26855(06-06-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 26855  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N°  088   

Bogotá,  D.  C.,  seis (6) de junio de dos mil siete (2007).   

V   I   S   T   O  S   

Se  pronuncia la Corte en sede de casación  respecto  de  la  eventual  trasgresión  de una garantía fundamental contra el  procesado   JUAN  CARLOS  BECERRA   AMAYA,  relacionada  con  el  principio  de  legalidad  de la pena accesoria de inhabilitación para el ejercicio de derechos  y  funciones  públicas  impuesta  en  la  sentencia  proferida  por el Tribunal  Superior de Valledupar, fechada el 15 de agosto de 2006.   

H   E   C   H   O  S   

El  Tribunal  Superior  de  Valledupar  los  reseñó, así:   

Los  acontecimientos  fácticos  que dieron  origen  a  esta  acción  penal  tuvieron  su  desarrollo  y  cumplimiento en el  corregimiento  Los Tupes, jurisdicción del Municipio de San Diego, Departamento  del  Cesar,  en las primeras horas del 30 de mayo de 2001, donde llegó un grupo  de  aproximadamente  de  quince  hombres  armados  disparando  armas  de fuego y  lanzando  granadas  y  petardos contra tres casas del citado caserío, inmuebles  que  quedaron totalmente destruidos por la acción de las llamas, comportamiento  que  se ejecutaron en forma insensible, sin el menor escrúpulo, sin importar la  suerte  que  corrían  los moradores de dichas viviendas, como fue el caso de la  residencia  denominada casa grande, donde murieron varios niños menores de diez  años.   

“Las tres viviendas que fueron objetivo de  los  ataques  terroristas son: la de la familia Suárez Camargo, donde perdieron  la  vida: Gala Marcelina Camargo, Odis Elena Suárez Camargo, su hijo de escasos  cinco  años  Moisés  Andrés  Suárez  Camargo,  y  Wilson Martínez, alias el  indio,  quien  ocasionalmente  había llegado allí. En esta casa quedaron vivos  Líder Ramón y Tatiana Suárez Camargo.   

“En  la  vivienda  denominada casa grande  perdieron  la vida quedando sus cuerpos incinerados los niños: Deimer José, de  doce  años, Dainer Antonio, de nueve años, Darlenis Zuliana, de cinco años, y  Dayanis  Silellis  Reyes  Pérez,  de  once  años  de  edad.  En dicha vivienda  lograron  sobrevivir  la  madre  de los menores de edad, señora Marelis Pérez,  quien   quedó   gravemente   herida.  Luis  Torres  y  Pedro  Mendoza  lograron  escapar.   

“En  la  casa  de Braulio Torres hicieron  varios  disparos  de arma de fuego, violentaron la puerta de acceso al inmueble,  ya  que  el  grupo  armado iba en busca de este señor, quien logró huir por la  parte  de  atrás  de  la  casa.  Allí  sólo  se  presentaron  algunos  daños  materiales, pero su familia resultó ilesa.   

“Conforme a la prueba testimonial que obra  en  autos,  el grupo de hombres armados llegó y salió del citado corregimiento  a    pie    durando    el    ataque    aproximadamente    una   hora”.   

ACTUACIÓN    PROCESAL   

Abierta la correspondiente investigación y  escuchado  en  indagatoria,  entre  otros,  Juan Carlos Becerra Amaya, la Fiscal  Octava   de   la   Unidad   Delegada   ante  los  Jueces  Penales  del  Circuito  Especializado,  le  resolvió  la situación jurídica, el  3 de julio y el  21  de septiembre de 2001, con medida de aseguramiento de detención preventiva,  por  los  delitos de concierto para delinquir, daño en bien ajeno, homicidio en  grado de tentativa y homicidio agravado.   

Cerrada  la  investigación, el mérito del  sumario  se  calificó,  el  11  de junio de 2002, por un Fiscal de la Unidad de  Derechos  Humanos  de Bogotá, con resolución de acusación, en contra  de  Juan  Carlos Becerra Amaya,  Luis  Alberto  Bermúdez  Torres  y  Mauro Enrique Torres Bolaños  por las  conductas  punibles  de  homicidio  agravado,  homicidio  agravado  en  grado de  tentativa,  concierto  para  delinquir y daño en bien ajeno, providencia que al  ser  recurrida  fue  confirmada  el  15 de agosto de 2002 por la Unidad Delegada  ante el Tribunal Superior de la misma ciudad.   

La  etapa del juicio la tramitó el Juzgado  Penal  del  Circuito  Especializado  de  Valledupar que, el 23 de junio de 2004,  dictó  sentencia  de  primera  instancia  en  la  que  condenó  a Juan  Carlos  Becerra Amaya, Luis Alberto  Bemúdez  Torres  y  Mauro  Enrique  Torres  Bolaños  a la pena principal de 40  años   de  prisión  y a la accesoria de inhabilitación para el ejercicio  de derechos y funciones públicas por el término de 20 años.   

Apelado  el  fallo  por   la    defensa,    el    Tribunal    Superior   de   Valledupar,  mediante   sentencia   del  15  de  agosto  de  2006,  lo  confirmó en su integridad.   

CONCEPTO   DE   LA  PROCURADORA SEGUNDA   

DELEGADA PARA LA CASACIÓN PENAL  

Dice  que  es  evidente  que  la  Sala debe  intervenir  en  procura de restablecer el derecho vulnerado a los procesados con  el  fallo, en la medida en que no es posible que se impongan sanciones por fuera  de los límites consagrados en la Constitución y en la ley.   

Anota  que  en  el  evento  que  ocupa  la  atención  de  la Corte, el artículo 44 del Decreto Ley 100 de 1980, modificado  por  el artículo 3° de la Ley 365 de 1997, legislación vigente para la época  de  ocurrencia  de  los hechos, comportaba un límite máximo de duración de la  pena  accesoria de diez años, “ pero en su lugar el  sentenciador  impuso una sanción mayor a la allí establecida, la estipulada en  el  inciso  primero  del artículo 51del C. Penal de 2000 que permite un máximo  de  20  años,  vigente  para el momento en que se dictó la sentencia de primer  grado”.   

De   esa   manera,  al   imponerse     la     citada     pena    accesoria    de  inhabilitación      para      el     ejercicio     de   derechos     y     funciones     públicas    por   un   término    superior   al   contemplado   en   la   normatividad   aplicable   para cuando  se  cometieron   los   hechos,  se  vulneraron  los  principios  de  legalidad         y         favorabilidad,        “lo     que    hace    procedente    casar   parcialmente   la   sentencia      del      Tribunal      Superior      de   Valledupar   para   que   dicha  sanción  s e imponga   dentro    de    los    límites    previstos   en   el         Código        Penal        de        1980”.   

Por  lo  expuesto, depreca a la Corte casar  parcialmente  la  sentencia  impugnada  y,  en  su  lugar,  rebajar  la sanción  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  dentro   de  los límites establecidos en el Decreto- Ley 100 de  1980.   

CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

Examinada la sentencia condenatoria dictada  por  el  Tribunal  Superior de Valledupar, el 15 de agosto de 2006, en la que se  condenó   a   Juan   Carlos   Becerra  Amaya,  Luís  Alberto  Bermúdez  Torres  y  Mauro  Enrique Torres  Bolaños,  violó el principio de legalidad de las penas respecto de la sanción  accesoria,  toda  vez  que  la  inhabilitación  para el ejercicio de derechos y  funciones  públicas  que  le  fue  impuesta  por  un  lapso  igual de 20 años,  excedió  los  diez  años  que sobre dicha sanción contemplaba el artículo 44  del  Decreto  100  de  1980,  norma  esta  última  vigente  para  la  época de  ocurrencia   de  los  hechos  juzgados  y  aplicable  por  ser  más  favorable.   

Ante esa situación y teniendo en cuenta que  de  conformidad  con  lo  preceptuado  en  el  artículo  29 de la Constitución  Política,  “nadie podrá ser juzgado sino conforme  a  leyes  preexistentes  al  acto que se le imputa”,  norma  que  contempla  el  principio  de legalidad de las penas y, por lo mismo,  protege  la  libertad  individual  frente a la arbitrariedad de los funcionarios  judiciales  y garantiza los principios de seguridad jurídica y de igualdad ante  la    ley,1  surge  claro que la pena accesoria que se le impuso, entre otros,  a  Juan Carlos Becerra Amaya  vulneró el citado principio de legalidad.   

En efecto, el artículo 52 del Código Penal  de  1980, norma aplicable, como se dijo, por ser más favorable la consagrada en  la  Ley  599  de  2000,   establecía  que la pena de prisión implicaba la  accesoria  de  interdicción  de  derechos y funciones públicas por un período  igual  al  de  la  pena  principal,  pero,  a  su  vez, el artículo 44, ibidem,  señalaba que su duración máxima era de diez (10) años.   

En  otros  términos,  la pena accesoria de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas  debía  ser  igual a la de  prisión,  pero  si ésta era superior a diez (10) años, la de interdicción no  podía  franquear  ese  límite,  parámetro  este  último  que  sin  duda  fue  desconocido  por  el  juzgador  de  segunda  instancia,  conllevando  así  a la  violación del principio de legalidad de dicha pena.   

Por lo tanto, compartiendo el criterio de la  Procuradora  Delegada, la Sala, haciendo uso de las facultades conferidas por el  artículo   216   del   Código  de  Procedimiento  Penal  (Ley  600  de  2000),  casará    oficiosa  y  parcialmente  el  fallo  de  segundo  grado  y,  en  consecuencia,  disminuirá  a diez (10) años la pena accesoria de interdicción  de   derechos  y  funciones  públicas,  hoy  llamada  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas,  impuesta al citado procesado.   

Finalmente,  la  Corte  hará  extensivo el  fallo  de  casación  a  los  coprocesados Luis Alberto Bermúdez y Mauro Torres  Bolaños,  de  acuerdo  con  lo  que  preveía el artículo 229 de la Ley 600 de  2000,  en  la  medida  en  que  ellos  también  se presenta dicha situación de  facto.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA  DE  CASACIÓN  PENAL, administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la ley,   

R   E  S  U  E  L  V  E   

1.           CASAR   oficiosa   y   parcialmente  la  sentencia    impugnada    y,    en   consecuencia,   condenar   a   Juan  Carlos  Becerra Amaya, Luis Alberto  Bermúdez  Torres  y  Mauro  Enrique  Torres  Bolaños  a  la  pena  accesoria de interdicción de derechos y  funciones  públicas  por el término de diez (10) años, conforme a lo expuesto  en esta providencia.   

2.          PRECISAR  que  las  restantes decisiones  adoptadas en el fallo impugnado se mantienen incólumes.   

3. Contra esta decisión no procede ningún  recurso.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen. Cúmplase.   

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                                           ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

Aclaración de voto  

MARINA   PULIDO   DE   BARÓN                                          JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                          JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

MAURO   SOLARTE   PORTILLA                                             JAVIER  ZAPATA ORTÍZ   

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria  

ACLARACIÓN DE VOTO  

Como  lo señalé en la aclaración de voto  al  auto  del  18  de  abril  de  2007,  aquí  obrante,  hoy  en día existe la  posibilidad   de   “superar  los  defectos  de  la  demanda” para realizar pronunciamiento de fondo por  posible  vulneración  a  garantía  fundamental,  pues  así  se  prevé  en el  artículo  184,  inciso  tercero, de la Ley 906 de 2004, a raíz precisamente de  los   fines   de   la  casación,  cuales  son  “la  efectividad   del  derecho  material,  el  respeto  de  las  garantías  de  los  intervinientes,  la  reparación  de  los  agravios  inferidos  a  éstos  y  la  unificación  de  la  jurisprudencia” (artículo 180  ibídem),  para  lo  cual  ha  de tenerse en cuenta la fundamentación que en la  demanda  se haga de los mismos, la posición del impugnante dentro del proceso y  la   índole   de   la   controversia   planteada,   todo   lo   cual   permite,   itero,   superar  los  defectos  de  la  demanda.   

En  lo  que  no  estoy  de acuerdo, y es el  objeto  de  la  presente  aclaración  de  voto  al  fallo  emitido dentro de la  presente  actuación, es en que se haya dispuesto el traslado de la actuación a  la  Procuraduría  General  de  la Nación para la emisión de concepto sobre la  posible  vulneración  a  garantía  fundamental del sujeto pasivo de la acción  del  Estado,  ya  que  esto  sólo es procedente cuando la demanda satisface los  requisitos  formales  (artículo  213,  Ley  600  de 200), pues el concepto debe  versar  sobre  los  cargos  admitidos, motivo por el cual al no haberse aceptado  ninguno  resultaba innecesario el traslado, por lo que lo procedente era haberse  pronunciado  inmediatamente  sobre  el punto en la misma providencia inadmisoria  de  la  demanda,  para  de  esta manera dar aplicación al principio de pronta y  cumplida  administración  de justicia, consagrado en el artículo 4º de la Ley  270 de 1996.   

En  torno  a  este  tema,  cabe agregar que  cuando  la  Corte  entra  a proferir una sentencia de casación, es porque se ha  observado    el    debido    proceso    propio   del   medio   de   impugnación  extraordinario.   Así,  ha  debido interponerse contra el fallo de segunda  instancia  dentro  del  término  oportuno, el tribunal lo concedió, la demanda  fue  presentada  en  el  término  de traslado para el efecto, se tuvo que haber  corrido,  así  mismo,  el  traslado  para  los  no  recurrentes; de igual modo,  llegada  la  actuación a esta Corporación, se examinó la demanda, se declaró  ajustada  y  ordenó  el  traslado  al  Procurador Delegado para que conceptuara  sobre el mérito de la misma.   

De  esa  forma, digo, la Corte regularmente  asume  de  plano la competencia que tiene como Tribunal de casación para emitir  la  sentencia  que  sea  del  caso de acuerdo con los términos planteados en la  demanda.   Por  ministerio  de  la  Ley tal competencia se puede extender a  aspectos  no  tratados  en  la demanda, cuando quiera que encuentre un motivo de  nulidad  o  afectación  a  las  garantías de los sujetos procesales (artículo  216).   

No  han  sido pocos los casos en los que la  Corte  se ha visto precisada, después de haberse surtido el comentado trámite,  a  casar  de  oficio  una sentencia de segundo grado al advertir la presencia de  cualquiera  de  esas  eventualidades,  incluso, sin que el agente del Ministerio  Público la hubiera detectado al rendir su concepto.   

Entonces, si así ha procedido, es decir, si  ha  casado  de  oficio sin contar ni conocer la opinión del Procurador Delegado  sobre  un  aspecto que sólo emergió a ojos de la Corte al momento de dictar la  sentencia  de  casación,  no encuentro razón atendible para que al estudiar si  la  demanda  de  casación  reúne los requisitos de admisibilidad y después de  inadmitirla  ante  la  carencia  de tales requisitos, se dé lugar a un trámite  que la ley no prevé.   

En  otras  palabras, si según el artículo  216  de  la  Ley 600 de 2000 el presupuesto para casar de oficio es que la Corte  perciba  que  la sentencia se profirió dentro de un juicio viciado de nulidad o  porque   la   misma   atenta   de   manera   ostensible  contra  las  garantías  fundamentales,  es  decir,  si ya advirtió la falla al examinar preliminarmente  la  demanda  que  se va a inadmitir, pregunto ¿para qué traslado al Ministerio  Público?   

Creo,  al  contrario,  que  frente  a  esa  circunstancia,  el  sentido  del  artículo  en  cita  consiste  en habilitar la  competencia  de  la Corte para que profiera sentencia de oficio por fuera de los  derroteros  de la demanda, bien sea coetáneamente con la inadmisión de ésta o  después  de  agotado el debido trámite casacional si es que el libelo llegó a  ser admitido.   

Por  último,  debo ser enfático en que el  ejercicio  de  la  facultad  oficiosa que la ley le otorga a la Corte para casar  una  sentencia  de  segunda  instancia  si  percibe  alguna  de  las condiciones  señaladas  en  el  artículo  216  de  la  Ley  600 de 2000, no abre paso a una  tercera  instancia, ni se asimila a un ámbito de plena jurisdicción, a modo de  consulta,  como  para  que  pueda estimarse que tiene la gracia de decidir sobre  todos  los  aspectos  fácticos  o jurídicos tratados en el fallo o examinar el  completo andamiaje procesal.   

En  tal  evento, el legislador estatuyó un  plus  de  protección  a las garantías fundamentales al asignarle a la Corte la  misión  de  reparar  ostensibles  agravios  a  la  estructura del proceso o las  garantías  debidas a los sujetos procesales, por manera que su campo de acción  no  es  ilimitado sino el apenas necesario para introducir el correctivo que sea  del caso.   

En cuanto sentencia de casación la que así  produzca,  desde  luego,  como  cualquier  otra de la misma naturaleza, también  debe  propender  por  el cumplimiento de los fines que la Constitución y la ley  le  asignan a esa sede extraordinaria:  hacer efectivos el derecho material  y  las  garantías  de  las  personas que intervienen en la actuación penal, la  unificación  de  la  jurisprudencia  nacional  y la reparación de los agravios  inferidos a las partes con el fallo.   

No  son  más,  pero  tampoco  menos,  los  límites  que  tiene  la  Corte  en  el ejercicio de la atribución que tiene de  casar  de  oficio  la sentencia.  La ineludible e imperativa observancia de  ellos  garantizará  que  la  casación  no  pierda  su  naturaleza de instituto  procesal  extraordinario,  que  se  desarrolla  por  fuera  de  las  instancias,  técnico  y  especializado,  y  que  no  mute  en  simple escenario para revivir  controversias  ya  agotadas  o  para  prolongar, en desmedro de la celeridad que  debe   observar  la  administración  de  justicia,  la  discusión  de  asuntos  resueltos  en  una  sentencia  judicial  que  se  presume acertada y emitida con  arreglo al ordenamiento jurídico.   

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Magistrado  

Fecha    ut  supra.   

    

1  Casación 23491 del 8 de junio de 2005.     

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