20372(31-07-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 20372  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

Magistrada Ponente:  

MARINA PULIDO DE BARÓN  

Aprobado Acta Nº  087  

          Bogotá  D.  C.,  julio  treinta y uno (31) del dos mil tres (2003).   

VISTOS  

          Decide  la  Sala  sobre  la admisibilidad de la demanda de casación  presentada  por  la defensa de JORGE ENRIQUE SALOMÓN y  JORGE  ENRIQUE  SALOMÓN  GONZÁLEZ, contra el fallo de  13  de  junio  de 2002, por cuyo medio el Tribunal Superior de Ibagué confirmó  la  sentencia  mediante  la cual el Juzgado 2º Penal del Circuito de esa ciudad  condenó  a  los dos procesados a la pena principal de seis (6) años y ocho (8)  meses    de    prisión    y   a   Moisés   Carreño  Cárdenas  a  siete  (7)  años  y  dos  (2)  meses de  prisión;  a  todos  les impuso la pena accesoria de interdicción de derechos y  funciones  públicas  por  el  mismo  término de pena privativa de la libertad,  además  de  la  pena  de  multa  equivalente a cincuenta (50) salarios mínimos  legales  mensuales  vigentes,  en  la  condición  de  autores de los delitos de  concierto  para  delinquir,  cohecho  por  dar  u  ofrecer,  hurto  calificado y  agravado,  tentativa  de  hurto  agravado  y  porte  ilegal de armas de fuego de  defensa personal.   

LA DEMANDA  

          El  defensor  de los señores JORGE ENRIQUE  SALOMÓN  y  JORGE  ENRIQUE  SALOMÓN GONZÁLEZ formula  dos  cargos  contra  la  sentencia  de  segundo  grado  dictada  por el Tribunal  Superior  de Ibagué en este asunto, la primera al amparo de la causal tercera y  el segundo, subsidiario, conforme a la causal primera.   

          1.- Cargo principal. Causal Tercera. Nulidad.   

          Afirma  el  demandante  que  la  sentencia impugnada se dictó en un  proceso  viciado  de  nulidad  por la existencia de irregularidades sustanciales  que  afectan  el  debido  proceso, de conformidad con el numeral 2 del artículo  306 del Código de Procedimiento Penal.   

          Como  sustento  del  cargo,  el recurrente alega que las autoridades  quisieron  vincular  a  sus mandantes a la investigación sin fundamento alguno,  como  lo  demuestra  el  hecho  de  que  Emiro Hurtado  no  mencionó  a  nadie  en  la denuncia y sin embargo  hicieron    aparecer    como    que   estaba   formulada   contra   JORGE   ENRIQUE   SALOMÓN,  JORGE   ENRIQUE   SALOMÓN  GONZÁLEZ,  el  señor   Carreño   y  otro  señor.   

          Considera    evidente    el    ánimo    del   señor   Oscar  Valencia  en  hacer partícipes del  grupo       que      practicaba      “piratería  terrestre”  a  todos  los  capturados,  sin  soporte  alguno.   

          Insiste  en decir que no existen los mínimos requisitos del indicio  grave   para   sindicar   a   JORGE  ENRIQUE  SALOMÓN  de  los  delitos de hurto calificado y agravado, hurto  calificado  y  agravado  en grado de tentativa y  concierto para delinquir,  cuando  él  ha  explicado  que su intención era la de adquirir una mercancía,  por  lo  que  se  han  desconocido  los principios de presunción de inocencia y  debido  proceso,  habiendo  llegado  a  la  sentencia condenatoria gracias a las  elucubraciones   del   suboficial   que   intervino   como   testigo,   juez   y  parte.   

          Enseguida  aborda  el tema de las pruebas en el juicio para expresar  que  fueron  transgredidos  el debido proceso, el principio de contradicción de  la  prueba  y  el  derecho  de  defensa,  cuando  se  denegó  el testimonio del  intendente    Oscar   Julián   Valencia  porque ya constaba en el expediente, siendo que la vinculación de  los  procesados fue posterior a la declaración del suboficial, de manera que la  defensa no pudo ejercer la contradicción.   

          Argumenta  el libelista que se ordenó oír en declaración al Mayor  Bejarano  pero la diligencia  no  se  practicó  por  inactividad  del  despacho, según la constancias que se  dejaron  en  el expediente dos días antes de celebrarse la audiencia pública y  momentos  antes  de  iniciarla; durante su desarrollo tampoco se insistió en la  citación  del  testigo  cuya  declaración servía para controvertir la rendida  por  el  intendente   Oscar  Valencia.   

          En  opinión  del  libelista  todo lo anterior conduce a una nulidad  constitucional,  de  conformidad  con  lo  establecido  en el artículo 29 de la  Carta  Política,  desarrollado  por la Ley Estatutaria de la Administración de  Justicia.   

          Previa  cita  textual  de  la  providencia  de  28 de agosto de 1997  mediante  la  cual  esta  Sala  con  Ponencia del Magistrado doctor Ricardo  Calvete Rangel decidió un recurso  de  hecho,  el  impugnante solicita a la Corte que aún oficiosamente decrete la  nulidad  incoada  a partir del momento en que se negó la práctica de pruebas o  desde  el  momento  procesal  en  que  se  estime violado el debido proceso y el  derecho de defensa.   

          2.-     Cargo     subsidiario.     Causal     primera.    Violación  indirecta.   

          El  demandante  ataca  la  sentencia  de  segundo  grado, por violar  indirectamente  las  normas  de los artículos 9 inciso 1, 10, 12, 13,  28,  29,  30  del Código Penal; 234, 238, 276, 277, 284 del Código de Procedimiento  Penal,  al  haber  incurrido en error de hecho en la apreciación del testimonio  del intendente Oscar Valencia.   

          En  desarrollo  de  la  censura,  conforme  a su propia opinión y a  criterios   doctrinales,  esboza  la  noción  contenida  en  cada  una  de  las  disposiciones  citadas,  vale  decir,  con  respecto  a  “Conducta punible”,  “Tipicidad”,            “Antijuridicidad”,           “Culpabilidad”,  “Culpabilidad”,    “Imputabilidad”,  “Normas  rectoras  y  fuerza  normativa”,  “Concurso de personas en la conducta punible”, “Autores”,  “Partícipes”,  “  Imparcialidad  del  funcionario  en  la búsqueda de la  prueba”,    “Apreciación    de    las    pruebas”,    “Práctica    del  interrogatorio”,   “Criterios  para  la  apreciación  del  testimonio”  y  elementos de los indicios.   

          Luego,  el  recurrente  concreta  el  cargo  expresando que el fallo  impugnado   está   soportado  en  el  testimonio  del  Suboficial  Oscar  Julián  Valencia Torres, Jefe de la  Unidad  de  Antipiratería  Terrestre  que  desde  hacía  algún  tiempo venía  haciéndole   seguimiento   a  una  banda  dedicada  a  asaltar  vehículos  que  transportaban  encomiendas  en la variante de El Espinal y en virtud del cual el  3  de  febrero  de  1998  fue aprehendido Jhon Franklin  Ayala Sáenz.   

          El  impugnante  acepta  la  existencia  de  una  banda dedicada a la  piratería  terrestre  pero  no  que sus poderdantes estuvieran relacionados con  conductas  contra  el  patrimonio económico. Aduce que la explicación dada por  JORGE  ENRIQUE SALOMÓN sobre  su  presencia  en  el  lugar en donde se le capturó, es decir, que había ido a  comprar  mercancía  que le había sido ofrecida con anterioridad, es un indicio  de      “confesión     extrajudicial”  pero  del  delito  de  receptación,  mas  no de participación  impropia en el hurto o en el concierto para delinquir.   

          Pasa  entonces  a censurar el testimonio del suboficial Valencia  Torres comenzando por afirmar que  es  el  único  testigo  de  cargo puesto que respecto de la aprehensión de los  procesados  impugnantes  no  existe  prueba  diferente que confirme o infirme su  versión,  pues a pesar de que se trataba de un operativo con la concurrencia de  pluralidad de agentes, no se cuenta con más elementos de juicio.   

          Refiere   que   el   oficio   mediante  el  cual  fueron  puestos  a  disposición  de la Fiscalía los  tres capturados, aparece suscrito por el  Mayor   Édgar   Hernando  Bejarano  Daza,  en  donde  no se precisan las circunstancias de la aprehensión y  se   afirma  que  están  sindicados  del  hurto  cometido  contra  Emiro  Hurtado  Suárez  y  de  tratar  de  perpetrar  un  atraco  contra  Héctor  Jesús Lozano Tamayo, no obstante que el  oficial advierte que él no conoció del caso.   

          Alega    que   el   suboficial   Valencia  Torres  no  da razón de su dicho cuando afirma que en  su  labor  de  seguimiento a una banda de piratería terrestre tuvo conocimiento  de  que  tendrían  su centro de operaciones en la ciudad de Bogotá, si fue por  informaciones  reservadas  o  si  lo  dedujo de las explicaciones que dieron los  aprehendidos  cuando manifestaron que venían de Bogotá contratados para llevar  mercancía a la misma ciudad.   

          El  actor  prosigue  destacando  que al declarante que critica no le  consta  nada  respecto  de  la captura de Jhon Franklin  Ayala  Sáenz,  pues  sólo  refiere  lo comentado por  Héctor Jesús Lozano Tamayo.   

          Desvía  su  argumentación  para  hacer  constar  que  al capturado  Ayala no se le informó sobre  los  derechos  del  capturado,  por  cuanto  en el acta respectiva no aparece la  firma de éste ni la constancia de haberse negado a suscribirla.   

          El  defensor  asegura que el suboficial de la Policía infringió la  Constitución  y  la ley porque “negoció”  la  libertad  del capturado (no indica cuál de ellos) y habló  con  él  en  ausencia  de  su defensor, después de engañarlo y haber obtenido  información  sobre  la  existencia de la bodega en jurisdicción de Natagaima a  donde  supuestamente  se  dirigió  con  otros  agentes; hecho que deduce de las  siguientes expresiones del suboficial:   

          “…Una  vez  asumo  la  investigación,  procedo a entrevistar al  detenido  Jhon  Franklin  Ayala Sáenz manifestándome éste que a cambio de que  lo  dejara  en  libertad me entregaba una bodega cerca al municipio de Natagaima  donde  se  encontraba  la  mercancía  hurtada  a un vehículo coomotor (sic) la  noche anterior”.   

          El  libelista resalta que según el suboficial, al momento de llegar  a    la   finca   donde  se  guardaba  la  mercancía  hurtada,  el  señor  Ángel    Alberto    lozano    Romero   “intentó  descargarse  de  dos armas de  fuego    revólveres    que   se   encontraban   en   la   cocina…”,  en  tanto  que dicho procesado negó haber asumido una actitud  de  esa  naturaleza;  versión  que,  en criterio del demandante, se ajusta a la  verdad,  conforme  lo  permite deducir la fotocopia 445-06 que obra al folio 103  del cuaderno original.   

          Prosigue  comentando  apartes  de  la  declaración  del  suboficial  Valencia  Torres, como aquel  en  donde  relata que los capturados intentaron huir y alcanzaron a darle marcha  atrás  al vehículo; versión que en opinión del defensor quedó controvertida  con  las  fotografías  obrantes  a  partir  del  folio  500   del cuaderno  original  Nº  1,  las  cuales  revelan  que  desde  la  vía principal se puede  observar  la finca y los vehículos que allí se encuentren y que para abandonar  el predio no hay necesidad de retroceder.   

          Considera    poco    probable    que    el    señor    Moisés  Carrero  Cárdenas  (sic) hubiera  dicho  ”…  que le daba un millón de pesos para que  no   le   dijera   a   la   autoridad  que  la  camioneta  era  mala”,       porque       en       su       injurada      Carrero  lo  contradice,  al igual que los  documentos  que  obran  a  partir  del folio 134 del cuaderno original Nº 3 que  contiene  todo  el  historial  ante  la Secretaría de Tránsito y Transporte de  Mosquera  (Cund.).  A  ese  respecto no encuentra razonable ofrecer tanto dinero  para  que las autoridades se enteraran de que no había legalizado unas reformas  efectuadas  al automotor, “…más cuando la gravedad  del  hecho indicaba que si ofrecía dinero era por evitar la sindicación que se  les hacía y no por otra conducta…”   

          Asimismo  asegura que dadas las circunstancias en que se encontraban  los  aprehendidos  y  el operativo policial que se ejecutaba, no tiene razón el  suboficial   cuando   manifiesta   que  JORGE  ENRIQUE  SALOMÓN   quiso  intimidarlo diciendo que tenía  mucho poder y que estaba estudiando derecho.   

          En  relación  con  los  informes que suministra el suboficial   Valencia  respecto  a que la  mercancía  tenía  como  destino  los  Sanandresitos  de Bogotá, el recurrente  afirma  que  son  datos que obtuvo el día de la retención, cuando interrogó a  las  capturados  y  se  enteró  que  trabajaban en Sanandresito de San José en  Bogotá,  de  lo  cual  dedujo  que todos son miembros de la banda de piratería  terrestre y que hay unidad de designio para cometer delitos.   

          En  este  punto  de  la  demanda  el  defensor  critica  al Tribunal  Superior  por  no  haber  confrontado  el  testimonio de intendente Oscar  Julián  Valencia  Torres  con  las  demás   piezas  procesales,  pues  de  haberlo  hecho  sólo  le  habría  dado  credibilidad  a  los  aspectos  atinentes a la aprehensión y no a las restantes  circunstancias  que  relató  el  testigo,  lo  que hubiera evitado la sentencia  condenatoria.   

          A  manera  de síntesis, el casacionista expresa que es indiscutible  la  presencia  del  suboficial  en  el  lugar  de las capturas de los procesados  recurrentes,  pero  le reprocha haber modificado las circunstancias en que ellas  se  produjeron  intentando  agravar  la  situación  de  los implicados, con las  apreciaciones  subjetivas,  conscientes  o  inconscientes  ya puntualizadas, que  carecen de respaldo probatorio.   

          Señala  que  el  mismo  declarante sólo es testigo de oídas en lo  referente  a  la información sobre la banda de piratería terrestre y a la sede  de distribución de las mercancías.   

          En   virtud   de   las   reglas   de  la  sana  crítica  el  censor  “recomienda” profundizar  sobre  la  veracidad del suboficial de la Policía Nacional dado que su interés  en  todo operativo en que participa es que resulte positivo para la Institución  a  que  pertenece, más cuando en materia de piratería terrestre los resultados  habían sido muy pobres.   

          El  impugnante manifiesta que la base fundamental de la sentencia es  la   declaración   del   suboficial,   que   “está  controvertida  por  las  demás  piezas procesales” a  las  cuales el Tribunal no les asigna valor alguno. Reprocha que estime pueriles  las    disculpas    ofrecidas   por   JORGE   ENRIQUE  SALOMÓN  y  pregona   que  según  las reglas de  experiencia  cuando  se va a comprar mercancía primero se selecciona y luego se  exige    que    se   acredite   su   legalidad;   y   el   señor   SALOMÓN  ni  siquiera  había escogido la  mercancía que habría de adquirir, ni la había visto.   

          El  recurrente  continúa  la  censura  contra el Tribunal por haber  apreciado  equivocadamente  los  testimonios  y la prueba documental aportada al  restarles  toda  credibilidad  y  en su lugar otorgársela a la declaración del  suboficial  Valencia  Torres,  considerándola además, indivisible.   

          Agrega  que de manera errónea el sentenciador extrajo de esa prueba  testimonial  todos  los elementos constitutivos de una coparticipación criminal  en  un  delito  como el concierto para delinquir que requiere la vinculación de  los   implicados   en   las   acciones   delictivas,   la  relación  entre  los  copartícipes,  deben  estar  probadas  la  unidad  de  designio  criminal  y la  sindicación.   

          A   renglón   seguido,   acusa  al  Tribunal  de  haber  inadmitido  “en   abstracto”   los  testimonios  de  Héctor  Jesús  Lozano  Tamayo,  Guillermo  Idárraga,  Gilder  Yulbany  Vásquez  Reyes,  Edwin  Visbal  Gómez,  Jaime Nieves, Orduña, Félix  Ospina  Carrillo,  José  del  Carmen Caro Loaiza, José Hugo Díaz Castro, Jhon  Jaime  Hurtado,  Víctor  Manuel  Bernal  Ríos, Obdulio Vargas Cuesta, Dionisio  Blas  Romero  Matoma,  Héctor  Enrique Vergara Sabi, Fernando Vacca Nieto, Juan  Bautista  Barrios  Galindo,  Ciro  Arturo  Tique, Flor alba Ayala Sáenz; Javier  Mauricio  Ríos  Pinilla,  Sonia  Liliana  Preciado  Ortega, Lady Gisela García  Colorado,  Luis  Hernando  Carreño  Forero y Jhon Alexander Carreño Forero, en  cuanto  algunos  de  ellos  ni siquiera mencionan a los procesados impugnantes y  otros que sí los conocen, ratifican sus versiones.   

          Igualmente  reprocha al sentenciador colegiado por haber desconocido  “tácitamente”    la  inspección   judicial  practicada  al  lugar  en  que  los  recurrentes  fueron  capturados,  las  fotos  que  allí  se tomaron y los reconocimientos en fila de  personas.   

          El   impugnante  estima  como  grave que el juzgador no hubiera  tenido  en cuenta que al folio 6 del cuaderno original Nº 1 existe una denuncia  en  cuyo  encabezamiento  aparecen  los  nombres  de  sus  mandantes  con los de  Angel Alberto Lozano, Jhon Franklin Ayala y  otros”,  en la cual quien la formula afirma que “tengo  entendido  que  esa  gente la capturó la policía, ya están  presos”.  En  sentir del demandante esa información  la  obtuvo  el  denunciante del suboficial a quien ha censurado en todo el texto  de la demanda.   

          El   actor   concluye  que  el  Tribunal  soporta  el  fallo  en  la  declaración  del  suboficial  que no es testigo de nada respecto de la conducta  de  los  recurrentes;  deduce conductas sin soporte; le exige a los sentenciados  conductas   que   no   son   exigibles   en   ninguna  parte;  deduce  en  ellos  contradicciones  que  en  nada afectan el resultado del proceso. DE igual manera  afirma  que  sin  el  “valor  equivocado”  del testimonio en que se apoya el  fallo    no    se    habría    podido    pensar    ni    en   una   medida   de  aseguramiento.   

          Por  todo  lo  anterior  el defensor solicita a la Corte que case el  fallo impugnado y dicte la sentencia que en derecho corresponda.   

CONSIDERACIONES  

          Antes  de corroborar si el libelo puesto a consideración de la Sala  reúne  los  presupuestos  de  forma y de fondo indispensables para disponer que  prosiga  el trámite del recurso instaurado, conviene recordar que su naturaleza  excepcional  proviene  del origen de la providencia contra la cual se dirige, de  la  autoridad  judicial  que lo decide, del monto de la pena establecida para el  delito  juzgado,  de  las  causales  taxativas  que  pueden  ser  alegadas  como  fundamento,  de  la  técnica para demostrar la concurrencia del motivo escogido  y,  de  la  trascendencia del fallo que se dicte, por cuanto a través de él se  quebranta  alguna  de  las presunciones de legalidad y acierto que acompañan la  sentencia  dictada  en  el  proceso  después  de  agotadas  las  dos instancias  establecidas  normalmente para un proceso penal, todo lo cual hace que no sea de  libre postulación.   

          En  principio,  el artículo 205 del Código de Procedimiento Penal,  ya  vigente  para  el  13 de junio de 2002, fecha de emisión de la sentencia de  segundo  grado que es objeto del recurso, establece que éste procede contra las  sentencias  de segundo grado que profieran los Tribunales Superiores de Distrito  Judicial  o  el Tribunal Militar cuando procedan por delitos cuya pena privativa  de  la  libertad,  en  su  tope máximo, supere los ocho (8) años de duración;  requisitos ambos que se cumplen en el presente asunto.   

          En   lo   referente   a   la   forma  de  proponer  la  impugnación  extraordinaria,  se  deben seguir estrictamente los parámetros enunciados en el  artículo  212 de la ley 600/00 que contempla los requisitos tanto de forma como  de  fondo  que  debe  reunir  la demanda para que el Tribunal de Casación pueda  examinarla  en  la temática que propone; ello implica individualizar el proceso  y  los sujetos procesales, seleccionar la causal y presentar cada cargo, indicar  en  qué consiste, demostrarlo indicando cómo se configuró la causal, cuál es  su  trascendencia  en  el  acto  de  jurisdicción  objeto de la protesta y qué  decisión debe adoptar la Corte al acceder a casar el fallo.   

          Dentro  de  ese  marco  lógico  jurídico  se procede a examinar la  demanda  de  casación  instaurada  a  nombre  de  los  sentenciados    JORGE    ENRIQUE    SALOMÓN    y    JORGE    ENRIQUE   SALOMÓN  GONZÁLEZ.   

          1.- Cargo principal. Causal Tercera. Nulidad.   

          El  mecanismo de la nulidad, como se sabe, es la solución última a  la  cual  se  puede acudir frente a una anomalía procedimental. Para obtener su  declaratoria  se  requiere  que  el acto irregular sea sustancial, que concuerde  con  alguna de las circunstancias previstas en el artículo 306 de la Ley 600 de  2000,  que no haya cumplido la finalidad para la cual estaba destinado, que haya  afectado  garantías  fundamentales  de  las  partes o desconocido la estructura  básica  del proceso, que a su ocurrencia no haya contribuido el sujeto procesal  que  la  reclama, que no haya sido convalidada por la parte perjudicada y que no  exista  otra  forma  para  subsanarla.  Esos  son  los  principios  que rigen el  instituto, regulado en el artículo 310 de la citada codificación.   

          El  demandante  asegura  que  este  proceso se encuentra afectado de  nulidad  conforme a la situación prevista en el numeral 2 del artículo 306 del  Código  de  Procedimiento  Penal,  esto  es  por “La  comprobada  existencia  de  irregularidades  sustanciales  que afectan el debido  proceso”.   

          El  cargo formulado en esos términos implica para el actor el deber  de  particularizar  cada  irregularidad,  demostrar  cómo  se  resquebrajó  la  estructura  procesal  y poner de manifiesto la trascendencia de la vulneración,  pues  no cualquier desatino posee la entidad para viciar la actuación procesal.   

          El  demandante  fundamenta  la  censura  señalando  las  siguientes  circunstancias como irregularidades procedimentales:   

          a).-  Se  hizo  aparecer  como   que  el  ofendido Emiro  Hurtado había formulado la denuncia  JORGE   ENRIQUE   SALOMÓN,  JORGE    ENRIQUE   SALOMÓN   GONZÁLEZ,    el   señor   Carreño   y   otro   señor,   cuando  él  no  formuló  imputaciones  contra  nadie.   

          b).-   Es   evidente   el   ánimo   del   suboficial   Oscar  Julián  Valencia  Torres, en hacer  partícipes  del grupo de piratas terrestres a todos los capturados, sin soporte  alguno.   

          c).-   Frente   a  la  explicación  suministrada  por  JORGE  ENRIQUE  SALOMÓN de haber procedido  con  la intención de adquirir mercancía, no existen los mínimos requisitos de  un   indicio   grave   que   permitan  sindicarlo  de  los  delitos  que  se  le  atribuyeron.   

          d).-  A  la  sentencia  condenatoria  se  llegó  con  base  en  las  elucubraciones   del   suboficial   que   intervino   como   testigo,   juez   y  parte.   

          e).-  El debido proceso, el principio de contradicción de la prueba  y  el  derecho  de defensa fueron transgredidos en el juicio, primero, porque se  denegó  el recaudo del testimonio del intendente Oscar  Julián  Valencia so pretexto de que ya constaba en el  expediente  siendo  que  la  vinculación  de  los procesados fue posterior a la  declaración  del  suboficial,  de  manera  que  la  defensa  no pudo ejercer la  contradicción.  Segundo,  porque  a  pesar de haber decretado el testimonio del  Mayor  Bejarano, la prueba no  se  practicó  por  negligencia  del  juzgado  cuando  era  el  que servía para  controvertir   la   deponencia  del  intendente  Oscar  Valencia.   

          La  crítica  inicial que se debe formular a esta forma de alegar la  existencia  de  una nulidad es la deficiencia en su fundamentación, dado que el  demandante   se  conforma  con  suministrar  argumentos  sin  vincularlos  a  la  actuación,  vale  decir,  sin  actualizar  la  pieza  procesal,  el  acto  o la  decisión  judicial  que  pone  en  tela  de juicio; es así como no indica qué  autoridades  y en qué actuación o documento hicieron aparecer que los señores  SALOMÓN   habían   sido  denunciados     por     Emiro    Hurtado;  por  consiguiente  tampoco  logra  demostrar  en qué consiste la  anomalía  pregonada  ni cómo influyó en la decisión de justicia contenida en  la    sentencia    impugnada.   Así,   la   demanda   se   reduce   a   simples  enunciados.   

          Al  proseguir  el análisis del libelo se advierte que varias de los  argumentos  esbozados  no  corresponden  a ninguna irregularidad, pues la simple  lectura  de  las hipótesis deja en evidencia que se trata de una opinión o una  conclusión  del  recurrente,  como  ocurre cuando deduce la intencionalidad con  que  pudo  haber  procedido  el  suboficial al relatar la actividad policial que  culminó  con  la  captura  de  los procesados; o cuando censura la apreciación  probatoria  que  condujo a la condena al expresar que a ese tipo de sentencia se  llegó  por  las  elucubraciones  del  suboficial  que en su sentir, actuó como  testigo,  juez  y  parte; o que no existen los requisitos mínimos de un indicio  que  permitan  imputar  a  sus defendidos la comisión de algunos de los delitos  investigados.   

          No  se  trata  entonces  de  anomalías  susceptibles  de  viciar la  actuación,  sino  de  conceptos  elaborados  por el libelista, extraídos de la  actuación  procesal  con  los  cuales  no  se hace manifiesta ninguna causal de  nulidad.   

          Por  otra  parte,  el  recurrente intenta  fundamentar    la    pregonada    nulidad   por   quebrantamiento   al  debido proceso a partir de la ausencia  de  dos  pruebas, una no decretada, la ampliación del testimonio del suboficial  Oscar Julián Valencia Torres  y     otra     ordenada,     la     declaración    del    Mayor    Bejarano;  situaciones que no son idóneas  para  sustentar  el vicio postulado, dado que el esquema dentro del cual se debe  desarrollar  un  proceso  no  se resquebraja por allegar una prueba o denegarla;  ese  es  un  aspecto  que  tendría  relación  con una eventual vulneración al  derecho  de  defensa,  caso  en el cual el casacionista debe indicar cuál es el  hecho  que  habría sido demostrado con las pruebas no allegadas, qué demuestra  ese   hecho   y   en   qué   habría  incidido  en  el  fallo,  de  haber  sido  establecido.   

          Aparte  de que la anomalía denunciada no corresponde a la causal de  nulidad  seleccionada, la segunda del artículo 306 del Código de Procedimiento  Penal,  sino  a la tercera, el impugnante no desarrolló el cargo, de manera que  no  cumplió  con  uno  de  los  presupuestos  para  que la Sala lo estudiara de  fondo.   

          Por  las  razones  que  se acaban de exponer, no cabe duda de que el  cargo  de  nulidad  propuesto  por  el  demandante  no  reúne los requisitos de  precisión  y claridad indispensables para que la Corte asuma su análisis. Ello  indica  que la demanda es inepta por este aspecto para continuar con el trámite  del recurso.   

          Por  lo  demás,  la  Sala  debe  descartar  la posibilidad de casar  oficiosamente  el  fallo atacado, como lo propone el demandante, por cuanto, esa  vía  no está consagrada en la legislación para suplir las deficiencias de una  demanda  de  casación;  menos  aún  puede  estimarse que es oficiosa cuando la  iniciativa  no parte del seno del Tribunal de Casación sino de la sugerencia de  uno  de  los sujetos procesales. La Corte ejerce esa potestad cuando al analizar  los  aspectos  puestos a su consideración en una demanda formalmente ajustada a  los  requisitos  de viabilidad, se tropieza con una anomalía con caracteres tan  lesivos  de  los  derechos de las partes, que asume su corrección; proceder que  es  diametralmente  opuesto  al  de asumir la enmienda de un libelo deficiente y  que le está vedado por el carácter rogado del recurso.   

          2.-     Cargo     subsidiario.     Causal     primera.    Violación  indirecta.   

          La  violación  de  la ley sustancial se consuma de manera indirecta  cuando  se  transgrede  a  través  del  tratamiento  que  se  le da a la prueba  recaudada,  por  ello,  el  primer  paso  para establecerla es demostrar en qué  forma se equivocó el sentenciador al apreciar la prueba.   

          Es  suficientemente  conocido  que los errores en que puede incurrir  un  juez  en el análisis de la prueba son de dos clases: de hecho o de derecho,  según  que  el  desatino  recaiga  sobre  el  aspecto  objetivo que es capaz de  demostrar  o  sobre  el  valor que al elemento de juicio le otorga o le quita la  ley.   

          Los  errores  de hecho asumen tres modalidades; la primera tiene que  ver  con  la  presencia  de la prueba en el proceso y se presenta cuando el juez  omite  apreciarla  o  cuando toma como sustento una que no ha sido allegada a la  actuación,  por  ello se denomina falso juicio de existencia por omisión o por  suposición.  La  segunda  esta  referida  a la estimación que el juez le da al  contenido  material  de  una prueba, de manera que la equivocación está en que  de  ella  se  extrae  una  verdad  que  no  tiene  capacidad  de  revelar; es el  denominado  falso  juicio  de  identidad.  La  tercera proviene de los erróneos  efectos  demostrativos  que  se  le hacen producir al hecho probado en contra de  los    postulados    de    la   sana   crítica,   que   estructura   el   falso  raciocinio.   

          Los  errores de derecho son de dos tipos; el primero surge cuando el  juez  aprecia y le otorga capacidad demostrativa a un elemento probatorio que no  cumple  los  requisitos  legales  de  existencia o de validez, o ha sido aducido  irregularmente  al  proceso;  es  el  falso  juicio de legalidad o aducción. El  segundo  se  estructura  cuando  el  juez  le  concede  a  una  prueba  un valor  demostrativo  que contraría lo previsto al respecto en la ley, sea por exceso o  por   defecto;   a   esa   equivocación   se   le   denomina  falso  juicio  de  convicción.   

          Desde  el punto de vista probatorio, el recurrente en casación debe  modificar  el  sistema  que  se  utiliza  en las instancias, por cuanto no basta  expresar   las   opiniones  personales  ni  efectuar  un  análisis  del  acervo  probatorio  a  la  luz  de  las  propias  convicciones,  como tampoco es válido  plantear  hipótesis.  El  objeto  del  trabajo  que se plasma en una demanda de  casación  es  la  sentencia de segunda instancia que se ataca y debe tener como  finalidad  demostrar  que en efecto el sentenciador incurrió en el error que se  postula;  y  alcanzada esa primera meta es indispensable continuar el proceso de  comprobación   de   que   ese  yerro  incidió  esencialmente  en  el  acto  de  jurisdicción adoptado en el fallo.   

          El   demandante   concreta  el  señalamiento  por  la  vulneración  indirecta  de  la ley sustancial a la apreciación que el Tribunal Superior hizo  recaer   en   el   testimonio   del  suboficial  de  la  Policía,  Oscar   Julián   Valencia   Torres;  sin  embargo,  no aborda la labor fundamental del recurso cual es la demostración de  la  ilegalidad  que denuncia; expresa lo que considera son inconsistencias de la  declaración  que  objeta  y  se  dedica a exponer la percepción que le merecen  diferentes   elementos  de  juicio,  sin  tomar  como  punto  de  referencia  el  tratamiento  que  el sentenciador le dio a cada una de las pruebas que menciona;  no  indica cuál fue el error en que incurrió el fallador, si fue de hecho o de  derecho,  si  se  omitió una prueba o supuso otra, si se tergiversó o si en la  apreciación  de  alguna  infringió  las  reglas  de  la sana crítica. Tampoco  refiere  si se trata de ilegalidades nacidas de la concepción de la prueba o de  su  aducción;  o  si  es  un  enfrentamiento  entre el valor que le concedió a  alguno de esos elementos demostrativos y el que la ley le concede.   

          Contrariando  la  técnica propia del recurso incoado, el demandante  utiliza  el libelo para expresar sus propias opiniones sobre lo demostrado en el  proceso  y  sus inconformidades, al estilo de los alegatos de instancia, pero en  parte  alguna  se  encuentra  un  desarrollo  lógico  jurídico  que  ponga  de  manifiesto   alguna   ilegalidad   atribuible   al   juzgador   que   deba   ser  subsanada.   

          Obsérvese  que  califica  de “confesión  extrajudicial”  la  explicación  suministrada  por  JORGE  ENRIQUE SALOMÓN sobre  su  presencia  en  el  lugar  en  donde  se le capturó,  y lo toma como un  indicio  del  delito  de receptación, para descartar la participación impropia  en  el  hurto o en el concierto para delinquir. De manera que en una afirmación  tal no hay un cargo, sino una opinión personal.   

          Manifiesta   que   el   testimonio   del   suboficial   Valencia  Torres  es  el único testigo de  cargo  puesto  que respecto de la aprehensión de los procesados impugnantes, lo  que  tampoco  envuelve  una  tacha  de  ilegalidad  ni  la  atribución de error  alguno.   

          Del  oficio  suscrito  por  el Mayor Édgar  Hernando   Bejarano   Daza,  en  donde  se  dejan  los  aprehendidos  a disposición de la Fiscalía, destaca que dicho oficial advierte  que  él  no  conoció  del  caso,  sin señalar cuál es la consecuencia de ese  hecho y cómo aparece referido en el fallo que impugna.   

          Critica     al    suboficial    Valencia  Torres  por  no  dar  razón  sobre  el  origen de las  informaciones  que  suministra  en su declaración y deduce que algunas de ellas  las  obtuvo  en los interrogatorios de los capturados. Así mismo asegura que no  le  consta nada respecto de la captura de Jhon Franklin  Ayala  Sáenz;  que  incurrió  en  una  ilegalidad al  negociar  la  libertad  con  ese capturado, en ausencia de un defensor y haberlo  engañado  para obtener la información sobre el lugar en donde se encontraba la  bodega  en  donde  se  guardaba  la  mercancía  hurtada.  Con tales comentarios  tampoco formula reproche alguno a la sentencia de segundo grado.   

          Prosigue  el  libelista  aportando su propia versión respecto de la  credibilidad     que     puede     otorgarse    al    suboficial    Valencia   Torres,  en  cuanto  tacha  de  mendaces   las   afirmaciones   relacionadas  con  que  el  señor  Ángel        Alberto        lozano        Romero       “intentó  descargarse  de  dos armas de  fuego    revólveres    que   se   encontraban   en   la   cocina…”,   y    atinentes   a   que   los   señores   JORGE   ENRIQUE   SALOMÓN   y   JORGE  ENRIQUE  SALOMÓN  GONZÁLEZ  al  llegar  al  lugar  en  donde  fueron  capturados,  intentaron huir y alcanzaron a darle marcha atrás al vehículo.   

          Igualmente,   el   impugnante   opina   que  es  poco  probable  que  Moisés  Carreño  Cárdenas  hubiera  dicho  que  le  daba  un  millón  de  pesos para que no le dijera a la  autoridad  que  la  camioneta  era mala”, o que JORGE  ENRIQUE  SALOMÓN   hubiera  querido  intimidarlo  diciendo que tenía mucho poder y que estaba estudiando derecho.   

          Es   evidente   entonces  que  las  argumentaciones  precedentes  no  corresponden  a  cargos  de  ilegalidad dirigidos contra la sentencia de segundo  grado  dictada  en  este proceso; se trata escuetamente del análisis probatorio  que  efectúa  el defensor impugnante conforme a su propia opinión diversa a la  del  sentenciador  que,  por  lo  tanto,  no constituye una censura que deba ser  resuelta en esta sede.   

          Refiriéndose   ahora   sí   directamente  al  pronunciamiento  del  ad quem, el libelista critica  al  Tribunal  Superior  por  no  haber  confrontado el testimonio del intendente  Oscar Julián Valencia Torres  con  las  demás  piezas  procesales;  por  calificar  de pueriles las disculpas  ofrecidas  por  JORGE  ENRIQUE  SALOMÓN; por  haber  apreciado  equivocadamente  los  testimonios y la prueba  documental  aportada al restarles toda credibilidad y en su lugar otorgársela a  la     declaración    del    suboficial    Valencia  Torres,  considerándola  además,  indivisible;  por  haber    inadmitido    “en   abstracto”  una pluralidad de testimonios que no mencionan a los procesados  impugnantes y otros que ratifican sus versiones.   

          No  obstante, el actor no descompone cada uno de esos reproches para  explicar  en dónde radicó el error de apreciación probatoria. Es así como no  indica  cuáles  eran  las  piezas  probatorias que debieron confrontarse con el  testimonio   de   Oscar  Julián  Valencia,  ni  precisa  los  hechos  o  circunstancias establecidos con esos  otros  elementos  de  juicio, ni la incidencia que producían en la apreciación  que  el  Tribunal  emitió respecto de la declaración de dicho suboficial.  De  los  postulados  del  impugnante  sólo  es posible deducir su inconformidad  expresada  en  argumentos diversos a los contenidos en la decisión adoptada por  el  sentenciador,  sin que en ninguno de ellos se descubra un motivo en concreto  que  estructure  formalmente  un  cargo  digno  de  consideración en esta sede.   

          El  libelista  también le reprocha al sentenciador colegiado el por  haber     desconocido    “tácitamente”   la  inspección  judicial  practicada  al  lugar  en  que  los  recurrentes   fueron   capturados,   las  fotos  que  allí  se  tomaron  y  los  reconocimientos  en  fila  de  personas,  pero  no  indica  si en el fallo no se  incluyó  ninguna  consideración  respecto  de  tales  pruebas,  esto es, si se  incurrió  en  un  error de hecho por falso juicio de existencia por omisión; o  si  el  pronunciamiento  a  ese respecto fue defectuoso, es decir si se cometió  falso  raciocinio;  tampoco  señala  la importancia que para la decisión final  tienen  los  hechos o circunstancias revelados por los elementos probatorios que  menciona.   

          En  igual  postulación deficiente incurre el casacionista al acusar  la  no  estimación  de la denuncia formulada por Emiro  Huertas,  pues  la  fundamentación del reproche no es  otra   que   la  deducción  del  propio  recurrente  cuando  quiere  forzar  la  demostración  de  un  resultado, cual sería que el denunciante mencionó en la  denuncia  a  sus  protegidos porque los nombres se los suministró el suboficial  Valencia Torres; sin explicar  cómo  esa  circunstancia  representa  un  error  judicial  que  trasciende  los  linderos  de  la  legalidad  ni  cómo influyó en el sentido condenatorio de la  sentencia objeto del recurso extraordinario.   

          Para   colmar  la  transgresión  a  la  técnica  del  recurso,  el  demandante  “recomienda”  se  profundice sobre la veracidad del suboficial de la Policía Nacional dado su  evidente  interés  en  el resultado positivo del operativo; propuesta que no es  pertinente  a esta forma de impugnación, en donde no es posible que el Tribunal  de  Casación  con  la  simple  insinuación del recurrente se constituya en una  tercera  instancia  y  efectúe  una  nueva  apreciación  probatoria de toda la  actuación.   

          En  esta sede, la demostración de los errores en que hubiera podido  incurrir  el sentenciador al proferir el fallo condenatorio, corren de cargo del  recurrente;  lo  que no conste en el libelo en la forma técnica y jurídica que  impone el recurso de casación, no está al alcance de la Sala.   

          Al  culminar  el  examen de la demanda puesta a consideración de la  Sala  es  forzoso  concluir  que  no  cumple  con  los presupuestos de claridad,  precisión  y  fundamentación  indispensables  para  que, culminado el trámite  previo,  emita un pronunciamiento de fondo. Por ello, el libelo será inadmitido  conforme   lo   indica   el   artículo   213   del   Código  de  Procedimiento  Penal.   

          En  mérito de lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia, en Sala de  Casación Penal,   

RESUELVE   

          INADMITIR   la   demanda   de   casación  instaurada  a  nombre de JORGE ENRIQUE SALOMÓN y JORGE  ENRIQUE  SALOMÓN GONZÁLEZ por los motivos consignados  en el cuerpo de este proveído.   

          Contra esta decisión no procede recurso alguno.   

          Cópiese, comuníquese y cúmplase.   

YESID        RAMÍREZ   BASTIDAS   

Comisión de servicio  

HERMAN         GALÁN   CASTELLANOS                   CARLOS   AUGUSTO  GÁLVEZ  ARGOTE   

JORGE    ANÍBAL    GÓMEZ   GALLEGO                                       ÉDGAR    LOMBANA   TRUJILLO   

ÁLVARO   ORLANDO   PÉREZ   PINZÓN                      MARINA   PULIDO  DE  BARÓN   

JORGE    LUIS    QUINTERO   MILANÉS                                       MAURO    SOLARTE   PORTILLA   

TERESA  RUIZ  NÚÑEZ  

Secretaria  

    

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