20572(27-10-04)

2004

Asistente Jurídico Inteligente

Selecciona un texto en la página o analiza el artículo completo.

ⓘ Puedes seleccionar un fragmento de texto o analizar el artículo completo.

    Proceso No 20572  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

MAGISTRADO  PONENTE   

ÁLVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN   

APROBADO ACTA No. 94  

Bogotá,  D. C., veintisiete (27) de octubre  del dos mil cuatro (2004).   

ASUNTO  

         Se  decide  el recurso de casación interpuesto por el defensor del  señor   GUILLERMO   ALARCÓN  RAMÍREZ  contra  el  fallo  del  29  de agosto del 2002, mediante el cual el  Tribunal  Superior  de  Cundinamarca confirmó la condena a 10 años de prisión  que  le  impuso  el  Juzgado  Promiscuo del Circuito de Pacho, como autor de los  delitos de acceso carnal violento y constreñimiento ilegal.   

HECHOS  

         Desde   muy   niña,   Diana   Carolina   Alarcón   Cubillos   fue  repetidamente  objeto  de  actos sexuales por parte de su padrastro GUILLERMO   ALARCÓN   RAMÍREZ,   quien  también  la  accedió carnalmente, mediante amenazas de muerte, a partir de sus  11  años  de  edad. A los 14 la menor quedó embarazada y, 17 meses después de  dar a luz, resolvió denunciarlo.   

ACTUACIÓN  PROCESAL   

         El  23  de  enero  del  2002, un fiscal seccional de Pacho formuló  resolución   acusatoria  contra  el  señor  ALARCÓN  RAMÍREZ  por los delitos de acceso carnal violento en  concurso  homogéneo y sucesivo y constreñimiento ilegal, ilícitos por los que  fue  condenado  el 25 de junio siguiente por el Juzgado Promiscuo del Circuito a  10  años  de  prisión  e  interdicción  de derechos y funciones públicas por  igual término.   

         El  fallo, impugnado por la defensa, fue confirmado el 29 de agosto  del mismo año por el Tribunal Superior de Cundinamarca.   

LA  DEMANDA   

         Tres  cargos  formuló  el  defensor contra la sentencia de segunda  instancia:   

         El  primero,  con  apoyo  en  la  causal  primera  de  casación,  por la violación indirecta de la ley sustancial que se  derivó  del  falso  juicio  de  identidad  en  que  incurrió el fallador en la  apreciación  de  la  indagatoria,  al  suprimir  la  valoración de importantes  apartes  y  distorsionar  de  esta  manera  la  prueba,  todo  lo  cual impidió  reconocer  la  causal  de  exclusión  de responsabilidad prevista en el numeral  2º. del artículo 32 del Código Penal.   

         En  desarrollo  de  la  censura,  después  de  transcribir algunas  afirmaciones  del  procesado en las que señala que la menor consentía el trato  sexual   que  sostenían,  manifiesta  que  la  denuncia  presentada  por  ésta  obedeció  a  su  propósito  de  abandonar  al  padrastro para persistir en sus  relaciones con un tal Maximiliano.   

Con la pretensión de demostrar el yerro del  Tribunal,  le reprocha i) que desatienda la versión del procesado en el sentido  de  que  era  buscado  por  la niña cuando ya superaba los 14 años de edad, no  obstante  que  así  lo  declaró  su  hermana Adriana María, testimonio que el  Ad  quem  ignoró; ii) que  crea  que  la primera violación se produjo cuando estaba en un potrero, a pesar  que  la  madre  de  la  menor  sostenga que ella nunca la mandaba sola; iii) que  acepte  el  dicho  de  la  víctima sobre el permanente asedio de su mamá a que  estuvo  sometida  para  que  no  contara nada, sin tener en cuenta que la abuela  reconoció  que  su hija le mandó a la nieta acompañada de una hermana, lo que  además  muestra  que  si  nada  le  había contado a la abuela, era porque nada  había sucedido.   

Sobre  la  trascendencia del error, señala  que  tanta  fue  su  incidencia que de no haberse cometido se habría tenido que  reconocer  la eximente prevista por el numeral 2º. del artículo 32 del Código  Penal,  esto  es,  que  se actúe con el consentimiento válidamente emitido por  parte del titular del bien jurídico.   

         En  subsidio,  con  apoyo  en  la  misma  causal  e  idéntica  modalidad de error, sostiene que existen dudas sobre si la  menor  consintió  las relaciones sexuales, porque unos “testigos presenciales  de  los  hechos”  dicen  que  sí  y  otros  que no, lo que genera una duda no  reconocida  por  el  Tribunal  porque  no se sabe si la verdad está del lado de  Adriana  María  y Olga Lilia Alarcón, la madre de la víctima y el procesado o  de la denunciante y su abuela.   

         La  tercera  censura  se  sustenta en la  causal  tercera de casación, porque la sentencia se dictó en un juicio viciado  de  nulidad  por  equivocada  adecuación  típica  de  la  conducta, que debió  ubicarse  en  el  numeral  2º. del artículo 32 del Código Penal, error que se  produjo  porque  se  desconoció  el  principio  de  investigación integral, la  versión  del  procesado  y  la prueba recaudada a su favor, lo que conduce a la  violación  del  debido  proceso  y  de  las  formas propias del juicio a que se  refieren   los   numerales  2º.  y  3º.  del  artículo  306  del  Código  de  Procedimiento  Penal.  La  verdadera conducta por la que debió ser condenado el  procesado, agrega, es por lesiones personales culposas.   

EL    MINISTERIO  PÚBLICO   

         El  señor  Procurador  Tercero  Delegado  para  la Casación Penal  sugiere que no se case la sentencia.   

         Con      relación      al     tercer  cargo,  que  debe  examinarse  primero  en virtud del  principio  de prioridad, sostiene que el censor se confundió en su formulación  al   atribuirle   la   errónea  calificación  al  A  quo,   no   al  fiscal  que  dictó  la  resolución  acusatoria.  Si  en  todo  caso  se  estimara  que  el  yerro  se  produjo en la  sentencia,  la  crítica  debía  hacerse  al  amparo  de la causal primera, por  aplicación indebida de una norma de derecho sustancial.   

         También  se equivocó al reprochar que la defectuosa calificación  se  debió  a la inobservancia del principio de investigación integral, pues si  era  éste  el tema que quería tratar debía demostrar que no se recaudaron las  pruebas  favorables  al procesado porque se quiso dirigir la averiguación sólo  a  probar  los  hechos  incriminatorios.  Si eventualmente ese vacío probatorio  pudo  conducir  al vicio anotado, el demandante debía entonces comprobar que la  falta  de  las  pruebas  que  le  aprovechaban  al  sindicado  incidieron  en la  adecuación típica de la conducta.   

         Es   igualmente   desacertado   ligar   el   tema  de  la  indebida  calificación  con  la violación del derecho de defensa, pues cada uno tiene su  propia  autonomía  y  son distintos los argumentos que se deben exponer para su  demostración.   

         A  todo  ello  se  suma  que  el  demandante  no  acreditó  en que  consistió  el  error  de hecho que le atribuyó al Ad  quem en la apreciación de la prueba y, en un típico  alegato  de  instancia,  se  limitó  a  afirmar  sin  ningún  sustento  que la  imputación debió hacerse por lesiones personales culposas.   

El   primer  reproche  registra  errores  de  técnica que impiden  precisar  tanto  el yerro atribuido al Tribunal como las pruebas respecto de las  que  se  cometió,  pues  i)  aduce  primero  un  falso  juicio de identidad por  distorsión  de  la  indagatoria  y luego la violación de las reglas de la sana  crítica,   lo  que  implica  confundir  errores  de  hecho  predicables  de  la  materialidad  de  la  prueba  con otros propios del raciocinio del juzgador; ii)  critica  que  se hubiera modificado el sentido de la indagatoria, pero no indica  en  que  consistió  la  tergiversación  ni compara el acta con lo dicho por el  fallador  para  acreditar  el  yerro,  y luego se ocupa de la credibilidad de la  versión  suministrada por el procesado, que el Tribunal debió atender; y, iii)  destaca  que  las  explicaciones dadas por aquél coinciden con lo declarado por  algunos  testigos,  pero  no  acusa  ningún  falso  juicio  de  existencia  por  omisión.   

Señala la inconsistencia de los argumentos  de  la  demanda,  que  pretenden  reivindicar  la  credibilidad  del  dicho  del  procesado  sobre  las  relaciones  sexuales  aceptadas  desde cuando la víctima  superaba  los  15  años de edad, hecho desvirtuado no sólo por la comparación  de  las  fechas  de  nacimiento  de la niña y de su hijo sino por otras pruebas  acogidas  por  el  Tribunal  que  demuestran  que la conducta ilícita se venía  cometiendo  desde  cuando  ésta tenía menos de 14 años, y en consecuencia era  incapaz de consentir válidamente.   

Concluye el Delegado que la aspiración del  libelista  es  que  la  Corte  realice  una  nueva  valoración de la prueba que  conduzca  a la aceptación de la causal de exclusión de responsabilidad, lo que  unido  a  la falta de demostración del falso juicio de identidad denunciado, da  lugar a la improsperidad del cargo.   

  En la segunda        censura  el  impugnante reclama el reconocimiento de la  duda  probatoria,  en  especial  sobre  la  existencia  del consentimiento de la  víctima,  pero  nada  hace por demostrarla ni por señalar siquiera las pruebas  que  generaban la perplejidad y que el fallador valoró erróneamente, omisiones  suficientes para desestimar el ataque.   

CONSIDERACIONES   

         La  Corte  no casará la sentencia impugnada, porque ninguna de las  acusaciones formuladas en su contra está llamada a prosperar.   

Estas son las razones:  

         El      tercer     cargo,  que  por  poner  en  entredicho  la legalidad del proceso debió  proponerse  como  primero  ya  que  de  su  prosperidad depende el examen de los  restantes,   revela   una   evidente   confusión   que  lo  torna  impreciso  y  contradictorio  pues  no  sólo  mezcla  de  manera  inapropiada un reproche por  violación  del  principio de investigación integral con otro por errores en la  valoración  de la prueba, censurable por la vía de la causal primera, sino que  cuestiona  la  calificación porque se debió reconocer una causal de exclusión  de  responsabilidad  –que  no  tiene que ver precisamente con la denominación jurídica de la conducta- y,  a  renglón  seguido  y  sin  ningún  sustento,  porque el procesado debió ser  condenado  por  el  delito de lesiones personales, para terminar sosteniendo que  la  nulidad  debe  decretarse “por error en el tipo penal, (…) pues no puede  confundirse    la    objetividad    del    resultado    con   la   voluntad   de  producirlo”.   

         En  estas condiciones, la acusación no pasa de ser un catálogo de  enunciados  carentes  de  fundamento,  mal  formulados  y antitéticos, que hace  imposible su estudio, razón suficiente para que sea desestimada.   

         Respecto  del  primer  cargo,  debe  decirse  que oculta, detrás del falso juicio de identidad  en  la  apreciación  de  la  indagatoria  que  se  invoca,  la  pretensión del  impugnante  de  que se haga una nueva valoración de la prueba en su integridad.  Por  eso  no atina a señalar una sola distorsión o tergiversación que hubiere  cometido  el  Ad quem, pues  su  propósito no es confrontar lo dicho por el procesado con lo comprendido por  el  fallador,  sino  enfrentar  esas  afirmaciones  con  otras pruebas, como los  testimonios  de la hermana, la madre y la abuela de la víctima, para lamentarse  de que no se le hubiese dado crédito a su defendido.   

         Y   la   credibilidad,   como   lo   ha  dicho  insistentemente  la  Sala1   

,  no es tema que pueda reprocharse en esta  sede  con  vocación  de  prosperidad,  a menos que la valoración se haya visto  afectada   por   errores  de  raciocinio,  caso  en  el  cual  al  libelista  le  correspondía  señalar  y  demostrar  las transgresiones a los principios de la  lógica,  las leyes de la ciencia o las reglas de la experiencia que el Tribunal  hubiere   cometido,  aspectos  ni  siquiera  mencionados  en  el  cargo  que  se  examina.   

         La censura, entonces, no prospera.   

         Con      relación     al     segundo  cargo,  parece  que  el demandante estimó suficiente  agrupar  los  testimonios  en  dos sectores según respaldaran o no el dicho del  procesado,  para  concluir  que  como  se  trata  de  versiones  encontradas  es  imposible     saber     lo    que    sucedió    en  realidad,  duda  que  debía  resolverse  a favor del  señor  ALARCÓN  y así se  debía  expresar en el fallo  absolutorio que en consecuencia debía proferirse.   

         Y  aunque considera que si el Tribunal no expresó su incertidumbre  ello  obedeció  a  los falsos juicios de identidad en que incurrió, no señala  ningún  error  en la apreciación de la prueba sino que se limita a afirmar que  el  fallador  “supuso  certeza  de  la  responsabilidad” y que “a pesar de  existir  estas  protuberantes  contradicciones”,  concluyó que su cliente era  culpable.   

         Tal  forma  de  plantear el cargo carece, desde luego, de cualquier  posibilidad  de  éxito,  pues la duda no se presenta simplemente porque existan  versiones  opuestas  sino  que  es  preciso  demostrar  que  el  Tribunal, en la  apreciación  de  la  prueba,  incurrió en errores de hecho o de derecho que lo  llevaron  a  declarar  certeza  donde  sólo  había  perplejidad.  Esto  supone  acreditar,  además  de  la  trascendencia  de  los  yerros  que  desmoronan  la  estructura  probatoria  del fallo construida por el Ad  quem,  que  una  nueva  valoración  de los medios de  convicción  que  se  realice  con  exclusión de esos defectos, en ningún caso  arrojaría  la  certeza  necesaria para resolver en el mismo sentido que lo hizo  el juzgador.   

         Se  desestima  la  censura.            

         En  mérito  de lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

          No       casar      la      sentencia  impugnada.   

Contra  esta  decisión  no procede ningún  recurso.   

NOTIFÍQUESE    Y  CÚMPLASE   

HERMAN GALÁN CASTELLANOS  

SIGIFREDO   ESPINOSA   PÉREZ                 ALFREDO GÓMEZ QUINTERO   

ÉDGAR           LOMBANA  TRUJILLO              ÁLVARO O. PÉREZ PINZÓN   

No    hay   firma   

MARINA   PULIDO   DE   BARÓN                                          JORGE L. QUINTERO MILANÉS   

YESID   RAMÍREZ   BASTIDAS                                                MAURO SOLARTE PORTILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1 Cfr.,  por  ejemplo,  autos  del  13  y  14  de  marzo y 16 de mayo del 2000, radicados  15.878,  15.753  y  16.397,  M. P. Édgar Lombana Trujillo; 11 de septiembre del  2000,  radicado  15.400,  M.  P. Jorge Aníbal Gómez Gallego y 12 de agosto del  2003,  radicado  20.634, así como las sentencias del 16 y 29 de marzo del 2000,  radicados  10.963  y  10.858,  MM.  PP.  Jorge  Aníbal  Gómez Gallego y Carlos  Eduardo  Mejía  Escobar,  en  su  orden,  del 3 de diciembre del 2001, radicado  10.041,  M.  P.  Jorge  Enrique  Córdoba Poveda y del 19 de diciembre del 2001,  radicado 14.837, y 12 de noviembre del 2003, radicado 18.363.     

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *