26929(27-06-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  26929   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrada Ponente:  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

Aprobado Acta No. 109  

Bogotá  D.C., junio veintisiete (27) de dos  mil siete (2007).   

VISTOS  

Se pronuncia la Sala acerca de las exigencias  de  lógica  y  debida  fundamentación  del libelo casacional presentado por el  defensor    de    la   procesada   LEONIZA   ARBOLEDA  BENÍTEZ,  contra  la  sentencia  de segunda instancia  proferida  por  el  Tribunal  Superior  de  Cali  el  29  de septiembre de 2006,  confirmatoria   de   la  dictada  por  el  Juzgado  Quinto  Penal  del  Circuito  Especializado  de  la  misma ciudad el 16 de febrero del referido año, por cuyo  medio   la   condenó   como   autora   penalmente  responsable  del  delito  de  testaferrato.   

HECHOS  Y  ACTUACIÓN  PROCESAL   

Los   hechos   que  dieron  lugar  a  este  diligenciamiento  fueron sintetizados adecuadamente en el fallo de segundo grado  de la siguiente manera:   

“A.- El  29  de  noviembre  de 1993, la señora LEONIZA    ARBOLEDA   DE   BENÍTEZ  –  quien  a  la  sazón se desempeñaba  como  secretaria  privada  del  señor  GILBERTO  RODRÍGUEZ  OREJUELA y afirmó  trabajar  en  la  empresa  Drogas  la  Rebaja de Cali con un salario de $200.000  mensuales-,  celebró  con  el  Banco  de  Colombia,  oficina  Unicentro de esta  ciudad, el contrato de cuenta corriente personal N° 8291-243529-1.   

B.-  En esa cuenta  corriente,  entre los meses de noviembre de 1993 y marzo de 1995, se consignaron  más   de  $2.284.555.000  y  contra  la  misma, su titular giró a diferentes personas naturales y jurídicas  y por diversos conceptos más de 1900 cheques por igual cantidad”   

Con  el  propósito  de  indagar  la posible  ocurrencia  de  una conducta punible, la fiscalía especializada que conoció el  proceso   N°   25.902   contra   Gilberto  Rodríguez  Orejuela  dispuso  compulsar  copia  de  los  aludidos  títulos  y  su  envío  a  un  fiscal  de  la  misma  unidad,  quien asumió el  conocimiento  del  asunto  y  ordenó escuchar en diligencia de indagatoria a la  titular  de  la  cuenta  bancaria  mencionada,  LEONIZA  ARBOLEDA DE BENÍTEZ.   

Como  quiera  que  no  compareció  para  el  cumplimiento  de  dicha  diligencia, su vinculación se concretó mediante   declaratoria  de  persona  ausente.  La situación jurídica le fue resuelta con  medida  de  aseguramiento  de  detención  preventiva  sin  derecho  a  libertad  provisional  como  posible  autora  del  delito  de  enriquecimiento ilícito de  particulares.   

Clausurado  el ciclo instructivo, el sumario  fue  calificado  el 2 de mayo de 2002 con resolución de acusación en contra de  la  procesada  como  presunta  autora  del delito de testaferrato, calificación  jurídica  por  la  que se varió la señalada en la medida de aseguramiento; la  decisión  fue  impugnada  por  la  defensa sin que, por causa del desistimiento  oportuno del recurso, fuera conocida por el superior respectivo.   

La   fase   del   juicio   cuyo   trámite  correspondió  inicialmente  al Juzgado Segundo Penal del Circuito Especializado  de  Cali  en  descongestión,  fue luego asumida por el Juzgado Segundo de igual  especialidad,  despacho  que una vez surtido el rito correspondiente remitió el  proceso  a  su  similar  Quinto de la misma ciudad en virtud de reasignación de  expedientes  derivada  de  la  creación  de este último juzgado. Este despacho  profirió   fallo  el  16  de  febrero  de  2006,  por  cuyo  medio  condenó  a  LEONIZA    ARBOLEDA    DE    BENÍTEZ   a  la  pena  principal  de sesenta (60) meses de prisión y multa de  ciento  noventa  y  siete  millones  cuatrocientos  mil  pesos ($197’400.000)   y   a   la   accesoria  de  interdicción  de  derechos y funciones públicas por un período igual al de la  pena   principal  como  autora  penalmente  responsable  del  delito  objeto  de  acusación.  En  la  misma  decisión  le  fue  negado  el subrogado penal de la  condena   de   ejecución   condicional,  así  como  la  prisión  domiciliaria  sustitutiva de la intramural.   

          Impugnada  la sentencia por la defensa, el Tribunal Superior de Cali  la  confirmó  mediante  fallo  del  29  de septiembre de 2006, el cual es ahora  objeto  de  impugnación  extraordinaria  interpuesta  por  el  defensor  de  la  procesada.   

LA DEMANDA  

El  recurrente formula un reproche contra el  fallo  de  segundo  grado  al  amparo de la causal primera de casación, citando  para  ello  los  artículos 219 y 220 del código penal vigente para la fecha de  los  hechos  objeto de investigación, los artículos 206 y 207 de la Ley 600 de  2000  y  el  artículo 181 de la Ley 906 de 2004 “que  puede   ser   aplicable   en   este   asunto   en   virtud   del   principio  de  integración”.   

Luego  de  realizar  la  reseña  de  las  declaraciones      de      Gilberto     Rodríguez  Orejuela   y  de  Mary  del  Socorro  Contreras  en  lo  atinente a las razones que  determinaron  la  apertura  de  la cuenta bancaria a nombre de la procesada y el  origen  que  éstos  atribuyen  a los recursos consignados allí, precisa que la  sentencia  de primera instancia determinó, sin fundamento en elemento de juicio  anterior  a  noviembre de 2003, que LEONIZA ARBOLEDA DE  BENITEZ  sabía  que  tales  recursos  provenían  de  actividades  ilícitas y que en el fallo de segunda instancia el Tribunal llegó  a  idéntica  conclusión, aunque precisó cuatro hechos indicadores a partir de  los  cuales concluía la existencia de ese específico conocimiento.   

En  punto  de  la  sustentación del recurso  extraordinario,   la   defensa   hace   algunas  referencias  a  los  principios  fundamentales  de  legalidad  y debido proceso que aduce han sido vulnerados por  causa   de   “la   errónea,  infundada  e  injusta  aplicación”   a   los   hechos   que  originan  la  investigación,  del  artículo  6°  del  Decreto  1856 de 1989 que describe el  delito  de  testaferrato,  apreciación que sustenta asegurando que esa conducta  no   se   estructura   en   ausencia   de   su   elemento  tácito  “a   sabiendas”  del  que  no  existe  evidencia,  dado que “en ningún momento se demostró  que  la  señora  LEONIZA  ARBOLEDA  DE  BENÍTEZ tuviera conocimiento concreto,  directo  e  indubitado”  sobre  el  hecho  de que su  empleador  se  dedicaba  en forma exclusiva a actividades de  narcotráfico  para  la  época en que fue su secretaria privada y le ayudó en el manejo de la  cuenta bancaria aludida.   

Explica el demandante que la presencia de ese  elemento  se  concluye  a  partir  de  conjeturas de los falladores, fundadas en  hechos  de  dominio público acaecidos con posterioridad a la realización de la  conducta    que    se    reprocha   a   ARBOLEDA   DE  BENÍTEZ,  como  son,  la  confesión  de Gilberto  Rodríguez  Orejuela  sobre  sus  actividades  delictivas  y la condena que se le impuso por ellas, sucesos que la  procesada  no  podía  avizorar,  razón  por la cual atribuirle su conocimiento  antelado        resulta       “ilógico       y  antinatural”.   

Aduce  que  tampoco  obra prueba que lleve a  concluir  que  los dineros canalizados a través de la cuenta bancaria abierta a  nombre  de  su  poderdante hayan estado vinculados con el quehacer delincuencial  de  Rodríguez  Orejuela,  ni  que  ella  tuviera  la  posibilidad  cierta  de  saber,  antes  de  que éste lo  confesara,  que  las  actividades ilegales eran su principal fuente de ingresos;  menos  aún,  agrega,  hay evidencia que permita descartar que en la cuenta  a   nombre   de   ARBOLEDA   DE  BENÍTEZ  su patrono haya manejado dineros de origen lícito, o que éste le  hubiera  señalado  cualquier  razón  legítima  para  justificar  ante ella la  apertura de la cuenta y el manejo de los recursos.   

Por  tal  causa, los criterios expuestos por  los  falladores  para  predicar  que  la  procesada  conocía la ilicitud de los  dineros   que   manejó   a   nombre   de   Rodríguez  Orejuela  se  ofrecen caprichosos, se fundan en simple  presunción    y    se    generan    en   situaciones   posteriores   al   hecho  investigado.   

También    indica    que   “nada  demuestra  que la señora ARBOLEDA BENÍTEZ haya actuado de  mala  fe”,  con  el conocimiento pleno de que con el  manejo  que  daba  a los dineros de Gilberto Rodríguez  Orejuela  contribuía  a ocultar o disimular su origen ilegal, de manera que  la  conclusión  diferente  a  que llegan los juzgadores es de índole puramente  subjetivo,   producto   no   solo   de   “una  mala  interpretación   de   elementos   probatorios   sino…  de  un  convencimiento  intuitivo,   carente   del   requerido  fundamento  demostrativo”,  en  franco  quebranto  de  los  artículos  246 y 232 “de  los  estatutos  punitivos  anterior  y  actual”  atinentes  a la necesidad de la prueba, además de la prohibición  de la responsabilidad objetiva.   

Con  el  fin  de  precisar el fundamento del  recurso  extraordinario  señala  que  lo  constituye la causal mencionada en el  numeral  1°  del  artículo  207  del  código  de  procedimiento  penal, ahora  vigente,  y  del  220  que  regía  para  la  época  de los hechos, esto es que  “la sentencia sea violatoria de una norma de derecho  sustancial”,   violación   que   concreta   en  un  “error   de   hecho  en  la  apreciación  de  unas  circunstancias  conocidas  –  que  la  señora  laboró  al  servicio del señor  Gilberto  Rodríguez  Orejuela  y  que por encargo de éste manejó a través de  una  cuenta  corriente…  determinado volumen de dinero…-, error  que ha  consistido  en considerar, sin contar con la prueba legalmente requerida para el  efecto,  que  mi  mandante tenía conocimiento de que los dineros cuyo manejo le  confió  el  señor Gilberto Rodríguez Orejuela eran producto de actividades de  narcotráfico”.   

Concluye  indicando  que  la  violación que  alega  se  presenta  porque los funcionarios judiciales, por una parte ignoraron  el  elemento “a sabiendas”  propio  del  delito  de testaferrato y, por otra, emitieron sentencia sin que se  allegara  de manera legal, regular y oportuna la prueba atinente al conocimiento  que  atribuyen  a  la  procesada  respecto  del  origen ilícito de los recursos  consignados  en  la  cuenta bancaria abierta a su nombre. Y, como los juzgadores  simplemente  supusieron  la  existencia  de  elementos  de convicción sobre ese  conocimiento,  se produjo un falso juicio de existencia sobre el ingrediente del  tipo  penal  de testaferrato y se soslayó la obligación de verificar si obraba  prueba de esa circunstancia.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

Inicialmente   impera   señalar  que  las  conductas  investigadas tuvieron ocurrencia entre los meses de noviembre de 1993  y  marzo  de  1995,  esto  es  en  vigencia del decreto 2700 de 1991 derogado de  manera  expresa  por  el  artículo  535  de  la  Ley  600 de 2000 a cuyo amparo  corresponde   tramitar   el   asunto  que  concita  la  atención  de  la  Sala.   

Ahora, los artículos 530 y 533 de la Ley 906  de  2004  disponen,  el  primero,  que “el sistema se  aplicará  a  partir  del  1º  de  enero de 2005 en los distritos judiciales de  Armenia,  Bogotá,  Manizales y Pereira”, el segundo,  que  tal  legislación  “regirá  para  los  delitos  cometidos   con   posterioridad  al  1º  de  enero  del  año  2005”;  por tanto, es claro que si la conducta investigada ocurrió en  la  ciudad  de Cali durante el lapso ya indicado, se rige por la Ley 600 de 2000  y  no  por  la  normatividad  transcrita,  también invocada por el censor en su  libelo    como    fundamento    instrumental    para   interponer   el   recurso  extraordinario.   

          Precisado  lo  anterior,  indispensable  resulta  recordar que en el  análisis  formal  de  las demandas de casación corresponde a la Sala verificar  que  los  recurrentes  formulen  sus reproches con sujeción a los requisitos de  lógica  y  adecuada  argumentación definidos por el legislador y desarrollados  por  la jurisprudencia, a fin de que este recurso extraordinario no se convierta  en  una  tercera  instancia.  Tales  exigencias se orientan a conseguir que los libelos se enmarquen dentro de  unos  mínimos  lógicos  y de coherencia en la postulación y desarrollo de los  cargos  propuestos,  de  suerte  que  resulten inteligibles en cuanto precisos y  claros,  dado que no corresponde a la Sala en su función constitucional y legal  develar  o  desentrañar  el sentido de confusas, ambivalentes o contradictorias  alegaciones de los impugnantes en casación.   

          Examinada  la  demanda que ocupa la atención de la Sala se advierte  que  el  defensor,  en  principio,  fundamenta  su inconformidad en “la   errónea,  infundada  e  injusta  aplicación”   del  artículo  6°  del  Decreto  1856  de  1989  a  los  hechos  investigados,  dado  que  en  su  sentir  no  se  acredita  en  relación con la  procesada  el  elemento  “a sabiendas”    propio    del   delito   de   testaferrato   que   dicha   norma  tipifica.   

          La  censura planteada en los anteriores términos  circunscribe  entonces  el concepto de violación de la norma que cita el recurrente a la vía  directa,  dado  que  el  error  que  se  atribuye  a  la sentencia constituye la  aplicación de esa preceptiva  en   forma  que  califica  de  errónea,  infundada  e  injusta.   

En  ese  marco  conceptual,  tiene  dicho la  Corte,  corresponde al demandante plantear una discusión de carácter puramente  jurídico,  con el propósito de poner en evidencia el error en que incurrió el  fallador  en  la aplicación de una determinada disposición frente a los hechos  probados  en el proceso. Por esta causa, no le es dable al recurrente cuestionar  la  realidad  fáctica  ya  definida dentro del proceso ni la valoración de las  pruebas  que  condujeron  a ella, debiendo entonces sujetarse a una y otra en la  forma determinada en las instancias.   

          El    impugnante   desconoce   este   presupuesto   y   se   limita,  exclusivamente,  a  enunciar  el  concepto  de  la  violación  y  la norma cuya  aplicación  asume  indebida,  limitando el desarrollo de su tesis a un precario  análisis  del  tipo  penal de testaferrato centrado en la premisa de que faltó  la      demostración     del     elemento     “a  sabiendas”, indispensable para que dicha infracción  penal se estructure.   

Esta  situación que, por sí misma, resulta  suficiente  para  que  se  desestime  su demanda, está acompañada de otras que  tienen  idéntica consecuencia. Es así como el censor ignorando el principio de  autonomía  de  las  causales  que  rige  el  recurso  extraordinario,  en  lugar de adentrarse en el análisis  jurídico  que  le  impone  la invocación de la que propone como fundamento del  único  cargo  que  presenta,  esto  es, la aplicación  indebida   del  artículo 6° del Decreto 1856 de  1989  a  los hechos investigados, se desvía hacia consideraciones propias de la  violación indirecta de la ley sustancial.   

Entonces, con el propósito de demostrar que  LEONIZA  ARBOLEDA DE BENÍTEZ  ignoraba  el  origen  ilegal de los dineros que nutrían la cuenta corriente que  abrió     a     su    nombre    siguiendo    indicaciones    de    Rodríguez  Orejuela, cuestiona el criterio  judicial  expresado  en la sentencia para concluir que se asienta en pruebas que  no  obran  en  el  proceso,  supuestas  en  consecuencia por los falladores para  arribar  a  la  demostración del aludido elemento “a  sabiendas”.   

Atendiendo  este  referente  que  traza  el  libelista,  pareciera que su argumentación se orientara a proponer la presencia  del   error   de   hecho   por  falso  juicio  de  existencia  por  suposición,  consideración  que  lo obliga, según señala la reiterada jurisprudencia de la  Corte,  a identificar la prueba imaginada, precisar los hechos que se declararon  demostrados  con  fundamento en ella y señalar su incidencia en la declaración  de   justicia  adoptada  por  el  ad  quem.   

          No  obstante,  tampoco  avanza  en  la  demostración de ese yerro a  través  de  su  efectiva  confrontación con el fallo atacado, de suerte que no  determina  cuál  elemento  de  juicio  fue  creado  por  los  juzgadores,  qué  consideraciones  se  hicieron  respecto  de  él  en la sentencia y cuál fue su  trascendencia,  privando a la Sala de conocer en qué consiste el desacierto que  atribuye  a  la  decisión  atacada  y  convirtiendo la censura, forjada en esos  términos,  en  una  simple  exposición  de  su personal criterio en torno a la  apreciación  que  estima  debe  darse  a  las pruebas allegadas, postura que no  resulta  válida  en  sede  de casación donde lo que se plantea es un juicio de  constitucionalidad  y  legalidad a la sentencia a partir de los yerros cometidos  en ella y no a partir del criterio personal del demandante.   

Se advierte, por otra parte, que el apoderado  recurre  a  cuestionar  los “criterios”   que   se   tuvieron  en  cuenta  para  atribuir  a  la  procesada  conocimiento  en  torno  a la ilicitud de los dineros que manejó por encargo de  Rodríguez  Orejuela,  pero  omite  precisar  a  cuáles “criterios”  se  refiere,  y lo mismo ocurre con sus referencias a “una        mala        interpretación        de        elementos  probatorios”,  planteamientos que se asemejan más a  censuras  a  la  valoración  probatoria  cumplida,  con lo que parece desviarse  hacia  otro  sentido  de  la  violación  indirecta  a  que se refiere la causal  primera,  en  la medida que ellas resultan compatibles con el error de hecho por  falso raciocinio.   

Es  pertinente  señalar que tal yerro tiene  lugar  cuando  al apreciar las pruebas obrantes en la actuación, los juzgadores  extraen  conclusiones que violan las reglas de la sana crítica, caso en el cual  le  corresponde  al  demandante  establecer  qué  dice  concretamente  el medio  probatorio,  qué  se  infirió  de  él  en  la sentencia atacada, cuál fue el  mérito   persuasivo   otorgado,   determinar   el  postulado  lógico,  la  ley  científica  o  la  máxima  de experiencia cuyo contenido fue desconocido en el  fallo,  debiendo  a  la  par  indicar su consideración correcta, identificar la  norma   de   derecho   sustancial   que   indirectamente   resultó  excluida  o  indebidamente  aplicada  y  finalmente,  demostrar  la  trascendencia  del error  expresando  con  claridad  cuál  debe  ser  la adecuada apreciación de aquella  prueba,  con  la indeclinable obligación de acreditar que la enmienda del yerro  daría  lugar a un fallo esencialmente diverso y favorable a los intereses de su  representada, proceder que tampoco acometió el interesado.   

En consecuencia, si su reproche se orientaba  a     demostrar     que    LEONIZA    ARBOLEDA    DE  BENITEZ  fue  condenada  por el delito de testaferrato  aún  cuando  la  prueba aportada no era indicativa de que conociera la ilicitud  de  los  dineros  de  propiedad  de Gilberto Rodríguez  Orejuela  depositados en la cuenta bancaria abierta por  ella,  es  claro  que  el  impugnante  se  limitó  a  dejar apenas planteado el  problema  jurídico,  sin  avanzar  en  la  demostración  del  referido yerro y  tampoco en su trascendencia.   

Ahora, si de conformidad con el principio de  claridad   y   precisión   que   en  este  trámite  rige  la  presentación  y  fundamentación  del  cargo,  corresponde al actor dentro de la violación de la  ley  sustancial,  identificar la especie de error que reprocha y conforme a ello  desarrollar  la  censura,  no  se  aviene  al referido principio que en el mismo  reproche,  se  confunda  la argumentación y acreditación propias de errores de  distinta  especie,  como  ha  ocurrido en este asunto donde si bien se invoca la  indebida  aplicación  de la  norma  se  recurre  para  fundamentarla  a razonamientos sugerentes del error de  hecho  por  falso  juicio  de existencia por suposición y por falso raciocinio.   

          Adicional  a  lo  anterior  se  tiene que si bien el actor considera  violado  el  artículo  232 (necesidad de la prueba), de la Ley 600 de 2000, sin  dificultad  encuentra  la Sala que tal precepto no tienen la condición de norma  sustancial,  en  cuanto  no  define conductas delictivas ni hace referencia a la  punibilidad  o  a  la  responsabilidad,  sino  que  sólo  sirve  como  medio  o  instrumento  para arribar a los fines de las disposiciones sustantivas, falencia  que  se  desentiende  de la preceptiva contenida en el numeral 1º del artículo  207   de  la  referida  legislación,  según  la  cual,  la  casación  procede  “cuando   la   sentencia   sea  violatoria  de  una  norma     de     derecho    sustancial”  (subrayas fuera de texto), cuya cita  resulta   imprescindible   (numeral   3º   del   artículo   212   ejusdem),  razón  de  más  para advertir  incorrecciones   lógicas   y   de   fundamentación  en  la  presentación  del  cargo.   

Es  claro  que  si el libelo de casación no  corresponde  a  un  alegato  de  libre  confección,  su  presentación con base  en   apreciaciones  personales  del  impugnante,  sin  apego  a  las reglas  lógicas  y argumentativas que lo gobiernan, ello comporta el desconocimiento de  la  dual  presunción  de acierto y legalidad con que el fallo impugnado llega a  esta sede.   

Así las cosas, encuentra la Sala que si el  censor  no  ajusta  su  demanda  a  las  exigencias  dispuestas  para postular y  demostrar  el  reproche  que  presenta  contra  el  fallo de segundo grado y, en  virtud  del principio de limitación que rige el trámite casacional la Corte no  se  encuentra  facultada  para enmendar las falencias de aquella, de conformidad  con  lo  dispuesto  en el artículo 213 de la Ley 600 de 2000 se impone de plano  la inadmisión del libelo.   

          Para   concluir   es   necesario   señalar  que  no  se  observa  dentro  del  trámite  o en el fallo objeto del recurso,  violación  de  derechos  o garantías de la  procesada   ARBOLEDA  DE  BENÍTEZ,  como  para que tal circunstancia impusiera  el  ejercicio  de  la  facultad  oficiosa que sobre el particular le confiere el  legislador     en     punto    de    asegurar    su  protección.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE   

         INADMITIR  la  demanda  de  casación  interpuesta  por el defensor de la procesada LEONIZA  ARBOLEDA  DE  BENÍTEZ,  por  las  razones expuestas en la anterior motivación.   

         De  conformidad con lo dispuesto en el artículo 187 del Código de  Procedimiento    Penal,    contra    este    proveído    no   procede   recurso  alguno.   

Notifíquese y cúmplase.  

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                            ÁLVARO   ORLANDO   PÉREZ  PINZÓN   

MARINA   PULIDO   DE   BARÓN                            JORGE    LUIS    QUINTERO  MILANES   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                            JULIO    ENRIQUE    SOCHA  SALAMANCA   

MAURO    SOLARTE   PORTILLA                        JAVIER ZAPATA ORTÍZ                         

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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