22618(15-09-04)

2004

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso     No  22618   

CORTE   SUPREMA   DE  JUSTICIA   

SALA DE CASACION PENAL  

                            Magistrado Ponente:   

                               DR.    SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ   

                            Aprobado Acta Nº: 77   

Bogotá D.C., quince de septiembre de dos mil  cuatro.   

VISTOS  

          Se  pronuncia  la  Corte  en  relación  con el aspecto formal de la  demanda    de   casación   instaurada   por   el   defensor   de   OCTAVIO  ALVARADO  MONTEJO, contra el fallo  del  11  de marzo del año en curso obra del Tribunal Superior de Villavicencio,  Meta,  por cuyo medio confirmó integralmente la condena de 36 años de prisión  que  el Juzgado 3º Penal del Circuito de dicha ciudad le impuso al procesado en  sentencia  del  12  de  junio  de  2003,  al hallarlo responsable, en calidad de  autor,  de  la conducta punible de homicidio agravado perpetrado con arma blanca  en  la  joven Luz Piedad Serna, en las horas de la tarde del 13 de abril de 2002  en céntrico sector de la población en mención.   

LA  DEMANDA   

          Tres  cargos  dice formular el censor contra la sentencia de segundo  grado  recurrida:  El  primero, por falso juicio de existencia derivado de falsa  apreciación  probatoria;  el  segundo,  por falso raciocinio; y el tercero, por  nulidad   -Arts.   29  de  la  Carta  Política  y  306-2  y  3  del  C.  de  P.  Penal-.   

          Primer cargo.   

          Acusa  el  censor  en esta primera censura al fallo impugnado de ser  violatorio  de  la  ley  sustancial  en  forma  indirecta,  por  “falsa  apreciación”  del  testimonio de  Gloria  Prieto  Gómez y de la diligencia de necropsia de la víctima Luz Piedad  Serna.   

          En  la  fundamentación  del  reparo,  luego  de  admitir que fue su  defendido  quien le dio muerte a Luz Piedad Serna, trabajadora sexual que tenía  como  centro  de sus actividades a la ciudad de  Villavicencio, advierte el  actor,  y  de  criticar  al  Tribunal  porque  con base en la declaración de la  citada  testigo  Prieto  Gómez  le  negó  al  acusado  el reconocimiento de la  diminuente   punitiva   de   la  ira  –mujer  dedicada  a  los mismos menesteres de la víctima, explica, y  quien  para  la  fecha  del  acontecer  delictual le hacía compañía a ésta-,  sostiene  que  los  juzgadores  ignoraron el  mandato  contenido  en  el Art. 277 del C. de P. Penal, precepto  que  impone  la  obligación de valorar la prueba testimonial de acuerdo con las  reglas  de la sana crítica, y teniendo en cuenta la personalidad del declarante  y las singularidades del testimonio.   

En   ese   orden  de  ideas,  el  Tribunal  desconociendo  la calidad moral de la declarante y el hecho de que ella fuera la  “patrona”  de la occisa,  no  reparó en que se trataba de una testigo interesada y por ende parcializada,  agrega,  pues  evidentemente, por solidaridad de género, no dijo toda la verdad  de  lo sucedido y mañosamente ocultó circunstancias que favorecían al acusado  –Vgr.,  las  groserías e  improperios  a  los  que la víctima sometió a su victimario con ataque físico  incluido,  traducido  en  los  arañazos  que aquélla le propinó a éste en su  cuello  rasgándole  su  camisa-, en tanto dio a conocer las desfavorables, como  afirmar  que la occisa previamente a ser acuchillada, fue acometida a puñetazos  y  puntapiés  por  el  agresor,  violencia  esta  de  la  cual  no da cuenta la  experticia de necropsia.   

Se  trata  pues, de un verdadero error en la  apreciación  de la prueba testimonial y documental -forense- constitutivo de un  falso  juicio  de  existencia, recaba el censor, “por  falta   de  apreciación  de  la  prueba  en  su  estimación  legal”,  yerro  que llevó al juzgador a descartar la ira pregonada por  la  defensa, en cuanto desestimó las disculpas del justiciable y el dicho de la  propia  testigo  censurada  que  habla  de lucha previa al fatal acontecimiento.  Tras    esta   afirmación,   el   demandante,   motu  proprio,  examina  aquellos  medios  y reconstruye los  hechos,  para  arribar  a  la  conclusión  de  que  se  le  dio “mucha   mayor   credibilidad”  a  Gloria  Prieto Gómez que a la versión de su defendido.   

Critica  igualmente el actor, los argumentos  esgrimidos  por  el  sentenciador para deducir las circunstancias de agravación  respecto  de  la conducta homicida desplegada por el procesado. En relación con  el  estado  de indefensión de la víctima al que se alude en el fallo de primer  grado,  nada  dijo el Ad-Quem,  advierte;  y  respecto  del  motivo  abyecto  o  fútil, asevera que el Tribunal  “se   equivocó  en  error  de  derecho”  al  catalogar  de  absurdas  las  razones  desencadenantes  del  incidente  luctuoso  -la  ruptura de la relación sentimental existente entre la  pareja  de  ex-amantes,  y  la  reclamación  del  varón  a la dama para que le  hiciera  devolución  de  los  enseres que había aportado en ese corto lapso de  convivencia-,  cualificación  que en opinión del censor mal puede tener cabida  en  el  comportamiento  del  procesado  por  querer recuperar unos bienes en los  cuales             había             hecho             una            cuantiosa  inversión.         

Segundo        cargo.   

Error  de  hecho  por  falso  raciocinio, en  cuanto  que  el  juzgador  en  la apreciación del dicho de la testigo de cargo,  Gloria  Prieto Gómez, inobservó las reglas de la sana crítica, es el sustento  de este reproche.   

En  desarrollo  de  la  censura  afirma  el  demandante  que,  de  acuerdo  con  el  haz  probatorio recaudado, la testigo en  mención   miente  cuando  dice  que  el  procesado  le  propinó  puñetazos  y  puntapiés  a  la víctima, y que al rodar ésta por el piso, estando derrumbada  le  asestó  una  puñalada.  Tal  mendacidad  salta  de  bulto, “porque  Medicina Legal no encontró el menor vestigio de las patadas  y  los  puños”;  y en cuanto al acometimiento en el  suelo  con  arma  blanca, ello se encuentra contradicho por el propio acusado al  aseverar  que  el lesionamiento de su ex-compañera se produjo en el momento del  forcejeo  previo  al desenlace fatal, aunque su intención era la de herirla mas  no de causarle la muerte.   

La   mencionada  declarante  en  su  doble  condición  de  mujer  astuta  y  patrona  de  la  víctima,  para perjudicar al  procesado  “distorsionó los hechos porque sabía que  de  esa  forma el castigo era mayor para mi cliente”,  asegura  el  censor.  Pecó  pues  el  Tribunal, al omitir escudriñar de manera  rigurosa  el  dicho  de  la  testigo  para poder comprobar, como se colige de la  experticia  de  necroscopia,  que  la  cuchillada fue de lado y no de frente, de  arriba  hacia  abajo.  De  haberse  reparado  en  tales  circunstancias, y en la  condición  moral  de  la  testigo  censurada,  cuyo  dicho deviene sospechoso y  parcializado,  el  resultado de la sentencia atacada hubiera sido bien distinto,  pues  por  lo  menos se hubiese reconocido la duda, lo cual no fue así porque a  las  exculpaciones  del acusado no se les dio el más mínimo crédito, concluye  el demandante.   

          Tercer cargo.   

          Al  amparo de la causal tercera de casación, el libelista aduce que  la  sentencia  recurrida se profirió en juicio afectado de nulidad, vicio en el  cual  se  incurrió  desde  el  preciso  momento en que el procesado rindió sus  descargos  porque  el  Fiscal  y  su defensor de la época, omitieron advertirle  acerca  de  los  beneficios  que  le  podría  reportar  el  hecho de acogerse a  sentencia anticipada.   

          Diciendo  apelar al principio de favorabilidad y con la esperanza de  que         la         Corte         se         pronuncie        “jurisprudencialmente”  en  relación con  las  preceptivas  contenidas en el Art. 8º del C. de P. Penal -en desarrollo de  la  actuación  habrá  de  garantizarse el derecho de defensa del procesado, el  cual   deberá  ejercitarse  de  manera  integral,  ininterrumpida,  técnica  y  materialmente-,   sostiene   el   demandante   que  a  su  asistido  simplemente  “se le hizo saber el contenido de los Arts. 40 y 367  del  C.  de  P.  P. (…)” No existe constancia en el  acta  respectiva, de que el funcionario de instrucción le hubiese explicado los  alcances  de  dicho  instituto,  cosa  que tampoco hizo el defensor, como era su  deber,  “por  lo  menos  para  insinuarle  en algún  sentido.”   

No  se cumplió pues, con las formas propias  del  juicio  en  aras  de  garantizarle  el  derecho  de  defensa a un campesino  semialfabeta;   como   que  ni  siquiera  lo  ilustraron  de  las  consecuencias  benéficas  del  mencionado  instituto,  vicio  constitutivo  de “error   de   derecho”   por   falta  de  aplicación  de  los preceptos violados indirectamente, que llevaron al juzgador  al  desconocimiento  de la mentada garantía. El perjuicio irrogado al procesado  se  traduce  en que, por tal omisión, dejó de acceder a una rebaja punitiva de  12 años.   

Finalmente, y a manera de colofón, resume el  libelista  sus  pretensiones  solicitándole  a  la  Corte  con fundamento en la  causal  primera,  cuerpo  segundo,  casar  parcialmente el fallo recurrido en el  sentido  de  revocar  la  condena  proferida  por  homicidio  agravado,  y en su  reemplazo  dictarla  por homicidio simple con los ajustes punitivos de rigor. O,  en  su  defecto,  declarar  la  nulidad  de la actuación desde la diligencia de  indagatoria,  inclusive,  para que el procesado tenga la oportunidad de acogerse  a la sentencia anticipada.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

          1.  El rigor técnico que ha de observarse en la confección de toda  demanda  de  casación,  cuya  idoneidad  faculta  a la Corte para el respectivo  examen  de  fondo del asunto, no se encuentra cumplido en el libelo que a nombre  del  procesado  OCTAVIO  ALVARADO  MONTEJO   presentó   el  impugnante  extraordinario,  lo  cual  impone  su  inadmisión      de  plano.   

          En  efecto,  si  bien  es  legalmente viable que se presenten cargos  excluyentes,  ello  se  encuentra  supeditado a que se haga de manera separada y  subsidiaria,  a  voces del Art. 212-4 y su inciso final del C. de P. Penal; y si  de  por  medio  está  uno por nulidad, su postulación ha de ir como principal,  pues  en  caso  de  llegar  a  prosperar,  el  estudio de los demás no tendría  sentido  frente  a  la  invalidación  del  fallo  o  de  todo  el juicio.    

Estas   son   las  reglas  que  ignora  el  demandante,  como  más  adelante  se verá, cuando en la fundamentación de las  censuras  propuestas  por  la  vía  de  la  violación indirecta, y no empece a  anunciar  inicialmente que ataca la sentencia por un supuesto error de hecho por  falso  juicio  de  existencia, termina por argumentar un falso raciocinio dizque  por  atentarse contra los principios de la sana crítica, amén de desconocer el  principio  de prioridad que le impone la carga de formular en primer término el  reproche   que   por   nulidad   igualmente   presentó   contra   la  sentencia  recurrida.   

2.  Pues  bien,  en  punto  a  esta  última  censura,  al  margen  de  su  inadvertida  formulación como cargo principal, de  entrada  se  descubre  la  informalidad con la que se acometió su proposición,  pues  el  libelista ni siquiera se toma el trabajo de fundamentar y demostrar la  irregularidad  argüida, y menos hace algo por establecer su trascendencia en el  fallo impugnado.   

En tratándose de la causal tercera, no basta  la  enunciación  genérica  de  la  nulidad  pues,  al  igual que en los demás  motivos  de  casación,  resulta  imprescindible  acreditar  el  sentido  de  la  violación  señalando  inequívocamente  en cuál causal de nulidad cabe ubicar  la  irregularidad  pretextada, cuál el estadio procesal en que se ha producido,  y  cómo  no  es  posible  enmendar  la  irritualidad  de manera diversa a la de  quebrar  la  presunción  de  acierto y legalidad que ampara el fallo de segunda  instancia.   

El  censor si bien ubica el vicio alegado en  la  causal  de  nulidad  prevista en el Art. 306-2 y 3 del C. de P. Penal, sólo  advierte  de  la supuesta irregularidad cometida en la diligencia de indagatoria  del  procesado  en  cuanto  no se le advirtió de las consecuencias beneficiosas  que  para  él  representaba  acogerse  al mecanismo de la sentencia anticipada.   

Empero,  como  a  renglón  seguido  y  con  trascripción  literal  de  lo  que  sobre el particular se consignó en el acta  respectiva  en  cuanto a que al sindicado “se le hizo  saber  el  contenido  de  los  Arts.  40  y  367  del C. P. P. (…)”,  teniéndose  por  sabido  que  el precepto inicialmente citado  regula  el  instituto  del  anticipado  juzgamiento,  el argumento del censor en  relación  con  la incursión  en la pretextada irregularidad sustancial se  cae   por   su   propio   peso,   pues   si   se   le  impuso  del  contenido   de   sus   preceptivas,  ello  equivale  a  tener por establecido que al por indagar se le dio a conocer que de  admitir  su  responsabilidad  en  los  hechos  endilgados, tendría derecho a la  disminución  en  una  tercera  (1/3)  del  monto  de  la  pena imponible por su  ilícito proceder.   

Si  bien en la diligencia de descargos no se  plasmó  el texto de la norma en cuestión, como sí se hizo con buena parte del  canon  367,  no  significa ello que en el indagado hubo un total desconocimiento  de  la  existencia  de  la  mentada  regulación,  pues,  como  ya se acotó, el  sindicado  conoció  de  tales  preceptivas porque se le hizo saber el contenido  del  Art.  40 del Estatuto Procesal Penal, cuestión que paladinamente admite el  actor.   Así, el planteamiento del censor resulta ser un contrasentido que  impide             la             demostración             del            vicio  argüido.           

3.  El  casacionista  igualmente  acusa  al  fallador  de  haber  violado  en  forma  indirecta  la ley sustancial, en primer  término,  por  haber  incurrido  en  falsos juicios de existencia y, en segundo  lugar, por falso raciocinio.   

Pues  bien, si el reproche relacionado en la  demanda  como primera censura se hace consistir en falsos juicios de existencia,  ello  presupone  partir  de  la  premisa  de que el juzgador dejó de considerar  pruebas  legalmente  incorporadas  a  la  actuación, o bien que supuso otras no  allegadas  al proceso.  Empero, como lo que en verdad discute el demandante  es  que  el Tribunal apreció la prueba de cargo con prescindencia de las reglas  que  informan  la  sana  crítica,  lo  que  en  últimas resulta alegando es la  incursión  del  fallador  en falsos raciocinios, manera de argumentar que   desconoce  por  completo  la  técnica de la casación en la medida en que en un  mismo  cargo  no  pueden  proponerse censuras excluyentes, como son en este caso  las  dos  modalidades  de  yerros  reseñados con antelación, constitutivos del  error de hecho.     

Y,  cuando  propiamente  se  adentra  en las  lindes  del  falso raciocinio propuesto como segundo reparo, nada hace el censor  para  mostrar de qué manera los dictados de la lógica, las reglas científicas  o  las  máximas  de la experiencia o el sentido común, resultaron quebrantadas  por los absurdos razonamientos del sentenciador.   

4.  En suma, la inconformidad del censor con  la  sentencia  atacada se reduce al grado de credibilidad que el juzgador le dio  a  los  elementos  de  convicción  erigidos  como pruebas de cargo, en tanto le  restó  mérito  a  la  señalada por aquél como demostrativas de la pretextada  ira  bajo  la  cual  afirma  se  cometió  el  homicidio  que se le endilga a su  defendido,  o  por  lo  menos  adecuar  su conducta al tipo de homicidio simple,  habida  cuenta  que  el  dictamen de medicina legal y la propia exculpación del  procesado así permiten sostenerlo.   

Es  evidente  que  un  planteamiento de esta  naturaleza  es  inadmisible  en  casación, porque el examen crítico que de los  elementos  de  persuasión  realiza  el  fallador  siempre resultará prevalente  frente  al  efectuado  por el sujeto procesal, a menos que éste acredite que el  raciocinio   de  aquél  está  afectado  de  errores  de  hecho  o  de  derecho  verdaderamente  trascendentes,  dada  la  presunción de acierto y legalidad que  ampara  la  sentencia  y que el casacionista debe desvirtuar para que la demanda  pueda prosperar.   

No   es,  en  consecuencia,  oponiendo  su  particular  criterio al realizado con autoridad por el juzgador para concluir el  grado  de persuasión que le merece determinada prueba, como el recurrente puede  lograr  el  derrumbamiento  de  una  providencia que goza de aquellos atributos,  reitera  la  Sala,  puesto  que  necesario  se  torna  demostrar el ostensible e  insuperable  yerro  en  que  ha incurrido el fallador en la tarea de valoración  probatoria  que  le  es  propia,  así como su incidencia en la sentencia, a tal  punto  determinante  que  sin  la equivocación dicha otra muy diferente hubiera  sido la decisión.   

En resumen, la demanda deviene inepta por no  satisfacer  las  exigencias  formales previstas en el artículo 212 del C. de P.  Penal,  por lo que a la Sala sólo le es dado disponer su inadmisión y declarar  por consiguiente la deserción del recurso.    

         

En  mérito  a  lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  Sala  de  Casación Penal,   

RESUELVE  

         INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada a nombre de OCTAVIO  ALVARADO MONTEJO por su defensor.    

         En  consecuencia,  se  declara  desierto el recurso, conforme a las  motivaciones    plasmadas   en   el   cuerpo   de   este   proveído.     

Contra  este auto no procede recurso alguno,  en  virtud  a  lo  dispuesto  en  los Arts. 213 y 187, inc. 2º de la Ley 600 de  2000.   

Cópiese,  notifíquese  y  devuélvase  al  Tribunal de origen.   

Cúmplase.  

             

HERMAN GALÁN CASTELLANOS  

SIGIFREDO         ESPINOSA  PÉREZ                ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

ÉDGAR   LOMBANA  TRUJILLO                  ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

Comisión de servicio  

MARINA   PULIDO  DE  BARÓN                    JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

                   

YESID   RAMÍREZ  BASTIDAS                        MAURO SOLARTE PORTILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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