  del  sumario, la determinación a tomar no  podía  ser  otra  que  proferir  preclusión  de la investigación por hallarse  prescrita   la  acción  penal.  Por  consiguiente,  al  negársele  a  aquellos  documentos  el  valor  de  prueba  que  la  ley  les otorga, se aplicó en forma  indebida  el  Art.  246  del  C. Penal y consecuentemente se dejó de aplicar el  Art.  39  del  C.  de  P.  Penal,  en  armonía  con  el  Art.  83  ibidem.   

Decretar la nulidad de la actuación cumplida  a  partir,  inclusive,  de  la  Resolución del 22 de enero de 2004, para que la  Fiscalía  competente  proceda a emitir la decisión que en derecho corresponda,  es  decir, que la acción penal no puede proseguirse a partir de ese momento por  encontrarse  prescrita,  a efecto de que se le ponga fin a la investigación, es  la                                pretensión                                del  actor.                          

Segunda       censura.   

Haberse  dictado  la  sentencia impugnada en  juicio   viciado  de  nulidad,  dada  “la  falta  de  competencia  del  funcionario  judicial”  -Art. 306,  Ord.  1º  del  C.  de  P.  Penal-,  es el sustento de este segundo reproche que  igualmente  al  amparo de la causal tercera y, de manera subsidiaria, plantea el  actor.   

Tanto en la resolución de acusación como en  la  sentencia,  se  toma  como  prueba para la determinación de la cuantía del  hecho   punible   la   suma   de   $32’601.630,97  que  certificó la Oficina Coordinadora de Tesorería de  la  Caja  de  Sueldos  de  Retiro de la Policía Nacional -aduce el censor en la  fundamentación  del  cargo-, desconociéndose de esta manera la prueba recogida  por  la  Contraloría  General  de  la  República  en ejercicio de funciones de  Policía  judicial  -Art.  312  del C. de P. Penal- que el valor de lo apropiado  ascendió         a         $10’205.890.00.   

De  todas  formas,  la  existencia  de  dos  certificados   respecto   a  un  mismo  aspecto  impide  determinar,  de  manera  indubitable  y  cierta,  la verdadera cuantía del delito que permita establecer  la  competencia  funcional  en  este  asunto,  es  decir, si el conocimiento del  proceso  correspondía  a los jueces penales del circuito o a los jueces penales  municipales;  situación  de  incertidumbre  que  debe  resolverse  a  favor del  acusado conforme a lo normado en el Art. 29 de la Carta Política.   

Si      bien     el     A-Quo  al  determinar  el  monto  de  los  perjuicios  que  debía  cubrir  la  sentenciada,  tomó  la  cifra  de  lo  que  certificó  la entidad ofendida como lo efectivamente cancelado a aquélla, esto  es,    $32’000.000.oo,  cuantía  que,  según  se  sostiene en el fallo, “no  fue  objetada”,  es  lo  cierto  que  para  ello  se  careció  de  la  oportunidad pertinente, como quiera que se omitió disponer el  correspondiente  traslado  a efecto de poder controvertirla, constancia que, por  lo  demás,  mal  puede  concebirse  como  “dictamen  pericial” conforme con lo reglado en los Arts. 253 y  253  del  estatuto  procesal  penal.  Principios  como  los  de  imparcialidad e  investigación  integral  fueron inobservados en este caso, en cuanto se omitió  ordenar  la  práctica de la prueba que, frente a la inconsistencia en relación  con  un  mismo  aspecto  -las  sumas  pagadas  a  la  procesada-, permitiera sin  equívocos determinar su monto real.   

De    acuerdo   a   lo   “objetivamente  probado”, afirma el censor  que  a  partir  del  mes  de  marzo  de  1982  el valor de las mesadas sólo fue  $15.752,10,  de  los cuales el 50% se canceló a ALCIRA  DEL  CARMEN,  y  el otro 50% a su hermana Ana Adelina,  cifras  que  se  mantuvieron  hasta  el  mes  de  febrero  de  2001  cuando  por  intervención de la Contraloría se hubo de suspender el pago.   

Tras realizar sus propias cuentas, incluidas  las  mesadas  adicionales  de  los  meses de junio y diciembre y los incrementos  correspondientes  al  IPC,  estima  el  demandante  que no existiendo prueba que  “autorice  realizar  la ecuación contable de manera  que   permita   deducir   alguna   demostración   de   la  cuantía”,  por  lógica inferencia los valores que más se aproximan a la  realidad   procesal   es   la   certificada   por   la  Contraloría,  esto  es,  $10’206.890;  de  ahí su  extrañeza  -acota-  por la suma de un poco más de 32 millones y medio de pesos  que certifica la entidad afectada como objeto de cobro indebido.   

“(…) siendo así  las   cosas   -concluye-  no  sobrepasando  de  cincuenta  (50)  salarios  mínimos  legales la cuantía de lo  supuestamente  apropiado, la competencia para conocer corresponde a los señores  Jueces  Penales  Municipales  de  Bogotá  y  no  al  Juzgado  47  penal de este  Circuito,   quien   adelantó   el   juicio   y   profirió   la   sentencia  de  condena.”   

Que  se  decrete  la nulidad de lo actuado a  partir,  inclusive, del auto por medio del cual se asumió conocimiento para que  se  le  diera  inicio  a  la  etapa del juicio, es la solicitud que el censor le  formula a la Sala.   

Tercera       censura.   

Al  amparo  de  la  causal  primera,  cuerpo  segundo,  el  libelista  denuncia la violación indirecta de la ley por error de  hecho  por  falso  juicio  de  existencia  por omisión probatoria, la cual hace  consistir  en  que,  contrariamente  a  lo dispuesto en el Art. 238 del C. de P.  Penal,  no  se  valoró  la  totalidad  del  plexo  probatorio  que  obra  en la  actuación,   preterición   que   llevó  al  fallador  a  declarar  penalmente  responsable  a  su  defendida  de la conducta punible de estafa, en desmedro del  principio de presunción de inocencia.   

Los   juzgadores   en   sus   providencias  -argumenta-  limitaron  el  contexto  del  acervo  probatorio, al darle valor de  “prueba  plena para  condenar”  solamente  a uno de los  documentos  aportados  por  la Policía Judicial en el curso de la averiguación  preliminar   y,  “con  base  en  él,  se  tuvo  por  demostrada   la  existencia  del  medio  utilizado  para  inducir  en  error  al  funcionario  encargado  de  expedir la Resolución número 5349 de septiembre 13  de  1982  y  desde entonces, mantenerlo en ese estado de ignorancia insuperable,  hasta el mes de febrero de 2001.”   

Sin  embargo, dichos funcionarios dejaron de  apreciar  los  documentos  presentados  por  la  acusada  a  partir  del  mes de  septiembre  de  1984 ante la entidad que se reputa afectada, en los cuales dejó  de   introducir  la  declaración  de  “dependencia  económica”,  destaca  el  demandante, razón por la  que  desde  ese  momento  cesaron  los  actos  que  durante  más  de  dos años  determinaron la conducta punible. De ahí la ilegalidad del fallo.   

Luego de recabar, como igualmente lo hiciera  en  desarrollo de la primera censura, acerca de los condicionamientos que la ley  exige  a  quienes  tienen derecho a acceder a una sustitución pensional como la  que  aquí  se  le  reconoció  a  la procesada, ese error en que se indujo a la  administración  determinado por las declaraciones que ésta presentó a través  de  testigos  que  declararon ante el Juzgados 45 Civil Municipal el 14 de junio  de  1982  en  relación con su estado de soltera y que económicamente dependía  de  su  padre  fallecido, sólo se mantuvo hasta el mes de septiembre de 1984, y  no  durante  los  18  años  como  se  afirma  en  la sentencia del Ad-Quem.   

Ignorar  el  valor de prueba que le asiste a  otros  documentos  que informan hechos contrarios, es situación constitutiva de  vía  de hecho por violación del debido proceso. Así, Mercedes Serpa Camacho y  Nelsy  del  Carmen  Velásquez Hidalgo simplemente declararon el 4 de septiembre  de  1984  en  el Juzgado 30 Civil Municipal de Bogotá, que la hoy procesada era  persona  soltera,  puesto  que  no  hacía vida marital con alguien; en el mismo  sentido  testimoniaron el 28 de mayo de 1986 en el Juzgado 29 Civil Municipal de  esta  ciudad, y el 2 de marzo de 1993 en la Notaría 23 del Círculo de Bogotá,  Luis    Hernando    Bonilla    Cárdenas    y   la   citada   Nelsy   Velásquez  Hidalgo.   

Por  modo  que,  habiendo  conocido  el ente  pagador    este    hecho    suficientemente,    es   decir,   que   ALCIRA  DEL  CARMEN TORRES ÁVILA no estaba  demostrando    con    esos    testimonios   que   allegó   su   “dependencia   económica”,   pues  así  quedó  establecido  con  la  documentación  que a partir de septiembre de 1984  presentó  cumpliendo el requerimiento del funcionario encargado de ejercer esos  controles,   inexorablemente  debe  aceptarse  que  los  actos  realizados  para  mantener   el   error  dejaron  de  existir,  “y  no  existiendo   el   elemento   basilar   para   la  estructuración  del  tipo  de  estafa”   -insiste        el       censor       en       sostener-,  la  conducta  que  fue punible dejó de  serla   y   “por     obvias     razones     se     torna    atípica.”   

Casar  la  sentencia recurrida y en su lugar  dictar  la  que  deba reemplazarla de carácter absolutorio, es la petición que  el censor eleva a la Corte.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

          1.    De    las   nulidades.   

          Cuando  se  acude  a  la  causal  tercera de casación acusando a la  sentencia  de  haberse  proferido  en  juicio viciado de nulidad, tiene dicho la  Sala  que deviene imperioso señalar la ocurrencia trascendente de alguno de los  motivos  establecidos  en  el  Art.  306 del C. de P. Penal con esa capacidad de  invalidar  la  actuación  o la sentencia, puesto que no cualquier irregularidad  goza  de  una  tal  aptitud,  sino  solamente  aquellas que caben catalogarse de  sustanciales  e insubsanables y que se derivan de la falta de competencia, o del  ostensible  menoscabo  al debido proceso y el derecho de defensa. De ahí que su  formulación  debe estar precedida de los atributos de claridad y precisión que  tornen  plausible  la  adopción  de  dicho  remedio extremo, como quiera que un  alegato   impreciso,   abstracto   o  genérico  conduce  a  su  desestimación.   

La nulidad, no es pues un mecanismo de libre  formulación,  y  su  planteamiento  en  sede casacional, al igual que las otras  causales,  debe  obedecer a rigurosas pautas de orden técnico, sin que se pueda  soslayar,   igualmente,  el  sometimiento  a  los  principios  que  orientan  su  declaratoria,  cuyo  cumplimiento  la  hacen operante -taxatividad, protección,  convalidación,            instrumentalidad,           trascendencia           y  residualidad-.               

         

Por  modo  que,  en tratándose de la causal  tercera  -reitera  la  Corte-  no  basta  con  invocarla,  correspondiéndole al  demandante   precisar   el   tipo  de  irregularidad  que  alega,  demostrar  su  existencia,  acreditar  cómo su configuración comporta un vicio de garantía o  de  estructura,  y  su  trascendencia  frente  al fallo cuestionado. Y, si de la  denuncia  de  varias  irregularidades  se  trata,  cada una de ellas con entidad  suficiente  para invalidar la actuación o parte de ella, resulta imprescindible  que  se  sustenten  en  capítulos  separados y de manera subsidiaria, si fueren  excluyentes -principios de autonomía  y no contradicción-.   

En  todo caso, cada una de las censuras debe  contener  una  petición  acorde  con  la  naturaleza  de  la nulidad invocada y  la   indicación  de la prelación con que su estudio debe ser abordado por  la  Corte,  teniéndose  el  cuidado  de  postular  en  primer lugar aquella que  entraña  una  mayor  cobertura  de afectación al trámite cumplido, para luego  continuar  con  las  restantes.  De  igual manera, ha de señalarse el momento a  partir  del  cual  la  invalidación  debe  decretarse  y  el  señalamiento del  funcionario  al cual se habrá de remitir el proceso, pues el carácter técnico  y rogado de la casación así lo impone.   

1.1.  En el evento que ocupa la atención de  la  Sala,  dos  son las irregularidades que por esta vía postula el demandante,  cuya  precaria  o deficiente fundamentación, por decir lo menos, hacen aparecer  los  reparos  como  meros  enunciados ayunos de demostración, que dan al traste  con la pretensión invalidatoria perseguida.   

1.1.1.  Así, en la sustentación del reparo  que  dice  relación  con  la  supuesta ocurrencia del fenómeno jurídico de la  prescripción   de   la   acción   penal,   el   actor  sostiene  que  para  la  contabilización  del  término  prescriptivo debe tenerse como fecha límite el  mes   de   septiembre  de  1984,  pues  fue  a  partir  de  esa  calenda  cuando  “ALCIRA DEL CARMEN TORRES ÁVILA, dejó de presentar  pruebas    con    las    cuales    acreditar    la    mencionada    ‘dependencia   económica’”,    razón    por    la    cual  “se  impone  aceptar  de  manera inexorable, que los  actos  realizados  para mantener el error dejaron de existir, y no existiendo el  elemento  basilar  para  la  estructuración  del  tipo  penal  de la estafa, la  conducta  que  inicialmente  fue  punible,  por  obvias  razones,  se  torna  en  atípica,  atipicidad  que  deviene acreditada a partir del mes de septiembre de  1984  con  la presentación de los testimonios rendidos ante el Juzgado 30 Civil  Municipal de Bogotá.”   

   

Si bien el censor acatando las directrices de  la  jurisprudencia  de  la  Sala  hizo  su  planteamiento a través de la causal  tercera,  pues,  por  tratarse  de  una  falencia  constitutiva  de  un vicio de  estructura  es  con  arreglo  a los dictados del motivo de nulidad al cual ha de  acudirse  como medio para lograr el quiebre del fallo; no es menos cierto que en  orden  a  la  sustentación  del  reproche desatiende lo que igualmente la Corte  tiene   decantado  sobre  el  tema,  pues,  se  recuerda,  el  desarrollo  y  la  fundamentación  de un yerro de esa naturaleza debe encauzarse a la manera de la  causal  primera,  toda vez que el desacierto puede ser fruto de un entendimiento  equivocado  de  una norma de derecho sustancial o de la apreciación errónea de  los elementos de juicio incorporados a la actuación.   

Por consiguiente, con fundamento en el primer  motivo   de  casación,  cuerpo  primero,  bien  pudo  denunciar  el  censor  la  violación  directa  de  la ley por aplicación indebida, falta de aplicación o  interpretación  errónea  del  precepto sustancial que gobierna el caso. O, con  base  en  la misma causal, cuerpo segundo, establecer los yerros de apreciación  probatoria  que  dan  lugar  a  incursionar en la violación indirecta de la ley  sustancial,  ya  por  errores  de hecho -falso juicio de existencia por omisión  y/o  suposición probatorias, falso juicio de identidad y falso raciocinio-; ora  por    errores    de    derecho    -falsos    juicios    de   legalidad   o   de  convicción-.     

    

Ahora, “Ignorar de  facto  el  valor  de prueba que le asiste a otros documentos que informan hechos  contrarios”  a los examinados en la sentencia por el  juzgador,  es  afirmación  contenida  en  la  demanda  que,  si el principio de  limitación  que  gobierna  la casación lo permitiera, podría decirse se trata  de  la  denuncia  de  medios supuestamente omitidos que habrían dado lugar a la  configuración  de  un  falso juicio de existencia por exclusión como factor de  un  error  de  hecho  y,  siendo  ello así, un tal planteamiento le imponía al  casacionista,  además  de indicar los medios de convicción dejados de estimar,  confrontar  su  contenido,  su  fuerza  persuasiva,  con  las  premisas  de  las  sentencias,  con  el  fin  de  demostrar  que  éstas  no  resisten el embate de  aquéllos  y  que,  por  tanto,  el  sentido  del  fallo debe necesariamente ser  mutado.   

Para demostrar que en el presente evento ha  operado  el fenómeno jurídico de la prescripción, el actor no podía soslayar  la  tarea acabada de reseñar, dejando al margen la estructura argumental de los  fallos  producidos en las instancias, pues no basta con enseñar éstos, como se  hace  fragmentariamente  en  el  libelo,  sino  que  era menester contrastar sus  fundamentos  con  las  atestaciones  que dice echar de menos, y acreditar que la  procesada  con  su  silencio  no  indujo ni mantuvo en error a la entidad que se  reputa  patrimonialmente  afectada,  desde  el  momento  inicial  en  que logró  estructurar  el engaño con esas declaraciones falaces de quienes sostenían que  dependía  económicamente  de  su  padre, hasta la fecha en que, descubierto el  ardid,  hubo  de  suspenderse  el  pago  de  las  mesadas  correspondientes a la  sustitución   pensional   reconocida   a   través   de  la  referida  conducta  fraudulenta.   

Lo que en verdad se pone en evidencia es que  al  Ad-Quem  desestimó  las  argumentaciones  del  apelante,  lo  cual  en  materia  casacional ningún yerro  comporta.  Entendidas  así  las cosas, es claro que el censor lo que critica es  la  inferencia  del  juzgador,  es  decir,  su  razonamiento  a partir de lo que  objetivamente  acreditan  las  pruebas recaudadas en cuanto a la fecha en que se  configuró  el  engaño, y su prolongación en el tiempo a causa del silencio de  la acusada, como ya se vio, valoración que no comparte.   

Y  la subsecuente afirmación que se plasma  en  el libelo acerca de que “la razón por la cual al  negarle  a estos documentos el valor de prueba que la ley les otorga, se aplicó  el  artículo  246  del  Código  Penal  en forma indebida y consecuentemente se  dejó  de  aplicar  el  artículo  39  del  estatuto  procesal penal”  que  contempla  la posibilidad de declarar la preclusión de la  investigación  o  la cesación de procedimiento porque, a su juicio, la acción  penal  no  podía  proseguirse por hallarse prescrita conforme con lo estipulado  en  el Art. 83 del estatuto represor; pone de manifiesto la informalidad con que  el  censor  pretende  la  casación  del  fallo,  presentando  una  demanda  sin  referente  normativo  que  permita elucidar, de acuerdo con un tal planteamiento  que  presupone  la  configuración  de  un  error de derecho por falso juicio de  convicción,  cuál  es  el  precepto  que  da  valor  o tarifa probatoria a los  testimonios  aludidos,  a  los  cuales,  según  el criterio del censor, el juez  negó el valor que les otorga el legislador.   

1.1.2. Del mismo modo, el reproche por la  supuesta  incompetencia  funcional del juez que a su cargo tuvo el desarrollo de  la  etapa  del  juicio  y,  consecuentemente,  del  Tribunal  que por apelación  revisó  la sentencia de primer grado, adolece del mismo defecto del anterior en  cuanto  que  quien  alegue  la  nulidad no sólo debe demostrar la existencia la  irregularidad   sustancial   que   denuncia,  sino  también  que  ésta  afecta  garantías  de los sujetos procesales, o desconoce las bases fundamentales de la  instrucción  y  el  juzgamiento -principio de trascendencia-, lo cual significa  que  al  actor  le  compete demostrar que la actuación supuestamente viciada ha  causado  agravio  o  perjuicio a la persona, o ha resquebrajado profundamente la  estructura  procesal,  y que con el remedio de la nulidad, en concreto, aquélla  obtendría  ventajas  o  beneficios,  o  ésta  recuperaría,  sin menoscabo, su  incolumidad.   

A  juicio  del libelista, “No  apareciendo  prueba  que autorice realizar la ecuación contable  de  manera  que permita deducir alguna demostración de la cuantía, por lógica  inferencia  debe  tenerse  como  el  valor  que  más  se aproxima a la realidad  procesal,  la  suma  de  diez  millones  doscientos seis mil ochocientos noventa  pesos                ($10’206.890)”, suma que como objeto material  de  la  conducta  imputada  por no superar la cifra de cincuenta (50) s.m.l.m.v.  -asegura-  es  de  conocimiento  de  los  Jueces  Penales  Municipales  y no del  funcionario  que adelantó el juicio y profirió la condena, esto es, el Juez 47  Penal del Circuito de Bogotá.   

Sin  embargo,  del  examen  riguroso que la  Corte  debe  hacer  de los cuadernos que conforman el expediente y de la lectura  de  las  sentencias  para  ver  si  en el trámite del proceso se respetaron las  garantías   del  acusado,  pues  de  lo  contrario  debe  casar  de  oficio  en  salvaguarda  de  esos  derechos  como  lo ordena y autoriza el artículo 216 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  la  verificación  del  cumplimiento  de las  exigencias  legales  no se realiza ya indefectiblemente revisando sólo el texto  de  la  demanda, sino que en ocasiones se confronta con el fallo, lo que permite  desechar  de  una  vez,  la  postulación  de vicios in  procedendo  o  in  iudicando  cuando  se  advierte  que  el juzgador no incurrió en  ellos.   

Este  método,  adoptado  por  la Corte, no  implica  que  desde la calificación del libelo se haga un pronunciamiento sobre  los  problemas  de  fondo que en ella se plantean, pero sí permite que demandas  formalmente  estructuradas  puedan  ser  inadmitidas  de  una vez cuando resulte  palmario  que  el  yerro  denunciado  no  existió,  lo  que sin duda redunda en  beneficio  de  la  administración  de  justicia,  tantas veces desgastada en el  trámite  de  casaciones  que  resultan  finalmente  carentes  de fundamento por  defectos  que  bien  se hubieran podido detectar de manera temprana.1   

Este  es  el  caso  frente  al  cual hoy se  encuentra  la  Corte,  pues  revisada  la actuación en cumplimiento de aquellos  fines,  claro  se  ve  que  la cuantía del “presunto  monto   o   daño  patrimonial”  lo  estableció  la  Contraloría  General  de  la  República en su denuncia -Fls. 7-, a no dudarlo,  con  fundamento  en el certificado que expidió inicialmente la Coordinadora del  Grupo  de  Tesorería de la Caja de Sueldos de Retiro de la Policía Nacional, a  solicitud  de  la  entidad denunciante, certificación en la que se plasma que a  la  acusada  se  le  cancelaron  por  concepto  de  asignación  de  retiro  del  01-04-1999  a 19 de julio de 2001, fecha de elaboración de la misma, la suma de  $10’206.890.oo.   -Fls.  8-   

No  obstante,  en  el  transcurso  de  la  investigación,  la  entidad  defraudada  patrimonialmente  volvió  a emitir un  nuevo  certificado  el  16 de octubre de 2001, en el que se asegura que el total  cancelado  a  la  procesada  TORRES ÁVILA “por   concepto   de   sustitución  de  asignación  de  retiro”  asciende  a  la  cifra  de  $32’601.630.97 -Fls. 35-,  certificación  que  no  llama a perplejidad alguna si en cuenta se tiene que la  acusada  obtuvo  el  reconocimiento  de  la sustitución pensional de marras, de  manera  retroactiva,  a  partir  de  la fecha del fallecimiento de su progenitor  acaecida   el  31  de  marzo  de  1982,  constituyéndose  ello  en  el  último  “reporte  procesal”, como  a  bien  tuvo denominarlo el Fiscal Ad-Quem  cuando  por  apelación revisó la resolución acusatoria expedida  por               la              Fiscalía              de              primera  instancia.          

Por  modo  que  el vicio denunciado deviene  infundado,  máxime  si  el censor no empece haber asumido la representación de  la  sentenciada cuando ya la susodicha certificación se había incorporado a la  actuación,  pues  lo  hizo  desde  el  momento  en que su defendida rindió sus  descargos  -Fls.  48  y  Ss.-,  jamás  la controvirtió como para que proceda a  estructurar  en  esta  sede del recurso extraordinario, un cargo con sustento en  la   ausencia   de   oportunidad   para   ejercitar  el  pretextado  derecho  de  controversia.   

2.   De   la  violación indirecta.   

Error   de  hecho  por  falso  juicio  de  existencia  determinado  por la omisión probatoria en que el juzgador incurrió  al  dejar  de valorar los testimonios de quienes, a partir del mes de septiembre  de  1984  solamente declararon sobre la condición de célibe de la acusada, mas  nada  dijeron  acerca de que para su congrua subsistencia la procesada dependía  económicamente    de   su   padre   fallecido,   es   el   sustento   de   este  reproche.   

Una  vez  más  advierte  la Corte que esta  modalidad  del error de hecho por falso juicio de existencia se configura cuando  el  juzgador prescinde de valorar elementos de convicción legal y oportunamente  acopiados  a  la  actuación,  o  porque  los  supone  a pesar de no obrar en el  proceso.      

En el primer caso, que al parecer es el que  se  plantea  en  el  texto de la demanda tal como así lo expresa el actor en el  desarrollo  de  la  censura,  obliga al libelista no sólo a señalar los medios  objeto  de  preterición, sino también a determinar su incidencia en el sentido  de  la  decisión,  de  haber  sido  apreciados,  lo  que necesariamente implica  efectuar  una nueva valoración del plexo probatorio, incluidos los elementos de  convicción  omitidos,  a  efecto  de acreditar que con los medios excluidos las  premisas conclusivas de la sentencia se derrumban.   

Empero,  al  atacar  las  conclusiones  del  Tribunal,  de lo que verdaderamente se duele el censor es de la inferencia de la  Corporación  con  la  cual cimentó el respectivo juicio de reproche, como así  lo  deja explícito en el cuerpo del libelo, en cuanto que en clara referencia a  la  estratagema  utilizada  por  la sentenciada para inducir y mantener en error  por  largo  tiempo  al  Pagador  de  la  entidad  ofendida,  el  demandante dice  discrepar  del  criterio  del  juzgador  cuando  en  el  fallo  se sostiene que:  “(…)  en  la  medida que mediante el empleo de ese  engaño  la  indujo  y  mantuvo  en error por cerca de 18 años, tras obtener la  Resolución  Nº  5349  del  13  de  septiembre de 1982, el reconocimiento de la  prestación  deprecada  y  recibir  sus  mesadas  de manera ininterrumpida hasta  cerca  del mes de marzo de 2001, cuando la Contraloría General de la República  estableció  el  hallazgo  fiscal y determinó que la acusada no sólo percibía  dicha  erogación,  sino  que  de  manera  coetánea  del  Instituto  de Seguros  Sociales   recibía   el   valor  de  su  pensión  de  vejez  (…)”.   

         Si  lo  que  se  cuestiona  es  la  valoración misma, que se reputa  equivocada  porque  el  juez  por  desa­tender  los  principios  de  la  sana  crítica,  obtuvo inferencias  erróneas  de  los  hechos objetivamente vistos, de lo que se está en presencia  es  de un error de apreciación denominado falso raciocinio.  En este caso,  cuando  se  plantea  en  casación  errores  de hecho por desconocimiento de las  reglas  de  la  sana  crítica  en  la valoración del mérito persuasivo de las  pruebas,  reiteradamente ha sostenido la jurisprudencia de la Sala que se impone  para  el  actor  la  obligación  de  demostrar  que los juzgadores se apartaron  caprichosamente  de  los postulados de la lógica, los principios de la ciencia,  o  las  reglas  de la experiencia, y que este error condujo a la declaración de  una verdad fáctica distinta de la que revela el proceso.   

Adicionalmente  a  la  demostración  de la  existencia  material  del yerro, debe ser acreditada su trascendencia, labor que  implica  revalorar  en su conjunto y de manera objetiva las pruebas allegadas al  proceso,  con  el  propósito  de  hacer  evidente que un estudio acorde con las  reglas  de  la  sana  crítica  habría  llevado a los juzgadores de instancia a  tomar  una  decisión  distinta  de  la impugnada.        

Luego, entonces, no se trata de enfrentar el  criterio  de  valoración  probatoria  del  impugnante  al  del  juzgador con el  equivocado  propósito  de   hacerlo  prevalente,  como  aquí  lo  hace el  demandante,  puesto  que,  como lo viene reiterando la Sala, en primer término,  el  error  de  hecho por falso raciocinio surge del desconocimiento flagrante de  las  reglas de la sana crítica por parte del juzgador, y no del hecho de que el  funcionario  se aparte de los criterios de valoración probatoria de los sujetos  procesales;  y  en  segundo  lugar,  porque  el examen probatorio y las premisas  conclusivas  de  los fallos de segunda instancia prevalecen sobre los realizados  por  las  partes, por encontrarse amparados de la doble presunción de acierto y  legalidad.        

Por  parte alguna se ocupa el demandante en  demostrar  que el sentenciador desconoció los dictados de la lógica, las leyes  científicas  o  las  reglas  de  la  experiencia  en  la  asignación de fuerza  persuasiva  a  las  pruebas  soporte  de  la condena. Y tampoco acreditó que la  estimación  probatoria y las conclusiones del fallo por irrazonables, ilógicas  o  arbitrarias, deban descartarse por contrariar la verdad procesal. A partir de  consideraciones  de  carácter general y sin concretar yerro alguno, pretende el  censor  el  derrumbamiento  del  fallo  cuestionado, argumentación de imposible  recibo en sede casacional.   

     

En  suma, porque la argumentación acorde a  las  censuras  postuladas  está  ausente  del  libelo que apenas se ofrece como  memorial   contentivo   de  juicios  contrapuestos  al  criterio  del  juzgador,  constituyéndose  por  lo  tanto  en  un  mero escrito de libre factura, deviene  inepto    para   los   fines   de   la   casación,   razón   suficiente   para  inadmitirlo.   

         

Finalmente,  no  se  advierte violación de  garantía  fundamental  alguna  que  a  voces  del  Art.  216 del C. de P. Penal  conduzca            a            la           Corte           a           actuar  oficiosamente.                          

En  mérito  a lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  Sala  de  Casación Penal,   

  RESUELVE   

          INADMITIR   la   demanda   de   casación  presentada  a  nombre  de  ALCIRA  DEL  CARMEN  TORRES  ÁVILA    por   su   defensor,  conforme  a  las  motivaciones   expresadas   en  el  cuerpo  del  presente  proveído.   

         

Contra  la  presente  decisión  NO procede  recurso alguno.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen.   

Cúmplase.  

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

SIGIFREDO         ESPINOSA  PÉREZ           MARIA  DEL ROSARIO  GONZÁLEZ DE LEMOS   

JORGE  LUÍS QUINTERO MILANÉS                                YESID      RAMÍREZ  BASTIDAS   

JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                                 MAURO      SOLARTE  PORTILLA   

JAVIER DE JESÚS ZAPATA ORTIZ  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1 C. S.  de  J.,  Sala  de  Casación  Penal,  Auto  de 16 de junio de 2006, Rad. 25.215.     

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