22884(10-07-07)

2007

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  22884   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

Magistrado Ponente:  

JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA  

Aprobado Acta No.115  

Bogotá  D.C., diez (10) de julio de dos mil  siete (2007).   

VISTOS  

Decide  la  Sala  la  admisibilidad  de  los  fundamentos  lógicos  y  de  debida  argumentación  de la demanda de casación  presentada  por  el  defensor de DOVIS GRIMALDI NÚÑEZ SALAZAR, contra el fallo  del  Tribunal  Superior  de  Distrito  Judicial  de  Montería, que confirmó el  emitido  por el Juzgado Penal del Circuito Especializado de esa ciudad, por cuyo  medio   lo   condenó   como   coautor   penalmente   responsable  de  secuestro  extorsivo.   

HECHOS Y ACTUACIÓN PROCESAL  

El  27  de  noviembre  de 2000, cerca de las  10:00  a.m.,  en  la  vía  que  conduce  de Montería al municipio de Tierralta  (Córdoba),  en  el kilómetro 15, sitio conocido como Puente Betancí, unidades  de  la  Policía  Nacional  que  allí  practicaban  un  reten,  solicitaron  al  conductor  del  vehículo  Chevrolet  Cavalier,  de  placas  CFL-389, detener la  marcha  y  descender  del  rodante,  como  en  efecto  lo  hizo, oportunidad que  aprovechó  Leonor  del Carmen Donado Torres para arrojarse del automotor por la  misma  puerta  del  piloto, y en forma angustiada solicitar ayuda a los agentes,  informándoles  que  el  aludido  sujeto  y tres más que iban en el rodante, la  llevaban  a  la  fuerza  con rumbo desconocido con el pretexto de que tenía que  “hablar  con  el jefe” de  ellos.   

La  plagiada  resultó  ser  la  compañera  permanente  del  presidente  del “Sindicato Nacional  de   Trabajadores   y   Empleados   Universitarios   de   Colombia  –   Seccional   Córdoba”        (SINTRAUNICOL),  y sus captores fueron identificados como Héctor Enrique Camacho  Llano,  José  Luís  Hernández  Salazar,  Jorge  Andrés Medina Torres y DOVIS  GRIMALDI  NÚÑEZ SALAZAR; las placas del rodante en el que se movilizaban estos  habían  sido  adulteradas,  y  la  tarjeta  de  propiedad y el carné de seguro  obligatorio   (SOAT)  que  exhibieron del mismo igualmente resultaron falsos.   

Una vez vinculados los antes citados mediante  indagatoria,  su  situación  jurídica  fue  resuelta por el instructor el 6 de  diciembre  de  2000  absteniéndose  de  infligir cautela alguna, determinación  revocada  el  18  de enero de 2001, con base en nuevas pruebas, para en su lugar  imponerles detención preventiva y ordenar la respectiva captura.   

Perfeccionada  la investigación, se dispuso  su  clausura,  y  el  15  de junio de 2002 el mérito probatorio del sumario fue  calificado  con  resolución de acusación contra Héctor Enrique Camacho Llano,  José  Luís  Hernández  Salazar,  Jorge Andrés Medina Torres y DOVIS GRIMALDI  NÚÑEZ  SALAZAR,  en  calidad  de coautores de secuestro extorsivo, falsedad en  documento  privado  y  uso  de  documento  público falso, de conformidad con la  descripción  que  de  tales conductas hacen los artículos 169 de la Ley 599 de  2000, y 221 y 222 del Decreto Ley 100 de 1980.   

Apelado  el anterior pronunciamiento por los  defensores  de  dos  de  los procesados, la Unidad de Fiscalía Delegada ante el  Tribunal  Superior  de  Montería resolvió la alzada el 22 de julio de 2002, en  el  sentido  de  decretar  nulidad  parcial  de  la  actuación  respecto de las  conductas  punibles  contra  la fe pública en relación con Hernández Salazar,  Medina  Torres  y  NÚÑEZ  SALAZAR,  y  confirmarla  por el delito de secuestro  extorsivo,   lo   mismo   que   en   cuanto   a  Camacho  Llano  por  todos  los  delitos.   

La  causa  la adelantó el Juzgado Penal del  Circuito  Especializado  de Montería, despacho que el 30 de mayo de 2003 dictó  sentencia   condenatoria   contra   los   acusados,   en  calidad  de  coautores  responsables  de  secuestro  extorsivo,  y  en tal virtud le impuso a Hernández  Salazar,  Medina Torres y NÚÑEZ SALAZAR, las penas principales de 228 meses de  prisión  y  multa  equivalente  a  2.166  salarios  mínimos  mensuales legales  vigentes,  en  tanto  que para Camacho Llano las sanciones fueron de 234 meses y  2.170  salarios,  respectivamente, por concurrir frente a él los delitos contra  la  fe  pública.  Además  fueron condenados a la accesoria de interdicción de  derechos  y  funciones  públicas  por el mismo lapso de la pena privativa de la  libertad.   

Del referido fallo apelaron los defensores de  Hernández  Salazar,  Medina  Torres y NÚÑEZ SALAZAR, y mediante el suyo de 28  de  enero  de  2004 el Tribunal Superior de Montería lo confirmó, sentencia de  segunda  instancia  contra  la  que  los mismos sujetos procesales interpusieron  recurso  extraordinario  de  casación,  que  únicamente sustentó el apoderado  DOVIS   GRIMALDI,   declarado   desierto   el  de  los  otros  dos,  por  el  ad  quem.   

LA DEMANDA  

Con  fundamento en el artículo 207, numeral  1º.,   cuerpo   primero,  del  Código  de  Procedimiento  Penal  (Ley  600  de  2000), el actor plan-tea un  cargo  contra  la  sentencia,  por contrariar “…el  principio   cons-titucional   de   la   legalidad   de   la  pena…”    al    imponerle    a    su    representado    “…una  sanción excesiva al obrar el fallador respecto de la norma  escogida,  omitiendo  de  contera,  la  que  complementa  para  el  caso que nos  ocupa…”.   

Expresamente  señala  que  se  presentó la  violación    directa    de    la    ley    sustancial    por    “…falta  de aplicación de varios preceptos del Código Penal, del  Código    de    Procedimiento    Penal   y   de   la   Constitución   Nacional  Vigente…”, porque al imponer la pena al procesado,  la    cual    califica    el    libelista    de   exorbitante,   “…el  sentenciador  despreció claro dictado legal contenido en la  regla  27  del  Código  Punitivo,  que lo faculta a imponer pena no menos de la  mitad  del  mínimo  ni  mayor  de  las  tres  cuartas  partes del máximo de la  señalada        para        la       infracción       consumada…”.   

Asegura  que  se quebrantaron los artículos  “…27,  54, 59, 60 y 61 del Código Penal vigente,  al  dejar  de aplicar el primero, e interpretar erróneamente los subsiguientes,  desconociendo  lo  que  pregona  el  29,  inciso  segundo,  de  la Constitución  Nacional   y   del  Código  de  Procedimiento  Penal  los  artículos  6,  9  y  10…”   

A efectos de demostrar el yerro jurídico que  pregona,  sostiene que como el delito de secuestro extorsivo es de resultado, no  obstante  que  en  el  presente  caso hubo efectivo arrebatamiento, dado que los  responsables  de  tal  conducta  por  circunstancias  ajenas  a  su  voluntad no  alcanzaron     a     consumar     el    “elemento  subjetivo”      cual     era     “…exigir   por   la  liberación  del  sujeto  pasivo  provecho  o  cualquier  otra  utilidad,  que se haga u omita algo, con fines publicitarios de  carácter   político…”,  el  punible  quedó  en  tentativa  “…aspecto  que omitieron el fallador y  la  Fiscalía General de la Nación en sus respectivas decisiones…”.   

Con  base  en  lo anterior solicita casar el  fallo  recurrido  para  imponer  la  pena  que corresponda a su prohijado por el  delito de secuestro extorsivo en grado de tentativa.   

CONSIDERACIONES DE LA CORTE  

Un  cargo formula el recurrente al amparo de  la    causal    primera    de    casación,    cuerpo   primero,   (Artículo   207,   Ley   600   de  2000),  aduciendo  la  falta  de aplicación del artículo 27 del Código Penal (Ley 599  de  2000),  y  la  interpretación  errónea  de  los artículos 54, 59, 60 y 61  ibidem,  pues  considera  que  la  conducta  punible  por  la  que fue acusado y  condenado  su  representado,  secuestro extorsivo, quedó en grado de tentativa,  pero de tal circunstancia no se percataron los falladores.   

La  Corte ha insistido, y lo reitera una vez  mas,  en  que  la  demanda de casación difiere ostensiblemente de un alegato de  instancia,  porque requiere una presentación lógica adecuada a cada una de las  causales  legalmente  establecidas,  con  el respectivo desarrollo de los cargos  que    por    vicios   in   procedendo   o  in iudicando se  denuncien  y  la  demostración  de su trascendencia en la parte dispositiva del  fallo  impugnado, ya que la pretermisión de estos requerimientos mínimos, como  ocurre en el presente evento, condena la censura a su rechazo.   

En   efecto,   por   abundante   doctrina  jurisprudencial    se    sabe    que   cuando  el censor elige el cuerpo primero  de  la  causal  primera  de  casación, violación directa de la ley sustancial,  está     en     el    deber    de    aceptar  los  hechos,  las  pruebas y la valoración que de ellas se hizo en las instancias, y  en  tales  circunstancias,  no le es factible discutir cuestiones de facto, toda  vez  que la impugnación es  de  estricto  orden  jurídico  y recae sobre la ley sustancial por una de estas razones:   

Falta   de  aplicación  o  exclusión  evidente, que se presenta,  por  regla  general, cuando  el  juez  yerra  acerca  de  la existencia de la norma y por eso no la aplica al  caso  específico  que  la  reclama.  Ignora  o  desconoce  la ley que regula la  materia  y  por  eso  no  la tiene en cuenta, debido a que ha incurrido en error  sobre su existencia o validez en el tiempo o el espacio.   

Aplicación  indebida,   lo   cual   ocurre  cuando  el  juez  desatina  en  la  selección  de  la  norma.  El  error se  manifiesta  en  la  falsa adecuación de los hechos probados a los supuestos que  contempla   el  precepto,  ya  que  los  sucesos  procesalmente  reconocidos  no  coinciden con las hipótesis condicionantes del mismo.   

Y,  finalmente,  interpretación    errónea,    que    tiene  lugar  en aquellos eventos en que  el  juez selecciona bien y adecuadamente la norma que  corresponde   al   caso  en  cuestión,  y  efectivamente  la  aplica,  pero  al  interpretarla  le  atribuye  un  sentido  jurídico  que  no tiene, asignándole  efectos   distintos   o   contrarios  a  los que le corresponden, o que no causa.   

De   lo  anterior  se  desprende  que  la  diferencia  de  las  dos  primeras  especies de error  directo,  con el   último,  estriba  en  que  mientras  en la falta de aplicación y la aplicación indebida  subyace  un  error en la selección del precepto, en la interpretación errónea  el  yerro  es  sólo  de  hermenéutica, pues en rigor lógico hay que partir de  aceptar   que  la  norma  aplicada  es  la  correcta,  sólo  que  con  un  entendimiento que no es el que  jurídicamente  le  corresponde, en razón del cual se  le  hace  producir por exceso o defecto consecuencias  distintas.   

Dentro  de  esa división tripartita de los  sentidos  de  la  violación  directa,  en el presente  caso   el   actor   alega  la falta de aplicación del  artículo   27   del   Código  de  Penas,  el cual consagra el dispositivo amplificador de la tentativa, ya  que   entiende   que  el  comportamiento  quedó  en  esa  modalidad,    afirmación    que   constituye    flagrante    desconocimiento   de   la   realidad   fáctica   declarada  en  las  sentencias  con base en las  pruebas recaudadas.   

En     efecto,     en    relación  con  el supuesto de hecho que inquieta al libelista y da  fundamento   a   su   pretensión,   en   el   fallo   del   primer   grado   se  hicieron las siguientes consideraciones, expresamente  compartidas y avaladas por el sentenciador de segundo grado:   

“Así,  pues,  demostrado   quedó,  que  el  rapto  de  LEONOR  DEL  CARMEN  DONADO  TORRES,  fue  perpetrado  por los acusados para conseguir que el  Presidente  del  Sindicato  Nacional  de  Trabajadores  y Empleados Universitarios           de          Colombia          –  Seccional de Córdoba, ‘hiciera  u  omitiera algo’;  por  ello resulta indiscutible que  lo  que  se buscaba era la obtención de una utilidad,  ya  que desde hacía mas de un mes el representante de  la    mencionada    organización   gremial   había  solicitado  protección  a  las  autoridades,  pues,  lo  habían amenazado de muerte y lo habían declarado  objetivo  militar  los grupos de autodefensas; tal como se aprecia en el folio 4  y siguientes del cuaderno original N° 1.   

“El sustento probatorio de la comisión  de  este  delito y la responsabilidad de los encausados,  se  basa  en  las pruebas de cargo que se han adunado  en  legal  forma  al  legajo  y  son:  el informe de captura de los acusados, la  denuncia  instaurada  por  la víctima señora LEONOR  DEL  CARMEN, sus posteriores declaraciones, los testimonios de los gendarmes que  participaron  en la aprehensión de los enjuiciados, el testimonio de la hija de  la  señora  DONADO TORRES, la denuncia escrita y las  declaraciones  rendidas por el compañero de la víctima, señor ANTONIO FLÓREZ  GONZÁLEZ”.   

Dicha  realidad  fáctica  y probatoria no  podía  ser  desconocida  por  el libelista, como en  efecto   lo   hace,  al  pretender  que  se  violó  en  forma  directa  la  ley  sustancial por falta de  aplicación  del  canon  que consagra la figura de la tentativa, toda vez que en  los  fallos  de  primero  y  segundo  grado,  los  cuales  conforman  una unidad  jurídica  inescindible  en  todo  aquello que no se  contradigan, se descartó  en   forma   abierta  y  declarada tal posibilidad.   

Si     el     actor     estaba  inconforme  con  esa  conclusión, el camino que debió  escoger   fue  el  de  la  violación  indirecta,  y  denunciar,  y         demostrar,            errores    de    derecho   (falso     juicio     de    legalidad    o    falso    juicio    de  convicción)    o    de    hecho    (falso  juicio  de  existencia,  falso  juicio de identidad o falso  raciocinio), cometidos en  la  apreciación  de  las pruebas en las que       aquella       se      sustenta,      y      enseñar         cómo   al  corregir  los  vicios  de  estimación  probatoria no  podía   sostenerse   con   acierto   tal  conclusión, sino que la exacta y  fiel         valoración         de   los  mismos  elementos  de  juicio obligaban a aceptar la  comisión  del  delito en  modalidad de tentativa.   

Al  hacer caso  omiso  el  demandante  de  la  realidad  fáctica  y  probatoria  manifestada en  las   sentencias,   incurre   en   un   garrafal  e  insubsanable  yerro  técnico  que  torna inútil el  ejercicio       argumental       del       libelista      para      ilustrar  acerca     de     la     supuesta    falta   de   aplicación  del  aludido  precepto,   haciéndose  necesario,  también, destacar aquí que en cuanto a  la  interpretación  errónea  de los artículos 54,  59,   60   y  61  del  Código  Penal,  la    denuncia   de   tal  dislate  quedó  en  la  simple declaración de propósito,      pues     nada dijo al respecto.   

Simplemente,             a  manera  de  alegato  de  instancia,  de  acuerdo  con  su  personal  criterio,  sostiene  el   actor   que   el  secuestro   extorsivo  de  la  víctima  quedó  en  modalidad      de     tentativa,     porque,    pese    a    su   efectivo  arrebatamiento,    los    captores    no   propusieron   alguna  de  las  finalidades  previstas  en  la  respectiva   norma   (artículo  169,  Ley  599  de  2000),  elucubraciones  que,  como ya se dijo, no  solo   se   oponen   a  la  verdad  declarada  en  los  fallos,  sino  que  tampoco evidencian en qué pudo  consistir  la  intelección  errada  de  los  demás  preceptos  sustanciales  que  invoca  en la demanda,  quedando    reducida    la   censura   a  una  simple  disparidad  de  apreciaciones,  en  manera  alguna  demostrativas   de   las  violaciones directas que alega.   

Las  anteriores  precisiones son suficientes  para concluir la inadmisión del respectivo libelo.   

No  obstante lo anterior, y dado que la Sala  observa  que  en  la  tasación de la pena principal de multa y de la accesoria,  los   juzgadores   eventualmente   vulneraron   garantías   del  procesado,  al  dosificarlas  con  base  en  legislación  que  no se encontraba vigente para la  época  de  los  hechos,  se dispondrá correr traslado al agente del Ministerio  Público  para  que conceptúe acerca de una posible violación del principio de  legalidad de la pena.   

En  mérito  de  lo  expuesto,  LA    SALA   DE   CASACIÓN   PENAL   DE   LA   CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA,   

RESUELVE:  

1.  INADMITIR  la  demanda  de  casación  interpuso  el  defensor  de  DOVIS  GRIMALDI NÚÑEZ SALAZAR, de acuerdo con las  razones expuestas en esta providencia.   

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

2.  CORRER traslado  al  Ministerio Público por el término de veinte (20) días para que conceptúe  sobre  la  posible  vulneración  de  garantías fundamentales del procesado, de  acuerdo    con    lo    expresado    en    el    apartado    final    de    este  pronunciamiento.   

Notifíquese y cúmplase.  

ALFREDO   GÓMEZ  QUINTERO   

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ                                                                                MARÍA DEL  R. GONZÁLEZ DE L.   

Aclaración de voto  

ÁLVARO  ORLANDO  PÉREZ  P.                                                                                JORGE LUÍS QUINTERO MILANES   

     Salvamento    parcial    de  voto   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                                                              JULIO ENRIQUE SOCHA SALAMANCA   

MAURO    SOLARTE  PORTILLA                                                      JAVIER  ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

ACLARACIÓN  DE  VOTO  

Con  el  acostumbrado respeto que me merecen  las  decisiones  de  la Sala, en esta oportunidad me permito exponer los motivos  por  los cuales aclaro mi voto en el asunto de la referencia, en lo que atañe a  la  decisión  de  disponer  en  forma oficiosa la remisión del expediente a la  Procuraduría  General  de  la  Nación para la emisión de concepto frente a la  posible  vulneración  de  garantía  fundamental,  pese  a la inadmisión de la  demanda de casación.   

Es  cierto  que  con  anterioridad me había  opuesto    de    manera    categórica    al   proceder   aludido   –inadmisión   de   la   demanda  y  traslado  en forma oficiosa a la Procuraduría-, lo que  hacía en los siguientes términos:   

“… al inadmitir la demanda de casación  presentada  a  nombre  del  procesado  para a la vez disponer un trámite que no  está  previsto  en  la  ley  con  el  fin de evaluar la posibilidad de casar de  oficio  la  sentencia  por  una presunta vulneración de derechos fundamentales,  rompe  de  tajo  la  estructura  del  proceso  y desconoce los institutos que le  están anejos.   

En efecto, la casación, tal y como quedó  concebida  en  las  disposiciones que por razón de la inexequibilidad de la ley  553  de  2000  y  las  pertinentes  de  la  ley  600 del mismo  año,   recobraron    vigencia    –decreto   2700   de 1991-, es un medio extraordinario de  impugnación   llamado   a   cumplir  las  finalidades  constitucionales  de  la  prevalencia  del Estado Social de Derecho, el imperio de la ley, la realización  del  derecho  sustancial y la unificación de la jurisprudencia nacional, según  se  desprende de lo preceptuado en el artículo 235-1 de la Carta Política, por  lo    que    no   puede   confundírsele   con   los   recursos   de   la   vía  ordinaria.   

Igualmente, la casación como un juicio de  legalidad  que  se  emite  sobre la sentencia, tampoco puede entenderse como una  instancia  adicional,  ni  como potestad ilimitada para revisar el proceso en su  totalidad,  en  sus diversos aspectos fácticos y normativos, sino como una fase  extraordinaria, limitada y excepcional del mismo.   

La  pretensión  impugnativa  en casación  siempre  tiene  un  objeto  preciso y diferente al de las instancias; regido por  causales  específicas  señaladas por la ley, con cargos que han de adecuarse a  estas  y  que  se  deciden por una nueva sentencia. Por lo tanto, es diferente y  diversa  en  objeto  y  contenido  de  la que se profirió por los falladores de  primero y segundo grados en el proceso respectivo.   

Ciertamente,  esa  configuración  de  la  casación   como   recurso   extraordinario   no   es  campo  vedado  para  que,  reconociéndose  el  influjo  que  el  proceso  penal recibe de los principios y  valores  que  emanan  de  la  Carta  Política, que para todos los efectos de la  actividad  estatal,  incluida  la  jurisdiccional, estatuyó el modelo de Estado  social  y  democrático de derecho para Colombia, la Corte también propenda por  la  salvaguarda de los derechos esenciales de las personas, la tutela del debido  proceso,  la  prevalencia  del derecho sustancial y la garantía del acceso a la  administración  de  justicia,  que tan caros resultaron en la decisión de cuyo  contenido me aparto.   

Pero  alcanzar esos loables propósitos no  justifica  el empleo de cualquier medio, porque aún dentro de ese contexto toda  función  está  sometida  a muy precisos límites y se desarrolla con arreglo a  determinadas competencias.   

No  cabe  duda  que  el  legislador  y  la  jurisprudencia  de  esta Corte, de modo paulatino, han venido flexibilizando los  rigores  para  acceder a la casación, ejemplo de lo cual es la introducción de  institutos  como  la casación oficiosa y la excepcional, circunstancia que, sin  embargo,   no   sustrae   la   naturaleza   extraordinaria   de  este  medio  de  impugnación.   

También  es  cierto que la doctrina de la  Corte  venía  entendiendo,  hasta  ahora, que para entrar a casar de oficio una  sentencia  debía  mediar una demanda en forma, esto es, que hubiese superado el  examen  formal  y,  por  ende,  el  trámite  subsiguiente,  el  del traslado al  Procurador  Delegado,  y que a pesar de desestimar sus fundamentos, por advertir  la  presencia  evidente  del quebranto a una garantía, se allanaba el camino al  quiebre  del  fallo.  Un  ejemplo  de  esa  tendencia  lo constituye un reciente  pronunciamiento de la Sala:   

‘La  Corte  adquiere  competencia  para  conocer  de  la  casación,  sólo  a  partir de la  presentación  de  una demanda en debida forma y de la existencia de un interés  jurídico  para  recurrir  -artículo  213  de  la  ley  600  de  2000-,  siendo  ilegítima   cualquier   intervención   suya  sin  el  cumplimiento  de  dichos  presupuestos,  los  cuales  no pueden ser obviados con los enunciados genéricos  de disposiciones constitucionales que la harían procedente.   

‘Aceptar -sin  más-  la  tesis  propuesta  a partir de la prevalencia del derecho material, la  vigencia  de  un  orden  justo  como  fin esencial del estado y del principio de  preeminencia  de  las normas y valores constitucionales que irradian al universo  jurídico  interno, ni más ni menos sería desquiciar el ordenamiento jurídico  cuya   defensa  se  propugna,  pues  por  esa  vía  cualquier  sujeto  procesal  entendería   encontrarse  frente  a  una  violación  de  sus  garantías,  que  obligaría  a  la  Corte  a  contrariar  el  orden  que  se  quiere proteger y a  desvirtuar  la  naturaleza de la casación que en nuestro medio es esencialmente  un juicio de legalidad.   

‘Repárese en  que  la  intervención  oficiosa de la Corte, permitida por el artículo 216 del  Código  de Procedimiento Penal para declarar nulidades requiere que la demanda,  háyase  o  no  invocado  la  causal tercera del artículo 207 no prospere, pero  aún  así  se  advierta la irregularidad sustancial a corregir, como quiera que  la   limita   a   tener   en   cuenta   únicamente  las  causales  ‘expresamente   alegadas   por   el  demandante’.   Pero  asimismo,  prevé la posibilidad de casar la sentencia cuando sea ostensible que  la      misma      afecta      las     garantías     fundamentales.’ (Sentencia del 8 de julio de 2004,  radicación 20.323)   

Incluso,  poco  antes  fue más allá y al  constatar  que  respecto de un procesado que no había recurrido la sentencia de  primera  instancia  ni  tampoco interpuso casación, se le habían vulnerado sus  garantías  fundamentales,  hizo  uso  de  la  potestad  de  casación  oficiosa  consagrada  en  el  artículo  216,  pero  de  todos  modos, después de haberse  surtido  la  plenitud  del  trámite  presupuesto  de la sentencia de casación.  (Cfr. sentencia del 12 de mayo de 2004, radicación 20.114).   

Cabe  decir  que  en  tales ocasiones y en  algunas  otras  en  las cuales esta Corporación dio lugar a casar de oficio una  sentencia,   lo   hizo   con  plena  competencia,  en  ejercicio  cabal  de  sus  atribuciones  que  como  Corte de Casación le confiere el artículo 235-1 de la  Constitución y la ley.   

Pero  la  singular  solución que ahora se  adoptó  está  por  fuera del ámbito dentro del cual la Corte puede ejercer de  manera legítima su atribución como Corte de Casación.   

El Capítulo IX, del Título V del Código  de  Procedimiento  Penal,  dedicado a la casación, integrado con las normas del  Decreto   2700   de  1991  que  revivieron  en  virtud  de  la  declaratoria  de  inexequibilidad  de algunos preceptos de la Ley 553 de 2000, así como de la Ley  600  de  ese  año  (sentencia  C-252/01),  atinentes al recurso extraordinario,  conforman unidad secuencial, lógica y racional.   

De  esa  forma, señala los eventos en los  que  procede la casación (artículo 205), fija las causales susceptibles de ser  invocadas  (artículo 207), prevé quiénes están legitimados para presentar la  demanda  (artículo 209), se ocupa del trámite que opera una vez interpuesto el  recurso  (artículos  224  del  Decreto  2700  y  211  Ley  600), especifica los  requisitos  que  debe contener el libelo (artículo 212), estatuye el efecto que  se  deriva  de  no  superarse  el  examen  formal de la demanda al momento de su  calificación  o  lo  que  ocurre si está presentada en debida forma (artículo  213),  establece  el  principio  de  limitación  y  la posibilidad de casación  oficiosa  (artículo  216),  y  traza  los derroteros a seguir en caso de que la  Corte acepte como demostrada alguna causal (artículo 217).   

A despecho de que lo que sigue pueda llegar  a  ser  tachado  de puro formalismo, cabe destacar que en punto de la demanda de  casación,  la  Corte  tiene  contacto  en  dos ocasiones: la primera, cuando la  califica,  esto  es,  al momento de verificar si satisface los condicionamientos  para  su admisibilidad; frente a esta oportunidad, puede ocurrir que la admita y  que,  en  consecuencia,  le de traslado al Procurador Delegado para que emita su  opinión  sobre el mérito del libelo; o, al contrario, puede suceder que por no  reunir  alguno  de los requisitos legales que la hagan viable, la inadmita y, en  consecuencia,   ordene   la   devolución   del   expediente   al   tribunal  de  origen.   

El  otro  momento se contrae al estudio de  fondo  del  problema  propuesto  en la respectiva censura, si la demanda ha sido  admitida  y  después  de conocerse el criterio del Ministerio Público sobre el  particular.   

Si  nos detenemos en el instante en que la  Corte  sopesa  la  capacidad  formal  de  la  demanda, cabe reflexionar sobre el  efecto  de  la  decisión que no la encuentra ajustada a las exigencias formales  de  ley. El canon 213 del Estatuto Adjetivo de manera clara establece que en tal  caso  se  inadmite  el  escrito  y  se  devuelve  el  expediente  al despacho de  origen.   

¿Qué   fenómeno  se  produce  en  tal  situación?  Que  hasta  allí llega el trámite de la casación y lo que tenía  carácter  suspensivo,  esto es, la sentencia demandada, adquiere firmeza y, por  tanto, el carácter de cosa juzgada.   

Otro   interrogante   ¿puede  la  Corte  conservar  la  competencia para examinar una sentencia o todo el proceso a pesar  de  que  inadmitió  una demanda de casación? No. La atribución que tiene como  Corte  de  casación,  conferida  por  el artículo 235-1 de la Carta Política,  dirigida  a  cumplir  las  elevadas  finalidades  que traza el artículo 206 del  Código  de  Procedimiento  Penal, se desarrolla, de un lado, de conformidad con  los  fines  y  principios  que inspiran la Constitución y, por otro, de acuerdo  con los parámetros legales.   

Siendo eso así, al prorrogar su injerencia  –que no competencia- en  el  asunto, después de que ha inadmitido una demanda, ya no actúa como órgano  de  casación  y  mal podría, entonces, pretender corregir algún entuerto, por  más  protuberante  que  sea,  por  medio de una sentencia de casación, así se  invoque la potestad oficiosa consagrada en el artículo 216.   

Expresado de otro modo, en tal escenario la  Corte  ya  no  actúa de conformidad con la facultad que le difiere el artículo  235-1  constitucional  y  ni  siquiera como una tercera instancia, sino como una  corporación  de  plena jurisdicción, quizá a la manera del grado de consulta,  el  cual  hoy  no opera en el proceso penal, pero en todo caso la determinación  que   llegare  a  adoptar  no  tiene  el  carácter  de  sentencia  –menos de una de casación- ni puede  incidir  en  algo  que  ya  ha  tomado  la fuerza de cosa juzgada material. Esto  equivale  a  solucionar  una  evidente  vía  de  hecho  (fenómeno que tendría  solución  a través de otros mecanismos previstos en el ordenamiento jurídico)  –el     supuesto  desconocimiento  del  principio  de  favorabilidad-, con otra vía de hecho: una  decisión sin competencia del órgano que la produce.   

Lo  que  se acaba de señalar no significa  que  la  Corte deba permanecer indiferente a hipótesis como la concretada en la  sentencia  a  que se refiere la decisión de la que me aparto. En tales casos lo  que  se  debe  buscar  es  una  solución  que  no acarree el rompimiento de las  instituciones  jurídico  procesales,  en  orden  a  que  prevalezca  el derecho  sustancial  sobre  lo  formal  y  a  salvaguardar  las garantías de los sujetos  procesales, en particular las debidas al procesado.   

Por eso, nada se oponía a que, no obstante  la  ineptitud  formal  de  la  demanda  y  al detectarse de modo objetivo que la  sentencia  rompió  con  el orden jurídico y reportó agravios no reparables de  otra  manera  en  virtud  de  un  yerro  que no fue denunciado en ella, pero que  constituye  motivo  de  casación,  fuesen  salvados  los defectos técnicos, se  ajustara  el  libelo, se corriera traslado al Procurador Delegado y luego, ahora  sí  en  ejercicio de su natural competencia, la Corte entrase a hacer uso de la  facultad  de  casar  oficiosamente el fallo, luego de desestimar el contenido de  la censura.   

Lo  anterior resulta menos exótico que la  solución  tomada  en  la  providencia  de la cual discrepo y que, ya no de lege  ferenda,  se aproxima a lo que entrará a regir en virtud de la Ley 906 de 2004,  cuyo  artículo  184,  inciso  3º,  establece  que “En principio, la Corte no  podrá  tener  en  cuenta causales diferentes de las alegadas por el demandante.  Sin   embargo,   atendiendo   los   fines   de   la  casación,  fundamentación de los mismos, posición  del  impugnante  dentro  del  proceso e índole de la  controversia  planteada, deberá superar los defectos de la demanda para decidir  de fondo” (negrillas no originales).   

En  síntesis,  como  la  Corte  no  tiene  competencia  para casar un fallo después de que por razones de forma inadmitió  la  demanda  de casación, estimo que en esta oportunidad no ha debido inadmitir  el  libelo  ni  mucho  menos,  después  de  haberlo  hecho,  correr traslado al  Procurador  Delegado,  porque  ante  esta  última  situación  la  Corporación  perdió la facultad de obrar como Corte de casación.”   

          Sin  embargo,  al reexaminar el asunto bajo la perspectiva del nuevo  Código  de  Procedimiento  Penal,  advierto  que la posibilidad de “superar  los defectos de la demanda”  para  realizar  pronunciamiento  de  fondo  por posible vulneración a garantía  fundamental,  resulta  completamente viable, pues así se prevé en el artículo  184,  inciso  tercero,  de la Ley 906 de 2004, a raíz precisamente de los fines  de  la  casación,  cuales  son “la efectividad del  derecho  material,  el  respeto  de  las  garantías  de  los intervinientes, la  reparación  de  los  agravios  inferidos  a  éstos  y  la  unificación  de la  jurisprudencia”  (artículo  180  ibídem),  para lo  cual  ha  de  tenerse  en cuenta la fundamentación que en la demanda se haga de  los  mismos,  la  posición del impugnante dentro del proceso y la índole de la  controversia  planteada,  todo lo cual permite, itero, la posibilidad de superar  los defectos de la demanda.   

          Y  aun  cuando  la  aludida  ley  solamente  se aplica a los delitos  cometidos  a  partir  de  su vigencia (artículo 533), no es menos cierto que al  consagrar  la  misma  una  mayor  posibilidad  de  acceso  a la casación, ha de  tenerse  en  cuenta  en  virtud  al  principio  constitucional  de  acceso  a la  administración de justicia (artículo 229).   

          En  ese  sentido, estoy parcialmente de acuerdo con el salvamento de  voto  que  de modo sistemático plasma el Magistrado Pérez Pinzón frente a las  decisiones  en  las  que  no  obstante  inadmitirse  la demanda de casación, se  ordena  correr  traslado al agente del Ministerio Público por advertir la Corte  la  presencia  de  un  vicio  generador  de nulidad insubsanable o lesivo de las  garantías  fundamentales,  en  cuanto, en vez de eso, ahora habría que dictar,  de  oficio, sentencia de casación después de declararse inadmitida la demanda,  porque  es  una interpretación que “es la que más  se  ajusta  al  derecho  sustancial,  y  es la que permite resolver más rápido  sobre  los derechos agraviados. La Corte, entonces, en vez de aumentar el tiempo  de  lesión de los derechos fundamentales, y de hacer giros que la Constitución  y   la  ley  prohíben,  tiene  que  ocuparse  directamente,  de  una  vez,  del  tema”  (cfr. Salvamento de voto al auto de casación  emitido dentro del radicado 22.325).   

          Es  por  lo someramente consignado que replanteo mi posición frente  al  tema  en  cuestión, para admitir de ahora en adelante que en aquellos casos  regidos  por  la  Ley 600 de 2000, la Corte puede de manera oficiosa corregir el  yerro  conculcador  de  alguna garantía fundamental de los intervinientes en el  proceso, pese a la ineptitud de la demanda.   

Sin embargo, debo señalar sobre esto último  que  al  advertirse  la  posible  vulneración  a garantía fundamental, resulta  innecesario  el  traslado  de  la  actuación  a  la Procuraduría General de la  Nación  para  la emisión de concepto sobre el particular, ya que esto sólo es  procedente  cuando  la demanda satisface los requisitos formales (artículo 213,  Ley  600  de  200),  pues  el  concepto  debe versar sobre los cargos admitidos,  motivo  por  el  cual  al  no  haberse  aceptado  ninguno resulta innecesario el  traslado,  por  lo  que  lo  procedente  es pronunciarse inmediatamente sobre el  punto,  incluso  en la misma providencia inadmisoria de la demanda, para de esta  manera  dar  aplicación  al  principio  de pronta y cumplida administración de  justicia, consagrado en el artículo 4º de la Ley 270 de 1996.   

Por  último,  debo  ser enfático en que el  ejercicio  de  la  facultad  oficiosa que la ley le otorga a la Corte para casar  una  sentencia  de  segunda  instancia  si  percibe  alguna  de  las condiciones  señaladas  en  el  artículo  216  de  la  Ley  600 de 2000, no abre paso a una  tercera  instancia, ni se asimila a un ámbito de plena jurisdicción, a modo de  consulta,  como  para  que  pueda estimarse que tiene la gracia de decidir sobre  todos  los  aspectos  fácticos  o jurídicos tratados en el fallo o examinar el  completo andamiaje procesal.   

En  tal  evento,  el legislador estatuyó un  plus  de  protección  a las garantías fundamentales al asignarle a la Corte la  misión  de  reparar  ostensibles  agravios  a  la  estructura del proceso o las  garantías  debidas a los sujetos procesales, por manera que su campo de acción  no  es  ilimitado sino el apenas necesario para introducir el correctivo que sea  del caso.   

En cuanto sentencia de casación la que así  produzca,  desde  luego,  como  cualquier  otra de la misma naturaleza, también  debe  propender  por  el cumplimiento de los fines que la Constitución y la ley  le  asignan a esa sede extraordinaria: hacer efectivos el derecho material y las  garantías   de  las  personas  que  intervienen  en  la  actuación  penal,  la  unificación  de  la  jurisprudencia  nacional  y la reparación de los agravios  inferidos a las partes con el fallo.   

No son más, pero tampoco menos, los límites  que  tiene  la  Corte  en  el  ejercicio de la atribución conferida de casar de  oficio   la   sentencia.   La  ineludible  e  imperativa  observancia  de  ellos  garantizará  que  la  casación  no  pierda su naturaleza de instituto procesal  extraordinario,  que  se  desarrolla  por  fuera  de  las instancias, técnico y  especializado,  y  que no mute en simple escenario para revivir controversias ya  agotadas  o  para  prolongar,  en  desmedro de la celeridad que debe observar la  administración   de  justicia,  la  discusión  de  asuntos  resueltos  en  una  sentencia   judicial   que   se  presume  acertada  y  emitida  con  arreglo  al  ordenamiento jurídico.   

De los señores Magistrados,  

SIGIFREDO ESPINOSA PÉREZ  

Magistrado  

    

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