22029(10-08-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 22029  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N°  061  

Bogotá  D.  C., diez (10) de agosto de dos  mil cinco (2005).   

V   I   S   T   O  S   

Resuelve la Corte la admisibilidad formal de  la   demanda   de   casación   presentada  por  la  defensora  de  EDGAR MARTÍNEZ BAYONA.   

A  N  T E C E D E N T E  S   

1.  Los hechos fueron sintetizados por  el juzgador de segunda instancia de la siguiente manera:   

“Ocurren el 13  de  julio  de  2001, en horas de la noche, en dos momentos distintos, el primero  acaeció   cuando   el  señor  Luis  Ernesto  Burgos  Silva  se  encontraba  en  inmediaciones  de  la  calle  41  con  carrera  16 (de  Bucaramanga)  portando  una máquina de corriente, en  la  que trabajaba haciendo baños eléctricos, instantes en que fue abordado por  un  individuo  que  lo  intimidó  con  un  cuchillo y le exigió la entrega del  dinero  y  del  objeto  que  portaba,  y  ante  su repulsa y huida inmediata, el  delincuente  lo  persiguió  hasta  que  se  enredó  y  cayó,  momento que fue  aprovechado  por  el  bandolero para herirlo en la espalda y quitarle la mentada  máquina.  El antisocial emprendió la huida por el sector de la calle 45, lugar  hasta  donde  lo  persiguió  Burgos Silva solicitando ayuda de los transeúntes  del sector.   

“El  segundo  evento  se  desenvolvió  por  la  misma  calle  45, cuadras abajo llegando a la  carrera  14,  momento  en que el señor Luis Jesús Esparza Domínguez y su hijo  Juan  Carlos  se  dirigían  a  las  instalaciones  de la Policía Judicial para  averiguar  por la suerte de Sergio Armando Esparza, quien se encontraba retenido  en  el  departamento  Administrativo  de Seguridad DAS, cuando fueron alcanzados  por  un sujeto que portaba en sus manos un cuchillo y les exigió que la entrega  de  los  zapatos  y  el  dinero  que  llevaban  consigo, situación ante la cual  reaccionó  el  joven  Juan  Carlos  lanzándole  un  puntapié,  por  lo que el  antisocial  le  propinó una puñalada en una pierna seguida de otra a la altura  del  pecho,  la  que le causó el deceso de manera inmediata, pues llegó muerto  al centro asistencial.   

“Con  posterioridad,  unas personas que se habían reunido ante el clamor de ayuda del  dueño  de la máquina, quienes percibieron el segundo acontecer, dieron alcance  al  asaltante y lo despojaron de la máquina, la cual entregaron a su respectivo  dueño,  a  tiempo  que  lo  golpearon  y  le  causaron  una herida con el mismo  cuchillo  que el forajido portaba. Al instante llegó la policía y lo trasladó  al centro asistencial”.   

2. El Juzgado Décimo Penal del Circuito de  Bucaramanga,   mediante   sentencia   del  5  de  agosto  de  2002,  condenó  a  Edgar Martínez Bayona a la  pena  principal  de  28  años de prisión, a la accesoria de rigor y al pago de  los  perjuicios,  como  autor  del delito de homicidio agravado (artículo 104.2  del  Código  Penal)  imputado  en  la resolución de acusación, la cual quedó  ejecutoriada el 19 de octubre de 2001.   

3.  Apelado  el fallo por el procesado y su  defensora,  el Tribunal Superior de Bucaramanga, el 19 de septiembre de 2003, lo  confirmó  integralmente,  decisión  contra  la  cual la citada profesional del  derecho interpuso el recurso extraordinario de casación.   

  LA   DEMANDA   DE  CASACIÓN   

La  defensora  del  procesado  Edgar  Martínez  Bayona, al amparo de  las  causales  tercera  y  primera  de  casación, presenta dos cargos contra la  sentencia   del  Tribunal,  cuyos  argumentos  se  sintetizan  de  la  siguiente  manera:   

Primer cargo  

Con base en la causal tercera de casación,  acusa  al juzgador de segunda instancia por haber dictado sentencia en un juicio  viciado  de nulidad, irregularidad que afectó el debido proceso y el derecho de  defensa.   

Sostiene que Edgar  Martínez  Bayona  fue  capturado  por miembros de la  Policía  Nacional,  a  quienes  por  radio  se  les  reportó  sobre  una riña  presentada  en  la  calle  45  con  carrera  14, encontrando en dicho sitio a su  defendido  tirado  en  el  suelo  y  con  una  herida  en  la espalda, quien fue  trasladado al hospital Ramón González Valencia.   

Recuerda  que  en el sitio de los hechos el  señor  Rubiel  Cárdenas informó haber observado lo sucedido y señaló a unos  sujetos  vestidos  con camisetas de la Selección Colombia como los causantes de  las  heridas propinadas a Martínez Bayona,  a  quien  “intentaron atracar y por  ese  motivo  reaccionó  y  que  se  defendió con un cuchillo contra quienes lo  atacaban,  que  en  ese  momento  transitaba el señor Juan Carlos Esparza   González,   quien   recibió  dos  heridas,  una   en   la   pierna   y   otra  en  el  tórax provocada por el  señor  Edgar  Martínez en  su afán de defenderse”.   

Dice  no  tener  duda  que  “fueron  vulnerados los preceptos legales que consagran la legítima  defensa,  o  en últimas haber actuado el sindicado dentro de los parámetros de  un homicidio culposo”.   

Así  mismo,  estima  la  libelista  que su  representado  no  fue  sorprendido  cometiendo  ningún delito, pues fue hallado  tirado  en  el piso y con una lesión en su cuerpo, razón por la cual no existe  en    este    caso    “flagrancia    en   sentido  estricto”.   

Luego  de  suministrar  los conceptos sobre  “flagrancia”,  “cuasiflagrancia”  y  “flagrancia  inferida”,  para  lo  cual  se  apoya en varias jurisprudencias de esta Corporación y de la  Corte  Constitucional, infiere que en este asunto no se presentó ninguna de las  citadas  hipótesis jurídicas, motivo por el cual considera que se transgredió  el   debido   proceso,   toda   vez   que  cuando  la  policía  “recogió”      a      Martínez   Bayona   para  llevarlo  al  hospital no pensaba que era responsable del delito de homicidio.   

Agrega  que  las irregularidades se inician  cuando  la fiscalía acudió al hospital Ramón González Valencia con el fin de  recibirle  a su procurado la correspondiente indagatoria, diligencia que aparece  “como  si  hubiera sido tomada en las instalaciones  de  la  Unidad  de  reacción Inmediata”, situación  que  vulneró el principio de legalidad previsto en el artículo 6° del Código  de  Procedimiento  Penal  y, además, desconoció el debido proceso y el derecho  de  defensa,  garantías  fundamentales ampliamente garantizadas en el artículo  29 de la Constitución Política y en los tratados internacionales.   

“El pobre hombre  EDGAR  MARTÍNEZ  BAYONA,  sin antecedentes criminales, quedó al vaivén de las  circunstancias,  posición  esta nacida de este irregular tratamiento que al fin  lo  lesionó,  caminando  poco  a poco por los tortuosos caminos de la fiscalía  hasta  culminar  fulminado  a veintiocho años de prisión, ignorante y ayuna de  defensa  técnica  inicial que, con la verdad como guía, entre la esperanza que  a  la postre resultara fallida sobre la verdadera ocurrencia de los hechos, y la  desesperanza  de ausencia dentro del dramático cuadro de alteración del DEBIDO  PROCESO  y  de DERECHO DE DEFENSA que dieron al traste con su vida y su destino;  como  ha  quedado  explicado,  en  su indagatoria EDGAR MARTÍNEZ BAYONA señala  haber  sido  herido,  sin  embargo  nunca  se investigó, en clara violación al  DEBIDO  PROCESO  y  al DERECHO DE DEFENSA, acentuadas más aun al no vincular al  proceso    a    todos    los    que   participaron   en   la   riña”.   

Convencida  está  la  demandante de que en  este  asunto  se  transgredieron  los derechos fundamentales de su representado,  irregularidades  que,  en  su  criterio,  son  transcendentes  y,  por lo mismo,  generaron  la  violación  de los artículos 6° y 306, numerales 2° y 3°, del  Código  de  Procedimiento Penal, razón suficiente para que la Corte declare la  correspondiente   nulidad  y  “de  comienzo  a  una  investigación   ajustada   al   debido   proceso  garantizando  el  derecho  de  defensa”.   

Segundo cargo  

Acusa  al  Tribunal  de  haber incurrido en  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial por error de hecho generado en un  falso  juicio  de  identidad,  irregularidad  que conllevó a la “falta  de  aplicación  del  artículo  400  del   Código  de  Procedimiento  Penal  y del artículo 238” del mismo  texto,  toda  vez  que  el  juzgador  “suprimió la  posibilidad de la DUDA”.   

Asevera  que  el  fallo  impugnado  giró  alrededor  de  la  declaración de Luis Jesús Esparza Domínguez, quien refiere  la  manera  como  fue  objeto de la agresión de la que resultó muerto su hijo,  testimonio  que,  en  su  opinión,  “no contiene el  absurdo  de  pretender  lo  que  repudiaría  el  método racional de análisis:  contar      las      pruebas      en      vez      de     sopesarlas”.   

Estima  que  el citado medio de convicción  fue   “equivocadamente   analizado,   dividido   y  complementado  en  sus  pensamientos  para  hacer  suya la operación mental del  juzgador  que  operaba  bajo  la  presunción de culpabilidad de EDGAR MARTÍNEZ  BAYONA  y  calificar  su invariable clamor, desesperado pregón de inocencia, de  fábula,  ardid,  trampa  y engaño a la administración de justicia”.   

Considera  también  la  libelista  que  la  declaración   de  Burgos  Silva  “es  mentirosa  y  acomodada  y  el  juzgador  le  dio  un  trato  acientífico a dicha prueba para  fulminar a” su defendido.   

Así  mismo, refiere que el sentenciador no  tuvo  en  cuenta  el estado de embriaguez de Martínez  Bayona, de lo cual existe prueba. En esas condiciones  se plantea:   

“Cómo eliminó  el  juzgado la posibilidad de la DUDA para llegar a la CERTEZA, sino mediante el  procedimiento  de  partir  la  declaración  de  cargo,  acoger  trozos de ella,  sobrepasar  las  propias dudas de los declarantes para lograr la certeza. Y como  si   fuera   poco  su  ceguera,  olvidó  las  declaraciones  con  protuberantes  contradicciones   cohonestando  con  su  equivocación  los  graves  cargos  por  HOMICIDIO  que  contra  EDGAR  MARTÍNEZ  BAYONA,  mantuvo  hasta  la  audiencia  pública y que, de HOMICIDIO así simple la sentencia lo agravó   

“Desapareciendo  por   encanto  los  razonamientos  lógicos;  igual  aconteció  en  la  segunda  instancia  que  se  limitó  a  fulminar  a  MARTÍNEZ BAYONA, quien al menos ha  debido  resultar  amparado  por  la  resolución de la DUDA en su favor en forma  integral  y  no, escondiéndola en el fondo del pensamiento para como novísimos  PONCIO  PILATOS  intentar tranquilizar su conciencia y poder conciliar el sueño  como   lo   dijo   el   profesor  ANTONIO  ROCHA  ALVIRA  en  una  almohada  sin  espinas”.   

En  esas condiciones, estima que de haberse  valorado  las  pruebas conjuntamente, el resultado impuesto hubiese sido la duda  a  favor  de  su  procurado  en  lugar  de la certeza para condenarlo, error del  juzgador que surgió por el acusado falso juicio de identidad.   

Añade, además, que el informe de policía,  prueba importante en el proceso, no fue tenido en cuenta.   

Luego  de citar un concepto jurídico sobre  la  duda  expuesto  por  un  doctrinante,  solicita a la Corte case la sentencia  impugnada y, en su lugar, absuelva a su poderdante.   

  CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

En   lo   concerniente   al  primer  cargo,  como  lo  ha  dicho la  jurisprudencia  de  la  Corte,  la  nulidad como motivo para atacar, por vía de  casación,  el fallo de segunda instancia, en “orden  a  la  técnica  propia  de  este  medio  extraordinario de confrontación de la  legalidad  de  las  sentencias, comporta los mismos niveles de exigencia que son  inherentes  a las demás causales dada su especial naturaleza, lo cual significa  que  de  modo  insoslayable  debe  especificarse  la  causal o motivo de nulidad  concurrente,  demostrando  el  carácter sustancial del vicio o la irregularidad  acusados  y  particularmente  la etapa o el momento procesal a partir de la cual  se  hace imperativa la anulación, explicando justificativamente las razones por  las   cuales   no   media   alternativa   diversa   que   la   de  invalidar  lo  actuado”.1   

Por  consiguiente, tratándose del cargo de  nulidad  la demanda no es un escrito de libre confección, toda vez que también  debe ajustarse a los presupuestos formales para su admisibilidad.   

De igual manera, en virtud del principio de  trascendencia  que gobierna la declaratoria de nulidad, según la cual, no basta  con  denunciar  irregularidades  o  que  éstas efectivamente se presenten en el  proceso,  sino  que  se  hace  indispensable  demostrar  que aquellas inciden de  manera  concreta  en  el quebranto de los derechos de los sujetos procesales, se  hace  necesario  que  el  actor evidencie un perjuicio en el yerro in procedendo  denunciado,  pues,  caso  contrario,  la  Corte,  por  razón  del  principio de  limitación, no puede entrar a complementar al censor.   

En esas condiciones, observa la Sala que el  citado  primer cargo fundado  en  la causal de nulidad se quedó en el simple enunciado, pues la demandante no  demostró  cómo  las  irregularidades invocadas incidieron de manera ostensible  en  las  conclusiones  de  la  sentencia  atacada,  al  punto  que de no haberse  cometido  necesariamente  el  fallo  habría  sido favorable a los intereses del  procesado.   

En  otras  palabras,  constituía una carga  para   la   libelista   indicar  a  la  Corte  cómo  la  supuesta  ausencia  de  “flagrancia”,  o  de  “cuasiflagrancia”, o de  “flagrancia inferida” o  de  “sorprendimiento” en  la  comisión  de  la conducta punible imputada a su procurado conllevó a   la  evidente violación tanto del debido proceso como del derecho de defensa del  procesado,  yerro  que  necesariamente  de no haberse cometido, por lo menos, el  fallo    habría   sido   favorable   a   los   intereses   procesales   de   su  defendido.   

Además,  no  ilustró  a la Corte cómo la  mencionada  irregularidad  afectó  seriamente  las garantías fundamentales del  procesado    Edgar   Martínez   Bayona,  es  decir,  no  indicó  y  mucho  menos  demostró cómo la ley  procesal  penal  edifica la estructura del proceso a partir de la existencia del  instituto  de  la  flagrancia, aspecto que de ser desconocido por el funcionario  judicial  genera  un  yerro que, sin discusión alguna, vulnera dicha estructura  y,  correlativamente,  el  derecho de defensa del sindicado, sin dejar pasar por  alto  que  confundió  la  garantía  del  debido  proceso con la de la defensa,  olvidando  que han sido claramente diferenciadas por la ley y la jurisprudencia,  pues  en  la  primera hipótesis se está en presencia de un vicio de estructura  mientras   en   la   segunda  de  garantía,  sin  desconocer  que  hay  eventos  excepcionales  en  que con la irregularidad se quebrantan los dos derechos, pero  sin que demuestre que éste sea uno de ellos.   

En fin, con apego en errores in procedendo y  argumentando  que  su  procurado “no fue sorprendido  cometiendo  hechos  punibles” o que “la  Policía  Nacional  capturó  a  EDGAR  MARTÍNEZ BAYONA herido  producto  de  una  riña”,  o  que  “bien  pudo  éste  lesionar  a  alguien pero lo hizo en su afán de  defenderse”    o    que    la    “policía  recogió  a  MARTÍNEZ  BAYONA  sin  que  pensara que era  responsable  del  punible de homicidio”, pretende la  casacionista  cuestionar  la responsabilidad del procesado, lo que constituye un  desvío   hacia   los   senderos  del  cuerpo  segundo  de  la  causal  primera,  desconociendo  el  principio  de  autonomía,  según el cual, al interior de un  mismo   cargo no se pueden entremezclar ataques correspondientes a causales  distintas.   

Además,  como  también  lo  ha dicho la  Corte,  la  simple discrepancia de criterios en torno a la credibilidad positiva  o  negativa que ha debido dársele a las pruebas, no constituye yerro demandable  en  casación,  salvo  que  en  la  actividad  probatoria se hayan vulnerado los  postulados en que se sustenta la sana crítica.   

En  consecuencia,  se  avizora  que  en  la  formulación  de  la  primera  censura hay inseguridad, poniendo en evidencia la  falta de claridad y precisión para su admisibilidad.   

Respecto    del    segundo  cargo,  el  que   se    apoya    en    el   error   de   hecho   por    falso    juicio    de    identidad   cometido  en  la  apreciación  de  la  declaración  de Luis Jesús Esparza Domínguez, error que  condujo  al  juzgador  a  edificar  la  certeza  para  predicar  la  autoría  y  responsabilidad  de Edgar Martínez Bayona  en  el delito por el que fue condenado, cuando era la duda la que  debía  emerger,  también  fue  construido  sin  apego a la debida técnica que  exige la ley procesal.   

En  efecto, si bien es cierto que la actora  acusa  al  sentenciador de haber incurrido en falso juicio de identidad respecto  del   testimonio  de  Luis Jesús Esparza Domínguez, también lo es que no  lo  demuestra,  esto  es,  que  no  hubo  correspondencia entre lo que la prueba  objetivamente  dice  y  lo que el Tribunal manifestó que su texto contenía, en  forma  tal  que le haya hecho producir efectos que no se derivan de su contexto,  quedando  el  reproche,  así construido, en el simple enunciado, además de que  tampoco  evidenció  la  trascendencia  del  mismo  ni  correlacionó  tal yerro  valorativo  con  los restantes medios de convicción, limitándose a afirmar, de  manera  general,  que  el  sentenciador  “no abre el  camino de la DUDA”.   

En  fin,  reduce  su  disertación,  la que  centra     en     afirmar     que    tal    testimonio    fue    “equivocadamente  analizado,  dividido  y  complementado”  y,  por  lo  mismo, no permitió que emergiera el in dubio pro  reo   en   el  convencimiento  del  juzgador,  a  oponerse  a  las  conclusiones  probatorias  de  los falladores y al mérito que le otorgaron al conjunto de los  medios  de convicción, sin percatarse, como ya se indicó, que esa discrepancia  no  configura  desatino  demandable  en  casación,  pues  el  juzgador  goza de  libertad  para  apreciar  las  pruebas,  dentro  del  método  de la persuasión  racional,   sólo  limitada  por  los  postulados  de  la  sana  crítica.    

Ahora bien, si se entendiese que el reproche  fue  formulado  bajo  los  parámetros  del error de hecho por falso raciocinio,  cómo  así lo deja entrever cuando afirma que se debió llegar a la verdad bajo  el     “método     racional     del     estudio  probatorio”  o  que  en la valoración del juzgador  desaparecieron   “por  encanto  los  razonamientos  lógicos”,  de  todos  modos,  como  era   su   deber,   no   enseñó   cuál  fue  la   regla    de   la  lógica,   de   la  ciencia   o   de     la     máxima     de    la    experiencia   vulnerada,   de  qué  manera lo  fue  y  su   incidencia    en   la   parte   dispositiva   del   fallo,   falencia   que   la  Corte,   en  virtud   del    principio   de   limitación,   no   puede   entrar  a  suplir.   

Así   mismo,   abandonando   el   acusado   falso   juicio   de  identidad,  de  manera   escueta   afirma   la   demandante   que   el   Tribunal   “no   tuvo   en  cuenta    el    estado    de    embriaguez    del   encartado”      ni     “el    informe    que   rindió   la  policía”,   aseveraciones   que  siendo  propias  del  falso  juicio  de  existencia      por      omisión     nunca     fueron   correlacionadas   con   aquella  modalidad del error de hecho y, menos  aún, objeto de la debida demostración.   

A más de lo anterior, olvida igualmente la  libelista  que  el  fallo llega a esta sede precedido de la doble presunción de  acierto   y   legalidad,   es  decir,  que  los  hechos  y  las  pruebas  fueron  correctamente  apreciadas  y  el  derecho  acertadamente aplicado, motivo por el  cual,  constituye  una  carga para el demandante entrar a evidenciar el error in  iudicando   o  in  procedendo  invocado,  según  el  caso,  y demostrar su  trascendencia    frente    a    las     conclusiones    adoptadas   en   la  sentencia.   

Por  consiguiente,  al no reunir la demanda  los presupuestos de claridad y precisión, la Corte la inadmitirá.   

Finalmente,  cabe  señalar  que el estudio  detenido  del  expediente permite a la Sala concluir que no procede la casación  oficiosa  por  cuanto no se percibe ninguna causal de nulidad ni vulneración de  derechos fundamentales.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE JUSTICIA, SALA DE CASACIÓN PENAL,   

R   E  S  U  E  L  V  E   

INADMITIR  la  demanda  de  casación  presentada por la defensora de  EDGAR  MARTÍNEZ  BAYONA. En consecuencia, se declara  desierto el recurso extraordinario de casación interpuesto.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

MARINA   PULIDO   DE  BARÓN   

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                                    HERMAN GALÁN CASTELLANOS   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                                             EDGAR   LOMBANA  TRUJILLO                       

ÁLVARO  ORLANDO PÉREZ PINZÓN                                    JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                             MAURO   SOLARTE  PORTILLA   

TERESA RUÍZ NÚÑEZ  

Secretaria    

1 Rad.  20046,   auto   del   11  de  febrero  de  2004,  M.P.  Dra.  Marina  Pulido  de  Barón.     

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