24870(04-05-06)-1

2006

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    Proceso     No  24870   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO  PONENTE   

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

APROBADO ACTA No. 42  

Bogotá,  D. C., cuatro (04) de mayo del dos  mil seis (2006).   

VISTOS  

Decide  la Sala si es procedente admitir las  demandas   de   casación   presentadas   por  los  defensores  de  POLICARPO   RUIZ   BECERRA,  WEIMAN  SIMEÓN  RUIZ MUÑOZ, LUIS  ANTONIO  ORTIZ CEPEDA y WILLINTON    RUIZ    MUÑOZ,  contra  la  sentencia  dictada el 24 de  febrero del 2005 por el Tribunal Superior de Popayán.   

HECHOS Y ACTUACIÓN  PROCESAL  

Unas interceptaciones telefónicas ordenadas  el  19  de  marzo  del 2002 por un fiscal de la unidad de reacción inmediata de  Popayán,  permitieron saber que los señores POLICARPO  RUIZ  BECERRA, WEIMAN SIMEÓN  RUIZ  MUÑOZ,  LUIS ANTONIO  ORTIZ  CEPEDA, WILLINTON RUIZ  MUÑOZ  y  MARINELLA  HURTADO  JARAMILLO,  sostenían  conversaciones    relacionadas    con    la   negociación   de   6   kilos   de  cocaína.   

Decretada  la  apertura  de  instrucción  y  adelantada  la  investigación  correspondiente,  el 10 de diciembre del 2002 un  fiscal  especializado de Popayán dictó resolución acusatoria contra ellos por  los   delitos  de  concierto  para  delinquir  y  tráfico  de  estupefacientes.   

La  decisión,  apelada  por  la  defensa de  cuatro  procesados,  fue  confirmada  el  18  de  marzo  del  2003 por un fiscal  delegado  ante  el  Tribunal  Superior, pero sólo en cuanto al delito contra la  salud  pública  porque  respecto  del  concierto  precluyó la investigación a  favor  de  todos,  excepto  de ORTIZ CEPEDA.   

El 12 de julio del 2004, el Juzgado Penal del  Circuito  Especializado  de  Popayán condenó por tráfico de estupefacientes a  WEIMAN SIMEÓN RUIZ MUÑOZ a  16  años  de  prisión,  multa  por  valor  de  2.000 salarios mínimos legales  mensuales  e inhabilitación para el ejercicio de derechos y funciones públicas  por  el  término  de 10 años, y absolvió a los demás procesados.   

En virtud de la apelación interpuesta por el  defensor  de  RUIZ  MUÑOZ y  por  el fiscal especializado, el Tribunal Superior de Popayán redujo la pena de  aquél  a  15  años  de prisión y aumentó la multa a 2.500 salarios mínimos;  revocó   las   absoluciones   y,   en   su   lugar,   condenó  a  WILLINTON  RUIZ  MUÑOZ  y a LUIS  ANTONIO  ORTIZ CEPEDA a 13 años y 1  mes  de  prisión  y  multa  de  2.500  salarios  mínimos;  a MARINELLA HURTADO  JARAMILLO,  como  cómplice,  a  2  años  y  2  meses  de prisión y multa de 2  salarios   mínimos;   y   a  POLICARPO  RUIZ  BECERRA  a  16  años  y  3  meses  y  multa  de 200 salarios.  Igualmente,  absolvió  a  ORTIZ  CEPEDA  del  cargo de concierto para delinquir y a todos los desfavorecidos  con  la  decisión  los  inhabilitó  para  el ejercicio de derechos y funciones  públicas por el mismo término de la pena privativa de libertad.   

LAS DEMANDAS Y SUS CONSIDERACIONES  

1.   A   nombre   de  WEIMAN  SIMEÓN  RUIZ  MUÑOZ.   

Con  apoyo en el cuerpo primero de la causal  primera  de  casación,  el  defensor  acusó  el fallo de segunda instancia por  violar  de  manera  directa  la  ley sustancial, por aplicación indebida de los  artículos 376 y 384 del Código Penal.   

Afirmó  que  el  error  del  Tribunal  fue  considerar  que  el  procesado  incurrió en una conducta típica de tráfico de  droga  que produce dependencia física, no obstante que no se le decomisó ni se  constató     la     existencia     de     sustancia     que     tuviera    esas  características.   

Si  lo que se sanciona es realizar alguna de  las  conductas  descritas  en  el  artículo  376  del Código Penal respecto de  droga    que    produzca    dependencia,  debe respetarse el tenor literal de la norma de manera que si no  existe  valoración  científica o demostración de la capacidad adictiva de una  sustancia,  el comportamiento es atípico y, por lo tanto, el procesado debe ser  absuelto.   

Formulado  el  ataque  en esos términos, es  evidente  que  la  demanda  no cumple con las exigencias previstas en el numeral  3º  del  artículo  212  del  Código  de Procedimiento Penal, porque cuando se  aduce  la  violación  directa  de la ley el censor debe aceptar los hechos y la  prueba  tal como fueron examinados por el fallador, lo que en este caso equivale  a  admitir  que  la  sustancia  que  los  procesados  negociaban  era  en efecto  cocaína.   

Si  lo  que  pretendía  el  libelista  era  cuestionar  la  conclusión  a  que  arribó  el Tribunal después de valorar la  prueba  obrante  en  el  proceso, para desvirtuar que las conversaciones hacían  referencia  a  una  droga  que  no  produce  dependencia o a algún otro objeto,  debió  formular  el  cargo desde la perspectiva del cuerpo segundo de la causal  primera  de  casación,  es  decir, la violación indirecta de la ley sustancial  derivada de yerros en la valoración de la prueba.   

En  todo  caso,  la  demanda  carecería  de  vocación  de  prosperidad  por este aspecto porque, como lo recordó la Sala en  la  sentencia  del  30  de  junio  del  2005,  radicado  22.779, existe libertad  probatoria  para  acreditar  la  materialidad  del  delito  de narcotráfico, de  manera que para esos efectos no es necesaria la prueba técnica.   

Se dijo entonces:  

Con  todo,  el  tema  no es en manera alguna  novedoso.  Ya  había  sido  examinado  por  la  Sala  en la sentencia del 18 de  septiembre  de 1996, radicado 9.582, cuyas consideraciones más pertinentes, por  tratarse  de  un  caso  que por guardar bastante semejanza con éste como que la  droga  estupefaciente  había sido enviada al exterior y, por no haberse logrado  su  decomiso, no existía sustancia sobre la que se pudiera practicar experticia  alguna,  conviene  reproducir  in extenso. Se dijo entonces:   

[l]a    incautación    de    sustancias  estupe­facientes   no  consti­tuye   un   acto  necesario  ni  preclusi­vo  que  condicione  la  iniciación de cualquier proceso por esta clase de delitos,  ni  la  práctica  y  validez  de  aquellos actos que de ordinario le subsiguen.   

En  tal sentido, cuando el censor inicia por  reclamar  que  al  procesado  se le condenó pese a que ni en Colombia ni en los  Estados  Unidos se le halló en posesión de sustancias estupefacientes, hace la  exhibición     de     un     argumen­to  que para nada se vincula con una posible causa de nulidad de la  actuación (…)   

Pero como a partir de esa afirmación divide  el  censor  en  tres  sus  argumentos,  vale  la  pena  referir  a ellos de modo  separa­do,  respondiendo,  para  comenzar,  que  para tener como irregular la omisión de una diligencia de  reconocimiento,   pesaje,   toma   de  muestras  y  destrucción  de  sustancias  estupefacientes,  a fin de valorar la entidad de ese desobedecimiento normativo,  sería  exigible como supuesto fáctico, la previa operancia de la incautación,  ya  que  de  otro  modo  esa  obligación  decaería  por simple sustracción de  materia.   

Tal  es  en realidad la situación que en el  caso  de  autos  se  presenta,  donde la ausencia de la diligencia que el censor  extraña,  guarda  elemental  relación  con  lo sucedido, pues bien se sabe que  estas     diligencias    no    surgie­ron  del  descubrimiento  flagrante de una actividad de tráfico de  narcóticos,  sino  de  la  reclamación  internacional que hicieran los Estados  Unidos  de  Norteamérica  del  procesado  señor  CORREA  ALZATE  como  persona  vinculada  con  esa  clase  de  conductas,  de  modo  que si jamás fue puesta a  disposición   de  las  autoridades  nacionales  alguna  cantidad  de  sustancia  incautada,  mal  podían  estas  verse  forzadas a realizar la diligencia que el  impugnante   extraña,   pues   basta   ver  el  texto  de  los  preceptos  cuya  transgresión  demanda,  para  observar  que su aplicación está condicionada a  aquellos   eventos   en   que   “la   policía   judicial  decomise”  sustancias  alucinógenas       o       planta­ciones,  en  cuyo  caso  surge  el  deber especial de cuidado y los  procedimientos      de      identificación,     pesaje,     destruc­ción o guarda que en el capítulo VII  de la Ley 30 de 1986 se indica.   

Si esa incautación no se ha dado, sea porque  el    delito    agotó    su    fin   ilícito   con   la   comercia­lización   o   el   consumo  de  los  alucinógenos,  ora porque los ilegales tenedores destruyeron la sustancia, bien  porque  el  hecho  culminó  en  el  exterior,  etc., es innegable que no podrá  llevarse  a  cabo  la  diligencia  que la defensa extraña, pero ello de ningún  modo  obstruye la apertura de la instruc­ción  respectiva,  ni  la  eventual  represión  de  la  conducta,  sentido    en    el    cual    resultan    acertadas   las   aprecia­ciones  contenidas  en  los  fallos de  primera   y  de  segunda  instancia  (folios  138  y  142,  respecti­vamente),   significando  que  de  la  predicada  omisión  no  emana  irregularidad  alguna  que  afecte  el  trámite  cumplido.   

Sabido  es,  además,  y ello se afirma para  otorgar  respuesta  a la segunda inquietud de la defensa, que en la legislación  procesal       penal       colombiana      opera      el      princi­pio   de   la   libertad   de  prueba  (artículo  253  del  Decreto  2700 de 1991), del cual deriva que “Los elementos  constitutivos   del   hecho  punible,  la  responsabilidad  del  imputado  y  la  naturaleza   y   cuantía   de   los   perjuicios,   podrán   demostrarse   con  cual­quier    medio  probatorio,  a  menos  que la ley exija prueba especial y respetando siempre los  derechos  fundamenta­les”,  siendo  evidente  que  a ese precepto se atuvieron los fallos de instancia, como  por  vía  de  ejemplo  puede  verse  a partir del folio 129 en la sentencia del  Juzgado   cuando   invoca   la   coincidencia   entre  las  versiones  de  cargo  suminis­tradas  por  el  “Fiscal  extranjero…la acusación que emitiera el Gran Jurado ante el Tribunal  del  Distrito  medio  de  La  Florida,  división  de  Jacksonville  y  con  los  datos   que  proporcionaron  UBALDO MOLANO AGUILAR, GUILLERMO ALFONSO GOMEZ  HINCAPIE,  JORGE  RODRIGUEZ  ARANGO  y  la  publicación  que  en los Anales del  Congreso  hiciera  el  Jefe  del D.A.S. del testimonio ampliado de DIEGO VIAFARA  SALINAS…”  para  de  ellas  concluir  que  constituyen “elemento de juicio que  convergen  a  sostener  que JAIRO CORREA ALZATE sí se  dedicaba    a    actividades   relacio­nadas     con     el     tráfico    de    estupefacien­tes…”  lo  que descuenta otra posible falla en la actividad de los jueces.   

Y se agregó:  

Volviendo  a lo ya dicho en relación con el  cargo  primero,  conviene  insistir  en  que  el  procedimiento  previsto  en el  capítulo  VII  de  la  Ley  30  de  1986, lejos está de constituirse en prueba  privilegiada,   única   o   indispensa­ble  para  la  persecución  de  los  delitos  descritos  en  dicho  Estatuto.  Como  el  epígrafe  de  aquel Capítulo lo anuncia y así se explica  desde  la  presentación  del respectivo proyecto de ley ante el Congreso,   lo  que  justificaba  la sustitución del hasta entonces vigente Decreto 1188 de  1974       era       la       inade­cua­ción de  sus  preceptos  ante  el  auge  del  narcotráfico,  y  la  aparición de nuevas  sustan­cias  estupefacientes,  lo  mismo  que  la  necesidad  de  una  mayor  severidad en el  trata­miento   punitivo  frente  a  la  legislación  foránea;  pero  desde  ese  entonces,  el referido  capítulo    se    enunció    en   su   epígrafe   como   “Procedi­miento  para  la  destrucción  de las  sustancias  incauta­das” y  nada  más  que  eso,  nominación  que  sin  variaciones  de  fondo,  apenas se  adicionó  para  incluir  la  destrucción  también  de  “plantacio­nes”.   

Claro se ve, entonces, que los artículos 78  y  siguientes  citados  por  el  censor  no  son de carácter sustan­cial     sino    instru­mentales,  aplicables con exclusividad  a  aquellos  eventos  en los que opera la incautación de la sustancia, así que  al  no  darse  esa  condición  en  este asunto, era esa falta de decomiso de la  droga   motivo   suficiente   para   hacer   impropia   la  aplicación  de  los  procedimientos        del        comentado       capítulo       VII­.   

Por   otra  parte,  razón  le  asiste  al  Ministerio  Público  cuando  resalta  la confusión que embarga al casacionista  respecto  de  la  existencia  del  cuerpo  del  delito y su demostra­ción,       parecien­do  que  en  sentir  del recurrente el  hecho     desaparece     cuando    no    se    tiene    la    posibi­lidad  de recuperar el objeto sobre el  cual  recae  la  conducta,  lo cual sería tanto como pretender que solamente en  los    casos    de    flagrancia    fuese   predicable   la   respon­sabilidad  de los copartí­ci­pes.   

Lo  que  era  imperioso  demostrar  era  la  existencia  de  los  elementos  externos  de  la infracción, pero sin que en el  Estatuto  existan  preceptos  restrictivos de la libertad de prueba, también se  ha  dicho que ese principio del artículo 253 del Código de Procedimiento Penal  (antes  artículo  254) es el que impera, y que a él se atuvo el tribunal en su  amplio  análisis  de los medios (ver folios 126 a 140 del cuaderno respectivo),  luego  si  el  censor  quería  desquiciar  el fallo, debía referir­se  en  su integridad a esas pruebas  para   acredi­tar  la  ocurren­cia  de errores  de hecho o de derecho que las pudieran hacer desestimables.   

También  en  la  sentencia del 5 de mayo de  1994, radicado 8.361, se sostuvo:   

Cierto  que la pericia requerida y exigible  del  Instituto  de  Medicina Legal, sobre la naturaleza de la sustancia y pureza  no  obra  en  autos.  Esta  situación, contra lo que afirma la memorialista, no  constituye  un  elemento de convicción de tan imprescindible verificación que,  de  no obrar en los autos, no sea factible proferir una sentencia de condena por  conducta   contemplada   en   la   citada   Ley  30/86.  Ese  medio  probatorio,  innegablemente,  constituye  una pieza fundamental y de notoria conveniencia, al  punto  de  ser  la  prueba por excelencia para ciertos aspectos técnicos que el  comentado  comportamiento  genera. Pero de ahí a reconocer que la comprobación  de  la  materialidad del ilícito sólo (demostración excluyente) pueda hacerse  a  expensas  del  dictamen,  comporta  la aserción un mayúsculo desacierto. En  efecto,   dicha  actividad  científica  tiene  el  carácter  de  demostración  preferente,  pero no única. Existen, por las varias circunstancias en que puede  desenvolverse  una  averiguación  y  por  el  principio de libertad probatoria,  plurales  factores  que con sobrado mérito llegan a reemplazar la intervención  o  ausencia  del  Instituto de Medicina Legal, logrando llevar convencimiento al  funcionario  sobre  los  tópicos  de los cuales se ocuparía esa entidad, entre  los  cuales  importa  advertir,  no  está el determinar la total cantidad de la  sustancia,  porque  al  referido  organismo  no  suele  enviarse  el total de lo  decomisado sino muestras de ese material…   

Y  en  la  del  25 de mayo de 1999, radicado  12.885, se anotó:   

Ahora bien, la lógica final del recurrente  es  que  si  no  existió  incautación  de  cocaína  de  acuerdo con la prueba  documental  omitida,  no era viable deducirle a su representado la agravante del  numeral  3º  del  artículo  38  de  la  ley 30 de 1986, la cual establece como  condición  para  poder  duplicar las penas que “la  cantidad  incautada”  de cocaína sea superior a 5  kilos.  Ya la Sala en otra oportunidad se refirió a una interpretación similar  y  le  dio  los alcances pertinentes a la noción de cantidad incautada. En esta  ocasión   se   reafirma   la  posición  jurisprudencial,  encontrándola  como  suficiente   para   responder   a   la   inquietud   del   impugnante.  Dijo  la  Corte:   

“…la   ley  no  puede  interpretarse  aislando  las  expresiones  de  su contexto, esto es, que para el caso concreto,  toda  la  labor  crítica  interpretativa recaiga sobre la definición del verbo  ‘incautar’,   como  si  se  tratara  de  una  expresión  suelta dentro del texto y sistemática legal, ya que lo que interesa  en  la  función  hermenéutica  es buscar el sentido de la norma y no la de las  expresiones  independientemente  consideradas.  Así, lo primero que corresponde  determinar  es la razón de ser del numeral 3º del artículo 38 de la ley 30 de  1986,  esto  es, que se trata de una circunstancia agravante de la pena del tipo  básico  descrito  en  el  artículo  33 y que como tal dispone el aumento de la  pena  por  la cantidad de droga o sustancia constitutiva del objeto material del  delito.   

“Esto  significa  que  el verbo incautar  objeto  de  la  censura,  si se tomare aisladamente, no sería aplicable a todos  aquellos  eventos  en  que  se  probare  la  existencia  del  corpus delicti, no  obstante   que  haya  desaparecido  su  materia  posteriormente,  o  a  aquellas  hipótesis   típicas  de  que  trata  el  referido  artículo  33  como  la  de  ‘financiación’,  o  inclusive  en  punto  de los sujetos determinadores, o en el  caso  de  la  venta  en  el cual la sustancia, una vez hecha la negociación, se  encuentra   en   poder   del   adquirente,   quien   pudo   haberla   consumido,  etc.   

“Trátase  en  consecuencia, de que en la  sistemática   de   la   ley,   el   ‘incautar’  no  es  nada  menos  que  una  típica imprecisión legislativa, que no obvia el  encuentro  de  su  real  sentido,  el  cual  no es otro que el de especificar un  incremento  de  la  pena cuando la droga objeto del delito exceda las cantidades  previstas     en    el    artículo    38-3    del    estatuto    nacional    de  estupefacientes”.  (Sentencia  de  diciembre  10 de  1997. M.P. Dr. Dídimo Páez Velandia).   

2.  A  nombre  de  LUIS ANTONIO ORTIZ CEPEDA,  POLICARPO     RUIZ     BECERRA     y     WILLINTON    RUIZ    MUÑOZ.   

Aunque se trata de tres demandas, presentadas  por  sus  correspondientes defensores, el contenido de ellas es idéntico por lo  que se examinarán de manera conjunta.   

Los    defensores    formularon    dos  cargos:   

El   primero,  idéntico  al  cargo  único  del  libelo  presentado  a  favor  de WIEMAN  SIMEÓN  RUIZ  MUÑOZ, con iguales  razones  y al amparo de la misma causal, merece similar respuesta a la que acaba  de  darse,  es  decir,  que respecto de este reproche las demandas no pueden ser  admitidas  porque  si  ponen  en  duda  que  las  negociaciones  se referían al  comercio  de  una  sustancia  prohibida,  lo que para el Tribunal constituía un  hecho  probado, el ataque a la sentencia tenían que presentarlo y desarrollarlo  al amparo del cuerpo segundo de la causal primera de casación.   

El   segundo,  subsidiario  del primero, lo hicieron consistir en la violación indirecta de la  ley   sustancial   por   falso   juicio  de  existencia,  pues  el  Ad  quem supuso la prueba que acreditaba  la materialidad de la infracción.   

Si no se decomisó ningún tipo de sustancia,  no  se constató por ningún medio probatorio que ella existía y tampoco que se  tratara  de  droga  que  produjera  dependencia,  debe colegirse que el fallo se  basó en conjeturas y no en prueba científica.   

Además,  no  se demostró la cantidad de la  supuesta  droga  porque  en  las  conversaciones  telefónicas interceptadas los  procesados  hablan  de cantidades diversas, como una arroba, dos toneladas, seis  kilos o dos papeletas.   

Para   la   defensora   de   ORTIZ,  la  duda  debió  resolverse  a  favor del procesado,  quien  dijo  en  la  indagatoria  que sólo le dijeron que ofreciera seis kilos,  pero  nunca tuvo en su poder la droga ni constató su calidad o cantidad. Por lo  tanto,  no  debió  aplicársele la agravación prevista en el artículo 384 del  Código Penal.   

Se  agregó  que  no  obstante  implicar  el  principio  de libertad probatoria que los hechos investigados pueden acreditarse  por  cualquiera  de  los  medios permitidos legalmente, en este caso se requiere  como  prueba  específica  el dictamen pericial sobre la aptitud de la sustancia  para producir dependencia.   

Tampoco el Tribunal apreció el testimonio de  Carlos  Mauricio  Dorado  Burbano, citado por WILLINTON  RUIZ  MUÑOZ  en  la  indagatoria, quien declaró que  éste  le  entregó  una  papeleta  de la supuesta droga para determinar de qué  sustancia  se  trataba,  y  verificó  que  “no  era  droga, no era basuco, ni  nada”.  Como  esta afirmación no fue desvirtuada, la presunción de inocencia  se mantiene y por eso el fallo debió ser absolutorio.   

La  falta  de técnica en la formulación de  este cargo, también es evidente.   

No  sólo  mezclan  distintas  acusaciones,  pasando  de una a otra  como si hicieran referencia al mismo reproche, sino  que en ninguna aciertan en la presentación de las críticas:   

Con relación a la primera, el planteamiento  sugiere  que para probar la materialidad del delito de narcotráfico se requiere  prueba   técnica,  lo  que  equivale  a  decir  que  existe  tarifa  legal.  En  consecuencia,  en  lugar  del  error  de hecho invocado, debieron desarrollar la  censura  desde  la  perspectiva  del  error  de  derecho  por  falso  juicio  de  convicción   y   señalar   cuál   era   la   norma  que  imponía  esa  carga  probatoria.   

Respecto de la segunda, que tiene que ver con  la  circunstancia  de  agravación del numeral 3º del artículo 384 del Código  Penal,  si  en  las  demandas  se  expresa  que son distintas las cantidades que  mencionaron   los  interlocutores  en  las  conversaciones  interceptadas  y  se  reconoce   que  en  la  indagatoria  ORTIZ  aceptó que le dijeron que ofreciera seis kilos, no se entiende a  qué  duda alude su defensora, pues fue ésta justamente la cantidad que dio por  establecida el Tribunal.   

Por lo demás, en ninguna de las demandas se  precisa  cuál  fue el análisis que hizo el juzgador para colegir que eran seis  los  kilos  de  cocaína que se pretendía comercializar ni se señaló el error  en que habría incurrido para arribar a semejante conclusión.   

Sobre la tercera, que configuraría un falso  juicio  de  existencia  por omisión, los demandantes no cumplieron con la carga  de   demostrar  la  trascendencia  del  supuesto  error  y  se  conformaron  con  señalarlo,  como  si  la apreciación del testimonio que dicen ignorado bastara  por  sí  sola  para derrumbar la construcción argumentativa que con base en el  conjunto  de la prueba realizó el Ad quem.   

En  estas condiciones, es claro que el cargo  subsidiario  tampoco cumple con las exigencias de claridad y fundamentación que  establece  el  numeral  3º del artículo 212 del Código de Procedimiento Penal  y,    por    este    motivo,    estas   demandas   también   habrán   de   ser  inadmitidas.   

Se ordenará, además, devolver el expediente  al  Tribunal  de origen, porque la Sala no advierte ninguna causal de nulidad ni  violación   de   garantías   fundamentales   que  aconsejen  su  intervención  oficiosa.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Sala  de  Casación Penal de la Corte Suprema de Justicia,   

RESUELVE  

INADMITIR   las  demandas   de   casación   presentadas   por  los  defensores  de  POLICARPO   RUIZ   BECERRA,  WEIMAN  SIMEÓN  RUIZ MUÑOZ, LUIS  ANTONIO  ORTIZ CEPEDA y WILLINTON    RUIZ    MUÑOZ,  contra  la  sentencia  dictada el 24 de  febrero  del  2005  por  el  Tribunal  Superior de Popayán. En consecuencia, se  ordena devolver el expediente al despacho de origen.   

Contra   este   auto  no  procede  recurso  alguno.   

Notifíquese y cúmplase.  

MAURO SOLARTE PORTILLA  

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ            ALFREDO  GÓMEZ QUINTERO   

ÉDGAR   LOMBANA   TRUJILLO                            ÁLVARO    O.    PÉREZ  PINZÓN                   

MARINA   PULIDO   DE  BARÓN                            JORGE    L.    QUINTERO  MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ  BASTIDAS                       JAVIER ZAPATA ORTIZ   

TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria  

    

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *