26268(07-03-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 26268  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrada Ponente:  

MARINA   PULIDO   DE  BARÓN   

Aprobado acta N° 031  

Bogotá,  D.  C., marzo siete (7) de dos mil  siete (2007).   

VISTOS  

Decide la Corte el recurso extraordinario de  casación   interpuesto  por  los  defensores  de  los  procesados  RODRIGO  CIFUENTES  BLANCO  y JULIO  CÉSAR  MURILLO  MUÑOZ  contra  la  sentencia  del  16  de febrero de 2006, mediante la cual el Tribunal Superior de  Ibagué,  al  revocar  por  vía de apelación la absolución pronunciada por el  Juzgado  Penal  del  Circuito  de  Lérida  (Tolima),  los  condenó  a  la pena  principal  de  trece  (13) años de prisión y a la accesoria de inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos y funciones públicas por el mismo lapso, como  autores del delito de homicidio.   

HECHOS  

Ocurrieron el 14 de septiembre de 1996 en el  bar  de  nombre  “Las  Castañuelas” situado en el municipio de Santa Isabel  (Tolima).  Allí  se  encontraban libando licor RODRIGO  CIFUENTES   BLANCO  y  JULIO  CÉSAR  MURILLO  MUÑOZ; en otra mesa estaba dedicado a  la   misma  labor  Yamel  Sánchez  Aponte.  De  repente se produjo fuerte discusión entre éste y aquéllos,  porque  uno  de  los  amigos  del  primero  irrumpió  al establecimiento con un  caballo.  La  discusión  terminó  provisionalmente  luego  de que Sánchez   Aponte   abandonara  el  lugar,  anunciando   que  regresaría  armado.  Y  efectivamente,  volvió  cuando  eran  aproximadamente  las  11:00  p.m.,  momento en que se suscitó un intercambio de  disparos,   varios  de  los  cuales  alcanzaron  la  humanidad  de  Yamel   Sánchez,   quien   murió   casi  instantáneamente.   

ACTUACION PROCESAL  

1.- Correspondió adelantar la investigación  a  la  Fiscalía  Treinta y nueve Seccional de Lérida, despacho judicial que la  impulsó  mediante  resolución  del  26 de septiembre de 1996, donde dispuso la  vinculación  a  través  de  indagatoria  de  RODRIGO  CIFUENTES   BLANCO  y  JULIO  CÉSAR   MURILLO   MUÑOZ,   para   lo  cual  ordenó  capturarlos.   

2.-  Tras  presentarse  voluntariamente,  el  instructor  los  escuchó  en  diligencia de inq           uirir,  y  el  11 de octubre del  citado  año  les  resolvió la situación jurídica con medida de aseguramiento  de  detención  preventiva,  sin  derecho  a  excarcelación,  por  el delito de  homicidio.   

3.-  Mediante  resolución del 7 de enero de  1997,  la  Fiscalía  decretó  la  clausura  de  la  investigación,  y una vez  resolvió  en  forma  negativa  el  recurso  de  reposición que interpusiera la  defensa,   calificó  el  mérito  del  sumario  a  través  de  resolución  de  acusación   que   profirió   en  contra  de  RODRIGO  CIFUENTES   BLANCO  y  JULIO  CÉSAR   MURILLO   MUÑOZ,   como  presuntos  autores  responsables  de  los  delitos  de  homicidio y porte ilegal de armas de defensa  personal.   

4.-  Por apelación del representante de los  acusados,  la  Fiscalía Delegada ante el Tribunal Superior de Ibagué confirmó  la pieza calificatoria, según providencia del 25 de marzo de 1997.   

5.- En firme el pliego acusatorio, el proceso  pasó  a conocimiento del Juzgado Penal del Circuito de Lérida, funcionario que  tras  decretar  algunas  pruebas y negar otras, de conformidad con la ritualidad  procesal  entonces  vigentes,  realizó en varias sesiones la audiencia pública  de  juzgamiento, a cuyo término profirió la sentencia absolutoria que provocó  la liberación de los procesados.   

6.-  En  virtud de la apelación interpuesta  por  el  apoderado  de  la  parte  civil, la Sala Penal del Tribunal Superior de  Ibagué  revocó  la decisión de primera instancia y, en su lugar, profirió la  condena  que  motivó  la  intervención  de  la  Corte,  dada  la  impugnación  extraordinaria  interpuesta  por  la  defensa.  Es  de  anotar  que  en la misma  decisión  se  declaró  la  prescripción de la acción penal en lo relativo al  porte ilegal de armas de defensa personal.   

LAS  DEMANDAS   

          1)  La presentada a nombre de JULIO CÉSAR  MURILLO MUÑOZ.   

          Un  único  cargo,  según expresó y al amparo de la causal primera  de  casación,  cuerpo  segundo,  formuló  la  defensa  contra  la sentencia de  segundo  grado,  por  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial al dejar de  aplicar  el  artículo 32, numeral 6º, inciso segundo del estatuto punitivo que  trata   de  la  legítima  defensa  y,  como  con  secuencia  de  ello,  aplicar  indebidamente  el  artículo  103  ibídem,  el  cual  contempla  el  punible de  homicidio.   

          Al  desarrollar  el  cargo  anunciado  atribuyó  al Tribunal varios  errores de apreciación probatoria, según la siguiente síntesis:   

a)  Error de hecho  por   falso   juicio   de   identidad   en   la  modalidad  de  distorsión  por  transmutación.   

Lo  sustentó señalando que el ad   quem  desestimó  el  testimonio  de  César    Augusto    Ortiz    Macías   con  el  argumento consistente en que el declarante se retractó, lo  cual  no  es  cierto  porque  éste  rindió dos testimonios, el primero el 9 de  octubre  de 1996 ante la Fiscalía Primera Permanente en Ibagué y el segundo el  6  de  noviembre  del  mismo  año  ante  la  Fiscalía 39 Seccional de Lérida,  oportunidades  en las cuales ofreció un relato uniforme de los hechos, donde se  destaca  la  afirmación  referida  a  que cuando Yamel  Sánchez  salía  del  bar  retrocediendo y disparando  hacia  dentro  del  establecimiento  se  encontró  de  frente  con JULIO   MURILLO,  quien  fue  atacado  por  aquél  con el arma de fuego que portaba, ante lo cual éste igualmente accionó  su arma contra él.    

          Para  el  demandante,  de  no  incurrirse  en el mencionado error el  sentenciador  habría  dado  por  demostrado  que Yamel  Sánchez  jamás desistió de la agresión que inició  contra  RODRIGO  CIFUENTES  y  JULIO  CÉSAR  MURILLO cuando  ingresó  al  bar, situación que a su vez, junto con las versiones vertidas por  otros  nueve  testigos,  quienes  de  acuerdo  con  lo  señalado  por  el mismo  Tribunal,  refieren  “la actitud agresiva, belicosa y  desafiante   de   Sánchez   Aponte”   contra   los  procesados,  conduciría  seguramente  a  confirmar  la  legítima defensa, pues  “independientemente  de  si  Julio César Murillo le  disparó  de lado, de frente o por la espalda a Yamel Sánchez; lo cierto es que  estaba  defendiendo  un  derecho  ajeno  (la  vida  de  Rodrigo Cifuentes, quien  continuaba  siendo  atacado) contra la injusta agresión de Yamel Sánchez quien  aún  no  desistía  de  la  mentada contienda que había propiciado”.   

          b)  Error  de  hecho  por falso raciocinio  respecto del testimonio de William Casas Martínez.   

          Para  el  impugnante, el Tribunal violó la regla de la experiencia,  según  la  cual  “(l)as  personas,  al  prever  que  alguien  va  accionar un arma de fuego en el recinto donde se encuentran, buscan  refugiarse  o escapar del lugar antes que ocuparse por detallar si otros sujetos  poseen  también  armas  de fuego”, cuando desestimó  la   credibilidad  del  testimonio  de  William  Casas  Martínez  por afirmar éste que no vio a los acusados  en   posesión  de  armas  de  fuego,  aseveración  que  para  el  sentenciador  “no  sólo  repugna  a  la  razón, sino que pone al  descubierto   su   marcado   interés   del   testigo   de   apartarse   de   la  verdad”.   

          Sustentó  la  trascendencia  del  yerro,  aduciendo  que el aludido  testimonio   se   suma  a  la  larga  lista  de  declarantes  que  aseguran  que  Yamel  Sánchez  inició  de  manera  sorpresiva  e  injustificada  el  ataque  con  arma  de fuego contra los  procesados,  con  lo  cual se desvirtúa la afirmación del juez colegiado sobre  la inexistencia de prueba demostrativa de la legítima defensa.   

          c)  Error  de  hecho  por falso raciocinio  frente al testimonio de Grace Mallerly Franco Parra.   

          Consideró  que  en  la  apreciación  de ese testimonio el Tribunal  vulneró   las   siguientes   reglas  de  la  experiencia:  (i)  “Las  personas,  al  escuchar  disparos,  prefieren no acercarse a su  fuente.   Especialmente,   si   se   trata   de  personas  nerviosas”,  y  (ii)  “Las personas, al ver que  atacan  con  arma  de  fuego  a  una persona con quien tienen un fuerte vínculo  sentimental,  inmediatamente  buscan  protegerle, asistirle o ayudarle, bien sea  directamente  o  solicitando  auxilio  de  terceros,  para  evitar  el  daño  o  aminorarlo”.   

          Lo  anterior,  según  el  impugnante,  porque  el  fallador otorgó  credibilidad  a  la deponente cuando afirmó haber visto desde fuera del bar que  MURILLO  MUÑOZ  disparó por  la  espalda  a Yamel, a 1 ó 2  metros  de  distancia,  en el momento en que éste retrocedía en su intento por  salir  de  dicho establecimiento, pese a que la propia declarante manifestó ser  persona  nerviosa  y  que  luego  de percibir esos hechos se dirigió a su casa,  para  encerrarse en su habitación sin contarle a nadie lo sucedido, ni siquiera  a sus padres.   

Para  el  actor,  si  la  testigo es persona  nerviosa,  no  puede  ser  cierto  que  se  haya acercado hasta la fuente de las  detonaciones,  al punto de estar a 15 metros, como lo dijo ella. Ni tampoco que,  siendo   la   novia   de   Yamel  Sánchez,  no  hubiese  acudido a la policía o pedido ayuda, ni auxiliado a  su  novio  una  vez  cesaran  las  detonaciones.  Estimó  que  con base en esas  circunstancias  el Tribunal ha debido concluir que la declarante no estuvo en el  lugar  de los hechos y, como consecuencia de ello, que el conocimiento de éstos  lo obtuvo de terceras personas.   

En  punto  a  la  trascendencia  del  yerro,  señaló   que   si   el   fallador  hubiera  desestimado  esa  falaz  versión,  “se  derrumbarían  los endebles cimientos sobre los  que   el  Tribunal  construyó  una  responsabilidad  por  la  comisión  de  un  homicidio”.    

          d) Error de hecho  por  falso  raciocinio  en  relación  con  los testimonios de Eulises y Argenil  Esquivel.   

          En  criterio  del  demandante,  el sentenciador de segunda instancia  violó   la  regla  de  la  experiencia,  conforme  a  la  cual  “(l)os  sujetos  que niegan aspectos evidentes sobre los hechos, o no  son   realmente   testigos   presenciales,   o  siéndolo,  están  marcadamente  parcializados”,  porque  otorgó  credibilidad a los  testimonios    rendidos   por   Ulises   y  Argenil Esquivel Valderrama,  a  pesar  de  afirmar que Yamel Sánchez  no  portaba  arma  de  fuego,  con  lo cual niegan que  hubiera   existido   un   cruce  de  disparos  entre  éste  y  los  procesados,  circunstancia    que    contraría   el   sentido   común   y   “los   vestigios   de  los  impactos  hallados  en  el  interior  del  local”.     

          Precisó  que  no  se  trata  de la misma situación planteada en el  caso    de    William   Casas   Martínez,  pues  mientras  este  testigo  reconoce  el  cruce  de  disparos,  aquéllos  niegan rotundamente la existencia de arma de fuego alguna en poder de  su   amigo   y  empleador  Yamel  Sánchez,  edificando  así una versión parcializada indicativa de que o no  fueron  testigos  de  los  hechos  o  tienen un marcado interés en coadyuvar el  dicho de la parte civil.   

          En   relación  con  lo  anterior,  consideró  paradójico  que  el  Tribunal  hubiese  desestimado  la  versión de William  Casas  Martínez  porque  dijo no haber visto armas de  fuego  en  poder  de  los  acusados,  en tanto concedió toda credibilidad a los  hermanos  Esquivel Valderrama,  a  pesar  de  negar  tajantemente  que  el  occiso  portaba  también un arma de  fuego.   

          Sobre  la  trascendencia  del  yerro,  señaló  que  si el Tribunal  hubiera     valorado     los     dichos    de    los    hermanos    Esquivel  conforme  a los principios de la  sana   crítica,   habría   concluido   en   su  desestimación,  para  otorgar  credibilidad  a  la  versión de los procesados, respaldada por siete testigos y  de  acuerdo  con  la  cual  el  ataque  realmente lo inició, sin justificación  alguna,   Yamel   Sánchez.   

          e)  Error  de  hecho  por falso raciocinio  “respecto  del  análisis  de  la  conducta  de  Yamel  durante  el  cruce  de  disparos”.   

          En   concepto   del   casacionista,   al  inferir  que  Yamel  Sánchez  desistió de la contienda  cuando  retrocedía  para  intentar  salir  del  bar, el Tribunal desconoció el  principio  lógico  según el cual “(u)na persona que  dispara  un arma de fuego, independientemente de si camina hacia delante o hacia  atrás,  mientras  siga  disparando  no ha desistido de la contienda”,  porque,  añadió, la continuidad del ataque está determinada  por  el  accionamiento  del  arma  de  fuego,  mas  no por el desplazamiento del  atacante,  quien,  “como  es  obvio, también debía  proteger  su  vida  no  quedándose  estático ni acercándose a la fuente de su  retaliación”.    

          El  yerro  es  trascendente,  concluyó  el  actor,  por  cuanto  el  fallador  descartó  la  legítima  defensa con el argumento de que ella deja de  existir  cuando  el  peligro  actual  o  inminente  desaparece,  situación esta  última que nunca ocurrió.   

          f) Error de hecho  por  falso  raciocinio  respecto  de los testimonios de Dadringe Quiroga Rojas y  Jorge Castellanos Valero.   

          Según  el  demandante,  el  fallador  vulneró el principio lógico  consistente   en   que   “si   el   objeto   de  la  investigación  es  la  reconstrucción  de  unos  hechos, se acercará de mejor  manera  a  la  verdad  acudiendo  a  la  versión  inmediata  que  se  tenga  de  ella”,   cuando   optó   por  dar  credibilidad  a  Dadringe  Quiroga  Rojas  y  Jorge  Castellanos  Valero,  comandante   de   la   policía   y  alcalde  del  municipio  de  Santa  Isabel,  respectivamente,   pese   a   no   ser  testigos  presenciales  de  los  hechos,  desestimando  de esa forma las declaraciones de quienes les sirvieron de fuente,  esto  es, las rendidas por César Augusto Ortiz Macías  y    Guillermo   Orjuela  Bohórquez,    quien    resultara   lesionado   como  consecuencia del cruce de disparos.   

          Si  el  sentenciador, prosiguió el impugnante, no hubiera incurrido  en   el   mencionado   error,   se   habría   dado   cuenta   que  Yamel    Sánchez,   como   lo   declaró  Guillermo     Orjuela,  “apareció   disparando   contra   los   otros  dos  muchachos”  y  que  luego,  conforme  lo  testificó  César   Augusto   Ortiz,  “cuando salió corriendo JULIO MURILLO por la puerta  de  la  discoteca…  se  encontraron  con  YAMEL  frente  a  frente, y YAMEL le  disparó  a  JULIO  y  JULIO le respondió también con revólver”, con lo cual hubiese reconocido la legítima defensa.   

          g) Error de hecho  por falso juicio de identidad. Distorsión por adición.   

          Lo    concreta    respecto    del    testimonio    de   César  Augusto  Ortiz  Macías, precisando  previamente  que  aun  cuando precedentemente reprochó al Tribunal por desechar  la  totalidad de dicha declaración, para ahora censurarlo por incurrir en falso  juicio  de  identidad, tal contradicción pertenece realmente al juez colegiado,  y  es  claro  que  la  coherencia  de  la demanda depende de la coherencia de la  sentencia  atacada,  sin que en todo caso acudiera a cuestionarla por vía de la  causal    tercera,    al   lograr   advertir   grosso  modo los argumentos del fallador.   

          El  aparte  que,  sin  razón,  la  corporación  de  segundo  grado  adicionó   al   testigo   Ortiz  Macías,  en  criterio  del  casacionista,  se  contrae a la manifestación  según   la  cual  cuando  Yamel  Sánchez   retrocedía,   disparando  hacia  dentro  del  bar,  JULIO    CÉSAR    MURILLO   salió   del  establecimiento  por  una  puerta lateral que daba paso a la discoteca contigua,  ganando  así  la  calle  para  sorprenderlo  y dispararle por la espalda.    

          Para  el actor, si el Tribunal no hubiese puesto en boca del testigo  dicha  afirmación y, por el contrario, lo hubiera examinado en comunión con el  dicho  de  la  mayor  parte de testigos que intervinieron en le proceso, habría  reconocido la legítima defensa.   

          El  capítulo  final  de la demanda lo ocupó el actor para plantear  argumentos  adicionales  atinentes  a  la  trascendencia  de  los yerros por él  denunciados,  señalando  que si el ad quem  hubiese valorado el material probatorio con sujeción a las reglas  de  la  sana crítica, excluidos los siete errores advertidos, habría rechazado  la  credibilidad  del grupo conformado por los testigos de cargo y privilegiado,  en  cambio,  la  versión  de  quienes  aseguraron  que  al  momento  de  entrar  Yamel  Sánchez  al  bar  en  posesión  de  un  arma  y  en  actitud amenazante, los hoy acusados se hallaban  desprevenidos, pagando la cuenta de lo consumido en la cantina.   

De  esa  manera, añadió, se llegaría a la  conclusión  lógica  de  que  JULIO  CÉSAR  MURRILLO  “estaba  defendiendo  no  sólo  su  propia  vida,  sino  la de su amigo Rodrigo Cifuentes, quien desde el  momento  en  que  Yamel Sánchez Aponte decidió arremeter injustificadamente el  ataque,   continuaba   siendo   el   blanco   de   sus   proyectiles”,   sin   que   entonces   tuviera   cabida   la  “mentada    riña    concertada    a    que    hizo   referencia   el  tribunal”.   

          Pidió  así  casar  la  sentencia  impugnada y, en su lugar, dictar  fallo absolutorio.   

          2)  La  demanda  presentada a nombre de RODRIGO CIFUENTES BLANCO.   

         

          El  demandante  acude  también  a  la  causal primera de casación,  apartado  primero,  con  cuyo  fundamento formula contra la sentencia de segunda  instancia  un  único  cargo,  por  violar  indirectamente la ley sustancial, al  dejar  de  aplicar  el artículo 7º, inciso segundo del estatuto procesal penal  consagratorio    del    principio    in   dubio   pro  reo   y,   como   consecuencia   de   ello,   aplicar  indebidamente el artículo 103 del estatuto punitivo.   

          El  reproche  lo  postula  por  error  de  hecho por falso juicio de  identidad,  en  la  modalidad  de  distorsión  por  transmutación,  y  lo hace  consistir  en  que  el Tribunal, para desechar la credibilidad del testimonio de  Horacio   Rosero   Delgado,  dueño  del  bar donde ocurrieron los hechos, le atribuyó la afirmación de que  JULIO    CÉSAR    MURILLO    MUÑOZ    ingresó  a sus habitaciones para resguardarse de los disparos y que  después  salió  saltando  por  un muro, cinco minutos antes de escucharse unos  nuevos disparos.   

          Tal  aseveración,  según  el  actor,  en  realidad  la efectuó el  testigo     respecto     de     RODRIGO    CIFUENTES  BLANCO,  y  ese  yerro  es  trascendente porque con la  declaración   del   mencionado  deponente  se  desvirtúa  la  conclusión  del  Tribunal,  conforme  a  la  cual  mientras JULIO CÉSAR  MURILLO  salió  hábilmente del lugar a través de la  puerta   lateral  para  sorprender  a  Yamel  Sánchez  y  dispararle  por  la  espalda,  entre  tanto RODRIGO  CIFUENTES enfrentaba a éste a balazos desde el fondo del local.   

          En   criterio   del  actor,  si  el  fallador  hubiera  valorado  el  testimonio  de  Rosero Delgado  en  debida  forma,  se  habría percatado que CIFUENTES  BLANCO  huyó  despavorido del lugar donde se originó  la  balacera,  cogiendo  “por la sala hacia el solar,  luego  a la cochera y se botó a la calle de atrás”,  hecho  que  no  desvirtúa  ningún  testigo, amén de reconocer “que  existió  un  lapso  entre la primera balacera, que tuvo origen  con  el  ingreso  de  Yamel  a  la  cantina, y la segunda propiciada entre Julio  César Murillo y Yamel”.   

Consideró  que  si bien ese lapso no fue de  cinco  minutos,  como lo aseguró el declarante Rosero,  sí  pudo  ser  de un tiempo suficiente que aprovechó  CIFUENTES  BLANCO  para huir  del  lugar,  circunstancias  estas  que  toman  mayor  relevancia si se tiene en  cuenta,  como  lo  admitió  tácitamente  el  Tribunal,  que  se  presentó una  coautoría  propia  en  relación  con  el  homicidio, en cuyo escenario no hubo  oportunidad  para  “deliberar y preparar la acción a  seguir”   o   “asumir  estrategias”,   de  donde  no  surge  viable  hacer  depender           la          responsabilidad          de          CIFUENTES    de   la   de  su  amigo  MURILLO,  como  quiera  que  cuando   se   produjo   la   muerte   ya  el  primero  había  desistido  de  su  “retaliación”.   

          Precisó   que   la   distorsión   de  un  testimonio  como  el  de  Horacio  Rosero  cobra mayor  trascendencia  cuando se observa que el Tribunal, para concluir que RODRIGO  CIFUENTES  propinó a la víctima  los  tres  disparos  con  dirección  antero-posterior,  en tanto los otros tres  hallados  en  la dirección opuesta los descargó JULIO  CÉSAR  CIFUENTES,  se  fundamentó  en una inferencia  lógica  escueta  tras analizar los testimonios de oídas y del padre y novia de  la  víctima,  sin  que  se  haya  valido  para  el efecto de prueba científica  alguna.   

          Pidió,  en  consecuencia,  casar  la  sentencia  para  dictar fallo  absolutorio  con  fundamento  en  el principio in dubio  pro reo.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

         

Por   coincidir  sustancialmente  con  el  concepto  emitido  por  la  Procuradora  Segunda  Delegada  para  la  Casación  Penal, la Sala abordará el  examen  de  las  demandas con referencia a  las razones expuestas por el Ministerio  Público  y con fundamento en las cuales pidió desestimar los cargos formulados  por los censores.   

Se  empezará  con  el  libelo  reseñado  primeramente    en    esta    sentencia,   en   cuyo  estudio, por la similitud de temáticas, se abordará  en  un  mismo  capítulo lo  relativo  a  los  errores de hecho por falso juicio de  identidad   planteados   por   el   casacionista,  y  luego  se  emprenderá  el  examen   de  los  errores  de   hecho   por   falso  raciocinio,    también   esbozados   en  la  demanda,  aunque  el esquema a seguir será el de  analizarlos,  a  su  vez, grupalmente dependiendo de si los    yerros    tienen   o   no   real  existencia.   

1.  La  demanda  presentada a nombre de JULIO CÉSAR MURILLO MUÑOZ.   

     

a. Los errores de hecho por falso juicio de identidad.     

Como  se  recuerda,  el  primer  error  que  de esa naturaleza el actor  atribuye   al   Tribunal   consiste  en  afirmarse  en  la  sentencia  que  el  testigo  César Augusto Ortiz  Macías    modificó   la   versión   inicialmente  suministrada     por  él,  donde  expresó  que  vio  cuando  Yamel Sánchez  Aponte,  al salir retrocediendo del bar, se encontró  frente  a  frente con JULIO CÉSAR MURILLO,  a  quien  le  hizo  varios  disparos  que  éste  se  limitó  a  responder.   

Acertadamente,   la  Delegada  replica  que, según se deriva del fallo de segundo grado, cuando  el   ad   quem  habla  de  retractación   se  refiere,  no  a  la  segunda  declaración  que  el  testigo  Ortiz Macías rindió en el  curso  del  proceso,  sino  a  las  dos  versiones que  vertió  éste  ante  la  Fiscalía con respecto a la que proporcionó, en forma  extrajudicial,     al    comandante    de   la  policía  y  al  alcalde  del  municipio  de  Santa  Isabel,  señores Dadringe Quiroga  Rojas     y     Jorge  Castellanos  Valero,  inmediatamente  después de la ocurrencia de  los  hechos  y  conforme  a  la  cual  MURILLO MUÑOZ  aprovechó   que   Yamel  Sánchez  se  encontraba  intercambiando disparos con  CIFUENTES   MUÑOZ  para  dispararle por la espalda.   

Ciertamente,     en     las  dos  oportunidades  en  que  acudió  a la justicia,    Ortiz  Macías  ofreció  relatos  similares,  en  cuanto en  ambos  negó  que  MURILLO  MUÑOZ   hubiese   disparado   por   la  espalda  al  hoy  occiso,  precisando  entonces  que el primero se  limitó  a  responder  la  agresión  del segundo, con  quien  se  encontró  luego  de  traspasar  una  puerta lateral que permitía la  salida   del  bar  por  el  área  de  la  discoteca.  Y  así  lo  entendió  el  fallador  cuando  hizo  mención  al  dicho del citado  testigo,  según  el  aparte  de  la  sentencia que a  continuación se transcribe:   

“César  Augusto  Macías manifiesta que observó, estando en la puerta de la  discoteca,  que  del  bar  salió  Sánchez  Aponte  de espalda,  retrocediendo,  disparando  hacia adentro, cuando por la puerta de la discoteca,  por  un  lado  suyo,  salió  Murillo  Muñoz,  y  Sánchez  Aponte  lo vio y le  disparó,  impactando  en un carro que se encontraba  frente  al  lugar,  por  lo que Murillo Muñoz le respondió a tiros, aunque sin  saber      qué      cantidad      de     disparos     hizo.     Niega  que  Rodrigo haya disparado por la  espalda  a Yamel y reconoce que esa noche habló con el Sargento de la Estación  de  Policía  del  lugar sin referirse a la información que sobre el particular  le    dio    a    éste”   (pag.   27   de   la   sentencia).    

        Pero,   repítese,   el  Tribunal  en  ningún  momento  atribuyó  al  testigo  manifestaciones a partir de las cuales  sustentara  la  existencia  de  retractación  entre  las  dos declaraciones que  rindió  ante la Fiscalía. Tal cambio de versión lo  predicó  realmente de la  información  que  proporcionó  a los funcionarios de policía de la población  donde  ocurrieron  los  hechos, según se extracta de  la siguiente reflexión de la corporación de segundo grado:   

        “Igual   cosa   ocurre  con  César  Augusto  Ortiz  Macías quien testificó de manera sustancialmente opuesta a las  revelaciones  que  sobre  los  hechos  le  hizo  al  Comandante  de Policía, en  presencia   del   entonces  Alcalde  municipal,  argumentando  en  esta  última  oportunidad,  que  el  padre  de la víctima lo visitó en su casa y su lugar de  trabajo,   insinuándole  que  declarara  falsamente  a  favor  suyo”    (pag.   29).    

        No  se  presentó,  por  tanto,  el  falso juicio de identidad que  denuncia  el  actor,  pues la retractación sí se dio, sólo que no respecto de  los testimonios aludidos por éste.   

        Cuando    un   testigo   modifica  su  versión  bien  puede el  juzgador,   dentro   de   la  amplia  discrecionalidad  que  le  otorga  la  ley  en la apreciación de las  pruebas,    sólo    limitada   por   el  respeto  de  los  principios de la  sana  crítica,  determinar  cuál  de las versiones del declarante es  la  que  dice  la verdad, ejercicio  valorativo  que realizó  el  Tribunal  no  sólo  respecto  de  César    augusto    Ortiz   Macías,  frente    a    quien    consideró    digna   de  credibilidad  la  versión  extraproceso  vertida    al    paginario    a    través    de    las         declaraciones  del  comandante  de  la policía y  del alcalde del municipio  de  Santa  Isabel,  sino  en   relación  con  el  testigo  Joaquín Elías Mendieta Ávila,  quien  tras  declarar  en contra de  los implicados, volvió a  comparecer  al  proceso  para  esta vez señalar que  Yamel  Sánchez, luego de  regresar   al   bar,   ingresó   al   mismo y una  vez       allí       agredió      verbalmente    a    MURILLO   MUÑOZ  y      CIFUENTES  BLANCO,   al   tiempo   que   esgrimió un arma  de  fuego  y la          disparó     contra    éstos.   

Sobre  este tema en jurisprudencia evocada  en           reciente           sentencia1,   la   Sala   expuso   lo  siguiente:   

“La  retractación  no  es por sí misma una  causal   que   destruya  de  inmediato  lo  sostenido  por  el  testigo  en  sus  afirmaciones  precedentes.  En  esta  materia,  como  en todo lo que atañe a la  credibilidad  del  testimonio,  hay  que  emprender  un  trabajo  analítico, de  comparación,  a fin de establecer en cuál momento dijo el declarante la verdad  en  sus  opuestas versiones. Quien se retracta de su dicho ha de tener un motivo  para  hacerlo,  y este motivo debe ser apreciado por el Juez, para determinar si  lo  manifestado  por  el  testigo  es verosímil, obrando en consonancia con las  demás  comprobaciones  del  proceso (….) si el testigo varía el contenido de  una  declaración  en  una  intervención  posterior, o se retracta de lo dicho,  ello  en  manera  alguna  traduce que la totalidad de sus afirmaciones deben ser  descartadas.  No  se  trata  de  una  regla  de  la  lógica,  la  ciencia  o la  experiencia,  en  consecuencia,  que  cuando  un declarante se retracta, todo lo  dicho      en      sus      distintas     intervenciones     pierda     eficacia  demostrativa”.   

        La  apreciación  probatoria  así efectuada por el fallador, como  bien  lo puso de presente el Ministerio Público, sólo es atacable por vía del  falso   raciocinio,   para   lo  cual  es  necesario  acreditar  “cuál  de los postulados que informan la sana crítica es decir la  ciencia,   la   lógica   o   la   experiencia  fue  el  desconocido”   pero  el  casacionista  omitió  proceder  en  ese  sentido.   

El otro error de hecho por falso juicio de  identidad     que     el    censor    reprocha   al   Tribunal  estriba  en  señalar   que   éste  adicionó   al   testimonio   de   César   Augusto  Ortiz  la  manifestación  según  la  cual  JULIO  CÉSAR MURILLO sorprendió        a        Yamel  Sánchez, al dispararle por la espalda.   

        La  Delegada  concede parcial razón al  impugnante   al   destacar  cómo  inicialmente  el  fallador  desestimó  los  testimonios  de  Joaquín  Elías   Mendieta   Ávila    y   César    Augusto    Ortiz   Macías,  para   posteriormente  fundamentar  la  condena  con  la  declaración  de  este  último, al punto de  atribuirle  la  manifestación  antes  referida,  en  cuanto en la decisión anotó:   

        “Es  inobjetable  además  que en el  cruce  de  disparos,  en  un momento determinado Yamel intentó salir del local,  retrocediendo  y  accionando el arma contestando los disparos que provenían del  interior,  circunstancia  aprovechada  por  Julio  César,  para  salir  del bar  utilizando  una  puerta  lateral que da paso a la discoteca contigua, ganando la  calle   y  sorprendiendo  a  Sánchez  Aponte,  quien  continuaba  retrocediendo  disparándola  por  la espalda en repetidas ocasiones tal como lo refirieron los  testigos  de  visu  Ulises  y  Argenil Esquivel Valderrama, César Augusto Ortiz  Macías,  Joaquín Elías Mendieta Ávila y Grace Mayerly Franco Parra, y los de  auditu  ,  el  Comandante  de  la  Estación de Policía, el Alcalde municipal y  Yamel  Sánchez  Peña,  y  lo  corrobora  el  acta  de  inspección judicial al  cadáver y el protocolo de necropsia”.   

        Pero,  con gran tino, la representante de la sociedad desestima    la    censura,    al    observar   que   aun   cuando  realmente  el  testigo,  en  las  declaraciones  que  ofreció  en  el curso de la actuación, no imputó a  MURILLO  MUÑOZ  el haber  disparado  por  la  espalda al interfecto,  lo cierto  sí  es  que  el Tribunal  reseñó  en  el  transcrito  párrafo  varias  situaciones de hecho que, en su  sentir,         emergían        establecidas  mediante  la suma de las  diversas  pruebas a las cuales hizo mención expresa  allí,    sirviendo  el  testimonio  de  Ortiz  Macías  como aporte en la  reconstrucción   fáctica   que   en   ese  sentido  realizó  el  ad  quem -añade la Corte-   en   lo  relativo  a  la  afirmación  conforme  a  la  cual  iniciado   el   tiroteo   al   interior   del  bar,  MURILLO  MUÑOZ salió de  él  por  la puerta de la discoteca, para una vez alcanzada la calle encontrarse  con         Yamel        Sánchez.   

        Desde   luego,   ya   lo   que  aconteció  de  ahí  en  adelante  lo  encontró  probado,  no  con  las  declaraciones  brindadas   por   Ortiz  Macías      ante     el     instructor,     cuya  credibilidad     en    ese    sentido,    como    quedó    visto   precedentemente,   desechó  el  fallador  de  forma  expresa,  sino con los otros medios  probatorios  a  los cuales aludió en el comentado párrafo, entre los cuales se  cuentan   los  testimonios  del  comandante  de  la  policía y del       alcalde      de      la  localidad,  quienes  transmitieron el relato inicial  que  les  hizo  el propio  César   Augusto  Ortiz,  donde  sí afirmó que  JULIO   CÉSAR  MURILLO  sorprendió  al  hoy  obitado,  disparándole por la  espalda.   

Esa situación  fáctica   la   halló  firmemente                corroborada con el acta de inspección  judicial  y  el protocolo de necropsia, según así lo explicó el sentenciador,  cuando    inmediatamente   después   de    reseñar    las   conclusiones  probatorias  de  que  da  cuenta  el  mencionado párrafo, se dio a la tarea de  particularizar  la  ubicación  de  los  orificios de entrada en el cuerpo de la  víctima,   así   como   la   trayectoria  de  los  proyectiles  recibidos  por ésta,  para con fundamento en ello concluir:   

        “Lo  anterior  pone  de presente, de  manera  incuestionable,  que  Sánchez  Aponte,  en  el curso del enfrentamiento  armado  fue  atacado  por la espalda con arma de fuego por parte de Murillo  Muñoz  y  que algunos de los  disparos  le  fueron  propinados  a  corta  distancia,  precisión  que  no solo  concuerda  con  el  anunciado protocolo sino con los testimonios de cargo atrás  señalados”.   

        Vista  así  la  situación,  es  evidente que tampoco el Tribunal  incurrió  en  ese  segundo yerro por falso juicio de  identidad que le atribuye el censor.   

        b)   Los  errores de hecho por falso raciocinio.   

        (i). Según  el  actor, el Tribunal al desestimar el testimonio de  William     Casas     Martínez     vulneró   la   regla   de   la   experiencia   según   la   cual  “las personas, al prever que alguien va a accionar  un  arma de fuego en el recinto donde se encuentran, buscan refugiarse o escapar  del  lugar  antes  que  ocuparse  por  detallar si otros sujetos poseen también  armas  de  fuego”. Ello,  en    su    criterio,   ocurrió   con   el   referido   testigo,   razón    determinante    para    no  ver  armas  de  fuego en  manos   de   los  procesados,  luego  no  podía  el  sentenciador  derivar  de  esa  afirmación  que su declaración “no  sólo  repugna  a  la  razón, sino que pone al descubierto su  marcado   interés   del   testigo   de   apartarse   de  la  verdad”.   

        En  este  punto la Sala no se identifica del todo con la Delegada,  quien      a      pesar      de     reconocer  la  validez  de la regla de la experiencia expuesta por  el   actor,   otorga  razón  al  Tribunal  cuando  desestimó  el  aludido  testimonio, señalando para el  efecto  que  al manifestar éste que sólo vio al hoy occiso en poder de arma de  fuego,   mas   no   a   los  procesados,  reveló  con  ello  su  intención  de  “contar  a  la justicia sólo aquellos apartes que  señalaban  a  Yamel  Sánchez  como  agresor, pero se cuidó en atribuir algún  acto a Murillo o a Cifuentes”.   

        El fallador consideró que el hecho de  manifestar  el  testigo  no  haber visto armas de fuego en poder de los acusados  era  contrario  a  la  razón  y  ponía  al descubierto el marcado interés del  testigo  por  apartarse  de  la  verdad.  Esa  conclusión,  vista insularmente,  constituye  ciertamente  violación a la regla de la  experiencia  enunciada  por  el actor, pues el diario  vivir  enseña  que  cuando  se  produce un tiroteo,  sobre  todo  si  ocurre  dentro  de  un  establecimiento  público, las     personas     ajenas     a    él    tratan    inmediatamente   de   protegerse  sin  detenerse a reparar en detalles, como lo señaló el  impugnante.   

        Sin  embargo,  observa la Corte que no fue ese el único argumento  que  le  sirvió  al  Tribunal  para  desestimar  el  comentado testimonio, pues  también  refirió  que  tanto esa declaración como las demás que pretendieron  corroborar  de  alguna  forma  la  versión  de  los  procesados “desentonan”  con  el desarrollo     lógico     de     lo     acontecido,     prédica  que  explicó  más adelante  cuando señaló:   

“Similar  contraevidencia  encuentran  en  el  proceso las declaraciones de quienes aluden  que  Cifuentes  Blanco  y  Murillo  Muñoz  estuvieron  siempre  frente  a Yamel  Sánchez  Aponte, pues lo cierto es que el primero de los nombrados en  todo  momento  lo  abordó  frontalmente.  De  ahí  los  tres  impactos  de  arma  de  fuego  que  presentaba  la  parte  delantera del cuerpo,  mientras  que  Cifuentes  Blanco  lo  enfocó por la espalda y a corta distancia  propinándole    tres    más    que    registran   esa   dirección” (pag. 43)   

        William  Casas Martínez fue uno de los  testigos  que  señaló  a Yamel Sánchez   haber   disparado   primero   y   de   frente   a  MURILLO  MUÑOZ. Obsérvese lo que dijo  al respecto:   

        “…  yo  me  recoté  (sic)  contra  un  muro que hay frente  del  bar  ese  del  señor Horacio (sic) cuando  en  esos  instantes  sonaron unos disparos adentro en esos  momentos  todo  el  mundo  salió  para  afuera de último salió el finado y el  señor  JULIO MURILLO estaba en la otra puerta, de la discoteca cuando el finado  le  voltió (sic)  el  arma  de  frente  al  señor  JULIO  MURILLO  ahí  se  formó un intercambio de  disparos,  sonaron  muchos tiros entonces yo me brinqué al otro lado del muro y  me  tiré  boca  a  bajo, no supe más” (fl. 681 cd. 1).   

        Y más adelante añadió:   

        “Yo  lo  único fue cuando el señor  YAMEL  SÁNCHEZ  voltió  y  le  extendió  el  revólver al señor JULIO en ese  momento  se  formó un intercambio de disparos, yo ya me brinqué el muro no sé  que   pasaría,   yo   creo   que   el   que  disparó  primero  fue  el  señor  SÁNCHEZ”    (fl.  ídem).   

        De  conformidad  con  el  fallador,  entonces, en el proceso obran  otros   elementos  de  juicio  que contradicen  testimonios     como     el    de    Casas     Martínez,    citando  en  concreto  el protocolo  de  necropsia donde quedaron descritas las trayectorias  de    los    proyectiles,   indicativas    de    que    el    occiso    sí    fue    atacado   por   la  espalda.    

        De       suerte      que,  al  margen  de  la afirmación atinente a la no mención por  parte  del  testigo  de  armas de fuego en poder de los procesados, el  Tribunal  consideró  otras razones para desestimar la mentada  declaración,  las  que por sí solas soportan la decisión en ese sentido, como  finalmente,  a  manera  de  argumento  adicional,  lo  consideró  el Ministerio  Público en su concepto.   

        Desde  perspectiva  similar, el censor denuncia la presencia de un  falso  raciocinio en la apreciación del testimonio de los hermanos Ulises       y       Argenil   Esquivel   Valderrama,  por  vulnerar    el    fallador    la    regla   de   la   experiencia   consistente  en  que  quienes “niegan  aspectos  evidentes  sobre los hechos, o no son realmente testigos presenciales,  o       siéndolos,      están      marcadamente      parcializados”.   Tal   desconocimiento,  según  expresó,       ocurrió      porque,   contra   lo   dicho  por  casi  la  totalidad  de  los  demás  testigos,   aquéllos  aseguraron    que   Yamel   Sánchez   no  portaba arma de fuego, negando así la existencia del cruce de  disparos  entre  éste  y  los  procesados, pese a lo  cual      el      Tribunal     les     otorgó     credibilidad     .   

        En      verdad,     como     lo     afirma     el     libelista  y  lo  prohija la Delegada,  resulta     un     contrasentido     que     el     sentenciador    cuestionara    al    testigo    Casas  Martínez  por declarar que no vio armas de fuego en  poder   de   CIFUENTES  y   MURILLO,  mientras  pasó  por  alto  ese  detalle  en  relación con los  hermanos                 Esquivel.   

        Pero  ocurre  que el Tribunal, aunque no lo dijo en forma expresa,  consideró   que   los   declarantes   en  mención  se  distanciaron  de  la  verdad  cuando dijeron que  Yamel  Aponte  no poseía  arma   alguna.   A  esa  conclusión  se  arriba  si  se  repasa el     siguiente     aparte     de     la    sentencia:    

        “Del        contexto  probatorio  traído a colación se desprende sin lugar a dudas  que  inicialmente,  se  originó un cruce de insultos y amenazas al interior del  bar  de  propiedad  del  señor  Horacio  Rosero  Delgado,  entre Yamel Sánchez  Aponte,   Rodrigo   Cifuentes  Blanco  y      Julio     César     Murillo  Muñoz,  con  ocasión  del  ingreso de un caballo a  dicho     local    por    parte    de    Joaquín    Elías    Mendieta  Ávila,  lo  cual incomodó a los  dos      últimos.  Transcurrido  algún  tiempo,  luego  de  haber  salido Sánchez Aponte de dicho  lugar,  regresó  allí,  portando  un  arma  y  de  inmediato  se  presentó un  intercambio  de  disparos  entre  ellos, resultando inocultable que Cifuentes   Blanco   y   Murillo     Muñoz     también      poseían   armas   las   que   utilizaron   en   el   desarrollo   de   la  contienda”   (pag.  21).   

        Significa    lo   anterior   que   el  ad    quem    otorgó  credibilidad  sólo  parcialmente  a los testimonios de los hermanos  Esquivel,  en  cuanto  estimó  digno  de  recibo  el   hecho   de   ser  testigos  presenciales,  pero  rechazó  la  afirmación de  los  aludidos  según  la  cual el  occiso   no   portaba   arma   de   fuego.  Así  se  infiere     también     de    la    siguiente   reflexión  del  fallador  efectuada  inmediatamente después de sentar las conclusiones probatorias que se  transcribieron en precedencia:   

“Es  inobjetable  además  que en el cruce de disparos, en  un   momento  determinado  Yamel  intentó  salir  del  local,  retrocediendo  y  accionando  el  arma  contestando  los  disparos  que  provenían  del interior,  circunstancia    aprovechada    por   Julio   César,  para  salir  del  bar  utilizando  una  puerta  lateral que da paso a la discoteca contigua, ganando la  calle   y  sorprendiendo  a  Sánchez  Aponte,  quien  continuaba  retrocediendo  disparándola    por    la   espalda   en   repetidas   ocasiones   tal    como   lo   refirieron   los   testigos   de   visu   Ulises   y   Argenil  Esquivel  Valderrama…” (pág. 22).   

        Ese    modo    de   proceder   del   Tribunal,   de   tomar  algunos  aspectos de un testimonio y desestimar otros, como  lo    pone    de    presente    el   Ministerio   Público,   es   perfectamente  válido,       en      cuanto      constituye   manifestación   de   la  facultad    discrecional   que   le   otorga  la  ley  en la apreciación de  las   pruebas.   A   este  respecto,  la  Corte  ha  señalado:   

“…   El  funcionario  judicial,  en el análisis que hace de la prueba testimonial, puede  no  solo  acogerla  o  rechazarla integralmente, sino parcialmente, atendiendo a  los  criterios de apreciación racional, sin que ello  implique,   per   se,   el   desconocimiento  de  las  reglas  de  la  sana crítica, ni por ende, un error  de     apreciación    probatoria,    atacable    en    casación…”2.   

        Criterio  reiterado,  como  lo  recuerda la Delegada, en posterior  decisión    cuando   expresó   la   Corte:   

        “De   acuerdo  con  el  sistema  de  valoración  probatoria  consagrado en la ley, el deber del juzgador de apreciar  en  su  totalidad  el  conjunto  probatorio  no puede oponerse a la facultad que  tiene  de  desestimar todo aquello que no le dé certeza de lo que en el proceso  se pretende probar. Por ello es completamente viable  que  en ese ejercicio tome solo una porción del testimonio y deseche lo demás,  sin  que  se puedan elevar a la categoría de errores de apreciación probatoria  los  juicios  del  sentenciador  a través de los cuales establece el mérito de  los  elementos  que  sustentan el fallo, salvo que se pretenda demostrar que las  conclusiones  a  las  que  llegó  no  son  acordes  a  la sana crítica, único  postulado   al   que   está   sometido   para   efectos   de   la  apreciación  probatoria”3.   

De    otra    parte,    el   actor  atribuye  al  Tribunal la  vulneración   del   principio  lógico,  según  el  cual  en  la  reconstrucción  de  unos  hechos debe  preferirse   la   versión   del  testigo  directo  por  sobre  la  del  testigo  indirecto.   

        Con    la    Delegada    necesario    se    impone    concluir  en la sin razón del anterior  argumento.  Ningún principio lógico obliga al juez  a  repudiar de antemano el  testimonio  de  oídas  y  a  acoger sin reservas el  rendido  por quien presencia los hechos. Será  la  labor  suasoria  del  juez,  realizada  conforme  a los  principios  de  la  sana  crítica, la que determine cuál de ellos arroja        mayor       mérito  probatorio  y,  en  armonía  con  esa  conclusión,  privilegiar      la      credibilidad      de      uno      y     rechazar   la  del otro.    Al    respecto,    la   Sala   recientemente   recordó4:   

          “Y  en  relación  con  la  improcedencia  de una descalificación  anticipada del testigo de auditu o de oídas, ha dicho la Corte:   

‘Si  bien es  cierto  ‘el testigo de  oídas,  lo  único  que  puede acreditar es la existencia de un relato que otra  persona  le  hace  sobre  unos  hechos  (…)  y  que  generalmente ese concreto  elemento  de  convicción  no  responde  al  ideal de que en el proceso se pueda  contar   con   pruebas   caracterizadas   por   su  originalidad,  que  son  las  inmediatas’,  tampoco  ‘implica  lo  anterior  que  dicho  mecanismo  de verificación deba ser rechazado; lo que ocurre es que  frente   a   las  especiales  características  en  precedencia  señaladas,  es  necesario  estudiar  cada  caso  particular,  analizando  de manera razonable su  credibilidad  de  acuerdo  con  las  circunstancias  personales  y  sociales del  deponente,  así  como las de la fuente de su conocimiento, si se ha de tener en  cuenta  que  el  testigo de oídas no fue el que presenció el desarrollo de los  sucesos  y  que por ende no existe un real acercamiento al hecho que se pretende  verificar’ (Sentencia  de  segunda instancia, 29 de abril de 1999…)’   (…Cas.  10615)’”.   

        Precisamente, tal ejercicio valorativo  fue  el  efectuado  por el sentenciador de segundo grado, quien luego de sopesar  lo  dicho  por  el  comandante  de  la policía y por  el alcalde municipal y contrastarlo con lo declarado  por   Ortiz   Macías,  concluyó  que  éste  narró  la  verdad  de  lo  ocurrido  a  los  mencionados  funcionarios,  en  tanto  se distanció de ella en las versiones que ofreció en  el  curso  del  proceso,  cuando pretendió demostrar  que     JULIO    CÉSAR    MURILLO    disparó   de   frente   contra   Yamel  Sánchez  ante    el   ataque   que  recibió  de  éste.   

        Y    efectivamente,   el   comandante  de     la     policía,    señor    Dadringe  Quiroga  Rojas, manifestó  en  el  testimonio  rendido  en la investigación que  César  Augusto  Ortiz le  contó  la  noche de los  acontecimientos  que,  por el contrario,   JULIO  CÉSAR  MURILLO  disparó  por  la  espalda  a  Yamel  Sánchez,  en el momento  en  que  éste se enfrentaba a tiros con RODRIGO  CIFUENTES, quien luego, cuando  la  víctima yacía en el piso por acción del ataque  de  aquél,  le  disparó  como  en dos oportunidades  (fs.    129    y    ss.   cd.   #   1).   

Y  el  alcalde  Jorge    Castellanos    Valero,   a   través   de  certificación     jurada    (fs.    224   y  ss.  cd.  ídem),  testificó  que  se encontraba con el Sargento Quiroga cuando se  les     acercó     Ortiz    Macías,  para  asegurarles  haber  sido testigo presencial de los hechos,  narrándoles  lo  sucedido según los términos que transmitió a la justicia el  comandante de la policía.   

        El  error  denunciado  en  tal sentido por el casacionista resulta  entonces infundado.   

        (ii).  De  acuerdo  con  el  censor,  el Tribunal cuando otorgó credibilidad al testimonio  rendido      por     Grace     Mallerly    Franco    Parra   desconoció  las  reglas  de  la  experiencia  según  las  cuales  “las  personas  al escuchar disparos, prefieren no  acercarse  a  su  fuente,  especialmente si se trata de personas nerviosas”, y  “las  personas,  al  ver  que atacan con arma de fuego a una persona con quien  tiene   un   fuerte  vínculo  sentimental,  inmediatamente  buscan  protegerse,  asistirle  o ayudarle, bien sea directamente, o solicitando auxilio de terceros,  para evitar el daño o aminorarlo”.   

Al      respecto,     importa    precisar   que   el  testimonio  de  Grace  Mallerly  Franco    constituye  una    de    las    pruebas    con    apoyo   en  las  cuales  el  fallador  concluyó    que    Yamel   Sánchez   fue  atacado  por  la espalda por JULIO  CÉSAR  MURILLO  cuando  salía  del bar,   retrocediendo  ante  los  disparos  que  emanaban  del  interior  del  establecimiento.  La   declarante  depuso  que  observó  tal  escena  cuando  se  encontraba  al  pie  de la iglesia, a 15  metros   de   distancia  del  bar,  luego  de  salir  inadvertidamente  de  su  casa  con  la  intención  de  buscar a Yamel,  su  novio,  y  cerciorarse  si  estaba  con  otra mujer.   

Según   expresó   también  la  deponente, tras verlo caer, presa  de  los  nervios  como  se encontraba, sólo acató a  correr  hacia  su  casa  para encerrarse en su habitación sin contar a nadie lo  sucedido,  ni  siquiera  a  sus  padres  (fs.  238  y  ss. cd. 1 y 758 y ss. cd.  2).    

El   Ministerio   Público  admite   que  en  la  apreciación  del  comentado  testimonio  el  fallador  desconoció  las máximas de la experiencia reseñadas por el actor, y  la    Sala   encuentra   acertada   tal   opinión,  aunque  sólo frente a la  segunda   de   esas   reglas,   porque  realmente   resulta  absurdo  que  la  declarante,  si  en  verdad  percibió  cuando  su  novio  cayó  víctima  de los disparos, hubiese sin más  corrido   hacia   su   casa   a   encerrarse  en  su  habitación,  guardando  completo     hermetismo     acerca    de      lo      sucedido,  en  vez  de  acudir a socorrer  a  Yamel Sánchez,   como   se   supone   actuaría  cualquier  persona   frente   a   un  ser  querido  ante  una  desgracia de esa envergadura.    

        Y  sea  del  caso  señalar  de una vez  que razón le asiste también al casacionista cuando  acusa   al   Tribunal  de   incurrir   en  un  error   de   hecho  por  falso  raciocinio       al      inferir  que  si Yamel Sánchez  retrocedió  para  salir  del  bar  es  porque  desistió  de la  contienda.   

        Del  anterior  criterio también participa la Delegada;  y  es  que,  ciertamente,  resulta  ilógico  deducir  que  quien  retrocede  en  un  cruce de disparos es porque ha  decidido    desistir    del    enfrentamiento.   En  esas  situaciones  suele  ocurrir  que alguno de los  contendientes  da  unos pasos atrás simplemente para resguardarse del ataque de  su  oponente,  mientras  busca  responderle,  de  manera que, como lo señala la  Procuraduría,  “no  es la mera postura del sujeto  de  caminar hacia atrás lo que determina si desistió de la contienda, sin otra  clase    de    manifestaciones    que    acá    no   se   presentan”.   

        Sin   embargo,   el   hecho   de  incurrirse  en  algunos  errores  de      apreciación     probatoria,   no   es  suficiente  para  derruir  la  doble  presunción de legalidad y acierto de que  está    revestida    una    sentencia  judicial. Para ello se hace necesario  que  el  yerro trascienda de tal modo que sin él el sentido de la decisión sea  sustancialmente distinto.  En     otras     palabras,     si    haciendo  a  un  lado  los  medios  de  convicción  sobre  los cuales recayó el falso raciocinio, el fallo se mantiene  incólume  a partir de la existencia de otras   pruebas   que   el   sentenciador   sopesó   al  amparo de los principios de la sana  crítica,  los  cargos no  están llamados a prosperar.   

        Lo  anterior,  en  sentir  de  la  Corte,  acontece en el caso que  concita   su  atención.  En  efecto,  aun  sin  el testimonio de Grace  Mallerly  Franco  Parra y sin la  conclusión     del     ad    quem    acerca  de  que  Yamel Sánchez Aponte  desistió   de   la   contienda,   perviven  en  el  plenario  los    testimonios   indirectos   del  comandante   de   la  policía  y  del  alcalde  municipal,  quienes     declararon    lo    que    les    transmitió    César        Augusto       Ortiz  Macías   después  de  ocurridos    los    hechos;    también,    el    testimonio   de   Joaquín      Elías      Mendieta  Ávila,  antes  de  la  retractación  en  que  incurrió y quien manifestó que al regresar el occiso al  bar  lo recibió a tiros CIFUENTES BLANCO,    ante    lo    cual   debió   aquél   retroceder  (fs.  96  y ss. cd. # 1).   

        Igualmente,     subsisten     las     declaraciones     de     los  hermanos    Esquivel  Valderrama,    en    los    apartes   que  el  Tribunal  estimó  creíbles,  esto   es,   que  cuando  Yamel   regresó   al  bar,  RODRIGO  CIFUENTES  lo  recibió  a  tiros,  ante  lo cual debió aquél  retroceder,  según  así  lo  refirieron  los  dos  testigos  en  mención  (fs.  92 y 103 cd. # 1), pero  cuando   salía   del   establecimiento,   JULIO  CÉSAR  MURILLO     quien     ya    se    encontraba    en    la    calle  le disparó por la espalda, como  lo  manifestó  Argenil  José Esquivel (fl. 104 cd. ídem).   

        A  esas  pruebas  se  suman  el  protocolo  de  necropsia donde se  registran  los  orificios  de  entrada y   la  trayectoria  de  los  disparos  que  recibió  el  obitado,  demostrativas  de  que al  menos  tres impactaron por  la      región  posterior,    y   las  inspecciones   judiciales  realizadas  al  lugar  de  los  hechos,  que  hablan  sobre la ubicación de los proyectiles en el lugar de  los  hechos,  y  frente  a  las  cuales  el Tribunal  señaló:   

        “Respecto  de  las  constataciones  hechas  en  las inspecciones  judiciales  practicadas  al lugar de los hechos y al vehículo que se encontraba  parqueado   frente   a   dicho   sitio,   puesto   que   si   bien  se   estableció   la  existencia  de  numerosos    impactos    al    parecer  de  proyectiles de arma de fuego en diferentes lugares del bar y  en  el  aludido  automotor, no puede señalarse, en sana lógica, que todos esos  disparos  los  hizo la víctima, mucho menos con dos  armas,  o  que  hubiese  recargado hábilmente el revólver que portaba, como lo  sugieren  algunos  deponentes,  puesto  que  con  ello  se desconoce, sin motivo  alguno,  que  las  tres  personas involucradas en la contienda armada disparaban  indistintamente,  esto  es,  en direcciones opuestas.   

        “Por  manera  que  los  vestigios de los impactos hallados en el  interior  del local bien pueden corresponder a los disparos efectuados tanto por  Murillo  Muñoz que apuntaba de afuera hacia adentro, como por el hoy occiso que  lo  hacía  en igual sentido, y los hallados en la parte exterior del inmueble y  en  el  vehículo,  bien  podrían  corresponder  a los realizados por Cifuentes  Muñoz  que  se  hallaba  apostado en el mostrador del bar” (pags. 24 y 25).   

        Tales    elementos    de  convicción, se insiste, suficientemente   soportan   las   conclusiones   probatorias  del  ad  quem, conforme a las  cuales  luego  de  suscitarse la discusión generada  por   el  ingreso  del  semoviente  al  establecimiento  público,  Yamel   Sánchez   Aponte  salió  del  lugar,   regresando  tiempo  después  en  posesión  ya   de   un  arma  de  fuego,  siendo  recibido  a  tiros  por CIFUENTES  BLANCO, produciéndose así  un  cruce  de  disparos,  en  medio  del cual MURILLO  MUÑOZ hábilmente salió  del  bar  por una puerta  lateral  que  comunicaba  a  una discoteca contigua, para salir a la calle donde  sorprendió     a    Yamel    Sánchez,     quien    en    ese    momento    retrocedía    buscando   evadir  las  balas,  lo  cual  aprovechó  MURILLO   para  accionar  el  arma contra su humanidad,   alcanzándolo   por  la  espalda.   

        Resulta   evidente   así,  como  lo  señaló  el Ministerio Público, dando de esa manera  razón     al     Tribunal,    que    la  muerte  de  Yamel  Sánchez Aponte  fue el resultado de una riña, donde éste llevó la  peor     parte.    Pero,    aunque    el  occiso  fue  quien la inició, lo cierto es que los procesados  la      aceptaron  voluntariamente,  al  punto  de  prepararse  para el  regreso  de  aquél,  a  quien  cuando  ello  sucedió  lo  recibieron  a  bala.   

En      este     punto,  adecuado  resulta poner de presente  dos    aspectos.   En   primer   lugar,   que   el   fallador   de   segundo  grado   desechó   la  exculpación  de  los  procesados, consistente en que  encontraron  las  armas de fuego en el mostrador del  establecimiento,  con las  cuales,  según  ellos,  pudieron         “milagrosamente”     enfrentar     a     Sánchez  Aponte. No se observa que  el  Tribunal,  al  arribar  a  esa conclusión, hubiese desconocido los  principios de la sana crítica (el  casacionista    ni    siquiera    se   esforzó   por   demostrarlo),   menos  aún  cuando  la    respaldó    con    la    declaración    de    Yineth   Rocío   Rosero   Rodríguez,  utilizada  incluso   por   la   defensa   para   sustentar  su  planteamiento,  testigo a  quien  le  pareció  imposible  tan  providencial  hallazgo  porque  las propias  autoridades   de  policía  habían  momentos  antes  sometido      a      registro     general     el  establecimiento.   

Y  en  segundo  lugar, que hay  testimonios  como los de Ulises Esquivel, Joaquín Mendieta y la  propia     Yineth    Rocío    Rosero,   quienes  manifestaron  que  luego  de  la  inicial discusión  también   los   acusados   salieron   del  bar  para  regresar  más  tarde  al  mismo.   

        Para      la      estructuración      de      la     legítima  defensa  es necesario que la  reacción    defensiva    surja    como   consecuencia   de   una   injusta  agresión.  Cuando dos o más  personas,     de     manera     consciente     y  voluntaria,        deciden        agredirse  mutuamente la legitimidad de  la  defensa  se desvirtúa, porque ya en ese caso los  contendientes  se  sitúan al margen de la ley, salvo cuando en desarrollo de la  riña  “los contrincantes rompen las condiciones de  equilibrio   del   combate”.   Así  lo      expresó      la   Sala   en   sentencia   del   25   de  mayo  de  2005,  donde  además,   remembrando   pretéritas   decisiones,  sostuvo      lo  siguiente:   

“Lo que en realidad diferencia la riña de  la     legítima     defensa     –dijo  la  Sala  en  otra  oportunidad y ahora lo reitera5—  no  es  la existencia de actividad  agresiva  recíproca,  ya  que,  es  de  obviedad entender, ésta se da en ambas  situaciones,  sino además la subjetividad con que actúan los intervinientes en  el   hecho,  que  en  un  caso,  el  de  la  riña,  corresponde a la mutua  voluntariedad  de  los  contendientes  de causarse daño, y en el otro, el de la  legítima  defensa,  obedece  a  la  necesidad  individual  de defenderse de una  agresión   ajena,   injusta,  actual  o  inminente,  es  decir,  no  propiciada  voluntariamente.   

“De  ahí  que  la  Corte de antiguo tenga  establecida  dicha  diferenciación  precisamente  en  el pronunciamiento que la  Delegada  evoca  en  su  concepto,  la  cual  se  conserva vigente a pesar de la  realidad jurídica actual:   

‘…es  obvio  que  una  cosa  es aceptar una pelea o buscar la ocasión de que se desarrolle y  otra  muy  distinta  estar  apercibido  para  el  caso  en  que  la agresión se  presente.  Con lo primero pierde la defensa una característica esencial para su  legitimidad,  como  es  la  inminencia  o lo inevitable del ataque; pero ningún  precepto  de  moral  o  de derecho prohibe estar listo para la propia tutela, es  más,  elemental prudencia aconseja a quien teme peligros, precaverse a tiempo y  eficazmente contra ellos.   

“La riña es un combate entre dos personas,  un  cambio  recíproco  de golpes efectuado con el propósito de causarse daño,  de  suerte que, como dice el Ministerio Público, ni hay riña sin intención de  pelear,  ni  en  esa  pelea puede excluirse el propósito o intención dolosa de  causar daño al contrincante.   

“En  cambio,  la legítima defensa, aunque  implica  también  pelea, combate, uno de los contrincantes lucha por su derecho  únicamente,  cumple  con un deber, obra de  acuerdo con la ley al defender  las  condiciones  esenciales  de  su existencia personal y, las de la sociedad a  que   pertenece’   (Sentencia  de casación de junio 11 de 1946).   

Así  las  cosas,  si en el presente caso la  víctima  y  el acusado intercambiaron disparos con el ánimo de agredirse, cada  uno  debía  responder por los daños que le causara al otro y eso significa que  el  fallo  debe  mantenerse y que la censura, en cuanto simple refutación de la  apreciación   probatoria,   no   está   llamada   a   prosperar”6   

.  

       Igual  acontece  en el caso que ocupa la atención de la Corte en  esta   oportunidad,  de  manera  que,  conforme  lo expresa la Procuraduría  Delegada,  obligado resulta rechazar “la  tesis  de  la  agresión  intempestiva por parte de Sánchez,  como  lo  pretende hacer ver el procesado Murillo y su defensor, se repite, acá  lo  esperado  por  los  procesados  fue  precisamente  la contienda armada en la  que…  hubo  una  recíproca intención lesiva, y que no permite la prédica de  la  causal  de ausencia de responsabilidad de la necesidad de defensa de un bien  propio o ajeno contra una agresión actual o inminente”.   

       Las  precedentes  consideraciones  son  suficientes  para  que la  Corte  desestime,  como  lo  hará,  los argumentos del defensor de JULIO CÉSAR MURILLO MUÑOZ.   

       2.  La demanda presentada a nombre de  RODRIGO CIFUENTES BLANCO.   

       El      casacionista,  recuérdese, denuncia la sentencia  de  segundo  grado  por  violar  indirectamente  la ley, al incurrirse allí,  según  expresó, en error de hecho por falso juicio  de   identidad.   Para   el  efecto,  sostuvo     que    el    Tribunal  indebidamente  puso en boca del testigo Horacio    Rosero    Delgado    la  afirmación   según   la   cual,   luego  de  escuchar  una  primera  balacera,  JULIO  CÉSAR  MURILLO  ingresó  a  su vivienda y por la cocina accedió a  la    cochera,    por    cuya   vía   alcanzó   la   calle,   y   cinco     minutos    después   el  testigo  oyó una nueva descarga.   

       Aunque  la  representante  del  Ministerio  Público  estudió de  fondo  el  cargo,  consideró  que  el  censor  incurrió  en  algunas falencias  técnicas,  sobre  las  cuales  la  Sala  no  hará  comentario,  pues es de entender que al admitirse la demanda quedó superada esa  discusión.   

       Una   rápida   vista   al  testimonio  del  señor  Horacio  Rosero  Delegado, dueño del  bar   donde  ocurrieron  los  hechos,  deja     al    descubierto    rápidamente    que    el  prenombrado se refirió a RODRIGO  CIFUENTES  BLANCO  como la persona que efectuados      los      primeros      disparos      irrumpió  a  su  vivienda,  situada  en  el mismo inmueble donde  funcionaba   el   bar.  No   obstante,   al  referirse  a  la mencionada declaración el Tribunal  señaló    en   su  sentencia:   

       “Horacio     Rosero    Delgado,  propietario  del  bar,  informa que estando en su casa escuchó disparos y en la  sala  de  la  misma se encontró con Cifuentes Muñoz, quien venía del bar; que  éste  salió  por la puerta de la cocina hacia la cochera y finalmente hacia la  calle,   que   no  lo  volvió  a  ver  y  más  tarde,  afuera,  escuchó     otros     disparos”  (pag. 17).   

       Y    más    adelante,    al    valorar    la    citada   prueba,  consideró:   

       “Igual   cosa  cabe  precisar  en  relación  con  lo  señalado por Horacio Rosero Delgado, en el sentido de haber  ingresado  Murillo  Muñoz a las habitaciones de la residencia a resguardarse de  los  disparos saliendo por allí a la calle saltando por un muro, aspecto que no  tiene  solidez frente a lo indiscutible de lo expuesto por los demás narradores  acerca  de  haberlo  hecho  por  la  puerta  lateral  que conduce a la discoteca  contigua  y  ganar  la  calle  para desde allí atacar por la espalda a Sánchez  Aponte,   infiriéndose,   en   consecuencia,   la   falta   de   objetividad  y  veracidad” (pags. 43 y 44).   

       No  cabe  la  menor duda entonces que  el  Tribunal  incurrió  en  el  falso  juicio de identidad endilgado, error que  si      bien     no     quedó     claramente  evidenciado en el primero  de  los  párrafos antes transcrito, pues allí ambiguamente utilizó el inicial  apellido   de   uno   de  los  procesados  (RODRIGO  CIFUENTES   BLANCO)   y   el   segundo   del  otro  (JULIO    CÉSAR    MURILLO   MUÑOZ),  sí  se  patentizó  en  el  subsiguiente  de  los  mencionados  párrafos,        al       atribuir    a    MURILLO    MUÑOZ  la    acción    de    ingreso   a   la        vivienda    del    testigo,   cuando   realmente   éste   señaló  como  tal  a  CIFUENTES BLANCO.   

       No  obstante,  resulta  forzoso  precisar  que  el     yerro     advertido    adolece    de    la    necesaria    trascendencia    para  derrumbar   el   fallo   cuestionado.  Aquí  se presenta igual situación a  la   comentada  a  propósito  de  la  demanda  formulada  por  el  defensor  de  MURILLO  MUÑOZ,  esto  es,  al  margen  del error de apreciación cometido  sobre  el  testimonio  del  señor  Horacio  Rosero  Delgado,     en    el    proceso    militan  otras  pruebas  que  fueron  estimadas     por     el     juzgador  y  cuya  valoración  integral  le  permitieron  arribar  a  la  conclusión       de      que      CIFUENTES     BLANCO    participó  activamente  en le riña iniciada por el hoy occiso, al punto de disparar contra  éste   desde   el  interior  del  establecimiento,  para      después,     cuando     JULIO  CÉSAR MUÑOZ accionó su arma  por  la  espalda  de  la víctima, salir por la entrada principal y propinarle unos balazos.   

       En  relación con lo anterior, se observa que el casacionista, en  verdad,  más allá del error en que incurrió el ad  quem,   pretende   que   la   Corte   otorgue  mayor  fuerza  probatoria al  testimonio  de  Horacio Rosero Delgado y  entonces  dé  por  probado  que  iniciado  el  intercambio de  disparos     RODRIGO    CIFUENTES    huyó  despavorido  del  lugar  de los hechos, utilizando para el  efecto  las  instalaciones  que  le  sirven  de vivienda al declarante, y que paralelamente la   Sala   reste   valor   suasorio  a  aquellas probanzas con sustento en las cuales el  Tribunal     declaró     la    responsabilidad    del    procesado.    

       De  ahí  que  el actor sostenga que  los    fundamentos    del    fallador    de    segundo   grado   “para   asegurar  que  Rodrigo  Cifuentes  le  propinó  los  tres  disparos  con dirección antero-posterior a Yamel Sánchez, y que los otros tres  hallados  en la dirección opuesta los descargó Julio César Murillo, surgen de  una  inferencia lógica escueta por parte del Tribunal tras analizar testimonios  de   oídas   y   del   padre  y  novia  de  la  víctima,  mas  no  por  prueba  científica”.   

       Pretensión   que,   como  lo  recuerda  la  Delegada,  no  tiene  vocación   de  prosperidad  en  sede  de  casación,  donde  es  necesario  acreditar  la existencia de  errores  trascendentes,  lo  cual  no  se   logra   simplemente   oponiendo   al  criterio  valorativo    del    fallador   el  que,   en   concepto  del  censor,  debió  ser  el  correcto.  Y  ello  tanto  más  cuando  su  argumentación   entraña   el   desconocimiento   del   principio  de  libertad  probatoria  consagrado  en  el  artículo 237 del estatuto procesal penal de  2000,   al   tenor   del  cual  “(l)os  elementos  constitutivos  de  la  conducta  punible,  la responsabilidad del procesado, las  causales   de   agravación   y   atenuación  punitiva,  las  que  excluyen  la  responsabilidad,  la  naturaleza  y  la  cuantía  de  los  perjuicios,  podrán  demostrarse  con  cualquier  medio probatorio…”.   

       El    cargo    no   prospera;   por  ello,  en  ese sentido  la    sentencia    impugnada    se    mantendrá  incólume.   

       Casación    oficiosa.   

       La  Procuradora  Segunda Delegada solicita a la Corte acudir a su  facultad  oficiosa para casar parcialmente el fallo de segundo grado, por cuanto  en  él,  con  violación  de  los  principios  de legalidad y favorabilidad, se  condenó  a  los  acusados  a  la pena accesoria de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por el  mismo lapso de la pena  principal,  lo  que  implica  que dicha accesoria se  aplicó   por  el  término  de  trece  (13)  años,  pese  a  que  cuando  ocurrieron  los  hechos la duración máxima de sanciones  de esa naturaleza estaba establecida en diez (10) años.   

       Completa   razón   asiste  a  la  representante  del  Ministerio  Público.  Los  sucesos  objeto  de  juzgamiento  tuvieron  ocurrencia  el 14 de  septiembre    de    1996.    Para    esa    época    regía   el   artículo  44  del estatuto punitivo  de  1980, modificado por el artículo 28  de  la  Ley  40  de 1993, norma que  establecía  el  término  de  diez (10) años como  límite  máximo  imponible  para  la pena privativa del ejercicio de derechos y  funciones públicas.   

       Resulta  indudable  entonces  que  al  equiparar  el  lapso de la  sanción      principal      al     de     la     pena     accesoria,   el  Tribunal         vulneró        flagrantemente   los   principios   de   legalidad,   según   el  cual  “(n)adie  podrá  ser  juzgado  sino  conforme  a  leyes  preexistentes  al acto que se le  imputa”  (art.  29  Constitución Política), y el  de  favorabilidad,  pues  en  este último caso aplicó en forma retroactiva una  norma  abiertamente  desventajosa para los intereses  de  los  acusados,  como  lo es el artículo 51 del  código  penal  de  2000  que  permite  extender  dicha sanción accesoria hasta  veinte  (20)          años.   

       Suficiente  lo  dicho  para  que  la  Sala,  como  lo  solicita  la  Delegada     y     en     orden     a    restablecer    las    garantías  quebrantadas,  case  parcialmente  la  sentencia de  segunda  instancia,  de  manera  que  se  fijará  en  diez  (10)  años  la  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas   impuesta  a  RODRIGO  CIFUENTES  BLANCO  y  JULIO CÉSAR MURILLO  MUÑOZ.   

Finalmente,  es  pertinente  precisar    que   la   citada  pena  accesoria se aplicará  de  hecho  mientras  dure  la  pena  principal y, una vez cumplida esta última,  empezará  a  ejecutarse  por  el  término  de  diez  (10)  años,  conforme la  preceptiva  del  artículo  52  del  Decreto  Ley 100 de 1980, disposición que,  según    ha    tenido    ocasión    de    referir   esta   Sala   –cfr.  sentencia  de casación, 26  de      abril     de     2006,     proceso     N°    24687-    guarda  coincidencia  temática  con  el  artículo 53 de la Ley 599 de 2000.   

       Cuestión final.   

          Como  de  los  autos  se  desprende  que  el  magistrado ponente del  Tribunal  Superior  de  Ibagué  se  demoró  casi ocho (8) años para registrar  proyecto  de  decisión  en  el presente caso, pues a pesar de que el proceso le  ingresó  para  el efecto el 11 de mayo de 1998, sólo lo hizo el 27 de enero de  2006,  la  Sala  estima  que  tal situación amerita, en principio, investigarse  disciplinariamente,  para cuyo efecto ordenará compulsar copia de lo pertinente  de  la  actuación  con  destino  al  Consejo  Superior  de  la Judicatura, Sala  Jurisdiccional Disciplinaria.   

          En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN  PENAL,  administrando justicia en nombre  de la República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE   

1. NO CASAR el fallo  impugnado  por  las  razones invocadas por los demandantes, conforme las razones  expuestas en la anterior motivación.   

2.  CASAR    PARCIAL    y   OFICIOSAMENTE  la sentencia proferida por el Tribunal  Superior   de   Ibagué   el  16  de  febrero  de  de  2006,  para  fijar  en diez (10) años la pena accesoria  de  inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones públicas impuesta  a  los procesados RODRIGO CIFUENTES BLANCO y JULIO CÉSAR MURILLO MUÑOZ.   

3.  DECLARAR   que   los  restantes    ordenamientos    de    la    sentencia   impugnada   se   mantienen  incólumes.   

4. COMPULSAR  copia de lo pertinente de la actuación con destino  y  para los fines señalados en la parte final de la  motivación del presente fallo.   

Contra esta providencia no procede recurso  alguno.   

Notifíquese y cúmplase  

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

                                                                                             IMPEDIDO   

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ                     ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

                                                                                                                                      

MARINA PULIDO  DE  BARÓN                     JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANES            

YESID          RAMÍREZ  BASTIDAS                         JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

MAURO   SOLARTE   PORTILLA                                                                               JAVIER           ZAPATA          ORTÍZ   

TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria    

1  Sentencia   de   segunda  instancia  del  27  de  julio  de  2006.  Rad.  25503.   

2  Sentencia de casación del 18 de enero de 2001. Rad. 13265.   

3  Sentencia del 16 de noviembre de 2001. Rad. 14361.   

4  Sentencia del 26 de enero de 2006. Rad. 21791.   

5.  CORTE   SUPREMA   DE   JUSTICIA.  Sent. – Casación 11.679, junio 26/2002.   

6  Sentencia de casación del 25 de mayo de 2005. Rad. 18354.     

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