21285(25-10-05)

2005

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 21285  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrado  Ponente   

JORGE LUIS QUINTERO MILANÉS  

Aprobado acta N°  081  

Bogotá D. C., veinticinco (25) de octubre de  dos mil cinco (2005).   

V    I   S   T   O  S   

Resuelve la Corte la admisibilidad formal de  la  demanda  presentada por el defensor de JOSÉ MIGUEL  SUÁREZ.   

ANTECEDENTES   

1.-   Los  hechos  que  motivaron  el  presente   diligenciamiento,   fueron  resumidos  por  el  juzgador  de  segunda  instancia, de la siguiente manera:   

“El  día  15  de  mayo de 2000, hacia las  cuatro  de  la  mañana,  tres  individuos llegaron a la residencia rural de los  esposos  PACHÓN  CORTÉS,  ubicada  en  la finca la Esperanza, jurisdicción de  Simijaca,  Cundinamarca,  e  intimidaron  a la pareja, le colocaron a la señora  ELVIA  CORTÉS un collar bomba y les exigieron la suma de $15 millones de pesos,  con  la  advertencia  de  que si no accedían a su petición hacían explotar el  artefacto.  Informada  la  policía,  acudió al lugar y en el momento en que el  técnico  JAIRO  LÓPEZ  trataba de cortar, con una segueta, el tubo galvanizado  del  collar,  éste  estalló,  ocasionándole  la  muerte, de manera inmediata,  tanto  a  la  víctima  como a quien trataba de desactivarlo, e hirió a algunas  personas que estaban alrededor”.”.   

2.-  Por  los  anteriores  hechos, un Fiscal  Especializado  de  la  Unidad  de  Derechos  Humanos,  el  30  de enero de 2001,  profirió   resolución  de  acusación  contra  JOSÉ  MIGUEL  SUÁREZ  por los delitos de homicidio agravado,  terrorismo,  lesiones  personales, concierto para delinquir, extorsión en grado  de  tentativa  y  tenencia,  fabricación  y  tráfico  de  sustancias u objetos  peligrosos,  decisión  que fue confirmada, el 3 de abril de 2001, por la Unidad  Nacional  de  Fiscalías  Delegadas  ante los Tribunales Superiores del Distrito  Judicial de Cundinamarca.   

2-  El  Juzgado  Primero  Penal del Circuito  Especializado  de Cundinamarca, mediante sentencia del 23 de septiembre de 2003,  condenó  a  José  Miguel  Suárez  a las penas principales de 32 años de  prisión  y  multa  de  26  salarios  mínimos legales mensuales vigentes y a la  accesoria  de  inhabilitación de derechos y funciones públicas por un lapso de  10  años  como  coautor  de  las  conductas  punibles  de  homicidio  agravado,  terrorismo,   concierto   para   delinquir,   lesiones   personales,   tenencia,  fabricación  y trafico de sustancias u objetos peligrosos y extorsión en grado  de tentativa.   

Apelado  el  fallo  por   el     defensor,     el     Tribunal     Superior    de  Cundinamarca,     el     4    de    febrero    de   2003,  lo  confirmó  en  su  integridad.   

LA DEMANDA DE CASACIÓN  

El defensor, con base en la causal primera de  casación,  presenta  cuatro  cargos  contra  la  sentencia  del Tribunal, cuyos  argumentos se sintetizan así:   

Primer  cargo   

Acusa al Tribunal de haber violado, de manera  indirecta,  la ley sustancial, por error de hecho por falso juicio de existencia  “o  falta  de  apreciación de la prueba”.   

Dice que, según el Tribunal, el procesado al  revelar  detalles  que  sólo podía conocer como interviniente en las conductas  punibles   se  delató  de  ser  partícipe  en  las  mismas.  Así,  divide  la  demostración en varios acápites a saber:   

a)  “SOBRE  LA  ESTRUCTURA  DEL  ARTEFACTO  EXPLOSIVO COLOCADO A LA VÍCTIMA Y LA FORMA CORRECTA  DE DESACTIVARLO”.   

Luego  de  transcribir  un  fragmento  de la  declaración   de   María  del  Carmen  Cortés  Gil,  en  lo  relativo  a  los  ingredientes   que   contenía   el   explosivo,  afirma  que  cotejadas  dichas  afirmaciones  con  las  emitidas en las experticias técnicas, se concluirá que  las  explicaciones dadas por el procesado, “en cuanto  a  que  se  trata  de  un  artefacto  de fácil elaboración, lejos está de ser  cierto  por  lo  que  sus  decires  no  dejan  otra impresión que ser puramente  especulativa y ajenas a la verdad…”.   

En efecto, acota que si se observa el informe  presentado  a la Fiscalía 25 Seccional de Boyacá, que transcribe, referente al  tamaño  del artefacto explosivo, el cual “se activó  en  la oscuridad para evitar el paso de la luz”, se advertirá que se trata de  un  artefacto  sofisticado…  que  requiere  conocimientos al del común de las  personas  que  trabajan  como  mineros  de  carbón  o de esmeraldas”.   

Recuerda que el casete dejado en el lugar de  los  hechos  presuntamente  para  desactivar  el  collar bomba, se refiere a los  señores  Pachón  y  Cortés de cómo se pude desactivar o activar a través de  “medios   mecánicos,   hidráulicos,  eléctricos,  electrónicos,  digitales  y  de una hora determinada de día o de noche, hablan  de  la  extorsión y en confuso lenguaje de profesionales de la subversión y de  especialistas  hasta  en  geografía, fallas geológicas, afirman en el punto 10  que  si  se llegare a perforar estallará en el momento de combinar ‘…esos químicos, son en base de sodio  potasio,    carbono    y   fósforo…’   (Fol.   13   C-1)   y   dan   explicaciones  técnicas;  además,  instrucciones  para  el  pago de la extorsión y firman con la sigla TALAC NICO.  Lenguaje  entre  otras  cosas  completamente  diferente  al  de mi defendido, de  escasa formación académica”.   

Dice  que  el informe técnico de explosivos  fechado  el  10  de  octubre  de  2000, “dista mucho,  inclusive,  del testimonio de oídas de Humberto Macias  Mora  que  había  escuchado  de  su defendido haberle hecho un “ ‘corte  diagonal  al  tubo  para  poder  formar  el cuadrado’”. Por  su  parte,  los peritos adujeron que se utilizó pólvora negra de alto gramaje,  un  estopín eléctrico, detonadores y ácido sulfúrico y que la persona que lo  fabricó   era   conocedora   de   explosivos   y   de  sistemas  de  ignición,  características que no tiene su defendido.   

Acota que las declaraciones de los presuntos  testigos  de   oídas  “o  espurios no son sino  disparates   sobre  la  constitución  del  artefacto y distan mucho de las  ligeras  declaraciones  que quizás por presumir profirió JOSÉ MIGUEL SUÁREZ,  en   relación   con   situaciones  que  nada  tienen  que  ver  con  el  collar  bomba”.   

Así,  estima  que  revisado  los  distintos  informes  sobre  la  composición  del artefacto, se advierte que la afirmación  del  sentenciador,  según  la  cual,  el procesado tenía conocimiento sobre el  artefacto   explosivo   y   la  desactivación  del  mismo,  no  tiene  sustento  probatorio.   

Recuerda  que  los  técnicos informaron que  para  desactivar  el  explosivo  se  requería  haber  realizado previamente una  inspección  visual  al  artefacto  para  determinar  su  composición y, por lo  mismo, de herramientas especiales que relaciona.   

Reitera  que  los  dictámenes apreciados de  acuerdo  con las reglas de la sana crítica se colige que no hay relación entre  los    “comentarios   ligeros   de   JOSÉ   MIGUEL  SUÁREZ con los hechos objeto  de  investigación  y  juzgamiento  y  por  lo  tanto,  el  indicio en el que se  fundamenta  la  sentencia  del  Tribunal,  al  ser  contraria  a la lógica y la  ciencia,      carece      de      base      cierta     y     sólida”.   

En   lo   atinente  a  la  “segunda     premisa”     que    llama  “EN  CUANTO A LA EXISTENCIA O NO EN LA REGIÓN DE UN  GRUPO    O    GALLADA    DENOMINADA   ‘LOS          CONEJOS’”,  arguye  que  el  juzgador  con  base  en  unas declaraciones y  desconociendo  otras  de  igual  trascendencia,  coligió  que  en  las regiones  limítrofes  entre  los  departamentos de Cundinamarca y Boyacá existe la banda  denominada  Los  Conejos,  que  se dedica a cometer delitos contra el patrimonio  económico,  afirmación  que,  a  su  juicio,  se  parte  del  supuesto  de  la  existencia  de  la  agrupación  delictual  y la vinculación del procesado a la  misma  y  de la que se concluye en su “capacidad para  extorsionar ”.   

Anota que su procurado en un “arranque”  de  sinceridad reconoce haber  cometido   delitos   contra  el  patrimonio  económico.  Sin  embargo,  de  tal  situación  no  se  pude  concluir  que  él  y  sus familiares forman una banda  delictiva  “y,  más  aún,  por  oposición  a  las  declaraciones  de MAXIMILIANO FORERO, JOSÉ DANILO FORERO Y HÉCTOR JULIO FORERO  existen  otras  tantas  que desvirtúan esos cargos como la de MERCEDES SUÁREZ,  ALDEMAR  LEYTON,  EL  CORONEL  DEL  EJERCITO (Fol. 75 Cuaderno 6) CARLOS EDUARDO  CASTAÑEDA,  quienes  afirman  que  en  la  zona operan muchas bandas; pero este  último  manifiesta  no  tener  conocimiento  de  que  exista una denominada LOS  CONEJOS…”.   

Ahora  bien,  dice  que  el remoquete de Los  Conejos  proviene  de  expresiones  campesinas  y apodos de la familia de tiempo  atrás,  situación  que se encuentra demostrada con los testimonios de Mauricio  Esteban Murcia Romero y José Alirio Rodríguez Páez.   

Así mismo asevera que la declaración de Ana  Delina  Páez  de  Páez   y José Danilo Murcia evidencian una pugna entre  “LOS  ZORROS”  y  “LOS  CONEJOS”.   

Por lo expuesto, sostiene que con lo anotado  no  se  advierte  la  capacidad  para  extorsionar  de  su  defendido, por haber  confesado   su   participación  en  un  delito  menor,  sin  que  le  aparezcan  antecedentes  penales  por tales circunstancias, máxime cuando la experiencia y  la  lógica  indican  que la capacidad de extorsionar que eventualmente tendría  el   procesado   “debe  ser  proporcional  o  está  limitada,  según su capacidad o nivel de conocimiento (quinto año de primaria,  agricultor,  odeñador),  los  cuales  reitero,  son  escasos  o  bajos, que por  supuesto  no  llegan  a  alcanzar  el  grado  de sofisticación predicado por la  prueba    científica    pericial    obrante    en   la   actuación”.   

La    “tercera    premisa”  que  llamó  “LA PRÁCTICA DE ALLANAMIENTO EN LA RESIDENCIA DONDE  VIVÍA  EL  PROCESADO”, dice  que  de  tal  probanza  el juzgador infirió que el artefacto tenía pólvora de  uso   común  en  juegos  pirotécnicos  con  activación  mediante  sistema  de  iniciación  eléctrica,  completamente  diferentes a las encontradas en el saco  de  José  Miguel “o su hermano, las cuales requieren  aplicación  de  chispa  o  fuego  en  su  mecha  para  su encendido”,  situación  que  fue  reiterada  en  el  acto  de la audiencia  pública con la declaración de Melquicedec Torres.   

Por  consiguiente,  opina  que el indicio de  presencia  de  elementos  con los cuales estaba construido el collar bomba en la  casa   de   habitación   del   procesado,  “resulta  deleznable,    por    cuanto    se    demuestra    que    no   guardan   ninguna  relación”.   

De  otro  lado,  el  hallazgo  en  la citada  diligencia  de  la  jeringa  que  podía  tener relación con la utilizada en la  elaboración  del collar bomba, según el fallador, no constituye indicio al que  se  alude  en  la  sentencia,  “ya que de por sí la  jeringa  no  es  ningún  elemento  de  peligro  esencial  en la elaboración de  bombas,  en  cambio  si  es  de uso corriente en los hogares y sobre todo en las  labores  de  vacunación  del campo, razón por la que el hallazgo de la jeringa  no   supone   necesariamente   su   utilización  en  actividades  criminales  o  terroristas”.   

Estima   que  la  utilización  de  ácido  sulfúrico  en  el  artefacto  requería  de conocimientos químicos, físicos y  mecánicos  de los cuales carece el procesado, “o por  lo  menos  en  el  proceso no está probada esta situación, lo que convierte el  cargo  en  una  inferencia  ilógica  que dista mucho de configurar un verdadero  indicio”.   

Sobre la afirmación del Tribunal, según la  cual,  el  procesado  tenía  experiencia  en  el  manejo  de pólvora, al haber  trabajado  en  Muzo,  no  la  comparte,  puesto  que  no  tuvo  en  cuenta   “  que no necesariamente quienes prestan servicio en  Muzo  lo  hacen  en  la  manipulación  de  pólvora,  pues debe existir labores  auxiliares    o    indirectas,   no   vinculadas   con   la   explotación   del  mineral”.   

En  síntesis,  de  la  prueba  documental  allegada  al  proceso  por  parte  del  Ejercito  Nacional  se  concluye  que el  procesado  “no  recibió  ni  realizó  cursos sobre  manejo  de  explosivos  o  armamento pesado durante el tiempo de prestación del  servicio  militar  obligatorio,  en  cambio  si  recibió capacitación  en  primeros   auxilios;  igualmente se prueba que no tuvo vinculación directa  en las labores de minería de Muzo…”.   

Segundo cargo  

Acusa al Tribunal de haber violado, de manera  indirecta,  la  ley sustancial por error de hecho por falso juicio de existencia  “o falsa apreciación de la prueba, por que supone o  imagina  que  obra  en  el proceso pruebas que no están demostradas”.   

Manifiesta  que  el  sentenciador  supuso la  existencia   de  un  pasamontañas  “obrante  en  el  proceso  sin probarse o cree que en el aportado se relaciona con el utilizado en  la comisión del delito”.   

En  efecto,  asevera que en la diligencia de  allanamiento  no  se  encontró  el  pasamontañas  y lo que se aludió fue a un  gorro  verde  aportado  en  la  declaración por Jorge Luis Suárez, hermano del  procesado,   que  era  utilizado  por  su  Tío  Rafael  para  las  labores  del  campo.   

De igual manera, asevera que el sentenciador  supuso  la  existencia  de una pistola y una daga “no  obrantes   en   el   proceso   o   no   se   probó   su  existencia”.   

Anota  que  en  la diligencia de inspección  judicial   en   el   lugar   de  los  hechos  realizada  el  día  siguiente  de  “los  insucesos  atroces”  no  se  plasmó  que  se  hubiese encontrado algún elemento que interesaba a la  investigación.  No  obstante,  destaca  que  tan  solo  en  la  resolución  de  acusación  se  hizo  referencia  a  una  pistola  de  juguete  dejada  por  los  delincuentes  y  a  una  daga  de doble filo que presuntamente fue hallada en el  escenario  del  crimen.  “lo que erróneamente se da  por  tal  es  la  afirmación   de MAURICIO ESTEBAN MURCIA ROMERO, de haber  visto  a  JOSÉ  MIGUEL  SUÁREZ,  cuando  solicitaba a un amigo la pistola, que  finalmente no le prestó…”.   

Tercer cargo  

Acusa al Tribunal de haber violado, de manera  indirecta,   la   ley   sustancial,  por  errónea  apreciación  de  la  prueba  indiciaria.   

En     cuanto    al    “INDICIO   DE   CONOCIMIENTO   Y  DE  EXPERIENCIA  EN  EL  MANEJO  DE  EXPLOSIVOS”,  argumenta que el sentenciador lo dedujo  del  hecho  de  que su defendido prestó servicio militar y de haber laborado en  las  minas de Muzo, apoyado en la versión del procesado y en los testimonios de  Aldemar  “Layton” y María  Cortés hermana de la víctima.   

Insiste  que  su  procurado  no  recibió ni  realizó  cursos  sobre  el  manejo  de explosivos o armamento pesado durante el  tiempo  que  prestó servicio militar, “en cambio sí  recibió  capacitación  en  primeros auxilios; igualmente se prueba que no tuvo  vinculación  directa  en  las  labores  de  minería  de  Muzo, “ni se le dio  entrenamiento,  ni  instrucciones  en  el  manejo de explosivos, lo anterior nos  permite  arribar  a  la  inequívoca  conclusión  de  que José Miguel no es un  experto  en  manejo de explosivos o de tener algún conocimiento se trataría de  un  nivel precario o artesanal, ya que es común en los habitantes de la región  por   el   uso  de  pólvora  ordinaria  o  común  en  juegos  de  ‘turmequé’     y     pirotécnicos”.   

Reconoce  que  se  estaría  ante un indicio  leve,   “por  que  el  mínimo  conocimiento  y  uso  artesanal   de   pólvora   es   común   en   los  habitantes  de  esa  región  cundiboyacense”.   

A  continuación  dice que pasa a demostrar  que  la  elaboración del collar bomba requería de conocimientos especiales que  no tenía su defendido.   

Respecto     del     “INDICIO  DE  CERCANÍA  Y TRABAJO”, acota  que  el  juzgador  cometió  el  mismo  error  al atribuirle la circunstancia de  vecindad  y  de  haber  laborado  para  la  familia de la víctima el alcance de  indicio  grave,  “  ya que esa misma lógica absurda  llevaría  al  extremo  de  cobijar  dentro de este indicio a todas las personas  residentes  en la vereda o que hubiesen laborado al servicio de la familia de la  víctima”.   

Dice  que dicho indicio sería leve pero no  grave  como  lo  dedujo  el  juzgador, razón por la cual constituye un error de  hecho    por   equivocada   “valoración   de   las  circunstancias indiciarias”.   

En   lo   relativo  al   indicio    de   “posesión   de   objetos     o     instrumentos    usados     en     la   comisión   del   ilícito”,  vuelve   a   referirse   a   los   yerros consistentes  en   la    existencia    de   un   pasamontañas,   de   una   pistola   y  una   daga,   como   “objetos               no              hallados”.   

Así  mismo,  en  el  acápite  que  llamó  “objetos hallados”, luego  de  insistir  en  la  tesis  referida  al  hallazgo  de la jeringa, anota que el  indicio  de  “procurase los medios para facilitar la  comisión  del  ilícito”  en  el que se dice que el  procesado   usó   sustancias  químicas  incautadas  en  el  allanamiento  para  envenenar  el  perro  de  la  víctima, no se demostró, a través de una prueba  técnica, que determinara la causa de la muerte del animal.   

Manifiesta  que no puede realizarse ningún  tipo   de   inferencia   sobre   circunstancias   no  probadas,  “ni  mucho  menos  dar  por indicio la muerte del perro, sin que este  evento  se  le pueda atribuir sin temor de duda a mi defendido, o establecer una  relación  entre  los  insumos  hallados  en  el lugar de residencia y el veneno  APLICADO EN LA MUERTE DEL ANIMAL”.   

Cuarto cargo  

Acusa  al  Tribunal  de  haber  violado, de  manera  indirecta,  la  ley  sustancial  puesto  que  se  ignoró  la existencia  razonable  y  manifiesta de la duda “partiendo de las  pruebas  ya que, de una parte, las fallas en las pruebas que antes se analizaron  que  sirvieron  de  soporte  al  fallo, armonizados con aquellas que no obstante  figurar  en  el  proceso  dejaron  de ser apreciadas daba para que se mantuviera  incólume  el  principio de presunción de inocencia como derecho fundamental de  mi defendido”.   

Argumenta  que  hay  controversia entre las  declaraciones  de  Mauricio  Esteban  Murcia Romero y José Aldemar Leyton en el  sentido  de  que tres meses antes del acontecer fáctico, el primero afirmó que  hubo  una  reunión  en  Chiquinquirá  en  la  tienda  o  café “Principal”  entre  José Miguel Suárez,  “su padre, y José Aldemar Leyton, mientras que este  último  afirma  no  conocer  dicho  establecimiento ni hablarse con el padre de  José  Miguel  y  que  además  en la fecha que menciona él se encontraba en la  ciudad       de       Bogotá      en      gestiones      personales”.   

Asegura que las controvertidas declaraciones  de  los  compañeros  de  celda  en el denominado Bunker, que además de que sus  dichos    quedaron   desvirtuados   con   las   pruebas   técnicas,   contienen  contradicciones  y “mentiras protuberantes. Que dejan  desde  luego  un  gran  margen  de duda frente a las imputaciones que se hacen a  JOSÉ MIGUEL SUÁREZ”.   

Dice   que   los   todos  los  yerros  de  apreciación  probatoria en precedencia reseñados conducen a la aplicación del  in  dubio  pro  reo,  pues  no  hay  la  certeza  requerida  para  dictar  fallo  condenatorio.   

CONSIDERACIONES  DE  LA  CORTE   

El  artículo  212  de  la Ley 600 de 2000,  estatuye  los requisitos formales de la demanda de casación, entre ellos,   la  reglada  en  el  numeral  3°,  que estipula: “La  causal  que  se  aduzca  para pedir la revocación del fallo, indicando en forma  clara  y  precisa los fundamentos de ella y citando las normas que el recurrente  estime infringidas”.   

En  otras palabras, el cargo se debe apoyar  de  acuerdo  con  las  causales estrictamente estatuidas en la ley y construidos  con  la  debida  técnica que rige a esta impugnación extraordinaria, es decir,  denunciar  en qué consiste el error in iudicando o in procedendo demandado y su  trascendencia     frente     a     las    conclusiones    adoptadas    por    el  sentenciador.   

Además, recuérdese que la casación no es  una  tercera  instancia,  donde  de  manera  libre se puedan hacer toda clase de  cuestionamientos  a  una  sentencia  que  por  ser  la  culminación  de todo un  proceso,  viene amparada por la doble presunción de acierto y legalidad, razón  por  la  cual  no  es  de  recibo  demandar en esta sede la simple disparidad de  criterios   en   torno   al   mérito   que   ha   debido   dársele  al  caudal  probatorio.   

Teniendo en cuenta la anterior presunción,  se  parte  que  los  hechos  y  las  pruebas fueron correctamente evaluadas y el  derecho  estrictamente  discernido,  siendo  del  resorte  del  censor  entrar a  evidenciar lo contrario.   

De  otro  lado, recuérdese que el error de  hecho  consiste  en la incongruencia entre la prueba que existe y no existe y la  idea  contraria  del  juez.  En  otros  términos,  el error de hecho en materia  probatoria  subyace una actitud frente a lo descriptivo, en el sentido de que se  transgrede  la  información  suministrada  por la prueba o se finge la que ella  puede suministrar.   

Dicho error lo generan tres falsos juicios,  a saber:   

a)  Falso  juicio  de existencia, según el  cual,  el  juzgador  al  momento  de  valorar  conjunta  y  mancomunadamente las  pruebas,  supone  un  medio  de convicción que no obra en el diligenciamiento o  excluye  uno,  los  que tenían capacidad de probar circunstancias que eliminan,  disminuyen o modifican la decisión absolutoria o de condena.   

b)  Falso  juicio  de  identidad, en el que  incurre  el  sentenciador cuando en la apreciación de una determinada prueba le  hace   decir   lo   que   ella   objetivamente  no  reza,  erigiéndose  en  una  tergiversación  o  distorsión  por  parte  del  contenido  material  del medio  probatorio,  bien  por  que  se  le coloca a decir lo que su texto no encierra u  haciéndole expresar lo que objetivamente no demuestra.   

c)  Falso  raciocinio,  cuando  el operador  judicial  se  aparta,  al  momento de apreciar los medios de convicción, de los  postulados  de  la  sana  crítica,  es decir, de las leyes de la lógica, de la  ciencia o de las máximas de la experiencia o del sentido común.   

Con  base  en  los  anteriores  conceptos,  considera  la  Sala  que  los cargos formulados contra la sentencia del Tribunal  carecen de la debida claridad y precisión para su admisibilidad.   

En  lo  que  tiene  que  ver  con el primer  reparo,   se   advierte  que  la  inconformidad  del  recurrente  radica  en  la  apreciación  que  el  juzgador  le  dio  a los medios de prueba y de los cuales  dedujo  el  compromiso  penal del procesado en las conductas punibles atribuidas  en  el  fallo impugnado y en manera alguna evidencia el error de hecho por falso  juicio de existencia demandado.   

En efecto, la censura la plantea en oponerse  a  las conclusiones del sentenciador, respecto de que el procesado no tenía los  conocimientos  necesarios  para  elaborar  el artefacto explosivo con el cual se  causó la muerte a la dama.   

Para  dicha  labor  el  censor  procede  a  cotejar,  desde  su personal óptica, el testimonio de María del Carmen Cortés  Gil  con  las  distintas  experticias  allegadas al diligenciamiento que refiere  sobre  los  componentes  del  explosivo,  concluyendo  que  su  defendido  no se  encontraba   en   capacidad   de   construirlo   dada   su   escasa   formación  académica.   

De  esa misma manera, enfrenta el dicho del  testigo   “de   oídas”  Humberto  Macías  Mora  con  las  citadas   experticias  con  el objeto de  desacreditarlo,  en  sentido  de  que  éste  había  escuchado que el procesado  realizó  un  “corte  diagonal  al  tubo  para poder  formar el cuadrado”.   

En  fin, pretende restar credibilidad a los  dichos   de   los   deponentes,   que   califica  de  oídas  o  “espúreos”,   en   lo  atinente  a  los  componentes con los que fue construido el explosivo.   

Por  ese  mismo  sentido  enruta la segunda  parte  del  cargo  en lo relativo a la conclusión del juzgador, según la cual,  en  los  límites de los departamentos de Cundinamarca y Boyacá opera una banda  delicuencial   llamada   “Los   Conejos”  dedicada a cometer delitos contra el patrimonio económico y de  la  que  hacía parte el procesado, motivo por el cual surge en él la capacidad  para  extorsionar,  pero  en  manera  alguna indica cuáles fueron los medios de  pruebas  dejados  de  apreciar,  máxime  cuando  inicialmente  asevera  que  el  fallador  apoyado  en  declaraciones y “desconociendo  otras”      arribó      a      la      anterior  conclusión.   

De  igual manera, se opone a la conclusión  del  sentenciador  consistente  en  que  el  procesado pertenecía a la banda de  “Los  Conejos”,  pues si  bien  reconoce  que  con  dicho  apodo  se conoce a la familia del procesado, de  acuerdo  con lo narrado en las declaraciones de Maximiliano Forero, José Danilo  Forero  y  Héctor Julio Forero; de todos en el expediente obran los testimonios  de   Mercedes   Suárez,   Aldemar   Leyton  y  de  Carlos  Eduardo  Castañeda,  “quienes  afirman  que  en  la  zona  operan  muchas  bandas,  pero  este  último  manifiesta no tener conocimiento de que exista una  denominada  los  Conejos”.   

En consecuencia, la Sala no advierte en qué  consistió  el  error  de  hecho  por falso juicio de existencia, pues en manera  alguna  de su discurso se avizora cuál fue medio de prueba no apreciado y menos  su   trascendencia   frente   a   la  parte  conclusiva   de  la  sentencia  impugnada.   

Finalmente,  en  el  tercer  aparte  de  la  censura  el  que  también  postula  por  el  error de hecho por falso juicio de  existencia  sobre  las  evidencias recolectadas en la diligencia de allanamiento  practicada  a la casa de habitación en donde residía el procesado, en especial  los  elementos  para elaboración del artefacto explosivo, tampoco señala cuál  fue   el   elemento   de  juicio  excluido  en  la  actividad  probatoria  y  su  trascendencia en la parte dispositiva de la sentencia.   

El  discurso  argumentativo  lo  centró en  criticar  las  conclusiones  del  Tribunal  en torno a la presencia de elementos  hallados  en  la  casa  del  procesado  con  los cuales se construyó el llamado  collar  bomba,  toda  vez  que, a su juicio, “resulta  deleznable,    por    cuanto    se    demuestra    que    no   guardan   ninguna  relación”,   que   la   jeringa   “  no  es ningún elemento esencial en la elaboración de las bombas,  en  cambio  si es de uso corriente en los hogares y sobre todo en las labores de  vacunación  del  campo,  razón  por la que el hallazgo de la jeringa no supone  necesariamente     su     utilización     en     actividades    criminales    o  terroristas”,   que   la   utilización  de  ácido  sulfúrico  para  la elaboración de bombas requiere de conocimientos químicos,  físicos  y  mecánicos  de los cuales carece el procesado, que toda persona que  trabaja  en  las minas de Muzo no necesariamente lo hace con explosivos y que de  los  documentos  allegados por el Ejercito Nacional se concluye que el procesado  “no  recibió  ni  realizó  cursos  sobre manejo de  explosivos o de armamento pesado”.   

Ahora  bien, si estimaba que el juzgador al  momento  de  valorar de manera individual y mancomunada los medios de prueba que  cita  vulneró  los  postulados de la sana crítica, debió presentar la censura  por  los senderos del error de hecho por falso raciocinio, indicando cual fue la  regla  de  la  lógica,  de  la  ciencia o de la máxima de la experiencia   quebrantado,  de qué manera lo fue y su incidencia en la parte conclusiva de la  sentencia.    

Es  así como, por ejemplo, cuando dice que  los  comentarios “ligeros”  que  hizo  el  procesado de haber participado en los hechos confrontados con las  experticias,  se habría concluido que “el indicio en  el  que se fundamenta la sentencia del Tribunal, al ser contraria a la lógica y  la  ciencia, carece de base sólida”, el casacionista  debió  señalar cuál fue el principio lógico y científico desconocido por el  Tribunal  en  la  construcción  indiciaria  y  cómo dicho yerro influyó en el  fallo,  para  lo  cual  debió  tener  en cuenta los demás medios de prueba que  soporta el juicio de responsabilidad.   

El cargo segundo que postula el casacionista  de  igual  manera  bajó  la  égida  del  error  de  hecho  por falso juicio de  existencia,  por  cuanto  de  las  diligencias  de allanamiento y de inspección  judicial  al  lugar  de los hechos, supuso la existencia de un pasamontañas, de  una  pistola  y una daga, se quedó en su simple enunciación y que la Corte, en  virtud     del     principio    de    limitación,    no    puede    entrar    a  complementar.   

En  efecto,  dice  que  en la diligencia de  allanamiento  no  se  encontró  el pluricitado pasamontañas, sino que el gorro  verde  que  se  hizo  referencia en el fallo se allegó a través de la versión  juramentada  del  hermano  del  procesado  y  que era usado por un tío para las  labores del campo.   

De     igual     manera   indica     que     en     la     diligencia    de   inspección    judicial    no   se   hizo   referencia   a    la   incautación   de   un   arma   de   fuego       y       del     instrumento      cortopunzante,   afirmación     que     sólo     surgió     en     la  providencia   que   calificó   el   mérito  del   sumario   y   que   es   errónea, habida  cuenta   que   se   da   como   cierto   lo   narrado   por   Mauricio  Esteban   Murcia   Romero,  es  decir,   “de     haber     visto     a   JOSÉ    MIGUEL  SUÁREZ   cuando  solicitaba   a   un   amigo    la    pistola,    que    finalmente   no   le  prestó…”.   

En  otras palabras, el actor no demostró a  la  Corte,  como  era  su  deber,  cómo  de  no  haberse  cometido  el yerro de  apreciación  probatoria  que  denuncia,  el  fallo habría sido favorable a los  intereses jurídicos que representa.   

Además,  se  observa que también pretende  discutir  el  grado  de  credibilidad que el sentenciador le dio a los medios de  prueba,  pues,  en lo atinente al pasamontañas, anota que se supuso el elemento  de  juicio  “o cree que … el aportado se relaciona  con  el  utilizado  en  la  comisión  del delito”. Y  frente  a  la  pistola  y  la daga, adujo que tales instrumentos “no se probó su existencia”.   

En cuanto al tercer reproche, además de que  no  señaló la clase del error y el falso juicio que lo determinó, se advierte  que  el  casacionista  desconoce  la  debida  técnica  para  atacar  en sede de  casación la prueba de indicios.   

Como  lo  ha  dicho la jurisprudencia de la  Sala,  “Si los errores de apreciación probatoria se  presentan   en  el  análisis  de  la  prueba  de  los  hechos  indicadores,  el  casacionista  debe,  en  relación con cada indicio, identificar las pruebas que  le  sirven  de  sustento  e  indicar  el  error  denunciado,  si  de existencia,  identidad,  legalidad  o  convicción,  para  la  correcta  formulación  de  la  censura.  Y  si  se  trata  de  cuestionar  la  inferencia  lógica  o  el valor  probatorio  otorgado  a  los  indicios,  es  deber  del  recurrente acreditar el  desconocimiento  de  las reglas de la sana crítica, lo cual se cumple mostrando  divergencia   existente  entre  las  deducciones   y  declaraciones  de  la  sentencia  en  dicho  sentido  y  las  que  corresponden hacer de acuerdo con la  lógica,  la  experiencia  o la ciencia”.1   

En  el  evento que ocupa la atención de la  Sala   el   casacionista   cuestiona   la   construcción  de  los  indicios  de  “conocimiento  y  de  experiencia  en  el  manejo de  explosivos”,    “de  cercanía    y    trabajo”    y    “posesión  de  objetos  o  instrumentos  usados  en la comisión del  ilícito”. En el primero de ellos reitera que cuando  el  procesado  prestó  servicio  militar  y  trabajó  en  las minas de Muzo no  aprehendió  el  manejo  de  explosivos;  en el segundo, que constituye un error  sostener  que  dada  la  circunstancia  de  vecindad y de haber laborado para la  familia  de  la  víctima  se  erige  como  indicio grave de responsabilidad del  sentenciado;  y,  en  el  tercero,  se opone, nuevamente, a las conclusiones que  llegó  el  juzgador luego de valorar la diligencia de allanamiento practicada a  la  casa  de habitación del procesado y la de inspección judicial realizada en  el lugar de los hechos.   

Si  se  deduce  de la fundamentación de la  censura  que  la  inconformidad del censor está en la inferencia lógica dentro  de  la construcción indiciaria, de todos modos se advierte que no indicó cuál  fue  la  regla  de  la  lógica, de la ciencia o de la máxima de la experiencia  vulnerada   para  concluir  en  los  citados  indicios,  y  menos  cual  era  la  conclusión  correcta, máxima cuando acepta que los mismos tienen la calidad de  leves y no de graves.   

Ahora  bien,  si se entendiere que  el  yerro  del  indicio  que  se  construyó  derivado  de  la  muerte  de canino de  propiedad  de  la  víctima, fue sobre el hecho indicador, pues argumenta que el  mismo  se  edificó  sobre  circunstancias   no  probadas, tampoco señaló  cuál  fue  el  medio  de  prueba  supuesto  por  el  juzgador  para llegar a la  conclusión  que  censura,  toda  vez que limitó la fundamentación en aseverar  que  “ni  mucho  menos dar por indicio la muerte del  perro,  sin  que  este  evento  se  le  pueda  atribuir  sin  temor de duda a mi  defendido  o, establecer una relación entre los insumos hallados en el lugar de  residencia   y   el   veneno   APLICADO  EN  LA  MUERTE  DEL  ANIMAL”.   

Finalmente,  en  lo  que  atañe  al cuarto  cargo,  de igual manera, se avizora que el censor no señaló la clase del error  y  el  falso  juicio  que lo determinó, habida cuenta que  la nomenclatura  plasmó  que  el  juzgador  ignoró  la  existencia razonable y manifiesta de la  duda.   

Así  mismo,  del  contenido  de la censura  tampoco  se  advierte  la  modalidad  del  yerro de apreciación probatoria y el  falso  juicio  que  lo determinó, puesto que en lo que se podría entender como  su  demostración  argumenta  que  teniendo  en cuenta los medios de prueba, que  algunos  de  ellos  no  se  apreciaron  correctamente  y otros que se dejaron de  apreciar,  aflora  la  duda  y,  por  lo  mismo,  el principio de presunción de  inocencia resulta incólume.   

Posteriormente,     sostiene   que      existen      contradicciones      en      los   testimonios     de     Mauricio     Esteban     Murcia   Romero   y   José   Aldemar  Leyton   en  puntos   específicos    que    resalta.    Y    que   los   dichos   de   los  compañeros   de   celda   del   procesado   quedaron   desvirtuados   con  las pruebas   técnicas,     razón     por    la    cual    se   debió   aplicar   el   postulado   del in  dubio   pro  reo.   

En síntesis, el actor presenta una personal  valoración  de  los  medios  de prueba, en donde, según su criterio, emerge la  duda y, por ello, el fallo absolutorio era la decisión a adoptar.   

Por consiguiente, ante el incumplimiento de  los presupuestos formales, la Corte inadmitirá la demanda.   

Finalmente,  cabe  señalar  que el estudio  detenido  del  expediente permite a la Sala concluir que no procede la casación  oficiosa,  por cuanto no se percibe ninguna causal de nulidad ni vulneración de  derechos fundamentales.   

En  mérito de lo expuesto, la CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA,  SALA  DE  CASACIÓN PENAL,   

        R E S U E L V E   

INADMITIR  la  demanda    de   casación   presentada   por   el   defensor   de   JOSÉ  MIGUEL  SUÁREZ.  En consecuencia,  se     declara    desierto    el    recurso    extraordinario    de    casación  interpuesto.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

Comuníquese y cúmplase.  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

Comisión de servicio  

SIGIFREDO   ESPINOSA  PÉREZ                             ALFREDO  GÓMEZ  QUINTERO   

EDGAR   LOMBANA   TRUJILLO                            ÁLVARO   ORLANDO   PÉREZ  PINZÓN   

Comisión de servicio  

JORGE  LUIS  QUINTERO MILANÉS               YESID  RAMÍREZ BASTIDAS   

MAURO   SOLARTE   PORTILLA                            JAVIER   DE   J.   ZAPATA  ORTÍZ   

TERESA RUÍZ NUÑEZ  

Secretaria    

1  Sentencia  del  27  de  noviembre  de  1996. M.P. DR.  Fernando Arboleda Ripoll.     

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