23106(29-06-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 23106  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrada Ponente:  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

Aprobado Acta. No. 052.   

          Bogotá   D.C.,   junio   veintinueve   (29)   de   dos   mil  cinco  (2005).   

VISTOS  

          Resuelve  la  Sala  el  recurso  de  casación  interpuesto  por  el  defensor     del     procesado     MARIO    RAMÍREZ  ARBELÁEZ contra la sentencia del Tribunal Superior de  Bogotá,  de  fecha marzo 15 de 2004, por cuyo medio confirmó la dictada por el  Juzgado  Primero  Penal  del  Circuito  Especializado de la misma ciudad, que lo  condenó  como  autor  penalmente  responsable  del  delito  de  enriquecimiento  ilícito de particulares.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

          Se  originaron  en la expedición de copias dispuesta por la extinta  Fiscalía  Regional  de  Bogotá  dentro  del proceso 24249, dado a conocer a la  opinión   pública   como  “proceso  8000”,  con  el  objetivo  de  que  se  investigara  en  actuación  independiente  el  destino  de  53 títulos valores  girados  entre  los  años  de  1991  a 1995, contra cuentas de algunas empresas  consideradas   “fachadas”  de  la organización delictiva conocida como  el    “Cartel   de   Cali”,   liderada   por   los   hermanos   Miguel  y  Gilberto Rodríguez Orejuela y a  favor   de   MARIO  RAMÍREZ  ARBELÁEZ  o personas vinculadas con él.   

Con  fundamento  en los hechos anteriores, se  decretó  la  apertura  de  instrucción  penal,  en  cuyo  marco se vinculó en  calidad   de   persona   ausente   a   MARIO  RAMÍREZ  ARBELÁEZ;   quine  posteriormente  se  presentó  ante  la  Fiscalía,  motivo  por  el cual se le escuchó en indagatoria y se le  definió  su  situación  jurídica  con  medida  de aseguramiento de detención  preventiva     por     el     delito     de    enriquecimiento    ilícito    de  particulares.   

         

Clausurada  la instrucción, se calificó el  mérito  del sumario el 29 de diciembre de 1999 con resolución de acusación en  contra  del  procesado  por la misma conducta por la cual se le dictó la medida  detentiva.   Esta  decisión  fue confirmada en segunda instancia por   la  Fiscalía  Delegada ante el Tribunal de Bogotá, mediante proveído de fecha  agosto 1° de 2000.       

          La  etapa  de juzgamiento correspondió al Juzgado Primero Penal del  Circuito  Especializado  de  Bogotá  despacho  que,  una vez se surtió el rito  legal,  dictó  sentencia  de  fecha  agosto 29 de 2003, por cuyo medio condenó  a   RAMÍREZ   ARBELÁEZ  a  las   penas  principales  de  66  meses  de prisión y multa por valor de $  199.550.000,  a  la  accesoria  de inhabilitación en el ejercicio de derechos y  funciones  públicas  por  el  mismo  lapso de la principal  al encontrarlo  autor   penalmente   responsable  del  delito  de  enriquecimiento  ilícito  de  particulares.   

          Contra esta determinación, el procesado  y  su  defensor,  a través de escritos independientes, interpusieron recurso de  apelación,  sobre  los  cuales se pronunció el Tribunal Superior de Bogotá el  15 de marzo de 2004, confirmando la decisión impugnada.   

            El fallo del ad  quem   fue   objeto  del  recurso  extraordinario  de  casación  por  parte del defensor del procesado quien lo sustentó a través de  demanda,  la cual fue admitida formalmente el pasado 3 de diciembre de 2004, por  lo  que  se ordenó correr el traslado al Procurador Delegado de conformidad con  lo previsto en el artículo 213 de la Ley 600 de 2000.   

La  Procuradora  Tercera  Delegada  para  la  Casación  Penal  (E),  emitió  concepto  en  el  cual  solicitó  no  casar la  sentencia    impugnada,    por    lo   que   corresponde   proferir   el   fallo  respectivo.   

LA DEMANDA  

          El    defensor    técnico   del   procesado   considera   que   dos  irregularidades    afectan    la   viabilidad   de   la   actuación,   por   lo  que      formula   igual   número  de  cargos  contra  el  fallo  impugnado,  con  sustento en la causal tercera de casación, los cuales presenta  de  conformidad con el “principio de prioridad de las  nulidades”.   

Primer  cargo.  Causal tercera, nulidad  por         falta         de        competencia        del        Juez        de  conocimiento:                    

          Para  el  actor  la  sentencia  fue dictada en un proceso viciado de  nulidad,  de  acuerdo con lo estipulado en los artículos 306, numeral 1° y 310  de  la  Ley  600  de  2000,  por  cuanto  el juez que falló el asunto no tenía  competencia.   

          Se  basa para sostener lo anterior en que con fundamento en  la  imputación  que  se  ha edificado en contra de su prohijado, el establecimiento  de  la  competencia  por  el factor territorial “pasa  por   la   valoración   de   la   prueba   relativa   al   sitio   DONDE  LE FUERON ENTREGADOS LOS TITULOS VALORES CON LA INTENCION DE  HACERLOS   TRANSFERIBLES   conforme   a   la  ley  de  circulación,  tal  como  bien lo advierte el Tribunal Superior de Bogotá en la  sentencia   impugnada”   (mayúsculas  y  negrillas  tomadas del texto original).   

          Recuerda   que  el  concepto  del  juez  competente  por  el  factor  territorial   está   vinculado  con  el  del  lugar  en  donde  ocurrieron  los  hechos;   sin  embargo, en el artículo 83 de la Ley 600, se prevén varias  circunstancias  que modifican este principio general, como cuando la conducta es  desplegada  en  varios  sitios,  en  cuyo  caso  conocerá  el competente por la  naturaleza  del  asunto  del  territorio  en  donde se haya formulado primero la  denuncia,  o  el de lugar en que se avocó la investigación o en el que se haya  aprehendido al imputado.   

En  relación  con  el  delito por el que se  procede,  indica  que la jurisprudencia de esta Sala ha sido clara al establecer  su  momento  consumativo y las consecuencias que frente al factor territorial se  desprenden,  tal  como  se  plasmó  en la providencia de fecha abril 4 de 2001,  cuyo   ponente   fue   el  doctor  Jorge  Aníbal  Gómez  Gallego  “en  caso,  fáctica  y  jurídicamente  igual  al  que propongo a  estudio de los Señores Magistrados”.   

Para  el  presente caso no existe discusión  sobre  el  hecho  de  que  los  títulos  valores  fueron recibidos “por  el  señor  (…)  en la ciudad de Cali, personalmente o por  interpuesta  persona.   Ocurre  entonces  que  el incremento patrimonial se  logra  con  la  sola recepción de los cheques”, a lo  que  se  suma  que  poca  importancia  tiene  que  posteriormente  hubieran sido  consignados  en otra ciudad, de modo que “a partir de  la  recepción de los títulos valores nació el derecho integrador del concepto  de  incremento  patrimonial  injustificado”.  Por lo  tanto,  la  concreción  del  acrecentamiento  patrimonial no surge del vínculo  entre   patrimonio   y  domicilio,  pues  lo  determinante  para  estos  efectos  “no  es el lugar donde el individuo tenga su asiento  residencial  o  el  de  sus negocios o profesión, sino el sitio donde logró la  ventaja  económica  de  origen  ilícito, que por razón de la dinámica de las  relaciones    sociales    puede    ser   distinto   del   primero”.   

A  renglón  seguido, señala que si bien el  Tribunal  en  el  fallo  objeto  del  recurso  acepta  la  tesis  de  esta Sala,  “distorsiona a mi entender su sentido”,  porque  precisamente de acuerdo con la valoración probatoria que  expone  llega a una conclusión contraria a la que corresponde, en el sentido de  que  los  medios de prueba indican que los títulos valores fueron entregados en  la ciudad de Cali.   

Así,   puntualiza   que  si  MARIO  RAMÍREZ  ARBELÁEZ  cumplía con la  función  de  vocería  de  los  hermanos  Rodríguez  Orejuela,  ello  ocurría  “la  mayoría de las veces personalmente en la misma  ciudad  de  Cali  a  la  que  reiteradamente llegaba solo o en compañía de los  integrantes  del  clan  familiar  con  el  objeto  de  asegurar  la  vigencia  y  concreción  de  sus  intereses  y  si,  dadas  sus  funciones, se encontraba en  Bogotá,    hasta    por   celular   –en   1991-   era   contactado  de  manera  permanente”.   

Lo  mismo  se  infiere  de  lo declarado por  Julián   Murcillo,  quien  señala  que  conoció  a  MARIO RAMÍREZ en  Palmira  y que los negocios que llevaron a cabo fueron acordados  en   esa  localidad.   En  similares  términos,  sostiene,  se  refirieron  Miguel    y  Gilberto  Rodríguez  Orejuela, así como  Carlos      Alberto      Lañas      y   Carlos   Amando   Borrero,   al   ser   enfáticos  en  asentir  que  las  transacciones  con  MARIO  RAMÍREZ  siempre  se  hicieron en la ciudad de Cali.   

De  lo  anterior  se infiere necesariamente,  según  el actor, que los cheques fueron recibidos en Cali, por actividades que,  como  lo  señala  Pallomari,  debía  ejecutar  en  dicha  ciudad  y  como  empleado  de  un  cartel del mismo  lugar;   por  ende,  la  acusación  ha  debido  formularse  ante  el  Juez  Especializado   de   esa   capital   y   no  ante  el  de  Bogotá  “como    contra    toda    evidencia,    se    hizo”.   

Por último, sostiene que la nulidad debe ser  declarada  a partir de la ejecutoria de la resolución de acusación, puesto que  de  acuerdo  con  lo  que establece el artículo 250 de la Carta Política, a la  Fiscalía  le  corresponde acusar ante los Juzgados y Tribunales competentes, lo  que en este caso no ocurrió.   

Segundo  cargo.  Causal tercera, nulidad por  violación   al   debido   proceso   (principios   de   legalidad   y  seguridad  jurídica).   

A  juicio  del actor, la sentencia impugnada  desconoció  las garantías del bloque de constitucionalidad, constitucionales y  legales  que  integran  el  debido  proceso,  tales  como el artículo 9° de la  Convención  Americana  sobre  Derechos  Humanos, incorporada al derecho interno  por  la  Ley  16 de 1972, los artículos 29 de la Constitución Política y 6°,  306, numeral 2°, y 310 del ordenamiento procesal penal.   

Señala  que  entre los derechos reconocidos  por  las  normas  citadas está el principio de legalidad, de conformidad con el  cual  el  ciudadano  debe  saber  con  exactitud cuáles son los comportamientos  penalmente   perseguidos,   sus  consecuencias  y  la  forma  en  que  opera  su  juzgamiento  y  ejecución,  de manera que la ley ha de reunir los requisitos de  lege    promulgata,    lege    manifiesta   y   lege  plena.   

El  primero  de  los  principios mencionados  implica  que la ley ha de ser expuesta con claridad para no inducir a equívocos  y   a   caprichosas  interpretaciones;   de  modo  que  el  ciudadano   “conoce    la   decisiones   judiciales   que   se  producen   en  torno  a  las conductas  que se pretenden reprochar y a  ellas  debe  atenerse  en cuanto a su propio comportamiento de tal manera, que a  posteriori  no  se  le sorprenda con nuevas interpretaciones restrictivas de los  tipos   penales  en  los  que el comportamiento que se le imputa, encuentra  adecuación”,  situación  que  se  presenta en este  caso.                         

Agrega el censor que para la fecha en que se  emitió  el  último  de  los títulos valores a su defendido, esto es, el 20 de  mayo   de  1995, imperaba y era de conocimiento público la interpretación  constitucional  contenida  en  la  sentencia  C-127 de 1993, que condicionaba la  tipicidad  de  dicho  comportamiento  a  la  existencia  de  previa declaración  judicial  frente  a  las  actividades  delincuenciales  de  las que procedía el  enriquecimiento  ilícito  no  justificado.   A fin de ser más ilustrativo  sobre  el  tema  elabora la secuencia normativa e interpretativa que se suscitó  en relación con ese punto.   

Así,  afirma  que  luego de que el Gobierno  Nacional  expidiera en uso de las facultades establecidas en el artículo 121 de  la  Constitución Nacional en ese entonces vigente el Decreto 1895, éste, en su  artículo   1°,   introdujo   la   conducta   de  enriquecimiento  ilícito  de  particulares.   Sometida la norma referida a revisión por la Corte Suprema  de  Justicia  la  declaró ajustada a la Constitución, dejando en claro que las  actividades  delictivas  allí mencionadas se referían únicamente al delito de  narcotráfico  y  a  sus  conexos,  lo  que  se  podía deducir por “la  articulación  existente  entre  el decreto y los motivos que  llevaron    a    la    declaratoria    del    Estado   de   Sitio”.   

Sostiene  que dicho decreto perdió vigencia  cuando  entró a regir la Constitución de 1991;  sin embargo, el artículo  8°  transitorio prorrogó su vigencia por 90 días, período durante el cual el  Gobierno  lo incorporó a la legislación permanente mediante el Decreto 2266 de  1991,  preservando  la conducta delictiva en su artículo 10°.   Este  decreto,  a su vez, incluyendo la referida disposición, fue declarado exequible  por  la  Corte  Constitucional,  salvo  por  unas  pocas expresiones y, sobre la  normativa  que prescribía la conducta, señaló que como ya lo había declarado  la  Corte  Suprema  de  Justicia  en  la  sentencia  de  octubre  3 de 1989, las  actividades  delictivas  debían  estar judicialmente declaradas, para no violar  así                                  el                                  debido  proceso.             

El   19   de  octubre  de  1995  la  Corte  Constitucional   rechazó  una  nueva  demanda  interpuesta  contra  el  aludido  artículo,  por considerar que existía cosa juzgada constitucional, de modo que  “para   que  pueda  afirmarse  que  cumple  con  su  condición  de  lege  manifiesta partía del supuesto indicado, esto es, que las  actividades  delictivas  deben  estar JUDICIALMENTE DECLARADAS, eso es lo que el  ciudadano  sabía,  esa  era  la garantía de la que gozaba y ese era el derecho  fundamental  que  debía  respetársele”.                    

Posteriormente,  prosigue  el demandante, se  interpuso   una  nueva  acción  pública  de  inconstitucionalidad  contra  los  artículos  148  del  código Penal y 1° del Decreto 1895 de 1989, que la misma  Corte   declaró   exequibles   haciendo   hincapié   en   que   el  delito  de  enriquecimiento  ilícito  es autónomo “al que puede  adecuarse  en  forma directa o inmediata la conducta del actor, sin necesidad de  recurrir  a otro tipo penal ni a otro ordenamiento jurídico, y menos esperar un  fallo    previo    de    otro    sujeto   por   otro   delito…”;   además,  se  insistió  en  que  no  es  dable confundir el  concepto  de actividad delictiva con el de antecedentes penales, lo que llevó a  reconsiderar  el planteamiento expuesto en la parte motiva de la sentencia C-127  de 1993.                     

A continuación, indica que el artículo 248  de  la  Ley  270  de 1996, respecto de las sentencias de la Corte Constitucional  proferidas  en  cumplimiento  del control constitucional, establece  que su  parte  motiva  constituye criterio auxiliar para la actividad judicial y para la  aplicación de las normas de derecho en general.   

Desde ese punto de vista, considera que solo  a  partir  de  la  última  sentencia  reseñada  de  la Corte Constitucional el  ciudadano   conoció   que   las  actividades  judiciales  no  requerían  estar  declaradas  judicialmente  por  lo  que  debía  asumir  un  comportamiento más  diligente  y  más  cauteloso  en  sus  relaciones  interpersonales “en  virtud de ese principio de seguridad jurídica que constituye  pilar    fundamental   de   la   noción   del   debido   proceso”.   

Así  las  cosas, cuando el fallador aplicó  una  interpretación  constitucional  posterior a la realización de la conducta  lesionó  los  referidos principios y concretamente el de legalidad, incurriendo  en  la  causal de nulidad prevista en el numeral segundo del artículo 306 de la  Ley 600 de 2000;  vicio que, en su criterio, es irreparable.   

Como la irregularidad advertida se contrae a  los  fallos  impugnados,  estima que la nulidad procede a partir de la sentencia  de  segunda  instancia,  por lo que resulta preciso dictar fallo sustitutivo, de  conformidad   con  las  previsiones  contenidas   en  el  numeral  1°  del  artículo         217        ibídem.                

  CONCEPTO  DEL MINISTERIO  PÚBLICO                 

          Respecto  del  primer  cargo:   

          Previo  a  referirse a los planteamientos contenidos en el reproche,  indica   que  no  le  asiste  razón  al  impugnante  y  que  el  cargo  deberá  desestimarse.      

          Luego,  destaca  la  importancia  que  reviste  el  concepto de juez  natural  estrechamente  vinculado  con el principio de  legalidad y por ser  un  elemento estructural de la seguridad  jurídica;  esto último, en  cuanto  al  convencimiento  que  surge  respecto  del  funcionario  encargado de  adelantar la actuación.   

Esta  garantía,  para  la Representante del  Ministerio  Público,  puede  ser  vulnerada  de  diversas  maneras “siendo  una de ellas, la violación de las normas que orientan la  jurisdicción y competencia”.   

Señala que uno de los factores determinantes  de  la  competencia es el territorial, que se establece por el lugar en donde se  cometió  la  conducta objeto de juzgamiento.  Sin embargo, como no siempre  es  posible  precisar  el  lugar de comisión del hecho punible o existen varios  sitios  en  donde  se  ejecuta,  se  acude  al  mecanismo de la “competencia a  prevención”,  que  se  aplica  cuando  la  conducta  se  desarrolla en varios  sitios, en un lugar incierto o en el extranjero.   

En  dichos eventos, estipula el artículo 83  de  la  Ley  600  de  2000, “conocerá el funcionario  competente  por  la  naturaleza  del  hecho,  del  territorio en el cual se haya  formulado  primero la denuncia, o donde primero se hubiere proferido resolución  de apertura de instrucción”.   

A efecto de determinar la competencia por el  factor  territorial  para  el  delito  de  enriquecimiento  ilícito,  aduce, es  pertinente  la  jurisprudencia  de  la  Corte  Suprema  de Justicia que alude el  demandante,  según  la  cual  se constituye por el lugar en donde se produce el  incremento  patrimonial  injustificado  y,  en  tratándose de títulos valores,  “por  el  lugar  en donde se reciben los cheques que  dan    origen    al    acrecentamiento    económico    irregular”.   

La Procuradora Delegada comparte el criterio  de  la  Sala  expuesto  en  la  sentencia  de  abril 4 de 2001, con ponencia del  Dr.    Jorge  Aníbal Gómez Gallego (rad. 16356) en el sentido de que  los  títulos  valores,  y en especial los cheques, “incorporan un derecho que  nace  la  vida jurídica” con la mera imposición de la firma y su entrega con  la  intención  de  hacerlo negociable conforme a la ley de circulación y, como  el  delito  de  enriquecimiento  ilícito  es  de “resultado”, constituye el  momento   consumativo   de   la  infracción  aquél  en  donde  se  obtiene  el  enriquecimiento  ilícito.   De  acuerdo  con  la  referida  decisión,  en  relación  con  los  títulos  valores,  el  lugar  en  donde el beneficiario lo  recibió directamente o por interpuesta persona.   

Al  verificar  lo  sucedido  con los cheques  girados  a  nombre  del  procesado o de terceras personas con él vinculadas, se  encuentra   que  “el  delito  fue  cometido  en  las  ciudades  de  Bogotá  y  Cali”,  por  manera  que a  efectos  de  determinar  la  competencia  por  el factor territorial, es preciso  acudir  a  las normas que se ocupan de la competencia a prevención.    

Sobre ese particular, señala en primer lugar  que      la      prueba      documental      y      testimonial     “especialmente   por  las  declaraciones  de  Guillermo  Pallomari  González”,     indican     que     RAMÍREZ  ARBELÁEZ  se  desempeñaba como  empleado  al  servicio  de  los hermanos Rodríguez Orejuela, recibiendo por tal  concepto  pagos  regulares  por  sus  servicios.   Así,  en  su calidad de  relacionista  público  de  esa  organización  viajó  a  Cali  acompañado  de  numerosas  personas  que  se  entrevistaron  con  los  mencionados,  por  lo que  recibió  muchos  títulos  valores que cobró por ventanilla o que consignó en  sus  cuentas  corrientes, en la de una institución que él mismo dirigía, o en  las  de  terceros,  a  quienes  canceló algunos servicios e, incluso, obsequió  importantes  sumas  de dinero y, en otros casos, luego de producido el canje los  terceros se las restituían.   

En  segundo  lugar,  señala  la Procuradora  Delegada,  al  tener  el  procesado  su  centro  de  operaciones  y de contactos  políticos  en  Bogotá,  pues  su  actividad  durante  el  año  de 1991 estuvo  centrada  en  la  Constituyente  y  el  Congresito,  así  como  su residencia y  domicilio  profesional,  “en  esta  ciudad  también  recibió  títulos  representativos  de  dinero  provenientes  del narcotráfico  mediante  los  cuales  obtuvo incremento patrimonial injustificado, a través de  su   cuenta   corriente   y   la   de   sus  amigos  y  allegados”.   

Sobre el particular, indica que varios de los  cheques  fueron  recibidos  en  Bogotá  o  bien  el  incremento  efectivo de su  patrimonio  se  produjo  aquí,  como ocurrió con los cheques depositados en la  cuenta  231-8354602-4  del  Banco  de  Colombia, sucursal Ricaurte en Bogotá, a  nombre  de  José  María Motta y que corresponde a la adquisición de camisetas  del    procesado    a    Humberto   Motta  para  actividades  políticas  de  terceros,  sumas pagadas por el  Cartel   de   Cali,  pero  cuya  negociación  tuvo  lugar  en  la  capital  del  país.   

Dichos  títulos  valores,  agrega,  fueron  entregados   completamente  diligenciados  a  Humberto  Motta,  de modo que “fue en  Bogotá  donde  se  produjo  el incremento patrimonial no justificado para Mario  Ramírez  Arbeláez  con relación a este particular asunto, pues como se verá,  fue  en  esta ciudad donde recibió los títulos valores y la pequeña comisión  que  reconoció  haber  obtenido por conseguir los clientes para el estampado de  las  camisetas, las que igualmente adquirió para su beneficio personal con este  dinero,   y   con   ocasión  de  su  aspiración  política  a  la  Cámara  de  Representantes”.   

Así    lo    ratificó    Julián  Murcillo  y el mismo procesado en  la  audiencia  pública al referir que los cheques de Cali se manejaban en Cali,  mientras   que  “los  cheques  de  Bogotá  con  las  sociedades  de  Bogotá  se  mandaban a Bogotá” y al  indicar  que  aquél  lo  contactó  en  esta  ciudad para cotizar los elementos  publicitarios de la campaña política.   

También  confirma  lo anterior el dicho del  procesado  en su indagatoria (fol. 63 del cuaderno 1), cuando indica que algunos  cheques,   como   el   3162038,   “no  los  recibió  personalmente,  sino  que  le  fueron  consignados en su cuenta personal, la que  tiene  abierta  en  esta  ciudad  en  el  Banco  de Colombia, desde hace 16 o 17  años”,  a  la  vez  que  en  la  misma  diligencia  reconoció  que  en  muchas  oportunidades no pudo viajar para percibir o cobrar  sus  honorarios  y  que  en  consecuencia se efectuaron las gestiones necesarias  para     hacérselos     llegar     (fols.     67     y     259     ibídem).   

Así  mismo,  en  el  folio  111  del  mismo  cuaderno,   admitió   que  en  ocasiones  solicitó  a  los  directivos  de  la  organización  que  los  títulos fueran expedidos y consignados directamente en  cuentas   de  terceras  persona  en  Bogotá,  como  ocurrió  con  Anny  Osorio,  a  quien  señaló  como su  socia  en  el negocio de las antigüedades, para que le fueran consignadas en su  cuenta del centro internacional de Bogotá.   

Todo  lo  expuesto  le permite concluir a la  Representante   del Misterio Público que la conducta imputada al procesado  fue  cometida  en  diversos  lugares,  a  saber,  Cali  y  Bogotá  “por  tal  concepto,  de conformidad con las normas que establecen  la  competencia  a  prevención, el funcionario legalmente facultado para juzgar  su  comportamiento  era  el del lugar en donde primero se formuló la denuncia o  se  inició  la  instrucción,  correspondiendo  en  este  orden  a la ciudad de  Bogotá,   tal   como   puede   advertirse  mediante  la  confrontación  en  el  proceso”.         

En ese orden de ideas, concluye que el cargo  no está llamado a prosperar.    

En relación con el segundo cargo:  

En  relación con la propuesta planteada por  el  casacionista,  sostiene  en  primer  lugar la Procuradora Delegada que en el  presente  caso  olvidó  que  no  hubo  aplicación  retroactiva  de  la  ley en  perjuicio  del  procesado,  en consideración a que el delito de enriquecimiento  ilícito  no  ha  variado  en  su descripción típica desde su introducción al  ordenamiento  penal  en  1989 y, que sobre esa temática ya se ha pronunciado la  Corte Suprema de Justicia en varias oportunidades.    

Destaca  que  de  acuerdo con la teoría del  precedente   judicial   en  la  jurisprudencia  se  debe  examinar  aquello  que  constituye  ratio  decidendi,  constituido  por  la  parte  fundamental de apoyo a la decisión que se adopta y  que  en  estricto  sentido se consideran precedente obligatorio, frente a lo que  simplemente    es    obiter    dicta    que   refiere   a   las   explicaciones   o  afirmaciones  meramente  incidentales o aclaratorias, que no tienen ese carácter.   

De esa manera, el comentario contenido en la  sentencia  C-127  de  1993,  en  el  sentido  de  que  era  necesario contar con  sentencia  condenatoria  ejecutoriada  respecto  de  la  actividad delictiva que  originó   el   enriquecimiento   injustificado  “no  constituyó  pilar  fundamental para la exequibilidad del precepto examinado (el  tipo  de enriquecimiento ilícito de particular previsto en el artículo 1° del  Decreto Legislativo 1895 de 1989)”.   

Recuerda, también, que esta Sala se opuso a  ese  criterio en el auto de junio 12 de 1996 -cuyos planteamientos transcribe en  lo  pertinente-  e  igual  la  Corte  Constitucional,  al  reconsiderar  la  postura  asumida  sobre  este  punto  concreto  en  la  sentencia C-123 de 1996,  señalando  que no implicaba un cambio de jurisprudencia, sino de determinar con  exactitud  las  motivaciones  en procura de la declaratoria de exequibilidad del  artículo 10 del Decreto 2266 de 1991.   

Por  otro  lado,  para la Representante del  Ministerio   Público,   el   incremento  patrimonial  derivado  de  actividades  ilícitas  es  un  elemento  normativo  del  tipo que no está condicionado a la  existencia  de  una sentencia previa “por cuanto ello  equivaldría  como  ciertamente se ha expresado, a involucrar de manera indebida  en      la      noción     de     ‘actividad      ilícita’   la   de   antecedente   penal,  no  requerido  por  la  norma  en  cita”,  lo  cual  no  implica  carencia de prueba en  relación  con  la  actividad,  sino que ella no debe provenir exclusivamente de  una decisión judicial.   

Tampoco conduce la interpretación actual a  la  falsa idealización de la moral social ni a su conversión en bien jurídico  objeto  de  protección, como se sostuvo en los salvamentos de voto a la última  sentencia      de     la     Corte     Constitucional,     pues     “simplemente  se  trató de ajustar el criterio de interpretación  a los términos de la norma”.   

Al  no  evidenciarse  la  violación de las  normas   del   debido  proceso,  ni  del  principio  de  legalidad,  ni  de  las  disposiciones  de  carácter  internacional  que  invoca el actor, estima que lo  procedente           es           el           rechazo           de           la  censura.                                 

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

1.  Primer cargo.  Causal tercera,  nulidad    originada    en    la    falta    de    competencia   del   juez   de  conocimiento:   

Tal  como  lo  destaca la Representante del  Ministerio  Público,  el  principio  de juez natural se considera doctrinaria y  jurisprudencialmente  como  uno  de  los  pilares del concepto de debido proceso  dentro  de  un  sistema  penal de corte democrático.  Su naturaleza deriva  del  principio  de  legalidad en una de sus distintas facetas, fundamentalmente,  legalidad del delito, del juez, de la pena y de su ejecución.   

Los   anteriores  conceptos  han  de  ser  entendidos  en  cuanto  la ley necesariamente debe prever, antes de la comisión  de   la   conducta   y   no   con  carácter  ex  post  facto,  la conducta reprimida, la pena correspondiente  por  su  comisión,  el  juez  o tribunal competente y las condiciones en que se  habrá  de  ejecutar  la  sanción  en  caso de que la actuación culmine con un  juicio de responsabilidad penal.    

En  lo  que  atañe  con  la determinación  previa  del juez o tribunal a quien corresponda el conocimiento de la actuación  que  sobreviene  a  la  comisión de una conducta punible, tema sobre el cual se  edifica  el  cuestionamiento  propuesto  por  el actor en este cargo, es preciso  señalar  que  existan  reglas  claras  que  permiten  establecer  cuál  es  el  funcionario  revestido de competencia para tal efecto pues, como lo ha señalado  la  Sala,  su  atribución  no puede surgir de interpretaciones analógicas que,  dado  el caso, podrían atentar contra el principio de seguridad jurídica y, en  definitiva,  terminan  por  contrariar  la inspiración democrática del sistema  penal colombiano.   

Las pautas que regulan la competencia están  referidas  a  varios  presupuestos,  entre  los  cuales se cuenta con el llamado  factor  territorial,  cuya  naturaleza  deriva  del  lugar  en donde haya tenido  ocurrencia  la  infracción  penal, esto es, que será competente el funcionario  del sitio en donde tuvo ocurrencia la ilicitud.    

El  desconocimiento  de  los  factores  que  establecen  la  competencia  comporta  vulneración del debido proceso y por esa  razón  está  prevista  legalmente  como  causal  que configura invalidez de la  actuación  procesal  (numeral  2° del artículo 304 del Decreto 2700 de 1991 y  numeral  ídem  del 306 de la  Ley  600  de  2000), cuyos efectos se remontan al momento mismo de la actuación  procesal  en que se verifique que fue asumida por un funcionario que carecía de  competencia.    

En  punto  del  delito  de  enriquecimiento  ilícito  de  particulares, ha precisado la jurisprudencia de la Sala, como bien  lo   indican  el  casacionista  y  la  Procuradora  Delegada,  que  con  el  fin  de    establecer  la  competencia  territorial  es  necesario tener en  cuenta  el lugar de consumación de la conducta, representado por aquel en donde  se  recibió  el bien que incrementó en forma injustificada el patrimonio y, en  el  mismo orden de ideas, cuando se trata de títulos valores, el sitio en donde  fueron  entregados  físicamente, tal como se consignó en la decisión referida  por       dichos       sujetos       procesales1.   Esta  tesis  ha  sido  reiterada  posteriormente,  entre  otras  en la siguiente decisión que sobre el  particular advirtió:   

    

“2. La precisión y alcance de la conducta  de  enriquecimiento  ilícito  que consiste en incrementar el patrimonio, es que  se   consuma   en   el   lugar   donde   se   recibe   el  bien  que  genera  el  acrecentamiento.   

Cuando  se trata de cheques, el antecedente  jurisprudencial  de  esta Sala de Casación Penal ha sido reiterativo en indicar  que  la  mera  recepción  pura  y  simple  de  ese  título valor constituye el  incremento,  por lo que el lugar donde se haya recibido físicamente es donde se  acrece  el  patrimonio.  Ello por cuanto la naturaleza jurídica del cheque  como  instrumento  comercial   –  ha dicho la Sala – es la de ser una orden  incondicional           de          pago”2 .   

Lo  anterior  conduce  a colegir que asiste  razón  al  censor al afirmar que el juez competente, cuando se trata del delito  de  enriquecimiento  ilícito de particulares que involucra títulos valores, es  el   de   lugar   en   donde   se   llevó   a   cabo   su   entrega  física  y  efectiva.   

Sin embargo, es necesario precisar que dada  la  complejidad  del  tipo  penal  de  enriquecimiento  ilícito y especialmente  porque  se trata de un delito de resultado es también admisible pregonar que la  acción  se extiende, en el caso de los cheques, a partir del momento en que son  girados  hasta cuando en forma efectiva se obtiene el acrecentamiento económico  injustificado.    

Esta situación se advierte en el asunto que  se  somete  a  consideración  de la Sala, en donde fueron girados en una ciudad  (Cali),  pero  está  comprobado  o  bien  que  no fueron allí mismo entregados  físicamente    o   existe   indeterminación   al   respecto,   para   terminar  consignándose  en  cuentas  bancarias de otro lugar (Bogotá), en cuyo caso son  competentes       los       funcionarios       de      los      dos      lugares  referidos.                

En efecto, gran parte de los 53 cheques que  se   atribuye   ingresaron  injustificadamente  al  patrimonio  de  RAMÍREZ   ARBELÁEZ,  se  consignaron  en  cuentas  bancarias con sede en la ciudad de Bogotá, bien de terceras personas o  en  donde  el  mencionado  es el titular. Los títulos valores a los que se hace  referencia son los siguientes:      

-Cheque  No.  2509883  de  la  cuenta  No.  8023-022499-6  del  Banco  de  Colombia,  oficina  principal  de Cali, abierta a  nombre  de  Alfonso Martínez,  girado   a   favor   de  Humberto  Motta  el  22  de  octubre  de  1991  por $ 4.000.000,oo y consignado en la  cuenta  No.  2318354602-4  del  Banco de Colombia, sucursal Ricaurte de Bogotá,  cuyo   titular   es   José  María  Motta.      

-Cheque  No.  2540687  de  la  cuenta  No.  8023-023175-6  del  Banco  de  Colombia,  oficina  principal  de Cali, abierta a  nombre  de  Jorge  Castillo,  girado   a  favor  de  Julián  Murcillo  el  28  de  noviembre  de 1991 por $ 2.000.000,oo y consignado en la  cuenta  No.  2318354602-4  del  Banco de Colombia, sucursal Ricaurte de Bogotá,  cuyo   titular   es   José  María  Motta.   

-Cheque  No.  2540706  de  la  cuenta  No.  8023-023175-6  del  Banco  de  Colombia,  oficina  principal  de Cali, abierta a  nombre  de  Jorge  Castillo,  girado  a  favor  de  Óscar  Villarraga  el  12  de  diciembre  de 1991 por $ 2.000.000,oo y consignado en la  cuenta  No.  0088-01135-8  de  Davivienda,  sucursal  calle  57 de Bogotá, cuyo  titular  es  Álvaro  Villarraga Sarmiento.   

-Cheque  No.  2540707  de  la  cuenta  No.  8023-023175-6  del  Banco  de  Colombia,  oficina  principal  de Cali, abierta a  nombre  de  Jorge  Castillo,  girado  a  favor  de  Álvaro  Villarraga el  13  de  diciembre  de 1991 por $ 1.000.000,oo y consignado en la  cuenta  No.  0088-01135-8  de  Davivienda,  sucursal  calle  57 de Bogotá, cuyo  titular  es  Álvaro  Villarraga Sarmiento.   

-Cheque  No.  2580622  de  la  cuenta  No.  8023-022499-6  del  Banco  de  Colombia,  oficina  principal  de Cali, abierta a  nombre  de  Alfonso Martínez,  girado   a   favor   de   Mario  Ramírez,  el  20  de  enero  de  1992 por $ 2.000.000,oo y consignado en la  cuenta  No.  2318354602-4  del  Banco de Colombia, sucursal Ricaurte de Bogotá,  cuyo   titular   es   José  María  Motta.      

-Cheque  No.  2591341  de  la  cuenta  No.  8023-023884-3  del  Banco  de  Colombia,  oficina  principal  de Cali, abierta a  nombre   de  Jesús  Zapata,  girado   a   favor   de  Mario  Ramírez  el  8  de  febrero  de  1992  por  $ 4.450.000,oo y consignado en la  cuenta  No.  0088-01135-8  de  Davivienda,  sucursal  calle  57 de Bogotá, cuyo  titular  es  Álvaro  Villarraga Sarmiento.   

-Cheque  No.  2591342  de  la  cuenta  No.  8023-022499-6  del  Banco  de  Colombia,  oficina  principal  de Cali, abierta a  nombre   de  Jesús  Zapata,  girado   a   favor   de   Humberto  Motta  el  8  de  febrero  de  1992 por $ 7.200.000,oo y consignado en la  cuenta  No.  2318354602-4  del  Banco de Colombia, sucursal Ricaurte de Bogotá,  cuyo   titular   es   José  María  Motta.      

-Cheque  No.  2715024  de  la  cuenta  No.  8023-023952-5  del  Banco  de  Colombia,  oficina  principal  de Cali, abierta a  nombre  de  Carlos  Augusto Lozano García,   girado   a  favor  de  Mario  Ramírez  el 22 de julio de 1992 por $ 4.000.000,oo y consignado  en  la  cuenta  No. 1016-155578-7 del Banco de Colombia, sucursal carrera octava  de   Bogotá,   cuyos  titulares  son  Mario  Ramírez  Arbeláez,   Aura   Lucía   Ramírez   Arbeláez   y   Martha  Cecilia  Salazar  Palacio.   

-Cheque  No.  2734542  de  la  cuenta  No.  8023-023884-3  del  Banco  de  Colombia,  oficina  principal  de Cali, abierta a  nombre   de  Jesús  Zapata,  girado   a   favor   de  Mario  Ramírez  el  2  de  septiembre  de 1992 por $ 2.800.000,oo y consignado en la  cuenta  No.  1016-155578-7  del  Banco  de  Colombia, sucursal carrera octava de  Bogotá,  cuyos titulares son Mario Ramírez Arbeláez,  Aura  Lucía  Ramírez  Arbeláez  y  Martha Cecilia Salazar Palacio.   

-Cheque  No.  2743305  de  la  cuenta  No.  8023-023884-3  del  Banco  de  Colombia,  oficina  principal  de Cali, abierta a  nombre   de  Jesús  Zapata,  girado   a   favor   de   Anny   Osorio  el  23  de  septiembre de 1992 por $ 3.000.000,oo y consignado en la  cuenta  No.  005-08945-3  del  Banco  Ganadero  sucursal centro internacional de  Bogotá,       cuya      titular      es       Anny      Osorio.   

-Cheque  No.  2798539  de  la  cuenta  No.  8023-023884-3  del  Banco  de  Colombia,  oficina  principal  de Cali, abierta a  nombre   de  Jesús  Zapata,  girado   a   favor   de   José   Guillermo  Castaño  el  15  de  noviembre  de  1992  por  $ 4.000.000,oo y  consignado  en  la  cuenta  No.  01008291-5  del  Banco Cafetero sucursal centro  internacional  de  Bogotá,  cuyo  titular es     José     Guillermo     Castaño  Agudelo.   

-Cheque  No.  2994580  de  la  cuenta  No.  8023-024406-0  del  Banco  de  Colombia,  oficina  principal  de Cali, abierta a  nombre    de    Édgar   Castillo   Plaza,   girado   a  favor  de  Mario  Ramírez  el 17 de junio de 1993 por $ 1.000.000,oo y consignado  en  la  cuenta  No. 1016-155578-7 del Banco de Colombia, sucursal carrera octava  de   Bogotá,   cuyos  titulares  son  Mario  Ramírez  Arbeláez,   Aura   Lucía   Ramírez   Arbeláez   y   Martha  Cecilia  Salazar  Palacio.   

-Cheque  No.  3054213  de  la  cuenta  No.  8023-024597-5  del  Banco  de  Colombia,  oficina  principal  de Cali, abierta a  nombre    de    Jairo   Ortiz   Molineros,   girado   a  favor  de  Mario  Ramírez  el  29  de  agosto  de  1993  por  $  1.200.000,oo  y  consignado  en  la  cuenta  No.  1016-155578-7  del  Banco de Colombia, sucursal  carrera  octava  de  Bogotá, cuyos titulares son Mario  Ramírez  Arbeláez,  Aura  Lucía  Ramírez  Arbeláez y Martha Cecilia Salazar  Palacio.   

-Cheque  No.  3135423  de  la  cuenta  No.  8023-024597-5  del  Banco  de  Colombia,  oficina  principal  de Cali, abierta a  nombre    de    Jairo   Ortiz   Molineros,  girado a  favor  de Mario Ramírez el 21  de  diciembre  de  1993  por  $  2.500.000,oo  y  consignado  en  la  cuenta No.  005-08945-3  del  Banco  Ganadero sucursal centro internacional de Bogotá, cuya  titular   es  Anny   Osorio.   

-Cheque  No.  3162038  de  la  cuenta  No.  8023-024597-5  del  Banco  de  Colombia,  oficina  principal  de Cali, abierta a  nombre    de    Jairo   Ortiz   Molineros,   girado   a  favor  de  Mario  Ramírez  el  29  de  agosto  de  1993  por  $  1.200.000,oo  y  consignado  en  la  cuenta  No.  1016-155578-7  del  Banco de Colombia, sucursal  carrera  octava  de  Bogotá, cuyos titulares son Mario  Ramírez  Arbeláez,  Aura  Lucía  Ramírez  Arbeláez y Martha Cecilia Salazar  Palacio.   

-Cheque  No.  3401361  de  la  cuenta  No.  8060-025029-0  del  Banco  de  Colombia,  oficina  principal  de Cali, abierta a  nombre  de  Comercializadora  de  Carnes del Pacífico  Ltda., girado a favor de Juan  Castro  el  25 de febrero de 1995 por $ 2.500.000,oo y  consignado  en  la  cuenta  No.  005-08945-3  del Banco Ganadero sucursal centro  internacional  de  Bogotá,  cuya  titular es       Anny      Osorio.   

-Cheque  No.  3484721  de  la  cuenta  No.  8060-025029-0  del  Banco  de  Colombia,  oficina  principal  de Cali, abierta a  nombre  de  Comercializadora  de  Carnes del Pacífico  Ltda.,    girado    a   favor   de   Pedro   Pérez  el 10 de abril de 1995 por $ 5.000.000,oo y consignado  en  la cuenta No. 0070-7012637-5 de Davivienda, sucursal San Martín de Bogotá,  cuyo    titular    es   Carlos   Hernando   Bautista  Rincón.   

         Como  atrás  se señaló, es pertinente acotar que en el proceso no  está  demostrado  que  estos  cheques  fueron entregados en la ciudad de Cali a  RAMÍREZ             ARBELÁEZ;   por  el  contrario,  desdibuja  tal  hipótesis  lo  que  los  medios  de prueba ponen en  evidencia,   empezando   por   lo   que   el   mismo   procesado   adujo  en  su  indagatoria:   

      

“…por este concepto muchas veces cuando  no  podía viajar a las diferentes ciudades a recoger, a cobrar o a percibir mis  honorarios  podrían hacer las gestiones comerciales necesarias para hacérmelos  llegar   de   manera   que   no   puedo   afirmar  que  eso  corresponda  a  mis  honorarios…”3.   

En cuanto al cheque 3401361de la cuenta No.  8060-025029-0  del  Banco de Colombia de la oficina principal de Cali, abierta a  nombre  de  Comercializadora  de  Carnes del Pacífico  Ltda.    y    girado   a   favor   de   Juan  Castro el 25 de febrero de 1995 por $  2.500.000,oo,  pero  consignado en la cuenta No. 005-08945-3 del Banco Ganadero,  sucursal   centro  internacional  de  Bogotá,  cuya  titular  era  Anny  Osorio, a quien el procesado señaló  como  su  socia  en  el  negocio  de  la  comercialización  de  obras de arte y  antigüedades,    RAMÍREZ   ARBELÁEZ   indicó lo siguiente:   

“solicité  que  se  le  consignara  a la  cuenta  antes  referida  para  el  pago  de  unas enciclopedias y unos libros de  derecho   y   otros   de   colección  que  fueron  remitidos  a  la  ciudad  de  Cali”4        

Por  otra  parte,  en  el interrogatorio al  procesado  efectuado  en  la  audiencia  pública,  al  ser  cuestionado  por la  adquisición  de  unas  camisetas destinadas a propaganda publicitaria con fines  políticos  adquiridas  al  señor  Luis Humberto Motta  y pagadas con dineros provenientes de la organización  de    los    hermanos    Rodríguez    Orejuela,   precisó   que   “los    cheques    iban    directamente    a    la    cuenta    de  Motta”5.   

Pero  más determinante sobre el particular  resulta  lo  que en desarrollo de la misma diligencia señaló posteriormente el  sindicado   y   que   también   destaca   la   Representante   del   Ministerio  Público:   

“Manifiéstele a esta audiencia por favor  cual  fue el trámite normal como el modus operandi que utilizó usted entre los  años  1991  a  1995  para  recibir  los  pagos  de las transacciones de índole  comercial   que   en  consideración  a  sus  múltiples  actividades  realizó.  CONTESTÓ.  (…)  señor  juez  los  cheques de Cali se manejaban en Cali, todo  este  origen  de  proceso  se  origina  en  Cali. Los  cheques   de   Bogotá   con   las   sociedades   de   Bogotá   se  mandaban  a  Bogotá,     PREGUNTADO:   manifiéstenos   por  favor   si conoce y de ser así cuál ha sido su relación con los señores  JULIAN  MURCILLO  POSADA y JAIRO APARICIO LENIS (…) CONTESTÓ …Igualmente el  señor  Julián  Murcillo  me  contactó  en  la ciudad de Bogotá con el fin de  ayudarle  a  conseguir  y  cotizar unos elementos publicitarios para la campaña  política…”6       (subrayas       fuera       de  texto).                     

         Si  a  las  manifestaciones  del  procesado  se suma el hecho de que  tenía  su  domicilio  para ese entonces en la ciudad de Bogotá y que su eje de  actividades  era  también  esta  capital, no ofrece ninguna dificultad concluir  que  la  conducta que se le atribuye tuvo ocurrencia en las ciudades de Cali, en  donde  recibió  la mayor parte de los cheques -algunos de los cuales cobró por  ventanilla-,  y en Bogotá, a donde otros fueron consignados directamente en las  cuentas  bancarias  de  terceros que RAMÍREZ ARBELÁEZ  determinaba, o en su cuenta personal -cuya titularidad  compartía  con  su cónyuge y hermana-, dada la imposibilidad de desplazarse en  todas  las  oportunidades  a recibirlos a la sede de la organización delictiva,  según el mismo lo admitió.   

         Ahora  bien,  en  punto  de  establecer  el lugar de comisión de la  conducta  punible  existen  tres teorías; la primera, denominada de la acción,  dispone  que  el  delito  se  entiende cometido en el sitio donde se realizó la  acción  con  independencia  del  resultado.  La segunda, llamada del resultado,  asume  que  el ilícito fue cometido en el lugar donde se concretó el resultado  exigido  en el tipo penal. Y, la tercera, denominada mixta o la de la ubicuidad,  supone  que  el  delito  se  cometió  de  manera indistinta donde tuvo lugar la  acción,  donde  se  desarrolló  o  ejecutó,  o donde finalmente se consumó o  produjo el resultado.   

En  el artículo 13 del Decreto 100 de 1980  (14  de  Ley  599  de  2000) el legislador adoptó la teoría de la ubicuidad al  señalar   que   la   conducta   punible   se  entiende  realizada  “en  el  lugar  donde  se  desarrolló  total  o  parcialmente  la  acción”  o  “donde  se  produjo      o      debió      producirse      el      resultado”.   

En  cuanto  comporta  la  definición de la  competencia  por  el  factor  territorial  como garantía del principio del juez  natural,  se  entiende,  por  regla general, que el competente es el funcionario  con  jurisdicción  en  el lugar en donde se cometió el delito, caso en el cual  es  imprescindible  verificar  los  supuestos  anteriormente abordados, esto es,  dónde  se  produjo  la  acción,  o bien en qué sitio tuvo lugar el resultado,  dejando  en  claro  que  a  partir  de  la  competencia a prevención bien puede  ocurrir  que  un  determinado  ilícito cuya acción se produjo en un sitio pero  que  sus  resultados  ocurrieron en otro, determinen la competencia de distintos  funcionarios judiciales por el factor territorial.   

Es lo que sucede en el caso que se somete a  consideración  de  la Sala, pues si bien existe claridad en que todos  los  títulos  valores  fueron  girados  en  Cali,  contra  cuentas  bancarias  de la  organización   delictiva   en   esa  ciudad,  indistintamente  que  hayan  sido  entregados  allí  mismo,  en Bogotá, o en un sitio indeterminado, es lo cierto  que  algunos terminaron consignándose directamente en cuentas de la capital del  país;   es  decir,  que  el  resultado  consistente  en el acrecentamiento  económico       “para      sí      o      para  otro”   exigido  en el tipo penal, se concretó  en  esta  última  ciudad;   en  consecuencia,  también  es competente, de  acuerdo  con  el  factor  territorial  y por la adscripción del legislador a la  “teoría     de     la    ubicuidad”,    el    juez    de    este    último  lugar.       

Como  en principio los dos funcionarios (el  de  Cali  y  el  de Bogotá) resultan competentes, lo cierto es que de acuerdo a  las  reglas  que  definen  la  atribución  de  competencia a prevención, ésta  radicara  en  aquel del lugar en donde primero se hubiera formulado la denuncia,  o   donde   primero   se   hubiera  proferido  resolución  de  apertura  de  la  instrucción,  como lo dispone el articulo artículo 80 del Decreto 2700 de 1991  (83        de        la        Ley        600        de       2000).                     

Establecido  lo anterior se tiene que en el  asunto  de  la  especie la actuación se originó con ocasión de la expedición  de  copias  ordenada por un Fiscal Regional de Bogotá el 7 de noviembre de 1998  en  el  proceso  24249  (proceso 8000), motivo por el cual una Fiscalía de esta  misma  ciudad  dispuso la apertura de instrucción y, por tanto, eran los jueces  de  esta  capital  los  competentes  para asumir su conocimiento, como en efecto  ocurrió  con el Juzgado Primero Penal del Circuito Especializado de Bogotá, el  cual  tramitó  la  fase  del  juicio  y dictó la sentencia de primer grado con  sujeción a las pautas legales sobre la materia.   

Así  las  cosas,  carece  de  razón  el  demandante  al  pretender  la nulidad de la actuación procesal argumentando que  el  mencionado  funcionario  no  era  competente para asumir el conocimiento del  asunto,       razón       por       la       cual       el       cargo       se  desestima.            

         2.  Segundo  cargo.   Causal tercera, nulidad por violación al  debido  proceso,  por desconocimiento de los principios de legalidad y seguridad  jurídica:   

El   tema   sobre   el  cual  gravita  la  argumentación  del  casacionista  está orientado a demostrar que se vulneraron  los   referidos  principios,  en tanto que para la fecha de la conducta que  se  le  atribuye  a  su defendido (hasta la emisión del último de los títulos  valores),  regía  la  interpretación  constitucional contenida en la sentencia  C-127  de  1993, la cual condicionaba la tipicidad del delito de enriquecimiento  ilícito  de particulares a la previa declaratoria de responsabilidad penal y no  la  hermenéutica  posterior contenida en fallo C-319 de 1996, por cuyo medio se  reconsideró dicha postura para concebirlo como delito autónomo.   

Como  en  forma  acertada  lo  señala  la  colaboradora  del  Ministerio  Público,  sobre  idéntico  planteamiento  ya ha  tenido  la  Sala  la  oportunidad de referirse con antelación, especialmente en  las     sentencias     de    fechas    abril    27      y      48 de 2001 y del  13        de       febrero       de       20029.   

         

        Se  señaló en aquellas ocasiones y ahora se reitera habida cuenta  que  el censor expone los mismos argumentos respecto de los cuales la Sala fijó  su  postura  en  los  antecedentes  referidos, que la Corte Constitucional en la  sentencia  C-127 de 1993, frente a la demanda de inconstitucionalidad instaurada  contra  el  Decreto  2266  de  1991  por medio del cual se adoptaron como normas  permanentes,  entre  otras  disposiciones,  el artículo 1º del Decreto 1895 de  1989,  advirtió  someramente  que  “La  expresión  ‘de   una   u   otra  forma’,  debe entenderse  como  incremento patrimonial no justificado, derivado de actividades delictivas,  en  cualquier  forma que se presenten éstas”, y que  “Las actividades delictivas deben ser judicialmente  declaradas,  para  no  violar  el  debido  proceso,  y  el  artículo  248 de la  Constitución  Política,  según el cual únicamente las condenas proferidas en  sentencias  judiciales  en  forma  definitiva  tienen la calidad de antecedentes  penales   y  contravencionales  en  todos  los  órdenes  legales”.   

        Así  mismo,  en el auto 045A del 19 de octubre de 1995 emitido por  el  Magistrado  Sustanciador,  Dr.  José  Gregorio  Hernández Galindo, al cual  también   alude   el   casacionista,   se   rechazó   una   nueva  demanda  de  inconstitucionalidad  propuesta contra la misma norma en el entendido de existir  cosa juzgada constitucional.   

        Sin  embargo,  la  Corte  Constitucional  en  la sentencia C-319 de  fecha   18   de   julio   de   1996,   al   resolver   la  acción  pública  de  inconstitucionalidad  promovida  contra  los  artículos 148 del Código Penal y  1º  del  Decreto 1895 de 1989 advirtió, respecto de la expresión “derivado,    en    una    u    otra    forma,   de   actividades  delictivas”,  contenida  en  ambas  disposiciones,  “que  en  manera  alguna  debe  interpretarse en el  sentido  de  que  deba provenir de un sujeto condenado previamente por el delito  de  narcotráfico o cualquier otro delito.  No fue eso lo pretendido por el  legislador;    si    ello    hubiese    sido   así,   lo   hubiera   estipulado  expresamente.   Lo  que pretendió el legislador fue respetar el ámbito de  competencia  del juez, para que fuera él quien estableciera, de conformidad con  los  medios de prueba y frente a cada caso concreto, la ilicitud de la actividad  y  el  grado  de  compromiso  que  tuviese  con  la  ley  el  sujeto  activo del  delito”.   

        Como  se  señaló  en  las  anteriores  decisiones  de la Sala, el  criterio  contenido  en  ese  primer  pronunciamiento,  referente  al  carácter  subordinado  del  delito  de  enriquecimiento ilícito de particulares, no tiene  valor  de  cosa  juzgada  implícita,  pues  de  haber  sido  así  “la  misma  Corte Constitucional habría encontrado en esa fuerza  vinculante   una   infranqueable   talanquera   para   abordar   nuevamente   el  punto”.   

        Al   respecto,   oportuno   se   ofrece   precisar   que  la  Corte  Constitucional  en  el  análisis  de  la  cosa  juzgada  constitucional  se  ha  encargado de determinar sus efectos y su fuerza vinculante.   

          De  esta  manera,  en  cuanto  respecta  con lo plasmado en la parte  resolutiva  del  fallo,  ninguna controversia surge en torno a la fuerza de cosa  juzgada   explícita   que   de  allí  dimana  y  a  sus  efectos  erga  omnes que obligan incluso a la misma  Corte Constitucional.     

          La  misma  consecuencia se predica de lo  que   se   conoce   como  ratio  decidendi,  entendiéndose  por  tal  los  conceptos  contenidos  en la parte  motiva  pero  que  expresan  el  “principio, regla o  razón   general   que   constituye   la   base   de   la   decisión   judicial  específica”10,  cuya  entidad  también es de doctrina vinculante y valor de cosa  juzgada   implícita,   efectos   a  los  que  tampoco  puede  sustraerse  dicha  Corporación.   

         En  cambio,  en  lo  atinente  a los obiter  dicta  o consideraciones incidentales de la respectiva  providencia,  por  no  estar  vinculadas  de  manera inescindible a la decisión  adoptada,  simplemente  constituyen un criterio auxiliar en la labor judicial en  los  términos  precisados  en  el  inciso  2º  del  artículo  230 de la Carta  Política,  como  en  efecto  ocurrió  con  los  comentarios  esbozados  en  la  sentencia  C-127  de 1993 en lo atinente al carácter subordinado de la conducta  delictiva  de  enriquecimiento  ilícito  de  particulares,  como  quiera que se  trató  de  escuetas  reflexiones sobre dicho tópico  que  así  hayan  aludido  tangencialmente  a  algunos derechos fundamentales no  tuvieron  mayor  desarrollo  argumentativo y de las que no es posible evidenciar  el  fundamento  o  la  razón  ligada inescindiblemente a la exequibilidad de la  norma  descriptiva  de tal ilícito;  por el contrario, su contenido revela  que   se   trató   de   conceptos  que  contaron  con  una  fuerza  simplemente  persuasiva.   

        Por   consiguiente,   a   partir  del  entendimiento  de  que  esas  motivaciones  del  referido  fallo  no  guardaban relación directa con su parte  resolutiva,  es  claro que no ostentaban el carácter obligatorio que pregona el  censor.   

        Además,  la  Corte Constitucional dentro de la facultad con la que  cuenta  para  señalar  los  efectos  de  sus  fallos de control constitucional,  precisó  ulteriormente  que  los  conceptos  contenidos  en  ella  tenían  esa  naturaleza,  cuando  sobre  ese  aspecto  precisó  en el aludido fallo C-319 de  1996, lo siguiente:   

        “…la  Corte  se  ve  precisada  a reconsiderar el planteamiento  hecho  en  la parte motiva de la Sentencia C-127 de 1993…Debe aclararse que no  se  trata  en  este  caso  de  un  cambio de jurisprudencia, por cuanto, por una  parte,  la  decisión  adoptada  en  esa providencia fue de exequibilidad de las  normas  acusadas,  es  decir  del  delito  de  enriquecimiento ilícito tal como  estaba  concebido  en  ellas  y, por otra parte, el articulo 48 de la Ley 270 de  1996,   Estatutaria  de  la  Administración  de  Justicia,  que  fue  declarado  exequible  por  esta  Corte  establece,  respecto  de las sentencias de la Corte  proferidas    en    cumplimiento   del   control   constitucional   ‘que   sólo  serán  de  obligatorio  cumplimiento  y  con  efecto  erga  omnes  en  su  parte  resolutiva’,      y     que     ‘la parte motiva constituirá criterio  auxiliar  para  la  actividad  judicial  y  para la aplicación de las normas de  derecho        en        general’…”11.   

Lo     anteriormente     expuesto,  permite   inferir   que   no   le  asiste  razón  al  casacionista  cuando  pregona  la  presunta  vulneración  de las garantías del  bloque  de  constitucionalidad,  constitucionales y legales citadas, a partir de  los argumentos contenidos en esta censura.       

Así    las    cosas,   el   cargo   no  prospera.   

En mérito de lo expuesto, la CORTE SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL, administrando Justicia en nombre de la  República y por autoridad de la Ley,   

RESUELVE  

NO   CASAR   la  sentencia impugnada.   

Contra  esta providencia no procede recurso  alguno.   

Cópiese, devuélvase al Tribunal de origen  y cúmplase.   

MARINA   PULIDO   DE  BARÓN   

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ                                                 HERMAN GALÁN CASTELLANOS   

Permiso  

ALFREDO           GÓMEZ  QUINTERO                     ÉDGAR     LOMBANA  TRUJILLO           

Permiso  

ÁLVARO      ORLANDO      PÉREZ  PINZÓN           JORGE   LUIS  QUINTERO  MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                            MAURO SOLARTE  PORTILLA   

TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria     

1  Sentencia  de  fecha  abril  4  de  2001;   M.P.  Dr.  Jorge Aníbal Gómez  Gallego. Rad. 16356.   

2 Auto  del  12 de marzo de 2002;  M.P. Carlos E.  Mejía  Escobar.   RAD.  19124  y,  en el mismo sentido, providencias del 20 de junio de 2001; M.P.  Dr.  Álvaro  Orlando  Pérez Pinzón y del 19 de junio de 2003; M.P. Dr. Herman  Galán Castellanos. Rad. 18483.     

3 Fol.  49 del cuaderno original número 1.   

4 Fol.  4 del c.o. # 4.   

5 Fol.  6 del c.o. # 18.   

6 Fols.  12-16 c.o. # 18.   

7  Radicación 14536; M.P. Dr. Édgar Lombana Trujillo.   

8  Radicación 16356;  M.P. Dr. Jorge Aníbal Gómez Gallego.   

9  Radicación 15224;  M.P. Dr. Edgar Lombana Trujillo.   

10  CORTE  CONSTITUCIONAL,  sentencia  SU-047  del  29  de enero de 1999, M.P. Dres.  Gaviria Díaz y Martínez Caballero.   

11  Este  criterio  fue  reiterado  posteriormente  en la  sentencia  de  unificación  SU-047  de  1999,  M.P.  Drs Carlos Gaviria Díaz y  Alejandro Martínez Caballero.     

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