26945(11-07-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 26945  

CORTE     SUPREMA     DE   JUSTICIA   

SALA DE CASACIÓN PENAL  

                               Magistrados Ponentes:   

         Dr.  YESID RAMÍREZ  BASTIDAS   

                          Dr. JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

                              Aprobada Acta N° 117   

                               

Bogotá,  D.  C., Julio once (11) de dos mil  siete (2007).   

VISTOS:  

          Resuelve  la Sala el recurso de apelación presentado por la defensa  contra  la providencia del Tribunal Superior de Antioquia, de 22 de noviembre de  2006,  conforme  la  cual  negó  una  solicitud  de  cesación de procedimiento  presentada  a  favor  de  Orlando  César Caballero Montalvo, en contra de quien  existe  resolución  acusatoria como posible autor responsable de los delitos de  concierto   para   delinquir  agravado  y  fabricación,  tráfico y porte ilegal  de  armas  de  uso privativo de las fuerzas armadas, en  la modalidad de conservación.   

ANTECEDENTES:   

1.  El  día 27 de  noviembre  de  2004, en una vivienda del barrio Obrero del municipio de Mutatá,  Antioquia,  miembros  de  la  Policía  Nacional  capturaron  a  Orlando  César  Caballero  Montalvo, a quien le fue incautada una granada de fragmentación y 42  fotografías  en las que aparecía uniformado con prendas similares a las de uso  privativo  de las Fuerzas Militares, portando armamento de largo y corto alcance  y exhibiendo brazaletes distintivos de los grupos armados ilegales.   

2.  El  informe de  policía  fue  remitido  a  la  Fiscalía  General  de  la  Nación,  y el 29 de  noviembre  siguiente  la Fiscalía Setenta y Dos Seccional de Chigorodó ordenó  apertura  de  la  instrucción, disponiendo indagar al capturado, diligencia que  en efecto se cumplió el 1° de diciembre de 2004.   

          3.  La  Fiscalía  14  Especializada de la  Subunidad  de  Terrorismo  de Medellín, mediante resolución de 14 de diciembre  de   2004  profirió  medida  de  aseguramiento  consistente  en  la  detención  preventiva  intramural  en  contra  del  indagado,  al  imputarle los delitos de  concierto   para   delinquir  agravado  y  fabricación,  tráfico y porte ilegal  de  armas  de  uso privativo de las fuerzas armadas, en  la modalidad de conservación.   

4. La investigación  fue  clausurada  el  2  de junio de 2005 y el 19 de julio siguiente se profirió  resolución  acusatoria  en  contra de Caballero Montalvo por los mismos delitos  imputados    en    la   resolución   que   le   había   impuesto   medida   de  aseguramiento.   

5.  El  Juzgado  Primero  Penal  del  Circuito   Especializado  de  Medellín  dio inicio al  juicio  según  auto  del  29  de  agosto  de  2005;  se  realizó  la audiencia  preparatoria  el  7  de  febrero  de 2006 y la de juzgamiento el 15 de marzo del  mismo año.   

6. El 5 de mayo de  2006   la  defensora  presenta  una  solicitud  de  cesación  de  procedimiento  aduciendo  que  el  procesado  se había desmovilizado el día 25 de abril de la  misma anualidad.   

6.1. En el documento  “Acta  de  entrega  voluntaria”, elaborado en Turbo-Antioquia el 26 de abril  de  2006,  se  lee  que  Caballero  Montalvo  concurrió  ante  la  Fiscalía 20  Especializada  para manifestar “su deseo de reincorporarse a la vida civil”,  razón  por  la  cual declaró “su pertenencia al Frente Dabeiba y Pavarandó,  bloque  ELMER  CÁRDENAS  de  las  AUC,  en  su  calidad  de  integrante  de  la  organización  y  su  querer  de  abandonarlo  voluntariamente.  Situación  que  aconteció,  de  conformidad con lo dispuesto en la Ley 782 de 2002 y el Decreto  3360 de 2003, de manera colectiva con 1.500 personas”.   

6.2.  La defensora  funda  su  petición  en  el  artículo 24 de la Ley 782 de 2002 y la Ley 975 de  2005.   

7.   Aparece  incorporado  al  proceso,  con fecha 8 de septiembre de 2006, documento suscrito  por  Jorge  Alfredo  Rodríguez  Patarroyo,  Asesor  Ministro  de  Interior y de  Justicia,  Programa  de  Reincorporación  a  la  Vida Civil, quien hace constar   

“Que  el  señor Orlando César Caballero  Montalvo,   identificado  con  la  cédula  de  ciudadanía  N°  19’598.629, es beneficiario del programa  para  la  reincorporación  a  la  vida  civil  del Ministerio del Interior y de  Justicia  en  virtud  de  aparecer  en  la  lista  oficial  del  ex-bloque Elmer  Cárdenas  de  las Autodefensas Unidas de Colombia de acuerdo al Decreto 3360 de  2003”1.   

8.  Luego de varios  trámites   el  juez  especializado,  atendiendo  lo  establecido  por  la  Sala  Administrativa  del  Consejo  Superior de la Judicatura en el Acuerdo 3275 de 19  de  enero  de  2006,  el  21  de  septiembre  de  2006  remitió  el proceso por  competencia  a  la Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Barranquilla,  correspondiendo  a  un  magistrado  advertir  mediante  auto  del  13 de octubre  siguiente  que  el  asunto  era  de  competencia  de  la Sala Penal del Tribunal  Superior de Antioquia.   

9. La Sala Penal del  Tribunal  Superior  de  Antioquia,  mediante  auto  de  22  de noviembre de 2006  dispuso  no  conceder  la cesación de procedimiento peticionada, ni la libertad  al  procesado  Orlando  César Caballero Montalvo. Para tomar tal determinación  señaló:   

9.1. Su competencia  para  conocer  de la petición en los términos de la Ley 418 de 1997, artículo  80,  modificado  por la Ley 782 de 2002, artículo 24, disposición que autoriza  la  cesación  de  procedimiento  a  quienes  confiesen  y  sean  procesados por  delitos  políticos (Ley 782  de  2002,  artículo 19, que prorroga la vigencia del artículo 50 de la Ley 418  de 1997).   

9.2.  Que  para la  obtención   de   beneficios  jurídicos  es  necesaria  la  obtención  de  una  certificación   del   Comité   Operativo   para  la  Dejación  de  las  Armas  –CODA–,  en los términos del artículo 12-4  del Decreto 128 de 2003.   

9.3.   Que  los  beneficios  de  la  Ley  782  de  2002  son exclusivamente para los procesados y  condenados    por   delitos   políticos    y    los    atribuidos    al    procesado    no   ostentan   tal  carácter.   

9.4.   Que   el  procesado  negó  en  la indagatoria pertenecer para el momento de su captura al  grupo  de  las  autodefensas  “Elmer  Cárdenas”  y  conservar la granada de  fragmentación  que  se  le  incautó  en el maletín que también contenía las  fotografías.   

10.  Contra  la  anterior  decisión  se promovieron los recursos de reposición y en subsidio de  apelación. La defensa sustentó en los siguientes términos:   

10.1. Que a pesar de  la  inexequibilidad del artículo 71 de la Ley 975 de 2005, y teniendo en cuenta  que  tal decisión  produce efectos retroactivos, los beneficios jurídicos  de  dicha  norma  pueden aplicarse al procesado, en aplicación del principio de  favorabilidad.   

10.2. Que la falta  de  confesión  del  indagado  no  es  obstáculo  para conceder la cesación de  procedimiento  que  se  establece en el artículo 24 de la Ley 782 de 2002, pues  la  aceptación  del hecho para obtener beneficios debe ocurrir en el momento de  la desmovilización.   

10.3. Que siendo un  hecho  cierto  que  el procesado se desmovilizó el 30 de abril de 2006, resulta  plenamente   vigente   para   su   caso  el  artículo  69  de  la  Ley  975  de  2005.   

10.4.    En  conclusión,  la  defensora  solicitó  la cesación de procedimiento a favor de  Orlando  César Caballero Montalvo teniendo como soporte jurídico la Ley 782 de  2002 y los artículos 69 y 71 de la Ley 975 de 2002.   

11.  El  Tribunal  Superior  de  Antioquia,  mediante decisión de 16 de enero hogaño, reiteró lo  expuesto  en  la  providencia recurrida y ratificó que el procesado no cumplía  con  las  exigencias  legales para obtener el beneficio reclamado, razón por la  que  no  repuso  lo  resuelto.  Y  con  auto  de 24 de enero pasado concedió el  recurso   de   apelación.   En   consecuencia,  remitió  la  actuación  a  la  Corte.   

CONSIDERACIONES   DE  LA  SALA:   

I. Competencia:  

1. Ley 782 de 2002,  que  “prorroga  la vigencia de la Ley 418 de 1997, prorrogada y modificada por  la  Ley 548 de 1999”, dispone en su artículo 24 que el artículo 60 de la Ley  418  de  1997,  a  la  vez  prolongada  en su existencia por la Ley 548 de 1999,  quedará así:   

Artículo 60. Se podrán conceder también,  según  proceda,  de  acuerdo  con  el  estado  del respectivo proceso penal, la  cesación  de  procedimiento, la resolución de preclusión de la instrucción o  la   resolución  inhibitoria,  a  quienes  confiesen  y  hayan  sido  o  fueren  denunciados  o  procesados  por  hechos  constitutivos  de  los delitos a que se  refiere  este  título  y  no  hayan  sido  aún  condenados  mediante sentencia  ejecutoriada.   

   

Para  estos  efectos,  se  tramitará  la  solicitud  de  acuerdo  con los artículos anteriores y, una vez verificados los  requisitos,  el  Ministerio  de Justicia y del Derecho remitirá la solicitud al  Tribunal  correspondiente,  o  a  la  Dirección  de  Fiscalía  ante la cual se  adelante  el  trámite,  quienes  deberán  emitir  de plano, la providencia que  decida  la  respectiva  solicitud,  en  los  términos  legales  y observando el  principio de celeridad.   

   

Si  la  persona  se encuentra privada de la  libertad,  las  citadas  autoridades  deberán  dar  trámite preferencial a las  solicitudes  de beneficios jurídicos, y en la providencia en la cual se conceda  la  petición de preclusión de la instrucción o la cesación de procedimiento,  deberá  revocarse  el  auto  de  detención  del  beneficiario,  cancelarse las  órdenes   de   captura  en  su  contra  y  ordenar  oficiar  a  los  organismos  competentes.   

   

La  Sala  Penal  del  Tribunal  respectivo  deberá  resolver dentro de los tres (3) meses siguientes, contados a partir del  día    siguiente    al    recibo    del    expediente.    Este    término   es  improrrogable.   

2.  Como  se puede  advertir,  la disposición que otorga competencia a los Tribunales Superiores de  Distrito  Judicial  para resolver las solicitudes de cesación de procedimiento,  no  establece  la  posibilidad de que los pronunciamientos que con tal motivo se  originen tengan algún recurso.   

3.  Sin embargo, la  decisión  de  conceder  o no la cesación de procedimiento (o preclusión de la  investigación),  de  acuerdo a las reglas generales que aparecen consagradas en  las  leyes  procesales,  es  de  naturaleza  interlocutoria. Contra tal clase de  providencias    procede    tanto    el    recurso   de   reposición2  como  el  de  apelación3.  Pero así mismo, el artículo 31 Superior señala que  “Toda  sentencia  judicial podrá ser  apelada  o  consultada,  salvo  las excepciones que consagre la ley”, salvedad  que no existe en el presente asunto.   

4.  Igualmente, la  legislación   procesal  tradicionalmente  ha  establecido  que  a  la  Sala  de  Casación  Penal  de  la  Corte  Suprema de Justicia corresponde “…  los  recursos  de apelación… en los procesos que conocen en  primera  instancia  los  tribunales  superiores de distrito” (Ley 600 de 2000,  artículo  75-3);  y  la  nueva  codificación que introduce un sistema de clara  estirpe  acusatoria,  también  señala  que esta Corporación tiene competencia  para  resolver “los recursos de apelación contra los  autos   y   sentencias   que  profieran  en  primera  instancia  los  tribunales  superiores”   (Ley   906   de   2004,   artículo  32-3).   

Adicionalmente,  y por vía analógica, para  los  asuntos  de  justicia de transición  regulados  por  medio  de  la  Ley  975  de  2005, se prevé en el  artículo  26  que  “la  apelación  procede  contra  los  autos que resuelvan  asuntos de fondo”.   

5. En fin, y a modo  de  conclusión,  la  Sala  entiende, con el Tribunal Constitucional4,  que   

el   principio   de  la  doble  instancia  constituye  “una  piedra  angular dentro del Estado de derecho”, como quiera que  garantiza,  en  forma  plena  y  eficaz,  el  derecho  fundamental de defensa al  permitir  que  “el  superior  jerárquico del funcionario encargado de tomar una  decisión  en  primera  instancia,  pueda  libremente  estudiar  y  evaluar  las  argumentaciones  expuestas  y  llegar,  por  tanto,  al convencimiento de que la  determinación  adoptada se fundamentó en suficientes bases fácticas y legales  o   que,  por  el  contrario,  desconoció  pruebas,  hechos  o  consideraciones  jurídicas  que  ameritaban  un  razonamiento y un juicio diferente”,   

elementos  de  juicio que imponen considerar  que  contra el auto que decide la solicitud de cesación de procedimiento en los  términos  de  la  Ley  782 de 2002, procede el recurso de apelación, surgiendo  así   innegable   la   competencia   de  esta  Corporación  para  resolver  la  impugnación  que de manera subsidiaria ha promovido la defensora en el presente  asunto.   

II. Problemas jurídicos:  

Como  quiera que el escrito que contiene la  inconformidad  de  la  defensa  alude  indiferentemente  al  otorgamiento  de la  cesación  de procedimiento con base en la Ley 782 de 2002 y la Ley 975 de 2005,  la  Sala inicialmente procederá a fijar las pautas que gobiernan la dispensa de  los  beneficios  que  aparecen  regulados  en  las  normatividades  señaladas y  después   entrará   a   resolver   el  problema  jurídico  propuesto  por  la  recurrente.   

III.  La  jurisprudencia y las leyes 782 de  2002 y 975 de 2005   

La    Sala    ha   indicado5 que las leyes  782  de  2002 y 975 de 2005 regulan distintas posibilidades relacionadas con los  procesos   de   negociación   o  de  desmovilización  dirigidos  a  lograr  la  reincorporación de grupos al margen de la ley.   

“Los  procesos de paz, sea de diálogo o  de  desmovilización,  incluyen formas de reincorporación a la vida civil, para  lo  cual  las leyes 782 de 2002 y/o 975 de 2005, prevén instrumentos judiciales  específicos  tendientes a reconocer beneficios jurídicos relacionados con esas  situaciones.  Se  trata  de  mecanismos  excepcionales,  propios  de  modelos de  justicia  de  transición que reconocen “una tensión entre el objetivo social  de  lograr un tránsito efectivo hacia la paz o la democracia, y los derechos de  las  víctimas  a que las violaciones de derechos sean investigadas, enjuiciadas  y    castigadas   por   el   Estado,   y   a   que   se   logre   una   efectiva  reparación”6.   

“Por esas razones, tales disposiciones no  pueden  analizarse  mediante una hermenéutica convencional, sino con principios  políticos    normativizados   en   la   Constitución   y   en   los   tratados  internacionales, que ponen de manifiesto   

“una  nueva  noción  de  justicia en el  contexto  de  la comunidad internacional, que atiende a la necesidad de alcanzar  la  efectividad  del  derecho  a  la paz en aquellas sociedades en situación de  conflicto,  pero  que a la vez pretende responder, aún en estas circunstancias,  al  imperativo  de  enjuiciar  y  reparar  las graves violaciones a los derechos  humanos  y  del derecho internacional humanitario y lograr el esclarecimiento de  la  verdad  al  respecto,  nuevo  concepto  de  justicia  que  opera  dentro del  tránsito  de  un  periodo  de violencia a otro de consolidación de la paz y de  vigencia  del  Estado  de  Derecho,  o  de  autoritarismo  a  otro de respeto al  pluralismo              democrático”7.   

“O  como  en reiteradas oportunidades ha  tenido  ocasión  de  decirlo  la Sala, con ocasión de la interpretación de la  Ley 975 de 2005,   

“el  valor  justicia y los principios de  igualdad  y  proporcionalidad,  en  orden  a juzgar la constitucionalidad de una  norma  (y  otros principios y otras normas se dirá ahora), no pueden estudiarse  tal  como  si  se  tratara  de  una  ley  ordinaria,  sino tomando en cuenta las  singularidades  de  la  que  ahora  se  analiza,  expedida  con  la finalidad de  resolver  la  tensión  que  en  este  caso  surge  entre los conceptos de paz y  justicia,  que  son  también  fundamentos  del  Estado,  y  de  los compromisos  internacionales adquiridos por Colombia.   

“Por  lo  mismo,  la  vinculación entre  política  y  derecho  alcanza un nivel mayor al que de ordinario se presenta en  la  legislación  común,  en  la  cual,  por ejemplo, la proporcionalidad de la  respuesta  estatal y la simetría con la agresión a bienes jurídicos, responde  a  la gravedad del injusto y grado de culpabilidad, mientras que, tratándose de  una  ley  especial,  como  aquí  sucede,  se sujetan a otros valores, según se  indicó”8.   

“Desde ese margen se puede establecer que  los  procesos  de  negociación  o  de  desmovilización  dirigidos  a lograr la  reincorporación  de  grupos al margen de la ley, y a los cuales se refieren las  leyes  782  de  2002 y 975 de 2005, regulan distintas posibilidades relacionadas  con  esas temáticas, dependiendo de los objetivos que con ellas se buscan. Así  por ejemplo, la Ley 975 de 2005,   

“no  contiene  la  Ley  975  de 2005 una  disposición  que  exonere al delincuente del cumplimiento de la sanción penal.  Si  bien es verdad que se le hace objeto de un tratamiento jurídico penal menos  riguroso    que    el    existente    en    el    Código   Penal   –si  se  cumplen por el infractor unos  requisitos  determinados  en  relación con las víctimas y por la colaboración  con  la administración de justicia-, lo cierto es que, aún así, no desaparece  la    pena.   Esta   se   impone,   pero   el   procesado   puede   –con   estricta   sujeción   a   los  requisitos  y  condiciones  que  el  legislador  señaló- hacerse acreedor a un  beneficio  que  podría reducirle la privación de la libertad por un tiempo sin  que   éste  desparezca,  beneficio  que  será  objeto  de  análisis  detenido  posteriormente     en     esta     providencia”9.   

“Por  fuerza  de  esa  argumentación se  impone  una  primera  conclusión:  la  Ley  975  de 2005, de justicia y de paz,  define    un    proceso    sui   generis  en  donde  los  derechos  a  la  verdad,  justicia y reparación,  encuentran   efectividad,   siempre,   en   la   asignación  de  una  pena  que  simbólicamente  busca la realización de esos principios y la transición hacia  una  paz  consensuada.  No  por  otra  razón al definirse el ámbito de la ley,  interpretación  y aplicación normativa, en el aparte inicial del artículo 2°  se dijo lo siguiente:   

“La presente ley regula lo concerniente a  la  investigación,  procesamiento,  sanción  y  beneficios  judiciales  de las  personas  vinculadas  a  grupos  armados  organizados  al margen de la ley, como  autores  o  partícipes de hechos delictivos cometidos durante y con ocasión de  la  pertenencia a esos grupos, que hubieren decidido desmovilizarse y contribuir  decisivamente a la reconciliación nacional.”   

“Una segunda conclusión que se deriva de  la  filosofía  de  la  Ley 975 de 2005, es la de que la amnistía, el indulto y  otros  beneficios  establecidos en la Ley 782 de 2002, se rigen por lo dispuesto  en  esta  última  legislación,  como lo reafirma el aparte final del artículo  2° de la ley primeramente mencionada en los siguientes términos:   

“La  reinserción a la vida civil de las  personas  que  puedan  ser  favorecidas  con amnistía, indulto o cualquier otro  beneficio  establecido  en  la  Ley  782 de 2002, se regirá por lo dispuesto en  dicha ley”.   

“Lo  anterior, porque la Ley 975 de 2005  regula  un  proceso  específico  dentro  del  modelo  propio de una justicia de  transición  que  debe concluir ordinariamente con una sanción, a diferencia de  lo  que  ocurre  con  la  782  de  2002  define  procedimientos  destinados a la  realización  del indulto (por parte del Gobierno), la amnistía, la inhibición  de  la  investigación  o  la preclusión de la investigación o la cesación de  procedimiento,  según  sea  el  caso,  con  intervención  de  las  autoridades  judiciales (fiscales o jueces).   

“La  alusión  a  fiscales  y  jueces es  explicable  en  atención  a que la Ley 782 de 2002 se expidió antes de haberse  promulgado  el  nuevo código de procedimiento penal (Ley 906 de 2004), que como  se  sabe,  entrega  a los jueces, en el marco del principio de reserva judicial,  la   posibilidad   de   decidir   acerca  de  las  causas  relacionadas  con  la  imposibilidad  de iniciar o continuar la acción penal (artículos 331 y 332 Ley  906 de 2004).   

“Pero  si  se tiene en cuenta que hoy en  día  coexisten  en  todo  el  país  diferentes  sistemas  procesales, no se ve  ninguna   razón  para  que  los  Fiscales,  a  quienes  les  fue  atribuida  la  competencia  para  decidir  sobre  la  improseguibilidad  de  la  acción  penal  (preclusión  de la investigación) o para no iniciarla (inhibición), no puedan  pronunciarse           al          respecto10. Además, la declaratoria de  inexequibilidad   del   artículo   78   de   la  Ley  906  de  200411,  mediante  la  cual  se  priva a los fiscales de la posibilidad de archivar las diligencias  penales,  debe  entenderse  en el entorno de la interpretación de la Ley 906 de  2004,  que  consagra un sistema especial de reserva judicial y no en el contexto  de  la  justicia  de  transición  que  busca reincorporar a la vida civil a los  miembros   de   los  grupos  organizados  al  margen  de  la  ley”.   

IV. El principio de favorabilidad  

La tradición jurídica nacional enseña que  la  ley  vigente  al momento del hecho es la que debe ser aplicada para resolver  el  problema  jurídico  planteado. Sin embargo, cuando se presenta un tránsito  de  leyes en materia punitiva es necesario que se determine cuál es la ley más  favorable  al  caso  concreto,  de donde se tiene que el precepto derogado puede  cobrar  fuerza  para  ser aplicado ultra-activamente así como retro-activamente  es factible darle valor a la nueva disposición legal.   

La  Corte  ha  enfrentado  los  permanentes  cambios  legislativos que el Congreso de la República introduce al ordenamiento  jurídico,   especialmente   a  los  códigos  penales  sustantivo  y  adjetivo,  desarrollando  desde siempre el criterio de la favorabilidad para aplicar la ley  más  generosa  al  interesado,  situación  que se presenta (1) cuando se da un  tránsito  legislativo,  porque  una nueva ley deroga la anterior, y, (2) cuando  se  da  el  fenómeno  de  coexistencia  de  leyes,  ocasiones  en  las que debe  aplicarse la ley más benigna.   

Es  lo  que sucede con la vigencia temporal  del  artículo 71 de la Ley 975 de 2005 que, sin embargo, la Corte estima que no  se puede aplicar porque:   

V.  La  Ley  975  de  2004  no  se aplica a  delitos             políticos:   

Es  cierto  que  en  el  texto sancionado y  promulgado  de  la  Ley  975  de 2005 se había previsto que los comportamientos  desarrollados  por  los  miembros  de los grupos paramilitares o de autodefensa,  que  interfirieran  con  el  normal  funcionamiento  del  orden constitucional y  legal,  debían ser considerados como delito de sedición, es decir, como ataque  al  orden  constitucional  y  legal  vigente.  La  norma  fue  concebida  en los  siguientes términos:   

ARTÍCULO     71.     SEDICIÓN.  Adiciónase al artículo 468  del  Código  Penal  un  inciso  del siguiente tenor: “También incurrirá en el  delito  de sedición quienes conformen o hagan parte de grupos guerrilleros o de  autodefensa  cuyo  accionar  interfiera  con  el normal funcionamiento del orden  constitucional  y  legal.  En este caso, la pena será la misma prevista para el  delito de rebelión”.   

La   citada  disposición  fue  declarada  inexequible    al    encontrar    el    Tribunal   Constitucional   vicios  de procedimiento en su formación.  Se   recordó  en  la  sentencia  C-370/06  que  «en  las  democracias  resulta  importante  no  sólo  establecer  quién      hace      la      ley,      sino     también     cómo  la  hace».  Y  se  concluyó  que  en   

el trámite impartido a los artículos 70 y  71  de  la Ley 975/05 se desconoció el principio de consecutividad, ya que como  resultado  de  la indebida tramitación de la apelación presentada en el Senado  ante   la   decisión   de   negarlos   adoptada  por  las  Comisiones  Primeras  Constitucionales   Permanentes,   finalmente   fueron   remitidos  a  Comisiones  Constitucionales  que  no  eran  competentes;  y  una  vez  aprobados por éstas  últimas  sin  tener  competencia  para  hacerlo,  fueron introducidos de manera  irregular  en  el  segundo  debate ante la plenaria del Senado, como si hubiesen  sido   aprobados   por   las   Comisiones   Constitucionales   facultadas   para  ello.   

Si bien en la misma sentencia de control de  constitucionalidad  se  dijo  que  a  las  decisiones tomadas se les aplican las  reglas   generales  sobre  efecto  inmediato  de  las  decisiones  de  la  Corte  Constitucional,   y   se  advirtió  que  la  providencia  carecía  de  efectos  retroactivos,  las  razones  de  todo orden que impiden la reclamada aplicación  del  artículo  71  de  la  Ley  975 de 2005, se exponen conforme a la siguiente  secuencia:   

V.1.  Razones de orden sustancial sobre la  imposibilidad   de   equiparar   el   concierto  para  delinquir       con       la       sedición:   

El  artículo  71  de  la  Ley  975 de 2005  materialmente  es  una  norma  contraria  a  la  Constitución  Política porque  asimila  indebidamente los delitos comunes  con  los  delitos políticos.  Tal  presupuesto desconoce no sólo los fundamentos que guían la  actuación  de  ambas clases de delincuentes sino los postulados de la Carta que  permiten un trato diferente entre unos y otros.   

V.1.1.   Fundamentación   estrictamente  constitucional:   

1.  Las sociedades  democráticas  se  caracterizan por la búsqueda permanente del consenso social,  el  cual viene de la mano de postulados tales como la igualdad, la justicia y la  libertad,  entre  otros,  cuya  materialización  compete  a  todos  los poderes  públicos.     Una     sociedad     excluyente     con    graves    deficits  en  el  funcionamiento  de  la  democracia,  en  la  que  no  se  respeta  la  dignidad  humana  ni los derechos  fundamentales,  frecuentemente cuenta con la presencia de graves conflictos, que  en algunos casos llegan hasta niveles de confrontación violenta.   

2.  La violencia,  fenómeno  social  que  aparentemente  está  ligado  a  la  existencia  de toda  sociedad,  tiene que ser considerada como delito cuando afecta bienes jurídicos  dignos,  necesitados  y  merecedores  de  protección  penal,  y  dependiendo de  diferentes  factores,  la  doctrina ha elaborado una amplia taxonomía sobre las  clases  de  delitos,  siendo  una  de  ellas  la  que establece los comunes        y       políticos,   sin  que  hasta  la  fecha  aparezca  razón  alguna,  fundamentada en los criterios propios de las ciencias  sociales  (la  dogmática  jurídico-penal),  que  cuestione  la  validez de tal  distinción.   

3. La Constitución  de  1991, siguiendo la usanza de las constituciones decimonónicas, expresamente  hace   referencia   al  delito  político como una variedad que amerita especial atención.   

4.     La  jurisprudencia    del    Tribunal   Constitucional12 es reiterativa al considerar  que    

         

La  Constitución  distingue  los  delitos  políticos  de  los  delitos  comunes  para efectos de acordar a los primeros un  tratamiento  más  benévolo con lo cual mantiene una tradición democrática de  estirpe  humanitaria… El Estado no puede caer en el funesto error de confundir  la  delincuencia  común  con  la política. El fin que persigue la delincuencia  común  organizada,  particularmente  a través de la violencia narcoterrorista,  es  el  de  colocar  en  situación de indefensión a la sociedad civil, bajo la  amenaza  de padecer males irreparables, si se opone a sus proditorios designios.  La  acción  delictiva  de  la criminalidad común no se dirige contra el Estado  como  tal, ni contra el sistema político vigente, buscando sustituirlo por otro  distinto,  ni  persigue  finalidades  altruistas,  sino que se dirige contra los  asociados,   que  se  constituyen  así  en  víctimas  indiscriminadas  de  esa  delincuencia.  Los hechos atroces en que incurre el narcoterrorismo, como son la  colocación  de carrobombas en centros urbanos, las masacres, los secuestros, el  sistemático  asesinato  de  agentes  del orden, de jueces, de profesionales, de  funcionarios  gubernamentales,  de  ciudadanos  corrientes  y  hasta  de  niños  indefensos,  constituyen delito de lesa humanidad, que jamás podrán encubrirse  con el ropaje de delitos políticos.   

Admitir tamaño exabrupto es ir contra toda  realidad  y  contra  toda  justicia.  La Constitución es clara en distinguir el  delito  político  del  delito  común.  Por  ello  prescribe para el primero un  tratamiento  diferente,  y  lo  hace objeto de beneficios como la amnistía o el  indulto,  los  cuales  sólo pueden ser concedidos, por votación calificada por  el  Congreso  Nacional,  y por graves motivos de conveniencia pública (art. 50,  num.  17),  o  por  el  Gobierno, por autorización del Congreso (art. 201, num.  2o.).  Los  delitos  comunes  en  cambio,  en  ningún caso pueden ser objeto de  amnistía  o  de  indulto.   El  perdón  de la pena, así sea parcial, por  parte  de  autoridades  distintas  al  Congreso o al Gobierno, autorizado por la  ley, implica un indulto disfrazado.   

En     otra     decisión13 se dejó en  claro que   

El delito político es diferente al delito  común  y recibe en consecuencia un trato distinto. Pero, a su vez, los delitos,  aún  políticos,  cuando son atroces, pierden la posibilidad de beneficiarse de  la amnistía o indulto.   

Posteriormente14,    en    cuanto   a   las  consecuencias accesorias, se dijo que   

El delito político, que difiere claramente  del  hecho  punible  común,  no  inhibe  para el futuro desempeño de funciones  públicas,  ya  que  puede  ser  objeto  de  perdón y olvido, según las reglas  constitucionales  aplicables  para instituciones como la amnistía. Los procesos  de  diálogo  con  grupos  alzados  en  armas  y  los  programas de reinserción  carecerían  de  sentido  y  estarían  llamados  al  fracaso si no existiera la  posibilidad  institucional de una reincorporación integral a la vida civil, con  todas  las  prerrogativas  de  acceso al ejercicio y control del poder político  para  quienes,  dejando  la  actividad  subversiva,  acogen  los  procedimientos  democráticos   con   miras   a   la   canalización   de   sus   inquietudes  e  ideales.   

El  rebelde  responsable de un delito político es   

un  combatiente que hace parte de un grupo  que  se  ha alzado en armas por razones políticas, de tal manera que, así como  el  derecho  internacional  confiere  inmunidad  a  los  actos  de guerra de los  soldados  en  las  confrontaciones  interestatales,  a nivel interno, los hechos  punibles  cometidos  en  combate  por los rebeldes no son sancionados como tales  sino  que  se  subsumen en el delito de rebelión. Y es obvio que así sea, pues  es  la  única  forma  de conferir un  tratamiento punitivo benévolo a los  alzados             en             armas15.   

Cuando   fueron  declaradas  inexequibles  algunas  disposiciones  del  Código  Penal  de 198016,   se   precisó  que   independientemente   de   tal   decisión  el  delito  político  subsiste  porque  los responsables de tales  conductas  pueden excepcionalmente recibir un tratamiento favorable, pues existe   

la  posibilidad  de que el Congreso, en la  forma  prevista  en  el  numeral  17  del artículo 150 de la Constitución, por  graves  motivos  de  conveniencia  pública,  conceda  la amnistía y el indulto  generales    por    esos    delitos    políticos17.      Al      Congreso  corresponderá,  en  esa  ley  extraordinaria,  determinar  los  delitos comunes  cometidos  en  conexión  con  los estrictamente políticos y que, por lo mismo,  pueden  quedar  cobijados  por  la  amnistía  y  el  indulto. Y cuáles, por su  ferocidad,   barbarie,   por   ser   delitos   de   lesa  humanidad,  no  pueden  serlo.   

         5.  La Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia  ha  consignado  que  el  delito  político  tiene ocurrencia cuando se atenta contra el  régimen  constitucional  y  legal  vigente  en  búsqueda  de  un  nuevo orden,  resultando  un imposible jurídico predicar de tales conductas su adecuación al  delito   de   concierto  para  delinquir.   

Siempre que la agrupación alzada en armas  contra  el régimen constitucional tenga como objetivo instaurar un nuevo orden,  sus  integrantes  serán  delincuentes  políticos  en  la  medida  en  que  las  conductas  que  realicen  tengan  relación con su pertenencia al grupo, sin que  sea  admisible  que  respecto  de  una especie de ellas, por estar aparentemente  distantes  de  los  fines  altruistas que se persiguen, se predique el concierto  para  delinquir, y con relación a las otras, que se cumplen dentro del cometido  propuesto, se afirme la existencia del delito político.   

Dicho  en otros términos, si los miembros  de  un  grupo subversivo realizan acciones contra algún sector de la población  en   desarrollo   de   directrices   erróneas,  censurables  o  distorsionadas,  impartidas  por  sus  líderes,  los  actos  atroces  que  realicen  no  podrán  desdibujar  el  delito  de rebelión, sino que habrán de concurrir con éste en  la  medida  en  que  tipifiquen ilícitos que, entonces, serán catalogados como  delitos                    comunes18.   

6.  Los  delitos  cometidos  por  personas  vinculadas  a grupos paramilitares, como es el caso de  los  miembros  de  los  grupos  de  autodefensa que en virtud de acuerdos con el  Gobierno  Nacional  se  han  desmovilizado, bajo ningún pretexto alcanzan a ser  considerados   como   autores   del  punible  de  sedición,  por  cuanto  tales  comportamientos    no   pueden   ser   asimilados   al   concepto   delito político.   

7. Debido a que los  hechos  delictivos  cometidos  por  cuenta  o  en nombre de los paramilitares no  fueron   ejecutados   con   el   propósito   de   atentar  contra  el  régimen  constitucional  y  legal  vigente,  con denunciado apoyo de importantes sectores  institucionales  y procurando obtener beneficios particulares, pretender que una  norma  identifique  como  delito político     conductas     claramente     señaladas    como    delitos  comunes  resulta  contrario a la  Constitución  vigente,  desconoce  la  jurisprudencia  nacional y contradice la  totalidad de doctrina nacional y extranjera.   

8.  De lo dicho se  sigue  que  quienes  hayan  estado  vinculados  a  los grupos paramilitares o de  autodefensa,  cualquiera sea el grado de participación en la organización y en  los  delitos  cometidos  por  cuenta de la misma, no pueden ser beneficiarios de  amnistía,  indulto,  su  extradición  está permitida y, por regla general, no  podrán  acceder  al  servicio  público  y  si llegasen a ser elegidos a alguna  corporación  pública  se  encontrarán en causal de pérdida de la investidura  por  subsistir  la  inhabilidad  derivada  del antecedente penal que surge de la  comisión de un delito que apareja pena de prisión.   

9.  Es bien sabido  que     toda     ley     debe    también    guardar  afinidad   sustancial   con  el  acervo  de  valores,  principios,  derechos  y  deberes que consagra la Carta Política, la cual junto  con  el  Código Penal, la Jurisprudencia y la Doctrina nacionales y comparadas,  diferencian   al   delincuente   político  del  común19,  de  donde se desprende que  al  darles  la  Ley  975  de  2005  tratamiento  punitivo similar, ataca valores  superiores   como  la  justicia,  el  orden  justo,  la  seguridad  ciudadana  y  jurídica,  los  fines  de  la  pena,  la  resocialización del delincuente y la  igualdad  (por  equipar  a  los  que  natural y jurídicamente son completamente  distintos).   

V.1.2. Fundamentación desde la teoría del  delito:   

La  teoría del delito es una construcción  que  permite  la  explicación  racional  de  los  elementos  que estructuran el  concepto  delito  y  desde  la  Constitución  Política  fundamenta la potestad  estatal  de imponer penas restrictivas de derechos a quienes vulneran los bienes  jurídicos  que  han sido considerados como dignos, necesitados y merecedores de  una especial tutela por parte del Estado.   

Al  hacer  una comparación entre lo que se  entiende     por    delito    político   frente   a   los   elementos   que  estructuran  el  concierto  para  delinquir, aparecen notas  sobresalientes   que   los   hacen   diferentes,  inclusive  los  tipos  penales  “se  repelen  entre sí, son excluyentes”20, de manera que el legislador  está  impedido –so pena de  subvertir    el    orden    jurídico–  para  asimilarlos,  homologarlos  o igualarlos desde los elementos  que   estructuran   uno   y   otro   reato   así  como  para  darles  idéntico  tratamiento21.   

Estos son algunos elementos a partir de los  cuales  se  deriva  la  autonomía  plena  de  cada uno de tales comportamientos  típicos:   

    

1. El  bien jurídico  protegido   en   los  delitos  políticos  es  el  régimen  constitucional  y  legal  porque el rebelde o el  sedicioso  se  levanta  contra las instituciones para derrocarlas o perturbar su  funcionamiento.     En     el     concierto    para  delinquir  se  atenta  contra  el bien jurídico de la  seguridad  pública,  el cual resulta lesionado cuando se altera la tranquilidad  de  la  comunidad   y se genera desconfianza colectiva para el ejercicio de  las actividades ordinarias.     

    

1. La      acción     típica  del  rebelde o  sedicioso  se  encauza a un  supuesto  fin  colectivo  de bienestar pues busca derrocar al gobierno legítimo  para  instaurar  uno  que  cree  justo e igualitario o perturbar la operatividad  jurídica      del      régimen      vigente;      en      el      concierto  se  busca  la satisfacción de  necesidades  egoístas, individuales de los asociados pues el responsable de tal  injusto  se  coliga con el propósito de cometer delitos en forma indiscriminada  sin  que  sea  necesaria  la  producción  de  un  resultado  y  menos  aún, la  consumación    de    un    ilícito    que   concrete   el   designio   de   la  concertación22.     

    

1. El  dolo  que se  presenta    en   el   delito   político  se  dirige  a  socavar  la  institucionalidad proponiendo un nuevo  orden  o  perturbando  el  existente  y  promoviendo otro en el que se mejore la  dirección  de  los  intereses  públicos;  el conocimiento y la voluntad de los  copartícipes  del  concierto  entraña  solapamiento con la institucionalidad pues gracias a las carencias del  Estado       –la  impunidad–    buscan  beneficios particulares a través del delito.     

    

1. El  sujeto pasivo  del  delito  político  es  el  Estado, la institucionalidad, el gobierno que se  pretende  derrocar  o su régimen constitucional o legal suprimido o modificado,  de  donde  se  tiene que el rebelde puede ser investigado y juzgado en cualquier  lugar  del  territorio  nacional;  en  el  concierto para delinquir el colectivo  ciudadano,  la  sociedad, es quien resulta afectado y la judicatura del lugar en  que  se  produce  el  acuerdo criminal es la encargada de investigar y juzgar el  hecho23.     

    

1. La  culpabilidad  predicable   del   delincuente  político  se  constata al establecer que conocía la obligación de acatar y  respetar   las   instituciones   estatales   y   decidió   participar   en   su  desestabilización     buscando     su     caída;     en     el    concierto  para  delinquir la culpabilidad  del  sujeto  surge  del afán de satisfacer sus intereses particulares por medio  de  una organización creada para la comisión de delitos en forma indeterminada  y  del  conocimiento  que  con  su  empresa  se  erige en un franco y permanente  peligro   para   la   sociedad   en   general   y   sin  distinción24.  A  partir  del  principio de proporcionalidad se establece que la relación entre tipicidad  y    culpabilidad    no    permite   tener   como   culpable   de   sedición  a  quien  realiza una conducta  típica   de   concierto  para  delinquir y viceversa.     

    

1. La   punibilidad  que  apareja  el  concierto para delinquir  no  permite  tratos  permisivos  a los condenados y mucho menos el  otorgamiento  de  gracias o perdones, fenómenos de alta política criminal cuya  concesión  se acepta para el caso de los delincuentes  políticos   como   una   forma   de   solución   o  apaciguamiento         del         conflicto25.     

    

1. En  el  derecho internacional se observa de manera frecuente que los  responsables   de   delitos  políticos  pueden  ser  acogidos  a  título de asilados, condición que impide  otorgar  en su contra la extradición. En cambio, los concertados para delinquir  nunca  se  pueden  beneficiar  del  asilo político y los Estados los extraditan  como parte de la lucha global contra el crimen organizado.     

    

1. Por  sus  fines,  la calificación de una conducta como delito  político  descarta  que la misma  pueda  ser señalada como crimen contra la humanidad26,    genocidio27,  crimen de  guerra28,     violaciones    graves    de    derechos    humanos29,  reproches  que  perfectamente  pueden  haber  constituido  el  motivo  que  dio  origen  al  concierto       para       delinquir.     

    

1. El      éxito     del     delincuente  político  permite erigir un nuevo Estado en el que su  comportamiento  es  exaltado a la categoría de heróico; el cumplimiento de las  metas  delincuenciales  por  los  concertados  no  cambia las instituciones pero  denota  grave  impunidad que obliga al Estado a redoblar esfuerzos que impidan a  la sociedad aceptar que “el crimen paga”.     

    

1. El     delito    político   se   presenta   en   sociedades   que   tienen  altos  grados  de  conflictividad  social y tiende a desaparecer en comunidades que logran elevados  niveles    de    consenso;    el    concierto   para  delinquir  es  un  fenómeno delincuencial que depende  fundamentalmente  de  los  fines  egoístas  que  persiguen sus miembros y no se  conoce   sociedad   que   esté  exenta  del  mismo30.     

Como  se  puede concluir, también desde la  teoría  del  delito  es  fácil  constatar las diferencias que existen entre el  delito   político   y  el  concierto  para  delinquir,  siendo   dicha  razón  una  más  entre  las  muchas  que  han  llevado  a  los  legisladores,    nacionales    y   extranjeros,   a   diferenciar   –la  conducta  típica y el tratamiento  punitivo– entre una y otra  clase   de  punibles,  con  lo  que  resulta  fortalecida  la  tesis  según  la  cual   

resulta  impensable que una misma conducta  ontológicamente  considerada puede adecuarse a dos modelos delictivos diversos,  dependiendo  de  factores extraños a los que deben orientar su definición como  delito  y  el  proceso  de  adecuación  típica  propiamente  dicho31.   

Además:  de  lo  que  se  viene  de ver es  impensable  la  equivocada  idea  de  considerar  a los miembros de otros grupos  armados  ilegales,  diferentes  a los paramilitares, como excusados de crímenes  de   lesa  humanidad  o  de  guerra,  o  de  violaciones  graves  de  los  derechos humanos, pues la realidad  impone  señalar sus ataques a tales bienes como atentados que se desvinculan de  la   actividad   rebelde  o  sediciosa y que por lo tanto  también     deben     responder     por    delitos  comunes32.   

V.2. El artículo 71 de la Ley 975 de 2006  violenta los derechos de las víctimas:   

1. La intervención  de  las  víctimas en el proceso penal y su interés porque la justicia resuelva  un  asunto,  pasó  de  la mera expectativa por la obtención de una reparación  económica  –como  simple  derecho  subjetivo  que  permitía  que  el  delito  como fuente de obligaciones  tuviera    una   vía   judicial   para   el   ejercicio   de   la   pretensión  patrimonial33–    a    convertirse    en   derecho  constitucional   fundamental   que   además   de  garantizar  (i)  la  efectiva  reparación  por  el agravio  sufrido,  asegura  (ii)  la  obligación  estatal  de  buscar  que se conozca la  verdad  sobre lo ocurrido, y  (iii)  un  acceso  expedito  a  la justicia,  pues así se prevé por la propia Constitución Política, la ley  penal  vigente  y  los  tratados  internacionales  que hacen parte del bloque de  constitucionalidad34.   

2. Tal perspectiva  de  la  víctima  solamente  se  puede entender cuando se acepta, como tiene que  ser, que ella ha quedado cubierta por   

“un  sistema de garantías fundado en el  principio  de  la tutela judicial efectiva35, de amplio  reconocimiento             internacional36,  y  con  evidente  acogida  constitucional  a  través  de  los  artículos  229,  29 y 93 de la Carta. Este  principio  se  caracteriza  por  establecer  un  sistema de garantías de naturaleza bilateral. Ello implica  que  garantías  como  el  acceso  a la justicia (Art.229); la igualdad ante los  tribunales  (Art.13);  la  defensa  en  el  proceso (Art.29); la imparcialidad e  independencia       de      los      tribunales37;  la  efectividad  de  los  derechos  (Arts.  2°  y  228);  sean  predicables  tanto del acusado como de la  víctima.  Esta  bilateralidad,  ha  sido  admitida  por  esta  Corporación  al  señalar  que  el  complejo  del  debido  proceso,  que  involucra  principio de  legalidad,  debido  proceso  en  sentido  estricto,  derecho  de  defensa  y sus  garantías,  y  el  juez  natural,  se  predican de igual manera respecto de las  víctimas          y         perjudicados”38.   

3.  El  Tribunal  Constitucional39  en  la  sentencia  C-454/06  resumió  el alcance de los derechos de las víctimas del delito de la siguiente  manera:   

“a. El derecho  a la verdad.   

“31.  El  conjunto de principios para la  protección  y la promoción de los derechos humanos mediante la lucha contra la  impunidad40  (principios  1°  a  4) incorporan en este derecho las siguientes  garantías:  (i)  el derecho inalienable a la verdad; (ii) el deber de recordar;  (iii) el derecho de las víctimas a saber.   

“El primero, comporta el derecho de cada  pueblo  a  conocer  la  verdad  acerca  de  los  acontecimientos sucedidos y las  circunstancias  que  llevaron  a  la perpetración de los crímenes. El segundo,  consiste  en  el  conocimiento por un pueblo de la historia de su opresión como  parte  de  su  patrimonio, y por ello se deben adoptar medidas adecuadas en aras  del  deber  de  recordar  que  incumbe  al  Estado. Y el tercero, determina que,  independientemente  de  las acciones que las víctimas, así como sus familiares  o  allegados  puedan entablar ante la justicia, tiene el derecho imprescriptible  a  conocer  la  verdad,  acerca  de  las circunstancias en que se cometieron las  violaciones,  y en caso de fallecimiento o desaparición acerca de la suerte que  corrió la víctima.   

“El derecho a la verdad presenta así una  dimensión   colectiva  cuyo  fin  es  “preservar  del  olvido  a  la  memoria  colectiva”41,   y   una  dimensión  individual  cuya  efectividad  se  realiza  fundamentalmente  en el ámbito judicial, a través del derecho de las víctimas  a  un  recurso judicial efectivo, tal como lo ha reconocido la jurisprudencia de  esta   Corte42.   

“32.  Proyectando estos principios en el  ámbito  nacional,  la  jurisprudencia  constitucional  ha  determinado  que  el  derecho  de  acceder  a  la  verdad,  implica  que las personas tienen derecho a  conocer  qué  fue  lo  que realmente sucedió en su caso. La dignidad humana de  una  persona  se  ve  afectada  si se le priva de información que es vital para  ella.  El  acceso  a la verdad aparece así íntimamente ligado al respeto de la  dignidad  humana,  a  la  memoria  y  a  la  imagen  de  la víctima43.   

“b. El derecho  a  que  se haga justicia en el caso concreto, es decir, el derecho a que no haya  impunidad.   

“33. Este derecho incorpora una serie de  garantías   para   las  víctimas  de  los  delitos  que  se  derivan  de  unos  correlativos  deberes  para las autoridades, que pueden sistematizarse así: (i)  el  deber  del  Estado  de  investigar y sancionar adecuadamente a los autores y  partícipes  de  los  delitos;  (ii)  el  derecho  de las víctimas a un recurso  judicial  efectivo;  (iii)  el deber de respetar en todos los juicios las reglas  del debido proceso.   

“La  jurisprudencia  constitucional  ha  señalado  que  el  derecho  de  acceso  a  la  justicia,  tiene como uno de sus  componentes  naturales el derecho a que se haga justicia. Este derecho involucra  un    verdadero    derecho    constitucional    al   proceso   penal44,   y  el  derecho   a   participar   en   el   proceso  penal45,  por  cuanto el derecho al  proceso  en  el  estado  democrático debe ser eminentemente participativo. Esta  participación  se expresa en ” que los familiares de la persona fallecida y sus  representantes  legales  serán  informados de las audiencias que se celebren, a  las  que  tendrán  acceso,  así  como  a  toda  información  pertinente  a la  investigación   y  tendrán  derecho  a  presentar  otras  pruebas”46.   

“c. El derecho  a  la  reparación integral del daño que se ha ocasionado a la víctima o a los  perjudicados con el delito.   

“34. El derecho de reparación, conforme  al   derecho  internacional  contemporáneo  también  presenta  una  dimensión  individual  y  otra  colectiva.  Desde su dimensión individual abarca todos los  daños  y  perjuicios  sufridos  por  la  víctima,  y comprende la adopción de  medidas   individuales   relativas   al   derecho   de  (i)  restitución,  (ii)  indemnización,  (iii) rehabilitación, (iv) satisfacción y (v) garantía de no  repetición.  En  su dimensión colectiva, involucra medidas de satisfacción de  alcance   general   como  la  adopción  de  medidas  encaminadas  a  restaurar,  indemnizar  o  readaptar  los  derechos  de  las  colectividades  o  comunidades  directamente     afectadas    por    las    violaciones    ocurridas47.   

“La  integralidad  de  la  reparación  comporta  la  adopción  de  todas  las  medidas  necesarias  tendientes a hacer  desaparecer  los  efectos  de  las  violaciones  cometidas,  y  a  devolver a la  víctima  al  estado  en que se encontraba antes de la violación”.   

4.   En  forma  concreta  sobre los derechos de las víctimas en procesos inscritos en contextos  y   modalidades   de  justicia  transicional  de  reconciliación,  el  Tribunal  Constitucional  mediante  la  sentencia  C-370/06,  no  solamente  señaló  que  además  de  garantizarles  la  protección  de los derechos humanos mediante el  ejercicio  de  un  recurso  en  los  términos  de  los  artículos 8 y 25 de la  Convención Americana de Derechos Humanos   

“[4.5.3.] … corresponde el correlativo  deber  estatal  de  juzgar  y  sancionar las violaciones de tales derechos. Este  deber  puede ser llamado obligación de procesamiento y sanción judicial de los  responsables  de  atentados en contra de los derechos humanos internacionalmente  protegidos.   

(…)  

“4.5.5.  El deber estatal de investigar,  procesar  y sancionar judicialmente a los autores de graves atropellos contra el  Derecho  Internacional  de  los  Derechos Humanos no queda cumplido por el sólo  hecho  de  adelantar  el proceso respectivo, sino que exige que este se surta en  un  “plazo  razonable”.  De  otra  manera  no  se satisface el derecho de la  víctima  o  sus familiares a saber la verdad de lo sucedido y a que se sancione  a los eventuales responsables.   

(…)  

“4.5.7. La obligación estatal de iniciar  ex     officio    las  investigaciones  en  caso de graves atropellos en contra de los derechos humanos  indica  que  la  búsqueda  efectiva  de  la  verdad corresponde al Estado, y no  depende  de  la  iniciativa procesal de la víctima o de sus familiares, o de su  aportación de elementos probatorios.   

(…)  

“4.5.9.  Las obligaciones de reparación  conllevan:  (i)  en  primer  lugar,  si  ello  es posible, la plena restitución  (restitutio in integrum),  “la  cual  consiste  en el  restablecimiento  de  la  situación  anterior  a  la  violación”48; (ii) de no  ser  posible  lo  anterior, pueden implicar otra serie de medidas que además de  garantizar  el  respeto  a los derechos conculcados, tomadas en conjunto reparen  las  consecuencias  de  la  infracción;  entre  ellas  cabe  la  indemnización  compensatoria.   

“4.5.10.  El derecho a la verdad implica  que  en cabeza de las víctimas existe un derecho a conocer lo sucedido, a saber  quiénes  fueron  los  agentes  del  daño,  a  que  los  hechos  se investiguen  seriamente  y  se  sancionen  por  el  Estado, y a que se prevenga la impunidad.   

“4.5.11.  El derecho a la verdad implica  para  los  familiares  de  la  víctima  la posibilidad de conocer lo sucedido a  ésta,  y,  en caso de atentados contra el derecho a la vida, en derecho a saber  dónde   se  encuentran  sus  restos;  en  estos  supuestos,  este  conocimiento  constituye  un  medio de reparación y, por tanto, una expectativa que el Estado  debe  satisfacer  a  los familiares de la víctima y a la sociedad como un todo.   

“4.5.12.  La  sociedad también tiene un  derecho  a  conocer  la  verdad,  que  implica  la  divulgación pública de los  resultados  de las investigaciones sobre graves violaciones de derechos humanos.   

(…)  

“4.7.  El “Conjunto de Principios para  la  protección y la promoción de los derechos humanos mediante la lucha contra  la impunidad”, proclamados por la ONU en 1998.   

(…)  

“(…),  la Corte aprecia que, dentro de  las  principales  conclusiones que se extraen del “Conjunto de Principios para  la  protección y la promoción de los derechos humanos mediante la lucha contra  la  impunidad” en su última actualización, cabe mencionar las siguientes, de  especial  relevancia  para  el  estudio  de constitucionalidad que adelanta: (i)  durante  los  procesos  de  transición  hacia  la  paz,  como  el  que adelanta  Colombia,  a  las  víctimas  les  asisten  tres  categorías de derechos: a) el  derecho  a  saber, b) el derecho a la justicia y c) el derecho a la reparación;  (ii)  el  derecho a saber es imprescriptible e implica la posibilidad de conocer  la  verdad  acerca de las circunstancias en que se cometieron las violaciones y,  en  caso  de  fallecimiento  o desaparición, acerca de la suerte que corrió la  víctima;  (iii)  el  derecho  a  saber  también  hace  referencia  al  derecho  colectivo  a  conocer  qué  pasó,  derecho  que  tiene  su razón de ser en la  necesidad  de  prevenir  que  las  violaciones  se  reproduzcan y que implica la  obligación   de   “memoria”   pública   sobre   los   resultados   de  las  investigaciones;  (iv)  el derecho a la justicia implica que toda víctima tenga  la  posibilidad  de hacer valer sus derechos beneficiándose de un recurso justo  y  eficaz,  principalmente para conseguir que su agresor sea juzgado, obteniendo  su  reparación;  (v)  al  derecho a la justicia corresponde el deber estatal de  investigar  las  violaciones,  perseguir  a sus autores y, si su culpabilidad es  establecida,  de  asegurar  su  sanción;  (vi)  dentro  del  proceso  penal las  víctimas  tienen  el  derecho  de  hacerse  parte para reclamar su derecho a la  reparación.  (vii)  En todo caso, las reglas de procedimiento deben responder a  criterios  de  debido  proceso; (viii) la prescripción de la acción penal o de  las  penas  no  puede  ser  opuesta a los crímenes graves que según el derecho  internacional  sean considerados crímenes contra la humanidad ni correr durante  el  período  donde  no  existió  un  recurso  eficaz;  (ix)  En  cuanto  a  la  disminución  de  las  penas,  las  “leyes  de  arrepentidos” son admisibles  dentro  de  procesos  de  transición  a  la  paz,  “pero  no  deben  exonerar  totalmente  a  los  autores”;  (x)  la  reparación tiene una dimensión doble  (individual   y   colectiva)   y  en  el  plano  individual  abarca  medidas  de  restitución,  indemnización  y  readaptación;  (xi) en el plano colectivo, la  reparación  se  logra  a  través  de medidas de carácter simbólico o de otro  tipo  que  se  proyectan  a  la  comunidad; (xii) dentro de las garantías de no  repetición,  se  incluye  la  disolución  de los grupos armados acompañada de  medidas de reinserción”.   

5. Derechos frente  a  los  cuales  el  juez,  como  representante  de una autoridad independiente e  imparcial  que  colabora  armónicamente  en  la  realización  de los fines del  Estado   social   de   Derecho,   no   puede   ser   mero   espectador  pues  su  misión   

“va  más  allá  de  la  de ser un mero  árbitro     regulador     de     las     formas    procesales…”,   

de   donde   le   resulta  imperativa  la  obligación de   

“buscar  la  aplicación de una justicia  material,  y  sobre  todo,  en  ser  un guardián del  respeto  de  los  derechos fundamentales del indiciado o sindicado, así como de  aquellos  de  la  víctima,  en  especial, de los derechos de ésta a conocer la  verdad  sobre  lo  ocurrido, a acceder a la justicia y a obtener una reparación  integral,   de   conformidad   con   la   Constitución   y   con  los  tratados  internacionales  que hacen parte del bloque de constitucionalidad”49.   

6.  Téngase  en  cuenta  que  muchos  de  los  crímenes  atribuidos a los miembros de los grupos  paramilitares  constituyen  graves  atentados  a  la  humanidad  y a los valores  supremos  que  de ella se predican en la actualidad, cobrando hoy mayor vigencia  lo  dicho  por  el  Tribunal Constitucional en la sentencia C-004/0350,   cuando  señaló que   

“la  impunidad  de las violaciones a los  derechos  humanos  y  al  derecho humanitario es más grave, cuando el Estado ha  incumplido  en  forma  protuberante  con  sus  deberes de investigar y sancionar  seriamente  esos  delitos. En esos eventos, la preponderancia de los derechos de  las  víctimas  y de la búsqueda de un orden justo sobre la seguridad jurídica  y  el  non  bis in ídem es  aún  más  evidente,  por  las  siguientes  dos  razones:  De un lado, para las  víctimas  y  los  perjudicados  por  una  violación a los derechos humanos, la  situación  resulta  aún más intolerable, pues su dignidad humana es vulnerada  en  cierta  medida  doblemente,  ya que esas personas no sólo fueron lesionadas  por  un  comportamiento  atroz sino que, además, deben soportar la indiferencia  del  Estado,  quien  incumple  en  forma  protuberante  con  su  obligación  de  esclarecer   esos   actos,   sancionar  a  los  responsables  y  reparar  a  los  afectados”,   

razón por la cual es posible la  

“revisión de aquellos procesos en que el  Estado,  en  forma protuberante, dejó de lado su deber de investigar seriamente  esas  violaciones  a  los  derechos  humanos, no impacta en forma muy intensa la  seguridad  jurídica,  por  la  sencilla  razón  de  que  en  esos procesos las  autoridades  realmente no realizaron una investigación seria e imparcial de los  hechos  punibles.  Y por ende, precisamente por ese incumplimiento del Estado de  adelantar  seriamente  la  investigación, la persona absuelta en realidad nunca  estuvo  seriamente  procesada  ni  enjuiciada,  por  lo que una reapertura de la  investigación   no   implica   una   afectación   intensa   del   non  bis in ídem. Eso puede suceder, por  ejemplo,  cuando  la  investigación  es  tan  negligente,  que  no  es más que  aparente,  pues  no  pretende  realmente esclarecer lo sucedido sino absolver al  imputado.  O  también  en  aquellos  eventos en que los funcionarios judiciales  carecían  de  la  independencia  e  imparcialidad necesarias para que realmente  pudiera hablarse de un proceso.   

“Es  pues  claro  que  en  los  casos de  impunidad  de  violaciones  a  los  derechos humanos o de infracciones graves al  derecho  internacional humanitario derivadas del incumplimiento protuberante por  el  Estado  colombiano  de  sus deberes de sancionar esas conductas, en el fondo  prácticamente  no  existe  cosa juzgada, pues ésta no es más que aparente. En  esos  eventos,  nuevamente  los derechos de las víctimas desplazan la garantía  del  non bis in ídem, y por  ello  la  existencia  de  una  decisión  absolutoria  con fuerza formal de cosa  juzgada   no   debe   impedir  una  reapertura  de  la  investigación  de  esos  comportamientos,  incluso  si  no existen hechos o pruebas nuevas, puesto que la  cosa   juzgada   no   es   más   que  aparente.    

7.   Todo   lo  expresado  debe  obligar  a  la  Corte  a  considerar, en aras del imperio de la  justicia  nacional,  el respeto de los compromisos internacionales del Estado en  materia  de  derechos humanos y la efectividad de los derechos fundamentales, al  constatar   que   resulta   siendo  un  imposible  jurídico  asimilar,  y  como  consecuencia  de  ello  darle  el  tratamiento  de  delito  político a aquellos  comportamientos   desplegados   de   manera   sistemática,  con  una  ponderada  programación  del  hecho,  en  muchos  casos  con  el  apoyo directo y en otras  soterrado   de  miembros  de  la  institucionalidad51, y que fueron ejecutados por  los  miembros de los señalados grupos –a   cuyo   surgimiento   contribuyó  el  propio  Estado52–  en desmedro de los más caros bienes  jurídicos de ciudadanos inermes y de la humanidad en general.   

8.  Aceptar que en  lugar   de   concierto   para  delinquir  el  delito  ejecutado por los miembros de los grupos paramilitares  constituye      la      infracción      punible     denominada     sedición,  no  sólo  equivale a suponer  que  los mismos actuaron con fines altruistas y en busca del bienestar colectivo  sino,  y  también, burlar el derecho de las víctimas y de la sociedad a que se  haga  justicia  y  que se conozca la verdad, pues finalmente los hechos podrían  quedar     cobijados     con     la     impunidad53    absoluta   –entendida  por la Corte Interamericana  de  Derechos  Humanos  como la falta en su conjunto de  investigación,   persecución,   captura,   enjuiciamiento  y  condena  de  los  responsables  de  las  violaciones de los derechos protegidos por la Convención  Americana–  que  se  les  brindaría  por medio de amnistías e indultos, medidas que podrían ser tomadas  a  discreción  del  ejecutivo  y  el  legislativo  y sin posibilidad de control  judicial,  tornándose  en  un imposible la obtención de la verdad, el deber de  recordar y el derecho a saber lo que realmente sucedió en el caso.   

V.3. Deberes de la judicatura en el Estado  social de Derecho:   

1. La Constitución  Política,  los  tratados  internacionales  y  la  jurisprudencia  de  la  Corte  Interamericana   de  Derecho  Humanos  impone  el  deber-obligación  al  Estado  colombiano  de  incorporar  en  la  legislación  interna  normas  que  permitan  prohibir  las  violaciones  del  derecho  a  la  vida,  la integridad y libertad  personales,  etc.,  y que dispensen castigo a los responsables, lo cual no sólo  incumbe al órgano legislativo   

sino  a  toda  la institución estatal y a  quienes  deben  resguardar  la  seguridad,  sean  éstas  fuerzas  de policía o  fuerzas  armadas.  En  razón  de  lo  anterior,  los  Estados deben adoptar las  medidas  necesarias,  no  sólo  a nivel legislativo, administrativo y judicial,  mediante  la  emisión  de  normas penales y el establecimiento de un sistema de  justicia  para  prevenir,  suprimir  y  castigar  la  privación de la vida como  consecuencia  de  actos criminales, sino también para prevenir y proteger a los  individuos   de   actos   criminales   de   otros   individuos   e  investigar      efectivamente     estas     situaciones54.   

2.   Entre  los  diferentes  ataques  que  puede  sufrir  la integridad personal aparece con nota  sobresaliente  la  tortura. La práctica de esta clase de atentado a la dignidad  humana  aparece  prohibida  en términos absolutos e inderogables por el Derecho  Internacional   de   los   Derechos   Humanos,   siendo   ella  ilegal  aún  en  circunstancias  de  guerra  exterior  o  interna,  persecución  al terrorismo y  cualquier  otro delito, estados de emergencia o conmoción interior, situaciones  de   emergencia  o  calamidad  pública.  A  partir  del  Derecho  Internacional  Humanitario,  que  se  aplica a conflictos internacionales como internos, están  prohibidas  las  torturas  y  demás  actos  crueles, humillantes y degradantes,  razón  por  la  cual  los  responsables  de  tales acciones deben responder por  crímenes  de  guerra  tanto  en  el orden interno como a la luz del Estatuto de  Roma55.   

3.  La  libertad  personal  es uno de los bienes más preciados por los miembros de las sociedades  contemporáneas;  su  esencia  estriba  en  no  ser  privado  de  ella  en forma  arbitraria  o  ilegal. Tristemente tal ataque ha sido práctica frecuente de los  grupos  de  autodefensas,  que  utilizan el secuestro y la desaparición forzada  como  arma  de  eliminación de sus enemigos en particular y de intimidación de  la  población  en  general.  Por  la  falta  de  efectividad  del  Estado en la  persecución  de atentados a este preciado bien ya se han producido condenas por  parte    de    la   Corte   Interamericana   de   Derechos   Humanos56.   

4.  Frente  a las  violaciones  de  los  derechos humanos el Estado debe garantizar a las víctimas  un  recurso  efectivo  que ofrezca resultados o respuestas adecuadas57,  lo  que  equivale  a  decir,  ni  más  ni menos, que un remedo de justicia no equivale a  hacer  justicia.  Dicho  en otros términos: sólo se hace justicia y se obtiene  eficacia  del  recurso  efectivo cuando quienes han sufrido la violación de los  derechos  humanos,  quienes  han sido víctimas de los delitos cometidos por los  grupos   paramilitares,   o   sus   familiares,   obtienen  verdad,  justicia  y  reparación58.   

5.  El Estado, en  este  caso los jueces, faltan a sus deberes cuando ante graves violaciones a los  derechos  humanos  no  investigan,  juzgan  y  sancionan  a  los responsables de  cometerlas.  En  concreto  sobre el denominado recurso  efectivo,  se  incumplen  gravemente  los  estándares  internacionales  cuando  (i)  no  se  adelantan los procesos judiciales de forma  seria,  rigurosa  y  exhaustiva,  (ii)  cuando  no  se  tramitan con diligencia,  celeridad  y  convicción,  (iii)  no  se  toman  medidas  para  proteger  a las  víctimas  (iv)  o  no se les permite a éstas intervenir en los procesos, (v) o  se dilata en el tiempo la definición del asunto.   

Hay  que  resaltar  la  necesidad de que la  judicatura  comprenda  el  papel  que  juegan  sus decisiones en el contexto del  sistema  penal  y  del  modelo  estatal  del  que  hace  parte  por  cuanto  las  democracias  constitucionales  son  fundamentalmente  Estados  de  Justicia;  es  decir,  Estados que en el contexto de una democracia participativa y pluralista,  llevan  a  una  nueva dimensión los contenidos de libertad política del Estado  Liberal  y  de  igualdad  del  Estado Social. Por ello, cada acto de los poderes  constituidos,  incluido  el  Poder  Judicial, se halla vinculado por la Justicia  como  valor  superior del ordenamiento jurídico, como principio constitucional,  como  derecho  y  aún  como  deber  estatal, de donde resulta imperioso que los  jueces,  al emitir sus pronunciamientos, no se preocupen solo por la corrección  jurídica  de  sus  decisiones sino también por la  necesidad de armonizar  esa  corrección  con  contenidos  materiales  de  Justicia  porque  de lo   contrario,  la  judicatura  colombiana  no  habría  dado un solo paso desde las  épocas del  más rígido formalismo jurídico.   

Si  se  procede  de  esa  manera,  esto es,  armonizando  la corrección jurídica y la justicia material, es fácil advertir  que  existen razones superiores para cuestionar la legitimidad de las decisiones  legislativas  que  soterradamente  pretenden introducir beneficios a determinada  clase   de   delincuentes.   En   efecto,  estas  no  sólo  resultan  político  criminalmente  precarias  sino  también jurídicamente incorrectas y moralmente  injustas:  no solo desnudan la ausencia de una política criminal coherente sino  que,  además, impiden la realización de los fines constitucionales del proceso  penal  pues  afectan  las  legítimas expectativas que alientan las víctimas de  las  conductas punibles en cuanto a la realización de su derecho a la justicia,  y  por  el   contrario,  tales  rebajas  son asumidas, con razón, como una  forma de impunidad.   

Claro,  en  ocasiones,  la  judicatura  es  refractaria  a este tipo de consideraciones. Pero este es un motivo adicional de  preocupación  pues  da  fe  de  unos  jueces  que han  perdido de vista la  sustancia  que  tienen  entre manos, más aún cuando la sociedad en su conjunto  hace  eco  de  la  profunda  injusticia  implícita en la rebaja generalizada de  penas:  no  es  infundada  la  indignación   general  causada  al  tenerse  conocimiento  de  que  en pocos años, por acumulación de beneficios y rebajas,  quedará  en  libertad el responsable de la violación y asesinato de 172 niños  a     lo     largo     y    ancho    del    país59.   

Entonces, la judicatura debe comprender que  sus  decisiones  se  enmarcan  en  el  contexto  de  un  Estado  orientado  a la  realización  de  la Justicia y que por ello concurren razones superiores que no  lo  atan  fatalmente  a una política criminal constitucionalmente ilegítima de  rebajas  generalizadas  de penas, con mayor razón si, en sedes distintas, se ha  cuestionado  la  legitimidad  material y procedimental de las normas legales que  las consagran.   

6.  En  Colombia  no existe política criminal  empezando  porque el ente encargado de fijarla hace mucho tiempo que ni siquiera  se  reúne.  La  fijación de penas altas y sus correlativos descuentos obedecen  al  péndulo  de  la  opinión pública. Por eso se denuncia una “política  criminal de doble columna”, en  una   de  las  cuales  se  elevan las penas para un adecuado control social  formal,  mientras  que  por  la  otra,  se  implementa  un  verdadero festín de  atenuantes   y   causales   de   libertad   que   transforman  al  juez  de  “acreedor”  en  “deudor  de  penas”,  y al expediente penal en verdadero  “baratillo de rebajas”.   

Es    que   la   propia   Ley   975   de   2005  es  contradictoria:  se  dictó  para paliar  pena  a  los  integrantes de los grupos rebeldes del país, cuyos delitos no son  leves   y   hay   cabecillas   con   concepto   favorable  de  extradición  por  narcotráfico,  especies delictivas excluidas en su artículo 70 cuando se trata  de delincuentes comunes.   

7.  En  el Estado  legal   de   derecho,   la  legitimidad  del  proceso  se  determinaba  sólo  por  el  cumplimiento  de las  formalidades  establecidas en la Ley: el formalismo jurídico era la alternativa  hermenéutica,  visión  que  varió  radicalmente  con  el  Estado constitucional  de  derecho  en el cual la  legitimidad  de  las  instituciones  no  se  determina  únicamente a partir del  cumplimiento  del  rigor  formal  fijado  por  la  ley  sino por el respeto y la  realización  del sistema de valores, principios, derechos y deberes consagrados  en  las  cartas  políticas  con  miras a la realización del hombre en un marco  democrático  pluralista, de tal manera que la legitimidad de todo proceso ya no  se  infiere  del  sólo  tenor  literal  de  la  ley  sino también a partir del  cumplimiento   de   la  teleología  que  para  él  se  deduce  de  los  textos  superiores60. La Corte Constitucional decidió:   

Pero  no  obra el Legislador dentro de los  parámetros   constitucionales   cuando   de   manera  caprichosa  decide  favorecer  a quienes por una mera  cuestión   de   azar  se  hallaban  en  una  circunstancia que él resuelve calificar de privilegiada, sin  que  corresponda  a la instrumentación  de una política criminal razonada  y  razonable61.   

8. En ese orden de  ideas,   dígase   finalmente   que   el   juez  ya  no  es  la  “boca   de   la  Ley”  a  la  manera  de  Montesquieu   en   el   Estado   Liberal  de  Derecho,  sino  el  “cerebro  y  la  conciencia   del   Derecho”   a   través   de   la  jurisprudencia  de  principios  en  el  Estado constitucional de derecho, que le  permite  ser legislador positivo al  modular o condicionar la validez de la  ley,  y legislador negativo, a  la  manera  de  Gargarella,  al poder excluir del firmamento del derecho una ley  inválida,  como  aquella  que  no  se rigió en su trámite de creación por el  mandato  constitucional o que desconoce el capital axial superior,  a   través    de    los    controles    directo    o   difuso    de   constitucionalidad,   éste   último   que,   a   partir  de  la  Constitución  de  1991,   puede   ejercer  cualquier juez de la República por aspectos formales o de  procedimiento          y          materiales62.   

9.    Estas  consideraciones  cobran  mayor  vigencia  cuando  entratándose  de la “Ley de  Justicia  y  Paz”  se advierte por la Corte Interamericana de Derechos Humanos  que   

ninguna  ley  ni  disposición  de derecho  interno  puede  impedir  a  un Estado cumplir con la obligación de investigar y  sancionar  a los responsables de violaciones de derechos humanos. En particular,  son  inaceptables  las disposiciones de amnistía, las reglas de prescripción y  el  establecimiento  de  excluyentes de responsabilidad que pretendan impedir la  investigación  y  sanción de los responsables de las violaciones graves de los  derechos  humanos  – como  las  del presente caso, ejecuciones y desapariciones. El Tribunal reitera que la  obligación  del  Estado  de  investigar  de  manera adecuada y sancionar, en su  caso,   a  los  responsables,  debe  cumplirse  diligentemente  para  evitar  la  impunidad   y   que   este   tipo  de  hechos  vuelvan  a  repetirse63.   

V.4. Conclusiones:  

A  través  de la jurisprudencia los jueces  deben  cumplir  una  de sus tareas esenciales cual es la de tutelar los derechos  fundamentales   inclusive   ante   el   legislador64,  pues la práctica judicial  está  ligada  al  derecho y a la ley, siendo soporte de su racionalidad aplicar  justicia  de  cara  a  un  derecho vigente legítimo65.   

Atendiendo  los mandatos imperativos que se  irradian  desde  el  principio de legalidad interpretado sin desconocimiento del  apotegma  de  la  proporcionalidad,  es  un  error de la democracia permitir que  fines   ilegítimos  puedan  cobrar  fuerza  a  través  de  una  jurisprudencia  equivocada,   pues   la   norma  del  concierto  para  delinquir es la adecuada para responder a las amenazas  y  lesiones  que  en  contra  de  los  bienes  jurídicos se diseminan desde las  estructuras  de  poder  constituidas  por  las organizaciones paramilitares o de  autodefensa.   

Es   absolutamente   contrario   a   la  Constitución  y  a  los  estándares  internacionales  que  las  víctimas sean  burladas  en  sus  derechos  al aceptarse que las bandas de grupos paramilitares  actuaron  con  fines  altruistas cuando ejecutaron graves acciones lesivas a los  bienes jurídicos penales más importantes.   

Se  concluye,  entonces,  que a pesar de la  vigencia  temporal y la posibilidad de invocación favorable del artículo 71 de  la  Ley  975  de  2005, no es viable su aplicación porque: 1). La Constitución  establece  criterios  básicos  sobre  lo  que se debe entender por delito  político;  2).  Desde la teoría  del   delito   se  puede  distinguir  y  establecer  el  antagonismo  entre  los  delitos  políticos  y  el  concierto  para  delinquir;  3).     Aceptar     que     el    concierto    para  delinquir   es  un  delito  político  lleva al desconocimiento de los derechos de  las  víctimas; y, 4). Al haber sido declarado inexequible el precepto, no puede  seguir    produciendo    efecto   alguno   hacia   el   futuro   en   el   mundo  jurídico66,    y    cualquier    juez   puede   aplicar   la   excepción   de  inconstitucionalidad  por  razones  de  fondo  para  evitar su vigencia temporal  antes de la declaratoria de inexequibilidad por razones de forma .   

         

VI. El archivo de  las  diligencias previsto en el artículo 27 de la Ley  975  de  2005 y las facultades de inhibición o preclusión de la investigación  consagradas  en  la  Ley  782  de  2002  y  el  Decreto  128 de 200367:   

         

         En  oportunidad  anterior la Sala señaló que “la declaratoria de  inexequibilidad  del  artículo  78  de  la Ley 906 de 2004, mediante la cual se  priva  a  los  fiscales  de  la posibilidad de archivar las diligencias penales,  debe  entenderse  en el entorno de la interpretación de la Ley 906 de 2004, que  consagra  un  sistema  especial  de  reserva judicial, y no en el contexto de la  justicia  de  transición  que busca reincorporar a la vida civil a los miembros  de  los  grupos  organizados  al margen de la ley”68.   

         Sin  embargo  tal  opinión  debe  ser  recogida  por  cuanto que el  Tribunal  Constitucional  estableció  que  la  facultad otorgada a la Fiscalía  General  de  la Nación para que proceda al archivo de  las   diligencias   (Ley   975,   artículo  27),  es  constitucional pero en forma condicionada, pues   

para que dicho artículo sea ajustado a la  Constitución  se  debe  condicionar  el  sentido  de la expresión “motivos o  circunstancias  fácticas  que permitan su caracterización como delito” en el  entendido  de  que  dicha caracterización corresponde a la tipicidad objetiva y  que  la  decisión del archivo de las diligencias debe ser motivada y comunicada  al  denunciante  y  al  Ministerio  Público para el ejercicio de sus derechos y  funciones69.   

Y más adelante puntualizó:  

Así  las  cosas  la  Corte  declarará la  exequibilidad  condicionada  del  artículo  27  de  la  Ley  975  de 2005 en el  entendido  que   la  caracterización a que en el se alude corresponde a la  tipicidad  objetiva  y  que la decisión del archivo de las diligencias debe ser  motivada  y comunicada al denunciante y al Ministerio Público para el ejercicio  de  sus  derechos  y funciones y así se señalará en la parte resolutiva de la  sentencia70,   

         

de  donde  se sigue que para la justicia de  transición  también  imperan  las  disposiciones  del  Acto  Legislativo 03 de  200271,  con  el que quiso el constituyente delegado limitar los poderes y  facultades   jurisdiccionales  que  recaen  en  la  Fiscalía.  De  tal  suerte,   

Al  legislador  le está vedado romper las  reglas  propias  de  los  elementos  esenciales  del  nuevo  sistema acusatorio,  acordarle  adicionales  facultades  judiciales  a  la  Fiscalía  General  de la  Nación,  como  es aquella de decretar con efectos de cosa juzgada la ocurrencia  del  hecho  generador  de  la  extinción de la acción penal y en consecuencia,  ordenar  el  archivo  de  unas  actuaciones,  antes  de  la  formulación  de la  imputación,  cuya  constatación  no  es meramente objetiva o automática, sino  que,  en todos los casos, requiere de una valoración ponderada. La disposición  acusada  lesiona  los  derechos  de  las  víctimas  a acceder ante un juez para  efectos  de  que  sea  este  último quien decida si efectivamente se encuentran  presentes  o  no  los  presupuestos  para  decretar  la extinción de la acción  penal.  En  otros términos, el carácter litigioso de  las  causales  de  extinción  de la acción penal, al  igual  que  la  trascendencia  que la misma ofrece, por ejemplo, en los casos de  leyes  de  amnistía, conducen a la Corte a considerar  que  tales decisiones únicamente pueden ser adoptadas por el juez de control de  conocimiento,  en  el  curso  de  una  audiencia,  durante la cual las víctimas  puedan  exponer  sus  argumentos  en  contra  de  la  extinción  de  la acción  penal72.   

Esta nueva situación normativa impone una  hermenéutica  diferente  respecto  de la forma como se ha venido entendiendo lo  dispuesto    en    la    Ley    782    de    200273,  que  por  ser posterior al  Acto  Legislativo  citado, no puede consagrar a favor de la Fiscalía facultades  extintivas  de  la  acción  penal  por  hechos ocurridos con posterioridad a la  vigencia de la reforma constitucional mencionada.   

         Se  concluye de lo expuesto que cuando se trate de hechos delictivos  ocurridos  a  partir  del  19  de  diciembre  de 2002, fecha en la que entró en  vigencia  la  reforma  constitucional  contenida  en  el Acto Legislativo 03 del  mismo  año,  pero  teniendo  en  cuenta el proceso de implementación del nuevo  sistema  procesal, y dada la asignación especial de competencia que recae sobre  la  materia,  son  las  Salas  Penales  de  los Tribunales Superiores, de manera  exclusiva  y  excluyente, en primera instancia, quienes pueden decidir sobre las  peticiones  de  extinción de la acción penal en los términos de la Ley 782 de  2002  y  del  Decreto 128 de 2003, así como en relación con el artículo 69 de  la Ley 975 de 2005.   

         Así  las  cosas, no es factible hoy para la Fiscalía General de la  Nación    decretar    la    inhibición     o    la    preclusión    de    la  investigación, salvo:   

(i)  en  aquellas  situaciones que puedan  configurarse  a partir de la ausencia de alguno de los elementos que integran la  denominada      tipicidad     objetiva74,  supuestos  en   los   que   se   autoriza   el  archivo  de  las  diligencias75; y   

(ii)  cuando  se trate de delitos cometidos  antes  de  la entrada en vigencia del sistema procesal acusatorio y de acuerdo a  la  gradualidad con la que se ha venido implementado76.   

VII.  Motivos  de procedencia y el trámite  que se debe seguir para la obtención de beneficios:   

Sobre   el   particular   la   Sala   ha  destacado77:   

i) En el ámbito de la Ley 782 de 2002 para  sometimiento  a  la  justicia  en  búsqueda  de  la  paz,  no  es procedente la  cesación   de   procedimiento  cuando  se  trata  del  delito  de  concierto  para  delinquir  agravado por  pertenecer a grupos armados ilegales.   

ii) Para la tramitación de los beneficios  que  ofrece la Ley 975 de 2005 “de justicia y paz”, la competencia radica en  la  Unidad Nacional de Fiscalías para la Justicia y la Paz, y en los Tribunales  Superiores de Distrito Judicial en materia de Justicia y Paz.   

1. El Estado colombiano, con el objetivo de  alcanzar  la desmovilización de los grupos armados ilegales y la consolidación  de  un  proceso  de  paz, ha diseñado diversos mecanismos y proferido distintas  normas, entre las que se destacan:   

Ley   418   de   1997   (diciembre  26),  “Por la cual se consagran unos instrumentos para la  búsqueda  de  la  convivencia,  la  eficacia  de  la justicia y se dictan otras  disposiciones”.   

-.  Como  dicha Ley tenía una vigencia de  dos  años  a  partir  de  su  promulgación  y  no  alcanzaron  a  lograrse sus  cometidos,  fue  prorrogada  sucesivamente,  con la Ley 548 de 1999 y con la Ley  782   de   2002,   normas   éstas   que,   a   su   vez,  introdujeron  algunas  modificaciones.   

-.  La  Ley  782  de  2002,  contempla  el  indulto,  como beneficio posible para los condenados con sentencia ejecutoriada;  y  para  los procesados, según el estadio procesal, la resolución inhibitoria,  la   preclusión   de   la  investigación  o  la  cesación  de  procedimiento.  (Artículos  23  y 24, que modificaron los artículos  57   y   60,   respectivamente,   de   la   Ley   418   de  1997”).   

Esos  beneficios  están  previstos  para  conductas  constitutivas de delito político, salvo actos atroces de ferocidad o  barbarie,  terrorismo, secuestro, genocidio, homicidio cometido fuera de combate  o   colocando   a   la   víctima   en   estado  de  indefensión.  (Artículo  50  de  la  Ley  418  de  1997,  modificada  Ley 782 de  2002).   

Como  lo  estipula  la  misma  Ley  782:   

“Para  estos  efectos,  se tramitará la  solicitud  de  acuerdo  con los artículos anteriores y, una vez verificados los  requisitos,  el  Ministerio  de Justicia y del Derecho remitirá la solicitud al  Tribunal  correspondiente,  o  a  la  Dirección  de  Fiscalía  ante la cual se  adelante  el  trámite,  quienes  deberán  emitir  de plano, la providencia que  decida  la  respectiva  solicitud,  en  los  términos  legales,  observando  el  principio  de  celeridad.”  (Artículo  60, Ley 418 de 1997, modificada por la  Ley 782 de 2002.)   

Como  se  observa,  quien  aspire  a  los  beneficios  de la Ley 782 de 2002, debe iniciar el trámite correspondiente ante  el  Ministerio  del  Interior  y de Justicia, con el lleno de los requisitos que  esa  norma  exige.  Sólo  después  de  ese  trámite,  la  autoridad  judicial  competente,  en  ejercicio  de  sus  funciones,  determinará  si  el  beneficio  concreto    (indulto,    resolución   inhibitoria,  preclusión     o     cesación)     es    o    no  procedente.   

2. Vino posteriormente la Ley 975 de 2005,  “Por  la  cual  se  dictan  disposiciones  para  la  reincorporación  de miembros de grupos armados organizados al margen de la ley,  que  contribuyan  de  manera  efectiva a la consecución de la paz nacional y se  dictan otras disposiciones.”   

La Ley 975 de 2005, denominada comúnmente  “de justicia y paz”, no  prevé  beneficios como el indulto, la resolución inhibitoria, la preclusión o  la  cesación  de  procedimiento;  sino  una  pena  simbólica  alternativa, muy  inferior  a  la  que  correspondería a los delitos si se juzgaran por fuera del  proceso de paz con la legislación ordinaria.   

Quien  pretenda  los beneficios que la Ley  975  de  2005  ofrece,  debe  sujetarse  a  los  requisitos  establecidos en los  artículos   10°   y  siguientes  de  la  misma;  y  son  competentes  para  su  conocimiento,  exclusivamente  la Unidad Nacional de Fiscalías para la Justicia  y  la  Paz  y  los  Tribunales  Superiores  de  Distrito  Judicial en materia de  Justicia y Paz -en primera instancia-.   

Y más adelante se agregó:  

6.1 Los beneficios consistentes en indulto,  resolución  inhibitoria,  preclusión  de  la  investigación  y  cesación  de  procedimiento,  que  establece  la  Ley  782  de  2002,  según  el estado de la  actuación,  sólo  son  procedentes  por  los delitos  políticos;  y  concierto  para  delinquir  simple (artículo 340-1 de a ley 599  de   2000),   utilización  ilegal  de  uniformes  e  insignias      (346      ídem),     instigación  a  delinquir  simple (348-1  ibídem),  fabricación,  tráfico y porte de armas y  municiones (365 ídem).   

La  competencia  para  decidir  sobre  su  concesión,  radica en las Fiscalías delegadas según su especialidad, o en los  Tribunales  Superiores  de  Distrito  Judicial,  mediante  un trámite de simple  constatación  que  amerita  que  la  decisión  se  tome  de plano (artículo   24   ley   782   de  2002),  constatación  que  se  efectuará después de agotar el trámite administrativo  en el Ministerio del Interior y de Justicia.   

Por disposición del artículo 24 de la Ley  782  de  2002 (que modificó el artículo 60 de la Ley  418  de  1997),  en tales eventos son imprescindibles  varias  exigencias:  i)  la  confesión  del  implicado;  ii)  el trámite de la  solicitud  ante  el Ministerio del Interior y Justicia; iii) que este Ministerio  remita  el  resultado  favorable  de  la  solicitud  a la Dirección Nacional de  Fiscalías  o  al Tribunal Superior correspondiente; y iv) sólo al final de ese  recorrido,  el  Fiscal  delegado  a  quien  se  le asigne o el Tribunal Superior  adoptarán la decisión “de plano”.   

6.2   Cuando   los  implicados,  por  la  naturaleza  del delito cometido, no puedan acceder a los beneficios previstos en  la  Ley 782 de 2002 (indulto, resolución inhibitoria,  preclusión  o  cesación  de  procedimiento), pueden  considerar  la  posibilidad  de  acogerse  a  la Ley 975 de 2005 “de  justicia  y  paz”, caso en el cual  deben   satisfacer   los  requisitos  establecidos  en  los  artículos  10°  y  siguientes de esta Ley.   

Cuando los implicados sólo puedan acceder  a  los  beneficios  previstos  en  la  Ley  975  de  2005,  la competencia recae  exclusivamente  la Unidad Nacional de Fiscalías para la Justicia y la Paz y los  Tribunales   Superiores   de   Distrito   Judicial  en  materia  de  justicia  y  paz.   

VIII. El caso concreto:  

         

         De        acuerdo       a       lo       expuesto       supra   no   es  posible,  bajo  ninguna  circunstancia,  considerar  que  el  comportamiento  desplegado por el procesado  encaja  en modalidad alguna de los denominados delitos  políticos.  Las  acciones por las que ha sido acusado  ante  la  justicia  Caballero  Montalvo, simplemente han de ser calificadas como  delitos comunes.   

         Los  delitos que se imputan al procesado, de acuerdo a lo que consta  en  la  resolución  acusatoria,  son los de concierto  para  delinquir  agravado  y  fabricación,  tráfico  y porte ilegal de armas de uso privativo de las fuerzas  armadas, en la modalidad de conservación.   

         

         Está  previsto  por  la  “Ley de Justicia y Paz”, artículo 69,  que   

Las  personas  que  se hayan desmovilizado  dentro  del  marco  de  la  Ley 782 de 2002 y que hayan sido certificadas por el  Gobierno   Nacional,  podrán  ser  beneficiarias  de  resolución  inhibitoria,  preclusión  de  la  instrucción  o cesación de procedimiento, según el caso,  por  los delitos de concierto para delinquir en los términos del inciso primero  del  artículo  340  del  Código  Penal;  utilización  ilegal  de  uniformes e  insignias;  instigación  a  delinquir  en  los términos del inciso primero del  artículo  348  del  Código  Penal;  fabricación,  tráfico y porte de armas y  municiones.   

   

Las  personas  condenadas  por  los mismos  delitos  y  que  reúnan  las condiciones establecidas en el presente artículo,  también  podrán acceder a los beneficios jurídicos que para ellas consagra la  Ley 782 de 2002.   

         Aceptando,   en   gracia   de   discusión,   que  el  procesado  se  desmovilizó  como  miembro  de  un  grupo  armado ilegal en los términos de la  legislación  vigente,  no  es posible cesar el procedimiento en su favor porque  se    le   acusa   de   concierto   para   delinquir  agravado,  delito  respecto del cual no está prevista  tal posibilidad.   

         En  el pliego acusatorio que elaboró la Fiscalía se puede leer que   

… encontramos aquí que el Concierto por  el  que  se  encuentra vinculado a ésta investigación Orlando César, no es el  de  solo  hecho  de  concertarse,  sino  el  hecho  de  pertenecer  a  un  grupo  ilegalmente   armado,   conocido   como  el  Bloque  ELMER  CARDENAS  que  viene  delinquiendo  en el Urabá, y que como otros grupos de Autodefensas, va llegando  con  sus  armas a todo el territorio de la Nación, dejando muerte y desolación  a su paso,   

         situación  fáctica  que  en  términos  normativos  corresponde al  inciso  2°  del  artículo 340 del Código Penal de 2000, modificado por la Ley  1121  de  2006,  artículo  19, punible para el cual no existe la posibilidad de  conceder  beneficios  en  los  términos  del  artículo  69  de  la  Ley 975 de  2005.   

         Examinado  el asunto desde la perspectiva del delito de porte   ilegal   de   armas   de   uso  privativo  de  las  fuerzas  armadas,  se  constata  que  éste  tipo penal no hace  parte  de  aquellos  expresamente  formulados  como habilitantes de la cesación  extintiva  de  la  acción  penal.  Sobre  el  artefacto encontrado en poder del  procesado dijo la acusación:   

En  cuanto  a la granada de fragmentación  incautada  al momento de ser retenido Orlando César, habrá de decirse que pese  a  los  esfuerzos de Caballero por señalar que ésta no era de su propiedad, el  hecho  es  que  la  misma  fue  encontrada,  al  decir  de  los  policiales  que  practicaron  el  procedimiento  y hecho que no fue desvirtuado por el implicado,  en  el  mismo maletín donde se encontraban las fotografías de Orlando César y  que  se encontraba debajo de la cama donde al parecer este se encontraba, por lo  que  no  queda otro camino que endilgar responsabilidad por este hecho a Orlando  César  Caballero  Fontalvo,  bajo  la  modalidad  de  conservación tal como lo  propuso    y   planteó   la   agencia   del   Ministerio   Público.   

Si  el  artefacto  encontrado  al procesado  hubiese  sido de aquellos a los que hace referencia el artículo 365 del Código  Penal,  la  Sala  tendría  que entrar a examinar los demás requisitos exigidos  para  disponer  la  cesación  de  procedimiento,  punto que se hace innecesario  porque  el  procesado  comparece a juicio por la conservación de un elemento de  guerra  cuya  conservación  por  un  particular  está  elevada a delito en los  términos   del   artículo  366  ibídem.   

Tampoco  resulta  procedente poner fin a la  acción  penal  en  virtud  de  la Ley 782 de 2002, pues las personas que pueden  resultar  beneficiadas deben estar procesadas “por hechos constitutivos de los  delitos  a que se refiere este título” (artículo 24 que prorroga la vigencia  del  artículo  60  de la Ley 418 de 1997), que no son otros que los denominados  delitos  políticos  y  que  corresponden   a   los   consagrados   en   los   artículos  467  (rebelión),     468     (sedición),     469     (asonada),      471      (conspiración)      y         472  (seducción,  usurpación y retención ilegal de mando),  insertos  en  el  Título XVIII (De los delitos contra  el  régimen  constitucional y legal) del Código Penal  de 2000.   

         Así  las  cosas  se  deberá  confirmar  la  decisión del Tribunal  a  quo, pues el procesado no  se hace merecedor a la cesación de procedimiento demandada.   

A  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia,   

RESUELVE:  

CONFIRMAR   la  decisión  del  Tribunal  Superior  de  Antioquia  conforme  la cual denegó una  petición  de cesación de procedimiento promovida a favor del procesado Orlando  César Caballero Montalvo.   

           

ADVERTIR que contra  esta providencia no proceden recursos.   

Cópiese,      notifíquese      y  cúmplase.   

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

SIGIFREDO         ESPINOSA  PÉREZ          MARIA     DEL     R.    GONZÁLEZ    DE  LEMOS   

ÁLVARO  O.  PÉREZ  PINZÓN                                                  JORGE L. QUINTERO MILANÉS   

  YESID   RAMÍREZ  BASTIDAS                              JULIO   E.   SOCHA  SALAMANCA   Aclaración   de  voto   

MAURO    SOLARTE  PORTILLA                                                 JAVIER ZAPATA ORTIZ              Aclaración   de  voto   

  TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria.  

ACLARACIÓN DE VOTO:  

Consciente   de   mi   postura   personal  –casi      que  insular-   al  interior  de  la Sala de cara a la  inexistencia  jurídica  de los artículos 70 y 71 de la ley 975 de 2004, que me  llevó  a   salvar  voto  primero  y  a  acompañar  la  aplicación  de la  excepción  de  inconstitucionalidad  después,   de  la  inicial  norma en  referencia,  y  que adelante fuera expulsada conjuntamente  con la otra del  ordenamiento  jurídico  por la Corte Constitucional debido a  vicios   de  procedimiento,  pero que me llevó a estimar que en su “vigencia” estuvo  afectada   también   por   vicios  de  fondo  por  contrariar  abiertamente  la  axiología   constitucional,  la  jurisprudencia  y  la  doctrina,  acepté  elaborar  el  hilo de argumentación que ostenta hoy la decisión  aprobada  porque   llegábamos  al  mismo  llano,  aunque  excluyendo  varios  fundamentos  iniciales  que, por responder a lo que ha sido mi criterio invariable no siempre  con  eco  de  parte  de  mis  colegas,  quiero  rescatarlos en esta aclaración    por     estimarlos  importantes en punto a la evolución hermenéutica:   

I.    El    valor    del    precedente  jurisprudencial:   

Los   jueces   desarrollan  su  actividad  salvaguardados  por  los  principios  de  independencia  y autonomía, labor que  sólo   aparece   limitada  por  la  obligación  que  tienen  de  sujetarse  al  ordenamiento  jurídico,  tanto  a  las  normas de rango constitucional como del  nivel  legal,  contribuyendo  a  la  realización del valor seguridad jurídica,  presupuesto de las libertades y de los derechos fundamentales.   

Consecuencialmente, la realización plena de  la  seguridad  jurídica  impone  a  los jueces dos límites: “(i) el respeto al  precedente  jurisprudencial y (ii) la observancia de las reglas de validez de la  labor  hermenéutica  propia  de  la labor judicial”78.   

Se   tiene   dicho   por   el   Tribunal  Constitucional79  que la necesidad de respeto  por el precedente jurisprudencial   

radica   en  la  necesidad  de  proteger  múltiples  bienes  constitucionales  que se verían vulnerados si se extendiera  el  alcance  de  la  autonomía  judicial  a  un  grado  tal  que  permitiera el  desconocimiento    de    dichas   actuaciones.   Entre  ellos,  la vigencia del principio de igualdad,  en  sus  variantes  de  igualdad  ante  la  ley, en la aplicación de la misma e  igualdad  de protección y trato por parte de las autoridades (Art. 13 C.P.) que  compele  a  los  funcionarios  judiciales  a  decidir con los mismos parámetros  casos  similares,  so  pena  de alterar el deber de imparcialidad al que se hizo  referencia   y  afectar  así  la  efectividad  de  los  derechos  fundamentales  constitucionales,    materializada   en   las   decisiones   de   los   órganos  jurisdiccionales.    

Igualmente,  el  respeto  al precedente es  presupuesto  necesario  para  garantizar  la  seguridad jurídica, postulado que  permite  la  estabilidad  de la actividad judicial, permitiendo con ello que los  asociados  tengan  cierto  nivel  de  previsibilidad  en  la  interpretación  y  aplicación  del  ordenamiento jurídico y, de este modo, se asegure la vigencia  de  un  orden  justo.  La  realización  del  principio  de seguridad jurídica,  además,  está  relacionada  con  la  buena  fe  (Art.  83 C.P.) y la confianza  legítima,  en  el  entendido  que las razones que llevan a los jueces a motivar  sus  fallos  determinan  el  contorno  del  contenido  de  los  derechos  y  las  obligaciones  de  las  personas,  la forma de resolución de las tensiones entre  los  mismos  y el alcance de los contenidos normativos respecto a situaciones de  hecho  específicas,  criterios  que  hacen  concluir  que  la  observancia  del  precedente  jurisprudencial  constituye  un  parámetro válido para efectuar un  ejercicio  de  control  sobre  la  racionalidad  de la decisión judicial.    

Esto  conduce a que toda autoridad judicial   

ante   situaciones  fácticas  similares  resuelva  bajo  las  mismas  razones  de  derecho, salvo que se expongan razones  suficientes  y  justificadas para apartarse de la decisión anterior80.   

Con todo, la dinámica social impide que la  jurisprudencia  se  petrifique  y  su  mutabilidad está expresamente autorizada   

siempre  y  cuando  se expongan argumentos  razonables  para  ello.  De  allí  que se requiera que el juez en su sentencia,  justifique  de  manera  suficiente y razonable el cambio de criterio respecto de  la          línea          jurisprudencial81.   

En  este  contexto  cabe  resaltar que a la  Corte Suprema de Justicia   

se  le ha confiado el deber de unificar la  jurisprudencia  nacional.  Labor  que ha sido entendida por esta Corporación i)  como  una  muestra  fehaciente de que todas las personas son iguales ante la ley  –porque  las situaciones  idénticas      son     resueltas     de     la     misma     manera–,    ii)    como   un   presupuesto  indispensable   en   el   ejercicio   de  la  libertad  individual  –por  cuanto  es  la  certeza de poder  alcanzar  una meta permite a los hombres elaborar un proyecto de vida realizable  y     trabajar    por    conseguirlo–,  y  iii)  como  la  garantía  de  que las autoridades judiciales  actúan     de     buena     fe     –porque  no  asaltan a las partes con decisiones intempestivas, sino  que,  en  caso  de  tener  que  modificar  un  planteamiento,  siempre  estarán  presentes      los     intereses     particulares     en     litigio–82.   

Todo   lo   anterior   sirve  como  parte  introductoria  que  permite acompasar la línea jurisprudencial que ex  novo  propuse  en  el proyecto que en  ocasión   presenté   a   la  Sala  y  que  tiene  especial  relevancia  en  la  interpretación  que  se  debe  hacer frente a una norma (artículo 71 de la Ley  975  de 2005) que aparentemente existió y cuya reclamada vigencia y aplicación  se discute por razones de orden formal y material.   

Tomando como punto de partida que, como dice  Rubio  Llorente,  «en cualquier proceso, en cualquier litigio, el primer juicio  que   el   juez   ha  de  hacer  es  el  juicio  a  la  ley  misma»83, y apoyados  en  la interpretación sistemática de la Constitución, la Ley 975 de 2005 y la  sentencia  C-370/06,  se  debe  afirmar  que  definitivamente el artículo 71 en  ningún  tiempo  estuvo  en vigencia y, en consecuencia, no es posible pretender  su aplicación so pena de atentar contra el principio de legalidad.   

Tales  postulados  resultan fortalecidos de  cara  a  la  inexequibilidad  decretada  de  la norma en cuestión, pues como lo  señaló  el  Tribunal  Constitucional  respecto  del  artículo 70 de la Ley de  Justicia  y  Paz, que se encuentra en situación idéntica al 71, es inadmisible   

que  una  disposición  legal  declarada  inexequible  por  vicios  de  procedimiento  en  su  formación,  pudiese seguir  desplegando  efectos jurídicos, postura que sería contraria a lo consagrado en  el  artículo  243 constitucional. En efecto, el fenómeno de la inexequibilidad  conduce  a  que  la norma jurídica no pueda seguir produciendo efecto alguno en  el  mundo  jurídico… Razonar de manera distinta conduciría a sostener que, a  pesar  de  lo  decidido en sentencia C-370 de 2006, el artículo 70 de la Ley de  Justicia      y      Paz      sigue      vigente84.   

La  primera  razón  adicional  estriba  en  que   dicha   norma  se  enfrenta  a  los  postulados  constitucionales  y  por ello debió ser inaplicada; y  la  segunda,  porque su expedición se hizo violentando  las   reglas   que   regulan  las  formas  como  se  hacen  las leyes. Y juntas, son  fundamentos  ex  novo  para  apartarse  del  tradicional  precedente  jurisprudencial  de  la  Corte sobre la  materia,  que además ha puntualizado  que la favorabilidad sólo es viable  en  tránsito   o  coexistencia   de legislación, que aquí no sucede  porque  –en mi parecer- la  norma en cuestión nunca existió.   

II.  La  excepción de inconstitucionalidad  como instrumento de defensa del Estatuto Superior:   

1.  Si bien en la  misma  sentencia  de  control de constitucionalidad se dijo que a las decisiones  tomadas  se  les  aplican  las  reglas  generales  sobre efecto inmediato de las  decisiones  de  la  Corte  Constitucional,  y  se  advirtió  que la providencia  carecía  de  efectos  retroactivos, perentorio resulta señalar que con ello no  se  está  pretendiendo  establecer  que la norma pudo tener vigencia durante el  lapso    comprendido    entre    su    sanción    y    la    declaratoria    de  inexequibilidad.   

2.  Es cierto que  las  normas  legales  están  amparadas  por  presunción de constitucionalidad,  pero   esa  presunción no es absoluta pues existen casos en los que no hay  lugar  a  la  aplicación de normas legales por su manifiesta contradicción con  la   Carta   Política,   como   en  los  que  se  viabiliza  la  excepción  de  inconstitucionalidad.   

         En   efecto,   la   Constitución   permite  que  en  todo  caso  de  contradicción  entre ella y una norma jurídica de inferior jerarquía, aquella  sea  aplicada  de  manera  preferente,  como  sucede en Colombia donde cualquier  persona  que  esté  avocada  a la  aplicación de normas jurídicas cuenta  con  un  resorte  institucional  que  le permite, por sí mismo, apartarse de la  aplicación  de  esas  normas  y,  en su lugar, estar a lo  dispuesto en la  Carta,  al  igual  que  permite la inaplicación de normas legales cuando éstas  plantean  obstáculos  con  miras  a  la  protección  de derechos fundamentales  explicable  en  una  democracia  constitucional  porque  el  respeto a esos  derechos  constituye el parámetro de legitimidad del poder político y por ello  si  en  un  caso  concreto  es necesaria la inaplicación de una norma legal con  miras  a  la protección de uno de tales derechos, el sistema jurídico habilita  decisión de esa envergadura.   

         Luego,  si  la  presunción de constitucionalidad de las leyes   no   es   absoluta,  si  existen  excepciones  y  si  una  de  ellas  es  la  de  inconstitucionalidad,  la invocación de tal presunción no basta para pretender  la  aplicación  de  normas  declaradas inexequibles a hechos ocurridos antes de  tal declaratoria.   

El  artículo  4°  de  la  Constitución  Política  consagra  así  la  denominada excepción de  inconstitucionalidad:   

La  Constitución es norma de normas.   En  todo  caso  de incompatibilidad entre la Constitución y la ley u otra norma  jurídica, se aplicarán las disposiciones constitucionales.   

Esta  es  una  manifestación  del  control  difuso  de constitucionalidad en virtud del cual toda persona habilitada para la  aplicación  de  una  norma legal o administrativa, se encuentra legitimada para  dejar  de  aplicarla  y  para,  en  su  lugar,  aplicar preferentemente la Carta  Política, si encuentra que contraría la preceptiva superior.   

3.  En  estricto  sentido  se  trata de una manifestación del derecho fundamental que le asiste a  todo  ciudadano de participar en la conformación, ejercicio y control del poder  político.   Ello  es  así  porque  cuando  se  aplica  la  excepción  de  inconstitucionalidad,  el  ciudadano  está haciendo efectivo un resorte estatal  que  le  habilita  para  controlar  un acto que es fruto del ejercicio del poder  legislativo  o  del  poder administrativo.  De esta forma, cuando se aplica  esa  excepción,  no  solo  se  está haciendo efectivo el principio fundamental  relacionado  con  la  prevalencia  de  la  Carta Política sino que, además, se  está ejerciendo un derecho fundamental.   

Esta  índole bifrontal de la excepción de  inconstitucionalidad   evidencia  que  se  trata  de  una  institución  que  se  encuentra  anclada  en los pilares básicos de una democracia constitucional: El  valor  normativo  de la Carta Política, es decir, su índole de verdadera Norma  Fundamental,  por  una  parte,  y, por otra, los derechos fundamentales en tanto  ámbitos autónomos de la dignidad del hombre.   

En  este contexto, cuando un juez aplica la  excepción  de  inconstitucionalidad,  ratifica  la  vigencia  de  ese  conjunto  mínimo  de principios que se han positivizado con la finalidad de hacer posible  la  vida  civilizada  en  el contexto del que él hace parte y, al mismo tiempo,  reafirma  el  efecto vinculante de la ley o de los actos administrativos, según  el  caso,  pero  no de manera absoluta sino condicionándolo a su compatibilidad  con  esos  principios.  De otro extremo, el juez, aparte de emprender un acto en  defensa  de la Constitución, obra también en tanto ciudadano pues en ejercicio  de  esta  calidad  ejerce  un derecho fundamental: controla el fruto del proceso  legislativo  o  la  manifestación  de  la  voluntad  de la administración como  expresiones de poder político.   

4.  Ahora: bien se  sabe  que,  dada la dinámica del control constitucional, el juez está sometido  a  la  decisión que sobre ese punto específico tome el Tribunal Constitucional  como  órgano  encargado  de guardar la integridad y supremacía de la Carta. En  este  sentido,  la  postura  asumida  por  el  juez  que aplica la excepción de  inconstitucionalidad  no  es,  ni mucho menos, definitiva. Ella está supeditada  al  acto  de poder en virtud del cual el Juez Constitucional decide expulsar esa  norma  legal  o  administrativa  del  ordenamiento  jurídico  o  mantenerla  en  él.   No obstante, las consecuencias son diferentes según se trate de una  disposición que armonice o desarmonice con la Carta Política.   

En   ese   sentido,   si   el   Tribunal  Constitucional  encuentra  que se trata de una norma jurídica que no contraría  el  Texto Superior, el juez queda sometido por ella y, ante el efecto vinculante  de  la  cosa juzgada constitucional, hacia futuro no podrá negarse a aplicarla.  La  razón  es  obvia: si bien en un Estado de Justicia el valor de la ley no es  absoluto,  el  juez,  de  todas  maneras,  está  obligado  a  cumplirla por una  imposición  del  principio  democrático  pues  la  ley  es la expresión de la  voluntad   popular  y,  en  tal  virtud,  está  amparada  por  una  legitimidad  democrática  que  no  es  ajena  a  la  jurisdicción.  Ésta,  solo  en  casos  excepcionales,  puede  dejar  de  aplicar  una  disposición legal y uno de esos  casos  es precisamente el habilitado por el artículo 4º de la Carta Política.   

No   obstante,   cuando   el   Tribunal  Constitucional,  a  instancias  de  una  acción  pública de constitucionalidad  –que  dicho  sea de paso,  también  constituye  una manifestación del derecho fundamental a participar en  la   conformación,   ejercicio   y   control  del  poder  político– ha dictado una sentencia con valor de  cosa  juzgada afirmando la legitimidad constitucional de una disposición legal,  no  existen  argumentos  para invocar tal excepción.  Una postura judicial  en  contrario  resultaría  ilegítima  pues no solo equivaldría a un infundado  acto  de  rebeldía  contra  la ley, sino también un desconocimiento de la cosa  juzgada  constitucional,  de  la  autoridad  del  Tribunal  constitucional y, en  últimas, de la Constitución misma.   

5. La situación es  distinta  cuando el Juez Constitucional encuentra que la norma legal no aplicada  por  el  juez  resulta contraria a la Carta Política como sistema normativo. En  este  caso  queda  convalidada  la actitud asumida por el juez que se opuso a la  aplicación  de  esa  norma  jurídica  y, hacia futuro, ni él, ni ningún otro  juez  podrán aplicarla.  Es decir, el acto de rebeldía del juez contra la  ley  queda  justificado  por  tratarse de un supuesto legítimo de defensa de la  Constitución   y   de   un   ejercicio   también   legítimo   de  un  derecho  fundamental.   En  este  evento,  la  decisión  del  juez y la postura del  Tribunal  Constitucional  se  integran  como  un  acto unitario de defensa de la  Carta Política.   

Ahora, si esto es así, no puede pretenderse  la  aplicación  de  la norma declarada inexequible por razones de favorabilidad  pues  ello  sería  tanto  como  admitir  que la Constitución es contradictoria  porque  le  permitiría  al  juez  no  aplicar  una norma y, al mismo tiempo, lo  compelería  a  aplicarla.  En efecto: en tanto que por vía de la excepción de  inconstitucionalidad  la Carta le impone al juez el deber de inaplicar una norma  legal   que   la   contraríe   y   que   por   vía  del  control  concreto  de  constitucionalidad  le  impone al Tribunal el deber de expulsar del ordenamiento  las  normas  que  la vulneran, por vía de la supuesta aplicación del principio  de  favorabilidad  le  estaría imponiendo al juez el deber de aplicar esa misma  norma.   

Esta  conclusión  se opone a una regla del  moderno  constitucionalismo:  las  Cartas  Políticas son unidades armónicas de  principios   y   entre   estos   no  existen  contradicciones.   Cuando  se  advierte   una  aparente contradicción con ocasión de la aplicación o no  de   una   norma   legal,  surge  un  reto  para  el  intérprete:  inferir  una  interpretación   constitucionalmente   adecuada   que   mantenga   vigente   la  supremacía de la Carta.   

6.  En  el  caso  planteado,  la  interpretación  constitucionalmente  adecuada  consiste  en  no  aplicar  la  norma  expulsada  del  ordenamiento  jurídico  pues  solo  ello es  compatible  con el deber que el artículo 4° superior le impone al juez, con su  titularidad  sobre  el  derecho  de  controlar  lo actos de la legislación o la  administración  y  con  el valor de cosa juzgada de las decisiones del Tribunal  Constitucional.   

7.   Luego,  en  irreductible  consecuencia,  no  puede  pretenderse  la  aplicación de la norma  declarada  inexequible  por razones de favorabilidad pues ello sería tanto como  admitir  que  la Constitución, en torno a ese punto específico, es ambivalente  y  que  le impone al juez deberes contradictorios: no aplicar una norma legal y,  al mismo tiempo, aplicarla.    

Siendo  así  las  cosas,  resulta  obvio  comprender  que  la  no  aplicación  hacia  futuro  de  una  disposición legal  expulsada  del  ordenamiento  jurídico es una manifestación de la vigencia del  Texto  Superior  y  del  efecto vinculante de éste sobre todos los ámbitos del  poder público.   

8.  Si  la  misma  Constitución   permite   que  se  planteen  excepciones  a  la  presunción  de  constitucionalidad  de  las  leyes,  carece  de  sentido  que, una vez declarada  la   inexequibilidad  de  una  ley inaplicada en virtud de la excepción de  inconstitucionalidad,  se  afirme   que  a  esa  ley  deban  reconocérsele  efectos  en un caso concreto pues tal postura equivaldría a vaciar de contenido  y a negar el efecto vinculante del artículo 4° de la Carta.   

En  efecto:  si  tras  la  decisión  de la  jurisdicción  constitucional  hubiese  lugar  a  la  aplicación  de  la  norma  expulsada  del  ordenamiento jurídico, la excepción de inconstitucionalidad no  tendría  razón  de  ser  pues,  a  lo  sumo,  estaría llamada a tener un  efecto  simplemente  transitorio  contrariando  la pretensión del constituyente  que   subyace  al  artículo  4°  superior y según la cual opera como una  cláusula  de  cierre  a  través  de la  cual se impide que normas legales  palmariamente  contrarias  a  la Carta Política se filtren al sistema jurídico  y,  una  vez  en  él,  produzcan  efectos,  y  que  no  sería así si, tras la  decisión  del juez constitucional que confirma la inexequibilidad de la ley, se  asume que los jueces ordinarios están compelidos a su aplicación.   

         9.  El artículo 4° ordena la aplicación  preferente   de  la  Carta  cuando  se  esté  ante  normas  jurídicas  que  la  contraríen,  efectos  para  los  cuales  el  motivo  de la contrariedad resulta  indiferente:  bien puede ser la inobservancia manifiesta del proceso legislativo  consagrado  en  la  Constitución  y  en  la  ley con miras a la generación del  derecho   positivo,  o  la  contradicción  existente  entre  ésta  y  la   integridad  de la Carta como  sistema normativo, o la desarmonía existente  entre  la  ley  y algunas de las reglas de derecho específicas contenidas en el  Texto  Superior,  variantes  comprensibles   pues el  artículo 4° no  establece  restricción alguna en tono a los motivos específicos por los cuales  una norma pueda reputarse contraria a la Constitución.   

         Si   esto   es  así,  es  decir,  si  no  existe  una  restricción  constitucional  respecto  de  las  circunstancias  específicas  en que opera la  excepción  de  inconstitucionalidad,  no   concurren  razones  para  hacer  distinciones  en  torno  a  los efectos de los fallos de constitucionalidad como  para  decir  que  si el fallo procedió por razones de forma, la norma declarada  inexequible  debe  aplicarse  a aquellos supuestos anteriores a esa declaratoria  bajo  el  argumento  de que aún procede la presunción de constitucionalidad y,  en  sentido  contrario,  para  afirmar  que si el fallo ha obrado por razones de  fondo,  no  hay  lugar  a  la aplicación de esa ley a tales supuestos.  En  los   dos  eventos,  los  efectos  del fallo son los mismos: la norma queda  expulsada    del    ordenamiento    jurídico    y    no    hay   lugar   a   su  aplicación.   

         10.  Y  en  el  moderno constitucionalismo  existen  las  denominadas  sentencias  de constitucionalidad condicionada que se  explican  ante  la  necesidad  de equilibrar las funciones que les incumbe a los  jueces  constitucionales  de  defensa de la  supremacía e integridad de la  Carta y la protección de los derechos fundamentales.   

         Una  de  las  modalidades de esas providencias está determinada por  los  fallos  de efectos temporales entre los que se encuentran las sentencias de  efectos  diferidos y las sentencias de efectos retroactivos. En estos supuestos,  los  tribunales constitucionales disponen que los efectos de una declaratoria de  inexequibilidad  se  retrotraigan  al  momento de promulgación de la ley o  que  se  aplacen hasta tanto concurran las circunstancias que impidan que con la  expulsión  de  una  norma  del  sistema jurídico se produzcan situaciones más  gravosas  que  las  generadas  por  la ley de cuya expulsión se trata. La norma  habilitante  de  esos  pronunciamientos  es genérica porque se trata de aquella  que,  en  los  distintos  ordenamientos,  impone  a  los  tribunales el deber de  proteger la supremacía e integridad de la Carta.   

         Entonces,  si  esto  es posible a partir de una norma constitucional  tan  genérica  como  aquella,  con  mayor  razón  es  posible  la negación de  cualquier  efecto  a  una norma legal respeto de la cual, con base en un mandato  constitucional  expreso como el  contenido en el artículo 4° superior, se  aplica la excepción de inconstitucionalidad.   

         11.  Ahora  bien:  aparte de los criterios  expuestos,  aún  pueden  formularse dos consideraciones adicionales que apuntan  en  la  misma  dirección:  una,  en  relación  con la índole de los vicios de  procedimiento  en  el moderno constitucionalismo y, otra, en  relación con  la  necesidad de que la judicatura tome conciencia de la manera como las rebajas  de  penas  generalizadas  y  ajenas  a  cualquier  consideración  de  política  criminal  deslegitiman  no  solo  el  proceso  penal sino también el sistema de  justicia penal en su conjunto.   

         

12.  Finalmente  dígase  que  si  el  Tribunal  Constitucional  declaró  la inexequibilidad del  artículo  71 de la Ley 975 de 2005 por vicios de forma, nada impide que el juez  ordinario  aplique  la  excepción de inconstitucionalidad por vicios de fondo a  hechos anteriores a aquella declaración.   

III. Razones de naturaleza procedimental que  explican   la  inexistencia  jurídica  del  artículo  71  de  la  Ley  975  de  2006:   

1. El artículo 71  de  la  Ley  975  de  2005  es  inexistente porque en su trámite legislativo se  incurrió  en  graves  defectos.  Lo  ostensible  de tales defectos llevó a que  dicha  norma  no  superara  el  examen  de  constitucionalidad  que  realizó el  Tribunal competente.   

2. Es consustancial  a  las  democracias  contemporáneas  el  respeto  del  procedimiento fijado por  el   constituyente  para  la producción del derecho positivo por cuanto el  cuerpo  legislativo es un escenario público de discusión, de debate, en el que  se  fijan  las reglas de convivencia pero no de cualquier manera sino respetando  las  reglas  de  juego  señaladas en la Carta Política.  Es decir, con el  concurso  de  las  distintas  fuerzas  políticas,  con  estricto respeto de las  minorías,  aceptando  el efecto vinculante de la  fijación constitucional  de    competencias    y    con    un    riguroso    seguimiento    del   proceso  legislativo.   

3.  De  allí  se  infiere  que  una  norma  legal  que  se  ha  promulgado con desconocimiento del  proceso  fijado por el constituyente no solo es una norma viciada por razones de  segundo  orden  pues,  en  la  medida  en  que  se  distorsiona  el  proceso  de  manifestación  de  la  voluntad  del  parlamento,  esos  vicios  constituyen un  atentado  al principio democrático y, por lo mismo, afectan una de las columnas  en  las  que  reposa  el  Estado Constitucional. Ello explica la relevancia que,  cada  día  con  mayor  vigor,  se les reconoce a los vicios de procedimiento en  sede  de  control  constitucional.  Y esto no es gratuito: incluso los vicios de  fondo  de las leyes son vicios de competencia y, por lo mismo, de procedimiento:  una  norma que establezca la pena de confiscación es inconstitucional porque la  Constitución  ha  sustraído la facultad de promulgarla de las competencias del  Congreso,    contexto    en    el    que    deben    ubicarse   las   siguientes  consideraciones85:   

La   importancia   del  respeto  de  los  procedimientos  de  decisión  de  las  Cámaras explica que en la actualidad la  gran  mayoría  de los ordenamientos jurídicos hayan atribuido a los tribunales  constitucionales,  como  una  de  sus  competencias esenciales, el control de la  regularidad   de   esos  procedimientos.  Es  obvio  que  subsisten  diferencias  nacionales,  pues  en  algunos países, el juez constitucional no toma en cuenta  el   Reglamento   como   parámetro  de  constitucionalidad,   por  lo  que  únicamente  la  vulneración de los procedimientos previstos directamente en la  Carta  puede  provocar  la  anulación  de  una  ley86  en cambio, en otros casos,  como  en  Colombia, la propia  Carta ordena a las Cámaras el respeto de su  reglamento,  por  lo cual la infracción de esas disposiciones reglamentarias es  también  susceptible de provocar la inconstitucionalidad de una ley87.   

Pero   en  casi  todas  las  democracias  constitucionales,  una de las funciones esenciales de la justicia constitucional  es  la  vigilancia  del  respeto  a  los procedimientos en la aprobación de las  leyes.  Esto  ha permitido superar concepciones arcáicas, según las cuales, la  vigilancia  del  cumplimiento  de esos procedimientos desconocía la separación  de  poderes,  pues  vulneraba  la  independencia  del  Congreso,  por lo que los  procedimientos  de  aprobación de las leyes eran actos internos de las Cámaras  (interna  corporis  acta),  excluidos de todo control judicial.   

Hoy  se admite que eso no es así, pues no  sólo  el  Congreso  está  sometido  a  la  Constitución  sino  que además el  procedimiento  legislativo  busca  precisamente asegurar el respeto al principio  democrático,  evitando  que  existan  atropellos  a  las  minorías  o  que las  decisiones  legislativas no sean públicamente debatidas. Y por ello, una de las  justificaciones  esenciales  de  la  justicia  constitucional  es que ésta debe  operar como una  guardiana del proceso democrático.   

Por todo lo anterior, es claro que sin caer  en  excesos ritualistas y tomando como guía el principio de instrumentalidad de  las  formas,  una  de las labores más importantes del juez constitucional   es  precisamente  verificar  la  defensa  de  la regularidad y transparencia del  proceso  de  aprobación  de  normas  en  el Congreso. Y es que el respeto a las  formas  y  procedimientos de la deliberación y decisión legislativa no es  un  culto  a  unos  rituales innecesarios, ya que dichas formas y procedimientos  juegan  un  papel  esencial  en  la  democracia, por cuanto pretenden   asegurar  que  exista  una  verdadera  formación  de  una voluntad democrática  detrás de cada decisión legislativa.   

4.  Si esta es la  índole  de  los  vicios  de  procedimiento,  carece  de sentido que se pretenda  forzar  una tesis de acuerdo con la cual la declaratoria de inconstitucionalidad  de  una  norma  por  uno  de  tales vicios obligue a su aplicación a los jueces  ordinarios  y  que  se  lo  haga  con el argumento de que hasta tal declaratoria  aquella   estuvo   amparada  por  presunción  de  constitucionalidad  pues  tan  contraria  a  los  fundamentos  de  un  Estado  Constitucional  es una norma que  desconoce   los  cauces  institucionales  para  la   manifestación  de  la  voluntad  democrática,  como  una  norma  que  por  razones  de  fondo viola la  Carta.   

4.1.  Al  quedar  establecido  que  la  norma no cumplió el trámite legislativo se debe concluir  que la misma nunca nació al mundo jurídico.   

4.2.  Cuando  una  norma  no  germina  en  legal  forma  al  mundo  jurídico la misma no alcanza a  producir efectos en dicho plano.   

4.3. La carencia de  validez   de   una  norma,  por  violación  del  proceso  establecido  para  su  producción,  implica  que  ella no puede afectar las situaciones que pretendía  regular.  Con  razón  se  dice por la doctrina que la validez es un criterio de  pertenencia  al  mundo  jurídico,  que  se  halla  basado  en  el  criterio  de  legalidad, de acuerdo con el  cual  una  ley  sólo  puede existir si ha sido creada respetando los postulados  constitucionales   y   legales   que   rigen   el   proceso  que  posibilita  su  creación88.   

4.4.  Reconocer  efectos  a  una  ley  expedida  con  vulgar  desconocimiento  de las previsiones  legales  y  constitucionales  que  regulan  el  proceso  legislativo,  significa  autorizar nuevas violaciones a la legalidad.   

4.5.  La legalidad  no  solamente es una regla del Estado de Derecho sino que en el Estado social de  Derecho se erige en derecho fundamental.   

4.6.    La  jurisprudencia  ha  reiterado  que  la  favorabilidad sólo opera en tránsito o  coexistencia  de  leyes, que en tratándose del régimen temporal del mencionado  artículo  71,  no  ha  ocurrido  nunca  por  cuanto la citada disposición debe  reputarse como inexistente.   

5. Reconocer que el  artículo  71  de  la  Ley  975 de 2005 estuvo en vigencia significa aceptar una  especie  de  elusión  constitucional  y legislativa, pues los promotores de tal  iniciativa  la  mimetizaron  conociendo  que  se  hacía un esguince al trámite  legal  y  se aspiraba a conseguir una vigencia transitoria de la norma, dado que  los  defectos  formales  y  el  choque  frontal  contra disposiciones superiores  avizoraban su inexequibilidad.   

En conclusión, las  ramas  del poder público, y en particular la judicial, deben realizar todos los  esfuerzos  porque hechos tan lamentables ejecutados por los grupos paramilitares  o  de  autodefensa  que  constituyen  graves  ataques  a los derechos humanos no  queden  en la impunidad, como ha ocurrido en tantos asuntos que han sido puestos  en   conocimiento  de  la  Corte  Interamericana  de  Derechos  Humanos,  y  que  inclusive,  por la contundencia de los hechos, ha llevado al Estado a aceptar su  responsabilidad  por  la  violación de los derechos fundamentales de ciudadanos  colombianos89,  bien  por  faltar  a los deberes de vigilancia o ya por incumplir  los deberes de garantía.   

De  lo  anterior  se  sigue  que  para  la  judicatura  resulta  imperativo  impedir  que  lo  jurídica  y ontológicamente  diferente  pueda  igualarse  u homologarse, y por ello, como tuve oportunidad de  advertirlo     en     oportunidades    anteriores90,  es  necesario que con toda  claridad  se  exprese  que  el artículo 71 de la Ley 975 de 2005 nunca existió  tanto  por  los  vicios  de procedimiento en su creación que aquí  se han  reiterado,  como  por  las impugnaciones de fondo que en la decisión triunfante  por  unanimidad  se  ha  resaltado con claridad, y por ello no pueden reclamarse  efectos de una norma que jamás cobró fuerza legal.   

Cordialmente,  

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

Magistrado.  

ACLARACION DE VOTO  

No  vacilo  en  compartir  la  decisión  adoptada  por la Corte en cuanto confirma la providencia emitida por el Tribunal  Superior  de  Antioquia  mediante  la  cual  negó  la solicitud de cesación de  procedimiento  incoada  por Orlando César Caballero Montalvo, con fundamento en  las  leyes  782 de 2002 y 975 de 2005. Sin embargo, las motivaciones a que acude  la  providencia  para llegar a esa conclusión me colocan en el deber de aclarar  mi voto con el debido respeto que profeso por la Sala.   

En  ella se determina negar la aplicación  del  principio  de favorabilidad respecto de una disposición (art. 71 de la ley  975  de  2005)  declarada  inexequible  por  la Corte Constitucional91 por vicios  de  forma,  con el argumento que no puede seguir produciendo efectos en el mundo  jurídico,  pese  a  que estuvo temporalmente vigente, no sólo por lo señalado  por  el  Tribunal  Constitucional sino por su antagonismo con la Carta Política  desde  la perspectiva sustancial,  cuando se indicó: “El artículo 71 de  la  Ley  975  de  2005  materialmente  es una norma contraria a la Constitución  Política     porque     asimila      indebidamente     los    delitos  comunes  con  los  delitos   políticos.  Tal  presupuesto  desconoce  no  sólo los fundamentos que guían la actuación de ambas clases de  delincuentes  sino  los  postulados  de la Carta que permiten un trato diferente  entre unos y otros.”   

O, la conclusión según la cual “a pesar  de  la vigencia temporal y la posibilidad de invocación favorable del artículo  71  de  la  ley  975  de  2005,  no  es  viable  su  aplicación porque: … 4).  Al  haber  sido  declarado inexequible el precepto no  puede   seguir   produciendo   efecto   alguno  hacia  el  futuro  en  el  mundo  jurídico” ( se destaca).   

Me  aparto  de tales consideraciones, pues  ellas  no  solamente  desconocen  la  fuente  legal  acerca de los efectos en el  tiempo  de las sentencias de constitucionalidad, que es la ley Estatutaria de la  Administración          de         Justicia92,   sino   también,   una  sobresaliente  tradición  jurisprudencial,  que  no  ha  hecho  sino  honrar el  ecuménico  principio  de  la  favorabilidad inserto en la Constitución y en el  bloque  de  constitucionalidad,  en  aquellos casos en los cuales la vigencia de  una  norma  derogada  o  declarada  inexequible,  por efímera que haya sido, ha  significado  un tratamiento menos restrictivo para quien quedó cobijado bajo su  dominio, siendo, por tanto, imperativa su aplicación.   

En  efecto,  el  artículo  45  de  la Ley  Estatutaria  de la Administración de Justicia prevé, con absoluta nitidez, que  por  regla  general  los  efectos de los fallos de constitucionalidad proferidos  por  la  Corte  Constitucional rigen hacia el futuro, es decir tienen efectos ex  nunc  (desde  entonces)  en  aras  de  la  presunción de constitucionalidad que  ostentan  las  leyes  expedidas y de la seguridad jurídica que de ellas dimana;  solamente  de manera excepcional, cuando la Corte Constitucional expresamente le  fije  esos  alcances,  es  que  el  fallo  tendrá  efectos  ex  tunc,  es decir  retroactivos,  en  cuyo  caso  la decisión tiene las mismas consecuencias de la  nulidad,       en      aras      de      reivindicar     la     supremacía  constitucional.   

Pues  bien,  en  el  texto de la sentencia  C-370  de  2006,  que  fue la que declaró inexequible el artículo 71 de la ley  975  de  2005,  palmariamente puede apreciarse que la Corte Constitucional no le  otorgó  efectos retroactivos a su fallo y que por el contrario, sin que hubiera  necesidad  de hacerlo, precisó de manera expresa que aquellos solamente imperan  hacia el futuro. Así lo dijo expresamente en el fallo referido:   

“6.3.  Efecto  general  inmediato  de  la  presente sentencia   

Finalmente, la Corte no concederá efectos  retroactivos  a estas decisiones, como lo solicitaron los demandantes, según lo  resumido  en  el  apartado  3.1.5. de los Antecedentes de esta sentencia. Por lo  tanto,  se aplican las reglas generales sobre efecto inmediato de las decisiones  de      la      Corte      Constitucional,     de     conformidad     con     su  jurisprudencia.”   

Fue  esa  razón y el entendimiento que la  Corporación  tiene  acerca  del  principio de favorabilidad, lo que la llevó a  afirmar  en  múltiples  pronunciamientos  que en el caso del artículo 71 de la  ley  975  de  2005  era  factible  su  aplicación  en  virtud  del principio de  favorabilidad93.   

Por  esa  razón no comparto que ahora, de  manera  general,  en  contravía  de  lo  que  se  ha  sostenido,  se  afirme la  improcedencia  de  la  favorabilidad  para  aquellos casos en los cuales se haya  declarado  la  inexequibilidad  de  una  norma  que  estuvo  vigente94   y  que  resulta  más  benéfica,  pues  ese  discernimiento  constituye  una  infundada  excepción    jurisprudencial    a    la    aplicación    de    tan    cardinal  principio.   

Ahora  bien,  el  convencimiento que tengo  acerca  de  su  primacía y de la aplicación de la norma más benigna pese a su  extracción  del  mundo  jurídico  por cuenta del juicio de constitucionalidad,  tampoco  me  lleva  al  extremo  de  creer  que su procedencia opera per se, sin  detenerse  a  confrontar cada caso en particular; desde luego que no, pues estoy  seguro  que  en  punto  de la aplicación de la favorabilidad cada caso debe ser  analizado en concreto.   

Atendiendo  entonces a esta obligación es  que  encuentro  que  la razón por la cual resulta inviable la aplicación de la  cesación  de  procedimiento  con base en la ley 782 de 2002, se justifica en la  disconformidad entre el hecho y la norma.   

Ciertamente, cuando se expidió la ley 975  y  se  dispuso  en  el  artículo  71  que  incurrirán  “…  en el delito de  sedición   quienes  conformen  o  hagan  parte  de  grupos  guerrilleros  o  de  autodefensa  cuyo  accionar  interfiera  con  el normal funcionamiento del orden  constitucional  o  legal…”,  se dio lugar a múltiples interpretaciones, una  de  ellas  fundada  en  la consideración de que bastaba con pertenecer a una de  las  mencionadas  organizaciones  para que el delito de concierto para delinquir  tuviera    tratamiento    de   delito   político   bajo   la   figura   de   la  sedición.   

En procura de tratar de brindar claridad al  asunto  desde  mi  particular  punto  de  vista,  hube  de  expresar  en  varias  oportunidades  que  a  mi modo de ver, el artículo 71 de la ley 975 de 2005, no  modificó,  derogó  o  subrogó  el  artículo  340 del Código Penal, sino que  simplemente    lo   adicionó   en  el  sentido  de  hacer  extensivas  las  consecuencias  punitivas  del  delito  de  sedición a quienes conformen o hagan  parte  de  grupos  guerrilleros o de autodefensa cuyo accionar interfiera con el  normal funcionamiento del orden constitucional y legal.   

Es decir, para que una determinada conducta  encaje  en  el  contenido  normativo  del precepto, no es suficiente con la sola  pertenencia  a  la  organización  armada; es además imperioso verificar que el  accionar   de   la   facción   que   integra   quien  reclama  su  aplicación,  exclusivamente  ejecute  acciones  que  interfieran con el normal funcionamiento  del  orden  constitucional y legal, con lo cual quedan segregados del ámbito de  cobertura  del  tipo  penal  aquellos comportamientos realizados con ocasión de  la   militancia  en  el grupo pero no destinados a entorpecer o neutralizar  el   orden   legítimo   vigente   sino   perpetrados   con   fines   delictivos  comunes.   

Esa   distinción  permite  respetar  el  referente  material  de  los  tipos  penales,  en  cuanto  asume  que los bienes  jurídicos   objeto   de   protección  para  uno  y  otro  delito  –concierto para delinquir y sedición-  son  diametralmente  diversos,  como  también  lo son los móviles que alientan  cada una de las conductas.   

Así   lo   expresé   en   pretérita  oportunidad:   

“Significa  lo  anterior,  que  la  sola  atribución  de  la condición de autores de sedición para “quienes conformen  o  hagan  parte  de  grupos  guerrilleros  o  de  autodefensa” a términos del  artículo  71  de  la  Ley  975  de 2005, o, en otras palabras, tan sólo porque  pertenecen  a  “grupos  armados  al  margen  de  la  ley”  según previsión  contenida  en  el  artículo  340  del  Código  Penal,  con independencia de la  finalidad  perseguida  por  la  asociación  ilícita,  de los otros delitos que  hubieren   podido  realizar,  o  de  los  resultados  de  su  accionar,  resulta  insuficiente  para  que  la  Corte  pueda  calificar  la  conducta  como  delito  político  o  como  delito  común, sobre todo si se tiene en cuenta que el bien  jurídico  es  el  que  le  confiere  sentido  al  tipo penal y el que define la  teleología   de   la   conducta,   más   allá   de   su   simple   expresión  material.”95   

Es a partir de ahí que, en este particular  asunto,  encuentro la incongruencia entre los hechos y la norma, debido a que la  actuación  no  ofrece  elementos  de  juicio  para afirmar que la organización  autodenominada  Frente  Dabeiba  y  Pavarandó, bloque “Elmer Cárdenas” del  grupo  armado  ilegal de autodefensas a que pertenecía CABALLERO MONTALVO, haya  tenido   como  finalidad  interferir  en  el  normal  funcionamiento  del  orden  constitucional  y  legal.  Nada  así  lo  indica  y  nada  permite  inferirlo o  suponerlo.   

Por el contrario, desde una perspectiva de  generalidad,  esto  es  sin  referencia a un caso particular y concreto, podría  incluso  llegar  a  sostenerse  que  el  origen y la expansión de los grupos de  autodefensa  no  ocurrió  abrigando  la  idea  de  atentar  contra  el régimen  constitucional  y  legal  vigente  sino  supuestamente  de defenderlo, y con ese  pretexto  se  convirtieron  en  ejecutores de un sinnúmero de delitos cometidos  con  el  propósito  de  favorecer  intereses  mezquinos  y  particulares que de  ningún  modo  tienen cabida en la definición que comprende a quienes atentan o  se  levantan contra el sistema. De ahí la necesidad que en este o en cualquiera  de  los  eventos  en que se invoque la aplicación del artículo 71 de la ley de  Justicia  y  Paz  para  darle  tratamiento  como sedicioso a quien incurra en el  delito  de  concierto  para  delinquir, haya de comprobarse que los empeños del  grupo  en  el que milita estaban verdaderamente signados por las finalidades que  la norma reclama.   

Tan  vital  es  este  aspecto,  que  aún  suponiendo  que  el artículo 71 de la ley 975 de 2005 no hubiera sido declarado  inconstitucional   y  estuviera  vigente,  ni  siquiera  en  ese  evento  sería  procedente  aplicarlo  a este particular asunto, de cara a la orfandad de medios  de  conocimiento  capaces de demostrar con claridad la condición normativa a la  cual   sujeta   la   disposición  su  aplicabilidad,  que  es  obstaculizar  el  funcionamiento del orden legítimo.   

En  ese  orden  y  en  el  contexto  de la  legislación   expedida   con   miras   a   consolidar  procesos  de  paz,  esta  interpretación,  es  necesario  decirlo,  dejaría  a  salvo la posibilidad que  quien  no califique para los beneficios de la ley 782 de 2002, sí eventualmente  pueda  hacerlo  respecto de los establecidos en la ley 975 de 2005, como podría  acontecer  en  este asunto, siempre y cuando, resulta de obvio entendimiento, se  cumplan los presupuestos fácticos y jurídicos allí establecidos.   

Son estos razonamientos los que me llevan a  aclarar mi voto.   

Cordialmente,  

MAURO SOLARTE PORTILLA  

Magistrado  

    

1  La  Consejería  para  la  Paz  también certificó que el procesado “figura en la  lista  de  desmovilizados  de  los Ex Frentes Pavarandó y Dabeiba del Ex Bloque  Elmer  Cárdenas de las Autodefensas Campesinas de Colombia”. Véase folio 102  c.o. 2.   

2 Ley  600  de  2000, artículo 189: “…el recurso de reposición procede contra las  providencias … interlocutorias de primera o única instancia”.   

Ley 906 de 2004, artículo 176: “…Salvo  la sentencia la reposición procede para todas las decisiones”.   

3 Ley  600  de  2000,  artículo 191: “… el recurso de apelación procede contra la  sentencia  y  las  providencias interlocutorias de primera instancia”. Y en el  artículo  193,  que  regula  los  efectos  en que se concede el recurso de  apelación  dispone:  “3.  La que ordena la preclusión de la investigación o  la    cesación    de    procedimiento”,    se   concederá   en   el   efecto  suspensivo.   

Ley  906  de  2004, artículo 176: “…La  apelación  procede, salvo los casos previstos en este código, contra los autos  adoptados  durante  el  desarrollo  de  las  audiencias,  y  contra la sentencia  condenatoria  o  absolutoria”.  Y  el  artículo 177 dispone que el recurso de  apelación  contra  el  auto  que  ordena la preclusión de la investigación se  concede en el efecto suspensivo.   

4  Sentencia T-083/98.   

5 Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, auto de colisión de competencia,  de 28 de septiembre de 2006, radicación 25830.   

6 Corte  Constitucional, sentencia C-370/06.   

7  Idem.   

8 Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala de Casación Penal, auto colisión de competencias,  del 7 de diciembre de 2005, radicado 24549, entre otras.   

9 Corte  Constitucional, sentencia citada.   

10 El  artículo 24 de la ley 782 de 2002, dispone:   

Se  podrán  conceder  también,  según  proceda,  de acuerdo con el estado del respectivo proceso penal, la cesación de  procedimiento,   la   resolución   de  preclusión  de  la  instrucción  o  la  resolución  inhibitoria,  a quienes confiesen y hayan sido o fueren denunciados  o  procesados  por  hechos  constitutivos  de  los delitos a que se refiere este  título    y    no    hayan    sido    aún    condenados   mediante   sentencia  ejecutoriada.   

Para  estos  efectos,  se  tramitará  la  solicitud  de  acuerdo  con los artículos anteriores y, una vez verificados los  requisitos,  el  Ministerio de Justicia y del Derecho  remitirá     la     solicitud     al    Tribunal    correspondiente, o a la Dirección de Fiscalía ante la  cual  se adelante el trámite, quienes deberán emitir  de  plano,  la  providencia que decida la respectiva solicitud, en los términos  legales y observando el principio de celeridad.   

Si  la  persona se encuentra privada de la  libertad,  las  citadas  autoridades  deberán  dar  trámite preferencial a las  solicitudes  de beneficios jurídicos, y en la providencia en la cual se conceda  la  petición de preclusión de la instrucción o la cesación de procedimiento,  deberá  revocarse  el  auto  de  detención  del  beneficiario,  cancelarse las  órdenes   de   captura  en  su  contra  y  ordenar  oficiar  a  los  organismos  competentes.   

La  Sala  Penal  del  Tribunal  respectivo  deberá  resolver dentro de los tres (3) meses siguientes, contados a partir del  día    siguiente    al    recibo    del    expediente.    Este    término   es  improrrogable.   

11  Sentencia C-591/05.   

12  Sentencia   C-171/93.   Opinión   reiterada  en  la  sentencia C-069/94   

13  Sentencia C-127/93.   

14  Sentencia C-194/05.   

15  Sentencia C-456/97.   

16  Sentencia C-456/97.   

17 Se  había  especificado en la sentencia C-225/95: Es pues  una  opción  política  perfectamente compatible con la Carta, puesto que ésta  establece  que  el  Legislador podrá en todo momento “conceder, por mayoría de  dos  tercios  de  los  miembros  de  una  y otra Cámara y por graves motivos de  conveniencia  pública,  amnistías o indultos generales por delitos políticos”  (CP  art. 150-17).  Además, la posibilidad de que se concedan amnistías o  indultos  generales  para  los  delitos políticos y por motivos de conveniencia  pública  es  una  tradición  consolidada  del  constitucionalismo  colombiano,  puesto  que  ella  se  encuentra en todas nuestras constituciones de la historia  republicana,   desde   la  Carta  de  1821  hasta  la  actual  Carta.   

18  Colisión   de   competencias   de   26   de   noviembre  de  2003,  radicación  21639.   

19  Corte   Suprema   de   Justicia,   Sala   de   Casación   Penal,   Auto  colisión  de  competencia,  26 de  noviembre de 2003, radicación 21639.   

20  Véase  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Penal,  Autos  de  23 de octubre de 1990 y de 10  de septiembre de 2003, radicación 21343.   

21 Uno  de  los  postulados  fundamentales  del ordenamiento jurídico está dado por el  principio  de  proporcionalidad que en punto del delito político y el concierto  para  delinquir  no  autoriza  que  las consecuencias jurídicas para uno y otro  punible  sean  iguales, pues de cara a la sociedad siempre será más disvaliosa  la conducta del delincuente común.   

22  Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Penal, auto de única instancia,  18  de julio de 2001, radicación 17089 y sentencia de 23 de septiembre de 2003,  radicación 17089.   

23  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Penal,  auto de colisión de  competencia, 21 de febrero de 2001, radicación 18065.   

24  Corte   Suprema   de   Justicia,   Sala   de   Casación   Penal,   Autos  de  23 de octubre de 1990 y de 10  de septiembre de 2003, radicación 21343.   

25  Corte  Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal, autos de segunda instancia,  25  de  noviembre de 2004, radicación 9878 y de 7 de abril de 1995, radicación  10297, entre otros.   

26  Cfr.  Estatuto  de  la  Corte  Penal Internacional, artículo 7°. Son crímenes  perpetrados  como  parte  de  un  ataque  generalizado y sistemático dirigido a  cualquier  población  civil  (homicidio,  exterminio,  esclavitud,  privaciones  ilegales  de  la libertad, tortura, violación, esclavitud sexual, prostitución  forzada,     embarazo    y    esterilización    forzada,    desaparición    de  personas).   

27  Cfr. Estatuto de la Corte Penal Internacional, artículo 6°.   

28  Cfr.  Estatuto  de  la  Corte  Penal  Internacional,  artículo 8°. Violaciones  severas de las Convenciones de Ginebra de 12 de agosto de 1949.   

29  Caracterizadas  por  no  constituir un ataque generalizado y sistemático, y por  ello    su    diferenciación    respecto    de    los   crímenes   contra   la  humanidad.   

30  Desde   los  Estados  Unidos  de  Norteamérica,  una  de  las  sociedades  más  desarrolladas  y  con  una  estructura democrática avanzada, no se conoce de la  existencia  de grupos rebeldes pero sí es frecuente la comisión de delitos por  bandas  estructuradas  con  diversos  fines  antisociales,  como  por ejemplo de  carácter  racial.  Igual  situación  se presenta en la inmensa mayoría de los  Estados que integran la Unión Europea.   

31  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, sentencia de 18 de octubre  de 2005, radicación 24310.   

32  Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de Casación Penal, autos de 23 de octubre de  1990  y  de 26 de noviembre de 2003, radicación 21639. Mediante auto de segunda  instancia  de  19 de agosto de 2004, radicación 21025, se dijo expresamente que  el  delito  de  secuestro  está  excluido,  entre  otros,  de los beneficios de  indulto o cesación de procedimiento.   

33 La  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Penal,  durante mucho tiempo  entendió  que  el interés de la parte civil en el proceso penal se limitaba al  resarcimiento  de  los  perjuicios,  y  entonces cuando se le indemnizaba en los  términos  de  su  pretensión  no  podía intentar acciones que desmejoraran la  situación  del procesado. Así, por ejemplo, sentencias de 21 de enero de 1998,  radicación  10166,  y  de  7  de octubre de 1999, radicación 12394. Tal línea  jurisprudencial   fue   acogida   en   la   sentencia   C-293/95  por  la  Corte  Constitucional  y  se  mantuvo  hasta  el  año  2002,  cuando  por  medio de la  decisión  C-228/02,  se  autorizó a la víctima a intervenir en el proceso con  finalidades diversas a las estrictamente económicas.   

34  Véase  Corte  Constitucional,  sentencia C-209/07. En ésta providencia se hace  un  resumen  de  la forma como ha discurrido la jurisprudencia en materia de los  derechos  de las víctimas. Especial mención se hace de las sentencias C-580/02  (estableció  que  el  derecho  de  las  víctimas  del  delito de desaparición  forzada  de  personas  y la necesidad de garantizar los derechos a la verdad y a  la  justicia,  permitían  que el legislador estableciera la imprescriptibilidad  de  la acción penal, siempre que no se hubiera identificado e individualizado a  los  presuntos  responsables); C-004/03 (garantía jurídica con que cuentan las  víctimas  para  controvertir  decisiones  que  sean  adversas  a sus derechos);  C-979/05  (derecho  de  las víctimas a solicitar la revisión extraordinaria de  las  sentencias  condenatorias  en procesos por violaciones a derechos humanos o  infracciones  graves  al derecho internacional humanitario, cuando una instancia  internacional  haya  concluido  que  dicha  condena  es  aparente  o irrisoria);  C-1154/05  (derecho  de  las  víctimas  a  que se les comuniquen las decisiones  sobre  el  archivo  de  diligencias); C-370/06 (los derechos de las víctimas en  procesos  inscritos  en  contextos  y  modalidades  de  justicia transicional de  reconciliación);  y,  C-454/06 (la garantía de comunicación a las víctimas y  perjudicados  con  el  delito  opera  desde  el  momento en que éstos entran en  contacto  con las autoridades; señala que los derechos a la verdad, la justicia  y  la  reparación  las  autoriza  a  solicitudes  probatorias  en  la audiencia  preparatoria,    en    igualdad   de   condiciones   que   la   defensa   y   la  fiscalía).   

35 El  principio  de la tutela judicial efectiva encuentra ubicación constitucional en  los  artículos  229  y  29  de la Carta, sin perjuicio de su ampliación por la  vía   del   artículo   93,   que  ha  permitido  el  ingreso  de  las  fuentes  internacionales que consagran esta garantía.   

36  Artículo  14  del  Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y 25 de  la Convención Americana de Derechos Humanos.   

37  Artículo 25 de la Convención Americana de Derechos Humanos.   

38  Sentencia SU-1184 de 2001, MP: Eduardo Montealegre Lynett   

39  Sobre  el  particular  también  pueden ser consultadas las sentencias C-740/01,  C-1149/01, SU-1184/001, T-1267/01 y C-282/02.   

40  Esta  sistematización  se  apoya en el “Conjunto de  Principios  para la protección y promoción de los derechos humanos mediante la  lucha  contra  la  impunidad”.Anexo  del  Informe  final  del Relator Especial  acerca  de  la  cuestión  de  la impunidad de los autores de violaciones de los  derechos         humanos.        E/CN.4/Sub2/1997/20/Rev.1,        presentado  a  la  Comisión  de  Derechos  Humanos  en  1998. Estos  principios  fueron  actualizados por la experta independiente Diane Orentlicher,  de  acuerdo  con informe E/CN. 4/2005/102, presentado a la Comisión de Derechos  Humanos.   Para   más   detalles,   véase  Comisión  Colombiana  de  Juristas  (compilación),   Principios  internacionales  sobre  impunidad  y reparaciones, Bogotá, Opciones Gráficas  Editores Ltda., 2007.   

41  Principio  2  del Conjunto de Principios para la protección y promoción de los  derechos humanos mediante la lucha contra la impunidad.   

42  Cfr. Entre otras las sentencias C-293 de 1995 y C-228 de 20002.   

43  Cfr.  Sentencias T-443 de 1994, MP. Eduardo Cifuentes Muñoz; C-293 de 1995, MP,  Carlos Gaviria Díaz.   

44  Cfr. Sentencia C-412 de 1993, MP. Eduardo Cifuentes Muñoz.   

45  Cfr., Sentencia C-275 de 1994, MP, Alejandro Martínez Caballero.   

46  Cfr.  Principios  relativos  a  una  eficaz  prevención e investigación de las  ejecuciones  extrajudiciales,  arbitrarias  o  sumarias, aprobado por el Consejo  Económico  y Social de las Naciones Unidas, mediante resolución 1989/65 del 29  de  mayo  de  1989,  y  ratificado por la Asamblea General. mediante resolución  44/162  del  15  de  diciembre  de  1989.  Citados  en  la  sentencia  C-293  de  1995.   

47  Cfr.  Art. 33 del Conjunto de principios para la protección y promoción de los  derechos humanos mediante la lucha contra la impunidad.   

48  Sentencia  de  la  Corte  Interamericana  de Derechos Humanos del 15 de junio de  2005.   

49  Corte Constitucional, Sentencia C-591/05.   

50  Sentencia C-004/03.   

51  Afirmación  que  se  hace  a  partir,  entre otras, de las sentencias del 29 de  enero  de 1997, 6 de diciembre de 2001, 5 de julio de 2004 y 15 de septiembre de  2005,  de  la  Corte  Interamericana de Derecho Humanos en las que resolvió los  casos   Caballero   Delgado   y  Santana,      Las      Palmeras,   Los  19  Comerciantes  y  Mapiripán,  respectivamente.   

Se  dice  expresamente  en la sentencia del  caso  Masacre de Mapiripán:  “96.19  Se ha documentado en Colombia la existencia  de  numerosos  casos de vinculación entre paramilitares y miembros de la fuerza  pública  en relación con hechos similares a los ocurridos en el presente caso,  así  como  actitudes  omisivas  de  parte  de integrantes de la fuerza pública  respecto  de  las acciones de dichos grupos”. Véase  http://www.corteidh.or.cr/casos.cfm.   

Igualmente, la oficina del Alto Comisionado  de  las  Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha señalado que es constante  la  impunidad  en  las  violaciones  de derechos humanos y derecho internacional  humanitario  cometidas por los paramilitares y la connivencia entre estos grupos  y   la   fuerza   pública,   como   consecuencia   de  procesos  penales  y  de  investigaciones  disciplinarias  abiertos  en  su contra que no desembocan en el  establecimiento  de responsabilidades ni en las correspondientes sanciones. Cfr.  Informe  de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos  sobre  la  situación de los derechos humanos en Colombia, E/CN.4/2005/10, 28 de  febrero  de  2005, párrs. 61 y 92; Informe del Alto Comisionado de las Naciones  Unidas  para los Derechos Humanos sobre la situación de los derechos humanos en  Colombia,  E/CN.4/2004/13,  17  de febrero de 2004, párrs. 26, 27, 28, 34 y 77;  Informe  de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos  sobre  la  situación  de  los  derechos  humanos  en  Colombia en el año 2002,  E/CN.4/2003/13,  24  de  febrero  de  2003,  párr.  77 (expediente de anexos al  escrito  de  solicitudes y argumentos, anexo 41, folio 3713); Informe de la Alta  Comisionada   de  las  Naciones  Unidas  para  los  Derechos  Humanos  sobre  la  situación  de  los  derechos humanos en Colombia, E/CN.4/2002/17, 28 de febrero  de  2002,  párr. 211, 212 y 365 (expediente de anexos al escrito de solicitudes  y  argumentos,  anexo  42,  folios  3794, 3795, 3796 y 3825); Informe de la Alta  Comisionada   de  las  Naciones  Unidas  para  los  Derechos  Humanos  sobre  la  situación  de los derechos humanos en Colombia en el año 2000, E/CN.4/2001/15,  20  de  marzo  de  2001,  párrs.  57,  142,  206 y 254 (expediente de anexos al  escrito  de  solicitudes y argumentos, anexo 39, folios 3613, 3630, 3642, 3650 y  3651),  e  Informe  de  la  Alta  Comisionada  de  las  Naciones Unidas para los  Derechos  Humanos  sobre  la  situación  de  los  derechos humanos en Colombia,  E/CN.4/2000/11, 9 de marzo de 2000, párr. 27, 47, 146 y 173.   

Salvatore  Mancuso, uno de los jefes de los  grupos  paramilitares  que  se ha acogido a la Ley 975 de 2005, expresó ante el  Fiscal  Octavo  de  la Unidad de Justicia y Paz que los paramilitares recibieron  apoyo   directo   de   personas   vinculadas  a  las  instituciones,  ganaderos,  empresarios  e  industriales (Versión libre cumplida en Medellín los días 15,  16  y  17  de  mayo  de  2007 y de la que dieron amplio despliegue los medios de  comunicación.  De dicha diligencia existe copia en el proceso 26625 que tramita  la Sala Penal).   

52  Así  lo  constató  la  Corte  Interamericana de Derechos Humanos. Caso  de  la  masacre  de  Pueblo  Bello  vs.  Colombia.    Sentencia    del    31    de    enero    de    2006.    Véase  http://www.corteidh.or.cr/casos.cfm   

53  Dice  la  Corte  Constitucional:  “Los  Estados  están  en  la obligación de  prevenir  la  impunidad,  toda  vez  que propicia la repetición crónica de las  violaciones  de  derechos  humanos y la total indefensión de las víctimas y de  sus  familiares.  En  tal  virtud  están  obligados  a investigar de oficio los  graves  atropellos  en  contra de los derechos humanos, sin dilación y en forma  seria, imparcial y efectiva” (Sentencia C-370/06).   

54  Corte  Interamericana  de Derechos Humanos. Caso de la  masacre  de  Ituango  vs. Colombia. Sentencia del 1 de  julio         de         2006        (Negrillas        agregadas).        Véase  http://www.corteidh.or.cr/casos.cfm   

55  Corte  Interamericana de Derechos Humanos. Caso de los  hermanos  Gómez Paquiyauri vs. Perú. Sentencia del 8  de julio de 2004. Véase http://www.corteidh.or.cr/casos.cfm   

56  Véase,  por ejemplo, Caso de la masacre de Mapiripán  vs.  Colombia. Sentencia del 15 de septiembre de 2005.  Véase http://www.corteidh.or.cr/casos.cfm   

57  Corte  Interamericana  de Derechos Humanos. Caso Cesti  Hurtado  vs.  Perú. Sentencia del 29 de septiembre de  1999. Véase http://www.corteidh.or.cr/casos.cfm   

58  Corte  Interamericana de Derechos Humanos. Caso de las  Palmeras  vs.  Colombia. Sentencia del 6 de diciembre  de 2001. Véase http://www.corteidh.or.cr/casos.cfm   

59 172  niños       víctimas       de      Luis      Alfredo      Garavito.      http:  www.fiscalia.gov.co   

60  José   Joaquín   Urbano   Martínez,   Los   fines  constitucionales  del  proceso penal como parámetro de control del principio de  oportunidad,  Revista  Uniext. No. 79, 2005. “En la  tradición  del  positivismo  formalista, el derecho procesal estaba desprovisto  de  una vinculación sustancial con lo que era materia de litigio; se agotaba en  una  ritualidad  cuya   configuración  se realizaba fundamentalmente en la  instancia  legislativa…  pero  esa  dimensión  del  derecho  procesal ha sido  superada  pues el constitucionalismo ha rescatado las garantías centenariamente  elaboradas   como   contenidos   del  derecho  procesal   para  vincularlas  inescendiblemente  a  la realización de las normas sustanciales… Con ello, ha  dotado  al  proceso  de  una  nueva  racionalidad  pues ya no se trata de agotar  ritualismos  vacíos  de  contenido  o  de  realizar las normas de derecho   sustancial  de cualquier manera sino de realizarlas reconociendo esas garantías  irrenunciables  pues su respeto ineludible también constituye una finalidad del  proceso…  De  allí  que  el  proceso penal constituya un método  con el  que,  a través de distintas etapas teleológicamente dirigidas y en un marco de  profundo  respeto  de  los  derechos de los intervinientes, se  averigua la  verdad  en relación con la comisión de una conducta punible  y se lo hace  como  presupuesto  para  la   emisión  de  una  decisión  justa”. Corte  Constitucional,  Sent. C-131  de 2002. M. P., Dr.  Jaime Córdoba Triviño.   

61  Corte  Constitucional, Sent.  C-1404,   Mags.   Ptes.,   Dres.   Carlos   Gaviria   Díaz   y   Álvaro  Tafur  Galvis.   

62  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Penal,  sentencia de segunda  instancia, radicación 17089.   

63  Corte   Interamericana   de   Derechos   Humanos,  sentencia  caso  Masacre  de  Mapiripán vs. Colombia, del  15   de   junio   de  2005,  párrafo  304.  Véase  en  http://www.corteidh.or.cr/casos.cfm   

64  Francisco  Rubio  Llorente,  «La  constitución  como  fuente  de derecho», en  La    forma    del   poder   (Estudios   sobre   la  Constitución),    Madrid,   Centro   de   Estudios  Constitucionales, 1993, p. 97.   

65  Jürgen  Habermas,  Facticidad  y derecho, Madrid, Editorial Trotta, 2001, p. 311.   

66  Corte  Constitucional,  sentencias  T-355/07  y  T-356/07.  La  expresión alude  directamente  a  la imposibilidad de predicar hoy efectos del artículo 70 de la  Ley 975 de 2005.   

67 El  Decreto  128 de 2003 es reglamentario de la Ley 782 de 2002 y dispone: Artículo  13.  Beneficios jurídicos.  De  conformidad con la ley, tendrán derecho al indulto, suspensión condicional  de  la  ejecución  de la pena, la cesación de procedimiento, la preclusión de  la  instrucción o la resolución inhibitoria, según el estado del proceso, los  desmovilizados  que  hubieren  formado parte de organizaciones armadas al margen  de  la ley, respecto de los cuales el Comité Operativo para la Dejación de las  Armas,  CODA,  expida  la certificación de que trata el numeral 4 del artículo  12 del presente Decreto.   

68  Corte  Suprema  de  Justicia,  Sala  de  Casación  Penal,  auto de colisión de  competencia, de 28 de septiembre de 2006, radicación 25830.   

69  Corte  Constitucional, sentencia C-1154/05. En la sentencia C-575/06 recordó lo  dicho en torno al artículo 78 de la Ley 906 de 2004.   

70  Corte Constitucional, sentencia C-575/06.   

71  Vigente   desde   su   publicación   en   el  Diario  Oficial  número  45.040, del día 19 de diciembre de  2002.   

72  Corte Constitucional, sentencia C-591/05. Negrillas agregadas.   

73  Publicada    en    el   Diario   Oficial  número  45.043,  de  23  de  diciembre  de  2002, y por lo tanto  vigente a partir de tal fecha.   

74  Cfr. Corte Constitucional, sentencia C-1154/05.   

75 En  éste  punto ha de advertirse que la Sala Plena de la Corte Suprema de Justicia,  en  providencia  de  5 de julio de 2007, radicación 11-001-02-30-015-2007-0019,  en  ejercicio  de  la  labor  pedagógica  que  le  compete  a  la Corporación,  estableció  límites  y  diferencias  entre el archivo de las diligencias, como  facultad  propia  de  la  Fiscalía  y la preclusión de la investigación, como  potestad exclusiva de los jueces.   

76  Cfr.  Corte Constitucional, sentencias C-708/05 (vigencia de la Ley 906 de 2004)  y C-801/05 (aplicación progresiva del nuevo sistema procesal).   

77  Corte  Suprema  de Justicia, Sala de Casación Penal, auto de segunda instancia,  23 de mayo de 2007, radicación 27213.   

78  Corte Constitucional, sentencia T-731/06.   

79  Corte     Constitucional,     sentencia     T-1130/03,     reiterada    en    la  T-731/06.   

80  Corte Constitucional, sentencia T-048/07.   

81  Corte Constitucional, sentencia T-698/04.   

82  Idem.   

83  Francisco  Rubio Llorente, «Juez y ley desde el punto de vista del principio de  igualdad»,  en  La forma del poder (Estudios sobre la  Constitución),    Madrid,   Centro   de   Estudios  Constitucionales, 1993, p. 680.   

84  Corte Constitucional, sentencias T-355/07 y T-356/07.   

85  Corte Constitucional, sentencia C- 816/04.   

86 Es  el  caso  de  Italia.  Ver al respecto la sentencia 9 de 1959, tesis que ha sido  empero   criticada   por    ciertos  autores  italianos,  para  quienes  el  reglamento debe ser también parámetro de constitucionalidad.   

87 En  el   mismo   sentido,  el  Tribunal  Constitucional  español  ha  utilizado  el  reglamento  de  las  Cámaras  como  parámetro  de  constitucionalidad.  Ver en  particular la sentencia STC 99 de 1987.   

88  Eliseu  Frígols I Brines, Fundamentos de la sucesión  de  leyes  en el derecho penal español, Barcelona, J.  M. Bosch editor, 2004, p. 152.   

89  Véase  Corte  Interamericana  de  Derechos  Humanos,  Caso  de  la Masacre  de La  Rochela   vs.  Colombia,  en  http://www.corteidh.or.cr/casos.cfm   

90  Salvamento   de   Voto,  sentencia  de  tutela  de  27 de julio de 2006, radicación 26424 y Aclaración  de  voto, auto de colisión  de  competencia  de  20  de  junio  de  2007,  radicación  27128 y Adición  de  voto, auto de colisión de  competencia de 20 de junio de 2007, radicación 27566, entre otras.   

91  Sentencia C-370 de 2006.   

92 Ley  270 de 1996.   

93  Autos  de  24/01/07,  radicaciones  26487,  26632  y  26640;  autos de 01/02/07,  radicaciones 26731 y 26717; auto de 11/04/07, radicación 27143.   

94  Página 46, último párrafo.   

95  Aclaración de voto, auto del 24/01/06, radicación 24812.     

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