25492(10-10-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  25492   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

Aprobado Acta No.193  

Bogotá D.C., diez (10) de octubre de dos mil  siete (2007).   

VISTOS  

Decide la Sala acerca de la admisibilidad de  los  fundamentos  lógicos  y  de  adecuada  argumentación  de  la  demanda  de  casación   presentada  por  el  defensor del procesado CIRO ANTONIO MOLINA  CRISTIANO,  al  tiempo  que  se  pronuncia  de fondo en sede de casación por la  violación  de la garantía fundamental de la legalidad, con ocasión de la pena  que  le fuera impuesta por el Tribunal de Santa Rosa de Viterbo, cuando el 19 de  octubre  de  2005  revocó  el  fallo  de carácter absolutorio proferido por el  Juzgado  Promiscuo  del  Circuito  de Socha (Boyacá), y en su lugar lo condenó  como  “autor intelectual”   de   los   delitos   de  homicidio agravado y lesiones personales agravadas.   

HECHOS  Y  ACTUACIÓN  PROCESAL   

Hacia  las  seis  de  la  mañana  del 21 de  septiembre  de  2000  en  la vereda Comeza   Hoyada  del  municipio  de  Socotá (Boyacá) un sujeto desconocido accionó un arma de fuego  contra  Carmen  Julia  Torres Manrique, Adela Manrique y la menor Johana Lucidia  Molina  Torres,  causándole de forma inmediata la muerte a la primera, en tanto  que las otras resultaron gravemente heridas.   

Patricia   Molina  Torres  señaló  a  su  progenitor  y  esposo  de  la  occisa,  CIRO  ANTONIO  MOLINA CRISTIANO de haber  mandado  matar  a  su  señora  madre  dadas  las  continuas amenazas y maltrato  físico que le profiriera a raíz de su separación.   

Vinculado  a  través  de  indagatoria  a la  investigación  penal  que  inició la Fiscalía General de la Nación, mediante  proveído  de  18  de  abril  de  2001  se  le resolvió la situación jurídica  provisional  con medida de aseguramiento de detención preventiva, sin beneficio  de  libertad  provisional, como presunto responsable de los delitos de homicidio  en concurso con lesiones personales.   

La  anterior decisión la confirmó el 20 de  febrero  de  2002 la Unidad de Fiscalía Delegada ante el Tribunal de Santa Rosa  de  Viterbo  con  la  precisión de que la medida cautelar de carácter personal  por    la    “autoría  intelectual” sólo estaba  referida  al  delito  contra  el  bien  jurídico de la vida, pues aun no estaba  acreditada   la  incapacidad  médico  legal  respecto  del  punible  contra  la  integridad personal.   

Clausurado  el ciclo instructivo, el mérito  probatorio  del  sumario  se calificó el 27 de junio de 2003 con resolución de  acusación   por  los  delitos  de  homicidio  agravado  y  lesiones  personales  agravadas,  conforme  con  los  artículos  103;  104,  numeral 1° (por  tratarse  de  la  cónyuge,  descendiente  y  pariente  en  el  primer grado de afinidad);  111;  112;  113  y  114  del  Código  Penal  de 2000,  proveído  que  adquirió  firmeza el 21 de julio de 2003 en esa instancia al no  ser objeto de impugnación.   

La  etapa del juicio la adelantó el Juzgado  Promiscuo  del  Circuito de Socha (Boyacá), despacho que mediante auto de 25 de  noviembre  de 2003 reconoció a Nelly Patricia y William Molina Torres, hijos de  la  occisa,  como  actores  civiles  debidamente  representados por apoderado, y  luego  de llevar a cabo la audiencia pública, por medio de fallo de 28 de julio  de 2004 absolvió al procesado de los cargos formulados.   

En  virtud del recurso de apelación elevado  por  el  representante  de la parte civil, el Tribunal Superior de Santa Rosa de  Viterbo  a  través  de fallo de 19 de octubre de 2005 revocó la decisión y en  su   lugar  condenó  a  CIRO  ANTONIO  MOLINA  CRISTIANO  como  “autor             intelectual”   de   los   delitos   de  homicidio  agravado  y lesiones personales agravadas, a las penas principales de  trescientos  cincuenta  (350)  meses y multa de sesenta y nueve punto dos (69.2)  salarios  mínimos  legales  mensuales  vigentes,  así  como  a la accesoria de  inhabilitación  para  el  ejercicio de derechos y funciones públicas por igual  lapso de la pena privativa de la libertad.   

Contra la anterior decisión el defensor del  enjuiciado  impugna extraordinariamente, demanda de casación cuya admisibilidad  se ocupa la Sala.   

LA  DEMANDA   

Formula  un  cargo,  al  amparo de la causal  primera  de casación, por violación indirecta de la ley sustancial debido a un  error de hecho por falso raciocinio.   

Denuncia  que a través de la infracción de  los  artículos  284  y  287  del Código de Procedimiento Penal se arribó a la  aplicación  indebida  de  los  artículos 103, 104 numeral 1°;  111; 112;  113;  114  y 119 del Código Penal, así como a la exclusión evidente del 7° y  232 del Código de Procedimiento Penal.   

En   concreto   ataca   los   siguientes  indicios:   

Del móvil para cometer el delito  

Critica al Tribunal por edificar esta prueba  basado  en  la  separación  previa de la pareja conformada por la occisa Carmen  Julia  Torres  y  el  procesado,  los  maltratos  y  enfrentamientos  físicos y  verbales,  así como las amenazas de muerte que éste le profirió tanto a ella,  como  a  su progenitora y nuevo compañero, Adelina Manrique y Héctor Benítez,  pues  en  criterio  del  defensor, al considerar el Tribunal como de gravedad el  indicio,  olvidó  la obligación de analizar todas las hipótesis que confirman  o  invalidan  la  deducción,  puesto  que  también  se  podía concluir que el  desprecio  y  repudio  que  sentían los testigos hacia el procesado, por mediar  resentimiento  de  los  hijos  hacia  su  padre,  el  móvil no fuera real, sino  aparente,   máxime  que  la separación de la pareja se había dado muchos  años antes y cada uno había constituido un nuevo hogar.   

De  manifestaciones  anteriores  al  delito   

Indica que este indicio fue edificado por las  amenazas  de  muerte  proferidas  por  el  procesado  a la víctima Carmen Julia  Torres   Manrique,  a  Adelina  Manrique  y  Héctor  Benítez,  madre  y  nuevo  compañero  de  aquélla,  así  como  a  su  propia  hija Johana Lucidia Molina  Torres,  además,  porque  en  varias  ocasiones  esgrimió  un  arma  de fuego,  realizó  incluso disparos y amenazó con tener dinero suficiente para contratar  a alguien para que los matara.   

Aduce  que como contra-indicios que degradan  la  inferencia  lógica y convierten el indico grave, en contingente, aparece la  buena  conducta  del  enjuiciado,  su personalidad tranquila y sosegada, como lo  refirió  María  Cristina  López  Lazo,  además, las víctimas nunca elevaron  alguna  queja  por  los  presuntos  ataques y los testigos que dan cuenta de las  amenazas  y  los  disparos,  tuvieron conocimiento de ello por comentarios de la  occisa y no por percepción directa.   

Para el libelista, en el evento de que hayan  existido  las  amenazas,  pudieron  ser  fruto  de  la  alteración anímica por  discusiones  entre  ellos, pero no por una decisión del procesado deliberada de  matar,  sin  que  tampoco  se pueda entender que las hubiera hecho efectivas por  medio de un sicario.   

En  suma, indica que se tergiversó el curso  lógico  de  la  inferencia  en  contra  de  los  principios  de la lógica y la  experiencia  ya  que  las  amenazas  no  fueron  serias, ni se demostró un nexo  material o subjetivo del acuerdo entre su defendido y el ejecutor.   

Indicio de huída  

Destaca   que  el  Tribunal  concluyó  la  desaparición  del  procesado  de la vereda donde ocurrieron los hechos ante sus  manifestaciones  en  la  versión libre acerca de que no estaba en el lugar para  el  momento  de  su ocurrencia, que no fue al sepelio de su esposa, ni visitó a  su hija hospitalizada.   

Que también para corroborar el ocultamiento  del  incriminado  tomó  en  consideración  el fallador el incumplimiento de la  diligencia  de compromiso que suscribió, una vez se le escuchó en indagatoria,  pues  no  se  hizo  presente  a  notificarse  de  la  resolución  de situación  jurídica,  ya  en  la  etapa  de  juzgamiento  se  presentó  ante  la Base del  Ejército  de Socha (Boyacá), en vez de hacerlo ante el juzgado, y por último,  porque otorgó poder a un abogado en la ciudad de Tunja.   

De  lo  anterior  señala el defensor que la  inferencia  judicial  rompe  el  marco  de  la lógica y la sana crítica ya que  nadie  está obligado a soportar un proceso penal en detención física, pues la  carga  surge  cuando  mediante  una  sentencia  condenatoria  se  desvirtúa  la  presunción de inocencia.   

Explica  que el otorgamiento del poder en la  ciudad  de  Tunja  obedeció  a  que  ese  era el domicilio del abogado y que el  presentarse  ante el Ejército no demuestra su conciencia de huir, ya que por el  contrario desvirtúa tal indicio.   

Del  concurso  de indicios y responsabilidad  del sindicado   

Señala que la inferencia lógica de los tres  indicios  tenidos  como graves por el juez plural denota error por violentar las  leyes  de la lógica y las máximas de la experiencia al no guardar concordancia  y  convergencia  entre  sí  para arribar a la certeza necesaria para condenar y  que  al  suprimirlos  el  fallo  queda  sin base sólida, manteniéndose así la  presunción de inocencia.   

Por lo anterior, solicita a la Sala casar la  sentencia y emitir la de reemplazo de carácter absolutorio.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

De tiempo atrás la Sala ha insistido en que  la  demanda  de  casación  difiere  ostensiblemente de un alegato de instancia,  porque  requiere  una  presentación lógica adecuada a cada una de las causales  legalmente  establecidas,  con  el  respectivo  desarrollo  de los cargos que se  denuncien  y  la  demostración  de su trascendencia en la parte dispositiva del  fallo impugnado.   

En este caso, el demandante incurre en graves  deficiencias  en lo que tiene que ver con los fundamentos lógicos y de adecuada  argumentación  que se deben observar cuando de atacar la legalidad del fallo de  segundo grado se trata.   

Efectivamente, aunque elige la causal primera  de  casación por violación indirecta de la ley para postular un error de hecho  por  falso  raciocinio  en  la  construcción  de  los  indicios,  es patente la  precariedad  demostrativa  acerca  de la alteración del proceso inferencial que  por  pretermisión  de  los  principios  de  la  lógica  o  de las reglas de la  experiencia haya incurrido el juzgador.   

Es cierto que la valoración racional de las  pruebas,  como  obligación  del  sentenciador,  conlleva  la explicación de la  capacidad  de  convicción  razonada científica y técnica que le ofrecen ellas  en  su  conjunto,  de  ahí  que  en  sede casacional sea dable el estudio de la  pretermisión  de  los  postulados  de  la  sana  crítica,  no  para  buscar un  parámetro  jurisprudencial  sobre  una  nueva valoración probatoria, sino para  verificar   si  la  decisión  corresponde  a  una  argumentación  estructurada  coherentemente  como  enseña  la  lógica,  a  la  forma  como  se  aplican los  principios  en  un  espacio  teórico  específico  propio  de  la  observación  científica,  así  como a los juicios que se forman a partir de comportamientos  sometidos  a  una  identidad  circunstancial  que arrojan las reglas de la vida.   

Al   juicio   de   valor   de   la  prueba  circunstancial  se  llega mediante un proceso lógico deductivo; a partir de una  regla  de la experiencia y la comprobación de un hecho indicador, se infiere la  existencia  de  otro  hecho,  de  manera  que ante la compleja construcción del  indicio,  el  demandante debe ofrecer claridad respecto del momento o paso en el  cual  recae  el  vicio,  ora  en  los  medios probatorios que acreditan el hecho  indicante, en el nexo inferencial o en su fuerza de convicción.   

Si  la  queja  apunta  a la prueba del hecho  indicador,  debe  acreditar  la ocurrencia de errores fácticos en alguna de sus  modalidades:  falso  juicio de existencia  en caso de que se haya supuesto el medio probatorio que sirvió de  base  para su demostración; falso juicio de identidad  ante  la  alteración o tergiversación material de su  contenido   fáctico,   o   de   errores   de   derecho,  ora  por  falso  juicio  de  legalidad si se toma en  consideración  una  probanza  que  adolece  de  los  requisitos legales para su  práctica  o  aducción  procesal  o  falso juicio de  convicción   por  desconocer  el  juzgador   el  precepto legal que regula su eficacia del elemento probatorio.   

Ahora, si el ataque se dirige a la deducción  lógica,  el  recurrente,  aceptando  la  validez del medio probatorio génesis,  debe  acreditar  que  el  juzgador  en  el  proceso  mental al asignarle mérito  persuasivo  infringió  los  postulados  de la sana crítica al no consultar los  principios  lógicos,  las  leyes  de la ciencia o las reglas de la experiencia,  debiendo  precisar  cuál  es la inferencia correcta y su incidencia en el fallo  cuestionado.  También,  si  repara  en  el  grado  de  convicción conferido al  indicio,  ello  comporta  aceptar la prueba del hecho indicador y del proceso de  inferencia,  para  denotar  a  partir  de  allí  el  desafuero  intelectivo del  fallador.   

En cambio, si pretende evidenciar un error de  hecho  por falso juicio de existencia de un indicio, el censor debe acreditar el  medio  probatorio  del  cual  se  estructura,  la  validez  de su aducción y el  mérito  que  le  correspondería  y el hecho que se deduce de él con la debida  articulación    con    las   otras   pruebas   tenidas   en   cuenta   por   el  fallador.   

Si  como  en  este caso, el error denunciado  apunta  a  la inferencia lógica, la precisión que exige tal planteamiento debe  partir  de la conformidad y validez del medio probatorio del cual surge el hecho  indicador   para   advertir   la  irracionalidad  del  juzgador  en  el  proceso  intelectivo,  pero  el  censor  no se detiene en este último aspecto y sólo se  dedica  a  presentar  a  manera  de contra-indicios simples especulaciones de su  parte  como cuando afirma que las amenazas proferidas por su defendido contra la  occisa  y  su núcleo familiar pudieron obedecer a su alteración anímica o que  mediaba  su  buena  conducta  y  personalidad  sosegada,  ejercicio para el cual  debió  especificar,  además  del  medio  probatorio  que  demuestra  el  hecho  indicador  y su validez jurídica, la valoración del mismo con el empleo de una  adecuada  inferencia  lógica  y  su  imbricación  con los restantes indicios o  elementos de convicción.   

En   este   orden,   no  descalifica  las  deducciones  empleadas  por  el  juzgador,  sin  que  baste  para  ello  la sola  afirmación  de  que  el curso de la inferencia no consulta los principios de la  lógica  y  las  reglas de la experiencia, pues le correspondía establecer qué  decía  concretamente  el  medio  probatorio,  qué  se  infirió  de  él en la  sentencia  atacada,  cuál  fue  el  mérito  persuasivo otorgado, determinar el  postulado  lógico,  la  ley  científica  o  la  máxima  de  experiencia  cuyo  contenido   fue   desconocido  en  el  fallo,  debiendo  a  la  par  indicar  su  consideración      correcta      para  finalmente,  demostrar  la trascendencia del error expresando con  claridad  cuál  debe  ser  la  adecuada  apreciación de aquella prueba, con la  indeclinable  obligación  de acreditar que la enmienda del yerro daría lugar a  una     decisión          esencialmente  diversa  y favorable a los  intereses de su representado, actividad que no acometió.   

No desconoce la Sala que para la valoración  del  indicio  el  operador  judicial  debe  verificar  todas  las hipótesis que  confirmen  o  anulen  la  deducción  y que sólo cuando las primeras prevalecen  puede  tenerse como de entidad o gravedad, pero aquí el censor no demuestra que  el  nexo de determinación entre el hecho indicador y el indicado es irracional,  ilógico  o  improbable  o  que  las razones esbozadas por el Tribunal no son de  común ocurrencia.   

Aunque  también  dice atacar el conjunto de  indicios,  no  explica la carencia de convergencia entre ellos que diera lugar a  múltiples  conclusiones,  o  de concordancia de manera que los hechos inferidos  no  guardaran  armonía  entre  sí a fin de derruir toda la base de convicción  del  fallador,  asumiendo  por  ello  una  escueta oposición a las conclusiones  judiciales  al  enfrentar  su criterio a la fuerza probatoria construida, con lo  cual  deja  sin  demostración  el  cargo  y  conlleva  a  que  el libelo no sea  admitido.   

CASACION OFICIOSA  

La Corte en decisión de 12 de septiembre del  año  en  curso  (Radicación  26967)  varió el criterio que ordenaba el previo  traslado  al  Ministerio  Público  a  fin  de  que  emitiera  concepto sobre la  eventual  violación  de  garantías,  cuando,  pese  a no admitir la demanda de  casación,  se  avizoraba  la  infracción  de  alguna garantía procesal de los  sujetos  intervinientes  que  ameritara el ejercicio de la facultad oficiosa que  le  confiere  el  artículo 216 de la Ley 600 de 2000, al considerar que ante el  principio  de  pronta  y  eficaz  administración de justicia, la Sala de manera  inmediata  debe  corregir  el yerro, sin que sea necesario el concepto del   Procurador Delegado ante esta sede casacional.   

Efectivamente, en ocasiones precedentes, pese  a  la  decisión  de no admisión de la demanda, la Corte ha corrido el traslado  al  Ministerio  Público  para  ejercer  su facultad oficiosa cuando advierte de  manera  flagrante  la  violación de alguna garantía fundamental de los sujetos  procesales,  postura  acorde  con  el  rol  que han de cumplir los Tribunales de  casación  que implica “unas dimensiones más afines  con  el  vigente  Estado  Social y Democrático de Derecho (artículo 1º Const.  Pol.)  que,  en  protección  de  las  garantías  fundamentales  de  todos  los  asociados,  permitiera  la  casación  oficiosa  y  -más  adelante en el camino  evolutivo-  la  casación  excepcional  -en  postrimerías  y  en  respeto  a la  igualdad-   a   disposición  de  todos  los  sujetos  procesales”.1   

Surge  claro  que ante la autorización dada  por  el  legislador a la Corte para aprehender el estudio del proceso aun cuando  no  se  admitan los cargos formulados en la demanda, una vez advierta el agravio  que  haya  producido  el  fallo  de  segundo  grado  a  alguno  de  los  sujetos  procesales,  proceda   inmediatamente  a  corregirlo, con lo cual se cumple  cabalmente  con  los  fines  de  la  casación  de  velar por la efectividad del  derecho  material  y las garantías debidas a las personas que intervienen en la  actuación penal.   

Aunque  el  Ministerio  Público por mandato  constitucional  debe  intervenir en los procesos judiciales en defensa del orden  jurídico,  el patrimonio público o de los derechos y garantías fundamentales,  con  el  nuevo  criterio de autoridad de la Corte no se relega la actuación del  representante  de  la sociedad, por cuanto al ser un tema no propuesto, ni menos  recurrido  por  tal  sujeto  procesal  en  las  instancias, se impone la rápida  acción  de  la  Corte como garante no sólo de los derechos fundamentales, sino  de  los  fines  esenciales del Estado, especialmente, el de asegurar la vigencia  de  un  orden  justo,  en  aras  de  la  materialización  de  la justicia en la  decisión.   

Precisado  lo anterior, en el presente caso  surge  nítida  la necesidad de acudir a la facultad oficiosa que le confiere el  artículo   216   de   la   Ley  600  de  2000  a  la  Corte, ante la infracción del principio de legalidad  de  la pena toda vez que los  hechos  acaecieron  el  21  de  septiembre  de  2000, momento para el cual no se  encontraba  vigente  la  Ley  599  de  2000,  que  fuera tenida en cuenta por el  Tribunal  para  dosificar la pena referente a los delitos de lesiones personales  y  la  sanción  accesoria  de inhabilitación de derechos y funciones públicas  impuesta      al     incriminado,     que         le        resultaba  perjudicial  frente  a  las  disposiciones  del anterior  Código Penal.   

Ciertamente,  de  acuerdo  con  el  artículo  29  de la Constitución Política, la preexistencia  normativa  respecto  del  delito  y  de  la  pena  se  constituye  en  garantía  fundamental, además de límite al poder punitivo estatal.   

Así,          los             ciudadanos          deben    conocer    los   comportamientos  prohibidos y  por  lo  mismo  elevados  por  el  legislador  a la categoría de  delitos  así  como la correspondiente sanción previamente establecida a fin de  contar  con  la  certeza  de  que  sólo podrán ser sancionados en razón de la  comisión  de  una  conducta  punible  dentro  de  los  límites cuantitativos y  cualitativos  consagrados  con  antelación  en  la  ley,  sin  que éstos  puedan desbordarse a discreción  o capricho de los funcionarios judiciales.   

El  apotegma jurídico según el cual la ley  se  aplica  durante su vigencia tiene una excepción con fundamento en el citado  artículo  29  del  mandato  superior  en  cuanto  ordena  que las leyes penales  sustantivas  y  procesales  de  efectos  sustanciales  favorables al procesado o  condenado,   se   deben   aplicar   con   preferencia   a   las   que   le  sean  desfavorables.   

A  este  respecto,  la  Sala ha puntualizado  acerca  de  la  sucesión  de  leyes  con ocasión de la expedición del Código  Penal  de  2000  y  el cotejo con el precedente ordenamiento (Decreto-Ley 100 de  1980),  que no existe impedimento para acudir a la combinación de preceptos con  miras  a  integrar  la  norma  favorable,  siempre  que  se  mantenga a salvo la  autonomía de cada instituto o materia objeto de regulación.   

En    este   orden,   es   posible  aplicar  la normas retroactiva  o  ultraactivamente,  es  decir,  para  hechos   acaecidos   antes   de  que  entrara  a  regir,  o  cuando  ya se no se encuentra vigente,  respecto  de sucesos ocurridos cuando regía, en uno y  otro  caso, siempre que ello  le  reporte tratamiento benéfico a la situación del  sujeto     pasivo     de     la    acción    penal  judicial.   

Si bien en este caso, para el comportamiento  delictivo  acaecido  el  21  de  septiembre  de 2000, en virtud del principio de  favorabilidad  en  la  dosificación  de  la  pena principal de prisión para el  delito  contra  el bien jurídico de la vida se prefirieron las normas del   Código  Penal  de  2000,  se  imponía  integrar  las disposiciones del antiguo  ordenamiento  en  lo  concerniente a las sanciones establecidas para los delitos  contra  la  integridad personal y la pena accesoria inhabilitadora del ejercicio  ciudadano.   

1.           De las penas principales   

En  atención  a que las lesiones personales  ocasionadas  a  Adelina  Manrique  fueron  la  deformidad  física  de carácter  permanente  que  afecta  el cuerpo, la perturbación funcional del órgano de la  locomoción,  miembro  inferior  derecho y del sistema nervioso central, ante la  unidad  punitiva  tomó  el  Tribunal  el  artículo  114  de la Ley 599 de 2000  (perturbación  funcional  de  órgano  o  miembro  de carácter permanente), en  tanto  que  para  las  causadas  a  Johana  Lucidia  Molina Torres de deformidad  física  permanente  que  afecta  el cuerpo, tuvo en cuenta el artículo 113 del  mismo ordenamiento.   

En uno y otro caso incrementó la pena de una  tercera   parte  a  la  mitad,  dada  la  imputación  de  la  circunstancia  de  agravación  del  artículo  104  numeral  1° en razón del vínculo o grado de  afinidad y de consaguinidad del enjuiciado para con las víctimas.   

Por  lo tanto, se impone el cotejo normativo  de  las  citadas  disposiciones,  con  las  contempladas  en el Código Penal de  1980:   

Delito  de  lesiones  personales             

Código      Penal   1980   

            

Código Penal 2000  

Perturbación     funcional  permanente   

Agravada            

Artículos 334 y 339   

2        a       8  años             prisión     

$5.000      a     $20.000          multa   

       +    1/3      a    1/2   

    

32  meses    a   12 años    prisión   

$6.666                a    $40.000            multa             

Artículos     114    y  119   

3      a      8 años              prisión   

26       a        36  s.m.l.m.v.,   multa   

+ 1/3   a   1/2  

4         a         12  años             prisión   

34.6     a    54  s.m.l.m.v.,    multa  

Deformidad       física  permanente   

Agravada            

Artículos     333    y  339   

2     a       7  años                 prisión   

$4.000           a     $12.000        multa   

+   1/3       a     1/2   

32   meses    a    10.5  años   prisión  $5.3333   a     $18.000        multa             

Artículos     113    y  119   

2         a       7  años                prisión   

26            a            38  s.m.l.m.v.,      multa     

+ 1/3   a   1/2  

32   meses   a   10.5   años     prisión   

34.6    a    54  s.m.l.m.v.,     multa  

El Tribunal estimó, en un principio, que por  las  lesiones  personales  ocasionadas  a  Adelina  Manrique  la  pena sería de  sesenta  (60)  meses de prisión y de multa la cifra mínima, esto es, treinta y  cuatro  punto seis (34.6) salarios mínimos legales mensuales vigentes y por las  otras  lesiones  de  Johana  Lucidia Molina Torres treinta y cinco (35) meses de  prisión  y  multa  de  treinta  y  cuatro  punto  seis (34.6) salarios mínimos  legales,  no obstante, por razón del concurso de delitos al partir del de mayor  entidad  (homicidio  agravado),  para  el  cual  impuso trescientos veinte (320)  meses  de  prisión, aumentó 30 meses más por los dos  ilícitos  de  lesiones personales concurrentes para un  total  de  trescientos  cincuenta  (350) meses de prisión, en tanto que la pena  pecuniaria  la  sumó  para fijarla en sesenta y nueve punto dos (69.2) salarios  mínimos legales mensuales.   

Así las cosas, se imponía la aplicación de  la  norma  vigente  para el momento de los hechos en lo que tiene que ver con la  sanción  aflictiva  de  la  libertad  para el delito de lesiones personales por  perturbación  funcional  (no así para el de deformidad física por consagrarse  en  ambos  ordenamientos  los mismos límites punitivos) y la pena de multa para  ambos  delitos  contra  la  integridad  física, de manera que al redosificar la  sanción  impuesta  a  CIRO  ANTONIO  MOLINA CRISTIANO, respetando los criterios  tenidos   en   cuenta   por  el  ad  quem,  se  fijará  en  dieciocho  (18) meses de prisión para quedar en  definitiva  en  trescientos treinta y ocho meses (338) meses de prisión y multa  de once mil novecientos noventa y nueve pesos, ($11.999).   

2.           De la sanción accesoria   

A  partir  de  la  vigencia de la Ley 599 de  2000, en sus artículos 51 y   

52  se  estableció  que  la pena accesoria,  denominada  ahora  inhabilitación  para  el  ejercicio  de derechos y funciones  públicas,  debe  acceder  a la pena de prisión por un tiempo igual y hasta por  una  tercera  parte más, siempre que se respete el mínimo de cinco (5) años y  el  máximo  de  veinte  (20)  años  salvo  lo  dispuesto  en el inciso 5° del  artículo  122  de  la Constitución Política respecto de los delitos contra el  patrimonio del Estado.   

De  otro lado, conforme a lo dispuesto en el  artículo  44  del  Decreto-Ley 100 de 1980, norma vigente para la época de los  hechos,  la pena accesoria de interdicción de derechos y funciones públicas no  podía, en ningún caso, exceder de diez (10) años.   

Así  las  cosas,  la Sala advierte el error  esencial  del  Tribunal, porque al determinar la pena accesoria en una duración  igual  a  la  de  la  sanción  principal  de  prisión  incurrió  en flagrante  violación  de  las  garantías fundamentales del procesado a la legalidad de la  pena  y  la  favorabilidad, pues con su fijación en trescientos cincuenta (350)  meses  dejó  de  aplicar  el tope máximo establecido en la antigua regulación  legal,  norma  que  por  hallarse  en vigor para el 21 de septiembre de 2000 era  plenamente aplicable.   

En  consecuencia,  corresponde  a  la  Corte  restaurar  tal garantía y por ello dispondrá casar de oficio y parcialmente el  fallo  en  cuanto  atañe a la pena accesoria impuesta al procesado CIRO ANTONIO  MOLINA  CRISTIANO,  para  en  su  lugar  establecer  su  duración  en diez (10)  años.   

Cuestión final  

En          la   resolución       de      acusación     se     le  imputó  al  procesado  el   

concurso  delictivo  de homicidio agravado y  lesiones     personales     agravadas     en    calidad    de    “autor             intelectual”  y en la misma e inusitada  categoría  dogmática se le tuvo en el fallo condenatorio, porque se consideró  que   se  valió  de  los  servicios  de  un  tercero  como  realizador  de  los  comportamientos punibles.   

Es cierto que el nacimiento o refuerzo de la  idea  criminal  por  parte  del  instigador,  respecto  del autor, puede darse a  través  de  consejo,  promesa  remuneratoria,  etc.,  para  advertir de ahí la  convergencia  intencional,  y  si  bien  la  Corte  encuentra  la confusión del  fallador  acerca  de las categorías dogmáticas de la autoría y participación  criminal,  la mixtura nominal advertida no tiene alguna incidencia ante el mismo  tratamiento   punitivo   que   el  legislador  establece  para  el  autor  y  el  determinador  de un comportamiento punible, sin embargo, sí se deberá precisar  que  CIRO  ANTONIO  MOLINA  CRISTIANO se condena como determinador del delito de  homicidio agravado en concurso con lesiones personales agravadas.   

En  mérito de lo expuesto, la Sala Penal de  la Corte Suprema de Justicia,   

RESUELVE   

    

1. NO  ADMITIR la  demanda  de  casación  interpuesta  por  el     

defensor  de  CIRO ANTONIO MOLINA CRISTIANO,  por las razones manifestadas en la anterior motivación.   

2.            CASAR OFICIOSA Y PARCIALMENTE  la  sentencia,  y  en  consecuencia condenar a CIRO ANTONIO MOLINA  CRISTIANO  como  determinador  del  concurso  de delitos de homicidio agravado y  lesiones  personales  agravadas a las penas principales de trescientos treinta y  ocho  (338)  meses  de  prisión y multa de once mil novecientos noventa y nueve  pesos ($11.999,oo).   

3.            CASAR   OFICIOSA   Y   PARCIALMENTE  el     fallo     recurrido      para  reducir  a diez (10) años la pena accesoria de interdicción  de   derechos   y  funciones  públicas  impuesta  al  procesado  CIRO  ANTONIO  MOLINA CRISTIANO.   

4.            PRECISAR que en  lo demás el fallo impugnado se mantiene incólume.   

Contra  esta  decisión  no procede recurso  alguno.   

Cópiese,   notifíquese,   cúmplase   y  devuélvase al Tribunal de origen.   

         

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

SIGIFREDO          ESPINOSA  PÉREZ                      MARÍA              DEL             ROSARIO             GONZALÉZ             DE  L.                 

AUGUSTO    IBÁNEZ   GUZMÁN                               JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID           RAMÍREZ  BASTIDAS                           JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

                                                                      JAVIER       ZAPATA  ORTÍZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1  Auto   del   19   de  agosto  de  2004.  Radicación  21302.     

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