25308(20-06-06)

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  25308   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrada Ponente:  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

Aprobado Acta No. 058.  

         

Bogotá  D.C.,  junio veinte (20) de dos mil  seis (2006).   

VISTOS  

Decide  la Sala en punto de la admisibilidad  formal  de  la  demanda  de casación presentada por el defensor de DANNY      ARVEY     y     EDWIN  FERNANDO CHAGUENDO CHACÓN contra la  sentencia  proferida  por  el  Tribunal  Superior de Bogotá de fecha abril 8 de  2005,  por  cuyo medio confirmó la condenatoria dictada por el Juzgado 39 Penal  del  Circuito  de  esta misma ciudad, que los condenó como coautores del delito  de  homicidio agravado en la persona de John Jairo Vega  Aguilar.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

En horas de la madrugada del día 27 de abril  de   2003,   se   suscitó   una  persecución  emprendida  por  varios  sujetos  contra   John  Jairo     Vega    Aguilar    desde    el  establecimiento  de  comercio  discoteca “La Charly”, ubicada en la calle 94  sur  con  carrera  5  este  de  esta  capital,  luego  de  la  cual Vega   Aguilar   fue   ultimado  mediante  múltiples  heridas infligidas con arma corto punzante, encontrándose su cuerpo  en  un  caño  ubicado  en  la  calle  91  este  con carrera 5 F.  De dicha  agresión,  que  ocasionó  el  deceso  del mencionado, se imputa a DANNY      ARVEY     y     EDWIN         FERNANDO         CHAGUENDO         CHACÓN.            

A raíz de los hechos anteriores, se declaró  la  apertura  de la investigación penal, dentro de la cual se vinculó mediante  diligencia  de  indagatoria  a  los  hermanos CHAGUENDO  CHACÓN,  a  quienes  se definió situación jurídica  con  medida  de  aseguramiento de detención preventiva como presuntos coautores  responsable del delito de homicidio agravado.   

Clausurada la investigación, se calificó el  mérito  del sumario en forma independiente con resolución de acusación por el  mismo  delito  que  sustentó  la  medida  detentiva;  primero,  en  contra  del  procesado  DANNY  ARVEY el 22  de  agosto  de  2003  y  luego,  el 3 de septiembre del mismo año, en contra de  EDWIN FERNANDO.   

Contra   las   anteriores  decisiones,  se  interpuso  recurso  de  apelación por la defensa de los acusados, motivo por el  cual  se  pronunció la Unidad de Fiscalía Delegada ante el Tribunal de Bogotá  el 16 de octubre siguiente, confirmando las decisiones impugnadas.   

Ejecutoriado el calificatorio, el proceso se  remitió  a  los  juzgados  de  conocimiento  para  el trámite de la fase de la  causa,  correspondiéndole  al  Juzgado  39  Penal  del Circuito de esta ciudad,  despacho  que,  una  vez  surtió  el  trámite  legal  correspondiente,  dictó  sentencia  el 3 de septiembre de 2004 por cuyo medio condenó a los procesados a  la  pena  principal  de  trescientos  (300) meses de prisión, a la accesoria de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y funciones públicas por el  mismo  lapso  de  la  pena  privativa  de  la  libertad  y  al pago solidario de  perjuicios morales en favor de la progenitora del occiso.   

Impugnada  la anterior determinación por la  defensa   de   los   procesados,  el  Tribunal  Superior  de  Bogotá,  mediante  providencia  de  fecha  8  de  abril  de  2005,  la confirmó.             

Inconforme   con   la  determinación  del  ad-quem  el  defensor   interpuso  recurso  extraordinario  de  casación,  el  cual  sustentó mediante  demanda, sobre cuya viabilidad se ocupa la Sala.   

LA DEMANDA  

      

El impugnante formula dos reproches contra el  fallo  de  segundo  grado  con  fundamento  en  la causal primera prevista en el  artículo  207  de  la  Ley  600  de  2000,  por  violación indirecta de la ley  sustancial  derivada de errores en la apreciación de la prueba que sustentó el  fallo contra sus defendidos.   

Con   el   fin   de   evitar  repeticiones  innecesarias,  por  razones  de  método  se  optará  a continuación por hacer  referencia  independiente  a cada uno de los cargos presentados por la defensa y  a realizar acto seguido su análisis formal.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

1.  Primer cargo (principal). Violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  por  error  de  hecho  por  falso  juicio de  identidad:   

Aduce  el  casacionista  que  acude  a  esta  causal,  dado que el sentenciador apreció “de manera  errada  una  prueba,  por  cuanto  se  da  a un único indicio un valor de plena  prueba que no tiene”   

Señala   inicialmente   que   al  revisar  “los  fundamentos fácticos que motivaron los fallos  de  primera  y segunda instancia, se encuentra que se trata de una única prueba  de  carácter  indiciario”.   Esto,  porque  al  revisar  las  dos  sentencias  se infiere que “tienen  como  fundamento una misma circunstancia consistente en el presunto relato de la  progenitora  de  los  encartados,  la  prendas impregnadas de sangre, como en el  indicio    de    mentira    que    desecha    el    H.   Tribunal”.   

Precisa     que    del    “indicio  anterior”  de presencia en el  lugar  en  donde  presuntamente  se originó una riña, se podría inferir   necesariamente  que  todas  las personas que allí se encontraban, incluyendo al  propietario  del  establecimiento, son coautores de la conducta que se juzga, no  obstante lo cual se le ha otorgado el valor de plena prueba.   

El error del Tribunal, en su concepto, tiene  concreción  “en la equivocada inferencia lógica que  hace  del  hecho  indicador” por colegir de la simple  presencia  de  sus  defendidos “en el lugar en que se  departió”,  de  la manchas de sangre encontradas en  el   pantalón,  “como  en  lo  manifestado  por  el  indagado      en      la      injurada      del      condenado      (sic)”   la  comisión   del   delito,  a  pesar  de  que  “dicha  prueba”,  no tiene el alcance o capacidad probatoria  que  le  otorgó  el fallador, “no solo porque sea la  única  prueba  de  cargo,  sino porque no se trata de un indicio necesario y ni  siquiera vehemente”.   

Afirma  que el anterior es un error de hecho  por   falso   juicio  de  identidad  o  “una  errada  conexión  del  hecho  indicador  con  el  indicado”,  porque   se   yerra  “en  la  inferencia  lógica  y  específicamente  en  su fuerza o valor suasorio”, en  tanto  que  el  hecho  indicador  no  tiene la capacidad probatoria “que   le   otorgó   gratuitamente   el   fallador”.   

Concederle  el  valor  de  plena  prueba  al  indicio  de  presencia  en  la  discoteca  sumado  al  hecho  de  que  luego sus  defendidos  salieron  de allí en persecución del hoy occiso, insiste, es darle  al   hecho   indicador   una  capacidad  demostrativa  que  no  tiene,  pues  se  “está suponiendo la demostración de algo que está  por  demostrar”, porque si bien, agrega, no se altera  lo fáctico de la prueba, ella no posee la fuerza que se le otorga.   

Pero  como  se  trata de la única prueba de  incriminación   “el   indicio   tendría  que  ser  necesario  (si  lo hay) y es obvio que tal relación de necesidad lógico causal  no    se   da   en   este   caso   porque   muchas   otras   explicaciones   son  posibles”;  por lo tanto, señala que no es el hecho  en  sí  mismo  lo  que ataca, sino el grado de inferencia lógica que de él se  pretende extraer.   

Para  que  el  indicio  de  presencia  sea  verdaderamente   comprometedor,  añade, es preciso que dicha circunstancia  se  origine  en  el  lugar  de  los  hechos,  pues  de lo contrario se trataría  simplemente  de  uno  de  los  llamados  indicios de oportunidad, en tanto no es  predicable  del  sitio  en  donde  se  encuentra o se decomisa el producto de un  ilícito.   

Además,   porque   la  presencia  de  sus  defendidos  se  encontraba  justificada  en  dicho  lugar, por cuanto celebraban  “un acontecimiento”, a lo  que  se  suma  que  también  se  trataba de un lugar en donde frecuentemente se  reunía     la     familia     Chaguendo.   

De allí que, sostiene el actor, ese indicio  ni  siquiera  demuestra relación de los condenados con los objetos encontrados,  aspecto  sobre  el  cual  se  fincó  la  sindicación,  por lo que “ni  siquiera  es  acertada  la deducción del H. Tribunal en este  punto   (y   mucho  menos  lo  será  en  los  que  de  él  dependen  en  forma  concatenada)”.   Así,  por  ejemplo, en lo que  tiene  que  ver  con  “la  inexistencia de presiones  sobrevinientes  para  afectar  testigos  a favor de los imputados”,   pues  si  se  justifica  su  presencia  en  el  lugar  referido,  desaparecen  esas  presiones,  lo  que  lleva  a  corroborar  que  los  hermanos  CHAGUENDO  no participaron en  la  persecución,  sino  que  permanecieron en la taberna tal como lo depusieron  sus   contertulios   y   familiares,   pues   no  es  posible  que  “tuviesen     el     don     de     la    ubicuidad”.   

Adicionalmente,   indica   que   para   la  construcción  de un indicio es indispensable que la premisa mayor en la cual se  apoya  tenga  validez  general y constante o meramente contingente, pero en este  caso     ni     siquiera     consta     que    los    sindicados    “estuvieran  en  posesión  o coposesión de los elementos con los  cuales  se ocasionara el homicidio”, dado que sólo a  partir  de  su  presencia se infiere su responsabilidad, con lo cual se tendría  simplemente           “un          indicador  anfibológico”  que  a  lo sumo los vincularía como  presuntos encubridores de los verdaderos culpables.   

Destaca, así mismo, que el yerro anterior es  trascendente  “toda  vez  que  recae sobre la única  prueba  incriminatoria que se esgrime en contra de mis defendidos”,   pues   el   único  fundamento  “fue  precisamente  haber  encontrado en el lugar en el que se produjo el allanamiento  que  dio  como  resultado  la  presunción  de  que  la sangre encontrada en las  vestimentas   de   uno  de  los  hermanos  Chaguendo  Chacón,  tenía  que  ser  precisamente  del  hoy  occiso”,  al punto que de no  existir las vestimentas no se les habría vinculado a este proceso.   

Lo  anterior  a  su  juicio  condujo  a  la  violación  directa  de  normas procesales; así, los artículos 232 y 287 de la  Ley  600 de 2000 y a la indirecta de disposiciones sustanciales, a saber, de los  artículos  103  y  104,  numerales  6  y 7 de la Ley 599 del mismo año y 9 del  mismo  estatuto,  éste último en cuanto que ninguna conducta puede ser punible  si no es típica, antijurídica y culpable.   

Estima,  en  la parte final de esta censura,  que  el  Tribunal   ha  debido  darle  al  indicio  el valor probatorio que  realmente  tenía  “y  a partir de él ponderar  de  manera  adecuada  las  demás  pruebas obrantes en el proceso, algunas de la  cuales  son  directamente  desincriminatorias”, toda  vez  que  en  su criterio resulta totalmente  contradictorio que mientras a  los  dueños  del establecimiento y demás personas que salieron en persecución  del  occiso, así como a la progenitora de los procesados, ocupante del inmueble  en  donde se encontraron la prendas impregnadas de sangre, no se les vinculó al  proceso,  pero  sí a sus hijos que no vivían allí en forma permanente. Por el  contrario,  sostiene,  los  juzgadores  de una manera obstinada y precipitada se  aferraron  a una prueba “aislada y tan precaria, como  es   la   que   se  demanda  en  casación  en  este  acápite”,  no  obstante  que los procesados demostraron que la sangre en dichas  prendas  correspondía  a  su  compañera Sandra Milena  Castañeda  “como  se  probó ante el tipo de sangre que portaba en la cédula  la   joven   Castañeda   cuya   fotocopia   se   aportó   ante  el  estrado  a  quo”.              

A  ello  se  aúna  que tampoco “se  investigó  sobre  las  personas  que  formaban  parte  de la  tertulia,  ni  los  que  salieron  en  persecución  del  hoy occiso, como de la  persona  que  portaba  una gorra roja que estuvo siempre en la discoteca, siendo  observado  por todos los que allí se encontraban;  como de la distancia de  la  discoteca hasta el sitio en que fuera encontrado sin vida el hoy occiso John  Jairo Vega Aguilar”.   

De  lo  dicho,  colige  el  actor  que en la  sentencia  condenatoria no se analizó la prueba de acuerdo con las normas de la  sana  crítica,  ni en forma “racional e integral los  indicios  existentes”,  motivos de inconformidad que  de  manera  alguna suponen una simple divergencia de criterios y que le conducen  a  deprecar  se  case  el  fallo  impugnado  y,  en  su  lugar,  se  disponga la  absolución de sus defendidos.   

A juicio de la Sala este primer cargo objeto  de  revisión  no  satisface los presupuestos formales previstos en el artículo  212  de la Ley 600 de 2000, la cual, dicho sea de paso, se erige en la normativa  que  regula  el  presente  trámite  habida cuenta que los hechos por los que se  procede tuvieron ocurrencia el 27 de abril de 2003.   

De conformidad con la preceptiva indicada, la  demanda   de   casación   deberá   contener   “La  enunciación  de la causal y la formulación del cargo, indicando en forma clara  y   precisa   sus   fundamentos   y   las   normas   que  el  demandante  estime  infringidas”.   En  el  siguiente numeral de la  misma  preceptiva,  además,  se exige que “si fueren  varios   los   cargos,   se  sustentarán  en  capítulos  separados  y,  que  “es permitido formular cargos  excluyentes          de          manera          subsidiaria”.     

Pues  bien,  en  el  caso  de  la especie es  indiscutible  que  la propuesta del casacionista contenida en su primer cargo no  se  presenta de acuerdo con los presupuestos formales que vienen de verse y que,  como  corolario  de  esa  circunstancia, se ha de proceder de conformidad con la  consecuencia    procesal    prevista    en   el   artículo   213   ibídem.   

Se  llega  a  la  anterior  conclusión, con  fundamento en los siguientes argumentos:   

En  primer lugar, es preciso señalar que en  la  norma  aludida  se  exige  “claridad  y  precisión” en los fundamentos,  características  que  se  echan de menos en la censura que concita la atención  de la Sala.   

Si   bien   no   existe   duda  frente  al  cuestionamiento  contenido  en el cargo en el sentido de que se dirige contra la  apreciación  otorgada  a  la  prueba indiciaria, ello exige como mínimo que se  determine   sin   asomo   de   duda   el   indicio   sobre   el  cual  recae  el  reparo.   

Contrario  sensu  a  tal  imperativo,  en  la  propuesta  objeto  de  análisis  no  se indica con la  indispensable  claridad el indicio objeto de crítica, el cual, según el actor,  se  yergue en “la única prueba incriminatoria que se  esgrime   en   contra   de   mis  defendidos”.    

Pero  sobre el particular tan contradictoria  resulta  la censura que el actor no se limita a referir a un sólo indicio, como  a  lo  largo  del  cargo  se  advierte, sino que de manera confusa y simultánea  involucra  varios  que  en  las sentencias de instancia -las cuales conforman en  este  caso  una unidad jurídica inescindible- constituyeron el fundamento de la  responsabilidad declarada en los fallos.    

Así,  en  algunos  pasajes  del  reparo  el  demandante  enfila  la  crítica, de forma ininteligible, contra el que denomina  indicio  de presencia en el lugar en donde departían los sindicados y el occiso  previamente  a  que  se desencadenara la persecución contra este último, el de  “presencia”  en  el  lugar  en  donde  se  halló  una prenda con manchas de  sangre,  éste  propiamente  dicho, esto es, el del hallazgo de esa prenda y, en  fin  otra  serie  de  circunstancias,  como  el  dicho  de la progenitora de los  sindicados  y  lo  manifestado  por  ellos  en  sus indagatorias, que impiden en  últimas  establecer con nitidez contra cuál de todos estos múltiples aspectos  endereza la censura.   

Esta  inconsistencia  resulta  por  sí sola  suficiente   para   inferir  que  el  reproche  no  goza  de  la  “claridad  y  precisión”  exigidos  y  que  en  punto  de  la  causal invocada por supuesta  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  en  donde el cuestionamiento se  dirige  contra  la  apreciación  de la prueba fundante del fallo, impone cuando  menos  concretar  la probanza objeto del reproche.        

Sin  embargo,  la  anterior  no es la única  falencia  del  reproche  que  conduce  a  la  misma  conclusión.  Así, en  segundo  lugar,  se  evidencia  que  tampoco  se  asume  el  ataque  a la prueba  indiciaria  de acuerdo con su estructura lógica, según lo tiene dicho en forma  reiterada la Sala.    

Sobre la forma correcta en que ha de proceder  el   cuestionamiento  en  casación  frente  a  la  apreciación  de  la  prueba  indiciaria,  la  Corte  ha  sido  unánime  en  precisar  que para emprender tal  cometido  es  necesario  identificar si la equivocación se cometió respecto de  los  medios demostrativos de los hechos indicadores, la inferencia lógica, o en  el  proceso  de  su  valoración  individual  o  conjunta (valor suasorio), esta  última  luego  de apreciar su articulación, convergencia y concordancia de los  varios  indicios  entre sí, y entre éstos y las restantes pruebas, para llegar  a una conclusión fáctica desacertada.   

Si  el  error  radica en la apreciación del  hecho  indicador, dado que éste necesariamente ha de acreditarse con otro medio  de  prueba,  necesario  resulta  postular si el yerro cometido fue de hecho o de  derecho,  a  qué  expresión  corresponde y cómo alcanza demostración para el  caso en concreto.   

Ahora, si  tal se ubica en el proceso de  inferencia  lógica,  ello  supone  aceptar  la  validez del medio con el que se  acredita  el  hecho indicador, y demostrar al tiempo que el juzgador en la labor  de  asignación  de su mérito persuasivo se apartó de las leyes de la ciencia,  los  principios  de  la  lógica,  o  las  máximas  de la experiencia, haciendo  evidente  en  qué  consiste  y  cuál  es  la operancia correcta de cada uno de  ellos, y cómo en concreto esto es desconocido.   

Si lo pretendido es denunciar error de hecho  por  falso juicio de existencia de un indicio o un conjunto de ellos, lo primero  que  debe  acreditar el censor es la existencia material en el proceso del medio  con  el  cual  se evidencia el hecho indicador, la validez de su aducción, qué  se  establece  de  él,  cuál  mérito  le  corresponde, y luego de realizar el  proceso  de  inferencia  lógica  a  partir  de  tener acreditado el hecho base,  exponer  el  indicio  que  se  estructura  sobre  él,  el valor correspondiente  siguiendo  las  reglas  de la experiencia, y su articulación y convergencia con  los  otros  indicios  o  medios  de  prueba directos1.   

Además, dada la naturaleza de este medio de  prueba,  si  el  yerro se presenta en la labor de análisis de la convergencia y  congruencia  entre  los  distintos indicios y de éstos con los demás medios, o  al  asignar  la  fuerza demostrativa en su valoración individual o conjunta, es  aspecto  que  no puede dejarse de precisar en la demanda, concretando el tipo de  error  cometido,  demostrando  que  la  inferencia  realizada  por  el  juzgador  transgrede  los postulados de la sana crítica y acreditando que la apreciación  probatoria  que se propone en su reemplazo, permite llegar a conclusión diversa  de  aquella a la que arribara el sentenciador, pues no resulta de recibo en este  trámite   anteponer   el   particular   punto   de   vista  del  actor  al  del  fallador.     

Esta  forma  de atacar la apreciación de la  prueba  indiciaria  garantiza  no  sólo  respetar  su  estructura  lógica sino  también  facilitar  la comprensión del cuestionamiento, pues cuando la censura  aborda  en forma indiscriminada los estadios a los que se ha hecho referencia se  incurre   en  contradicción,  toda  vez  que,  como  se  ha  dejado  dicho,  es  presupuesto   del   segundo   y   tercer   eslabón   estar   conforme   con  el  anterior.   

Por  tanto, cuando en esta censura de forma  recurrente  se involucran críticas coetáneas a la prueba en que se soportó el  hecho  indicador,  al  proceso  de construcción de la inferencia lógica y a su  valor  suasorio  que,  según se precisó con antelación, difieren radicalmente  en  su  esencia,  se  vulnera  la  claridad y precisión que debe gobernar a los  fundamentos del cargo para así admitir la censura formalmente.   

En  tercer  lugar, también se advierte con  facilidad  que,  a pesar de que el censor es reiterativo en indicar que la labor  que  desarrolla  no  supone  una  simple  divergencia  frente  al  criterio  del  Tribunal,   lo  que  en  realidad  se  observa  es  que  a  eso  se  contrae  su  disertación,  porque  en  momento  alguno  refiere  a  alguno  de  los  errores  objetivos  de  apreciación de la prueba (errores de hecho por falsos juicios de  identidad  o  inexistencia),  o  por  desconocimiento  de  las pautas de la sana  crítica  (postulados  de  la  lógica,  máximas  de  la  experiencia  o reglas  científicas,   que   constituyen   el  denominado  error  de  hecho  por  falso  raciocinio),   reglas   que   ni  siquiera  enuncia,  y  mucho  menos  alude  al  desconocimiento  de  las  exigencias  legales  previstas  para  su  aducción  o  formación  (error  de derecho por falso juicio de legalidad) o al  mérito  que  la  ley  le  otorga  previamente  (error  de  derecho  por  falso juicio de  convicción),  sino  que  se limita a apartarse de la ponderación efectuada por  los  juzgadores  sólo  porque  no  se  allana a su propio criterio.     

El  anterior  desarrollo  no  alcanza  el  propósito  de  derruir  el  fallo,  no sólo porque tal intención riñe con la  naturaleza  extraordinaria del recurso de casación, sino porque el fallo arriba  a  esta  sede  amparado por las presunciones de acierto y legalidad, de modo que  los  argumentos  que soportan la decisión prevalecen sobre el criterio personal  del demandante.   

En cuarto lugar, fácilmente se observa que  el  reproche,  a  pesar  de  su  extensión, tampoco cuenta con la trascendencia  requerida  para  resquebrajar  el fallo, porque parte de varios supuestos que no  reflejan la realidad de las sentencias.   

Señala  el  actor  que el fundamento de la  responsabilidad  de  sus  defendidos  radicó  en un solo indicio, aserto que se  contraría  incluso  con el mismo contexto de la demanda, en donde de una manera  confusa,  como  atrás  se  señaló,  adujo a varios indicios construidos en su  contra  y  más  aun  con  el  de  las  sentencias,  de  cuyo  contenido afloran  adicionales  elementos  de  juicio que el actor no discutió, como ocurre con el  indicio    derivado   de   haber   sido   vistos   los   hermanos   CHAGENDO   CHACÓN   por  los  deponentes  Alexis  Rusbel  Londoño  y  José    Alirio    Zambrano    Bermúdez  persiguiendo  al hoy occiso en poder de armas cortopunzantes, cuyo  dicho  mereció  total  credibilidad  en  forma  unánime  a  los  falladores de  instancia2.   

Así  mismo, obra el indicio de móvil para  delinquir,   originado   en   desavenencias   previas  entre  el  óbito  y  los  procesados3  y  en  las  contradicciones  halladas en sus versiones4,   sin  que  ninguno de estos aspectos fuera abordado en la demanda.   

Por último, y en quinto lugar, es también  preciso  destacar  que  en la demanda se incurre en la impropiedad de incluir en  el  cargo  supuestos  que  corresponden  a una causal de casación distinta a la  invocada  en  la  censura,  los  cuales,  en  procura de la reiterada claridad y  precisión  que  debe caracterizar a las propuestas, era indispensable instaurar  en un cargo independiente.   

Específicamente   se   incurre   en  tal  desacierto  cuando  al  interior  de  este  primer  cargo objeto de análisis se  indica  de  forma expresa que también fue factor decisivo para el proferimiento  del  fallo  que  se  controvierte  por  esta  vía  el hecho de que “no  se  investigó  sobre  las  personas que formaban parte de la  tertulia,  ni  los  que  salieron  en  persecución  del  hoy occiso, como de la  persona  que  portaba  una gorra roja que estuvo siempre en la discoteca, siendo  observado  por todos los que allí se encontraban;  como de la distancia de  la  discoteca hasta el sitio en que fuera encontrado sin vida el hoy occiso John  Jairo Vega Aguilar”.   

     

Dicha   circunstancia   hipotéticamente  configuraría  afrenta  al  principio  de investigación integral, que ha debido  plantear  en  un  cargo  independiente a tenor de lo dispuesto en el numeral 4°  del   artículo  212  de  la  Ley  600  de  2000,  en  cuanto  que  “si  fueren  varios  los  cargos,  se  sustentarán  en capítulos  separados”.   

Lo  anterior,  no  sólo  por la claridad y  precisión  a  la  cual  se ha hecho mención insistentemente y que ha permitido  edificar    el    denominado   principio   de   autonomía   sino,   además   y  fundamentalmente,  porque  los  presupuestos  de  cada una de estas causales son  antagónicos,  pues  mientras  que con una propuesta acorde con los lineamientos  de  la  causal  primera  se  da  por  sentado  que  la  actuación procesal y la  sentencia  son  válidas,  en  tanto  el  vicio  se  contrae  a  un  juicio  del  sentenciador  al  momento  de  proferir  el fallo objeto de impugnación (vicios  in  indicando),  la  tercera  precisamente  tiene  como presupuesto lo contrario en la medida en que se acusan  vicios  que  tienen la  entidad de afectar la validez de la actuación o de  la   sentencia;    esto   es,   que  una  propuesta  coetánea  genera  una  contradicción insalvable.   

Por las mismas razones expuestas también se  aprecia  que  el  libelista  no  se sujeta al denominado principio de prioridad,  también  regente en esta sede, que exige presentar los cargos de acuerdo con su  cobertura  procesal.   Así,  aquellos que comporten eventual invalidación  de  la  actuación  procesal  o de la sentencia (causal tercera), necesariamente  deben  proponerse en forma prevalente respecto de los que no tienen ese alcance,  como  ocurre  cuando  se  alegan  errores de juicio al momento de fallar (causal  primera),    cuyos    efectos,    de    acuerdo    con    lo   dicho,   no   son  invalidantes.   

En ese sentido, si la eventual vulneración  al   principio   de  investigación  integral  impone  la  invalidación  de  la  actuación  procesal a partir del momento mismo en que se verifique, al cabo que  los  defectos  de  apreciación  probatoria  alegados se remiten al fallo, no se  remite   a   duda  que  la  primera  incorrección,  por  contar  con  un  mayor  cobertura   procesal,  no  sólo  ha  debido plantearse de manera autónoma  sino también prevalente.   

Ahora,  una  propuesta  de  esa  naturaleza  también  exigía  al  actor plegarse a los requisitos que en relación con  la  causal  tercera  de  casación  la  Sala  ha  precisado,  pues si bien se ha  reconocido  es  de  mayor flexibilidad que la alegación con base en la primera,  del  mismo  modo  ha  sido  enfática  en  señalar  que no por ello es de libre  formulación,  de  modo  que  cuando  se  invoca,  es  necesario  fundamentar  y  demostrar  en  forma  clara  y  concreta  el  error  in  procedendo,   su   trascendencia  en  las  garantías  fundamentales  o  en  la  estructura  básica  del  procedimiento,  indicando el  momento procesal a partir del cual se debe invalidar el proceso.   

Además, en el caso particular de violación  al  principio de investigación integral, es necesario concretar las pruebas que  por  omisión  inexcusable del funcionario judicial se dejaron de practicar y su  trascendencia  frente al fallo impugnado;  es decir, que posean tal entidad  que  muten  en  forma  favorable para quien lo alega lo allí resuelto, aspectos  que      se      echan      de      menos      en      la      propuesta     del  actor.         

Todas  las  falencias  anteriores, en suma,  permiten  colegir  que  la  censura  objeto  de estudio no reúne los requisitos  legales para su admisión formal.   

2.    Segundo  cargo  (subsidiario).  Violación indirecta de la ley sustancial:   

Indica  el  actor  que a consecuencia de la  causal  que invoca se vulneró el principio de in dubio  pro  reo,  “como quiera que  no   se  logró  demostrar  la  plena  e  indiscutible  responsabilidad  de  mis  defendidos  sobre  los hechos que se le imputan y, por el contrario concurrieron  al  proceso  pruebas  que  tienden  a  demostrar  su  inocencia  y que no fueron  debidamente apreciadas”.   

De esa forma, comienza por disertar en punto  de  los  presupuestos del principio de presunción de inocencia en materia penal  y  en  cuanto  al  concepto de certeza previsto en el artículo 232 del estatuto  procesal penal, remontándose al artículo 81 de la Ley 190 de1995.   

Acto   seguido,   refiere  a  las  normas  procesales  que en su sentir resultaron directamente transgredidas, esto es, los  artículos  286  y  287  de  la  Ley  600  de  2000,  en relación con la prueba  indiciaria   y   luego  alude  a  las  sustanciales  indirectamente  vulneradas,  señalando  en  tal  sentido los artículos 103 y 104, numerales 6 y 7 de la Ley  599 de la misma anualidad.      

Advierte  que  el  error  del  Tribunal que  reprocha  en  este cargo consistió en “confirmar una  sentencia  sin  que  existiera  certeza  probatoria  para  condenar,  en  franco  desconocimiento  del  principio  in dubio pro reo”, a  pesar  de  no  existir  plena  prueba  sobre   la  responsabilidad  de  los  procesados.   

Lo  anterior,  agrega,  en la medida en que  “el indicio en el que se basa la decisión a lo sumo  tiene   un  carácter  tangencialmente  significativo  respecto  de  un  posible  vínculo   de   mi   defendido   (sic)   con  los  sucesos  posteriores  a  los hechos que se le incriminaron  (sic),  pero  nunca  con los  hechos  mismos”, pues la simple circunstancia de que  los  inculpados  hubieran estado presentes en el lugar en donde se encontró una  vestimenta  impregnada  de  sangre  no  despeja  las  dudas  razonables sobre su  responsabilidad.   

Aduce  que  si  bien es cierto la decisión  “de    alzada”    se  fundamentó  en  indicios,  ellos  están  lejos  de  eximir  al  fallador de su  obligación  de  ponderar  la  prueba  de  acuerdo con los postulados de la sana  crítica.   

En  consecuencia,  afirma  en  un capítulo  aparte,  lo  que  ha  debido  hacer  el Tribunal era desestimar la decisión del  a-quo   y   decretar   la  absolución   de  los  procesados,  al  estar  amparados  por  el  principio  de  presunción  de  inocencia,  sin  perder  de  vista el artículo 230 de la Carta  Política,  cuyo  verdadero  sentido  no  consiste  en  aplicar  el  método  de  exégesis,  sino  que  frente a la independencia del juzgador, obliga considerar  las   reglas   objetivas,   generales   e   igualitarias  del  derecho  positivo  vigente.   

Con  fundamento  en lo anterior, depreca se  case  el fallo, pues el Tribunal “ha debido reconocer  la  existencia  de  múltiples  dudas  que  campean  en los autos respecto de la  posible    responsabilidades    (sic)   de  los  inculpados”.  En su lugar,  concluye, se debe disponer su absolución.   

La  Sala  en lo que concierne a este reparo  llega  a  la misma conclusión del anterior, esto es, que la decisión viable es  la  de  su  inadmisión, en tanto no satisface los requisitos formales previstos  en el aludido artículo 212 de la Ley 600 de 2000.   

Sin  embargo, a diferencia del reproche  precedente,  la  razón  fundamental  que  en  este  caso  permite arribar a tal  conclusión  obedece a que aquí el actor no expone ningún argumento en orden a  demostrar  la causal de casación que pregona por violación indirecta de la ley  sustancial.   

Comiéncese  por decir que en la censura no  se  alude a ninguno de los errores de apreciación probatoria previstos para tal  efecto  y  a  cuya naturaleza se refirió la Sala en el anterior capítulo, esto  es,  a  los  denominados  errores  de  hecho  por  falsos juicios de existencia,  identidad  o  raciocinio  o  de  derecho  por  falsos  juicios  de  legalidad  o  convicción.            

Esta  falencia  no  es  sólo  de carácter  enunciativo,  puesto  que  del examen de los planteamientos que expone el censor  en  este  cargo  tampoco  se evidencia que alegue algún defecto originado en la  apreciación  probatoria  que  se  enmarque  en  su  naturaleza  y  ello se debe  fundamentalmente  a  que el demandante se limita a señalar, a partir de simples  generalizaciones,  que  la  prueba  no  fue  apreciada  correctamente, ya que no  obstante  existir  duda probatoria en el expediente -la cual nunca concretó- se  optó por condenar a sus defendidos.   

A  falta  de  argumentos  en  procura  de  enrostrar  los defectos   de apreciación probatoria del sentenciador,  cuando  ni  siquiera  con  claridad individualiza la prueba sobre la cual recaen  los  yerros,  sólo  se  preocupa  por  repetir  que  se  violó el principio de  in dubio pro reo en perjuicio  de  sus  representados,  que el sentenciador condenó sin tener certeza sobre la  conducta  punible  y  que no había plena prueba para condenar, pero sin exponer  los  argumentos  necesarios  que  conducen a tales deducciones      

Como  el  actor  pretende  a  partir de las  referidas  generalizaciones resquebrajar el fallo, es claro que en definitiva no  desarrolla  el  cargo,  pues no expone los fundamentos de la causal que invoca y  por  ello,  al  igual  que  lo  ocurrido  con el reproche anterior, razonable se  impone  colegir  su inadmisión.           

Corolario  de lo dicho en relación con los  dos  cargos  propuestos  en  la demanda, se tiene que no satisfacen las exigidas  formales  previstas  en  el numeral 3° del artículo 212 de la Ley 600 de 2000,  razón   por   la   cual   se  impone  su  inadmisión  y la devolución del expediente al despacho de origen,  tal      como      lo      señala     el     artículo     213     ibídem.    

         Para  concluir,  es  necesario señalar que no se observa dentro del  trámite  o  en el fallo objeto del recurso, violación de derechos o garantías  de  los  procesados,  como para que tal circunstancia imponga el ejercicio de la  facultad  oficiosa que sobre el particular le confiere el legislador en punto de  asegurar su protección.   

       

En mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

RESUELVE  

          INADMITIR   la   demanda   de   casación  interpuesta  por  el  defensor  de los procesados DANNY  ARVEY   y   EDWIN  FERNANDO  CHAGUENDO  CHACÓN,  por las razones consignadas en la  anterior motivación.   

          Contra esta providencia no procede recurso alguno.   

Notifíquese y cúmplase,  

MAURO    SOLARTE  PORTILLA   

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                                ALFREDO      GÓMEZ  QUINTERO   

ÉDGAR  LOMBANA  TRUJILLO                         ÁLVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

MARINA   PULIDO   DE   BARÓN                            JORGE    LUIS    QUINTERO  MILANES   

YESID  RAMÍREZ BASTIDAS                             JAVIER ZAPATA ORTÍZ   

    Comisión de servicio  

TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria   

    

1  Sentencia del 2 de agosto de 2001, entre otras.   

2 Fol.  196  y  ss.  del  cuaderno  original  No.2  y  fols.  11  y ss. del cuaderno del  Tribunal.   

3 Fols.  197 y ss. del cuaderno original No.2.   

4 Fol.  200 ibídem.     

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