22505(20-10-04)

2004

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 22505  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

Aprobado: Acta No. 90  

          Bogotá,   D.  C.,  veinte  (20)  de  octubre  del  dos  mil  cuatro  (2004).   

VISTOS  

          Mediante  sentencia del 22 de septiembre  del  2003, el Juzgado Promiscuo del Circuito de La Virginia (Risaralda) declaró  a     los     señores    Francisco    Luis    Ruiz  Castaño     y     Héctor     Fabio    Ballesteros  Grisales    penalmente  responsables,  como  autores,  del concurso de dos delitos de homicidio y uno de  porte  ilegal  de  armas.  Les  impuso  la  sanción  principal  de  20 años de  prisión,  las  accesorias  de inhabilitación de derechos y funciones públicas  por  igual  lapso  y  del  ejercicio  de  la  patria  potestad  por 15 años, la  obligación   de   indemnizar   los   perjuicios   y   les   negó   la  condena  condicional.   

          El  fallo  fue  recurrido  por  los  procesados y sustentado por sus  defensores.   El   Tribunal   Superior   de   Pereira  lo  ratificó  el  15  de  diciembre  siguiente.   

          Los  mismos  acusados  acudieron  a la casación, que fue concedida.   

          Como  el  apoderado de Ballesteros Grisales no presentó la demanda,  el   recurso   fue   declarado   desierto.   El  representante  de  Ruiz  Castaño  renunció  a  su cargo y,  enterado,   el   sindicado  solicitó  la  designación de un asistente oficioso,  a lo cual accedió el Tribunal. El nuevo representante  presentó el escrito de sustentación.   

          La  Sala  se pronuncia sobre los presupuestos formales de la demanda  correspondiente.   

ACTUACIÓN PROCESAL  

          A  la 1:30 de la tarde del 15 de marzo del 2002, miembros del Cuerpo  Técnico  de Investigación de la Fiscalía fueron informados que en la calle 16  A  con  carrera  1ª,  en  la  margen  izquierda  del  río Risaralda, barrio El  Progreso   del   municipio  de  La  Virginia  (Risaralda),  se  encontraban  los  cadáveres  de  Paola  Johana  Valencia  Garavito,  de  15  años  de edad, y de  Angélica  María Zapata, de 14. Residentes en el sector informaron que sobre la  una   de   la   tarde   escucharon  disparos  que  causaron  la  muerte  de  las  menores.   

          El  señor  Alexander  Garcés Cano declaró que a eso de las dos de  la  tarde  se  encontraba  sobre  el  puente  consumiendo  marihuana  y  que las  adolescentes  estaban  al  lado del río dedicadas a la misma actividad. Agregó  que  apareció  “Pacho” con un arma de fuego y disparó contra una de ellas,  que  la otra corrió pero “Cachetes” le interceptó el paso e hizo lo mismo.  En   diligencia   de   reconocimiento  fotográfico  señaló  a  Héctor  Fabio  Ballesteros     Grisales     como     “Cachetes”     y     a    Francisco   Luis   Ruiz   Castaño  como  “Pacho”.   

          Adelantada  la  investigación,  el  11  de  diciembre  del 2002 los  procesados  fueron  acusados  como  coautores  del  concurso  de  dos delitos de  homicidio y uno de porte ilegal de armas.   

          Luego fueron proferidos los fallos indicados.   

CONSIDERACIONES  

Cuestión previa.  

          Para  comenzar, la Sala estima necesario analizar lo relacionado con  la  designación  que  hizo el Tribunal de un defensor  de  oficio  para  que  asistiera  al  procesado  en el  trámite del recurso de casación.   

          Antaño,  la Corte negaba esa posibilidad, porque tratándose de una  impugnación  rogada,  que requería una técnica rigurosa, no se podía imponer  esa  carga  a  un  profesional  de  oficio.  Así, por ejemplo, en auto del 6 de  octubre   de   1987   (M.   P.   Édgar   Saavedra   Rojas,  radicación  2051),  expuso:   

          “Quiere  decir  lo  anterior,  que su petición (la del procesado)  entraña  la  de  nombramiento  de defensor de oficio que presente la respectiva  demanda de casación…”.   

          “…  resulta imposible a la Corte acceder a ella, como quiera que  en  sede  de casación no procede el nombramiento de apoderado oficioso, que sí  actúa  en  las  instancias  y está facultado, en desarrollo de esa obligación  adquirida  en  el  trámite  del  juicio,  a  representar  al  acusado  ante  la  Corte”.   

          “…   (No)   es   pertinente  dentro  del  trámite  del  recurso  extraordinario  la designación de un abogado de oficio que asuma la función de  presentar  la  demanda  respectiva.  A  este respecto, baste recordar el auto de  esta  misma  Sala  proferido  el día veintiuno de septiembre del año en curso,  con  ponencia  de  este  mismo  Magistrado,  el  cual  en  su  parte  pertinente  dice:”   

          “‘En varias  oportunidades  anteriores  la  Corte  ha  precisado la naturaleza del recurso de  casación,  estableciendo  sin  lugar  a  dudas  que  éste  tiene  una especial  tramitación  y  un  marcado  rigorismo;  como  consecuencia  de  ello  no le es  permitido  a  la  Corporación  aceptar demandas presentadas a nombre propio por  los  procesados  que no sean abogados titulados, ni nombrar defensores de oficio  para  la  asistencia  del  sentenciado,  porque tales actividades contrarían la  naturaleza    misma    del    recurso’”.   

          “‘A  este  propósito,  se  recuerda  el auto de fecha quince de octubre de mil novecientos  ochenta  y  seis, en que fuera ponente el suscrito Magistrado, el cual, sostiene  las     siguientes    aseveraciones:’”   

          “‘‘Sin  embargo,  para el recurso extraordinario de casación no procede la designación  de  defensor  de  oficio  al  procesado,  porque la calidad del recurso, su alto  tecnicismo,  la esencia misma de él de no constituir una tercera instancia sino  una  prolongación  del debate procesal a instancias de una de las partes, hacen  inconducente   la   imposición   de   tales  cargas  a  los  profesionales  del  derecho…’’”.   

          Con  ese  entendimiento, hoy la Sala no podría ocuparse del estudio  de  la  demanda,  pues el Tribunal, ante pedido del sindicado una vez renunciara  su  defensor,  le  designó  uno de oficio   para   que   presentara   el   escrito   de   sustentación   del  recurso.   

          Una  nueva  reflexión  de la Sala permite  llegar ahora a  otra conclusión. En efecto:   

          El  derecho  que tiene el procesado a la asesoría letrada por parte  de  un abogado es fundamental  y,  por  tanto,  los servidores judiciales deben garantizarlo tanto dentro de la  instrucción,  como  en  sede  de  juicio,  en pro del principio de prohibición   de   la  indefensión.  En  virtud  de este postulado, si el Poder Judicial observa que en cualquier momento  de  la  actuación  penal el procesado no tiene defensor letrado o, si lo tiene,  éste  no  cumple  sus  funciones  reales,  debe  hacer  todo  lo  necesario por  garantizar  esa  protección.  Por eso, si conminado el imputado para que busque  defensor,  no  lo designa, el Estado tiene la obligación de designarle uno; por  eso,  si  durante el proceso el sometido a la justicia penal pide se lo nombren,  la justicia debe hacerlo.   

          Esa  garantía,  como  se  desprende  de la Constitución Política,  especialmente  de  su  artículo  29,  no establece diferencias entre apoderados  designados   contractualmente,   o  a  partir  de  la  confianza,  y  defensores  designados  de  oficio  por el Estado. Lo importante es que durante todo   el   proceso  se  halle  realmente  preservada.   

          Consecuencia  del  mandato  constitucional,  no  puede haber ningún  momento  del  proceso en el  cual  el  sujeto  pasivo  de la acción penal carezca de asistencia técnica, es  decir, esta debe ser continua, verdadera y unitaria.   

          Por  eso  el artículo 8º del Código de Procedimiento Penal, norma  rectora  que  prevalece  sobre  cualquiera  otra  legal,  y  que  tiene  que ser  utilizada       como       guía       de      interpretación      –artículo      24     ibidem-,   dispone   que   “En   toda  actuación  se  garantizará el derecho de defensa, la que deberá ser integral,  ininterrumpida, técnica y material”.   

          Para  cumplir  con  su deber, el funcionario judicial puede acudir a  la  propia  regulación  procesal,  que ampliamente prevé instituciones como el  nombramiento  de  defensor  de  confianza  o  de  oficio, desde el momento de la  vinculación  a la actuación o en cualquier otro momento  posterior, hasta  la  finalización del proceso  (artículo  129);  la  defensoría  pública  (artículo 130); la defensoría de  oficio  (artículo  131);  e,  inclusive,  con limitaciones, la labor que pueden  desarrollar   los   estudiantes   de   derecho   adscritos  a  los  consultorios  jurídicos.   

          El  proceso  al  que  se  refiere  la normatividad se extiende, como es obvio, a su culminación,  es  decir, incluye todo el trámite, hasta la ejecutoria de la sentencia, que se  obtiene  luego  de los pasos normales, que terminan con la solución del recurso  de casación.   

          Ni   los  tratados  sobre  derechos  humanos,  ni  la  Constitución  Política,  ni  la  ley,  limitan  el  derecho  de  defensa exclusivamente a los  apoderados  contractuales o  de  confianza. Al contrario,  prevén     también    la    posibilidad    de    la    defensa    oficiosa.  Lo trascendental, entonces, es  que  haya  defensa  profesional,  de  experto  y seria, con independencia de que  proceda  de  un  convenio del imputado con ella o de la determinación que de la  misma haga el Estado.   

          En  verdad,  en  materia  de  conocimientos,  de  capacidades  y  de  alcances  jurídicos,  no puede haber distinciones entre abogados penalistas. Si  la  necesidad  de  un  apoderado se explica porque sus conocimientos permiten un  mejor  ejercicio  de la contradicción –de  la  prueba  y  de  las  decisiones-, no se entiende cómo, si al  sindicado  le  es imposible acudir a un profesional por contrato, ante su ruego,  el  Estado  no le pueda facilitar uno de oficio. Si fuera así, sencillamente se  haría  una  distinción odiosa y carente de fundamento, y se obstaculizaría al  reo, por ejemplo, su derecho de impugnar el fallo de segundo grado.   

          La  conclusión  parcial  es  evidente. Si en el asunto estudiado el  proceso  no  ha  concluido  porque  permanece la posibilidad de la casación, el  imputado  no  puede  permanecer  sin  defensor.  Y como el suyo ha renunciado, y  aquél  ha  solicitado  al  Estado  le  designe uno de oficio, es imprescindible  resguardar  el  derecho  de  defensa. Por ello el Tribunal obró atinadamente al  proporcionárselo.   

          Conviene, entonces, el cambio de doctrina.   

          Y  la  última  conclusión  también  es  nítida: como el Tribunal  actuó  válidamente  al  designar  un defensor de oficio para que presentara la  demanda de casación, es viable el análisis de la misma.   

La demanda de casación.  

          De  conformidad  con  el  artículo 213 del Código de Procedimiento  Penal,  la  Sala  la  inadmitirá  porque  no  reúne  los  requisitos  mínimos  previstos en el artículo 212 del mismo Estatuto.   

          El  casacionista  formuló  un cargo, con base en la causal primera,  cuerpo  segundo, violación indirecta de la ley sustantiva, producto de un falso  juicio de identidad.   

          E incurrió en las siguientes irregularidades:   

          Una.   El   enunciado   se   quedó  sin  desarrollo  y  sin  demostración.  Nada dijo sobre los apartes de los medios de  prueba  que  fueron  objeto de distorsión por el Tribunal. Tampoco se ocupó de  ensayar  en  torno  a  la  incidencia  del  supuesto  yerro  en  el  sentido del  fallo.   

          Dos.  A  título  de  tergiversación, se  redujo  a  enseñar  su  personal  y  subjetiva  valoración  del  testimonio de  Alexander  Garcés,  soportada en conjeturas sobre el estado mental del testigo.  Quería,  en el fondo, que la Corte privilegiara su pensamiento frente al de los  servidores  de  la  justicia.  Esta  tarea  no  puede  ser  hecha por el juez de  casación,  quien  debe partir de la comprobación de los yerros que le muestre,  sin  duda,  el  actor,  y  no  del parangón de dos posturas respecto de un caso  plasmado  en  un  expediente. Por esto, entre otras cosas, es que se dice que la  casación  es  un recurso extraordinario y no una tercera instancia que facilite  la reapertura de debates ya superados.   

          Tres.  Dijo  que  se había infringido el  artículo  238  del  Código  de Procedimiento Penal, disposición que impone al  funcionario  judicial  el  deber de valorar las pruebas conforme a las reglas de  la  sana crítica. Ha debido,  entonces,  tomar como base el error de hecho por falso  raciocinio,  y  no  el error de hecho por falso juicio de identidad.   

          Cuatro.   Si   hubiera  acertado  en  la  selección  de  la  especie  del  error  de  hecho,  también  se  habría visto  frustrado  porque  no  especificó  los  principios  de  la lógica, los aportes  científicos  o  las  reglas  de  la  experiencia  que  habrían desconocido los  jueces,  como  tampoco los principios, aportes o reglas atendibles para afrontar  el  caso  concreto.  Mejor  dicho,  no dijo por qué los funcionarios judiciales  faltaron a la correcta utilización de la sana crítica.   

         Cinco.   Hizo  reclamos   porque  los  servidores  públicos  omitieron  la  práctica  de  una  inspección  judicial.  Pero  los señaló dentro del mismo cargo, cuando debía  proponerlos   por   la   ruta  independiente  y  autónoma  de  la  nulidad,  pues  que  se  trataría de una  eventual  infracción  al  principio de investigación  integral,      integrado      al      derecho de defensa.   

         Por  lo demás sobre el punto, el censor transcribió los argumentos  de  la  sentencia. Y se lee que el Ad quem  expresó las razones por las que esa prueba era inoficiosa. Aparte  ello,  la  petición  correspondiente  fue  negada  en forma oportuna y la parte  defendida no cuestionó la decisión.   

         Seis.    Finalmente,    intentó   otra  irregularidad:  los descargos no fueron valorados. Debía hacerlo por el sendero  del   error   de   hecho   por   falso   juicio   de  existencia    y   no   por   el   del   falso juicio de identidad.   

         Las  fallas  del  escrito en lo elemental son, entonces, fácilmente  perceptibles.   

         Consecuente  con lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema de Justicia,   

RESUELVE  

         

         Inadmitir   la   demanda   de  casación  presentada.   

         Contra esta decisión no procede ningún recurso.   

Notifíquese y cúmplase.  

HERMAN    GALÁN  CASTELLANOS   

SIGIFREDO         ESPINOSA  PÉREZ               ALFREDO      GÓMEZ  QUINTERO   

ÉDGAR           LOMBANA  TRUJILLO             ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN   

        Comisión de servicio   

MARINA        PULIDO        DE  BARÓN              JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ  BASTIDAS               MAURO      SOLARTE  PORTILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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