22752(07-09-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 22752  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N° 065  

Bogotá D. C., siete (7) de septiembre de dos  mil cinco (2005).   

V    I    S   T   O  S   

Resuelve  la Corte la admisibilidad formal de  la   demanda   de   casación   presentada   por  el  defensor  de  LUIS          FERNANDO         SALDARRIAGA         HENAO.   

A  N  T  E  C E D E N T E  S   

1.  Los hechos fueron sintetizados por el  juzgador de segunda instancia de la siguiente manera:   

“En Medellín, el  2  de  marzo  de 1999, el abogado LUIS FERNANDO SALDARRIAGA HENAO, en su calidad  de  apoderado de la Comercializadora Ruffos Ltda., intervino en una solicitud de  legalización   de  mercancías  ante  la  Dirección  de  Impuestos  y  Aduanas  Nacionales  (DIAN)  para  cuya  importación  se  requería  el  certificado  de  inspección  al  momento  de  ser embarcadas. Para este propósito presentó los  certificados    de    inspección   números   0101518112474   y   0156400008321  supuestamente  emitidos  por Bivac de Colombia, con lo cual se obtuvo el levante  de  las  mercancías  pero  no  su  legalización, puesto que funcionarios de la  División  de Control Aduanero, Represión y Penalización del Contrabando de la  entidad   establecieron   que  se  trataba  de  certificados  falsos.   

“Posteriormente,  gracias  a la entrada en vigencia del Decreto N° 554 de 1994, fue autorizada la  legalización    de   la   mercancía   y   devuelta   a   la   comercializadora  mencionada”.   

2. El Juzgado Veintiocho Penal del Circuito de  Medellín,  mediante  sentencia  fechada el 22 de octubre de 2003 y por ausencia  de  antijuridicidad material, absolvió a Luis Fernando  Saldarriaga  Henao  de los delitos de fraude procesal y  falsedad  en  documento  privado  imputados  en la resolución de acusación, la  cual quedó en firme el 31 de enero de 2001.   

3.  Apelado el fallo por el apoderado de  la  parte  civil  (Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales), quien demandó  el  proferimiento  de  una  decisión  condenatoria,  el  Tribunal  Superior  de  Medellín,  el  20  de  abril  de  2004,  lo revocó y, en su lugar, condenó al  acusado  Saldarriaga  Henao a  la  pena  principal  de  24  meses de prisión, a la interdicción de derechos y  funciones  públicas por el mismo lapso de la pena privativa de la libertad y al  pago  de los perjuicios, como autor de los delitos de Fraude procesal y falsedad  en  documento  privado.  Así  mismo,  se  le concedió el subrogado penal de la  condena  de  ejecución condicional. Contra esta determinación, el defensor del  procesado interpuso el recurso extraordinario de casación.   

LA   DEMANDA   DE  CASACIÓN   

El   defensor   del   procesado  Saldarriaga Henao, al amparo de la causal  primera  de  casación,  presenta  dos  cargos  contra  la  sentencia de segunda  instancia, cuyos argumentos son los siguientes:   

En   el   primer  reproche,  sostiene  el libelista que la sentencia del  Tribunal  “es  violatoria de derecho sustancial por  errores  de  hecho  y  de  derecho”, toda vez que se  transgredió   “una  norma  procesal  de  contenido  material  y  de  naturaleza especial, como es el procedimiento especial aduanero  denominado  LEGALIZACIÓN, que esencialmente regla y no admite en su aplicación  interpretaciones  extensivas  en  aspectos donde no es posible hacerlo. Lo mismo  porque  se  confunden  las  pruebas  obrantes  en  el  proceso, lo que causó la  violación  de  derechos  fundamentales  en  contra  del  procesado,  como es el  principio  de  FAVORABILIDAD  y  de  LEGALIDAD.  Al  aplicarse  e  interpretarse  erróneamente   normas  procedimentales  aduaneras  de  carácter  especial  que  excluyen  interpretaciones  analógicas  dado  que  se  trata  de  disposiciones  esencialmente  OBJETIVAS,  que son característica propia e inherente al derecho  tributario,        cambiario        e        incluso        aduanero”.   

Asevera  que el error del juzgador consistió  en  mezclar  dos conceptos aduaneros excluyentes entre sí, como son las figuras  del   “rescate”  o  “legalización”  y  la  “nacionalización”  de  mercancías extranjeras.   

Dice  que se entiende por nacionalización el  procedimiento  “propio  que  siguen las mercancías  que  son  ingresadas  al  territorio  nacional  por zonas primarias bajo control  aduanero,  como  son  los  pasos  fronterizos,  los puertos y los aeropuertos de  categoría  internacional”, surgiendo la obligación  aduanera,   según   el   artículo  2°  del  Decreto  1909  de  1992,  por  la  introducción  de  mercancías  de  origen  extranjero  al  territorio nacional,  comprendiendo   la   presentación  del  formulario  denominado  “declaración  de  importación”, el pago  de  los  tributos  aduaneros  y  las sanciones a que haya lugar, “así  como  la obligación de conservar los documentos que soportan  los trámites de importación”.   

Refiere  que  en  el  proceso  ordinario  de  importación,  las  mercancías obligatoriamente son almacenadas en un depósito  aduanero  hasta  por dos meses calendarios, los que pueden prorrogarse por otros  dos,  con  el  objeto  de  permitir al importador diligenciar la declaración de  importación y pagar los impuestos.   

Agrega que en materia aduanera la declaración  de  importación  es  el  único  documento que ampara la legal introducción de  mercancías  extranjeras,  como  se  desprende  de  los  artículos  21 a 27 del  anterior estatuto Aduanero.   

Sostiene  que  una  vez  diligenciada  dicha  declaración  y pagados los tributos aduaneros, el importador o su representante  debe  presentarse  ante  la  aduana  con  el  fin de determinar si la mercancía  “puede  ser  objeto  de  VERIFICACIÓN  FÍSICA  O  INSPECCIÓN  o  por  el  contrario  puede  ser  retirada  sólo con la revisión  documental  de  la declaración de importación junto con sus documentos anexos,  que  es lo que se conoce como semáforo verde”, luego  de  lo cual las autoridades examinan la autoliquidación de derechos e impuestos  y   verifican  la  correcta  descripción  de  la  mercancía,  para  finalmente  “el  funcionario  inspector proceder a solicitar un  número  consecutivo  que  se  denomina LEVANTE que es la autorización libre de  disposición    de    la    mercancía    en   territorio   nacional”.   

Afirma que en la “LEGALIZACIÓN y RESCATE”  de  las  mercancías no ocurre lo mismo, ya que se trata de un procedimiento que  permite   sanear   mercancías   ilegales,   entendiendo   por   “legalización”    aquella    que   se  “presenta   con  el  propósito  de  legalizar  la  situación  de  una  mercancía que se introdujo al país sin el cumplimiento de  los  requisitos  para  su importación o libre disposición, incluso aquella que  no  se  hubiere  declarado dentro del plazo establecido, siempre que respecto de  la  mercancía  no  existan  restricciones  legales  o  administrativas  para su  importación”, figura excepcional que tiene un trato  especial  en  el Decreto 1909 de 1992, pudiéndose destacar que en el respectivo  formulario  se ordena escribir la palabra “LEGALIZACIÓN” para diferenciarlo  de los demás.   

Luego  de  precisar  otros  aspectos  de  la  legalización,   manifiesta   que   este   caso  trata  de  una  “aprehensión  de  mercancías  durante  una visita de control a los  almacenes  de  sanandresito  ubicados  en  Medellín,  en el centro comercial El  Diamante”,  quedando  las mercancías en poder de la  DIAN  en  un  depósito  aduanero y durante el trámite de rigor “fueron  presentadas  múltiples  declaraciones  de importación con  las  cuales  se  demostró que el importador ilegal había procedido a denunciar  sus  mercancías  a la DIAN, pagando los tributos aduaneros e impuestos, además  de  una  sanción,  en  cuantía  superior  a  los  ochenta  millones  de pesos,  obteniendo  el  levante  para  las  declaraciones  PERO  SIN  OBTENER  LA  LIBRE  DISPOSICIÓN  DE  LAS  MERCANCÍAS, ya que la medida cautelar de la APREHENSIÓN  lo  impedía  y  tenía que ser la División competente del estudio del caso, la  que     finalmente     diera    la    autorización    de    entrega”.   

En  esas  condiciones, afirma que respecto de  dicho  tema  surge  la  equivocación del juzgador, toda vez que “traslada  los efectos del levante de una nacionalización ordinaria  a  una  legalización  de mercancías por aprehensión de las mismas”,  situación  que  genera  un  contrasentido  y  una  incorrecta  interpretación  de la normatividad especial aduanera, porque la “legalización  tiene  normatividad especial y no es la misma que la  de  una  importación ordinaria o nacionalización propiamente dicha”,       sobre       todo      cuando      el      “levante”    de    unas    mercancías  “aprehendidas” no tiene  los efectos jurídicos de la libre disposición.   

Después  de destacar algunas situaciones que  en  este  caso  se presentaron respecto de lo que viene exponiendo, para lo cual  cita  unos  folios  del  expediente,  estima  que  el  error en que incurrió el  Tribunal  es  transcendente,  pues  si hubiese tenido en cuenta el procedimiento  propio  de  una  legalización  y  los  efectos  limitados  del levante en dicha  figura,  no  hubiera  revocado  la  sentencia  absolutoria de primera instancia,  máxime   cuando  “se  puede  demostrar  que  nunca  existió       la       posibilidad       de       causar      daño”.   

Anota  que si bien es cierto que del total de  las   declaraciones   de  legalización  con  levante,  seis  de  ellas  tenían  restricción  legal por necesitar de un “certificado  preembarque”,  también  lo  es  que  procedía  la  “propuesta de decomiso a las mismas, como en efecto  ocurrió,  porque  legalmente no se puede legalizar mercancías con restricción  legal”.   

Considera  que no existió posibilidad alguna  de  hacer  daño,  toda vez que las mercancías que tenían restricción legal o  administrativa   para   su   importación   normal  no  podían  ser  objeto  de  legalización,  según  así  lo  establece  el  inciso 2° del artículo 57 del  Decreto  1909  de  1992, lo que significa que tal prohibición opera por mandato  legal y en forma automática.   

Dice  que  la División Operativa de la DIAN,  encargada  de  recepcionar  las  declaraciones de importación, inspeccionar las  mercancías  y  hacer  los  levantes, operó normalmente, ordenando el levante a  todas  las declaraciones de legalización presentadas. Por lo tanto, agrega, por  tratarse  de  una  legalización,  las mercancías no podían ser entregadas por  dicha  División, siendo competente la División de Control Aduanero, Represión  y  Penalización  del  Contrabando,  pues era la encargada de aplicar las normas  especiales sobre dicho tema.   

“Lo que extrañó  a  dicha  División  de la DIAN, es que era imposible acompañar certificados de  inspección   de   unas   mercancías   que   habían  ingresado  ilegalmente  y  lógicamente  era  huérfanas  de  todos  los  documentos,  pues  se  trataba de  mercancías  que  habían  burlado los controles aduaneros o simplemente habían  aparecido  como  por  arte  de  magia,  como  es el caso del famoso ‘correo   de  las  brujas’  que  en  Colombia  hacen  aparecer  mercancías        extranjeras        en       cualquier       lugar.    

“No  existió  daño    porque   el   documento   falso    -certificado   de   inspección  preembarque–  nunca  fue  DETERMINANTE  para  que  la  División  competente  ordenara  el  decomiso de la  mercancía,  ya  que  la  sola  característica  de  la  misma,  su naturaleza y  ubicación  en el arancel de aduanas no permitía que fuese legalizada. En otras  palabras,  haya  existido  o  no,  se  haya  presentado  o no, un certificado de  inspección  preembarque  acompañando  las  declaraciones  de importación tipo  legalización,  es indiferente, ya que ningún resultado pueden producir, porque  la  premisa  normativa  se  basa  solamente  en  que sólo por el hecho de tener  restricción  legal  no  podían  ser legalizadas, así se hubiese presentado un  documento de inspección previa…”.   

En  síntesis,  considera  que  lo  expuesto  demuestra  que  la  conducta  era  inocua  y  no  podía  producir daño alguno,  “lo que también deja de lado la conducta de fraude  procesal,      porque     también,     no     podía     producirse”.   

Finalmente,  añade que por el error cometido  se    violó   el   debido   proceso,   desconociéndose  así  el  mandato del artículo 6° del Código de  Procedimiento Penal.   

En   el   segundo  cargo,  el  cual está apoyado en la causal primera de  casación,  sostiene  el  libelista  que  la sentencia impugnada “es  violatoria  de  una  norma  de  derecho  sustancial,  falta  de  antijuridicidad  material  y  falta  de  competencia  del  Tribunal  Superior de  Medellín”.   

Afirma  que  el  juzgador  de  segundo  grado  extralimitó   su  competencia,  toda  vez  que  se  pronunció  sobre  aspectos  puntuales  que  no  fueron  objeto de apelación interpuesta por la parte civil,  sujeto  procesal que sustentó la impugnación en el sentido de la existencia de  la  antijuridicidad  material.  Sin  embargo,  le causa sorpresa que el Tribunal  “deja  de  lado  el  motivo de apelación y entra a  analizar  aspectos  jurídicos  no  tratados  en  la inconformidad del apelante,  entorno  al  tema  de  la  conducta  criminal  de  fraude procesal y falsedad en  documento  público,  temas  que  no  fueron  objeto  de  apelación”.   

Por ello, considera el actor que la sentencia  de   segunda   instancia   se  debe  anular,  toda  vez  que,  en  su  criterio,  “desbordó  su  competencia,  entrando  a  analizar  temas  que  no fueron objeto de inconformidad”.    

No  obstante,  estima  que  tampoco  existió  antijuridicidad   material   ni   formal,   pues  se  cuestiona  “qué  peligro  había  puesto  el  doctor Luis Fernando Saldarriaga  Henao  con la presentación de un certificado de inspección que era innecesario  puesto  que  por  tratarse de especies de contrabando, no era necesario portarlo  ya  que  las  mercancías  de  contrabando  no  tienen  documentos y la conducta  resulta   inocua,   además  porque  por  disposición  legal  no  procedía  la  legalización  de  las  mercancías,  ya  que  tenían restricciones legales, de  acuerdo a subpartida arancelaria ”.   

Luego de transcribir apartes del contenido de  los  oficios  131  y  0436  del  8  y  del  22 de agosto de 2001, emitido por la  División  de  Asuntos  Económicos  de  la DIAN, Seccional Medellín, concluye,  desde  su personal punto de vista, que en el presente asunto no existió ningún  daño  antijurídico  contra  los  intereses  de  la  sociedad,  “representados  en  el  erario público y en la falta de ingresos de  la  nación  por  supuesta  falta del pago de los tributos aduaneros”.   

Por    ello,   nuevamente   se   pregunta  “qué daño podrá hacer un importador que sanea la  totalidad  de  las  mercancías pagando una suma de dinero multimillonaria, para  después  venga  la  Aduana  a  decomisarle  el  equivalente  a  $385.000,oo  en  mercancía,  la  cual  SÍ  ESTABA  DECLARADA  con  el  pago  de  sus tributos e  impuestos,   pero   que   la   DIAN   caprichosamente  la  decomisó”.   

En  consecuencia,  solicita  a  la  Corte  la  prosperidad del cargo.   

Finalmente, aduce que por el error cometido se  violó  el  debido  proceso,  desconociéndose  el mandato del artículo 6° del  Código de Procedimiento Penal.    

CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

Ante  todo  es  imperioso  recordar  que  la  casación  es  un  recurso  de naturaleza extraordinaria y rogada, motivo por el  cual  el legislador estatuyó las causales por las que resulta procedente atacar  la  presunción  de  acierto  y  legalidad con que viene amparada la sentencia a  esta  sede. De igual modo, dada las citadas características de la impugnación,  también  la  legislación procesal contempla los mínimos presupuestos formales  que debe cumplir el libelo.   

Por  ello,  como  lo tiene dicho la Corte, la  demanda  de  casación  no  es  de  libre formulación, razón por la cual no es  procedente  hacer cualquier clase de cuestionamiento a una sentencia que por ser  la  culminación  de  un  proceso  está amparada, como se indicó, por la doble  presunción  de  acierto  y  legalidad,  sino  que debe ser un escrito lógico y  sistemático  en el que sólo es permitido denunciar los errores cometidos en el  fallo,  al  tenor  de  los motivos expresa y taxativamente señalados en la ley,  demostrarlos   dialécticamente  y  evidenciar  su  trascendencia  en  la  parte  dispositiva del mismo.   

Por  lo  mismo,  el  éxito  de la censura no  depende  de  lo extenso o sugestivo del discurso plasmado en la demanda, sino de  la   argumentación   técnica  que  conlleve,  de  manera  lógica,  precisa  y  coherente,  a  la  demostración  de  que  la  sentencia  es  ilegal,  por haber  incurrido el juzgador en vicios de juicio o de procedimiento.   

En    esas    condiciones,   se     hace    necesario    verificar    si    la   demanda   de casación  presentada  a  nombre  de   Luis    Fernando    Saldarriaga    Henao    reúne     los     presupuestos    formales   para   su   admisibilidad,  de  acuerdo con lo estipulado en  el artículo 212 del Código de Procedimiento Penal.   

El  defensor  del  procesado, al amparo de la  causal  primera de casación, formula dos cargos contra la sentencia dictada por  el   Tribunal   Superior   de   Medellín,   toda   vez  que,  en  su  criterio,  “es violatoria de derecho sustancial por errores de  hecho     y     de     derecho”     (primera    censura)   y   “violatoria  de  una  norma  de  derecho  sustancial,  por  falta de  antijuridicidad  material  y  falta  de  competencia  del  Tribunal ”     (segunda    censura).   

Como     bien     puede   observarse,     desde    el    mismo    inicio    surge  protuberante    la   deficiencia   y   la   falta   de   claridad  en  la  formulación jurídica de los citados  cargos,  evidenciándose  así el desconocimiento que el actor tiene respecto de  los   parámetros   técnicos   que   rigen   el   recurso   extraordinario   de  casación.   

Si  bien es cierto que el libelista fundó el  ataque  contra  la  sentencia de segunda instancia por los senderos de la causal  primera  de  casación,  también   lo   es   que   no   señaló    la    vía    de   transgresión   de   la   ley sustancial,  esto  es,  si  fue  de   manera    directa    o    indirecta,    como   tampoco   indicó      cuáles      fueron     los     preceptos   sustanciales    vulnerados   por    el    juzgador   y   su   sentido,   es   decir,   si  por  falta   de       aplicación,      aplicación      indebida      o   interpretación   errónea,   limitándose   a   citar   como  violado   el   artículo  6°  del  Código   de    Procedimiento   Penal,   pero   sin  suministrar   las    razones    jurídicas   por   las   cuales   lo  considera transgredido.   

Ahora  bien,  en  el  entendido  de  que  las  dos  censuras  las  postuló  bajo  los  lineamientos  de  la  violación  indirecta de la ley sustancial, por  cuanto   que  manifestó,  de  manera  enunciativa,  que  el  Tribunal  cometió  “errores   de   hecho   y  de  derecho”,   de  todos  modos  no  señaló  los  falsos  juicios  que  lo  determinaron.   

Se hace necesario recordar una vez más que el  error  de  hecho,  como  lo ha dicho la Corte, en materia probatoria subyace una  actitud  frente  a  lo  descriptivo,  en  el  sentido  de  que  se transgrede la  información   suministrada  por  la  prueba  o  se  finge  la  que  ella  pueda  suministrar, generándolo tres falsos juicios, a saber:   

     

a. Falso  juicio de existencia, según el cual, el juzgador, al momento  de  valorar  de  manera  individual y conjunta las probanzas, supone un medio de  convicción  que  no  obra en el diligenciamiento o excluye uno, los que tenían  la  capacidad  de  probar circunstancias que eliminan, disminuyen o modifican la  decisión absolutoria o de condena.   

b. Falso  juicio  de identidad, en el que incurre el juzgador cuando en  la   apreciación   de  una  determinada  prueba  le  hace  decir  lo  que  ella  objetivamente  no  reza,  erigiéndose  en una tergiversación o distorsión por  parte    del   contenido   material   del   medio   probatorio,   bien   porque  se le coloca a decir lo que su texto  no   encierra   o   porque   se   le  hace  expresar  lo  que  objetivamente  no  demuestra.     

     

a. Falso  raciocinio,  cuando  el sentenciador se aparta, al momento de  apreciar  los  medios  de convicción, de los postulados de la sana crítica, es  decir,  de  las  leyes  de  la  lógica,  de  la  ciencia, de las máximas de la  experiencia o del sentido común.     

Por su parte, en cuanto al error de derecho se  impone reiterar que puede ocurrir por dos vías distintas:   

     

a. Falso  juicio de legalidad, “relacionado  con  el proceso de formación de la prueba, con las normas que regulan la manera  legítima  de  producir  e  incorporar  el elemento de juicio al proceso, con el  principio   de   legalidad  en  materia  probatoria  y  la  observancia  de  los  presupuestos  y las formalidades exigidas para cada medio. O como lo ha dicho la  Corte,   ‘el  error  de  derecho  por falso juicio de legalidad gira alrededor de la validez jurídica de  la  prueba,  o lo que es igual, de su existencia jurídica (concepto que no debe  ser  equiparado  con  el  de  existencia  material), y suele manifestarse de dos  maneras:  a)  cuando  el juzgador, al apreciar una determinada prueba, le otorga  validez  jurídica  porque  considera  que  cumple  las  exigencias  formales de  producción,  sin  llenarlas (aspecto positivo); y b) cuando se le niega, porque  considera  que  no  las  reúne  cumpliéndolas  (aspecto  negativo)”                   1.     

     

a. Falso  juicio  de convicción, cuando se niega a la prueba ese valor  que  la ley le atribuye, o se le hace corresponder uno distinto al que la ley le  otorga.     

Teniendo en cuenta las anteriores premisas, se  advierte,  entonces,  que  si  bien el libelista mencionó la existencia de unos  presuntos  errores de hecho y de derecho, de todos modos no precisó las pruebas  sobre  las  cuales  recayeron  los  errores  y guardó silencio sobre los falsos  juicios  que lo determinaron, limitando su argumentación, en lo concerniente al  primer   cargo,   a  hacer  afirmaciones  generalizadas  tales  como  que  el  Tribunal  no  comprendió  el  acontecer  fáctico,  o  que  no  supo  distinguir  entre lo que se entiende por  “rescate    o    legalización   de   mercancías  extranjeras”  y  la  figura  de  la  “nacionalización”  de las mismas, o que  realizó  una  interpretación equivocada de las normas contenidas en el Decreto  1909  de  1992  o Estatuto Aduanero, o que “traslada  los  efectos  del  levante  de  una  mercancía ordinaria a una legalización de  mercancías  por aprehensión de las misma”, o que el  comportamiento  de  su  defendido  no  generó  daño alguno a un bien jurídico  específico   o   que   el   sentenciador   de   segundo  grado  “extralimitó      su      campo      de     competencia”  al  haber  estudiado  temas  que no fueron objeto de la apelación interpuesta por la parte  civil,   estas   dos   últimas   hipótesis   plasmadas   en   el  segundo cargo.   

Y    del    contenido   de   ambos  cargos  tampoco  se  puede concluir  cuáles  fueron los falsos juicios que generaron los anunciados errores de hecho  y  de  derecho, pues en la fundamentación de cada censura el actor no hizo otra  cosa  que  sostener  que  el  Tribunal,  de  manera  equivocada, “traslada  los efectos del levante de una nacionalización ordinaria  a  una  legalización  de mercancías por aprehensión de las mismas”      (primer     cargo)  y  que  la  conducta del procesado no causó daño a ningún bien  jurídico        (segundo       cargo).   

Por  el  contrario,  toda  la disertación la  traduce  a oponerse, al estilo de un alegato de instancia, al mérito otorgado a  los  medios  de  convicción  allegados  al  proceso  que llevaron al Tribunal a  revocar  el  fallo  absolutorio  de  primer  grado  y,  en  su lugar, condenar a  Luis    Fernando    Saldarriaga    Henao  como  autor  de  los  delitos  de  fraude  procesal  y falsedad en  documento  privado,  olvidando  que  esa  simple discrepancia no configura yerro  demandable   en   casación,  puesto  que  teniendo  en  cuenta  el  sistema  de  apreciación  probatoria  que  nos  rige,  el  juzgador  goza  de  libertad para  justipreciar  los  elementos  de juicio, sólo limitado por los postulados de la  sana  crítica,  cuya  vulneración se debe dirigir a través del error de hecho  por falso raciocinio.   

Ahora bien, si lo pretendido por el actor era  mostrar   que   el   sentenciador   de   segunda   instancia  incurrió  en  una  “interpretación  equivocada  de  la  normatividad  especial    aduanera”,   yerro   que   llevó   al  proferimiento  del  fallo  de  condena  en  contra  de  su  procurado, ha debido  orientar  la  censura  por  la  causal  primera  y  evidenciar  que  los  hechos  reconocidos  como  probados no llevaban a esa conclusión, por lo que las normas  que  describen los delitos de estafa y fraude procesal fueron violadas de manera  directa, por aplicación indebida.   

De  otra  parte,  se  observa que, en abierta  discrepancia  con  el principio de autonomía, según el cual, al interior de un  mismo  cargo  no  se  pueden   mezclar  ataques correspondientes a causales  distintas,   pues   cada  una  tiene  características  y  reglas  técnicas  de  demostración  diferentes  y  producen  diversas consecuencias jurídicas, en el  segundo  cargo  transita, de  manera  simultánea,  por las causales primera y tercera, al plantear errores de  hecho  y  de  derecho  y  la  transgresión del debido proceso por cuanto, en su  criterio,  el  Tribunal “desbordó su competencia al  entrar  a  analizar  aspectos  jurídicos  no  tratados  en la inconformidad del  apelante”  reparo  que  ha debido formular de manera  separada y respetando el principio de prioridad.   

La  anterior  acotación tiene su razón de  ser,  ya  que  si  bien  es  cierto  el   libelista  inicia el segundo  cargo  fundándolo en la causal  primera  de  casación  prevista en el numeral 1° del artículo 207 del Código  de  Procedimiento   Penal,  lo  que  conlleva  a  significar  que  acusa la  violación  de   la  ley  sustancial  (error  in  iudicando),   también   lo   es  que  parte  de  su  desarrollo   resulta  inconsecuente  con  dicha hipótesis, toda vez que lo  sustenta   a   través    de   argumentaciones  propias  de   la   causal     de     nulidad    (error    in  procedendo),     situación     que   no   sólo  desorienta  el  reproche  sino que también  termina  vulnerando  el citado principio de autonomía, desatinos técnicos que,  dado   el   postulado   de   limitación,   la   Corte   no   puede   entrar   a  enmendar.   

Así   mismo,  no  está   de   más   recalcar   que,  en  virtud  del   principio    de   trascendencia    que   gobierna   la   declaratoria   de  nulidad,  según  el  cual, no   basta   con   denunciar   irregularidades  o  que   éstas     efectivamente    se   presenten    en    el   proceso,   sino   que   se   hace   indispensable   demostrar   que    aquellas    inciden    de    manera   concreta   en   el   quebranto   de  los derechos   de    los    sujetos    procesales,    se    hace   necesario     que     el     actor    evidencie     un   perjuicio     causado    con    el    yerro    in   procedendo  denunciado,   pues,   caso  contrario,  la   Corte,      por     razón     del     principio     de  limitación,   no  puede  entrar  a  complementar   al  censor.   

En  esas condiciones, al no reunir la demanda  los presupuestos de claridad y precisión, la Corte la inadmitirá.   

Finalmente,  cabe  señalar  que  el  estudio  detenido  del  expediente permite a la Sala concluir que no procede la casación  oficiosa  por  cuanto no se percibe ninguna causal de nulidad ni vulneración de  derechos fundamentales.   

En  mérito  de  lo expuesto, la CORTE   SUPREMA  DE  JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R   E   S   U  E  L  V  E   

INADMITIR la demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  de  LUIS  FERNANDO   SALDARRIAGA   HENAO.  En  consecuencia,  se  declara   desierto   el   recurso   extraordinario   de  casación  interpuesto.   

Contra  esta  decisión  no  procede  ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                                     ALFREDO GÓMEZ QUINTERO                                       

EDGAR    LOMBANA   TRUJILLO                                          ÁLVARO   ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN                  

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                           YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                       

MAURO    SOLARTE   PORTILLA                                          TERESA RUÍZ NÚÑEZ   

                                                     Secretaria     

1 Ver,  entre  otras,  casación  15042  del  27  de  febrero de 2001, M.P. Dr. Fernando  Arboleda  Ripoll,  casación  21406  del 10 de noviembre de 2004, M.P. Dr. Jorge  Luis  Quintero  Milanés, casación 18103 del 2 de marzo de 2005, M.P. Dr. Edgar  Lombana Trujillo.     

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