26855(18-04-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 26855  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado    acta    N°    053   

Bogotá,    D.    C.,    dieciocho (18) de abril de dos mil siete (2007).   

V   I   S   T   O  S   

Procede   la   Corte   a   calificar  los  presupuestos  lógicos  y  de  debida  argumentación de la demanda de casación  presentada   por   el   defensor   de   JUAN  CARLOS  BECERRA  AMAYA.   

A  N  T E C E D E N T E  S   

Los  hechos  fueron  sintetizados  por  el  juzgador de segundo grado de la siguiente manera:   

“Los  acontecimientos  fácticos  que  dieron  origen a esta acción penal tuvieron su  desarrollo  y  cumplimiento  en  el  corregimiento  Los Tupes, jurisdicción del  Municipio  de San Diego, Departamento del Cesar, en las primeras horas del 30 de  mayo  de  2001,  donde llegó un grupo de aproximadamente quince hombres armados  disparando  arma  de  fuego y lanzando granadas y petardos contra tres casas del  citado  caserío, inmuebles que quedaron totalmente destruidos por la acción de  las  llamas, comportamientos que se ejecutaron en forma insensible, sin el menor  escrúpulo,  sin  importar  la  suerte  que  corrían  los  moradores  de dichas  viviendas,  como  fue  el  caso  de  la residencia denominada casa grande, donde  murieron     varios     niños     menores     de     diez     años.   

“Las   tres  viviendas  que  fueron objetivo de los ataques terroristas son: la de la familia  Suárez  Camargo,  donde  perdieron  la vida: Gala Marcelina Camargo, Odis Elena  Suárez  Camargo, su hijo de escasos cinco años Moisés Andrés Suárez Camargo  y  Wilson  Martínez, alias el indio, quien ocasionalmente había llegado allí.  En  esta casa quedaron vivos Hilder Ramón y Tatiana Suárez Camargo.   

“En la vivienda  denominada  casa  grande  perdieron la vida quedando sus cuerpos incinerados los  niños:  Deimer  José,  de doce años, Dainer Antonio, de nueve años, Darlenis  Zuliana,  de  cinco  años,  y  Dayanis  Silellis Reyes Pérez, de once años de  edad.  En  dicha  vivienda  lograron sobrevivir la madre de los menores de edad,  señora  Marelis  Pérez,  quien  quedó  gravemente herida.  Luis Torres y  Pedro Mendoza lograron escapar.   

“En la casa de  Braulio  Torres hicieron varios disparos de arma de fuego, violentaron la puerta  de  acceso  al  inmueble,  ya  que  el grupo armado iba en busca de este señor,  quien  logró huir por la parte de atrás de la casa. Allí sólo se presentaron  algunos   daños   materiales,   pero   su  familia  resultó  ilesa.   

“Conforme a la  prueba  testimonial  que  obra  en  autos,  el grupo de hombres armados llegó y  salió  del  citado  corregimiento  a pie, durando el ataque aproximadamente una  hora”.   

2.   El  Juzgado  Penal  del  Circuito  Especializado  de  Valledupar,  mediante  sentencia  del  23  de  junio de 2004,  condenó     a    los  procesados  Juan  Carlos  Becerra  Amaya,  Luis  Alberto Bermúdez Torres y Mauro Enrique Torres Bolaños a  las  penas  principales  de  40  años  de  prisión  y  multa de 2.250 salarios  mínimos   legales   mensuales   y   a  la  accesoria   de  “inhabilidad  para  el  ejercicio  de derechos y funciones públicas  por  un período de 20 años”, como coautores de los  delitos     de:     i)     homicidio     múltiple  agravado,  ii)  homicidio  múltiple   agravado  en  grado  de  tentativa,  iii)  concierto  para delinquir y  iv)  daño  en  bien ajeno,  este  último  sólo  atribuido a los dos primeros, conductas punibles imputadas  en  la  resolución  de  acusación,  la  cual cobró ejecutoria el 15 de agosto de 2002.   

3.  Apelado el fallo por los defensores  de  los procesados, el Tribunal Superior de Valledupar, el 15 de agosto de 2006,  lo  confirmó  en  su  integridad,  determinación contra la cual el defensor de  Juan  Carlos  Becerra Amaya  interpuso   recurso   extraordinario   de   casación,  habiendo  presentado  el  correspondiente libelo.   

Las  diligencias  llegaron  a  la  Corte el  pasado 31 de enero.   

LA     DEMANDA     DE   CASACIÓN   

Con  base en el cuerpo segundo de la causal  primera  de casación, el libelista acusa a los juzgadores de instancia de haber  incurrido   en   violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  toda  vez  que  “cometieron  plurales  errores  de  hecho sobre los  medios  de  prueba,  por  suposición  de  medio de convicción (falso juicio de  existencia),  por  haber  tergiversado  el  sentido fáctico de varios medios de  prueba  (falso  juicio de identidad), por tergiversación de los cursos lógicos  que  impedían  la  deducción  de  la  inferencia  del hecho indicado del hecho  indicador  tomado  (falso  raciocinio)  y por otorgarle poder suasorio cuando el  mismo  no  tenía  capacidad conclusiva”, yerros que  condujeron  a  la aplicación indebida de los artículos 103, 104, numerales 7°  y  8°, 340, 265 y 27 del Código Penal y falta de aplicación de artículo 7°,  inciso  2°,  ibidem,  y  desconocimiento de los artículos 232, 234, 235, 238 y  274 del Código de Procedimiento Penal.   

Luego de conceptuar sobre la presunción de  inocencia,  el  in  dubio  pro  reo  y  la  certeza, para lo cual transcribe las  correspondientes  normas  constitucionales y legales y cita a unos doctrinantes,  afirma  que  en  este caso “fueron varios principios  que  formando  parte  del  debido proceso fueron vulnerados, porque se violó el  principio  de  la  investigación  integral,  se  dejaron  de analizar medios de  convicción”  que  fueron  oportuna  y  legalmente  allegados  al  expediente,  se  valoraron otros “que  fueron  producidos  irregular  o  ilegalmente”,  se  apreció  “varias veces un mismo indicio para tratar  de   demostrar  una  mayor  fortaleza  probatoria”,  “se  aceptaron  indicios  como  graves  cuando  son  perfectamente   contingentes,   se  construyeron  indicios  indebidamente  y  se  violaron      las      reglas      de      la      sana     crítica”.   

Asevera que el Tribunal apoyó el juicio de  responsabilidad  penal  de  su  defendido  en las declaraciones de Hilder Ramón  Suárez  Camargo  y del menor Osnaider Reyes Pérez,  medios de convicción  que  unidos a otros le permitió deducir los siguientes indicios: el móvil para  delinquir,  pues “se conocía la enemistad entre los  ciudadanos    y   las   amenazas   que   se   habían   entrecruzado”,  el  de  mentira,  por  cuanto  el  procesado  “negó  su  participación en los hechos y de haber indicado que ese  día   departió  con  unos  amigos  hasta  la  media  noche  en  la  ciudad  de  Valledupar”,    y    el    de    “las  supuestas  manifestaciones  posteriores  al  hecho punible que  estimó      probadas      por      los      informes     policiales”.   

Frente a aquellas conclusiones del juzgador,  las  cuales  considera  producto  de  una  errada  apreciación de los medios de  convicción,   el   libelista   sostiene   que  en  el  proceso  “no     existe     prueba    directa    que    incrimine” a su procurado.   

A  continuación, como estima que la prueba  indiciaria  requiere  de “una forma técnica para su  elaboración”,  procede  el  actor  a  plasmar  en  extenso   varias   conceptos   doctrinales   y  jurisprudenciales  al  respecto,  incluyendo     temas     como    “los    indicios  probados”,  “el  hecho  presunto     o     aparente”,    “el   enlace   entre   hecho   base   y  hecho  presunto”,    “la   motivación”,  “el  indicio  relacionado con la  regla   de   la   experiencia”  y  “el  respeto  de la inferencia lógica”,  conceptualización  que  le  permite  colegir  que las conclusiones del Tribunal  sobre   las   cuales  edificó  la  condena  de  su  procurado,  “son  meras  conjeturas  o simples sospechas de hechos que no pueden  ser  llamados  indicios  y  de los cuales no es posible defenderse, atentándose  así    contra    el    derecho    a    controvertir    la    prueba”.    

Refiere  que  en  cuanto al primer indicio,  esto  es,  el  móvil  para  delinquir, fundamentado en el hecho de una evidente  enemistad,   considera   que   “no   se  encuentra  suficientemente  demostrada por plurales medios de convicción, pero el hecho de  que  la  misma  se  acepte  como  probada, no puede de manera ligera llevar a la  conclusión  que  la  misma  constituye  un  indicio de móvil para delinquir ni  mucho  menos  que  el mismo acepte la calificación de indicio grave”.   

Igualmente,  dice  que  si  bien el ad quem  calificó  la  mayoría de los indicios como graves y otros como leves, de todas  maneras  no  se detuvo a precisar cuáles fueron los graves y cuáles los leves,  ni determinó las diferencias entre unos y otros.   

Por   ello,  seguidamente  dedica  varios  párrafos  de  la demanda a consignar, desde el punto de vista doctrinal, lo que  son  indicios  graves y leves y sus diferencias, estudio que lo lleva a concluir  que  en  este  caso  se transgredieron los postulados de la sana crítica, yerro  que condujo a desconocer la aplicación del in dubio pro reo.   

En cuanto al indicio de mentira, el cual se  hizo  consistir  en  el hecho de que el procesado hubiese negado la presencia en  el  lugar de los hechos y manifestar que se encontraba en Valledupar departiendo  con   unos   amigos  hasta  la  media  noche,  considera  que  se  presentó  un  “error    de    hecho   por   falso   juicio   de  identidad”,   generado   en   la   “tergiversación  probatoria del medio fáctico con el que se da por  demostrado   el   hecho  indicador”,  esto  es,  la  indagatoria de su defendido.   

“El procesado en  su  indagatoria afirma no haber estado en el lugar de los hechos, manifiesta que  sí  conoce a la población, pues es de esa población y conoce a sus moradores,  de  la  misma  manera  que  no  negó  en ningún momento el conocimiento de los  hechos  por  radio  al día siguiente de la ocurrencia de los hechos.   

“La deformación  probatoria  es  evidente  al  constatar  lo afirmado por nuestro defendido en su  indagatoria.  Nuevamente  el  sentenciador  de  segunda  instancia incurre en un  grosero  y  evidente  error  in  iudicando  por  falso  juicio  de identidad por  distorsión,  o  alteración  de  al  prueba,  a  la  que se pone a decir lo que  realmente  ella  no  dice,  porque mientras nuestro defendido reconoce conocer a  los  moradores  de  esa  región  por  ser  de  allí,  el  sentenciador  no  le  cree    y    lo    tacha    de   mendaz”. (se destacó).   

En  fin,  en  su  opinión  no  existe  el  denominado  indicio  de  mentira,  pues  se trata tan solo de un “hecho  contingente  que no da certeza de lo que se pretende dar por  probado”,  error  que  de  no  haber sido cometido,  necesariamente    el    fallo   hubiese   sido   absolutorio   fundado   en   la  duda.   

A   continuación,   cambiando   de  tema  probatorio,   arguye  que  el  informe  de  policía  se  rindió  con  base  en  “los     comentarios     callejeros”,   constituyéndose   el   “rumor  público  en un verdadero atentado contra todas las reglas técnicas que regulan  la  prueba”. Por ello, le parece incomprensible que  el  sentenciador  le  de  crédito  a  un  informe fundado en el “comentario  callejero”, según el cual  su defendido participó en los hechos investigados.    

Refiere que por tal razón la jurisprudencia  ha  “desconocido a los informes policiales cualquier  capacidad   probatoria”,   para  lo  cual  cita  y  transcribe  de  manera  extensa  varios  textos  jurisprudenciales y comentarios  doctrinales,  documentos  que  le  sirven  para  reiterar  que  los  mencionados  informes    “no    tienen    ninguna    capacidad  probatoria”,   pues,   reitera,   contienen  datos  obtenidos  de terceras personas, quienes “ofrecieron  a    los    agentes    declaraciones    informales    sin    la   gravedad   del  juramento”,    las    cuales    se   reducen   al  “rumor    público    o    callejero”,  rumores  que  por  la  forma  como  fueron  recogidos por los  policiales,  conllevó  a  la  transgresión del debido proceso, toda vez que la  defensa no contó con la oportunidad de contradecirlos.   

Por  consiguiente,   afirma  que  el  informe  de  policía  FGN-C.T.I.  N°  002  del  8  de  junio de 2001 carece de  capacidad    probatoria,   pues   no   sólo   se   funda   en   “rumores”,  sino  que también contiene  “versiones  del  común  de  la  gente”,  situación  que “es todavía más  grave  si  se  tiene  en cuenta que se trata de un informe mentiroso”.   

Concluye     que     “como  lo  que  se  censura es que se dan por probadas unas amenazas  cuando  no  están,  se  entiende  probado  un  hecho indicador que con el rumor  público  y con un informe de policías que recoge este mismo rumor y siendo que  ello  no  es  prueba,  como  consecuencia  la  demostración del hecho indicador  (comentarios  posteriores  al  delito)  corresponde a una suposición probatoria  censurable  vía  error  de  hecho  por  falso  juicio de existencia”.   

No obstante, dice que subsidiariamente acusa  “el  error  de  hecho  por  falso  raciocinio en la  apreciación  de  la  prueba  que  demuestra  el  hecho indicador del indicio de  comentarios  posteriores  al  delito”,  pues, en su  criterio,   “no  se  encuentra  probado”,    máxime    cuando    es    evidente    la   “precariedad  de la prueba de referencia como son los declarantes de  oídas”,   además   de   que  es  “irregular  el comportamiento del detective que se prestó para esta  farsa”, sin olvidar que la declaración que rindió  Hilder   Ramón   Suárez   Camargo   fue  recibida  de  manera  “irregular”,   toda   vez  que  en  su  práctica  se desconocieron todas las garantías propias del debido proceso, sin  olvidar     que     sus     afirmaciones     también     son    “mendaces”.   

En   fin,   reitera  que  “los  supuestos  indicios demostrativos de la responsabilidad no son  verdaderos  indicios”  y, además, el testimonio de  Hilder Ramón es cambiante y mendaz.   

En  esas  condiciones,  considera  que  los  errores  en  que incurrió el Tribunal son evidentes y protuberantes, yerros que  de  no  haberse  cometido  necesariamente se hubiese abierto paso a la sentencia  absolutoria.   

Ahora  bien, asevera que de no aceptarse la  absolución  de  su procurado con base en su no participación en los hechos, de  todos  modos  “debe  acudirse  a la aplicación del  principio  denominado  in  dubio  pro  reo,  puesto que lo único verdaderamente  demostrado  es la lamentable muerte violenta de sendas personas de la población  de  los ‘Tupes’,  pero  no  ocurre  lo  mismo con la  presunta  participación  de  mi  representado,  pues  la  prueba recogida en su  contra  es  totalmente deficiente, por no decir que inexistente, sin la densidad  para  sustentar una sentencia de condena, insuficiente para lograr desvirtuar el  principio de presunción de inocencia”.   

Luego de hacer unas referencias conceptuales  alrededor   de   la   presunción  de  inocencia,  para  lo  cual  cita  a  unos  doctrinantes,  finaliza solicitándole a la Corte casar el fallo impugnado y, en  su   lugar,   absolver  a  su  defendido  dando  aplicación  a  la  duda.    

CONSIDERACIONES   DE   LA   CORTE   

Ante todo es imperioso recordar una vez más  que  la  casación  es  un recurso de naturaleza extraordinaria y rogada, motivo  por  el  cual  el  legislador  estatuyó  las  causales  por  las cuales resulta  procedente  atacar  la presunción de acierto y legalidad con que viene amparada  la  sentencia  a  esta sede. De igual modo, dada las citadas características de  la  impugnación,  también  la  legislación  procesal  contempla  los mínimos  presupuestos formales que debe cumplir el libelo.   

Por  ello, como lo tiene dicho la Corte, la  demanda  de  casación  no  es  de  libre formulación, razón por la cual no es  procedente  hacer cualquier clase de cuestionamiento a una sentencia que por ser  la  culminación  de  un  proceso  está amparada, como se indicó, por la doble  presunción  de  acierto  y  legalidad,  sino  que debe ser un escrito lógico y  sistemático  en el que sólo es permitido denunciar los errores cometidos en el  fallo,  al  tenor  de  los motivos expresa y taxativamente señalados en la ley,  demostrarlos   dialécticamente  y  evidenciar  su  trascendencia  en  la  parte  dispositiva del mismo.   

Por ende, el éxito de la censura no depende  de  lo  extenso  o  sugestivo  del  discurso  plasmado en la demanda, sino de la  argumentación  técnica que conlleve, de manera lógica, precisa y coherente, a  la  demostración de que la sentencia es ilegal, por haber incurrido el juzgador  en evidentes vicios de juicio o de procedimiento.   

En    esas   condiciones,   se     hace    necesario    verificar    si    la   demanda   de  casación   presentada   a  nombre   del   procesado    Juan    Carlos   Becerra  Amaya  reúne  los  presupuestos   formales   para   su  admisibilidad,  de  acuerdo   con   lo  estipulado  en  el  artículo  212   del  Código  de Procedimiento  Penal.   

El     defensor     del   sentenciado,   al   amparo   del  cuerpo  segundo   de   la  causal  primera  de  casación,  formula   un   único  cargo  contra  la sentencia  dictada   por    el    Tribunal   Superior   del   Distrito   Judicial  Valledupar,  toda  vez  que,  en  su criterio, incurrió en violación  indirecta  de  la  sustancial,  por error de hecho generado en falsos juicios de  existencia  por  suposición,  de  identidad  y  raciocinio,  yerros  que, en su  criterio,  recayeron  en  los  indicios  que  construyó  el  juzgador,  a saber  “el     móvil     para    delinquir”,   “el   de   mentira”    y   el   de   “las   supuestas  manifestaciones   posteriores  al  hecho  punible”.   

Así, en cuanto al primer indicio, esto es,  el   móvil   para   delinquir,  fundamentado  en  el  hecho  de  una  enemistad  “entre  los  ciudadanos  víctimas de los delitos y  las   amenazas   que   se   habían  entrecruzado”,  considera  que  “no  se  encuentra  suficientemente  demostrada  por plurales medios de convicción” y si  se  aceptare como probada “no puede de manera ligera  llevar  a  la  conclusión  que  la  misma  constituye un indicio de móvil para  delinquir   ni   mucho   menos   que   el   mismo  acepte  la  calificación  de  grave”,  yerro  que,  en su criterio, se genera por  “suposición de prueba”  (falso juicio de existencia).   

Respecto     del     “indicio  de  mentira”, el cual consiste  en  el  hecho de que el procesado hubiese negado su presencia en el lugar de los  acontecimientos,  dice  que surge por la tergiversación de la indagatoria de su  procurado,  pues  el  sentenciador  “no le cree y lo  tacha     de    mendaz”    (falso    juicio    de  identidad.   

Y,  finalmente,  en  lo atinente al último  indicio,  es  decir,  “las supuestas manifestaciones  posteriores  al  hecho  punible”,  concluye  que el  informe  de  policía  judicial  N°  FGN-C.T.I.  del  8  de  junio  de  2001 es  “mentiroso” y carece de  “capacidad probatoria”,  pues  no  sólo  se  funda  en  “rumores”,     sino     que     también     contiene     “versiones  del  común  de  la  gente”,  irregularidad  que  ubica dentro de un “falso juicio  de  existencia  por  suposición  probatoria”,  aun  cuando  también, de manera “subsidiaria”, lo califica como falso raciocinio.   

Planteados  así  los mencionados errores,  observa  la  Sala que la formulación de la censura quedó imprecisa, incompleta  y  ausente  de  coherencia,  pues  siendo  cierto  que  el  actor  reprocha unos  determinados  indicios,  los  cuales, en su opinión, carecen de “demostración”  o  fueron  objeto  de  “distorsión”  o  no  “tienen     capacidad     probatoria”,   también  lo es que frente a los falsos juicios propios  del  error  de  hecho  invocados  no  dedicó argumentación lógica y coherente  tendiente   a  concretarlos  ni  logró  demostrar  la  trascendencia  de  tales  presuntos  vicios,  así  como  su  correlación  frente  a los demás medios de  convicción que no son objeto de ataque.   

Ante  una  tal  argumentación,  se  hace  necesario  recordar  que  cuando   el  reproche  se  centra  en  la  prueba  indiciaria,  como  lo ha reiterado la jurisprudencia de la Corte, el censor debe  “informar  si la equivocación se cometió respecto  de   los   medios    demostrativos   de   los   hechos   indicadores,   la   inferencia   lógica  , o en el proceso   de    valoración   conjunta   al   apreciar   su   articulación,    convergencia   y   concordancia   de   los     varios     indicios    entre    sí,    y   entre    éstos    y   las   restantes   pruebas,   para     llegar     a    una    conclusión    fáctica  desacertada.   

“De  manera que si el error radica en la  apreciación   del   hecho  indicador,  dado  que  necesariamente  éste  ha  de  acreditarse  con  otro medio de prueba de los legalmente establecidos, necesario  resulta  postular  si  el  yerro  fue  de  hecho o de derecho, a qué expresión  corresponde, y cómo alcanza demostración para el caso.   

“Y si el error se ubica en el proceso de  inferencia  lógica,  ello  supone partir de aceptar la validez del medio con el  que  se acredita el hecho indicador, y demostrar al tiempo que el juzgador en la  labor  de  asignación  del  mérito  suasorio  se  apartó  de  las leyes de la  ciencia,  los  principios  de  la  lógica o las reglas de experiencia, haciendo  evidente  en qué consiste y cual es la operancia correcta de cada uno de ellos,  y cómo en concreto esto es desconocido.   

“Si    lo   pretendido   es   denunciar  error  de  hecho  por  falso   juicio    de   existencia   de   un   indicio   o   un   conjunto   de  ellos,  lo  primero  que   debe  acreditar  el  censor es la existencia material en el proceso de medio con  el  cual  se  evidencia  el hecho indicador, la validez de su aducción, qué se  establece  de  él, cuál mérito le corresponde, y luego de realizar el proceso  de  inferencia  lógica  a  partir de tener acreditado el hecho base, exponer el  indicio  que  se  estructura  sobre  él, el valor correspondiente siguiendo las  reglas  de experiencia, y su articulación y convergencia con los otros indicios  o medios de prueba directos.   

“Además,  dada  la  naturaleza  de este  medio  de  prueba,  si  el  yerro  se  presenta  en  la labor de análisis de la  convergencia  y  congruencia  entre  los  distintos indicios y de éstos con los  demás  medios,  o al asignar la fuerza demostrativa en su valoración conjunta,  es  aspecto  que no puede dejarse de precisar en la demanda, concretando el tipo  de  error  cometido,  demostrando  que  la  inferencia realizada por el juzgador  transgrede   los   postulados   de  la  sana  crítica,  y  acreditando  que  la  apreciación  probatoria  que  se  propone  en  su  reemplazo,  permite llegar a  conclusión  diversa de aquella a la que arribara el sentenciador, pues no trata  la  casación de dar lugar a anteponer el particular punto de vista del actor al  del  fallador, ya que en dicha eventualidad primará siempre éste, en cuanto la  sentencia  se  halla  amparada  por la doble presunción de acierto y legalidad,  siendo  carga del demandante desvirtuar con la demostración concreta de haberse  incurrido  en  errores  determinantes  de  violación  en  la  declaración  del  derecho.   

“Es  en  este  sentido que el demandante  debe  indicar  en  qué momento de la  construcción indiciaria se produce,  si  en  el  hecho indicador o en la  inferencia por violar las reglas de la  sana  crítica,  para  lo  cual  ha  de señalar  qué en concreto el medio  demostrativo  del  hecho  indicador, cómo hizo la  inferencia el juzgador,  en  qué consistió el yerro, y qué grado de  trascendencia tuvo éste por  su   repercusión   en   la  parte  resolutiva  del   fallo”.1   

Como  puede observarse, surge claro que el  demandante  no  agotó  los  ineludibles  presupuestos en precedencia indicados,  dejando  la  censura  sin  la necesaria demostración y, por lo mismo, el debido  agotamiento,  pues si bien es cierto que apoyado en el error de hecho por falsos  juicios  de  existencia  por  suposición,  de identidad y raciocinio censura la  apreciación  de  la prueba indiciaria, también lo es que no precisó de manera  clara  y  lógica  si  el  reproche recae sobre el hecho indicador o probado, la  inferencia  lógica  o  la  fuerza persuasiva obtenida del análisis conjunto de  los diferentes indicios.   

Abandonando  los  derroteros que guían el  ataque  contra  la  prueba  indiciaria,  se  limitó  el actor a afirmar que las  conclusiones  del  Tribunal sobre las cuales edificó la condena de su procurado  “son meras conjeturas o simples sospechas de hechos  que   no   pueden   ser  llamados  indicios  y  de  los  cuales  no  es  posible  defenderse”,  argumentación  que  así expuesta en  manera  alguna  contiene  una lógica y adecuada censura y, por el contrario, se  reduce  a  una  crítica  generalizada  que  no  permite la exhibición de yerro  alguno.   

Ahora  bien, en cuanto el primer indicio y  entendiendo  que el cargo recae sobre el hecho o hechos indicadores, aspecto que  se  puede  deducir  cuando  afirma  que  el  juzgador  supuso  la  prueba que le  permitió  construir  el  indicio  del  “móvil para  delinquir”,  de  todos modos se quedó en el simple  enunciado,  pues no indicó la prueba o pruebas que fueron objeto de suposición  ni  la  trascendencia  del  vicio,  limitándose  a  afirmar que “no   se   encuentra   suficientemente  demostrado  el  móvil  para  delinquir”,  o  que  las  conclusiones del Tribunal  sobre   las   cuales   edificó  la  condena  de  su  procurado  “son  meras  conjeturas  o simples sospechas de hechos que no pueden  ser  llamados indicios”, o que estando eventualmente  demostrada       la      “enemistad”,   la   misma   no   constituye   indicio,  o  que  no  existen  “indicios   graves”,  afirmaciones  todas  que  en ningún momento estuvieron dirigidas a concretar la  alegada  suposición  de  prueba  por parte del juzgador y, como se indicó, son  contentivas   de   personales   opiniones   que   no   precisan   el   demandado  yerro.   

Y  en lo que hace relación con el acusado  falso  juicio  de  identidad  recaído  sobre  la  diligencia de indagatoria del  procesado,  medio  de  prueba  que,  en  su  opinión,  sirvió para edificar el  “indicio  de  mentira”,  no  observa  la  Sala  en  qué  consistió la tergiversación objetiva de dicho  elemento  de  convicción,  pues  el  actor  sólo  se  queja de que el Tribunal  “no  le  cree  y  lo  tacha  de  mendaz”,   o  que  “no  existe”   dicho   indicio   por   cuanto   se   trata   “de  un  hecho  contingente  que no da certeza de lo que se pretende  dar por probado”.   

En otras palabras, en lugar de indicar, de  manera  clara  y  precisa, cuál fue la distorsión objetiva en que incurrió el  juzgador  sobre dicho medio de prueba, se duele de la conclusión o conclusiones  que  de  ella  obtuvo  el  Tribunal  para  deducir,  con los demás elementos de  juicio,  la  existencia  de  la  conductas  punibles  y  la  responsabilidad del  sentenciado,      sin      olvidar     que     tampoco   demostró   la   trascendencia  del yerro, puesto que en manera alguna  evidenció  cómo de haber sido correctamente apreciado, el fallo necesariamente  habría  sido  favorable  a  los  intereses  del procesado, toda vez que la duda  hubiese  reemplazado  a  la  certeza  respecto  de  su   responsabilidad    penal,    para    lo   cual   debió  increpar   los   demás   elementos   de   juicio   sustento  del  fallo  de  condena.   

Similar es la situación respecto del falso  raciocinio  en  que,  según  el demandante, incurrió el Tribunal al valorar el  informe  de  Policía Judicial FGN-CTI N° 002 del 8 de junio de 2001, pues pese  a  que  afirma que en dicho proceso valorativo se transgredió la sana crítica,  de  todos modos no indicó y, menos, demostró cuál principio de la lógica, de  la ciencia o de la experiencia fue desconocido.   

Debe  recordarse  que  en  tratándose del  error  de  hecho  por  falso raciocinio la jurisprudencia de la Corte, de manera  reiterada,  ha  precisado  que si el reproche se centra en el desconocimiento de  los  postulados  de la sana crítica, el censor debe indicar qué dice de manera  objetiva  el  medio de convicción, cuál fue la inferencia que de él dedujo el  juzgador,  cuál  mérito  persuasivo  le  fue  otorgado,  cuál postulado de la  lógica,   de   la   ciencia  o  máxima  de  la  experiencia  fue  desconocida,  especificando  cuál  es  el aporte científico correcto, la regla de la lógica  apropiada,  la máxima de la experiencia que debió tomarse en consideración y,  finalmente,  demostrar  la  trascendencia del yerro, indicando cuál debe ser la  apreciación  correcta  de  la prueba o pruebas que cuestiona y que habría dado  lugar  a  proferir  un fallo sustancialmente distinto y opuesto al que es objeto  de  censura,  para  lo  cual  se  impone  al  demandante  el deber de abordar la  demostración  de  cómo  habría  de  corregirse el error probatorio que acusa,  modificando  tanto  el  supuesto  fáctico  como  la  parte  dispositiva  de  la  sentencia,  labor  que  comprende  un  nuevo  análisis  del  acervo probatorio,  apreciando  las  pruebas acorde con las reglas de la sana crítica y respecto de  las  cuales  se  transgredieron  lo citados postulados, sin dejar pasar por alto  que  dicha  valoración debe realizarse de manera conjunta y mancomunada con los  demás  medios probatorios respecto de los cuales no recae censura alguna y, por  lo mismo, se acepta su correcta apreciación.   

Tales presupuestos fueron desatendidos por  el  actor, pues luego de acusar el citado yerro, se limitó a hacer afirmaciones  tales  como  que  el  informe de policía se rindió con base en “comentarios  callejeros”,  los  cuales  califica     de    “rumor    público”,  o que el citado informe “no tiene  ninguna   capacidad   probatoria”,   o   que   los  “datos  obtenidos de terceras personas por parte de  los  agentes  se  constituyen  en  declaraciones  informales sin la gravedad del  juramento”,  o que la declaración de Hilder Ramón  Suárez       Camargo,      cuya      afirmaciones      son      “mendaces”,  fue  recibida  de  manera  “irregular,  toda  vez  que  en  su  práctica  se  desconocieron  todas  las  garantías  propias  del  debido proceso,  argumento este último que terminan desviando la censura hacia el  error de derecho por falso juicio de legalidad.   

En   fin,   advierte   la  Sala  que  la  inconformidad  del  recurrente  la centró en imponer su personal valoración de  los  elementos  de juicio, concluyendo que su defendido no es responsable de las  conductas  punibles  imputadas o, por lo menos, que la duda es el instituto que,  en  su  criterio,  debió  aplicarse  en  este  asunto,  desconociendo  que   la   simple   disparidad  de  criterios  no   constituye     error    demandable    en    casación,   toda   vez   que  el  juzgador,  dentro  del   método    de    persuasión    racional,    goza    de  libertad   para   apreciar   los   elementos   de   juicio   válidamente   allegados   a  la  actuación,   sólo     limitado    por    las    reglas    que   estructuran   la   sana crítica, sin que, en este caso, el actor haya  demostrado error de apreciación alguno.   

Por lo tanto, frente a los anotados yerros  de  la  demanda,  se  impone  su  inadmisión,  pues la Corte, en acatamiento al  principio de limitación, no puede corregirlos.   

2.  No obstante, teniendo en cuenta la  época  de  ocurrencia  de  los  hechos  y como quiera que se advierte que a los  procesados  se  le impuso la pena accesoria de inhabilitación para el ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el término de 20 años, quantum que  podría  eventualmente desbordar el máximo dispuesto por el legislador sobre el  particular,  teniendo en cuenta el principio de favorabilidad, circunstancia que  comportaría  violación  de  los derechos y garantías de los sentenciados, por  ello,  es necesario surtir traslado al Ministerio Público para que se pronuncie  al  respecto  y,  posteriormente, proceda la Sala a dictar la decisión de fondo  que   en   derecho  corresponda,  como  en  efecto  se  ha  procedido  en  otras  oportunidades.2   

En mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA  DE  CASACIÓN  PENAL, administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la Ley,   

R E S U E L V E  

1.         INADMITIR   la   demanda  de  casación  presentada  por el defensor del procesado JUAN  CARLOS  BECERRA  AMAYA.  En  consecuencia,  se declara desierto el recurso extraordinario  de casación interpuesto.   

2.         Correr  traslado  al Ministerio Público  por  el  término  de 20 días para que conceptúe sobre la posible vulneración  de garantías fundamentales del procesado.   

Contra  esta  decisión no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ                            ÁLVARO   ORLANDO   PÉREZ  PINZÓN             Aclaración  de voto                                                              Salvamento parcial de voto   

MARINA   PULIDO   DE  BARÓN                            JORGE    LUIS    QUINTERO  MILANÉS           

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                            JULIO    ENRIQUE    SOCHA  SALAMANCA           

MAURO    SOLARTE  PORTILLA                       JAVIER ZAPATA  ORTIZ   

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria  

“”SALVAMENTO     PARCIAL     DE  VOTO””   

(Casación 26.855)  

He  salvado parcialmente el voto porque no  estoy  de  acuerdo con el traslado que se hace del asunto al Ministerio Público  para que emita concepto.   

En  otras  oportunidades  he  expuesto los  motivos de mi disentimiento, que ahora reitero. Decía:   

1.  Establecida  la  vulneración  de  un  derecho  o  de una garantía, de inmediato  el  funcionario  judicial  tiene el deber de declararla, salvo en  aquellos  eventos en los cuales se admite la demanda de casación y se remite al  Ministerio  Público.  Si la ruptura de los derechos es algo grave, y a plenitud  la  detecta  el  juez  de  casación, lo que debe hacer es decretar la lesión a  ellos tan pronto recibe el proceso y se percata de ello.   

2.  No  veo  cómo  pueda  el  Ministerio  Público   opinar   frente   a   una   demanda  que  no  reúne  los  requisitos  técnico-formales  mínimos.  No sé cómo podría hacerlo pues es la propia ley  la  que  determina  como  requisito de procedibilidad  para  esa entidad la declaración de “admitida” o  “ajustada”     de     la     demanda.    Basta    leer    la    disposición  correspondiente.   

3.  Oía  en  Sala  que  se hacía “para  mayores  garantías”.  No  veo por qué se hace con esa finalidad, si se tiene  claro  que  ha  existido  desconocimiento de derechos. Con el traslado lo que se  hace  es  lo  contrario:  prolongar  aún  más,  sin razón, la ruptura de esos  derechos.   

4. La mayor garantía ciudadana frente a un  eventual  desconocimiento  de derechos fundamentales es que conozca el asunto la  Corte  Suprema  de  Justicia pues esta, se afirma, es el máximo Organismo de la  jurisdicción  Ordinaria.  Y  con esto no se menosprecia al Ministerio Público.  No.  Simplemente  se  hacen  las  cosas  como  se deben hacer: si la Corte, tras  inadmitir   la  demanda,  observa  una  nítida  violación de derechos y/o garantías, o una protuberante  causal  de  nulidad, por el rango de su ejercicio, debe proceder de una vez a la  declaración correspondiente.   

5.    Si    la    Corte   inadmite   la   demanda  y  dispone  el  traslado  al  Ministerio  Público, en estricto sentido ha perdido totalmente su  competencia.  Por  consiguiente,  cuando retorne el expediente a su seno, carece  de potestad para hacer cualquier tipo de pronunciamiento.   

6.    Si    la    Corte   inadmite  la demanda, su decisión queda  ejecutoriada  con  la firma de los integrantes de la Sala de Casación Penal. Si  se   envía   el   asunto   al   Ministerio   Público   y   luego  –mañana,  dentro de un mes, dentro de  un  año, o cuando sea- éste retorna las diligencias con su opinión, la Corte,  ante  la flagrante lesión de una garantía básica o de un derecho fundamental,  no  puede  ocuparse  del  expediente,  pues,  se repite, su auto de inadmisión  ya está ejecutoriado. Y no  me  cabe  en  la cabeza que con el traslado a la Procuraduría surja otra figura  jurídica:  suspensión de  la  ejecutoria  mientras  conceptúa  el Ministerio Público y mientras la Corte  vuelve a pronunciarse.   

7.  Si  la Corte remite el expediente para  concepto  a  la  Procuraduría,  esta  opina  y regresa el expediente a la Corte  ¿qué sigue? Ensayemos:   

7.1.  Un  auto que modifique la sentencia.  Por  principio,  con  un auto no puede ser variado un fallo de segunda instancia  que      ya      ha      sido      ratificado      con      la      inadmisión.   

7.2.   Que   la   Corte   case   la  sentencia.  Pero  tiene  que  hacerlo  por  medio  de  una  sentencia  de  casación, que no es posible sin el  “ajuste”   previo   de  la  demanda  de  casación  y  sin  el  –ahí   sí-  concepto  anterior  del  Ministerio Público, en cualquier sentido.   

Ante  este problema, pienso lo que siempre  he pensado frente a los problemas: lo mejor es evitarlos.   

8. La solución es muy sencilla:  

8.1.  El  artículo  216  del  Código  de  Procedimiento   Penal   establece   el  principio  de  limitación  en casación: la Corte no puede tener en  cuenta  causales distintas de las expresamente formuladas por el demandante. Sin  embargo,   agrega:   Pero  tratándose  de  nulidad  o de violación ostensible de garantías sustanciales,  debe   casar   de  oficio.   

8.2.  La lectura del artículo permite ver  dos hipótesis:   

Una. Dictar fallo  de  casación  luego  de  admitida  la  demanda  y de obtenido el concepto de la  Procuraduría, siempre ceñida a lo esgrimido por el recurrente.   

Dos.   Otra,   por   eso   el  pero,   que   permite   a  su  vez  dos  hipótesis:   

Primera. Dictar  sentencia   de   casación   de   oficio,  después de la declaración de “ajustada” de la demanda y de  la  recepción  del concepto del Ministerio Público, más allá de lo planteado  por  el  casacionista,  por  violación  de  derechos  y  garantías  o  por  la  percepción de una causal de nulidad.   

Segunda. Dictar  sentencia   de   casación,   de   oficio,  sin limitación alguna pues la demanda habrá de ser inadmitida,  por las mismas razones anteriores.   

Por supuesto que esta interpretación puede  ser  discutible. Pero sin duda es la que más se ajusta al derecho sustancial, y  es  la  que  permite  resolver  más  rápido  sobre los derechos agraviados. La  Corte,  entonces,  en  vez  de  aumentar  el  tiempo  de lesión de los derechos  fundamentales,  y  de hacer giros que la Constitución y la ley prohíben, tiene  que ocuparse directamente, de una vez, del tema.   

Álvaro Orlando Pérez Pinzón  

(02-05-07)  

ACLARACIÓN  DE  VOTO  

Con el acostumbrado respeto que me merecen  las  decisiones  de  la Sala, en esta oportunidad me permito exponer los motivos  por  los cuales aclaro mi voto en el asunto de la referencia, en lo que atañe a  la  decisión  de  disponer  en  forma oficiosa la remisión del expediente a la  Procuraduría  General  de  la  Nación para la emisión de concepto frente a la  posible  vulneración  de  garantía  fundamental,  pese  a la inadmisión de la  demanda de casación.   

Es  cierto  que con anterioridad me había  opuesto    de    manera    categórica    al   proceder   aludido   –inadmisión  de la demanda y traslado  en  forma  oficiosa a la Procuraduría-, lo que hacía  en los siguientes términos:   

“… al inadmitir la demanda de casación  presentada  a  nombre  del  procesado  para a la vez disponer un trámite que no  está  previsto  en  la  ley  con  el  fin de evaluar la posibilidad de casar de  oficio  la  sentencia  por  una presunta vulneración de derechos fundamentales,  rompe  de  tajo  la  estructura  del  proceso  y desconoce los institutos que le  están anejos.   

En efecto, la casación, tal y como quedó  concebida  en  las  disposiciones que por razón de la inexequibilidad de la ley  553  de  2000  y  las  pertinentes  de  la  ley  600 del mismo  año,   recobraron     vigencia    –decreto   2700   de  1991-, es un medio extraordinario de  impugnación   llamado   a   cumplir  las  finalidades  constitucionales  de  la  prevalencia  del Estado Social de Derecho, el imperio de la ley, la realización  del  derecho  sustancial y la unificación de la jurisprudencia nacional, según  se  desprende de lo preceptuado en el artículo 235-1 de la Carta Política, por  lo    que    no   puede   confundírsele   con   los   recursos   de   la   vía  ordinaria.   

Igualmente, la casación como un juicio de  legalidad  que  se  emite  sobre la sentencia, tampoco puede entenderse como una  instancia  adicional,  ni  como potestad ilimitada para revisar el proceso en su  totalidad,  en  sus diversos aspectos fácticos y normativos, sino como una fase  extraordinaria, limitada y excepcional del mismo.   

La  pretensión  impugnativa  en casación  siempre  tiene  un  objeto  preciso y diferente al de las instancias; regido por  causales  específicas  señaladas por la ley, con cargos que han de adecuarse a  estas  y  que  se  deciden por una nueva sentencia. Por lo tanto, es diferente y  diversa  en  objeto  y  contenido  de  la que se profirió por los falladores de  primero y segundo grados en el proceso respectivo.   

Ciertamente,  esa  configuración  de  la  casación   como   recurso   extraordinario   no   es  campo  vedado  para  que,  reconociéndose  el  influjo  que  el  proceso  penal recibe de los principios y  valores  que  emanan  de  la  Carta  Política, que para todos los efectos de la  actividad  estatal,  incluida  la  jurisdiccional, estatuyó el modelo de Estado  social  y  democrático de derecho para Colombia, la Corte también propenda por  la  salvaguarda de los derechos esenciales de las personas, la tutela del debido  proceso,  la  prevalencia  del derecho sustancial y la garantía del acceso a la  administración  de  justicia,  que tan caros resultaron en la decisión de cuyo  contenido me aparto.   

Pero  alcanzar esos loables propósitos no  justifica  el empleo de cualquier medio, porque aún dentro de ese contexto toda  función  está  sometida  a muy precisos límites y se desarrolla con arreglo a  determinadas competencias.   

No  cabe  duda  que  el  legislador  y  la  jurisprudencia  de  esta Corte, de modo paulatino, han venido flexibilizando los  rigores  para  acceder a la casación, ejemplo de lo cual es la introducción de  institutos  como  la casación oficiosa y la excepcional, circunstancia que, sin  embargo,   no   sustrae   la   naturaleza   extraordinaria   de  este  medio  de  impugnación.   

También  es  cierto que la doctrina de la  Corte  venía  entendiendo,  hasta  ahora, que para entrar a casar de oficio una  sentencia  debía  mediar una demanda en forma, esto es, que hubiese superado el  examen  formal  y,  por  ende,  el  trámite  subsiguiente,  el  del traslado al  Procurador  Delegado,  y que a pesar de desestimar sus fundamentos, por advertir  la  presencia  evidente  del quebranto a una garantía, se allanaba el camino al  quiebre  del  fallo.  Un  ejemplo  de  esa  tendencia  lo constituye un reciente  pronunciamiento de la Sala:   

‘La  Corte  adquiere  competencia  para  conocer  de  la  casación,  sólo  a  partir de la  presentación  de  una demanda en debida forma y de la existencia de un interés  jurídico  para  recurrir  -artículo  213  de  la  ley  600  de  2000-,  siendo  ilegítima   cualquier   intervención   suya  sin  el  cumplimiento  de  dichos  presupuestos,  los  cuales  no pueden ser obviados con los enunciados genéricos  de disposiciones constitucionales que la harían procedente.   

‘Aceptar -sin  más-  la  tesis  propuesta  a partir de la prevalencia del derecho material, la  vigencia  de  un  orden  justo  como  fin esencial del estado y del principio de  preeminencia  de  las normas y valores constitucionales que irradian al universo  jurídico  interno, ni más ni menos sería desquiciar el ordenamiento jurídico  cuya   defensa  se  propugna,  pues  por  esa  vía  cualquier  sujeto  procesal  entendería   encontrarse  frente  a  una  violación  de  sus  garantías,  que  obligaría  a  la  Corte  a  contrariar  el  orden  que  se  quiere proteger y a  desvirtuar  la  naturaleza de la casación que en nuestro medio es esencialmente  un juicio de legalidad.   

‘Repárese en  que  la  intervención  oficiosa de la Corte, permitida por el artículo 216 del  Código  de Procedimiento Penal para declarar nulidades requiere que la demanda,  háyase  o  no  invocado  la  causal tercera del artículo 207 no prospere, pero  aún  así  se  advierta la irregularidad sustancial a corregir, como quiera que  la   limita   a   tener   en   cuenta   únicamente  las  causales  ‘expresamente    alegadas   por   el  demandante’.    Pero  asimismo,  prevé la posibilidad de casar la sentencia cuando sea ostensible que  la      misma      afecta      las     garantías     fundamentales.’  (Sentencia  del 8 de julio de 2004,  radicación 20.323)   

Incluso,  poco  antes  fue más allá y al  constatar  que  respecto de un procesado que no había recurrido la sentencia de  primera  instancia  ni  tampoco interpuso casación, se le habían vulnerado sus  garantías  fundamentales,  hizo  uso  de  la  potestad  de  casación  oficiosa  consagrada  en  el  artículo  216,  pero  de  todos  modos, después de haberse  surtido  la  plenitud  del  trámite  presupuesto  de la sentencia de casación.  (Cfr. sentencia del 12 de mayo de 2004, radicación 20.114).   

Cabe  decir  que  en  tales ocasiones y en  algunas  otras  en  las cuales esta Corporación dio lugar a casar de oficio una  sentencia,   lo   hizo   con  plena  competencia,  en  ejercicio  cabal  de  sus  atribuciones  que  como  Corte de Casación le confiere el artículo 235-1 de la  Constitución y la ley.   

Pero  la  singular  solución que ahora se  adoptó  está  por  fuera del ámbito dentro del cual la Corte puede ejercer de  manera legítima su atribución como Corte de Casación.   

El Capítulo IX, del Título V del Código  de  Procedimiento  Penal,  dedicado a la casación, integrado con las normas del  Decreto   2700   de  1991  que  revivieron  en  virtud  de  la  declaratoria  de  inexequibilidad  de algunos preceptos de la Ley 553 de 2000, así como de la Ley  600  de  ese  año  (sentencia  C-252/01),  atinentes al recurso extraordinario,  conforman unidad secuencial, lógica y racional.   

De  esa  forma, señala los eventos en los  que  procede la casación (artículo 205), fija las causales susceptibles de ser  invocadas  (artículo 207), prevé quiénes están legitimados para presentar la  demanda  (artículo 209), se ocupa del trámite que opera una vez interpuesto el  recurso  (artículos  224  del  Decreto  2700  y  211  Ley  600), especifica los  requisitos  que  debe contener el libelo (artículo 212), estatuye el efecto que  se  deriva  de  no  superarse  el  examen  formal de la demanda al momento de su  calificación  o  lo  que  ocurre si está presentada en debida forma (artículo  213),  establece  el  principio  de  limitación  y  la posibilidad de casación  oficiosa  (artículo  216),  y  traza  los derroteros a seguir en caso de que la  Corte acepte como demostrada alguna causal (artículo 217).   

A despecho de que lo que sigue pueda llegar  a  ser  tachado  de puro formalismo, cabe destacar que en punto de la demanda de  casación,  la  Corte  tiene  contacto  en  dos ocasiones: la primera, cuando la  califica,  esto  es,  al momento de verificar si satisface los condicionamientos  para  su admisibilidad; frente a esta oportunidad, puede ocurrir que la admita y  que,  en  consecuencia,  le de traslado al Procurador Delegado para que emita su  opinión  sobre el mérito del libelo; o, al contrario, puede suceder que por no  reunir  alguno  de los requisitos legales que la hagan viable, la inadmita y, en  consecuencia,   ordene   la   devolución   del   expediente   al   tribunal  de  origen.   

El  otro  momento se contrae al estudio de  fondo  del  problema  propuesto  en la respectiva censura, si la demanda ha sido  admitida  y  después  de conocerse el criterio del Ministerio Público sobre el  particular.   

Si  nos detenemos en el instante en que la  Corte  sopesa  la  capacidad  formal  de  la  demanda, cabe reflexionar sobre el  efecto  de  la  decisión que no la encuentra ajustada a las exigencias formales  de  ley. El canon 213 del Estatuto Adjetivo de manera clara establece que en tal  caso  se  inadmite  el  escrito  y  se  devuelve  el  expediente  al despacho de  origen.   

¿Qué   fenómeno  se  produce  en  tal  situación?  Que  hasta  allí llega el trámite de la casación y lo que tenía  carácter  suspensivo,  esto es, la sentencia demandada, adquiere firmeza y, por  tanto, el carácter de cosa juzgada.   

Otro   interrogante   ¿puede  la  Corte  conservar  la  competencia para examinar una sentencia o todo el proceso a pesar  de  que  inadmitió  una demanda de casación? No. La atribución que tiene como  Corte  de  casación,  conferida  por  el artículo 235-1 de la Carta Política,  dirigida  a  cumplir  las  elevadas  finalidades  que traza el artículo 206 del  Código  de  Procedimiento  Penal, se desarrolla, de un lado, de conformidad con  los  fines  y  principios  que inspiran la Constitución y, por otro, de acuerdo  con los parámetros legales.   

Siendo eso así, al prorrogar su injerencia  –que  no competencia- en  el  asunto, después de que ha inadmitido una demanda, ya no actúa como órgano  de  casación  y  mal podría, entonces, pretender corregir algún entuerto, por  más  protuberante  que  sea,  por  medio de una sentencia de casación, así se  invoque la potestad oficiosa consagrada en el artículo 216.   

Expresado de otro modo, en tal escenario la  Corte  ya  no  actúa de conformidad con la facultad que le difiere el artículo  235-1  constitucional  y  ni  siquiera como una tercera instancia, sino como una  corporación  de  plena jurisdicción, quizá a la manera del grado de consulta,  el  cual  hoy  no opera en el proceso penal, pero en todo caso la determinación  que   llegare  a  adoptar  no  tiene  el  carácter  de  sentencia  –menos  de  una de casación- ni puede  incidir  en  algo  que  ya  ha  tomado  la fuerza de cosa juzgada material. Esto  equivale  a  solucionar  una  evidente  vía  de  hecho  (fenómeno que tendría  solución  a través de otros mecanismos previstos en el ordenamiento jurídico)  –el     supuesto  desconocimiento  del  principio  de  favorabilidad-, con otra vía de hecho: una  decisión sin competencia del órgano que la produce.   

Lo  que  se acaba de señalar no significa  que  la  Corte deba permanecer indiferente a hipótesis como la concretada en la  sentencia  a  que se refiere la decisión de la que me aparto. En tales casos lo  que  se  debe  buscar  es  una  solución  que  no acarree el rompimiento de las  instituciones  jurídico  procesales,  en  orden  a  que  prevalezca  el derecho  sustancial  sobre  lo  formal  y  a  salvaguardar  las garantías de los sujetos  procesales, en particular las debidas al procesado.   

Por eso, nada se oponía a que, no obstante  la  ineptitud  formal  de  la  demanda  y  al detectarse de modo objetivo que la  sentencia  rompió  con  el orden jurídico y reportó agravios no reparables de  otra  manera  en  virtud  de  un  yerro  que no fue denunciado en ella, pero que  constituye  motivo  de  casación,  fuesen  salvados  los defectos técnicos, se  ajustara  el  libelo, se corriera traslado al Procurador Delegado y luego, ahora  sí  en  ejercicio de su natural competencia, la Corte entrase a hacer uso de la  facultad  de  casar  oficiosamente el fallo, luego de desestimar el contenido de  la censura.   

Lo  anterior resulta menos exótico que la  solución  tomada  en  la  providencia  de la cual discrepo y que, ya no de lege  ferenda,  se aproxima a lo que entrará a regir en virtud de la Ley 906 de 2004,  cuyo  artículo  184,  inciso  3º,  establece  que “En principio, la Corte no  podrá  tener  en  cuenta causales diferentes de las alegadas por el demandante.  Sin    embargo,   atendiendo   los   fines   de   la  casación,  fundamentación  de los mismos, posición  del  impugnante  dentro  del  proceso  e índole de la  controversia  planteada, deberá superar los defectos de la demanda para decidir  de fondo” (negrillas no originales).   

En  síntesis,  como  la  Corte  no  tiene  competencia  para casar un fallo después de que por razones de forma inadmitió  la  demanda  de casación, estimo que en esta oportunidad no ha debido inadmitir  el  libelo  ni  mucho  menos,  después  de  haberlo  hecho,  correr traslado al  Procurador  Delegado,  porque  ante  esta  última  situación  la  Corporación  perdió la facultad de obrar como Corte de casación.”   

        Sin  embargo, al reexaminar el asunto bajo la perspectiva del nuevo  Código  de  Procedimiento  Penal,  advierto  que la posibilidad de “superar  los defectos de la demanda”  para  realizar  pronunciamiento  de  fondo  por posible vulneración a garantía  fundamental,  resulta  completamente viable, pues así se prevé en el artículo  184,  inciso  tercero,  de la Ley 906 de 2004, a raíz precisamente de los fines  de  la  casación,  cuales  son  “la efectividad del  derecho  material,  el  respeto  de  las  garantías  de  los intervinientes, la  reparación  de  los  agravios  inferidos  a  éstos  y  la  unificación  de la  jurisprudencia”  (artículo  180  ibídem), para lo  cual  ha  de  tenerse  en cuenta la fundamentación que en la demanda se haga de  los  mismos,  la  posición del impugnante dentro del proceso y la índole de la  controversia  planteada,  todo lo cual permite, itero, la posibilidad de superar  los defectos de la demanda.   

        Y  aun  cuando  la  aludida  ley  solamente se aplica a los delitos  cometidos  a  partir  de  su vigencia (artículo 533), no es menos cierto que al  consagrar  la  misma  una  mayor  posibilidad  de  acceso  a la casación, ha de  tenerse  en  cuenta  en  virtud  al  principio  constitucional  de  acceso  a la  administración de justicia (artículo 229).   

        En  ese sentido, estoy parcialmente de acuerdo con el salvamento de  voto  que  de modo sistemático plasma el Magistrado Pérez Pinzón frente a las  decisiones  en  las  que  no  obstante  inadmitirse  la demanda de casación, se  ordena  correr  traslado al agente del Ministerio Público por advertir la Corte  la  presencia  de  un  vicio  generador  de nulidad insubsanable o lesivo de las  garantías  fundamentales,  en  cuanto, en vez de eso, ahora habría que dictar,  de  oficio, sentencia de casación después de declararse inadmitida la demanda,  porque  es  una  interpretación que “es la que más  se  ajusta  al  derecho  sustancial,  y  es la que permite resolver más rápido  sobre  los derechos agraviados. La Corte, entonces, en vez de aumentar el tiempo  de  lesión de los derechos fundamentales, y de hacer giros que la Constitución  y   la  ley  prohíben,  tiene  que  ocuparse  directamente,  de  una  vez,  del  tema” (cfr. Salvamento de voto al auto de casación  emitido dentro del radicado 22.325).   

        Es  por lo someramente consignado que replanteo mi posición frente  al  tema  en  cuestión, para admitir de ahora en adelante que en aquellos casos  regidos  por  la  Ley 600 de 2000, la Corte puede de manera oficiosa corregir el  yerro  conculcador  de  alguna garantía fundamental de los intervinientes en el  proceso, pese a la ineptitud de la demanda.   

Sin  embargo,  debo  señalar  sobre  esto  último  que  al  advertirse  la  posible  vulneración a garantía fundamental,  resulta  innecesario  el traslado de la actuación a la Procuraduría General de  la  Nación  para la emisión de concepto sobre el particular, ya que esto sólo  es  procedente  cuando  la  demanda satisface los requisitos formales (artículo  213,  Ley  600 de 200), pues el concepto debe versar sobre los cargos admitidos,  motivo  por  el  cual  al  no  haberse  aceptado  ninguno resulta innecesario el  traslado,  por  lo  que  lo  procedente  es pronunciarse inmediatamente sobre el  punto,  incluso  en la misma providencia inadmisoria de la demanda, para de esta  manera  dar  aplicación  al  principio  de pronta y cumplida administración de  justicia, consagrado en el artículo 4º de la Ley 270 de 1996.   

Por  último, debo ser enfático en que el  ejercicio  de  la  facultad  oficiosa que la ley le otorga a la Corte para casar  una  sentencia  de  segunda  instancia  si  percibe  alguna  de  las condiciones  señaladas  en  el  artículo  216  de  la  Ley  600 de 2000, no abre paso a una  tercera  instancia, ni se asimila a un ámbito de plena jurisdicción, a modo de  consulta,  como  para  que  pueda estimarse que tiene la gracia de decidir sobre  todos  los  aspectos  fácticos  o jurídicos tratados en el fallo o examinar el  completo andamiaje procesal.   

En  tal evento, el legislador estatuyó un  plus  de  protección  a las garantías fundamentales al asignarle a la Corte la  misión  de  reparar  ostensibles  agravios  a  la  estructura del proceso o las  garantías  debidas a los sujetos procesales, por manera que su campo de acción  no  es  ilimitado sino el apenas necesario para introducir el correctivo que sea  del caso.   

En  cuanto  sentencia  de casación la que  así  produzca,  desde  luego,  como  cualquier  otra  de  la  misma naturaleza,  también  debe propender por el cumplimiento de los fines que la Constitución y  la  ley  le  asignan  a  esa  sede  extraordinaria:  hacer  efectivos el derecho  material  y  las  garantías  de  las  personas que intervienen en la actuación  penal,  la  unificación  de  la jurisprudencia nacional y la reparación de los  agravios inferidos a las partes con el fallo.   

No  son  más,  pero  tampoco  menos,  los  límites  que  tiene  la  Corte  en  el ejercicio de la atribución conferida de  casar  de  oficio  la sentencia. La ineludible e imperativa observancia de ellos  garantizará  que  la  casación  no  pierda su naturaleza de instituto procesal  extraordinario,  que  se  desarrolla  por  fuera  de  las instancias, técnico y  especializado,  y  que no mute en simple escenario para revivir controversias ya  agotadas  o  para  prolongar,  en  desmedro de la celeridad que debe observar la  administración   de  justicia,  la  discusión  de  asuntos  resueltos  en  una  sentencia   judicial   que   se  presume  acertada  y  emitida  con  arreglo  al  ordenamiento jurídico.   

De los señores Magistrados,  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Magistrado  

    

1  Casación  12062  del  2 de agosto de 2001. También ver casaciones 14535 del 30  de noviembre de 1999 y 11135 del 26 de noviembre de 2003,   

2 Ver,  entre  otras,  Autos  del  19  de  agosto  de  2004, rad. 21302,  del 18 de  noviembre   de   2004,  rad.  22082,  y  del  6  de  abril  de  2005,  rad.  22.592.     

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