26290(30-11-06)

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 26290  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado    acta    N°    139   

Bogotá,      D.      C.,      treinta (30) de noviembre de dos mil seis (2006).   

V   I   S   T   O  S   

Resuelve la Corte la admisibilidad formal de  la   demanda   de   casación   discrecional   presentada  por  el  defensor   del   procesado  JAVIT       ALFONSO       ÁLVAREZ  PÉREZ,  condenado  por  el  delito  de  abuso de confianza.   

A  N  T E C E D E N T E  S   

1.  Los hechos fueron sintetizados por  el juzgador de segunda instancia de la siguiente manera:   

“En virtud del  poder  otorgado  por  el  señor  JOSÉ  CONSTANTINO  TORRES HIGUERA, al abogado  JAVIT    ALFONSO    ÁLVAREZ    PÉREZ,  para  representarlo  en  el proceso ejecutivo hipotecario que se  adelantó  contra  los esposos OSCAR BECERRA OCHA y RUBY ARIAS DE BECERRA, y que  se  inició  en  enero  de  1998  ante  el  Juzgado Cuarto Civil del Circuito de  Cartagena,  sin  que  el  poderdante tuviera conocimiento alguno, éste llegó a  término  como  consecuencia  de  un  arreglo extra-procesal del segundo con los  demandados,   logrando   el   pago   de   la   obligación   por  parte  de  los  mismos.   

“Se afirma por  el   aquí   denunciante   TORRES   HIGUERA  que  durante  mucho  tiempo  estuvo  premeditadamente  desinformado  por  parte  del profesional del derecho sobre el  desarrollo  del mentado proceso y por desconfianza averiguó, enterándose de la  apropiación  que  efectuó  de  los dineros producto del pago. Así mismo, hace  referencia  a  la entrega que hizo al mismo encausado de dos cheques por valores  de  $4.000.000  y  $700.000  girados  por  el señor DAVID DAMEL BUELVAS para su  respectivo  cobro  judicial,  de  los cuales recuperó la suma de $4.000.000. En  suma,  señala  que  lo  apropiado  por  el  denunciado  asciende  a  la suma de  $16.200.000”.   

2.  Abierta la investigación, oído en  indagatoria   el   abogado   Javit  Alfonso  Álvarez  Pérez,  quien  nombró a un defensor de confianza, y  allegadas  unas pruebas, la Fiscalía 2ª Local de Cartagena, el 16 de agosto de  2000,  resolvió su situación jurídica con medida de aseguramiento consistente  en  caución,  por el delito de abuso de confianza, decisión que fue notificada  personalmente al defensor del procesado.   

Aportadas otras pruebas, el 24 de agosto de  2001  se  cerró  la  investigación y el 25 de noviembre siguiente se profirió  resolución  de  acusación en contra de Javit Alfonso  Álvarez  Pérez, por el delito de abuso de confianza,  providencia  que  fue  notificada  personalmente  al  procesado, quien interpuso  recurso de apelación, y a su defensor de confianza.   

Mediante  resolución  del 12 de febrero de  2002,  se  declaró  desierto  el  citado  recurso por no haber sido sustentado,  decisión  que  luego  de  ser  notificada  personalmente  al  procesado  y a su  defensor,  quedó  ejecutoriada  el  28 de febrero del  citado año.   

3.   El  expediente  pasó  al Juzgado  Cuarto  Penal  Municipal  de Cartagena, despacho judicial que, el 29 de julio de  2002,  llevó  a  cabo la audiencia preparatoria, a la cual asistió el defensor  de  confianza  del  acusado.  Como  ninguno  de los sujetos procesales solicitó  pruebas, de oficio se decretó el testimonio de Elsa Marrugo.   

La  audiencia pública se intentó realizar  en  varias  ocasiones,  la  cual no se pudo llevar a cabo por ausencia tanto del  acusado  como  de  su  defensor,  profesional  del  derecho  que  posteriormente  renunció  al poder, siendo reemplazado inicialmente por uno de oficio y, luego,  por  uno  de  confianza,  a  quien  se  le expidió copias disciplinarias por no  asistir a la audiencia.   

Después de repetirse una vez más el cambio  de  defensores  (lo  que sucedió en dos ocasiones) y de advertir la parte civil  que  el  término de prescripción de la acción penal se aproximaba, finalmente  la audiencia pública se llevó a cabo el 4 de noviembre de 2004.   

Superadas aquellas contingencias, el Juzgado  Cuarto  Penal  Municipal  de  Cartagena,  mediante sentencia del 10 de agosto de  2005,    condenó    a    Javit   Alfonso   Álvarez  Pérez a las penas principales 20 meses de prisión y  multa  de  15  salarios  mínimos  mensuales legales vigentes, a la accesoria de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos y funciones públicas y de la  profesión  por  el mismo término de la pena privativa de la libertad y al pago  de  los  perjuicios, como autor del delito de abuso de confianza, concediéndole  la suspensión condicional de la ejecución de la pena.   

3.   Apelado  el fallo por el defensor  del  procesado,  el  Juzgado  Cuarto  Penal  del Circuito de Cartagena, el 31 de  marzo  de  2006,  lo  confirmó  integralmente, determinación contra la cual el  mencionado   profesional   del   derecho  interpuso  recurso  extraordinario  de  casación excepcional.   

LA   DEMANDA   DE  CASACIÓN   

El   defensor   del   abogado  Álvarez Pérez afirma que acude a este  medio  excepcional,  con el  fin  de  concretar “la protección de las garantías  fundamentales   del   procesado   y   el   desarrollo   de   la   jurisprudencia  patria”.   

En cuanto a la primera hipótesis, luego de  plasmar  unos  conceptos  sobre  el  debido  proceso  y  el  derecho de defensa,  sostiene  que  en  este  caso  se transgredieron las garantías fundamentales en  tres  aspectos,  a saber, i) no haber contado el procesado con defensa técnica,  ii)   por   no   haberse   decretado  “las  pruebas  necesarias  pedidas”  y  que  eran importantes para  “erigir     las    bases    lógicas    de    la  acusación” y iii) “por  ausencia  total  de  motivación  de  la  sentencia  que  debió  desarrollar  y  contestar  los  argumentos  de  reproche  en  el  recurso  de alzada”.   

a)  Respecto al primer punto, afirma que en  el  sumario  el  defensor  del procesado no hizo ninguna petición, ni interpuso  ningún   recurso  y  “ni  siquiera  notificaciones  personales”.  “Si luego  llegamos  al  juicio,  se observará la renuncia del togado de confianza y luego  una  fila  interminable  de abogados de oficio, que debieron suplir los intentos  del   colega  para  obtener  un  defensor  activo”,  profesionales    que    no    presentaron    peticiones   de   nulidad   ni   de  pruebas.   

Por ello, estima que su defendido no contó  con  un  defensor técnico que cumpliera con la obligación constitucional de la  defensa,  limitándose  a  una  existencia “formal y  anquilosada  cual losa de lujo que ni estorba ni es útil al proceso”,    transgrediéndose    de    esa    manera   los   postulados  constitucionales,    legales    y    jurisprudenciales    que   protegen   dicho  derecho.   

b)  Así  mismo,  en lo atinente al segundo  punto,  asegura  que  su procurado “no contó con el  decreto  y práctica de pruebas por él solicitadas y menos el Estado contó con  la  prueba  de  los  supuestos  fácticos alegados”,  toda  vez  que  desde  su  indagatoria  solicitó  las  declaraciones de Arnulfo  Olivella  Pérez,  Elsa Marrugo y Alicia Herrera Cáceres, medios de convicción  que  buscaban  acreditar  “no sólo la cantidad que  entregaba,  sino  las condiciones en que se dieron sus relaciones y acuerdos con  su   poderdante,   antes   de  los  procesos  y  después  del  pago”,  elementos probatorios que, en su criterio, tenían incidencia  e  importancia  sobre las explicaciones que suministró, situación que conlleva  a  que  se  acceda  a  la  nulidad  “para  que sean  posibles  esas  probanzas,  por  lo  menos  en  la  etapa del juicio”.   

Igualmente,  asegura que existe otro factor  de  nulidad  estrechamente  vinculado  con  el  anterior  argumento,  como es la  “evidente” deficiencia  probatoria  a lo largo del proceso, al punto de sostener la absolución con base  en  el  principio  de  in  dubio  pro reo, pues la negligencia probatoria es tan  flagrante   que   surge   claro   que   no   se  allegaron  los  “recibos  y  documentos que eran los únicos que de manera eficiente  podían  comprobar todos los extremos de los hechos de marra, más aún, resulta  extraño   cómo   el   juzgador  de  primera  instancia  pudo  entrar  a  hacer  evaluaciones  de  intereses  y  demás,  sobre  una  incertidumbre  mayor que el  triángulo de las bermudas”.   

Afirma  que,  por  ejemplo,  se ignoran las  fechas  de  los  cheques y de la letra de cambio mencionados por el denunciante,  documentos   que,   en   su   opinión,   se   requerían  para  “determinar   a   ciencia  cierta  los  valores  y  la  liquidación  respectiva”,   sin   dejar   pasar  por  alto  que  “ni  siquiera  se  entregó el recibo o los recibos  que  dicen  los  deudores poseían en su poder, cuando mi poderdante recibió el  pago”,  como  tampoco  existe  constancia  sobre la  cancelación  de  las  costas  del  proceso,  factores  que  hubiesen podido ser  aclarados con las pruebas solicitadas por el procesado.   

Por ello, dice que no existe claridad en los  valores  ni  en las fechas relativas a la liquidación frente a las sumas que se  dice  fueron  apropiadas,  vacíos  que  son  producto  de  una falta de defensa  técnica.   

c)   Finalmente,  en  lo  relativo  a  la  “falta de motivación”,  dice  que  solicitó  la cesación de procedimiento por caducidad, toda vez que,  en  su  criterio,  la  prueba  indica que el acusado recibió $8.000.000, de los  cuales        entregó        al        denunciante         “$4.300.000”,  quedando  un  saldo  de  “$3.700.000”, cifra que  no  puede  considerarse  como  apropiada  de  manera  ilícita,  ya  que hay que  deducirle    los    honorarios    correspondientes   que   son   “el  treinta  por ciento” y no el veinte  como  los  fijó  el  juzgador  de  segunda  instancia,  pues aquella fue la que  indicó  el procesado en su indagatoria, no existiendo prueba que contradiga tal  porcentaje.   

   

“De tal suerte  que  si  los  honorarios  sobre  el  treinta  por  ciento  de lo recaudado, eran  $2.400.000  tal  valor  mas  los  $4.300.000  que  entregó  suman  un  total de  $6.700.000,  por  lo  que entonces el dinero no devuelto o apropiado, se insiste  en  el  peor  de  los  casos,  sería  $1.300.000,  que es la suma que se debió  siempre  contraer  la  denuncia,  que  perteneciendo  a las calendas de 1997, en  vigencia  de  la  ley  23  de 1991, no podría ser en modo alguno perseguible de  oficio,  más  aún  como contravención especial ya habría caducado al momento  de presentar la querella”.   

Dice que frente a esa solicitud, el juzgado  de  segunda  instancia  “se aparta de la conclusión  de  la  defensa  en  cuanto  a  que  el  monto  de los honorarios para el colega  procesado,  lo  estipula  en  sólo el veinte por ciento. La sentencia de primer  orden  reconoce  que  no  hay prueba del pacto, y que por tanto hecha mano a las  tarifas  de  abogados,  cual  si  se  tratara  de  una ficción, para establecer  el   monto  que  según  el  sentenciador hubiese sido factible”.   

En  su  opinión,  la  sentencia de segundo  grado  “simplemente  y  de  un  plumazo”  fijo  los  honorarios en el veinte por ciento, sin que existan  razones  que  “desmientan  al procesado”.     

Agotados  los  anteriores  temas, afirma el  libelista  que  el segundo motivo por el cual acudió a la casación excepcional  es  el  relacionado  con  el  desarrollo  de  la jurisprudencia, “pues  son  varios  los  temas  que inquietan y que en verdad no han  sido     resueltos    ni    conocidos    por    la    jurisprudencia”:   

“Se  sabe  que  ciertamente  la  jurisprudencia  ha  estimado  como  una unidad, para asuntos de  notificación  o  de  términos  a  los  varios  procesados junto con sus varios  defensores.  Igual  se  sabe  que  ha  permitido  en  casos excepcionales que el  procesado  abogado  renuncie  en  su  indagatoria  a ser asistido por un colega,  situación  que  entiendo  ha sido luego revisada por la Honorable Corte Suprema  de  Justicia.  Pero en criterio del juez de segunda instancia, es posible que el  procesado  abogado,  sin  renunciar,  pues  por  ello  el  Estado le ha nombrado  abogado  de oficio, pierda su derecho a la defensa técnica, por lo que cada que  se  trate  de  un  sindicado abogado es posible, según tal criterio, dividir la  gravedad  y  exigencia  de  la  ley  penal,  en  su  perjuicio dado que para él  bastará  la  defensa material o si se quiere una de las dos languidece frente a  la  otra  o  se  confunden, del tal suerte que así las cosas, pierde entidad la  necesidad  del  ejercicio  oportuno  y  suficiente del abogado de confianza o de  oficio,  quien de tal suerte termina convertido en una pieza más sin incidencia  alguna    en    la   actuación   ni   para   bien   ni   para   mal”.   

Siendo ello así, considera que habría que  establecer  nuevos  parámetros  para  los  procesos  que  se  adelantan  contra  abogados.   

A  continuación,  con base en las causales  tercera  y  primera  de  casación,  el libelista formula cinco cargos contra el  fallo de segunda instancia, cuyos argumentos se sintetizan así:   

Primer cargo principal  

Fundado  en   los  artículos 29 de la  Carta,  8°,  207  y  306  del  C.  de P. P., acusa al juzgador de haber dictado  sentencia  en  juicio  viciado  de nulidad, por violación del debido proceso y,  consecuentemente,  el  derecho de defensa, “dado que  no  podía  en  modo  alguno desconocerse que no era posible suponer que por ser  abogado   el  procesado  no  tenía  derecho  a  la  asistencia  de  la  defensa  técnica”,  yerro  que  se  origina “por  falta  de aplicación por interpretación errónea”.   

Dice  que  el  expediente  demuestra  que  “desvinculada   la  primera  defensora”,  el  procesado  no  tuvo  abogado defensor que lo asistiera y,  además,  “el  que le fue provisto en el sumario no  se  presentó  jamás  ni  para notificarse, al punto que fue el procesado mismo  quien  apeló más se declaró desierto el recurso”,  situación  que  continuó  en  el  juicio  frente  al  que se le nombró, quien  “debió  ser  reemplazado  varias veces”,   siendo   evidente   que  careció  de  una  real  asistencia  técnica.   

Asevera  que  dicha realidad fue reconocida  por  el  juez  de  segunda  instancia,  “sólo  que  interpretando  de  manera  equivocada  los  alcances  del  art.  8°”,  sugiriendo que la condición de abogado del procesado subsana  la     irregularidad,     sin     que    la    misma    tenga    “trascendencia ninguna”.   

En consecuencia, concluye que en este asunto  se impone dicha nulidad.   

Segundo cargo subsidiario  

Afirma  el  libelista  que, acogiéndose al  fundamento  legal  anterior, el juzgado de segunda instancia dejó de aplicar el  principio  de  contradicción  previsto  por el artículo 13 del C. de P. P., el  que  transcribe,  pues, como quedó visto, el procesado solicitó pruebas que no  fueron  atendidas  por  la  fiscalía,  “sin que sea  posible  sostener  que  las  mismas  no eran necesarias, oportunas, relevantes o  inconducentes”,  irregularidad  que  aunada  a  la  transgresión  del  debido proceso y a la falta de defensa se acentúa cuando el  sentenciador  le  resta  mérito  a  la  misma  con el argumento “de   que   el  procesado  dejó  de  insistir  y  machacar  en  las  solicitudes de prueba”.   

Agrega  que  las pruebas solicitadas por el  procesado  eran  importantes,  toda  vez  que  a  través  de  ellas  se hubiera  demostrado  que  el  convenio  que  fijó  con  su  poderdante  era  del  30% de  honorarios,  como  así  lo  hubiese  declarado  la  abogada  Alicia  Herrera de  habérsele recibido testimonio.   

Tercer   cargo   subsidiario   

Sostiene  que se trata de un juicio viciado  de  nulidad  por  caducidad  de la querella, según el artículo 34 del C. de P.  P.,    norma   que   al   no   ser   aplicada   originó   una   “violación  indirecta,  dado que el juzgador incurre en un error de  hecho  que le hace suponer que existe en el plenario prueba que demuestre que el  convenio  de  honorarios lo fue del 20% y en tal sentido su conclusión después  de  este  supuesto  es que el valor apropiado supera el $1.000.000 (falso juicio  de      existencia      y     falso     juicio     de     identidad)”.   

Añade  que  en la indagatoria su defendido  indicó  que  el  valor  de  sus  honorarios  los  fijó  en el 30%, mientras el  juzgador,  sin  prueba alguna y sin que fuera un tema que hubiesen tratado tanto  el  denunciante  como los testigos, concluyó que los honorarios se ajustaban al  20  %  “porque  así  lo  disponen  las  tablas  de  honorarios”,  tablas que solo podías usarse cuando  “se  ha  probado  que  no  hubo  acuerdo…,  norma  supletiva   que  no  está  hecha  para  complementar  o  subsanar  los  vacíos  probatorios del proceso”.    

Cuarto cargo subsidiario  

De igual manera, dice que la sentencia está  viciada  de  nulidad  al  violarse  el  artículo 13 del C. de P. P., según los  numerales  2°  y  3°  del  artículo  306 ibidem, pues era una obligación del  juzgador motivar el fallo.   

Asegura   que   para   el   sentenciador  “bastó  con  afirmar  sin  más que el convenio de  honorarios  lo  fue  por el veinte por ciento y con ello establecer conclusiones  aritméticas  superiores  a los metros para la caducidad. La defensa sostuvo que  en  estas  materias debía estarse a lo probado dentro del proceso, para lo cual  contaba  con  la  afirmación  del  procesado en modo alguna desmentida y que no  recibía   ningún   embate  por  las  alusiones  generales  de  una  tarifa  de  honorarios”.   

En  su opinión son dos cosas diferentes el  acuerdo  y  la tabla de honorarios, “que si se tiene  por  probado que el pacto lo fue por suma superior al veinte por ciento, deja de  existir  el  delito  patrimonial  para  arribar  a  los  predios  de  una  falta  disciplinaria  y si se logra establecer que el pacto lo fue por menos del veinte  por  ciento  y  aún  así  el  colega  se  apropió  de  más  de lo pactado no  importando  que  superara  el  veinte  por  ciento, estaríamos en predios de un  delito  patrimonial,  que está dado es frente a lo pactado no frente a la tabla  de honorarios”.   

Quinto   cargo   subsidiario   

En   esta   oportunidad,   acusando   la  “violación  indirecta  por no aplicar el principio  de  in  dubio  pro  reo”,  afirma  que  los  jueces  “reconocieron que no hay pruebas para establecer el  valor   del   convenio   de   honorarios   y  por  ello  acuden  a  unas  normas  supletivas”,  además  de  que  no contaron con los  recibos  de abonos que fueron expedidos por su defendido. Por ello, se cuestiona  cómo  se  “arriesgan  los  juzgadores  a  realizar  contabilidades  específicas, ignorando fechas y valores exactos, cuando bien se  supo    que    tales    documentos    existieron   y   que   habrían   de   ser  aportados”,  no  olvidándose  que las matemáticas  siendo  exactas  “se resisten a ser usadas al gusto  del intérprete”.   

Por lo expuesto, solicita a la Corte casar  el  fallo impugnado y, en su lugar, “disponer o bien  la  nulidad  del  proceso,  desde  el  momento  de la clausura, pues hasta allá  hunden  sus raíces la necesidad de restablecer los derechos conculcados o bien,  disponer la absolución”.   

CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

1.  Es  evidente  que,   de    conformidad    con    el    artículo   205   del   Código  de  Procedimiento  Penal,  sólo  procede  en este asunto el  recurso  de casación discrecional, pues la sentencia de segunda instancia no la  dictó  un  tribunal  superior de distrito judicial sino el Juzgado Cuarto Penal  del  Circuito  de  Cartagena, en la medida en que el procesado fue condenado por  el  delito  de  abuso  de  confianza,  conducta  punible  de  competencia de los  juzgados  penales  municipales,  por  lo  que no importa el quantum punitivo del  punible por el cual se dictó fallo de condena.   

2.  Así  mismo, recuérdese que cuando la  casación  se  intenta  por vía excepcional, es preciso que el actor cumpla con  la  carga  de  fundamentar   los  motivos  por  los  cuales considera se ha  violado   una   garantía   fundamental  o  porque  se  hace  necesario  el  desarrollo  de  la   jurisprudencia,   pues  sólo  a  esos eventos se  restringe   la   admisibilidad   de   esta   modalidad    casacional.    

Ahora bien, en cuanto al presupuesto de la  fundamentación,  la  jurisprudencia  de  la Corte ha sido reiterada y clara que  cuando  se  trata  de  la  garantía  de los derechos  fundamentales,  hipótesis  aquí  seleccionada,  el  casacionista  está obligado a desarrollar una argumentación lógica dirigida a  evidenciar  el  desacierto, siendo imperioso que demuestre el desconocimiento de  una  garantía  por  quebrantamiento  de la estructura básica del proceso o por  violación  de un derecho fundamental, e indicar las normas constitucionales que  lo  protegen  y  su  concreto  conculcamiento  con  la  parte  dispositiva de la  sentencia.   

Así mismo, en lo que hace relación con la  necesidad      del      desarrollo      de     la  jurisprudencia, como también se invoca en este caso,  ha  dicho  la Sala que el demandante está obligado a exponer una argumentación  lógica  dirigida  a  evidenciar  si  lo  que  se  pide  es  la  unificación de  posiciones  encontradas  sobre el particular, o la actualización de la doctrina  hasta  el  momento  imperante,  o  el  pronunciamiento  sobre  un  tema  aún no  desarrollado,  o  la precisión sobre el alcance de la ley cuando ésta presenta  vacíos  o  el  necesario  análisis  con  ocasión del tránsito legislativo de  leyes,  debiéndose  señalar,  además,  de  qué  manera la decisión que va a  adoptar  la Corte presta el doble servicio de solucionar adecuadamente el caso y  de  servir  de  guía como criterio auxiliar de la actividad judicial por tratar  derroteros de interpretación con criterio de autoridad.   

Al  respecto  la  Sala  ha  indicado  que  “la   demanda  de  sustentación  del  recurso  de  casación  por  la  vía  discrecional,  debe  justificar  la  solicitud  en  la  necesidad       del       desarrollo       de       la   jurisprudencia,    ya   por   su   unificación,  dada   sus    variaciones    o    la    diversidad    de   criterios   sostenidos  por  la Corte, ora porque existan vacíos  que  exijan  precisiones  o  ampliaciones para señalarle sentido y alcance a la  ley,  o bien porque con ocasión al tránsito  de  leyes  o   por   la   concurrencia   de   nuevas  realidades   fácticas  o  jurídicas,  la  Sala no haya tenido oportunidad de referirse a un  tema  sustancial  específico, ante el cual la sentencia acusada yerra o infiere  agravio   al   impugnante,   como  también  para   propiciar   la  ampliación  de los mecanismos protectores de las  garantías        de        los        derechos        fundamentales”.1   

3.  Cumplido  lo  anterior,  dado  que  la  casación  es de naturaleza extraordinaria y rogada, se debe elaborar la demanda  respetando  las  reglas  de  formulación,  desarrollo  y  demostración  de los  cargos,  según  la causal invocada y el modo de violación de la ley sustancial  señalado,  pues el recurso extraordinario, en cuanto juicio técnico jurídico,  cuenta  con una serie de reglas señaladas por el legislador y desarrolladas por  la  jurisprudencia  con  el fin de que no se convierta en una tercera instancia,  las  cuales  se constituyen en un conjunto de postulados orientados a lograr que  el  demandante  se  sujete  a  unos  derroteros  lógicos  y  coherentes  en  la  postulación  y  desarrollo  de  sus reparos, de tal suerte que resulten claros,  precisos y demostrados.   

4.   Pues bien, encuentra la Sala  que  si  bien  es  cierto el demandante acudió a las dos hipótesis legales que  permiten  el acceso a la casación discrecional, también lo es que el contenido  argumentativo  de  las  mismas  y  la  formulación de los cargos no cumplen los  presupuestos en precedencia indicados.   

En  efecto,  en  primer término afirma el  censor  que  en este caso se transgredieron las garantías fundamentales en tres  aspectos,   a   saber:   i)  no   haber   contado   el   procesado   con   defensa   técnica,   ii)  por  no haberse  decretado      “las      pruebas     necesarias  pedidas”    y    que    eran   importantes   para  “erigir     las    bases    lógicas    de    la  acusación” y iii) “por  ausencia  total  de  motivación  de  la  sentencia  que  debió  desarrollar  y  contestar  los  argumentos  de  reproche  en  el  recurso  de alzada”.   

En  cuanto  al  primer   aspecto,   esto  es,  violación  del  derecho  de  defensa    técnica    por    cuanto    que    su   procurado    careció    de    dicha   garantía    no   obstante,    como    así    lo   admite,   haber   contado    con    varios   defensores   de   confianza   y    de    oficio    a    lo    largo    del   proceso,    censura   que    plantea   a   través   del  primer  cargo,  surge  evidente  que  el  demandante,  siendo su deber, no evidenció cómo efectivamente al acusado   se   le  transgredió  ese  derecho  fundamental,   máxime    cuando   la   argumentación   la   centró   a   sostener   que   ninguno  de  los profesionales del  derecho  presentaron  “peticiones  de nulidad ni de  pruebas”  y  “el que le  fue    provisto    en    el   sumario   no   se   presentó   jamás   ni   para  notificarse”.     

Como lo tiene dicho la jurisprudencia de la  Sala,  para  la  alegación en sede de casación de la violación del derecho de  defensa  resulta insuficiente anunciar la inactividad supuesta del abogado, pues  ha  de demostrarse que “en realidad fue una omisión  lesiva  de  los  intereses  del  procesado,  atendiendo  a  lo  recaudado por la  investigación,  y  no limitarse en abstracto a criticar al defensor, ni a decir  según  su  criterio  qué  hubiera hecho, pues es lógico que cada profesional,  frente  a  un  caso  concreto,  diagnostique  y  establezca su propia estrategia  defensiva,  de  manera  que  no  coincidir  en  ello  no  significa  que se haya  infringido           la           garantía           constitucional”.2   

Así, entonces, el censor no evidenció si  la  inactividad  de  los  defensores  que  tuvo el acusado, varios de los cuales  fueron  de  confianza,  se  debió  a  una  personalísima  estrategia  o  a  un  incumplimiento  en las labores encomendadas, como tampoco demostró cómo dichos  profesionales  del  derecho habiendo concurrido al proceso notificándose de las  decisiones   adoptadas,   o   solicitando   pruebas   o  nulidades  necesaria  e  ineludiblemente la situación del procesado habría sido favorable.   

Además,  no  consulta  la  realidad de la  actuación  la  afirmación  del  demandante, según la cual, el profesional del  derecho  a  quien el procesado le otorgó poder en la etapa sumarial del proceso  “no     se     presentó    jamás    ni    para  notificarse”,  pues  como  quedó consignado en los  antecedentes  de  esta  providencia,  dicho  abogado  sí  acudió a notificarse  personalmente  de varias providencias dictadas en el curso de la actuación, sin  dejar  pasar  por  alto que en la audiencia preparatoria, a la cual asistió, no  consideró necesario solicitar nulidades ni pruebas.   

Indica  lo  anterior que la argumentación  del   casacionista   quedó  en  el  simple  enunciado,  pues  sin  conectar  su  argumentación  con  aquella  realidad  procesal, en manera alguna ilustró a la  Corte  cómo  la  actitud del citado defensor de confianza vulneró precisamente  el  derecho  fundamental  alegado,  esto es, la carencia de defensa técnica por  razón     de     su     “inactividad”,   aspecto   que   tampoco  correlacionó  con  las  reiteradas  inasistencias   de  los  posteriores  defensores  para  la  realización  de  la  audiencia  pública, al punto que el juez de primera instancia, considerándolas  como  indebidos  actos  dilatorios,  se  vio  en  la necesidad de expedir copias  disciplinarias contra uno de ellos.   

De   otro  lado,  en  lo  atinente al  segundo  punto  planteado  por  el actor, es decir, la transgresión del derecho  fundamental  de  la  defensa  y,  por ende, del principio de contradicción, por  cuanto  que  no  se  decretaron  ni  practicaron  las  declaraciones  de Arnulfo  Olivella  Pérez,  Elsa  Marrugo  y  Alicia  Herrera  Cáceres, medios de prueba  solicitados    por    su   procurado,   así   como   por   la   “evidente  deficiencia  probatoria” a lo  largo   del   proceso   reflejada   por  la  ausencia  de  unos  “cheques”  y  de  unos  “recibos”,  inconformidad que plasma en  el   segundo  cargo,  debe  decirse  que  no  sólo  quedó en el simple enunciado sino que también reviste  característica propias de una alegación de instancia.   

En efecto, se hace necesario recordarle al  censor  que  la  omisión probatoria como eje de pretendidas nulidades, no sólo  exige  comprobar  la  inexistencia  del concreto medio de prueba al interior del  proceso  sino  que,  además,  en procura de la consolidación de las garantías  procesales,  se  impone  hacer  evidente  cómo,  ante  la ausencia de éste, el  sentenciador  profirió  un fallo distante de la verdad, afectando gravemente al  sujeto  procesal,  es  decir,  corresponde al censor demostrar cómo sin lugar a  dudas,  de  haberse contado con el medio probatorio echado de menos otro hubiese  sido el sentido de la sentencia impugnada.   

En   otros   términos,  “la  prueba  cuya  práctica se extraña debe trascender en la   decisión    atacada,    pues    no    de    otra   manera   se   elimina   el  planteamiento  de  conjeturas o tesis  especulativas,  toda  vez  que  la  sentencia  condenatoria   -por  mandato  legal-   sólo  ha  de  corresponder  a la certeza a que hubiere llegado el  juzgador  para  predicar  la responsabilidad penal del acusado, lo que sin   lugar  a  dudas depende, a su vez, de la capacidad demostrativa de los medios de  convicción  allegados  a  las  diligencias, los que, de ser suficientes para el  logro   de  los  fines  del  proceso,  hacen  inadmisible  cualquier  hipótesis  contraria    que    se    sustente   en   la   omisión   probatoria”.3   

En esas condiciones, si bien es cierto que  el  actor  se  duele de que hubo omisión probatoria por cuanto no se recibieron  unos  testimonios  ni  se  allegaron unos documentos, también lo es que no hizo  precisión  respecto de la conducencia, pertinencia y utilidad de esos elementos  de  juicio,  los cuales tampoco correlacionó con los demás que fueron oportuna  y   legalmente   allegados   al   diligenciamiento   y,  menos  aún,  sobre  su  trascendencia  que,  como  se  ha  dicho,  no  emana  de  la prueba en sí misma  considerada.    

El libelista afirma que de haberse recibido  las  citadas  declaraciones  e incorporado los mencionados documentos se hubiese  “establecido”  no solo  la   cantidad  de  dinero  que  recibió  el  abogado  procesado  sino  también  “las  condiciones  en que se dieron su relaciones y  acuerdos  con sus poderdantes, antes del proceso y después del pago”,  o  se  habría  podido “comprobar  todos  los  extremos  de  los  hechos”  e, incluso,  “determinar  a  ciencia  cierta  los  valores  y la  liquidación respectiva”.   

Sin embargo, tal argumentación no resulta  clara  ni suficiente frente a la necesaria demostración del yerro alegado, pues  la  misma,  contentiva  de  apreciaciones  o  perspectivas personales, en manera  alguna  se  adentra  a  ilustrar  a  la  Corte  cómo  los  restantes  medios de  convicción,  legalmente  decretados  y  practicados,  eran  insuficientes  para  demostrar,  en  grado de certeza, la autoría y la responsabilidad del procesado  respecto  del  delito  de abuso de confianza por el cual fue condenado, habiendo  sido,   por   tanto,   equivocado   el  juicio  de  reproche  elaborado  por  el  juzgador.   

Además, no tuvo en cuenta el actor que la  declaración  de  Elsa  Marrugo fue decretada en el juicio, testimonio que no se  pudo  llevar  a cabo por cuanto la defensa nuca suministró los datos necesarios  para  ser  citada, como también dejó pasar por alto que el 15 de marzo de 2001  Arnulfo Olivilla Pérez rindió testimonio.   

Corre  igual  suerte la siguiente presunta  transgresión   de   las   garantías  fundamentales,  la  cual  plasma  en  los  cargos    tercero    y  cuarto,  a  través de los  cuales  y  con  fundamento  en  la  causal  de  nulidad  acusa  al  juzgador  de  “falta  de motivación”  y    de    una    posible    “caducidad   de   la  querella”, pues, en su opinión, el sentenciador de  segundo   grado,   acudiendo  a  las  correspondientes  tablas,  “simplemente  y de un plumazo” fijó los  honorarios  en  el  veinte  por  ciento  cuando  su defendido los señaló en el  treinta,  porcentaje  este  que  de  haberse  tenido en cuenta habría permitido  concluir  que  se  trataba  de una contravención cuya caducidad había operado,  según sus personales cuentas aritméticas.   

Lejos  de que el actor ilustrara a la Sala  cómo  en  verdad  se  presentaron  las  irregularidades  que dice afectaron las  garantías   del   procesado,   se  adentró  en  una  discusión  eminentemente  probatoria,  al  punto que él mismo acepta que el juzgador de segunda instancia  “se    aparta    de    la   conclusión   de   la  defensa”, pretendiendo en esta sede, sin acatar los  lineamientos  legales  propios  del  recurso  de  casación,  reiniciar un nuevo  debate  probatorio,  para  lo  cual  insiste en afirmar que a su procurado se le  debió  creer cuando aseveró que los honorarios cobrados a su poderdante, aquí  denunciante,  fueron  del treinta por ciento, motivo por el cual el sentenciador  no  debió  acudir a las respectivas tablas de honorarios para señalarlos en un  veinte por ciento.   

La  argumentación así planteada, como se  dijo,  en manera alguna cumple los presupuestos que la lógica casacional impone  y,  por  el  contrario, permite a la Sala colegir que su inconformidad radica en  la  estimación  probatoria que el fallador le otorgó a la versión del acusado  y  a  los  demás  elementos  de  prueba  y  de  los  cuales  dedujo el grado de  responsabilidad  penal,  contraposición  de  criterios que no es susceptible de  ser  atacada  en  esta  sede,  por  cuanto  dentro  del  sistema de apreciación  probatoria  que  rige, el juzgador goza de libertad para justipreciar los medios  de  convicción,  sólo  limitado  por  los postulados de la sana crítica, cuyo  quebrantamiento  debe denunciarse y desarrollarse por la vía del error de hecho  por falso raciocinio, camino que no emprendió el casacionista.   

Y  si  bien  afirma  en  el  tercer  cargo  que  hubo “violación  indirecta,  dado que el juzgador incurre en un error de  hecho  que le hace suponer que existe en el plenario prueba que demuestre que el  convenio   de   honorarios   lo   fue   del   20%”,  originándose  por  ello “falso juicio de existencia  y  falso juicio de identidad”, también lo es que el  reproche  carece del debido desarrollo, pues no indicó cuales fueron los medios  de   convicción  supuestos  y  cuáles  los  tergiversados,  reemplazando  esta  omisión,  como  se indicó, por una crítica personal e indiscriminada dirigida  a oponerse a las conclusiones del sentenciador.     

    

De   otra   parte,   en   cuanto   a  la  “falta       de       motivación”   (cargo  cuarto),  se  hace  necesario  indicar  que  la  propuesta  de  nulidad por dicha  razón,  debe  tratar  aspectos  sustanciales  de  la  sentencia,  providencia  que  por  su naturaleza y condición contiene un juicio  sobre los hechos y sobre el derecho.   

Teniendo  en  cuenta  dicha  premisa, debe  recordarse  que  a  la  fijación  del aspecto fáctico se llega a través de la  elaboración  de  juicios  de  validez  y  de  apreciación  de  los  medios  de  convicción,  orientados éstos últimos por las normas de la experiencia, de la  ciencia  o  de  la  lógica,  o  de  las  reglas  que  les  asignan  o niegan un  determinado  valor.  El  mandato constitucional impone que la fundamentación de  la  sentencia  debe  comprender  el  correspondiente  juicio sobre los elementos  probatorios  y  que  el  mismo sea expreso y asertivo y no hipotético, toda vez  que  si  el  fallo  no  es  explícito  o determinante sino que se manifiesta de  manera  imprecisa,  remisa o contradictoria, o se limita a enunciar las pruebas,  omitiendo  su  debida  evaluación  y  discusión y, por ende, el debido mérito  persuasivo  o conclusivo, necesariamente el acto jurisdiccional es defectuoso en  cuanto   no   es   posible   su   contradicción   por   parte  de  los  sujetos  procesales.   

Precisados   los  hechos  prosiguen  las  consecuencias       jurídicas,      escenario      en      el      cual  igualmente  la  fundamentación se  constituye  en  una exigencia de orden constitucional, pues al juez se le impone  el  deber  de  expresar  sin  ambigüedad tanto los argumentos jurídicos de sus  conclusiones  como  la  obligación  de  responder  de  manera  clara, expresa y  suficiente     los     planteamientos     presentados     por     los    sujetos  procesales.   

Por    consiguiente,   “una  propuesta  de nulidad en casación por falta de motivación de  la   sentencia   debe   encontrarse   vinculada   a   la   insuficiente  o  nula  fundamentación  del  supuesto  fáctico  que  concluyó probado el juez o de su  encuadramiento   jurídico,   que   son   los   aspectos   que   estructuran  la  sustancialidad   de   la   sentencia”.4   

Así, entonces, partiendo de los anteriores  presupuestos,   advierte   la  Sala  que  la  censura  presentada   por   el   defensor   de   Álvarez      Pérez     se  detuvo  en  el  enunciado,  pues  sus argumentos se quedaron en  simples  afirmaciones,  sin  llegar  a las necesarias conclusiones demostrativas  que   evidencien   el   desconocimiento  del  derecho  fundamental alegado.   

En  efecto, dice  el    demandante    que    para   el   sentenciador  “bastó  con  afirmar  sin  más que el convenio de  honorarios  lo  fue  por el veinte por ciento y con ello establecer conclusiones  aritméticas  superiores  a los metros para la caducidad. La defensa sostuvo que  en  estas  materias debía estarse a lo probado dentro del proceso, para lo cual  contaba  con  la  afirmación  del  procesado en modo alguna desmentida y que no  recibía   ningún   embate  por  las  alusiones  generales  de  una  tarifa  de  honorarios”.   

Sin embargo, tal  argumentación  no  indica  la  razón  por  la  cual  califica  el fallo como carente de motivación y, menos aún, en qué consistió  la   misma,   observándose,   por   el   contrario,  cómo   el   demandante  deja entrever, de manera velada, su inconformidad con  las  consideraciones  que adoptó el sentenciador de segundo grado para concluir  que  se  imponía  acudir  a  la  tabla de honorarios  con  el  fin  de  fijar el  porcentaje  de  los  honorarios  cobrados por el   abogado  acusado,   aspecto    que   en    manera         alguna         permite        vislumbrar    la    irregularidad     denunciada   y,   a   su  vez,       deja             claro       que              el   tema propuesto se reduce a una  simple  disparidad  de  criterios  frente a la evaluación probatoria que, dicho  sea  de  paso,  no es propio de la causal de casación seleccionada.   

A    su    vez,    el    quinto   cargo  tampoco  fue  objeto  de  ningún  desarrollo,  pues  el  libelista  se  limitó  a  firmar que los jueces  “reconocieron  que no hay prueba para establecer el  valor  del  convenio  de  honorarios y por ello acuden a unas normas supletivas,  además  de  que  no  contaron con los recibos de abonos que fueron expedido por  Álvarez   Pérez”,  aseveración  que  le  permite  concluir  que  hubo  “violación  indirecta  por no  aplicar      el      principio      de     in     dubio     pro     reo”.   

Surge  evidente  que no obstante acusar el  actor  una presunta violación indirecta de la ley sustancial, de todos modos no  señaló  la  clase  de  error,  esto  es, si de hecho o de derecho, ni el falso  juicio   que  lo  determinó,  es  decir,  de  existencia,  de  identidad  o  de  raciocinio,  en  cuanto  al  primero,  o  de  legalidad  o de convicción, en lo  atinente   al   segundo,  centrando  su  discurso,  como  se  ha  visto,  en  la  prolongación  de las críticas sobre el grado de estimación que los juzgadores  le  otorgaron  a los elementos de juicio, sin que hubiese logrado evidenciar las  acusadas   lesiones   de  los  derechos  fundamentales  de  su  defendido.    

Finalmente, en cuanto atañe a la invocada  hipótesis  del  desarrollo  de  la  jurisprudencia  como motivo de la casación  discrecional,  el  actor no cumplió con los derroteros inicialmente señalados,  pues   no  evidenció  si  lo  pretendido  era  la  unificación  de  posiciones  encontradas,  la  actualización  de la doctrina hasta el momento imperante o el  pronunciamiento  sobre  un  tema  aún  no  desarrollado, ya que se limita a una  simple  enunciación, sin demostrar de qué manera la decisión que va a adoptar  la  Corte  presta  el  doble  servicio  de solucionar adecuadamente el caso y de  servir de guía como criterio auxiliar de la actividad judicial.   

En  una  simple  referencia,  se limitó a  decir   que   considera   necesario   que   la   jurisprudencia  “establezca  nuevos  parámetros  para los procesos que se adelantan  contra   abogados”,   afirmación  que  carece  de  desarrollo  argumentativo  frente  al  tema  relacionado  con la posibilidad que  tiene  el  procesado  abogado  de renunciar a la defensa técnica, como para que  lleve   a   la   Corte   a  hacer  un  necesario  pronunciamiento  en  torno  al  mismo.   

Por el contrario, lejos de puntualizar, de  manera  lógica  y  concatenada, las razones por las cuales se hace necesario el  pronunciamiento  jurisprudencial,  dedicó  su  disertación a mostrar opiniones  personales,  dentro de las cuales ni siquiera informa si sobre el tema ha habido  o no pronunciamiento jurisprudencial alguno.   

En   consecuencia,   como   la   demanda   acusa   las  graves  falencias  que  se    han   precisado   y   toda   vez   que   el   principio   de  limitación  que  rige el trámite  casacional impide a la Corte subsanarlas, se impone su inadmisión.   

Finalmente,  cabe  señalar que el estudio  detenido  del  expediente permite a la Sala concluir que no procede la casación  oficiosa  por  cuanto no se percibe ninguna causal de nulidad ni vulneración de  derechos fundamentales.   

En mérito de lo expuesto, la CORTE     SUPREMA    DE    JUSTICIA,  SALA      DE     CASACIÓN     PENAL,   

R  E  S  U  E  L  V  E   

INADMITIR  la  demanda  de  casación presentada por el defensor del  procesado  JAVIT ALFONSO  ÁLVAREZ   PÉREZ.   En  consecuencia,  se  declara  desierto el recurso extraordinario de casación interpuesto.   

Contra  esta decisión no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

MAURO   SOLARTE  PORTILLA   

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ                                        ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN                           JORGE    LUIS   QUINTERO  MILANÉS   

Permiso  

MARINA   PULIDO  DE  BARÓN                                        YESID RAMÍREZ BASTIDAS   

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                     JAVIER ZAPATA ORTIZ   

                                                TERESA RUIZ NUÑEZ   

                                                            Secretaria     

1 Rad.  21950,  casación  discrecional  del  24  de  noviembre  de  2004.  Ver también  casación  discrecional  21770  del  30 de junio de 2004; casación discrecional  22572  del 29 de septiembre de 2004: casación discrecional 23226 y 23327 del 16  de  febrero  y del 2 de marzo de 2005, respectivamente, y casación discrecional  25998 del 5 de octubre de 2006.   

2 Rad.  10983, sentencia de casación del 7 de febrero de 2002.   

3 Ver,  entre otras, casación 20530 del 22 de junio de 2005.   

4 Ver,  entre  otras,  casación  14647 del 25 de octubre de 2001, casación 21044 de 19  de enero de 2005, casación 23186 de 11 de mayo de 2005.     

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