20190(09-03-06)

2006

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 20190  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACION PENAL  

Magistrado  Ponente   

MAURO    SOLARTE  PORTILLA   

Aprobado  acta  número  21   

Bogotá  D.C.,  nueve  de  marzo  de  2006.   

          Decide  la  Corte  el  recurso  de  casación  interpuesto  por  el  defensor  de  Sirley Cardona,  contra  la  sentencia  proferida el 12 de junio de 2002 por el Tribunal Superior  del  Distrito Judicial de Antioquia, mediante la cual condenó a la recurrente a  la  pena principal de 13 años de prisión como autora del delito de homicidio y  por  el  mismo  lapso  a  la  accesoria  de inhabilitación para el ejercicio de  funciones públicas.   

Hechos  

          Así  pueden  narrarse  de  acuerdo  a  como fueron juzgados en las  instancias:   

En horas del amanecer del día 17 de junio de  2001,  cerca a las instalaciones de la empresa Sotrasabar del Municipio de Santa  Bárbara    (Antioquia),  César  Augusto  Vera  Montoya consumía licor en compañía de su hermano Diver  Alonso  y  su amigo Julio César Ramírez Vega, siendo a esa hora atacado por un  hombre  y  una mujer, quienes le propinaron, al primero de los nombrados, varias  heridas  con arma corto punzante que le ocasionaron la muerte instantes después  en el centro asistencial en donde fue atendido.   

En seguida, en inmediaciones de ese lugar, la  policía  capturó  a  Ever Alberto Velásquez y Sirley Cardona, de quienes dijo  fueron   sorprendidos  cuando  agredían  físicamente  a  César  Augusto  Vera  Montoya.   

Actuación  Procesal   

          1.  El  17  de junio de 2001, la Policía  del  municipio  de  Santa  Bárbara  dejó a disposición de la Fiscalía a Ever  Alberto   Velásquez   y   Sirley  Cardona,  a  quienes  señaló de ser los autores de la muerte violenta de  César Augusto Vera Montoya (fs., 1).   

2. Con base en esa  información,  el  19  de  junio  siguiente  la  fiscalía abrió investigación  penal    (fs.,    7),  (fs.,  15 y ss), y el 27 de  julio   les   resolvió   su  situación  jurídica,  imponiéndoles  medida  de  aseguramiento   de   detención   preventiva   (fs.,  67).   

          3.  Practicadas las pruebas decretadas en  el  curso  de  la  investigación,  y  estimando que algunas de ellas se podían  repetir  en  el  juicio, la fiscalía cerró la investigación mediante auto del  27    de    septiembre    de    2001   (fs.,  229), y el 17 de octubre siguiente  la  calificó, acusando a los sindicados de la comisión del delito de homicidio  simple (fs., 252).   

          4.  La  fase  del  juicio  la  asumió el  Juzgado  segundo  promiscuo  del circuito de Santa Bárbara, autoridad que en la  audiencia  preparatoria  llevada  a  cabo  el 24 de enero de 2002, resolvió las  nulidades  propuestas y se abstuvo de decretar la prueba pericial solicitada por  la defensa (fs., 328).   

5.   Mediante  sentencia   del   26   de   febrero   de   2002,  el  juzgado  absolvió  a  los  sindicados.   

El  Tribunal  Superior,  a  instancias  del  señor  Fiscal delegado, la revocó mediante la suya del 12 de julio de 2002, en  lo   que   respecta   a   Sirley  Cardona.   

DEMANDA     DE  CASACION   

          El  demandante  formula  dos  cargos contra la sentencia de segunda  instancia   

          Primer cargo (causal tercera)   

         

El           primero,  como  principal,  lo desarrolla  con   fundamento   en  la  causal  tercera.   

          Afirma  que  la  sentencia  se  profirió  en  un juicio viciado de  nulidad por infracción al principio de investigación integral.   

          En  efecto,  aduce  que  antes  del cierre de la investigación, la  defensa  solicitó  que  se  decretara  nuevamente  la  práctica  de  la prueba  testimonial      –  en   particular  la  que  recepcionaron  agentes  de  policía  judicial  por  su propia cuenta –  , y   pericial  –     la     dactiloscopia  – sobre el  arma  cortopunzante,  con  el  fin  de  demostrar  que  las huellas que allí se  pudiesen encontrar no son de la sindicada.   

          Empero,  pese a que el fiscal al cerrar la investigación encontró  que  algunos  de  los testimonios solicitados por la defensa podían practicarse  en  el  juicio,  el  Juez,  sin  mayores  argumentos,  desconoció  esa  orden y  consideró que la prueba no era conducente.   

          De  otra  parte,  aun  cuando la defensa siempre estuvo atenta para  intervenir  en  la  práctica de pruebas, no fue citada para tal efecto. Así, a  sus  espaldas,  se  recibieron  los  testimonios  de  Sergio Cock Mejía, Edison  Blandón  García,  Edison Fernández y Alvaro Grajales, y los de Gloria Cecilia  Quintana y Eusebio Jesús Castrillón.   

Dicho  lo anterior, en lo que constituye lo  que denomina demostración del cargo, señala que:   

                     

          Tales  vicios,  patentizan  una infracción del derecho de defensa,  pues  al  menos  respecto de dos de los testigos que declararon ante la policía  judicial,   no   fue  posible  que  la  defensa  los  interrogara.  1   

          Pero  lo  que  hace  más  evidente  la  vulneración de garantías  fundamentales,  es  el haber ignorado las decisiones de la fiscalía. En efecto,  el  juez  se  abrogó  competencias  que  no  tenía  y desconoció de facto las  resoluciones  del  fiscal.  Si  acaso  así  lo  estimaba, ha debido decretar la  nulidad de la actuación, lo que por supuesto no hizo.   

          Al  no  decretar  esas pruebas, dice el recurrente, el Juez olvidó  que,   

          “el  deber  del  funcionario  judicial no se agota en decretar la  práctica  de las diligencias pedidas, o de las que considere necesarias para el  establecimiento  de la verdad, además debe hacer todo lo que esté a su alcance  para   que   se  puedan  practicar.  Pues  tan  arbitrario  es  negarlas  siendo  conducentes,  como  ordenarlas,  pero  no  hacer  nada para que efectivamente se  recauden…”     2   

          De    lo    expuesto    concluye    que   surge   un   perjuicio           concreto, pues en la declaración rendida  ante  funcionarios  de  policía  judicial, Edison Blandón García –  quien le  imputó   el   hecho   a  la  procesada  –  fue  parco  con  relación  a otros  aspectos  de interés para el proceso y no fue interrogado sobre sus condiciones  anímicas y la manera cómo percibió los acontecimientos.   

         

Segundo   cargo  (causal primera cuerpo segundo)   

          En    el    segundo   cargo,          que          propone          como          subsidiario,  acusa a la sentencia de ser  ilegal   por  haber  incurrido  el  juzgador  en  errores  de  hecho     –  falso  raciocinio, identidad y existencia   –  y  de  derecho  –  falso  juicio  de  legalidad –.   

          Asegura  que  los  errores  recaen  tanto  sobre  las  pruebas  que  incriminan  a la acusada, como sobre las que hablan de su inocencia, por lo cual  deja  éstas últimas para analizarlas al final bajo el rubro del error de hecho  por  falso raciocinio. No obstante, con el fin de conferirle orden a la demanda,  la  Sala  resumirá los cargos de acuerdo a la clase de errores que se denuncia,  con el fin de guardar una secuencia armónica de la misma.   

          El    error   de   hecho   por   falso   juicio   de   identidad  se estructura, en su criterio,  al   apreciar   los   testimonios   de  Didier  Alonso  Vera,   Oscar   Castaño  Valencia,   José  Ospina  Arenas  y  Carlos  Alberto  Román  Villa,  cercenándolos,  tergiversándolos  y  distorsionándolos.   

          Así,   Didier  Alonso  Vera  señaló  que miró a la procesada y a otro individuo enfrentarse  con   su   hermano   –  como  también la sindicada lo reconoció  –, mientras  que  el  Tribunal,  valiéndose  de  las  expresiones utilizadas por el testigo,  concluyó   que   fue  sólo  la  mujer  quien  le  propinó  las  puñaladas  a  César  Vera. Si, concluye,  el  testigo  no  refirió  que  la  mujer  tuviese  un  arma blanca, entonces el  Tribunal  distorsionó  lo  expresado  por  el  declarante,  quien además dio a  conocer  las  características  morfológicas  del  hombre  que intervino en los  hechos,    sin   que   esa   información   le   causara   al   juzgador   mayor  preocupación.   

             

          De   otra   parte,   el   agente   Oscar  Castaño     y    el    patrullero    Carlos     Román    Villa,  se  refirieron  al hecho reconocido por  todos  de  que  una mujer y un hombre atacaron a César  Vera.  De éste modo, si el Tribunal, sin cercenarlos  ni  distorsionarlos,  hubiese  acogido en sus justas dimensiones los testimonios  de  los  personajes  indicados,  habría  concluido  que Ever Alberto Velásquez  participó en los hechos.   

          El    falso    juicio    de   legalidad,  recae,  a  su  juicio, en el proceso de aducción y formación del testimonio de  Julio     César    Ramírez    Vanegas,  pues  éste  en  la  diligencia no cumplió con la solemnidad de  suscribir su declaración.   

Agrega  que  si la Corte encontrase que esa  irregularidad  es  intrascendente, entonces deberá estudiar subsidiariamente el  falso  raciocinio  en que incurrió el Tribunal, al no considerar que el testigo  atravesaba    por    la    tercera    fase   de   la   embriaguez   –   ley   de  la  ciencia   –,  pues  había  consumido  alcohol  desde  las  7 de la noche del día anterior, lo cual  seguramente le impidió precisar detalles y acontecimientos.   

         

          Así    mismo,    incurrió    el    juzgador    en    falso  juicio  de  legalidad respecto a la  apreciación   de   los  testimonios  de  Sergio  Cock  Mejía,  Edison  Blandón  García  y  Adriana Patricia  Grajales  García, quienes declararon ante la policía  judicial,  autoridad que excediendo sus facultades legales, pues fue comisionada  solo  para  adelantar  labores  de  inteligencia  destinadas  a  establecer  las  circunstancias     en     que     ocurrieron     los     hechos     –   fs.,  136    –,  le  impidió  a  la  defensa  intervenir  en  su  práctica,  en  perjuicio   del   principio   de   contradicción  de  la  prueba.             

          En   el   mismo  vicio  se  incurrió  al  no  permitir  el  contra  interrogatorio  de Gloria Quintana Ceferino,  Evelio  Castrillón  Suaza   y   Luis  Bedoya  Quirama,  claro  que  esta  vez  por  parte  del  fiscal instructor, quien  además  al  cerrar  la investigación consideró que aquello se podía hacer en  el  juicio.  Mas  el  juez hizo caso omiso de esa decisión, perturbándole a la  defensa  el  principio  de contradicción de la prueba  (ley   74   de   1968   y  16  de  1972).   

          En  consecuencia,  los  testimonios  indicados  se han de excluir y  proferir el fallo con los legalmente incorporados al expediente.   

          De  otra  parte, considera que incurrió el Tribunal en un error de  hecho   por  falso  juicio  de  raciocinio,  al  apreciar  los  testimonios de Jorge  Iván  Quirama Alzate y Pablo  Morales  García,  quienes  declararon  que no fue la  acusada,    sino   Ever   Alberto   Velásquez   el   probable   autor   de   la  conducta.   

         

          El  Tribunal  no  les  dio  crédito  por el simple hecho de que el  esposo  de  la  acusada  les  solicitó  que  declararan,  y  en  efecto así lo  hicieron,  atribuyéndole  el  homicidio  a  Ever  Velásquez.  Sin  embargo, al  apreciar  sus declaraciones, desconoció la máxima de la experiencia que indica  que  ante la negligencia de las autoridades, son los defensores y los familiares  de  los  acusados  los  encargados  de  reconstruir la verdadera historia de los  procesos.   

          En  el  mismo error incurrió el Tribunal al no otorgarles crédito  a  Carlos Humberto Cadavid y  Alexis  Moncada  Ramírez. A  éste  en  especial,  que  compartió  celda  con  Ever Alberto Velásquez no le  creyó  por  sus  contradicciones,  a  pesar  de  que  en lo sustancial dijo que  Velásquez   le  comentó  que  él  fue  el  autor  de  la  conducta  y  no  la  procesada.   

          Desconoció  el  juzgador que las inexactitudes en una declaración  son  accesorias  y  no  pueden  poner en tela de juicio la esencia del objeto de  conocimiento.  De  haber  observado  esa máxima, el juzgador habría tenido que  concluir  que  una persona diferente a la acusada fue la autora de la muerte del  señor Vera.   

          Por  último,  aduce  un  falso juicio de  existencia,  el  cual,  a  su  juicio,  surge  por la  omisión de un indicio.   

          Señala  que  se  logró establecer que se utilizó una sola arma y  que  el  occiso  sufrió  varias heridas, las cuales describe. Así mismo que la  procesada  es  zurda,  y  de  baja  estatura.  Concluye,  entonces,  que resulta  difícil  aceptar  que  ella hubiese sido la autora de la muerte, pues la herida  del  brazo  va  de  derecha  a  izquierda,  y  ella  no  es diestra; y la herida  penetrante  en  el  esternón,  no  la  podía  causar una persona de contextura  frágil como la suya.   

          Si  además,  el  patrullero  Carlos Roman  Villa  ubica  a Ever Alberto  Velásquez  al  lado derecho de la víctima, entonces  con  toda  probabilidad éste fue el autor de las lesiones y posterior muerte de  César    Vera Montoya.   

          Pide,  en  consecuencia, casar la sentencia, con base en un lectura  sistemática de la prueba legalmente aportada al proceso.   

Concepto  del Ministerio  Público   

          A  juicio  del  Señor  Procurador  cuarto delegado en lo penal, la  demanda  no puede prosperar, pero si pide que oficiosamente se case la sentencia  para  corregir los errores relacionados con la imposición de la pena accesoria,  que  no  puede  ser  mayor  a  diez  años,  teniendo  en  cuenta que los hechos  ocurrieron con anterioridad a la ley 599 de 2000.   

          Señala  que  aun  cuando el demandante da a entender que conoce la  técnica  de  casación y la respeta en la postulación de los cargos, no ocurre  lo mismo con la fundamentación de los mismos.   

          En  cuanto  al  primer  cargo,  olvida  el casacionista que las autoridades judiciales no tienen  por  deber  decretar  todas  las  pruebas  solicitadas  por las partes, sino las  conducentes y pertinentes, y las favorables al procesado.   

          Resulta  así  que  no por haber dejado de practicar algunas de las  solicitadas  por la defensa, o diligenciado otras sin la presencia del defensor,  se  vulnera  el  principio  de  investigación  integral,  como  lo  pretende el  recurrente,  distorsionando  con  esa  finalidad  la  actuación  procesal  para  acomodarla a su pretensión anulatoria.   

          En  ese orden, hace ver que la fiscalía no decretó pruebas con el  fin  de  sujetar la actuación del juez, sino que hizo alusión a la posibilidad  de  recaudarlas  en  el juicio; por esa razón el juzgado consideró innecesario  reiterar en ellas y decretar un superfluo dictamen pericial.   

Además  de recurrir estas decisiones, la  defensa  en la etapa del juicio insistió en ellas, pero solo con relación a la  ampliación    de    los    testimonios    de    Luis  Bedoya  y  Gloria  Cecilia  Quintana,  y  en  la  prueba  pericial  tendiente  a  establecer,  según  dijo,  la  fuerza  que  se  necesita para causar el tipo de  lesiones que presentaba el occiso.   

         

De  otra  parte,  debe  anotarse  que  el  interrogatorio  de  los  testigos  no  es  la  única  manera de controvertir la  prueba,  pues  igual  se  lo  puede  hacer  aportando  otras  o  impugnando  las  decisiones   en   las   que   se   les  confiere  un  valor  persuasivo  que  no  corresponde.   

Por lo tanto, la censura no está llamada a  prosperar.   

          Segundo cargo.   

         

En  lo  que  se  refiere  al  falso  juicio  de  identidad, no basta la  comparación  entre lo que dice el medio y lo que de él dijo el Tribunal, sobre  todo  si  el  sentenciador  respetó  el  contenido  de  la prueba. Se requiere,  adicionalmente,  analizar  la  prueba  en  su conjunto, después de la necesaria  verificación  del  error cometido, para demostrar su incidencia en el contenido  del fallo.   

          Si   el   Tribunal   fue   fiel   a  lo  que  dijeron  Didier    Vera   y   los   agentes   que  intervinieron  en  la  captura,  acerca  de  la  destacada  participación de la  procesada,  no  encuentra  el  Ministerio  Público  ninguna  distorsión de los  medios de prueba.   

          Esa censura, a su juicio, no tiene por qué prosperar   

         

Lo   mismo  ocurre  con  respecto  a  los  falsos     juicios     de     legalidad     y    de  raciocinio              –  que  en  criterio  del  Procurador  es  posible  plantearlos simultáneamente en un mismo  cargo  con  respecto  a  un  mismo  medio  de  prueba  –   en   que   habría  incurrido    el   juzgador   al   apreciar   el   testimonio   de   Julio César Ramírez.   

En efecto, el hecho de que el declarante no  haya  firmado  la  diligencia en la que se recepcionó su testimonio no le quita  validez  alguna  a  la  prueba,  pues  es  evidente  que  aquel  dejó su huella  registrada en el acta de la misma.   

          En  cuanto al falso raciocinio, la afirmación de que aquel no pudo  percibir  los  acontecimientos  debido  a  la  embriaguez  en  que se encontraba  aquella  noche  no es más que una especulación del casacionista, sobre todo si  se  tiene  en  cuenta  que  aquel declaró en estado de sanidad de sus sentidos.   

          En  lo que si tiene razón es en el ataque que formula por la misma  vía    respecto   a   la   validez   de   los   testimonios   de   Sergio    Eduardo   Cock,   Edison    Blandón    y    Adriana  Grajales,  pues  aquellos fueron  aportados  a instancias de la policía judicial, que los decretó y recepcionó,  sin  que  se  les  hubiera  delegado  expresamente  tal atribución – artículos  309  del  decreto  2700  de 1991 y 311 ley 600 de 2000  –.   

          Eso  quiere  decir  que  por  su  ilegalidad  el Tribunal no podía  apreciarlos.  Pero  que  así  sea,  no significa que la exclusión de la prueba  lleve  al desquiciamiento del fallo, toda vez que la decisiòn se funda en otros  medios    persuasivos.   En   efecto,   Luis   Bedoya  Quirama  y  Gloria  Cecilia  Quintana  –  a  quienes  el defensor no concurrió a interrogarlos, siendo que  la   fiscalía   realizó  la  diligencia  en  la  fecha  previamente  decretada  –, declararon que vieron  a   la   mujer  portando  un  arma,  accionándola  en  contra  de  Vera    y   luego   deshaciéndose   de  ella.   

          Estas  declaraciones  comprometen  a la sindicada y son suficientes  para  mantener  la sentencia; son válidas y no las afecta el que el defensor no  hubiese  asistido  a  la  diligencia  en la cual se recibieron, sobre todo si lo  fueron en la fecha previamente indicada por la fiscalía.   

          Tampoco  el  error  de  hecho  por  falso  raciocinio,  relacionado  con  la apreciación de los  testimonios  de  Albeiro Otálvaro Giraldo,  Jorge Iván Quirama Alzate,      Pablo      César      Morales  García,  Carlos  Humberto  Cadavid  y  Alexis  Moncada  Ramírez,  mediante  los cuales la defensa pretendió  demostrar  que  la  autoría de las lesiones recaía en Ever Alberto Velásquez,  puede prosperar.   

          En  efecto, no por el hecho de que éstos hubiesen resaltado que el  autor    de    la    conducta    fue   Ever   Alberto  Velásquez,  ha de estarse a su versión. Nótese que  Otálvaro  Giraldo dijo que  los  sucesos  ocurrieron en un establecimiento de comercio, cuando lo cierto fue  que  ocurrieron  en  plena  vía  pública, hecho que da cuenta de la improbable  verosimilitud  del  testigo, quien ante esa evidencia resaltó en su ampliación  que   no   recordaba   nada   ni   menos   haber   declarado  en  el  curso  del  proceso.   

          Para  finalizar, sabido es, dice el Procurador, que el falso juicio  de  existencia  se  estructura  cuando  el  juzgador supone una prueba que no se  encuentra   en   el  expediente  u  omite  considerar  la  que  si  obra  en  el  proceso.   

Tratándose  de  la  prueba  indiciaria, el  censor  ha  debido  precisar  si  el  error  del  Tribunal  radica  en  el hecho  indicador,  en la inferencia o en la conclusión, pues hoy se acepta que solo es  dable,    atacar   la   inferencia   por   la   vía   del   error   por   falso  raciocinio.   

En  concreto  el censor no señala en donde  radica  el  error y se dedica a especular sobre la dirección de las heridas y a  realizar una serie de conjeturas que carecen de fundamento.   

          El     cargo     propuesto,     en     consecuencia,    no    puede  prosperar   

CONSIDERACIONES   DE  LA  CORTE   

          Primero:  El  censor  denunció,  en  el  primer   cargo,   que  la  sentencia   se   profirió   en   un   juicio   viciado   de   nulidad   (causal  tercera).   

          Hay  que  distinguir.  Cuando  se  trata  de  un vicio de rito, esa  manifestación  se  vincula  con el debido proceso, mientras que el de garantía  es  mucho mas afín con el derecho de defensa, del cual forma parte el principio  de investigación integral.   

Pues bien:  

Son  finalidades  del  proceso penal, entre  otras,  la  aproximación  a  la  verdad  histórica, la aplicación del derecho  sustancial  y  el respeto por las garantías del procesado, que suele dar origen  a  tensiones,  las  cuales,  tratándose  de  nulidades,  se resuelven, cuidando  siempre  de  preservar  el  derecho  de  defensa,  acudiendo a los principios de  convalidación,    trascendencia    y    protección  (artículo  310  de  la  ley 600 de 2000).   

Por lo mismo, cuando se acusa a la sentencia  de  haberse  proferido  en  un  proceso  viciado  de  nulidad por infracción al  principio  de  investigación  integral,  se debe partir de la idea de que es un  principio que,   

“no  puede ser entendido ni lo ha sido,  como  la necesidad de allegar y practicar todas las pruebas que puedan surgir en  las  mentes  de  los  jueces  o  los  sujetos  procesales, sino aquellas que son  conducentes  y pertinentes a los objetivos de la acción penal, siempre y cuando  se   encuentren  al  alcance  de  los  medios  que  están  a  disposición  del  instructor.” 3   

En     ese     orden     –  y  en  primer  lugar  –,  el  hecho  de  que  no  se hubiese  ordenado  ampliar las declaraciones de Adriana Grajales  García,  Edison  Blandón  García,  Gloria  Quintana  Ceferino, Evelio Castrillón  Suaza  y  Luis Emilio Bedoya  Quirama,   que   supuestamente   el  fiscal  habría  admitido,  con el fin de contrainterrogarlos, no es suficiente para acreditar la  violación  al  principio  de  investigación  integral,  pues  como con tino lo  anotó  el Ministerio Público, es al juez, dentro del ámbito de su autonomía,  a  quien  le  corresponde  analizar si las pruebas solicitadas son conducentes y  pertinentes  o  simplemente  superfluas, sin que para tal fin esté sujeto a los  preconceptos  del  fiscal,  pues aquel no es un amanuense de éste ni un notario  de sus actos.   

Ahora,  si  bien el artículo 401 de la ley  600  de  2000  refiere que en la audiencia preparatoria el juez resolverá sobre  la  repetición  de  aquellos  medios de prueba que no se tuvo la oportunidad de  controvertir,  no es menos cierto que el verdadero entendido de esa disposición  es  el  de que el contrainterrogatorio de los testigos no es la única manera de  controvertir  la  prueba,  pues  también  es  viable  hacerlo aportando otras o  impugnando  las  decisiones en las que se les confiere una valor suasorio que no  les corresponde.   

La  defensa, como lo muestra el expediente,  no  cesó  en  ese empeño, pues atenta estuvo a controvertir las decisiones del  juez    que   negaron   su   práctica   (fs.,   327  vuelta),   de  igual  manera  presentó  otras  para  controvertir   su  valor  persuasivo,  como  en  efecto  lo  hizo  mediante  los  testimonios  de  Jorge Iván Quirama Alzate   y  Pablo  Morales  García,  ejerciendo  de  ese modo plenamente el derecho de contradicción  que siempre le fue garantizado.   

          De  otra parte, el censor no analizó el contenido de la prueba, ni  mucho  menos  destacó  su  importancia  frente  a  las  demás  que obran en el  proceso,  con  el  fin de mostrar su importancia y la aptitud para incidir en la  construcción  del  fallo,  de  modo que por una y otra razón el cargo no está  llamado a prosperar.   

                    

Segundo: El segundo  cargo,  con  fundamento  en  el  cuerpo  segundo  de  la  causal  primera, contiene una serie de reparos que  han  debido  conservar  su  autonomía,  claridad  y  precisión,  los cuales ya  admitida  la  demanda la Corte los analizará, no en el orden propuesto, sino de  acuerdo a la temática que desarrollan.   

2.1. Con respecto  al    falso    juicio    de    identidad,  la literatura de esa modalidad de error enseña que al censor le  corresponde  demostrar,  desde  un plano eminentemente objetivo, que el juzgador  distorsionó  el  medio,  lo  tergiversó,  cercenó  o adicionó, realizando un  juicio  de  comparación  entre  lo que expresa el medio y lo que de él dijo el  juzgador en la sentencia.   

Esa es una primera fase, la cual ciertamente  el  demandante aborda, pero sin trascenderla, razón por la cual, como se verá,  no  logra  acreditar  la incidencia del error. En efecto, el demandante parte de  un  supuesto  inevitable:  que el Tribunal no tergiversó el medio de prueba, lo  cual  de  entrada descarta la prosperidad de la censura. En efecto, en concreto,  Didier  Alonso  Vera Montoya  expresó:   

“…yo  sentí  como  mucha  algarabía y  escuché  cuando un amigo mío Julio estaba como gritando en la esquina y de una  me  fui  para  allá  y ya vi que alguien estaba ultrajando a mi hermano César,  y   vi  que  le  daba a mi hermano, yo estaba un poco retirado del lugar de  los  hechos, y cuando yo llegué a donde estaban ellos, yo solo me preocupé por  mi  hermanito  César  y yo lo vi en el suelo tirado y yo me tiré a cogerlo del  suelo   de  una  …  lo  único  que  se  es  que una mujer mona lo estaba  tratando  muy  mal  en  el  suelo  a  mi  hermanito  y  ya  mi  hermanito estaba  herido…”   

El    Juzgador,    por    su    parte,  expresó:   

         

          “…     al    salir    de    allí    vio    que    ‘una mujer mona lo estaba tratando muy  mal  en el suelo, le daba en el suelo a mi hermanito y ya mi hermanito estaba ya  herido’.  Dice  que  la  mujer  es  conocida  como Sirley. Lo mismo reitera a lo largo de su exposición,  pues   repite   que   vio   a  la  mujer  encima  de  su  hermano:  ‘yo  vi  una  mujer  mona encima de mi  hermano dándole.”   

A  partir  de  esos  elementos  de  juicio,  nótese  que  si  la  demostración  del  error  de  hecho  por  falso juicio de  identidad  exige   constatar  la  deformación del testimonio por parte del  juzgador,  tal cometido le era imposible acreditarlo al demandante, toda vez que  el sentenciador fue fiel al medio, tal como se puso de presente.   

Ahora,   si   en   una  segunda  fase  al  casacionista  le  corresponde  acreditar  la  incidencia  del yerro mediante una  nueva  apreciación  en  conjunto  de los medios de prueba, entonces tal empresa  resultaba  imposible.  Claro, porque el Tribunal reafirmó su convicción acerca  de  la  responsabilidad  de la procesada, entre otras pruebas, con el testimonio  de   Gloria   Cecilia  Quintana  Ceferino.   

En   efecto,   al  respecto  señaló  lo  siguiente:    

“…Se  aprecia  a  fs.  200  a  202  la  declaración  de  la  señora  Gloria Cecilia Quintana  Ceferino      quien      dice     …’yo  vi que la señora en dos veces le  hizo  acá  con  la mano, yo pensé que era que le estaba dando puños, después  de  que  ella  le  hizo  en dos veces así, sacó el pie y le dio o le pegó dos  patadas  …me  fui a ver lo que estaba pasando porque vi al mono que estaba con  el  difunto,  porque lo distingo a él de vista, me acerqué y ya vi que era que  lo   había   chuzado.’  Agrega  que al acercarse al lugar de los hechos constató que la mujer tenía en  su  mano  una  navaja  y  la  tenía ensangrentada, que en ese momento llegó la  policía y debió haberle quitado la navaja a la dama.”   

          El  hecho  de que la testigo se hubiese referido a la intervención  de  otra  persona,  no  equivale a decir que el Tribunal cercenó el testimonio,  sino  que  de  la  declaración  tomó  los  apartes  que  concuerdan  con otras  versiones,  para concluir que fue la acusada y no otro quien causó la muerte. Y  si  se  tomase en cuenta que fueron una mujer y un hombre los que intervinieron,  eso  no  significa  que la mujer no fuese la autora del comportamiento, sino que  otro  actuó  en  los  hechos,  aun  cuando  fue  absuelto,  pero  nada  mas que  eso.   

          Por  lo  expuesto,  bien  está decir que el censor no demostró el  cargo,  bien  sea  porque  no  logró  acreditar que el juzgador distorsionó la  prueba,  o  ya porque omitió el análisis sistemático de la misma, lo cual con  seguridad  obedece no al descuido u olvido del recurrente, sino a una estrategia  para   no   afrontar   la   seriedad   del   estudio   del   resto   de  pruebas  incriminatorias.   

          De  igual  manera,  con  esa  particular  dinámica  que le permite  aislar     los     medios     de     prueba     del     conjunto    –  nuclear  a  la  hora  de argumentar  cuando  se  acude  a la vía indirecta –,  cuestiona esta vez la apreciación de los testimonios del agente  Oscar  Castaño  Valencia  y  del  patrullero Carlos Alberto Román Villa.   

          Estos      dijeron      que     Sirley  Cardona  atacaba  a  César  Augusto    Vera;    también    que    Ever  Alberto  Velásquez  lo golpeaba. De  allí  el  demandante  infiere  que  surge  la  duda  respecto  de  quien fue el  verdadero autor de la conducta.   

          Pues bien.   

Es la argumentación del casacionista la que  deja  dudas  y  no  el proceso. En efecto, no se alcanza a discernir si pretende  acusar  al  juzgador  de haber incurrido en un falso juicio de identidad o en un  falso  raciocinio,  caso  éste  en  el  cual  la propuesta no puede reducirse a  verificar  mediante  la  confrontación  de  las  pruebas  lo que ellas enseñan  – objetivo contemplativo  –,  sino  a demostrar la  equivocada         argumentación        del        juzgador        –      raciocinio     –.   

Con todo, al igual que al comienzo, dígase  que  el  Tribunal  articuló los testimonios de los agentes y el de Gloria  Cecilia  Quintana  Ceferino, y de  ellos,  como  debe ser, concluyó que reafirmaban la muy puntual aseveración de  la  testigo,  según  la  cual  fue  la sindicada, y no quien la acompañaba, la  autora del homicidio.   

La   censura,   por   éste   motivo,  no  prospera.   

2.2.    El  falso  juicio  de legalidad,  según      el     recurrente,     se     estructura     porque     (i)  Sergio Cock  Mejía,   Edison  Blandón  García  y  Adriana Patricia  Grajales,   declararon   ante  agentes  de  policía  judicial  que  no  tenían  competencia  para recaudar la prueba, y (ii)   en   razón  a  que  Julio  César  Ramírez  no suscribió el  acta que contiene su declaración.   

Tiene   razón  con  respecto  al  primer  reproche.  Pero  así  mismo, como lo sugiere el Ministerio Público, aun cuando  desde  otra  perspectiva,  el  error  no  trasciende la declaración de justicia  final.   

Veamos:  

De   acuerdo   con   el   principio   de  jurisdiccionalidad,  que  es  propio  del  proceso  penal, les corresponde a los  fiscales   investigar   y   acusar   a  los  presuntos  infractores  de  la  ley  penal (artículo 259 de la Constitución)4.  Sobre  el  tema  y  la  posibilidad de que la policía actúe por cuenta propia se ha dicho  que,   

“esa  fórmula  implica  que  el  Fiscal  General  de  la  nación,  o  sus  delegados,  tienen a su cargo la dirección y  coordinación  de  las funciones de policía judicial (artículo 311 del código  de  procedimiento  penal),  y  que  una  vez el fiscal asume la dirección de la  investigación,  no  puedan  los funcionarios de policía judicial, realizar por  su  propia  cuenta diligencias que de manera privativa le han sido encargadas al  ente  investigador.  No  por  otra  razón  se  advierte,  perentoriamente,  que  iniciada  la investigación, la policía judicial solo actuará por órdenes del  fiscal (artículo 316 idem).”   

          “No  es,  como  podría  pensarse,  lo  antes  dicho,  una simple  fórmula  de  organización  de  la función de investigación, sino una visión  que  corresponde  a  una  concepción  del  proceso  que  tiene  como  principal  fundamento  la  defensa de los derechos y garantías fundamentales de la persona  sometida  a  proceso  penal y que en la medida que se acaten y respeten aseguran  la  veracidad,  la  imparcialidad  y  el  control  de  la  prueba y de los actos  judiciales …”   

“…Por lo mismo, lo que se haga por fuera  de  ese  marco  específico  de  atribuciones,  que  es por esencia excepcional,  carece  de  eficacia  probatoria  por sí mismo.” 5   

          Es,  tratándose  de  pruebas, un problema de legalidad, pues si la  decisión  se  elabora  con  apoyo  en declaraciones practicadas por la policía  judicial  por  fuera  de la delegación (artículo 316  de  la  ley 906 de 2004), se incurre en infracción al  principio  de legalidad de la prueba, de modo que al apreciarlas, estando vedado  hacerlo, se les confiere una eficacia que la ley no les otorga.   

         Mas  en  esta  sede,  por ser un juicio  extraordinario  de  legalidad  y constitucionalidad a la sentencia, no basta con  denunciar  ese  tipo  de  errores,  como  quiera  que  es  menester demostrar la  influencia  de  ese  tipo  de  apreciaciones  indebidas en la conclusión final,  hasta  el  punto  que de eliminarse el vicio el fallo resultaría diametralmente  distinto a la declaración de justicia final.   

Precisamente  eso  es lo que el censor no  logra  demostrar, pues denuncia el error, pero no su incidencia, toda vez que lo  único  que  atina  a  decir  es  que  luego  de  excluir  los medios de prueba,  “el  fallo se verá seriamente resquebrajado, en la  medida      en      que      dichas      pruebas      fundaron      parcialmente  la  sentencia,  por manera  que,    se    impondrá    ineludiblemente   la   duda   probatoria.” (se resalta)   

Si  el mismo demandante reconoce que éstas  declaraciones  “fundaron  parcialmente  la  sentencia”,  entonces  es porque  otras  también  lo fueron, de manera que desde esa perspectiva la censura está  llamada al fracaso.   

          Si  tal  ataque  no  está  llamado  a prosperar, menos lo será el  relacionado   con   la   supuesta   ineficacia   del  testimonio  de   Julio   César  Ramírez  Vanegas.  En  efecto,  aquel  estampó en el acta de la diligencia su huella digital, y esa es  razón    suficiente    para    dar    razón   de   su   validez   –  artículo 147 de la ley 600 de 2000  –,  máxime  si  en  la  diligencia    intervino    el    defensor    de    la   procesada   –   fs.,   32   vuelta   –.   

          Además,  se  consigna  en  la demanda que si no se acepta el error  denunciado  en  relación  con  éste testigo, se examine el falso raciocinio en  que  pudo  haber  incurrido  el  juzgador al apreciar el mismo, sobre la base de  proponer este cargo como subsidiario.   

          Dígase  al  respecto  que  es posible, respetando la autonomía de  las  causales,  proponer  diversos  cargos,  los  cuales  se  han de formular en  capítulos  separados.  Lo  que  si  no es admisible, ni aun bajo pretexto de la  subsidiariedad,  es  proponer  censuras  contradictorias,  dado  que lo que ello  demuestra  es  que  el demandante no tiene claro cuál es el verdadero error que  se  configura, si la prueba es legal o si se apreció erróneamente, cuando esto  último supone aceptar la validez de la misma.   

          Con  todo,  el  recurrente  no postula razones serias acerca de los  motivos  que darían origen a un falso raciocinio, porque a poco se advierte que  lo  que  busca  es  anteponer su criterio al de las instancias, al decir que una  persona  ebria no puede percibir los hechos con la precisión de una persona que  se  encuentra  en estado normal, en el lenguaje cifrado de una especulación que  como tal no tiene respaldo en el expediente.   

          2.3.  Del falso  raciocinio  se  ha  dicho  que  es  un tema en el que  subyace  una  equivocada  argumentación,  que surge bien sea porque el juzgador  ignora  las  reglas  de la lógica, las leyes de la ciencia o las máximas de la  experiencia.  Es, pues, un problema de persuasión, cuya denuncia exige respetar  el  contenido fáctico de la providencia y la materialidad de la prueba, en aras  de  demostrar  que no es en la prueba en sí, sino en el método de conocimiento  en donde radica el error.   

          De   otra   parte,   tratándose   de   un  problema  esencialmente  argumentativo,  es  necesario enseñarle a la Corte cual es la regla general que  el  Tribunal  infringió.  Claro, porque se trata de un razonamiento en donde se  deduce  nuevos  conocimientos  de  otros establecidos anteriormente.6   

En   ese   orden,   el   censor   cree,  equivocadamente  desde  luego,  al  menos  con  relación  a  los testimonios de  Jorge  Ivan Quirama Alzate y  Pablo     César     Morales    García,  que  por haber declarado a instancias del marido de la procesada  – que fue la persona que  los   buscó  –,  no  se  demerita  su  veracidad,  pues  la  regla general, según el censor, enseña que  ante   la  deficiente  labor  de  los  organismos  de  investigación,  son  los  familiares quienes deben dedicarse a investigar la verdad.   

          La   del  demandante  es  una  conclusión  exótica.              Con todo,  mas  que  una regla, el demandante lo que enuncia es una visión subjetiva y muy  particular  que corresponde a su modo de ver las cosas y que no puede ser objeto  de  verificación  empírica. Si lo es, en cambio, el que el Tribunal no tuviera  en  cuenta  esos  testimonios,  no  por  esas razones, sino porque faltaron a la  verdad,  pues  ante  la  vista  de  todos,  los  hechos  ocurrieron  en la plaza  pública,  mientras  que  para éstos lo fueron en un sitio cerrado; mientras la  mayoría  vieron  accionar  el  arma a la mujer, con los testigos de descargo se  pretendió mostrar que fue el hombre quien lo hizo.   

          El cargo, pues, no está llamado a prosperar.   

          2.4.   Cuando   de   atacar   la  prueba  indiciaria  se  trata, el demandante debe acreditar que la equivocación yace en  la  apreciación  de los medios demostrativos de los hechos indicadores, o en la  inferencia,   o   en   el   proceso  de  valoración  conjunta,  convergencia  y  concordancia de los varios indicios entre si.   

         Por  tales  razones, el demandante debe  indicar  en  que  momento de la construcción indiciaria se produce el error, si  en  el  hecho  indicador, o si en la inferencia por violar las reglas de la sana  crítica,  caso  en  el  cual  ha  de  señalar  en  concreto  que dice el medio  demostrativo  del hecho indicador, como construyó la inferencia el juzgador, en  qué  consistió  el  yerro,  y  que  grado  de  trascendencia tuvo éste por su  repercusión  en  la  parte  resolutiva  del fallo. 7   

          Supone  el  libelista que el juzgador no tuvo en cuenta un indicio,  y  particular  que  dejó  de  apreciar  hechos  indicadores de los cuales   infiere  que  la  procesada  no pudo cometer la conducta que se le imputa, tales  como  el de que la mujer es zurda y no diestra, aspecto que no sería compatible  con la descripción de las heridas.   

          Contrariando  toda  técnica,  el censor cree que toda conjetura es  un  indicio,  o que el indicio también es una suposición o una afirmación del  recurrente  sin respaldo alguno. Solo así se explica que refiera como argumento  que  la dama era zurda y que por tanto no podía causar heridas que la necropsia  indicó  que  tenían  una trayectoria de derecha a izquierda, sin indicar cuál  es  la  prueba del hecho indicador, sin cuya identificación no puede realizarse  inferencia alguna.   

          De  todas maneras a ese planteamiento habría que responderle   –     al   parecer  como  es  la  única  manera  de  hacerlo  –  por el  absurdo  que  representa,  que en ninguna parte del expediente existe constancia  alguna  de  que la procesada fuese zurda. Pero si lo fuera, aun cuando según la  lógica  del recurrente los zurdos solo pueden causar heridas con trayectoria de  izquierda  a  derecha,  esa  no  sería  razón para descartar la autoría de la  procesada.  En efecto, la ampliación de la diligencia de necropsia indicó, con  respecto a la herida número 3, lo siguiente:   

“¨3.5  centímetros  en  región  paresternal  izquierda  con  quinto  espacio  intercostal,  con  dirección  adelante  hacia atrás y de arriba hacia  abajo,    con    discreta    dirección   izquierda  derecha, y de profundidad 5 centímetros, que produce  en   corazón   herida   de   2  centímetros  de  ventrículo  derecho.”  (se  resalta)   

          Como  se  comprende, el censor no logra demostrar cuál es el hecho  indicador  y  por  lo  tanto  su  conclusión  no  es  una  inferencia, sino una  afirmación indefinida. En consecuencia, el cargo no prospera.   

CASACION  OFICIOSA   

De acuerdo con la ley sustancial que rige el  presente  asunto,  cuando  la  pena  de  interdicción  de  derechos y funciones  públicas  se  impone  como  accesoria  a la de prisión, no pueda exceder de 10  años,     según    lo    establecen    los    artículos    44    (modificado  por  el  28 de la ley 40 de 1993 y luego por el 3º de  la  ley  365  de  1997)  y  52  del  Código penal de  1980.   

La  procesada  fue  condenada  a  la  pena  privativa  de  la  libertad  de  13  años  de  prisión,  y  a  la accesoria de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el mismo término, de  acuerdo  con lo dispuesto en la ley 599 de 2000, que fue la norma que se dispuso  aplicar en relación con la pena privativa d ella libertad.   

Con  el fin de salvaguardar el principio de  la  legalidad  de  las  penas, la Corte hará uso de la facultad otorgada por el  artículo  216  del  estatuto Procesal de 2000, para corregir oficiosamente este  desacierto.   

   

En  mérito  de  lo  expuesto, LA  CORTE  SUPREMA  DE  JUSTICIA, SALA DE CASACION PENAL,   administrando  justicia  en  nombre  de  la  República  y  por  autoridad de la ley,   

RESUELVE:  

1.  DESESTIMAR  la  demanda  de  casación  presentada por la defensora de la procesada Sirley Cardona.   

2.   CASAR PARCIALMENTE,  de  manera  oficiosa,  la  sentencia  impugnada,  para  fijar en  diez   años  la  pena  accesoria  de interdicción de derechos y funciones  públicas.   

En    lo    demás    el    fallo    se  mantiene.   

Cópiese,  Notifíquese  y  devuélvase  al  tribunal de origen.   

MAURO    SOLARTE  PORTILLA   

SIGIFREDO          ESPINOSA  PÉREZ                 ALFREDO         GÓMEZ  QUINTERO   

EDGAR            LOMBANA  TRUJILLO           ALVARO O. PÉREZ  PINZÓN   

MARINA        PULIDO        DE  BARÓN             JORGE       LUIS       QUINTERO  MILANÉS         

YESID           RAMÍREZ  BASTIDAS            JAVIER  DE  JESÚS ZAPATA ORTIZ   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria   

    

1  Se  refiere  a  los  testimonios  de  Sergio  Eduardo Cock, Edison Blandón García,  Edison Martínez y Adriana Patricia Grajales.   

2  Corte Suprema de Justicia, Sentencia del 28 de agosto  de 1997.   

3 Corte  Suprema  de  Justicia, Sala de casación penal, radicado 11127, 22 de octubre de  1999.   

4  Original artículo 250 de la Constitución Política.   

5  Corte     Suprema     de    Justicia,    sentencia  20429   

6 P.V..  Kopnin, Lógica dialéctica, Editorial Grijalvo, pag 194   

7 Cfr.,  por todas, casación de marzo 10 de 2004, radicación 18328.     

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