19989(24-04-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 19989  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA   DE   CASACIÓN  PENAL   

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO  ORLANDO  PÉREZ  PINZÓN   

APROBADO ACTA No. 47  

Bogotá,  D.  C., veinticuatro (24) de abril  del dos mil tres (2003).   

ASUNTO  

          Se  decide  el  recurso de casación interpuesto por el defensor del  señor  OSKAR  AUGUSTO BELTRÁN FIGUEREDO contra  la  sentencia  del  21  de  febrero del 2002, dictada por el  Tribunal Superior de Villavicencio.   

HECHOS  

          Durante  los trabajos de demolición del teatro Cóndor de la ciudad  de  Villavicencio,  muchos problemas surgieron entre los trabajadores de la obra  y  las señoritas CONSUELO y CLARA EMILIA PEÑUELA HERNÁNDEZ, que habitaban una  casa  colindante.  Uno  de  ellos  se  produjo en la noche del 9 de diciembre de  1997,  cuando  el  soporte de un andamio cayó sobre el techo de esta propiedad,  lo  que motivó que las vecinas, como no obtuvieron el apoyo de la policía a la  que  rápidamente  llamaron,  buscaran  la  protección de su abogado, el doctor  OSKAR    AUGUSTO    BELTRÁN   FIGUEREDO,  quien  una  vez  en el sitio, después de hacerles reclamos a los  obreros,  advertirles  que  si  se subían a las vigas que separan los inmuebles  mataría  a  quien  lo  intentara  y  hacer dos tiros al aire, disparó hacia el  teatro ocasionándole la muerte a ORLANDO MOLINA BOLAÑOS.   

ACTUACIÓN  PROCESAL   

          Luego  de  ser  escuchado  en indagatoria por un fiscal seccional de  Villavicencio,       al       doctor      BELTRÁN  FIGUEREDO se le aseguró con detención preventiva por  el  delito  de  homicidio.  Por este ilícito y el de porte ilegal de armas, fue  convocado   a  juicio  mediante  resolución  del  5  de  junio  de  1998.    

         

          El  19  de  enero del 2001, el Juzgado Tercero Penal del Circuito de  la  misma  ciudad  lo  condenó  por  las  mencionadas  conductas  a 26 años de  prisión  e  interdicción  de derechos y funciones públicas por el término de  10  años,  así  como  al  pago  de la suma equivalente a 5.000 gramos de oro a  título de perjuicios.   

La  decisión,  impugnada por el procesado y  por  su  defensor, fue confirmada por el Tribunal Superior en providencia del 21  de  febrero  del  2002,  que  sin  embargo  redosificó  la pena en virtud de la  favorabilidad  derivada  de la vigencia de la Ley 599 del 2000, fijándola en 14  años  de  prisión.  También  disminuyó  a 4.000 gramos de oro el monto de la  indemnización de perjuicios.   

LA  DEMANDA   

          Tres  cargos,  con  apoyo  en la causal primera de casación, cuerpo  segundo,      formuló      el      defensor     del     doctor     BELTRÁN   contra  el  fallo  de  segunda  instancia:   

          Primer cargo.   

          Violación  indirecta de la ley sustancial por error de hecho, en la  modalidad   de   falso  juicio  de  existencia,  tanto  por  omisión  como  por  suposición de prueba, por las siguientes razones:   

          1.  El  Ad  quem  ignoró  el  acta  de inspección de cadáver en cuanto consignaba que, revisado  el   libro  de  población  que  lleva  la  policía  nacional  en  el  hospital  departamental,  se  constató  que la persona que condujo allí al señor MOLINA  BOLAÑOS dijo que quienes lo hirieron habían sido unas mujeres.   

          Además,  en  la  transcripción  de la filmación se aprecia que un  hombre le reclama a CLARA EMILIA PEÑUELA haber disparado.   

          2.  Desconoció  también  la  prueba científica que establecía la  posición  del procesado respecto de la víctima. De haberla examinado, habrían  quedado  sin  piso  las  hipótesis  pues,  según  el  croquis del lugar de los  hechos,  si  el  disparo se hubiese realizado de frente, el proyectil no hubiera  salido  por  el lado izquierdo de la espalda; el diagrama de trayectoria muestra  un  disparo hecho en diagonal y no de frente, como lo aseguró el Tribunal; y el  protocolo  de  necropsia  aportaba  igualmente  valiosos  elementos de prueba en  cuanto    indicaba    una    trayectoria   anteroposterior,   derecha-izquierda,  superoinferior.   

          3.    Desestimó    la    lesión   que   el   doctor   BELTRÁN tenía en su brazo izquierdo, que  se  produjo  al  evitar  la  caída  del andamio en el que se encontraba, herida  cortocontundente  por  arrastre  a  que  alude  el  reconocimiento  de  medicina  legal.   

          4.  No  tuvo  en cuenta la inspección judicial en la que el perito,  al  referirse  al  sitio  por donde se movilizó el procesado, dice que existía  maniobrabilidad  sólo  con un miembro superior porque con el otro era necesario  sujetarse;   la   afirmación  de  los  técnicos  en  criminalística,  quienes  informaron  que  era  riesgoso caminar por el andamio que transitó BELTRÁN  FIGUEREDO pues se puede perder el  equilibrio  e  inclinarse hacia el muro, que fue lo que a él le sucedió; ni el  testimonio  de  RICARDO  ANÍBAL  MONTOYA  OCHOA  sobre  el estado físico de la  vivienda,  que  recomendó  desocupar  de  inmediato  por  el  grave peligro que  representaba para sus moradores.   

          5.  Ignoró  la  prueba  de  absorción  atómica, según la cual el  procesado  disparó  con  la  mano izquierda, la misma que aparece lesionada, lo  que  permite  concluir  que  efectivamente  el  arma se accionó accidentalmente  cuando aquél trató de asirse al muro.   

          6.  “Ignoró  la  prueba  pericial existente a F. 134 del C. O. No  2”.   

Seguidamente,  en un capítulo que denominó  “demostración  del  error”, reiteró las omisiones del fallador para dudar,  con   apoyo   en   las   dos  primeras,  que  BELTRÁN  FIGUEREDO  hubiese  sido el autor del disparo letal; y  con  fundamento  en  las  siguientes, para afirmar que sí lo cometió, pero por  caso fortuito.   

Segundo cargo.  

          Violación  indirecta  de la norma sustancial por error de hecho, en  la modalidad de falso juicio de identidad.   

Dijo  que si el Tribunal hubiera valorado la  prueba  en  conjunto  y  objetivamente, no sólo la perjudicial al procesado, es  decir,  “de  haber  aplicado  las  máximas de la experiencia, la lógica y la  sana crítica, bien diferente hubiese sido la sentencia”.   

Y  aunque  el  fallo  de  segunda instancia,  según  el  Ad quem, se basa  únicamente  en  los  testimonios  de JOSÉ GREGORIO CEPEDA, LUIS ENRIQUE PARRA,  ALEXIS  HIGUITA  y JAIRO ARDILA, en realidad omitió analizarlos; desconoció la  relación      sentimental      entre      BELTRÁN  FIGUEREDO   y   CLARA  EMILIA  PEÑUELA,  compañeros  permanentes   desde   antes   de  la  tragedia;  no  analizó  los  antecedentes  conflictivos  entre  los trabajadores de la demolición y la familia PEÑUELA ni  la  alteración  del  ánimo  la  noche  de  los  hechos;  desestimó  el factor  oscuridad,  al  que  se  refieren  los  testigos,  de manera que mienten quienes  dijeron  haber  visto  al  procesado  cuando  disparaba;  negó  que  el  doctor  BELTRÁN    tuviera   una  linterna,  conclusión  a  la  que  arribó  porque  tergiversó  la  prueba que  sostiene  lo  contrario; y, finalmente, distorsionó también la prueba sobre el  porte  ilegal  de armas, porque de haberla valorado habría considerado el grave  e  inminente  peligro  que  se  presentó  a raíz de la llamada telefónica que  recibió el procesado, y lo hubiera absuelto por ese cargo.   

          Para  demostrar  el error, sostuvo que los cuatro testimonios en los  que  se  apoyó  el Tribunal para confirmar la sentencia de primera instancia en  realidad  no fueron examinados por el fallador, omisión que le impide al censor  conocer  las  razones  por  las  cuales sirvieron de sustento, mucho menos si se  tiene  en  cuenta  que  CEPEDA  no  supo quién disparó e inicialmente dijo que  habían  sido unas mujeres; PARRA anotó que el procesado le apuntó con el arma  a  cuatro  personas  que se hallaban al frente, pero seguidamente manifiesta que  no  se pudo dar cuenta de cómo estaba vestido aquél, por la oscuridad; HIGUITA  informó    que    el   doctor   BELTRÁN  les  apuntaba  con  el  arma,  que  había  buena  visibilidad -no  obstante  que  toda  la  prueba  se  refiere  a la oscuridad del lugar- y que la  víctima  increpó  al abogado porque les disparaba, cuando en realidad, como lo  dijo  quien  se  hallaba  a  su  lado  esa  noche, no pronunció palabra; y, por  último,     ARDILA    manifestó    que    BELTRÁN  FIGUEREDO  amenazó  con matar si los obreros seguían  trabajando,  que  escuchó  tres disparos, que estaba oscuro y se hallaba a unos  40  metros  de  distancia,  de  manera  que  “este testimonio no vale nada”.   

          Agregó   que   el   Tribunal   apreció  sólo  una  parte  de  las  manifestaciones  hechas  por  el  procesado,  dejando  de  lado, por ejemplo, la  relacionada  con  el  vínculo afectivo que lo unía a CLARA EMILIA PEÑUELA, lo  que  debía  establecer  una  diferencia en su comportamiento pues una sería la  actitud  del  abogado  cuyos  servicios son requeridos por un extraño y otra si  además  está  en  peligro  la vida de su compañera. Esta situación es la que  explica  por  qué  llegó  amenazando  de  muerte  si se violaba ese domicilio.   

Sin   embargo,   el  evidente  traumatismo  psíquico  sufrido  por  el  procesado  no le mereció ninguna consideración al  Ad quem.   

          Falso    juicio   de   identidad   lo   constituye,   también,   el  desconocimiento  de  la prueba que demostraba el alterado estado de ánimo tanto  de  las  PEÑUELA  como  de  los  trabajadores,  lo que dio lugar a los disparos  disuasivos  que  se  hicieron  en  el  sitio.  No  obstante, el Tribunal no hizo  referencia   alguna  a  “los  motivos  determinantes  y  demás  factores  que  influyeron  en  la  violación  de  la  ley  penal”, como lo exige el estatuto  procesal, y por eso confirmó la decisión de primer grado.   

          Anotó  que el fallador le otorgó valor probatorio a unos medios de  convicción  sin  precisar  su  importancia,  desconociendo  lo  ordenado por el  inciso   2º.  del  artículo  238  del  Código  de  Procedimiento  Penal;  que  distorsionó  la  prueba  porque  le concedió un alcance que no tenía y que si  hubiera  desechado  los  testimonios a los que dio credibilidad, el único medio  de  convicción  subsistente hubiera sido entonces la indagatoria, de manera que  la sentencia habría tenido que ser absolutoria.   

          Por  último,  respecto  del porte ilegal del arma, dijo que a pesar  de  estar  autorizada  la  tenencia  sólo  en su domicilio, se demostró que el  procesado  tuvo  que  trasladarla  a  la  residencia de la familia PEÑUELA para  defender  un  derecho  ajeno  de una acción injusta, prueba tergiversada por el  Tribunal  que  supuso  que el propósito era el de agredir a los trabajadores de  la demolición.   

          Tercer cargo.   

          La  sentencia  violó  de  manera  indirecta  la ley sustancial, por  error  de  hecho  en  la  modalidad de falso raciocinio, pues el Tribunal le dio  fuerza  de  convicción a unos indicios para inferir que mostraban la intención  homicida del procesado.   

          Sin  embargo,  si  en  realidad  hubiese  existido  dolo, no habría  aconsejado  a  las  señoritas  PEÑUELA  que llamaran a la policía, no hubiera  tratado  de  atemorizar  a  los trabajadores con palabras amenazantes ni hubiese  hecho los dos disparos disuasivos.   

          Finalmente,  después  de indicar lo que no debió hacer el Tribunal  –incurrir  en cada uno de  los    yerros    indicados-    y    lo    que    debió    hacer    –aplicar  los  principios de buena fe y  prevalencia  del  derecho sustancial, observar el debido proceso, darle campo al  in  dubio  pro  reo,  hacer  prevalecer  la presunción de inocencia, exponer razonadamente el mérito de las  pruebas,  desestimar  la testimonial, acoger la versión del procesado y admitir  el  caso  fortuito-, el libelista solicitó que se casara la sentencia impugnada  y   en   su   lugar   se   profiriera  la  sustitutiva  que  en  derecho  debía  corresponder.   

         

EL    MINISTERIO  PÚBLICO   

          Antes  de  referirse  a  la  cuestión  de  fondo  planteada  por el  recurrente,  la  señora  Procuradora  Primera  Delegada para la Casación Penal  destaca  los  defectos técnicos de la demanda que, a su juicio, son suficientes  para que los cargos no prosperen.   

Señala,  en  ese  sentido,  que  el  censor  entremezcló  en cada uno de los reproches las diversas modalidades del error de  hecho,  para  intentar  demostrar  de  manera simultánea la existencia del caso  fortuito,  la  legítima defensa y la duda sobre la responsabilidad, que por ser  excluyentes  ha debido proponer y acreditar de manera separada. Considera que el  demandante   confundió   los   errores   de   apreciación  probatoria  con  su  inconformidad  frente  a  la valoración que el sentenciador le dio a los medios  de  prueba,  lo  que  explica  que  a  pesar  de invocar falsos juicios, todo su  estudio no pase de ser un alegato de instancia.   

          Sobre  el  primer  cargo,  dice  la  Delegada,  es  cierto  que  los  juzgadores   no  apreciaron  de  manera  individual  varios  de  los  medios  de  convicción  que  el  libelista  echa  de  menos, pero sí lo hicieron de manera  general  cuando  se  refirieron en conjunto a la prueba recaudada para no acoger  las pretensiones de la defensa.   

          Así,  por  ejemplo, sobre las explicaciones que dio el acusado para  demostrar  la existencia del caso fortuito, el Tribunal respondió que la prueba  testimonial,  técnica  y  científica  reunida  en  el  proceso desvirtuaba esa  posibilidad  y aludió a unos testigos para colegir que aquél podía actuar con  libertad  de  movimiento  cuando  hizo el tercer disparo hacia el lugar donde se  encontraba  la  víctima,  conclusión  a  la  que  el censor pretende oponer su  propio criterio afirmando que la autoría del hecho estaba dudosa.   

          Con  relación  a  la  prueba  pericial  del  folio  134 del segundo  cuaderno,  no  sólo  sí  fue  apreciada por los falladores como antes se dijo,  sino  que afecta las pretensiones del impugnante porque en ella se concluyó que  “el  procesado y la víctima al momento del disparo estaban frente a frente”  y  que  el  rayo  de  luz de la linterna no encandilaba a quien la manipulara, a  menos que lo hiciera de manera intencional.   

          En  los  dos cargos siguientes invoca el libelista falsos juicios de  identidad  y  de  raciocinio, pero en realidad prolonga la censura del anterior,  por  omisión  probatoria,  aunque  en el desarrollo del reproche acepta que las  pruebas  que  relaciona fueron consideradas por el Tribunal, centrando el ataque  en  la  credibilidad  que  se  les  otorgó.  Si  ese  era su propósito, debió  denunciar  la  transgresión  de  las  reglas  de la sana crítica y orientar la  acusación por el sendero del falso raciocinio, lo que no hizo.   

          Semejante  desacierto  se evidencia también en el último reproche,  en  el  que  no  ataca los indicios en su estructura sino como medio probatorio,  para  destacar  la  que  para  el  censor es una equivocada deducción del dolo,  argumentos que no logran desvirtuar las pruebas de cargo.   

          Por  estas  razones,  concluye  la  Delegada,  la  demanda  no está  llamada a prosperar.   

CONSIDERACIONES   

          Lo  primero  que  debe destacarse son los evidentes yerros técnicos  en  que  incurre  el  censor como consecuencia de la confusión que parece tener  respecto  del significado de cada una de las modalidades de los errores de hecho  que  plantea.  Esta falta de claridad dificulta la cabal comprensión de los dos  primeros  reproches,  en  los  que,  no obstante presentarlos de manera separada  como  falsos juicios de existencia y de identidad, afirma indistintamente que el  Tribunal  omitió,  desconoció,  tergiversó  o  desestimó  la  prueba, lo que  impide  saber  si  la  acusación  radica  en  la  apreciación  fragmentaria  o  distorsionada  del medio de convicción o en su absoluta ignorancia o, también,  en su valoración contraria a los principios de la sana crítica.   

          Adicionalmente,     en     el    primer  cargo  incurre  en contradicción, porque a la vez que  pone  en duda la autoría objetiva del procesado, la acepta para reclamar que el  hecho    se    produjo    por    caso    fortuito.    Y   en   el   tercero,  aunque  ubica  la  queja  en el  error  de  hecho por falso raciocinio, no menciona siquiera un solo juicio en el  que    los   falladores   hubiesen   contrariado   las   reglas   de   la   sana  crítica.   

          No  obstante  que estas falencias son suficientes para desestimar la  demanda,  en  todo  caso  los cargos no están llamados a prosperar pues en unos  eventos   los  reproches  son  infundados    y    en    otros    los   defectos   carecen   de   trascendencia, como se demuestra al hacer  el examen individual de las censuras que a continuación se aborda.   

          Primer cargo.   

          En  asuntos  como  el  que ahora es estudiado, ya es lugar común en  las  decisiones  de la Corte señalar que cuando se invoca el falso juicio  de  existencia,  al demandante le  corresponde  demostrar  cuáles  fueron las pruebas ignoradas o desconocidas por  el  fallador  y  la  trascendencia  que ellas, de haber sido valoradas, habrían  tenido en el sentido de la decisión.   

          De  los  varios  medios  de convicción que relaciona el censor como  supuestamente  omitidos  en  las  providencias  de primero y segundo grado -que,  debe  recordarse, cuando se dirigen en idéntica dirección conforman una unidad  inseparable-  ninguna importancia tienen los que se refieren a la autoría, pues  el  punto  no sólo no fue discutido en las instancias  sino  que  todas  las tesis defensivas partieron de la  base  que  el  doctor BELTRÁN  fue  la  persona que hizo el disparo fatal, de manera que el censor carece  de interés para plantearlo ahora.  Esa  misma  aceptación  de  autoría  expuesta desde la primera versión por el  procesado, torna además intrascendente el alegado yerro.   

          Con  relación  a las demás pruebas, que el impugnante estima aptas  y   suficientes   para   reconocer   el   caso   fortuito   si  el  Ad    quem    las   hubiera   apreciado,  ciertamente,  como lo anota la Delegada, parece que quedaron comprendidas dentro  de  la  mención  general  que consignó en el fallo cuando, al desechar aquella  circunstancia,  expresó  que  “la  prueba testimonial, técnica y científica  reunida   en   el   proceso   desvirtúa   tal  posibilidad  de  ocurrencia  del  homicidio”.   

          Por  lo demás, si efectivamente fueron omitidas, ninguna variación  introducirían  en  el  sentido  de  la  decisión,  pues carecen en absoluto de  trascendencia  en  tanto  para  el Tribunal “los testigos JOSÉ FRANKLIN DÍAZ  PÉREZ,  JOSÉ  GREGORIO  CEPEDA  MESA,  LUIS  ENRIQUE PARRA BETANCOURT y ALEXIS  HIGUITA  MOSQUERA,  entre  otros,  (que)  observaron  al  procesado BELTRÁN  FIGUEREDO en actitud de disparar  contra  el  grupo  de  obreros  que trabajaban en la obra”, lo cual excluye la  caída  que  adujo  el procesado y hace inconducentes los medios referidos a tal  deslizamiento,  como  la  lesión  del  brazo izquierdo, la prueba de absorción  atómica  que  acredita  que  disparó con esa mano, la inspección judicial que  demuestra  el  estado  del  techo  por  el que se desplazaba y la pericia que se  rindió sobre el riesgo de caer al pisar en falso.   

          En  estas condiciones, la acusación no se dirige en realidad contra  la  valoración  errónea  de  la  prueba  sino  contra el mérito que le dio el  fallador,  lo  que  resulta  incuestionable  en  casación  dado  el  sistema de  apreciación  racional  adoptado  por  el  estatuto  procesal  penal.  Y como no  señaló  el  censor de qué manera el Tribunal pudo desconocer las reglas de la  sana  crítica,  su  escrito  queda  reducido  por  este aspecto a un estudio de  instancia  en  el  que se pretende exponer la particular visión de los hechos a  la  de  quien,  por mandato constitucional, está llamado a decir el derecho, lo  que  convierte  en  inmutable su decisión, mientras no se acredite algún error  que  la desvirtúe, dada la doble presunción de acierto y legalidad que de ella  se predica.   

          En consecuencia, el reproche será desestimado.   

          Segundo cargo.   

          Bajo  la  modalidad  del  falso juicio de  identidad,  le  critica al Tribunal haber omitido  la valoración de una prueba, no  tener  en  cuenta algunas circunstancias que reputa importantes, desestimar unos  medios  de convicción y distorsionar otros más, en lo que parece una mezcla de  las  tres  especies  de  error  de  hecho  que  pueden  conducir a la violación  indirecta de la ley sustancial.   

          El  primero  de  tales  yerros,  referido  a  la falta de valoración de los testimonios de José  Gregorio  Cepeda  Mesa, Luis Enrique Parra Betancourt, Alexis Higuita Mosquera y  Jairo  Ardila  Calvo,  en  los  términos  en  que fue planteado, no comporta en  realidad  un falso juicio de identidad pues ninguna distorsión se aduce; ni uno  de  existencia,  porque  se  afirma  que  precisamente  en  ellos  se  apoyó la  sentencia   condenatoria;   ni   un  falso  raciocinio,  porque  no  se  señala  transgresión  de  ninguna  regla  de  experiencia,  ley científica o principio  lógico.   

Lo que finalmente cuestiona el censor es que  en  el  fallo  no  se hubieran consignado las razones por las cuales el Tribunal  les  dio  mérito  a  las declaraciones, omisión que no le permite controvertir  con   precisión  esa  providencia.  En  estas  condiciones,  el  cargo  resulta  inadecuadamente  planteado,  porque  si  de  lo  que  se trata es de la falta de  motivación  de  la sentencia, el defecto no sería in  iudicando    sino    in  procedendo, atacable por tanto desde la perspectiva de  la  causal  tercera  de casación por violación del debido proceso. Y si lo que  discute    es    la    credibilidad    que    se    les   otorgó   –“El   error   cometido  por  el  H.  Tribunal  se  centra  en  la credibilidad que le dio a unos testigos”, dice el  libelista-  ésta  no  es  en  sí  misma  atacable en casación, como ha tenido  oportunidad  de  expresarlo  la  Sala  en sentencias del 3 y 19 de diciembre del  2001,  radicados  10.041  y  14.837,  en  su  orden, y del 17 de enero del 2002,  radicado 14.957, entre otras.   

          El  segundo tema  planteado  por el demandante hace relación a la apreciación fragmentaria de la  indagatoria  del  doctor BELTRÁN FIGUEREDO,   pues   el   Ad   quem   no  valoró  el  vínculo  afectivo  que  lo  unía  a  Clara Emilia  Peñuela;  también  desconoció  los  apartes  de  la  injurada  y  de  algunos  testimonios  que  se refieren a la alteración del estado anímico de la familia  Peñuela  y de los trabajadores, es decir, no expuso argumentación alguna sobre  los  motivos  determinantes y demás factores que influyeron en la violación de  la  ley  penal,  como  lo exige el numeral 3º. del artículo 331 del Código de  Procedimiento  Penal,  que  “de haberlos tenido en cuenta, habría desembocado  en   una   providencia  absolutamente  diferente  a  la  dictada  en  contra  de  OSKAR    AUGUSTO    BELTRÁN   FIGUEREDO”.   

          Además  de  la  equivocada referencia al artículo 331 del estatuto  procesal,  que  alude  a  los  fines  de  la  investigación, nada dice sobre la  incidencia   del   error   en   el  sentido  del  fallo  o  qué  “providencia  absolutamente  diferente”  hubiera  adoptado  el  Tribunal,  de  manera que el  ataque deviene por completo inane.   

          En  tercer lugar  el  Tribunal,  afirma  el censor, desestimó el factor oscuridad. No indica, sin  embargo,  si ello obedeció a que ignoró los testimonios que se referían a esa  circunstancia  o  a  que  parceló la prueba, pues todo su interés se centra en  demostrar  que  si no había luz los testigos de cargo no podían haber visto al  procesado  cuando  disparaba,  de  manera  que  no  se  les  podía  conceder la  credibilidad  que  el  Tribunal  les  otorgó.  Reducido  así el problema, para  desechar  la  acusación bastará reiterar que ese tema no es susceptible de ser  cuestionado  en  casación  desde la perspectiva que lo hace el demandante, como  que  el  valor  persuasivo de la prueba sólo podrá ser atacado demostrando que  el   fallador   la   apreció  con  transgresión  de  las  reglas  de  la  sana  crítica.   

          Situación  semejante  se  presenta  respecto  de  la  linterna  que  supuestamente          encandiló         al         doctor         BELTRÁN  y  le hizo perder el equilibrio,  hechos  que  para  el Ad quem  no  se  probaron,  pues  consideró  que  esa versión del procesado había sido  desvirtuada  por  los  testimonios de Díaz, Cepeda, Parra e Higuita, quienes no  vieron  en  su  poder elemento alguno, y tampoco fue confirmada por Clara Emilia  Peñuela  y  Michael Anthony Passarelli, quienes a pesar de concurrir al proceso  para  apoyar  los  dichos  del  procesado,  no  se  refirieron  a ese particular  aspecto.   

          Que  la  pretensión  del demandante no es demostrar los errores que  el  Tribunal  pudo  cometer  en  la  valoración  material  de  la  prueba  sino  controvertir  la  persuasión  que  de  ella obtuvo, aparece con nitidez cuando,  luego   de   calificar   de   falaces  aquellos  testimonios,  se  duele  porque  “Inexplicablemente  los  falladores  de primera y segunda instancia dieron  crédito  a  quienes  no pudieron  ver,  mucho  menos  constatar  la  presencia  de  un arma de fuego, ni  linterna en manos del abogado” y alude  a  declaraciones  de  otras  personas como Rafael Ovalle y José Ignacio Claros,  quienes  afirmaron  que  la  linterna  la  portaba  la  señorita Peñuela, para  asegurar    que    no   era   ésta   sino   BELTRÁN  FIGUEREDO  quien  la  tenía y tratar de justificar la  equivocación,  en  una  especie  de  nueva  apreciación probatoria que incluye  referencias  a  expresiones  de  Passarelli  y  Peñuela, pero no respecto de la  caída  del  procesado  en el techo sino apenas del préstamo de la linterna que  el  primero  le hizo y de la ayuda que le dio el segundo, alumbrándole para que  bajara  cuando  ya todo pasó, lo que por lo demás fue aceptado por el Tribunal  en la página 20 de su providencia.   

          El  último tema  planteado  por  el  libelista en este cargo, por entero inconexo del resto de la  argumentación,  hace  referencia  a  una  presunta distorsión de la prueba con  relación  al  grave peligro que habría motivado la utilización del arma fuera  del  domicilio  donde  debía  permanecer.  Con  todo,  el  reproche  se aprecia  infundado  porque  no  indicó  cuáles  medios  de convicción y de qué manera  fueron  tergiversados  por  el  fallador,  ni  intentó  siquiera  demostrar  la  existencia del defecto.   

          La censura, en consecuencia, no prospera.   

          Tercer cargo.   

          Tampoco  podrá salir avante esta acusación, porque no obstante que  invoca   como   fuente  de  la  violación  el  falso  raciocinio,  no  atina  el  censor  a  señalar la ley  científica,  la  regla  de  experiencia  o el principio lógico que el fallador  desatendió  y que, precisamente por ello, le permitió concluir que el acto del  doctor  BELTRÁN FIGUEREDO le  era imputable a título de dolo.   

Debe  advertirse,  además,  que  todo  el  reproche  se  centra  en  comportamientos  anteriores al último y fatal disparo  –al  que  ni  siquiera se  refiere-  precisamente  de  cuyas  circunstancias  dedujo  el Tribunal el ánimo  homicida al sostener que   

“… ubicado en un plano en el que podía  observar  a los trabajadores, y a su vez estos verlo a él, procedió a disparar  el  arma  de  fuego  y  en  forma intencional el tercer disparo que dirigió sin  vacilación  alguna  al  grupo  de  obreros que tenía al frente de donde él se  había  ubicado,  con  el  resultado  letal  relacionado, hecho que aún haberlo  previsto  como probable nada hizo para evitarlo y por el contrario consintió en  su  realización”  (página  23  de  la sentencia de  segunda instancia).   

          Tal  desenfoque,  además,  hace intrascendente el reparo pues, aún  en  el  supuesto  de  que  el fallador hubiese transgredido los principios de la  sana  crítica  respecto  de  la valoración de las circunstancias anteriores al  hecho, la conclusión definitiva permanecería inalterada.   

          No prospera el ataque.   

          En  mérito  de  lo expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte  Suprema  de  Justicia,  administrando  justicia en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

RESUELVE  

          No casar la sentencia impugnada.   

Contra  esta  decisión  no  procede recurso  alguno.   

Cópiese   y  devuélvase  al  Tribunal  de  origen.   

YESID    RAMÍREZ  BASTIDAS   

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL                 HERMAN   GALÁN   CASTELLANOS                    

CARLOS      A.      GÁL­VEZ  ARGOTE                          JORGE A. GÓMEZ GALLEGO   

ÉDGAR    LOMBANA   TRUJILLO                              ÁLVARO  O.  PÉREZ  PINZÓN   

MARINA   PULIDO   DE   BARÓN                                     JORGE L. QUINTERO MILANÉS   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria   

    

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