23053(06-04-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 23053  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrada  Ponente:   

                                              MARINA PULIDO DE BARÓN   

                                          Aprobada Acta N° 021.   

Bogotá,   D. C., abril seis (6) de dos  mil cinco (2005).   

VISTOS  

Resuelve  la  Sala  el  recurso de casación  interpuesto  por  el  defensor  del  procesado JULIÁN  ZAPATA  MARTÍNEZ  contra  el  fallo  proferido por el  Tribunal  Superior  de  Bogotá  de  fecha  marzo  16  de 2004, mediante el cual  confirmó  la sentencia dictada por el Juzgado 12 Penal del Circuito de la misma  ciudad  el 28 de abril de 2003, por cuyo medio lo condenó como autor penalmente  responsable  de  los  delitos  de  homicidio y porte ilegal de armas de fuego de  defensa personal.   

HECHOS Y ACTUACION PROCESAL  

El  supuesto  fáctico  que  dio origen a la  presente    actuación    penal,    fue    declarado    por    el   ad-quem,  de la siguiente manera:   

“El  día 5 de septiembre de 1998, siendo  aproximadamente   las  10:00  de la noche en la calle 32 con carrera 4 vía  pública  del  barrio  Perseverancia de esta ciudad, se suscitaron hechos en los  cuales  el  joven Anderson Raúl Reyes Castillo resultara herido mortalmente por  arma  de fuego disparada por un hombre que huyó del lugar luego de perpetrar el  ilícito  y  que según las investigaciones fue identificado como JULIÁN ZAPATA  MARTÍNEZ,  el  insuceso  al  parecer  fue  producto  de rencillas personales de  antemano  surgidas  entre  los  dos citados jóvenes, vecinos del sector, por el  hurto    de    una    propiedad   mueble   al   primero   aludido”.   

A la investigación por el anterior hecho fue  vinculado,  mediante  declaratoria de persona ausente,  JULIÁN  ZAPATA  MARTÍNEZ,  en  cuyo marco le fue impuesta medida de aseguramiento  de  detención  preventiva  como  presunto  autor  responsable  de  los  delitos  de  homicidio y porte  ilegal de armas de fuego de defensa personal.   

Clausurada   la  investigación,  mediante  providencia  de  fecha julio 12 de 2000, se calificó el mérito del sumario con  resolución  de  acusación  para el procesado por las conductas imputadas en la  definición de situación jurídica.   

Contra  la  anterior  resolución, interpuso  recurso  de  apelación  la  defensa  del procesado, sobre el cual se abstuvo de  pronunciarse  la  Fiscalía  Delegada ante el Tribunal de Bogotá el 30 de abril  de   2002,   luego   de   considerar  que  había  sido  interpuesto  de  manera  extemporánea.   

La fase del juicio correspondió adelantarla  al  Juzgado  12  Penal del Circuito de Bogotá, despacho que, una vez surtió el  rito  legal  pertinente,  profirió  sentencia de primer grado el 28 de abril de  2003,  por  cuyo  medio  condenó  a  JULIÁN  ZAPATA  MARTÍNEZ   a  la  pena  principal  de  172  meses  de  prisión,  a  las  accesorias de inhabilitación para el ejercicio de derechos y  funciones  públicas  por el mismo lapso y a la suspensión del porte o tenencia  de  armas  de  fuego;   así  mismo,  al  pago  de  perjuicios en las sumas  estipuladas,  al  encontrarlo  penalmente responsable en calidad de autor de los  delitos   de   homicidio   y   porte   ilegal  de  armas  de  fuego  de  defensa  personal.   

Contra  el fallo anterior, interpuso recurso  de  apelación  el  defensor  del  procesado,  sobre  el  cual  se pronunció el  Tribunal     Superior    de    Bogotá    el    16    de    marzo    de    2004,  confirmándolo.   

           

La  defensa del procesado, inconforme con la  anterior  decisión,  promueve en su contra recurso extraordinario de casación,  mediante   demanda   que   amerita   pronunciamiento   de  la  Sala.     

LA DEMANDA  

Al  amparo de las causales tercera y primera  de  casación  el  actor  persigue  el  decaimiento  del  fallo  impugnado,  con  fundamento en los siguientes cargos:       

1.   Causal  tercera:  único  cargo,  nulidad     del     fallo     de     segunda     instancia    por    motivación  anfibológica:   

Señala el recurrente que el fallo contra el  cual  dirige  la  impugnación incurre en irregularidad sustancial que afecta el  debido  proceso, causal de nulidad contenida en el numeral 2° del artículo 306  de  la  Ley  600  de  2000  “por exhibirse el mismo  anfibológico o contradictorio”.   

Sostiene   que   la   sentencia  impugnada  “no  es  clara en sus reproches o es dubitativa con  relación  al material probatorio que compromete al acusado, es decir cuando sus  consideraciones  vitales mueven la perplejidad a la incertidumbre”,   situación   que,  agrega,  dificulta  la  defensa  “hasta  hacerla imposible”, y también  el  derecho  de contradicción, previstos en el artículo 29 de la Constitución  Política.   

Lo expuesto tiene sustento en que a partir de  la  página  9 de la sentencia de segunda instancia, se otorga pleno valor a los  testimonios   de   la   progenitora   y  del  hermano  del  occiso  “porque       además  (Se subraya) son corroboradas por las versiones de otros testigos  presentes  en  el  lugar  y  hora  en  que ocurrieron los hechos” (negrillas  y  paréntesis  tomados  del  texto del demandante); sin  embargo,  continua el actor, se omite hacer comentario sobre el mérito de estos  testimonios  para  arribar  al tema de los indicios señalando que robustecen la  prueba testimonial.   

De  modo que, se pregunta el defensor, si de  acuerdo  con  el  ad-quem la  prueba  es  principalmente indiciaria cuál crédito se otorgó a las anunciadas  declaraciones  de  la progenitora y del hermano de la víctima.  Se podría  inferir,  entonces, que se les concedió poco valor por tratarse de personas con  estrecho           lazo          de          parentesco          con          el  occiso.                                

Sobre  el particular, destaca, sólo existen  conjeturas,  existiendo  la  posibilidad,  incluso,  de  que el Tribunal se haya  apartado  de  la  amplia  valoración  que el inferior asignó al testimonio del  hermano  de  la  víctima.   En  esa  dirección,  se  aparta del carácter  “definitivo”  que se le concedió a dicha probanza por el Juzgado para en su  lugar    considerar    que    el    acervo   probatorio   es   “principalmente  indiciario”.   

Con  sustento  en  lo  anterior, solicita se  decrete  la nulidad del fallo impugnado a fin de que se profiera nueva sentencia  sin  “varias  interpretaciones o a perplejidad  sobre  cuál  es la prueba principal y ‘definitiva”   que   milita   contra  mi  defendido”.                     

2.    Causal  primera:  primer  cargo  subsidiario,  violación  indirecta de la ley sustancial a consecuencia de error  de hecho por falso juicio de existencia:   

Según  el censor, este yerro se produjo por  cuanto  en  la  sentencia  se  incurrió  en  suposición  y omisión de algunas  pruebas,  falencias que en conjunto “conducen por lo  menos   a   DUDAR   de  la  responsabilidad  de  mi  representado”.   

La   suposición  probatoria,  señala  el  casacionista,  se  evidencia  con respecto a las declaraciones de la madre de la  víctima  y de otras personas que presenciaron los hechos en los cuales resultó  muerto   Anderson  Raúl  Reyes  Castillo,  al señalarse en el folio 11 de la sentencia que las versiones de  la  primera citada y del hermano del mencionado “son  corroboradas  por  las  versiones de otros testigos presentes en el lugar y hora  en que ocurrieron los hechos ”.   

Agrega que el juzgador incurrió en la misma  falencia  cuando  aseguró  que Martha Sabina Castillo  Guillén,   madre    del    occiso,    presenció    los   hechos   “ignorando     que     dicha    dama    sostuvo    no    haberlos  presenciado”,  porque ella es enfática en varias de  sus  atestaciones  en  precisar  que  se  enteró de ellos por lo que le dijeron  otras personas.       

En  segundo  lugar,  aduce  que  el Tribunal  también  ignoró la versión de la madre de la víctima rendida en la URI de la  Fiscalía  en  donde  indicó  que,  de  acuerdo  con  lo  que  le contaron, los  homicidas  pasaron  en una moto disparando indiscriminadamente como seis tiros y  que   el   muchacho   que  se  encontraba  con  él  salió  corriendo  y  luego  desapareció.   

Si  el  sentenciador,  prosigue,  no hubiera  ignorado  esta  versión,  le  habría  dado  credibilidad  a  las declaraciones  rendidas    por    Manuel    de    Jesús    Zapata  Cárdenas,  Carlos  Andrés  Riveros   Ardila,   Jorge  Andrés     Pérez     Moyano     y    Oscar  Johany  Díaz Daza, testimonios que  repudian  la “insular” imputación que se hace contra su defendido por parte  del hermano de la víctima.   

Sobre   el  particular,  no  desconoce  la  posibilidad  de  que  su  defendido hubiera estado dentro del grupo de muchachos  reunidos  la  noche  de  los hechos, e incluso que pudiera estar hablando con la  víctima,   pero  “tal  reconocimiento  de  ninguna  manera  excluye  o  torna  poco  creíble  que alguien apareciera y ‘empezara  a  disparar a todo el mundo  que  estaba  por  ahí’,  como  se  vio  que  dijo  nada  menos que la madre de la víctima”.     

En  ese orden de ideas, colige que no fue el  procesado   quien   efectuó   los   disparos,  de  tal  modo  que  “esa  probabilidad, ella sola, haría constitucional y legalmente  obligatorio  ABSOLVER  por duda, según los artículos 29 de la Carta Política,  7°  y  232  del  Código  de  Procedimiento  Penal”,  resaltando   que   el  principio  in  dubio  pro  reo  es    de   naturaleza   universal.         

3.   Causal  primera:  segundo  cargo  subsidiario,  violación  indirecta de la ley sustancial a consecuencia de error  de hecho por falso raciocinio:   

Luego de recordar lo que la Sala ha sostenido  sobre  esta  modalidad  de  error,  aduce  que  se concretó en relación con el  testimonio     de     Johnary    Alexander    Reyes  Castillo,  al valorarse en contra de la sana crítica,  lo   cual  condujo  a  que  se  le  otorgara  un  crédito  excesivo.   Esa  credibilidad,    indica,    resulta    contraria    a    la   lógica   por   lo  siguiente:   

En  primer  lugar,  porque es contradictorio  frente  al  normal  discurrir  de las cosas y el racional proceder que el citado  testigo  sostenga que apenas vio que le dispararon a su hermano emprendió veloz  carrera  por  temor  a  unos “ñeros” que merodeaban el lugar, e igualmente,  que  hubiera  regresado  mucho tiempo después, cuando su hermano ya había sido  introducido en un taxi con destino al hospital.   

En  segundo  lugar,  se pregunta cuál es el  amigo  que  según  el  declarante  acompañaba a la víctima instantes antes de  aparecer su defendido.   

En  tercer  término,  se cuestiona también  sobre  cuál  fue  la  razón que tuvo el testigo para cambiar su versión en la  ampliación  visible a folios 265 y siguientes, al señalar que vio a su hermano  con  unos  amigos  dentro de un taxi y particularmente cómo pudo percatarse que  se    trataba    de    “amigos”   si   se   encontraba   a   una   distancia  considerable.   

Posteriormente,  relaciona  una  serie  de  interrogantes  y  contradicciones  que  surgen del dicho de este declarante, los  cuales   invaden  su  testimonio  de  “sombras  y  lunares”  y  que  impiden  “en      sana      crítica”     otorgarle  credibilidad  incriminatoria.   A  estos factores se  une  el  estrecho  vínculo  de parentesco y el propósito de quitar del medio a  quien incomodaba a su hermano con el suceso ocurrido un año antes.   

La  incidencia  del  error  estriba  en  que  definitivamente  no  existe  ningún  testigo  presencial de los disparos por lo  que,  como  mínimo, tal atribución queda en el ámbito de la duda que obliga a  absolver a su defendido.    

Al demandante también le resulta ilógico el  rechazo  que  el sentenciador hizo de “la afirmación” consistente en que el  procesado  recibió  de  la  víctima  una  herida  en el antebrazo, la cual fue  atendida  por  el  médico  Edison Diomedes Quiñonez  Moreno,  con el argumento de que no es creíble que el  procesado  se  hubiera  traslado hasta un lugar tan retirado de donde ocurrieron  los  hechos,  como  en  efecto  lo  es  la residencia del galeno, sin tenerse en  cuenta  lo  declarado  bajo la gravedad de juramento por éste, en el sentido de  que  la  familia  del  acusado  lo  conocía  de tiempo atrás, de suerte que se  aviene  con  la  lógica que sólo ante persona conocida y de relativa confianza  “se atreve uno a molestarlo en semejantes horas que  se  dedica  al  reposo,  máxime  si era un sábado”,  además,  porque  la declaración del profesional de la salud se refuerza con lo  dicho   por   el   testigo   Carlos  Andrés  Riveros  Avila,  quien  pudo ver como la víctima discutía con  el  procesado  y le “tiraba a Julián con algo en la  mano”.   

La incidencia de este juicio errado radica en  “la  irresponsabilidad  probable  de ZAPATA por una  defensa  justa  o  por  lo  menos,  a una ira por grave agresión”.   

Conforme  a lo expuesto, indica el actor, el  fallador  infirió  ilógicamente  que no fue cierta la herida del acusado y, en  consecuencia,  que  tampoco  lo  era la consulta al médico en un lugar retirado  del  sitio  de lo hechos pero, en sentido opuesto, lo que se revela es el normal  modo  como  transcurren  las  cosas  en la vida cotidiana, de suerte que los que  “atentan  contra  la sana crítica son precisamente  los  razonamientos  que  en  sentido opuesto realizó el Tribunal”.   

A  continuación,  se  refiere al indicio de  huída  construido  en  contra  de su defendido, cuya estructuración, considera  “choca  contra  la  logicidad que debe revestir tal  inferencia”, pues si como lo señaló en precedencia  el  acusado  recibió una lesión que en el fallo se acepta pudo haber ocurrido,  ello  permite  inferir  que  hubo  un  enfrentamiento  previo, y por lo tanto es  lógico  que  este  incidente  haya  compelido  a  su  defendido  a abandonar de  inmediato   el   sitio   de   los  hechos  con  dirección  al  consultorio  del  galeno.   

De  la  anterior urgencia médica se infiere  razonable  la  encrucijada  en que se hallaba su prohijado al ser señalado como  la  persona  que  acababa  de  cometer el homicidio, pues frente a una reacción  justificada  o  atenuada,  desde  ningún  ángulo  conceptual la huída resulta  ilógica, pues es fruto del simple instinto de  conservación.   

El  derrumbamiento  de  los  tres  indicios  señalados,  deja  sin  piso  probatorio  al  fallo,  por  lo  que  se impone la  absolución.   

En  ese  orden  de  cosas,  solicita  como  petición  principal  frente al primer cargo, el decreto de la nulidad del fallo  del  ad-quem, a fin de que se  emita   sin   vicios.  Subsidiariamente  “y  en  su  orden”,  depreca que se case la sentencia y se dicte  absolutoria  de reemplazo;  en segundo lugar, se reconozca que su defendido  actuó  en  legítima defensa y, por último, se sustituya por uno condenatorio,  pero con la atenuante de la ira.       

CONCEPTO DEL MINISTERIO PÚBLICO  

Respecto   del  cargo  principal,  causal  tercera,     nulidad    de    la    sentencia    impugnada    por    motivación  anfibológica:   

Advierte en cuanto a este reproche el señor  Procurador  Cuarto   Delegado  para  la  Casación  Penal, que si bien debe  reconocerse  la  importancia  que  reviste  la  motivación  de  las  decisiones  judiciales,  hasta  el  punto  de  que  legitima la función jurisdiccional y su  violación   se  sanciona  con  nulidad,  en  el  caso  concreto  la  pretextada  anfibología está lejos de presentarse.   

Lo  anterior porque si la pretensión surge  tras  confrontar  las decisiones de primera y segunda instancia, concebidas como  unidad  jurídica  inescindible,  “olvida  que esta  propiedad    solo    es    predicable   de   todo   aquello   en   que   no   se  contradigan”,  para  lo cual recuerda lo que la Sala  ha sostenido sobre el particular.   

En  todo  caso, precisa, el cargo carece de  vocación  de  éxito,  porque  no  es  cierto que se contradigan lo dos fallos,  “por  el  contrario  el  iudex ad-quem expresamente  señaló  estar  de  acuerdo  con  las precisiones probatorias y las deducciones  lógico    jurídicas   plasmadas   en   la   sentencia   apelada”,  razón  por  la cual con sus  propios términos reconstruyó  la  argumentación del a-quo,  advirtiendo  que  de  la  declaración  de  la madre sumada a la del hermano del  occiso  y las de otros testigos de oídas surgía la responsabilidad del acusado  “imputación   que   halló   robustecida  con  el  análisis   conjunto   de   los   indicios   también   predicados   en  primera  instancia”.   

Así las cosas, el casacionista se limita a  la  sentencia  de  segunda  instancia,  a  destacar simples frases y seleccionar  aisladamente  algunas  de  sus  partes  “dejando de  advertir  que  su  contexto  permite  integralmente su comprensión y explica su  sentido”.    

En  punto  de  la  causal  primera,  cuerpo  segundo,   violación   indirecta  de  la  ley  sustancial  por  errores  en  la  apreciación probatoria:   

Advierte  en  primer  lugar  que  para  los  efectos  de  esta  causal  es  imprescindible  que se desquicien en su totalidad  todos  los  medios  probatorios de la sentencia, pues basta con que persista uno  solo  de  ellos  con  suficiente contundencia para que mantenga su condición de  acierto y legalidad.      

Así,  destaca  que  el  censor  en  vez de  elaborar  una presentación y demostración ordenada dentro de un mismo reproche  “en  relación  con distintos medios de convicción  formula   en   forma   separada   y   autónoma  dos  modalidades  de  error  de  hecho”.   

Acerca    del    falso    juicio    de  existencia:    

Partiendo  de  la naturaleza de este error,  indica  el  Agente  del  Ministerio  Público  que  la  suposición que el actor  atribuye   al   sentenciador   referida   a  que  la  madre  del  occiso  estuvo  presente   en  el  lugar  de  los  acontecimientos,  no desarrolla el yerro  invocado sino un error de hecho por falso juicio de identidad.   

En  el  mismo  sentido  sostiene  que  el  demandante  no guarda fidelidad con las consideraciones del juzgador, puesto que  ni  el  Tribunal  ni  el  fallador de primer grado señalan a la declarante como  testigo   de  excepción,  siendo  claros  en  advertir  que  se  trata  de  una  declaración  indirecta  o de “oídas”, de la cual surge credibilidad habida  cuenta  que  es  responsiva,  seria,  cierta  y  no  tiene  ambigüedades,  pero  especialmente  porque  se  encuentra  corroborada  con  lo  dicho por el testigo  directo  Johnary Alexander Reyes Castillo, hermano del occiso.   

Igualmente,  no  se  ignoró  esta versión  sobre  la  forma  indiscriminada  en que habrían disparado los individuos de la  motocicleta,  en  tanto no existe duda de que este testimonio fue considerado en  la  sentencia.   Así  pues,  la  omisión  de  la parte de la prueba, pudo  haberla  alegado como un falso juicio de identidad  por cercenamiento de la  prueba.   

Sobre  el  falso  raciocinio:   

En torno a este supuesto yerro que invoca el  casacionista  frente  a  la  declaración  de  Johnary  Alexander  Reyes  Castillo, subraya el Representante de  la  Sociedad  la  contradicción que en su interior se advierte al pregonar duda  probatoria  que  obligaba  la absolución y a la par el reconocimiento de que el  procesado  fue  herido,  con  lo  cual  pretende que se reconozca a su favor una  defensa justa o, en su defecto, la atenuante de la ira.    

Si bien, agrega, las dos primeras hipótesis  conducen   a  la  absolución,  la  primera  niega  la  segunda,  toda  vez  que  “solo puede obrar justificadamente el que comete la  acción  y  nunca el que es ajeno a ella”.  Así  mismo,  evidencia mayor negación de las dos anteriores el fenómeno de la ira e  intenso  dolor,  por constituirse en un degradación de la responsabilidad penal  y no una eximente de ella.   

Desde  esa  perspectiva, para el Procurador  Delegado   es   claro  que  el  casacionista  con  esta  propuesta  “desconoce  una de las leyes del pensamiento que tradicionalmente  se   ha   conocido   en   la  Lógica  Formal  con  el  nombre  de  ‘contradicción’        (o        ‘no     contradicción’      como      también      se  llama)”,   entendiendo  que  lo  contradictorio  se  refiere  a  “cualquiera de dos proposiciones de las  cuales  una  afirma  la  que  la  otra  niega, y no pueden ser a un mismo tiempo  verdaderas ni a un mismo tiempo falsas”.   

La   perplejidad   denotada   impide   la  resolución  de  fondo del asunto porque deja al órgano jurisdiccional frente a  la   disyuntiva   de   decidirse   por   una  u  otra  propuesta,  camino  vedado  en virtud del principio de  limitación  y  el  carácter  rogado  que  regentan  el medio extraordinario de  impugnación.   

Agrega  que aun cuando la falencia técnica  advertida  es suficiente para desestimar el reproche, a ello se suma que tampoco  se  desarrolla  en  forma  adecuada  el error de hecho que se postula, porque el  casacionista  no sólo se dedica a exponer su criterio personal en relación con  el  testigo  de  excepción,  sino que no tuvo en cuenta que su valoración debe  ser  integral  y sus variaciones no implican necesariamente que esté mintiendo,  aspectos  que  han  de  ser  valorados  por el funcionario conjuntamente con los  demás  medios  de  persuasión y, en especial, con sujeción a las reglas de la  sana crítica.          

Desconoce  igualmente  el  demandante  que  cuando  se  trata  de  diversos  relatos  sobre  un  mismo hecho provenientes de  diferentes  personas,  es normal que existan divergencias incluso sobre aspectos  trascendentales,  sin  que por ello pueda afirmarse que una de ellas no es veraz  o  miente;   adicionalmente,  no  tiene en cuenta que en el camino hacia la  formación   de   la   certeza  el  funcionario  puede  seleccionar  los  medios  probatorios,  descartando  algunas  pruebas  o  tomando  de  ellas  sólo lo que  resulta trascendente.   

En conclusión, el casacionista se limitó a  refutar  la  credibilidad que se le otorgó al testigo sin referir a la regla de  la  lógica,  la  máxima  de  la  experiencia o el principio científico que se  quebrantó,  circunscribiéndose  a  señalar  de contradictoria la declaración  frente  al  normal transcurrir de las cosas con base en la forma como narró los  hechos y la percepción que tuvo de ellos.     

Ahora bien, anota que aunque es posible que  resulte  más cercano a la experiencia común hacerse examinar por un médico de  confianza   a   pesar   de  encontrarse  distante,  en  lugar  de  acudir  a  un  establecimiento  asistencial  próximo cuando se ha cometido un delito, el actor  no  se  ocupó  de  demostrar los principios de la sana crítica que se habrían  desconocido  en  relación  con  los  otros  testimonios  que  deponen sobre las  supuestas heridas que recibió el procesado.   

En lo que atañe con el indicio de huída no  hace  ningún  aporte  en  punto de demostrar la regla de la logicidad vulnerada  con   la   inferencia   lógica,  pues  simplemente  controvierte  su  grado  de  persuasión.   En  cuanto  a  la  aplicación  del  principio  in   dubio  pro  reo  propone  argumentos  superficiales    que    contrastan    con    las   juiciosas   inferencias   del  Tribunal.   

Las  deficiencias técnicas señaladas y la  absoluta     falta     de    fundamento    conducen    al    fracaso    de    la  pretensión.         

Solicitud de casación oficiosa:  

Advierte   el   Representante   de   la  Sociedad    que   en  el  proceso  de  dosificación  punitiva  se  tomaron  in     integrum    por  favorabilidad  las  disposiciones  de  la  Ley  599  de 2000, sin reparar que el  tiempo  de  duración  de  la  pena  de  inhabilitación de derechos y funciones  públicas    prevista    en    este    estatuto    es    perjudicial   para   el  procesado.   

De  ese  modo,  se le condenó por el mismo  lapso  de  la pena principal de prisión, cuando el artículo 44 del Decreto 100  de  1980  imponía  un  máximo  para esa pena de 10 años, disposición que, en  consecuencia,  se  debe aplicar por favorabilidad.  Además, se le condenó  a  la  pena  de  privación  del  derecho  a  la  tenencia  y porte de armas sin  especificar un lapso de duración.    

Señala también que al no graduarse la pena  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  conforme  a  ley  vigente  al  tiempo  de  comisión  de la conducta,  comporta vulneración del principio de legalidad de la pena.   

En el acápite final, el Procurador Delegado  solicita  desestimar los cargos de la demanda y casar en forma oficiosa el fallo  objeto  del  recurso  ajustando el monto de pena accesoria de inhabilitación de  derechos  y  funciones  públicas a la norma favorable y que se desconozca la de  privación del derecho a la tenencia y porte de armas.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

Por  respetar el principio de prioridad que  rige  al  recurso  extraordinario  de casación, según el cual los cargos deben  proponerse  de  acuerdo  con  su  incidencia  procesal, se dará respuesta a las  censuras en el mismo orden en que se formulan en el libelo.   

Cargo  principal:   Causal  tercera,  nulidad     del     fallo     de     segunda     instancia    por    motivación  anfibológica:   

En punto del tema de la falta de motivación  de  la sentencia, que propone el libelista en sustento del reproche, tiene dicho  la  Sala  que  “constituye  carga  para  el  censor  demostrar  que  el fallo carece total o parcialmente de motivación, o que acusa  una sustentación dilógica o ambivalente.   

Cuando   no  se  precisan  las  verdades  fácticas  y  jurídicas en que se soporta la decisión, se presenta la carencia  absoluta  de  motivación;  cuando  la  motivación  no  alcanza  a traslucir el  fundamento  del  fallo,  aquella se considera precaria o incompleta; y cuando la  sentencia  se  cimienta  en  razones  contradictorias  y excluyentes que impiden  conocer     su     verdadero    sentido,    la    motivación    se    considera  anfibológica”    1.   

De  las  diferentes alternativas señaladas  que   permiten   evidenciar   defectos  en  la  motivación  de  las  decisiones  judiciales,  el   casacionista  se  inclina  por la última en mención, al  estimar   que  el  fallo  impugnado  vislumbra  motivación  anfibológica,  por  resultar  contradictorio  con la sentencia de primer grado en cuanto al material  probatorio  que  compromete a su defendido, pues mientras que el Tribunal otorga  a  la  prueba  indiciaria  carácter  principal y surge perplejidad en cuanto al  crédito   que   le   concedió    a   las  declaraciones  de  Johnary   Alexander   Reyes   Castillo  y  Martha    Sabino    Castillo   Guillén,  el  Juzgado  le  dio a estas últimas una connotación definitiva  frente a la responsabilidad de su prohijado.   

Sea lo primero anotar, como acertadamente lo  destaca  el  señor  Agente  del  Ministerio Público, que el casacionista yerra  desde  la  misma  estructura  de  la  propuesta,  al  pretender demostrar que la  anfibología  dimana  de  la  contradicción  entre el valor que se le otorgó a  unos  determinados  medios  de  prueba por el juzgador de primera instancia y el  mérito    probatorio    que    les    concedió    el   Tribunal   ad-quem.   

Al respecto, oportuno se ofrece precisar que  en  sede  del  recurso  extraordinario  de  casación,  opera el principio de la  unidad  inescindible  entre  las  sentencias  de  primera y segunda instancia en  relación  con  todo aquello en que no se contradigan.  Ello significa que,  frente  a  los  aspectos  uniformes  existe complementariedad, por manera que el  censor  está  compelido  a  derruir  todos  los  soportes  de  la decisión que  controvierte,  independientemente  de  si  se  encuentran  en  la  decisión del  juzgador  de  primer  grado  o  en la del de segundo, a riesgo de que si deja de  atacar  alguno  de  esos  tópicos  con  la  suficiente entidad para mantener el  fallo,   el   esfuerzo   que   emprenda   respecto   de   los  demás  se  torne  inane.                    

En  el  supuesto  contrario,  esto  es,  de  advertirse  que  no  hay  afinidad  entre los razonamientos expuestos por dichos  funcionarios;   como  cuando, para seguir la misma idea desarrollada por el  actor,  no  se asigna el mismo mérito a una determinada prueba, al considerarse  por  uno  de  los  funcionarios  que era definitiva mientras que para el otro no  reviste  la  misma  entidad,  simplemente  el  casacionista  debe sujetarse a la  valoración  dispensada  por  el  fallador  de  segundo  grado contra el cual se  dirige  la  impugnación, porque en dicho caso se resquebraja el principio de la  unidad inescindible a que se ha hecho referencia.     

Con fundamento en lo expuesto, se colige que  el  ataque  formulado por el actor en este cargo, al amparo de la causal tercera  de  casación  por supuesta motivación anfibológica de la sentencia de segunda  instancia,  está  erróneamente  concebido  desde su misma estructura, por  partir  de  un concepto que no se aviene con el principio de unidad inescindible  de  las  decisiones  que rige el recurso extraordinario de casación, puesto que  si  encontró  incompatibilidad  entre  los  argumentos  expuestos  por  los dos  falladores,  simplemente debió concentrar su atención en refutar los plasmados  en la sentencia de segunda instancia.   

Ahora  bien,  el aspecto señalado no es el  único  que  permite  inferir que el cargo no tiene ninguna vocación de éxito,  pues  sin  dificultad  alguna se advierte que los presupuestos en que se basa no  son ciertos.   

En  primer  lugar, resulta preciso señalar  que  no  es  veraz la afirmación del actor en el sentido de que en la sentencia  del   Tribunal  se  omitió  “cualquier  comentario  evaluativo”  sobre  los  testimonios     de    Johnary    Alexander    Reyes  Castillo    y  Martha  Sabino    Castillo    Guillén   (hermano   y   madre  respectivamente  de  la  víctima),  aserto que, dicho sea de paso, no compagina  con  su  propuesta  de  motivación  contradictoria  y  se  asimila  más  a una  motivación  incompleta  por falta de apreciación de dichas probanzas, pero que  en  esencia  riñe  con lo que objetivamente muestra el fallo impugnado en donde  con  facilidad se constata que efectivamente fueron objeto de ponderación, como  pasa a verse:   

“Como fundamento de lo anterior, la Sala  se  aparta  de  la petición de la defensa y otorga pleno valor probatorio a las  declaraciones  rendidas  por JOHNARY ALEXANDER REYES CASTILLO (fl. 59 A 65 Y 164  A   168  c.o.),  progenitora  y  hermano  de  la  víctima  porque  además  son  corroboradas  por  las  versiones de otros testigos presentes en el lugar y hora  en que ocurrieron los hechos”.   

Más  adelante,  el Tribunal al concluir su  análisis  en  torno   a  los  diversos  medios  probatorios, insiste en la  credibilidad  que  surge  de los mencionados medios de convicción, indicando lo  siguiente:   

“En suma la presencia de JULIÁN ZAPATA,  en  el lugar de los hechos, su enemistad y constante enfrentamiento con ANDERSON  RAÚL  REYES  CASTILLO,  la  supuesta  herida  que  recibió,  que de ser cierta  permitiría   inferir   que  existió  un  enfrentamiento  antes  del  desenlace  trágico,  su  huída  del  barrio  e  incluso de su hogar, desde el día de los  sucesos,  son  indicios  que, sin duda alguna, demuestran la responsabilidad del  procesado  en  el  homicidio  investigado, conclusión  que  se  corrobora con las declaraciones de la madre y el hermano del occiso, ya  citadas,  y JOHANY DÍAZ DAZA, ofrecen serios motivos  de  credibilidad ya que gozan de plenitud de sus facultades físicas y mentales,  son  personas  idóneas  y  sus  declaraciones  son  conducentes,  pertinentes y  llegadas  al  proceso  en  forma  oportuna;   además  están encaminadas a  corroborar  el  mismo  hecho  la  presencia  el  joven  JULIÁN  MARTINEZ ZAPATA  (sic)  en  el  lugar de los  hechos”  (negrillas  fuera  de  texto).           

Lo anterior despeja cualquier incertidumbre  acerca  de  que  el  fallo de segunda instancia, respecto del cual se pregona el  defecto  de  motivación,  haya  omitido valorar las pruebas en mención, lo que  deja sin fundamento el presupuesto del casacionista.   

En  segundo  lugar,  que  el  Tribunal haya  otorgado  mayor  mérito  para edificar la responsabilidad penal del procesado a  la  prueba  indiciaria que a la testimonial, como así lo sostiene en uno de los  apartes  finales de la decisión al señalar que “El  análisis   en   conjunto   del   acervo  probatorio,  así  sea  principalmente  indiciario,  permite  a  la  Sala  sostener con certeza que fue el joven JULIÁN  ZAPATA  MARTÍNEZ el autor del homicidio” y que dicha  prueba  se robustezca con la prueba testimonial, configura una situación que en  nada  compromete  el  derecho  de defensa, como dice el censor ocurrió hasta el  punto    de    “hacerla   imposible”,   pues   lo   cierto   es   que   se  expone  una  motivación,  y  específicamente   sobre  los  medios  de  prueba  de  carácter  testimonial  e  indiciario  en que se soportó el juicio de responsabilidad, los que a la postre  vienen   a   ser   los   mismos   en   que   se    basó   el  a-quo,  esto  es,  los testimonios de las  personas  referidas  y  los  indicios  basados  en  la  existencia  de rencillas  anteriores  entre  el  occiso  y  su victimario y la actitud evasiva asumida por  este  último  desde  la  fecha en que se cometieron los hechos hasta el momento  actual,  motivación  suficiente  que  en  momento  alguno  coartó el ejercicio  defensivo.   

Por consiguiente, es claro que la censura no  prospera.   

Cargos  segundo  y  tercero,  subsidiarios,  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial  por  aplicación indebida de los  artículos  103  y 201 del Código Penal por errores de hecho en la apreciación  de las pruebas:   

La  Sala,  al  igual  que  el  Procurador  Delegado,  dará  respuesta  a  los  dos reparos en el mismo aparte, en tanto se  estima  es   incorrecta la forma como fueron planteados por el casacionista  en  cargos  independientes,  al  no cumplir con la obligación de integrar en la  censura   los   diferentes   medios   probatorios  que  fundamentaron  el  fallo  atacado.   

En todo caso, se acometerá inicialmente el  estudio  del falso juicio de existencia que por suposición e ignorancia propone  el   actor   y   luego   se   expondrá   lo   pertinente   respecto  del  falso  raciocinio.   

Falso juicio de existencia:  

Este   supuesto   error  de  apreciación  probatoria  tiene fundamento, por un lado, en la suposición del juzgador de que  la  madre  de  la  víctima,  Martha  Sabina Castillo  Guillén,  y  “otras  personas”  fueron  testigos  presenciales  de  los  hechos  y, por otro lado, al ignorarse la versión que la  mencionada  rindió  en  la URI de la Fiscalía, en donde señaló que según le  contó  la  gente  fueron unos sujetos que se movilizaban en motocicleta quienes  dispararon  alrededor  de  seis  disparos  a todos los que se encontraban;   aseveración  que  a su juicio permite conferirle credibilidad a los testimonios  de  Manuel de Jesús Zapata Cárdenas, Carlos Andrés  Riveros   Ardila,   Jorge   Andrés  Pérez  Moyano  y  Oscar  Johany  Díaz, y así  poner  en  duda  la  participación  de  su  prohijado en los hechos delictivos,  siendo lo pertinente, en consecuencia, absolverlo.   

      

Entre los varios reparos que surgen frente a  esta  censura,  comiéncese  por  indicar que es totalmente contradictoria, pues  respecto  de  una  misma  prueba, la declaración de la madre de la víctima, se  alega  simultáneamente  suposición  e ignorancia, postulados que a todas luces  son excluyentes.   

En   efecto,   como   lo   ha   señalado  reiteradamente  la  jurisprudencia  de la Sala, si el falso juicio de existencia  tiene  sustento  en que se ignoró una prueba incidente de cara a las decisiones  adoptadas  en  el  fallo que se recurre o, dicho de otro modo, que se omitió su  valoración  a  pesar  de  obrar  materialmente  en  el expediente, no es viable  sostener  coetáneamente  y dentro de la misma censura que se supuso, por cuanto  esta  situación,  aun  cuando  también tiene que ver con lo existencia física  del  medio  de  prueba,  se  verifica  cuando  el  medio de prueba no obra en el  expediente  y es creado o ideado por el juzgador también con efectos incidentes  en el fallo, situación contraria a la del primer supuesto.    

Por lo anterior, constituye una afrenta a la  lógica  y  especialmente  al denominado principio de no contradicción, aceptar  que   ambos  fenómenos  se  suscitaron  respecto  de  una  misma  prueba  a  la  vez.        

Ahora   bien,   con   respecto   a   la  “suposición”  de  los  testimonios  de  la  madre  del occiso y de “otras  personas”,  contenida en la segunda parte de este reproche, oportuno se ofrece  precisar  que  no es veraz aducir que el sentenciador, ni el de primera ni el de  segunda  instancia,  haya  otorgado  el  carácter  de  testigo  de excepción o  presencial     a     Martha     Sabina    Castillo  Guillén,  madre  de  la víctima    -a  quien  en todo momento se le valora como testigo indirecto o “de oídas-, ni a  ninguna   otra   persona   distinta   del   hermano   del   occiso  Johnary  Alexander  Reyes Castillo, por lo  que  fácil  se  advierte  que  el  casacionista  no  se  sujeta a los estrictos  términos contenidos en la decisión que impugna.   

En  lo  que  toca con la omisión del mismo  testimonio   de   Martha  Sabina  Castillo  Guillén  rendida ante la URI, se tiene que, adicionalmente a lo  advertido,  el censor desconoce que el falso juicio de existencia por ignorancia  de  la  prueba  no  se  configura por la preterición de un segmento o aparte de  ella,  como  en  efecto  lo  es  en  este  caso la atestación que dicha testigo  rindió  ante esa unidad de la Fiscalía, la cual sólo forma parte de lo que en  conjunto  advirtió  en  sus  diferentes  salidas  procesales,  por  lo  que  su  propuesta  más  parece  encasillar  en  un  error  de hecho por falso juicio de  identidad, que en momento alguno desarrolla.    

En  esa  medida,  es  claro que el error de  apreciación     por     falso     juicio     de     existencia     no     tiene  fundamento.      

Falso raciocinio:  

El  censor estructura este yerro sobre tres  aspectos.   En  primer  lugar,  respecto  del  testimonio  de  Johnary    Alexander   Reyes   Castillo,  señalando  que  se  violó  la lógica, el normal transcurrir de las cosas y el  racional  proceder, al otorgársele credibilidad no obstante señalar que apenas  vio  que  le  disparaban  a  su  hermano  emprendió  carrera  por  temor a unos  “ñeros”  que  deambulaban  el sector y regresar mucho tiempo después y, en  tanto  resulta  contradictoria  entre  sí,  con  otras  pruebas testimoniales y  porque  proviene  de  una persona que tiene parentesco con la víctima.  En  segundo  lugar,  porque  en  su  sentir  es  igualmente  ilógico  desconocer la  existencia  de  la herida que el procesado recibió en el antebrazo y, en tercer  orden,  porque  también riñe con ese postulado la construcción del indicio de  huída en su contra.   

   

En  lo  atinente a la crítica que emprende  frente  a  la  credibilidad  otorgada al testimonio de  Johnary   Alexander  Reyes  Castillo,  hermano  de  la  víctima  de  los hechos, resulta preciso señalar que sólo la primera parte de  esa  disertación  se  aproxima  al  desarrollo  del  error  de  hecho por falso  raciocinio  que  alega,  al  advertir que el mérito concedido es contrario a la  lógica   y   “contradictorio   frente  al  normal  transcurrir  de  las  cosas,  al  racional proceder”,  toda  vez  que  en  la  segunda  parte de esa crítica se circunscribe a exponer  desde  su  estricta  óptica  personal  el valor  que atribuye a la prueba,  destacando  supuestas  contradicciones  en  las  que incurre el testigo, las que  exhibe  frente  a  otras  pruebas  y  subrayando  que  está  empañado  por  el  parentesco,  aspectos  que    nada  tienen  que  ver  con el yerro que  endilga al fallo.   

En  cuanto  al  reparo  que  elabora  en la  primera  parte del ataque respecto de la credibilidad que se le otorgó al   testigo    presencial    por    contrariar    la    lógica,   el   “normal  transcurrir  de  las cosas” y  el  “racional proceder”,  cuando  se  trata  de un hermano que apenas vio que disparaban contra su hermano  huyó  del  lugar  por la presencia de “unos ñeros” y que regresó al lugar  mucho  tiempo  después,  su propuesta se queda en lo meramente enunciativo dado  no  explayar  en  qué  se  basa  para  llegar  a esa conclusión, sin explicar,  adicionalmente  y  siendo  lo más importante frente a este tipo de error, cuál  es   el   postulado   lógico  que  en  su  concepto  se  transgredió  con  esa  valoración.   

Algo   similar   ocurre  con  el  segundo  cuestionamiento  que  incluye en el mismo yerro sobre la supuesta lesión que su  defendido  habría  recibido  en el antebrazo y que lo llevó a consultar con el  médico  Edison Diomedes Quiñónez Moreno,  quien a la postre certificó la herida, cuya incidencia según el  actor  estriba  en  que se hubiere reconocido su actuar amparado por una defensa  justa,  “o,  por  lo menos, a una ira por tan grave  agresión”,  ante    la    prueba   que   corrobora   un   ataque   inicial   del  occiso.   

Sobre este punto, preciso es destacar que el  casacionista  formula  varias  pretensiones  contradictorias,  que  luego  en el  acápite   final   presenta   como  subsidiarias  de  la  petición  de  nulidad  correspondiente  al  primer  cargo, señalando inicialmente que se debe absolver  por  duda  a  favor  de  su  prohijado;   en  segundo  lugar,  “por  existir  seria  probabilidad  de  que el referido procesado  haya  actuado  en  legítima  defensa”  y, en tercer  lugar,  que se reemplace el fallo por uno condenatorio en el que se reconozca la  atenuante punitiva de la ira e intenso dolor.   

Frente  a  la anterior propuesta no habría  ninguna  objeción  si  se  hubiera formulado en cargos independientes y con una  fundamentación  distinta, pero no en la forma confusa y entremezclada en que lo  hizo  el  libelista, vulnerando el principio de no contradicción, pues cada una  de  las  propuestas  entraña  exclusión de las otras, como bien lo señaló el  Procurador  Delegado,  pues  la absolución por duda en cuanto existen elementos  probatorios  que  impiden  inferir  en  grado de certeza que el procesado fue el  autor  de  la  conducta,  elimina  la posibilidad de reconocer la “probable”  causal  excluyente  de  responsabilidad  penal derivada de la legítima defensa,  que   tiene   como  presupuesto  la  autoría,  y  todavía  resulta  mayormente  contradictoria  con la atenuante de la ira e intenso dolor para la cual también  es  imprescindible  aceptar  la  autoría  en  la  conducta y la inexistencia de  excluyente  de  responsabilidad,  cuando  es  apenas  lógico  que  no es viable  atenuar   una  conducta  sobre  la  cual  no  recae  juicio  de  responsabilidad  penal.   

Desde esa perspectiva, es claro que respecto  del  presunto  falso raciocinio derivado de no haberle dado crédito a la herida  recibida  por el procesado, el censor no estableció su real incidencia frente a  lo  declarado  en  el  fallo,  pues  los  puntos  sobre  los  que la centró son  excluyentes, según viene de verse.   

Finalmente,  en  lo  que  concierne  con la  supuesta  ilogicidad  del  sentenciador  al construir en contra del procesado el  indicio  de  huida,  sólo atina a exponer su criterio personal en relación con  esa  inferencia,  sin  que  precise  la  regla  o postulado de la lógica que se  quebrantó,  bastándole con señalar simplemente, en contraposición con lo que  sostiene  el  Tribunal,  que  en su criterio es lógico que haya huido del lugar  porque  esa  es una reacción natural cuando se es víctima de una agresión, lo  que  no  es  suficiente  para demostrar el error y sin que haya tenido en cuenta  que  ese  indicio  no  solo se estructuró por la actitud asumida inmediatamente  ocurrieron  los  hechos  al  huir  del  lugar,  sino  también  por su posterior  renuencia a presentarse ante las autoridades.   

Así  las  cosas,  se colige que este error  tampoco tiene demostración y, en esa medida, el cargo no prospera.   

Solicitud de casación oficiosa elevada por  el Procurador Delegado:   

En  el  último  acápite  de  su concepto,  sostiene  el  Procurador  Delegado  que  resulta  preciso casar oficiosamente el  fallo  porque  si  bien se aplicó el principio de favorabilidad de la ley penal  en  cuanto  a  las  penas  principal y accesoria “no  tuvo  en  cuenta  que  el  tiempo  de  duración  de  la inhabilitación para el  ejercicio  de derechos y funciones públicas, como también la imposición de la  privación  del derecho a la tenencia y porte de armas, resultaban perjudiciales  al procesado”.   

Ciertamente,  como  bien  lo  enfatiza  el  Representante  de la Sociedad, el sentenciador de primer grado al momento en que  dosificó  la  pena,  y  sobre  lo  cual  no  se  hizo  ningún  reparo  por  el  ad-quem,   aplicó   las  disposiciones  actualmente  vigentes,  esto  es,  de  la  Ley  599  de 2000, con  fundamento  en que la conducta tuvo lugar el 5 de septiembre de 1998, momento en  el  cual regía la Ley 40 de 1993 que sancionaba con mayor drasticidad el delito  de homicidio.   

Sin  embargo, las disposiciones actuales no  resultan  benéficas  en  lo  relativo  a  las  penas  accesorias  impuestas  al  procesado   JULIÁN   ZAPATA   MARTÍNEZ,  toda  vez  que  mientras  la inhabilitación para el ejercicio de  derechos  y  funciones públicas, de acuerdo con el inciso tercero del artículo  52  de  la  Ley  599  de  2000,  se  impondrá por un tiempo igual al de la pena  principal  y  hasta  por  una  tercera  parte más, el artículo 44 del anterior  estatuto   punitivo  disponía,  para  la  que  en  ese  momento  se  denominaba  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas,  un  término  máximo  de  duración  de  10 años, por lo que es esta disposición, vigente para cuando se  cometieron  los  hechos,  la  llamada  a  ser  aplicada ultractivamente dado ser  favorable para el procesado.   

En  la  sentencia  objeto  de  estudio  se  condenó  al  sindicado  a  “la  pena  accesoria de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos y funciones públicas, por un  término  igual  al  de la pena principal”, es decir,  por  un  lapso  de  172  meses de prisión, el cual supera con creces el límite  establecido  en  la preceptiva favorable de 120 meses o 10 años, situación que  impone casar parcialmente el fallo para ajustar esta pena.   

     

Lo  mismo  sucede  con la pena accesoria de  privación  del  derecho  a  la  tenencia  y  porte  de  armas establecida en el  artículo  49  de  la Ley 599 de 2000, la cual ni siquiera estaba prevista en el  anterior  estatuto  penal,  en  vigor  para  el momento en que se cometieron las  conductas,   por   lo  que  se  impone,  igualmente,  aplicar  el  principio  de  favorabilidad  para  prescindir de su aplicación, casando parcialmente el fallo  en lo relativo a su imposición.     

Como   esta  tasación  punitiva  no  fue  modificada  por  el  ad quem  cuando  confirmó  el  fallo de primer grado, es evidente que con las decisiones  de  primera  y  segunda  instancia,  que  configuran  una  unidad,  se violó el  principio  de  legalidad  de  la  pena al imponer a los acusados en mención una  sanción  accesoria  que  desborda  los  límites dispuestos por el legislador y  otra que ni siquiera estaba prevista en el estatuto penal anterior.   

Por  lo  expuesto,  corresponde restablecer  oficiosamente  el  daño  causado  disponiendo  casar  parcialmente  el fallo en  cuanto  atañe  a  la  pena  accesoria  de interdicción de derechos y funciones  públicas  estableciendo  su  duración  en  10  años  y  prescindiendo  de  la  aplicación  de  la  pena  referente  a  la privación del derecho de tenencia y  porte  de  armas  de  fuego  impuesta a JULIÁN ZAPATA  MARTÍNEZ.   

         En  mérito  de  lo  expuesto, la CORTE SUPREMA DE JUSTICIA, SALA DE  CASACIÓN  PENAL,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE   

         1.                         DESESTIMAR  la  demanda  de  casación  presentada  en  favor  del  procesado   JULIÁN   ZAPATA   MARTÍNEZ,  de  conformidad  con  las  razones  consignadas  en  la  anterior  motivación.   

2.    CASAR    PARCIALMENTE,  de  manera  oficiosa,  la  sentencia  impugnada, en el sentido de  reducir  a  diez  (10)  años  la  pena accesoria de interdicción de derechos y  funciones  públicas  impuesta  al  procesado  JULIÁN  ZAPATA  MARTÍNEZ  y de prescindir de la aplicación de  la  pena  de  privación  del  derecho  de  tenencia  y  porte de armas de fuego  también impuesta a este procesado.   

3.   En  lo  demás, el fallo se mantiene incólume.   

Cópiese,  notifíquese,  devuélvase  al  Tribunal de origen y cúmplase.   

MARINA PULIDO DE BARÓN  

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ                                                 HERMAN GALÁN CASTELLANOS   

ALFREDO           GÓMEZ  QUINTERO                     ÉDGAR   LOMBANA   TRUJILLO                

ÁLVARO      ORLANDO      PÉREZ  PINZÓN           JORGE   LUIS  QUINTERO  MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                            MAURO SOLARTE  PORTILLA   

TERESA    RUIZ  NÚÑEZ   

Secretaria  

    

1  Sentencia  de fecha agosto 10 de 2000, Rad. 13066; M.P. Dr. Fernando E. Arboleda  Ripoll.   Véanse  sobre  el  mismo  tema,  entre otras, sentencia de 28 de  abril  de  1993,  M. P. Dr. Gustavo Gómez Velásquez, 5 de noviembre de 1997, y  22 de octubre de 1999, M. P. Dr. Fernando Arboleda Ripoll).     

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