22572(29-09-04)

2004

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 22572  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

MAGISTRADO  PONENTE   

ÁLVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN   

APROBADO ACTA No. 81  

Bogotá, D. C., veintinueve (29) de septiembre  del dos mil cuatro (2004).   

VISTOS  

          Se  pronuncia  la  Sala  sobre  la  admisibilidad  de  la demanda de  casación  presentada  por el defensor de PEDRO ARTURO  ALARCÓN  FONSECA  contra la sentencia dictada el 25 de  noviembre   del   2003   por   el   Tribunal   Superior   de   Santa   Rosa   de  Viterbo.   

ANTECEDENTES   

          Cuando  el  10  de  enero  de 1997 el joven Javier Orlando Pérez se  presentó  en  las  oficinas  del  “Bono solidario Sol de la Esperanza” para  averiguar  por  el  resultado de la rifa que días antes se había realizado, de  la  que  meses  antes  su  madre, Ana Luisa Gil de Pérez, había adquirido tres  cupones,    el    señor   PEDRO   ARTURO   ALARCÓN  FONSECA  le  mostró una fotocopia con la lista de los  números  ganadores,  manifestándole  que  por haber acertado las tres últimas  cifras  en una de las boletas le reembolsaría el valor del bono, previa entrega  de  éste.  Días después de que así se hiciera, la señora Gil se enteró que  había       sido       engañada      por      el      señor      ALARCÓN,  quien alteró la primera cifra  del  número  ganador  de  manera  que  apareciera  otro diverso en la fotocopia  exhibida,  y  evitar  así  que coincidiera con el adquirido por la señora Gil,  quien en realidad había resultado favorecida en el sorteo.   

          Terminada  la  instrucción,  el  9  de septiembre de 1999 un fiscal  seccional    de    Sogamoso   convocó   a   juicio   al   señor   ALARCÓN   FONSECA  por  los  delitos  de  estafa  agravada, falsedad por ocultamiento de documentos privados y falsedad en  documentos  privados.  Igual  medida  tomó  contra LUIS ENRIQUE LOZANO ORTEGA y  JUAN  JOSÉ  PÉREZ  CRISTANCHO,  a quienes acusó como coautores de falsedad en  documento  privado,  y  como  coautor  y cómplice,  en su orden, de estafa  agravada.   

Impugnada la providencia por el defensor del  señor  PÉREZ CRISTANCHO, un fiscal delegado ante el Tribunal Superior de Santa  Rosa  de Viterbo la confirmó el 15 de diciembre de 1999, excepto en cuanto a la  imputación   del   delito   de   estafa   que,   respecto  de  este  procesado,  revocó.   

          Celebrada  la audiencia pública, el Juzgado 1º. Penal del Circuito  de  Sogamoso  condenó  al  señor  ALARCÓN  FONSECA  a 39 meses de prisión y multa por valor de $ 300.000,  así  como  al  pago  de  los perjuicios causados, en tanto que al señor LOZANO  ORTEGA  le  impuso  30  meses de prisión y $ 200.000 de multa. El señor PÉREZ  CRISTANCHO fue absuelto.   

La sentencia, apelada por el apoderado de la  parte  civil  y  por  el  señor  ALARCÓN,  fue  confirmada por el Tribunal Superior de Santa Rosa de Viterbo  el  25  de  noviembre  del  2003,  modificando  lo  atinente  a  los  perjuicios  materiales,   que   fijó   en   197.85  salarios  mínimos  legales  mensuales.   

LA DEMANDA  

          Acudiendo      a      la     casación  excepcional,    el    defensor    de    PEDRO  ARTURO  ALARCÓN  FONSECA formuló  seis cargos contra la sentencia de segunda instancia:   

          1.  Que  se incurrió en error de hecho por falta de apreciación de  la  demanda de parte civil y la providencia que la admitió, de un lado, y de la  demanda  que  la misma ofendida presentó contra el municipio de Nobsa y su auto  admisorio  dictado por el Tribunal Administrativo de Boyacá, de otro, yerro que  condujo  a la falta de aplicación del artículo 52 del Código de Procedimiento  Penal  y  a  la  condena  al pago de perjuicios, de los que debe ser absuelto el  señor ALARCÓN.   

          2.  Que  se incurrió en error de derecho porque no se aplicaron las  normas  procedimentales  concordantes con el artículo 305 del estatuto procesal  civil  sobre la consonancia entre la sentencia y los hechos y pretensiones de la  demanda,  pues  si la parte civil exigía una casa a título de indemnización y  ésta  es una pretensión indefinida y abstracta en términos del decreto 960 de  1970,  “la  condena debía negarse y de contera absolverse” al procesado, lo  que no ocurrió.   

          3.  Que  se  incurrió  en error de derecho porque si el contrato es  ley  para  las  partes  y  en  el  bono  se expresó que el valor de los premios  quedaba  sujeto  al  que  estipulara  la  alcaldía  que  autorizaba  la rifa -$  25.000.000  en  este  caso-  lo  que fue aceptado por la ofendida al adquirir la  boleta, la condena por perjuicios no podía superar esa cifra.   

          4.  Que  se  incurrió en error de hecho porque no se tuvo en cuenta  “una  prueba  definitiva  obrante  en el proceso” -las condiciones generales  consignadas  en  el  bono-  que  acreditaba  la  existencia  de  un  contrato de  adhesión,  absurdamente  negado por el Tribunal al sostener que “no es cierto  que  entre  la ganadora del boleto y el procesado hubiere surgido un contrato”  de esa especie.   

          De  haberlo  considerado,  el  monto  de  los  perjuicios no hubiera  superado  la  suma  de $ 25.000.000, que fue el tope del premio mayor consignado  en las condiciones generales del contrato.   

          5.  Que  se  incurrió  en error de hecho al suponer probados hechos  inexistentes,   como   que   ALARCÓN   tenía  preparado  un documento falso para engañar a la persona que  se  presentara  con  la boleta ganadora. Que a ésta se le hubiese enseñado una  fotocopia   con   un   número   de  acierto  diferente,  es  un  comportamiento  intrascendente  porque  la  lotería  publica  los  correctos  en  los medios de  comunicación,  también  los  conocen los loteros y además se pueden verificar  en  las  oficinas  que  realizan  tales  juegos  de azar. Por ello, no se podía  condenar por el delito de estafa.   

          6.  Que el fallador supuso la existencia de prueba para condenar por  los  delitos  contra la fe pública, pues el procesado nunca pretendió usar los  documentos  incautados  por  la  fiscalía,  los  que conservaba en la intimidad  violada por el ente investigador.   

          Concluye la demanda solicitando   

          “…  que  para el desarrollo de la jurisprudencia y garantía de  los  derechos  fundamentales se pronuncie sobre los temas abordados, vale decir,  la  necesidad  de  tener  en  cuenta  en  las  demandas  civiles involucradas en  procesos  penales,  las  pretensiones  de la parte demandante, la obligación de  fallar  estrictamente  de  acuerdo con ellas, la prohibición de hacerlo extra y  ultra  petita;  el imperioso deber de acatar los contratos para imponer condenas  materiales  o  económicas;  la  exigencia  de que para condenar por delitos las  pruebas  de  los  hechos  deben armonizarse con los elementos jurídicos que los  integran,  el  desuso  de  emplear afirmaciones generalizadas o conclusiones sin  sustento  o  arraigo en pruebas y en fin todas las críticas que se formularon a  la  sentencia y que el Alto Tribunal tenga a bien considerar para la ampliación  del conocimiento jurisprudencial nacional”.   

CONSIDERACIONES  

          No  obstante  que  uno  de  los delitos por los que fue condenado el  señor  ALARCÓN FONSECA, el  de  estafa agravada por la cuantía, tiene señalada en los artículos 246 y 267  de  la  Ley  599  del  2000  una  pena  máxima  de 12 años de prisión, lo que  permitía  acudir  a  la  casación  común,  parece  que ni el recurrente ni el  Tribunal advirtieron esta situación.   

Por    eso,   cuando   el   Ad  quem  negó el recurso porque estimó  que  debió ser interpuesto en su modalidad de discrecional, el defensor, que al  igual  que  el  procesado  se había limitado a expresar su voluntad de impugnar  sin  precisar  la  especie  que  invocaba,  pidió  reponer  el  auto  no porque  procediera  la  vía común sino porque era a la Corte a la que le correspondía  decidir si era admisible la excepcional.   

En  todo  caso,  sea  que  en  realidad  el  impugnante   hubiese   creído   que   únicamente   era   viable  la  casación  discrecional,  sea  que no propuso la ordinaria por haber sido inducido en error  por  el  Tribunal, lo cierto es que la demanda no reúne los requisitos para ser  admitida, cualquiera fuere la especie que se hubiera seleccionado.   

En este sentido, dígase:  

          A  la  exigencia  común  a toda demanda de casación de cumplir los  requisitos  generales previstos en el artículo 212 del Código de Procedimiento  Penal,  el  inciso  2º.  del  artículo  205 ibídem agrega esta otra cuando se  pretende  acudir  a  la  casación excepcional o discrecional: que el impugnante  expresamente  le  solicite a la Corte admitir el libelo para el desarrollo de la  jurisprudencia  o  la  garantía  de  los  derechos  fundamentales. Esto supone,  obviamente,  que  el  recurrente  deba  exponerle  a  la  Sala de manera clara y  coherente  las  razones  por  las  cuales es necesaria su intervención con esos  propósitos.   

          No  basta la expresión de los anhelos del casacionista o una simple  enunciación   de   motivos,   pues  si  lo  que  se  pretende  es  persuadir,    esto   es,   inducir,  mover,  obligar  a  uno  con  razones a creer o hacer una  cosa,  es  apenas  elemental que se deba presentar una  argumentación  seria  y  sólida,  suficiente por sí misma para interesar a la  Corte en el tema.   

Por  eso,  con  relación  al  desarrollo  de la jurisprudencia, ha dicho  la Sala que   

“… es deber del impugnante indicar si lo  pretendido  es  fijar  el  alcance  interpretativo  de alguna disposición, o la  unificación  de  posiciones  disímiles de la Corte, o el pronunciamiento sobre  un   punto   concreto   que  jurisprudencialmente  no  ha  sido  suficientemente  desarrollado,  o  la  actualización  de  la  doctrina,  al  tenor de las nuevas  realidades  fácticas  y  jurídicas;  y, además, la incidencia favorable de la  pretensión  doctrinaria frente al caso y la ayuda que prestaría a la actividad  judicial,   por   trazar   derroteros   de   interpretación   con  criterio  de  autoridad”.1   

          Y,  tratándose  de  la  garantía de los  derechos  fundamentales, es igualmente obligatorio que  el  impugnante  precise al menos cuáles y cómo fueron afectados o desconocidos  en  el  fallo  de  segunda instancia, con incidencia directa en el sentido de la  decisión,  y  de  qué  manera la intervención de la Corte restablecería esas  garantías.   

          En  este  caso  el demandante se limitó a relacionar diversos temas  sobre  los  que,  según  dijo,  convenía  que  la  Sala  se  pronunciara,  sin  clasificarlos  siquiera  de  acuerdo  con los fines particulares de la casación  discrecional,  como  si  la  Corte,  para  suplir  su  desidia, debiese ocuparse  también  de  seleccionar cuáles apuntaban al desarrollo de la jurisprudencia y  cuáles  a  la  protección  de derechos fundamentales. Mucho menos se preocupó  por   señalar   si  la  jurisprudencia  relacionada  con  esos  enunciados  era  incipiente,  desactualizada  o  contradictoria,  de  manera  que fuera necesario  desarrollarla,   actualizarla  o  unificarla,  pues  ni  intentó  reseñar  los  pronunciamientos  que  sobre  esos  tópicos  se  hubiesen  hecho, lo que revela  además  que  el  libelista,  ni  por  curiosidad,  no  se  tomó la molestia de  estudiar la historia jurisprudencial en la dice se debe incidir.   

          Agréguese:   nada   dijo   el   casacionista   sobre  los  derechos  fundamentales  cuya protección demandaba. No los identificó, no informó cómo  se  desconocieron en la sentencia recurrida, no señaló la trascendencia que la  vulneración  de  no  se  sabe  qué  garantía  pudo  tener en el sentido de la  decisión,  ni  indicó  de  qué  manera habría de lograrse la reparación del  agravio.   

          En  estas  circunstancias,  la  conclusión  es obvia: la demanda de  casación excepcional debe ser inadmitida.   

          Igualmente  debe  serlo,  se reitera, si se omite, como debe ser, la  consideración  de esos requisitos adicionales, pues también en la proposición  de  los  motivos  de  censura  se  desatendieron las exigencias previstas en los  artículos   208  y  212  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  como  pasa  a  verse:   

          Con   relación  a  los  cuatro  primeros  cargos, el demandante carece de interés para recurrir  porque,  referidos  únicamente  al  tema  de  los  perjuicios, no cumple con la  cuantía  que  regula  la  casación  civil  que,  según  el  artículo 366 del  estatuto  que  la  rige,  asciende  al valor equivalente a 425 salarios mínimos  legales  mensuales  vigentes  para el año 2003, fecha de la condena, cuyo monto  apenas alcanzó los 197.85 salarios.   

          Sobre  el  tema,  recuérdese  que  la  Sala, en sentencia del 30 de  julio  de 1996, radicado 8.905, dijo con ponencia del magistrado Ricardo Calvete  Rangel:   

         “c)  Si  el  censor  pretende formular  cargos  contra  la  sentencia  respecto  del  tema  penal, y también en materia  exclusivamente  de  indemnización de perjuicios, como es el caso que nos ocupa,  puede  hacerlo  en  la  misma  demanda en capítulos separados, pero respecto de  cada   uno  de  los  tópicos  que  pretende  cuestionar  se  deben  reunir  sus  respectivos  requisitos,  es  decir, para lo primero la pena máxima prevista, y  para  lo  segundo  la  cuantía  que  en  ese  momento  se  exija  en  casación  civil.”   

          Respecto   del  quinto  cargo,  resulta  contradictorio que se le reproche al Tribunal haber dado  por  probado, sin estarlo, “que PEDRO ARTURO ALARCÓN FONSECA tenía preparado  un  documento  falso  para engañar a la persona que se presentara con la boleta  ganadora”, y casi a renglón seguido se admita que   

          “Se  tiene  conocimiento  que  un  tercero llamado JAVIER ORLANDO  PEREZ  GIL,  se  presentó  en  las  oficinas del sorteo con el bono premiado de  propiedad  de  ANA  LUISA GIL DE PEREZ, con el fin de averiguar cual había sido  el número favorecido, indicándosele en una fotocopia otro”,   

          reconocimiento que le quita toda seriedad a la censura.   

          Las  demás afirmaciones del libelista, atribuyendo el hecho a “la  conducta  torpe  del  tercero”,  sólo revelan el propósito del demandante de  enfrentar  sus propias conclusiones a las consignadas en el fallo, que por estar  amparadas  por  las presunciones de acierto y legalidad que cobijan la decisión  únicamente  pueden  ser  desatendidas  en  la  medida  en que se demuestren los  errores  trascendentes  que  en  su formulación cometió el juzgador, tarea que  ciertamente no acometió el impugnante.   

          Defecto  semejante se advierte en el sexto  cargo,  en  el  que  reprocha la suposición de prueba  respecto  de  la falsedad en documento privado pero admite la existencia de unos  papeles  que  registraban “inconsistencias o disimilitudes” con la realidad,  que  no  fueron  usados ni pretendían serlo, hallados por la fiscalía “en el  seno    de    una    privacidad    o    intimidad    que    rompió    el   ente  investigador”.   

          También  en  éste,  como en el anterior, el demandante se abstiene  de  señalar  los  yerros  en  que habría incurrido el Tribunal y, en cambio de  ello, se distrae en suposiciones carentes de comprobación.   

          Por   estas   razones,   dígase   nuevamente,   la   demanda  será  inadmitida.   

          En  mérito  de  lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema de Justicia   

RESUELVE  

          Inadmitir  la  demanda  de  casación  presentada por el defensor de  PEDRO ARTURO ALARCÓN FONSECA.   

          Contra esta decisión no procede ningún recurso.   

Notifíquese y cúmplase.  

HERMAN GALÁN CASTELLANOS  

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                 ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

ÉDGAR           LOMBANA  TRUJILLO              ÁLVARO O. PÉREZ PINZÓN   

MARINA   PULIDO   DE   BARÓN                                          JORGE L. QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                                MAURO SOLARTE PORTILLA   

         Permiso   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1 Auto  del  26  de  febrero  del  2002,  radicado  18.447, M. P. Jorge Enrique Córdoba  Poveda.     

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