25896(23-11-06)-1

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 25896  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N°  133  

Bogotá,   D.   C.,  veintitrés (23) de noviembre de dos mil seis (2006).   

V   I   S   T   O  S   

Resuelve la Corte la admisibilidad formal de  las   demandas   de  casación  presentadas  por  el  defensor  de  DELKIN  MANUEL VARGAS PACHECO y por el Procurador 86 en lo Judicial II de Cúcuta.   

A  N  T E C E D E N T E  S   

1.  Los hechos fueron sintetizados por  el juzgador de segunda instancia de la siguiente manera:   

“Los hechos se  remontan  al  día  16  de  julio del año 2002, cuando el señor RAFAEL ANTONIO  CASTAÑO  MARTÍNEZ  recibe  una  comunicación  en  papel membreteado del grupo  subversivo  ELN, pidiéndosele una colaboración y se le amenaza de muerte tanto  a  él  como  a  sus  familiares  si  da  aviso  a  las  autoridades.   

“Al   día  siguiente,  hacia  las  cinco  de  la tarde, un sujeto llamó telefónicamente a  RAFAEL  CASTAÑO  y  le exigió la suma de veinte millones de pesos a título de  colaboración  con  la causa rebelde y le dio plazo de 72 horas para suministrar  el  dinero  requerido,  advirtiéndole  que de lo contrario él y sus familiares  pasarían  a ser objetivo militar. Luego, en los días siguientes, la víctima y  su   señora   madre   sostuvieron   nuevas   comunicaciones   con  quienes  les  extorsionaban,  comunicaciones  dirigidas a negociar la exigencia económica y a  acordar    las    condiciones    de    la    entrega    del   dinero.   

“El día primero  de  agosto  de  2002, MELBER RICARDO ASELA  fue  capturado  por unidades del GAULA luego de que realizara una  última  llamada  extorsiva  desde  el  teléfono público ubicado en una de las  esquinas  de  las  instalaciones  de  la  Universidad  Libre  de Cúcuta; fueron  también  vinculados  al proceso EDGAR DANIEL BRICEÑO  y  DELKIN  MANUEL  VARGAS  PACHECO  por  señalamientos  de  haber  integrado el  grupo   de   personas   que  participaron  en  la  conducta  punible”.   

2.   El  Juzgado  Segundo  Penal  del  Circuito  Especializado de Cúcuta, mediante sentencia del 9 de octubre de 2003,  condenó   a  los  procesados  Delkin  Manuel  Vargas  Pacheco,  Melber  Ricardo  Asela   y  Edgar  Daniel  Briceño  a  las penas principales de 8 años 6 meses  de  prisión  y  multa  de  3.750  salarios  mínimos  legales  mensuales,  a la  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  mismo lapso de la pena privativa de la libertad y al pago de  los  perjuicios,  como  coautores  del delito de extorsión agravada en grado de  tentativa  imputado en la resolución de acusación, la cual quedó ejecutoriada  el 13 de marzo de 2003.   

3.  Apelado el fallo por los procesados  y  sus defensores y por el Ministerio Público, el Tribunal Superior de Cúcuta,  el  29 de abril de 2005, lo confirmó, con la única modificación en el sentido  de  condenar a los citados procesados a las penas principales de 6 de prisión y  multa de 1.500 salarios mínimos legales mensuales.   LAS  DEMANDAS   DE  CASACIÓN   

1.   Demanda  presentada  a  nombre de  Delkin Manuel Vargas Pacheco   

El  defensor  de  Vargas  Pacheco,  al amparo de las causales tercera y  primera  de  casación,  presenta  dos  cargos contra la sentencia del Tribunal,  cuyos argumentos se sintetizan de la siguiente manera:   

En   el  cargo  primero  acusa al Tribunal de haber dictado sentencia  en  un juicio viciado de nulidad que conllevó a la transgresión del derecho de  defensa   de   su   representado,   previsto   en   el   artículo   29   de  la  Carta.   

Afirma   que   el   fallo   no  sólo  se  “divorcia”   de   lo  sostenido  por el Ministerio Público en la respectiva audiencia pública, quien  deprecó  la  absolución  de su procurado, sino que también se distancia de lo  planteado  por  la  Fiscalía  en  dicho acto procesal, dentro del cual también  planteó  la  absolución  del  procesado, sujetos procesales que concluyeron en  que  la  “conducta  de  DELKIN VARGAS PACHECO no se  ajustaba  al  tipo penal acriminado, y por lo mismo, no debía ser sujeto activo  de la comisión del injusto penal”.   

Por  lo tanto, dice que si a lo anterior se  agregan  los  argumentos  del defensor técnico, necesariamente se debe concluir  que  “el  juez  de  conocimiento  violó  el debido  proceso,  por un lado, que corre parejo con la defensa del procesado”, generándose de esa manera la nulidad invocada.   

Sostiene    que   fue   “aventurada”   la  acusación  que  se  formuló  en  contra  de  su defendido, quien fue víctima de la “falsa  y arpía” declaración de César  Augusto  Avendaño  Páez,  testimonio que revela abiertas contradicciones y, al  mismo     tiempo,     deja     entrever    “meras  hipótesis”  y  “vagos  señalamientos”,  sin  olvidar  que  se trata de un  testigo    “drogadicto   y   mentiroso”,  al  punto  que  finalmente se retractó, retractación que no  fue objeto de credibilidad por parte de los jueces de instancia.   

Estima  que  este  proceso,  el  cual  se  adelantó   sobre   “bases   conjeturales,   meras  hipótesis  y  señalamientos  vagos”, atenta contra  las  normas  rectoras  de  la  libertad,  de  la legalidad, de la presunción de  inocencia,  de  la  defensa, de la contradicción, de la celeridad y eficiencia,  de  la  lealtad  y  de la finalidad del procedimiento y de la prevalencia de las  normas sustanciales.      

   

Reitera  que  su  defendido fue juzgado con  desconocimiento  de  las  citadas  normas  rectoras de origen constitucional, al  punto  que  por  dicha  razón el Ministerio Público, la Fiscalía y la defensa  técnica  solicitaron  la  absolución de su defendido, peticiones que no fueron  escuchadas  por  los  jueces  de instancia y, de manera contraria, procedieron a  condenar,  originándose  un error trascendente que conllevó a la transgresión  de  los  derechos  fundamentales  del  procesado Vargas Pacheco, motivos por los  cuales  solicita a la Corte la declaración de nulidad de la actuación a partir  de  la  sentencia  de  primera  instancia,  con  el  fin  de  que  se  dicte una  absolutoria.   

En  el  segundo  cargo, afirma que el Tribunal incurrió en violación  indirecta   de   la   ley   sustancial   por   error  de  hecho  “por  graves  defectos o yerros o inconsistencias en la apreciación  y  valoración  de la prueba recaudada, los cuales significaron el fundamento de  la  columna  vertebral de la condena”, equivocación  que   se   generó   por   un   “falso  juicio  de  identidad”.   

Sostiene que los sentenciadores de primera y  segunda  instancia  “invirtieron  el  testimonio de  CARLOS  AUGUSTO  AVENDAÑO  PÁEZ,  declarante  drogadicto  y  mendaz,  quien se  retractó   a  última  hora,  de  contenidos  de  eficacia  y  de  credibilidad  indiscutibles,  los  cuales  no  tenían  ni  tienen  hoy día, no sólo por las  razones  expuestas  por  la Fiscalía y el Ministerio  Público, sino   por   haberle   dado  credibilidad,  cuando  quiera que  se  trataba  de  un  sujeto  drogadicto, trapacero, mendaz y retractante, con lo  cual    fundamentaron    la    sentencia    de    condena,    sobre   bases   no  procesales”.   

Agrega  que  al haberle dado credibilidad a  dicha  declaración  no obstante conocerse las citadas calidades del testigo, el  Tribunal  incurrió  en  el  trascendente  error  de  hecho  por falso juicio de  identidad,  prueba  que,  en  su  criterio,  nunca  conduce  a  la  certeza para  sustentar    el    fallo    de    condena    y,   menos   para   “gobernar el proceso”.   

Por  lo expuesto, solicita a la Corte casar  el fallo impugnado y, en su lugar, absolver a su defendido.   

2.   Demanda  presentada por el Procurador 86 en lo Judicial II de Cúcuta   

El  Procurador 86  en  lo Judicial II de Cúcuta, al amparo del cuerpo segundo de la causal primera  de  casación,  presenta  un  único cargo contra el fallo de segunda instancia,  toda  vez  que, en su criterio, el juzgador incurrió en violación indirecta de  la  ley  sustancial por falta de aplicación del inciso 2° del artículo 7° de  la  ley  600 de 2000, generada por errores de hecho por falso raciocinio, yerros  que  “lo condujeron a dar por demostrada la certeza,  cuando  de  los  medios probatorio arrimados al proceso, surge incertidumbre que  no   fue  resuelta  a  favor  de  los  procesados”,  inaplicándose de esa manera el principio de in dubio pro reo.   

Afirma el demandante que el falso raciocinio  alegado  recayó  sobre la equivocada valoración que el sentenciador hizo sobre  el   testimonio   de  Carlos  Augusto  Avendaño,  elemento  de  juicio  que  se  constituyó  en  el  fundamental apoyo para proferir la condena en contra de los  acusados  Briceño  Velásquez  y  Vargas  Pacheco, proceso apreciativo sobre el  cual se transgredieron las reglas de la sana crítica.   

Agrega   que   de   no   haberse   cometido   el   yerro   denunciado   la   conclusión  del   fallo   hubiese   sido   diferente,   “pues    se   hace   evidente   que    el     fallador   de   segunda   instancia   se   apartó   de   los   postulados  de  la   regla   de  la sana  crítica,  apreciando  así,   de    una    manera    diferente   las   pruebas,   para   acreditar  unos hechos ajenos totalmente a lo que nos revela la  realidad procesal”.   

En  consecuencia, solicita a la Corte casar  la    sentencia   impugnada   y,   por   ende,   proferir   fallo absolutorio a favor de los procesados Briceño Velásquez y  Vargas Pacheco.   

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

1.   Demanda  presentada a nombre de Delkin Manuel Vargas Pacheco   

Advierte la Sala que la demanda presentada a  nombre   del   procesado  Vargas  Pacheco  no  reúne los requisitos de claridad, precisión y logicidad que  para ser admitida establecen las normas que regulan la casación.   

Ante todo debe reiterarse que la demanda de  casación  no  es  de libre formulación, por lo que no es procedente toda clase  de  cuestionamientos   a  una  sentencia  que por ser la culminación de un  proceso  está  amparada  por  la doble presunción de acierto y legalidad, sino  que  debe  ser  un  escrito claro, lógico y sistemático en el que, al tenor de  los  motivos  expresa y taxativamente señalados en la ley, se denuncian errores  bien  sea  de  juicio  o  de  procedimiento  en  que  haya  podido  incurrir  el  sentenciador,  procediendo  a  demostrarlos  dialécticamente  y evidenciando su  trascendencia.   

Tales  presupuestos no los reúne el libelo  que  ocupa  la  atención  de  la  Sala,  pues  si  bien el actor anuncia que lo  sustenta  en  las  causales tercera y primera de casación, de todos modos en su  desarrollo  no  se respetan los parámetros y las reglas de logicidad que la ley  ha establecido para tales hipótesis.   

En  efecto,  en cuanto tiene que ver con el  primer cargo, el cual   fundó  en  la  causal  tercera  de  casación, toda vez que, en su criterio, se  violó  el  derecho  de  defensa de su representado, debe una vez más indicarse  que,  como lo ha reiterado la jurisprudencia de la Corte, la nulidad como motivo  para  atacar,  por  vía  de  casación,  el  fallo  de  segunda  instancia,  en  “orden   a   la  técnica  propia  de  este  medio  extraordinario  de  confrontación  de  la legalidad de las sentencias, comporta  los  mismos  niveles  de exigencia que son inherentes a las demás causales dada  su  especial  naturaleza,  lo  cual  significa  que  de  modo  insoslayable debe  especificarse  la  causal  o  motivo  de  nulidad  concurrente,  demostrando  el  carácter  sustancial del vicio o la irregularidad acusados y particularmente la  etapa  o  el  momento  procesal  a  partir  de  la  cual  se  hace imperativa la  anulación,  explicando  justificativamente  las razones por las cuales no media  alternativa    diversa    que    la    de   invalidar   lo   actuado”.1   

En  otros  términos, la nulidad no aparece  marginada  del imperativo de claridad y precisión en cuanto a su postulación y  demostración  correspondientes,  toda  vez  que es tan exigente como las demás  dado   el   rigor    predicable   de   la   naturaleza   misma    de    la   casación,   de   manera  tal   que    se    impone   para   el   actor   el   deber   de   concretar   la   índole  del vicio,   sea   de  estructura  o  de  garantía,  que   se   dice   afecta   el  proceso, en qué grado y magnitud y  desde qué actuación procesal se configura.   

Por  consiguiente, tratándose del cargo de  nulidad  la demanda no es un escrito de libre confección, toda vez que también  debe ajustarse a los presupuestos formales para su admisibilidad.   

De igual manera, en virtud del principio de  trascendencia  que gobierna la  declaratoria de nulidad, según la cual, no  basta  con  denunciar irregularidades o que éstas efectivamente se presenten en  el  proceso,  sino  que  se hace indispensable demostrar que aquellas inciden de  manera  concreta   en   el   quebranto   de   los   derechos   de  los  sujetos  procesales, se  hace   necesario    que    el    actor    evidencie   un   perjuicio     con     el     yerro     in   procedendo   denunciado,    pues,    caso  contrario,   la   Corte,   por   razón  del principio  de  limitación,  no   puede       entrar       a       complementar       al   censor.   

En  esas  condiciones,  observa la Sala que  dicha  censura se quedó en el simple enunciado, pues el demandante no demostró  con  la  claridad  y  precisión  necesarias  cómo  la  supuesta  irregularidad  invocada  incidió  de  manera  ostensible  en  las conclusiones de la sentencia  atacada,  al  punto  que  de no haberse cometido necesariamente el fallo habría  sido favorable a los intereses del procesado.   

En otras palabras, constituía una carga del  censor  indicar a la Corte cómo el hecho de que los jueces de primera y segunda  instancia  no  hubiesen  acogido  la  petición  de  absolución de Vargas  Pacheco  elevada  tanto  por  la  Fiscalía   como   por   el   Ministerio   Público,   constituye   un  evidente  desconocimiento  legal y, a su vez, una flagrante transgresión de la estructura  del  proceso  y del derecho de defensa del procesado, al punto que la nulidad se  constituye en la ineludible solución.   

Además, tampoco ilustró a la Sala cómo la  ley  procesal  penal  contempla  como  violatorio  del derecho fundamental de la  defensa  el  hecho  de que el sentenciador haya apoyado el juicio de reproche en  una   “declaración   falsa  y  arpía”,      llena     de     “francas  contradicciones”    y    contentiva    de    una  “retractación”,  sin  dejar  pasar por alto que no hizo esfuerzo alguno por confrontar aquel criticado  medio  de convicción con las restantes pruebas sobre las cuales el sentenciador  edificó el juicio de responsabilidad de su defendido.   

La  Corte no encuentra en la argumentación  del  libelista  evidencia alguna que permita deducir, de manera precisa, lógica  y  jurídica,  que  efectivamente  se transgredieron los principios rectores que  menciona  y,  consecuentemente,  los derechos fundamentales del debido proceso y  de la defensa.   

De  otra parte, la censura sufre un notorio  desvío  cuando  afirma  que  el Tribunal no debió dar crédito a un testimonio  contradictorio  y  mentiroso,  aseveración  que  no  es  propia  de  la  causal  invocada,  pues  si  consideraba que tal medio de prueba fue apreciada de manera  equivocada,    ha   debido    formular   el   reproche   bajo    los    postulados    de   la   violación   indirecta de la ley sustancial, camino que no emprendió.   

En  fin,  con apego en un supuesto error in  procedendo,  pretende  el  actor cuestionar la responsabilidad del procesado, lo  que  constituye,  como  se  indicó,  un  desvío  hacia los senderos del cuerpo  segundo  de  la causal primera, desconociendo el principio de autonomía, según  el  cual,  al interior de un mismo  cargo no se pueden entremezclar ataques  correspondientes a causales distintas.   

Finalmente,   en   lo   que  respecta  al  segundo  cargo,  se  hace  necesario  recordarle  al actor que el falso juicio de identidad “tiene  lugar  cuando el juzgador se equivoca al apreciar la prueba,  dado  que,  obrando  en  el  proceso,  al  valorarla  distorsiona  su  contenido  cercenándola,  adicionándola o tergiversándola, caso en el cual está llamado  a  señalar  mediante el cotejo objetivo de lo dicho en el medio probatorio y lo  asumido  en  el  fallo,  qué  aparte  fue  omitido o añadido a la prueba, qué  efectos  se  produjeron  a  partir  de  ello  y, lo más importante, cuál es la  trascendencia  del  yerro  en  la declaración de justicia contenida en la parte  resolutiva  de  la sentencia atacada, tópico que no puede ser demostrado con la  exposición   subjetiva  del  criterio  del  impugnante  acerca  del  valor  que  corresponde  al  medio  de prueba que estima tergiversado, pues menester resulta  que  materialmente  acredite  que el error condujo a la falta de aplicación o a  la  aplicación  indebida  de  la  ley  sustancial  en  el  fallo,  esto es, que  corregido  el  yerro,  la prueba debidamente valorada en conjunto con las demás  modifica  sustancialmente  el  sentido  de  la  decisión reprochada”.2   

Así,  resulta  claro  que  el libelista no  acató  las  anteriores premisas, pues si bies es cierto que acusa la violación  indirecta  de  la  ley sustancial por error de hecho generado en un falso juicio  de  identidad  recaído  en  la  declaración de Carlos Augusto Avendaño Páez,  también  lo  es  que  no  precisó  de  manera  concreta  en qué consistió la  distorsión  o  la  tergiversación del citado elemento de juicio, ni evidenció  su  trascendencia  frente a la parte resolutiva del fallo impugnado, sin olvidar  que  tampoco  correlacionó dicho error de apreciación con los restantes medios  de  convicción, los cuales no mencionó ni reprochó, que fueron fundamento del  juicio de responsabilidad del procesado.   

Por   el  contrario,  alejándose  de  la  hipótesis  enunciada,  dedica  su  discurso  a  hacer  afirmaciones  tales como  que   Carlos  Augusto  Avendaño  Páez  es  un  declarante “drogadicto  y mendaz, quien se retractó a última hora”,   o   que   se  trata  de  un  testimonio  de  “dudosas   condiciones   morales   y  de  vida  disipada”,  y  que,  por  lo  mismo,  los  sentenciadores de instancia no  debieron prestarle mérito alguno.     

Como se advierte, su inconformidad radica en  la  credibilidad  que  los  juzgadores  le  otorgaron  a  dicho medio de prueba,  olvidando   que   la   simple   disparidad   de   criterios   no   constituye   yerro   demandable   en casación, pues de  acuerdo  con  el sistema de apreciación probatoria que rige el juzgador goza de  libertad  para  justipreciar  los  medios  de prueba allegados al proceso, sólo  limitado por los postulados que informan a la sana crítica.   

Ahora   bien,   si  la   inconformidad    del    censor   estaba   destinada   a  demostrar       una      trasgresión      de      los   postulados    de    la   sana   crítica,   ha  debido   fundar   el   ataque  a  través  del  error   de    hecho    por    falso   raciocinio,   señalando   cuál   fue   la   regla   de   la  lógica,   de   la   ciencia   o  de   la   máxima  de   la   experiencia   vulnerada,   de   qué  manera   lo   fue  y su incidencia en la parte dispositiva del fallo, labor que  tampoco emprendió.   

Por  consiguiente,  al no reunir la demanda  los presupuestos de claridad y precisión, la Corte la inadmitirá.   

2.   Demanda  presentada por el Procurador 86 en lo Judicial II de Cúcuta   

Por  reunir  los  requisitos  legales, esta  demanda  será  admitida,  respecto  de la cual se dispondrá correr traslado al  Procurador    Delegado    en   lo   Penal   para   que   emita   el   respectivo  concepto.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R E S U E L V E  

1.          INADMITIR   la   demanda  de  casación  presentada   por   el   defensor   de   DELKIN  MANUEL VARGAS PACHECO.  En  consecuencia,  se declara desierto el recurso extraordinario  de casación interpuesto.   

2.           ADMITIR   la   demanda   de   casación  presentada  por  el PROCURADOR 86 EN LO JUDICIAL II DE  CÚCUTA,  por lo que se dispone correr traslado de la  misma al Procurador Delegado en lo Penal para que emita concepto.   

3. Contra esta decisión no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

MAURO    SOLARTE  PORTILLA   

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                                          ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

ÁLVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN                              MARINA    PULIDO    DE  BARÓN                         

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                YESID      RAMÍREZ  BASTIDAS   

Comisión de servicio  

JULIO  ENRIQUE SOCHA SALAMANCA                      JAVIER ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NUÑEZ  

                                                              Secretaria   

    

1 Ver,  entre otros, auto del 11 de febrero de 2004, rad. 20046.   

2 Ver,  entre otras, casación 23032 del 22 de junio de 2005.     

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