26313(20-11-06)

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 26313  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado   acta   N°  130   

Bogotá,    D.    C.,    veinte (20) de noviembre de dos mil seis (2006).   

V   I   S   T   O  S   

Resuelve la Corte la admisibilidad formal de  las  demandas  de  casación  presentadas   por   el  apoderado de la parte civil  y  por el defensor de MANUEL  VICENTE VALBUENA SUÁREZ.   

A  N  T E C E D E N T E  S   

1.  Los hechos fueron sintetizados por  el juzgador de segunda instancia de la siguiente manera:   

“Los  acontecimientos  que  son  origen y objeto de este proceso, se relacionan con la  retención  que  efectuara  la  Policía  Nacional  de  Bogotá del automotor de  placas  ZOE-179,  al señor JORGE ALBERTO GUZMÁN HIDALGO por carecer el rodante  de los guarismos originales de fábrica.   

“El  precitado  automotor   fue   adquirido   por   GUZMÁN   HIDALGO   a  través  de  un   contrato    de    permuta   que   realizara   con   HUMBERTO  FRANCO ARDILA.   

“Con base en lo  anterior  y en el hecho de que FRANCO ARDILA hubiere manifestado haber adquirido  el    vehículo   por   compra   que   le   hiciera   al   señor   MANUEL   VICENTE  VALBUENA  SUÁREZ,  se  vinculó  a  este  mediante  indagatoria, como se hizo también con relación al  señor   JOSÉ   MANUEL  TORRES  FAJARDO”.   

2.   Cerrada  la  investigación,  la  Fiscalía  Ciento Sesenta y Nueve Seccional de Bogotá, el 5 de octubre de 2001,  calificó  el  mérito  del  sumario  con resolución de acusación en contra de  José  Manuel Torres Fajardo y Manuel Vicente Valbuena  Suárez   como   determinadores   del   delito   de  falsedad   ideológica   en  documento  público.  Así  mismo,   respecto   del  último procesado, se agravó la conducta por  razón  del  uso  del  documento  público  falso,  decisión  que  quedó   ejecutoriada   el  23 de noviembre siguiente.   

3.  Agotado el juicio, dentro del cual  se  constituyeron  en  parte civil los ciudadanos Humberto Franco Ardila y Sonia  Navas  Corso,  el  Juzgado  Treinta  Penal  del  Circuito  de  Bogotá, mediante  sentencia  del 16 de agosto de 2005, condenó a José Manuel Torres Fajardo a la  pena  principal  de  40  meses  de prisión y a Manuel  Vicente  Valbuena  Suárez  a la pena principal de 45  meses  de  prisión,  imponiéndoles  igualmente la accesoria de inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos y funciones públicas por el mismo lapso de la  pena  privativa  de  la  libertad,  como  determinadores  del delito de falsedad  ideológica  en  documento público, agravado por el uso respecto del último de  los procesados mencionados.   

Del mismo modo, en el numeral tercero de la  parte  resolutiva,  los  condenó   “de manera  solidaria   al   pago  como  daños  y  perjuicios  materiales  y  morales   ocasionados  con  el  punible  al  monto  equivalente  a CIENTO OCHO (108)   SALARIOS  MÍNIMOS  MENSULAES  VIGENTES a favor de los  perjudicados con el  delito  y que se constituyeron en parte civil”, y en  el numeral cuarto les concedió la prisión domiciliaria.   

4.   Apelado  el fallo únicamente por  los  defensores  de  los  procesados,  quienes  alegaron  la  inocencia  de  sus  procurados  y se mostraron inconformes con la condena en perjuicios, el Tribunal  Superior  de  Bogotá,  el  3  de febrero de 2006, se pronunció de la siguiente  manera:   

4.1.  Condenó a los procesados Torres  Fajardo    y    Valbuena    Suárez    a  la pena principal de 30 y 33 meses de prisión, respectivamente,  por razón de la conducta punible imputada.   

4.2.   Les  otorgó  la  suspensión  condicional de la ejecución de la pena.   

4.3.  Revocó el numeral tercero de la  parte  resolutiva  y,  en  consecuencia, no condenó a los procesados al pago de  perjuicios, y   

4.4. En lo restante lo confirmó.  

5.   Contra  el  fallo   de    segundo    grado    tanto    el   apoderado   de    la    parte   civil    como   el   defensor   del   procesado   Manuel  Vicente   Valbuena  Suárez   interpusieron   y   sustentaron      el      recurso      extraordinario      de  casación.   LAS  DEMANDAS   DE  CASACIÓN   

1.   Demanda  presentada por el apoderado de la parte civil   

El  apoderado  de  la  parte  civil,  con  fundamento  en  el artículo 368 del Código de Procedimiento Civil, presenta un  único  cargo  contra  la  sentencia  de  segundo  grado,  el  cual se encuentra  relacionado  con el tema indemnizatorio, a través del cual acusa al Tribunal de  haber  incurrido  en  violación  indirecta  de  la ley sustancial, por error de  hecho  generado  en un falso juicio de existencia por omisión, toda vez que, en  su  criterio,  se equivocó cuando concluyó que en este caso no se probaron los  daños  causados  por  el  delito,  procediendo  de  manera  errada a revocar la  condena  de  perjuicios  que  había impuesto el juzgador de primer grado, yerro  que condujo a la inaplicación del artículo 94 del Código Penal   

Luego de indicar que el delito es fuente de  obligaciones,  según  los  artículos  1494  y  2341  del  Código  Civil, y de  recordar  que  a  sus  representados  Franco  Ardila y Navas Corzo se les causó  perjuicio  por  razón  de  la conducta punible por la que fueron condenados los  procesados,  asevera  que el Tribunal omitió varias pruebas que, contrario a lo  afirmado  en  la  sentencia  de  segunda  instancia, demuestran la existencia de  dicho daño.   

Dice que el ad quem ignoró la denuncia que  presentó  Jorge Alberto Guzmán Hidalgo, dentro de la cual se hace referencia a  la  cuantía en que éste permutó con Franco Ardila el conocido vehículo, como  también  omitió  el documento suscrito por dichos señores, donde se retractan  del  “negocio  efectuado  sobre el automotor objeto  del  litigio.  Si  no  hubiera  sido  porque  eran  falsos  los  documentos  del  automotor,  el  negocio no se hubiera desecho y mi protegido no se hubiera visto  avocado  a  rescindir  un  contrato  de  permuta  que  a  no  dudarlo constituye  perjuicios    no   sólo   de   índole   patrimonial   sino   moral”.   

Afirma  que  también  ignoró  cualquier  referencia  de  los  testimonios de Humberto Franco y Sonia Navas Corso, quienes  bajo  la  gravedad  del juramento “relatan, de forma  circunstanciada,  el  modo  en  que  adquirieron,  remodelaron  y  vendieron  la  camioneta  que, de buena fe, se había comprado previamente, por parte de Adolfo  Lázaro  a  Valbuena  Suárez y que al final, no hubo más remedio que devolver.  Allí  señalan  el concepto, el monto y la cuantía de lo invertido”,  agregando que lo adquirido no fue chatarra sino un automotor,  como contrariamente lo indica el Tribunal.   

Refiere  que  es  el mismo Valbuena Suárez  quien   admite   los   términos  en  que  se  diligenció  el  trámite  de  la  documentación  del  automotor  objeto de controversia y que, como consecuencia,  arrojó como perjudicados a sus representados.   

Estima  que  si  el  juzgador  de  segunda  instancia  hubiese  considerado la prueba testimonial y documental referenciada,  la  cual  demuestra  la  existencia real de unos daños y perjuicios ocasionados  por  los  procesados,  no  hubiera  revocado  la  condena  que  en dicha materia  profirió  el juez penal del circuito y, por lo mismo, no habría violado la ley  sustancial dejando de aplicar las normas mencionadas.   

Añade  que tampoco es válido el argumento  del  Tribunal,  según  el  cual,  como  en  contra de los procesado existe otro  proceso  por el delito de estafa con base en los mismos hechos, es procedente la  revocatoria  de la condena de perjuicios con el fin de evitar que no se produzca  una  doble  tasación  de los mismos, ya que “no hay  evidencia   de   que   en   realidad   curse   un   proceso   contra  ellos  por  estafa”, y si en verdad existe no es cierto que sea  allí  donde definitivamente deban condenarse por dicho concepto, y, finalmente,  si  son  condenados  en ambas actuaciones, ellos pueden proponer como excepción  la cosa juzgada.   

   

Por último, sostiene que no debe olvidarse  que  unos  son los perjuicios ocasionados con el delito contra la fe pública y,  otro  muy distinto, los generados con el delito contra el patrimonio económico,  siendo  claro  que  este  caso se refiere a aquél bien jurídico, razón por la  cual,  no  le  era  dado al Tribunal dejar en el limbo las consecuencias civiles  del delito de falsedad cometido por los procesados.   

Por  lo expuesto, solicita a la Corte casar  el  fallo impugnado y, en su lugar, condenar a los acusados a pagar los daños y  perjuicios    en    la    suma    señalada   en   la   sentencia   de   primera  instancia.   

   

2.   Demanda  presentada a nombre de Manuel Vicente Valbuena Suárez   

El  defensor  del  procesado  Manuel      Vicente      Valbuena     Suárez,  al  amparo del cuerpo segundo de la causal primera de casación,  acusa  al  Tribunal  de  haber  incurrido  en  violación  indirecta  de  la ley  sustancial  por  error de hecho “por falso juicio de  identidad”,  yerro que conllevó a la violación de  los artículos 232, 238 y 239 del Código de Procedimiento Penal.   

Dice que el citado falso juicio de identidad  se  “constituye a partir del análisis desprevenido  que  hace  el  Tribunal de los diferentes testimonios y de la prueba trasladada,  estudio  realizado  muy  superficialmente,  y  sin  tener  en cuenta el material  probatorio  que  está  muy bien descrito, relacionado y detallado en los folios  5,  6,  7,  8,  9  y  10  de  la  sentencia de primera instancia, en donde está  claramente  descrito  que  el autor intelectual de este hecho fue Torres Fajardo  en  compañía  del  SP.  Raúl Antonio Martínez, miembro activo de la Policía  Nacional,  y  de  la  Secretaria  del almacén General del Fondo Rotatorio de la  Policía  Nacional   Sra.  Flor María López”,  además  de  que  también  pasó  por  alto  las  argumentaciones  que  hizo la  defensora  de  Torres  Fajardo,  las  cuales  eximen  de  responsabilidad  a  su  procurado.   

Refiere que aquellas pruebas corroboran las  explicaciones  de  su  defendido, las cuales lo excluyen de los hechos objeto de  este  proceso  y,  menos, como determinador del delito por el que fue condenado.   

Considera  que  el juzgador “dejó  de  lado  el  análisis probatorio de las pruebas, no existe  una  confrontación probatoria como lo exige la sana crítica, desechó de plano  el  contenido  de  las mismas, como lo era la manifestación de Torres Fajardo y  las  demás personas, en donde dan fe que el único interesado en este hecho era  Torres  Fajardo  y  quien  tenía  las  influencias  y  cómplices  en  el Fondo  Rotatorio  de  la  Policía  para  obtener  el  acta de entrega con un contenido  falso”.   

En   fin,   luego   de   reiterar    que    se    hizo    una    “valoración       probatoria      aislada       del   contexto     procesal”,    dentro   de    la    cual    tampoco    se    tuvieron  en   cuenta    los    presupuestos    de    la    sana   crítica,   de   afirmar   que   en  este  asunto   no    existe    la    necesaria    certeza   para   condenar   y  de  indicar  que  el  Tribunal   basó    sus    conclusiones   en   suposiciones,   sin  analizar  la  personalidad de su procurado ni las alegaciones que sustentaron el  recurso  de  apelación,  concluye  solicitándole a la Corte casar la sentencia  impugnada  y,  en  su lugar, absolver a Manuel Vicente  Valbuena Suárez.   

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

1.   Demanda  presentada   por  el  apoderado  de  la  parte  civil   

Teniendo   en   cuenta  el  único  cargo  formulado,  encuentra  la Sala que al recurrente no le asiste interés jurídico  para demandar el fallo del Tribunal, por las siguientes razones:   

Según    el    artículo   208   del  Código  de  Procedimiento  Penal  (Ley  600  de  2000,  normatividad aplicable a este asunto), cuando la casación tiene  por   objeto   únicamente  lo  referente  a  la  indemnización  de  perjuicios  decretados  en la sentencia condenatoria, el libelista debe tener en cuenta como  fundamento  las  causales  y  la  cuantía   establecidas   en   las   normas   que   regulan   la  casación  civil.   

Siendo evidente que el reclamo del libelista  se  centra en el tema indemnizatorio, observa la Sala que el actor inobservó el  requisito        de        procedibilidad        de        la       cuantía fijada por el artículo 366 del  Código  de Procedimiento  Civil,  modificado  por  el   artículo   1°   de  la  Ley  592  de 2000,   esto     es,     la    equivalente    a    cuatrocientos        veinticinco        (425)   salarios    mínimos    legales   mensuales   vigentes   que   para  la  fecha  de  la sentencia  impugnada  (3  de  febrero  de 2006) asciende a  $ 173.400.000,oo, si   se   tiene   en   cuenta   que   el  salario   mínimo   para  este  año  fue  fijado en $408.000,oo,  según el Decreto 4686 del 21 de diciembre de 2005.     

De  otro  lado,  como  lo  ha  precisado la  jurisprudencia  de  la Sala, “conviene anotar que la  Corte  Suprema  de  Justicia,  tanto  en  su  Sala de Casación Civil como en la  Penal,  han sostenido que la cuantía del interés para recurrir en casación se  determina  para  la  fecha  del  fallo de segunda instancia, que es la decisión  objeto  de  la  impugnación extraordinaria , en tanto que allí se decide si se  impone  la  afectación  patrimonial  cuya  cuantía  habrá  de  determinar  la  viabilidad jurídica de censurar el fallo en este puntual aspecto.   

“El valor de la  resolución  desfavorable  al  recurrente puede surgir de la diferencia entre lo  pedido  por  el  demandante y lo negado por el juez, ora entre las sumas fijadas  en  las sentencias de primera y segunda instancia, y esa diferencia es la que se  ha  de  confrontar  con  la cuantía fijada por la ley al momento de dictarse el  fallo    impugnado”.1   

Así, entonces, teniendo en cuenta que en el  fallo  de  primera  instancia  los  procesados  fueron  condenados  a  pagar  el  equivalente  de  ciento  ocho (108) salarios mínimos legales mensuales vigentes  por  concepto  de  perjuicios materiales y morales (aspecto que fue revocado por  el  ad  quem),  decisión  que   en   su   momento  no   fue   impugnada   por  el  apoderado  de  la   parte  civil,  mostrando  así  su  conformidad,  al  punto que en la demanda de  casación  solicita  a  la  Corte  que  se  condene  a  los  acusados a pagar la  “suma    señalada    en   la   primera     instancia”,    resulta   obvio    que    aquella  cifra,   la   que   debe   tenerse    como   factor   para   establecer   la   cuantía,  es  inferior  a los 425 salarios mínimos mensuales legales vigentes,  que  es  la  cuantía  para impugnar en casación para el momento de dictarse el  fallo atacado.    

Ahora  bien,  si en gracia de discusión se  concluyera  que  no  es el valor por el cual fueron condenados los procesados en  primera  instancia  el parámetro para establecer la cuantía, sino el señalado  en  la  demanda  de  constitución de parte civil, de todos modos, en este caso,  tampoco  tendría  interés  el  casacionista,  toda  vez que en dicho libelo se  fijaron  los  perjuicio en la suma total de $96.000.000,oo, cifra que obviamente  es   muy   inferior  a  los  $173.400.000,oo,  es  decir,  a  los  cuatrocientos  veinticinco  (425)  salarios  mínimos  legales  mensuales vigentes para el año  2006.   

En  consecuencia,  la parte civil carece de  interés  jurídico  para  interponer el recurso extraordinario de casación por  el  tema  del  pago  de  perjuicios  no  decretados  en  la sentencia de segunda  instancia  y  cuya  inclusión  pretende,  motivo  por  el  cual  la  demanda se  inadmitirá.   

2.   Demanda  presentada a nombre de Manuel Vicente Valbuena Suárez   

Advierte la Corte que la demanda presentada  por   el  defensor  de  Valbuena  Suárez  no reúne los requisitos de claridad, precisión y coherencia que  para ser admitida establecen las normas que regulan la casación.   

Ante todo debe reiterarse que la demanda de  casación  no  es  de libre formulación, por lo que no es procedente toda clase  de  cuestionamientos   a  una sentencia que por ser la culminación de  un  proceso está amparada por la doble presunción de acierto y legalidad, sino  que  debe  ser  un  escrito claro, lógico y sistemático en el que, al tenor de  los  motivos  expresa y taxativamente señalados en la ley, se denuncian errores  bien  sea  de  juicio  o  de  procedimiento  en  que  haya  podido  incurrir  el  sentenciador,  procediendo  a  demostrarlos  dialécticamente  y evidenciando su  trascendencia.   

Tales   presupuestos  no  los  reúne  el  único  cargo que ocupa la  atención  de  la  Sala,  pues  si  bien  el actor anuncia que lo sustenta en la  causal  primera  de  casación,  pues,  en  su criterio, el Tribual incurrió en  violación  indirecta  de  la  ley  sustancia  por error de hecho generado en un  falso  juicio  de  identidad, de todos modos en su desarrollo no se respetan los  parámetros  y  las  reglas  técnicas  que  la  ley  ha  establecido  para  tal  hipótesis.   

En  efecto, se hace necesario recordarle al  actor  que el falso juicio de identidad “tiene lugar  cuando  el  juzgador  se equivoca al apreciar la prueba, dado que, obrando en el  proceso,  al  valorarla distorsiona su contenido cercenándola, adicionándola o  tergiversándola,  caso  en  el cual está llamado a señalar mediante el cotejo  objetivo  de  lo  dicho  en  el  medio probatorio y lo asumido en el fallo, qué  aparte  fue  omitido o añadido a la prueba, qué efectos se produjeron a partir  de  ello  y,  lo  más  importante,  cuál  es  la trascendencia del yerro en la  declaración  de  justicia  contenida  en  la  parte  resolutiva de la sentencia  atacada,  tópico  que  no puede ser demostrado con la exposición subjetiva del  criterio  del impugnante acerca del valor que corresponde al medio de prueba que  estima  tergiversado,  pues  menester  resulta que materialmente acredite que el  error  condujo  a  la falta de aplicación o a la aplicación indebida de la ley  sustancial  en  el fallo, esto es, que corregido el yerro, la prueba debidamente  valorada  en  conjunto  con las demás modifica sustancialmente el sentido de la  decisión  reprochada”2.   

Así,  resulta  claro  que  el libelista no  acató  las  anteriores premisas, pues si bies es cierto que acusa la violación  indirecta  de  la  ley sustancial por error de hecho generado en un falso juicio  de  identidad,  en  la  medida  en  que el juzgador transgredió “lo  dispuesto  por  la  ley  al  momento de evaluar y/o valorar los  medios  probatorios”,  yerro que condujo a predicar  la  responsabilidad de Manuel Vicente Valbuena Suárez  como  determinador del delito de falsedad ideológica  en  documento  público,  agravado por el uso, también lo es que no precisó de  manera  concreta  cuáles  fueron  las  pruebas  objeto  de  tergiversación, ni  evidenció  la  trascendencia  del  mismo frente a la parte resolutiva del fallo  impugnado,  sin  olvidar  que  tampoco correlacionó dicho error de apreciación  con  todo  el  caudal  probatorio  que  sirvió  de  fundamento  del  juicio  de  reproche.   

Por   el  contrario,  alejándose  de  la  hipótesis  enunciada,  dedica  su  discurso  a  afirmaciones  tales como que el  juzgador     realizó     un    análisis    “muy  superficial”  de  la  prueba, que no tuvo en cuenta  las  alegaciones  planteadas  por  el  defensor  de  un  coprocesado,  o que los  elementos  de  juicio  allegados  al  proceso  “son  claros,  concretos  y  concisos  que  llevan  a la certeza que el único autor y  determinador  de  este  hecho  es Torres Fajardo”, o  que    hubo    un   “estudio   recargado   de   la  prueba”,  o  que  el  Tribunal no tuvo en cuenta la  personalidad positiva de su defendido, etc..   

Como se advierte, su inconformidad radica en  la  credibilidad  que  los  juzgadores  le otorgaron a loas elementos de juicio,  olvidando   que   la   simple   disparidad   de   criterios   no   constituye   yerro   demandable   en casación, pues de  acuerdo  con  el sistema de apreciación probatoria que rige el juzgador goza de  libertad  para  justipreciar  los  medios  de prueba allegados al proceso, sólo  limitado por los postulados que informan a la sana crítica.   

Ahora  bien, si la inconformidad del censor  estaba  destinada  a  demostrar  una  transgresión de los postulados de la sana  crítica,   aspecto   que   se   deduce   cuando  indicó  que  en  este  asunto  “no  existe  una  confrontación probatoria como lo  exige  la sana crítica”, ha debido fundar el ataque  a  través  del  error  de  hecho  por falso raciocinio, señalando cuál fue la  regla  de la lógica, de la ciencia o de la máxima de la experiencia vulnerada,  de  qué  manera lo fue y su incidencia en la parte dispositiva del fallo, labor  que tampoco emprendió.   

Así   las cosas, observa la Corte que  en  la  formulación  de  la  censura  hay inseguridad y confusión, poniendo en  evidencia  la  falta de claridad y precisión, motivo por el cual inadmitirá la  demanda.   

Por  último, cabe señalar que el estudio  detenido  del  expediente permite a la Sala concluir que no procede la casación  oficiosa  por  cuanto no se percibe ninguna causal de nulidad ni vulneración de  derechos fundamentales.   

En mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R  E  S  U  E  L  V  E   

INADMITIR   las  demandas  de  casación  presentadas      por      el      apoderado  de la parte civil y   por   el   defensor   de      MANUEL     VICENTE     VALBUENA  SUÁREZ.  En  consecuencia,  se  declara  desierto el  recurso extraordinario de casación interpuesto.   

Contra  esta  decisión no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

MAURO    SOLARTE  PORTILLA   

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ                                          ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN                              MARINA    PULIDO    DE  BARÓN           

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS                                YESID      RAMÍREZ  BASTIDAS           

JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                        JAVIER ZAPATA ORTIZ                                                               

TERESA RUIZ NUÑEZ  

                                                          Secretaria     

1  Casación 23190 del 23 de agosto de 2005.   

2  Casación 23032 del 22 de junio de 2005.     

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