21848(17-03-04)

2004

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 21848  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

APROBADO ACTA No. 23  

Bogotá, D. C., diecisiete (17) de marzo del  dos mil cuatro (2004).   

VISTOS  

    La Sala Penal del Tribunal  de  Neiva,  el  14 de agosto del 2003, condenó Rubén  Darío  Castro,  luego  de  hallarlo  culpable  de los  delitos    de    homicidio   agravado   y  hurto  calificado y agravado,  a  la pena principal de veintiséis (26) años y cuatro (4) meses  de  prisión. Su defensora, dentro de los términos de ley, presentó demanda de  casación  contra  la  sentencia. Corresponde a la Sala  pronunciarse sobre  la posibilidad de admitirla.   

                        HECHOS   

1.  En  la vereda  Tres  Esquinas, jurisdicción del municipio de Gigante (Huila), está situada la  vivienda  de  Libardo  Alarcón.  El  4 de octubre de 1996, un grupo de hombres,  vestidos  a  la  manera de los militares y portando armas, llegó hasta allí, a  eso  de  las  siete de la noche, y le dio muerte. Luego se apoderaron de algunas  joyas,   una   cantidad   de  dinero  en  efectivo  y  una  pistola.     

2. Días después,  el  31  de octubre del mismo año, la policía allanó varios  inmuebles en  la  misma  población. En uno de ellos, fueron aprehendidos Miguel Rojas, Emilio  Muñoz    y    Rubén   Darío   Castro,  a quienes les decomisaron  armas, municiones para las mismas  y  algunos  uniformes de uso privativo de las fuerzas militares. Por ese motivo,  fueron vinculados al proceso.     

                     ACTUACIÓN PROCESAL   

  1.  El  1°  de  febrero  del  2002,  la  Fiscalía    16   Seccional   de   Garzón   (Huila)   acusó   a   Rubén  Darío  Castro,  lo  mismo  que a  Miguel  Rojas  y  a  Emilio  Muñoz,   de  ser  coautores de los delitos de  homicidio     agravado,  hurto calificado y agravado y  porte   ilegal   de   arma   de   fuego   de  defensa  personal. La decisión fue impugnada y el 2  de  mayo  del 2002 la Fiscalía Tercera  Delegada ante el Tribunal de Neiva la confirmó.   

2.  El  Juzgado Segundo Penal del Circuito de Garzón, despacho al que  por  competencia  le  correspondió  adelantar  la  etapa  del  juicio, mediante  sentencia  del  2  de mayo del 2003, los declaró penalmente responsables de las  conductas imputadas en la resolución acusatoria.   

           3.  Contra  la  sentencia,  el  procesado  interpuso  el recurso de apelación y la Sala Penal del Tribunal de Neiva, el 14  de  agosto  del  2003,  al  conocer de lo decidido,  refrendó el juicio de  condena  respecto  del homicidio agravado y el hurto calificado y agravado y los  absolvió  a  todos  –  a  Rubén Darío Castro, Miguel  Rojas  y  Emilio  Muñoz-  por  el  delito  de  porte ilegal de arma de fuego de  defensa personal.   

                 

CONSIDERACIONES  

             La  recurrente  formula, al  amparo  de  la  causal  primera de casación (artículo 207, numeral 1°, cuerpo  segundo,  del  Código  de Procedimiento Penal), dos reproches a los fundamentos  probatorios de la sentencia:   

Primero.  

El  Tribunal,  por  haber  incurrido  en  un  error   de   hecho  por  falso  juicio  de  identidad  en   la   apreciación   de  lo  narrado  por  Miguel  Rojas,     desconoció  el principio del in dubio pro reo.   

Así lo sustenta:  

1.  Ninguno  de los elementos de convicción existentes en el proceso,  compromete   de   modo   directo   a   Rubén  Darío  Castro.  Sólo  lo  incrimina  Miguel  Rojas.  Pero su  versión,  por inconsistente, no es digna de crédito.  Las razones son las  siguientes:   

a.  Cuatro  días  después  de  sucedido  el  homicidio  de  Libardo  Alarcón,  dijo  haber  sido  amenazado  por  una  persona  desconocida  para que no revelara quién le había  dado muerte.   

b.  Luego, aunque  identifica   a   Rubén   Darío  Castro  como  morador de su casa –puesto  que  trabajaba en su finca-, no lo acusa de ser autor de las  amenazas.   

c. Sólo tres años  después,  cuando  fue  vinculado  junto con él a un proceso por concierto para  delinquir  y  porte  ilegal  de  arma  de  fuego,  lo identifica como uno de los  hombres  que  la  noche  del  4  de octubre de 1996 salió de la casa de Libardo  Alarcón, vestido de militar.   

2.  El  juzgador  efectuó    un   análisis   parcializado  de  lo  que dijo Miguel Rojas. Tuvo en cuenta únicamente la parte  que  incrimina  a  Rubén  Darío  Castro  y  le negó todo valor demostrativo a la que lo pone a salvo de la  acusación que sobre él pesa.   

a. Si Miguel Rojas  dice   haber   alojado  en  su  casa  el  día  de  los  hechos  a  Rubén  Darío  Castro  -a quien acusa de  haberle  causado una lesión en una de sus manos como señal de alerta de lo que  podría    pasarle    si    lo    denunciaba-,   no   puede   ser   creíble  que  sólo  al  cabo de los tres  años,  conociéndolo  de  antes, haya decidido señalarlo como partícipe en la  muerte de Alarcón.   

b.   De   esa  narración,  por  su  falta  de  idoneidad  probatoria,  no  podía derivarse la  certeza    para    condenar   a   Castro.  Sin embargo, en lugar de desecharlo, el Tribunal le otorgó pleno  valor  demostrativo.  De  ahí su error de apreciación. Al sopesar la prueba en  su  conjunto,  restó  importancia  al  hecho  de  que Rojas, además de revelar  inconsistencia  respecto  del  señalamiento del sentenciado como integrante del  grupo  autor  de  los  hechos,  había  mentido cuando expresó que Rubén  Darío  Castro  le había causado  una  lesión  en su mano derecha, tal como se probó a través de la versión de  Emilio Muñoz.    

3. En este sentido, por haber tomado de esta  prueba  –la  versión  de  Miguel  Rojas-  sólo  sus  aspectos negativos, y restarle peso probatorio a sus  elementos  positivos,  el Tribunal cayó en un error de  hecho  por  falso  juicio de identidad que lo condujo a  suponer  la  certeza  en  torno  a  la  autoría  y la responsabilidad penal del  sentenciado    Rubén   Darío   Castro.    

Segundo.  

El   Tribunal,  al  emitir  su  juicio  de  responsabilidad      contra      Rubén     Darío  Castro por los delitos de homicidio y hurto calificado  y  agravado,  se basó en inferencias erróneas de corte subjetivo, derivadas de  las  circunstancias de la captura y de los elementos encontrados en el lugar por  quienes  realizaron  la  diligencia de allanamiento. Por eso, dice, incurrió en  error de apreciación de la prueba.   

Así lo sustenta:  

a.  Rubén  Darío  Castro  dijo que la noche  del  4  de  octubre  de  1996,  fecha  en  que  ocurrió el homicidio de Libardo  Alarcón,  no  se  hallaba  en  Gigante.  Para  probarlo,  solicitó  que  se le  recibiera,  como  en  efecto  ocurrió,  declaración  a  algunas personas. Pero  ninguna de ellas lo confirmó ni lo desvirtuó.   

En  estas  condiciones,  le correspondía al  Estado  la  carga  de  la  prueba.  Si  él había dicho que no se encontraba en  Gigante,  era  al  Estado,  y no a él, al que le competía  probar que sí  había  pasado en esa población la noche del 4 de octubre de 1996. Sin embargo,  y  a  pesar  de  que  de  los  testimonios allegados al proceso no emergía esta  certeza,    dio    por    probado    que   la   exculpación   de   Castro  no coincidía con la verdad de lo  sucedido. Lo supuso.   

b.  Rubén  Darío  Castro rindió su versión  el  19 de noviembre de 1996. De lo narrado, el juzgador concluyó que sí había  participado  en  los  hechos  del  4  de  octubre de 1996. El juez le dio a esta  auto-acusación  un valor probatorio equivocado. Lo que Castro dijo allí, tiene  relación,  no  con  los  hechos  punibles  investigados,  sino  con los de otro  proceso que a él le fue adelantado.   

c.  Luego  de los  allanamientos  efectuados  el  31  de  octubre y el 1° de noviembre de 1996, se  recibieron  algunas  declaraciones.  Los testimoniantes, a pesar de señalar que  Rubén  Darío  Castro  se  hallaba  en  casa de Miguel Rojas la noche de los hechos, dicen que su presencia  allí  obedece a que se desempeñaba como  trabajador de la finca de Rojas.  Pero  ninguno  compromete  su  responsabilidad  penal  en los hechos materia del  proceso.   

Estas  pruebas las analizó erróneamente el  juzgador.  De ellas extrajo inferencias equivocadas. Dio por probado, a causa de  los   falsos   juicios   de   identidad   en  que  incurrió,  que  Rubén  Darío  Castro, con toda certeza,  había  participado  en  los  sucesos  en  que perdió su vida Libardo Alarcón.   

Sobre  esa  base,  pide  a la Corte casar la  sentencia  y,  en  su  lugar, proferir una de carácter absolutorio.     

Responde     la     Sala:   

La   demanda,   por   no  ceñirse  a  los  requerimientos  técnico-formales  señalados en el artículo 212 del Código de  Procedimiento    Penal,    no    puede    admitirse.   Las   razones   son   las  siguientes:   

Respecto del primer cargo.  

1.  La demandante  pasa  por alto, a lo largo del desarrollo del reproche, que quien pretenda poner  en  tela  de  juicio  la  legalidad  de  una sentencia, basado en que en ella se  supuso   la  certeza  para  condenar,  si  bien  lo  correcto  es  que encuadre el cargo dentro de la causal  primera  de  casación, cuerpo segundo –violación    indirecta-,    debe,   además,   señalar   clara   y  precisamente,  para  luego efectuar el correspondiente desarrollo argumentativo,  no  sólo  la  modalidad  de  error   de   hecho  en  que  incurrió  el  sentenciador  sino  su  especie.   

2.  Pues bien. La  censora  indica  que  el  juzgador, al suponer que de las pruebas obrantes en el  proceso  surge  la  certidumbre  que  exige  un  fallo  de condena, viola la ley  sustancial  de modo indirecto por haber incurrido, cuando se ocupa de valorar la  versión  de  Miguel  Rojas,  en  errores de hecho por  falso juicio de identidad.   

Pero,   cuando  procede  a  determinar  la  especie  del  error de hecho  que  a  su  juicio  demerita  la  sentencia,  incurre  en  un  evidente error de  técnica.  La  delimitación  del  yerro  no la efectúa, como es lo correcto, a  partir  de  la  confrontación  objetiva  entre  lo  que  indica  la  prueba  en  sí  misma y el sentido que le ha dado a ella el juzgador.   

Esa   determinación  de  la  especie   de   error   derivado   de   un  falso juicio de identidad, la  hace  radicar,  no  en  el  hecho  de que el juzgador haya suprimido, agregado o  fragmentado  los  hechos  que  el  medio  de  convicción revela, sino en lo que  estima  un “análisis parcializado” de las aseveraciones de Miguel Rojas por  parte del Tribunal.   

En  su  opinión,  esa  parcialidad  se hace  ostensible   en  el  momento  en  que  el  juzgador  se  inclina  por  otorgarle  credibilidad   a   la   parte  de  ese  relato  que  compromete  a  Rubén  Darío  Castro,  y no a la que lo  favorece.   

Olvida  la  demandante que por la vía de la  violación  indirecta  de  la ley sustancial, aunque ella constituye el conducto  regular   para  discutir  la  apreciación  probatoria  llevada  a  cabo  en  la  sentencia,  no  es  admisible  oponer  a la persuasión  racional  del fallador, del modo como se estila en las  instancias,   el   sopesamiento  personal que de las pruebas ha hecho el demandante.    

Cuando   se   acude   a   este   recurso  extraordinario,   esa   confrontación  exige  el  empleo  de  una  metodología  diferente,  fundada  en  el  rigor  lógico que distingue los debates propios de  esta  sede.  A este nivel, es de recibo, no un enfrentamiento de opiniones sobre  la  capacidad  esclarecedora  de  determinadas  pruebas,  sino un juicio en puro  derecho,  un  juicio  objetivo que haga patente la existencia de la suposición         (falso  juicio  de  existencia material), la  omisión   (falso     juicio     de    existencia    por    omisión)    la  tergiversación  (falso  juicio  de identidad)  o  el  desconocimiento de las reglas de  la   sana   crítica  (falso  raciocinio)    al    momento    de    apreciar   las  pruebas.   

3.  Este  juicio  objetivo,  en  puro  derecho,  no lo ha realizado la demandante al cuestionar la  sentencia  por  estar cimentada en errores de hecho por  falso  juicio de identidad con relación a lo declarado  por  Miguel  Rojas.  Lo que ha hecho es plantear su personal criterio sobre  la  credibilidad conferida por  el Tribunal a esa prueba.   

Expresiones extraídas de su escrito, como  la  que  hace relación al hecho de que “no puede ser creíble que una persona  albergue  en  su  casa  a  su  agresor  y sólo lo denuncia tres años después,  teniendo  todas  las  oportunidades  para hacerlo”, o aquella que se refiere a  “cómo  darle  credibilidad  a  Miguel Rojas cuando igualmente miente sobre la  causa  de  las  lesiones  en  su  mano  derecha”,  dejan al descubierto que la  demandante,   en  lugar  de  enjuiciar  la  sentencia  mediante  confrontaciones  objetivas  relacionadas  con  la  supresión,  adición o tergiversación de los  elementos  constitutivos de los hechos en que se origina la prueba, de lo que se  ocupa  es  de  oponer  de manera informal su parecer, en lo que concierne con la  idoneidad  clarificadora  de  lo  dicho  por Miguel Rojas, al que el Tribunal ha  exteriorizado en la sentencia.   

4. Sobre la forma  como  debe  procederse cuando se demanda  una sentencia por violación  indirecta  de  la ley sustancial con fundamento en la existencia de errores   de   hecho   por  falso  juicio  de  identidad,     la     Corte     ha    dejado    sentadas    las    siguientes  directrices:   

“…es  claro  que  a  quien denuncia tal  clase  de  desacierto  le  corresponde  individualizar  en  concreto la prueba o  pruebas  objeto de la posible distorsión, señalar lo que objetivamente dice el  medio  de  convicción y lo que de su contenido predica el juzgador, precisar en  qué   consistió   el  error  y,  finalmente,  señalar  la  forma  como  éste  repercutió   desfavorablemente   en   la  parte  dispositiva  de  la  sentencia  impugnada,  puesto  que  no  se  trata  de traer a debate en esta sede cualquier  yerro,  sino  sólo  aquellos  de  tal trascendencia que de no haberse producido  otra muy distinta hubiera sido la decisión atacada”.   

“Estas  exigencias  técnicas excluyen la  posibilidad  de  que  a  través de la demanda se busque la revaloración de los  elementos   de   juicio  allegados  a  la  investigación  penal,  al  pretender  confrontar  la  fuerza  demostrativa que de los mismos concluyó el juzgador con  la    personal    convicción    que    sobre    el    particular    tenga    el  casacionista”. (Sentencia del 8 de octubre del 2001.  Radicado, 10.965, M. P.  Jorge Aníbal Gómez Gallego).   

Estas  pautas  metodológicas,  no  fueron  acatadas por la demandante.   

Respecto del segundo cargo.  

1. El reproche no  ha  sido  acertadamente formulado. La impugnante ha expresado que de las pruebas  reunidas  en  el proceso no puede inferirse,   como   lo   hizo  erróneamente  el  Tribunal,  la  certeza   para   declarar   culpable  del  homicidio   de   Libardo  Alarcón  a  Rubén  Darío  Castro.   

La formulación y desarrollo del cargo, por  equívocos,  riñen  con  el  principio  de claridad y  precisión  que  gobierna  la  técnica  de casación.   

Ab  initio, parece  que  la demandante se propusiera cuestionar la sentencia por estar fundada en un  falso  raciocinio surgido de  la  forma  como  el  Tribunal  efectuó las inferencias  lógicas  durante  el  proceso  de apreciación de las  pruebas.   

Pero  luego,  sin haber probado cuál es la  regla  de  la lógica, el principio de la ciencia o la máxima de la experiencia  que    el    sentenciador    escamotea,    concluye    que    las   inferencias  erróneas  realizadas  por el  sentenciador    tienen    su    origen    en    los    múltiples   errores   de   hecho   por  falso  juicio  de  identidad en que incurre.   

2.  Entre  la  formulación  del cargo y su desarrollo, entonces, no existe correspondencia. Si  lo   que   pretende   cuestionar   es   la  inferencia  lógica realizada por el juzgador, como lo anuncia, la  vía  para  hacerlo es el falso raciocinio y  no el error de hecho por falso juicio de  identidad.   

Para  probar  el reproche, le correspondía  hacer  evidente,  no  los  errores  de hecho por falso  juicio   de  identidad  en  que  había  incurrido  el  Tribunal,  sino  cuál  había  sido  el principio de la ciencia, la regla de la  lógica  o  la máxima de la experiencia echados de menos a lo largo del proceso  de  apreciación  probatoria,  así  como  afirmar  cuál  o cuáles principios,  reglas  o  máximas  eran  los realmente atendibles para efectos de la solución  del caso concreto.   

3. Sobre la forma  como  deben ser formulados y desarrollados las censuras originadas en errores en  la  inferencia  lógica,  la  Sala ha hecho reiteradamente la siguiente precisión:   

“Y si el error se ubica en la inferencia  lógica,  ello  supone  partir  de  aceptar  la  validez del medio con el que se  acredita  el  hecho indicador, y demostrar al tiempo que el juzgador en la labor  de  asignación  del mérito suasorio se apartó de las leyes de la ciencia, los  principios  de  la  lógica o las reglas de la experiencia, haciendo evidente en  qué  consiste y cuál es la operancia correcta de cada uno de ellos, y cómo en  concreto  esto  es desconocido”. (Auto del 9 de abril  del 2002, radicado 18.561, M. P. Fernando Arboleda Ripoll).   

De   esta   manera,   no   procedió   la  demandante.   

           

4. Por contera, en  el  planteamiento  de  ambos  cargos,  la impugnante omite señalar, no sólo el  sentido  de  la  violación  –esto   es,   si   por  aplicación  indebida o falta  de  aplicación de las normas  pertinentes-,   sino   cuál   hubiera  sido,  de  prosperar  las  censuras,  su  trascendencia  en el sentido  final de la sentencia.   

5.  Dadas  las  fallas  perceptibles  en  el  escrito  de  casación,  y  como  el  principio  de  limitación, uno de los que  gobierna  el  recurso  extraordinario  de casación, le impide a la Corte suplir  sus falencias técnicas, la demanda deberá ser inadmitida.   

                                                                                                                                     

                         En  mérito  de  lo  expuesto,  la  Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación  Penal,   

RESUELVE   

1.  INADMITIR  la  demanda  presentada por la  defensora   de   Rubén  Darío  Castro.    

2.  Contra  este  auto, no procede ningún recurso.   

Notifíquese y cúmplase.  

HERMAN GALÁN CASTELLANOS  

Comisión de servicio  

JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ GALLEGO    ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                 

ÉDGAR           LOMBANA  TRUJILLO            ÁLVARO     ORLANDO     PÉREZ  PINZÓN   

MARINA        PULIDO        DE  BARÓN               JORGE     LUIS  QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ  BASTIDAS           MAURO  SOLARTE PORTILLA   

           

         

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

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