24374(16-05-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    Proceso No 24734  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                            Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ   

                            Aprobado Acta No. 73   

Bogotá, D. C., dieciséis de mayo de dos mil  siete.   

V    I    S   T   O  S   

Examina  la  Corte  en sede de casación, la  sentencia  de  segunda instancia proferida por el Tribunal Superior del Distrito  Judicial  de  Bogotá, el 9 de agosto de 2004, confirmatoria en su integridad de  la  dictada  por  el  Juzgado  7°  Penal del Circuito Especializado de la misma  ciudad,  el 18 de octubre de 2002, por medio de la cual se condenó, entre otros  a  HÉCTOR  JOSÉ  BUITRAGO RODRÍGUEZ, HÉCTOR GERMÁN BUITRAGO PARADA y NELSON  ORLANDO  BUITRAGO  PARADA,  a  la pena principal de cuarenta años de prisión y  multa  en  cuantía  de  dos mil salarios mí.nimos legales, para el primero, en  calidad  de  coautor  de  los  delitos  de  Conformación  de  grupos armados de  justicia  privada,  concierto  para  delinquir  con  fines  de  narcotráfico  y  narcotráfico,  y  determinador  de  las  conductas  punibles de once homicidios  agravados  y  treinta  y  tres  homicidios  agravados  en  grado de tentativa; y  treinta  y ocho años de prisión, para los dos últimos nombrados, a título de  determinadores  de  los  delitos  de once homicidios agravados y  treinta y  tres  homicidios  agravados  en  grado de tentativa. A los tres se les impuso la  pena  accesoria  de interdicción en derechos y funciones públicas por un lapso  de  diez  años,  se les negaron los subrogados de la suspensión condicional de  la  ejecución  de  la  pena  y  prisión  domiciliaria, y se les impuso el pago  solidario,  a  título  de  perjuicios morales y materiales, de la suma total de  tres  mil  gramos  de  oro,  a  favor  de cada uno de los afectados con los once  homicidios,  y  trescientos  gramos  de  oro,  pagaderos  a  las  treinta y tres  víctimas del conato homicida.   

H E C H O S  

Correspondiendo,    todos   los   hechos  investigados  y fallados, a varios procesos que, adelantados independientemente,  después  se  acumularon,  las sentencias de las instancias los resumieron de la  siguiente manera:   

“Instructiva N° 2818: mediante labores de  rastreo  y  registro  aéreo, el 23 de octubre de 1993, efectivos de la Policía  Nacional,  división  antinarcóticos de San José de Guaviare, dieron captura a  siete  individuos,  cinco de los cuales se encontraban en inmediaciones del hato  Santa  Cecilia,  vereda  Santa  Bárbara,  jurisdicción  del  municipio  de San  Martín  (Meta)  en  momentos  en  que  éstos realizaban patrullaje en la zona,  llevando  armamento  de  largo alcance con su respectiva munición. Cerca de ese  lugar  se  encontró  una  pista  de  aterrizaje de aeronaves y varios radios de  comunicación.   

“El  24  de octubre de 1996, rindió nuevo  informe  la  División  Antinarcóticos de la Policía Nacional de San José del  Guaviare,   dando  cuenta  de  la  ubicación  e  incautación  de  un  complejo  cocalero    (campamento,   insumos,   precursores   y   caletas)   para  la  cristalización  de  base  de  coca  (clorhidrato  de  cocaína),  ubicado en la  inspección   de   Santa  Cecilia,  vereda  Santa  Bárbara,  jurisdicción  del  municipio de San Martín (Meta).   

“Instructiva N° 220:  

“Mediante  proveído  del 20 de octubre de  1998,  se  ordenó  la acumulación al precitado radicado 2818 de la instructiva  número  220,  seguida  contra Gonzalo Campos Pinto, Gustavo Ramírez Ibáñez y  Héctor    José    Buitrago    Rodríguez    (fl.179    a   181-7   instructiva  2818).   

“Tal  investigación  tuvo origen el 13 de  noviembre  de  1992,  mediante  denuncia instaurada por Rigoberto Álvarez quien  dio  a  conocer  la  existencia  de  un  “grupo  de  sicarios  o escuadrón de  exterminio”    denominado    “LOS    MACETOS”,    que   venían   operando  aproximadamente  desde  1998  en  los  municipios  de  Villanueva,  Tauramena  y  Monterrey.   

“A  dicho  grupo  se  le  atribuyen  los  acontecimientos  ocurridos  el  8  de  septiembre  de 1996, cuando José Alberto  Moreno  Camargo,  fue  objeto de agresión con arma de fuego, causándole graves  heridas   en   zonas  vitales  de  su  humanidad  (cabeza,  cuello  y  antebrazo  izquierdo).   

“Instructiva N° 264:  

“El  10  de  noviembre de 1999, el Juzgado  Especializado  de Villavicencio dispuso la acumulación de la instructiva 264 el  radicado  2818,  adelantada  contra  Gustavo  Ramírez  Ibáñez  y Luis Antonio  Barreto  Ávila  (fl.  3  a  7-10  instructiva  1818).Y que investiga los hechos  surgidos  mediante  labores  de  inteligencia  adelantadas por el D.A.S.  a  finales  del  año  1994  e  inicios  de  1995, por cuanto se pudo establecer la  existencia  de una organización delictiva dedicada a la elaboración y tráfico  de  sustancias  estupefacientes a nivel nacional e internacional, la cual venía  operando  en  el  sitio  conocido como “Golfo Pérsico” jurisdicción de los  municipios   de  Monterrey,  Tauramena,  Villanueva  y  Sabanalarga  (Casanare);  lográndose  incautar  y  destruir  algunas  sustancias  precursoras,  así como  también,    pistas    clandestinas   para   el   aterrizaje   y   decolaje   de  aeronaves.   

“Instructiva N° 3936:  

“En  marzo 2 de 2000, el Juzgado Penal del  Circuito  Especializado  de  Villavicencio,  dispuso la acumulación al radicado  2818,  de  la  actuación 3936 de la Fiscalía General de la Nación, adelantada  contra  Héctor José Buitrago, Héctor Germán Buitrago Parada y Nelson Orlando  Giraldo  Parada,  por los hechos ocurridos el  3 de octubre de 1997, cuando  en  horas  de  la  tarde,  una  comisión  judicial integrada por personal de la  Fiscalía  General  de  la  Nación,  D.A.S.,  C.T.I., y Ejército Nacional, fue  objeto  de atentados con armas de fuego y explosivos, acontecimientos en los que  perdieron  la  vida  11  servidores  de  las diferentes instituciones y quedaron  heridos  otros;  ataque  que  tuvo  ocurrencia  en  la  vía  que de la finca El  Alcaraban  (sic),  ubicada  en  la  vereda  La  Bendición  del municipio de San  Martín, conduce al municipio de San Carlos de Guaroa- Meta.   

“Conviene  advertir  que se acogieron a la  sentencia  anticipada  por el ilícito de porte ilegal de armas de uso privativo  de   las   fuerzas   militares   Rodrigo  Enciso  Arias  (fl.  164  –  5  Instruc  2818);  Álvaro  Alberto  Espinel    Hernández   (fl.   166   –  5  Intruc.2818),  mediante  diligencia  de aceptación de cargo el  día  30  de abril de 1997; y los procesados Francisco Javier García Ciro (Fl.9  – 4 Instruc 2818); Carlos  Julio   Lozano   Gómez   (fl.   11   –  4  Instruc.  2818);   y  Pedro  Luis  Pamplona  Tinoco (fl.13  –   4   Instruc   13),  suscribieron  la  diligencia  de  aceptación del mencionado cargo el 7 de abril  del mismo año.”   

Para  lo  que interesa a la decisión que se  toma,  anota  la  Corte,  que  en  los hechos ocurridos el 3 de octubre de 1997,  atribuidos  a  un  grupo de autodefensas o paramilitares conocidos con el nombre  de  Los Macetos, proceso inicialmente adelantado con el radicado 3936, perdieron  la  vida  las  siguientes  personas:  Carlos  Degly  Reyes  Cortés, Juan Carlos  Figueroa  Escobar,  Otto Ruiz Pérez, José Luis Castro Barón, José Noel Sossa  Díaz,  Aldier Castro Merchán, Artidoro Vasallo, Ricardo Ruperto Guarnido Cruz,  Luis  Fernando  Vargas  Jaimes,  Aldemar Manchola Ramos y José Giovanni Alfonso  Arevalo.   

A su vez, se intentó dar muerte, resultando  algunos  de  ellos heridos, a: Juan Carlos Cruz Giraldo, Oscar León Rojas, Luis  Eduardo  Jurado,  Reinaldo  Méndez Cabrera, Carlos Arturo Barrera Molina, Oscar  Ovidio  Campo  Estrada,  Rafael  Andrés Rave Rojas, José Quevedo Acosta, Maivi  Esperanza  Acosta  Daza,  Arturo  Samboni  Pérez, Jairo Sánchez Ariza, Aduenar  Pérez,  Jairo  Raúl Velásquez Chisica, Víctor Argumedo Díaz, Gonzalo Israel  Callejas  Castro,  Norberto  Vera  Méndez,  William Alexander Moreno González,  Diego  Mantilla San Miguel, José Reinaldo Díaz Martínez, Luis Fernando Sierra  Zambrano,  José  Feliciano  Romero  Bejarano,  Germán Darío pinilla Jiménez,  Wilber  Pulido  Alba,  Jairo Adolfo Calderón Mora, Javier Alfonso Amaya Urrego,  José  Uriel  Sánchez  Rosas,  Yoví  Celso  Hernández  Angulo,  Mario Alberto  Carmona  Vanegas, Fredy Guillermo Pinilla Correa, Numar Efrén Arboleda Ibarra y  Luis Hernando Perdomo Castro.    

ACTUACIÓN    PROCESAL   

De manera prolija y completamente adecuada a  la  revisión  que  hizo  la  Corte de los cuadernos, la delegada del Ministerio  Público,  realizó  la  siguiente  sinopsis  de  lo  actuado en cada uno de los  procesos, después acumulados:   

“En el radicado  N° 2818   

“La  Fiscalía  Delegada de la Dirección  Regional  de  Oriente,  de Villavicencio meta, profirió resolución de apertura  de  investigación  el  23 de octubre de 1996 (fl.15) y en su orden recibió las  indagatorias   de   James   Javier   Ramírez   Peña,   el  29  de  octubre  de  1996  (fls.  83  -86  del  cuaderno  original N ° 1), Álvaro Orlando Espinel Hernández, el 29 de octubre  de  1996 (fls. 87 – 90 del  Cuaderno  Original  N° 1), Rodrigo enciso Arias, el 29 de octubre de 1996 (fls.  100  –  103 del cuaderno  Original  N°  1), Francisco Javier García Ciro, el 30 de octubre de 1996 (fls.  109  –  113 del cuaderno  Original  N°  1),  ampliación  de  indagatoria el 1 de abril de 1997 (fls. 395  – 396- cuaderno Original  3  A),  Pedro  Luis  Pamplona  Tinoco,  el  31  de  octubre  de  1996  (fls  117  –   121  del  cuaderno  Original  N°  1),  ampliación  de  indagatoria el 1 de abril de 1997 (fls. 399  – 400 cuaderno original 3  A),  Carlos Julio Lozano Gómez, el 29 de octubre de 1996 (fls. 122 –  128  del  cuaderno Original N° 1),  ampliación  de  indagatoria  el  1  de  abril  de  1997  (fls. 397 –  398  cuaderno Original 3 A); Adolfo  León   González   el   31   de   octubre   de   1996  (fls.  130  –  135  del  cuaderno Original N° 1),  Héctor  José  Buitrago  Rodríguez,  el  15  de  noviembre  de  1996 (fls. 141  –  143; 145 –  149 del cuaderno Original N° 1 A),  ampliación  de  indagatoria  el  28  de  abril  de  1997 (fls. 375 –  378 del cuaderno original N° 4 A),  ampliación  de  indagatoria  el 11 de septiembre de 1997 (fls. 185 – 187 cuaderno N° 6 A).   

“El  7  de noviembre de 1996 resolvió la  situación  jurídica  de  Pedro  Luis  Pamplona  Tinoco,  James Javier Ramírez  Peña,  Francisco  Javier  García  Ciro,  Carlos  Julio  Lozano Gómez, Rodrigo  Enciso  Arias,  Álvaro Alberto Espinel Hernández y Adolfo León González, con  medida  de  aseguramiento  consistente en detención preventiva sin derecho a la  libertad   provisional   (fls.   256  – 265 cuaderno original N°  1).   

“El  25 de noviembre de 1996 resolvió la  situación  jurídica  de  Héctor  José  Buitrago  Rodríguez  con  medida  de  aseguramiento  consistente  en detención preventiva sin excarcelación (fls 256  –   261  del  cuaderno  original N° 1 A).   

“El   13  de  enero  de  1997  recibió  indagatoria     a     José    remides    Morales    (fls.    39    –  44  del  cuaderno original N° 3) y  José  Antonio  Rodríguez  (fls.  45  –  53  cuaderno  original  N°  3);  y les resolvió situación  jurídica  el  28  de  enero siguiente con medida de aseguramiento de detención  preventiva  sin  libertad  (fls.  90  – 94 cuaderno original N° 3).   

“El  7  de  febrero  de  1997  oyó  en  indagatoria   a   Luis   Alberto   Rodríguez   Leal   (fls.   149  –  153  cuaderno  original N° 3) y le  resolvió  la  situación  jurídica  el  12 de febrero siguiente con detención  preventiva     sin     libertad     provisional     (fls.    172    – 175 del mismo cuaderno).   

“El  7  de  abril  de  1997  se  realizó  diligencia  de  formulación  de  cargos  para sentencia anticipada por parte de  Francisco  Javier   García Ciro por la conducta descrita en el artículo 2  del  Decreto  1194  de  1989,  adoptado  como  legislación  pertinente  por  el  artículo  6  del Decreto 2266 de 1991 (fl. 9 y 10 del cuaderno original N° 4);  a  la  misma diligencia de aceptación de cargos se sometió en esa fecha Carlos  Julio  Lozano  Gómez  (fls. 11 y 12 ib.) y Pedrro Luis Pamplona Tinoco (fls. 13  –  14).   

“El  30  de  abril  de  1997  se realizó  diligencia  de formulación y aceptación de cargos para sentencia anticipada en  lo  relacionado  con  Rodrigo  Enciso Arias, quien aceptó la imputación por la  conducta  de  porte  ilegal  de  armas  de  fuego  (fls.  164 y 165 del cuaderno  original N° 5)   

“El  30  de  abril  de  1997  se realizó  diligencia  de  formulación  y  aceptación de cargos para sentencia anticipada  respecto  de Álvaro Alberto Espinel Hernández quien aceptó la imputación por  la  conducta  descrita  en  el  artículo  2  del decreto 3664 de 1986 (fls. 166  –   167  del  cuaderno  original N° 5).   

“El 4 de septiembre de 1997 se decretó el  cierre de investigación (fl. 132 del cuaderno original N° 6 A).   

“En resolución del 17 de octubre de 1997,  la   Fiscalía   Regional   de   Villavicencio   calificó   el  mérito  de  la  investigación con resolución de acusación, así:   

James Javier Ramírez Peña            

Art.  2  del Decreto  1194  de  1989,  adoptado  como  Legislación  permanente por el artículo 6 del  Decreto  2266  de  1991.  (Pertenencia a bandas de sicarios, escuadrones de  la muerte o de justicia privada).   

Porte  ilegal  de armas de uso privativo de  las  fuerzas  armadas  (art.  202 del C.P.) modificado por el art. 2 del Decreto  3664  de  1986,  adoptado  como  Legislación  permanente  por  el  D.E. 2266 de  1991  

Adolfo León González            

Art.  2  del Decreto  1194  de  1989,  adoptado  como  Legislación  permanente por el artículo 6 del  Decreto  2266  de  1991.  (Pertenencia a bandas de sicarios, escuadrones de  la muerte o de justicia privada)   

Porte  ilegal  de armas de uso privativo de  las  fuerzas  armadas  (art.  202 del C.P.) modificado por el art. 2 del Decreto  3664  de  1986,  adoptado  como  Legislación  permanente  por  el  D.E. 2266 de  1991  

Pedro Luis Pamplona Tinoco            

   

Artículo  2  del  Decreto  1194  de  1989,  adoptado  como  legislación  permanente  por el artículo 6 del Decreto 2266 de  1991.  (Pertenencia a bandas de sicarios, escuadrones de la muerte o de justicia  privada)  

Francisco Javier García Ciro  

Carlos Julio Lozano Gómez  

Rodrigo Encizo Arias  

Álvaro A. Espinel Hernández  

Héctor José Buitrago Rodríguez            

Artículo  1  del  Decreto  1194  de 1989, adoptado como legislación permanente por el artículo 6  del  Decreto 2266 de 1991.  (Promover la formación de bandas de sicarios o  grupos armados al margen de la ley)   

Artículos 33.  Tráfico, fabricación  o porte de estupefacientes (Ley 30 de 1986)   

44 Concierto para delinquir (de la Ley 30 de  1986)   

Receptación  (art.  177 del Decreto 100 de  1980)  

(fls.     30     –  70,  cuaderno  N° 6 B, Instructiva  N° 2818).   

“La  Fiscalía  Delegada ante el Tribunal  Nacional  resolvió  el  recurso de apelación interpuesto contra la resolución  de  primera  instancia, y el 14 de mayo de 1998 modificó la acusación (sic) de  acusación,   exclusivamente   contra   Héctor   José   Buitrago   rodríguez,  así:   

Héctor José Buitrago Rodríguez            

Artículo  1  del  Decreto  1194  de 1989, adoptado como legislación permanente por el artículo 6  del  Decreto 2266 de 1991.  (Promover la formación de bandas de sicarios o  grupos armados al margen de la ley)   

Artículo 44 Concierto para delinquir (de la  Ley 30 de 1986)   

Artículo  33  agravado por el artículo 38  –  3  de  la  Ley  30 de  1986  

“El radicado N°  220   

“La Dirección  Regional  de  Fiscalías  de  Oriente,  el  20  de  noviembre de 1996 dispuso la  apertura  de  Investigación  penal,  en el diligenciamiento originario radicado  como   preliminares  201  (fls.  285  –  290  cuaderno  original  N°  1).  Recibió  las  indagatorias de  Gonzalo  Campos  Pinto  el  26  de  noviembre  de  1996 (folios 353 –  359 del cuaderno original N° 1 A),  ampliación    el   29   de   noviembre   siguiente   (fls.   393   –  396  cuaderno  1  A);  de  Joaquín  Antonio  Bohórquez  Puentes  el  28 de noviembre de 1996 (fls. 385 –  390  del  cuaderno opriginal 1 A ),  ampliación    el    24    de    enero    de    1997   (fls.   32   –  33  cuaderno  N°  2  original); de  Nubia  Marina  Pinzón Galeano, el 2 de diciembre de 1996 (fls. 402 –  409  del  cuaderno 1 A); de Héctor  José  Buitrago  Rodríguez,  el 5 de febrero de 1997 (cfr. Fls. 55 –  60  del  cuaderno N° 2 instructivo  220);  copia  de  diligencia  de  indagatoria rendida el 15 de noviembre de 1996  (fls.   64   –  66;  67  –  71;  72  –   82   del   cuaderno   N°   2   A  original).   

“El 5 de diciembre  de 1996 definió  la  situación  jurídica  de  los  indagados  Gonzalo  Campos  Pinto y Joaquín  Antonio  Bohórquez Puentes con medida de aseguramiento de detención preventivo  y  se  abstuvo  de  imponer medida a favor de Nubia Marina Pinzón Galeano (fls.  423  – 435 del cuaderno 1  A).   

“El  22  y  25  de  marzo de 1997 rindió  indagatoria     Gustavo     Ramírez    Ibáñez    (fls.    219    –   231  del  cuaderno  original  N°  2).   

“El  4  de  abril  de  1997  definió  la  situación  jurídica  de  Gustavo Ramírez Ibáñez y de Héctor José Buitrago  Rodríguez  con medida de aseguramiento consistente en detención preventiva sin  beneficio     de     libertad     provisional     (fls.     237     –   244  del  cuaderno  original  N°  2).   

“El   1  de  octubre  de  1997  cerró  parcialmente       la       investigación      (fls.      128      –   129  del  cuaderno  original  N°  4).   

“La  acusación  en primera instancia la  profirió  la  Fiscalía  Regional de Villavicencio, el 25 de noviembre de 1997,  de la siguiente manera:   

Gustavo Ramírez Ibáñez            

Artículo  1  del  Decreto  1194  de 1989, adoptado como legislación permanente por el artículo 6  del Decreto 2266 de 1991.   

Falsedad   material   de  particular  en  documento público (art. 220 del C.P.).   

Uso  de documento público falso (art. 222  del C.P.)  

Héctor   José  Buitrago Rodríguez             

Artículo  1  del  Decreto  1194  de 1989, adoptado como legislación permanente por el artículo 6  del Decreto 2266 de 1991.  

Gonzalo   Campos  Pinto             

Homicidio agravado en  grado  de  tentativa  (arts. 323 y 324 – 7 del C.P.)   

Artículo  2  del  Decreto  1194  de 1989,  adoptado  como  legislación  permanente  por el artículo 6 del Decreto 2266 de  1991.  

“En  la misma providencia precluyó la  investigación  a  favor  de  Joaquín Antonio Bohórquez Puentes y Nubia Marina  Pinzón   Galeano   (cfr.  Fls.  137  – 173 del cuaderno N° 5 Instructivo N° 220).   

“Al  resolver  la apelación interpuesta  por  Gustavo  Ramírez  Ibáñez y Héctor José Buitrago, la Fiscalía Delegada  ante  el  Tribunal  Nacional  resolvió  el  recurso  el  29  de  julio de 1998,  confirmando    integralmente    la    acusación.    (fls.    72    –  97 cuaderno de segunda instancia de  la Fiscalía).   

       

“Instructivo  N° 264.   

“Este  instructivo  es  el  mismo  referido  como  radicación  número 123, el resumen  procesal de esta investigación es el siguiente:   

“La  Fiscalía  Dieciséis Delegada ante  los  Jueces de Monterrey –  Casanare,  el  211  de  mayo  de  1995  profirió  resolución  de  apertura  de  investigación  penal (fl. 10 y 11 cuaderno N° 4). Recibió las indagatorias de  Luis  Antonio  Barreto  Ávila  el  6  de julio de 1998 (folios 295 –  299del  cuaderno N° 3); de Gustavo  Ramírez   Ibáñez   el   6   de   mayo   de   1997   (fls.   105  – 110 Cuaderno N° 4).   

“El  23  de  julio  de 1998 resolvió la  situación  jurídica de Luis Antonio Barreto Ávila con medida de aseguramiento  consistente  en  detención  preventiva sin excarcelación (fls. 15 –  22  del cuaderno Original N° 3 C);  el  18  de  julio  de 1997 resolvió la situación jurídica de Gustavo Ramírez  Ibáñez  con  medida  de aseguramiento consistente en detención preventiva sin  excarcelación     (fls.     124    – 133 del cuaderno N° 4).   

“El 5 de enero de 1999 decretó el cierre  parcial  de  la  investigación  con  respecto  de  Luis Antonio Barrera Ávila,  Gustavo  Ramírez  Ibáñez,  Humberto  Ávila  Peña,  José  Helí Ballesteros  Holguín   y   José   Libardo  Marín  Jiménez  (fl.  303  del  cuaderno  N°6  original).   

“La acusación de primera instancia de la  Fiscalía  Regional  de  Oriente  se  profirió  el 26 de febrero de 1999, de la  siguiente manera:   

Gustavo  Ramírez  Ibáñez             

Concierto   para  delinquir Art. 44 de la Ley 30 de 1986  

Luis Antonio Barreto Ávila            

Concierto  para delinquir Art. 44 de la Ley 30 de 1986   

Destinación  ilícita de bienes inmuebles  (art. 34 de la Ley 30 de 1986)   

Falsedad   material   de  particular  en  documento   público  y  uso  de  documento  público  falso  (art.  220  y  222  –    2    del    C.  P.)  

(FLS.       91      –  119  del  cuaderno  original N° 7,  Instructivo N° 123, acumulado al instructivo 264).   

“La  Fiscales  de  segunda  instancia,  delegada  ante  la Sala especial de descongestión de la Sala Penal del Tribunal  Superior,  en  resolución  del  10  de  agosto de 1999 modificó la acusación,  excluyendo   la   imputación   por   concierto   para   delinquir  –por   preclusión-   contra  Barreto  Ávila, de modo que quedó así:   

Gustavo  Ramírez  Ibáñez             

Concierto   para  delinquir Art. 44 de la Ley 30 de 1986  

Luis Antonio Barreto Ávila            

PRECLUYÓ la  imputación por Concierto para delinquir, y la mantuvo por:   

Destinación  ilícita de bienes inmuebles  (art. 34 de la Ley 30 de 1986).   

Falsedad   material   de  particular  en  documento público (art. 220 del C.P.)   

Uso  de documento público falso (art. 222  del C. P.)  

“(Fls.      10      –   17   cuaderno    de  segunda  instancia, Instructivo 264)   

“La  fase del juicio en este radicado se  adelantó    en    el    Juzgado    Penal    del   Circuito   Especializado   de  Villavicencio.   

“Instructivo  3936   

“Con base en el informe que dio cuenta de  los  sucesos  del 3 de octubre de 1997 (fls. 1 y 2 del instructivo) la Fiscalía  Delegada  ante  los Jueces Regionales, Dirección Regional de oriente, profirió  resolución  de apertura de instrucción el 4 de octubre de 1997 (fls. 3 y 4 del  cuaderno  N.  1).  Recibió  las indagatorias de Carlos Eduardo Rodríguez Vidal  Caicedo,    el    4    de    octubre    de    1997    (fls.    13   – 19 del primer cuaderno); ampliación  de   indagatoria   el   8   de   octubre   de   1997   (fls.   188  –  195  cuaderno  original  N.  3); de  René  Alfredo Castañeda Holguín el 5 de octubre de 1997 (fls. 20 – 25 del primer cuaderno).   

“El  10  de octubre de 1997 resolvió la  situación  jurídica  de  Carlos  Eduardo  Rodríguez  Vidal Caicedo y de René  Alfredo   Castañeda   Holguín  con  medida  de  aseguramiento  consistente  en  detención   preventiva   sin   beneficio  de  libertad  provisional  (fls.  166  –  175 cuaderno original  N° 3).   

“El 27 de mayo de 1998 declaró personas  ausentes  a  Nelson Orlando Buitrago Parada y Héctor Germán Buitrago Parada, y  reconoció   personería   jurídica   a  su  defensor  de  confianza  (fls.  47  –   48   del  cuaderno  original N°. 4).   

“El   9   de  junio  de  1998  rindió  indagatoria    Héctor  José  Buitrago  Rodríguez  (fl.  60  –  67  del  cuaderno  original  N°  4  Instructivo 3936).   

“El  25  de  agosto de 1998 resolvió la  situación  jurídica  de  Héctor  José  Buitrago  Rodríguez,  Nelson Orlando  Buitrago  Parada,  Héctor Germán Buitrago Parada y con medida de aseguramiento  consistente  en  detención  preventiva,  sin  beneficio de libertad provisional  (fls.   106  –  136  del  cuaderno original N° 4).   

“El 1 de junio de 1998 la Fiscalía   Regional  de  Oriente  profirió  resolución  de acusación en contra de Carlos  Eduardo  Rodríguez  Vidal  Caicedo y de René Alfredo Castañeda Holguín (fls.  62  –  75  del  cuaderno  original  N°  5);  esa determinación fue confirmada el 31 de diciembre de 1998  (fls.  52  – 61 del mismo  cuaderno).   

“El  24  de  mayo  de  1999  definió la  situación  jurídica  de  Ricardo Ramírez Ibáñez con medida de aseguramiento  de  detención  preventiva  sin  beneficio  de  libertad  provisional  (fls. 260  –   266  del  cuaderno  original  N°  5); en la misma providencia declaró extinguida la acción penal,  por muerte, de Jaime Matiz Benitez  y de Wilson Cepeda Angulo.   

“El  22  de  julio  de  1999 decretó el  cierre  de  la  investigación  con  respecto   de  Héctor  José Buitrago  Rodríguez,  Nelson  Orlando  Buitrago Parada, Héctor Germán Buitrago Parada y  otro  (flo.  159  –  del  cuaderno original N° 7 A).   

“Con  resolución  del  14 de octubre de  1999   la  Fiscalía  Delegada  ante  los  Juzgados  Penales  Especializados  de  Villavicencio   acusó   a  los  procesados  en  condición  de  determinadores,  así:   

Héctor      José      Buitrago  Rodríguez             

Homicidio  agravado (once homicidios),   

Homicidio en grado de tentativa (treinta y  tres homicidios).  

Héctor Germán Buitrago  Parada (a. Caballo)             

Homicidio  agravado (once homicidios)   

Homicidio en grado de tentativa (treinta y  tres homicidios)  

Nelson  Orlando Buitrago Parada (a. Patezorro)             

Homicidio  agravado (once homicidios)   

Homicidio en grado de tentativa (treinta y  tres homicidios)  

“En  esa  misma  decisión  la fiscalía  precluyó  la  instrucción  contra  José  Severino Echevarría Ortiz, cesó el  procedimiento  por  muerte  del  procesado  Jaime  Matiz   Benitez y Wilson  Cepeda  Angulo. (fl. 206 –  226 del cuaderno original N° 7 del instructivo 3936).   

“El   Juzgado   Penal   del   Circuito  Especializado  de  Villavicencio  avocó  conocimiento  del  proceso  el  13  de  diciembre de 1999 (fl. 241 cuaderno original N° 7).   

“El Ministerio Público solicitó que se  acumulara  este instructivo (radicado como 3936 y/o 293) al proceso radicado con  el  número  138  que  venía  tramitándose  en  le  Juzgado Penal del Circuito  Especializado     de     Villavicencio     (cfr.     Fls.    257    –   259  del  cuaderno  original  N°  7).   

“EL  JUICIO  Causa N° 1999 – 138   

“En   el   radicado   N°   2818    

“La   investigación   con  acusación  ejecutoriada  (cfr. Cuaderno original N° 6 fue remitida a los Jueces regionales  de  Bogotá, mediante oficio del 5 de agosto de 1998, visible al folio N° 1 del  cuaderno  original  N°  7).  El  14  de  agosto  de 1998 el Juzgado Regional de  Bogotá  avocó el conocimiento y ordenó abrir el juicio a pruebas, como estaba  previsto  en  el  artículo  42 del Decreto 2790 de 1990. (cfr. fl. Del cuaderno  original N° 7).   

“En el radicado N° 220  

“La resolución de acusación de primera  instancia  de la Fiscalía Regional de Villavicencio, fechada el 25 de noviembre  de  1997,  adquirió ejecutoria con la confirmación de segunda instancia del 29  de   julio   de   1998   (fls.   72   – 97 cuaderno de segunda instancia de la fiscalía).   

“El  20  de  octubre  de  1998  el  Juez  Regional  de  Bogotá dispuso acumular este  instructivo al juicio radicado  con  el  número  1999-138,  y en la misma providencia dispuso abrir el juicio a  pruebas  según se establecía en el artículo 42 del decreto 2790 de 1990 (cfr.  fl.   179   –  181  del  cuaderno original N° 7).   

“En   el   radicado   264     

“Mediante auto  del  28  de  septiembre  de  1999  el  Juez  Penal del Circuito Especializado de  Villavicencio  acumuló  las  radicaciones (N°. 2818 y 220), ala causa radicada  en  el  juzgado  con  el  número 1999 –    138.    (véanse    antecedentes    folios   166   –   182  del  cuaderno  original  N°  8).   

“Empezó   la  audiencia  pública  de  juzgamiento  el  16  de  noviembre  de  1999,  en  varias  sesiones (Cfr. fls. 1  –  33; cuaderno original  N°  9).  Estando  en  curso la diligencia, mediante auto del 10 de noviembre de  1999,  el  juzgado  decretó  la  acumulación  de  las dos causas anteriores al  radicado   N°   264  (cfr.  fls.  3  – 7 del cuaderno original N° 10).   

         “La     causa     radicada     con     el     número     1999    –  293  (corresponde  a la instructiva  No…. 3936)   

             “Mediante  auto  del  2  de marzo de 2000, el Juzgado de Villavicencio ordenó  acumular  esta  causa  adelantada  contra  Héctor  José  Buitrago  Rodríguez,  Héctor  Germán  Buitrago  Parada  y  Nelson  Orlando Buitrago Parada al juicio  radicado    con   el   número   1999   –  138   (cfr.  fls.  137 – 139 del  cuaderno original No. 10 del juicio).   

           “La  diligencia  de  audiencia  pública  continuó  el 18 de julio de 2000 (fls. 241  –   261  del  cuaderno  original  No. 10 A);  continuó el 19 de julio de 2000 (Cfr. fls. 105 – 202  del  cuaderno  No.  11);   continuó  el  8 de agosto de 2000 (cfr. fls. 13  – 286).   

             “Mediante  auto del 1 de agosto del 2001, la Sala Penal de la H. Corte Suprema  de  Justicia  ordenó  el  cambio  de  radicación del radicado No. 1999    –  138  al  Distrito  Judicial de Bogotá. (cfr. fls. 69  –   75   del  cuaderno  original No. 13 del juicio).   

               “En  adelante,  avocó  el  conocimiento del proceso el Juzgado Séptimo Penal  del  Circuito Especializado de Bogotá, a partir del 23 de agosto de 2001 (fl. 3  cuaderno original No. 14)   

               “El  18  de  octubre  de  2002  profirió  sentencia  condenatoria  en  la que  condenó,  entre  otros, a Héctor José Buitrago Rodríguez, de Héctor Germán  Buitrago  Parada  y  de  Nelson  Orlando  Buitrago  Parada,  en la forma como se  registró  en  el primer cuadro de este concepto.  Cfr. fls. 1 – 175 del cuaderno original No. 15 del  juicio)   

                  “El  fallo  de  primera instancia fue impugnado, por los defensores de Héctor  José  Buitrago  Rodríguez,  de  Héctor  Germán  Buitrago  Parada y de Nelson  Orlando  Buitrago  Parada,  y  como  consecuencia,  el  9  de  agosto de 2004 el  Tribunal    Superior   del   Distrito   Judicial   de   Bogotá   confirmó   la  sentencia.     (fls.    108    – 181 cuaderno original No. 1 del Tribunal).”   

Con  posterioridad  al  proferimiento de la  sentencia  de segunda instancia, se presentaron algunas novedades trascendentes,  que la Sala estima pertinente destacar:   

-El  3 de febrero de 2005, previa solicitud  de  su  defensor,  el  Tribunal  Superior  de  Bogotá, decretó la cesación de  procedimiento,  por  prescripción  de  la  acción  penal, respecto de los  delitos  de  Falsedad  Material en documento público, uso de documento público  (aunque,  aclara  la  sala, este no fue un delito objeto de condena, sino que se  determinó  agravada la ilicitud de falsedad material de particular en documento  público,  por  el  uso  que  se  hizo  del  mismo), y concierto para delinquir,  atribuidos a GUSTAVO RAMÍREZ IBAÑEZ.   

-Por  virtud  de lo anotado, el defensor de  RAMÍREZ  IBAÑEZ,  desistió del recurso de casación oportunamente interpuesto  a favor de su representado legal.   

-El  día  6  de  abril de 2005, el Juzgado  Séptimo  Penal  del Circuito Especializado de Bogotá, decretó la cesación de  procedimiento,  por  prescripción  de  la  acción penal, a favor del encartado  HÉCTOR  JOSÉ  BUITRAGO  RODRÍGUEZ,  en lo que toca con el delito de Concierto  para  delinquir  con  fines  de  narcotráfico.  Y  como  consecuencia  de ello,  redosificó  la  pena  decretada  en  su  contra,  rebajándola  a  39  años de  prisión.   

-Como el defensor del acusado, interpusiese  el  recurso  de  reposición,  con  fecha del 29 de julio de 2005, se desató el  mismo,  reponiéndose  la  providencia  en  el  sentido  de decretar también la  cesación  de  procedimiento,  por  prescripción de la acción penal, en lo que  toca  con  el  delito  de  narcotráfico  agravado,  endilgado  a  HÉCTOR JOSÉ  BUITRAGO  RODRÍGUEZ.  En  el  mismo  auto  se  ordenó  la libertad provisional  (numeral  segundo,  art.  365,  Ley  600  de  2000)  de  JAMES  JAVIER  RAMÍREZ  PEÑA.   

-El  10  de  agosto  de  2005,  el  Juzgado  Séptimo  Penal  del  Circuito  Especializado  de  Bogotá,  por ocasión de las  omisiones  en  las cuales incurrió al expedir los dos autos anteriores, emitió  providencia  redosificando la pena impuesta a HÉCTOR JOSÉ BUITRAGO RODRÍGUEZ,  quien,  por  virtud  de  la  prescripción  decretada respecto de los delitos de  Concierto  para  delinquir  con fines de narcotráfico y Narcotráfico agravado,  quedó  condenado  a  la  pena  principal  de  38  años  de prisión y multa en  cuantía de 1790 salarios mínimos legales mensuales.     

              SÍNTESIS    DE    LAS    DEMANDAS  ADMITIDAS   

            Si    bien    el  recurrente,   quien   representa   los   intereses  de  HÉCTOR  JOSÉ  BUITRAGO  RODRÍGUEZ,  y  sus  hijos  HÉCTOR  GERMÁN  BUITRAGO  PARADA  y NELSON ORLANDO  BUITRAGO  PARADA,  presentó  dos demandas independientes, la primera a favor de  BUITRAGO  RODRÍGUEZ,  y  la  segunda,  en  protección  de los intereses de los  hermanos  BUITRAGO  PARADA,  se  abordará  el  resumen y examen conjunto de los  escritos, pues, contienen ellos la misma argumentación y sustento.   

Cargo único  

         En  primer  término,  anuncia  el recurrente que su demanda es parcial, pues, no se  cuestiona  la condena en lo que atiende a los delitos de Narcotráfico agravado,  Concierto  para  delinquir  con fines de narcotráfico y Conformación de grupos  de  justicia  privada, sino, exclusivamente, en lo que corresponde a los delitos  concursados  de  once  homicidios  agravados  y  treinta  y  tres  tentativas de  homicidio agravado.   

             Hecha   la  precisión,  al  amparo  de  la  causal  primera,  cuerpo  segundo,  acusa  a la  sentencia  de  segunda  instancia,  de  errores de hecho y de derecho en la  auscultación probatoria.   

          Para el efecto, en  primer  término,  el recurrente reproduce los apartes pertinentes de los fallos  de  primera  y  segunda  instancias,  en los cuales se fundamenta la valoración  probatoria  que  condujo  a  determinar responsables a los tres acusados, de los  delitos de sangre antes reseñados.   

              A     renglón  seguido,  destaca  el  impugnante  cómo  los fallos en mención, descartaron la  autoría  material  directa de sus representados, advirtiéndolos determinadores  de   los   luctuosos  sucesos,  en  cuanto,  dieron  la  orden  de  matar.    

         Para  el desarrollo del cargo, se centra el impugnante en la forma en la cual se  tomó  la  versión  del  testigo  de  cargos  Carlos  Eduardo  Rodríguez Vidal  Caicedo,  quien  acompañaba  al  grupo  homicida  y  fue capturado en curso del  primero de los enfrentamientos.   

Aduce  el recurrente que únicamente en la  declaración  rendida  en  el radicado 3936, se obtuvo integralmente su versión  bajo  la  gravedad del juramento. Pero allí no dijo que los encartados hubiesen  dado la orden de matar a los miembros de la comisión judicial.   

        Empero,  advierte  el  casacionista,  el  tribunal  tomó  dicha deponencia para  sustentar  su  afirmación  de que el padre y los dos hijos condenados, contaban  con responsabilidad dolosa en los hechos.   

        Con  ello,  aduce,  el  Tribunal  “imaginó”  el  agregado  referido a la directa  vinculación  de los acusados, poniendo en boca del testigo lo que este no dijo,  incurriendo  así  en  error  de  hecho por falso juicio de identidad, mismo que  operó  trascendente  pues,  en  sentir  del  recurrente, la declaración citada  emergió soporte de la condena.   

         En  segundo  término,  remite  el casacionista a la versión que en indagatoria  rindió el mismo testigo, en el proceso inicialmente radicado 3936.   

         Una  tal  declaración,  manifiesta  el  impugnante, fue tomada por la primera y  segunda  instancias,  a  título  de  testimonio  que  robusteció  el  fallo de  condena,  pasando  por  alto  que no se trata de un medio probatorio, sino de un  mecanismo  de  defensa  con  que  cuenta  el vinculado penalmente, que carece de  efectos  demostrativos,  dado que no se tomó juramento al procesado respecto de  los  específicos  tópicos  que  detallan  los  hechos  de  sangre –sólo ocurrió ello acerca del delito  de tráfico de estupefacientes-.   

     Cita el recurrente, las  normas  que  regulan  la  aducción  del  testimonio y en general, aquellas  referidas  a  la  prueba  y  su  validez -arts. 246 y 232 de la ley 600 de 2000,  arts.  282, 285 y 292, del Decreto 2700 de 1991-, para soportar su señalamiento  de  que  se  incurrió  en  error  de  derecho por falso juicio de legalidad, al  verificar testimonio lo que no lo es.   

       En punto de  la  trascendencia, asegura que la atestación reseñada sirvió de sustento a la  decisión condenatoria.   

      Similar  reproche  efectúa  el  recurrente,  a lo declarado por el mismo testigo en la indagatoria  surtida  en  el  cuaderno  N°  3  del  radicado  3936,  en  el entendido que lo  expresado  bajo juramento corresponde a cargos distintos y la directa referencia  a  los  homicidios  y  tentativa  de  estos, operó por fuera de esta particular  admonición.   

           Ya luego, el  casacionista  detalla  lo dicho por los demás testigos de cargos: René Alfredo  Castañeda  Holguín,  Juan  Carlos  Cruz Giraldo, Luis Eduardo Jurado Narváez,  Aldemar  Soto  Loaiza,  Carlos  Arturo  Barrera Molina,  Oscar Ovidio Campo  Estrada,  Jairo  Sánchez  Ariza,  Anuar  Salomón  Castro, Jorge Luis González  Guevara  y  Martín Hernández Rico; lo captado en una interceptación radial en  la  que  se  menciona el alias de uno de los partícipes en el hecho; el informe  del  D.A.S.,  referenciando  que  en  una  finca  al  parecer  de  propiedad del  procesado  HÉCTOR  JOSÉ  BUITRAGO  RODRÍGUEZ,  se  guardaba  cocaína para el  momento  de  los  hechos;  informe  de  la  Fiscalía,  en el cual se detalla el  organigrama  del  grupo  paramilitar operante en la región,  vinculándose  como  líder  de ella a HÉCTOR JOSÉ BUITRAGO RODRÍGUEZ, y sus hijos, segundos  al  mando;  y  el  contenido  de  un  mensaje  anónimo  en  el  que  se  afirma  corresponder  el  anterior  a un capo del narcotráfico, encargado de auxiliar y  financiar un grupo paramilitar.   

               Asevera  el  impugnante,  que todas y cada una de las pruebas en cita, sirvieron  de  fundamento  a  la sentencia de condena, no obstante tornarse palpable que en  ninguna  de  ellas  se  vincula  directamente  a sus representados legales, como  partícipes  o  determinadores  de  los 11 homicidios y los 33 conatos del mismo  delito.   

           Así  las  cosas,  en  el  análisis  que  hizo  el  Tribunal,  de  los  quince medios  probatorios  relacionados  atrás,  afirma  el recurrente, incurrió en error de  hecho   por   falso   juicio   de   identidad   “por  falseamiento  del  sentido  fáctico de esta prueba”.   

           Buscando  adecuar  la  controversia  a los fundamentos demandados por la Corte para hacer viable el  recurso,  el  casacionista  asegura  que  los  elementos  de  juicio  antes  examinados  constituyen  en su totalidad el soporte de la sentencia de condena y  “No  hay  otras  pruebas  en el proceso que pudieran  llevar     a     la     Corte     a     la     misma       conclusión  condenatoria”.   

Acota el demandante, conforme la particular  interpretación   dada  a  las  pruebas  recaudadas,  que  gracias  a ellas  podría  demostrarse  la  participación de HÉCTOR JOSÉ BUITRAGO, en los otros  delitos  que  se  le  endilgan a éste –no   discutidos   por   la   defensa  a  través   del  recurso  extraordinario-,  pero  nunca  los  homicidios y tentativas despejados en contra  suya y de sus dos hijos.   

           Por la vía,  entonces,  de  los  errores de hecho por falso juicio de identidad, y de derecho  por   falso   juicio   de  legalidad,  el  Tribunal  dio  por  probado  que  sus  representados  dieron la orden de matar a los miembros de la comisión judicial,  en   una   inferencia   errada  que,  al  desaparecer,  impone  absolver  a  los  acusados.   

      Se violaron,  de  esta  manera,  los  artículos  103  y  104-10,  de  la ley 599 de 2000, que  tipifican  el  delito de homicidio agravado; y estas normas conjuntamente con el  artículo  22  ibídem,  regulatorios  de  la  conducta  punible de tentativa de  homicidio  agravado,  a  más  del  artículo  26  del  Decreto Ley 100 de 1980,  atinente al concurso delictual.   

      Acorde  con  lo  anotado,   solicita   el   recurrente,   se   case  parcialmente  la  sentencia,  revocándola  en  lo  que  corresponde  a  los  delitos  de homicidio agravado y  tentativa    de    homicidio    agravado,   que   se    atribuyen   a   los  acusados.   

        Ello  conduce,  en  lo  que  toca  con  HÉCTOR  JOSÉ  BUITRAGO  RODRÍGUEZ, a que se  dosifique  de  nuevo  la  sanción,  apenas vigente por los delitos de Concierto  para  delinquir  con  fines  de  narcotráfico, narcotráfico y conformación de  grupos  de  justicia  privada,  en  lo  que  toca  con  las  penas principales y  accesorias,  eliminándose  también  la  orden  de  indemnizar  los  perjuicios  morales   y   materiales   derivados   de   los  delitos  de  sangre.    

   

CONCEPTO DE LA PROCURADORA SEGUNDA DELEGADA  PARA LA CASACIÓN PENAL   

A manera de cuestión preliminar, destaca la  Delegada  cómo, en seguimiento del principio de limitación, su concepto remite  exclusivamente  al  objeto  de  la  demanda de casación que, se recuerda, opera  parcialmente  respecto  de  los  delitos  de  homicidio  agravado y tentativa de  homicidio  agravado,  por  los  cuales  se  condenó  a  HÉCTOR  JOSÉ BUITRAGO  RODRÍGUEZ,  HÉCTOR  GERMÁN  BUITRAGO PARADA y NELSON ORLANDO BUITRAGO PARADA,  en hechos ocurridos el 3 de octubre de 1997.   

Considera  necesario destacar el Ministerio  Público,  que  el  luctuoso  suceso,  consecuencia  del ataque ejecutado por un  grupo  paramilitar en contra de una comisión judicial que regresaba de ejecutar  un   operativo  de  incautación  de  un  inmueble  conocido  como  finca  “El  aclaraban”  (sic),  y  se  dirigía  a  la  ciudad de Villavicencio, tuvo como  antecedentes,  entre otros, la diligencia realizada el 24 de octubre de 1996, en  la  Inspección  Santa  Cecilia,  vereda  Santa  Bárbara  del  municipio de San  Martín   -Meta-,  cuando  efectivos de la Policía Nacional, desmantelaron  un   laboratorio  de  producción  de  cocaína,  el  cual  contaba  con  pistas  clandestinas  para aeronaves, de propiedad de HÉCTOR JOSÉ BUITRAGO RODRÍGUEZ:  así  como el acto de allanamiento, registro e incautación y destrucción de un  laboratorio  de  producción  de  cocaína,  ejecutado  el  9  de  diciembre  de  1995.   

Por  virtud  de  estas  y otras constancias  probatorias,  el  Tribunal  halló  responsable  a  BUITRAGO  RODRÍGUEZ, de los  delitos   de   Concierto  para  delinquir  agravado,  narcotráfico  agravado  y  conformación  de  grupos  ilegales  de justicia privada, en manifestación  judicial aceptada expresamente por el recurrente.   

Como  ambas  demandas operan similares y la  imputación   fáctica   y  jurídica  deviene  también  igual  para  los  tres  procesados,  en  lo que atiende a los delitos de sangre objeto de condena, aduce  la Delegada, se examinan en conjunto.   

CARGO ÚNICO  

Violación  indirecta  de la ley sustancial  por  errores de hecho por falso juicio de identidad y  de derecho por falso  juicio  de  legalidad,  a  partir  de  los cuales se aplicaron indebidamente los  artículos 103 y 104 del Código Penal.   

Luego  de relacionar someramente el sentido  del  ataque referido al error de hecho por falso juicio de identidad, se detiene  el  Ministerio Público, en la atestación rendida por Carlos Eduardo Rodríguez  Vidal  Caicedo,  persona capturada en los hechos, integrante del grupo agresor y  quien  directamente  vincula  a los procesados, padre e hijos, como las personas  que   dieron   la  orden  de  atentar  contra  los  miembros  de  la  fiscalía.   

Recoge,  la  representante  del  ministerio  Público,  un  apartado puntual de lo expresado por el testigo en mención, para  señalar  a partir de allí, cómo el fallador jamás distorsionó el sentido de  la  prueba  incriminatoria,  dado  que  directamente el testimonio vincula a los  encartados   en   condición   de   determinadores  de  los  luctuosos  sucesos,  particularmente,  impartiendo las órdenes cumplidas por Jaime Matiz, comandante  de operaciones del grupo criminal.   

Destaca la Delegada, en punto de validez del  medio  probatorio,  cómo   la  diligencia  de  injurada  practicada con el  testigo,  demandó  juramentarlo  en  los  apartados  propios de vinculación de  terceros,  concurriendo  a  la  actuación  el  abogado  defensor, quien ninguna  controversia planteó al respecto.   

Pero, independientemente de ello, nada obsta  el  que  se  reciba o no juramento a quien rinde indagatoria, pues, conforme con  posición  jurisprudencial de la Corte, que se cita en lo puntual, el formalismo  en  cita  únicamente  afecta la posibilidad de que se pueda o no investigar por  el  delito  de  falso testimonio al declarante, pero de ninguna manera incide en  el  contenido  de lo depuesto que, en estas condiciones, debe ser apreciado a la  luz de las reglas que gobiernan la sana crítica.   

Acorde  con  lo anotado, debe rechazarse de  plano  la  propuesta  invalidatorias  presentada por el casacionista en sede del  falso juicio de legalidad.   

Igual  sucede, se añade, con la segunda de  las  exposiciones  que,  también  bajo la gravedad del juramento en lo que toca  con  la  acusación  contra  terceros,  se recabó de boca del declarante, en la  cual  se hacen acusaciones directas contra los encartados, vale decir, se anotó  que   estos   dieron   la  orden  de  matar  a  los  miembros  de  la  comisión  judicial.   

Ya en lo que corresponde a los otros medios  probatorios  verificados  por  el  Ad  quem,  para  fundamentar  la sentencia de  condena,  doce  testimonios,  un informe de la fiscalía, otro del D.A.S., y una  información  anónima, controvertidos por el recurrente a través del mecanismo  del  falso  juicio  de identidad, considera la delegada irrelevante la crítica,  pues,  aunque  surge  evidente  que  los  elementos  suasorios  en  cita, jamás  señalan  directamente  que  los  procesados  dieron  la  orden  de  matar a los  miembros  de  la  comisión  judicial,  es  lo  cierto  que  el Tribunal tampoco  entregó dicho valor a lo recogido.   

       En este  sentido,  la  decisión  de  condena  operó  por  virtud  de  un  examen global  realizado   respecto  de  los  medios  probatorios  recogidos,  particularmente,  tomando  en  consideración los antecedentes de los hechos y lo que los últimos  declarantes  ofrecen en punto de la conformación de grupos criminales endilgada  a   los   encartados,   procurando   con   ello   proteger  sus  actividades  de  narcotráfico,        mismas      que      acepta      expresamente      el  casacionista.   

   Entiende la representación del  Ministerio  Público,  que  lo contrastado por el recurrente comporta un típico  alegato  de  instancia,  pues, lejos de analizar el conjunto probatorio y lo que  ello  arroja,  asume  el análisis individual y desarticulado de cada prueba, en  fundamentación  que,  cuando  mucho,  representa ataque por el camino  del  error  de  apreciación  o  falso  raciocinio,  evento  este  en  el  que debió  significar  cuáles  fueron  los  atentados  a  la  lógica,  la  ciencia  o  la  experiencia, en los que incurrió el Ad quem.   

  Algo similar ocurre con los informes  del  D.A.S.,  y de la fiscalía, en tanto, recuerda la delegada, ellos sirvieron  para  que  se ubicara en el contexto la financiación y liderazgo sobre el grupo  armado,  atribuidos a los procesados, contando una tal afirmación con prueba de  respaldo  y  sin  que se pueda controvertir, en lo que toca con la comunicación  radial  interceptada  a  los  atacantes,  que  en efecto, el alias “Botija”,  hacía   parte   de   este   grupo   –incluso  el  testigo Rodríguez Vidal, capturado en los hechos, así  lo confirma en sus atestaciones-.   

  En suma, para la delegada el tribunal  acertó  en  su  decisión,  dado  que  apreció las pruebas de forma integral y  correcta,  detallando,  conforme  los antecedentes reseñados, que en verdad los  acusados  tenían  motivos  fundados  para dar la orden de atacar a la comisión  judicial,   razón   suficiente   para   deprecar   no   se  case  la  sentencia  atacada.   

En  acápite separado, la representación  del   Ministerio  Público,  llama  la  atención  de  la  sala  respecto  a  la  prescripción  que  al  día  de  hoy  ha  operado en torno de algunas conductas  punibles  objeto de consideración en el fallo atacado, aunque no cubran ellas a  los directamente involucrados en la demanda.   

En  concreto,  el  punto  se  detalla de la  siguiente manera:   

-En el proceso radicado inicialmente con el  número  2818.  Se  profirió  resolución  acusatoria el 17 de octubre de 1997,  ejecutoriándose  ella el 14 de mayo de 1998, con modificación efectuada por la  segunda  instancia,  a  partir  de  la  cual los hechos se enmarcan dentro de lo  estipulado  para  el delito de pertenencia a bandas de sicarios, en el artículo  2°  del  decreto  1194  de  1989,  adoptado como legislación permanente por el  Decreto  2266  de  1991,  con  pena que va desde 10 hasta 15 años de prisión y  multa de 50 a 100 smlmv.   

Acorde con lo dispuesto en los arts. 83 y 86  de  la  Ley 599 de 2000, el término de prescripción se delimita en siete años  y  medio,  mismo  que  se  cubrió el 13 de noviembre de 2005, motivo suficiente  para  que  se  decrete  el  fenómeno  enervante de la acción penal, a favor de  JAMES  JAVIER  RAMÍREZ  PEÑA,  ADOLFO  LEÓN  GONZÁLEZ,  PEDRO  LUIS PAMPLONA  TINOCO,  FRANCISCO  JAVIER  GARCÍA  CIRO,  CARLOS  JULIO LOZANO GÓMEZ, RODRIGO  ENCISO ARIAS y ÁLVARO ALBERTO ESPINEL HERNÁNDEZ.   

Igual  pronunciamiento se demanda en lo que  atiende  al  delito  de  Porte  ilegal de armas de fuego de uso privativo de las  Fuerzas  Armadas,  también  endilgado al encartado JAMES JAVIER RAMÍREZ PEÑA,  en  resolución acusatoria arriba referenciada, pues, la pena dispuesta para ese  delito  por  el artículo 202 del Código Penal, modificado por el artículo 2°  del  Decreto  3664  de  1986,  adoptado como legislación permanente por el D.E.  2266  de 1991, oscilaba entre 3 y 10 años de prisión, por manera que el delito  prescribió el 13 de mayo de 2003.   

A  su  turno,  tomando  como  base  que  la  resolución  de  acusación  en  el instructivo con radicado número 220, cobró  ejecutoria  el  29  de  julio  de  1998,  debe declararse la prescripción de la  acusación  que  por  el delito de pertenencia a bandas de sicarios, se formuló  en  contra  de  GONZALO  CAMPOS  PINTO,  misma por la que se le absolvió en las  instancias,     dado    que    el    punible    registra    pena    –cual  se  anotó  atrás-,  de 10 a 15  años  de  prisión y multa en cuantía de 50 a 100 s.m.l.m.v., cubriéndose los  siete años y medio, el día 29 de enero de 2006.   

     En similar sentido,  hace  ver la representación del Ministerio Público, que  operó errada la  decisión  del  Tribunal de Bogotá, suscrita el 3 de febrero de 2005, a través  de  la  cual  decretó  la  cesación  de  procedimiento por prescripción de la  acción  penal,  entre  otros del delito de concierto para delinquir por el cual  se  acusó  a GUSTAVO RAMÍREZ IBAÑEZ, pues, la resolución de acusación en el  instructivo  número  264,  se  ejecutorió  el 10 de agosto de 2006, una vez se  emitió  la  providencia  de  segunda  instancia  que  modificó  la resolución  acusatoria,  y  no  el  29  de  julio  de 1998, ya que esta fecha corresponde al  instructivo  radicado  con  el  número  220,  en  el  cual se acusó también a  RAMIREZ  IBAÑEZ,  por  los  delitos  de  falsedad documental y conformación de  grupos  de  sicariato –esta  última conducta objeto de absolución en ambas instancias-.   

De  esta  manera,  entonces, en realidad la  prescripción  por el delito de concierto para delinquir, teniendo en cuenta que  la  pena  máxima asciende a 12 años y la resolución acusatoria se ejecutorió  el  10  de  agosto  de  1999, operó efectivamente el 9 de agosto de 2005, y por  ello asoma irrelevante el yerro del Tribunal.   

A  su  vez,  en  lo  que corresponde con la  suerte  penal  de  LUIS  ANTONIO  BARRETO  ÁVILA,  a  este se le acusó por los  delitos   de     destinación  ilícita  de  bienes  inmuebles  y  falsedad   material   de  particular  en  documento  público  agravada  por  el  uso.   

Ambas conductas deben entenderse prescritas,  dado  que  el delito cometido contra la salud pública, aparejaba pena de 4 a 12  años       de      prisión      –artículo  18  de la Ley 367 de 1997, modificatorio del artículo 34  de  la  Ley  30  de  1986-, y el delito falsario, incluida la agravación por el  uso,  oscila en su pena, aplicando criterios de favorabilidad de conformidad con  lo  establecido  por  el  artículo  287 del Código Penal, en parámetro que va  desde 3 hasta 9 años.   

Acorde  con  lo anotado, teniendo en cuenta  que  la resolución acusatoria cobró ejecutoria el 10 de agosto de 1999, afirma  la  Delegada,  el  primero de los delitos en mención prescribió el 9 de agosto  de 2005, y el segundo, el 9 de agosto de 2004.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

La  Sala  no  encuentra  ningún  reparo al  concepto  emitido  por  la  Delegada  del  Ministerio  Público,  que  de manera  detallada  aborda todos los aspectos trascendentes del proceso y las demandas de  casación  presentadas, razón por la cual servirá este de base de la decisión  a tomar.   

Se dijo desde un  comienzo,  y ahora se reitera, que si bien, el demandante presentó dos escritos  diferentes,  uno  a  favor  de  HÉCTOR  JOSÉ  BUITRAGO RODRÍGUEZ, y el otro a  nombre  de  los  hermanos  HÉCTOR  GERMÁN y NELSON ORLANDO BUITRAGO PARADA, el  examen  de  los libelos ha de operar conjunto, pues, se basan ellos en similares  argumentos  fácticos  y  jurídicos,  con  un  análisis también global de los  elementos  de  juicio  recabados  y  su  trascendencia,  que se encaminan apenas  parcialmente  a  que  se  case  la sentencia, únicamente en lo que toca con los  delitos  de  homicidio  agravado  -11  en  concurso  homogéneo-, y tentativa de  homicidio  agravado  -33  en  concurso homogéneo-, por los cuales se condenó a  los tres procesados, en calidad de determinadores.   

     

1. Cargo  único.  Violación  indirecta de la ley sustancial por error  de  hecho  por   falso  juicio  de  identidad, y  error de derecho por  falso juicio de legalidad.     

     

1. Error de derecho por falso juicio de legalidad.     

         De  ninguna  manera  puede  prosperar  la  pretensión  del demandante, buscando  deslegitimar  los  elementos  suasorios que fundamentaron la sentencia proferida  en  contra de HÉCTOR JOSÉ BUITRAGO RODRÍGUEZ, HÉCTOR GERMÁN BUITRAGO PARADA  y  NELSON  ORLANDO  BUITRAGO  PARADA,  pues,  evidente  se  advierte la completa  legalidad  que  comporta  la prueba que sirvió de soporte a las instancias para  emitir  el  fallo  de  condena  cuestionado,  en  particular,  lo declarado, con  incriminación  directa en contra de los acusados, por CARLOS EDUARDO RODRÍGUEZ  VIDAL CAICEDO.   

        En  este  sentido,  bien poca trascendencia tiene que en dos de las versiones recabadas al  testigo  de cargos, se omitiese juramentarlo acerca de la directa incriminación  efectuada  en  contra  de  los  procesados, como quiera que, así lo hizo ver la  Delegada  en su concepto, el tópico asoma intrascendente en punto de la validez  y  capacidad  suasoria  de  la  prueba,  implicando  apenas, a título de efecto  material  concreto, que al encargado de rendir testimonio no pueda vinculársele  responsable  del  delito de falso testimonio, en el evento de definirse mendaz o  acomodada su dicción.   

        A   las  pertinentes  citas  jurisprudenciales  traídas  a  colación  en el concepto de  Procuraduría,   agréguese  apenas  que  es  esta  una  posición  pacífica  y  reiterada         de         la         Corte1:   

“De  esa manera, por omitirse juramentar  al  indagado  frente a los cargos que lanza contra terceros, la versión dada en  esas  condiciones  no  pierde  validez ni eficacia porque conserva su calidad de  prueba,  que como tal debe ser apreciada por el funcionario judicial con apego a  las  pautas  de  la sana crítica y en especial con los criterios de evaluación  fijados  por  el  artículo  277  de  la Ley 600 de 2000, equivalente al 294 del  Decreto  2700  de  1991. El único efecto adverso de la falta de juramento es la  imposibilidad  de   investigar  a  quien  declaró  falsamente (cfr., entre  otras,  sentencias  del  22  de  octubre  de  1998,  Radicación  10.934;  21 de  noviembre  de  2002,  radicación  14065,  y  27 de febrero de 2003, radicación  17.837…”    

             Está  claro,  pues,  que las declaraciones recibidas a RODRIGUEZ VIDAL CAICEDO,  conservan  plena  legalidad,  sin  que  la  inexistencia  de juramento en dos de  ellas,  tratándose  de  la  indagatoria  surtida  por  el atestante, manifieste  quebrantamiento  a  los artículos 232, 246,282, 285, 292 y 294 de la Ley 600 de  2000.   

              Y,  desde  luego,  lo  aseverado  por  el  declarante, en cuanto vinculación de  terceros  a los hechos, sí se reputa testimonio, como quiera que no corresponde  a  la  facultad  defensiva  que  en  tránsito  de  la  indagatoria se ofrece al  penalmente  vinculado,  sino  a  otra  de  las  aristas  integradoras del amplio  espectro  de  la  diligencia,  que,  debe  relevarse,  no  se  agota en el campo  puramente  defensivo, entre otras razones, porque si así fuese, ningún sentido  tendría  requerir  el  juramento del indagatoriado cuando se refiere a terceras  personas  o  actos  delictivos  diferentes,  en  amonestación  que, desde luego  comporta  un  inconcuso  efecto disuasor en aras de evitar mendacidad y  en  el     cometido     de     diferenciar     ese     tópico    excusatorio    del  testimonial.       

            Prevalida,  por  ello,  la  indagatoria,  a  despecho  de  lo  sostenido  por el  casacionista,  de  una  abierta  condición  de  mecanismo  defensivo,  forma de  vinculación  procesal  (desde luego, en la normatividad previa a la expedición  de  la  Ley 906 de 2004, que implanta el sistema acusatorio en nuestro país), y  medio  de prueba, nada obsta para que en curso de la misma, como aquí ocurrió,  el  vinculado  penalmente  haga  afirmaciones  respecto  de terceros, mismas que  deben   entenderse   material   y  formalmente  un  testimonio,  menesteroso  de  consideración  y  evaluación  dentro  de  los  criterios  que  rigen  la  sana  crítica.   

         Como  ninguna  otra  fue  la crítica que se hizo, en punto del error de derecho  por  falso  juicio  de  legalidad,  a  lo declarado por el testigo de cargos, la  Sala,  sin  que  sean  necesarias  mayores  consideraciones,  desechará  por la  absoluta  carencia  de  fundamento que lo gobierna, el cargo que en este sentido  presentó el casacionista.       

     

1. Error de hecho por falso juicio de identidad.     

De  entrada  se  hace necesario destacar la  absoluta  impropiedad  contenida  en  el  cargo  que  en este sentido propone el  recurrente,  como  quiera  que, lejos de abordar adecuada y sistemáticamente el  examen  de  las  pruebas, para ver de significar cómo el análisis del Tribunal  representó  tergiversación,  cercenamiento o adición de lo consignado en cada  uno  de los catorce ítems abordados, dentro del específico límite que compone  el  falso  juicio  de identidad referenciado, intenta su particular análisis de  los  medios  en  cuestión  retomando  de manera aislada y descontextualizada lo  argumentado  por  el  Ad  quem,  para  intentar  soportar  que,  de  un lado, la  sentencia  se fundamentó en esos elementos, y del otro, los testigos e informes  relacionados,  jamás  conducen  a  inferir  lo  que  supuestamente concluyó la  instancia.   

Ocurre, sin embargo, que la sentencia no se  halla  elaborada  en  la forma propuesta por el casacionista, ni jamás el fallo  significó  que  los  doce  declarantes  e  informes cuestionados, efectivamente  condujeran  directamente  a  auscultar la intervención de los procesados en los  hechos,   a  título  de  determinadores  del  ataque,  o  mejor,  ordenando  al  comandante  del grupo de autodefensas o paramilitares, dar muerte a los miembros  de la comisión judicial.   

Si,  como  se  conoce,  el fallo de segunda  instancia  llega  revestido  a  esta  sede  de una doble condición de acierto y  validez,  para  quebrar  el  análisis  probatorio verificado por el Ad quem, no  basta   que   el   recurrente  anteponga  su  particular  visión  del  panorama  probatorio,  para  echar  abajo  la  justeza  de lo decidido. Mucho menos, si un  dicho  intento  pasa  por el camino de tomar fuera de contexto la argumentación  del  Ad  quem,  pretendiendo  entronizar  que  este  dijo  lo  que en efecto, no  manifestó.      

   

Así,  no  es  cierto  que el fallo atacado  contenga  una  afirmación  escueta  en  la  que  se sostenga que las pruebas en  mención  directamente  advierten  a los acusados emitiendo la orden de atacar a  la  comisión.  No, simplemente el fallador después de otorgar pleno valor a lo  expresado  por  el  testigo  de  cargos,  Carlos  Eduardo Rodríguez  Vidal  Caicedo,   quien,  en  su  calidad  de  miembro  del  grupo  agresor,  capturado  precisamente  en  el  combate  previo  a  la  mortal arremetida, desde luego que  tenía  cómo conocer el origen del ataque, y particularmente, a los comandantes  y  financistas del mismo,  recurrió a lo revelado por los demás testigos,  lo  contenido en la interceptación radial hecha a los agresores, el organigrama  establecido  de  la  facción  paramilitar conocida como “Los Macetos”, y lo  arrimado  por  el  anónimo,  para  dotar  de  credibilidad  lo expresado por el  declarante  en  mención  y  cubrir  varias  aristas  valiosas en el cometido de  determinar  de  dónde  vino  la  acometida  y cuáles fueron las razones que la  gobernaron.   

Entonces,  apenas natural resulta concluir,  como  lo  hizo  el Tribunal, que si bien, los acusados no participaron de propia  mano  en   los  varios  homicidios  agravados  y  tentativas de los mismos,  corrió  de  cargo  suyo la decisión criminal, plasmada en la orden desde días  atrás  impartida  al  comandante  de  los  apodados  “Macetos”,  fatalmente  cumplida el día 3 de octubre de 1997.   

Nada  distinto se extracta de lo consignado  en  la  sentencia  atacada,  cuya  estructura  argumental  parte de consignar lo  expresado  por  el  testigo  en  sus  tres deponencias, otorgándole pleno valor  cuando  sostiene,  en  primer  lugar,  relatando  lo  ocurrido en el ataque, que  “…ellos  se  abrieron,  los  paracos  se abrieron,  ellos  se abrieron porque miraron que iban soldados, porque la orden que nos han  dado   los   patrones;   el   señor  “PATEZORRO”  y  el  señor  “HÉCTOR  BUITRAGO”,  el  hijo  que  de  apodo  le  dicen  “CABALLO”….nosotros nos  pagaba   “patezorro”, no le se el nombre pero es el hijo de don HÉCTOR  BUITRAGO….pues  a  nosotros nos dicen los paracos y los Macetos….Don Héctor  que  es  el  patrón  a  nosotros  nos  dicen  que  él  es  el patrón”    

Y  ya  posteriormente,  con mayor firmeza y  contundencia    incriminatoria,    afirmó    el    testimoniante   “…cuando  nos  reunió  JAIME  MATIZ  y  nos dijo que lo que era  fiscalía,  que  los  atacáramos,  HÉCTOR  BUITRAGO y los hijos fueron los que  dieron  la  orden  a don JAIME y don JAIME a nosotros, eso hace como unos quince  días,  y la recibimos en la  Sonora y esa orden la recibimos como miembros  de los  PARACOS…”.   

Para  finalizar  corroborando  el atestante  “…HÉCTOR    BUITRAGO…es    el    patrón   de  nosotros…sí  conozco  a  CABALLO es el patrón….él va con PATEZORRO, éste  es  hermano  de CABALLO….hace como quince días estuvieron en la Sonora ambos,  fueron  a  llevar  los uniformes que teníamos que son de color negro de los que  yo tenía puestos ese día a mi me dieron dos…”   

Precisando también, en lo que atiende a la  conformación  del  grupo criminal “….están los de  CARRANZA  y  los  de  Urabá y yo pertenezco a los de BUITRAGO el comandante del  grupo  de  Urabá  es  un  tal  MIGUEL  no lo conozco, y el de BUITRAGO es JAIME  MATIZ,  yo lo conozco…..a mi me pagaban $ 150.000 mensuales, el que nos pagaba  era   JAIME   MATIZ   y  los  hijos  de  HÉCTOR  que  son  PARTEZORRO  (SIC)  Y  CABALLO…”   

Ningún yerro interpretativo, cercenamiento  o  adición  respecto  de  la prueba pudo ejecutar el Tribunal cuando derivó de  ella,  tanto  la  efectiva  financiación y mando que respecto del grupo agresor  tenían  los  procesados,  como  la   materialización de dicho mando en la  orden  escueta  dada  por  ellos,  para que se diera muerte a los miembros de la  comisión  judicial,  pues,  precisamente ello es lo que dice el testigo, acorde  con los apartados testimoniales arriba citados.   

Y  si  trajo  a  colación,  el Ad quem, lo  declarado  por varias de las personas que sufrieron el ataque y sobrevivieron al  mismo,  no  es,  como  lo  pretende entronizar el recurrente, porque estos digan  también  que  los  acusados  dieron  la  orden  de  acabar  con  ellos, sino en  atención  al  complemento  ratificatorio  que  las manifestaciones testificales  comportan.   

Así lo dijo la segunda instancia, después  de  consignar  lo  expresado  por  el  principal testigo de cargos: “Ahora  bien,  conformado  (sic)  lo  dicho por los anteriores, se  allegaron  igualmente  las declaraciones de varios de los funcionarios  que  el  día  de  marras  conformaban  la  comisión judicial y quienes manifestaron  costarle    (sic)    dichas    aseveraciones”    

Y efectivamente, el apartado que se cita de  los  declarantes  en  referencia,  busca  dilucidar los tópicos colaterales que  permiten  otorgar  credibilidad  al  testigo  Rodríguez  Vidal  Caicedo,  y  de  contera,  desechar  la  cortina  de humo que en un principio, buscando impunidad  los  ejecutores,  se  buscó tender para significar ataque guerrillero la mortal  embestida.   

Los   declarantes,   entonces,  confirman  aspectos  puntuales  de  lo  manifestado  por  el  miembro  del  grupo  atacante  capturado,  tales  como que efectivamente se trataba de una facción paramilitar  al  mando  de  JAIME  MATIZ  y  patrocinado  por  HÉCTOR  BUITRAGO,  que,  para  diferenciarse  de  los  grupos  guerrilleros  con  asiento en la región, usaban  uniformes  de  color  negro,  y  que  dentro de la facción se hallaban, como se  detectó  en  la  interceptación  radial,  los  alias  “Botija”, uno de los  agresores  muerto  en  el primer combate, y “Maicol”, precisamente el nombre  de combate del testigo Rodríguez Vidal Caicedo.   

De    lo    anterior    concluyó    el  Tribunal:   

“Así, se cuenta con pruebas directas que  indican  que  el  ataque  de  la  comisión judicial fue perpetrado por el grupo  conocido   por   (sic)   los   paramilitares   de   los   Llanos  Orientales  ó  denominados   “Macetos”, quienes recibían órdenes inmediatas de JAIME  MATIZ  como  su  comandante  supremo  y éste a su vez de HÉCTOR JOSÉ BUITRAGO  RODRÍGUEZ,  HÉCTOR  GERMÁN  BUITRAGO  PARADA y NELSON ORLANDO BUITRAGO PARADA  quienes   eran   de   los   principales   financiadotes   (SIC)  del  mencionado  grupo”.   

         Completamente  consecuente  con  lo  que  el  acervo  probatorio enseña, fue esta y no otra la  inferencia  a  la  que  llegó el Tribunal, por manera que ningún yerro, dentro  del  espectro  del  error  de derecho por falso juicio de identidad, registra el  análisis probatorio.   

          Jamás,  acorde  con  lo  anotado,  el  Tribunal incurrió en el dislate pregonado por el  demandante  dentro  del  examen  descontextualizado  que  se  hizo del fallo, en  tanto,  se  repite,  a  la  prueba se le dio el adecuado valor suasorio que ella  comporta  y  de  ninguna  manera  el  Ad  quem, para cerrar  la discusión,  advirtió  que los miembros de la comisión que quedaron con vida o los informes  allegados  a  la  encuesta,  directamente señalaran a los acusados como quienes  dieron  las  órdenes  para  que  se  materializara  el  ataque  aleve,  tópico  probatorio  que, con entera razón, se hizo radicar específicamente en las tres  deponencias   surtidas   por   el   testigo   Carlos  Eduardo  Rodríguez  Vidal  Caicedo.   

En  seguimiento  de  los  principios  que  informan  la sana crítica, dentro de un examen conjunto de los medios de prueba  allegados,  a  lo  cual  se  sumó  la  inferencia  que  surge  del  indicio  de  motivación,  visto  que  efectivamente  el  procesado  se halló responsable de  otros  cargos  que  lo  dicen  financiando  grupos  ilegales de defensa privada,  concertado  para ejecutar delitos de narcotráfico y efectivamente desarrollando  este  tipo de actividades, a más de que se comprobó que en época anterior las  autoridades  habían  desmantelado complejos de fabricación de alcaloides de su  propiedad,  la  segunda  instancia,  avalando  la  deducción  a  la cual había  llegado  previamente  el  Juzgado  Séptimo  Penal del Circuito Especializado de  Bogotá,   entendió   existir   la   certeza  necesaria  para  condenar  a  los  encartados.   

              Y  esa  certeza,  debe anotarse, que ha llegado a esta instancia prevalida de la  doble  condición  de  acierto  y  legalidad,  para nada ha sido quebrada por el  casacionista,  razón  suficiente  para que se deseche en su totalidad el único  cargo  que  por la vía mixta del error de hecho por falso juicio de identidad y  error  de  derecho  por  falso juicio de legalidad, propuso de manera parcial el  representante legal de los procesados.   

    

1. De    las    prescripciones    postuladas    por    el    Ministerio  Público.     

Una  detallada  revisión  a  la actuación  procesal,  permite  advertir  que,  en  efecto,  asiste la razón a la Delegada,  cuando  señala materializado el fenómeno prescriptivo a favor de varios de los  acusados en el proceso acumulado.   

          Se  decretará,  por  ello,  la  prescripción de la acción penal y  consecuente   cesación   de   procedimiento,   de   la  siguiente  forma:    

–  A  favor de JAMES JAVIER RAMÍREZ PEÑA,  respecto  de los dos delitos por los cuales se le acusó, esto es, pertenencia a  grupos  de sicarios –art. 2  del  decreto  1194  de  1989,  adoptado  como  legislación  permanente  por  el  artículo  6°  del decreto 2266 de 1991-, prescrito el 13 de noviembre de 2005,  ya  que  la ejecutoria  de la resolución acusatoria data del 14 de mayo de  1998,  y  el delito comporta una pena máxima de 15 años; y la conducta punible  de  porte  ilegal de armas de fuego de uso privativo de la Fuerza Pública, como  quiera  que, ejecutoriada en la misma fecha la resolución acusatoria, el delito  –art.   202  del  C.P.,  modificado  por  el  artículo  2°  del  Decreto  3664  de  1986, convertido en  legislación  permanente por el D.E. 2266 de 1991-, prevé pena de 3 a 10 años,  cubriéndose   el   lapso  de  prescripción,  el  13  de  mayo  de  2003.    

-A  favor  de ADOLFO LEÓN GONZÁLEZ, PEDRO  LUIS  PAMPLONA  TINOCO,  FRANCISCO  JAVIER  GARCÍA  CIRO,  CARLOS  JULIO LOZANO  GÓMEZ,  RODRIGO  ENCISO  ARIAS  y  ÁLVARO  ALBERTO ESPINEL HERNÁNDEZ, por las  mismas  razones esbozadas respecto de RAMIREZ PEÑA, en lo que atiende al delito  de   pertenencia   a   grupos   de   sicarios,   único   por  el  cual  se  les  acusó.   

-A favor de LUIS ANTONIO BARRETO ÁVILA, por  los   delitos   de   destinación  ilícita  de  bienes  inmuebles  –art.  34  de  la  Ley  30 de 1986, que  consagra  pena  de 4 a 12 años de prisión-, y falsedad material  de   particular    en  documento  público  agravada  por  el  uso  –estipulado en los artículos 220 y 222  del  Decreto  Ley  100  de  1980,  con  pena  que  va desde 2, hasta 12 años de  prisión,  únicos por los cuales fue acusado, pero operante, para el efecto, el  principio  de  favorabilidad,  pues,  la Ley  599 de 2000, artículos 287 y  290,  establece  sanción  que  oscila  entre  3  y  9 años- ; dado que la  resolución  de  acusación  cobró  ejecutoria  el  10  de  agosto  de 1999, el  término  de  prescripción para el primer delito, se cumplió el 9 de agosto de  2005, y para el segundo de ellos, el 9 de agosto de 2004.   

Respecto de la solicitud incoada a favor de  GONZALO  CAMPOS  PINTO,  en  lo  que  toca  con el delito de  pertenencia a  bandas      de      sicarios      –artículo  1°,  Decreto  1194  de  1989, adoptado como legislación  permanente  por  el  artículo  6°  del  Decreto 2266 de 1991-, por el cual fue  absuelto,  en principio ninguna controversia se plantea, dado que la resolución  acusatoria  cobró ejecutoria  el   29  de julio de 1998, y la pena máxima establecida para esta conducta  asciende  a  15  años,  materializándose  el  lapso  de siete años y medio de  prescripción, el día 29 de enero de 2006.   

Sin  embargo,  en  este  apartado, entiende  necesario  la Corte referirse a la posible confrontación de intereses que surge  de  la  declaratoria  de  prescripción,  cuando,  a  la  par, se ha determinado  judicialmente  por  la  primera  y  la  segunda  instancias,  la absolución del  procesado,  precisamente  en  lo  que  compete  al delito objeto de cesación de  procedimiento por virtud del fenómeno referido al paso del tiempo.   

No  puede ser ella una cuestión pacífica,  si  se  entienden  en  juego  diferentes opciones y consecuencias de las mismas,  según sea la óptica con la cual se aborde el asunto.   

Apenas  para  resumir  la  posición que de  antaño  asumió  esta  corporación,  en  lo que toca con la prescripción y su  declaratoria   en   frente   de   la  posibilidad  de  cesar  procedimiento  por  inexistencia  del  delito o inocencia del acusado, hemos de remitirnos en primer  lugar  a  la decisión del 4  de marzo de 1947, en la cual se anotó:   

“El  contenido  del  fallo  que  declara  prescrita  la acción penal, determina la inmediata desintegración del proceso,  por  una  causal  establecida por la ley penal con un carácter formal, esto es,  sin  haber  escudriñado  y debatido ampliamente la inocencia o culpabilidad del  acusado,   decidiendo   automáticamente   por   imperativo   de  la  misma,  la  terminación  de  la  fuerza  impulsadora  de  la  acción  penal.  Esto  es, el  legislador  con  un  criterio  de  economía  procesal,  de  certidumbre  real y  jurídica  de los fallos que deben dictarse y queriendo amparar la seguridad del  conglomerado  y  a la vez la tranquilidad del individuo que se ve envuelto en un  litigio  de carácter penal, ha querido establecer que trascurrido cierto tiempo  y  llenados  ciertos  requisitos,  la  acción  penal se agota automáticamente,  aunque  las  bases  sobre  las  cuales  haya  corrido,  tengan suficiente fuerza  incriminatoria   en   contra   del   acusado.   El  transcurso  de  tiempo  para  prescripción  de  la  acción  penal  lo reputa la ley como suficiente para que  dentro  de él se produzca el hecho de tornarse brumosos y débiles los cargos y  pruebas  que deban aducirse y desvanecida y olvidada la impresión de los hechos  que  conturbaron  la  tranquilidad  social.  Para  nada  se  entra a averiguar o  calificar  la  responsabilidad del acusado. La ley mira un simple lapso y ordena  la prescripción de la acción penal.   

“Por  esta  razón,  siempre  que  en un  determinado  caso –a pesar  de  que  se  haya cumplido la prescripción- por el estudio claro del proceso se  llegue  a  la  conclusión  de  que  éste  no podía iniciarse o proseguirse en  virtud  de  no existir la más mínima huella de haberse cometido la infracción  denunciada  o  de  ser inocente el acusado, el juzgador así debe declararlo por  encima  de  cualquiera  otra  consideración,  teniendo  en  cuenta un elemental  criterio  de  equidad  y  de  justicia,  autorizado ampliamente por la misma Ley  Penal,  la  cual  en su artículo 153 dice “…en cualquier estado del proceso  en  que  aparezca  plenamente  comprobado que el hecho imputado…, la Ley no lo  considera  como  infracción penal, o que la acción penal no podía iniciarse o  proseguirse.”,  debe  decretarse  la cesación de procedimiento. Por tanto, en  el  presente  caso, es necesario, con el objeto de llevar  a la sociedad la  certeza  de  que  el  acusado no cometió delito alguno y que fue un funcionario  honrado  ceñido  a  la más estricta norma de justicia y legalidad, por lo cual  no  existe  en  él  la  más mínima huella de peligrosidad social –  a  pesar de estar autorizada por la  ley  la  prescripción  de  la  acción  penal-  está  más  de  acuerdo con la  justicia,  declarar que el doctor Calderón Domínguez no cometió ningún hecho  punible,  y  decretar  la  cesación  del  procedimiento,  según el mandato del  artículo 153 del Código de Procedimiento Penal.”   

Algo  similar se decidió el 29 de julio de  1947, en sede de consulta.   

Y  así permaneció invariable la posición  de   la  Corte,  hasta  el  6  de  mayo  de  1980,  cuando  se  modificó  ella,  privilegiando   la   decisión   prescriptiva.   Estas  fueron  en  esencia  las  reflexiones    que    llevaron    a    la    variación    de    la    posición  jurisprudencial:   

“Ocurre,  empero,  que  se han planteado  dudas  sobre  la  oportunidad de declarar prescrita la acción penal en aquellos  casos,  distintos  del  presente,  en  el  que se ha establecido, cuando ya ella  estaba  enervada por el transcurso del tiempo, la inexistencia del delito por el  cual se inició el proceso o la inocencia del sindicado.   

“De  acuerdo  con doctrina que esta Sala  sostuviera  por  largo  tiempo,  en  esas  circunstancias  debe  reconocerse  la  presencia  de  una  de tales situaciones, es decir, se hace necesario liberar al  acusado  de toda sospecha a fin de que quede en claro su inocencia, interés que  se consideró de máxima importancia.   

“Posteriormente  se  dijo  que cuando ha  prescrito  la  acción  no  cabe  otra declaración distinta a la de reconocerlo  así,  única  manifestación  para  la que se conserva competencia, habiéndose  perdido para cualquiera otra decisión.   

“El  fundamento  de  esas dos posiciones  antagónicas  de la doctrina reside en la consideración de si sólo hay acción  penal  cuando se está  frente a  la posibilidad de un hecho delictivo  pero  no  cuando la investigación demuestra que no ha existido conducta punible  bien  sea  porque  no  se  haya  ejecutado  ningún  comportamiento  o porque el  investigado  no  pueda subsumirse en una norma penal. O bien la acción penal es  independiente  de  esa  situación y persiste aun en el caso de que se demuestre  el extremo planteado en último término.   

“La  cuestión sólo puede resolverse al  establecer la naturaleza de la acción penal.   

“Sobre  este particular se han enunciado  dos  tesis  principales:  una  que  la  considera como manifestación de la  pretensión  punitiva del Estado, es decir, como un derecho de éste a sancionar  los  delitos  y  que  se  vincula  necesariamente   a  la  existencia de un  ilícito penal.   

“Y  otra, que la estima independiente de  la  pretensión  punitiva  y  encaminada  sólo  a  poner  en movimiento la  función  jurisdiccional  del  estado  con  miras  a  obtener de las autoridades  correspondientes  un  pronunciamiento  en  cualquier  sentido.  Es  esto  lo que  Chiovenda  denominó  “derecho  potestativo”  para diferenciarlo del llamado  “derecho  subjetivo”  o facultad de perseguir en juicio  lo que se debe  y  que  en  el  procedimiento  penal  se  traduce  por la actuación del Estado,  dirigida exclusivamente a la sanción de un delito.   

“En cambio el derecho potestativo llevado  al  campo  del  procedimiento  penal  se  expresa,  a  decir de Leone “no como  requerimiento  de  condena  y  tampoco  de absolución; sino, en sustancia, como  petición   de  una  decisión  sobre  una  notitia  criminis,  sobre  un  hecho  determinado correspondiente a una hipótesis penal”.   

“En  otras  palabras la acción penal se  ejerce  no  para  demostrar la existencia de un delito y proceder a su sanción.  Sino para averiguar si existió o no una conducta punible.   

“No se dirige hacia determinada persona y  puede   perfectamente   iniciarse   sin   que   aparezca   contra   quién  debe  encaminarse   la  actuación  del  Estado,  (negocios  averiguatorios).  Lo  único  que  se necesita para ponerla en movimiento es la notitia criminis, esto  es,  el  conocimiento  dado  a  las  autoridades  correspondientes de la posible  comisión de un hecho delictuoso.   

“Por  eso  se  ha  dicho, que la acción  penal es abstracta pero que tiene un contendido concreto (Leone).   

“Este  planteamiento  se  opone  al  que  pretende   darle  a  dicha  acción  un  contenido  de  mérito,  es  decir,  de  requerimiento de una decisión de condena.   

“De ahí la diferencia que se hace entre  acción  penal  y  pretensión  punitiva  pues mientras aquélla se dirige, como  queda  dicho,  a  obtener  un  resultado  cualquiera,  la  segunda  va  hacia el  ejercicio  del  jus  puniendi,  es  decir,  en  busca  de  un  delito  y  de  un  delincuente.   

“Sobre  esta  distinción entre el poder  punitivo  y el poder de acción del Estado, dice lo siguiente un autor argentino  (Jorge Claria Olmedo):   

“’Mientras   el   poder  punitivo  del  estado,  tiende  al  castigo  del culpable y se ejercita administrativamente aun  cunado  con  el  control  jurisdiccional,  el  poder  de acción persigue que la  jurisdicción,  con  un  criterio  imparcial, establezca si el estado, debe o no  hacer  valer aquel poder punitivo en un Caso concreto; tiende a la verificación  jurisdiccional  de  la  posibilidad  o  imposibilidad  de  castigar, instando la  declaración  de  inocencia  o  de  culpabilidad,  que  hará   posible  el  restablecimiento  del  orden si hubiere sido alterado; lo que en caso de condena  ocurrirá  cuando  se  haya agotado el cumplimiento de la pena o interrumpídose  legalmente,  durante  cuyo  momento  el  poder  de  acción sigue pendiente para  exigir el control de ese cumplimiento”.   

“Por  eso  el  poder  de  acción  penal  existe,  aun  cuando  para  el  caso  concreto  se  persiga por el titular de su  ejercicio  la  absolución  del imputado, o sea, cuando se exija la declaración  en  concreto  de  la  inexistencia  del  poder  punitivo  del  Estado. Todo esto  justifica  cómo  la acción penal se habrá ejercitado válidamente, cumpliendo  con  su  finalidad  específica,  aún  cuando  el  juez concluya absolviendo al  imputado,  y también que el órgano de la acción tenga poderes procesales para  peticionar  decisiones del órgano jurisdiccional a favor del imputado. Todo eso  tiene  su  fundamento  en la existencia de una zona coincidente de los intereses  público  y  privado  que  el proceso tutela; cuando el órgano  del Estado  ejercita  el  poder de acción penal, pone frente a la jurisdicción el interés  social,  el  cual, en su forma general, se traduce en la persecución de castigo  para  el  verdadero  culpable,  pero  el  inocente  es protegido también por el  público  y  autónomo  poder  sustancial  de acción penal” (Derecho Procesal  Penal, vol. I, págs 299 y 300).   

“De lo anterior surge directamente que la  acción  penal se pone en movimiento, por parte del Estado, cuando un hecho, que  aparentemente   coincide   con   una   descripción   delictiva,  es  llevado  a  conocimiento  de las autoridades, las cuales ejercen la jurisdicción que les ha  sido  otorgada  buscando,  al  hacerlo,  el retorno de la paz jurídica alterada  bien  sea  que  se  logre sancionar al delincuente, ora que se consiga demostrar  que  no  ha  habido alteración de la tranquilidad colectiva, esto es, que no se  ha cometido ningún delito.   

“Ocurre, empero, que a veces se presentan  circunstancias que impiden el ejercicio de la acción penal.   

“Una  de  ellas  es  el  transcurso  del  tiempo:  cuando  el  estado  no  logra,  en  un determinado lapso, establecer la  existencia  o  inexistencia del hecho delictuoso, la responsabilidad o inocencia  de  un  hecho  delictuoso, la responsabilidad o inocencia de una persona, la Ley  considera  que hay intereses superiores que hacen imperativa la extinción de la  acción  penal, v. gr. El derecho del imputado (si lo hay) a que se le libere de  persecución   penal,  el  de  la  sociedad  a  que  se  defina  la  situación,  etc.   

“Haciendo aplicación al caso de autos de  los  conceptos  que  se  dejan  expuestos  se  concluye  que  no hay en él otra  decisión  posible  que  la  adoptada  por el Tribunal de Medellín, o sea la de  declarar  prescrita  la acción penal pues a esa ineludible conclusión lleva el  hecho  de  haber  transcurrido,  como se deja dicho, más del máximo del tiempo  fijado  como pena, límite que señala el enervamiento de la acción penal y sin  que  pueda hacerse pronunciamiento distinto al de reconocer la existencia de tal  fenómeno.”    

Frente al concepto de la mayoría, salvó el  voto  el  Magistrado  Alfonso  Reyes Echandía, por estimar que la prescripción  debe  ceder  a la declaratoria de cesación de procedimiento en los casos en los  cuales  se  entiende  que  no  se  ejecutó  una  conducta punible, pues, en sus  palabras:   

“No  se  trata  simplemente  de  un  a  decisión  de  favor  rei,  sino  de  un imperativo categórico, cuyo fundamento  constitucional  descansa  en  el  precepto que establece como misión suprema de  las  autoridades  la  de  garantizar,  entre  otros  bienes  inalienables  de la  persona,   su   honra,   (artículo   16),   que   resultaría  maculada  cuando  judicialmente  se  reconoce que el tiempo ha tendido piadosa cortina de silencio  sobre   una  conducta  supuestamente  ilícita  porque  mereció  investigación  penal.”   

Y  es  esta,  ha  de  anotar  la  sala, una  preocupación  que  con  mayor fuerza irrumpe hoy, en vigencia de un nuevo orden  constitucional  plagado  de  derechos,  que  precisamente  nutren la concepción  antropocéntrica  que  la informa, por encima incluso de los intereses estatales  destacados en la decisión mayoritaria atrás citada.   

Es  que,  si  se  entienden en concreto los  derechos  fundamentales  arraigados en la norma constitucional, particularmente,  su  artículo  1°, que dice fundada la República en el respeto por la dignidad  humana,  y  el  desarrollo que se materializa en  la protección a  la  honra  y el buen nombre, no puede decirse de entrada que la decisión de ordenar  la  prescripción  en  cualquier  estado  del  proceso  en  la cual se advierta,  respeta a cabalidad unos tan profundos preceptos constitucionales.   

Necesariamente,   estima   la  Corte,  el  análisis  debe  operar respecto del caso concreto, para ver de significar cuál  es  la  decisión  que  mejor  consulta  los  intereses  y derechos del presunto  favorecido.   

Porque  si,  como  tradicionalmente  se  ha  entendido,  es  la prescripción una especie de sanción al Estado, por ocasión  de  la morosidad en la tramitación, que indefectiblemente redunda a favor de la  persona  objeto  de investigación penal, tanto que es ella exclusivamente quien  puede  renunciar  al  beneficio, no parece lógico que, entonces, pretextándose  la  imposibilidad  de  continuar con el proceso, en advenimiento de una bastante  relativa  incompetencia,  se  opte  por la decisión objetiva que menos consulta  esos  derechos  buscados  a  proteger,  dejando expósita la honra y dignidad de  quien,  como  aquí  sucede,  ha  sido  declarado inocente de uno de los delitos  imputados   por   las   dos   instancias  ordinarias  encargadas  de  juzgar  su  caso.   

En este sentido, descendiendo al caso objeto  de  examen,  debe  relevarse  como  hito  fundamental, el hecho de que jamás la  decisión  de  significar  insuficiente  la  prueba  para pregonar certeza en la  vinculación  del  acusado  con una organización dedicada al sicariato, ha sido  objeto  de  impugnación  o controversia, pues, lo ordenado por el A quo, subió  invariable    a    la    segunda    instancia    y    allí    recibió    cabal  confirmación.   

Entonces, si ya es un lugar común pregonar  que  a  la Corte, en sede de casación, arriba la sentencia de segunda instancia  prevalida  de  una  doble presunción de acierto y legalidad, y además se tiene  claro  que  el  objeto de impugnación es completamente ajeno a lo que compete a  la  decisión  absolutoria  proferida  a  favor  de GONZALO CAMPOS PINTO, algún  valor  debe  darse  a  las  decisiones de las instancias, cuando es claro que la  prescripción,  o  mejor,  el  término de ellas, se cubrió con posterioridad a  las  mismas  y no compete a la Corte, repetimos, porque no fue objeto de ningún  tipo de demanda, evaluar el tópico específico de la absolución.   

Resultan  enfrentados, así, en una especie  de  parangón  favorable  para  el  encartado,  la  posibilidad  de  acceder  al  mecanismo  de  cesación  procedimental  por la vía de la prescripción, con la  opción  de dar completo valor material a las decisiones del A quo y Ad quem, en  cuanto absolvieron al acusado de uno de los cargos endilgados.   

Y,  estima  la Corte, la decisión no puede  pasar  apenas por el tamiz si se quiere organicista que gobernó la decisión de  la  mayoría  en  la  sentencia  del  año  1980 atrás citada, pues, así no se  consultan   adecuadamente   principios   básicos  de  justicia  y  los  valores  constitucionales  que  de  manera  tan  profunda  irradian  la  Constitución de  1991.   

Desde   una   perspectiva   eminentemente  constitucional,   en  protección  de  los  derechos  fundamentales   a  la  dignidad,  la  honra  y  el  buen  nombre, no puede ser lo mismo que después de  someter  a  las  afugias  de  un proceso penal al acusado de un delito de enorme  relevancia  social,  se  diga  que  el Estado perdió toda potestad de continuar  adelantando  la  investigación, por el simple paso del tiempo, a que se pregone  examinado  de  fondo  el  asunto por las dos instancias ordinarias y luego de un  examen riguroso, se absuelva del delito a la persona.   

Esta  última  solución,  no  cabe  duda,  restaña  en algo el daño que la prosecución penal pudo causar en los derechos  fundamentales  a la dignidad, la honra y el buen nombre del procesado, que es lo  menos  que  puede  esperarse  otorgar  al  individuo  una  vez  se  le  reconoce  inocente.   

Por  lo  demás,  ya  dentro  del  ámbito  concreto  de  lo  que la ley informa, no se discute que si bien pueden consultar  efectos  similares, la decisión prescriptiva, así se tome dentro del cuerpo de  una  sentencia,  posee  una  naturaleza  de  estirpe  interlocutoria,  asaz  diferente de la sentencia absolutoria.   

Al  efecto, para citar apenas dos ejemplos,  el  auto  que  decreta  la  cesación  de  procedimiento por prescripción de la  acción  penal,  no puede ser controvertido a través del recurso extraordinario  de  casación,  ni por intermedio de la acción de revisión, consecuencias que,  en  principio,  podrían  entenderse favorables para la persona en cuyo favor se  dictó.   

Pero,  si  como sucede en este caso, ya las  decisiones  absolutorias  de  primera  y  segunda  instancias,  han  agotado  la  posibilidad  de  controversia  que  reclama  la  casación, cubierto el término  prescriptivo  en  el  trámite  casacional  que  gobierna tópicos completamente  diferentes,  no se ve porqué en lugar de cubrir con el ropaje interlocutorio de  la  prescripción  el  asunto, no se permite continuar con su plena vigencia las  decisiones  absolutorias  tomadas  en  sendos fallos, cuando es lo cierto que se  trata   de   decisiones   de   fondo  –reiteramos,   cubiertas   por  la  doble  condición  de  acierto  y  legalidad-,  y allí se consulta a cabalidad el valor justicia, a más de que se  materializan  a  favor  del  procesado  los derechos a la dignidad, honra y buen  nombre, aún periclitantes si se opta por la otra solución.   

Mírese,  igualmente,  en  punto  de  los  perjuicios  civiles  derivados  de  la  conducta  punible,  cómo  la  solución  adoptada, puede conducir a efectos bastante diferentes.   

Sobre  el  particular,  si  la  persona  es  absuelta,  y  esa  decisión cobra pleno vigor porque se estima que el delito no  existió  o ella no lo cometió, se cierra la puerta a la posibilidad de que por  la  vía  civil  se puedan reclamar perjuicios derivados del ilícito, como así  lo consagra el artículo 57 del C. de P. P.:   

“Efectos de la  cosa  juzgada  penal  absolutoria. La acción civil no  podrá  iniciarse  ni  proseguirse  cuando se haya declarado, por providencia en  firme,  que la conducta causante del perjuicio no se realizó o que el sindicado  no  lo  cometió  o  que  obró  en estricto cumplimiento de un deber legal o en  legítima defensa.”   

Conocido  que  la  prescripción en materia  civil  tiene  unos  límites  diferentes  de  los  propios  del  trámite penal,  elemental  surge  que  en  caso  de  absolución  por los factores citados en la  norma,  resulta  ello  más  favorable  a  la  persona,  que la simple decisión  interlocutoria   de   prescribir   la  investigación,  pues,  en  esta  última  circunstancia  sigue  latente la posibilidad de que por la vía civil se reclame  pago de perjuicios.   

Y  ya  abordado  el tema indemnizatorio, no  puede  pasar  por  alto  la  Corte cómo las recientes decisiones del Consejo de  Estado,   en   punto   del  pago  de  perjuicios  a  quien  ha  sido  objeto  de  investigación  penal  y detención por este motivo, entraña profundo beneficio  para  la  persona  absuelta  incluso por duda probatoria, pues, en estos asuntos  –véase la decisión del 4  de  diciembre  de  2006,  Sección Tercera, Radicado 13168-, se presume la falla  estatal y basta la decisión absolutoria para ese efecto.   

No parece a la Corte, acorde con lo anotado,  que  la  decisión  de decretar la cesación de procedimiento por prescripción,  deba  surgir  automática  a  la  verificación  objetiva  del  paso del tiempo,  haciéndose   menester  una  evaluación  previa  que  parta  por  auscultar  la  protección  de  los  legítimos  derechos  del procesado, si se tiene claro que  otra   opción,   dígase   la   absolución,   tiene   mejor   fortuna  en  ese  cometido.     

En   términos   generales,   es  preciso  relevarlo,  ante  el  doble  camino  de absolver o decretar la prescripción, el  juez  debe  optar  por  la  solución  que  de manera más acabada restituya los  derechos  conculcados, o cuando menos limitados o puestos en tela de juicio, del  acusado,  y ella, no cabe duda, es el mecanismo absolutorio que, desde luego, no  opera  en  cualquier  momento,  sino  en  los  casos  específicos en los que el  asunto,  por  obra  de la tramitación adelantada, ya ha cubierto las diferentes  etapas  investigativa  y  de  enjuiciamiento,  hallándose  a  despacho  para la  decisión de fondo.   

Esto, porque no se trata de desvertebrar el  proceso  debido  y  la  estructura  antecedente  consecuente  del mismo, sino de  facultar  al  fallador  para  que,  enfrentado al parangón antes destacado, con  plena  autonomía para decretar la prescripción o emitir la sentencia que se le  demanda,  escoja  con  absoluta competencia, la más adecuada de las soluciones.  Esto,   por  cuanto,  si  bien  puede  significarse  que  al estado, con el  advenimiento  del  plazo  prescriptivo, se le ha agotado la posibilidad de   ejercer  la  acción  penal,  no  ocurre  igual con la obligación, en cuanto se  erige  el  juez  como garante de los derechos de las personas involucradas en el  proceso, de restablecer unas dichas garantías.   

Sólo  así  puede  significarse  que  el  funcionario  cumple  adecuadamente  con  el  principio  rector  consignado en el  artículo 9° del C. de P.P., en cuanto reza:   

“Actuación    procesal.  La  actuación  procesal  se  desarrollará teniendo en cuenta el  respeto  a  los  derechos fundamentales de los sujetos procesales y la necesidad  de  lograr  la  eficacia  de  la administración de justicia en los términos de  este código”   

Y  si,  además el artículo primero de los  códigos  Penal  y  de Procedimiento Penal, destaca como valor primordial el del  respeto  a la dignidad humana y ambas codificaciones remiten como fuente directa  de  aplicación,  a  las  normas  que  integran el bloque de constitucionalidad,  expedito  se  halla el camino para que, precisamente buscando materializar   los  derechos  fundamentales  del vinculado al proceso, se dé plena aplicación  al   artículo  228  de  la  Carta,  respecto  de  la  prevalencia  del  derecho  sustancial.   

Es  claro,  eso  sí,  que   cuando el  asunto  apenas se tramita y no ha alcanzado el estado que permite al funcionario  judicial  emitir  decisión  de fondo, ya  surge automática y necesaria la  obligación  prescriptiva,  en el entendido que el paso del tiempo ha cobrado su  efecto  y  no es posible que se continúe adelantando el proceso, a menos, desde  luego,  que  el  encartado  renuncie  a la prescripción, caso en le cual sí se  hace  necesario  agotar  el  debate  jurídico, con involucramiento de todas las  partes.   

En  todo  caso,  debe  relevar  la  Corte,  precisamente  por ocasión de que el encartado entienda mejor otras opciones, ha  de  darse  plena  operatividad  a la posibilidad de renuncia a la prescripción,  contemplada  en  el  artículo 44 del C. de P.P., razón por la cual, a pesar de  que  la  decisión prescriptiva se tome, entre otras circunstancias posibles, en  sede  del  fallo  de  casación,  corre  el tiempo de ejecutoria del mismo, para  facultar posible la dicha renuncia.   

Analizado   el   caso  que  remite  a  la  absolución  operada a favor de GONZALO CAMPOS PINTO, para efectos de que tengan  pleno  valor  material  sus  derechos  fundamentales  de  dignidad, honra y buen  nombre,  la  Sala  se  abstendrá  de  decretar  la  prescripción, a fin de que  pervivan  los  efectos  de  las  sentencias  absolutorias  de  primera y segunda  instancias.    

No  entiende  necesario  la  Sala,  hacer  ningún  pronunciamiento  en  lo  que  corresponde  a  la  suerte que siguen las  acusaciones  vertidas  en contra de GUSTAVO RAMÍREZ IBAÑEZ,  dado que, si  bien  es cierto, el Tribunal incurrió en severo yerro cuando, en el auto datado  el  tres  de  febrero  de  2005, estimó prescrita la conducta de concierto para  delinquir  atribuida,  entre otras, al mismo, pasando por alto que la ejecutoria  de  la  resolución  acusatoria  operó  diferente e independiente de las demás  ilicitudes,   ello   no   comporta   ya  ninguna  trascendencia  ni  amerita  de  decisión    invalidatoria,    de   poder   proferirse   ella,   habida   cuenta  de   que   lo   decidido   finalmente   debe   producir   efectos,   como quiera que el  delito   efectivamente   prescribió   el  9  de  agosto  de  2005  –recuérdese,     la    resolución  acusatoria  cobró  fuerza ejecutoria el 10 de agosto de 1999, y la pena máxima  prevista  para  la  conducta,  art. 44 ley 30 de 1986,  asciende a  12  años-.   

Consecuencia  de  lo anotado, se ordenará  levantar  las  medidas  reales  y  personales impuestas a los favorecidos con la  decisión  prescriptiva,  en  lo  que  toca,  desde  luego,  con los delitos que  comportan  este  efecto. De igual manera, se cancelarán las órdenes de captura  expedidas dentro de estas mismas circunstancias.   

En mérito de lo expuesto, la Sala    de    Casación    Penal    de    la   Corte   Suprema   de  Justicia,  administrando  justicia  en  nombre  de la  República y por autoridad de la ley,   

RESUELVE:  

1.   NO  CASAR la sentencia impugnada,  proferida por el Tribunal Superior de Bogotá.    

          2.   DECLARAR  la   prescripción   de   la   acción  penal  y  la  consecuente  cesación  de  procedimiento,  a  favor  de JAMES JAVIER RAMÍREZ PEÑA, en lo que atañe a los  delitos  de   Pertenencia  a  bandas de sicarios y Porte ilegal de armas de  fuego  de  uso  privativo  de  la Fuerza Pública; ADOLFO LEÓN GONZÁLEZ, PEDRO  LUIS  PAMPLONA  TINOCO,  FRANCISCO  JAVIER  GARCÍA  CIRO,  CARLOS  JULIO LOZANO  GÓMEZ,  RODRIGO  ENCISO ARIAS y ALBERTO ESPINEL HERNÁNDEZ, respecto del delito  de  Pertenencia a bandas de sicarios; y LUIS ANTONIO BARRETO ÁVILA, respecto de  los  delitos de destinación ilícita de bienes inmuebles y falsedad material de  particular en documento público agravada por el uso.   

3.    ABSTENERSE   de   declarar  la  prescripción  respecto  del  delito de Pertenencia a bandas de sicarios, por el  cual se absolvió en ambas instancias a GONZALO CAMPOS PINTO.   

Contra  esta  decisión  no procede recurso  alguno.   

Cópiese,  notifíquese,  devuélvase  al  Tribunal de origen y cúmplase.   

ALFREDO GÓMEZ QUINTERO  

SIGIFREDO         ESPINOSA  PÉREZ                  ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

MARINA        PULIDO        DE  BARÓN                        JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID           RAMÍREZ  BASTIDAS                    JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

MAURO           SOLARTE  PORTILLA                        JAVIER ZAPATA ORTIZ   

          Excusa  Justificada   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1 C. S  de J.,  Sentencia del 25-2-2004, Radicado 21.587       

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *