25461(01-06-06)

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 25461  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA  DE CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS   

Aprobado acta N°  053   

Bogotá  D.  C.,  primero   (1°)   de   junio   de   dos   mil   seis  (2006).   

V   I   S   T   O  S   

Resuelve   la  Corte  la  admisibilidad  formal  de  la  demanda  de  casación  presentada por el defensor de MARCOS  JOSÉ  MOLINA  SALAS.   

A  N  T E C E D E N T E  S   

1.  Los hechos fueron sintetizados por  el juzgador de segunda instancia de la siguiente manera:   

“Acatando  órdenes  de  la  Unidad  de  Delitos  contra  la Administración Pública de la  Fiscalía  General  de  la  Nación, de investigar las presuntas irregularidades  que  se  venían  presentando en el pago de gruesas sumas de dinero por parte de  la    Empresa   Puertos   de   Colombia  a  sus  ex  trabajadores,  el  Cuerpo  Técnico de Investigación  realizó  tareas  investigativas con tales propósitos, con resultados altamente  positivos  que  dio  a conocer en los informes números 01945, 02462 y 02496 del  20  de agosto y 13 de octubre de 1998, en su orden (vistos a los folios 1 y s.s.  del  c.  o.  N° 1, rad. 038)  respecto de la existencia de varios procesos  laborales  ordinarios y ejecutivos notoriamente irregulares, sin el cumplimiento  de  las  formalidades  legales,  especialmente  de  los Juzgados 4° y 6° de la  especialidad,  del  pago  de  varias  y elevadas sumas de dinero por parte de la  entidad  con  soporte  en providencias falsas o inexistentes, la tramitación de  procesos  de  tal  naturaleza  sobre  actas  de  conciliación no suscritas ante  autoridad  competente, expedición de resoluciones de la misma empresa con datos  distintos  a  los consignados en las providencias que le sirvieron de fundamento  y  la  autenticación  de  documentos  por  parte de abogados litigantes ante la  oficina   judicial   de   Bogotá,   con  sellos  que  no  corresponden  a  esas  dependencias.   

“Y en efecto, en  sendas  diligencias  de inspección judicial a las instalaciones de los Juzgados  Cuarto  y  Sexto  Laborales  del  Circuito de Barranquilla, se constató que los  supuestos  procesos  que  se  utilizaron  como medio fraudulento para surtir los  trámites           de          reclamación          ante          Foncolpuertos,  no eran tramitados allí  y  que  se  había recurrido a la falsedad en los libros radicadores para tratar  de  darles  apariencia  de  legalidad  y  evitar  que  se  descubriera el actuar  delictivo.   

“También,  efectuada  diligencia  de  allanamiento a la residencia del abogado David  Enrique Orozco, el 28 de agosto de  1998,  dio  como  resultado la incautación de algunas sentencias que no habían  sido  expedidas  por los citados Juzgados, una caja y tres maletines contentivos  de  documentos con números de radicación de procesos que no corresponden a los  radicados  en  los  despachos  judiciales  de  esa  ciudad,  así  como actas de  conciliación,  sentencias y mandamientos de pago producto de falsificación que  daban   soporte   legal   a   las  reclamaciones  fraudulentas  efectuadas  ante  Foncolpuertos. Además, se  encontraron  poderes  en  blanco  con  sellos de presentación personal para ser  llenados  con  el  nombre  de  cualquier  trabajador,  así como también fueron  halladas  actuaciones  con  agotamiento  de la vía gubernativa con sellos de la  Empresa Puertos de Colombia  pero  sin  fecha  ni  firma,  al  igual  que  fotocopias  de  certificaciones de  sindicalistas.   

“Evidencias  estas  de  notoria  apariencia  delictiva  que  se objetivaron con la confesión  hecha   por   el   abogado   José  María  Iguarán  Ortega,  quien  puso  en  conocimiento  la  relación  mantenida  con  Renzo Luis Pretel Manotas,  empleado  de  la  Oficina  Judicial  de  esa  ciudad  y quien se  encargaba   de  alterar,  enmendar  y  agregar  documentos  en  los  respectivos  juzgados,  actividad que dio lugar a que de su parte le fuera consignada la suma  de   trescientos   millones   de   pesos   ($300.000.000,oo),  contando  con  la  colaboración     de     Saúl    Antonio    Pinto  Madrid,  que  realizaba  algunos  oficios del Juzgado  Sexto  Laboral  de Barranquilla, y quien se ocupaba de elaborar los mandamientos  de  pago  apócrifos  y  realizaba algunas anotaciones en los libros radicadores  del  Juzgado, tratando de dar apariencia de real existencia a los procesos y por  ese  actuar  obtenía  una  comisión. Seguidamente dio a conocer que el abogado  Artemo    Antonio    Fontalvo    Abello  fue  quien  le  dijo  tener  algunos  contactos para facilitar el  libramiento  de  mandamientos ejecutivos con fechas anteriores y quien contrató  con  él  los  abogados  que  se  encargarían  de los cobros ejecutivos de esos  dineros  ante  la  entidad  demandada  –Foncolpuertos–.   

“Fue así como  se  logró  establecer  que  el  abogado  MARCOS JOSÉ  MOLINA  SALAS  cobró a través de títulos TES clase  B,  la  suma de $3.186.300.000,oo con fundamento en un espurio  mandamiento  de  pago  de  fecha 30 de octubre de 1995, supuestamente del Juzgado 6° Laboral  del  Circuito de Barranquilla, cumpliendo la conciliación 021  (folios 248  s.s.,  rad.  169,  anexo  al  cuaderno 407);  la suma de $6.637.200.000,oo,  según  resolución 1249 del 26 de mayo de 1998 del Ministerio de Hacienda   (Rad.  407  c.  o. 10, fols. 279 y s. s), y la suma de $4.135.700.000,oo, según  resolución  1402  del  19  de  junio  de  1998   (fols. 279 y s. s., cuad.  10).   Además,  a  través  de  otras  resoluciones  se  hizo a la suma de  $6.031.321.571,37, en varios cobros.   

“Los  abogados  Fontalvo     Abello,  Manjarres     Toro,  Ruiz Cabarcas, Melo    González    y    Mahara  Vargas  efectuaron  el  cobro de  millonarias sumas de dinero, así:   

“El  valor  de  $2.971.300.000,oo   que   corresponde  a  un  cobro  efectuado  por  la  abogada  Mahara    Vargas,   con  fundamento  en  el  mandamiento de pago del 30 de octubre de 1995, supuestamente  del  Juzgado Sexto Laboral del Circuito de Barranquilla  (Rad. 2266),   que  resultó  ser  apócrifo,  afirmándose  que  ésta  fue  engañada por los  abogados   que  trabajaban  con  el  doctor  Iguarán  Ortega para que llevara a cabo esa gestión. También  hizo  un segundo cobro, con soporte en un supuesto mandamiento de pago del 18 de  noviembre  de  1997,  del  Juzgado  4° Laboral del Circuito de Barranquilla, en  cuantía  de  699.800.000,oo,  dentro  del  proceso  13.984  (fols. 65 a 73  acumulado   radicado   495),    presentando   para   ello   documentaciones  apócrifas,  supuestamente  emanadas  de dicho despacho judicial, actuación que  realizó    por    sustitución    de    poder    que   le   hizo   Álvaro  de  Jesús  Ruiz  Cabarcas, por  pedido     del     abogado     Iguarán.   

“El  abogado  Álvaro   de   Jesús   Ruiz   Cabarcas   (fol.  159,  rad.  038,  cuad.  2),  aparte  de actuar como  apoderado  en  alguno de los anteriores cobros, mediante sustitución de poderes  logró     el     pago     de     las    sumas    de    $1.364.727.714,oo,   $1.074.815.878,oo,   $2.889.245.508,oo,   $267.207.698,oo  (fol. 271 y  s.s.,  cuad. 1, rad. 407)  y  $2.983.400.000,oo, con base en supuestos  procesos  laborales  ordinarios,  que  se  dijo  habían sido tramitados por los  Juzgados  Sexto  y  Cuarto  Laborales del Circuito de Barranquilla. Ruiz  Cabarcas,  junto  con  el  abogado  Melo  González, tramitaron  cuatro   procesos   irregulares   y   lograron   hacerse  a  la  suma  total  de  $8.049.700.000,oo.   

“El  abogado  Luis     Emilio     Melo     González   (folio 161, cuad. 2, rad. 038 y folio 67 anexo 8),  se  hizo  al pago de la suma de $4.414.138.377,54. Además, tuvo actuación en otros  cobros,  como  el  logrado  con  el  abogado Manuel de  Jesús    Manjares    Toro    por    la   suma   de  $6.981.600.000,oo   (fol.  147  y s.s., cuad. 13, rad. 407),  con base  en  un  supuesto  proceso  del  Juzgado  Sexto  Laboral del Circuito.   

“El  abogado  Manjares  Toro,  a más de  actuar   en  otros  cobros,  recibió  sustitución  de  poder  de  Fontalvo  Abello y luego lo sustituyó al  abogado   Preciado  Biojo,  haciéndose  el  pago  de la suma de  $2.656.700.000,oo.  Para ello se  empleó  también  un  falso proceso ejecutivo radicado bajo el número 2257 del  Juzgado     6°     Laboral    del    Circuito    de    Barranquilla.   

“La  abogada  Mildred    Anay    Fonseca    Barranco,  por  sustitución  de  poder  de  Melo  González,  obtuvo  el  pago  de  la  suma  de   $1.328.300.000,oo,   que  tiene  como soporte la audiencia de juzgamiento y  mandamiento  de  pago  del 14 de noviembre y 16 de diciembre de 1997, dentro del  proceso    falso    9667   del   Juzgado   Sexto   Laboral   del   Circuito   de  Barranquilla.   

“El  abogado  David  Orozco  adelantaba  varios  procesos en el Juzgado Sexto Laboral del Circuito de Barranquilla, donde  se  utilizaba  a  los  mismos  ex  trabajadores  para  demandar  y lograr fallos  judiciales   (fol.  116,  cuad.  2,  rad. 0387),  pretendiendo así el  pago  irregular  de  una  suma  global de  $2.889.362.735,oo.  Ante el  Juzgado  Cuarto  Laboral  del Circuito de esa misma ciudad, adelantaba otros, en  forma  irregular,  tratando  de  lograr pagos indebidos. Se indica que para esas  tramitaciones  necesariamente  requería  de  la colaboración de funcionarios y  empleados    que    laboraban    en    esos   despachos   judiciales”.   

2.  El  Juzgado  Penal   del     Circuito     Especializado     de     Descongestión  (Foncolpuertos)  de  Bogotá,  mediante  sentencia  del  18  de  agosto de 2004,  condenó,  entre  otros,  al  procesado  Marcos José  Molina  Salas  a  las penas principales de 11 años 9  meses  de  prisión  y multa de $600.000,oo, a las accesorias de inhabilitación  de  derechos y funciones públicas por un lapso igual al de la pena privativa de  la  libertad  y  a la prohibición del ejercicio de la profesión de abogado por  el  término  de 5 años, y al pago solidario de los perjuicios, como coautor de  los  delitos  de  concierto  para  delinquir, falsedad material de particular en  documento  público,  agravada por el uso, estafa agravada y fraude procesal, en  concurso  homogéneo  sucesivo  y  heterogéneo,  imputados en la resolución de  acusación, la cual quedó ejecutoriada el 13 de julio de 2001.   

3.  Apelado el fallo, entre otros, por  el  defensor  del  procesado Molina Salas,  el  Tribunal  Superior del Distrito Judicial de Bogotá, Sala de  Descongestión             –Foncolpuertos–,  el  28  de  julio  de  2005,  luego  de negar unas nulidades, lo  reformó  en  el  sentido  de  condenar a Marcos José  Molina  Salas  a  las  penas principales de 6 años 7  meses  de  prisión  y multa de $180.000,oo. En lo demás aspectos lo confirmó.   

Contra esta decisión el citado profesional  del derecho interpuso recurso extraordinario de casación.   

  LA   DEMANDA   DE  CASACIÓN   

El   defensor  del  procesado  Marcos José Molina Salas, al amparo de  las  causales  tercera  y primera de casación, presenta cuatro cargos contra la  sentencia  de  segunda instancia, cuyos argumentos se sintetizan de la siguiente  manera:   

Primer  cargo   

Luego de citar y transcribir los artículos  1°  y 304 del Decreto 2700 de 1991 y 11 del Decreto 100 de 1980, normatividades  vigentes  para  la  época  de  los  hechos,  apoyado  en  la  causal tercera de  casación,  dice  que  el legislador de entonces fue estricto en salvaguardar el  principio     de     “juez    natural”.  Así  mismo,  agrega  que  la  competencia  es la limitación  concreta  de la jurisdicción frente a delitos específicos, motivo por el cual,  por  ejemplo,  el  legislador “señaló a los jueces  penales  del  circuito para juzgar conductas penales ejecutadas o consumadas con  posterioridad  a  su  creación,  evitando  de  tal  modo  la  pretermisión del  principio  del juez natural”, según el artículo 29  de la Carta.   

Por  ello,  estima  que no tiene cabida que  este   asunto,   “donde  se  contemplan  conductas  punibles  consumadas  con  anterioridad”, haya sido  objeto  de  juzgamiento por parte del “Juzgado Penal  del  Circuito  ad  hoc  operador  judicial  de  primer  grado, y por una Sala de  Decisión  Penal  igualmente ad hoc, de segunda instancia, pues dichas conductas  punibles  solo  pueden  se  contempladas  y  juzgadas  bajo  parámetros  de los  estatutos   Penal   y   de   Procedimiento   Penal  que  imperaban  por  aquella  época”.   

Después  de citar y copiar unos apartes de  dos  jurisprudencias  de  la  Corte  Constitucional  relacionadas  con  el tema,  advierte  que  los jueces de primera y segunda instancia que se ocuparon de este  caso,  fueron  creados  mediante  acuerdos proferidos por la Sala Administrativa  del  Consejo  Superior de la Judicatura con posterioridad a la ocurrencia de los  delitos  aquí  investigados y juzgados, aspecto que demuestra la violación del  artículo    11    del   anterior   Código   Penal.   Añade   que:      

“…   mi  insistencia  radica  en  el  principio  garantista de la ultractividad de la ley  penal  y  procesal  penal  más  favorable  a  los intereses de mi protegido, en  cuanto  al rito del caso, bajo los moldes jurídicos de los Decretos 100 de 1980  y  2700  de  1991,  pues  bajo  su  imperio se ejecutaron los supuestos de hecho  investigados,  juzgados  y  fallados  en  primero y segundo grado; muy diferente  hubiese  sido si el presente proceso se hubiese repartido para su conocimiento y  fallo,  entre  homólogos  de similar raigambre constitucional y legal, esto es,  entre  jueces  penales del circuito que se encontraron al día en el trámite de  los  asuntos  a  su  cargo,  aunque  estuviesen  adscritos  a  distinto Distrito  Judicial,  como  lo  especifica  y  dispone  el  artículo  63  de la Ley 270 de  1996”.   

Estima que el yerro acusado es trascendente  en  la medida en que los jueces de instancia iniciaron y desarrollaron el juicio  sin  competencia  funcional, lo que originó la causal de nulidad prevista en el  numeral  1°  del  citado  artículo  304,  es  decir,  falta de competencia del  funcionario  judicial,  razón  por  la  cual  considera  que  la  Corte la debe  declarar.   

Segundo  cargo   

Con base en la causal tercera de casación,  acusa  al  Tribunal  de haber dictado sentencia en un juicio viciado de nulidad,  toda  vez que “los jueces instanciales erraron en la  calificación   jurídica   de   las   conductas  contempladas  en  la  presente  causa”.   

Luego  de  recordar  cómo técnicamente se  debe  formular  el  cargo  de  nulidad por “errónea  calificación”, para lo cual cita jurisprudencia de  la  Sala,  afirma  que  en  este asunto se transgredió el debido proceso y, por  ende,  se  generó dicha causal de invalidación de la actuación, irregularidad  que  conllevó  a la violación de los artículos 1°, 2° y 5° del Decreto 100  de 1980.   

Así,  entonces,  hace  consistir la errada  calificación  en  que  el Tribunal concluyó en una responsabilidad objetiva en  contra  de  su defendido, producto de una “equívoca  reflexión”,    pues   no   es   cierto   afirmar  que:   

“…el  doctor  MARCOS  JOSÉ  MOLINA SALAS  haya  desarrollado  su actividad de abogado de manera conjunta con los restantes  enjuiciados.  De  la  lectura  desprevenida  del proceso, pero en especial de lo  declarado  por  los  abogados  JOSÉ  MARÍA  IGUARÁN  ORTEGA  y ARTEMO ANTONIO  FONTALVO  ABELLO,  así  como la versión que sucintamente rindiera mi prohijado  en   diligencia   de  inquirir,  es  indiscutible  que  el  doctor  MOLINA  SALAS, solamente actuó después  de  tres años, o más, de haberse creado, implementado y ejecutado el andamiaje  procesal  presentado  a  Foncolpuertos  para  los  cobros de las sumas de dinero  materia   del   desfalco  investigado,  actuación  derivada  de  la  particular  decisión  del  abogado ARTEMO ANTONIO FONTALVO ABELLO, quien sustituyó poder a  mi  mandante  para  que  se  encargara  de  las  gestiones  de  cobro ante aquel  organismo   o  ante  el  Ministerio  de  Hacienda,  mediante  el  reconocimiento  porcentual  de  honorarios.  A esta situación se llegó porque para entonces mi  representado  residía  de  modo  permanente  en  Bogotá,  ocupado de adelantar  estudios  de  especialización en la Universidad Externado de Colombia, mientras  que  FONTALVO  ABELLO,  continuaba  radicado  de  modo  permanente  en  la Costa  Atlántica,  obviamente  con dificultades para apersonarse de tiempo completo de  las  reclamaciones  en  cita; para entonces mi mandante desconocía por completo  de  la  ilicitud  que  rodeaba  la  documentación  elaborada para solicitar los  cobros,  así  como ignoraba de los artificios y la mendacidad empleada en tales  actividades  delictivas,  pues nadie le informó sobre el desarrollo fraudulento  de  las  gestiones  y  demás porque su ubicación residencial, bien distante de  Barranquilla,  lo  aisló  del  contacto con la opinión pública conocedora del  affaire…”.   

Por  ello,  considera que la imputación de  los  delitos  hecha  por  los  jueces en contra del procesado es producto de una  “suposición  carente  de  objetividad”,  siendo  evidente  que  en  este  caso, según su criterio, no  está  probada  la  culpabilidad como lo impone el artículo 5° del Decreto 100  de  1980,  máxime cuando los cobros por él realizados estuvieron despojados de  malicia  y  de dolo y, por ende, no constitutivos de conducta punible, surgiendo  “ahí  la  errática calificación jurídica dada a  ese comportamiento”.   

En  síntesis,  concluye  que  el  operado  jurídico   incurrió  en  “errónea  calificación  sumarial,  por  cuanto  en  momento  alguno  se recolectó prueba fehaciente que  objetivizara  el  tercer  elemento  integrador  del  todo  categorial  del hecho  punible,   esto  es,  no  hubo  certidumbre  sobre  la  CULPABILIDAD”  de su procurado, irregularidad que conllevó a la trasgresión  de  los  artículos  29 de la Constitución, 1º, 2º, 5º, y 11 del Decreto 100  de   1980,   1º,   2º,  6º,  10,  22,  36,  66  y  72  del  Decreto  2700  de  1991.   

Tercer cargo  

Como   censura   subsidiaria,   acusa  al  sentenciador  de  haber  incurrido  en violación indirecta de la ley sustancial  por  error  de  hecho  generado en un falso raciocinio en la apreciación de las  pruebas,  “por  cuyo  motivo  se  desembocó  en la  aplicación  indebida  de  normas sustantivas y adjetivas, así como se dejó de  aplicar    otros    preceptos    legales   de   similar   naturaleza”.   

Dice  que  los  juzgadores  dedujeron  la  autoría  de su prohijado del cumplimiento del mandato por sustitución, el cual  cumplió  al  pie  de  la  letra,  logrando de esa manera el pago de las grandes  cantidades  de  dinero. Sin embargo, sostiene que esa deducción es equivocada y  alejada  de  la  “lógica  y  de  las  leyes  de la  experiencia”,  toda  vez  que  de manera sesgada el  sentenciador  consideró el actuar de su defendido como un comportamiento doloso  y  simpatizante  de  las  actividades  reprochables  del  abogado  José  María  Iguarán  Ortega, cuando es evidente que Artemo Antonio Fontalvo “fue  quien  primeramente le sustituyó poder para encargarse de las  cobranzas   en   cita,  hecho  no  negado  por  Fontalvo  Abello,  circunstancia  significante  de  que  ese  poder  solamente  lo recibió tres años después de  haberse  implementado  y completado los documentos y maniobras fraudulentas para  esquilmar  los  caudales oficiales”, implicando ello  que  el  Tribunal  “optó por una inferencia lógica  al capricho de su subjetivismo”.   

En    el   subtítulo   que   denominó  “DEMOSTRACIÓN  Y  ANÁLISIS  DEL ERROR”,   refiere   que   el   ad   quem   admitió  que  Molina   Salas  obró  y  ejercitó  el  mandato  que  por  sustitución le confirió el abogado Fontalvo Abello, aspecto  que  le  permite colegir que su poderdante “ignoraba  la  condición  falsa  o  espúrea  del mandamiento de pago, ya que el apoderado  primario  no  lo  notició  de  tal  defensa,  y al contrario, en el contrato de  honorarios  le  incluyó  cláusula  dando  fe  la legalidad y legitimidad de la  documentación”.   

Dice  que  de lo anterior surge también la  noción  de  que  el  doctor  Molina Salas  recibió  aquel  poder en el primer trimestre de 1998, por cuanto  que  el  8  de  mayo  de ese año actuó como sustituto de Fontalvo Abello en la  conciliación  21,  “indicio del desfase y del falso  raciocinio  de los falladores, quienes por mera presunción y criterio subjetivo  vienen  en  predicar  que mi mandante conocía estos documentos y mandamiento de  pago  desde  1995,  cuando  estos  documentos  saltan  al tráfico jurídico. No  existe,  desde  luego,  prueba del elemento CERTEZA, conditio sine qua non, para  pregonar  AUTORIA  de mi representado en los comportamientos penales”.        

Después  de transcribir unos apartes de la  sentencia  impugnada,  sostiene que no hay congruencia entre los considerado por  el  Tribunal  y  el resultado adverso de la condena de su defendido a título de  autor,  pues,  en  su criterio, es el sentenciador quien acepta que Marcos  José  Molina  fue sustituto del  abogado  Fontalvo Abello, siendo éste quien le entregó la documentación falsa  después  de  haber transcurrido por lo menos tres años, aspecto que le permite  concluir   en   el  desconocimiento  que  tenía  del  la  ilicitud  de  lo  que  sucedía.   

No  obstante,  sostiene  que  el  juzgador,  desconociendo     los     “postulados    de    la  lógica”,    termina    afirmando    que    tales  circunstancias  conducen  a la autoría de su defendido en los delitos imputado,  originándose  de esa manera “un error in procedendo  por  falso  raciocinio,  con  cuya  existencia  procesal  se empaña el elemento  CERTEZA     requerido     para     emitir     fallo    de    condena”.   

Por  ello,  se  cuestiona  “¿cómo  sostener  la  permanencia  de  mi  asistido en el supuesto  reato  de  concierto  para  delinquir,  si solamente al transcurso de tres años  largos  se  le requiere para sustituirle un poder?”,  “¿cómo  aducir  que el doctor Marcos José Molina  Salas  era  uno  más de los integrantes del colectivo criminal, si durante todo  ese  lapso no abandonó estudios ni se alejó de Bogotá?. No hay pruebas (salvo  las   aducidas   subjetivamente)  señaladoras  de  la  coparticipación  de  mi  prohijado  en  la  ideación,  implementación  y agotamiento del concierto para  delinquir    ni    demás   conductas   deducidas   en   su   contra…”. Agrega que:   

“…resulta  exagerada  la  exigencia  de  los  sentenciadores  quienes  advierten  que  como  el  doctor  Marcos José Molina  Salas,   aceptado   el  poder  de  sustitución,  no  procedió   a  investigar  por  la  legitimidad  y  licitud  del  proceso  2266,  presuntamente   adelantado   en   el  Juzgado  Sexto  Laboral  del  Circuito  de  Barranquilla,  fue  porque  previamente conocía de la apocrifidad del legajo en  cita,  y  de ahí el cargo de autor de todos los hechos punibles en juzgamiento.  ¿Una  tal conclusión no redunda en error de hecho por falso raciocinio?, ¿una  deducción  tal  no denota desconocimiento de las reglas de la experiencia y por  ende  trasgresión  del  principio  de la sana crítica testimonial?”.   

Asegura  también que de los testimonios de  Fontalvo  Abello  y de Iguarán Ortega se obtiene la certeza de que su prohijado  nunca  participó  en la empresa criminal, ni intervino en la implementación de  documentos  falsos,  ni  acudió a funcionarios oficiales en plan fraudulento ni  engañó  a  persona  alguna,  razón  por  la  cual concluye que los juzgadores  incurrieron  en  “error  in  procedendo  por falsos  raciocinios,  vulnerando  el  principio de la sana crítica por inobservancia de  postulados   de   la   lógica   y   desconocimiento   de   las   reglas  de  la  experiencia”,  yerro  que  condujo a la inexistente  certeza  para  condenar  a  Molina  Salas   como   autor  de  los  delitos  imputados  y,  por  ende,  a  la  vulneración  de  los artículos 2º, 6º, 22, 247, 254, 300, 301, 302 y 303 del  Decreto  2700  de  1991,  como  normas fin, y los artículos 21, 23, 26, 35, 36,  182, 186, 220, 222, 356 y 372 del Decreto 100 de 1980.   

Cuarto cargo  

De manera subsidiaria, acusa al sentenciador  de  haber  incurrido  en  violación indirecta de la ley sustancial por error de  hecho  generado  en  la tergiversación “del sentido  fáctico  de  medios  de prueba”, toda vez que en el  “estudio y valoración de los medios de probatorios  advertidos  en el panorama procesal, los falladores rechazaron la existencia del  fenómeno  in  dubio pro reo o duda probatoria a favor del procesado”,  conllevando  la  falta  de  aplicación del artículo 445 del  Decreto 2700 de 1991.   

Afirmar  que  el  error  se  centra  en  la  “consideración  de un solo bloque de probanzas del  cual  emerge  la  duda  razonable pero que los operadores judiciales, de un modo  liso  y  llanamente  subjetivo, dejaron de aplicar”,  Igualmente,  advierte  que  su  defendido fue contratado por el abogado Fontalvo  Abello  para  que  por  sustitución se encargara de ejecutar los cobros ante el  Ministerio  de  Hacienda  por cuenta de las obligaciones del Fondo Pasivo Social  de  Puertos  de Colombia, siendo claro que la sustitución se llevó a cabo tres  años  después  de la elaboración de los mandamientos ejecutivos y cuando aún  residía  en Bogotá, circunstancias que conducen a su ajenidad en el pretendido  delito de concierto o, por lo menos, la evidente duda al respecto.   

Así   mismo,  reitera  que  Molina    Salas    no   tuvo   ninguna  intervención  relacionada  con  la documentación falsa, pues todo el andamiaje  falso  se  conformó  en  1995,  tres  años  antes  de haber recibido la citada  sustitución   y   sin   que   se   le   hubiese   enterado  de  tal  situación  ilícita.   

Del  mismo modo, recalca que es evidente el  desconocimiento  que  su  defendido tenía respecto del fraude procesal, máxime  cuando  en  manera  alguna  intentó  siquiera  obtener  de servidor público el  proferimiento  de  sentencia,  resolución  o  acto  administrativo  contrario a  derecho,   aspecto   que   igualmente   se   puede   predicar   del   delito  de  estafa.   

En  consecuencia,  dice que “razonablemente  avizoramos  la duda y el rechazo para convenir, con  las  instancias,  que  el  doctor  Marcos José Molina  Salas    hubiese    estafado   al   Ministerio   de  Hacienda”, menos cuando los funcionarios públicos,  frente  a  las  cuantiosas  sumas  cobradas,  tenían  el  deber  de  examinar y  confrontar  la  documentación  allegada  en  pro  de establecer su legalidad, a  quienes por su idoneidad no era fácil engañarlos.   

Concluye que en este asunto “no   hay   prueba   del   elemento   CERTEZA  para  condenar  a  mi  defendido”, por lo que se debe aplicar la duda a su  favor.   

En  el  título que llamó “PETICIÓN”,  solicita  a  la  Corte  casar  el  fallo  impugnado y, en su lugar, dictar el de  “reemplazo” declarando  las  “nulidades  propuestas y disponiendo el estado  en  que  queda  el  proceso,  ora  ABSOLVIENDO de todo cargo a mi poderdante por  falta  de  pruebas  para  condenarlo  o  en directa aplicación del in dubio pro  reo”.   

ALEGACIÓN    DEL    NO   RECURRENTE   

El   apoderado   del   Ministerio  de  la  Protección  Social,  constituido en parte civil, solicita a la Corte desestimar  la   demanda   presentada   por   el   defensor   del   procesado   Marcos José Molina Salas.   

En  cuanto al primer cargo, sostiene que el  libelista  olvida  que  la administración de justicia debe ser pronta y eficaz,  razón  por la cual el Acuerdo del Consejo Superior de la Judicatura, el cual se  encuentra  ajustado  a  la  legalidad,  no  hizo  más  que  materializar  dicho  principio dentro del marco al respeto del juez natural.   

En lo atinente al segundo reproche, dice que  tampoco  puede  prosperar,  pues los argumentos de la defensa no se ajustan a la  realidad  probatoria  que  exhibe el proceso, la cual es fehaciente en demostrar  lo  contrario a lo aseverado por el demandante, quien reitera su discurso en los  cargos  tercero  y  cuarto  y,  por lo mismo, éstos tampoco tienen vocación de  éxito.   

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

Ante  todo  es  imperioso  recordar  que la  casación  es  un  recurso  de naturaleza extraordinaria y rogada, motivo por el  cual  el legislador estatuyó las causales por las que resulta procedente atacar  la  presunción  de  acierto  y  legalidad con que viene amparada la sentencia a  esta  sede. De igual modo, dada las citadas características de la impugnación,  también  la  legislación procesal contempla los mínimos presupuestos formales  que debe cumplir el libelo.   

Como lo tiene dicho la Corte, la demanda de  casación  no  es  de  libre  formulación,  razón por la cual no es procedente  hacer  cualquier  clase  de  cuestionamiento  a  una  sentencia  que  por ser la  culminación  de  un  proceso  está  amparada,  como  se  indicó, por la doble  presunción  de  acierto  y  legalidad,  sino  que debe ser un escrito lógico y  sistemático  en el que sólo es permitido denunciar los errores cometidos en el  fallo,  al  tenor  de  los motivos expresa y taxativamente señalados en la ley,  demostrarlos   dialécticamente  y  evidenciar  su  trascendencia  en  la  parte  dispositiva del mismo.   

Por  ello,  el  éxito   de    la    censura   no   depende   de   lo   extenso    o   sugestivo    del    discurso   plasmado   en   la  demanda,  sino  de  la argumentación técnica  que   conlleve,  de  manera  lógica,  precisa,  coherente  y  jurídica,  a  la  demostración  de que la sentencia es ilegal, por haber incurrido el juzgador en  vicios   de   juicio   (in   indicando)  o  de  procedimiento  (in  procedendo).   

En    esas   condiciones,   se     hace    necesario    verificar    si    la   demanda   de casación  presentada  a  nombre  de   Marcos        José       Molina   Salas    reúne   los   presupuestos   formales   para   su  admisibilidad,  de  acuerdo   con    lo  estipulado   en   el   artículo   212   del  Código  de  Procedimiento  Penal.   

En   lo   relativo   a  los  dos  primeros  cargos,  fundados  en  la  causal  tercera,  como lo ha reiterado la jurisprudencia de la Corte, la nulidad  como  motivo  para atacar, por vía de casación, el fallo de segunda instancia,  en  “orden  a  la  técnica  propia  de  este medio  extraordinario  de  confrontación  de  la legalidad de las sentencias, comporta  los  mismos  niveles  de exigencia que son inherentes a las demás causales dada  su  especial  naturaleza,  lo  cual  significa  que  de  modo  insoslayable debe  especificarse  la  causal  o  motivo  de  nulidad  concurrente,  demostrando  el  carácter  sustancial del vicio o la irregularidad acusados y particularmente la  etapa  o  el  momento  procesal  a  partir  de  la  cual  se  hace imperativa la  anulación,  explicando  justificativamente  las razones por las cuales no media  alternativa    diversa    que    la    de   invalidar   lo   actuado”.1   

En    otros    términos,   la    nulidad    no    aparece    marginada   del   imperativo   de  claridad  y  precisión  en  cuanto  a  su  postulación y  demostración  correspondientes,   toda   vez  que  es   tan   exigente   como  las  demás  dado  el   rigor   predicable   de   la   naturaleza   misma   de   la  casación,  de manera  tal  que  se   impone   para   el   actor   el   deber   de   concretar   la  índole  del vicio, sea de estructura o de garantía,   que  se dice afecta el proceso, en qué grado y magnitud y desde qué actuación  procesal se configura.   

Por  consiguiente, tratándose del cargo de  nulidad  la demanda no es un escrito de libre confección, toda vez que también  debe ajustarse a los presupuestos formales para su admisibilidad.   

De  igual  manera,  en   virtud    del    principio    de    trascendencia   que  gobierna   la  declaratoria  de  nulidad,  según   la   cual,   no   basta  con denunciar irregularidades o que  éstas  efectivamente se presenten en el proceso, sino que se hace indispensable  demostrar  que  aquellas  inciden  de  manera  concreta   en  el   quebranto     de     los    derechos    de    los   sujetos    procesales,   se    hace    necesario   que   el    actor    evidencie    un    perjuicio   con   el   yerro   in  procedendo   denunciado,   pues,  caso  contrario,     la     Corte,     por     razón     del  principio   de   limitación,   no  puede  entrar   a  complementar  al  censor.   

En esas condiciones, observa la Sala que los  dos   primeros  reproches  fundados    en   la   causal   de   nulidad   no   satisfacen   los   anteriores  presupuestos.   

En  efecto,  en lo atinente al primer  cargo, a través del cual plantea  el  actor una presunta falta de competencia de los juzgadores que adelantaron el  juicio  y dictaron sentencia en este asunto, se hace indispensable precisar que,  como  lo ha indicado la jurisprudencia de la Corte, no obstante la incompetencia  del  juez  constituye  causal  para  declarar  la  nulidad  de la actuación por  violación  del  debido  proceso,  de todos modos la debida técnica que rige al  recurso  extraordinario  exige  que  si bien es cierto la censura se debe fundar  con  apego  en  la  causal tercera de casación, también lo es que se impone su  fundamentación con la lógica de la primera.   

En  esas  condiciones, no basta argumentar,  como  lo hizo el libelista, que como los hechos que dieron origen a este proceso  ocurrieron  bajo la vigencia del Decreto 2700 de 1991, según el cual, atribuía  a  los  “jueces penales del circuito el conocimiento  para    juzgar   conductas   penales   ejecutadas   con   posterioridad   a   su  creación”,  siendo  estos los llamados a adelantar  el  juicio  y  no  el  “Juzgado  Penal del Circuito  Especializado  de  Descongestión”, en primer grado,  ni  la  “Sala de Descongestión (Foncolpuertos) del  Tribunal   Superior   de   Bogotá”,   en  segunda  instancia,  se impone la invalidación de la actuación a través de la nulidad,  argumentación  que  así  expuesta es propia de las instancias y no del recurso  de casación.   

Debe  recordarse  que  quien  acude  a este  recurso  extraordinario,  luego  de  postular  el cargo de acuerdo con la causal  tercera,  debe  determinar  y  demostrar,  desde  la  perspectiva  de  la causal  primera,  si  la violación de la ley sustancial ocasionada por el yerro hallado  en la sentencia se produjo de modo directo o por la vía indirecta.   

Por  consiguiente,  si su argumentación se  inclina   por   la   violación  directa  debe  relacionar  las  normas  que  el  sentenciador  aplicó  indebidamente,  las  que  omitió  aplicar o aquellas que  interpretó  erróneamente por otorgarle un sentido o un alcance equivocado, sin  controvertir  las  pruebas  o  los  hechos  tal  como  fueron  apreciados  en el  fallo.   

Contrario  sensu,  si el sustento lo es por  los  lineamientos de la violación indirecta, también constituye una carga para  el  casacionista  señalar la clase del error (de hecho o de derecho) y el falso  juicio  (de  identidad,  existencia,  raciocinio,  legalidad  o  de convicción,  respectivamente)  cometido  en  la actividad probatoria que determinó o generó  la irregularidad denunciada.   

Cumplido con lo anterior, le corresponde al  censor  demostrar  la  trascendencia  del  yerro,  esto  es, cómo de no haberse  incurrido   en  él  necesariamente  el  fallo  habría  sido  favorable  a  sus  intereses.   

Al  respecto  la  Sala  ha  afirmado  que  “en este evento, si bien el casacionista se acoge a  la  causal  prevista  para  denunciar  la configuración de un motivo de nulidad  derivado  de  la  falta de competencia del juzgador, el desarrollo que imprime a  la  censura no resulta ser acertado, pues se deja de considerar que a esta clase  de  desaciertos se llega por haberse incurrido en vicios in iudicando, es decir,  en  el  acto  mismo  de  juzgar sea indirectamente por incurrir en errores en el  plano  del  puro  raciocinio jurídico que determinaron la falta de aplicación,  la  exclusión  evidente  o  la  interpretación  errónea  de disposiciones del  derecho  sustancial,  y  por tal vía, de aquellas que establecen la competencia  del  juzgador,  o  de  modo  indirecto  a  través  de  la  errada  apreciación  probatoria.   

“Sobre la forma como su demostración debe  asumirse,  la jurisprudencia tiene establecido que la censura por este motivo de  casación  es  de fundamentación mixta, puesto que debe formularse al amparo de  la  causal tercera pero desarrollarse siguiendo los lineamientos técnicos de la  primera,  optando  por  una de las dos vías establecidas para ella. Si opta por  la  vía  directa  es  deber  indicar  las disposiciones que el juzgador aplicó  indebidamente  y de las que correlativamente dejó de aplicar, o aquellas en las  que  se  equivocó  en  fijar su contenido o alcance y las razones jurídicas de  este  desacierto,  sin  que  por  dicha  vía resulte procedente controvertir la  apreciación  probatoria. Si la trasgresión de la ley se originó en errores de  apreciación   probatoria,   es  deber  concretar  cada  uno  de  ellos,  si  de  existencia,  identidad,  legalidad o convicción, y demostrar su trascendencia o  incidencia  en  la violación de la ley y, por ende, la falta de competencia del  órgano  jurisdicente  con  compromiso  de  la  validez  del  juicio”.2   

Así,  entonces, como se anunció, el actor  no  cumplió  con  ninguno  de  los  anteriores  parámetros,  toda  vez  que la  argumentación  la  centró  exclusivamente  a  la  afirmación  de  la presunta  ausencia  de  competencia de los juzgadores que adelantaron el juicio, agregando  que  el  Acuerdo  que  emitió la Sala Administrativa del Consejo Superior de la  Judicatura,  a  través  del  cual  dispuso  la  creación del Juzgado Penal del  Circuito  Especializado  de  Descongestión  y  la  Sala  de  Descongestión del  Tribunal  Superior  de  Bogotá, no se ajustaba a la legalidad, sin precisar las  razones jurídicas de su aseveración.   

Es  más,  como  un argumento paralelo a su  discurso,    el    censor   afirmó   que   su   inconformidad   “radica  en  el  principio  garantista de la ultractividad de la ley  penal  y  procesal  penal  más  favorable  a  los intereses de mi protegido, en  cuanto  al rito del caso, bajo los moldes jurídicos de los Decretos 100 de 1980  y  2700  de  1991”.  Sin embargo, no dedicó línea  alguna  tendiente  a  ilustrar  a  la  Corte cómo debía operar el principio de  favorabilidad  en  este  puntual  caso  frente  a  la  citada  normatividad,  ni  demostró  cómo la situación jurídica de su defendido habría sido totalmente  distinta  en  el  evento  de que la causa la hubiesen adelantado “los  jueces  penales del circuito”, sin  que  en  modo alguno indicara si la trasgresión de la ley fue como consecuencia  de  la  errada apreciación de las pruebas o de elaboración del correspondiente  juicio de derecho.   

Idénticos son los desaciertos técnicos en  la    formulación    y   desarrollo   del   segundo  cargo,  el que también se apoya en la causal tercera  de   casación,   pues   acusando   el   actor   una   supuesta  “errática  calificación  jurídica  del comportamiento”   de   su   defendido  y  en  espera  de  que,  respetando  los  cánones      que      la      ley      y      la   jurisprudencia   tienen   establecidos   para  esta clase de  reproche,  dedicara  la  argumentación  a demostrar cómo la conducta del   procesado   se   adecua   a   otro   tipo  o   tipos   penales  distintos  a  los imputados en la resolución de  acusación  y  por los que fue condenado, centró la sustentación de la censura  en  afirmar  que Marcos José Molina Salas   no   actuó  con  “dolo”  o  que  “no hubo certidumbre sobra  la CULPABILIDAD”.   

En   esas   condiciones,   observa   la  Sala     que,     teniendo     en     cuenta    la  legislación    vigente    al    tiempo    de    la  calificación  del  mérito  del   sumario,  si  bien  el  libelista  escogió  la  vía   adecuada   para   acusar   el   error  en  la  calificación   jurídica  dada   a  los  hechos  en  la  resolución  de  acusación,  de  todos  modos  no  sucede  lo  mismo  con  su  desarrollo,  habida  cuenta  que  no  señaló, como era  su  deber, si el yerro tuvo su génesis en la indebida  selección    o    en    la    hermenéutica   de   la   norma   o   normas  sustanciales  escogidas  para  resolver  el caso, o en la  actividad  probatoria  como  consecuencia de errores de derecho o de hecho en la  apreciación  de los medios de convicción.   

En  efecto,  ha reiterado la jurisprudencia  que  el  yerro  en  la calificación jurídica  es  un  error in iudicando que debe  demandarse   a   través  de  la  causal  tercera  de  casación,  toda  vez  que de prosperar la censura la  Sala  no  podrá dictar el  fallo  de  reemplazo,  ya  que  de  hacerlo necesariamente socavaría  la estructura del proceso al no quedar la resolución    de    acusación   en  armonía con  la    sentencia,   incurriéndose   así en un error in procedendo.   

Por  ello,  siendo cierto que el mencionado  error  debe postularse a través de la causal tercera,  también   lo  es  que  la  demostración  debe hacerse con sujeción  a los  parámetros  de  la  causal  primera     de     casación,     ya    sea    por  violación  directa o indirecta de la ley sustancial,  toda  vez  que  el  funcionario judicial, en el momento de elaborar el juicio de  derecho,  pudo  llegar a esa equivocación al excluir,  al  aplicar indebidamente o al interpretar   de   manera   errónea  un  precepto  sustancial,  caso  en  el  cual  se  impone  al  actor respetar los hechos y las  pruebas  conforme a como fueron plasmados en el fallo, pues se trata de un error  de   selección  normativa  y,  por  lo  mismo,  su  discusión    es   en   estricto   derecho.   

Del   mismo   modo,   el   yerro  en  la  calificación  jurídica  puede    surgir    de   la   actividad   probatoria,   es   decir,   cuando   la  equivocación   en  la   selección  del  precepto (exclusión evidente o  aplicación     indebida)     surge     de     la  apreciación     de    los    elementos    de  juicio, caso en el cual, como se indicó   en   la   anterior  censura,  se  impone  al  casacionista  que  así      lo      indique,      señalando  la  clase  del error, si de hecho o de derecho, y el falso  juicio   que   lo   determinó,  si  de  existencia,  identidad,  raciocinio, legalidad o convicción.   

Teniendo en cuenta lo anterior, observa la  Corte   que   el   actor   no  cumplió  con esos ineludibles derroteros, pues, como si se tratara de una  tercera    instancia,    no    señaló  si  el  error  en  la  denominación  jurídica    lo    fue    en    el    proceso   de  selección normativa o en  la   actividad  probatoria.  Por  el  contrario,  la  fundamentación  de  la censura la centró en afirmar  que    en   esta   caso   “no   está           probada           la           culpabilidad”,  o  que la imputación   de   los   delitos   es   producto   de   una  “suposición       carente      de  objetividad”,  o  que  “el     operador  jurídico  incurrió  en  una       errónea      calificación     sumarial,     por    cuanto    en    momento    alguno    se  recolectó  prueba  fehaciente  que  objetivizara el  tercer      elemento      integrador      del      hecho     punible”.   

Como   puede   apreciarse,   tales     aseveraciones     en     nada     estuvieron    dirigidas     a     demostrar    la   supuesta           “errónea      calificación”,   pues,   como  se  indicó,    en    espera    de   que       ilustrara       a       la       Corte       cuál      o   cuáles   eran  las conductas punibles que  se   debieron   imputar   al  procesado,  el  libelista  se  dedicó  a  plasmar criterios personales sobre  la   manera   como   en   este   asunto  los  medios  de  convicción  no  ofrecen  certeza  sobre  la  culpabilidad  de su prohijado,  argumento  que  sin  duda  se  aleja de la hipótesis  casacional   invocada   y   del   acusado  yerro  en  la  imputación.   

En  consecuencia,  se  avizora  que  en  la  formulación  de las dos primeras censuras  hay  inseguridad,  poniendo  en  evidencia  la falta de claridad,  coherencia y precisión para su admisibilidad.   

En   lo   concerniente   al  tercer  cargo,  el  que  se  apoya en la  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial por error de hecho generado en un  falso   raciocinio   en  la  “apreciación  de  las  pruebas”,  si  bien  el  libelista  afirma  que  el  sentenciador   obtuvo  deducciones  “equivocadas  y  alejadas  de   la  lógica  y  de  las  leyes de la experiencia”,  de  todos  modos  el  reproche quedó en el simple enunciado,  toda  vez  que  no precisó sobre cuáles medios de convicción recayó el error  ni  indicó  y menos demostró cuál principio de la lógica o de la experiencia  fue desconocido.   

Debe recordarse que en tratándose del error  de  hecho  por  falso  raciocinio  la  jurisprudencia  de  la  Corte,  de manera  reiterada,  ha  precisado  que si el reproche se centra en el desconocimiento de  los  postulados  de la sana crítica, el censor debe indicar qué dice de manera  objetiva  el  medio de convicción, cuál fue la inferencia que de él dedujo el  juzgador,  cuál  mérito  persuasivo  le  fue  otorgado,  cuál postulado de la  lógica,   de   la   ciencia  o  máxima  de  la  experiencia  fue  desconocida,  especificando  cuál  es  el aporte científico correcto, la regla de la lógica  apropiada,  la máxima de la experiencia que debió tomarse en consideración y,  finalmente,  demostrar  la  trascendencia del yerro, indicando cuál debe ser la  apreciación  correcta  de  la prueba o pruebas que cuestiona y que habría dado  lugar  a  proferir  un fallo sustancialmente distinto y opuesto al que es objeto  de  censura,  para  lo  cual  se  impone  al  demandante  el deber de abordar la  demostración  de  cómo  habría  de  corregirse el error probatorio que acusa,  modificando  tanto  el  supuesto  fáctico  como  la  parte  dispositiva  de  la  sentencia,  labor  que  comprende  un  nuevo  análisis  del  acervo probatorio,  apreciando  las  pruebas acorde con las reglas de la sana crítica y respecto de  las  cuales  se  transgredieron los citados postulados, sin dejar pasar por alto  que  dicha  valoración debe realizarse de manera conjunta y mancomunada con los  demás  medios probatorios respecto de los cuales no recae censura alguna y, por  lo  mismo,  se  acepta  su  correcta  apreciación.3   

Planteadas  así las cosas, surge claro que  el  demandante  no agotó los ineludibles presupuestos en precedencia indicados,  dejando  la  censura  sin  la necesaria demostración y, por lo mismo, su debido  agotamiento,  pues si bien es cierto que, apoyado en el error de hecho por falso  raciocinio,  censuró  la  apreciación  de la prueba (sin señalar cuál), para  seguidamente  anunciar  que  el  juzgador en la labor de asignación del mérito  persuasivo  se  apartó  “de  la  lógica  y de las  reglas  de  la  experiencia”,  de  todos  modos  no  precisó  el  mérito  persuasivo que el sentenciador supuestamente le otorgó a  los  medios de convicción, ni preciso cuál debió ser la valoración correcta,  ni  correlacionó  ésta  con los restantes elementos de juicio sobre los cuales  el  juzgador  obtuvo  el grado necesario de certeza para condenar a Marcos    José   Molina   Salas   como  responsable  de  los  delitos  de concierto para delinquir, falsedad material de  particular  en documento público, agravada por el uso, estafa agravada y fraude  procesal,   medios   de  prueba  que  el  actor  no  reprochó  y,  menos  aún,  mencionó.   

Por el contrario, el actor, luego de acusar  el  citado yerro, se limitó a hacer afirmaciones tales como que el sentenciador  de  manera  sesgada  consideró el actuar de su defendido como un comportamiento  doloso,  o que el Tribunal “optó por una inferencia  lógica  al  capricho  de su subjetivismo”, o que su  “poderdante ignoraba la condición falsa o espúrea  del  mandamiento  de  pago”,  o que “no  existe prueba del elemento CERTEZA para pregonar AUTORÍA de mi  representado  en los comportamientos penales”, o que  de  acuerdo  con  los  testimonios  de  Fontalvo  Abello y de Iguarán Ortega se  obtiene  la certeza de que su prohijado nunca participó en la empresa criminal,  aseveraciones  todas  ellas que en manera alguna respetan los postulados propios  de falso raciocinio.   

En   fin,   advierte   la   Sala  que  la  inconformidad  del  recurrente  está centrada en las conclusiones probatorias a  que  llegó el sentenciador de segunda instancia y no en un específico yerro de  apreciación  probatoria,  disparidad  de criterios que no es susceptible de ser  atacada  en  esta  sede,  toda  vez  que  el  juzgador,  dentro  del  sistema de  apreciación  probatoria,  goza  de  libertad  para  justipreciar  los medios de  convicción,   sólo   limitado   por   los  postulados  que  informan  la  sana  crítica.   

Finalmente,  en cuanto tiene que ver con el  cuarto   cargo   se  hace  necesario  recordarle  al actor que el falso juicio de identidad “tiene  lugar  cuando el juzgador se equivoca al apreciar la prueba,  dado  que,  obrando  en  el  proceso,  al  valorarla  distorsiona  su  contenido  cercenándola,  adicionándola o tergiversándola, caso en el cual está llamado  a  señalar  mediante el cotejo objetivo de lo dicho en el medio probatorio y lo  asumido  en  el  fallo,  qué  aparte  fue  omitido o añadido a la prueba, qué  efectos  se  produjeron  a  partir  de  ello  y, lo más importante, cuál es la  trascendencia  del  yerro  en  la declaración de justicia contenida en la parte  resolutiva  de  la sentencia atacada, tópico que no puede ser demostrado con la  exposición   subjetiva  del  criterio  del  impugnante  acerca  del  valor  que  corresponde  al  medio  de prueba que estima tergiversado, pues menester resulta  que  materialmente  acredite  que el error condujo a la falta de aplicación o a  la  aplicación  indebida  de  la  ley  sustancial  en  el  fallo,  esto es, que  corregido  el  yerro,  la prueba debidamente valorada en conjunto con las demás  modifica  sustancialmente  el  sentido  de  la  decisión reprochada”4.   

Así,  resulta  claro  que  el libelista no  acató  las  anteriores premisas, pues si bies es cierto que acusa la violación  indirecta   de   la   ley   sustancial   por  error  de  hecho  generado  en  la  “tergiversación  del sentido fáctico de medios de  prueba”,  lo  que  conllevó al desconocimiento del  instituto  de  la duda, también lo es que no indicó sobre cuáles elementos de  juicio  recayó  el  yerro denunciado, no precisó en qué consistió la alegada  “tergiversación”  ni  evidenció  la  trascendencia  del  mismo frente a la parte resolutiva del fallo  impugnado,  sin  olvidar  que  tampoco correlacionó dicho error de apreciación  con  los  restantes  medios  de  convicción que fueron fundamento del juicio de  responsabilidad.   

Por  el  contrario,  como  sucedió  en  el  anterior  cargo,  alejándose  de  la hipótesis enunciada, dedica su discurso a  afirmaciones   tales   como  que  el  error  se  centra  en  la  “consideración  de  un  solo bloque de probanzas del cual emerge la  duda  razonable”, sin precisar qué pruebas componen  el  mismo,  o  que su procurado no tuvo ninguna intervención relacionada con la  documentación  falsa  ni con el delito de estafa, o que desconocía la ilicitud  que  otros  colegas  estaban  cometiendo,  aspectos  que  le  permiten, desde su  personal  punto  de  vista,  concluir que el in dubio pro reo era la decisión a  adoptar   en   el   fallo   impugnado   y,  por  lo  mismo  la  absolución  del  procesado.   

Así, entonces, como anteriormente se dijo,  la  inconformidad  del  actor  radica  en  la credibilidad que los juzgadores le  otorgaron  a  las  pruebas  allegadas  al  extenso  expediente, olvidando que la  simple       disparidad      de      criterios      no   constituye  yerro  demandable  en casación.   

Por  consiguiente,  al no reunir la demanda  los presupuestos de claridad y precisión, la Corte la inadmitirá.   

Finalmente,  cabe  señalar  que el estudio  detenido  del  expediente permite a la Sala concluir que no procede la casación  oficiosa  por  cuanto no se percibe ninguna causal de nulidad ni vulneración de  derechos fundamentales.   

En mérito de lo  expuesto,   la   CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA  DE   CASACIÓN   PENAL,   

R  E  S  U  E  L  V  E   

INADMITIR   la  demanda  de  casación presentada por el defensor  de  MARCOS  JOSÉ MOLINA  SALAS.  En  consecuencia,  se  declara  desierto  el  recurso      extraordinario      de     casación  interpuesto.   

Contra    esta   decisión      no      procede      ningún  recurso.   

Comuníquese y  cúmplase.   

MAURO   SOLARTE  PORTILLA   

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ                                        ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

EDGAR   LOMBANA   TRUJILLO                                        ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

MARINA   PULIDO  DE  BARÓN                                        JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                        JAVIER ZAPATA ORTIZ   

TERESA     RUIZ    NUÑEZ   

                                                              Secretaria   

    

1 Ver,  entre otros, casación 20046, auto del 11 de febrero de 2004.   

2  Casación  11525  del  14  de  enero  de 2002, casación 22226 del 8 de junio de  2005, entre otras.   

3  Casación  12062  del  2 de agosto de 2001. Ver también casaciones 14535 del 30  de  noviembre  de  1999,  11135  del  26  de noviembre de 2003 y 20827 del 12 de  diciembre de 2005.   

4  Casación  23032  del  22 de junio de 2005 y casación 22174 del 17 de agosto de  2005.     

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