27285(03-05-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 27285  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA  DE CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS   

Aprobado acta N°  063   

Bogotá,   D.  C.,    tres  (3)  de  mayo  de  dos  mil  siete  (2007).   

V   I   S   T   O  S   

La  Corte  decide  respecto    del    cumplimiento   de   los   presupuestos   de   lógica   y  debida  argumentación  de  la  demanda  de  casación presentada por la defensora de  JULIÁN GONZÁLEZ ZAPATA.   

H   E   C   H   O  S   

Fueron  sintetizados  por  el  juzgador  de  segunda instancia de la siguiente manera:   

“Sucedieron el  13  de  julio de 2006, cuando, luego de dar aviso a las autoridades acerca de la  descarga  de mercancía en el inmueble de la calle 36A N° 68A-70 Sur, barrio La  Alquería,  de  esta  ciudad (Bogotá), acuden agentes de la Policía que, luego  de  solicitar  a  la propietaria del inmueble el registro voluntario, encuentran  al  interior  del  mismo  lonas contentivas de 772 pieles procesadas de babilla,  caimán  y  cocodrilo de diferentes colores, las cuales habían sido hurtadas el  30 de junio anterior.   

“Por   los  anteriores   hechos   se  responsabilizó  a  JULIÁN  GONZÁLEZ   ZAPATA,   policía   activo,   quien  se  encontraba      en      posesión      de      dicha      mercancía”.   

ACTUACIÓN     PROCESAL   

1.    Por  razón  de  los  hechos  narrados,  el  14    de  julio  de  2006  y ante el  Juzgado   Sesenta  Penal  Municipal  con  función de  control   de   garantías   de   Bogotá,       en       audiencia       de  formulación      de      imputación    y    una    vez   legalizada   la  captura,           la           Fiscalía              301  Seccional  de    la    misma    ciudad   imputó   a   Julián  González   Zapata   la  comisión,    en    calidad    de    coautor,   del  delito    de         receptación,   de   acuerdo   con   lo   previsto  por  el  artículo   447    del      Código     Penal,  informando  al  mismo tiempo sobre la posibilidad del   investigado   de   allanarse  a  la  imputación  y a obtener la  correspondiente   rebaja  punitiva.   

En    esta    diligencia   el    mencionado   imputado,    de    manera    voluntaria,    libre,    espontánea  y  asistida,  se allanó al cargo  imputado.  Así mismo, se  le  impuso medida de aseguramiento no privativa de la  libertad.   

2.       El      11        de        agosto  siguiente  y  con  base  en la  aceptación   de   cargos,   la  Fiscalía  presentó  escrito  de  acusación  en  contra de  González  Zapata.   

3.  El Juzgado  Treinta           y           Cinco Penal  del   Circuito  con  funciones  de  conocimiento  de  Bogotá,    mediante  sentencia   del   15   de   septiembre   de   2006,   condenó   a  Julián       González  Zapata  a las penas principales de  29  meses de prisión y multa de 25 salarios mínimos legales mensuales vigentes  y  a  la  accesoria de inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones  públicas  por  un  lapso  igual  al  de  la pena privativa de la libertad, como  coautor del delito de receptación.   

Así  mismo, con fundamento en el artículo  63  del  Código  Penal,  no  le  concedió  la  suspensión  condicional  de la  ejecución  de  la  pena,  ya  que  “la modalidad y  gravedad  de  la  conducta punible hacen que la pena deba ejecutarse, pues no se  puede  desconocer  la  clase  de mercancía objeto de receptación, su valor, la  calidad  de servidor oficial como el ser miembro activo de una institución como  es  la Policía Nacional, circunstancia que por si sola le impone a sus miembros  el  deber  no solamente de honestidad, lealtad y probidad, sino de mantenerse en  la  legalidad”.  Tampoco  le  concedió la prisión  domiciliaria.   

4.   Apelado  el fallo por el defensor  del  procesado,  quien considera que la suspensión condicional de la ejecución  de  la pena o la prisión domiciliaria procedían a favor de su representado, el  Tribunal  Superior del Distrito Judicial de Bogotá, el 11 de diciembre de 2006,  lo confirmó.   

En  cuanto  a  la  no  concesión  de  la  suspensión  condicional  de  la  ejecución  de  la  pena,  el  ad  quem  dijo:  “Para la Sala no es aconsejable soslayar el riesgo  que  constituye  el  conjunto  de la conducta desarrollada por GONZÁLEZ ZAPATA,  quien  sin  importarle  la naturaleza, importancia y representatividad que en la  comunidad  tiene  su cargo de patrullero adscrito a la Policía Judicial, con el  fin  de  obtener  una  ganancia fácil, no dudó en ponerse al margen de la ley,  cuya  guarda y cumplimiento le compete, y fomentar con su actuar otras conductas  ilícitas que agobian actualmente a la sociedad colombiana.   

“Su profesión  hace  que  el  juicio  de reproche en su contra deba ser más severo, pues no se  comprende  cómo  una  persona joven, que goza de buena salud y posee un trabajo  lícito  del  cual  puede  derivar  su  sustento,  opta por el camino fácil del  crimen”.   

Contra esta decisión la nueva defensora del  sentenciado interpuso recurso extraordinario de casación.   

  LA   DEMANDA   DE  CASACIÓN   

La  defensora  del  procesado  González  Zapata,  con  fundamento  en  la  causal  primera  de  casación,  presenta tres cargos contra la sentencia de segunda instancia, cuyos  argumentos se sintetizan de la siguiente manera:   

Primer cargo  

Acusa  al  Tribunal  de  haber incurrido en  violación  directa  de  la  ley  sustancial  por  falta  de  aplicación de los  artículos 3° y 4° del Código Penal, los que transcribe.   

Afirma  que el sentenciador tuvo como hecho  probado   que   como   González  Zapata  es  miembro  de  la  Policía Nacional, necesariamente incurrirá  nuevamente  en  actividades  delictuales,  “cuando  bien  es  cierto que se demuestra en el expediente que mi defendido no pertenece  a  organizaciones  criminales,  que  no fue proclive al delito, no es un peligro  para  la  víctima  y  que no constituye un peligro para la sociedad”.   

Luego  de  referirse  sobre  las  funciones  retributiva  y  resocializadora  de  la  pena  y  de  resaltar los principios de  necesidad,  racionalidad  y  proporcionalidad  de  la  misma,  previstos  en  el  artículo  3°  del  Código  Penal,  concluye  que tales delineamientos legales  fueron   desatendidos   por   el   Tribunal,   olvidando   que   “mi  defendido antes de ser servidor público es una persona común  y  corriente  no  exenta  de  tomar  malas decisiones, es decir, el hecho de ser  funcionario  público  no implica que sea un peligro para la comunidad, toda vez  que  como se observa en el expediente mi defendido no tiene antecedentes penales  y  en  el  tiempo  que  estuvo  en  la  Institución  de  la  policía tuvo buen  desempeño;  igualmente  se  desconocen  las  motivaciones  del sujeto activo al  cometer el hecho punible”.   

Estima  que  el  Tribunal  al  no  conceder  “los   subrogados”,  incurrió  en  contravía de los principios constitucionales de la libertad y de  las  bases  fundamentales de la función y finalidad de la pena, yerro que surge  cuando  desconoce  las  calidades  sociales y personales del procesado, teniendo  sólo  en  cuenta  su  condición  de  servidor  público, aspecto sobre el cual  concluye que volverá a delinquir.   

Por  lo  tanto,  agrega que “las  sentencias  recurridas son producto de una cultura regresiva,  adversa  a  la  nueva visión antropológica de la Constitución Política, pues  restringe  alternativas  que deben ser reconocidas dentro de un Estado social de  derecho,  desconociendo  a  mi prohijado el derecho fundamental de la libertad y  la   posibilidad   de   reincorporarse   en   el   medio   laboral,  familiar  y  social”.     

Después  de  una  cita  jurisprudencial  y  doctrinal,  afirma  que si uno de los fines esenciales del Estado es servir a la  comunidad  y garantizar la efectividad de los derechos constitucionales, lógico  es  colegir  que  su  defendido  “debe acceder a la  libertad”  para  poder  hacer uso productivo de sus  facultades y, así, contribuir a la sociedad.   

Considera  que  el  reconocimiento  de  los  “subrogados”   no  implica  que  el  delito  quede  en  la  impunidad,  pues  su  procurado  ya fue  destituido  de  la  Policía. Así mismo, dice “que  la  suspensión  condicional de la pena acarrea ciertos parámetros y exigencias  que  mi  defendido  está  dispuesto  a  cumplir,  tal  como lo ha demostrado al  asistir  a las audiencias; igualmente para una persona joven que por primera vez  comete  un  delito  sin  agravantes,  incorporándolo al medio carcelario haría  más  daño  a  la  sociedad  que al mismo condenado, teniendo en cuenta que las  cárceles    se    han    calificado    como    verdaderas   universidades   del  crimen”.   

En fin, finaliza diciendo que es obligatoria  la  aplicación  de  los  artículos  3°  y  4°  del  Código  Penal,  ya  que  “como en la sentencia se reconoció, se desconocen  las  condiciones  personales,  sociales y familiares de mi defendido”.   

Segundo Cargo  

Afirma  que  el  sentenciador  incurrió en  violación  directa de la ley sustancial, por falta de aplicación del artículo  61 del Código Penal.   

Después  de  transcribir  la citada norma,  sostiene  que  el juzgador se limitó a establecer la personalidad del condenado  a  partir  del  oficio  que  desempeñaba, “más no  determinó  los  demás rasgos de su personalidad que le permitiera concluir que  como  tal  no  representaba un peligro para la comunidad, aún tratándose de un  policía activo”.   

Dice   que   aplicándose   en  el  fallo  “una  íntima convicción y no un criterio de sana  crítica”,  el  sentenciador  no  tuvo en cuenta la  carencia  de  antecedentes penales y la no existencia de circunstancias de mayor  punibilidad,  aspectos  que  sin  duda  permiten  concluir  que  su defendido no  representa  un  peligro  para  la  comunidad  y,  además,  el hecho de que haya  pertenecido a la Policía no implica que vuelva a delinquir.   

Por  ello, estima que el juzgador incurrió  en  “indebida  aplicación  del  art.  61  del  C.  P.”,  yerro  que  condujo a una excesiva pena, pues  habiendo  escogido  el  sentenciador  el  cuarto  mínimo, la sanción a imponer  debió  ser la mínima, es decir, 33 meses y no 58, pues tratándose de aquella,  una  vez  aplicada  la  rebaja  por razón del allanamiento a la imputación, la  pena  definitiva  habría  sido  16  meses  en  lugar  de 29, como finalmente se  fijó.   

Por  lo  expuesto,  solicita  a  la  Corte  “se   tenga  en  cuenta  lo  establecido  por  la  jurisprudencia”.   

Tercer cargo  

Finalmente,  acusa al sentenciador de haber  incurrido  en  violación directa de la ley sustancial, por falta de aplicación  del artículo 63 del Código Penal.   

Dice  que  si  el  procesado  no  registra  antecedentes,   es  responsable  del  mantenimiento  de  su  señora  madre,  no  representa  peligro  para  la  víctima  ni  para  la comunidad y no pertenece a  ningún  grupo  delincuencial  organizado,  necesariamente se hace acreedor a la  suspensión  condicional  de la ejecución de la pena, cumpliéndose así con el  requisito subjetivo consagrado en el citado artículo 63.   

En el título que denominó “PERSONALIDAD  DEL  CONDENADO”, reitera  que,    bajo    el    “criterio   de   la   sana  crítica”, se debe tener en cuenta que en este caso  no   hay   antecedentes,  el  procesado  aceptó  los  cargos,  no  concurrieron  circunstancias  de  agravación  punitiva,  no se generó mayor perjuicio con el  delito,  que  los  bienes  hurtados  fueron  reintegrados  a su propietario, que  concurren    circunstancia    de    menor    punibilidad    y    “que  en  el  expediente  no  se  comprueba la peligrosidad para la  comunidad  de  mi  defendido”,  aspectos  todos que  permiten   concluir   que    el  sentenciado  no  requiere  de  tratamiento  penitenciario  y, por ende, se hace acreedor al derecho invocado, es decir, a la  suspensión condicional de la pena.   

De  otra  parte, en cuanto a la modalidad y  gravedad   de   la  conducta  punible,  es  decir,  la  receptación,  dice  que  “el  sujeto  activo  se sustrajo de la obligación  que  le  impone el Estado de colaborar con la administración de justicia, en el  delito  que  ha  dado lugar a los bienes muebles (pieles de babilla) que para el  caso  tuvo en posesión mi defendido, teniendo así que contrario a lo dicho por  la  Fiscalía  mi  prohijado  no  tuvo  calidad de autor o partícipe del delito  original (sic)”.   

Así  mismo,  refiere  que  en  el  proceso  “no se estableció que los actos realizados por mi  defendido  tenían  la  finalidad de encubrir un ilícito, toda vez que nunca se  expusieron  los  motivos  que  llevaron  a  mi  defendido a ser partícipe de la  conducta punible”.   

A continuación, luego de hacer unos breves  comentarios  conceptuales  sobre  la  finalidad  de  los  sustitutivos  penales,  asevera   que  el  delito  cometido  por  el  procesado  no  es  “de  suma  gravedad  ni  de  alto grado de criminalidad”,  aspectos que le permiten colegir que su defendido no requiere  de tratamiento penitenciario.   

Por  lo expuesto, solicita a la Corte casar  el  fallo impugnado y, en consecuencia, reducir la pena privativa de la libertad  a  16  meses de prisión y conceder al sentenciado la suspensión condicional de  la ejecución de la pena.   

CONSIDERACIONES   DE   LA   CORTE   

1.  En el nuevo el sistema procesal, la  casación  se  concibe  como  un  medio  de  control  constitucional y legal que  procede  contra  las  sentencias  dictadas  en segunda instancia en los procesos  adelantados  por  delitos cuando afectan derechos o garantías procesales.   Por  lo  mismo,  ha  de  concluirse  que este recurso, concebido como un control  constitucional,  es   consecuencia  natural  de  la  función que ejerce la  Corte  Suprema  de Justicia como Tribunal de Casación, según así lo prevé el  artículo  235  de  la  Carta,  y, por ende, guardiana de los fines primordiales  contemplados en el artículo 180 de la Ley 906 de 2004.   

De acuerdo con lo que estatuye la citada Ley  906,  para  que la demanda sea admitida se requiere que el libelista, además de  contar  con  interés,   acredite  la  afectación de derechos o garantías  fundamentales,   para   lo   cual   también   deberá   formular   y   desarrollar    los    correspondientes    cargos    y,   por   supuesto,  demostrar  la  necesidad de intervención de la Corte para  lograr  algunos  de los fines establecidos para la casación, según lo previsto  en  el  artículo  180 de esa normatividad, es decir, la efectividad del derecho  material,  el respeto de las garantías de los intervinientes, la reparación de  los  agravios  sufridos  por  éstos  y  la  unificación  de la jurisprudencia,  propósitos  que,  como  lo  tiene  dicho  la  Corte, son los mismos del proceso  penal,  lo  que explica que las causales de casación tengan un diseño dirigido  a lograr esos fines.   

Por    ello,    “el       recurso       extraordinario      de   casación   no   puede   ser interpretado sólo desde, por y para  las  causales,  sino  también  desde  sus  fines,  con  lo  cual  adquiere  una  axiología  mayor  vinculada  con  los  propósitos  del  proceso penal y con el  modelo     de     Estado    en    el    que    él    se    inscribe.   

“En  otros  términos,  las  causales  determinan  la  forma  en  que  procede  denunciar la  ilegalidad  o  inconstitucionalidad  del  fallo  y  de  conducir el debate   en    sede    extraordinaria,   pero   ellas   no   son   un   fin   en   sí  mismo para la viabilidad del  recurso,    pues    ésta    debe    determinarse    por   la   manifiesta   configuración   de  uno  o  varios  de  los   motivos  normativamente  establecidos  para  lograr  el  desquiciamiento  de  la  decisión impugnada.   

“Claro que por  razón  de esto no puede llegar a entenderse que el recurso haya sido morigerado  en  extremo,  al  punto de quedar librado a la simple voluntad de las partes sin  referencia  a  ningún  parámetro  legal,  y  que  se convierta en una fórmula  abierta   para  controvertir  sin  más  las  decisiones  judiciales  según  el  albedrío  del  casacionista,  lo  cual  repugna  a la noción de debido proceso  constitucional,  pues  la  admisibilidad  al  trámite  y  la  prosperidad de la  pretensión  queda condicionada a la demostración del interés en el censor, la  correcta  selección  de  las  causales, la coherencia de los  cargos   que   a   su   amparo   pretenda  aducir,  y   la   debida  fundamentación  fáctica y jurídica de éstos, además de la  necesidad  de  acreditar  cómo con su estudio se cumplirán uno o varios de los  fines      de     la     casación”.1   

En  consecuencia, el recurso extraordinario  no  es  un  instrumento  que  permita  continuar  el debate fáctico y jurídico  llevado  a cabo en el agotado proceso, por lo que no es procedente realizar toda  clase  de  cuestionamientos a manera de instancia adicional a las ordinarias del  trámite,  sino que debe ser un escrito claro, lógico, coherente y sistemático  en  el  que,  al  tenor  de los motivos expresa y taxativamente señalados en la  ley,  se  denuncian  errores  bien  sea de juicio o de procedimiento en que haya  podido  incurrir  el sentenciador, procediendo a demostrarlos dialécticamente y  evidenciado  su  trascendencia,  para de esa manera concluir que la sentencia no  es  acorde  con  el  ordenamiento  jurídico,  cuya  desvirtuación, se reitera,  compete al libelista.   

2.   Teniendo en cuenta los anteriores  derroteros,  si  bien es cierto que la libelista, a través de las tres censuras  fundadas  en la causal primera de casación, plantea la violación directa de la  ley    sustancial    por   falta   de   aplicación    de    los   artículos     3°,     4°    (cargo  primero),   61   (cargo  segundo)     y      63     (cargo     tercero)     del   Código   Penal,   pues   estima   que   la   pena  impuesta    a    su    defendido   fue   excesiva   y,   además,  se  le  debió conceder el sustituto penal de  la  suspensión  condicional  de  la  pena,  también   los   es   que      la    argumentación     lógica     y     la   demostración     de    cada    una    de    esas   inconformidades   no   consultan   y,  menos,  respetan  los  postulados  que rigen la casación y, específicamente, la causal invocada.   

En   efecto,   como   lo   ha   indicado  reiteradamente  la  Corte,  cuando la censura se funda en los presupuestos de la  violación  directa,  se parte de que la equivocación del sentenciador surge de  la  selección,  interpretación  y aplicación de la norma sustancial llamada a  solucionar el conflicto.   

En  esas  condiciones, resulta claro que el  reproche  debe estar dirigido a evidenciar la equivocada selección de la norma,  o  su  indebida  aplicación  o su errada hermenéutica, motivo por el cual  no  tienen  cabida argumentos tendientes a cuestionar los hechos declarados como  probados   en   la   sentencia   y   la   valoración   dada  a  los  medios  de  convicción.   

Por lo mismo, la argumentación que ocupa la  atención  del  impugnante  y  a  través de la cual pretende demostrar el error  acusado,  necesariamente  debe  estar  sustentado  en  el  ámbito  de  estricto  derecho,  en  la  medida  en  que  la  equivocación  del  juzgador radica en la  elaboración  del juicio de derecho que lo llevó a una declaración contraria a  la legalidad.   

Dentro  de  tal  entendido,  es  necesario  colegir   que  los  hechos  y  las  pruebas  no  son  objeto  de  la  discusión  argumentativa  en sede de casación, es decir, el impugnante no puede desconocer  los  hechos  o  la  valoración  probatoria  en  la  forma  en que los encontró  demostrados  el  Tribunal,  porque  su inconformidad radica exclusivamente en la  aplicación de la ley.   

Ahora bien, si la casacionista en este caso  estimaba  que  la  errada aplicación del derecho, la cual centra en la falta de  aplicación  de  los artículos 3°, 4°, 61 y 63 del Código Penal, tuvo origen  en  la  equivocada  valoración  de los medios de convicción atinentes a dichas  normativas,  le  era  imperioso soportar la censura por los lineamientos propios  de  la  violación  indirecta de la ley sustancial, precisando la clase de error  (de  hecho  o  de  derecho)  y el falso juicio que lo determinó (de existencia,  identidad,  raciocinio,  legalidad  y convicción), errores y sentidos que, como  lo  ha  indicado  la  jurisprudencia  de la Sala, mantienen vigencia en el nuevo  esquema  procesal,  toda  vez  que  se  constituyen en los únicos yerros en que  puede  incurrir  el  sentenciador  al  momento  de  apreciar  los  elementos  de  juicio.   

Así, entonces, de la lectura del libelo se  observa  que  la  casacionista  no  respetó  la  logicidad  de  los  anteriores  parámetros,    toda    vez   que,   en   lo   atinente   a   los   cargos    primero    y    tercero, a través de los cuales reclama  la  falta  de  aplicación  de  los  artículo  3°, 4° y 63 del Código Penal,  demandando  así  la  concesión  a  favor  de  su  defendido  de la suspensión  condicional  de  la  ejecución de la penal, en vez de ilustrar a la Corte cómo  los   hechos   declarados   como  probados  en  la  sentencia  encajaban  en  la  descripción  abstracta  de los presupuestos de las normas citadas, la actividad  argumentativa  la  centró en señalar que el trámite judicial demuestra que su  representado  no  tiene  antecedentes penales, que no pertenece a organizaciones  criminales,  que no es proclive al delito, que no se erige en un peligro para la  víctima  y la sociedad y que el hecho de ser miembro de la Policía Nacional no  implica  que  volverá  a delinquir y, por lo mismo, se hace acreedor al derecho  de suspendérsele la ejecución condicional de la pena.   

En  manera  alguna  aquellas  afirmaciones  demuestran  a  la  Corte  que  no  obstante  el  juzgador  haber  reconocido una  situación  de  hecho,  finalmente  no aplicó la consecuencia en el derecho, es  decir,  dejó  de  aplicar los artículos 3°, 4° y 63 del Código Penal.   En  otros  términos,  la  demandante  no  logra  evidenciar que el sentenciador  incurrió  en  un error en la selección de la norma, ni tampoco demuestra cuál  fue  el  yerro  jurídico que conllevó a que se negara a su defendido el citado  sustituto penal.   

Por  el  contrario,  lo  que se resalta por  parte  de  la  libelista  son personales puntos de vista frente a la negativa de  reconocerse  la  suspensión condicional de la ejecución de la pena, sin que se  haga   un   señalamiento  claro  y  en  derecho  del  error  jurídico  en  que  supuestamente incurrió el juzgador.   

Ahora bien, si lo pretendido por la censora  era  cuestionar  las  conclusiones  que  el  juzgador obtuvo de la prueba que lo  llevaron  a  declarar  que en este caso no se reunían los requisitos subjetivos  para  conceder  el  multicitado  sustituto  penal,  debió,  entonces, fundar la  censura   bajo   los  lineamientos  de  la  causal  tercera  de  casación,  por  transgresión  de  las  reglas  de  producción  y apreciación de los medios de  convicción,  evento  en  el cual también le era imperioso, como ya se indicó,  señalar la clase de error y el falso juicio que lo determinó.   

Idéntica es la situación del segundo   cargo,   pues   no   obstante  denunciar  la  exclusión  evidente  del  artículo  61  del Código Penal en la  elaboración   del   juicio   de  derecho  relativo  a  los  fundamentos  de  la  individualización  de  la pena, nuevamente critica al sentenciador por no haber  impuesto  la  pena  mínima  que  contempla el primer cuarto, afirmación que la  sustenta  en  aspectos  tales  como  que  su  representado no tiene antecedentes  penales,  que  no se le atribuyeron circunstancias de mayor punibilidad y que su  condición  de  policía  no  implica  que  vuelva  a  delinquir,  los cuales le  permiten  colegir  que  González  Zapata  “no  representa  un peligro para la  sociedad”.   

El  argumento de la casacionista no pone en  evidencia  la transgresión del artículo 61 del Código Penal, sino su personal  inconformidad  frente a las razones que tuvo el sentenciador para fijar la pena,  disparidad  de criterios que no constituyen yerro demandable en casación, menos  cuando  no  precisa  la  libelista  los  supuestos errores hermenéuticos en que  incurrió   el  juzgador  frente  a  la  aplicación  de  la  mencionada  norma.   

Además,  riñe  con la lógica el hecho de  que    la    demandante   haya   planteado   inicialmente   la   “falta    de    aplicación    del   artículo   61   del   Código  Penal”,  para luego, en el desarrollo de la censura  y    de   manera   contraria,   sostener   que   el   juzgador   “incurrió  en indebida aplicación” de  la   misma  preceptiva,  aspecto  que  torna  ininteligible  la  argumentación.   

En  esas  condiciones,  la  demandante  no  desarrolla  los  cargos  ni  demuestra  que el fallo que se propone en esta sede  tiene  por  finalidad  la  efectividad  del  derecho material, el respeto de las  garantías  de  los  intervinientes,  la reparación de los agravios inferidos a  éstos  o  la unificación de la jurisprudencia, de acuerdo con el artículo 180  de   la   Ley   906   de   2004,   razón   por   la   cual  se  inadmitirá  la  demanda.   

Resta  señalar  que  no se observa que con  ocasión  del  fallo  impugnado o dentro de la actuación se violaron derechos o  garantías    del    procesado   Julián   González  Zapata,  como  para  que  tal  circunstancia  imponga  superar  los  defectos  del  libelo  para decidir de fondo, según lo dispone el  inciso 3° del artículo 184 de la Ley 906 de 2004.   

Acotación  final   

Habida  cuenta  que  contra la decisión de  inadmitir   la   demanda  de  casación  presentada  a  nombre  de  Julián   González  Zapata  procede  el  mecanismo  de  insistencia de conformidad con lo establecido en el artículo 186  de  la Ley 906 de 2004, impera precisar que como dicha legislación no regula el  trámite  a  seguir  para que se aplique el referido instituto procesal, la Sala  ha  definido las reglas que habrán de seguirse para su aplicación,2    como  sigue:   

a)   La  insistencia  es  un mecanismo  especial  que  sólo  puede ser promovido por el demandante, dentro de los cinco  (5)  días  siguientes  a  la  notificación de la providencia por cuyo medio la  Sala  decida  no seleccionar la demanda de casación, con el fin de provocar que  ésta   reconsidere   lo   decidido.   También    podrá    ser   provocado   oficiosamente  dentro  del  mismo  término  por   alguno  de  los  Delegados  del  Ministerio  Público  para  la  Casación  Penal   -siempre  que  el  recurso  no  hubiera  sido  interpuesto  por  el  Procurador  Judicial-,  el  Magistrado  disidente  o  el  Magistrado que no haya  participado en los debates o suscrito la providencia inadmisoria.   

b)   La solicitud de insistencia puede  elevarse  ante  el  Ministerio  Público,  a  través  de  sus Delegados para la  Casación  Penal, o ante uno de los Magistrados que hayan salvado voto en cuanto  a  la  decisión  mayoritaria  de  inadmitir  la  demanda  o  ante  uno  de  los  Magistrados que no haya intervenido en la discusión.   

c)    Es    potestativo   del    Magistrado    disidente,    del   que   no   intervino   en  los   debates   o   del  Delegado   del     Ministerio     Público     ante    quien    se  formula   la   insistencia,   optar  por  someter   el   asunto   a  consideración  de la Sala o no presentarlo  para  su  revisión, evento último en que informará de ello al peticionario en  un plazo de quince (15) días.   

d)   El  auto a través del cual no se  selecciona  la  demanda  de  casación  trae  como consecuencia la firmeza de la  sentencia  de  segunda  instancia  contra  la  cual  se  formuló  el recurso de  casación,  salvo  que  la  insistencia prospere y conlleve a la admisión de la  demanda.   

En mérito de lo  expuesto,  la  CORTE SUPREMA DE JUSTICIA,    SALA   DE   CASACIÓN PENAL,   

R  E  S  U  E  L  V  E   

INADMITIR   la    demanda    de   casación   presentada  por la defensora de JULIÁN       GONZÁLEZ  ZAPATA, por las razones expuestas  en la anterior motivación.   

De  conformidad  con  lo  dispuesto  en  el  artículo  184  de  la  Ley  906  de  2004,  es facultad de la demandante elevar  petición de insistencia.   

Cópiese,  notifíquese     y  cúmplase.   

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

Comisión de servicio  

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ                                        ÁLVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN                                           

MARINA   PULIDO   DE  BARÓN                                        JORGE   LUIS   QUINTERO  MILANÉS           

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                        JULIO ENRIQUE SOCHA         SALAMANCA   

MAURO    SOLARTE  PORTILLA                                JAVIER ZAPATA  ORTIZ   

Excusa justificada  

TERESA RUIZ NUÑEZ  

                                                                    Secretaria     

1  Casación  24026  del 20 de octubre de 2005, casación 24610 del 12 de diciembre  de 2005, entre otras.   

2  Providencia del 12 de diciembre de 2005. Rad. 24322.     

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