24924(13-07-06)-1

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 24924  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                            DR. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

                            Aprobado Acta Nro: 68   

          Bogotá, D.C., trece de julio de dos mil seis.   

VISTOS  

Con  el  fin de establecer si se reúnen las  exigencias  formales  previstas  en  el  Art. 212 del C. de P. Penal, examina la  Corte  la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  del  procesado  ADOLFO    DE   JESÚS   MENDOZA   PRETEL,  contra  el  fallo  de  segundo  grado  del  12  de  julio de 2005  proferido  por  el  Tribunal  Superior  de  Bogotá,  mediante el cual confirmó  integralmente  el  que  dictó  el  Juzgado  42 Penal del Circuito de esta misma  ciudad  el  19 de enero de 2004 condenando, entre otros, al citado justiciable a  la  pena  privativa de la libertad de 68 meses de prisión, multa en cuantía de  $10.000.oo  y  a  la  accesoria  de rigor, amén de la obligación de cubrir los  perjuicios  irrogados  a  CAJANAL,  como  responsable de los delitos de falsedad  material  de  particular  en  documento  público,  agravada  por el uso, fraude  procesal  y  estafa,  en  concurso.  De la misma manera, le negó los mecanismos  sustitutivos de la pena.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

Los  acontecimientos a los que se contrae el  presente asunto, el Tribunal los sintetizó de la siguiente manera:   

“Los  hechos a  los  cuales se refiere la presente actuación, se relacionan con la solicitud de  pensión  de  jubilación elevada por el Dr. Adolfo de  Jesús   Mendoza  Pretel,  a  favor  de  José   Adolfo   Bravo   Minotta,  ante  CAJANAL,  adjuntando  certificados  de  tiempo de servicio y salarios, expedidos  por  la  DIAN  y  los  cuales a la postre resultaron falsos, provocando el 26 de  enero  de  1998  la revocatoria de la resolución de enero 27 de 1997 que había  concedido   el   derecho,  fecha  para  la  cual,  se  habían  cobrado  mesadas  pensionales por $7.108.205,35 (…)”   

          Decretada  formal  apertura  de  instrucción en relación con tales  hechos,  vinculados  a  la actuación mediante indagatoria los antes nombrados y  definida  su  situación  jurídica, por resolución del 27 de diciembre de 2001  se  le  impartió calificación al sumario, providencia por cuyo medio el Fiscal  que  conocía  del asunto  acusó a MENDOZA PRETEL  por  los delitos de fraude procesal, falsedad material  de  particular  en  documento  público, agravada por el uso, y estafa, en tanto  precluyó   la   investigación   respecto   de  Bravo  Minotta.   

De  dichas  determinaciones  conoció  por  apelación  la Fiscalía Delegada ante el Tribunal Superior, dependencia que por  proveído  del  14  de  junio  de  2002  revocó  la  preclusión con la cual se  favoreció  a Bravo Minotta, y  en  su lugar lo acusó por las mismas ilicitudes por las que se profirió pliego  de  cargos  en  contra  de  MENDOZA PRETEL, decisión esta que confirmó.   

          Verificado  el  juicio,  se  profirieron  los  fallos  de  primero y  segundo  grados  a  los cuales se hizo referencia en el acápite inicial de este  pronunciamiento.   

            

LA    DEMANDA   DE  CASACIÓN   

         Dos  cargos  al amparo de la causal primera, cuerpo segundo, plantea  el  defensor  del  procesado  ADOLFO DE JESÚS MENDOZA  PRETEL  contra la sentencia impugnada, el primero como  principal  y  el  segundo  de  manera  subsidiaria,  los cuales sustenta de esta  forma:   

          Primer cargo.   

         Sostiene  el  demandante que la sentencia recurrida es violatoria de  la  ley sustancial en forma indirecta, por haberse incurrido en error de derecho  en  relación  con  la  prueba  de existencia del hecho indicador del indicio de  responsabilidad  que  se  predica de su defendido, en cuanto se afirma que éste  fue  la persona que recibió los dineros de las mesadas; deducción para la cual  los  juzgadores  se  valieron  de  otro  indicio,  consistente  en  que  como el  procesado  tenía  poder  para  recibir,  necesariamente tuvo que haber sido él  quien recibió el pago de dichas mesadas.   

De  una  tal  manera,  se  desconocieron las  preceptivas  contenidas  en  el  Art.  286  del  C.  de  P. Penal respecto de la  construcción  de  la  prueba  indiciaria,  en lo atinente a la exigencia legal,  según  la  cual,  el hecho indicador debe estar plenamente demostrado por otros  medios de prueba directos.        

          Como  aquella  circunstancia  -la  de  haber sido el procesado quien  hubiera  recibido  el  pago  de  las mesadas- fue negada por él, su prueba, por  considerarse   aspecto  esencial  del  debate,  fue  solicitada  y  ordenada  en  audiencia  preparatoria,  para  cuyo  efecto  se ofició a CAJANAL con el fin de  verificar  dicha situación. Sin embargo, la citada entidad jamás dio respuesta  al  requerimiento  en  cuestión,  falencia esta que se pone de manifiesto en la  propia  sentencia,  aduce  el  censor,  cuando  se  alude  a las “cruciales  y  trascendentales  probanzas”  que  se  echan  de menos, las cuales hubiesen permitido el pleno esclarecimiento  de los hechos investigados. Seguidamente agrega:   

“Si  como está  probado,  CAJANAL  no  respondió la solicitud del Juzgado tendiente a demostrar  quien  había  cobrado  el  cheque, mal se podía suplir la prueba de este hecho  indicador  con  otra  inferencia  lógica  extraída  del mismo indicio, como lo  pretende  la  sentencia  al  afirmar  que  ello no es óbice, toda vez, que este  hecho  indicador  se puede  probar  a  través de otra inferencia, en este caso la circunstancia de tener el  Dr.   MENDOZA   la  facultad  de  recibir,  y colegir de  allí  que  había  sido  mi poderdante la persona que había recibido el cheque  (…)  pretensión  esta  que  desvirtúa   como  tal  el  significado  de  HECHO  INDICADOR  pues,  si el mismo requiere ser demostrado  por  otra  inferencia lógica sencillamente no estamos  en  presencia  de  un  hecho  sino en presencia de un  razonamiento  lógico,  que  es  muy  distinto  a nivel del proceso cognoscitivo  (…)”    -Negrillas    y    subrayas    en    el  texto-.   

La  inexistencia  de  la  prueba directa del  hecho  indicador  es  evidente, situación que aunada a la política de la misma  entidad  en cuanto que en estos eventos expide el cheque a nombre del pensionado  -esa  limitación  torna  en  ineficaz  la facultad de recibir establecida en el  poder-,  refuerza  la versión del acusado cuando afirma no haber sido él quien  cobró    el    mentado    cheque.                         

Por modo que, pretender fallidamente dar por  probado  el  hecho indicador a través de otra inferencia, ante la imposibilidad  de  conseguir la prueba directa de ese hecho indicador, es desconocer el mandato  contenido  en  el  Art.  287 del C. de P. Penal -norma medio violada-, yerro que  conllevó  a la violación indirecta de los Arts. 287 246 y 182 del C. Penal que  tipifican,  en  su orden, los delitos de falsedad, estafa y fraude procesal, por  aplicación  indebida  de  los  mentados preceptos, cuando lo correcto era haber  declarado  la  atipicidad  de  la  conducta  de MENDOZA  PRETEL  o,  en  el  peor  de  los  casos,  haber  dado  aplicación    al   principio   de   in   dubio   pro  reo,  cuya  norma que lo consagra se dejó de aplicar,  como  quiera  que  dadas  las  circunstancias  descritas  no existía la certeza  requerida para condenar.   

Si  el indicio de beneficio -denominado así  desde  el  momento  en que se le resolvió la situación jurídica al sindicado,  explica  el  demandante-  el  cual  se  hizo  consistir  en  haberse  pactado un  porcentaje  del  pago  de  las  mesadas, se constituyó en fundamento probatorio  para  imputarle  al  agente,  a  título  de determinador, los delitos que se le  enrostran,  ese  error  de  hecho  en  que incurrió el juzgador por las razones  vistas  alcanza  la  totalidad  del  sentido  del  fallo, cuyo sustento no puede  mantenerse  de  no  obrar  en forma determinante el mentado error, lo que indica  que    otro    era    el    “raciocinio” que se imponía en el evento bajo examen.   

Casar  la  sentencia impugnada y en su lugar  proferir  fallo  absolutorio  con  fundamento  en el in  dubio    pro   reo,   es   a   lo   que   aspira   el  demandante.             

          Segundo cargo.   

         Violación  indirecta  de  los  Arts.  246  y  287  del C. Penal que  tipifican  la  estafa  y  la  falsedad,  respectivamente, por haber incurrido el  juzgador  en  error de hecho por falso raciocinio en la valoración de la prueba  indiciaria,  lo  que  a  su vez determinó el desconocimiento de los parámetros  establecidos  en  el  Art. 287 del C. de P. Penal “en  lo  atinente  a  la manera como se construyó la inferencia lógica sin tener en  cuenta  que  es obligación perentoria la de relacionar la prueba indiciaria con  las    demás    pruebas,   para   poseer   una   visión   ecuménica   de   la  realidad”,  es  el fundamento de este segundo reparo  que  en  forma  subsidiaria  plantea  el  censor al amparo de la causal primera,  cuerpo  segundo.  Esa  omisión,  argumenta,  determinó  el error denunciado en  cuanto  se  creyó  tener  la  certeza  que  la ley exige para condenar, bajo el  supuesto  de  que  se  encontraba demostrado que el procesado había recibido el  pago de las susodichas mesadas pensionales.   

          Se   trata  de  un  indicio  único,  alega  el  casacionista,  cuya  valoración  se  hizo  con  abstracción  de  la  restante  prueba -el resultado  técnico  de  dactiloscopia, y las declaraciones de Gabriel Valencia Sinisterra,  Edda  Martínez  Psiociotti  y  Piedad  Becerra-  que muestran de manera directa  cómo  la  conducta  de  su  asistido se ajusta a las normas del ejercicio de la  profesión en desarrollo de un mandato.   

Dado que dichas pruebas fueron ignoradas por  el  Tribunal,  se  incurrió  en el vicio denunciado por aplicación indebida de  los  Arts.  287,  246  y 182 del C. Penal, reitera, que tipifican los delitos de  falsedad,  estafa  y  fraude  procesal,  respectivamente,  cuando  lo correcto y  razonable,  según  los  derroteros de la lógica y la experiencia, era declarar  la  atipicidad  de  la  conducta  del  acusado  o,  en el peor de los casos, dar  aplicación    al   principio   de   in   dubio   pro  reo,   cuyo   precepto   que  lo  consagra  dejó  de  aplicarse.   

De  haberse tenido en cuenta el contenido de  las  pruebas  que el fallador no apreció, el sentido del fallo hubiera cambiado  por  completo,  “pues de estas probanzas -aduce-  en  manera alguna se puede forzar  el  valor  probatorio del indicio sino todo lo contrario, ellas despojan de toda  posibilidad  de  poder  inferir  responsabilidad  penal  del  Dr.  MENDOZA  como  erróneamente  se hizo, si tenemos en cuenta que del conjunto de estas pruebas y  las  explicaciones  dadas  desde su indagatoria por el Dr. Mendoza imposibilitan  plantear  como  probabilidad  social que él pudiera ser determinador del Señor  MINOTA   -sic-.”   

Luego  de  sostener  que  la  conducta de su  defendido      resulta      ser      “socialmente  adecuada”,  en  cuanto  no existieron circunstancias  que   le   indicaran  que  a  través  de  la  contratación  que  realizó  con  Bravo  Minotta  eventualmente  fuera  a  ser  utilizada  para  una maniobra fraudulenta en contra del Estado, a  juicio   del   demandante   el   proceder  de  MENDOZA  PRETEL mal puede tenerse como comportamiento desviado,  en  el  entendido  de  que  se  adecuó  a  las  pautas  sociales  del ejercicio  profesional  del  derecho,  precedido  de  los  principios  de confianza y buena  fe.   

Finalmente  y  a  manera  de colofón de sus  argumentaciones,  sostiene  el  defensor  que  el  comportamiento de su asistido  resulta  irrelevante para el derecho penal, y como tal, su conducta es atípica;  en  el  peor  de  los  casos,  asegura,  dentro  del contexto probatorio y de la  lógica   de  lo  razonable,  debió  aplicarse  el  principio  de  in    dubio   pro   reo   “por  cuanto  el  grado  de  certeza  implica  haber  desvirtuado  la  totalidad   de   las   pruebas  que  apuntan  a  la  absolución  del  procesado  (…),  lo  cual,  deja  entrever,  no  ocurrió en el  presente caso.   

Casar  la  sentencia recurrida y en su lugar  proferir  la absolución a favor de su defendido, a falta de sustento probatorio  en el cual fundamentar la condena, es su petición.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

          Como  la  casación,  a diferencia de los recursos ordinarios, es un  medio  de impugnación de naturaleza extraordinaria y esencialmente rogado, para  la  adecuada  proposición de un cargo la ley establece una serie de pautas cuyo  cumplimiento el demandante no puede soslayar.   

Por  ser  un recurso reglado, además de las  condiciones   básicas   de   procedencia,  oportunidad  y  legitimidad,  en  la  correspondiente  demanda  han  de hallarse satisfechos los presupuestos formales  establecidos  en  el Art. 212 del C. de P. Penal que tornen viable su admisión,  primordialmente  el  señalado  en el ordinal 3º del citado canon atinente a la  indicación  clara  y  precisa  de  la  causal en la que se funda la censura, no  sólo  porque a partir de su proposición y conforme a la dialéctica propia del  recurso  el  casacionista  debe proceder a elaborar un juicio serio acerca de la  legalidad  de  la  sentencia  atacada,  sino también porque en su desarrollo le  corresponde  indicar  las  razones de hecho y de derecho en las que se sustentan  sus  afirmaciones,  las  cuales  deben  bastarse  a sí mismas para propiciar su  ruptura,   como  lo  tiene  dicho  la  jurisprudencia  de  la  Sala,   porque  en  virtud  del  principio  de  limitación  que  gobierna  la extraordinaria impugnación, a la Corporación le  está  vedado  complementar,  corregir o aclarar las deficiencias argumentativas  del demandante.   

Ostensibles   fallas  de  técnica  en  su  presentación,  es  lo  que  la Sala advierte en la postulación de las censuras  que impiden su prosperidad.   

En  primer  término debe destacarse que, en  tratándose  de  la  prueba  indiciaria,  si  bien  es posible atacar en sede de  casación  los  errores  de  juicio  que se presentan al momento de elaborar los  indicios,  ello  será  a  condición  de  que  se  cumpla estrictamente con los  parámetros   suficientemente   decantados   por   la   jurisprudencia   de   la  Sala.   

Así, si el ataque se dirige a la prueba del  hecho  indicante,  pueden  postularse  distintas  formas  de  censura,  como por  ejemplo  por  falsos  juicios  de  identidad,  porque la expresión material del  medio  probatorio  fue alterada o tergiversada para ponerla a expresar otra cosa  distinta,  o de existencia, en cuanto se supone la prueba en la que se sustentó  su  demostración,  como  también  un  error  de  derecho  por  falso juicio de  legalidad,  si el desatino consiste en dar por acreditado el hecho indicador con  un   medio   de   convicción   allegado   con   violación  al  debido  proceso  probatorio.    

Pero si de impugnar el proceso de inferencia  lógica  en  la  construcción  del  indicio  se  trata,  ello  sólo es posible  demostrando  que  en  el  curso  del  pensamiento el juzgador estuvo alejado por  completo  de las reglas de la sana crítica, al punto que trastocó los dictados  de  la  lógica, desconoció las leyes de la ciencia, o ignoró las reglas de la  experiencia1.   

          En  el  primer  reparo,  el  censor parte de considerar que el hecho  indicador  del  indicio de responsabilidad esgrimido en contra del procesado, no  se  encuentra  plenamente  acreditado,  como quiera que para su demostración se  adujo  otro  indicio  y  no  medios directos como lo exige la ley, puesto que la  prueba  por  cuyo medio se pretendió probar ese hecho indicante no fue allegada  a  la  actuación,  no  empece  que  se decretó y ordenó su práctica. Ante la  imposibilidad  de  conseguir la prueba directa del hecho indicador, dicha prueba  se  suplió  con  otra  inferencia,  cuya  expresión, en su criterio, bien cabe  sintetizarse  de  la  siguiente  manera: “Como el Dr.  MENDOZA  tenía  facultades  para  recibir,      necesariamente     debió  ser  él  quien recibió el pago de las mesadas.”   

Claro    se    ve,   cómo   el   ataque  indiscriminadamente  se  dirige tanto al sustento del hecho indicador, como a la  inferencia,   omitiendo   el   actor   acatar  las  directrices  señaladas  con  antelación.   

A más de la falencia anotada, olvida que las  sentencias  de  instancia  conforman una unidad inescindible, y que el objeto de  la  casación  es  la sentencia segundo grado. Si esto es así, en la demanda se  echan  de  menos la cita y confutación de sus insostenibles razonamientos, como  primer  paso  en  la lógica del recurso extraordinario, puesto que dicho apenas  lo  primero,  el  escrito  quedaría  sin  razones  suficientes  para estimarlo.   

En  la  sustentación  del reparo, el censor  limitó  su  argumentación  a  los  razonamientos  expuestos  en su fallo, a su  juicio,  equivocadamente,  por  la  Juez  42  Penal  del Circuito de Bogotá, en  relación  con  la  responsabilidad que le atribuye al procesado respecto de los  hechos  objeto  de  juzgamiento, en cuanto considera que la no incorporación de  la  prueba  catalogada  de esencial por los investigadores y la juez de la causa  -la  certificación  acerca de la persona que cobró o recibió el cheque por el  valor  de  las  mesadas  cubiertas  al  falsario pensionado-, mina en su máxima  expresión el juicio de reproche deducido al justiciable.   

Empero,  si se ignoran los juicios íntegros  que  llevaron  al  Tribunal  a  confirmar  la  condena  impartida  en contra del  procesado,   valga   decir,   cuál   fue   el   examen   que   el  Ad-Quem  realizó  del  restante  material  probatorio,  en  qué  elementos se fundan las premisas conclusivas del fallo de  segundo  grado,  o  si  en  verdad la prueba que dice echar de menos, de haberse  allegado  a  la  actuación,  era  la  única  de  la  cual  se  podía  deducir  responsabilidad a su defendido.   

Por  modo  que,  en  ese  estado  de  cosas,  imposible  resulta  contrastar los contenidos valorativos de la sentencia con lo  expresado  por  el  casacionista  en  su  libelo, a efecto de verificar el vicio  argüido,   lo   cual   significa   que   su  pretensión  se  halla  encaminada  exclusivamente   a   una   reevaluación   de  las  pruebas  en  casación,  sin  justificarla  con  la  demostración de los errores de hecho que anuncia, cuando  se  tiene  dicho  que  el  objeto  de  este  medio  de  impugnación atañe a la  logicidad    y    suficiencia    de    los   razonamientos   de   la   sentencia  atacada.   

Otro  tanto  cabe  argumentar respecto de la  segunda  censura,  cuyo  aspecto básico -asegura el actor- está determinado en  el  error  de  hecho  por  falso  raciocinio  en que incurrió el juzgador en el  momento en que determinó que existía certeza para condenar.   

Cuando   se   postula  un  yerro  de  esta  naturaleza,  tiene dicho la jurisprudencia de la Sala que su demostración no se  logra  contraponiendo a la valoración que los juzgadores hicieron de la prueba,  la  que  en  criterio personal del censor debió ser acogida, sino mostrando que  la  realizada  por  ellos  contraría  de manera manifiesta los principios de la  sana  crítica.  Esto  significa  que el desarrollo del cargo debe tener siempre  como  referente  el contenido de la sentencia, y que es a partir de lo que allí  se  dijo, y no de las convicciones personales del actor, que debe construirse el  ataque,  con  indicación  de  los  principios  de  la  lógica,  las  reglas de  experiencia,   o   los  postulados  de  la  ciencia  que  en  cada  caso  fueron  quebrantados por los juzgadores.   

El   error   de   hecho  por  falso  raciocinio  no  surge  pues,  de la  disparidad  de  criterios  entre  el Juez y los sujetos procesales en torno a la  forma  como  debe  ser valorado el mérito probatorio de una determinada prueba,  sino  de  la  transgresión  grosera  y manifiesta por parte del Juzgador de las  reglas de la sana crítica en su valoración.   

Ello  impone  a  la  parte  interesada,  se  reitera,  tener que confrontar la forma como los juzgadores apreciaron la prueba  que  se afirma indebidamente valorada, y demostrar -que no criticar, disentir, o  discutir-  que  sus  apreciaciones  son  arbitrarias  o  irrazonables,  y que el  desacierto  tuvo incidencia trascendente en el contenido o sentido del fallo. De  no  hacerse así, el cargo será inocuo, porque la sentencia de segundo grado se  encuentra  amparada  de  la  doble  presunción  de  acierto  y legalidad y, por  consiguiente,  el  análisis  que  los  juzgadores  hayan hecho de los medios de  prueba,  tendrá  prevalencia  sobre  la  valoración  que  realicen los sujetos  procesales.   

En  realidad,  toda la argumentación de los  cargos  está  fundada en unos desacuerdos con las inferencias efectuadas por el  sentenciador  a  partir  de  unos  hechos  que  lo  llevaron  a  una conclusión  totalmente  diversa  a  la del demandante, cuando decidió con certeza acerca de  la  responsabilidad  penal  del  procesado, pero en forma alguna señala de qué  manera  el  juzgador  vulneró  los  dictados  de la lógica, las máximas de la  experiencia o las leyes científicas.   

El  censor  sólo se dedicó a enunciaciones  genéricas  de  la  supuesta  violación  a  los  postulados de la sana crítica  pretextadas,   deduciendo sus particulares conclusiones del haz probatorio,  para  concluir  que lo único que demuestra el proceso es la ausencia de certeza  para  condenar,  por  lo  que  peregrinamente  apela a la duda para pretender la  absolución  de su asistido con planteamientos que apuntan a la construcción de  otras   hipótesis  explicativas  de  lo  acontecido,  a  partir  de  la  propia  estimación de algunas pruebas.   

De  verdad  que  lo que el actor pretende es  anteponer  su  personal criterio al del sentenciador con afirmaciones tales como  que  la  conducta  desplegada  por su defendido debe tenerse por “socialmente   adecuada”,   por  lo  que  resulta  ser  “atípica”,  en  posición inadmisible en sede de casación por la  libertad   relativa  de  que  gozan  los  juzgadores  para  estimar  el  mérito  persuasivo  de  los  medios,  limitada sólo por las reglas de la sana crítica,  cuya  transgresión  no solamente omite concretar sino que no se desentraña del  libelo.  Como  lo viene reiterando la Sala, en sede del  recurso  extraordinario no se puede propiciar un nuevo debate sobre las pruebas,  porque  si  no  se  han  demostrado  los  errores  trascendentes  que afectan la  sentencia,  las  conclusiones  del  Tribunal,  como  ya  se  ha  dicho, devienen  prevalentes  por  la  doble  presunción  de  acierto  y legalidad de que están  ungidas.   

Por   manera   que,   ante   la  genérica  enunciación  del  pretextado  vicio  sin  observar  el menor rigor técnico, la  demanda  se  ofrece  inidónea  para su estudio de fondo, razón suficiente para  inadmitirla    y    declarar    la    consiguiente    deserción   del   recurso  interpuesto.   

Por  último, ha de señalarse que revisada  la  actuación,  no  se  observó  la presencia de ninguna de las hipótesis que  permitirían  a  la  Corte  obrar de oficio de conformidad con el Art. 216 de la  Ley 600 de 2000.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  LA    CORTE    SUPREMA    DE   JUSTICIA,  Sala      de      Casación     Penal,   

RESUELVE   

INADMITIR la demanda  de  casación  presentada en nombre de ADOLFO DE JESÚS  MENDOZA   PRETEL,   conforme   con  las  motivaciones  plasmadas en el cuerpo del presente proveído.   

Contra  esta  providencia no procede recurso  alguno.   

Cópiese, notifíquese y  devuélvase a la oficina de origen   

Cúmplase.  

MAURO SOLARTE PORTILLA  

SIGIFREDO          ESPINOSA  PÉREZ                       ALFREDO GÓMEZ  QUINTERO                       

ÁLVARO       ORLANDO      PÉREZ  PINZÓN               MARINA PULIDO DE BARÓN          

JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS                  YESID RAMÍREZ BASTIDAS   

JAVIER           ZAPATA  ORTIZ                                      TERESA RUIZ  NÚÑEZ                                   

                                                  Secretaria     

1  Ver    entre    otros,  auto  de  casación  del 5 de diciembre de 2002, Rdo.  18.246.     

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