23945(15-09-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  23945   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

Dr. SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Aprobado Acta No. 68  

Bogotá  D.C, quince de septiembre de dos mil  cinco.   

V   I   S   T   O   S   

Se pronuncia la Corte sobre la admisibilidad  formal  de  las  demandas  de  casación  presentadas  por los defensores de los  procesados  MANUEL JULIAN MEJÍA FLÓREZ y KATERINE LIESL VILLAREAL RAMOS contra  el  fallo  de segundo grado de fecha 29 de septiembre de 2004, por cuyo medio el  Tribunal  Superior  de  Bogotá  confirmó  la  condena a 30 meses de prisión y  multa  por  la  suma  de  $10.000, impuesta por el Juzgado Veintitrés Penal del  Circuito  de la misma ciudad por su responsabilidad penal en el delito de estafa  agravada.   

En  su oportunidad, el Tribunal concedió el  recurso   interpuesto   dentro  del  término  de  ejecutoria  de  la  sentencia  impugnada.   

HECHOS  

Según el resumen que de los mismos se trajo  en  la  sentencia  impugnada,  para  el  mes  de septiembre de 1995, los esposos  Rafael   Bernal   Zambrano  y  Myriam  Bonilla  Méndez  de  Bernal,  entablaron  conversaciones   comerciales   con  Gustavo  Adolfo  Melo  Castilla,  quien  les  presentó  como  su  amigo  y  socio  a MANUEL MEJÍA FLÓREZ, procediendo estos  últimos  a  ofrecer a los primeros una considerable cantidad de “Money  Orders  Travelers  Express” a muy  buen  precio,  razón  por  la  cual  aceptaron  la oferta, y después de varias  transacciones    satisfactorias   los   esposos   Bernal   Méndez   adquirieron  confiabilidad     a     la     negociación.         

Fue  así  como después de algunos días de  las  primeras  negociaciones,  se  ofreció a los citados esposos US$ 249.000 en  Money  Orders  y  US$  52.400  en  cheques,  cuyo  pago, se les dijo, debía ser  inmediato  porque  los  títulos  pertenecían  a sus socios Danilo José Marín  Contreras  y  Manuel  Caballero  Quintero,  oferta que aceptaron los compradores  cancelando  una  parte  del valor correspondiente en dinero efectivo entregado a  MANUEL  MEJÍA  FLÓREZ  y  GUSTAVO  ADOLFO MELO CASTILLA, y otra en cheques que  fueron    girados    a    nombre    de   la   Comercializadora   Financiera   de  Colombia.   

Realizadas  las  anteriores  transacciones y  pasados  tres días a partir de la última, los compradores fueron informados de  la  devolución  de  los  cheques  negociados,  razón  por  la  cual  de manera  inmediata  paralizaron  la negociación de los últimos US$ 249.000 Money Orders  adquiridos.  Con  ocasión  de  las  anomalías  informadas se constató que los  últimos  habían sido objeto de hurto, razón por la cual el banco en Miami les  había  implantado el sello “Stop Paiment” que impedía su pago. Igualmente,  que   los  cheques  en  dólares  fueron  devueltos  por  la  causal  de  cuenta  cancelada.       

Finalmente,   después   de   múltiples  requerimientos  de  los esposos Bernal a los vendedores de los títulos, quienes  quisieron  cubrir  su  valor  con  otros que igualmente resultaron impagados por  haber  sido  girados  unos de cuentas saldadas y otros de cuentas canceladas, no  lograron  recobrar  el  dinero invertido en las diferentes transacciones, mismas  que   ascendieron   a   la  suma  de  ciento  ochenta  mil  dólares   (US$  180.000).   

          A  la  investigación por tales hechos, fueron vinculados además de  los  arriba  citados,  la  señora KATERINE LIESL VILLAREAL RAMOS, quien para la  época  de  los  hechos figuraba como socia de la Comercializadora Financiera de  Colombia, donde, además, desempeñaba el cargo de gerente.   

LAS DEMANDAS  

1.  Demanda  a  nombre  del procesado MANUEL  JULIAN MEJÍA FLÓREZ.   

          Primer  cargo.  Violación  directa  del  artículo 247 del Código Penal.   

          Aduce  la  demandante  que el Juez de primera instancia condenó por  el  delito  de  estafa agravada sin que se hubiera confirmado dentro del proceso  la  cuantía  del  objeto  material  del delito, dado que como lo refirieron los  mismos  denunciantes  “no cancelaron el total de los  money  odres  ($150.000.000),  esto  es el valor de la cosa u objeto material, a  diferencia  del  valor  tasado como daños materiales, suma que no corresponde a  la  fecha  de  proferir  al  sentencia  en la cuantía fijada para determinar la  circunstancia             de            la            agravación”.       

          Sin  más  consideraciones,  culmina  el  cargo  señalando  que  el  sentido de la violación es por interpretación errónea.   

          Segundo  cargo.  Violación indirecta por falso juicio de existencia  por omisión.   

          Según   la  demandante,  al  proceso  fueron  allegados  documentos  suscritos  por los señores Mario Montoya y Gustavo Adolfo Melo Castilla, en los  cuales  asumen  su responsabilidad en las transacciones efectuadas y la carga de  devolver a los denunciantes los dineros pagados por ellas.   

          Sin  embargo, agrega, los juzgadores no analizaron estas pruebas que  exoneraban  a los demás implicados. Además, en su afán por proferir sentencia  condenatoria  contra ellos, no se valoró la circunstancia de que se encontraban  frente  a  un  negocio  civil,  donde  no  existió  la  condición sine  qua  non  que fija el artículo 246,  esto  es,  el  inducir  o  mantener  a  otro  en error por medio de artificios o  engaños,  dado  que  los  denunciantes son comerciantes en ese tipo de títulos  valores  y  por  ende  debían  conocer  las  mínimas exigencias de seguridad y  comprobación  para  adquirirlos, las cuales no observaron por negligencia o por  el  bajo  valor  a que fueron vendidos, lo cual los hacía conocedores de que se  trataba  de  títulos impagables, y a pesar de ello procedieron a su compra, con  la creencia de que obtendrían un lucro.   

          Dice  que  tampoco  se  valoró la prueba del pago de la obligación  mediante  otros  cheques,  que aunque fueron impagados, desvirtúan el delito de  estafa,  pues  se  intentó  subsanar  el incumplimiento del contrato, lo que se  confirma  con  el  lapso  transcurrido  entre  la  fecha  de  los hechos y de la  denuncia,  en el cual, además, se iniciaron acciones civiles tendientes a hacer  efectivos  los  títulos  valores  entregados  en  restitución  de  los dineros  pagados.   

         

          Culmina   el  cargo  solicitando  a  la  Corte  que  case  el  fallo  demandado.   

          2.  Demanda  a  nombre  de  la  procesada  KATERINE  LIESL VILLAREAL  BARROS.   

          Dos cargos al amparo de  la  causal  primera  de  casación, presente el defensor de esta procesada, cuya  fundamentación      bien      puede      resumirse      de     la     siguiente  manera:   

          Primer   Cargo.   Violación   directa  de  la  ley  sustancial  por  interpretación   errónea.                 

          El  demandante acusa al fallador de haber interpretado erróneamente  el  artículo  356 del decreto 100 de 1980, por cuanto una situación de ribetes  netamente   civiles,   equivocadamente   la   convirtió   en   una   situación  estructurante del tipo penal descrito en esa norma.   

          Paralelamente,  agrega,  se violaron directamente los artículos 10,  11, 12, 22, 29 y 30 de la Ley 599 de 2000.   

            Después  de  transcribir  algunos  apartes  de  la  sentencia del  Tribunal  en los cuales se analiza la situación de la procesada, esgrime que el  fallador  partió  de  la  creencia  y  consideración  de  que  KATERINE  LIESL  VILLAREAL  RAMOS  “tenía  pleno  conocimiento de la  actividad  desplegada  por  dicho  individuo  (MARÍN  CONTRERAS)”,  por  lo  que  se le estimó coautora del delito de estafa, cuando  resulta  evidente  que  la  procesada no conoció, ni le era posible conocer las  actividades  del  citado  Marín  Contreras,  y  mucho  menos  establecer que el  tráfico  de  cheques  que se mencionan provenían de las delictuosas exacciones  verificadas a los esposos denunciantes.   

          Agrega  que  los  mismos  coprocesados Gustavo Adolfo Melo Castilla,  Manuel  Armando  Caballero  y MANUEL JULIAN MEJÍA, en sus injuradas aludieron a  su   mandante  como  una  persona  completamente  ajena  a  los  acontecimientos  delictuosos.  Además,  del  hecho de que su poderdante fungiera como gerente de  la  Comercializadora  Financiera  Colombia, figurando en apariencia como titular  de unas acciones, no puede concluirse su conocimiento del ilícito.   

          Sostiene  que  el  fallador  no  analizó  el elemento subjetivo del  dolo,  necesario  para la configuración del tipo penal de la estafa, condenando  a  su poderdante “mediante la erradicada figura de la  ‘responsabilidad  penal  objetiva’”,   defecto  trasgresor  de  la norma rectora contenida en el artículo 10º de la Ley 599 de  2000.   

            Dice  que  “no  se  requiere  de mayor  esfuerzo    mental”    para   entender   que   las  circunstancias  relativas  a  la gerencia ejercida por su representada, el haber  conocido  el  tráfico comercial de unos cheques cuya emisión dispuso el dueño  real  de la empresa y el hecho de haber entregado a MARÍN, por instrucciones de  éste,  algunos  cheques  en  blanco, “no tuvieron el  cariz  y  la connotación de LESIONAR EFECTIVAMENTE el patrimonio de los esposos  denunciantes,  pues  con  ellas  o  sin  ellas, otros procesados habían logrado  esquilmar   los   caudales  cuyo  monto  concretaron  los  ofendidos”,    comportamiento    ajeno    a    la    procesada    VILLAREAL  BARROS.   

          Cita  los  artículos 2341 y 2343 del Código Civil para referir que  la  responsabilidad  penal  es  distinta  de la civil, última por la que podía  responder   su   representada,   ante   la   indemostración   del  dolo  en  su  comportamiento.   

          Trae  la  definición  legal de coautor contenida en el artículo 29  de  la Ley 599 de 2000, para señalar que el decreto 100 de 1980 sólo se ocupó  de  fijar el concepto de autor sin agregados extensivos a la noción, por lo que  en  virtud del principio de ultractividad de la ley penal en el tiempo, solicita  que   la   situación  de  su  defendida  se  ritúe  acorde  con  esta  última  normatividad a pesar de haber perdido su vigencia.   

          Advirtiendo  sobre  su  deber  de  aceptar  los hechos y las pruebas  “con  que  se  nutre  la  causa”,  afirma  que  los  juzgadores de instancia  “desconocieron  comportamientos  subjetivos  de  mi  poderdante,  y de contera decayeron en interpretación errónea de su conducta y  comportamiento,  pues  desconocieron  su  pregonada  buena fe y su confianza que  tenía  y  mantuvo  respecto de su viejo amigo DANILO JOSÉ MARÍN CONTRERAS”,  respecto de quien desconoció que hubiese maquinado la  comisión del reato.   

          Trae  algunos  conceptos  sobre  la  buena fe para manifestar que su  defendida      estuvo     “imbuía”  de  ella  y  de  exceso  de  confianza  frente  a  las propuestas,  exigencias  y  comportamiento general de su amigo MARÍN CONTRERAS, ingredientes  que  al  no  ser  reconocidos por el fallador, lo llevaron al error in iudicando alegado.   

          Segundo  cargo.  Violación indirecta por error de hecho derivado de  un falso juicio de identidad.   

          Sostiene  que  el  Tribunal  tuvo  como hecho real e indubitable, la  conformación  de  un colectivo de procesados intervinientes en la esquilmación  de  una  fuerte  suma  de dinero a los esposos denunciantes, según lo demuestra  con las trascripciones pertinentes del fallo.   

          De  otro lado, agrega, se cuenta con las versiones desinteresadas de  los  procesados  Gustavo  Melo  Castilla,  Manuel Julian Mejía Flórez y Manuel  Armando  Caballero Quintero, que cita en extenso, de las cuales, dice, se deduce  que  su poderdante CATHERINE VILLAREAL BARROS no participó a ningún título en  hechos  y  circunstancias  relacionadas  con  la  estafa materia de juzgamiento,  argumento   que   también   puede   deducirse   del   dicho   de   los  propios  ofendidos.    

          Afirma  que  por  más  que  se  haya  demostrado  que su poderdante  fungió  como  gerente  de  la  multicitada  financiera  y  se registrara con un  paquete  de  acciones sociales en la misma, de allí no se puede derivar que fue  coautora  del  reato,  pues  ello  no  deja  de  ser  más  que  “un   craso  error  in  procedendo,  un  innegable  falso  juicio  de  identidad  por  apreciación  y  valoración  probatoria,  que  recaen  sobre el  contexto        probanzal        que        se        ha        venido        de  estudiar”.      

          Agrega  que  la  trascendencia  de  la  violación  demandada  está  referida  a  la  inobservancia  de  las normas contenidas en los artículos 232,  234,  238,  284,  286  y  287 de la Ley 600 de 2000, pues se declaró la certeza  para  impartir  fallo  condenatorio en contra de mi representada, sin prueba que  resistiere  su  valoración  y  análisis  frente  a  los  postulados de la sana  crítica;  se  dejó  de  lado  el  principio de imparcialidad en la valoración  probatoria;  no  hubo  observancia  del principio de la apreciación conjunta de  las  pruebas;  y,  finalmente,  “no hubo jurídica y  puntual  estimación  de  los  pretendidos  indicios, a cuyo amparo se dedujo la  culpabilidad    de    mi    defendida”.               

          Además, surge evidente  el  perjuicio  causado  a  su  poderdante  con el fallo impugnado, pues se le ha  dejado  sumergida  en la angustia, máxime cuando en la motivación del mismo se  le atribuye una peligrosidad que no tiene.   

          Finaliza  su demanda solicitando que se case el fallo impugnado y en  su lugar se absuelva a su defendida de los cargos a ella imputados.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  SALA   

          De  entrada  advierte la Sala, que en ninguno de los escritos que se  acaban  de  resumir  se  aprecia  la  más  mínima  aproximación  a las reglas  básicas  de  una  demanda  de casación, pues apenas evidencian inconformidades  sin  sujeción  a  las  elementales  exigencias  de claridad y precisión en los  cargos formulados, como se entra a verificar.   

1.  Demanda  a  nombre  del procesado MANUEL  JULIAN MEJÍA FLÓREZ.   

            

|            En el primer cargo, es absoluta la falta  de  sustentación  del reproche por la supuesta violación directa del artículo  247  del Código Penal, pues la demandante se limitó a alegar que se condenó a  su  representado  por el delito de estafa agravada sin que se hubiera confirmado  dentro del proceso la cuantía del objeto material del delito.   

          Los   criterios   jurisprudenciales   que  rigen  la  técnica   casacional   enseñan  que  cuando  se  invoca  violación  directa  de  la  ley  sustancial,  no  resulta posible controvertir la apreciación que los juzgadores  hicieron  de  la  prueba  en  la sentencia, ni los hechos declarados probados en  ella,  puesto que esta forma de infracción presupone conformidad absoluta de la  propuesta   de   ataque   con   dichos   aspectos.        

          El  debate,  en  tales  eventos,  ha  insistido la Sala, debe ser de  contenido   estrictamente   jurídico,   no   probatorio,   y,   necesariamente,  construirse  a  partir  del  supuesto  de  que  los  falladores,  al proferir la  sentencia,  acertaron  en  la  demostración  de  los  hechos,  las conclusiones  fácticas  y  el  análisis  probatorio,  pero  se  equivocaron al determinar la  valoración  jurídico  sustantiva  del  asunto,  ya  porque aplicaron una norma  equivocada,  o porque dejaron de aplicar la correcta, o porque habiendo acertado  en  su  selección,  le  dieron  un  significado  distinto  del  que  legalmente  corresponde.    

          En  la demanda que se estudia, es evidente que la disconformidad con  el  fallo se sustenta en lo fáctico, pues lo que se alega es la falta de prueba  sobre  la  cuantía  del ilícito para imputar el agravante por esa razón, caso  en  el  cual  la  demandante debió demostrar que la conclusión del juzgador en  este  sentido  fue  equivocada,  y,  para  ello,   tenía   que  haber  presentado  la  censura  por la vía de la violación indirecta, con indicación  de  los  errores  de  hecho  o  de  derecho  cometidos en la apreciación de las  pruebas,  su  trascendencia  en la decisión cuestionada, y sus implicaciones en  el      ámbito     jurídico,     exigencias     que     en     modo     alguno  satisface.      

          La  ausencia de técnica se evidencia aún más en el segundo cargo,  pues  la demandante se limita a enunciar una serie de  documentos  que  dice  fueron  desconocidos  en la valoración probatoria de los  falladores,  pero  no  expone  cómo  de no haber sido omitidos los mismos, otro  hubiera  sido el sentido del fallo, lo cual sólo es posible de demostrar cuando  se  confrontan  los  medios  echados  de  menos  con  los  que tuvo en cuenta el  juzgador  para  proferir  el  fallo  controvertido, ejercicio a través del cual  puede  la  Corte  descubrir  la  real  trascendencia del error -en caso de haber  existido – y por ende si la sentencia es o no legal.   

          El  error  de  hecho  por falso juicio de existencia por omisión se  presenta  cuando  el  juzgador  al  apreciar  los  elementos de prueba que obran  legalmente  incorporados  al  proceso, ignora la existencia material de alguno o  algunos  de  ellos de manera absoluta, dando lugar a una visión distinta de los  hechos  que  incide  en  el  sentido  de la decisión o en la aplicación de sus  consecuencias jurídicas.   

Tal  modalidad  impone  un doble esfuerzo al  sujeto  procesal  que  la plantea, el cual involucra tanto la clara relación de  los  medios  de  prueba  que  legalmente  allegados  resultaron  omitidos  en la  evaluación  que  precedió la declaración de justicia, como la demostración a  través  de  una  valoración probatoria de conjunto que los incluya, en orden a  comprobar  que  de  haberse  considerado  el  dato  o  los  datos  supuestamente  revelados  por  aquéllos,  el sentido de la decisión hubiera sido diverso y en  todo caso favorable al recurrente.   

          Cómo  en  este  caso,  para  nada  menciona  la defensora de MANUEL  JULÍAN  MEJÍA  FLÓREZ  los  razonamientos  del  juzgador  para  llegar  a  la  conclusión  de  su  responsabilidad en el delito que se le imputa, es claro que  el cargo carece de razón suficiente.     

          En  tales  condiciones,  la demanda deviene inepta por no satisfacer  las  exigencias  formales  previstas en el ordinal 3° del Art. 212 del C. de P.  Penal,  como  ya  se  anotó, por lo que a la Sala sólo le es dable disponer su  inadmisión  y  declarar por consiguiente la deserción del recurso presentado a  nombre del citado procesado.   

          2.  Demanda  a  nombre  de  la  procesada  KATERINE  LIESL VILLAREAL  BARROS.   

          En  el  primer cargo,  el demandante acusa al fallador de haber  violado  de  manera  directa  el  artículo  356  del  decreto  100 de 1980, por  interpretación  errónea,  por  cuanto  una  situación  de  ribetes  netamente  civiles,  equivocadamente,  la  convirtió  en  una situación estructurante del  tipo penal descrito en esa norma.   

            

          De   este   planteamiento   era  de  esperarse  que  los  argumentos  suscitaran  un  juicio  de  puro  derecho  sobre la sentencia, satisfaciendo dos  ineludibles  condiciones:  i)  aceptar   sin   reparos   el   sustrato  fáctico  de  la  sentencia  impugnada;  ii)  demostrar  que frente a  los  hechos  declarados  como probados, no procedía la imputación a título de  dolo  por  el  delito  de  estafa,  y  que  los  juzgadores, a pesar de ello, se  equivocaron  en  su  valoración  jurídica.  Ambas exigencias, sin embargo, son  desatendidas     por     el    casacionista.         

En efecto, pese a que el defensor de KATERINE  VILLAREAL  RAMOS,  aduce  que su propósito no es discutir los hechos declarados  como  probados  en  la  sentencia,  en  el  desarrollo  de la censura adopta una  postura  totalmente  distinta,  pues en su discurso entra a cuestionar tanto los  hechos  como  la  valoración  de  las  pruebas, lo cual desvía por completo el  camino que eligió para emprender la censura.   

                     

          Así,  véase  cómo  empieza criticando la conclusión del fallador  según    la    cual    KATERINE    LIESL    VILLAREAL   RAMOS   “tenía  pleno  conocimiento  de  la  actividad  desplegada por dicho  individuo  (MARÍN  CONTRERAS)”, a la cual se opone,  alegando  que  la  procesada  no  conoció,  ni  le  era  posible  conocer,  las  actividades  del  citado  Marín  Contreras,  y  mucho  menos  establecer que el  tráfico  de  cheques  que se mencionan provenía de un ilícito en perjuicio de  los  esposos  denunciantes,  reclamando en esta alegación credibilidad al dicho  de  los  coprocesados  Gustavo  Adolfo Melo Castilla, Manuel Armando Caballero y  MANUEL JULIAN MEJÍA.   

          Todo  ello,  evidencia  una  clara  y  contundente  oposición a los  hechos  y valoraciones probatorias asumidas por el fallador, lo cual descarta la  pretendida  violación  directa  de  la  ley  sustancial, pues, se reitera, esta  forma    de    infracción    presupone    conformidad   absoluta   con   dichos  aspectos.     

Y   aunque  habría  lugar  a  salvar  tal  deficiencia  si  pese  al  enunciado  errático,  el subsiguiente desarrollo del  libelo  permitiese  entender  que  enfocó  el  ataque por la vía indirecta, es  decir,  que  dejó  patentes  errores de apreciación en las pruebas, observa la  Sala   que  lo  que  hace  el  demandante  es  emprender  un  embate  contra  la  apreciación  de  las pruebas que llevó a cabo el juzgador, para calificarlo de  errado,  cuando  esa  disparidad de criterios de valoración no son susceptibles  de  ventilarse  en esta sede extraordinaria. Insistentemente viene enseñando la  Corte  que  el cometido en sede casacional no es el de examinar cuál de las dos  posturas  apreciativas, la del juzgador o la del recurrente, es la más acertada  o  la  más  convincente,  sino  el  de  desvelar  si en esa labor los jueces la  llevaron a cabo con arreglo al ordenamiento jurídico.   

          En  el segundo cargo, son aún más evidentes los desaciertos en que  incurre  el  libelista, pues aunque enmarca la censura dentro de los parámetros  de  la  violación indirecta de la ley sustancial por errores de hecho derivados  de   un  falso  juicio  de  identidad  en  la  apreciación  de  los  medios  de  persuasión,  en  particular  las  versiones  de  los  procesados  Gustavo  Melo  Castilla,  Manuel  Julian Mejía Flórez y Manuel Armando Caballero Quintero, de  las  cuales,  dice, se deduce que la procesada VILLAREAL BARROS no participó, a  ningún  título,  en hechos y circunstancias relacionadas con la estafa materia  de  juzgamiento, su planteamiento en forma alguna se encamina a acreditar que la  prueba  fue distorsionada en su expresión fáctica.   

Cuando  se acude al error de hecho por falso  juicio  de  identidad,  es  deber  del  censor acreditar que uno es el contenido  material  del  medio  probatorio deformado, y otro muy diferente el valor que el  juzgador  le otorga, al extremo de hacerle decir a esa probanza algo distinto de  lo  que  en  realidad  dice,  por  lo cual el sentido de la decisión se altera.   

Nada  de  esto  propone  el  actor,  pues ni  siquiera  ilustra a la Corte sobre cuál fue el sentido asignado por el juzgador  a  tales  elementos  de  juicio,  limitando  su  inconformidad  a  una  crítica  genérica  al  mérito  persuasivo  otorgado  por  el  fallador, al que pretende  oponer  su  criterio,  según  el  cual,  la  prueba no conducía a demostrar la  participación de su representada en el reato.   

Es así como en uno de los apartes del mismo  cargo,  aduce que por más que se haya demostrado que su poderdante fungió como  gerente  de  la  financiera  a  través de la cual se hicieron las transacciones  delictuosas,  y  se  registrara con un paquete de acciones sociales en la misma,  de  allí  no  se podía derivar que fue coautora del reato, porque ello no deja  de  ser  más  que  “un craso error in procedendo, un  innegable  falso  juicio de identidad por apreciación y valoración probatoria,  que  recaen  sobre  el  contexto  probanzal  que  se  ha  venido de estudiar”,  argumento  que  se queda en el mero enunciado, pues no  acredita  cuál  fue  el error cometido por el fallador.        

En realidad, no resistió el casacionista la  tentación  de  contraponer su personal perspectiva valorativa de las pruebas, a  la  fijada  con  autoridad  por  el  tribunal,  procedimiento vedado en sede del  extraordinario  recurso,  pues en tanto no se demuestren determinantes yerros de  apreciación  en  el  examen probatorio que el sentenciador realice, el criterio  del  funcionario  siempre prevalecerá por estar cobijados los fallos judiciales  por la doble presunción de acierto y legalidad.   

Como es evidente que la demanda no cumple los  mínimos  requisitos  de  forma, ni de contenido, debe ser inadmitida, según lo  anunciado.   

Finalmente,  no  se  observa  violación  a  garantía  fundamental  alguna  que  en  virtud del artículo 216 del Código de  Procedimiento Penal conduzca a la Sala a actuar oficiosamente.   

         En  mérito  de  lo expuesto, LA CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACION PENAL,   

         R E S U E L V E:   

         INADMITIR  las  demandas  de  casación  presentadas  a  nombre  de  los  procesados  MANUEL JULIAN MEJÍA FLÓREZ y KATERINE  LIESL  VILLAREAL RAMOS, y en  consecuencia  DECLARAR  DESIERTO el recurso, por lo anotado en la motivación de  este proveído.     

Contra   este   auto  no  procede  recurso  alguno.   

          Cópiese,  notifíquese,  cúmplase  y  devuélvase  al  Tribunal de  origen.   

MARINA PULIDO DE BARÓN  

SIGIFREDO          ESPINOSA  PÉREZ                 ALFREDO         GÓMEZ  QUINTERO                       

ÉDGAR           LOMBANA  TRUJILLO         ÁLVARO    ORLANDO    PÉREZ   PINZÓN   

Comisión de servicio  

JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS      YESID RAMÍREZ BASTIDAS   

MAURO           SOLARTE  PORTILLA                JAVIER ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria   

    

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