22635(05-09-06)-1

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 22635  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N°   092  

Bogotá,  D. C., cinco (5) de septiembre de  dos mil seis (2006).   

V   I   S   T   O  S   

Resuelve la Corte la admisibilidad formal de  la  demanda  de  casación presentada por el defensor del procesado BERNARDO         ANTONIO        RESTREPO        AGUDELO.   

A  N  T E C E D E N T E  S   

1.  Los hechos fueron sintetizados por  el juzgador de segundo grado de la siguiente manera:   

“El   día  veintiséis  de mayo del año dos mil dos (23-V-2002), a eso de las 18:45 horas,  cuando  se  dirigía  a una tienda cercana a su vivienda, situada en la calle 91  N°     84-07,     barrio     Robledo     de     esta     ciudad    (Medellín),  sector  el  “El Plan”,  conocida  con la razón social “El Flaco”, a comprar algunos comestibles, el  joven   John   Estiven   Martínez   Perea,   fue  atacado  sorpresivamente  por  Bernardo   Antonio   Restrepo   Agudelo  (a.  El  Monito),  quien, a muy corta distancia, le propinó tres  impactos  de  arma  de  fuego,  lesionándolo  en  la  cabeza  y  en  la región  supraesternal  derecha.  Martínez  Perea,  quien  venía siendo amenazado desde  hacía   algún   tiempo   por   el   agresor,  murió  en  el  acto”.   

2. El Juzgado Veinticinco Penal del Circuito  de  Medellín,   mediante  sentencia  del  30  de  enero  de 2004, condenó  a   Bernardo  Antonio  Restrepo  Agudelo  a  la  pena  principal  de  13  años y 6 meses de prisión, a la  accesoria   de  inhabilitación  para  el  ejercicio  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  mismo  lapso  de la pena privativa de la libertad y al   pago   de   los  perjuicios,  como autor de los delitos de homicidio y  porte  ilegal  de armas de fuego de defensa personal imputados en la resolución  de acusación, la cual cobró ejecutoria el 23 de julio de 2003.   

3.  Apelado  el  fallo  por el defensor del  procesado,  el  Tribunal  Superior  de  Medellín,  el 27 de febrero de 2004, lo  confirmó  en su integridad, determinación contra la cual el citado profesional  del derecho interpuso recurso extraordinario de casación.   

LA     DEMANDA     DE   CASACIÓN   

El   defensor  del  procesado  Restrepo  Agudelo, invocando el cuerpo  segundo  de  la causal primera de casación, presenta dos cargos contra el fallo  de segunda instancia, así:   

Primer cargo  

Acusa al sentenciador de haber incurrido en  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial,  por  error  de  hecho  generado  “por  falso  juicio de existencia al ignorar prueba  testimonial    trascendente   y   válida   que   obra   materialmente   en   el  proceso”,      la      cual     “desvirtúa   tanto   los   hechos   indicadores   de  los  indicios  enarbolados  al  unísono  por los juzgadores como la que se dice prueba directa  de  las  instancias  ordinarias,  o por lo menos, crea una inmensa hesitabilidad  respecto  a  su  real  ocurrencia”.  Añade que los  testimonios  desconocidos  son  los  rendidos  por Giovanny Alfonso Rivera Soto,  Luis  Eduardo  Granda,  Sandra  Marra  Agudelo,  Juan  Ovidio Valderrama David y  Eusebio  Arango  Córdoba,  alias “Turbo”.    

Afirma que el fallo de condena en contra de  su  procurado  se  sustentó  en  la  declaración  que  rindió  Claudia María  Monsalve  Martínez,  hermana  media del occiso, en los testimonios de oídas de  los  demás  familiares  de  éste,  “por lo demás  contradictorios”,   y  en  la  prueba  indiciaria,  elementos  de  juicio  que  al  ser  evaluados  no  se  tuvieron  en  cuenta las  declaraciones  de  las personas antes citadas, “a la  vez  que distorsionan o le dan un sentido concreto y objetivo que no merecen los  cargos existentes en el legajo”.   

Dice  que  la  sentencia  condenatoria  se  sustentó  en  los  siguientes  indicios:  i)  la  enemistad  entre victimario y  víctima,  constituyéndose  en  el móvil del homicidio, ii) el hecho de que su  defendido  supuestamente  hubiese  admitido  ante  la  madre  del  occiso  haber  cometido  el  delito, iii) el temor de los testigos presenciales y de oídas por  la  presunta  peligrosidad  del  procesado  y por las supuestas amenazas que les  lanzó  al confesarles la autoría de la conducta y iv) la proclividad al delito  por parte del sindicado.   

Considera que los errores de hecho por falso  juicio   de   existencia   se  originaron  por  la  errada  evaluación  de  las  “circunstancias  fácticas  indicantes”   señaladas  y  por  el  desconocimiento  del  “contenido  expositivo  de  las  probanzas exculpatorias sobre la no  presencia  de  mi  defendido  en  el  lugar  de  los hechos, y sobre la supuesta  advertencia  que  le hizo conocer a Bernardo Antonio a través de Eusebio Arango  Córdoba         alias         ‘Turbo’  (preso  para  entonces  en  Bellavista) a la madre del occiso con relación a la  intención   de   matar   a   John   Estiven,   que  convierten  las  verdaderas  circunstancias  de  tiempo  y  modo  como  ocurrieron  estos  y que niegan dicha  advertencia,  o  que  por  lo  menos,  crean  una  duda  racional respecto de la  responsabilidad de mi defendido”.   

En  efecto, sostiene que lo relacionado con  los     problemas     que     tuvieron     Bernardo  Antonio  y  John  Estiven  como  miembros de la banda  “Los  Rancheros”, y los  presentados  previamente  al  homicidio,  en el sentido de que aquél imputaba a  éste  la  muerte  de Gloria Inés Cardona, aspectos que se tuvieron como móvil  de delito, no tienen asidero en el proceso.   

Así   mismo,   asevera  que  las  frases  desafiantes   o   intimidatorias   supuestamente   lanzadas  por  su  procurado,  “fueron  introducidas  al  informativo  de  manera  insensata  y  sospechosa  por  los familiares del interfecto, en especial por la  señora  María  Neris, madre del occiso, a las que se les otorgó credibilidad.  Al  respecto  cabe anotar que, siendo Bernardo Antonio un avezado delincuente, a  más  de  peligroso  como lo califican sus denunciantes, en nada se compadece la  actitud  de  un  personaje  de  esas  calidades,  pues,  siendo así, per-se era  suficiente   para  que  se  sintieran  intimidadas,  sin  necesidad  de  que  se  materializara amenaza verbal alguna”.   

Estima que las contradicciones que surgen en  las  declaraciones  de  María  Neris  Martínez  y las rendidas por sus hijas y  nuera  respecto  de  las  circunstancias que rodearon los hechos y las supuestas  amenazas,  “mínimo generan una inmensa dubitación  en  lo  tocante  a  la  real  producción de las mismas, por lo que no se pueden  tomar  como  hecho  indicador  de  ningún  indicio.  Pero  como  los Juzgadores  omitieron  evaluar,  bajo  las  reglas  de la sana crítica dichas deposiciones,  obviamente   no   avistaron   la  opugnación  de  que  eran  objeto”,  omisión  que,  en  su  criterio, influyó para que se dieran  como probadas las afirmaciones de aquellas testigos.   

Advierte que las amenazas que supuestamente  hizo  su  defendido  en  contra  de  los  familiares del occiso, no son más que  expresiones  ajenas  a  la verdad, pues en el proceso existe constancia distinta  de  dichas  afirmaciones,  la  cual  fue  ignorada por el juzgador y suplida por  conclusiones subjetivas y conjeturales sin sustento en el proceso.   

Sostiene que las declaraciones rendidas por  Giovanny  Alfonso  Rivera Soto, Luis Eduardo Granda, Sandra Marra Agudelo y Juan  Ovidio  Valderrama  David,  las  cuales  merecen  credibilidad  por  tratarse de  testigos   “idóneos,”  demuestran  que  Bernardo  Antonio  Restrepo  Agudelo  para  el  momento  de  ocurrencia  de  los  hechos se  encontraba  en  un  lugar  distinto al escenario fáctico, además de que con el  testimonio     de     Eusebio    Arango    Córdoba,    alias    “Turbo”,se  desmiente  abiertamente  lo  dicho  por  la  madre  del hoy occiso “respecto a la  intención  que tenía el procesado para darle muerte a John Estiven”,   declaraciones   que,   en   su   criterio,   “son  mal  interpretadas  e ignoradas en los multicitados proveídos  atacados           en           sede           de          casación”.       

Reitera  que  los testimonios excluidos son  trascendentes  y,  por  lo  mismo,  si  el  Tribunal  no  los hubiese ignorado o  “por  lo  menos les hubiera dado la interpretación  de    manera    racional    que   se   merecían”,  necesariamente  no  habría  errado  en la apreciación de los hechos indicantes  integradores  de  la  prueba  indiciaria  y  de la cual emergió la certeza para  hallar  responsable  a su defendido, siendo el in dubio pro reo el instituto que  debió  sustentar  el  fallo impugnado, yerro que condujo a la inaplicación del  artículo  7°  del  Código Penal y a la aplicación indebida de los artículos  103 y 365 ibidem.   

Por  lo expuesto, solicita a la Corte casar  el fallo impugnado y, en su lugar, proferir uno absolutorio.   

Segundo cargo  

Afirma   que  el  Tribunal  incurrió  en  “falso  juicio  de identidad al sobredimensionar la  capacidad  demostrativa  de la endeble prueba de cargo, a la vez que tergiversó  y  recortó  el  alcance  que  sí  tienen  otras; en fin, apreció tales medios  probatorios  sin  tener en cuenta los dictados o reglas de la experiencia, ni de  la   lógica,   ni   de   la   sana   crítica,   deformando  así  la  realidad  procesal”.   

Luego de recordar que el fallo de condena se  sustentó  en  las  declaraciones  de la madre, hermanas y compañera permanente  del  hoy  occiso, sostiene que no tacha dichos testimonios porque sean de oídas  o   de   familiares   de   la   víctima,   sino  por  que  son  “sumamente  contradictorios  entre sí”,  para  lo  cual procede a transcribir apartes de tales versiones, concluyendo que  entre  ellas  “desvirtúan de manera contundente las  verdaderas  circunstancias  de tiempo, modo y lugar de la ocurrencia del mentado  relato      sangriento      y      su     sentido     incriminatorio”.   

Considera  que  de tales contradicciones se  concluye  que Claudia María Monsalve Martínez, hermana del occiso, de quien se  dice  es  la  principal  testigo  de  cargo, no se encontraba en el lugar de los  hechos  como  así  lo  ha pretendido hacer creer o, por lo menos, no se hallaba  cuando  se  dio  muerte a su hermano John Estiven, situación que necesariamente  le hace perder poder demostrativo a su testimonio.   

“Ante la rotunda  pugnación  que  dejan  entrever  dichas deposiciones entre sí, y por lo demás  ante  su  interpretación  aleatoria  o  especulativa  que  hacen  de  ellas las  sentencias  objeto de inconformismo, es obvio el error fáctico por falso juicio  de  identidad  en  que  incurrió el A-quo, al darle a esa probatura que se dice  ser  directa e indirecta un alcance demostrativo que no tiene. No se requiere de  lucubración  alguna,  para  avizorar  y  demostrar  ese  yerro.  Es  decir,  se  retorció  su sentido, yerro que es relevante, si se tiene en cuenta que recayó  sobre  el  pilar  en  que  se  apoya  la  condenación  de mi pupilo”.   

“Si el A-quo no  hubiera  incurrido  en  los  falsos  juicios  de identidad ya resaltados en este  capítulo,  necesariamente  no hubiera errado en la apreciación de los indicios  y  de  la prueba testimonial en los que apoyó la certeza de responsabilidad del  procesado,  porque  se hubiera visto en la necesidad de analizar los factores de  error  de  las  declaraciones  de  caro,  que  provienen  exclusivamente  de los  consanguíneos  del  occiso  (ya  citados), y no hubiera tampoco tergiversado el  sentido  de  la  prueba indiciaria y le hubiese dado el alcance exculpatorio que  tienen    las    declaraciones    de   Giovanny  Alfonso  Rivera  Soto,  Luis Eduardo Granda, Sandra Marra  Agudelo,  Juan  Ovidio  Valderrama  David  y  la  de  Eusebio  Arango  Córdoba,  (“Turbo”),   las   que   son   objetivas   por   ajustarse   a  la  realidad  procesal”.   

Concluye  solicitando  a  la Corte casar el  fallo  impugnado  y,  en consecuencia, proferir sentencia absolutoria a favor de  su  representado,  toda  vez  que  se  impone el principio del in dubio pro reo.   

CONSIDERACIONES   DE   LA   CORTE   

Surge  evidente que la demanda de casación  presentada  por  el  defensor del sentenciado Bernardo  Antonio  Restrepo  Agudelo no reúne los requisitos de  claridad,  precisión  y  coherencia que para ser admitida establecen las normas  que regulan la casación.   

El  libelista, al amparo del cuerpo segundo  de  la  causal  primera  de  casación,  formula  dos  cargos  contra  la  sentencia dictada por el Tribunal  Superior  de  Medellín,  toda  vez que, en su criterio, incurrió en violación  indirecta  de  la  ley sustancial, por error de hecho generado en falsos juicios  de  existencia  por omisión (primer cargo)     y    de    identidad    (segundo  cargo).   

En     cuanto     al     primer  reproche,  esto es, falso juicio  de  existencia  por  omisión,  asevera  que  el  juzgador  ignoró u omitió la  valoración  de  las declaraciones de Giovanny Alfonso Rivera Soto, Luis Eduardo  Granda,  Sandra  Marra  Agudelo,  Juan  Ovidio Valderrama David y Eusebio Arango  Córdoba,       alias       “Turbo”.   

Agrega   que   de   no   haberse   cometido  dichos  yerros,  el  Tribunal   no  habría  afirmado  con certeza la existencia de los delitos imputados y, por  ende,  la  duda  hubiese  sido  el  fundamento  de  la absolución a favor de su  defendido.   

Planteado así el mencionado error, observa  la  Sala  que  la formulación de la censura quedó imprecisa e incompleta, pues  si  bien es cierto que el actor señala cuáles medios de convicción fueron, en  su  opinión,  dejados  de valorar, también lo es que no dedicó argumentación  alguna  tendiente  a  concretar la demostración y trascendencia de tal presunto  yerro.   

En  efecto, ha señalado insistentemente la  jurisprudencia  de  la  Corte que la postulación del falso juicio de existencia  por  omisión  en  el  recurso  extraordinario  debe iniciar con “la  constatación  objetiva  de que la prueba existe jurídicamente  en  el  expediente  y  que,  pese  a  ello, su contenido material  no   fue     sopesado     por     el    fallador.    A   continuación   se  precisa indicar  la  trascendencia   del    error,    de    modo   que   sin   su   influjo   el  fallo hubiera sido diferente; y todo ha de enlazarse con  la  violación  de  determinada  ley  sustancial  por  falta  de  aplicación  o  aplicación  indebida,  en  procura  de  verificar  que  el  fallo  impugnado es  manifiestamente contrario a derecho.   

“La  estructuración  de  la  censura en punto de la trascendencia del error de hecho  por  falso  juicio  de existencia por omisión no se cumple, como suele creerse,  con  la  sola  manifestación  que  al respecto haga el libelista, como si de su  opinión  personal  se trata; pues, de bastar aquél tipo de crítica el recurso  extraordinario no distaría en mucho de un alegato de instancia.   

“La  demostración  de  la  trascendencia  del yerro atribuido al ad quem comporta la  obligación  de  enseñar  a  la  Corte  que  si  tal  falencia  no  se  hubiese  presentado,  entonces  el  sentido  del  fallo  sería  distinto, y para ello es  preciso demostrar que si la  prueba   omitida   se   hubiese   apreciado   en  forma  correcta,  las     restantes     pruebas    sopesadas    por    el    Tribunal  perderían  la  entidad  necesaria  y suficiente para  mover    hacia    la    convicción    declarada    en    el   fallo”.1    

Teniendo   en   cuenta   los   anteriores  delineamientos,  se  observa  que  el  censor  se  limitó  a  denunciar  que el  Tribunal    ignoró   una   serie  de  pruebas  testimoniales,  las  cuales  relaciona.  Sin  embargo, dentro del extenso discurso que utilizó no ilustró a  la   Corte   cómo   tales   medios   de   convicción   no    fueron   objetivamente      valorados,     esto     es,     que   dentro   de   la  valoración  mancomunada  de los elementos de juicio  nunca  fueron  incluidos,  sin  que  se  hubiese  tratado  de  una  apreciación  innominada,  es decir, que el juzgador, sin precisar los nombres de los testigos  o  la  identificación  de  la  prueba,  de  todos  modos  sí  fueron objeto de  consideración conjunta.   

Por   el  contrario,  alejándose  de  la  hipótesis  casacional  seleccionada, toda la disertación la reduce a oponerse,  al  estilo  de  un  alegato  de  instancia,  al mérito otorgado a los medios de  convicción  allegados  al  proceso,  en  especial  a  la  prueba  indiciaria  y  testimonial,  que  sustentaron  la condena de Bernardo  Antonio  Restrepo  Agudelo,  olvidando que esa simple  discrepancia  no configura yerro demandable en casación, puesto que teniendo en  cuenta  el  sistema de apreciación probatoria que nos rige, el juzgador goza de  libertad  para  justipreciar  los  elementos  de  juicio, sólo limitado por los  postulados  de la sana crítica, cuya vulneración se debe dirigir a través del  error de hecho por falso raciocinio.   

En    otros   términos,   centró   su  argumentación  en  hacer  críticas  generalizadas  sobre  la  manera  como  el  sentenciador  valoró  las  declaraciones  rendidas  por  la  madre,  hermanas y  compañera  del  hoy occiso, tales como que sus afirmaciones son “sospechosas”,      “contradictoria    entre    sí”    e  “insensatas”, o que las  conclusiones   del   juzgador   son  “subjetivas  y  conjeturales  sin sustento en el proceso”, o que las  declaraciones   que   fueron   omitidas   “merecen  credibilidad  por  tratarse de testigos idóneos”, o  que  los  indicios  se valoraron de manera equivocada, quedando la discusión en  una  discrepancia  de  criterios  en  torno  al  grado  de  credibilidad  que el  sentenciador  otorgó  a  los  citados  elementos  de juicio para concluir en la  responsabilidad  de  su  defendido,  contraposición  de  criterios que, como se  dijo,   no  es  susceptible  de  ser  atacado  en  esta  sede.      

De  otra  parte,  desconoce  el  censor los  parámetros  técnicos  que  rigen  para atacar la prueba de indicios en sede de  casación,  toda  vez que, como también lo ha precisado la jurisprudencia de la  Corte,  se  hace  imperioso  recordar  que  cuando  el reproche recae sobre esta  probanza,  se deben tener en claro los elementos que la componen, esto es, hecho  indicador y razonamiento lógico – hecho indicado.   

En  efecto, “si  el  indicio  es un medio de prueba, debe tenerse claro que cuando se plantean en  casación  defectos  en  su  apreciación como fundamento de la violación de la  ley  sustancial,  la  vía  de  ataque  tiene  que  ser  la   indirecta,     siendo     deber     del     demandante   indicarle   a  la Corte la clase del error que denuncia (de hecho o de  derecho),   su   modalidad   y   si   lo   predica   del   hecho   indicador    o    probado,   de   la   inferencia   lógica   o   de   la  fuerza  persuasiva  obtenida del análisis  conjunto de los diferentes indicios.   

“Cuando  la  equivocación  se  hace  recaer  en  la  prueba del hecho indicador, los errores  susceptibles de ser planteados son los siguientes:   

“De  hecho por  falso  juicio  de existencia, que tiene ocurrencia cuando se supone esa prueba o  se omite considerar otra que la desvirtúa.   

“De  hecho por  falso  juicio  de  identidad,  que  ocurre  cuando  se  distorsiona su contenido  fáctico.   

“De  hecho por  falso  raciocinio,  que  sucede cuando la premisa obtenida a partir de la prueba  del  hecho  indicador,  desde  la  cual se construirá el juicio lógico, fue el  producto   de   un   razonamiento   apartado   de   las   reglas   de   la  sana  crítica.   

“De derecho por  falso  juicio  de  legalidad,  que  tiene lugar cuando el juez estima probado el  hecho  indicador  con una prueba inválida, o considera inválida una prueba que  lo              desvirtúa”.     2   

De igual forma, cuando el yerro radica en la  inferencia  lógica  y/o  en la fuerza demostrativa que el juzgador le otorga al  conjunto  indiciario,  su  postulación  debe ser con estricto apego al error de  hecho por falso raciocinio.   

Sin  respetar  tales parámetros, el censor  sólo  refiere  que  la prueba indiciaria fue valorada de manera equivocada, sin  que  advierta  si  el  yerro  de  apreciación  fue sobre el hecho indicador, la  inferencia  lógica  o  el  hecho  indicado,  falencia técnica que la Corte, en  virtud del principio de limitación, no puede entrar a suplir.   

En  consecuencia,  se  avizora  que  en  la  formulación   de   la   primera  censura  hay  inseguridad,  poniendo  en  evidencia la falta de claridad y  precisión para su admisibilidad.   

Respecto      del      segundo  cargo,  el  que  se apoya en el  error  de  hecho por  falso juicio de identidad cometido en la apreciación  de   la   “endeble   prueba  de  cargo”,  error  que  condujo  al  juzgador  a edificar la certeza para  predicar  la  autoría  y  responsabilidad de Bernardo  Antonio  Restrepo  Agudelo en los delitos por los que  fue  condenado,  cuando  era  la  duda  la  que  debía  emerger,  también  fue  construido    sin    apego   a   la   debida   técnica   que   exige   la   ley  procesal.   

En  efecto,  si bien es cierto que el actor  acusa  al sentenciador de haber incurrido en falso juicio de identidad, también  lo  es que no lo demuestra, esto es, que no hubo correspondencia entre lo que la  prueba  objetivamente  dice  y  lo  que  el  Tribunal  manifestó  que  su texto  contenía,  en forma tal que le haya hecho producir efectos que no se derivan de  su  contexto,  quedando  el  reproche,  así construido, en el simple enunciado,  además  de  que  tampoco   evidenció   la   trascendencia   del   mismo,   limitándose   a  afirmar que  las   declaraciones      de      cargo     son     “sumamente     contradictorias     entre   sí”   o  que  “apreció  tales  medios  probatorios  sin  tener en cuenta los dictados o reglas de la experiencia, ni de  la  lógica,  ni  de  la  sana  crítica”,  lo  que  impidió  que  arribara  al  instituto  del in dubio pro reo como fundamento del  fallo.   

Ahora  bien,  si en gracia de discusión se  entendiese  que  el  reproche  fue  formulado  bajo los parámetros del error de  hecho  por  falso  raciocinio, como así lo dejó entrever, de todos modos, como  era  su deber, no enseñó cuál  fue la regla de la lógica, de la ciencia  o  de  la  máxima de la experiencia  vulnerada, de qué manera lo fue y su  incidencia  en  la  parte dispositiva del  fallo, falencia que la Corte, en  virtud    del    principio    de    limitación,   no   puede    entrar   a  suplir.   

En  fin,  olvida  el libelista que el fallo  llega  a  esta sede precedido de la doble presunción de acierto y legalidad, es  decir,  que  los  hechos  y  las  pruebas  fueron  correctamente apreciadas y el  derecho  acertadamente  aplicado,  motivo por el cual, constituye una carga para  el  demandante  entrar  a evidenciar el error in iudicando  o in procedendo  invocado,  según  el  caso,  y  demostrar  su  trascendencia frente a las   conclusiones adoptadas en la sentencia.   

Por  consiguiente,  al no reunir la demanda  los presupuestos de claridad y precisión, la Corte la inadmitirá.   

Por  último,  cabe señalar que el estudio  detenido  del  expediente permite a la Sala concluir que no procede la casación  oficiosa  por  cuanto no se percibe ninguna causal de nulidad ni vulneración de  derechos fundamentales.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA  DE  CASACIÓN  PENAL, administrando  justicia en nombre de la República y por autoridad de la Ley,   

R E S U E L V E  

INADMITIR   la  demanda  de  casación  presentada  por  el  defensor  del procesado  BERNARDO  ANTONIO  RESTREPO AGUDELO. En  consecuencia,  se  declara  desierto  el  recurso  extraordinario  de  casación  interpuesto.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

MAURO    SOLARTE  PORTILLA   

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                                          ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

ÁLVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN                              MARINA    PULIDO    DE  BARÓN           

             Aclaración de voto   

JORGE  LUIS  QUINTERO  MILANÉS                                YESID      RAMÍREZ  BASTIDAS           

JULIO  ENRIQUE  SOCHA SALAMANCA                        JAVIER ZAPATA ORTIZ                                                     

TERESA RUIZ NUÑEZ  

Secretaria  

ACLARACIÓN DE VOTO  

(Casación No. 22635).  

Aclaro el voto respecto de las afirmaciones  que  se  hacen  en  las  páginas  9  y 14 del auto de la Corte, en cuanto no se  admite  la  demanda  por  ninguno de los dos cargos en razón a que, entre otras  cosas,      el      casacionista      no      comprobó      la     trascendencia    de   los   reproches.  Inclusive,  en  la  página 9, en relación con el primer reparo, se dice que el  censor   “no   dedicó   argumentación   alguna   tendiente  a  concretar  la  demostración y trascendencia del supuesto yarro”.   

Si  se  leen las páginas 2y 3, frente a la  primera  imputación  a  la sentencia, es claro que el actor sí se detuvo en el  tema,   tanto   que  la  propia  Corte  así  lo  reconoce  al  folio  8  de  su  determinación.   

Y  sobre  el  segundo  reparo,  basta ojear  las   palabras  del demandante, que son plasmadas en la página 7 del mismo  auto.   

La  trascendencia, entonces, sí fue objeto  de  análisis suficiente. Por tanto, la demanda no podía ser desechada por este  aspecto.   

Álvaro Orlando Pérez Pinzón.  

    

1 Ver,  entre  otras,  casación  18428 del 10 de noviembre de 2004, casación 20827 del  12 de diciembre de 2005.   

2  Casación  11135 del 26 de noviembre de 2003, casación 21743 del 13 de julio de  2005, entre otras.     

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