24758(20-04-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 24758  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado    acta    N°    056   

Bogotá,  D.  C.,  veinte  (20)  de  abril  de  dos  mil  siete  (2007).   

V   I   S   T   O  S   

Procede   la   Corte   a   calificar  los  presupuestos  lógicos  y  de  debida  argumentación de la demanda de casación  presentada   por   el   defensor   de   JOSÉ  MANUEL  GIL  TORRES, condenado por  el  delito  de  contaminación ambiental.   

A  N  T E C E D E N T E  S   

1.   Los  hechos  los  sintetizó  el  juzgador de segunda instancia, así:   

“La  empresa  Industria  de  Cueros  Colombo-Italiana  de  Curtidos  Ltda., cuyo representante  legal  es  el  señor  José Manuel Gil Torres, ubicada en la finca ‘El        Recuerdo’,       vereda      ‘SanPedro’   del  municipio  de  Villapinzón,  desarrolla   la   actividad   de  curtido  de  pieles  desde  hace  más  de  16  años.   

“La Corporación  Autónoma  Regional  (C.A.R.) de Zipaquirá, con ocasión al programa de control  y  seguimiento  ambiental que adelantó sobre las curtiembres que funcionaban en  la  zona,  llevó  a cabo sendas visitas en la industria mencionada los días 26  de  mayo,  23  de  septiembre  y  12  de  octubre  de 1999, determinando que los  vertimientos  de  agua  industrial y doméstica eran conducidos al río Bogotá,  pese  a  que  éstos  presentaban  concentraciones de químicos (cal, sulfuros y  cloruros),  aceites  y  grasas  que  sobrepasaban  los  límites  permitidos, no  obstante  la  existencia  de  un  sistema  de pretratamiento, lo que generaba un  impacto  negativo  en  el recurso hídrico, incluidas las aguas subterráneas, y  en  la  vida  acuática.  Tales  conclusiones  se soportaron en análisis que se  practicó  sobre  muestras  de  campo  tomadas el 3 de marzo de 1999.   

“Además,  se  determinaron  otros  factores  generadores  de contaminación tales como: (i) el  inadecuado  manejo  de  los  residuos  sólidos (ripio, lodos y cenizas), lo que  afectaba  la  textura  y  estructura  del  suelo,  y  (ii) la descomposición de  materia  orgánica, así como las emisiones que se producían tanto de las aguas  residuales,  como  de  las  chimeneas,  mismas que no cumplían con la altura de  descarga  mínima  y tampoco contaban con filtros u otro sistema de depuración,  y  resultando  perjudicada  la  calidad  del  aire;  aspectos todos que también  generaban     efectos     nocivos     para     la    salud    humana.   

“Lo anterior dio  lugar  a  que  se  iniciara un trámite administrativo sancionatorio mediante la  Resolución  N°  000781  del  22  de  diciembre  de  1999, en la que se dispuso  además   la   compulsa   de   copias   ante   la   Fiscalía   General   de  la  Nación”.   

2.   El  Juzgado Penal del Circuito de  Chocontá  (Cundinamarca), mediante sentencia del 7 de octubre de 2004, condenó  a  José Manuel Gil Torres a  las  penas  principales  de  24  meses  de  prisión  y  multa equivalente a 100  salarios   mínimos   mensuales   legales   vigentes,   y   a  la  accesoria  de  inhabilitación  para  el ejercicio de sus derechos y funciones públicas por un  lapso  igual  al  de  la pena privativa de la libertad, como autor del delito de  contaminación  ambiental (artículo 247 del Decreto 100 de 1980, modificado por  el  artículo  24  de  la  Ley  491  de  1999)  imputado  en  la  resolución de  acusación,  la  cual  quedó  ejecutoriada el 25 de octubre de 2002.  Así  mismo,  le  concedió  la  suspensión  condicional de la ejecución de la pena.   

3.   Apelado  el fallo por el defensor  del   procesado,   la   Sala   de  Decisión  Penal  del  Tribunal  Superior  de  Cundinamarca,  el  11  de  julio  de 2005, lo confirmó integralmente, decisión  contra   la  cual  el  citado  profesional  del  derecho  interpuso  recurso  de  casación.   

LA   DEMANDA   DE  CASACIÓN   

El   defensor  del  procesado  Gil  Torres,  luego  de afirmar que el  delito   imputado   es  un  tipo  penal  en  blanco  objeto  de  “cambios     en    la    actual    realidad    jurídica”,   y   que   la   segunda  instancia  ignoró  los  niveles  de  contaminación  ambiental,  para  lo cual transcribe un estudio académico sobre  el   tema,   aspectos   que,   en   su   criterio   imponen  un  pronunciamiento  jurisprudencial,  y  de  indicar  que  por razón del principio de favorabilidad  procede  en este asunto la casación común, con fundamento en la causal primera  plantea los siguientes cargos:   

Primer cargo  

Asevera  que  el  Tribunal  incurrió  en  violación  directa  por aplicación indebida del artículo 32, numeral10°, del  Código  Penal  y   falta de aplicación de los artículos 5°, 40, 42, 43,  44 y 45 del Decreto 1594 de 1984.   

En    el   subtítulo   que   denominó  “DESARROLLO  DEL CARGO”  sostiene  que el juzgador desconoció que el 3 de marzo de 1999, fecha en que se  tomaron  las  muestras  de  campo,  el  representante  legal  de la sociedad era  Alcibíades  Gil  Torres,  persona  que  falleció  el 14 de agosto de ese año,  razón  por  la  cual  su  defendido  asumió  la representación de la empresa,  “quien  obró  con  error  invencible  de  que  no  concurre   en   su   conducta   un   hecho   constitutivo   de  la  descripción  típica”.   

A continuación, refiere que la empresa que  representaba  su procurado siempre se sujetó a lo preceptuado en los artículos  5°,  40,  41,  42, 43, 44 y 45 del Decreto 1594 de 1984, los cuales transcribe,  disposiciones  que de haber sido aplicadas por el Tribunal no habría confirmado  la sentencia de primera instancia.   

En  fin,  dice que el Tribunal se equivocó  por  cuanto  que  las  pruebas  no  muestran  que la empresa que representaba su  prohijado   hubiese   producido   la   contaminación   imputada.   Agrega   que  “si  el  sentenciador  procede  en forma contraria,  lógicamente  estaría  quebrantando  las disposiciones sustanciales denunciadas  por simple falta de aplicación”.   

En  consecuencia, solicita a la Corte casar  el fallo impugnado y, en su lugar, absolver a su defendido.   

Segundo cargo  

Acusa   al   Tribunal  de  haber  violado  indirectamente   el   artículo   232   del   Código  de  Procedimiento  Penal,  “por  aplicación  indebida, así como el artículo  239  ibidem, por falta de aplicación”, yerro que se  generó  por  error  de  hecho  en la apreciación del informe de la C.A.R y del  testimonio  de  la  Doctora  Irma  Hurtas, funcionaria de dicha institución, el  cual fue trasladado a este proceso.   

Después   de   transcribir  un  pequeño  fragmento  de  la  citada declaración, el actor sostiene que no se le puede dar  valor  probatorio  al  mencionado informe, toda vez que el mismo “no  determina  si la empresa que representa mi poderdante viola los  criterios  admisibles  para  la  destinación del recurso para uso agrícola, la  destinación  del  recurso  para  uso pecuario, la destinación del recurso para  fines  recreativos  mediante contacto primario, la destinación del recurso para  fines  recreativos  mediante  contacto  secundario,  la destinación del recurso  para  uso  estético,  la destinación del recurso para preservación de flora y  fauna      en      aguas      dulces,      frías     o     cálidas”.   

Así mismo, añade que de la declaración de  Irma  Huertas se puede concluir la inexistencia de la conducta punible, medio de  prueba  que,  en  su criterio, permite concluir que no hubo infracción a la ley  penal.   

Concluye  que  el  error  del  sentenciado  consistió  en  haberle  dado  “valor a unas pruebas  que  no  lo  tenían”, razón por la cual solicita a  la   Corte   casar   el   fallo   impugnado   y,   por   ende,   absolver  a  su  representado.   

CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

Surge  evidente que la demanda de casación  presentada  por  el  defensor  del  sentenciado  José  Manuel   Gil  Torres  no  reúne  los  requisitos  de  claridad,  precisión  y  coherencia que para ser admitida establecen las normas  que regulan la casación.   

En  efecto, no distingue el censor entre un  alegato  de  instancia  y una demanda de casación, en la que no se puede hacer,  de  manera  libre,  cualquier  cuestionamiento  a  una  sentencia que por ser la  culminación  de  todo  un  proceso,  viene amparada por la doble presunción de  acierto  y  legalidad,  sino  que  debe  ser  un  escrito  lógico,  coherente y  sistemático  que  busca  restaurar la legalidad del fallo, por lo cual sólo es  procedente  denunciar  los  errores  cometidos  por el fallador, al tenor de las  causales   expresa   y  taxativamente  señaladas  en  la  ley,  demostrarlos  y  evidenciar   su   trascendencia  en  la  parte  dispositiva  de  la  providencia  impugnada.   

Tales presupuestos no los reúne el escrito  que  ocupa  la  atención  de  la  Sala,  pues  si  bien el actor anuncia que lo  sustenta  en  la causal primera de casación, de todos modos en su desarrollo no  se  respetan  los  parámetros  y las reglas técnicas que la ley ha establecido  para tal hipótesis.   

Así,   en   cuanto   al   primer   cargo,   si    bien   es   cierto  que  el  actor   acudió a  los  senderos   de   la   violación   directa   de  la  ley   sustancial,    reprochando   la  aplicación  indebida  del  artículo  32,  numeral10°,   del   Código   Penal   y,  consecuentemente  la   falta  de  aplicación  de  los  artículos  5°,  40,  42, 43, 44 y 45 del Decreto 1594 de  1984,  también   lo  es  que  no  precisó las razones  jurídicas  por  las  cuales,  en  su  criterio,  el  Tribunal  incurrió  en la  transgresión  de  tales  preceptos,  ni demostró sus consecuencias frente a la  parte   conclusiva  del  fallo,  limitándose  simplemente  a  informar  que  su  procurado  asumió  la  representación  legal de la empresa Industria de Cueros  Colombo-Italiana  de  Curtidos  Ltda. después de fallecido su hermano, o que el  procesado  obró  “con  error  invencible de que no  concurre   en   su   conducta   un   hecho   constitutivo   de  la  descripción  típica”,    o    que    para    “1999    la    empresa   que   representaba   mi   representado   se  ajustaba” a los citados artículos Del decreto 1594  de 1984.    

En  otros  términos,  el  actor  no  hizo  pronunciamiento  alguno  en  torno  a  los  motivos  que  en estricto derecho lo  llevaron  a  afirmar  que  el Tribunal incurrió en la aplicación indebida y la  falta  de aplicación de unos preceptos sustanciales y, mucho menos, concatenó,  dentro  de parámetros propios de la lógica jurídica, esa anunciada violación  directa  con  el hecho de que su defendido haya asumido la representación de la  empresa  después de la muerte de Alcibíades Gil Torres y/o que la conducta del  procesado  se  enmarcó dentro de los elementos propios de la anunciada eximente  de responsabilidad.   

Del  mismo modo, incomprensible resulta que  el   libelista   predique   que   José  Manuel  Gil  Torres  obró  “con error  invencible  de  que  no  concurre  en  su  conducta  un hecho constitutivo de la  descripción  típica”  y,  sin  embargo,  acuse la  “aplicación  indebida”  del  numeral  10°  del  artículo  32  del  Código  Penal,  norma que, como es  evidente,   no   fue   seleccionada   y,   menos,   aplicada   por  el  operador  jurídico.   

Y   el  desacierto  en   la   argumentación   del   casacionista   se  acentúa  cuando  finaliza  el  reproche afirmando que el Tribunal se equivocó por cuanto  que  las  pruebas  no  muestran  que  la  empresa  que representaba su prohijado  hubiese  producido  la contaminación por la que fue condenado, aseveración que  recae  sobre los medios de convicción, motivo por el cual el ataque deja de ser  directo  para  convertirse  en  indirecto  y, por lo mismo, debió centrar   el      reproche      a     través     de     la   apreciación   probatoria,  según  la índole de los errores que  en esa materia hubiesen podido incurrir los sentenciadores.   

Por  ello,  se hace necesario recordarle al  demandante  que  la violación directa de la ley sustancial tiene que ver con la  equivocación  en  que  incurre  el  juzgador  al  aplicar  la  normatividad que  corresponde  a  los  hechos materia de juzgamiento, manifestándose a través de  tres  variaciones:  la  primera  se  presenta  cuando  no se aplica la norma que  corresponde  porque  el  juez  yerra  acerca  de su existencia, es la denominada  falta  de  aplicación  o  exclusión  evidente;  la  segunda,  el  sentenciador  efectúa  una  falsa  adecuación  de  los  hechos  probados a los supuestos que  contempla  la  disposición  y, por ello, incurre en aplicación indebida, y, la  última,  los  procesos  de  selección  y  adecuación al caso en cuestión son  correctos  pero al interpretar el precepto el juez le atribuye un sentido que no  tiene   o   le   asigna   efectos   distintos   o  contrarios  a  su  contenido,  configurándose   así  la  llamada  interpretación  erróneamente  de  la  ley  sustancial.   

Así mismo, ha señalado insistentemente la  jurisprudencia  de  la Corte que cuando se invoca el cuerpo primero de la causal  primera  de  casación,  esto  es,  violación  directa de la ley sustancial, el  libelista  no  puede  discutir  la  valoración  de  la  prueba realizada por el  sentenciador  ni  cuestionar  la  declaración  de  los  hechos consignada en el  fallo,  pues toda su actividad debe estar dirigida exclusivamente a demostrar la  equivocación  en  que  incurrió  el  Tribunal  al  aplicar  o  al inaplicar la  normatividad al caso concreto.   

Se   trata,   entonces,   de  un  estudio  estrictamente      jurídico,     toda     vez     que      “cualquiera  que  sea  la modalidad de violación directa de la ley,  el  yerro  de los juzgadores recae indefectiblemente en forma inmediata sobre la  normatividad,  todo  lo  cual implica un cuestionamiento en un punto de derecho,  sea  porque  se  deja  de  lado  el precepto regulador de la situación concreta  demostrada,  porque  el hecho se adecua a un precepto estructurado con supuestos  distintos  a los establecidos, o porque se desborda la intelección propia de la  disposición         aplicable        al        caso        concreto…”.1   

Como  se  indicó,  tales  delineamientos  técnicos  no  fueron  observados por el actor, avizorándose, por el contrario,  inseguridad  en  la censura,  poniéndose en evidencia la falta de claridad  y precisión para su admisibilidad.   

En   lo   que  respecta  al  segundo  cargo, si bien es cierto que lo  formuló  a  través  de  la  violación  indirecta  de la ley sustancial por la  existencia   de   un   “error   de   hecho  en  la  apreciación”  del  informe  de  la  C.A.R.  y  del  testimonio  trasladado  de Irma Huertas, funcionaria de esa entidad, también lo  es  que  el  actor  en manera alguna precisó, como era su obligación, el falso  juicio que lo determinó.   

Por  ello, se hace necesario recordar, como  lo  ha dicho la jurisprudencia de la Corte, que el error de hecho consiste en la  incongruencia  entre  la  prueba  que existe y no existe y la idea contraria del  juzgador.  En  otros  términos,  dicho  yerro  subyace  una actitud frente a lo  descriptivo,  en  el  sentido de que transgrede la información suministrada por  la prueba o se finge la que ella pueda suministrar.   

Partiendo del anterior concepto, el error de  hecho lo generar tres juicios, a saber:   

a)  Falso  juicio  de existencia, según el  cual,  el  juzgador,  al  momento  de  valorar individual y mancomunadamente las  pruebas,  supone  un  medio  de convicción que no obra en el diligenciamiento o  excluye  uno,  los  que  tenían  la  capacidad  de  probar  circunstancias  que  eliminan,    disminuyen    o   modifican   la   decisión   absolutoria   o   de  condena.   

b)  Falso  juicio  de  identidad, en el que  incurre  el juzgador cuando en la apreciación de una determinada prueba le hace  decir  lo  que ella objetivamente no reza, erigiéndose en una tergiversación o  distorsión  por  parte  del  contenido  material  del   medio   probatorio,   bien   porque  se le coloca a decir lo  que  su  texto  no encierra o porque se le hace expresar lo que objetivamente no  demuestra.   

c) Falso raciocinio, cuando el sentenciador  se  aparta,  al momento de apreciar los medios de convicción, de los postulados  de  la  sana  crítica,  es decir, de las leyes de la lógica, de la ciencia, de  las máximas de la experiencia o del sentido común.   

Como  puede  advertirse, no obstante que el  libelista  mencionó la existencia de un error de hecho, de todos modos, como se  dijo,  guardó  silencio  sobre  el  falso  juicio  que lo generó, limitando su  argumentación  a  hacer  breves críticas generalizadas sobre la manera como el  Tribunal  valoró  los  medios  de pruebas, tales como que de la declaración de  Irma  Huertas  se  puede  concluir la inexistencia de la conducta punible, o que  resulta  “inadmisible plantear que hubo infracción  a    la    ley    penal”o   que   “en  definitiva  erró  el Tribunal porque le dio valor probatorio a  unas pruebas que no las tenían”.   

Por   consiguiente,  se  observa  que  la  inconformidad  del  libelista  está  centrada en las conclusiones probatorias a  las  que  llegó  el  Tribunal  Superior  de Cundinamarca y no en un específico  yerro  de apreciación probatoria, disparidad de criterios que no es susceptible  de  ser  atacada  en  esta sede, toda vez que el juzgador, dentro del sistema de  apreciación  probatoria,  goza  de  libertad  para  justipreciar  los medios de  convicción,   sólo   limitado   por   los  postulados  que  informan  la  sana  crítica.   

Si  se  concluyera,  por  lo  menos, que el  reproche  se  ubica  en la violación indirecta de la ley sustancial generada en  un  error  de  hecho por falso juicio de existencia por omisión (sentido que no  mencionó),  pues  el  libelista  afirmó  que  “el  Tribunal  ignoró  la  declaración  de  la  representante  de la C.A.R. (prueba  trasladada)”,   de   todos  modos  el  cargo  así  planteado  quedó  en  el ámbito de la simple generalidad, sin que demuestre un  perjuicio  concreto  con  el vicio o vicios atribuidos al juzgador, la relación  con    los    restantes   medios   de   convicción   legalmente   aducidos   al  diligenciamiento,  los  que  no  mencionó  ni  reprochó, y su incidencia en la  parte  resolutiva  del  fallo  impugnado,  al  punto  que se declaró una verdad  distinta de la que revela el proceso.   

Ahora     bien,     si   consideraba     que     en    el    proceso    de   valoración    probatoria    del    informe   técnico   de    la   C.A.R.   y   del   testimonio   rendido  por    la    funcionaria    de    esta   entidad,   el   Tribunal   transgredió   las  reglas de  la   sana    crítica,    ha    debido   postular   la   censura    a    través    del   error  de  hecho  por  faso  raciocinio,  indicando  cuál  fue  la regla de la lógica, de la ciencia, de la  experiencia  o  del  sentido  común  vulnerado,  de  qué  manera  lo  fue y su  incidencia   en   la   parte   resolutiva   del   fallo,   labor   que   tampoco  emprendió.   

De  esa  manera,  ninguno  de  los  cargos  formulados  por  el  censor obedecen a una claridad y precisión exigidas y, por  consiguiente, la demanda se inadmitirá.   

Finalmente,  cabe  señalar  que el estudio  detenido  del  expediente permite a la Sala concluir que no procede la casación  oficiosa  por  cuanto no se percibe ninguna causal de nulidad ni vulneración de  derechos fundamentales.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R   E  S  U  E  L  V  E   

INADMITIR   la  demanda  de  casación  presentada  por el defensor de  JOSÉ MANUEL GIL TORRES. En  consecuencia,  se  declara  desierto  el  recurso  extraordinario  de  casación  interpuesto.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                                          ÁLVARO   ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN                                             

MARINA   PULIDO   DE   BARÓN                                          JORGE   LUIS   QUINTERO   MILANÉS           

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                          JULIO   ENRIQUE   SOCHA  SALAMANCA           

MAURO    SOLARTE  PORTILLA                                 JAVIER ZAPATA  ORTIZ   

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria    

1 Rad.  14899,  sentencia  del  6  de  mayo  de 2003; rad. 18580, auto del 12 de mayo de  2004;  rad.  21821, sentencia del 2 de marzo de 2005; rad. 21206, auto del 29 de  junio de 2005, entre otros.     

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