19006(09-04-02)

2002

Asistente Jurídico Inteligente

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    Proceso No 19006  

CORTE SUPREMA DE JUSTICIA  

SALA DE CASACIÓN PENAL  

MAGISTRADO PONENTE  

ÁLVARO ORLANDO PÉREZ PINZÓN  

APROBADO  ACTA  No.  39   

          Bogotá,   D.   C.,   nueve   (09)   de   abril   de   dos  mil  dos  (2002).   

VISTOS  

          Decide  la Sala el recurso de apelación interpuesto por el defensor  del   doctor  LUIS  EDUARDO  AYALA  CERÓN  contra las decisiones dictadas por el Tribunal Superior de Bogotá  que  negaron la petición de cesar procedimiento por atipicidad de la conducta y  por prescripción de la acción penal.   

HECHOS Y ANTECEDENTES PROCESALES  

          En   anterior   oportunidad,  la  Sala  narró  los  hechos  en  los  siguientes términos:   

“Un   Fiscal  delegado  ante  los  Juzgados  Regionales  adelantaba  un  sumario  contra  IVAN  URDINOLA  GRAJALES, a quien luego de oírsele en indagatoria se le impuso medida  de  aseguramiento  consistente  en  detención  preventiva  por  los  delitos de  enriquecimiento   ilícito   de   particular   y   porte   ilegal   de  arma  de  fuego”.   

                               

          “El  11  de  diciembre  de  1992,  a  petición  del  sindicado se realizó audiencia para la  terminación  anticipada  del  proceso  conforme  al  inicial  artículo  37 del  Código  de  Procedimiento  Penal.  En  ese  acto procesal, en el que estuvieron  presentes  el  Ministerio  Público,  el defensor, la Fiscalía y el acriminado,  éste  último  confesó  haber  incurrido  en  otros  delitos  como tráfico de  estupefacientes        y        concierto       para       delinquir”.   

“El   18  de  diciembre  de  1992,  el  Juzgado  Regional  de conocimiento profirió sentencia  aprobando  el  acuerdo  a  que  llegaron URDINOLA GRAJALES  y la Fiscalía,  procediendo  a  condenarlo por los delitos de que tratan los artículos 33 y 38,  numeral  3º  de  la  ley  30  de  1986; concierto para delinquir previsto en el  artículo  44  ibidem;  encubrimiento  por  receptación  del  artículo 177 del  Código  Penal;  y,  enriquecimiento ilícito consagrado en el decreto 1895  del  24  de  agosto  de 1989. Se le impuso una pena principal de doscientos diez  (210)  meses  de  prisión,  la  cual  quedó reducida a cincuenta y cuatro (54)  meses  y  veinte  (20)  días,  por  aplicación  de  las rebajas por delación,  confesión,  y terminación anticipada del proceso. Esta última fue equivalente  a  la  sexta  parte  de  la  pena  total, esto es, treinta y cinco (35) meses de  prisión”.   

“Al  entrar  en  vigencia  la  Ley  81  de  1993,  que  modificó  el  artículo  37 del estatuto  procesal,  el  defensor  de  URDINOLA  GRAJALES  solicitó  la libertad por pena  cumplida,  reclamando la aplicación del principio de favorabilidad para efectos  de  la  rebaja  de una sexta parte más, con el argumento de que la nueva figura  de    la    “sentencia  anticipada”     era  equivalente       a       la      “terminación        anticipada        del        proceso”  a  la  que se acogió el sentenciado  antes     de     entrar     en     vigencia     la     citada    ley”.   

“El doctor LUIS  EDUARDO  AYALA  CERON,  Juez Regional de esta capital que conocía del proceso a  que  se  ha  venido  haciendo referencia, con providencia del 12 de mayo de 1994  decretó  la  libertad  inmediata  e  incondicional de IVAN URDINOLA GRAJALES al  reconocerle  la  rebaja de pena de la tercera parte establecida por el artículo  3º   de   la   ley   81   de  1993,  “sentencia     anticipada”,  disposición  que  aplicó  argumentando que entre la Fiscalía y  URDINOLA   no  se  había dado una “negociación”, por tanto era procedente  acceder  a  lo  solicitado  con  base  en  el  principio  de favorabilidad. Esta  decisión  fue  declarada  nula  por el Juzgado Primero de Ejecución de Penas y  Medidas  de  Seguridad  con  providencia  del  13  de mayo de 1994, por falta de  competencia  de  quien  la  había  proferido.  Posteriormente, el mismo juez de  penas  con  proveído  del  2  de junio de ese año denegó las pretensiones del  defensor     del     condenado,    al    hallarlas    improcedentes.”   

          Por  tales  hechos,  la fiscalía delegada ante el Tribunal Nacional  adelantó   investigación   contra  el  doctor  AYALA  CERÓN  y  lo  convocó  a  juicio  por  el  delito de  prevaricato  por  acción,  providencia confirmada en segunda instancia el 26 de  noviembre  de  1997. Condenado por el Tribunal Nacional a la pena de 18 meses de  prisión  por  el  señalado  ilícito,  la  Corte, al revisar por apelación la  sentencia,  decretó  la  nulidad  de  lo  actuado  a  partir  de la resolución  acusatoria  por error en la calificación jurídica, pues consideró que el tipo  imputable era el del artículo 39 de la Ley 30 de 1986.   

          Así  fue  nuevamente  calificado  por  un  fiscal  delegado ante el  Tribunal  Superior  de Bogotá, mediante resolución que fue confirmada el 10 de  enero   de   2001   por   la   Unidad   Delegada   ante   la  Corte  Suprema  de  Justicia.   

          Cuando  se  tramitaba  la etapa del juicio, el defensor solicitó la  cesación  de procedimiento por atipicidad de la conducta, pues el nuevo Código  Penal  no  consagró  aquella  por  la  que  fue  acusado el doctor AYALA  CERÓN. Negada la petición el 14 de  noviembre  de  2001,  insistió  el defensor en la terminación del proceso pero  ahora    por    prescripción   de   la   acción   penal,   resuelta   también  desfavorablemente  el  27  de  noviembre.  Planteado  de  nuevo  el  tema  en la  audiencia  pública  y  recibida  otra vez decisión adversa, el profesional que  agencia  los  intereses del procesado interpuso el recurso de apelación que por  este auto se desata.   

LAS DECISIONES IMPUGNADAS  

          En  la  providencia  del  14  de noviembre, recuerda el A  quo  que esta Sala, cuando declaró la  nulidad  del  proceso  por  error  en la calificación jurídica de la conducta,  dijo  que  ésta  se  subsumía  aparentemente  en  dos  tipos  penales,  el del  prevaricato  por  acción  consagrado  en  el artículo 149 del Código Penal de  1980  y  el  previsto  en  el artículo 39 de la Ley 30 de 1986, sin que pudiera  hablarse  de  concurso  porque  se  trataba  de  dos  normas excluyentes, una de  carácter   general  y  la  otra  especial,  privilegiando  por  ese  motivo  la  aplicación de la segunda.   

          Concluye  el  Tribunal  que  aunque  ciertamente la ley especial fue  derogada  por  el  nuevo estatuto punitivo, ello no significa que la conducta se  hubiere  despenalizado  como que actualmente corresponde al prevaricato agravado  establecido  en  los  artículos  413  y  415  de  la Ley 599 de 2000. Cuestión  diferente,  agrega,  es  que  sea  necesario  readecuar  la  conducta, según lo  previsto  por las nuevas normas procesales para evitar declaratorias de nulidad.   

          En  el  auto  del  27  de  noviembre, el A  quo   negó  la  prescripción  porque  para la fecha en que cobró ejecutoria la  resolución  de  acusación  -10  de  enero  de  2001-  no se había cumplido el  término  de  6  años  y  8 meses en que tal fenómeno opera cuando se trata de  servidores  públicos.  Y  como  ese día se interrumpió el plazo extintivo que  entonces  debía contarse nuevamente pero sólo hasta el tope de los 5 años, es  evidente que la petición no estaba llamada a prosperar.   

RAZONES DE LA APELACIÓN  

          Al  iniciarse  la  audiencia  pública,  el  defensor  reiteró  los  argumentos  que  ya  había  expuesto  en  anteriores  memoriales  para formular  idénticas   peticiones,   a  las  que  respondió  negativamente  el  Tribunal.  Interpuso entonces el recurso de apelación, que sustentó así:   

          1.  Decía  la  jurisprudencia  que el juez podía moverse dentro de  distintos  tipos  penales  sin exceder el capítulo ni el título, de manera que  si  era  imprescindible  variar  uno  u  otro  se debía declarar la nulidad del  proceso para efectuar una nueva calificación.   

          2.  Si  en  este caso la adecuación corresponde al prevaricato, que  es  un delito contra la administración pública, el bien jurídico es diferente  del  que  protegía  la  Ley  30  de 1986, que era la salud pública general. En  éste  la  conducta  consistía  en  el favorecimiento personal, en tanto que en  aquélla  significa  la adopción de una resolución manifiestamente contraria a  la ley.   

          3.  Acusar  por  el  favorecimiento  personal  de  la Ley 30 y luego  condenar   por  prevaricato  porque  la  ley  de  la  acusación  fue  derogada,  constituye  una  ruptura  antigarantista  de  la  estructura  lógico formal del  proceso.   

          4.  Contrario  a  lo  que  se  afirma, el Tribunal está variando la  calificación  y  carece  de  competencia  para  hacerlo,  como  que ello es del  resorte  exclusivo de la Fiscalía General de la Nación según el numeral 2 del  artículo  250  de  la  Constitución Política. El artículo 404 del Código de  Procedimiento  Penal  también  le  asigna  a  la  Fiscalía la competencia para  variar  la  calificación en la audiencia, modificación que debe hacerse aun en  el  evento  de  que  se  precise  incluir  circunstancias que establezcan nuevos  límites punitivos.   

          5.  La  calificación debe variar en este caso porque el prevaricato  no  es  un  accesorio  de  la Ley 30 de 1986 sino un tipo principal, y porque la  punibilidad  cambia  fundamentalmente,  sin  que sea admisible negarse a hacerlo  porque  disminuya  la  pena,  pues el citado artículo 404 también contempla la  medida para estos eventos.   

6.  La imputación fáctica ha sido superada  en  el  nuevo  estatuto  procesal  por la imputación objetiva. Ya no es posible  “deslizarse por entre los  tipos  penales  portando  el  mismo  supuesto  fáctico  como en una procesión,  escudriñando  tipos  penales  por todo el código para ver cuando se acierta en  la  adecuación  típica”.  Por   eso   no   puede   afirmarse   que   simplemente  varió  el  nomen  iuris  pero  que  lo  fáctico  es  igual,  de  manera que debe variarse la calificación de la conducta y ello debe  hacerlo la Fiscalía General de la Nación.   

          En   memorial   posterior,   oportuno   aun   para   efectos  de  la  sustentación  del  recurso,  agregó sobre la prescripción de la acción penal  que  su declaratoria es procedente porque si el delito imputado, según la nueva  calificación,  es  el  de  prevaricato por acción y éste se cometió el 12 de  mayo  de  1994,  el término de 5 años -que constituye la máxima pena prevista  en  la  ley  porque le es aplicable el original artículo 149 del Código Penal-  se encuentra superado.   

POSICIÓN DE LOS NO RECURRENTES  

          La  fiscal  delegada se limitó a expresar que compartía plenamente  la  decisión  impugnada  y  que posteriormente solicitaría la variación de la  calificación,  en los términos previstos por el numeral 1º. del artículo 404  del Código de Procedimiento Penal.   

          El  agente  del  Ministerio  Público,  por  su parte, se mostró de  acuerdo  con los argumentos expuestos por el defensor, pero advirtió que no era  esa  la  situación que se había presentado en este proceso, porque el Tribunal  no  modificó  la  calificación, sino que simplemente adujo las razones por las  cuales  no  era procedente declarar la cesación de procedimiento por atipicidad  de  la  conducta  ni  por  prescripción  de  la acción penal. En consecuencia,  solicitó confirmar la decisión impugnada.   

CONSIDERACIONES DE LA SALA  

          Varios  problemas  debe analizar la Corte para desatar adecuadamente  el  recurso  interpuesto:  de  un  lado,  si en efecto la conducta por la que se  acusó  al doctor AYALA CERÓN  deviene  atípica en virtud de la entrada en vigencia del Código Penal expedido  por  la  Ley  599  de  2000,  y,  de  otro,  si, en el evento de ser negativa la  respuesta,  es  necesario  calificar de nuevo el hecho. En este supuesto, sería  preciso  examinar  igualmente  los  temas  de  la  nulidad  del  proceso y de la  prescripción de la acción penal, planteados por el impugnante.   

          1.  El  artículo  39  de la Ley 30 de 1986, frente al nuevo Código  Penal.   

          Estima   la   Sala,  contrario  al  planteamiento  expuesto  por  el  recurrente,  que  frente  al tránsito de legislación lo que debe examinarse no  es  la  eventual  denominación  que la ley nueva le dé a una conducta, sino si  ella  conserva  o  no su calidad de ilícita. Esta es, justamente, la razón por  la  que el artículo 45 de la Ley 153 de 1887, al referirse a la aplicación que  podría   tener  en  materia  penal  el  principio  de  favorabilidad,  señala:  “La  nueva  ley que quita  explícita  o implícitamente el carácter de delito a  un  hecho  que  antes  lo  tenía,  envuelve indulto y  rehabilitación”.   

          Recuérdese   que   el   artículo   39   de   la  Ley  30  de  1986  disponía:   

“El funcionario  empleado  público  o  trabajador  oficial  encargado  de  investigar,  juzgar o  custodiar  a personas comprometidas en delitos o contravenciones de que trata el  presente  estatuto,  que  procure  la  impunidad  del  delito, o la ocultación,  alteración  o sustracción de los elementos o sustancias decomisados o facilite  la  evasión  de persona capturada, detenida o condenada, incurrirá en prisión  de  cuatro  (4)  a  doce  (12)  años,  pérdida  del  empleo e interdicción de  derechos    y    funciones   públicas   por   el   mismo   término”.   

“Si  el  hecho  tuviere  lugar  por  culpa  del  funcionario o empleado oficial incurrirá en la  sanción      respectiva,      disminuida     hasta     la     mitad”.   

          La  concreta  conducta  que  se  le  reprochó  al  procesado  en la  resolución  acusatoria  de  segunda  instancia  como  transgresora de la citada  disposición,  consistió  en  haber  procurado  la  impunidad respecto de IVÁN  URDINOLA  GRAJALES,  condenado  por  varios  delitos consagrados en la Ley 30 de  1986,  mediante  la  expedición de una providencia manifiestamente ilegal en la  que  le  concedía  una  sustancial  rebaja  de pena que le hubiese permitido al  sentenciado recuperar de inmediato su libertad incondicional.   

Aunque   este   comportamiento   podría  corresponder  también  al  prevaricato  por acción, ya que la diferencia entre  los  dos  tipos se reducía a la generalidad o especificidad de su contenido, se  trataba  en  realidad  de normas excluyentes, lo cual implicaba que en todos los  casos  relacionados  con el tráfico de estupefacientes, dada la coexistencia de  ambos,  debía aplicarse de preferencia la norma especial sobre la general como,  precisamente  en este proceso, lo señaló la Sala en el auto del 29 de abril de  1999    que    decretó    la    nulidad   por   error   en   la   calificación  jurídica.   

          Ahora  bien:  no  obstante  que  la  Ley 599 de 2000 no reprodujo el  contenido  del  artículo 39 de la Ley 30 de 1986, sí consagró en el artículo  413  el  prevaricato  por acción y en el 415, como circunstancia de agravación  punitiva,   la   realización   de  la  conducta  en  actuaciones  judiciales  o  administrativas    que    se    adelanten,   entre   otros,   por   delitos   de  narcotráfico.   

          Así,    el    hecho   consistente   en   proferir   una   decisión  manifiestamente  contraria  a  la  ley para procurar la impunidad a favor de una  persona  condenada por narcotráfico, no ha perdido el  carácter  de  delito ni la gravedad que el legislador  de  1986  le  atribuyó,  es  decir, continúa siendo típico, y tampoco podría  reclamarse  la  no  aplicación del artículo 415 por no ser ley preexistente al  acto  que  se imputa, pues la circunstancia que esta norma contempla constituía  un  elemento del tipo en la anterior legislación, al punto que la pena prevista  en  el citado artículo 39 oscilaba entre 4 y 12 años de prisión, en tanto que  para  el  prevaricato el artículo 149 Código Penal derogado establecía de 1 a  5  años antes de la modificación introducida por el artículo 28 de la Ley 190  de 1995, y de 3 a 8 con dicha reforma.   

          Y  la presencia en la actual legislación de la conducta definida en  el  artículo  39  de  la  Ley  30  de  1986,  es nítida. Basta tener en cuenta  que:   

a)  La  comparación  de  las  descripciones  permite  concluir  la  exactitud  normativa  entre  la  disposición  citada del  Estatuto  de Estupefacientes de la época y las dos normas mencionadas de la Ley  599  de  2000  (artículos 413 y 415). Dicho de otra forma, para la ley aquélla  conducta  permanece  como  punible,  de  donde se desprende que ese fue el querer de la ley.   

         

          b)   Y   también   fue  el  querer  del  legislador.  En  efecto,  en la Exposición de Motivos  que  acompañó  el  proyecto  de  Código  Penal surgido de las entrañas de la  Fiscalía   General  de  la  Nación,  expresamente  se  dijo  sobre  el  punto:  “El artículo 39 de la Ley  30  de 1986 sanciona como delito autónomo con pena de prisión de cuatro a doce  años,  al  servidor  público  o  trabajador  oficial encargados de investigar,  juzgar  o  custodiar  a  personas comprometidas en las conductas punibles de que  trata  la  misma,  procure  su  impunidad, o la ocultación o alteración de los  elementos  decomisados,  o  facilite  la  evasión  de  la  persona  capturada o  detenida;    por    constituir    en    esencia    delitos    de    prevaricato  o  fuga  de  presos,  fueron  incluidas  como  circunstancias  agravantes  para  cada  uno  de  esos  delitos,  haciéndose  extensiva  la conducta a otros delitos que por su gravedad conlleva  a    imponer   una   pena   superior   al   servidor  público”  (destaca  la  Sala).   

          En  la ponencia para primer debate en el Senado de la República del  mismo  proyecto  de ley, frente a su Capítulo VII (del prevaricato) del Título  XV  (delitos  contra  la administración pública) del Libro Segundo del Código  Penal,  textualmente  se  dijo  lo siguiente respecto de los actuales artículos  413    y   415:   “Como  innovación  se  encuentra  la  disposición  que  crea   una circunstancia  específica  de  agravación  punitiva,  derivada  de  la  actuación judicial o  administrativa  en  la  que  se  realiza  la  conducta  prevaricadora,  recogiéndose  no sólo lo contemplado  en  la  Ley 30 de 1986, sino  también  en  la Ley 40 de 1993, sino haciéndose extensiva a otros delitos cuya  gravedad  exige  mayor  drasticidad  para el servidor  estatal”   (resalta  la  Corte).   

          Y   de  allí  en  adelante,  tal  criterio  fue  mantenido  por  el  legislador  ordinario  pues  que sin comentario en contra de lo dicho y plasmado  siguió  su  decurso  el  proyecto,  es  decir,  el tránsito correspondiente al  segundo  debate  en  el  Senado, los dos correspondientes en la Cámara y, desde  luego,  lo  relacionado  con las objeciones presidenciales y la admisión de las  mismas  por  el  Congreso de la República. El criterio del legislador, así, es  absolutamente nítido.   

De  otra  parte,  conviene  precisar,  para  aclarar  cabalmente  una  inquietud  expuesta  por  el  señor  defensor, que el  problema  de la sucesión de leyes se predica exclusivamente entre la 30 de 1986  y  la 599 de 2000, de manera que no es de recibo la pretensión de retornar a la  preceptiva  del  artículo  149  del anterior código en cuanto resulta ser más  favorable,  porque  ni  antes  ni  ahora  esa  norma,  en sí misma considerada,  regulaba  el  hecho  que  se  le imputa al doctor AYALA  CERÓN,  amén  de  que  sería imposible pensar en su  aplicación  ultraactiva  porque  el  hecho  imputado  al  procesado  en ningún  momento fue realizado bajo su vigencia.    

Adviértase  que, cometido el hecho el 12 de  mayo  de  1994,  la  descripción  normativa  que recogía con mayor riqueza los  elementos  fácticos  de la conducta, dada su especialidad, era la del artículo  39  de  la  Ley 30 de 1986, lo que excluía, como ya se dijo, la probabilidad de  darle  cabida al artículo 149 del estatuto punitivo. Se trataba de un enunciado  que  reprimía  la  conducta del servidor público que favoreciera por cualquier  medio  las actividades relacionadas con el narcotráfico, lo que privilegiaba su  aplicación  sobre  la  norma del Código Penal que no incluía este ingrediente  del  tipo, como tampoco lo incluyen hoy los  artículos 413 y 414 de la Ley  599  de  2000 individualmente considerados. Y es que, para efectos del tránsito  legislativo,   cada   uno   de  estos  preceptos  debe  examinarse  íntimamente  relacionado  con  el  415,  de forma que la conducta contemplada por el Estatuto  Nacional  de Estupefacientes únicamente podría conservar de manera íntegra su  carácter  ilícito  si  se  le compara con la inescindible unidad que conforman  alguno   de   los  mencionados  tipos  básicos  con  el  subordinado  del  415.   

          Conclúyese  lo  anterior,  obviamente,  sin perjuicio del examen de  favorabilidad  que  para  el  caso  concreto debe verificarse, pues la nueva ley  redujo  la pena corporal en su mínimo y en su máximo, disminuyó el máximo de  la  interdicción  (inhabilitación),  suprimió  la pérdida  del empleo y  creó la pena pecuniaria.   

          Finalmente,  debe  destacarse  la equivocación del impugnante en lo  que  toca  con  la supuesta falta de correspondencia entre los bienes jurídicos  involucrados  en  aquellas  normas,  pues  a pesar de que el artículo 39 hacía  parte  de  una ley que esencialmente pretendía preservar la salubridad pública  y  también  era ese el propósito de la disposición, fácilmente se colige que  se  trata  de  un  tipo  pluriofensivo  como  que de su contenido se infiere con  claridad  el  insoslayable  propósito  tutelar  respecto  de la administración  pública  que  persigue,  mediante la represión de ilícitas conductas asumidas  por  servidores  públicos,  su actuación ceñida a los principios de igualdad,  moralidad,  eficacia,  economía,  celeridad,  imparcialidad y publicidad que le  atribuye  el artículo 209 de la Carta, interés jurídico que también pretende  proteger   el  legislador  en  los  artículos  413  y  415  del  Código  Penal  vigente.   

          Siendo  así  el asunto, no es predicable la atipicidad objetiva que  se perseguía por la defensa.   

          2.  Incidencia  en  la calificación de la conducta de la variación  legal   del   nomen  iuris.  Nulidad y prescripción.   

          Determinado  que los elementos constitutivos del tipo previsto en el  artículo  39  de  la  Ley  30 de 1986 se consagraron íntegramente en la unidad  conformada  por  los artículos 413 y 415 de la Ley 599 de 2000, el hecho de que  la  ley  sobreviniente hubiere cambiado la denominación no implicaba que debía  variarse  la calificación, como que simplemente el proceso habría de continuar  su  trámite  por  la  supuesta  transgresión  de  las normas que ahora recogen  la   conducta  que  se  le  imputó al procesado en la resolución de acusación.   

          Por  ello  la  Corte,  previendo sucesos como el ahora estudiado, ya  adelantó      su      postura,     con     estas     palabras:     “Frente al fenómeno de la sucesión de  leyes   en   el  tiempo,  si  la  conducta  sigue  siendo  delito  en  la  nueva  legislación,   pero   cambia   el  nomen  iuris,  no  es  necesario  variar  la  calificación,  pues  ésta  sólo  puede  serlo cuando se incurrió en error al  proferir   el  pliego  de  cargos,  o  por  prueba  sobreviniente,  y  aquí  la  calificación  dada fue correcta, al tenor de la ley entonces vigente, sino que,  simplemente,  la adecuación típica del comportamiento se modificó en la nueva  ley”.   

         

“Por  lo tanto,  ninguna  afectación  habría  al  principio de congruencia, a la estructura del  proceso  o al derecho de defensa, si la conducta se calificó, en la resolución  de  acusación,  con la denominación jurídica de la anterior legislación y la  sentencia  se  dicta con la de la nueva normatividad, desde luego que respetando  el    principio    de   favorabilidad”1.   

De   todas   maneras,   el  hecho  de  que  inmediatamente  después  de haberse interpuesto el recurso de apelación dentro  de     la     audiencia     pública    la    fiscal    delegada    solicitara  modificar  la  calificación  para  adecuarla  al  tipo  del  prevaricato,  y el Tribunal hubiere observado el  trámite   que  para  el  efecto  consagra  el  artículo  404  del  Código  de  Procedimiento  Penal, para nada incide en la validez del proceso, a pesar de que  en  estricto sentido, según el tenor literal de la citada norma, tal variación  sólo   podrá  hacerla  el  Fiscal  General  de la Nación o su delegado cuando -como ya se dijo-se presente  “error en la calificación  o  prueba  sobreviniente  respecto  de un elemento básico estructural del tipo,  forma   de  participación  o  imputación  subjetiva,  desconocimiento  de  una  circunstancia  atenuante  o  reconocimiento  de una agravante que modifiquen los  límites    punitivos”,  eventos de error o de prueba nueva que ciertamente no  ocurrieron  en este caso, como que la modificación fue  introducida  por la ley y alcanza únicamente al nomen  iuris.   

Súmese a lo anterior que tampoco procedería  la   variación   porque  la  nueva  legislación  no  agravaría  la  situación del procesado y los hechos,  el  factum investigado y que  se  juzga, son los mismos tanto respecto de la Ley 30 de 1986 como de cara a los  artículos  413  y  415 actuales -incluso con independencia de la convergencia o  no  del bien jurídico- circunstancia que, por lo demás, no ha sido desconocida  por  la  defensa;  y  si  se  trata  del mismo comportamiento -bastante debatido  dentro  del  proceso  por  los  sujetos procesales- en parte alguna resultarían  menguadas   ni   la  defensa  material  ni  la  técnica  o  letrada2.   

Por  lo demás, este cambio no afectaba la  indispensable  congruencia  entre la sentencia y la acusación, como que en todo  caso  el  juez debía resolver limitado por los hechos  imputados  en  el  vocatorio  a  juicio,  supuestos   fácticos   que   igualmente  determinarán el contenido material de la defensa.   

Con   todo,   para   que   se  reforme  la  calificación   no  es  necesaria  la  previa  declaratoria  de  nulidad  de  la  actuación,  como  parece  entenderlo  la  defensa, pues la norma procesal sólo  prevé  la  adopción de tan extrema solución cuando el fiscal no admite variar  la  calificación  a  solicitud  del  juez,  caso  en el cual éste “podrá  decretar  la  nulidad  de  la  resolución  de acusación”  (inciso  2º.  del  numeral  2º. del artículo 404 del Código de Procedimiento  Penal).   

          Finalmente,  con  relación  a  la prescripción de la acción penal  alegada  por  el  defensor,  aclarado  que  los artículos 413 y 415 del Código  Penal  son  las  normas  llamadas  a  regir el proceso, para determinar el plazo  extintivo  se  debe  incrementar  la  pena  máxima de 10 años y 8 meses en una  tercera  parte  por  tratarse de servidor público, para un total de 14.22 años  en  la  instrucción y 7.11 años a partir de la ejecutoria de la resolución de  acusación.  Realizada  la conducta el 12 de mayo de 1994, es evidente que el 10  de  enero  de  2001 -fecha de ejecutoria de la acusación- no se había superado  el   primer   término  y  que  el  segundo  apenas  empezó  a  correr  en  esa  fecha.   

          Y  la  conclusión  sería  la misma si, por acaso, se creyera en la  aplicabilidad  del artículo 39 de la Ley 30 de 1986 pues que en la instrucción  surgiría la prescripción a los 16 años y en el juicio a los 8.   

          En      consecuencia,     se     confirmarán     las     decisiones  impugnadas.           

          Por  lo  expuesto, la Sala de Casación Penal de la Corte Suprema de  Justicia,   

R E S U E L V E  

          CONFIRMAR   las  decisiones  del  Tribunal  Superior  de  Bogotá  que  negaron  las  peticiones  de cesar procedimiento por  atipicidad de la conducta y por prescripción de la acción penal.   

Cópiese, devuélvase y cúmplase.  

ALVARO ORLANDO PÉREZ ZPINZÓN  

         

FERNANDO  E.  ARBOLEDA  RIPOLL            JORGE E.  CÓRDOBA POVEDA   

HERMAN   GALÁN   CASTELLANOS                                                      CARLOS     A.    GÁL­VEZ ARGOTE   

JORGE  ANÍBAL  GÓMEZ  GALLEGO              ÉDGAR  LOMBANA TRUJILLO   

CARLOS        E.        MEJÍA  ESCOBAR                                       NILSON  PINILLA PINILLA   

TERESA RUIZ NÚÑEZ  

Secretaria    

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