21552(16-02-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 21552  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado Ponente:  

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N° 008  

Bogotá.  D. C., dieciséis (16) de febrero  de dos mil cinco (2005).   

V   I   S   T   O  S   

Resuelve la Corte la admisibilidad formal de  la   demanda   de   casación   presentada   por  el  defensor  de  HÉCTOR RAÚL BARONA MOLINA.   

A  N  T E C E D E N T E  S   

1. Son tres causas acumuladas, cuyos hechos  fueron   sintetizados   por   el  juzgador  de  primer  grado  de  la  siguiente  manera:   

Primera causa  

“Sucedieron la  mañana  del  16  de marzo de 1995, cuando ELCIDA JIMÉNEZ MARMOLEJO al salir de  su  residencia  con  el  fin  de  comprar un pescado, fue atacada alevemente con  instrumento  cortopunzante,  recibiendo  en  el acto 5 heridas de consideración  que  le  ocasionaron el deceso cuando era conducida al centro de salud de Puerto  Mallarino.  De  estos  hechos  se  sindicó a HÉCTOR RAÚL BARONA MOLINA, alias  ‘Toño  Machete’”.   

Segunda causa  

“Siendo   aproximadamente    las    16:00   horas   del   5   de   febrero   de  1999,  en el sitio conocido como basurero  de  Navarro  de  esta ciudad (Cali) y encontrándose reunidos los señores JOSÉ  ANÍBAL  ARCO RIVAS, JHONNY LEMUS VIÁFARA Y JAIME RIVAS VENTE, se acercaron dos  o  tres  sujetos  que intimidándolos accionaron sus armas de fuego, causándole  la  muerte  a  los  dos primeros y lesionando gravemente al tercero. Se supo que  los  homicidas  eran  conocidos  en el sector con los apelativos de ‘Toño       Machete’,             ‘Chachama’         y        ‘Jussef’”.   

Tercera causa  

“Tuvieron  ocurrencia  en esta ciudad de Cali, Distrito de Aguablanca, basurero de Navarro,  el  29  de  julio de 1999, a eso de las 11:00 horas, cuando fue abaleado MORALES  REQUENE  por un hombre que se le acercó produciéndole la muerte en el acto. El  acontecer   criminal   recayó   en   un   hombre   conocido  como  ‘Toño       Machete’”.   

2.  El Juzgado Veintiuno Penal del Circuito  de  Cali,  mediante  sentencia  fechada  el  15  de  julio  de  2002, condenó a  Héctor Raúl Barona Molina  a  la  pena principal de 40 años de prisión, a la accesoria de rigor y al pago  de  los  perjuicios,  como  autor de los delitos de homicidio agravado en Harold  Morales  Requene,  José  Aníbal  Arco Rivas y Jhonny Lemus Viáfara, homicidio  agravado  en  grado de tentativa cometido en Jaime Rivas Vente y porte ilegal de  armas  de  fuego  de  defensa  personal.  Así mismo, lo absolvió del homicidio  cometido en Elcida Jiménez Marmolejo.   

3. Apelado el fallo por el procesado y su  defensora,  el  Tribunal  Superior  de Cali, el 22 de mayo de 2003, lo confirmó  integralmente.   

LA     DEMANDA     DE   CASACIÓN   

El   defensor  del  procesado  Héctor  Raúl Barona Molina, al amparo  de  la  causal primera de casación, presenta dos cargos contra la sentencia del  Tribunal, cuyos argumentos se sintetizan de la siguiente manera:   

Primer cargo  

Dice   el   actor   que   “el  juez  sentenciador  incurre  en el fallo recurrido en la causal  primera  del  artículo  207  de  la  Ley  600  de  2000, por haber proferido la  sentencia  violando  indirectamente  la  ley  sustancial  por  error  de derecho  manifiesto   derivado   de   un   falso   juicio   de  condición  (sic),  lo  que genera un desconocimiento  del  artículo  323  del  Código  de  Procedimiento  Penal,  es decir, que para  condenar  a  un  procesado  se  debe  tener  probado  tanto la certeza del hecho  punible,  como  la  certeza  de  la responsabilidad y los testimonios e indicios  analizados  en  la  sentencia,  tanto  de  primer  grado  tanto la sentencia del  Honorable  Tribunal  Superior  del  Distrito  de  Santiago  de  Cali, dieron por  sentados  que  los  medios de convicción legalmente aportados son demostrativos  de       la       responsabilidad       de       mi      patrocinado”.   

Afirma  que  respecto  de los homicidios en  Arcos  Rivas  y  Lemus  Viáfara y el tentado en Rivas Vente el Tribunal aceptó  que  la  prueba de cargo recae en la versión de Jaime Rivas Vente y en el dicho  del  lesionado  Vente,  medios  de  prueba que le permitieron concluir que tales  delitos    imputados    al   procesado   tuvieron   como   fin   “una  limpieza  social”. Sin embargo, en  su    criterio,    no    existe    prueba    directa    que   conlleve   a   tal  conclusión.   

Asevera   que  el  examen  de  balística  realizado  sobre  el  revólver que fue hallado en poder de su defendido, según  el  cual,  con el mismo se produjeron los disparos que causaron la muerte de los  citados  ciudadanos, no demuestra que Barona Molina sea autor de tales conductas  punibles,  pues  él  explicó  suficientemente  cómo  había obtenido el arma.  Además,  dice  que  los  juzgadores  no analizaron en debida forma dicha prueba  técnica,   sin   dejar   pasar   por   alto   que  no  podían  “olímpicamente”  afirmar  que  en  la  versión  del  acusado  se  presentaron contradicciones, dándole a su vez pleno  crédito  a  los  testimonios  de  cargo,  los  que  se reducen a ser de oídas.   

Sostiene que por el hecho de que el testigo  de  oídas  Barney  Saa  Rivas haya manifestado “que  uno  de  los  homicidas  respondía  a las características del denominado TOÑO  MACHETE”,  no  significa  que  su  defendido sea el  autor  y  responsable  de  los  homicidios por los que fue condenado. Agrega que  “como quiera que es tan difícil trabajar la prueba  indiciaria,  lo  más  fácil es decir que el sindicado es un mentiroso, que sus  cuartadas  no  tienen  eco,  pero  en  cambio  las pruebas del señor Berney Saa  Rivas, son plenamente creíbles”.   

Además, en su criterio olvidó el Tribunal  que  “el  hecho  indicador  debe  estar  plenamente  probado,  si  se  trata  de  prueba indiciaria, pero nada del particular se hace  referencia  en  la sentencia hoy objeto de este recurso de casación”.   

Reconoce  que  en  materia penal no existe  prueba  tarifada,  pues  el juez tiene libertad en la apreciación de los medios  de  convicción.  Sin  embargo, ello no significa que tal valoración quede a su  arbitrio  como  ocurre  en este caso, es decir, “se  dicta  sentencia  que  va  en  contra  vía con el acervo probatorio”, error que debe ser corregido.   

“Es así que  la  prueba  recaudada  en  su  conjunto  y  en  este caso a través de la prueba  indiciaria  derivada  de los comentarios que el señor Barney Saa Rivas recibió  del  ofendido  en  el tentado de homicidio Jaime Rivas Vente que le indicaba que  uno  de  los  homicidas  tenía  las características de TOÑO MACHETE, no es el  medio  probatorio que lleve a concluir que está demostrado que el sindicado era  la  persona  que  Vente  señalaba  como  el  de  igual característica de TOÑO  MACHETE.  Entonces  demostrado como en efecto lo está que el hecho indicador no  está  probado  en  el  plenario,  por  lo  tanto mucho menos podría llegarse a  demostrar  un  hecho  que  se busca probar, como lo era que esa persona de igual  característica  a TOÑO MACHETE era precisamente el aquí procesado”.   

Por  ello,  considera que está demostrado  que  a  través  de  las pruebas se ha violado indirectamente la ley sustancial,  error  que  de  no  haberse  cometido  otro  hubiera  sido  el  resultado  de la  sentencia.   

Segundo cargo  

Afirma  el  libelista  que el sentenciador  incurrió   en   violación   directa  de  la  ley  sustancial,  “por  error  de  derecho derivado de una aplicación indebida de la  norma   dándole   un   valor   indebido  que  la  ley  da,  lo  que  genera  un  desconocimiento  de  los  artículos  280  y  283  del  C.  de P. P.”.   

Así,  en  cuanto  al  homicidio de Harold  Morales  Requene,  dice  que  el  juzgador  de  segunda instancia sostuvo que la  confesión  de  su  representado “no es válida por  tratar  en  la  misma de adecuar su conducta en una legítima defensa y confirma  el  cargo  acusando  de  falsa  toda  manifestación  del  condenado”.  No  obstante, considera que dicha confesión sirvió de base  para  condenarlo,  motivo  por  el  cual  se  hace acreedor a la correspondiente  rebaja.   

Estima  que  la  citada  confesión reúne  todos  los requisitos contemplados en los citados artículos 280 y 283, pues, en  su  criterio, es claro que en la sentencia “se tuvo  en  cuenta  la  manifestación  de  confesión  del procesado para determinar su  responsabilidad”,  sin  que  se  pueda aceptar que  “como   quiera   que  en  las  exculpaciones  del  sindicado  en  la  confesión llevan a buscar una causal de justificación no se  le  pueda  dar  el valor que la ley en su normatividad le esta dando”.   

Añade que el sentenciador “creyó  que  estaba  probada  la  responsabilidad del enjuiciado y  sobre  valoró  el  contenido  de las declaraciones sobre las cuales edificó su  juicio  de  desvalor  en  contra  del  procesado”,  situación  que  conllevó  a  la  violación  directa  de  la  ley  sustancial,  “ya  que  si  no  hubiese  sido  por la equivocada  interpretación  que  el ad quem le dio a las probanzas, la pena por este delito  no  hubiera  sido  el  resultado  de  hoy con la rebaja de una sexta parte de la  pena”.   

Por lo expuesto, solicita a la Corte casar  el  fallo  impugnado  y, en su lugar, “dicte la que  en derecho corresponda”.   

CONSIDERACIONES   DE   LA   CORTE   

Ante todo se hace imperioso recordar que la  casación  es  un  recurso  de naturaleza extraordinaria y rogada, motivo por el  cual  el legislador estatuyó las causales por las que resulta procedente atacar  la  presunción  de  acierto  y  legalidad con que viene amparada la sentencia a  esta   sede.   De   igual  manera,  dada  las  citadas  características  de  la  impugnación,   también   la   legislación  procesal  contempla  los  mínimos  presupuestos  formales que debe cumplir el escrito, cuya inobservancia conduce a  su inadmisión.   

En  el evento que ocupa la atención de la  Sala,  es claro que la demanda de casación presentada a nombre de Héctor Raúl  Barona  Molina  carece  de la claridad y precisión requeridas, al punto que las  hipótesis  allí planteadas no son más que una abierta disparidad de criterios  con  las conclusiones adoptadas en el fallo, sin que se evidencie y demuestre la  trascendencia de los yerros denunciados.   

En  efecto,  en  cuanto  al  primer  cargo  no  ilustró a la Corte  por  qué  el  artículo 323 del Código de Procedimiento Penal es de naturaleza  sustancial,  como tampoco dice cuál fue el sentido del quebrantamiento de dicha  norma,  esto  es, si lo fue por falta de aplicación o por aplicación indebida,  ni   precisa  ni  se  infiere  del  desarrollo  de  la  censura,  por  qué  fue  conculcada.   

Así  mismo,  si bien el ataque lo perfila  por  los  senderos de la violación indirecta de la ley sustancial y entendiendo  que  se  trata de un error de derecho por falso juicio de convicción, lo que se  deduce  cuando afirma que se presentó un “error de  derecho  derivado  de  un  falso juicio de condición  (sic)”,  de  todos modos olvidó que esta clase de yerro parte del supuesto de  que  la  prueba  erradamente  apreciada  tiene pretederminado en la ley un valor  demostrativo.  Así,  incurre  el  juzgador  en  este error cuando le niega a un  determinado  medio  de  convicción  el valor que la ley le asigna, o le concede  una  fuerza  persuasiva  que  no se encuentra legalmente regulada, imponiéndose  como  carga demostrativa al censor, consecuente con los postulados casacionales,  el  deber  de  indicar las normas que regulan el medio de prueba y le asignan un  específico  valor  o  se  le  niega,  camino  que  no  emprendió,  no obstante  reconocer  que  en  nuestro  sistema  de  evaluación probatoria “no  existe  prueba  tarifada”,  como  tampoco  demostró que el juzgador haya asignado un valor a la prueba que la ley  no establece.    

Contrario  al  respeto  de los parámetros  propios  de  la  hipótesis  seleccionada,  el actor centró su discurso a hacer  afirmaciones  tales  como  que  no  existe  prueba  que permita concluir que los  homicidios  en Arcos Rivas y Lemus Viáfara y el homicidio en grado de tentativa  en  Rivas  Vente  son  producto  de  una  “limpieza  social”,  o  que el hecho de que a su defendido se  le  haya  encontrado  el  revólver  no  demuestra  que  sea  autor  de aquellas  conductas   punibles,   o  que  los  testimonios  de  cargo  se  “reducen  a  ser  de oídas”, o que no  se  puede  colegir  que  Barona  Molina  sea  autor y responsable de los delitos  imputados   por   la   sola   circunstancia   de   ser  llamado  “Toño  Machete”, argumentaciones que,  como  se  dijo,  no son consecuentes con el anunciado error de derecho por falso  juicio de convicción.   

Observa  la  Sala que la inconformidad del  censor  radica  en  la  estimación  probatoria que el juzgador le otorgó a los  medios  de  prueba  y  de  los  cuales  dedujo  el  grado de responsabilidad del  procesado  en  las conductas punibles por las que fue condenado, contraposición  de  criterios  que  no  es  susceptible  de ser atacada en esta sede, por cuanto  dentro  del  sistema  de  apreciación  probatoria que rige, el juzgador goza de  libertad   para   justipreciar   los   medios   de   convicción   allegados  al  proceso.   

De  otra parte, desconoce el libelista los  parámetros  técnicos que rigen para atacar la prueba de indicios en esta sede,  toda  vez  que, como también lo ha dicho la Corte, se hace imperioso que cuando  el  reproche  recae  sobre  esta  clase  de  prueba,  se debe tener en claro los  elementos  que  la  componen,  esto  es,  hecho indicador y razonamiento lógico  –      hecho  indicado.   

En efecto, “si  el  indicio  es un medio de prueba, debe tenerse claro que cuando se plantean en  casación  defectos  en  su  apreciación como fundamento de la violación de la  ley  sustancial,  la vía de ataque tiene que ser la indirecta, siendo deber del  demandante  indicarle  a la Corte la clase del error que denuncia (de hecho o de  derecho),  su  modalidad  y  si  lo predica del hecho indicador o probado, de la  inferencia  lógica o de la fuerza persuasiva obtenida del análisis conjunto de  los       diferentes      indicios”.   

“Cuando  la  equivocación  se  hace  recaer  en  la  prueba del hecho indicador, los errores  susceptibles de ser planteados son los siguientes:   

“De hecho por  falso  juicio  de existencia, que tiene ocurrencia cuando se supone esa prueba o  se omite considerar otra que la desvirtúa.   

“De hecho por  falso  juicio  de  identidad,  que  ocurre  cuando  se  distorsiona su contenido  fáctico.   

“De hecho por  falso  raciocinio,  que  sucede cuando la premisa obtenida a partir de la prueba  del  hecho  indicador,  desde  la  cual se construirá el juicio lógico, fue el  producto   de   un   razonamiento   apartado   de   las   reglas   de   la  sana  crítica.   

“De  derecho  por  falso juicio de legalidad, que tiene lugar cuando el juez estima probado el  hecho  indicador  con una prueba inválida, o considera inválida una prueba que  los    desvirtúa”.1   

De  igual forma, cuando el yerro radica en  la  inferencia  lógica  y/o en la fuerza demostrativa que el juzgador le otorga  al  conjunto indiciario, su postulación debe ser con estricto apego en el error  de hecho por falso raciocinio.   

Aquí  el  censor  sólo  refiere que las  construcciones  indiciarias no llevan a la conclusión que dedujo el Tribunal, o  que     “el    hecho    indicador    no    está  probado”, afirmaciones que por sí solas en manera  alguna  plantean  y  demuestran  la  existencia  de algún error sobre la prueba  indiciaria,  falencia  técnica  que  la  Corte,  en  virtud  del  principio  de  limitación, no puede entrar a suplir.   

Así  las  cosas,  se  observa  que en la  formulación  de  la censura hay inseguridad y confusión, poniendo en evidencia  la falta de claridad y precisión para su admisibilidad.   

Respecto      al     segundo  cargo,  si bien es cierto que  acusa    al    Tribunal    de    haber   proferido   sentencia   “violando     directamente     la     ley    sustancial”,   a   renglón   seguido  sostiene  que  dicha  transgresión  obedeció   a  un  “error  de  derecho”,  contraposición  que  permite  deducir  que  no distingue el  actor  entre  violación directa e indirecta de la ley sustancial, pues denuncia  la  primera y posteriormente dedica parte de la disertación a atacar la prueba,  siendo  necesario  reiterar  que cuando se selecciona el camino de la violación  directa  se deben aceptar los hechos tal como fueron plasmados y las pruebas tal  como   fueron   apreciadas   por  el  sentenciador,  siendo  el  cuestionamiento  estrictamente  jurídico,  además  que  el  quebrantamiento del precepto, en el  primer  evento,  es  inmediato, en tanto que en el segundo es mediato, ya que se  llega   a   él   como  consecuencia  del  yerro  cometido  en  la  apreciación  probatoria.   

Aceptando  que  quiso orientar la censura  por  la  vía  directa, de todos modos  no ilustró a la Corte por qué los  artículos  280  y  283  del  Código  de  Procedimiento Penal son de naturaleza  sustancial.   

Además, contradictorio resulta que acuse  la      “aplicación      indebida”  de  las  citadas  normas  pero  al  mismo tiempo eche de  menos  la  rebaja  de pena que por concepto de la confesión ahora reclama y que  contempla el mencionado artículo 283.   

No está de más que la Sala recuerde que  la  “violación directa de la ley sustancial puede  llegar   a  presentarse  por  falta  de  aplicación,  aplicación  indebida,  o  interpretación  errónea  de  un determinado precepto, acogiendo de esta manera  el  criterio  de  clasificación trimembre de los sentidos de la violación, que  reconoce     total     autonomía     al     último     de    ellos”.   

“Dentro  de  esa  categorización, ha sido entendido que la falta de aplicación de normas de  derecho  sustancial  se  presenta  cuando el juzgador deja de aplicar al caso la  disposición  que  lo  rige;  la  aplicación  indebida  tiene lugar cuando  aduce  una  norma  equivocada;  y  la  interpretación  errónea  consiste en el  desacierto   en   que   incurre   el   fallador   cuando  habiendo  seleccionado  adecuadamente  la  norma que regula el caso sometido a su consideración, decide  aplicarla,  sólo  que con un entendimiento equivocado, sea rebasando, menguando  o desfigurando su contenido o alcance.   

“De  esta  manera  resulta  claro que la diferencia de las dos primeras hipótesis de error  con  la  última,  radica  en  que  mientras  en  la  falta  de aplicación y la  aplicación  indebida  subyace  un  error  en  la selección del precepto, en la  interpretación  errónea  el yerro es sólo de hermenéutica, pues se parte del  supuesto   de   que  la  norma  aplicada  es  la  correcta,  sólo  que  con  un  entendimiento  que no es el que jurídicamente le corresponde, llevando con ello  a  hacerla  producir  por exceso o defecto consecuencias distintas de las que le  corresponde”.2   

En  esas condiciones, consecuente con los  anteriores  parámetros de la técnica casacional, no es la aplicación indebida  sino  la  falta de aplicación de la ley sustancial el camino que debió adoptar  el  actor.  Y  si  en  gracia  de  discusión  se  aceptara  que es esta última  categoría  de  la  violación de la ley sustancial la que sustenta el reproche,  de  todos  modos  el  actor  no  suministró  ningún  raciocinio  jurídico que  condujera  a demostrar la existencia del supuesto error que llevó al juzgador a  inaplicar  el  correspondiente  precepto  y, por ende, la trascendencia frente a  las conclusiones adoptadas en el fallo.   

Por  el  contrario,  como  sustento de la  censura   se   limitó   a   afirmar   que   el   sentenciador   “creyó  que  estaba  probada  la  responsabilidad del enjuiciado y  sobre  valoró  el  contenido  de las declaraciones sobre las cuales edificó su  juicio  de  desvalor  en  contra  del  procesado”,  situación  que,  en  su  criterio,  conllevó a la violación directa de la ley  sustancial,  “ya  que  si  no  hubiese sido por la  equivocada  interpretación  que  el ad quem le dio a las probanzas, la pena por  este  delito  no  hubiera  sido  el  resultado de hoy con la rebaja de una sexta  parte  de  la  pena”,  argumentación  que en nada  comulga con la hipótesis seleccionada.   

Por consiguiente, al no reunir la demanda  los presupuestos de claridad y precisión, la Corte la inadmitirá.   

En mérito de lo expuesto, la Corte     Suprema    de    Justicia,  Sala  de Casación Penal,  administrando  justicia  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la  Ley,   

R  E  S  U  E  L  V  E   

INADMITIR   la  demanda  de  casación presentada por el defensor  HÉCTOR  RAÚL  BARONA  MOLINA.  En consecuencia, se  declara   desierto   el   recurso   extraordinario   de  casación  interpuesto.   

Contra  esta decisión no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

         MARINA PULIDO DE BARÓN   

SIGIFREDO  ESPINOSA  PÉREZ                                        HERMAN GALÁN CASTELLANOS   

ALFREDO   GÓMEZ   QUINTERO                                        EDGAR     LOMBANA     TRUJILLO                        

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN                           JORGE    LUIS   QUINTERO  MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                        MAURO SOLARTE PORTILLA   

                TERESA RUÍZ NÚÑEZ   

                     Secretaria     

1  Sentencia  del  26 de noviembre de 2003. M. P. Dr. Yesid Ramírez Bastidas. Rad.  11135.   

2  Sentencia   del 4 de agosto de 2004, M. P. Dr. Mauro Solarte Portilla. Rad.  20681.     

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