14956(06-03-03)

2003

Asistente Jurídico Inteligente

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Proceso No 14956  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

         Magistrado Ponente   

         DR. EDGAR LOMBANA TRUJILLO   

         Aprobado Acta No. 30   

          Bogotá   D.   C.,   seis   (6)   de   marzo   de   dos   mil   tres  (2003).   

  VISTOS  

         

Mediante  sentencia  del  14 de noviembre de  1997,  el  Juzgado   Penal  del Circuito de Fredonia condenó a JUAN CARLOS  CASTAÑO  CASTAÑEDA   a  la  pena  de ocho (8) años y cuatro (4) meses de  prisión,  a  la interdicción en el ejercicio de derechos y funciones públicas  por  un lapso igual; le impuso la obligación de pagar los perjuicios causados y  le  negó  el  subrogado  de  la  condena  de  ejecución  condicional,  al  hallarlo  responsable del delito de homicidio simple, cometido bajo el estado de  ira e intenso dolor.   

Al  desatar la apelación interpuesta por el  defensor,  el  representante  del Ministerio Público y el apoderado de la parte  civil,  el  Tribunal  Superior  del Distrito Judicial de Antioquia, en fallo del  19   de   mayo  de  1998,  confirmó  la  sentencia  impugnada, con la  modificación  consistente  en  revocar el reconocimiento de la diminuente de la  ira    y  condenándolo  a la pena principal de veinticinco (25)   años  de  prisión, a la accesoria de interdicción en el ejercicio de derechos  y  funciones  públicas por el lapso de diez (10) años, le revocó el descuento  otorgado   sobre   el   monto   de   los   perjuicios   por  concepto  de  dicha  atenuante.   

En  esta  oportunidad,  la  Corte Suprema de  Justicia  resuelve  de  fondo  sobre  el  recurso  extraordinario  de  casación  interpuesto por el defensor.   

HECHOS  

          Sucedieron  en  horas  de  la  tarde  del 8 de octubre de 1995 en el  establecimiento  comercial denominado “Torrejones”, localizado en la esquina  de  la calle 46 con la carrera 48  del municipio de Fredonia. Allí se hizo  presente  el  señor  JESÚS MARÍA PELÁEZ OSSA, quien en compañía de algunos  amigos  estuvo  ingiriendo  bebidas  alcohólicas.  Encontrándose  PELÁEZ OSSA  sentado  en  el  andén  de la citada tienda, pasó por el frente del negocio la  camioneta  marca  Toyota, conducida por ÁLVARO QUIROZ SALDARRIAGA, en la que se  movilizaban,  en  la  parte delantera, su propietario LUIS JAVIER CASTAÑO y, en  los  puestos  traseros,   sus  hijos  JUAN  CARLOS   CASTAÑO y JAVIER  ALEJANDRO,  así como dos amigos de la familia Castaño Castañeda. El automotor  cruzó  de  largo,  pero  a una distancia aproximada de 26 metros se detuvo y de  inmediato  retrocedió  hasta  el  punto  donde  se  encontraba PELÁEZ OSSA; al  instante,  JUAN  CARLOS  CASTAÑO  exclamó  desde  el  interior  del automotor:  “aquí   está  el  que  me  chuzó”,  razón  por  la cual aquél se paró  y trató de refugiarse  en  el  interior  del  establecimiento, pero antes de que lo lograra JUAN CARLOS  accionó  un revólver a través de la ventanilla y le disparó repetidas veces,  logrando  impactarlo  de gravedad con uno de los proyectiles en la región sacro  ilíaca   superior,   a   cuya   consecuencia  falleció   horas  después.   

ACTUACIÓN  PROCESAL   

         Con  fundamento  en  el  informe  de  la  policía  y las probanzas  recaudadas   durante  la  indagación  preliminar,  la  Fiscalía  Seccional  de  Fredonia    ordenó   la  apertura  de  investigación  el  12  de  octubre  siguiente   y  vinculó  mediante  declaratoria  de  persona ausente a JUAN  CARLOS  CASTAÑO CASTAÑEDA. Al definirle la situación jurídica, lo afecto con  medida   de   aseguramiento   de  detención  preventiva,  mediante  resolución  del  22 de enero de 1996.   

         El  11  de  octubre siguiente, la funcionaria instructora calificó  el  mérito probatorio del sumario, profiriendo resolución de acusación contra  JUAN  CARLOS  CASTAÑO  CASTAÑEDA   por  el  delito de homicidio agravado,  decisión  que  quedó  en  firme  el  10  de diciembre de 1996, fecha en que la  Fiscalía  acepto el desistimiento del recurso de apelación que contra la misma  había interpuesto el defensor.   

         La   causa   la   adelantó   el  Juzgado  Penal  del  Circuito  de  Fredonia   y la concluyó con la sentencia fechada el  14 de noviembre  de  1997,  mediante  la  cual  condenó  a JUAN CARLOS CASTAÑO CASTAÑEDA en la  forma  antes  mencionada  a  la  pena  principal  de OCHO (8) años Y CUATRO (4)  MESES   de  prisión,  a  la  accesoria  de  interdicción  de  derechos  y  funciones  públicas  por  el  mismo  lapso, le impuso el pago de los perjuicios  morales  y  materiales causados con la conducta ilícita y le negó el subrogado  de  la  condena  de  ejecución  condicional, al hallarlo responsable  como  autor   del  delito  de  homicidio,  reconociéndole  la  atenuante  de  la  ira  consagrada   en  el  artículo  60  del  código  penal  anterior  (ley  100  de  1980).   

          Al  ser  apelada esta sentencia por el defensor del procesado,   el  representante  del  Ministerio  Público  y  el apoderado de la parte civil,  el   Tribunal  Superior  de  Antioquia  la confirmó el 19 de mayo de 1998,  modificándola  en  el  sentido de revocar el reconocimiento de la diminuente de  la  ira    y,   en  consecuencia,  condenó  al acusado a la pena  principal  de  veinticinco  (25)   años  de  prisión,  a  la accesoria de  interdicción  en el ejercicio de derechos y funciones públicas por el lapso de  diez  (10)  años,  y  revocó  el  descuento  otorgado  sobre  el  monto de los  perjuicios por concepto de dicha atenuante.   

   

         El    representante   de   CASTAÑO   CASTAÑEDA   inter­puso    la    casación,    presentó  oportuna­mente    la  de­manda,      fue  ad­mitida  y  se  recibió  concepto del Procurador Tercero Delegado en lo Penal.   

            

         LA   DEMANDA   

         Con  fundamento  en  la  causal  1a.,  cuerpo  segundo, de casación  consagrada  en  el  artículo 220 del Código de Procedimiento Penal (ley 100 de  1980) el censor formuló 6 cargos.   

         Capítulo primero. Primer cargo.   

         Violación  indirecta  del  artículo  40-3  del  código  penal por  haberse  incurrido  en  un  falso  juicio de existencia, como consecuencia de la  transgresión del artículo 254 del C. de P. P.   

          Como  demostración  de  la  censura  afirma  el  defensor que en la  sentencia    impugnada    se    pretermitieron    los    siguientes    elementos  probatorios:   

          a)  Los  testimonios  del  Mayor  de  la  POLICÍA  JORGE  ADALBERTO  RODRÍGUEZ  y  de  los  señores  HÉCTOR DE JESÚS PATIÑO ACEVEDO y JHON JAIRO  MONTOYA   DIEZ,   quienes   dan   cuenta  de  la  narración  extraprocesal  que  Guillermo  León  Gómez (a.  Chupeta)  hizo  acerca  de  los  hechos, y de la cual se infiere que la víctima  (Jesús  María  Peláez Ossa) se acercó al vehículo en que se transportaba el  procesado  y  que  entre  éstos  hubo  un  cruce  de  palabras  antes de que se  sucedieran los disparos.   

          b)  La  versión de JUAN CARLOS CASTAÑO CASTAÑEDA en el proceso de  lesiones  personales  que  se  adelantó  en  contra  del  hoy occiso, en la que  asegura  que  éste  le había dicho que si lo denunciaba por las heridas que le  había causado “ nos teníamos que matar”.    

               

          c)  Las declaraciones de ANTONIO MARÍA ESTRADA SALDARRIAGA, MARIANO  GRISALEZ   VÉLEZ   y   PAULA   ANDREA   RESTREPO,  quienes  dan  cuenta  de  la  animadversión   que   existía   entre  PELÁEZ  OSSA  y  la  familia  CASTAÑO  CASTAÑEDA,  así  como  de  las  manifestaciones  que aquél había hecho en el  sentido  de  estar  dispuesto a matarse con ellos, de su actitud belicosa cuando  se  embriagaba  y   de  haberle  visto  en  alguna  oportunidad portando un  revólver.  La  última  de  las  nombradas fue testigo además de la forma como  PELÁEZ  OSSA  agredió  al  procesado con una navaja días, antes de los hechos  que aquí se investigan.      

          En  punto  a la trascendencia del error, asegura el censor que   la  misma  estriba  en  que  la  prueba  pretermitida no sólo hace plausible la  exculpación  de  defensa  putativa  o  subjetiva,  sino  que  de cierto modo la  apuntala  y  de paso le otorga verosimilitud a los testimonios desechados, pues,  según  él, la prueba referida corrobora lo afirmado por GUILLERMO LEÓN GÓMEZ  y  los  ocupantes  del  vehículo  en  que  se transportaba el incriminado en el  sentido  de  que  la  víctima  sí  se  acercó   al  automotor,  tuvo  un  intercambio   de   voces   con  CASTAÑO  CASTAÑEDA,   quien  conocía  el  envalentonamiento del occiso y sus amenazas de muerte.   

          Segundo Cargo.   

         Violación  Indirecta  del  artículo  40-3  del  C.  P. por haberse  incurrido  en  un  falso juicio de identidad en la valoración del testimonio de  JAIME  ALBERTO VILLA HENAO y la diligencia de inspección judicial practicada el  7 de diciembre de 1995.   

          Asegura  que  el  Tribunal  no advirtió que el citado testigo en su  primera  declaración  ante  la  Fiscalía   si  bien afirmó que no había  escuchado  el  cruce  de  palabras  entre  la  víctima  y  victimario, también  manifestó  que   después  de  lo  ocurrido  oyó  que  algunos  muchachos  afirmaban  que él occiso le había gritado a uno de los ocupantes del automotor  “…    que    si    quería,     que    lo  matara  …”.  Tampoco  se  dio  cuenta  que  VILLA  HENAO   afirmó  que “chucho” (el occiso) estaba sentado en la acera de  abajo junto a Sandra, Luisa y “chupeta”.   

          Así   mismo,   el  juez  colegiado  omitió  tener  en  cuenta  las  fotografías  que  se  tomaron  en  la  diligencia de inspección judicial y que  indican  la  posición  en que el occiso y Sandra Eugenia Gallego se encontraban  cuando  el  carro  en  que se movilizaba JUAN CARLOS CASTAÑO se detuvo cerca de  ellos.  Agrega  que  de acuerdo con las fotografías, PELÁEZ OSSA se encontraba  más cerca de la calle 46 que de la puerta de acceso a la tienda.   

          Señala   que  al  no  tener  en  cuenta  las  circunstancias  antes  referidas,  el  Tribunal  no  advirtió que la testigo Sandra Eugenia mintió al  afirmar  que en el momento de los hechos “Chupeta” no se encontraba presente  y  que  el  occiso  no  se había acercado al automotor, ni reparó en que no es  cierto  que  PELÁEZ  OSSA  intentara  escapar,  pues de haberlo querido habría  corrido  hacía la calle 46 “y no en dirección a la  puerta   del   establecimiento   exponiéndose   a  ser  fácil  blanco  de  los  disparos”.   

          Asegura  que  de no haber sido por estos errores, se le habría dado  crédito  a la exculpación contenida en el escrito que el procesado hizo llegar  a  la  Fiscalía,  consistente en que había actuado con la convicción errada e  invencible  de  que  se  encontraba amparado por la causal de legítima defensa,  dados  los  antecedentes entre los protagonistas, las amenazas expresadas por el  occiso  y  la  actitud  desafiante y violenta asumida por éste en el momento de  los hechos.   

          Capítulo       segundo.      Primer  cargo.   

         Violación  indirecta  de  los  artículos 247 y 445 del C. de P. P.  como  consecuencia  de  un  falso  juicio  de existencia, por cuanto el Tribunal  omitió  los  testimonios  del  Mayor de la Policía Jorge Adalberto Rodríguez,  Héctor   de   Jesús   Patiño  Acevedo,  Jhon  Jairo  Montoya  Díez,  Estrada  Saldarriaga,  Mariano Grisalez Vélez y  Paula Andrea Restrepo Jurado, así  como la declaración jurada de Juan Carlos Castañeda.   

          Asegura   que  esas  pruebas,  en  tanto  que  son  contrastantes  y  debilitantes  de  la  prueba  de  cargo,  generan  serias  dudas  acerca  de  la  responsabilidad  penal del procesado, quien, por lo tanto, debió ser favorecido  con    el    in    dubio    pro    reo.      

         Segundo cargo.   

         Violación  indirecta de los artículos 247 y 445 del C. de P. P. en  razón  a  que  el  fallador  de  segundo  grado  tergiverso el contenido de los  testimonios  de   Sandra Eugenia Gallego Mazuera,  Jaime Alberto Villa  Henao y Mauricio Alejandro Mesa Mazuera.   

          Como   demostración   del  reproche  señala  que  el  Tribunal  no  advirtió  que Sandra Eugenia en su ampliación de declaración desmintió   lo  afirmado  por  ella  misma  en  su  primer  relato, pues en esta oportunidad  asegura  que  ella  salió  corriendo  y  sólo escuchó los disparos cuando iba  llegando  a la casa vecina. Infiere el censor que de acuerdo con la lógica y el  sentido  común, la testigo debió huir cuando percibió el riesgo de pelea y no  después  de  los  disparos  y,  por  consiguiente  no  detectó las acciones al  momento   de   los   disparos.  Por  lo  tanto,  la  sentencia  distorsionó  la  declaración  de  la  testigo  al  decir  que  ésta  había  percibido  todo lo  sucedido, cuando ello no fue así.   

          En  relación con el testimonio de Villa Henao, el defensor  se  refiere  a  sus  diversas  versiones  atinentes  al  dialogo  que  supuestamente  sostuvieron  los  protagonistas  de  los  hechos  en  estudio, lo que le permite  concluir  que el intercambio de voces entre aquellos sí existió  y por lo  tanto  resulta  inane  la  pretensa  instigación  de “chupeta” para que los  testigos  se  refirieran  a  ese  hecho. Agrega el casacionista que la sentencia  distorsionó  la  declaración  de Villa Henao al no darle credibilidad sobre el  dialogo  a  que  éste  se  refiere, con lo cual le da solidez a la acusación y  demerita la prueba de descargo.   

         Considera  igualmente  que el Tribunal distorsionó el testimonio de  Mauricio  Alejandro  Mesa,  porque  a pesar que éste afirmó en su declaración  que  al momento de los hechos se encontraba “un poco  drogado”,  el fallador indicó que el testigo había  sido  avasallado por el miedo cuando introdujo en la versión esa circunstancia,  evitando  con  ello  que  se  pusiera  en  tela de juicio su declaración por su  condición de drogadicto.   

         

          Capítulo tercero. Cargo único.   

         Violación  indirecta  de  los  artículos 254 del C. de P. P. y 60  del  código  penal  por  falso  juicio  de  existencia, por cuanto la sentencia  impugnada   omitió  los  testimonios de Paula Andrea Restrepo Jurado, Luis  Carlos Restrepo Henao y Luis Alfonso Restrepo.   

         Afirma  que  estas personas presenciaron el episodio sucedido el 16  de  septiembre de 1995, cuando el hoy occiso le causó varias heridas a CASTAÑO  CASTAÑEDA.  Señala que de sus declaraciones emerge la injusticia y gravedad de  la  agresión  de que éste fuera víctima, así como la relación de causalidad  entre  dicho  ataque  y  la emoción iracunda que motivó el homicidio objeto de  investigación.  Asegura  que  el Tribunal sólo se baso en  la versión de  PELÁEZ  OSSA   para  calificar de justo su proceder, pero que otra hubiera  sido  su  conclusión si hubiera tenido en cuenta los testimonios omitidos, pues  de  ellos  se  desprende  que  nunca  existieron las ofensas a que hace alusión  PELÁEZ  OSSA.  En consecuencia, se habría tenido como probado los ingredientes  del  estado  de  ira y, específicamente , el que hace relación a la injusticia  del comportamiento agresivo del hoy occiso.    

         Capítulo       cuarto.       Cargo  único.   

         Violación  indirecta  de  los artículos 254 del C. de P. P.   y   325  del  estatuto punitivo por haberse incurrido en la sentencia en un  falso juicio de existencia de algunas pruebas indiciarias.   

         Luego  de  referirse  a  los  elementos  que permiten distinguir al  homicidio  preterintencional  del  delito de lesiones personales, señala que el  propósito  del  agente  marca  la  pauta de la diferencia   y que tal  ánimo  se puede establecer con ayuda de la prueba indiciaria.   

         Considera  que  en  el  fallo  atacado se dedujo el dolo homicida a  partir  de  dos  indicios:  la  corta distancia y la dirección de los disparos,  pero  no tuvo en cuenta otros indicios existentes en el proceso, tales como : a)  la  ausencia  de  manifestaciones  homicidas, b) la destreza del procesado en el  manejo  de armas de fuego, c) el impacto de dos proyectiles en las paredes de la  tienda y d) la cercanía entre los protagonistas.   

         Señala  que  estos  indicios  no  sólo  están  demostrados en el  proceso,  sino  que de los mismos se infiere que no hubo el propósito de matar,  por  cuanto  dada  la  corta  distancia en que se hallaba la víctima y  la  destreza  del disparador, todos los disparos habrían podido impactar en aquella  si tal hubiera sido la intención.   

         Estima  que en relación con el indicio de “la corta distancia”  los  falladores  incurrieron en violación indirecta del artículo 300 del C. de  P.  P.,  por  tergiversación de dicha prueba en cuanto a la inferencia lógica,  pues  como  lo indica la experiencia el hecho indicador de la corta distancia en  lugar  de  demostrar  el ánimo de matar indica precisamente lo contrario, pues,  si  tal  hubiera sido el propósito, todos los disparos hubieran impactado en el  cuerpo  de  la víctima.  Como conclusión afirma que también se violó el  artículo   445   del   C.  de  P.  P.  en  lo  atinente  al  propósito  de  la  acción.   

  CONCEPTO DEL MINISTERIO  PÚBLICO   

         El  Procurador Tercero Delegado considera que los cargos formulados  están  llamados  a  no  prosperar.   En  consecuencia, sugiere no casar la  sentencia recurrida.   

         Capítulo primero. Primer cargo.   

         Estima  que  el  cargo  propuesto  se  pretende  edificar  con  una  valoración  subjetiva  del testimonio de Guillermo León Gómez, diferente a la  que  hicieron las instancias, pretendiendo que se le dé credibilidad cuando los  falladores   consideraron   que  su  versión  no  tenía  tal  carácter,   discrepancia que no constituye vicio demandable en casación.   

           

         Agrega  que  si  bien es cierto que en la sentencia no se mencionan  de  manera  expresa  las  declaraciones  a  que hace alusión el censor, para la  prosperidad  del  cargo no basta la demostración objetiva de tal circunstancia,  sino  que  el  recurrente debe precisar la incidencia  de la omisión en el  fallo  impugnado.  Señala que en este caso el defensor se limitó a afirmar que  si  se hubieran valorado esas pruebas se habría reconocido la defensa putativa,  y  olvidó  que  los  testimonios echados de menos tampoco permiten demostrar el  motivo  de  inculpabilidad alegado , por cuanto los declarantes sólo repiten lo  que  Guillermo  León Vélez  les contó al respecto, cuyo testimonio no le  mereció  credibilidad al Tribunal. Además, los hechos a que hacen alusión las  pruebas  omitidas fueron analizados por el juzgador cuando analizó la veracidad  de  la declaración de León Gómez; no puede por lo tanto, hablarse de un falso  juicio de existencia.   

         Anota  que  aunque  las  instancias  tampoco  hacen  alusión a las  presuntas  amenazas  de  muerte  que  Peláez  Ossa  formulara contra  Juan  Carlos  Castaño, la defensa subjetiva alegada no puede demostrarse con apoyo en  ellas,  máxime si las mismas aparecen formuladas por interpuestas personas y no  se  demostró  que  el  occiso  hubiera  realizado  acto  alguno que causara esa  convicción  errada  e  invencible.  Además,  la  propia  conducta  de Castaño  Castañeda   permite  desvirtuar tal convicción, pues si de verdad hubiera  creído  que  se encontraba amenazado  y temiera por su integridad personal  no  es  razonable  que  se  hubiera  devuelto a enfrentar inopinadamente a quien  tanto temía.   

         Igualmente,  acota  el Ministerio público, la necropsia practicada  al  cadáver  de  Peláez  Ossa permite inferir que Castaño Castañeda  le  disparó  por  la  espalda, y ese hecho desvirtúa la defensa putativa planteada  por el casacionista.   

         Segundo cargo.   

        Estima  el Procurador  Delegado  que  el  censor  no  atinó  a  demostrar el error por falso juicio de  identidad  en  que  fundamenta  la  censura. Primero, porque en relación con el  testimonio   de  Jaime  Alberto  Villa  Henao  simplemente  se  limitó  a   compararlo  con  la  versión de Sandra Eugenia Gallego Mazuera para afirmar con  ello  que  la  declaración  de ésta no tiene la credibilidad atribuida por las  instancias  en razón a las inconsistencias que el recurrente encuentra en dicha  atestación.   Señala   además   que   tales   inconsistencias    no  demuestran   por   sí   mismas  que  el  procesado  hubiera  cometido  el   homicidio    con  la  convicción  errada  e  invencible  de actuar en  legítima defensa.   

         Agrega  que  en  lo  atinente  a las fotografías tomadas durante la  inspección  judicial  y  el  plano tomado en el curso de la misma, la queja del  recurrente  radica  en  que  los  jueces  omitieron su valoración, desviando la  censura  a  un  error  por  falso juicio de existencia. Además, el censor   pretende  edificar  el  yerro en consideraciones hipotéticas que  en   lugar  de  demostrar  que  de  las  pruebas se desprenden hechos diversos de los  declarados  como  probados por el juzgador, lo que contiene son especulaciones o  consideraciones  subjetivas  del  defensor,   como  por  ejemplo suponer la  dirección  en  que debió escapar la víctima para  determinar con ello su  ubicación  antes  de  recibir los disparos, sin darse cuenta que ello no incide  en el reconocimiento de la defensa subjetiva.   

         Capítulo segundo. Primer cargo.   

         No  comparte  el Procurador Delegado la tesis del censor   consistente  en  que  la  duda  probatoria  surge  por  el  hecho  de  que en el  expediente  existan  pruebas  de  cargo  y  descargo,  pues  ello equivaldría a  reconocer  siempre el beneficio de la duda, ya que en cumplimiento del principio  de  la investigación integral debe el funcionario judicial recaudar las pruebas  favorables y desfavorables al incriminado.   

         Agrega   que tampoco tiene razón en cuanto a la existencia de  la  defensa  putativa,  porque  el  relato  de León Gómez  al Mayor de la  policía,  supuestamente  corroborado  por los otros testigos cuyas versiones el  censor   echa   de   menos,   no   demuestra  la  existencia  de  la  causal  de  inculpabilidad,  porque  está  demostrado  en  el expediente  que  la  víctima  no  hizo  ningún  ademán  de sacar arma de fuego, circunstancia  que  fue  entronizada falsamente en el proceso por el citado testigo, a quien el  Tribunal negó toda credibilidad.      

         Segundo cargo.   

        Estima  que, contrario a lo afirmado por el casacionista,  no  es  cierto  que  las instancias hubieran distorsionado los testimonios de Sandra  Eugenia  Gallego, Jaime Alberto Villa y Mauricio Alejandro Mesa. Simplemente, el  recurrente   alcanzó  a  precisar  unas  pequeñas  inconsistencias  entre  los  testigos  de  cargo,  que  no  sólo  carecen  de demostración sino que en nada  afectan  el  juicio de certeza a que llegó el Tribunal ni permiten asomar   ninguna  duda  probatoria  sobre la responsabilidad del procesado. Indica que el  censor    intenta  edificar  el  supuesto  error  en  la  discrepancia  personal  respecto a la valoración que los juzgadores le dieron a dichos medios  de  convicción,  lo  cual  no  es  susceptible  de romper el fallo.                        

         

        Capítulo tercero.   

        Señala  el  representante  del  Ministerio  Público  que si  bien  es  cierto que el Tribunal no menciona de manera expresa las declaraciones  de  Paula Andrea Restrepo Jurado y Luis Carlos Restrepo Henao,  también lo  es  que  sí  valoró  los  hechos  narrados  por aquellos, relacionados con los  sucesos  que  desencadenaron  en  las  lesiones  que Peláez Ossa le ocasionó a  Castaño  Castañeda  en  el bar “El Chorrito”, y en tales circunstancias no  puede  afirmarse  la  existencia  del  falso juicio de existencia aludido por el  censor.  Cosa  distinta  es  que  el  fallador  hubiera entendido que los hechos  ocurrieron  de  manera distinta a como  lo narran los citados testigos y le  hubiera  dado  mayor credibilidad a la versión de Peláez Ossa en el sentido de  que  éste  había  sido  objeto de amenazas e improperios por parte de Castaño  Castañeda,  a  los  cuales respondió Peláez Ossa atacándolo con una navaja y  causándole  lesiones en un dedo y en el antebrazo izquierdo, concluyendo que no  se  daban  la  totalidad  de  los  requisitos  exigidos  por el artículo 60 del  código penal.      

         

        Capítulo cuarto.   

        Considera  que  el  único  cargo  de este capítulo tampoco   debe  pros-perar. El recurrente sostiene que el homicidio debió imputársele al  procesado  a  título  de  preterintención,  porque  según  él,  se encuentra  de-mostrado  que  Castaño  Castañeda es un experto disparador; sin embargo, el  hecho  indicador  no está comprobado en el expediente,  pues la constancia  expedida  por  “seguridad Integral Académica Ltda.” sólo indica que aquél  asistió  a  un  curso  básico  de  tiro,  pero  ello  per  se  no lo convierte  necesa-riamente  en  un  disparador  de  excelente precisión, máxime cuando la  cons-tancia   no   indica  si  los  resultados  de  su  práctica  fueron  o  no  satisfactorias.   

        Existe  por  el  contrario  un  hecho  indicador  que demuestra la  intención  homicida  del incriminado, cual es la ubicación de la heridas   y   la  dirección de los disparos, que son indicativas que aquél disparó  contra  Peláez  Ossa  mientras éste le daba su espalda, buscando refugio en la  cantina donde finalmente cayó muerto.   

         CONSIDERACIONES   DE  LA  SALA   

          Capítulo Uno. Primer cargo.   

                  

       Considera  el  defensor  que  el Tribunal violó indirectamente el  artículo  40-  3   del código penal, por cuanto omitió el estudio de los  testimonios  del Mayor de la POLICÍA JORGE ADALBERTO  RODRÍGUEZ,  HÉCTOR  DE  JESÚS  PATIÑO  ACEVEDO  y  JHON JAIRO MONTOYA DIEZ,  así  como  de  la  versión  de  JUAN CARLOS CASTAÑO  CASTAÑEDA  en  el proceso de lesiones personales que se adelantó en contra del  hoy  occiso  y  las  declaraciones de ANTONIO MARÍA  ESTRADA    SALDARRIAGA,    MARIANO    GRISALEZ    VÉLEZ    y    PAULA    ANDREA  RESTREPO.   

       Estima  que  de  no haberse incurrido en este yerro el fallador de  segundo  grado  habría  reconocido  la  defensa  subjetiva, toda vez que de los  primeros  testimonios  emerge  que  entre  víctima y victimario sí existió un  cruce  de palabras y que éste se vio precisado a disparar el arma porque creyó  que  aquél  lo iba a atacar, dados los antecedentes pendencieros y agresivos de  que dan cuenta los testimonios omitidos.   

       Si  bien  es  cierto  que en el fallo impugnado no se hace expresa  mención  a  algunos  de  los  elementos  probatorios  a  que  hace  alusión el  casacionista  (  el  testimonio  del  Mayor  de  la Policía y las declaraciones  de   Montoya  Díez)  ello  no  es  suficiente  para  la  prosperidad de la  censura,  pues,  como  lo  ha  reiterado la Corporación, tal modalidad de error  impone  un  doble esfuerzo al demandante que la plantea, el cual involucra   tanto  la  clara enumeración de los medios de prueba que resultaron omitidos en  la  sentencia  atacada,  como  la  demostración  a  través  de una evaluación  probatoria  de  conjunto que los incluya, para demostrar con fundamento en ella,  que  de  haberse  considerado  el  dato  o los datos supuestamente revelados por  aquellos,  el  sentido  de  la  decisión  hubiera  sido  diverso y en todo caso  favorable al impugnante.   

       Es  evidente  que el defensor no cumplió con dicha demostración,  pues  en  lugar de realizar una evaluación probatoria global, con inclusión de  la  prueba  pretermitida con el fin de comprobar la trascendencia real del yerro  invocado,  se  limitó  a presentar su apreciación personal sobre el testimonio  de  GUILLERMO  LEÓN  GÓMEZ,  contraponiéndola a la realizada por el Tribunal,  insistiendo  en  que, tal como aquél lo afirmara en el proceso, sí existió un  intercambio  de palabras entre la víctima y el procesado en el curso de la cual  éste  disparó  al  creer  que  el  occiso  pretendía  atentar contra su vida.  Olvidó  el  censor que el Tribunal no sólo descarto la existencia del referido  intercambio  de  palabras  con  fundamento  en  los   testimonio  de Sandra  Eugenia  Gallego,  Jaime  Alberto Villa y Mauricio Alejandro Mesa, sino también  la  proximidad  de  LEÓN  GÓMEZ al lugar donde se encontraba la víctima en el  momento  en  que  se  produjeron  los  disparos  y, además, le restó toda  credibilidad  a  su relato en razón al comportamiento asumido por dicho testigo  con  posterioridad  a los hechos, pues intentó aleccionar a Jaime Alberto Villa  para  que  declarara  a favor de Castaño Castañeda     (C.  3, fol. 949).   

       A  más  de  lo  anterior, nada novedoso aportan las declaraciones  de       JORGE      ADALBERTO      RODRÍGUEZ  ,  JHON JAIRO MONTOYA DIEZ  y  PATIÑO ACEVEDO, pues  no  sólo  se  circunscribieron  a  señalar que le escucharon a LEÓN GÓMEZ su  relato  sobre  la  forma  como CASTAÑO CASTAÑEDA  disparó contra PELÁEZ  OSSA,  sino  que,  como lo afirma el mayor de la Policía, LEÓN GÓMEZ nunca le  hizo  manifestación  alguna en el sentido de que PELÁEZ OSSA intentara agredir  al procesado antes de que éste le disparara (C.1, fol. 218 V/to).   

       Por   lo   que   respecta   a   los  testimonios  de  ESTRADA      SALDARRIAGA     y     GRISALEZ     VÉLEZ, no es cierto que los mismos hubieran  sido  omitidos,  pues  en  el  fallo  se  mencionan  expresamente cuando se hace  alusión  a los conflictos que con antelación PELÁEZ OSSA tuviera con CASTAÑO  CASTAÑEDA   y  su  padre.  Sólo  que  el  Tribunal  consideró  que “el  carácter  rijoso  que  atribuyeron a Peláez no alcanzó a trascender el marco,  bastante  sesgado por cierto, del suceso en que hirió al sindicado …” (C.3,  fol.  954).  Por  ello  concluyó  que de las supuestas amenazas que se pudieran  haber  pronunciado  con  ocasión  de  tales incidentes, “entronizadas falaz y  temerariamente  por LEÓN GÓMEZ”,  no se podía deducir la existencia de  la  defensa  putativa alegada por el defensor.                         

       Como  lo  señala  el  representante  del  Ministerio Público, el  cargo  propuesto  se circunscribe a un problema de valoración del mérito de la  prueba,  que, como ha sido reiteradamente sostenido por la doctrina de la Corte,  sólo  resulta  posible  de ser planteado en casación cuando los juzgadores, en  el  proceso  de  determinación de la fuerza persuasiva del medio, desconocen de  modo  manifiesto  las  reglas  de  la  sana crítica, ataque que en forma alguna  intenta desarrollar el casacionista.   

       La censura, por lo tanto, no prospera.   

       Segundo cargo.   

       Nuevamente  postula el censor violación  Indirecta  del artículo  40-3 del Código Penal anterior (ley 100 de 1980)  pero  esta  vez  porque, según él,  el juez de segundo grado incurrió en  error  por  falso  juicio de identidad en la valoración del testimonio de JAIME  ALBERTO  VILLA  HENAO y la diligencia de inspección judicial practicada el 7 de  diciembre de 1995.   

         Como  se sabe, el error de hecho por falso juicio de identidad en la  apreciación   probatoria   se   configura   cuando   el   sentenciador   en  la  contemplación  material  del  medio,  al  trasladarlo al fallo, lo pone a decir  algo  que  objetivamente  no surge de su contexto, porque lo adiciona, cercena o  tergiversa.  Para  demostrar  esta  clase  de  desaciertos,  el actor debe   precisar,  mediante  las indicaciones correspondientes, qué dice el medio, qué  dijo  de  él  el  juzgador, en qué consistió el error y cuál la repercusión  definitiva  que  tuvo  en  la parte resolutiva del fallo, la que habría sido de  distinto  contenido  de  no  haberse cometido, lo cual, además, le impone tener  que  formular  un ataque completo donde se establezca el valor de las pruebas en  que no concurren errores y que sustenten el fallo.   

         Esta  labor  no  fue  cumplida por el defensor,  y no la podía  desarrollar   por   la   sencilla  razón  de  que  el  yerro  alegado  no  tuvo  ocurrencia  fáctica.   

         En  primer  lugar,  no  es  cierto  que el juez de segunda instancia  hubiera  cercenado  el testimonio de  VILLA HENAO, al no tener en cuenta lo  narrado  por  éste  en  su primera versión respecto al intercambio de palabras  entre  el  homicida  y  la víctima. No, sencillamente el Tribunal  cotejó  las  diferentes  versiones del citado testigo y decidió darle credibilidad a lo  expresado  por  él  en su ampliación de testimonio, en la cual señaló que en  su  declaración  inicial  afirmó que Peláez Ossa había dialogado con alguien  de  los  que se movilizaban en el vehículo “ porque  Chupeta    (   LEÓN   GÓMEZ   )   le    había   dicho   que    dijera   que   ellos    (    Castaño    Castañeda   y   PELÁEZ   OSSA)   hablaron  y  que  “Chucho”  les  había dicho que les iba a dar  bala” (C.1, fol. 245 V/to.).   

         En  segundo  lugar,  tampoco es verdad que en la sentencia impugnada  se  hubiera  distorsionado  el  contenido de las fotografías tomadas durante la  diligencia  de  inspección  judicial  y del plano levantado en el curso de  la  misma  diligencia  en cuanto a la posición que ocupaba Peláez Ossa en  el  momento  en  que  el vehículo en que se transportaba el procesado se detuvo  justo  al  frente  en  donde  aquel se encontraba. Tanto en el fallo como en los  documentos  referidos  se  indica que “Jesús María  Peláez  se  encontraba sentado en el andén del establecimiento Torrejones, que  da  sobre  la  carrera 48” y que el arma homicida fue  accionada  cuando el automotor se encontraba detenido al frente de dicho negocio  (C.2, fols. 335-342; C.3, fol. 941).   

         En  conclusión,  como  lo señala el  Procurador Delegado, los  argumentos  esbozados  por  el  recurrente  en  lugar  de contener razonamientos  tendientes  a  demostrar  que  de  las  pruebas  referidas  se desprenden hechos  diversos  de  los  declarados  como  probados  por  el  juzgador, presenta meras  especulaciones  subjetivas  del  demandante  ,  quien  apartándose de la verdad  establecida  en  el  proceso  pretende  inferir  que  si  en verdad Peláez Ossa  hubiera  querido  huir  de  su  agresor,  habría corrido hacia la calle 46 y no  hacía  el interior del establecimiento, olvidando que precisamente aquél cayó  en  el interior de la tienda después de recibir un disparo en la región dorsal  cuando buscaba refugio en dicho lugar.   

         El cargo, por consiguiente, no puede tener éxito.   

         Capítulo Segundo. Primer cargo.   

        Asegura   el  censor  que el Tribunal violó indirectamente los  artículos   247   y   445   del   C.  de  P.  P.  por  errores  de  hecho   consistentes   en   falsos  juicios  de  existencia,  en  razón a que  omitió  los  testimonios  de  Jorge  Adalberto  Rodríguez,  Héctor  de Jesús  Patiño   Acevedo,  Jhon  Jairo  Montoya  Díez,  Estrada  Saldarriaga,  Mariano  Grisalez  Vélez y  Paula Andrea Restrepo Jurado, así como la declaración  jurada  de  Juan Carlos Castañeda. Considera que estas pruebas dan origen a una  duda  probatoria en cuanto  contrastan y debilitan la prueba de cargo   e     impiden    la    certeza    sobre    la    responsabilidad    penal    del  procesado.      

         Ha  reiterado  pacíficamente  esta  sala  en  su jurisprudencia que  cuando  se  plantea  violación  indirecta  de  la  ley  sustancial por falta de  aplicación  de  la norma que consagra el principio in  dubio  pro  reo, la censura debe orientarse a demostrar  que  en  el  proceso existe duda probatoria sobre la materialidad del hecho o la  responsabilidad  del  procesado,  y  que  los juzgadores de instancia dejaron de  reconocerla  y  de  aplicar  las  consecuencias  jurídicas correspondientes, en  razón   a   errores   de   hecho  o  de  derecho  en  la  apreciación  de  las  pruebas.   

         Establecido  el  error  y  demostrada  su existencia, corresponde al  casacionista  acreditar  su  incidencia en la parte dispositiva del fallo, labor  que  presupone  tener  que  realizar  una  nueva  valoración  de la prueba, con  aplicación  de  los  correctivos  pertinentes,  con el fin de patentizar que de  ella   no   surge   la   certidumbre  sobre  la  materialidad  del  hecho  o  la  responsabilidad   del   incriminado,  como  equivocadamente  lo  declararon  los  falladores,  sino  un  estado  de  duda  razonable.  Lamentablemente, nada de lo  anterior hizo el impugnante.   

         

       En  efecto,  el  censor  no  sólo se equivocó al señalar que el  Tribunal   omitió   valorar  los  testimonios  de  Grisalez  Vélez  y  Estrada  Saldarriaga,  dado  que  los  mismos son expresamente citados y analizados en la  sentencia   (C.3,   fol.954),  sino  que  olvidó  efectuar  la  correspondiente  valoración  probatoria  de  la  totalidad del acervo probatorio, incluyendo los  testimonios  echados de menos,  y, por consiguiente, no logró demostrar en  qué  forma,  en virtud de los medios de convicción ignorados, surgía  el  estado  de incertidumbre en relación con la responsabilidad de su representado.  Simplemente  pretende  que  se  reconozca la duda alegada, no a partir de hechos  que  muestren  las  pruebas presuntamente omitidas, sino con base en la crítica  abierta  al  análisis probatorio realizado por el Tribunal, donde lo único que  deja  en  claro  es  que disiente de la apreciación que la corporación hizo de  los  testimonios  de Sandra Eugenia Gallego,  Alejandro Mesa Mazuera, Jaime  Alberto   Villa   y  Guillermo  León  Gómez,  y  la  forma  como  ignoró  las  declaraciones  del  Mayor  de la Policía Rodríguez Vásquez, Héctor de Jesús  Patiño,  Jhon  Jairo  Montoya  Díez  y Paula Andrea Restrepo, quienes  no  presenciaron  los  hechos  pero  narran  lo  que  les  comentó León   Gómez,    a    quien   los   sentenciadores   de   instancia   no   le   dieron  credibilidad.   Una  correcta  formulación  de  la  censura  frente  a tal  planteamiento,  imponía  al  demandante  tener  que demostrar la existencia del  error   denunciado,  acreditando  que  los  razonamientos  que  precedieron  las  conclusiones  de  los  falladores en relación con la veracidad de los referidos  testimonios,   conculcaban   de   manera   manifiesta  las  reglas  de  la  sana  crítica.   

        El reproche no prospera.   

         Segundo cargo.   

        Nuevamente  postula  el  censor violación indirecta de la norma que  consagra  el  principio  in dubio pro reo (  artículo  445  del  C.  de  P.  P. anterior), pero esta vez como  consecuencia  de  errores  de  hecho por falsos juicios de identidad, al haberse  distorsionado  el  contenido  de los testimonios de  Sandra Eugenia Gallego  Mazuera,    Jaime   Alberto   Villa   Henao   y   Mauricio  Alejandro  Mesa  Mazuera.   

        Señala  que  los  jueces de instancia distorsionaron la versión de  Sandra  Eugenia,  en  la  medida en que aseguran que ella percibió lo sucedido,  cuando  lo  cierto es que la testigo no pudo detectar las acciones al momento de  los  disparos  porque  en  ese  instante  se  alejaba corriendo del lugar de los  hechos.   

         Es  evidente que no existe la distorsión probatoria que denuncia el  recurrente.  Si  se  analizan con detenimiento las declaraciones de las personas  que  se  encontraban  cerca  de  Peláez  Ossa  cuando éste fue víctima de los  disparos  que  segaron  su  vida (Jaime Alberto Villa, Mauricio Alejandro mesa y  Gilberto   de   Jesús   García)   se  advierte  fácilmente  que  los  sucesos  ocurrieron,   como  lo  indica el Tribunal, “ … de manera rápida, casi  fulminante  …”.  En efecto, los citados testigos son coincidentes en afirmar  que  la  camioneta  retrocedió  y  se detuvo justo al frente del lugar donde se  encontraba   sentado   Peláez   Ossa   e  inmediatamente  alguien  le  disparó  repetidamente  desde  el interior del vehículo.  Por eso al preguntársele  a  Sandra Eugenia si entre la víctima y los ocupantes del automotor hubo algún  dialogo, ella respondió:   

“ … no hubo ningún dialogo antes de los  disparos,  sino  que  escuché que dijeron este fue el  que  me  chuzó y ahí mismo se escucharon los disparos  ..” (C.1, fol.15).   

De   lo   anterior   se   infiere,   como  acertadamente lo coligió el Tribunal,   

que las expresiones que escuchó la testigo  fueron  coetáneas con su alejamiento raudo del lugar, la reacción de huída de  Peláez  Ossa y los disparos efectuados por el procesado.   

                   Resultan  igualmente  infructuosos  los  esfuerzos del recurrente para demostrar distorsión alguna en  la  valoración  de  los testimonios de Jaime Alberto Villa y Mauricio Alejandro  Mesa Mazuera.   

         En  relación con el primero, su discurso en lugar de estar dirigido  a  comprobar  de manera clara y precisa la forma en que el contenido material de  su  versión  fue adulterada por los jueces de instancia, se dedica a cuestionar  la  credibilidad que a dicho medio le otorgó la judicatura, poniendo en tela de  juicio  la  afirmación  hecha  por  el mismo testigo en el sentido de que en su  primera  declaración  había  mentido,  aleccionado  por  León  Gómez  (alias  chupeta),  respecto del diálogo que dijo haber escuchado entre el homicida y la  víctima.   

         

         Y  en  cuanto  al  segundo,  le  critica  al Tribunal el que hubiera  deducido  que  este  testigo  también había sido avasallado por el miedo y que  por  esta  razón  afirmó  que  en  la  primera  oportunidad  no había querido  declarar  por  “encontrase drogado”. El defensor, tergiversando el contenido  del  fallo, acude a suposiciones emanadas de su propia subjetividad para afirmar  que  el  juez  de  segundo grado hizo alusión a dicho sentimiento de temor para  ocultar  que  el  testigo  se encontrara drogado, porque de lo contrario habría  tenido  que  poner  en  tela  de  juicio  su credibilidad. Nada más alejado del  contenido  de  la  sentencia,   pues  en  ésta  se dice claramente que “  …  es  preciso  significar  que el ser drogadicto o  ladrón  no  constituye  tacha legal que inhabilite un testigo para declarar, al  estar   desterrada  del  sistema  que  rige  la  valoración  de  la  prueba  su  desestimación   apriorística   …”   (C.3,  fol.  947).   

      

         En  síntesis,   el libelista equivocadamente intenta construir  los  errores  denunciados no a partir de un cotejo del contenido material de los  elementos  de  convicción   con  el  atribuido  en  los  fallos,  sino con  fundamento  en  la  discrepancia  personal  acerca  de  la  valoración  que  la  judicatura le otorgó a esos medios probatorios.   

         La censura no prospera.   

         Capítulo tercero. Cargo único.   

           Sostiene   el   censor   que   el  Tribunal  violó  indirectamente  la  ley  sustancial por falta de aplicación de la  norma  que  consagra  la  atenuante de la ira e intenso dolor (artículo 60  del   código  penal  de  1980),  como  consecuencia  de  haber omitido los  testimonios  de  Paula Andrea Restrepo Jurado, Luis Carlos Restrepo Henao y Luis  Alfonso Restrepo.   

       Considera  que  el error denunciado llevó al  juez colegiado  a  revocar la diminuente de la ira al considerar que no estaba demostrado uno de  los  requisitos  de  dicha  figura  jurídica  cual es la “injusticia del  comportamiento”  que  sirvió  de  causa  al  homicidio imputado al procesado.  Señala    que    el    ad    quem    tomó  esa  decisión  porque  sólo  se  basó en la versión que  sobre  los  hechos  generadores  de la tragedia suministró Peláez Ossa ante la  Fiscalía  Local,  ignorando  los testimonio antes referidos y según los cuales  aquél   le  causó  varias  heridas  a  Castaño  Castañeda  sin  que  mediara  provocación alguna por parte de éste.   

       Si  bien  es  verdad que en la sentencia impugnada no se mencionan  expresamente  los testimonios echados de menos por el recurrente, también lo es  que  en ella se analizan prolijamente los aspectos fácticos narrados por ellos,  relacionados  con los sucesos acaecidos en la noche del 16 de septiembre de 1995  en  el  bar  “El  Chorrito”  y en cuyo curso se presentó el conflicto entre  Peláez   Ossa y Castaño Castañeda que desencadenó en las lesiones antes  mencionadas.  Como  se  indica  en  la  parte pertinente del fallo impugnado, el  examen  que  el  Tribunal  realizó  de tales sucesos se basa en las diligencias  contenidas  en la investigación realizada por la fiscalía local (C.1, fols. 51  a   100)   dentro   de  las  cuales  figuran,  entre  otras,  las  declaraciones  supuestamente omitidas.   

       En  tales  circunstancias,  no puede afirmarse válidamente que se  haya  incurrido  en  error  de  hecho por falso juicio de existencia, por cuanto  aparece  nítido  que  el Tribunal sí valoró los aspectos fácticos a que hace  alusión  la  supuesta prueba ignorada, como son los hechos relacionados con las  heridas  que  Peláez Ossa le causó a Castaño Castañeda en la noche del 16 de  septiembre  de  1995, durante la reyerta acaecida en el bar “El Chorrito”, y  que  son  presentadas  como  motivo  legitimante  de   la  atenuante  de la  ira.   

         

       Sencillamente  el  Tribunal consideró que tales hechos sucedieron  no  como  lo  señalan  los testigos supuestamente omitidos, sino como los   narró  Peláez  Ossa,  cuya  versión  encuentra  respaldo,  entre otras, en la  declaración  de  Jesús Patiño Acevedo (C.1, fol. 182), citado expresamente en  el  fallo impugnado (C.3, fol. 955), y de la cual se infiere que las heridas que  Peláez  Ossa  le  causó a Castaño Castañeda se debieron a las provocaciones,  amenazas  e improperios de que éste lo hiciera víctima; de ahí que concluyera  el   ad  quem   que   

“… En esas  circunstancias,  si  el  procesado fue culpable de la ofensa que se le infirió,  no  podría afirmarse injusticia de ella y, por lo tanto,  no es procedente  beneficiarlo  con  el  reconocimiento de la atemperante regulada en el artículo  60 del C. Penal…” ( C.3, fol. 958).   

En  conclusión,  como  lo  señala  el  Procurador  Delegado,  el recurrente más que demostrar verdaderos errores en el  fallo  atacado,  lo  que  presenta  es  su  inconformidad  porque el Tribunal le  otorgó  credibilidad   a  la  versión  de  Peláez  Ossa y no a la de los  testigos  supuestamente  ignorados,  sin  acreditar  que  los  razonamientos del  juzgador  se  aparten  manifiestamente  de  los  principios que informan la sana  crítica  y  marginando del ataque las demás pruebas que sirvieran de soporte a  la decisión atacada.   

La  censura,  por  lo  tanto,  no  tiene  éxito.   

Capítulo cuarto. Cargo único.  

       El   recurrente   acusa  el  fallo  impugnado  de  ser  violatorio  indirectamente  de  la  ley  sustancial por falta de aplicación  del   artículo     325    del    código    penal    que    trata    del    homicidio  preterintencional,   como  consecuencia  de haberse omitido algunas pruebas  indiciarias.   

       Considera  que  los  jueces  de  instancia dedujeron el propósito  homicida  a  partir  de  dos indicios: la corta distancia y la dirección de los  disparos,   en   cuya   valoración,   afirma   el   defensor,   “los  falladores   incurrieron en falso juicio de identidad en  cuanto  a  la inferencia lógica”,  pues si la  intención  hubiera  sido  la  de  causar  la muerte todos los disparos hubieran  impactado  en  el  cuerpo  de  la víctima.  Agrega que fuera del carácter  equívoco  de  los  dos  hechos  indiciarios, los falladores dejaron de apreciar  otros  indicios  existentes  en  el  proceso,  tales  como  :  a) la ausencia de  manifestaciones  homicidas,    b)  la  destreza  del  procesado  en el  manejo  de armas de fuego, c) el impacto de dos proyectiles en las paredes de la  tienda  y  d)  la cercanía entre los protagonistas, los cuales permiten inferir  que no hubo la intención de matar.   

Son  evidentes las falencias técnicas en  la formulación de la censura.   

Primero,  porque  en  relación  con  los  indicios  de  la  corta  distancia  desde  donde  fue  accionada  el  arma  y la  dirección  de  los disparos, el censor predica simultáneamente error por falso  juicio  de  identidad  y de inferencia lógica, olvidando que los mismos se  presentan   en   diferentes  momentos  y  aspectos  distintos  de  la  actividad  probatoria.  El  error  de hecho por falso juicio de identidad tiene lugar en el  momento  de  fijar  el  contenido  material  del  medio  y  hace  relación a la  tergiversación  del  mismo  haciéndole  decir  algo que no decía. El error de  inferencia  no  versa  sobre  la  materialidad  del  medio,  ni corresponde a la  fijación  de  su contenido. Se manifiesta en una fase posterior de la actividad  probatoria,   al   establecer  su  mérito  persuasivo,  por  desconocimiento  o  transgresión de las reglas de la sana crítica.   

          

       Si  bien  aparece  que el cuestionamiento a los indicios referidos  lo  dirigió a la inferencia lógica, pues asevera que de los indicantes tenidos  en  cuenta  por  las  instancias  no se puede inferir el propósito homicida del  procesado,  en  lugar  de  indicar  cuáles  fueron  las leyes científicas, los  principios  lógicos   o las reglas de la experiencia desconocidas, de qué  manera  lo  fueron  y  cuál  su  incidencia  en el fallo, el censor se limita a  oponer  sus  conclusiones probatorias a las de la judicatura, sin percatarse que  cuando  se  propone esta clase de desatino, éste emerge de la abierta y grosera  contradicción  entre  la  valoración  realizada por el juez y las reglas de la  sana  crítica y no de la discrepancia entre la estimación probatoria de aquél  y la del casacionista.   

             

       En     segundo     lugar,     como     lo    ha    reiterado    la  Corporación1,   cuando  se  denuncia  error  de  hecho  por  falso  juicio  de  existencia  de  un  conjunto  de indicios, como lo propone el censor, lo primero  que  debía  acreditar  es  la presencia material en el proceso del medio con el  cual  se  evidencia  el  hecho  indicador,  la  validez de su aducción, qué se  establece  de  él, cuál mérito le corresponde, y luego de realizar el proceso  de  inferencia  lógica  a  partir de tener acreditado el hecho base, exponer el  indicio  que  se  estructura  sobre  él, el valor correspondiente siguiendo las  reglas  de  la  experiencia,  y  su  articulación  y convergencia con los otros  medios de prueba que obran en el proceso.    

       No  procedió  así  el  defensor. En lugar de construir la prueba  indiciaria  echada  de  menos a partir de las circunstancias a que hace alusión  en  la  demanda  (  ausencia  de  manifestaciones  homicidas,  la  destreza  del  procesado  en  el  manejo de armas, el impacto de dos proyectiles en la pared de  la  tienda, y la cercanía entre los protagonistas)  se limitó simplemente  a  relacionarlas  y  a  indicar los medios probatorios sobre los cuales pretende  apoyar  su  existencia  dentro  del  proceso, pero omitió realizar, como era su  deber,  el  proceso  de  inferencia  lógica a partir de dichas circunstancias y  señalar  en  qué reglas de la experiencia se basaba, así como su apreciación  en  conjunto con los otros medios probatorios obrantes en el proceso, con el fin  de demostrar la trascendencia del yerro denunciado.   

       Al  obrar  así,  no  advirtió,  como  lo  señala  el Procurador  Delegado,  que  la  certificación   a que alude el defensor sólo acredita  que  el  procesado  asistió  a un curso básico de tiro, pero de ninguna manera  que sea un excelente disparador.   

       Tampoco  se  dio  cuenta  que  los dos tiros que impactaron en las  paredes  de  la tienda lejos de desvirtuar la intención homicida la corroboran,  en  la  medida  en que, como se observa en las fotografías (C.2, fol.337- 339),  uno  de los proyectiles pegó cerca de la puerta de la tienda por donde ingresó  la  víctima  y  el otro en la pared interior de la tienda, justamente al frente  de  dicha  entrada,  y  ambos  a  la  misma  altura del tiro que lo hirió en la  espalda  en  la  región sacro iliaca. Lo anterior indica que todos los disparos  fueron  hechos  en dirección al cuerpo del occiso, y si sólo dos impactaron en  su  cuerpo,  ello  obedeció  a  que en ese momento la víctima se encontraba en  movimiento  tratando  infructuosamente de eludir los disparos, al buscar refugio  en  el  interior  del  negocio, en donde cayó de bruces al ser alcanzado por la  espalda con algunos de los tiros letales.   

       

       Este reproche, por lo tanto, tampoco puede prosperar.   

         

        CONSIDERACIÓN  FINAL   

         Resta  agregar  que  la  aplicación  retroactiva  favorable  de las  disposiciones  contenidas  en  el  actual  estatuto  punitivo (Ley 599 de 2000),  frente  a  las  normas preexistentes a los hechos investigados y con sujeción a  las  cuales se profirió la condena, si hubiere lugar a ella, le compete al Juez  de   Ejecución  de  Penas  y  Medidas  de  Seguridad  de  conformidad  con  las  previsiones    del    artículo    79-7º    del    actual   estatuto   procesal  penal.   

       En  mérito  de  lo expuesto, la Corte Suprema de Justicia en Sala  de  Casación  Penal,  administrando  Justicia  en nombre de la República y por  autoridad de la ley,   

        RESUELVE   

       NO      CASAR     la     sentencia  impugnada.   

       Cópiese,  comuníquese  y devuélvase el expediente al Tribunal de  origen.   

        cúmplase.   

YESID RAMÍREZ BASTIDAS  

FERNANDO  E.  ARBOLEDA RIPOLL            HERMAN  GALÁN CASTELLANOS   

CARLOS   A.  GÁLVEZ  ARGOTE                           JORGE   ANÍBAL   GÓMEZ  GALLEGO   

EDGAR   LOMBANA   TRUJILLO                          ÁLVARO   ORLANDO   PÉREZ  PINZÓN   

MARINA PULIDO DE BARON  

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria  

    

1  Sent.   Casación   de  abril  27  de  2000.  M.P.  Dr.  Arboleda  Ripoll,  Rad.  13.116.     

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